18.8.14

Canción de amor que te recuerda


Compuse una canción. Una canción de amor. Empezó como un poema, creo, pero sin causa, sin motivo aparente, se transformó en canción. Sentí cómo iba llegando la música.
Es una canción que habla de vos, claro. Una canción que te recuerda. Una canción que habla del tiempo que estuvimos juntos. Cosas cotidianas, que uno no ve, precisamente, mientras las vive, porque esa misma cotidianeidad hace creer que son situaciones normales y duraderas. Pero después, cuando todo termina, esas cosas son las que te faltan. Un domingo a la mañana, cualquiera, de invierno, esas cosas, te sorprenden como si un chancho pecarí te diera una patada en el centro del pecho. Y vos pensás que no vas a poder respirar con normalidad, nunca más, pensás que te va a doler para siempre.
Tenía que ir a una cena, me di un baño. Se me ocurrió cantar, mientras me bañaba, la canción. La canción de amor que te compuse, la canción de amor que habla de vos.
–¡Callate, forro! –escuché que gritaba algún vecino. El baño tiene una pequeña ventana que da al pulmón del edificio. 
–¡Era una puta, boludo! –gritaron de otro piso– ¡Le tocaba las bolitas a mi perro, lo trataba de pajear! ¡Era una recontraputa!
–¡Tenía halitosis! –ahora una voz de mujer, creo que del séptimo B– ¡Tenía vaginitis! –carcajadas, fuertes carcajadas que fueron interrumpidas por un acceso de tos. Luego, un contundente gargajo. 
Entonces recordé, el tiempo de nuestra relación donde te viniste a vivir aquí, conmigo. Los vecinos te veían en la calle, seguro, entrar y salir del edificio, o en el ascensor.
Quiero decir, de algún modo, también te conocían.

12.8.14

Seres de luz


Fue estudiado, hace como mil ochocientos años, por los indios. No, creo que está mal dicho, por los hindúes. Sí, claro, por los hindúes, de ahí salió el yoga, la meditación, de ahí salió todo lo que tiene valor, la verdadera sabiduría. ¿De dónde querés que salgan las cosas importantes, de la Universidad de Palermo?
Los tipos se dieron cuenta, mientras buscaban lo real, la trascendencia, la vida eterna, llamalo como quieras, como más te guste.
Se dieron cuenta que el ser humano derrama lo más importante, casi la totalidad de su energía, como si fuera la cosa más natural del mundo. El ser humano no se da cuenta y va perdiendo lo más sagrado. A través de los sentidos.
Calculá, más o menos, ponele que el 90% de la energía se te va a través de la vista. Sí, claro, vos no te das cuenta, ni lo pensás, pero estás mirando. Todo el tiempo. A través de los ojos, viendo, viendo todo, te vas quedando sin alma, embotado, aturdido. Te vas muriendo.
Si hicieras la prueba, si te fueras una semana a Pinamar, en invierno, y te pasaras esa semana con los ojos vendados. Cerrados y vendados, sin ver. Bueno, rejuvenecerías entre diez y quince años de un saque. Estamos enchastrados, embrutecidos de tanto ver, de todo lo que vemos. Lo único que tenés que hacer es dejar de ver, por una semana, y te transformarías en un semidios, tu vida cambiaría.
Después viene lo que escuchás, y si querés, al mismo tiempo más importante todavía, lo que hablás. Si hacés el ejercicio, el experimento, de dejar de hablar, por una semana, te cargarías como una pila Varta. Podrías trepar a los árboles como si fueras un chimpancé, la energía que desperdiciás al hablar te permitiría hacer proezas, elevarte, alcanzar alturas del conocimiento que son, hasta ahora, para vos, tan inconcebibles como desconocidas. Una semana sin hablar, es todo lo que necesitás para que cambie por completo el sentido de tu precario paso por la tierra.
Sí, también está la energía sexual, se ha escrito mucho al respecto. La energía sexual es la naturaleza en estado latente, puro, lo primario y primitivo, pulsión de vida. No es tan directo e inmediato como las anteriores, lo que se pierde al mirar, al hablar, pero si pudieras estar sin tener actividad sexual, ponele, por dos meses, y pasados esos dos meses te hicieras un chequeo, bueno, tu médico se quedaría sin palabras. Te diría que te dieron los resultados de los análisis clínicos de otra persona. De un adolescente, alguien recién salido a la vida.
Y si probaras estar sin ver, sin hablar, y sin coger, todo junto, bueno, no. Las cosas no suelen ser tan lineales, los fenómenos que te estaba explicando son mucho más complejos y van más allá de tu capacidad de comprensión, de raciocinio. A lo que vos te referís es a estar casado.

6.8.14

En el Ministerio


Ministerio. Interior de un antiguo edificio. Tarde, casi las siete de la tarde. Interminable y ancho y desierto pasillo. Piso de baldosas negras y blancas, rombos podría decirse, según cómo se las mire. Frente al ascensor, un hombre de más o menos treinta años. De traje, peinado hacia atrás con gel. El traje es azul oscuro, la corbata es azul, pero más clara. Camisa blanca, zapatos con suela de goma recién lustrados, o nuevos. Estamos en el quinto piso del ministerio. El hombre será el ‘Hombre 1’ (H1), espera el ascensor. Vuelve a tocar el botón. Duda por un instante si meter las manos en los bolsillos del pantalón.
Quien se acerca es un hombre de unos cincuenta años, semicalvo y bronceado. Usa un saco sport, camisa rosa pálido, pantalón pinzado. Usa unos lentes muy finos, sin marco. Será, en adelante, el ‘Hombre 2’ (H2). Se acerca al H1, tiene la intención de abordar el mismo ascensor. 
Como ha terminado el horario laboral, en el pasillo hay algo menos de luz. Una persona con uniforme de limpieza, a lo lejos, arrastra un gigantesco escobillón con ondulantes movimientos y pasmosa lentitud, como si estuviera obligando a dar pequeños pasos a un caprichoso animal.
H2: Hola.
H1: Hola, qué tal.
H2: El Subdirector se cruzó mal con el Director. Pero mal.
H1: ¿Por?
H2: El Subdirector le dijo al Director ‘a mí no me importa a qué Diputado le chupaste la pija. Yo estoy en planta hace treinta años, acá tus contactos no corren’.
H1: ¡Uh! Le fue directo a la yugular.
H2: Sí, pero el Director le dijo ‘vos te cogías a la de Presupuesto, si no no estarías acá. Eso lo sabe todo el mundo’.
H1: ¿La de Presupuesto? Para mí le daba a la vieja de Logística. Cuando todavía era cogestible, digo.
H2: Nooo, Logística no. Presupuesto y Logística tienen un pacto. Nadie se puede coger a nadie cruzado. Fue acordado hace mucho, esas cosas se respetan.
H1: ¿Y Planeamiento?
H2: Planeamiento solamente tiene contacto con Desarrollo, desde que los cambiaron de piso.
H1: Y desde que la Gerente de Informática corrió con un cuchillo al capo de Legales. Lo corría por el pasillo y le gritaba ‘¡Te pensás que nos podés trabar el expediente, hijo de puta!’.
H2: Acá la papa es lo que dicen los Regionales. Si los Regionales dicen que no se jode, te imaginás que de Proveedores hacen buena letra.
H1: Pero mirá que el Gerente de Proveedores se la juró al Jefe de Sistemas.
H2: Sí, pero después se reunieron los Directores, y pidieron hablar con el Jefe de la Oficina Nacional. El Jefe de la Oficina Nacional les dijo: ‘Pónganse de acuerdo porque si no los echo a los dos, y ustedes en la calle no vuelven a ganar estos sueldos en la puta vida. Manga de forros’.
H1: ¿Y?
H2: Se quedaron mudos. Se tuvieron que dar la mano. Hasta prometieron ir a almorzar juntos.
H1: No me los imagino almorzando. Salvo que vaya también el Director de Provincias. O si obligan a ir también a los Jefes de Área, para matizar un poco.
H2: Sí, los Jefes de Área por lo menos arman algún partido de fútbol cada tanto en las canchitas de Salguero. Para que los pibes se conozcan, interactúen. 
H1: Igual hay que ver qué pasa después de las elecciones. A los Subdirectores se les suele pedir la renuncia. Los Diputados que renuevan necesitan lugares donde meter a su gente.
H2: Che, ¿vos sos asesor de Ramírez, de Proyectos, no?
H1: No, yo estoy con Suárez, en Control de Gestión. Me efectivizaron hace poco. 
Se escucha el ruido del ascensor, como si aterrizara una oxidada y exánime nave espacial.
H2: Qué suerte, ahí vino.
H1: Me dijeron que para la noche está anunciado lluvia.

30.7.14

Yo interior


–Para mí se tiñe –dijo Hernán.
–¿Eh? –estaba distraído, Hernán me señalaba el televisor encendido. Se había sentado  en el sillón de tres cuerpos, frente al televisor, y jugaba a cazar el hielo que le había quedado en el vaso de whisky con los labios. Yo seguía sentado cerca de la mesa, todavía comiendo restos de la picada. Una aceituna rellena con morrón, daditos de queso. Un poco de pan untado con una pasta hecha de manteca y roquefort. Un puñado de castañas de cajú.
Ya se habían ido todos. Gabriela, la novia de Hernán, lavaba los platos en la cocina. Habían hecho una picada descomunal, como siete tipos de fiambres distintos. Y quesos, increíbles quesos que le conseguía un cliente que tenía una granja por General Madariaga. Panes caseros, panes artesanales, panes de todo grupo y factor.
Habíamos comido como chanchos enjaulados, como osos del bosque, éramos ocho. ‘Quedate un rato más, así charlamos’, me había dicho Hernán. Me señaló la mesa, repleta todavía de manjares. Sin decir nada, fue y abrió otra botella de un cabernet áspero y potente.
–Se tiñe, este forro –Hernán miraba la televisión, recostado en el sillón. Un periodista estaba entrevistando a Ravi Shankar, que había venido de visita a la Argentina.
–¿Te parece? –Dije, y me serví más vino. Doblé una feta de salame con una feta de queso, reforcé con otra feta de salame, y me comí la combinación de un bocado.
–Claro que se tiñe –Hernán levantó su vaso, confirmando que sí, todavía estaba el hielo pero no, ya no estaba el whisky–. Es un tipo de más de cincuenta años. ¡No podés tener el pelo tan negro!
–No sé, che –miraba los platos, el fiambre, todo para mí. Ver un perro rengueando bajo la lluvia me tocaba el alma. Ver un chiquito descalzo haciendo malabares en una esquina me tocaba el alma. Me tocaba el alma el mar y caminar bajo la lluvia. Y las picadas también, me tocaban el alma muchas cosas– ¿Es un gurú, no? Si es un gurú, si está iluminado, bien puede haber encontrado el secreto para no tener canas.
–¡Las bolas! –Hernán se incorporó en el sillón– Además está maquillado. ¡Fijate bien, debajo de los ojos! Tiene rímel.
–No sé –rodajas de salame picado grueso, jamón cocido de un rosa pálido, como el fresco pezón de una adolescente. Gruyere, no, más roquefort, sí.
–Sí, está maquillado mal –Hernán se puso de pie, se inclinó un poco hacia un costado y se tiró un pedo sonoro, un pedo corneta–. Y esa vocecita, como si te estuviera hipnotizando mientras te habla. Todos estos tipos son reputos. Se comen pibitos.
–No creo, pará –Gruyere ahora, y un poco de Camembert, también, todo arriba de una rebanada de pan negro–. Los tipos van a las cárceles y les enseñan a los presos ejercicios para no deprimirse, para estar más tranquilos. Les enseñan a respirar, los ayudan a encontrar su yo interior.
–¡Gaby, me servís más whisky! –Se volvió a sentar–. Acordate de Sai Baba. Todo muy lindo, todos contentos con las cadenitas  que hacía aparecer y el afro perfecto, hasta que empezaron las denuncias. A estos tipos les gusta pajear a chicos chiquitos. Les acarician las bolitas, son unos asquerosos.
Me di cuenta que casi me había limpiado el tubo de vino, el último, yo solito. Era fácil de comprobar, no había nadie más sentado a la mesa. Miré el reloj, dos y cuarenta y siete de la mañana. Y todavía tenía que manejar hasta casa. No iba a dormir un carajo, tres horas, había arreglado para ir a jugar al fútbol con los pibes. Ni siquiera me pasaban la pelota y con razón, apenas podía moverme. Era malísimo.
–Bueno, Hernán –me paré, me desperecé–. Voy a arrancar, se hizo cualquier hora.
–¿Ya te vas? –Gabriela me palmeó la espalda a la pasada, traía otro whisky para Hernán–. Podés quedarte y voy haciendo el desayuno.
Me reí, una mina piola, Gabriela.
–¿Sabés lo que me jode, Juan? –Se paró con dificultad, Hernán. Agarró el vaso de whisky que le pasaba Gabriela y le dio un beso en el pelo. Tomó otro trago–. Me di cuenta que desde hace unos años se vive mal. La gente se puso desconfiada, cínica. Nadie cree más en nada, y eso es muy triste.

24.7.14

Marketinero


No sé si te pusiste a pensar, no sé si lo pensaste alguna vez, no creo. Porque la gente en general no piensa, pensar se dejó de usar, pensar pasó de moda, como los pantalones ‘pata de elefante’. Por otra parte es más que entendible, todos están con mil quilombos, ocupados en mantenerse con vida, corriendo como famélicos galgos detrás de la liebre, la liebre es la guita, sí claro, qué otra cosa. Eso es, justamente, parte de la cuestión, del asunto.
¿Te pusiste a pensar cuántas cosas hacés, por día, que te gusten? Ponele que tenés más de treinta años, o treinta años. Porque si tenés quince años lo único que querés es hacerte la paja, y entonces vas y te hacés la paja y te tranquilizás un poco. Si tenés quince años no cuenta. Y si tenés, no sé, setenta años, bueno. Te duele el alma, pero además te duele todo. Así que procedés a un ejercicio de resignación, una pacífica convivencia con la desgracia. Qué otra te queda.
Cuántas cosas hacés, que te gusten. Te fumaste dos cigarrillos, ahí tenés, diez minutos. Te echaste un polvo más o menos digno, ahí tenés veinte minutos, veinticinco (tampoco te hagás el john Holmes justo ahora). Te comiste un helado o un alfajor, cinco, diez minutos.
No, correr no cuenta. Decís que corrés porque  te gusta, pero es el terror padre que tenés de envejecer, de engordar, de morirte. De las tres cosas juntas. 
Y ver la televisión no cuenta, ver la televisión es el más primitivo intento por dejar de pensar, por dejar de acordarte lo pelotudo que sos aunque sea por un ratito. Pero entonces es peor, porque apagás tus pensamientos, y entran los de otros, los del televisor. Se trata, apenas de una maniobra distractiva, embrutecedora. Aturdirse.
Sí, si querés te tomo pintarte las uñas o cortarte el pelo, mamucha, aunque bien podría ser considerado ‘cuidado personal’, ‘mantenimiento’. Como lavarse los dientes, no mucho más que eso.
Están las vacaciones, también. Son un concentrado. Comés dos helados, fumás cuatro cigarrillos, te echás dos polvos. Sí, sacás fotos, a un pájaro, a una ballena, a la nieve o al mar. Sí, sale el sol. Cuidado con el aguaviva.
Si calculás, un día tiene 1.440 minutos. Ponele entonces que las cosas que te gustan sean, con suerte, el tres por ciento del día. A veces dos, a veces uno. No pasa de ahí, no más de eso. 
Comer y dormir son cosas que hacés, como podés, como te sale. Son cosas que hay que hacer para seguir viviendo. Imperativo-categórico. 
En cualquier caso, entonces, estar feliz puede ser considerado una comisión, una propina, una limosna, un vuelto. Pareciera que la vida poco tiene que ver con estar contento.

18.7.14

A mi manera


Algo que vengo haciendo.
Voy y cojo con ciegas. Con ciegas que no ven, claro, de eso se trata, en eso consiste, básicamente, estar ciego.  O voy y cojo con rengas, con esas mujeres que usan un zapatón al que le han agregado una plataforma de veinte o treinta centímetros de alto para que no se note que les falta un pedazo de pierna, pero igual se nota, no hay manera que no se note.
O voy y me cojo sordomudas, sordomudas que me miran con los ojos a punto de salirse de las órbitas, mientras me las cojo, y lanzan desgarradoras guturalidades que bien podrían ser confundidas con el sonido de mamíferos medianos siendo apuñalados pero no, es su particular manera de expresar satisfacción, alegría.
Cojo con mujeres en sillas de ruedas, no me preguntes cómo. Me las siento encima con sus piernitas como alambres torcidos, o las tiro boca abajo sobre la alfombra, les pongo un almohadón debajo para levantarles un poco la cola, y me las cojo mientras dicen que no pero sí, cuidado con las rodillas, chillando de placer.
Cojo con viejas, también. Voy a los geriátricos y me cojo alguna mujer de ochenta años o más, pienso un poco en otra cosa, toco un hombro o un muslo, me pongo un poco de dentífrico Noc 10 en la japi para que no se me caiga, transpiro, transpiro mucho, por un momento pienso que no voy a poder pero puedo, supero el crítico valle de algún olor a hospital que me genera sutil repugnancia, y sigo cogiendo. Cojo con gordas, muy gordas, mujeres de más de cien kilos que apenas pueden moverse y resoplan, les digo que me tapen la cabeza con sus infinitas tetas, o me tiro encima, me zambullo en la grasa, cumplo mi  faena como un animal famélico y primitivo. Chupo la concha, meto los dedos.
Vos te creés que sos buena persona porque una vez ayudaste a limpiarle el pico a un pingüino empetrolado con quitaesmalte Cutex, o participaste de una marcha contra el trabajo esclavo en Guinea Ecuatorial. Sostuviste un cartel contra los barcos pesqueros japoneses que arponean delfines.
Bueno, yo voy y me cojo lo que nadie se quiere coger, yo también quiero un mundo mejor. Me involucro.

12.7.14

Para que comprendas


Llevaba yendo al psiquiatra más de cinco años, Cecilia. Había empezado cuando cumplió los treinta y tres, se había dado cuenta que en lugar de resucitar, lo único que quería era pegarse un tiro en las tetas.
La vida se había ido volviendo un fastidio. Se levantaba como si hubiera pasado la noche hundida en un agua viscosa y gris. Todo le resultaba monótono, poco entretenido. Vivir era pagar los impuestos y lavarse los dientes, y hacer las compras, y los chequeos médicos, había que ir al ginecólogo aunque casi ni cogiera, y depilarse, y teñirse el pelo para no parecer una vieja. Después, había que trabajar, criar a su hijita a pesar de estar divorciada de Gustavo que había resultado un pelotudo importante, al que sólo le interesaba ir a la cancha a ver a Argentinos Juniors y lavar el auto los domingos. Ese Renault 18 de mierda.
Había empezado con un psicólogo que le recomendó una amiga, después de haber probado con la homeopatía, el reiki, yoga, lo normal. La tristeza generalizada envolviéndolo todo, ningún antídoto.
A los dos años el psicólogo la había derivado a un psiquiatra. Había cosas que tenían una génesis química. Le explicaron de conexiones neuronales, determinadas zonas del cerebro que no encendían de una adecuada manera, la importancia de la sertralina.
Ahí andaba, Cecilia, volviéndose grande, mirando las noticias de la noche, mientras Catalina crecía, mientras la plata no alcanzaba, nunca alcanzaba, sintiendo que todo lo bueno de este mundo la pasaba de costado, sin siquiera rozarla. Como cuando una elegía una caja del supermercado, y esa caja dejaba de avanzar. Algo salía mal y ella estaba ahí, en medio de lo que salía mal, mientras algo, otro algo, parecía estar saliendo bien. Pero no a ella. La vida era una mala película y una ni siquiera podía levantarse de la butaca, no estaba permitido salir del cine.
Se había ido a hacer un chequeo de salud, y el psiquiatra, que había aprovechado para agregar un par de estudios, le había pedido que le llevara los resultados a él también.
–Bueno, esto sí que está mal –dijo el psiquiatra, que se llamaba Jorge–. Vamos a tener que hacer estos estudios de nuevo. Puede que estés muy enferma, Cecilia. Que te queden pocos meses de vida.
Se hizo una pausa. Cecilia sintió como si se cayera, como si se cayera dentro de ella. Todo lo que no había hecho en la vida, todo lo que le había salido mal. Y ahora esto, la enfermedad, la muerte, el sinsentido.
–Bueno, en realidad no –Jorge se rió, una corta carcajada, como el estornudo de un perro–. Era un chiste. Sólo quería demostrarte que no importa lo mal que digas que estás, lo mal que creés que te va. Aún así, Cecilia, no querés que se termine nada. Deberías ponerte contenta, te interesa estar viva.
–¡Pero qué pelotudo! –Se puso de pie, Cecilia, y le dio un cachetazo al psiquiatra, a Jorge, un cachetazo que le hizo volar los lentes sin marco.
Bajó a la calle. Una amiga le había recomendado un gimnasio cerca de su casa donde se podían hacer clases no sólo de gimnasia, también había tae bo, spinning.