24.4.16

Presencia consciente


–El vehículo es el cuerpo pero no somos el cuerpo –dije–. Es ridículo que estemos todos tan confundidos. Cómo es posible que la gente crea que sos eso que ves, como si pensaran que son la casa donde viven. Igual igual, vivís en tu casa, pero no sos tu casa. De paso, fijate nomás que te podrían cortar, no sé, un dedo o una oreja, y seguirías siendo. Eso debiera bastar, digo, para dejar en claro que no somos el cuerpo. El cuerpo es una máquina, compleja desde ya, por cierto, pero no mucho más que un aparato psicosomático.
–Y no somos la mente –dije–. No podemos ser la mente, aunque aquí la trampa es infinitamente más sutil. De hecho la mente no existe, y eso es toda una revelación. La mente no es un objeto, es una acción. Lo saben los hindúes desde hace cinco mil años, no sé por qué carajo no te lo explican en la escuela primaria. La mente no es mucho más que un puñado de pensamientos. ¿Dónde está la mente? Sin pensamientos no hay mente.
–Hay algo más –dije–. Yo te diría que somos presencia consciente. Eso que hace que el cuerpo tenga sensaciones, y la mente pensamientos. Una suerte de ‘sensación de ser’, de ‘yosoidad’, somos un ‘soy’ sin ‘yo’, es lo más cerca que vas a estar con palabras aunque las palabras no alcanzan a tocarlo. Cómo podrías definir lo ilimitado cuando usás una herramienta limitada para definirlo. El lenguaje no es más que un instrumento de la mente.
–Bueno, Juan –dijo ella, y se quitó el pelo de la cara– ¿Vas a acabar o no? Me la pusiste y de repente te quedaste quieto y empezaste a decir todas estas boludeces. Tampoco puedo aguantar con las piernas arriba media hora, me acalambro.

18.4.16

Muñeco vudú


Gran parte de la vida es un lugar que, si tenés suerte, no está plagado de excesivas tragedias. Los golpes de efecto suelen reservarse para el cinematográfico ámbito, de eso suelen tratar las películas. La realidad suele ser infinitamente más mediocre.
Uno aprende, el mero discurrir del tiempo te obliga a aprender, a deambular esa infinita meseta que parece no conducir a ninguna parte, como si miraras por la ventanilla y no pararas de ver el mismo aburrido paisaje. Árido, por cierto. Gamas de gris.
Gustavo tenía la sensación que no le pasaba nada. En general, en la vida.
No se había casado pero vivía con Viviana, desde hacía nueve años. Tenían un precioso hijo que se llamaba Enrique. Tenían un perro, también, un incansable labrador que se llamaba Max. Tenía un local de venta de artículos de limpieza por Villa Urquiza, no, no Max, Gustavo. Siempre había querido no tener que depender de nadie, ser su propio jefe. El negocio era pequeño y daba dolores de cabeza, la inflación, la inseguridad. Pero tenían un buen pasar, podía cambiar el auto cada tres o cuatro años, veraneaba en Playa del Carmen, en Buzios.
Con Viviana no estaban en su mejor momento, ¿pero quién podía decir que estuviera con su pareja en el mejor momento? El mejor momento con cualquiera era cuando se conocían, los primeros tres meses, seis meses máximo si vos querés. Después venía la convivencia, el día a día que te va mordisqueando los talones como un aplicado perro salchicha, la rutina. Lo importante era que habían construido un sólido vínculo. Era una buena mujer junto a la cual envejecer. Se querían.
Se empezó a sentir mal, Gustavo. Nada específico, dolores. Un día se levantó a la mañana y le dolía muchísimo la planta del pie derecho. Casi no podía pisar del dolor. Trató de disimular, pero anduvo dando saltitos, rengueando todo el día. Otro día se quedó duro de la espalda, el cuello, no podía girar la cabeza para el costado, ni un poquito, y el dolor le nublaba la vista. Otro día la cintura, se tenía que sostener la cintura con ambas manos para sentarse, como si fuera un anciano. No recordaba haber tenido un dolor de cintura así ni cuando había jugado al rugby de adolescente.
Otro día fue un huevo. Sintió el huevo punzando, latidos. Quizás había hecho un mal movimiento mientras dormía y se lo había apretado. Quizás había hecho algún esfuerzo acomodando la mercadería en el local y se había herniado. Todo muy raro, impensado, y al mismo tiempo. Como decían los americanos: when it rains, it pours. Malas noticias.
Viviana andaba metida en sus quilombos, más distante que nunca. Se quejaba que Enrique andaba con problemas de conducta en el colegio. Y su hermana, siempre su hermana. Vivía en Mar del Plata y tenía que terminar de vender un departamento de la mamá que había fallecido hacía más de un año.
Le dijo, Viviana, que su hermana le había contado que tenían un comprador en firme. Se iba a Mar del Plata por el fin de semana. Se llevaba a Enrique para que saliera de la ciudad, para que se despejara un poco. Firmaba la venta del departamento, arreglaba números con su hermana, y se volvían. Cuatro, como mucho, cinco días.
Se despertó solo, Gustavo, el sábado a la mañana. Temeroso de ver qué le dolía. Tenía que ir a abrir el negocio, pero sólo medio día. Pensó que podía ir a desayunar a un lugar lindo, tratar de relajarse. Debía estar estresado, era esa la causa de todo. Había que bajar un cambio, disfrutar un poco más de la vida.
Se le dio por ordenar un poco antes de salir. Era temprano, había tiempo. Hizo algo de limpieza, lavó los platos que había ensuciado durante la cena. Debía mantener un mínimo orden para que la casa no se le cayera encima.
Ordenó todo, hasta barrió. Y entonces abrió un cajón, un cajón de Viviana, donde guardaba los camisones, la ropa interior. Había corpiños, había bombachas, le pareció que algo estaba mal doblado, algo hacía un poco de bulto. Revisó, metió la mano.
Había un muñeco, un muñeco no muy grande como de trapo, con forma humana. El muñeco era color chocolate y tenía la cara dibujada con pedacitos de tela también, cuadraditos rojos para los ojos, la boca un rectángulo amarillo.
Tenía un nombre, el muñeco, decía Gustavo. Escrito con un marcador negro a la altura del torso. Y tenía alfileres también. Clavados, varios alfileres clavados. Uno en la planta de uno de los pies, otro en el cuello, un par en la cintura.
Viviana lo estaba matando de a poco. Pero por qué. ¿Tanto lo odiaba, o había otro hombre? ¿Por qué no se iba?
La noticia, descubrir lo que había estado sucediendo, lo dejó aturdido. Trabajaba, había tenido un hijo, dormía todas las noches con una mujer que le deseaba el mal. Todo lo que había estado haciendo estos últimos años, para nada. Tenía esa sensación que a veces se tiene en sueños, sintió que se caía.
Fue al comedor, Gustavo, con el muñeco. Se sentó en el sillón. Agarró un alfiler y buscó el punto exacto. Atravesó el muñeco, de lado a lado, en el lugar donde debía estar el corazón.
Cerró los ojos, esperó.

12.4.16

Wanchankein


A veces voy a un sanatorio, a un hospital. Voy a la sala de espera de terapia intensiva. Espero que salga un médico de lentes y cara de cansado. Escucho el parte del día de algún paciente, alguien a quien no conozco desde ya.
A veces voy a una escuela primaria, a la mañana, bien temprano. Me paro en la puerta, como si mi pequeña hija hubiera entrado recién al cole y a mí me hubiera agarrado una preocupación venida de quién sabe dónde, una angustia por el futuro de la hija que no tengo. La situación económica, qué país les vamos a dejar, la inseguridad.
La gente suele mirar televisión o leen revistas tratando de enterarse cómo es la vida de los famosos, con quién salen, adónde van de vacaciones, qué lugares eligen para cenar. A mí cada tanto me da curiosidad qué se siente, cómo sería ser una persona normal.

6.4.16

Rumba, salsa, mambo


Es ridículo, lo sé, y me avergüenzo. Pero llega un momento en que a uno le han sucedido tantas cosas que lo avergüenzan que, bueno, la vergüenza pasa a ser parte del paisaje. Una segunda piel.
Quería coger, andaba todo el tiempo con ganas de coger, no podía pensar en otra cosa. Y las ganas de coger suelen funcionar como una peste, una pus. Más ganas tenés de coger, más las mujeres perciben que tenés ganas de coger, y se apartan. No sé, pareciera que huyen de la necesidad, de tu necesidad, funciona así. Cada tanto me pasaba que no tenía ganas de coger, no tenía apetito, andaba preocupado, con mil quilombos en la cabeza, y las minas se me regalaban. Me decían ‘dale, por favor, no seas malo. Un ratito nomás, qué te cuesta’.
–Vamos a bailar salsa –me dijo mi amigo G.
–¿Eh? –Lo miré feo. Estábamos comiendo una pizza en Nápoles. Domingo a la noche. Cargando fuerzas para enfrentar la semana. Fugazzeta, una caricia de los dioses, una limosna del cielo para los desposeídos de esta tierra. Fugazzeta que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
–No, ya sé –Me explicó G. No le importaba un pomo la salsa, ni la rumba, ni la cumbia. A quién carajo podía importarle la salsa, es como si te importara el reggae dos cuadras afuera de Jamaica. Pero, me explicó G. que los viernes a la noche iba a bailar a un local que estaba sobre la calle Sarmiento, por Congreso. ¡Y cogía!
No había ni que bailar, apenas. Moverse un poquito. Y estaba lleno de mujeres. Veteranas principalmente, que iban a buscar frotarse contra la entrepierna de algún mulato. Negros, eran los negros los reyes del lugar. Senegaleses casi azules con sus porongas como brazos de niños pequeños y dientes como para iluminar un estadio de fútbol, sus atléticos cuerpos vestidos con chillones colores.
Las mujeres morían por ser apretadas por esos semianalfabetos que eran pura proteína y tenían la fuerza para treparse a los árboles y cogerlas, arriba de los árboles, y después tirarlas desde ahí arriba. El asunto era que la música, el frotarse, y la caipirinha de horrorosa calidad, hacían que uno pudiera coger algo también. Alguna trastornada sedienta de pito, una mujer en proceso de aporcinamiento, alguna tullida.
–Vamos una vez –me dijo G. –No perdés nada. No lo vas a poder creer.
Me tomé media botella de whisky y allá fuimos. Viernes, dos de la mañana. Diciembre en Buenos Aires, un calor del carajo. Con el calor salen los bichos, las alimañas, con el calor el fracaso se nota mucho más.
Había olvidado lo que era estar de pie en medio de una multitud y que no fuera el microcentro a las diez de la mañana, o el subte. Miles de personas apretadas, la música mordiéndote los oídos, carcajadas, gritos, olor a marihuana y a sudor rancio. Mujeres con bovinas sonrisas, negros en cueros con esculpidos cuerpos, las ganas de divertirse en medio del naufragio, de aturdirse, sana algarabía.
G. trajo de la barra un par de caipirinhas, y después dos más. Estábamos en un estrecho pasillo al borde de la pista. Un parlante a mi derecha amenazaba con dejarme sordo para siempre. Un gordo con una camisa hawaiana roja con palmeras azules manoseaba contra una columna a una pibita que parecía necesitar urgente un tratamiento de endodoncia. Gente, mucha gente, y la música a tope. A alguno se le caía un vaso al piso, pateaba los vidrios y seguía bailando. Un pelado se reía sin convicción, se reía con una risa que parecía un llanto, una veterana excedida de peso luchaba por seguir fumando una calada más de una tuca que le pinchaba los dedos. Un negro en la pista se puso en cueros, hizo la vertical y siguió así, moviéndose, bailando cabeza abajo. Alegría, la gente gritaba y aplaudía.
De pronto sucedió. Aquella olvidada sensación. Contacto visual. Quizás no, quizás me había parecido, la mezcla del whisky y la caipirinha amenazaba con agujerearme el estómago.
Miré otra vez a escasos tres metros. La chica me miraba. No lo dudé, me acerqué un par de pasos y estiré la mano. Ella avanzó hacia mí.
No sé cómo hice pero bailé, sin gracia, sin ritmo, un movimiento convulsivo, algo epileptoide, como si me hubiera dado una patada algún enchufe. Intentaba lucir despreocupado, solvente, la tomé de la cintura, ella se apretó contra mí y me apoyó su mata de enrulado cabello contra el pecho. Nos separamos, la volví a atraer de un tirón.
Se acercó una amiga. Ella no la dejó ir, ahora bailábamos los tres. Mora, se llamaba la chica, y su amiga no alcancé a escuchar. Tetona, Mora, con un vestido floreado. Su amiga parecía colocada, flaquísima, con calzas y una remera muy corta. Seguíamos bailando. Se puso, Mora, a mis espaldas, y la amiga de frente. Me abrazaban entre las dos, me tenían en el medio y se reían.
Se acercó un muchacho más que las conocía, me abrazó también.
–Seguí bailando –escuché que Mora me hablaba al oído.
Sí, claro que sigo bailando. Siento la música alegrando todo mi ser. Quiero ser feliz, quiero sentir que hay algo para arrancar del árbol de la vida, que Dios no se ha ensañado en particular conmigo, aunque sea un durazno para mí, una palta, un kinoto, pero por sobre todas las cosas quiero coger antes que me exploten los huevos como dos garrafas.
–Ahora dame la billetera –dijo la chica de adelante.
–¿Eh?
–Pasame la billetera, y el teléfono –El muchacho nos abrazaba, sentí algo en la espalda–. O Mora te pega un tiro acá, de una.
Me estaban robando. Me estaban robando. ¡Me estaban robando!
–Pero..
–No seas pelotudo –el pibe me agarró la nuca con una mano, nos miramos a los ojos. Sentía, en la espalda, el caño del revólver. Las chicas pegadas a mí, un feliz tumulto–. Le digo que te mate y nadie se entera.
Seguimos así, apretados. Le pasé al muchacho la billetera, el celular. Me hizo sacar el reloj, y las zapatillas también. Le fue pasando todo a otro más que usaba una gorrita con visera de un equipo de béisbol, me saludó con un beso y se perdió entre la gente.
–Seguí bailando, que bailás muy rico –Mora me clavó el revólver en la espalda, me dio un besito en la oreja–. Eso, bailando, todos bailando.
De pronto me dieron un empujón que me hizo caer. Cuando me puse de pie, la gente seguía bailando a mi alrededor. Una parejita me miraba. Empezó justo un show en el escenario y corrieron todos en la misma dirección. Busqué a G. entre la gente, pero no estaba.
En la puerta uno de seguridad se apiadó de mí. Me prestó plata para el colectivo y un par de ojotas para que no me fuera descalzo. Me habían robado las llaves, también, así que tenía que hacer tiempo para ir a pedirle un juego a mi hermana sin matarla de un susto. Debían ser las cinco de la mañana, doblé por Callao.

30.3.16

El ejercicio de la voluntad


Voy cambiando cada tanto de bares. Para desayunar. Necesito, sí o sí, sentarme en un bar antes de ir al centro. Mirar por la ventana, tomar un café. Menos de media hora, hay gente que va a correr, no sé. Me mantiene vivo, es parte de mi estructura.
Y cada tanto cambio de bar. O porque quedé rodeado de diecinueve madres que acaban de dejar a sus pequeños hijos en el colegio y necesitan hablar, a los gritos, estupideces. O porque siempre llega alguien y se me sienta de frente, como si nos fuéramos a mirar a los ojos de mesa a mesa. O porque hay un muchacho que intenta, mientras desayuna, meterle tres o cuatro dedos en la concha a su novia que tiene un jean demasiado ajustado y se contorsiona, se mueve, intentando hacerle a su novio, a los dedos de su novio, lugar.
En fin, desde hace un tiempo estoy en un bar bastante viejo sobre la calle C., que sólo pone pop latino por los parlantes a trescientos veinticuatro mil quinientos setenta y tres amperes, mientras desde la cocina te dejan como si te hubieras sumergido en un fuentón de ravioles a la boloñesa para nadar un par de largos. Menores incomodidades, ínfimos incordios que no me impiden llevar a cabo mi para nada pretenciosa rutina.
Pido un café y una medialuna.
Espero, miro por la ventana, pero no miro. Se trata de estar ahí, ser pura presencia, sin pensamientos. Si pensara por un instante apenas en cómo estoy, qué ha sucedido con mi vida, bueno. No tendría más remedio que matarme.
Acá viene lo interesante, lo particular. Apenas pruebo el café, un sorbo, y dejo la medialuna sin tocar, sin morder. Ahí, sobre el pequeño plato.
Llamo a la moza, pregunto cuánto es. Pago, dejo propina, saludo. Me voy.
Eso es todo, eso es lo que hago, tres veces por semana, mínimo.
–¿Te puedo preguntar algo? –Me dijo la moza, que tiene el cabello teñido de un amarillo potente y oscuro.
–Sí, cómo no. –Dije.
–Veo que casi no tomás el café ni comés la medialuna. La pedís pero no la tocás, me di cuenta –señala, apenas, la medialuna, con el mentón.
–Mirá –le dije–. Tiene una explicación. Es un ejercicio, un ejercicio de la voluntad. Me contaron una vez que durante el gobierno del Carlos había un ministro al que le gustaba el helado, el helado de una marca en particular. Y le gustaba, al ministro, en particular un gusto, un sabor. Lo que hacía el hombre era pedir, mandarse traer a la oficina un kilo de helado de esa marca, de ese sabor. Y entonces abría el pote del helado, se servía una generosa porción en una gran copa de cristal. Y lo miraba, lo miraba derretirse. Se quedaba con el helado ahí, sin probarlo siquiera. Llevando de ese modo su capacidad de concentración, de voluntad, a insospechados límites.
–La verdad que no entiendo –dijo la chica–. Si quería hacer dieta, no sé, podía ir a trotar. O ir a un gimnasio.
–Bueno, tenés razón, probemos otra cosa –la miré–. Hace más o menos tres meses que te pido un café y una medialuna de grasa, y vos me traés un cortado y una medialuna de manteca, siempre. Quizás tu mamá fumaba paco durante el embarazo o tus papis son parientes. Estaba esperando a ver cuánto tardabas en darte cuenta, tampoco es tu culpa.

24.3.16

Información confidencial


Existen dos clases de mujeres. Las que hacen ruido con los zapatos cuando caminan, las que taconean. Y las que no.
La mujer que taconea, la mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, es una mujer que está segura de sí misma, está segura de su belleza, lo que viene a significar más o menos lo mismo. Sabe, la mujer, que es bella, que los hombres la miran cuando pasa, justamente, caminando. Le miran las tetas, le miran el culo. La mujer sabe que es deseada y por lo tanto, termina convencida que su precario paso por la tierra está plagado de algún sentido.
Cree, la mujer, que merece algo aunque no sabe muy bien qué, le corresponde algo por el solo hecho de existir. Es arrogante, pretenciosa, un repugnante ser sin mayores inquietudes que pintarse las uñas o mirarse al espejo. A lo sumo un poco de yoga, algún cursito de fotografía.
La mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina es una mujer que se sabe fea desde muchísimo tiempo atrás, desde siempre. No tiene por qué ser cierto, quizás tiene una cicatriz en un brazo, una quemadura, un casi imperceptible atisbo de labio leporino. O alguna desgracia, de muy pequeña casi se ahoga durante unas vacaciones en San Bernardo, o la manoseó de inapropiada manera un rústico primo. La mujer que no taconea con los zapatos anda por la vida como disculpándose, como pidiendo permiso. Es amable, sumisa, tiene sentido del humor. Ha ido desarrollando alguna suerte de atributos que le permitan, de algún modo, embellecerse. Sentir que también tiene derecho a ser feliz, merecer una propina del bendito árbol de la vida.
De más está decir, entonces, que a la hora de buscar una compañera, si elegís una mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, tu vida será un infierno. Esa mujer irá siempre por la vida creyendo que está para más, que vos sos apenas una suerte de incordio, una contrariedad que debe soportar en medio de su fantástico destino que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Esa mujer se sentirá mejor y mejor a medida que vos te vayas desmoronando de centrípeta manera. Se alimentará de tu energía mientras te transforma, a vos, en parte de su mala suerte. Te secará el alma, es un vampiro.
Si elegís a una mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina, si elegís a una mujer que no taconea, entonces todo irá muy bien. Sentirás que hay alguien que te quiere y de algún modo te cuida, alguien que comparte y confía. Esa mujer sentirá que vos la ayudaste a salir del oscuro pozo en el que estaba sumergida y casi no podrá creer la suerte de haberte conocido. Querrá estar con vos, le gustará como sos, la base misma de su ser será el proyecto compartido.
Hasta que un día cualquiera, como un rayo que cruza el cielo más negro de una noche mar afuera, la vas a escuchar taconear por el pasillo.

18.3.16

Sobre continuar, sobre seguir


Si alguna vez fuiste a coger con una prostituta, debiste notar algo. Aunque quizás no, quizás no notaste nada de la calentura que tenías. Está bien, no pasa nada. Para eso estoy yo, para explicarlo.
La prostituta, pongamos que es más o menos joven, más o menos bella. Eso es lo que fuiste a buscar, de eso, justamente, se trata. La prostituta está cansada, claro, y puede estar de peor o mejor humor de acuerdo a tu cara, a la hora del día, al dinero que le hayas ofrecido.
Pero no es eso de lo que estoy hablando.
Hay algo más, más profundo, algo que incluso vos debieras ser capaz de notar. Te tendrías que dar cuenta al tacto.
Hay algo, una dureza particular en la piel. Insisto porque está claro que no entendés, no me refiero a la tonicidad muscular, quizás el culo o las piernas son mejores que la flacidez a la que estás acostumbrado. Pero yo te hablo de la piel. La piel de alguna parte, de un muslo o de un brazo, del culo y de las tetas desde ya. Tiene algo, la piel, y el término es una ‘dureza’ particular.
Se trata que la mujer, lo exige su profesión, debe dejarse manosear. La prostituta puede no excitarse desde ya, no tener nada parecido a un orgasmo si así no lo desea, puede no darte ni siquiera un beso porque esas son las reglas que protegen, por decirlo de algún modo, su intimidad. Para una prostituta es infinitamente más íntimo un beso en la boca que una penetración anal.
Pero. La prostituta debe dejarse tocar. Su cuerpo es la mercancía, aquello que fuiste, en medio de tu aturdida desesperación, a buscar. Y entonces, el cuerpo de la prostituta genera una reacción, producto del rechazo que le provoca ser tocada, tantas veces. Así como los insectos, algunos insectos, vienen diseñados con una suerte de caparazón hecho de una sustancia llamada queratina. Eso es lo que le permite, en la curiosa comparación que estoy haciendo, al insecto, funcionar.
No tiene nada que ver con la voluntad. Es su cuerpo, el cuerpo de la prostituta, que desarrolla la sustancia. A su manera se defiende. No es algo elaborado de manera consciente, ni parte de su personalidad. Podríamos decir que se trata de una fisiológica reacción. Lo que le permite continuar.
Si querés otro ejemplo, si no entendiste un pomo de lo que acabo de explicarte. Podría decirte que mires a un animal en el zoológico. Su cuerpo, en este caso, se ablanda. Después de un par de años de cautiverio, de descubrir que no tiene hipótesis de conflicto con otros animales y que le traen la comida una o dos veces por día, bueno. Todo su cuerpo cede, pierde cualquier vestigio de tensión que le sería esencial para mantenerse con vida en la selva. Se apaga su mirada, se afofa su ser.
Ahora, en mi caso particular, me pasa algo de lo más extraño. Porque después de diez años de oficina en el microcentro, lo que sucede es tan característico como particular. Desarrollás, al mismo tiempo, la dureza en la piel de una prostituta, y la blandura de un animal en el zoológico. Te volvés un repugnante ser, no servís más.