10.1.19

Yaya


En el futuro vas a poder apretar un botón de tu teléfono celular mientras volvés a tu casa y se va a encender el aire acondicionado, de tu casa, en la temperatura que vos quieras. Para que cuando llegues a tu casa la casa, justamente, ya esté fresca. Y vos no tengas calor.
En el futuro vas a poder subir a tu automóvil y decir la dirección, la dirección a la cual tenés que ir, y el automóvil te va a ir contestando, te va a ir diciendo dónde doblar, cómo llegar.
En el futuro vas a entrar a un sitio de internet y te van a saludar mil o dos mil personas por tu cumpleaños, gente de Melbourne o Estambul, gente que desde ya no conocés. El sitio te va a decir qué te convendría comer para el almuerzo, dado que tus gustos han sido registrados a lo largo de los años. Te va a decir para qué sitios podés reservar pasajes en avión con descuentos especiales, la marca de zapatillas que deberías comprar para correr, y cuántas pulsaciones tenés cuando te levantás de la cama y cómo están esos valores en relación a tu promedio histórico, y que fumar hace mal.
En el futuro todo va a estar medido y registrado y almacenado, fácil de encontrar.
En el futuro vas a estar triste, más o menos como ahora.

30.12.18

Viviending


hacia lo simple.
hacia lo que desaparece.
hacia la nada más pura
sin explicación, sin motivo.

y está bien igual
y ya no importa
fue bueno mientras duró,
cosas que se dicen.

la mirada de un bebé
el ladrido de un perro
tu sonrisa transformándose
                               en risa

todo lo que no salió.
lavarse los dientes, pagar el gas.
la impávida lluvia.

20.12.18

Visita al dentista


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
​No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas. No quiero sufrir.
​–Tengo miedo –le digo al dentista.
​–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos sesenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
​–¿Me va a doler?
​–No. –Dice el dentista.
​–Tengo miedo –digo, otra vez.
​–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
​–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
​–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
​–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre en medio de sangre y un mar de saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de escapar o de morder. ¿Eh?
​–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.12.18

Contra el esfuerzo


El problema es pedagógico, educativo, supongo, mucho me temo.
En las aulas, claro, y en las familias también. El mensaje que reciben los chicos, cuando son chicos. Los chicos son una esponja, hasta los once años, más o menos.
El mensaje que reciben los chicos, para la vida, es que las cosas pueden cambiar. Con esfuerzo.
Pero eso es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto.
Una de las pocas cosas que tienen importancia, una de las pocas cosas que pueden hacer que tu vida no sea un himno a la monotonía, que tu vida no parezca un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, es el talento.
Tenés que tener talento, ese es el tema, ahí está el asunto. Talento para jugar al fútbol o para tocar el piano, tener un don, un atributo, una poronga de 33 centímetros a la sombra, unas tetitas redondas y firmes que parecen querer llevarse el mundo por delante (una de las dos cosas quiero decir, o la poronga o las tetitas, no hace falta las dos cosas al mismo tiempo).
Y si te fijás bien, si te zambullís y mirás más allá de la superficie, te vas a dar cuenta que el talento es como la suerte. Viene o no viene, aparece y te saluda o sigue de largo y jamás vas a poder hacer un gol de volea o pintar un cuadro.
El talento es una forma de suerte, la suerte es una forma de talento, eso es lo que tenés que tener, aunque no puedas hacer prácticamente nada, justamente, para tenerlo. El talento y la suerte pueden hacer que tu vida tenga algún sentido, un atisbo de significado.
Pero no, por lo general no, no tenés talento ni suerte ni nada que se le parezca. Sos una ensalada de esfuerzos que quizás te permitan, no sé, tener un hijo o cambiar el auto. Pero no habrá ninguna clase de brillo en tu vida. No, por favor, no me cuentes lo que hiciste, ni tus planes, tus patéticos proyectos. Lo mejor que podés hacer es ponerte cómoda, disfrutar conmigo de todo este gris.

30.11.18

2x4, 2x3


Cuando yo la conocí, ella abominaba de la normalidad. ‘Detesto a los normales’, me dijo una vez. Aunque no le solicité demasiadas explicaciones, bueno, porque a mí lo que más me interesaba de su personalidad, de su forma de pensar, de su manera de ver la vida, era básicamente ponerla en cuatro patas y cogerla. Esas eran mis prioridades, no sé si lo lamento. Ella igual necesitaba explicar lo que le molestaba del planeta tierra en general, y de sus integrantes en lo particular.
Lo que le molestaba era la gente que trabajaba en un trabajo normal, la gente que se casaba y tenía hijos y soñaba con cambiar el automóvil cada tres años y pasar una quincena en San Bernardo, o en Pinamar.
Ella era capaz de tomar dos o tres ginebras en ‘La Giralda’, a la par mía, fumaba un cigarrillo detrás de otro, y bailaba tango. Iba a ‘La Viruta’, al ‘Podestá’, a los clubes de barrios. Y bailaba. Era capaz de explicarte la diferencia entre Virulazo y Copes, por qué Soto era tan respetado, por qué el tango acrobático o de salón era una cagada en cuatro tiempos.
–El tango es mi pasión, el tango es mi vida –Me dijo una vez mientras se secaba el cabello después de bañarse, con un toallón verde botella algo desteñido. Mientras yo la miraba, haciéndome un poco el distraído, su fantástico cuerpo desnudo. Alta, morocha, poca teta, culito firme, unas manos increíbles y esas piernas larguísimas.
Después de un verano juntos en Buzios nos peleamos. Apareció alguien, un nuevo muchacho para ella, un bailarín. Tampoco quisimos irnos a vivir juntos, yo estaba trabajando en el banco y hacía malabares con la guita. Ella bailaba y estudiaba con un ucraniano que era el mejor bailarín de tango de Europa, aplicaba conceptos de la física, de la mecánica, al baile. Era un científico del tango, ella decía que nunca había visto bailar a alguien así. Tenía un poco de tos, la vida le mostraba un colorido abanico de posibilidades. Yo me moría en cada viaje en subte y lo sabía.
Hace poco se me dio por trotar. Bah, me hice un chequeo, me dijeron que me moviera un poco, que bajara la panza, que dejara el whisky. Después de más de diez años trabajando en el centro estás clínicamente muerto, eso cualquiera lo sabe. Fuiste a buscar algo de guita y el precio es la vida, welcome to my kingdom.
Empecé a ir a Palermo los sábados a la mañana, a trotar un par de vueltas, antes del café con leche con medialunas. Tengo la teoría que lo que te mata no es el colesterol, ni el azúcar, mucho menos el cáncer. Lo que te mata es la tristeza, eso es lo que nadie te dice.
Ahí estaba, Mónica. Dando una clase de tango al aire libre para jubilados, gente de la tercera edad, gente que traían de alguna dependencia gubernamental, de geriátricos, de hospitales.
Había un par de parlantes, ella estaba entera, con su pollera ajustada y unos zapatos de taco alto. Tenía el cabello más corto, peinado a lo varón, con gomina. Usaba una flor en el pelo, una flor roja.
Me reconoció de inmediato mientras le sostenía ambas manos a un pobre viejo que luchaba por no caerse sobre el pavimento. De fondo, se oía la rasposa voz de Goyeneche.
Le sonreí y seguí caminando, me perdí entre la gente que pasaba trotando, las bicicletas, los vendedores de gaseosas. Hacía mucho calor, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, iba a hacer calor todo el día.

20.11.18

Las de carne son de pollo


Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si tu señora coge con un compañero de trabajo o si sube a la terraza a buscar la ropa y se engancha con la soga. Y se cae. Suenan las sirenas.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la persona que se te acerca en la calle te quiere saludar porque fue con vos a la primaria, quéhacéscómotevatantotiempoquéesdetuvida, o si es un ladrón que te apunta con un arma y te dice ‘ehhh amiguitoo’.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la foto que estás viendo fue en Buzios o en Necochea, de dónde carajo sacaste esa malla.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la piba en la fiambrería te da doscientos gramos de salame o de salchichón, si el doctor te dice que subió o bajó, si ella te dice que te sigue queriendo o ya no.
​Y cuando eso pase, ese es el momento de prestar atención.

10.11.18

Particular y única


Es difícil de explicar, y es antropométrico pero no sólo antropométrico, tiene que ver con el clima y los vientos, con la época del año, si estás más cerca de la montaña o del mar.
Hay gente que me cansa el huevo izquierdo, y hay gente que me cansa el huevo derecho, eso. Lo siento durante la interacción, el tirón, la pesadez, y sé exactamente de qué lado, qué huevo me cansa esa persona.
Por ejemplo, claro que hay ejemplos, siempre hay ejemplos. Las cajeras de supermercado me cansan el huevo derecho, los tipos que hablan por celular con manos libres me cansan el huevo izquierdo. Las mujeres que lloran me cansan el huevo derecho, pero las mujeres que te dicen ‘te di los mejores años de mi vida’ me cansan el huevo izquierdo. La gente que viene a proponerme algún negocio me cansa el huevo derecho, la gente que viene a contarme algo relativo a un partido de fútbol de la copa Toronto Melba Wilkinson me cansa el huevo izquierdo. Los tipos que pasan por la calle y te paran para decirte que fueron con vos a la primaria o a la secundaria o a la facultad, sí claro por qué no, me cansan el huevo derecho, la gente que toca bocina me cansa el huevo izquierdo, los empleados que te miran desde detrás de cualquier ventanilla y te dicen ‘no, no se puede, falta el formulario..’ me cansan el huevo derecho, los cajeros automáticos que no dicen nada pero tampoco dan plata me cansan el huevo izquierdo.
Podría seguir.
Pero con vos me pasa algo que hacía mucho no sentía, una sensación que tenía olvidada y por eso te lo quiero contar. Vos me cansás los dos huevos.