21.8.17

Para resumir


Lo expliqué tantas veces que no me cuesta nada explicarlo de nuevo. Tampoco tengo un pomo para hacer, lavarme los dientes, pagar el gas.
​En la vida te va a pasar alguna desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas. Sucede así, es lo que se estila. Vas viviendo como podés, como te sale, y te sucede una desgracia de mayor o menor intensidad.
​Ahí empieza el partido, te pasó una desgracia, una tragedia, un imprevisto, llamalo como quieras. Aquí se abren dos caminos. O la desgracia te despabila, en medio del dolor te obliga a volantear un poco el destartalado camión de tu existencia, te volvés más reflexivo, más bueno, entendés cosas que antes no entendías. Aceptación en sus múltiples sabores. O no. Te ponés a empujar, querés atropellar la desgracia como si fuera una pared. Lo que querés es seguir siendo lo que sos, que no se te cruce nada en el camino. Que no te jodan.
​Bueno. Si estás en el primer grupo, empieza una deliciosa etapa de perplejidad, de confusión, nada es como vos creías que era. Vas a navegar las turbulentas aguas de no saber.
​Si pertenecés al segundo grupo no hay demasiado que pueda hacerse. Y es de lo más sencillo por cierto, te hace falta más.

14.8.17

In fraganti


Me contó todo Martín. Me dijo, me llamó y me dijo de vernos, y entonces me contó. Me dijo que no sabía cómo, cómo contarme, y que cuando lo había consultado con su mujer su mujer le había dicho que no me contara nada, que no se metiera.
Pero nos conocíamos desde la adolescencia, y aunque la vida se había encargado que dejáramos de vernos salvo para los cumpleaños de alguno de los pibes, bueno. Nos conocíamos de toda la vida, éramos amigos.
Me contó, Martín, que había visto a Mónica.
–¿Y? –Le dije.
–No, boludo –dijo él.
Y me contó que se había jodido la cintura jugando al fútbol. Y le habían recomendado un japonés que hacía acupuntura, por San Cristóbal. El japonés era un mago.
–¿Y? –Dije otra vez.
El japonés atendía en un pequeño departamentito sobre la calle Venezuela. Y él estaba haciendo tiempo porque había pedido el primer turno, a las nueve de la mañana. Había entrado a un barcito a tomar un café. Y entonces la había visto, a Mónica.
–¿Y?
Con un tipo. Un tipo de más o menos treinta años, flaco, de barbita. Estaban dándose la mano por encima de la mesa. Y se besaron.
–No puede ser –dije. Pero podía ser. Los martes Mónica daba clases, se iba bien temprano. Ah, Mónica erar mi mujer, mi novia, mi pareja. Llamalo como quieras, vivíamos juntos hacía más de dos años.
Martín me dijo que Mónica no lo vio, para nada. Y se fue. Me dijo que pensó en fijarse al otro martes. Me dijo que pasó por el bar y los volvió a ver.

Se fue, Mónica, el martes bien temprano, mientras yo tomaba el segundo café para despabilarme. Te llamo al mediodía, me dijo. Yo tenía que ir al laburo pero podía llegar tarde, a nadie le importaba.
Me bañé, me vestí, me puse el traje. Tenía la dirección del bar.
Estaba, Mónica, de espaldas a la puerta, con el pibe. Lo medí, un pibe flaquito, podía sentarlo de una piña sin inconvenientes. Iba a entrar y decirle a ella lo puta que era, lo trastornada y mala mujer que había resultado. Cómo tiraba por la borda todo lo vivido, los planes compartidos, las alegrías. Sentí rabia, furia, ganas de pegarle a ella también, ganas de llorar y decirle que me había lastimado y que la herida era imposible de soportar, muy profunda.
Entonces, todavía en la puerta del bar, di un paso atrás. Como si me hubiera confundido de dirección. Retrocedí otro paso, media vuelta, me fui.
A pesar de lo que acababa de ver, sabía que Mónica había sido lo mejor que me había pasado en la vida. Que después de ella todo lo que vendría para mí sería sombrío y triste.
Aunque durara quince minutos más, o dos días, lo mejor era seguir.

7.8.17

Chupo la concha


Creo que comenzó como un juego. Un chiste, no sé. No debía tener demasiado para hacer, esa es la verdad. Cuando no tenés nada para hacer por lo general te anotás en un gimnasio, te agarra un ataque de salud, o te ponés a jugar al candy crush o a twittear estupideces. Te parece que tu opinión sobre algún tema le puede interesar a alguien, como si alguna vez hubieras tenido algo para decir. Te volvés un comentarista de la vida. Lo del gimnasio es peor todavía, no te das cuenta que si estuvieras más saludable serías todavía más vos. Y lo que yo quería era ser menos yo, mucho menos yo, ser otro de ser posible. Desaparecer.
Abrí un blog. Era fácil la verdad, tenés que tener una casilla de correo y completar dos boludeces. No, qué escribir, no tengo nada para decir, tampoco me saco fotos en cueros frente a un espejo poniendo cara de ganso.
‘Chupo la concha’, puse. Eso nada más, y mi dirección de correo electrónico.
Listo, eso fue todo. Después me olvidé del tema.
A la semana me acordé de chequear mis mails, tengo una hermana que vive en Canadá. Cada tanto nos escribimos para ver como estamos.
Tenía 147 mails. Mails y más mails, mujeres. Mujeres de todos lados, de Capital Federal, del gran Buenos Aires. Mujeres de otras provincias. Desesperadas.
Me decían que por favor me querían ver, que cómo hacían para sacar turno, que cuánto cobraba. Había mujeres que me decían tener algún defecto físico evidente, una renguera, una obesidad mórbida. Había mujeres jóvenes que me mandaban fotos desnudas abriéndose la vagina con un par de dedos quizás de manera algo excesiva, mirando a la cámara con lascivia. Mujeres que me pedían por favor verme lo antes posible.
Las empecé a citar en un bar de Cabildo, tomaba un café y las llevaba a un hotel. Les chupaba la concha diez o doce minutos, no cogía, no hacía nada más. Ese era el servicio.
Se corrió la voz. No daba abasto. Atendía entre cinco y diez mujeres por día. Empecé a tener problemas en las cervicales, tuve que consultar a un traumatólogo y a un especialista en reiki. Cuando me preguntaban cuál era mi profesión no sabía qué responder.
Subí los precios pero la demanda no paraba de crecer. Averigüé cuánto cobraban los psicólogos que atendían pacientes particulares en los barrios más caros de la ciudad y pedía el doble, después el triple. Tenía turnos dados hasta con tres meses de anticipación.
Tuve que empezar a contratar gente. Tres o cuatros personas, un pibe que había venido a hacer un trabajo de plomería, un tucumano flaquito y callado. Un amigo de la secundaria que se había divorciado y no tenía cómo ganarse la vida.
Anuncié todo en la página. Había mujeres que preferían esperar, pagar más pero seguir atendiéndose conmigo.
A los dos años había juntado dinero para vivir sin trabajar el resto de mi vida. Le vendí la empresa a un grupo inversor y me desentendí del tema. Puse un maxikiosco en Villa Urquiza y compré un barcito en Acassuso. Me fui a vivir a Pinamar, recuperé el sabor en las comidas, volví a jugar al ajedrez.