27.10.07

No te quiero más

–Beto.
–Sí.
–Beto, te estoy hablando. Prestame atención.
–Sí, decime.
–No te quiero más.
–Bueno.
–¿Me escuchaste?
–Sí, te escuché.
–¿Y no me decís nada?
–No.
–Te voy a dejar. Ya está, ya te lo dije. Te lo quería decir desde hace tres meses, pero no me animaba.
–Bueno, ya te animaste.
–¡Te voy a dejar, Beto!
–Sí, lo entiendo.
–Conocí a otra persona. Me estoy viendo con otra persona.
–Es normal.
–¡Es un amigo tuyo, Beto!
–Ajá.
–¿No querés saber quién es? ¿No me vas a preguntar quién es?
–No.
–Es Gerardo, Beto.
–Gerardo, mirá vos.
–Nos empezamos a ver después de la fiesta de Verónica, que vos no me quisiste acompañar. Y yo estaba sola y me quería divertir. Y nosotros ya andábamos mal. Porque nosotros andamos mal desde hace mucho, Beto.
–Todo el mundo anda mal.
–Gerardo me quiere. Me dijo que me quiere. Gerardo me cuida. Me dijo que me quiere cuidar.
–Puede ser cierto.
–Me dijo que nunca le había pasado algo así. Las ganas de verme, las ganas de estar conmigo.
–Gerardo está muy solo.
–Me dijo que no puede vivir sin mí. Que estas cosas pasan una vez en la vida. Que no perdamos esta exquisita oportunidad.
–¿Dijo ‘exquisita’?
–¿Qué?
–Si dijo ‘exquisita’, si usó la palabra ‘exquisita’.
–No, creo que no. ¿Qué importancia tiene?
–Me sonaba raro, no es una palabra de él.
–¡Me quiere, Beto!
–Puede pasar.
–Me costó mucho dar el salto, Beto. No me animaba, pensé que no iba a poder saltar.
–Ya saltaste.
–Si Ana no me hubiera apoyado, no hubiera podido. Sola no hubiera podido.
–¿Quién es Ana?
–Mi terapeuta, Beto. Estuve yendo tres veces por semana durante los últimos seis meses.
–¿Seis meses?
–Sí, seis meses. Sin el apoyo de Ana, no hubiera podido decírtelo.
–Raro. El cumpleaños de Verónica fue hace dos meses.
–¡No importa, Beto! ¡Eso no importa! ¡Lo importante es que ya no te quiero! ¡Lo importante es que tengo una oportunidad de ser feliz! ¡Y yo quiero ser feliz!
–Todos queremos ser felices. Con Gerardo, me dijiste.
–Sí, con Gerardo. Nos vamos a vivir juntos. Bah, me voy a vivir a su casa, por ahora. Pero nos vamos la semana que viene a pasar unos días a la costa. Para estar juntos, tranquilos. Y nos queremos casar.
–Te felicito.
–Ya está, ya te lo dije. Todavía estoy temblando, pero me siento más aliviada. Pensé que no iba a poder decírtelo nunca, y eso era algo que me carcomía por dentro.
–Bueno, ya está.
–Yo no soy una mala persona, Beto.
–No.
–Y vos tampoco, Beto. Al principio estábamos bien. ¿No estábamos bien?
–Sí, estábamos bien.
–Pero después no. ¡Después no! ¿Qué nos pasó, Beto? Te juro que me lo pregunto y doy vueltas y más vueltas y no encuentro explicación. ¿Qué nos pasó?
–Las cosas cambian. A veces mejoran, por lo general se arruinan. No sé.
–Me voy, Beto.
–Chau.
–Me voy a lo de Gerardo. Mañana vengo a buscar mis cosas, cuando vos no estás, y te dejo la llave.
–Dale.
–No sé qué más decirte.
–Está bien así.
–¿Necesitás algo? ¿Me querés decir algo? ¿Querés que haga algo antes de irme?
–No, dejá.

24.10.07

Apuntes comprensivos

La gente que fuma considera, por ejemplo, que quienes sienten compulsión por la comida son tontos sin remedio.
La gente que toma alcohol no puede concebir porqué alguien consume medicamentos para dormir.
Los amantes de la cocaína ignoran el porqué miles de personas se ponen zapatillas e intentan correr cuarenta y dos kilómetros, colocando sus rodillas a freír.
Lo que te hace tolerante son los vicios.

20.10.07

Una vuelta más

Todo el mundo desea dar una vuelta más en la calesita. Aún cuando se aburran, aún cuando no entiendan, aún cuando sospechan que la calesita en cuestión no conduce a ninguna parte.
Esta actitud es merecedora tanto de repudio como de ternura. Es que nadie sabe si será capaz de hallar, en el parque, otro juego.

Mi amigo H. hace todo lo que está a su alcance

Mi amigo H. me cuenta que la velada había sido más o menos como de costumbre. Su novia había llegado del trabajo. El pidió comida en el lugar de siempre. Comieron; terminaron una botella de un malbec sin pretensiones que había sobrado del fin de semana. Cogieron con el mínimo interés que da una convivencia superior al año y medio. Alguien gritó: ¡Ah! Quizás fue ella, quizás fue él. Se quedaron con el televisor encendido. Ella fumó un cigarrillo. Se quedaron dormidos.

Entonces él se levantó tratando de no hacer mucho ruido. Fue a la cocina; tomó un vaso de agua para despejarse, y volvió con el paquete de azúcar que había comprado esa misma tarde. Ella dormía, como siempre. Boca arriba.
Tuvo que bajarle la bombacha, muy despacio, para que no se despertara. Pero la bombacha tenía el elástico vencido, y eso facilitó la tarea.
Y él mismo, mi amigo H., cargó una cuchara sopera de azúcar tanto como era posible. Y espolvoreó la vagina de su novia, con sumo cuidado. Le llevó un minuto y medio, dos como mucho, completar la maniobra. El triángulo mágico quedó en su totalidad cubierto de azúcar. Su novia dormía con la boca abierta.
Mi amigo H. se acostó a dormir.
A la mañana siguiente sonó el despertador y ella, su novia, saltó de la cama y prendió la ducha; mi amigo H. contaba con esa parte de la rutina.
Mi amigo H. preparó café y su novia salió del baño para desayunar, para vestirse, para irse a su trabajo.
En las dos o tres palabras que cruzaron él notó que tal vez el experimento no había generado efecto alguno. Que su novia no mostraba la más mínima evidencia de haberse vuelto más dulce.

17.10.07

El teorema central del límite, la ley de los grandes números, esas cosas

Si se toma una moneda. Si se tira la moneda. Si se replica el experimento unas treinta y tres millones de veces, la ley de los grandes números dice que el cincuenta por ciento de las veces, la mitad de las veces, la moneda caerá del lado de la ‘cara’.
El otro cincuenta por ciento de las veces, la otra mitad de las veces, la moneda caerá del otro lado, del lado de la ‘seca’.
Lo importante es entender que la aplicabilidad de la ley de los grandes números, su utilidad intrínseca, camina y se desarrolla en el campo de lo teórico. Se dificulta hallar, en el citado ejemplo, el nexo pragmático.
Lo que te quiero decir es que para los rudimentos que más o menos orquestados conforman una vida, basta con la suerte.

13.10.07

Experiencias demoledoras / antídotos de venta libre

Descubrir que uno no ha llegado a ser ni el dos por ciento de lo que hubiera deseado ser, es una experiencia demoledora. En momentos tan extremos, la búsqueda de alivio suele pecar de poco original; el abanico va desde Sai Baba hasta Creamfields, pasando por el psicoanálisis, la computación, la fabricación de incienso, la lectura de los clásicos, las conversaciones con la mascota preferida, en fin.
En el inverosímil ánimo de ayudar, es que recomiendo e instruyo colocar sobre la puerta de la heladera, a una altura de fácil acceso visual, un pequeño imán. Con el teléfono de una pizzería cercana.

Hipótesis de conflicto

Si se observa a un animal en su hábitat natural, y luego se lo observa en una jaula, en un zoológico, incluso el ojo no entrenado advertirá sutiles diferencias de comportamiento.
Si se le quita al animal lo que se ha dado en llamar ‘hipótesis de conflicto’, si el animal comprende que se le traerá la comida a un horario cierto, si el animal descubre que la jaula que le impide escapar es la misma jaula que le impide, por ejemplo, ser mordido, si el animal entiende que lo que se espera de él es que se deje sacar un par de fotos, que se rasque, que de un par de vacilantes pasos, que gruña, pongamos unas tres o cuatro horas al día. El animal, entonces, se quedará echado, de manera tan aburrida como indolente, limitándose a respirar, y a llevar a cabo alguna que otra función de índole fisiológica, más o menos involuntaria.
La diferencia en términos de comportamiento, lo que subyace y define, entonces, es la diferencia entre libertad y confort. Cuánto confort está dispuesto a ceder el tigre, la cebra, el mono, para tener más libertad. Y cuánta libertad está dispuesto a ceder el tigre, la cebra, el mono, para obtener algo de confort.
Para intentar acercar posiciones, para aproximar una solución a tan álgido tema, pueden hacerse en principio dos cosas. Poner una Playstation, por ejemplo, en la jaula del león. O darle algo de dinero en efectivo a un cocodrilo, en su hábitat natural.

10.10.07

Dieta existencial

La gente que consume alimentos dietéticos, consume una contradicción.
Es gente en extremo particular; gente que decide comer sin comer, y que elegiría sin inconvenientes tomar cerveza sin alcohol, fornicar de ser posible sin contacto físico, respirar del aire tan solo las moléculas útiles.
Esta gente que toma café descafeinado, y come queso desquesado, y manteca desmantecada, y mermelada sin azúcar, y lechón light, me repugna en una tecla muy particular. Es gente calculadora y fría; gente que está dispuesta a privarse de cualquier cosa buena que tenga la vida, si se consigue con ello evitar lo malo. Es gente dispuesta a contar las calorías, los pelos, los pasos.
Esta gente que siente particular predilección por cuantificar el daño.

6.10.07

Detalles

Viendo películas viejas, en fin de año, descubro que los mandamientos son diez, pero los pecados capitales son siete. Esto me lleva a pensar que tal vez haya tres mandamientos que sean opcionales. Algo similar a cuando se elige un automóvil con aire acondicionado, cierre centralizado, levantavidrios.

Un poco de aleluya

no fui yo,
fueron mis manos
las que pidieron tocar
sus tetas
una vez más

para satisfacer su nada sencillo
destino
de manos
y exprimir la magia que hay oculta en
cada instante

–estoy dispuesto a regalarte todos
los álbumes de fotos–


y no fue ella,
fueron sus tetas
las que dijeron ‘sí’
una vez más

para conseguir la maravillosa fragancia
de la comprensión

antes de cumplir con sus obligaciones
de glándulas mamarias.


en este curioso paraíso
donde las manos piden
y las tetas hablan.

3.10.07

Tributo a Michael Jackson

La otra noche tuve un sueño extraño. Soñé, por curioso que parezca, con el video del tema ‘thriller’, de Michael Jackson. Independientemente del hecho que el mundo de la música cambia a una vertiginosa velocidad, es posible que mucha gente aún recuerde quién es Michael Jackson. Un negrito simpático, cuando cantaba junto a sus hermanos en ‘Jackson’s five’, y que luego fue creciendo y mutando para convertirse en una absoluta estrella del pop, al tiempo que dejaba de ser negrito y dejaba de ser simpático, para terminar inmerso en tragedias y escándalos que hacen a la vida privada de las personas, y en las cuales preferiría no detenerme. Quiero decir que si a alguien le gusta pasarse una pitón por las tetas no es tema mío, ni hace nada a favor o en desmedro de las cualidades artísticas del chiflado en cuestión.
El video del tema thriller, tema con el cual el Señor Jackson alcanzó un éxito rutilante, tenía una parte, así lo recuerdo, en que el bueno de Michael era perseguido, junto con su chica, por una banda de muertos vivos. Los muertos brotaban de la tierra, vestidos con harapos, con las manos extendidas en forma de garras, todavía prisioneras de cierto rigor mortis, y con miradas exoftálmicas de zombies famélicos se dedicaban a realizar un novedoso y original bailecito.
Eso es lo que sucedía, en grandes rasgos, en el video, en mis sueños.
Lo que me sorprendió entonces fue lo que no recordaba haber visto oportunamente; y es que los sujetos descriptos, los muertos vivos, los zombies famélicos con sus pupilas de un amarillo chillón y sus manos extendidas en forma de garras, te pedían un peso, te pedían plata, te pedían algo.
Y tal vez, entonces, la otra noche no tuve un sueño extraño. Tal vez caminaba por mi barrio, volvía a mi casa.

29.9.07

El malabarista

Sin entender mucho de malabares, sin tener conocimiento de tan arcana disciplina, sin tener capacidad para sostener en el aire otra cosa que no sea, por ejemplo, una escupida, por lo que dura un instante.
Sin saber malabarismo, entonces, decía, me ha tocado volver a ver una disciplina circense que yo creía olvidada, por obsoleta, tal vez, o poco entretenida.
La disciplina consiste en un señor, en adelante el malabarista, que cuenta con una especie de mesa larga y delgada. El malabarista tiene platitos, muchos platitos, simpáticos platitos parecidos a los platitos que van debajo de las tazas donde se sirve café con leche. El malabarista también tiene varillas, unos palos, de madera, creo, delgados y algo flexibles, de entre un metro y medio y dos metros de longitud, no podría definirlo.
El malabarista, mediante un tan simpático como prodigioso movimiento circular, pone en, valga la redundancia, movimiento, un platito en una punta del palo. Girando luego el palo, haciendo un movimiento corto y sostenido sobre el extremo inferior del palo, consigue que el platito colocado en el extremo superior del palo gire, de vueltas y vueltas y no se caiga.
Aquí es donde empiezan las complicaciones.
El malabarista va colocando más y más platitos sobre los extremos superiores de más y más palos. Y va dejando los palos enganchados, por el extremo inferior, en alguna muesca o base existente sobre la mesa.
La capacidad del platito de mantenerse en el aire, sin caerse, sin estrellarse contra el piso, depende del curioso y enigmático movimiento circular que se aplique sobre el palo, una vez que ya el platito ha sido puesto a girar.
El movimiento, y esto agrega la dificultad, se agota en el tiempo, tiene una duración limitada. Por lo que el malabarista debe comenzar a correr de aquí para allá, de un lado a otro, imprimiendo el citado movimiento al palo sobre el cual, nosotros los espectadores podemos verlo, el platito empieza a girar más y más lento, empieza a ondular en el aire y se prepara para caer sin remedio, porque se ha quedado sin fuerza, sin vida, hasta que la mano salvadora del malabarista llega justo a tiempo a transmitir energía, fuerza, alma, y el platito vuelve a girar, a vivir en el aire, mientras el malabarista emprende su alocada carrera, corre y corre para salvar a otro platito a punto de caer.
Mientras esto sucede, mientras cada platito a punto de caer es rescatado por la mano experta del malabarista sobre el palito, mientras, milagrosamente, diez o doce o quince platitos permanecen en el aire, girando y girando y girando y girando, mientras el malabarista se acerca más y más a un punto donde parece que no podrá sostener los platitos en el aire, que no conseguirá seguir haciéndolo porque sencillamente está más allá de sus capacidades, mientras esta situación de extrema tensión continúa, los chicos lanzan gritos de admiración. Los chicos sentados en la tribuna chillan de alegría. Los chicos ríen.

Sin saber que están presenciando, ni más, ni menos, no es otra cosa, lo que tendrán que hacer, día tras día, a lo largo de su vida adulta.
Hasta que, uno por uno, los platitos empiecen a caer.

Todos vivimos en primera persona

Entendelo de una vez.

26.9.07

Atrofia, distrofia

La belleza en las mujeres y el dinero en los hombres, atrofia. Si se adormece la carencia se evaporan las inquietudes, se licuan las capacidades.
Por eso no dejo de asombrarme cuando tengo la oportunidad de ver a alguien con unas exquisitas tetas, o la billetera llena. Gente que se encariña de manera tan inusual con sus defectos.

22.9.07

No sufras por eso

Cuando veo un hombre que sale de un automóvil hablando por teléfono celular, creo que el hombre vive el vértigo de una fantástica vida plagada de manjares y exquisitos negocios.
Cuando veo un hombre que se despide de su novia con un dulce beso, pienso que la mujer lo aguardará esa noche, para compartir una curiosa combinación de pasión y armonía.
Cuando veo un hombre que sube a un escenario a cantar sus canciones, estoy seguro que la plenitud lo inunda como un mar, y luego desciende, cansado y feliz de haber hecho lo que siempre quiso hacer con su vida.
Pero, cuando me ha tocado bajar de un automóvil hablando por teléfono celular, cuando me he despedido de una novia con un dulce beso, cuando he subido a un escenario a cantar mis canciones, he podido comprobar que no era tan entretenido. No era tan así.
Ser otro es una actividad en exceso sobrevalorada.

Capilaridades

En la televisión, un músico de rock promociona su nuevo trabajo. El músico de rock ha estado ausente por algunos años; el músico de rock ha vuelto.
Algo no está bien; algo está mal.
No es la letra de sus canciones, que exuda una imbecilidad tan característica como conocida. No es la música, los mismos acordes que se han venido apareando, una y otra vez, durante los últimos cincuenta años, con resultado disímil.
No, es su pelo. Tan sólo su pelo. O la carencia de. El cantante de rock se está quedando pelado.
Los detalles, nada como los detalles para derribar los proyectos más rotundos.

19.9.07

Nepal privado

En mis lecturas sobre el zen, en mi desconcertante búsqueda del sentido de las cosas, he podido descubrir la importancia que se asigna al estado de zazen, el estar sentado, la meditación como un estado de ‘no-mente’, el dedicarse a respirar y nada más que respirar, ser un observador que no se mueve ni piensa, limitarse a ser, a estar presente.
Es en este sentido que me veo obligado a repasar mi derrotero laboral de estos últimos años. Cómo podía yo saber que cada oficina en la que estuve era un templo tibetano repleto de monjes, de budas, de sabios.

15.9.07

Piolín

Estoy en la playa. Se me acerca un niño. El niño sostiene con ambas manos el piolín de un barrilete. El barrilete se mantiene firme, alto, muy alto, junto al sol cegador. El barrilete es un rombo dividido en cuartos; hay un cuarto rojo, uno verde, uno azul, uno amarillo. El barrilete tiene una cola de la que brotan triángulos como si fueran dientes. Los triángulos son rojos, verdes, azules, amarillos.
El niño se me acerca dando pasos laterales, avanza muy despacio.
–Señor, señor, ¿me ayuda?
Miro al niño, que no quita los ojos del barrilete ni por un instante. Yo también miro el barrilete, no puedo dejar de mirarlo. No sé qué es lo que precisa el niño.
–¿Puede sostener el barrilete? Es un minuto, nomás.
–Sí, claro –al niño se le debe haber desatado una zapatilla, o tal vez le pique la nariz. Quizás le duelan las manos y necesite un descanso. Me pasa el piolín con el carrete; llevamos adelante la maniobra con sumo cuidado. Hay viento. El barrilete tira para permanecer, indómito, en lo alto.
Ahora soy yo quien sostiene el barrilete.
Entonces el niño extrae una pequeña navaja del bolsillo trasero de su short. Y corta el piolín.
El barrilete corcovea en el aire, salta como un espermatozoide díscolo, y emprende una alocada carrera hacia el mar.
–Gracias –me dice el niño–. Es mejor así. Sabía que sería mucho mejor así.

Ah, eh

En la barra de un bar que tiene tanto de irlandés como de coreano, el sabio Paul Maker manifiesta su sorpresa al ver que la sigla AE/DE no tenga sitio en el mismo pedestal interpretativo que, por ejemplo, AC/DC, o AM/FM.
No tengo más remedio que exhibir mi estupor, sino contrariedad, por el desconocimiento de la sigla, y por añadidura de su significado.
–Antes de la eyaculación / Después de la eyaculación –dice Maker, da una última pitada a su cigarrillo, termina su whisky, apoya ambas palmas, una encima de la otra, sobre la barra de madera donde se mezclan algunas humedades con restos de ceniza, y no dice más nada.

12.9.07

Sonidos inconfundibles, sonidos de identificación unívoca

Si el sonido de una cuchara rascando el fondo de una olla te hace llorar.
Es porque estás en presencia.
De una nítida imagen.
De tu propia vida.

8.9.07

No lineal

Según dicen los expertos en una abstrusa ciencia denominada ‘nutrición’, el ajo hace bien, el aceite de oliva hace bien, el vino hace bien. Esta combinación se ha dado en llamar ‘dieta mediterránea’. Los mismos expertos agregan que los frutos secos hacen bien, la banana hace bien, la cebolla hace bien, el té hace bien, los cereales hacen bien.
Sin embargo, si uno mezcla, por ejemplo, té con vino con nueces con ajo con aceite de oliva con una banana con una cebolla y lo mete en una procesadora de alimentos, y lo tritura, y lo mezcla, y lo toma.
Uno corre el riesgo de dejar un tramo no menor de intestino junto a un zócalo de un baño cualquiera.
Lo que deseo transmitir, aunque el ejemplo acaricie el rugoso borde de la grosería, es que la sumatoria de cosas que hacen bien, su indiscriminada y bienintencionada combinación, puede hacer mal.

El ropaje de la soberbia

Quien acude al consultorio de un psicólogo debiera despojarse de esa dosis extra de megalomanía, y concurrir en el estado de ánimo de quien visita a una prostituta. Alguien que, sin importar la inmensidad de la dolencia que lo perturba, sabe que deberá pagar para ser interpretado, para lograr alguna suerte de alivio.

5.9.07

77

Mi amigo H. se ha comprado una navaja. La navaja es suiza. La navaja tiene, me dice, setenta y siete funciones.
–¡Setenta y siete funciones! –dice H. con orgullo.
Analizo el objeto en detalle. Al parecer, con la navaja suiza uno podría desde degollar una vaca adulta, hasta saber con milimétrica precisión a cuántos grados estamos del meridiano de Greenwich. Y coser una media, además.
También descubro, tras manipular el objeto, que el mismo tiene un simpático sacacorchos. Son estas cosas las que me devuelven la fe en los suizos.

1.9.07

Máximas Hundred para una vida social digna

m1) La gente es una mierda hasta que demuestre lo contrario. Que seas inocente o culpable es anecdótico, algo de la más absoluta irrelevancia.
m2) Cuidado con el ‘fanático del canapé’, cuidado con la ‘boluda vernissage’. Yo sé que estás aburrida, yo sé que te querés matar. Pero ninguna línea de razonamiento implica que en una exposición de elefantitos de mazapán conocerás gente interesante.
m3) Encariñarse con los propios defectos te dará mucha paz, pero no se debe hacer del defecto una virtud. No te pongas peluquín, no te congeles la cara en una triste sonrisa botulímica, pero tampoco bajes a la playa en tanga si estás por encima de los 104 kilogramos de peso (te has transformado en un mamífero mediano), ni te rasures el cráneo tres veces por día en lo que se ha dado en denominar ‘FF’ (Falso Foucault), o ‘TP’ (Triste Postelermanismo).
m4) El exceso de personalidad no es otra cosa que el desesperado anhelo de un grupo de pertenencia. Si sos vegetariana, si hablás todo el tiempo de lo importante que es correr 70 kilómetros por semana, si sos fanático de la marihuana, si te tatuaste una jirafa tomando fernet sobre tu nalga derecha, si sacás seiscientas veinticuatro mil fotos con tu cámara digital cada vez que vas a la playa (y pretendés que alguien las vea), eso no invalida que puedas seguir siendo un tremendo pelotudo.
m5) Se puede estar solo, se puede estar mal acompañado. Y cuando estés solo sufrirás por no estar mal acompañado, y cuando estés mal acompañado sufrirás por no estar solo. La felicidad es algo demasiado caliente o demasiado frío. Se deben dar pequeños sorbos.
m6) Todo lo que es preciso saber de una persona, es fácil de observar mientras se come una pizza. Sus dones, sus miserias, sus grandezas, su falta de criterio, está todo ahí.
Ejemplo a: Si un hombre elige una pizza con ananá glaseado es un imbécil sin alma.
Ejemplo aa: Si una mujer no se anima a tocar una porción de pizza con la mano, ¿con qué cara creés que te sostendrá la gallinita?
Ejemplo aaa: Si un hombre se dedica a emprolijar con un cuchillo la muzzarella, para que la distribución de queso sea de una exactitud milimétrica, estás en presencia de un maniático obsesivo que se pondrá a llorar cuando se le caiga un botón de la camisa.
Ejemplo aaaa: Si una mujer aparta todos los ingredientes de la pizza, y da mordisquitos de rata sobre la masa pelada, tendrá una profunda depresión no mucho más allá de los treinta años de edad.
Ejemplo aaaaa: Si un hombre le pone jamón a la pizza, es un hombre que no sabe si quiere un sándwich o una pizza. Tampoco sabe entonces si te quiere a vos o a tu prima. No sabe distinguir entre lo frío y lo caliente. No sabrá distinguir si su pareja precisa actividad sexual o lectura. Es un hombre que querrá dormir demasiado abrigado. Es un hombre que se resfría mucho. Es un hombre con problemas de temperatura.
Ejemplo aaaaaa: Si una mujer dice: ¡pidamos la pizza ‘Gran Pitufo’!, o la pizza ‘Super Scalectric’. Esa mujer desea que la pizza sea multicolor, porque le resulta entretenido. Esa mujer desea que la pizza tenga salchichitas y palmitos y cebolla y naranja y rúcula, porque no sabe cómo huir de la tristeza. Esa mujer te organizará fiestas en tu domicilio para 200 personas que no viste jamás (y tu domicilio es de 38 metros cuadrados). Es una mujer que necesita amontonamiento porque sin el peso de una multitud siente que su tristeza se la llevará como un barrilete sin hilo.
Ejemplo aaaaaaa: Ya está bien. Aunque podría seguir.
m7) Se debe uno apartar del imbécil marmolado (también conocido como imbécil bicolor). Es un sujeto que con tal de estar con gente, asentirá como un perrito de taxi, estará de acuerdo, jurará que a él siempre le fascinó la idea de ponerse un piercing en el testículo derecho, o dirá que ella siempre quiso hacer un curso de armado de anzuelos para pescar pejerreyes en Santa Teresita. Estar de acuerdo todo el tiempo es un defecto físico importante.
m8) Si se habla demasiado fuerte en un lugar público, si la persona se excede en ampulosidades, en carcajadas estentóreas, se está pidiendo socorro. Si uno se encuentra con una persona que manifiesta estar ‘bien’, o ‘rebien’, más de tres veces en una charla, intente con delicadeza alejarlo de los cuchillos y de las ventanas.
m9) Queda abolido el tiempo verbal pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo. Ya sé que te podrías haber casado con un polista belga, pero al tipo lo atropelló un pony el día antes de la boda. Ya sé que podrías haber sido el número 9 del Milan, si tu primo no te hubiera partido la rótula jugando al ludomatic. Te pido por favor, no se te ocurra utilizar el ‘hubiera o hubiese’. Todo hubiera o hubiese sido diferente, si hubiera o hubiese sucedido algo diferente. Pero sos secretaria, o vendedor de artículos de limpieza. Tomátelo con calma, servíte otra porción. Yo también fracasé, no es tan grave.
m10) El genuino esmero por agradar es señal de sana cortesía. Pero si las tetas te huelen a eucalipto, es porque se te rompió el paracaídas sobre un bosque de pinos. Lo que quiero decir es que, sencillamente, no es creíble.
m10 bis) Los domingos de lluvia es normal que te pongas un poco triste.

No te guardes tu fe

no, te digo que no,
no fui yo quien abrió las aguas.
y no, te digo que no,
no fui yo quien multiplicó los peces.
ni los panes.
y no, de ninguna manera,
no soy yo el que cura. ni el que salva.

no, lamento decirlo, pero es la pura verdad,
no tengo el talento ni la fuerza, ni siquiera
la suerte
para lograr ningún milagro.

pero igual, quiero decir, para qué calcular,
qué importancia tiene

podrías quererme.

29.8.07

Sol

No tengo nada contra los lentes de sol. Me gustan los lentes de sol. Considero los lentes de sol un adminículo interesante, un frasco inofensivo de la personalidad, una medida de coquetería y protección ante el mundo que nos circunda.
Lo que me cuesta entender es que la gente los utilice para deambular por la vía pública, para desplazarse en cualquier medio de transporte, para pasear en lugares de veraneo.
Yo creo que los lentes de sol, su utilización, pertenece al más estricto de los ámbitos privados.
Se deben utilizar para coger, for example.

25.8.07

Original

Aquí te traje la rueda y el fuego y la penicilina y el sistema de precios y un poema y un whisky y un chocolate y una carcajada y una sinfonía y un paseo de la mano y un plato de fideos.
Quería regalarte la civilización.

La zeta de Zorro

V. me pide que la acompañe. Debe dejar a su hija en el colegio, han organizado una fiesta de disfraces. Después de dejar a su hija en el colegio, dispondrá de cuatro, cinco horas tal vez, para que vayamos a cenar, para que juguemos a inventar un sucedáneo del amor.
Así que entramos al colegio. V. de la mano de su pequeña hija, que debe tener siete años, o nueve, y yo tres pasos por detrás, acompañando a distancia, como quien teme ser involucrado en algún malentendido de esos que pueden durar una vida.
La hija de V., que se llama L., va disfrazada de pirata, y está tan feliz como sólo un niño puede estarlo. Lleva puesto un pañuelo rojo, atado con un nudo, que le cubre por completo sus dorados bucles, un amplio cinturón en el que lleva enganchado su cimitarra de plástico fluorescente, y un parche que le cubre un ojo.
Está orgullosa de su disfraz, y ya en el centro del patio lucha por soltarse de la mano de su madre para poder así perderse con sus amigos en un fantástico mundo lleno de piratas, panteras rosas, astronautas, conejos y algún sapo desteñido de un metro y medio de altura.
V. intenta darle las últimas instrucciones, recordarle a qué hora pasará a retirarla, señalarle a la profesora que ha tomado posición en un improvisado mangrullo, infinitamente aburrida, encargada de tocar un silbato ante fracturas, incendios, intentos de violación masiva, o lo que sea que hayan inventado los niños para divertirse.
Con las manos en los bolsillos, miro alrededor. Algunos padres espían a sus hijos que se empujan en el centro del patio. Los chicos corren y gritan, y los disfraces van perdiendo pedazos hasta transformarse en un todo indiferenciado y colorinche. Hace mucho calor.
Revuelvo los cajones de mi memoria, intentando hallar una fiesta de disfraces en mi pasado, pero los recuerdos se ponen sombríos, y decido correr una cortina color borravino de mi mente y seguir, ir a cenar, acostarme con V., pasar un buen rato.
Entonces veo a un chico. El chico ha intentado acercarse a un grupo de chicos en el centro del patio, pero curiosas y enigmáticas fuerzas lo van alejando, repeliendo. Nadie le habla, nadie quiere hablar con él. Es un obstáculo más que debe ser sorteado. El chico es un poco más alto que sus compañeros, y gordo. De esa gordura masiva, sucesivas capas de piel en cascada, dedos cortos, rodillas del tamaño de melones, cráneo demasiado ancho para sus hombros, y orejas de un rojo inapagable. Usa pantalones cortos, y un sombrero negro hecho de cartón, que es demasiado pequeño para su cabeza y ha dejado caer hacia atrás, sobre su espalda, sostenido por un piolín que se pierde entre los pliegues de su cremoso cuello.
Está, como dije, en shorts y remera, por sobre la cual le han puesto, a modo de capa, una bolsa negra de residuos, atada al cuello. Sobre la bolsa alguien, un asesino piadoso, un dulce criminal, ha intentado con tres trozos de cinta adhesiva fabricar una desarticulada ‘Z’, que parece ir despegándose pero no termina de despegarse y cuelga, exangüe. El niño ha sido provisto también de una espada que se ha perdido en alguna parte, menos la empuñadura de plástico amarillo, que aprieta en un puño como si le fuera la vida en ello.
Las pocas personas que se dirigen a él, un adulto con sonrisa de durlock, algún niño a la pasada, lo hacen diciendo una sola palabra. La palabra es ‘gordo’.
Y ahí está el gordo, con su espada y su capa que parece quedar suspendida en el aire por un segundo más cada vez que se mueve y sus cachetes rosados y sus ojitos pequeños congelados en una mirada que da miedo, afuera para siempre de todas las fiestas de este mundo sin que nadie comprenda que lo que está sucediendo es más triste que las guerras, más cruel que los terremotos.
–¿Cómo te llamás? –Le pregunto.
–Manuel, Manuel –repite y aprieta los dientes–. Manuel.
Y me voy a quedar acá, en el medio del patio, abrazado a Manuel que se deja abrazar y lanza un suspiro que va a durar toda una vida, apretándolo tan fuerte hasta que él o yo tengamos ganas de respirar una vez más, abrazado al zorro, de rodillas, y nos vamos a sentar en el piso, y voy a llorar toda la noche, voy a llorar hasta que pase algo.

22.8.07

Quien quiera oír, que haga silencio

Siguiendo con la sesuda búsqueda e interpretación de mensajes ocultos en las emblemáticas letras compuestas por los inobjetables íconos del rock nacional, me permito analizar la siguiente estrofa que pertenece al tema ‘ya morí’, de los genéticamente stonianos ‘Ratones Paranoicos’.
La letra versa, más o menos, así (sepan disculpar si desafino un poco al escribir):

‘…toda esa pobre gente
los que se mueren de repente
espero que ahora estén mucho mejor’.

El análisis llevado a cabo con equipos de la más compleja tecnología, y con un grupo de expertos en semiótica formados en la F&A University (Fileto & Albahaca University, Idaho, Estados Unidos), bajo la brillante conducción de quien esto escribe, permitió obtener el siguiente resultado.
Lo que la canción en verdad dice, lo que el autor, o los autores, desean manifestarle a toda esa juventud tan voluntariosa como extraviada, y porqué no polivalente, es lo siguiente:

‘…toda esa pobre gente
los que la reman sin statement
espero que tengan caloventor’.

El rocanrol tiene sus vericuetos, que de ningún modo escapan a este equipo de agudos investigadores.

18.8.07

En tránsito

Cuando uno se halla en un aeropuerto, cuando uno ya ha hecho los trámites para abordar un avión, y sólo queda esperar una instrucción, un llamado, se adquiere un status que se ha dado en denominar ‘en tránsito’.
Uno deja de ser; uno es mercancía que debe ser transportada. Uno debe llegar a, volver de, alcanzar, escapar, retornar, seguir.
En lo que a mí respecta, la sensación es la despersonalización más absoluta que yo pueda imaginar.
Sólo superable por la sensación del que aguarda sobre una camilla, para ingresar a un quirófano.

Un faro, una brújula

Soy consultado, me consultan, por motivos que desconozco, por motivos que ignoro, sobre qué filósofo sería conveniente leer. Si Schopenhauer, si Kierkegaard, si Novalis, si Spinoza.
Juego por un instante con el tenedor, remuevo los restos de salsa que han quedado en mi plato, la salsa está fría, encuentro un pequeño trozo de aceituna negra.
Sugiero entonces comenzar por la lectura de los precios en la góndola de los vinos de cualquier supermercado de barrio. Y escoger, sin dudarlo, un vino de más de veinte pesos.
Las honduras filosóficas, los cambios de paradigma, las dudas existenciales, vendrán de visita, sin esfuerzo, con la luz apropiada, a la hora debida.

15.8.07

Vivir sin mí podría ser una disciplina olímpica

Esa mujer llama tres veces por semana, para decirme que puede vivir perfectamente bien sin mí.
Y es bello sentirse imprescindible. Aún en esa forma.

11.8.07

Así

Entra una mujer al bar, y me da un puñetazo en el rostro. No ha dicho nada; todo sucedió demasiado rápido.
Una gota de sangre de mi nariz cae sobre el pocillo de café. Mi sangre es roja.
La mujer no me conoce, estoy seguro, no la he visto en mi vida. Tengo buena memoria.
Desde los tiempos antiguos los poetas han escrito que el amor es algo que te sucede, así nomás, sin explicación. Supongo que lo mismo vale para el odio.

Mientras aguardamos que tu vida cambie

Cuando alguien, por ejemplo un domingo, lee su horóscopo, ese alguien desea encontrar, en su futuro, algo diferente a su presente. Desea descubrir que una sorpresa lo aguarda a la vuelta de la esquina. Algo mágico, maravilloso tal vez, algo que lo haga sentir una persona distinta.
Mas le valdría entonces, a mi modo de ver, leer el horóscopo de otro.

8.8.07

Mecanismo

Si se deja de utilizar un reloj, el reloj se pone mustio, cambia de color, se marchita. Hagan la prueba de guardar un reloj en un cajón por un mes, y luego observen los cambios que ha experimentado en su composición, en su estructura intrínseca.
Deduzco sin esfuerzo que la potencia del mecanismo reside en el daño que ejerce sobre su portador. El goteo del tiempo sobre un organismo vivo.
Arriesgándome con la genialidad de una metáfora, podría decir que un reloj tiene cualidades de murciélago, de vampiro.
Se puede también hacer la prueba de guardar un murciélago, durante un mes, en un cajón.
Y después preguntarle la hora.

4.8.07

Diferentes venenos

En el programa de televisión, hay un hombre con unos bigotes tipo manubrio, y un simpático sombrero. Al parecer, el hombre ostenta el curioso cargo de ser experto en víboras. El hombre se dedica a meterse en la selva y perseguir serpientes. Las encuentra, no sé cómo pero las encuentra. Las obliga a salir a la luz, a dar la cara. Las golpea con una rama, pero con cariño. Les habla. Las agarra con una mano. Explica los hábitos de cada tipo de serpiente. Habla sobre los diferentes venenos. Agarra los bichos de la cola, obligándolos a mirar a la cámara.
Y descubro que me he incorporado en la cama, y estoy deseando que una víbora pique al sujeto, que muestre su cuota extra de velocidad y lo muerda, que le deje una mano del color azul de metileno, que le arranque una pantorrilla de un mordisco.
Descubro que estoy deseando que eso suceda con una intensidad que yo creía olvidada, o más aún, desconocida.

Homenaje

Acodados en la barra de un bar, porqué no, otra vez. La madera, la penumbra, el humo azul, el sopor, el estado de sana reflexión que sólo más de dos whiskys pueden dar. El sinsentido que flota en el aire como un halcón amaestrado.
A mi lado, el poeta, el sabio, el librepensador, el amigo. Paul Maker. Juega con dos dedos a patear un maní sobre la barra de madera oscura, como si se tratara del partido de su vida.
De pronto una mujer situada en una de las mesas, se ha puesto de pie y abandona el local. Lleva un jean ajustado y hace taconear sus botas de color morado. El cabello se mueve, apenas, sobre sus hombros. Ella aprieta su diminuta cartera bajo un antebrazo. Su culo es redondo y firme. Un culo para dejarse llevar a dar una vuelta en culo. Un culo para abandonar las más íntimas convicciones. Un culo para soñar y soñar.
–Me estoy cogiendo encima –dice Paul Maker tras haber seguido con inusitado interés el trayecto de la mujer. Después levanta su vaso, indicando al barman que precisa otro whisky–. Y más maníes.

1.8.07

El esperador

esperar, esperar, esperar,
el 89% de la vida
es esperar.

yo soy el que espera
en un aeropuerto
para volver a ninguna
parte.

yo soy el que espera
en un hospital
que un médico diligente
y exhausto
salga de un quirófano,
sonría,
y me diga que alguien que
no conozco
se va a salvar.

yo soy el que espera
en un bar
que empujes esa puerta
con tu gorro de lana
y tu sonrisa eterna
y jures que me estuviste
buscando
desde que terminaste la secundaria.
mirá dónde nos venimos a encontrar.

esperar, esperar, esperar,
o hacerse fanático de un deporte absurdo,
o tener un comercio, que compre y que venda,
o aceptar un baldazo del más puro fracaso
a la manera tradicional.


28.7.07

Sensaciones únicas, irrepetibles

Dicen los que saben que saltar en paracaídas provoca una sensación única, irrepetible. El caer desde tres mil metros de altura, caer y caer, sin nada que te sostenga, caer hacia la nada por un instante que está construido de la más pura de las eternidades.
Lo mismo me ha sucedido a mí, al abrir la puerta del pequeño placard, y descubrir que se me ha terminado el whisky.

Presurosa

Sentada sobre la cama, con bombacha pero sin corpiño, algo despeinada y con la mirada perdida en algún punto de la pared, en el espacio entre la televisión y la puerta, espacio hecho de sucesivas capas de mugre y por lo tanto sin atractivo ni posibilidad de develar misterio alguno. Ella, decía, habló, dijo que estaba atravesando el difícil período de la depresión posparto.
Entonces, con pausa, con delicadeza, sin ánimo de aventurarme a rebatir una patología tan íntima, me permití sugerirle que tal vez su estimación era algo apresurada.
Ni siquiera habíamos cogido.

25.7.07

A las escondidas

Esta mañana me desperté con la firme certeza de ser otro. Una persona diferente, con atributos y cualidades que yo desconocía. No creo que exista cosa más asombrosa; como mirarse al espejo y no reconocerse.
Pero lo sé, lo intuyo, lo adivino, todo esto tiene una explicación. Lo hago para poder, esta noche, soñar con parecerme a mí.

21.7.07

Jabalí

Si se tiene la paradójica oportunidad de ser invitado a presenciar la caza de un jabalí, se descubrirá casi de inmediato y sin ser un idóneo en la materia, que algunos participantes de la actividad están acometiendo una práctica con ribetes lúdicos, mientras otros deben participar de la misma desde el peculiar costado de la supervivencia.
Lo que aflora para el sorprendido observador, lo que emerge, es que quien lucha por la supervivencia, el jabalí en este caso, no podrá divertirse por lo que dure el suceso.
Si bien toda extrapolación peca de desafortunada, yo me atrevería a jurar que lo mismo ocurre en el ámbito laboral.

Tan lejos del Ganges

Después de fornicar, todos los atributos de aquella mujer, que habían llamado mi atención, se habían esfumado. Sólo quedaba una cáscara repleta de rencor y frases hechas.
Lejos de fastidiarme, se me ocurrió pensar que tal vez me aproximaba a ese recóndito conocimiento hindú, en lo que se refiere al tercer ojo.

18.7.07

Pesada carga

Me cruzo con un hombre que lleva media res sobre sus hombros. Acaban de sacar, con ayuda de otro hombre, la media res de un camión. El hombre debe caminar treinta o cincuenta pasos, hasta la carnicería donde entregará la mercancía. Va vestido de un blanco sanguinolento. Suda copiosamente.
Yo llevo mi birome en el bolsillo, y mis pensamientos.
Tengo intenciones de manifestar algo que me redima, de explicarle al hombre que yo también sostengo una pesada carga.
–Cuidado, gil –dice y sigue de largo.
Las tristes lecciones de contundencia de lo fáctico.

14.7.07

Laboratorio

Cuando veo a alguien pedaleando una bicicleta fija, o corriendo en una cinta, me sorprendo lo indecible. Mi estupor alcanza ápices de paroxismo.
Los hámsters que acceden a realizar prácticas similares, lo hacen bajo la más severa de las coacciones.

Maestro Po

La mujer que me acompaña quiere saber qué somos. Así me lo ha preguntado. Quiere saber qué ribetes de formalidad alcanza la precariedad de nuestro vínculo. Quiere saber, como si se tratara de un electrodoméstico, la durabilidad del mismo, cuál es su resistencia ante golpes y caídas, si funcionaría de la misma manera en distintos climas, cuánto dura la garantía.
Lo que yo quiero saber es qué llevaba kung fu en el bolsito, para lucir siempre, ante los acontecimientos más adversos, ante las circunstancias más extrañas, tan tranquilo.

11.7.07

Inflamaciones

Yo creo que debería cobrar por respirar.
Yo creo que la gente debería hacer interminables filas, acampar incluso varios días bajo la lluvia, soportar el más absurdo de los fríos, sólo para oírme pedir un café, murmurar una interjección, balbucir una oración unimembre.
Yo creo que mi esperma, mis uñas, mi saliva, debieran ser comercializados bajo el rubro de ‘artículos suntuarios’, o rematados en Sotheby’s, o envasados como el más exótico de los perfumes, u ofrecidos sólo en clínicas secretas y especializadas, como pócimas capaces de curar las más difíciles dolencias.
Son dos o tres minutos por año, no más. Ya se me pasa.

7.7.07

Moralejas, zapatillas

Compré un par de zapatillas, alguna vez, y las guardé. Ya tenía zapatillas en ese momento. Pero las compré porque me gustaron; eran lindas, de verdad. Y las guardé, eso ya lo dije, a la espera de una ocasión especial, del momento apropiado para comenzar a utilizarlas.
Como todo en esta vida, el momento llegó. Me puse las zapatillas y fui a hacer lo que tenía que hacer.
Estaba reunido con un grupo de personas, tomando cerveza, después de una caminata, sentado, al sol, y el pegamento de las zapatillas cedió, y por lo tanto la suela cedió, y yo quedé, de manera tan literal como taxativa, descalzo.
Si yo fuera Esopo esta historia tendría una moraleja del tamaño de un árbol.
Pero como no soy Esopo, me limitaré a decir que tal vez no exista aquello que yo mismo he dado en llamar la ocasión especial, el momento apropiado.

De camping

–¿Oís el ‘cri cri’? Debe ser un grillo. Pero no lo veo.
–También puede ser que te estén crujiendo las meninges. ¿Hace cuánto que no intentabas pensar en algo?

4.7.07

Poema para confundidas

no confundas melones con guirnaldas
no confundas ternera con ternura
no confundas paciencia con espalda
no confundas un camión con tu premura.

no confundas caviar con un soplete
no confundas lo triste con lo abyecto
no confundas piolín con barrilete
no confundas tetas con proyectos.

no confundas viajes con vivencias
no confundas un reloj con tus dolencias.
que te muerda un Fox Terrier no es la muerte.

no confundas amor con alfajores
no confundas momentos con mascotas.
y por favor, no rompas las pelotas.

30.6.07

Una llamativa y particular forma de soledad

Las veces que me hallo en el extranjero, fuera del país, por circunstancias demasiado inconcebibles para mí como para merecer un más sesudo análisis. Las veces que me hallo en el extranjero, decía, experimento una llamativa y particular forma de soledad hecha de verme obligado a deambular por una geografía ignota, hablar un idioma diferente.
Despojado de mi herramienta natural de expresión, sin coordenadas espacio-temporales de referencia, soy otro, me diluyo, soy nada. Un pánico me aterra: el de no poder hacerme entender; el de no lograr tomar un café; el de no poder volver a casa.
Puedo explicarlo, pero no tiene explicación. Es racional, y no es racional.
Agréguese que me está sucediendo lo mismo, casi lo mismo, cuando bajo a tomar un café, acá, a dos cuadras de casa.

Derecho de autor

Qué no daría yo por ver cómo te secás el cabello con una toalla verde, recién salida de la ducha, temblorosa, mientras entrás a la cocina y dudás, por un instante, si convendría encender la hornalla para preparar té, antes o después de ponerte la bombacha.
Qué no daría yo por recordar esa escena, en lugar de tener que inventarla.

27.6.07

Cliente difícil

La prostituta sentada frente a mí, está dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero. Así lo manifiesta.
Tras convenir una tarifa adecuada, y cumplir con el arcano rito de pagar, le comunico mi único deseo: que sonría.

23.6.07

Preguntas y preguntas

Cuando veo que se interroga a un niño con las clásicas preguntas acerca de si quiere más a la mamá o al papá, o qué quiere ser cuando sea grande, me indigno. Son preguntas que yo mismo no podría responder en este momento.

Fe

Por motivos tan absurdos como azarosos, quedo en posición de circunstancial y semioculto observador de una mujer que se dedica a tareas de limpieza en un salón. La mujer se halla limpiando una estatua. La estatua es de hierro. La estatua es de tamaño natural. La estatua es de un hombre. El hombre está desnudo, no importa si con un bandoneón o empuñando una espada; no importa qué conmemora; desconozco qué representa.
Tras utilizar un trapo con un líquido para limpiar los brazos y las piernas, y la espalda, y el rostro, la mujer retrocede un paso y observa la estatua. Se dedica entonces, con especial delicadeza, a limpiar los testículos de la estatua. Por un momento, he podido ver que la mujer, con infinita ternura, ha sopesado los testículos en una de sus manos, a través del trapo. La mano ahuecada, el movimiento apenas circular, la ínfima presión, la mirada de la mujer, su concentración en la tarea, su cuidado.
Estas son las cosas que renuevan mi fe en el sexo femenino.

20.6.07

Toxicología

El problema con la felicidad acontece, se desarrolla, como con cualquier otra sustancia. Uno comienza por una sana inquietud, una genuina curiosidad. Luego, sin mediar demasiado tiempo, uno se transforma en un consumidor social. Ahí nomás, sin fanfarrias ni clarines, se pasa al exceso. Uno se vuelve un adicto. Es entonces cuando, en un resquicio de lucidez, uno toma conciencia que deberá emplear la totalidad de las restantes energías, el mayor de los esfuerzos, en dejar el hábito.
Porque la felicidad también te mata.

16.6.07

Confusión o delirio

El sujeto que ha logrado cierto éxito económico, suele adolecer de alguna clase de confusión o delirio que lo lleva a creerse superior a sus semejantes. Siente, el sujeto, que el status alcanzado no viene a ser otra cosa que el merecido reconocimiento a una particular mezcla hecha de su esfuerzo y sus capacidades. Siente, el sujeto, que merece consideración y respeto; porqué no alabanzas. Lo que le sucede, en ningún caso es producto del azar. Está ocurriendo lo justo, lo que corresponde, lo apropiado.
Esta forma de pensar, esta exudación de suficiencia, genera cierto escozor e irritabilidad en quienes lo rodean.
Pero el sujeto, en su nuevo estado de situación, puede pagar la cena de todos los presentes. Eso ayuda.

Feliz, feliz en tu día

Al cumplir años se toma conciencia que la muerte, de manera infinitesimal o a paso de golfista, se aproxima. Se alcanza a comprender, sumergido en un aceitoso estupor, que aquello que alguna vez fue futuro potencial y promisorio ha mutado en pasado remoto ante los propios ojos, de manera inadvertida. Se entiende la existencia de lo que podríamos denominar la finitud, la decadencia, la caída.
Si logra uno sobreponerse al inconcebible peso de estas piedras argumentales, también se puede observar que uno casi no ha recibido salutaciones ni regalos. A lo sumo, alguna chuchería.
Se advierte entonces una curiosa duplicidad: la gente que conozco podría, sin excesivas complicaciones, prescindir de mi existencia; y encima están en la lona.
Una macana, che.

13.6.07

O Fontina

Me encuentro en un supermercado, capricho del azar, con una chica que concurrió conmigo a la escuela primaria. A sexto grado, creo, o es así como lo recuerdo.
Yo estaba de pie junto a la góndola de los quesos. Estaba mirando los quesos; fue entonces cuando ella se acercó empujando su carrito y me saludó.
Se llamaba Andrea. Se sigue llamando Andrea. Recuerdo haber estado profundamente enamorado de ella; tan profundamente como puede estarlo un chico de once años. Recuerdo con absoluta claridad su cuello y su sonrisa y su peinado con dos colitas vibrátiles como antenas. Yo no podía apartar mis ojos de esas colitas.
En un momento, recuerdo, le pregunté si quería ser mi novia, con la única finalidad de caminar una cuadra de la mano. Me respondió que ya era la novia de Martín, o que iba a serlo; he borrado algunas cosas de mi mente para poder seguir adelante. En cualquier caso, me respondió que no.
Ahora se muestra amigable y predispuesta. Me cuenta que tiene dos hijos, me cuenta que se divorció. Me cuenta que el país está difícil, que hay mucha inseguridad, que subieron los precios, que hay inflación.
Se ofrece a darme un teléfono para que la llame, para tomar un café, para ir a comer, para que nos veamos. 'Qué suerte que nos encontramos', me dice.
Pero yo quise conocerla, y que camináramos de la mano, cuando tenía once años y ella usaba su peinado con dos colitas. Ahora, Andrea, prefiero este pedazo de queso Roquefort.

9.6.07

Pocas chances

El noventa y siete por ciento de la gente que me cruzo en mi cotidiano y particular via crucis, están absoluta e irremediablemente tristes. Esto significa que, de cada cien personas con las que me cruzo, con las que intercambio un saludo, una mirada, una palabra tal vez, sólo tres no tienen la superficie dérmica total y absolutamente cubierta de un fracaso, una tristeza, un rencor, que ni el mejor detergente y el mejor empeño alcanzaría a lavar.
Esto te deja pocas, ínfimas chances de ser una persona interesante para mí.
Así que la próxima vez que me saludes, que me sirvas un café, que me preguntes la hora, que intentes venderme un reloj o darme un beso, mi sugerencia es que hagas lo mejor que puedas. Esmeráte.

El fuego y la rueda

Viendo el documental sobre los orígenes de la humanidad, las civilizaciones antiguas, su evolución, se me ocurrió hacer un comentario, nada original, sobre la importancia trascendental que habían tenido cosas que hoy se dan por sentadas, como si hubieran existido desde siempre. Hice mención, para ser más exacto, al descubrimiento del fuego, a la invención de la rueda.
Ella no tenía demasiado para decir al respecto, pero me escuchaba con genuino interés. Sabía que de un momento a otro se mencionaría el dinero.

6.6.07

Mágico, estupendo, maravilloso

Hago regalos. Hago regalos sin que medie aniversario ni cumpleaños alguno. Hago regalos sin que haya nada que festejar. Hago regalos, incluso a gente que no conozco demasiado, a gente que tal vez no vuelva a ver. Nunca más.
Pero no, no hay una pizca de altruismo en mí. Ni bondad, no lo creo. Ni, mucho menos, caridad. Tales sentimientos, me temo, no vinieron con mi dotación genética.
Sucede que me gusta que la gente se sorprenda; que sientan que algo mágico, algo estupendo, algo maravilloso, puede sucederles en cualquier momento, así, sin explicación y sin motivo.
Porque no es verdad.

2.6.07

Electricidad

Recuerdo hechos, sucesos, algo tristes, que me han acontecido, y los recuerdo, curiosamente, con una sana alegría. Recuerdo también cosas alegres, cosas felices que me han pasado, pero el recuerdo viene a mí con un regusto amargo.
Tal vez una de las venganzas del tiempo, casi infantil, consista en alterar la polaridad de lo ocurrido.

Génesis

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Zucoa
todo este fracaso está
justificado.

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Nescao
todo este resentimiento, este rencor,
este deseo de revancha que me mastica
la sangre
es admisible.

porque de chico quise Nesquik
y me dieron Vascolet
son estas ganas de escupir, de morder,
de apretar, de patear, de meter los dedos.
de hacer daño.

porque de chico quise Nesquik.
¡Nesquik!
y me dijeron que era igual,
que era lo mismo.

pero me dieron otra cosa.


*Creo, insisto, que este poema es importante.

30.5.07

El delicado tema de las adicciones

Existe algo que podríamos denominar ‘el síndrome del redivivo’, o ‘el síndrome del volvedor’, o en verdad no sé qué nombre ponerle. Consiste, la tipificación, en categorizar a aquellos sujetos que, tras haber estado consumidos por una adicción, logran abandonar el nocivo hábito.
Para más detalle, están aquellos que han sido adictos a las drogas, al tabaco, al alcohol. Finalmente, han logrado, según la propia terminología que suelen utilizar, ‘salir’.
Una vez que han salido, una vez afuera de la obsesión que los dominaba, se observa en ellos una descomunal tristeza disfrazada de orgullo. El sujeto en cuestión, mientras duraba el milagro de haber hallado la sustancia proveedora de alegría, alcanza un brillo tan particular como fugaz, una altura que hasta entonces desconocía. Despojado de la sustancia, el sujeto queda transformado en una cáscara que recuerda aquellos momentos en los cuales brilló. El sujeto, sin la sustancia originaria y basal de su obsesión, se regodea en la fortaleza de su privación. Sin embargo, como persona, fue mucho más interesante durante sus momentos de combustión más tóxica, que en su nueva etapa de sanidad.
Aquello de ‘no hay peor fanático que el converso’, tal vez se aplica.
Y lo mismo me ha pasado a mí, desde que te fuiste. Eso quería decir.

26.5.07

En mi barrio

Es de noche. Bajo a tirar la basura. El árbol donde se suelen dejar las bolsas de basura está a unos diez metros de la puerta de entrada del edificio en el cual, por decirlo de alguna forma, habito.
Junto al árbol, hay un televisor abandonado. También hay un hombre, un vagabundo, con los pantalones enroscados en los tobillos, intentando fornicar con el televisor. De costado, de perfil. Hay un cartón de vino de color verde apoyado junto a sus temblorosos y mugrientos pies.
Hace frío; está por llover.
Sé que la escena debe tener algún significado.
Vuelvo a subir, basura en mano.

Después de antes

Las cosas importantes, las cosas que te interesan, siempre están por suceder, después. O ya sucedieron, antes. Por eso escribo. Con la única intención de mortificarte todo el durante.

23.5.07

Futuro imperfecto

Sugiero considerar al futuro, como un minucioso collage hecho con sucesivos pedacitos de papel presente.
Siguiendo idéntica línea de razonamiento, cualquier estrambótica elucubración donde se piense al futuro como algo remoto y diferente de la situación actual, debe ser entendida, en términos técnicos, bajo la categoría de 'gilada'.

19.5.07

A mí me duele así

Despedidas. Todo lo que veo suena a despedida. Todo lo que toco huele a despedida. Tu cara y tu pelo, la lluvia y mis dedos. Metódico y triste como un asesino a sueldo, o un segundero haciendo su trabajo.
Esta mañana dije ‘hola’, y dije ‘buenos días’, pero eran despedidas.
Conciencia de la fugacidad, que va matando.

Quieto

Existe una postura de yoga, una posición denominada ‘savasana’, ‘la postura del cadáver’. Consiste, sin entrar en tecnicismos que me exceden hasta el absurdo, en quedarse quieto. Acostado sobre el piso, boca arriba, con las piernas algo separadas, los brazos al costado del cuerpo, palmas hacia arriba, ojos cerrados. Lo bello del ejercicio es que consiste, precisamente, en no hacer nada, no moverse. Uno se limita a respirar, el corazón late, pues se trata de actividades no volitivas. El cuerpo se detiene, primero, y luego, también, la mente.
Cinco minutos así, o diez, y uno siente beneficios psicofísicos inexplicables. Se emerge como quien ha dormido nueve horas del mejor sueño, aunque, reitero, uno no debe dormirse durante el ejercicio. Es no hacer nada, absolutamente nada. Es estar presente.
El ejercicio lo deja a uno, a mí, con una carga energética inaudita. No deseo ahondar, perderme en los detalles.

También puede uno, un día cualquiera, quedar atrapado, rumbo a la oficina, en un atasco de tráfico, un embotellamiento, producido por cientos de miles de personas que desean ocupar, por motivos que no vienen al caso, las mismas coordenadas espacio-tiempo.
En esta situación, también, debe uno quedarse quieto, muy quieto, no pensar, no moverse. Entiendo que este ejercicio no tiene una denominación específica en el lenguaje yóguico. En castellano sería, más o menos, 'sentirse un imbécil'.

16.5.07

Culpable de todo

Mientras desayuno en el bar, de frente al ventanal, media docena de hombres trabajan con carretillas, picos y palas. Son obreros. Cavan en el pavimento; es algo que llevan haciendo por días. Los hombres cavan; muelen el pavimento a golpes; transportan pesadas piedras. Cae una fina llovizna.
Yo lucho con una medialuna. Aplasto, con el vigor de mi cuchillo, que adquiere en el aire elucubraciones de batuta, un grueso y rectangular trozo de manteca sobre la esponjosa superficie de la medialuna, que cede en parte a la presión con una exhalación, un tenue susurro, para luego, sobre la base de manteca, explayar una generosa dosis de mermelada, que se acomoda, y parece que va a desbordar, pero no desborda, aguarda, expectante, la llegada del mágico mordisco hecho de la felicidad más pueril, de la estupenda y conciliadora reivindicación que permita creer en la alegría y alguna de sus hermanas menores.
De pronto, uno de los hombres levanta la vista y me observa. Es un instante, nomás. En su mirada se encuentra el odio en estado puro. Es la mirada de un animal herido y enojado, buscando dónde depositar su furia.
Ahora sé que yo maté a Kennedy, también.

12.5.07

Botella al mar

Soy un náufrago. Cosas que pasan, cosas de la vida. Tiro una botella al mar. Es el manual del náufrago: barba, isla desierta, botella al mar.
Me doy vuelta. Transcurre un instante, tan solo un instante, la ranura de tiempo que dura un instante. Oigo ruido de vidrios rotos. ¿Se trata de suerte, de una desgracia, de poesía?

Una oferta que no te podés perder

Aquel que pide un descuento, ya fracasó. Aquel que pide una rebaja, una bonificación, ignora los rudimentos del sistema capitalista que condiciona, de manera determinante, la mayor parte de las acciones de lo que podríamos dar en llamar su ‘vida’.
La pirámide de valor, el andamiaje, la polea que permite que el mundo siga con sus movimientos de rotación y traslación, consiste en vender a diez aquello que ha costado originariamente uno. Es de esta forma que cada peldaño, cada eslabón, la gente que lo compone, vivirá, por decirlo de algún modo.
Aquel que pide un descuento, entonces, en su locura se permite dudar de la ley de gravedad. Sale por la ventana, con la encomiable intención de caminar. Se trata, como quien decide en una tarde lluviosa asesinar a toda su familia, de un deseo de revancha por lo que le ha tocado en suerte. Triunfo vindicativo, creo que le dicen.
Y podríamos respetar, claro, a la gente que busca revancha, a la gente que decide asesinar a su familia, a la gente que sale por la ventana, a caminar.
Abajo espera el piso.

9.5.07

Cualidades perdurables

Alguien dijo alguna vez, intentando ofender a otro autor, refiriéndose entonces a su obra, ‘no tiene cualidades perdurables’. A mí me agradó el concepto. Se refiere a que uno lee un libro, y si tiene suerte, queda fascinado. A veces pasa. Vuelve a leerlo, diez años después, en busca de una chispa de magia, de esa fascinación primera, pero no ocurre nada. Queda el regusto amargo, y las ganas de saber si cambió el libro, o si cambió el lector.
¿A quién atribuir la ausencia de cualidades perdurables?
Lo mismo me ha sucedido al verte desnuda. Sigamos con el libro, por favor.

5.5.07

Por contraste

En una charla, en una discusión, una pregunta vuelve a aparecer. Tengo la impresión que las preguntas son siempre las mismas, que cada tanto asoman sus cabezas, que vuelven a surgir, una y otra vez. Lo que cambia es el decorado, los presentes.
¿La pregunta? Ah, sí, la pregunta.
¿Existe una cosa, en sí misma, o precisa de su opuesto para existir, para cobrar corporeidad, para materializarse?
Si la salud es ausencia de dolor, si la felicidad precisa de la tristeza, si existiría la noche sin el día. No es preciso continuar, no es preciso aburrir.
Sin ir más lejos, ¿sería yo tan inteligente, tan lúcido, y porqué no original, en mi forma de pensar, sin usted, el imbécil que insiste con la pregunta?

Fanfarria

Un amigo que ha recibido instrucción militar en la adolescencia, me cuenta que una de las frases que recuerda de un superior, cuando debía acometer un ejercicio, una tarea, era: ¡equivóquese con energía!
Cómo no ponerse de pie. Cómo no hacer una improvisada venia. Cómo no dar las gracias.

2.5.07

Como cualquier tesoro

Tu corazón, como cualquier tesoro, suele estar oculto en lugares remotos, protegido por leales guardianes o temibles dragones, detrás de puentes levadizos e inexpugnables muros, dentro de cofres especialmente diseñados por idóneos orfebres con el único fin de proteger algo tan preciado, algo tan valioso.
Y yo empecé la búsqueda por tu teta izquierda. Tampoco era para ponerse así.

28.4.07

Vida y obra

En una oportunidad, en un reportaje, le consultaron a Anthony Burgess cuál era la misión del escritor. Anthony Burgess respondió: ‘agradar e instruir’.
Le preguntan a Hundred, me preguntan a mí, cuál es la misión del escritor. Respondo: ‘no quiero acompañarte al cumpleaños de tu hermana’.
Cada uno escribe lo que puede. Cada uno contesta los grandes interrogantes que se le van presentando a lo largo de la vida. Como puede.

Lírico

Me llama un amigo para pedirme sangre. Tiene un familiar enfermo, lo tienen que operar. No cree que sobreviva, pero aún así, necesita diecisiete dadores de sangre. Existe algo denominado ‘banco de sangre’. Es un banco donde hay sangre. Uno saca sangre, y debe reponerla.
Me llama otro amigo, al rato, para decirme que también ha sido llamado por este amigo, en adelante el ‘amigo 1’. También le han pedido, es evidente, sangre.
Este amigo, que podríamos denominar el ‘amigo 2’, se muestra fastidiado. Le molesta el pedido. Le molesta que le pidan sangre. Quiere saber mi opinión. En realidad, me parece, quiere alimentar su fastidio con el mío. Quiere que nos fastidiemos juntos.
Pienso por un momento si debo compartir mi fastidio con él. Pienso si debo fastidiarme. Concluyo que no. Contesto alguna generalidad, y corto la comunicación de inmediato.
Existen a mi modo de ver dos tipos de amigos: los que te pedirán sangre, y los que te pedirán dinero.
Y también están las mujeres. Que te pedirán tiempo.

25.4.07

Muy original, muy bonito

Me pareció atinado, me pareció pertinente, hablar. Así que hablé. Dije.
‘La absoluta falta de preparación nos deja subsumidos en el magma que podríamos denominar, si es que es preciso andar por ahí denominando las cosas, podríamos denominarlo, decía, azar. Esto no es otra cosa que quedar a entera merced de los dados que, ante un acontecimiento cualquiera, surjan del cubilete celeste agitado por vaya uno a saber qué fuerzas.
Pero no es menos cierto que el exceso de planificación termina por destrozar la esencia, el núcleo basal, los neutrones de un suceso. El recorrido conjetural de un evento, una y otra vez, anula lo que hay de material vivo en el mismo, y que se manifestará, justamente, cuando ocurra. De tanto pensarlo, el momento a ocurrir quedará impregnado de una pátina viscosa, gris, que le impedirá dar ese salto mortal, lograr ese brillo que lo transforme en vivencia’.
Entonces hice una pausa. Ella me miró. Y ella dijo.
'Lo que decís es muy original, muy bonito. Pero no existe la más remota posibilidad que nos vayamos a coger, así de una'.


21.4.07

Noble animal

Jamás usaré prendas de vestir cuyo logo, total o parcial, sea un caballo. Pero no quiero parecer dogmático ni mucho menos inflexible. Suelo comer sándwiches de mortadela.

Un vaso de vino, supongo

El autor dice ‘el mundo se ha convertido en una herida que no soporto mirar’.
El autor dice ‘el dolor no tiene grandeza. El dolor es gris, tiene un olor gris y un sabor gris y un tacto a ceniza gris en los dedos’.
El autor dice ‘el dolor le quita sabor a las cosas’.
Y yo me pregunto qué más se le puede pedir a un autor, a cualquier autor.

18.4.07

Parecido al amor

El sujeto me increpa.
–¡Basura humana! –me dice– ¡Verónica nunca volvió a ser la misma! ¡Basura!
Lanza una escupida, sin duda dirigida a mi rostro. Por error de cálculo, el impacto se produce contra la solapa izquierda de mi saco. El sujeto se retira.
De más está decir que no conozco a Verónica; no sé quién es; no la he visto en mi vida. Se trata de un error.
Lo que me sorprende es que el odio esté hecho de un material en extremo resistente; algo capaz de trascender en el tiempo el suceso que lo originó, no menguar en su intensidad a pesar de tratarse de una confusión, algo cuya potencia admite la interpósita persona.
Debo entender, de una vez y para siempre, que el odio es un exquisito motor. Y debo mandar el saco a la tintorería, también.

14.4.07

Acción

Cuando veo películas de acción, recostado en la cama, con el labio inferior algo vencido y la mirada enrojecida, esperando que el sueño venga a saludarme. Cuando veo películas de acción, decía, siempre hay una instancia, un momento, donde alguien dice ‘¡arrojen sus armas!’, o ‘¡ponga su arma en el piso!’, o ‘¡deje su arma sobre la mesa!’, o ‘¡saque su arma, lentamente, con cuidado!’.
Sin embargo, ante estas palabras, el otro alguien, que yo recuerde, jamás pone su billetera sobre la mesa, o sobre el piso, o la arroja, o la suelta, o la saca lentamente, con dos dedos, con cuidado.
Tal vez esto venga a desmentir alguna pretérita presunción mía. Tal vez me ha tocado vivir en un mundo diferente.

Patas cortas

Hace tiempo, en un pretérito remoto, una persona a la que llegué a despreciar con énfasis, me dijo ‘la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica’.
No lo entendí. No tenía forma de entenderlo, en ese momento, así que no lo entendí.
Tendrían que pasar diez años, quince, tal vez, para que yo pudiera advertir que la verdad es monocromática, y ya casi nadie quiere ver un espectáculo en blanco y negro.
Me recuerdo a mí mismo, también, alguna vez, diciendo (y tratando de deslumbrar) ‘yo soy un prisma a través del cual pasa un rayo de luz, y surge un arco iris de colores’.
Pero no sabía, no tenía idea de lo que estaba diciendo. Y no podía saber que se trataba de mentir. Que me refería a mentir. A eso.

11.4.07

Autopista Freud

Leí por ahí, alguna vez, dentro de las frondosas selvas interpretativas de aquello que se ha dado en denominar psicoanálisis, que los sueños en los cuales se sueña con pérdida de dientes, con que a uno se le caen las muelas, esas cosas, tienen un significado argumental que abreva en temores sobre la pérdida de la capacidad en las lides del sexo.
La otra noche soñé que se me caía el pito. El pirulo. La pistola. La gallina. La joya.
Caía. Se desatornillaba. Se desprendía sin esfuerzo del resto del cuerpo, y quedaba, de costado, como un pez muerto, exangüe, sobre el piso, ante mis azorados ojos.
Tengo que pedirme un turno con el dentista.

7.4.07

Treinta y tres veces

Una mujer, en la calle, me pide dinero. Me pide treinta centavos. Me dice que es para tomar el colectivo. Me dice ‘tengo que tomar el 71, para acá a la vuelta’.
Le digo que se me ocurre algo mejor. Le digo que voy a darle diez pesos, unas treinta y tres veces su pedido original. Lo que quiero, si es posible, si le parece bien, es que me de un abrazo. No caigamos, por favor, en una demasiado trivial confusión. No quiero ningún tipo de contacto sexual; ni siquiera un beso. Lo que quiero es que me de un abrazo (hace frío; ambos estamos más que cubiertos de prendas de vestir), como si hubiera ido al colegio conmigo. Como si me conociera de antes. Como si estuviera contenta de verme.
La mujer farfulla un insulto, lanza un desaprobatorio chistido de lechuza, y sigue su camino.
Somos egoístas. De eso estamos hechos.