21.1.17

Shock anímico


Una de las formas más seguras de curar a una persona de prácticamente todos sus trastornos psicológicos consiste en meter, a la persona, de noche, al mar.
No es complicado de hacer, en absoluto. Se concurre a cualquier playa de la costa atlántica, estamos hablando de un viaje de no más de cuatro horas, desde la capital.
Lo mejor por supuesto es ir fuera de temporada, y sí, va a hacer frío. Es parte constitutiva de lo que tiene que pasar.
Uno va al lugar, se debe concurrir a las doce de la noche, a la playa. Se le indica entonces a la persona que debe realizar lo que se le ha explicado previamente. La persona debe desnudarse y caminar hacia el mar. Meterse al mar, de eso se trata. Entrar en el agua hasta que el agua cubra la totalidad del cuerpo, excepto la cabeza.
Y listo, quedarse así, por tres o cinco minutos, flotando, ni siquiera es preciso nadar. No se ve nada, claro que no se ve nada, es parte de la idea. La persona flota en el agua, desnuda, en medio de la más absoluta oscuridad.
Es un choque anímico de una absoluta contundencia. La persona descubre la fragilidad de los piolines que sostienen una vida. Entiende, al mismo tiempo, que no maneja nada. Está, el sujeto, precisamente sujeto a fuerzas muy superiores a su capacidad de comprensión y raciocinio. Es algo que le sucede, le está sucediendo, no se puede explicar con palabras. Es un estado de percepción pura que excede la conceptualización. No se puede racionalizar.
Y se le van, como por arte de magia, a la persona, los miedos, las fobias, esa angustia tan existencial y única. Se borra de su mente la tristeza que le mastica el alma, el stress, la melancolía, cualquier forma de ansiedad.
También se puede hacer que cuando el sujeto sale del agua, purificado por decirlo de algún modo, descubra que el terapeuta se ha ido. Se ha llevado la ropa de la persona, sus efectos personales, el dinero, el teléfono celular. No, esa parte no tiene nada que ver con lo específico del tratamiento. Esa parte es para recordarle que la vida continúa.

14.1.17

Síndrome de abstinencia


Paro un taxi en una esquina. Subo. Pasan treinta o cuarenta segundos, un minuto quizás.
–Sí –me mira, el conductor, por el espejito, para ver qué sucede. Si estoy tipeando un mensajito en mi teléfono celular y eso me distrajo. O algo.
Sigo mirando por la ventanilla, el automóvil permanece detenido.
–¿Adónde va? –Pregunta el hombre.
–Qué carajo te importa, forro –digo–. Y dejá de mirarme, sos horrible.
O voy a un local, el mostrador de una farmacia, o de una fiambrería.
–Señor –me dice la persona que está del otro lado del mostrador–. Qué va a llevar.
–Te lo voy a decir justo a vos –respondo, la miro, apenas–, con la carita de pelotuda que tenés.
Hacen falta dos intentos similares, máximo tres, para agarrarme a trompadas. Hay gritos, sangre, alguien me tira un botellazo o saca un cuchillo. Alguien llama a la policía.
Es que desde que me dejaste mi vida se vino demasiado tranquila. Necesito conflicto.

7.1.17

No es tan sencillo


Pasaba por esa esquina todas las mañanas. Había, siempre, un mendigo. Dormía ahí, tenía dos perros y una precaria camita hecha de ropa. Permanecía echado, el hombre, sin molestar a la gente que pasaba, lo que equivalía a decir sin molestar a nadie. Tampoco pedía. Estaba descalzo, mugriento, y para todos los vecinos se había ido transformando en parte del paisaje. La policía no lo corría, él simplemente estaba ahí.
–Perdón –dije, me detuve, me incliné un poco ya que él estaba sentado, con la espalda apoyada contra la pared–. Buen día, quería saber si necesita algo.
Lo sorprendió mi pregunta. No la esperaba, o estaba en otro lugar. Su traslúcida mirada, sus ojos casi transparentes en medio de un rostro manchado de mugre, el cabello pringoso y revuelto.
–Si necesita algo –dije– ¿Lo puedo ayudar en algo?
–Ehh, bueno –se incorporó, apenas. Se frotó los ojos con un antebrazo–, Café, o café con leche. Hace frío.
–Bueno –dije.
–Tome –volví. Había ido hasta una heladería cercana. Le dejé, entre las piernas, un kilo de helado. Granizado de dulce de leche y frutilla.
A la semana siguiente volví a pasar.
–Buen día, señor –dije–. Quería saber si lo puedo ayudar en algo.
Me miró, el hombre. Se rascaba entre los dedos de los pies. Parecía tener hongos y sarna.
–Sí –dijo–. Hace un par de días que no como. Me gustaría comer, una hamburguesa, con papas fritas.
–Por supuesto –dije–. Ya vuelvo.
Había un Mc Donald’s a una cuadra. Fui hasta un kiosco, compré tres atados de cigarrillos y un encendedor descartable. Volví, se los di.
–Que tenga un buen día –dije.
Pasó otra semana, así funciona el tiempo. Volví.
–Buen día, señor –dije, sonreí–. ¿Necesita ayuda? Quiero decir, ¿precisa algo?
Me miró, el hombre. Uno de sus perros dormía enroscado. Los perros cuando duermen tienen una expresión que es todo lo bueno de este mundo.
–No sé –dijo, se acarició la barba–. Me acuerdo de usted, le pido algo y me trae cualquier otra cosa. No entiendo, así que no sé qué pedirle.
–Es cierto lo que usted dice –dije–. Pero en mi modesta opinión, la mayoría de las veces no sabemos muy bien lo que queremos. Además el odio es un motor mucho más poderoso que la satisfacción, eso desde ya.

28.12.16

La bufanda


En el bar donde desayuno últimamente, a tres mesas de distancia, junto a la escalerita que conduce a los baños, hay una mujer que teje. Yo desayuno y escribo, menos de una hora, la mujer teje, con el ovillo de lana entre sus pies como una obediente mascota.
Si llego más tarde yo, al bar, al entrar digo ‘hola’, y ella sonríe, apenas. Si llega más tarde ella, antes de dirigirse a su rincón y pedir un aguachento café, me mira y dice ‘buenos días’. Asiento con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?).
Dentro de dos meses o tres, cuando empiece el frío, la mujer tendrá una bonita bufanda de tres colores. Yo tendré algunas páginas de mi precario cuaderno garrapateadas con letra de loco, tachaduras, el pegote de un poco de mermelada caída sobre algún texto en un descuido.
Y ya está, eso es todo, a veces no te pasa gran cosa, vivir no es como en las películas. Los dos tendremos diferentes fríos.

21.12.16

Hacia la luz


Lo que tenés que hacer es agarrar una piedrita. Una piedra chiquita, está lleno por la calle, o vas a un parque. Y a la mañana cuando te vestís para ir a trabajar, ponés la piedrita en el zapato. Y después ponés el pie, en el zapato. Encima de la piedrita, claro.
O te cortás las uñas. Y agarrás un pedacito de uña. Y te ponés, la uña, entre dos dientes, vas a ver que entra perfectamente. Yo suelo hacerlo entre los dos dientes frontales, de abajo. Pero podés usar dos dientes de arriba, cualquier par de dientes, seguro tenés dos dientes.
Si te animás podés usar una chinche. Una de esas chinches doradas que se usaban en la escuela primaria para hacer manualidades, algún trabajo práctico. Te clavás, la chinche, en el culo, en una nalga, o en una pantorrilla, o en un muslo. Vas a sentir el pinchazo, claro, y sale sangre pero muy poquito. Dejás la chinche clavada, en la panza o en un brazo, te pegás una curita encima.
Y te vas a trabajar. A hacer cualquier cosa que sea lo que venís haciendo con tu vida.
Cuando volvés, a la tarde o a la nochecita, te sacás la chinche, o el pedacito de uña que tenés entre los dientes, o la piedrita del zapato.
Y sí, tu vida sigue siendo un asco. Seguís siendo, vos, más o menos el mismo imbécil de siempre. Pero te vas a sentir un poquito mejor, de eso se trata.

14.12.16

Kung Fu en la casa de venta de artículos deportivos


–El chiste es más o menos así –dije, tomé un sorbo de vino. No era un gran vino desde ya, un restaurante de barrio, en restaurantes mitad de tabla pido vinos mitad de tabla–. O es así como lo recuerdo. Va Kung Fu, Wanchankein, David Carradine, a un local de deportes, una casa de venta de artículos deportivos. Se le acerca una vendedora y le pregunta qué necesita. Ojotas, responde Wanchankein. Entonces la vendedora le señala un exhibidor donde hay algunos pares de ojotas. Y le pregunta, la vendedora, si prefiere las ojotas para enganchar el dedo gordo del pie o esas que son tipo chinelas, si quiere ojotas que tienen una especie de taquito, más altas, o con casi nada de suela como las hawaianas, si prefiere ojotas multicolores o negras, si quiere ojotas cuya característica principal es ser antideslizantes, también hay otras con una superficie como pinchuda en la parte donde se apoya el pie para que la ojota le vaya haciendo, al que la usa, al que la tiene puesta, una suerte de masaje. O quizás ojotas más modernas tipo las crocs.
Da lo mismo, responde Kung Fu, son para llevar en el bolsito.
Me largo a reír. Tengo que hacer un esfuerzo para poder terminar de tragar, estoy comiendo unos agnolotis de ricotta y nuez con mucho pesto. Sirvo más vino. Bebo otro trago mientras me sigo riendo.
–No entiendo –dice ella, que apenas ha probado su plato–. No sé por qué me contás esa boludez de la nada, ni siquiera me parece tan gracioso.
–Bueno –dije–. Es que desde hace un rato me estás hablando de lo que hacés, por qué te parece tan importante dedicarte a la docencia o a la abogacía o a salvar delfines. Cuáles son tus más profundas convicciones, qué cosas creés, aunque en realidad no creés sino que estás convencida que sostienen el precario andamiaje de tu ser. Insistís con enfatizar todo aquello de lo que estás tan segura, para qué fuiste puesta sobre el planeta tierra, tu por demás relevante rol en el universo. Lo que hiciste y lo que no hiciste tan bien fundamentado, tus planes, tus proyectos. Yo lo único que quiero es coger.

7.12.16

18, 33, 8


Fui al casino de Pinamar. Estaba de vaciones, en Pinamar, la segunda de febrero, no tenía un pomo para hacer.
Entré, debían ser las once de la noche, viernes. Alrededor del casino, alrededor del juego, aunque alrededor es una manera de decir. Me refiero a estar en contacto, a estar, por decirlo de algún modo, adentro. En contacto con el juego está todo lo malo de este mundo. Las ganas de salvarse, las ganas de hacerse rico sin saber hacer nada de nada y sin saber muy bien para qué querés ser rico. Para tener más de algo, más de todo lo que ni siquiera serías capaz de entender.
Las caras embotadas por el anhelo y el alcohol, la maldad, las prostitutas olisqueando el dinero como si fueran famélicos roedores. Alguien que grita desde alguna mesa porque los hados lo han favorecido, alguien insulta casi en silencio, alguien fuma un cigarrillo como si lo comiera.
​Me acerqué a una mesa. Un señor en camisa de mangas cortas, gruesos lentes, semicalvo.
​–Disculpe –le dije–. Quería avisarle que ahora va a salir el 18.
​Se apartó un poco, el hombre, de mí. Tardó en entender lo que le había dicho. Negó con la cabeza, apenas, jugó varias fichas, semiplenos y cuadros, todo a la primera docena.
​–¡Colorado el 18! –Dijo el croupier.
​Me fui a otra mesa. Tomé un whisky ordinario en la barra.
​Volví a la mesa. El hombre seguía ahí. La mesa estaba llena de gente.
​Me acerqué como si lo conociera. Le apreté apenas un brazo.
​–Ahora va a salir el 33, después el 8.
​El hombre volvió a jugar todo dentro de la primera docena. Salió el 33. Entonces jugó unas cuatro fichas de chance a ‘mayores’. Salió el 8.
​Me fui a sentar a un pequeño bar cerca del hall. La gente iba y venía de las cajas. Pasó una linda morocha de aindiados rasgos con una minifalda de cuero a punto de reventar, acompañando a un señor mayor.
​–Oiga –frente a mí, el hombre de la mesa, transpiraba–. Volvió a acertar.
​–Sí –dije.
​–Los dos plenos –dijo.
​–Sí –dije.
​–Usted tiene algo, un don –dijo el hombre–. Puede ver el futuro, los número que van a salir. ¿Por qué no juega? Se haría rico.
​–Le explico –suspiré–. Puedo darle un consejo a alguien que me parece que está mucho peor que yo. Alguien que de algún modo desprecio y me parece repugnante desde ya. Si es para mí no me sale.