12.4.15

Medialunas


El experimento es bien fácil. Bueno, en realidad, más que fácil es barato. Lo barato contiene lo fácil, lo engloba, lo abarca. Lo barato viene de la mano de lo fácil, por lo general. Se hacen compañía.
Suponemos que tenés un trabajo, tenés, no sé, treinta años, y tenés que trabajar. En una fábrica, en un negocio, en una oficina.
Vas y comprás medialunas. Esperás que sea viernes y entonces, antes de entrar al trabajo, vas y comprás medialunas. Una docena, o si trabajás en un sector con bastante gente, bueno, podés comprar dos. Dos docenas de medialunas, estamos hablando, ponele, de cien pesos.
No, ya sé, comprar medialunas no es ningún experimento. Ahora viene lo importante.
Necesitás tener un momento, tres minutos, solo, vos, con las medialunas. Te encerrás en un cuarto, o en un auto, o en un baño, no importa.
Y hacés lo siguiente.
Abrís el paquete, con las medialunas. Agarrás las medialunas, una por una. Y a cada medialuna le arrancás, con dos dedos (o tres), de un pequeño tirón, una de las puntas, un cabito. Olvidé decir que las medialunas son de manteca.
Vas arrancando una punta de cada medialuna. Si las medialunas son buenas, y además están recién hechas, vas a ver que el procedimiento es de lo más fácil. Las puntas se desprenden casi con ternura. Se puede hacer con una tijera, también, cortar el cabito. Pero queda, el corte, muy artificial, muy riguroso. Conviene usar los dedos.
Hacés eso. Y volvés a acomodar todo en el paquete. Las medialunas, más o menos una al lado de la otra, en fila. Y en un costado, todos los cabos. Un montoncito, con las puntas.
Llegás a tu trabajo, si es temprano mejor, decís ‘buenos días’, y dejás el paquete en algún lugar accesible, a la vista de todos. ‘Traje medialunas’, podés decir, si hay gente. Si no hay gente abrís un poco el paquete y te vas a hacer lo tuyo.
Cuando llega la gente, algunos se hacen un café, otros prenden la computadora, y así. Lo que sea que se haga en ese trabajo. Y se van a acercar, al paquete, al paquete donde están las medialunas.
Puede ser que uno levante la cabeza y mire a los costados, sorprendido. Otro puede llegar a decir ‘¿y esto?’. ‘Medialunas’, contestás vos, o te desentendés. No decís nada.
Al ratito vas a ver que las empiezan a comer. Quizás un chico, al pasar, se come una puntita. O revisa las medialunas y elige una que le parece que está más entera.
Al final del día vas a ver que las medialunas tuvieron bastante aceptación. Se comieron más de la mitad, de las medialunas, y de los cabitos también. Seguro.
La gente no da más, la gente es la mierda pura. Esto es apenas una manera más de verificarlo.

6.4.15

Leo en la terraza


A ver.
Me mudé, me tuve que mudar y me mudé. Me fui a vivir a un departamento más chico, mal ubicado, en fin. Son situaciones.
Subía a la terraza, dos veces por semana, bien temprano. A hacer yoga. Porque me dolía la espalda, y mi departamento era muy pequeño. Le pregunté al portero si podía subir a la terraza, me miró, el portero, como si yo fuera un extraterrestre recién llegado del espacio exterior. Al portero no le interesaba en lo más mínimo nada de lo que sucediera en el edificio, por eso era el portero.
La cosa iba normal, salvo una vecina que subió a colgar la ropa un día y se quejó porque me vio en cueros. Yo hacía media hora de yoga, antes de ir a trabajar, un par de veces por semana. Trataba de sentir que, justamente, me sentía mejor. Engañarse es una parte importante de la práctica de cualquier actividad. Podés llamarlo ‘motivación’.
Entonces subió un día una mujer. Era la del tercero ‘A’.
–Se llama Leo, le gusta sentarse y mirar el cielo –sacó un toallón, lo dobló en cuatro, y lo puso sobre el piso–. No te va a molestar. Lo vengo a buscar en un rato.
Y se fue, la mujer. Dejó a Leo. Leo era un muchachón bajo, chueco, con la cabeza desproporcionadamente grande para el resto del cuerpo. Los brazos muy largos. Los faciales rasgos tan particulares, tan característicos, de quienes tienen síndrome de down.
–Hola –dijo Leo, le costaba hablar, se le trababa la lengua– ¿Qué hacés?
–Yoga –le respondí–. Me duele la espalda.
–Bueno –dijo Leo, y no habló más.
Nos hicimos amigos. Leo era callado, respetuoso. Nos saludábamos, y la mamá se iba.
–Qué hacés –me preguntaba Leo.
–Yoga –respondía yo, otra vez–. Para la espalda.
–Yoga, yoga –decía Leo, y se reía.
Por lo general se quedaba sentado mirando algo, un insecto, un pájaro, simplemente el cielo. A veces se paraba y me imitaba, algún ejercicio. Inclinarse hacia adelante, con las piernas rectas, y agarrarse los dedos gordos de los pies.
–No puedo –decía Leo. Yo lo ayudaba a estirar, le enseñaba algún ejercicio diferente cada semana. Leo traspiraba, sacaba la lengua siempre babeante. Aunque me sorprendió un día, haciendo el ‘loto’.
–¡Muy bien, Leo! –Aplaudí, el loto era impensable para mis maltratadas rodillas. Estaba orgulloso, se reía. Le resultaba sencillo sentarse así.
Un día Leo me pidió si para la próxima vez le podía conseguir un alfajor. La madre no lo dejaba comer dulces, porque engordaba. Le traje el alfajor al otro día, tardó como veinte minutos en comerlo. Lo ayudé a lavarse la cara en la pileta para lavar la ropa. Estaba todo manchado de chocolate, feliz. Cuando llegó la madre a buscarlo, antes de irse se dio vuelta y me hizo ‘sh’, con un dedo sobre los labios.
A la semana siguiente se me acercó, le costaba pronunciar las palabras. Quería coger. No, no conmigo por suerte, quería coger con una mujer. Me dijo que tenía plata ahorrada. Me dijo que había visto películas, pero que nunca había cogido. Tenía veintisiete años.
Lo armé, no me preguntes cómo, pero lo armé. A través de una prostituta amiga. Ella no quería, pero tenía una amiga que sí, que no tenía problema. Me cobró el doble. La hice venir, un viernes, a la mañana bien temprano. La dejé escondida en mi departamento, mirando la televisión. Después la hice subir a la terraza.
Leo tuvo sexo nomás, detrás del tanque de agua. Era una metralleta Uzi, a pesar de la medicación que le daban para tenerlo bajito en vueltas. Se echó cinco polvos. Acababa y se reía, y la prostituta se reía también.
–Es una máquina, jamás había visto algo así en mi vida. –Dijo la mujer.
Volvió, Leo, a la otra semana. Me miró. Quería hablarme.
Me dijo que se iba a suicidar. Le dije que no, discutí con él. Me explicó, con una claridad que daba miedo, que por culpa de él sus padres sufrían. La vida, su vida, era un asco. No podía hacer nada de lo que quería, la gente se burlaba todo el tiempo. Me dijo que yo era su único amigo y tenía que ayudarlo.
–Ayudarte cómo –dije–. Qué.
Me explicó que el lunes siguiente se iba a matar. Se iba a tirar de la terraza. Pero como sabía que se iba a asustar en el último momento, necesitaba que yo lo empujara.
–¿Qué?
Eso, se iba a parar en la cornisa, del lado de afuera de la baranda, y necesitaba vencer el último miedo, un empujoncito.
–No puedo, Leo. No puedo hacer eso.
–Sí que podés, mogólico –me dijo con los puños apretados, le saltaban chispazos de saliva, todo rabia contenida.
Al lunes siguiente, Leo se suicidó. Apareció muerto en la calle. Gritaba una señora, sonaban las bocinas. Subieron corriendo a la terraza, ahí estaba yo, mirando para abajo, mirando a Leo derramado sobre el pavimento, en medio de todo ese ruido. Todos creen que la ciudad son los edificios y los autos y la gente corriendo pero no, la ciudad no es mucho más que ruido.
–Se tiró –dije–. Pasó del otro lado y se tiró.
La madre de Leo se acercó y me abrazó, se acurrucó contra mi pecho. Lloraba.
–Gracias, gracias por todo lo que hiciste por él –dijo–. Leo te quería mucho.

30.3.15

Un asunto amarillo


En una época trabajé en un local de Havanna. No, no voy a decir en cuál, no voy a decir la zona. Se multiplicaron por todos lados, los locales de Havanna, como los del café Martínez y alguna otra cadena más. Venden café, desayunos, licuados, sándwiches. Además de los alfajores de siempre aunque para mí ya no son los de siempre. O quizás los alfajores siguen siendo los de siempre, y lo que se cayó como un piano fue la Argentina. Hablo de la calidad.
Mi trabajo era estar adentro, en la cocina. Hacer los tostados, los licuados, los jugos, el café. Había trabajado en restaurantes en serio, para mí era pan comido.
La plata era poca, pero trabajaba de 8 a 15, y después tenía tiempo libre para mí, para escribir, para pensar que podía cambiar de vida.
En el local había un par de pibas que atendían, y un encargado. A eso quería llegar.
El encargado odiaba a los chinos, eso. No sé por qué, jamás lo explicó. Cada vez que entraba un chino al local (y por chino se entendía cualquier sujeto con rasgos orientales: japonés, coreano, filipino, no sé qué más), el tipo se ponía mal.
–A ver, qué pidió –decía cuando alguna de las chicas me estaba pasando el pedido. Y ahí empezaba el tema.
Si el chino había pedido un licuado ‘tutti-frutti’, el encargado agarraba las frutas ya troceadas, y las tiraba al tacho de basura repleto de restos de comida y mugre. Mezclaba un poco, o se sonaba los mocos encima. Entonces las sacaba con ambas manos, frutas manchadas de mugre y restos de yerba, y las metía en la licuadora.
–Ahora sí, preparale el licuado a ese chino de mierda –decía el encargado.
Si el chino pedía un tostado de jamón y queso, agarraba el jamón, y el queso, y los tiraba sobre el piso con lavandina, o se paraba sobre las fetas de jamón, un día llegó a pishar sobre el queso.
–Dale –me decía con una mueca que podía llegar a ser una sonrisa–. Hacele el tostado a ese chino puto.
Y así. Al principio nos reíamos, algo sin importancia. Pero después no. El tipo se pasaba la taza de café por las axilas, por las bolas, les escupía el café con leche, se sonaba los mocos dentro de la licuadora. ‘Dejame a mí, lo preparo yo’, decía.
El resto del tiempo era un tipo correcto, amable, buen jefe. Trataba bien a los clientes, se preocupaba si alguna de las chicas tenía un problema personal, no robaba. Tenía buen carácter.
Un día llegué a la mañana, y había un auto de policía en la puerta del local. El encargado había aparecido muerto en su domicilio. Se hablaba de un asunto de drogas, de un intento de robo. Pero no lograban encontrar una pista.
Y yo no dije nada, conté cuál era mi rutina de trabajo, expliqué que jamás había visto nada raro. Pero yo sabía, yo sé que lo mataron los chinos.

24.3.15

Asado


Pablo acaba de chocar con la moto. Iba por la Panamericana, para Pilar. Lo habían invitado a un asado. Es sábado, casi las doce del mediodía.
Maneja motos desde siempre, Pablo, maneja bien. Tiene una Kawasaki 800 nuevita. Va rápido, le gusta la velocidad. El auto de adelante no se da por enterado, no lo deja pasar. No le da bola a la luz, nada. Un Peugeot 208 negro, manejado por un muchacho jovencito, con una chica de acompañante que mueve la cabeza al son de la música.
Como venían más autos, muchos autos, por el carril rápido, tuvo una idea, Pablo. Ni la pensó. Torció apenas, aceleró para pasarlo por la derecha, al Peugeot. Y justo el pibe del 208 tocó el volante también, para la derecha, después de uno o dos minutos de venir haciéndose bien el pelotudo. Ya había acelerado, Pablo, ya estaba acelerando y tocó al Peugeot, no lo pudo evitar.
Toca al Peugeot y se le tuerce la moto. Y vuela, Pablo. Sale despedido hacia adelante. Vuela, Pablo, está en el aire y vuela, a tres metros de altura. Con los brazos extendidos, como si fuera Superman. Una sensación tan agradable, estar en el aire es algo tan cómodo, tan sutil y a la vez tan intenso.
Vuela y es un instante del más puro ahora que dura y se prolonga. Un eterno presente, redondo y brillante como una pequeña esfera hecha de un material todavía no inventado. Y es como dicen, nomás, o como leyó alguna vez. Ve su vida pasar ante sus ojos, un racconto, un compacto, como sucedía los domingos a la noche cuando pasaban el partido de fútbol más importante de la fecha pero encogido, más apretado, sin que pierda su esencia. Lo más interesante.
Ve, Pablo, la peli de su vida, se reconoce perfectamente aquí y allá. La vez que Gabriela le dijo que sí y se fueron caminando del boliche, se fueron juntos a la playa y llovía, cuando volvió a casa y lo estaba esperando Javier aquella vez, para decirle que había muerto su perro, Urko querido, la maestra de sexto grado, tan buena, con esos pulóveres con olor a naftalina, acariciándole la cabeza en el patio del colegio. La vez que fue a coger al puterío de la calle Membrillar y eligió a la chica que tenía una fea cicatriz en la cara. Huele, Pablo, el olor del café con leche y las tostadas, el olor de la cebolla en las hamburguesas de Carlitos en Villa Gesell a las siete de la mañana. Ve, Pablo, ve a Mariana de perfil, despeinada, con esas tetas tan perfectas. Escucha, Pablo, escucha la risa de su viejo como poseído, loco de alegría, cuando Racing empató en el minuto cuarenta y tres y el mundo se volvió un lugar muchísimo más amable, escucha los ladridos, los ladridos de Urko del otro lado de la puerta cada vez que volvía del colegio. Ve a su abuela Estela, caminando muy despacio por el pasillo de la casa, trayéndole un pedazo de pan dulce casero y un vaso de leche a la cama cuando tuvo sarampión.
Huele, escucha, ve. Un pensamiento surca su mente, como un rayo en medio de la noche mar adentro. ¿Ocurrió todo realmente? ¿Lo vivido, fue real?
Entonces toca el piso, Pablo. Aterriza sobre el pavimento con la cabeza y es como si apagaran la luz.

18.3.15

Slalom


Veo gente que se casa. Gente que se casa y tiene hijos. Mujeres que arrastran a sus hijos por la calle con un fastidio tatuado en el rostro, un fastidio de haber hecho exactamente lo que quisieron, aquello para lo que estaban convencidas que habían sido puestas sobre la faz de la tierra. Ellas no quieren a sus maridos, y sus maridos no las quieren. Esperan que se desocupe una mesa en un restaurante de barrio donde los panes yacen en metálicas paneras (una suerte de morgue para panes) mientras la vida se pasa. Se miran o se hablan pero no se miran ni se hablan, una desarmonía tan perfecta, demasiado perfecta, jamás imaginada.
Veo gente que trabaja. Diez o veinte años en alguna oficina, esperando esa subgerencia que nunca llega, ni a Godot lo esperaron tanto. Viajando una y otra vez en subterráneos como una mala película donde la gente, otra gente, lo único que quiere es gritar a través de un teléfono celular que a la noche a los fideos les pondrán salsa pomarola o habrá un partido de fútbol o un programa de entretenimientos donde los participantes cantan o bailan, no puede ser tan malo.
O ponés un negocio. Antes o después ponés un negocio, para comprar y vender algo hasta que no des más, hasta que odies la mercadería que comprás y que vendés y sólo te queden deseos para tener dos negocios.
Después llegan las enfermedades, la muerte, las tragedias que se limitan a flotar apenas, a moverse no mucho esperando la oportunidad como aplicados cocodrilos.
En lo personal no he hecho mucho con mi vida, no hice, ahora que lo pienso, prácticamente nada. He tratado, simplemente, de no ser como vos, de no hacer nada como vos. Nunca tuve un plan, pensé que con no ser como vos alcanzaba.

12.3.15

La gente se muere


Se murió la mamá de Gabriel. Aunque nos veíamos cada vez menos, Gabriel seguía siendo un amigo. Nos conocíamos, con Gabriel, de toda la vida. Cuando era chico iba a la casa de Gabriel a merendar, la mamá de Gabriel siempre me había tratado bien. Me saludaba, me hacía alguna pregunta, como si le interesara en verdad algo de lo que me estuviera pasando, mi estúpida vida. Me ofrecía un té, siempre con una palabra amable, siempre una sonrisa.
Me avisó mi amigo L., me llamó por teléfono.
–Che, Juan, se murió Elena.
–¿Qué Elena?
–Elena, boludo –dijo L. –. La mamá de Gabriel. La entierran el domingo, en Pilar.
Decidimos ir, con L. La idea era irnos después a almorzar a alguna parrilla. Tomar vino, mirar alguna mina que pasara andando en bicicleta, charlar un poco de cualquier cosa, de la vida.
Me pasó a buscar a las diez. Fuimos, llegamos. Saludamos a Gabriel que pareció alegrarse de vernos. Fingió una sonrisa pero el dolor lo pasaba por encima. Venía mal, Gabriel, se había divorciado de su segunda mujer, había quebrado su negocio, estaba en la lona, grande, triste.
Lo de Elena había sido un cáncer fulminante que se la comió en tres semanas. Algo en la sangre, implacable como un pacman con anfetas. Por alguna razón que yo no alcanzaba a dilucidar, lo malo siempre tenía, venía revestido de una contundencia rigurosa y unívoca. Lo bueno no, lo bueno solía ser algo más tenue, opinable, vaporoso. Las cosas buenas de la vida eran frágiles y venían mal embaladas, lo malo era una pila sulfatada dispuesta a resistir mil años. Conste en actas.
Llegó más gente, tíos, primos. El hermano de Gabriel, Adrián, dos años menor. Estaban distanciados por algún tema de dinero. La mujer de Adrián odiaba a su cuñado por diversos motivos, alguna vez Adrián le había prestado dinero y Gabriel no se lo había devuelto, o Gabriel había ofendido a la madre, a la madre de la esposa de Adrián, en una cena navideña. Gabriel tenía muy mala bebida desde que éramos jovencitos, de la época que íbamos a bailar, se ponía violento, empezaba a decirle las peores barbaridades a todos los presentes y se reía, así que la situación era perfectamente posible. Pudo haber sucedido.
Fue llegando más gente. El papá de Gabriel permanecía en un rincón, desolado, sin poder levantar la vista del piso, encogido. Era un hombre que había trabajado toda su vida en los ferrocarriles, hincha de Atlanta. Amaba a esa mujer con la que había estado casado por más de cuarenta años, sin ella no podía imaginar cómo seguir adelante con su vida.
Hago una pausa, sé que aburro pero hay demasiados detalles. Sigo.
Se dijo una oración en una pequeña capilla. Llegó el momento de cargar el cajón, el último tramo hasta la definitiva sepultura. Había poca gente, algunos parientes con sus esposas, conocidos del padre y de la mujer fallecida, un par de chicos pequeños. L. me hizo una seña, mientras se acercaba a una de las manijas del cajón. Había que acompañar a Gabriel, que apenas podía con su alma. Me acerqué al cajón para hacer lo mío.
Levantamos el cajón de la especie de camilla con ruedas para caminar los últimos metros. Entre 6. Avanzamos.
Algo se soltó. Una manija cedió con un ‘clac’ y alguien tropezó. Caímos varios, por el súbito desequilibrio. Escuché el ruido de la madera del cajón, rompiéndose contra el piso.
–¡Forro, pelotudo! –Gabriel señalaba a su hermano con un índice, todavía sin soltar su manija del cajón caído, lo que lo obligaba a estar medio agachado. Le salían las palabras cargadas de furia, las lágrimas se le mezclaban con el sudor, salpicaba saliva.
–¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! –Adrián, de pie, había soltado el cajón y buscaba en el bolsillo superior de su camisa el atado de cigarrillos. Era un tipo de cuarenta cigarrillos diarios desde que tenía quince años, necesitaba fumar. Fumar era una de las pocas cosas que lo habían sostenido a lo largo de su vida.
–¡Te pedí guita para enterrar a mamá, y me dijiste que no tenías! ¡Rata piojosa! –Gabriel le dio un empujón a su hermano, que tenía las manos ocupadas encendiendo un cigarrillo y se fue al piso.
–¡Guita, todo el tiempo guita! –La esposa de Adrián se interpuso entre Gabriel y su marido caído, llevaba un bebé en brazos– ¡Todavía no nos devolviste la plata que te prestamos hace tres años!
–¡Vos no te metás, pelotuda! –El papá de Gabriel, con renovadas fuerzas vaya uno a saber surgidas de dónde, sentó a la esposa de Adrián de una piña. La mujer cayó desmayada sobre el césped, sin soltar, por suerte o reflejo, al bebé que sostenía contra su pecho. Así quedó, el bebé, descansando sobre el pecho de su madre. Le salía, a la mujer, sangre de la nariz– ¡Ni siquiera puedo ver a mis nietos cuando quiero, conchuda!
Se desató el caos. Intervenían familiares tratando de contener la situación, mientras volaban trompadas de todas partes. Hubo incluso patadas voladoras, alguien, un hombre bastante mayor, se había quitado el cinturón, y repartía cintazos con frenesí. Había enroscado el cinturón en una de sus manos, dejando libre el extremo con la hebilla.
–¡Qué mierda todo! ¡Qué mierda todo! –Gritó Gabriel en un momento, junto al cajón, de rodillas. Alguien quería poner un poco de orden, ayudarlo a incorporarse, alguien le había tirado un botellazo desde atrás, a Gabriel, que lo había alcanzado en un oído y parecía haberlo dejado aturdido. Un perro, un pequeño bull dog francés color negro con correa (quién puede venir a un cementerio con un perro, por Dios bendito y la Virgen que llora lágrimas de Campari), se acercó al cajón. Levantó una pata, hizo pis. Se oyó el llanto de un bebé, no el bebé de la mujer de Adrián, otro bebé.
–¡Me robaron, ladrones, llamen a la policía! –Gritaba una mujer a la que en medio del tumulto le habían quitado la cartera. Se había juntado más gente, curiosos, algunos que esperaban para otro entierro, otros sacaban fotos con los teléfonos celulares de última generación pagados en cuotas, teléfonos que valían más que todas las prendas de vestir que llevaban puestas, y las que tenían en sus armarios, en sus casas, también. Teléfonos celulares que valían más que todos los libros juntos que hubieran leído a lo largo de todas sus curiosas existencias. La gente estaba enferma, vacía, y en la mayoría de los casos, enferma y vacía al mismo tiempo. Necesitaban una pitada de twitter, un trago de facebook, para seguir adelante con el cachivache de sus vidas.
Lo levanté a L. y me lo llevé a un costado.
–Qué tipo hijo de puta –L. tenía un corte en un labio–. Me embocó de una. Ni siquiera sé quién es ese viejo de mierda.
–Vamos. Se puso difícil todo, me parece –entré al auto–. Hasta morirse.

6.3.15

Más allá


Cómo te cuento esto, a ver.
Héctor tenía, en el brazo derecho, un muñón. O sea, no conozco los términos técnicos, no soy médico. El brazo, el brazo derecho, el brazo derecho de Héctor, terminaba justo en la muñeca. Un accidente, un trágico e inconcebible accidente cuando Héctor no tenía todavía dos años de edad. Su madre se había distraído hablando con una amiga en una carnicería del barrio de Balvanera. Apoyó al bebé sobre el mostrador, el bebé gateó. Estaba encendida la cuchilla esa que usan los carniceros. No hace falta excederse con los detalles. Basta con decir que Héctor perdió una mano, eso lo marcó para siempre. Todavía hoy, casi cuarenta años después, los días de lluvia, la mano, esa ausente mano, le pica.
De alguna forma pudo seguir adelante, Héctor, con eso que podríamos denominar su vida.
Alicia venía de una historia de constantes abusos. La violaba su padrastro, desde que era una nena, y lo siguió haciendo durante varios años. La pellizcaba en sus ínfimas tetitas, la manoseaba, hacía que la nena lo masturbara, y luego seguía lo demás. Alicia, durante la cena, miraba a su madre, sabía que su madre sabía. Pero no hizo nada, su madre, una mujer débil que se pasaba el día fumando, no había trabajado jamás en su vida. Se fue de su casa a los quince años, Alicia. Detestaba a los hombres con todo su ser, se hizo prostituta, vivió un tiempo en Entre Ríos. Después heredó una casita de una tía, y pudo dejar de a poco esa vida. Estudió enfermería. No se casó ni tuvo hijos. Le gustaba ir al cine los sábados, a la primera función, antes del mediodía. Tenía un perro, tenía una amiga.
Se conocieron, Héctor y Alicia, en el hospital. Una noche que Héctor pensó que estaba teniendo un infarto. Había tenido un disgusto con un socio por un tema de dinero, pensó que se moría.
Héctor la pasa a buscar, a Alicia, los viernes, por la guardia. Van a un hotel que queda sobre la calle Río de Janeiro. Alicia se sienta contra el respaldo de la cama y sin quitarse la bombacha, corriéndola un poco de costado, se mete, bueno, el muñón de Héctor, en la vagina. Se queda así un rato largo, con los ojos cerrados. Después Alicia le chupa, a Héctor, la poronga, lo hace eyacular. Duermen abrazados. Al día siguiente desayunan, conversan sobre alguna generalidad, se despiden con un beso en la mejilla.
Y nada más. Hay historias algo sórdidas por cierto, donde se alcanza a percibir un orden que va mucho más allá de nuestras módicas capacidades de comprensión y raciocinio. Son las historias que me gustan a mí.