30.10.23

Estado de situación


No hay más que verlo en la calle o en un negocio, pero seguro en la calle. Digamos que hay tres posibilidades, tres estados en los cuales podés encontrar a una persona. No, qué sólido, líquido y gaseoso, quizás sos tonta. Quizás tus papis son parientes.
Una persona en la calle puede estar acompañada por otra persona. Puede estar acompañada por un animal. O puede estar sola.
Si la persona está acompañada por otra persona, en la mayoría de los casos puede ser su pareja. Una novia, una esposa. Puede estar acompañado por un familiar, también. Un padre, una hija, un primo. A veces un amigo.
Si la persona está acompañada por un animal, se tratará en la inmensa mayoría de los casos de una mascota. Y será por lo general también, un perro. Puede ser, contadas veces, un gato. Un suricato, una tortuga, casi nunca. No he visto a nadie acompañado por un hipopótamo ni por una cebra, las cosas no funcionan así.
Si la persona está sola, está sola. Esperando para cruzar la calle, o caminando, o sentado en un bar tomando un café.
Esas son básicamente las opciones. Eso es todo.
Ahora. Entonces. Si la persona está acompañada de un animal, será infinitamente más interesante que si está acompañada de otra persona. Si la persona está sola, es aún más interesante que si la acompaña un animal. Mejor todavía.
Si la persona está sola conserva algo de potencialidad, así es como lo podríamos decir. Si la persona está acompañada de un animal, algo bueno habita en ella, todavía posee algún sentimiento noble. Algún rasgo de humanidad. Si la persona está acompañada de otra persona, su vida es un asco. Se trata de un repugnante ser sin una pizca de brillo. Dedicará su vida básicamente a comprar duraznos o naranjas, a soñar con vacaciones en la playa, a pagar el gas.
No, ya sé que no estás de acuerdo, pero a mí no me lo cuentes. Lo que te pasa no es conmigo.

20.10.23

De parte de Bogart


Durante un tiempo, desde los veinte años en adelante te diría, cada vez que me encontré con alguien, alguien que fue conmigo al colegio, ex novias principalmente, mujeres que estuvieron conmigo por una semana o cuatro horas, bueno. El asunto es que la persona invariablemente me dice, me manifiesta de algún modo lo mal que estoy. Quiero decir, me ve más gordo, más ojeroso, más pelado, con más cara de boludo, como si el Flechabus de la vida me hubiera pasado por encima para adelante primero, y para atrás después para asegurarse, para confirmar la gravedad del daño.
La gente que me encuentra en la calle o en un aeropuerto o en un kiosco comprando un alfajor no pueden evitar mencionarlo, con cierta alegría por cierto, que me ven mal.
Y a mí la verdad que me molestaba un poco, quiero decir, no escuchar ni una palabra amable de alguien al que hice reír o una chica a la que le eyaculé en la frente y le abrí el tercer ojo por lo que dura un parpadeo de la iluminación más pura. Sólo un ‘estás gordo’, o ‘claro, se te puso el pelo blanco’, o ‘qué te pasó en la cara, qué mal’.
Pero de un tiempo a esta parte, te diría el último año, ya no. La gente con la que me cruzo por la calle intenta seguir caminando, las mujeres se hacen las distraídas para ver si logran no tener que saludarme. Y es que no quieren que vea que deberían llevar el culo en un carrito de supermercado, o que usan anteojos con 8 de aumento, o que el color de la piel de sus rostros se ha ido acercando al verde musgo.
Y ahora entiendo todo. Aquella famosa frase que dijera el señor H. Bogart alguna vez: el problema es que le llevo un par de whiskys de ventaja a todo el mundo. Así que lo que sea que veas en mí, cualquier cosa, es que llegué antes nada más.

10.10.23

Todo lo que no puede ser


Me llamó Cebolla, era viernes, eran casi las siete de la tarde. Raro que llamara a esa hora, hablábamos a la mañana, cada uno desde su trabajo, y arreglábamos para almorzar una vez por semana. Le decían Cebolla a Cebolla porque cuando se tentaba por un chiste, por cualquier cosa. Cuando se tentaba y se reía lloraba al mismo tiempo, le caían las lágrimas. Por eso le decían Cebolla.
Me preguntó si podía pasar por casa, dijo que estaba cerca. Raro, rarísimo, le dijo que sí.
Vino y se largó a llorar pero sin reírse, lloraba y punto. Alicia lo había dejado, le había dicho que no lo quería más, que se estaba viendo con otro tipo.
Cebolla y Alicia se conocían desde la adolescencia, estaban juntos hacía como quince años, tenían un hijo. Un chico tímido y rubión, Tomasito.
–Me lo dijo así nomás –Cebolla se sonaba los mocos y negaba con la cabeza–. Me dijo ‘me estoy viendo con alguien’. ¿Con alguien, mientras a la noche dormís conmigo? No lo puedo entender.
Siguió hablando un rato remarcando el sacrificio que había hecho él, cebolla, para comprar el departamentito donde vivían juntos, las fotos de los cumpleaños, los veranos en La Pedrera.
–No puede ser –repetía Cebolla como un mantra–. No puede ser.
Le había servido un whisky. Le serví otro. Miré la hora, casi las nueve de la noche.
–Pido una pizza –dije. Y me di cuenta. Todo lo que iba a decirle no tenía mayor sentido. Las opiniones, las conclusiones, nada serviría. En una época la gente me venía a ver porque les gustaba escucharme hablar. Tenía algo para decir, yo, sobre prácticamente cualquier tema. Pero ya no.
Lo que nos pasó nos pasó. Lo que nos está pasando nos está pasando y punto. De nada sirve regurgitarlo en el terreno del pensamiento. Lo que necesitamos es el espacio, un café con leche caliente o una cerveza fría o un whisky en cualquiera de sus manifestaciones hasta la próxima desgracia. ‘Aceptación no es preferencia’, eso pensé en decir porque eso vino a mi mente, y porque era todo lo que tenía ganas de decirle.
–¿Napolitana con ajo, no? –Asintió, apenas. Llamé por teléfono, hice el pedido. Me senté en silencio.