18.5.15

2%


​Muchas veces entro a bares y pido cosas que no quiero tomar. Si quiero café, ponele, pido té, y cuando me lo traen lo dejo ahí, sin tocarlo siquiera. Al rato pago, como corresponde, y me voy.
​A veces tomo colectivos que nada que ver, el recorrido, con el lugar al que tengo que ir. Si tengo que tomar el 106, por ejemplo, me tomo el 24. Y cuando llego a la terminal me bajo, no tengo la más puta idea de donde estoy. Me bajo, y fumo un cigarrillo.
​O entro a locales, a cualquier lugar de ropa. Pido una camisa para un adolescente de 55 kilos, meto un brazo, no logro ni pasar el primer tercio de la manga, digo ‘bárbaro, justo lo que estaba buscando’.
​Sé perfectamente, cada mañana, apenas abro los ojos, que no soy ni el 2% de la persona que me hubiera gustado ser. Lo demás son detalles.

12.5.15

Otras mejillas


A veces voy a un banco a hacer un trámite, tengo que depositar un cheque, por ejemplo. Algo que cobré, alguien que me pagó, por algo que hice, de eso vivo. Y el cajero empieza a mirar el cheque y niega con la cabeza, dice que no, que está mal hecha la firma, o que el cheque tiene olor a pis de perro, o que está mal escrito mi apellido, seguro que está mal escrito mi apellido. Lo importante es que el cajero dice que algo está mal, que el cheque no se puede depositar, que el trámite no se puede hacer.
Entonces lo miro, lo miro a los ojos y le digo:
–Mirá, sé que a tu mamá le hicieron estudios. Van a tener que hacerle quimioterapia, como te dijo el doctor. Pero va a salir, vas a ver que se va a curar. Este verano la vas a poder llevar a San Bernardo con tu familia. Ella va a caminar por la playa, y va a volver a cocinar. Quedate tranquilo, lo va a superar.
O a veces voy al supermercado a comprar algo, una vez por semana, algo para comer, fideos Don Vicente, y queso rallado. Y papel higiénico, también, para limpiarme el culo cada tanto, y un San Felipe roble, básico, sin levantavidrios, y latas de atún La Campagnola en oliva, y no sé qué más. Y la cajera empieza a pasar los productos por la lectora con infinito fastidio y dice que no. Que la lata que elegí no tiene bien el código de barras, o que las bolsas de residuos Asurín con manija fueron abiertas, alguien al parecer usó el rollo, el rollo de bolsas, se lo metió, el rollo, en el culo, y eso es muy grave. O el chocolate Águila que agarré fue pisado por un elefante mientras filmaban, en el supermercado, un avance para la remake de ‘Tarzán’. Pero algo no anda, mi cara, mi dinero, voy a tener que esperar a que llegue el gerente intergaláctico, el supervisor intercontinental.
Entonces la miro, la miro a los ojos y le digo:
–No pasa nada, tu novio te obligó a abortar en ese departamentito de morondanga en José León Suárez, y te hicieron el aborto con una cucharita de café oxidada, y estás con pérdidas, asustada, estuviste al borde de la septicemia. Pero quedate tranquila, zafaste. Vas a conseguir otro novio, un pibe macanudo que vive cerca de tu casa, por Lanús, y te va a querer bien. No se dañó el útero ni nada, sólo hace falta que descanses unos días y después sí, a seguir cogiendo arriba de los árboles, o en una mugrienta terraza con cumbia de fondo, como te gusta a vos. Vas a ver que en poquito tiempo tenés una nena preciosa. Te gustaría ponerle Romina, lindo nombre.
Y claro. Se sorprenden un poco, de ver cómo es posible que acierte exactamente lo que les sucede. Pero para mí es la cosa más sencilla del mundo. Las ganas de romper las pelotas que tenés, son proporcionales a lo mal que estás.

6.5.15

Una trompeta Paul Mauriat


Entro al local, el local está sobre la calle Talcahuano. Es un negocio que vende instrumentos de viento.
El asunto es que tenemos un amigo, el Tuchi, que toca la trompeta. Empezó a tocar la trompeta de grande, cuando se divorció. Dijo que, divorciado, le sobraba tiempo cuando volvía de trabajar, y energía. La trompeta era mejor que gritar, que pasarse un par de horas discutiendo con Estelita por cualquier boludez. Tocaba la trompeta, una o dos horas, se iba a dormir. Quedaba fundido.
Hacía tres o cuatro años le habíamos comprado, entre varios amigos, una trompeta. El Tuchi no tenía un mango, apenas podía pagarse las clases de trompeta. Cuando recibió la trompeta casi se desmaya de la alegría.
Ahí estaba el Tuchi, seguía laburando en esa escribanía, Estela se había quedado con el departamento, con el auto, y seguía pidiéndole dinero. Progresaba, el Tuchi, con la trompeta, iba dejando la medicación que le había recetado un psiquiatra amigo para no venirse abajo por completo. Hasta había conocido una mina.
Me contó Gustavito que el Tuchi, en una clase grupal, alguien le había hecho un comentario despectivo, sobre la trompeta. Le habían dicho que tenía una trompeta ‘de estudio’, lo que equivalía a decir que no tenía una trompeta ‘profesional’.
–Qué hacemos –me había dicho Gustavito, sirviéndose la última porción de fugazzeta, en ‘Nápoles’ (qué quizás ya no era ‘Nápoles’ en un sentido estricto, pero bueno, nosotros tampoco éramos los mismos).
–Le compramos una trompeta profesional –dije yo–. De una.
Ahí estaba, en el negocio de la calle Talcahuano. Abrigado, porque era Agosto, con una mochila. Adentro de la mochila, entre algunos papeles de laburo y un libro, tenía dinero. Guita.
Me atendió un idiota de barba y cabello recogido. Con esa semisonrisa que ponen los tipos que creen que saben algo que vos no sabés. En este caso, era evidente, así como los vendedores que trabajan en librerías suelen ser escritores frustrados que creen que vos no tenés la más puta idea de literatura, los vendedores de instrumentos musicales, bueno. Suponen que vos sos contador o abogado, a lo sumo dentista, que no tenés idea quién fue Thelonious Monk o Petrucciani. Te desprecian, aunque en el fondo no es más que un reflejo de lo que se odian a sí mismos por la vida que llevan. Le pasa mucho a los instructores de los gimnasios, y a los mecánicos de autos, también.
Expliqué, como pude, la situación. El Tuchi, la trompeta de estudio ‘Júpiter’ que le habíamos regalado alguna vez para que no se matara. Las ganas de regalarle una trompeta profesional que le permitiera, de algún modo, subir de categoría.
–Tengo una trompeta Paul Mauriat pero es cara, muy cara –el tipo de barba se miró con otro vendedor, que también llevaba el cabello recogido, y que tenía todavía más cara de pelotudo, los ojitos cerrados, como si hubiera estado fumando porro los últimos quince años adentro de un baño y no mucho más que eso–. Es, para que entiendas, como la ‘Ferrari’ de las trompetas.
–La Ferrari de las trompetas, mirá vos –dije – ¿Y cuánto vale?
–Veintisiete mil pesos –dijo el de barba, y sonrió, una sonrisa que estaba infinitamente más cerca de los fenicios, del comercio, que de la música. Una sonrisa que parecía decir ‘no sólo no sabés de música, sino que además no tenés la guita’.
–¿La puedo ver? –dije.
–Ehh, sí, claro –el tipo se paró con desgano, caminó unos pocos pasos hacia atrás, se metió en un cuartito que estaba detrás de la caja registradora, volvió con la trompeta–. Acá tenés. Con cuidado, es un objeto muy valioso, un instrumento de precisión me atrevería a decirte. Algo para entendidos.
Apoyó la trompeta sobre el mostrador. La sacó del estuche.
–Permiso –dije. La levanté, con ambas manos, como si fuera un arma, como si fuera un animal herido. Jamás había tenido un instrumento musical en mis manos, ni una guitarra, ni el palito de una batería. En mi vida.
Y entonces toqué. Agarré la trompeta y comencé a tocar. Toqué ‘you are the sunshine of my life’. Tocaba y el sonido acariciaba el aire. Una versión que parecía como si ahí estuviera, frente a mí, la mujer de mi vida. Notas largas que te pinchaban el alma, tan dulce y tan triste. Toqué y por un instante pareció que el universo todo me escuchaba. Era magia, era dolor, era alegría.
Quizás todo duró un minuto, no más que eso. Dejé la trompeta, con cuidado, sobre el mostrador. La acaricié con la yema de dos dedos, como una despedida.
Me miraban, los vendedores. Una chica que estaba comprando una boquilla para su saxo se había emocionado, sonreía.
–Epa, sos un groso –dijo el de barba–. Sos bueno de verdad. ¿Tocaste con Malosetti, no? Estoy seguro que te vi en La Trastienda. No te había reconocido.
Pero no, nada que ver. Fue un instante nomás, como si a la realidad se le hubiera soltado una costura y las cosas hubieran podido ser de otra manera. Como me hubiera gustado a mí, seguramente.

30.4.15

Clara y Carla


Clara y Carla eran amigas desde la secundaria. Terminado el colegio, la vida las había ido separando pero de algún modo, con intermitencias, habían conseguido conservar el precario filamento de la amistad. La vida las había arrojado a ellas con sus precarias canoas hacia diferentes planos de la existencia. Pero algo quedaba, algún recuerdo adolescente, unas vacaciones en San Bernardo, un cumpleaños, un llanto en un balcón, un cigarrillo compartido.
Clara se había casado a los veintidós años, y seguía casada, más de catorce años después. Tenía dos hijas, Romina y Camila. Había comenzado a estudiar arquitectura en su momento, pero al poco tiempo había dejado. Era ama de casa, hacía un poco de gimnasia, había hecho cursos de pintura y fotografía. Su marido, César, tenía dos, no, tres locales de artículos de limpieza. Veraneaban en Brasil, y en invierno iban a esquiar. Tenían un buen pasar, la vida transcurría sin mayores contradicciones, envejecían.
Carla había querido ser bailarina de tango, profesional. Después había puesto una academia para enseñar. Había viajado bastante con un espectáculo de tango en un crucero. Había vivido en Barcelona y en Ámsterdam. Había salido con cientos de tipos, con un piloto de turismo carretera, con un profesor de filosofía noruego, con un cantante que había tenido un accidente y había quedado paralítico. Había estado internada un par de meses en rehabilitación, porque se había hecho adicta a la cocaína primero, a los antidepresivos después. Flaca, conservaba un cuerpito de una mujer de menor edad. Fumaba mucho, tenía una risa nerviosa, como una descarga eléctrica.
–Estoy saliendo con un jugador de fútbol –pitó, Carla. Estaban sentadas en La Biela, en las mesitas de afuera. Debían ser las cuatro de la tarde, hacía calor–. Un nene de veinticuatro años. No sabés la fuerza que tienen esos tipos en las piernas. Me coge, me coge como una ametralladora, a repetición. Acaba rápido, eso es verdad, pero no sé, acaba y le queda el pito parado. Acaba y sigue, tres, cuatro veces seguidas.
–Con César casi ni cogemos –dijo Clara–. Después que nació Camilita, es como que dejó de interesarnos. Cogemos cada quince o veinte días. Algún domingo a la mañana. Pero es algo automático, como lavarse los dientes, cogemos un poco y después desayunamos.
–Imaginate yo –dijo Carla–, bajando de una cupé flamante con ese pibito. Lo están por vender a Europa, si le sale eso se salva. Me dijo que si se va a Europa me lleva. Ojo, es bruto como un arado. Le dije que me gustaba la ópera, y a los dos días apareció en casa con una caja familiar de obleas, pobrecito.
–César es muy buen padre –dijo Clara, tomó un trago de su jugo de naranja–. Lleva a las nenas al colegio, mira los cuadernos a ver qué dicen las maestras. A la noche, cuando vuelve del negocio, me llama por teléfono para ver si hace falta comprar algo, para la cena. Me dice ‘pasame la lista, pichona’. Me dice pichona porque antes me decía ‘gordita’, pero a mí no me gusta que me digan ‘gordita’.
–El pibe me coge, viene y me coge, quiere coger todo el tiempo –dijo Carla–. Tiene la poronga muy gruesa, eso me encanta. Aunque el pobre pibe debe haber visto mucha pornografía. Me quiere acabar en el pelo, o me da vuelta y me la quiere meter por el culo, así de una. Y yo le tengo que explicar que no es así, que no se coge así. Y no le pidas una palabra dulce porque no le sale. Entrena todos los días, y cuando no entrena sigue jugando al fútbol en la play, no entiendo.
–La otra vez hablábamos, con César –dijo Clara–. Pensamos que podíamos ir un fin de semana a Pinamar, sin las nenas. Porque sí, para estar juntos y ver qué pasa. Una vez probamos ir a un telo, pero estábamos ahí y nos pareció ridículo. Si nos conocemos de memoria, casi veinte años juntos.
–La verdad que a veces me canso –dijo Carla mirándose una uña del dedo gordo del pie–. Quiero decir, todos me quieren coger, todos quieren que me ponga en cuatro patas y diga ‘sí, papito, así’, o llevarme a Punta del Este de trampa un par de días. Me gustaría estar con alguien que también quiera estar conmigo. Cocinar una cena, ver la televisión, quedarnos en casa. Parar un poco.
–Ojalá conociera a alguien –dijo Clara–. No te digo que me iría de casa, yo a César lo adoro, es un gran tipo, y están las nenas. Pero no sé, tener un amante por un par de meses, alguien del gimnasio que me pida que se la chupe en el auto, o que me lleve a un cine y me pida que le haga la paja ahí. Sentir que me pueden descubrir pero que igual quiero subir a la terraza para que me manoseen las tetas, o en un ascensor. No sé, algo de aventura para que la vida me resulte más entretenida.

24.4.15

Atlas


Últimamente cojo con putas. Soy muy feo desde que puedo recordar, desde siempre. Y además perdí la paciencia. No tengo ganas de hablar con una retardada que te cuenta que va tres veces por semana al gimnasio, y lo cuenta creyendo que trotar en cinta equivale a ser Simone de Beauvoir. O una pobre piba que se compró un ventilador de techo y supone que eso la coloca a la altura de Janis Joplin. No sé, me pone triste. Son básicas, sin levantavidrios, me quitan las ganas de coger, en parte de vivir. Es algo que lamento pero qué se yo, también lamento las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía.
Así que cojo con putas, por aquello de ‘la función hace al órgano’. Una vez por quincena, una vez por semana si ando bien de dinero. Es un presupuesto.
Durante un año cogí con putas de Europa del Este. Checoslovacas, ucranianas, rusas, yugoslavas. Chicas muy delgadas que hablan español como el señor Alberto Olmedo cuando hacía de ‘Rucucu’, tienen tetitas pequeñas pero firmes. Llevan el cabello teñido de un negro absoluto, sus pequeños cuerpos flexibles y atléticos, como si de niñas hubieran tenido que trabajar en algún circo por un plato de comida.
Al año siguiente cogí con prostitutas asiáticas. Japonesas, coreanas, chinas también. Y tailandesas, y filipinas. Dominan ampliamente el arte de cabalgar, se te suben y te bailan un malambo arriba de la poronga. Chupan la pija con delicadeza. Después de coger te preguntan si te querés bañar y te ofrecen un té. Son calladas, sumisas.
Otro año cogí con prostitutas del norte argentino. Misioneras, salteñas, jujeñas, también correntinas. Tienen viciosas sonrisas y pezones grandes como hamburguesas. Mientras cogen suelen decir expresiones en sus lenguas nativas. Se calientan, a veces se calientan y cogen con entusiasmo, dicen ‘el primero es para vos, papi. Ahora me toca a mí’. Se tragan la leche, se dejan hacer la cola por lo general, con un leve incremento de la tarifa. Suelen tener un televisor encendido en el cuarto o en la cocina, donde miran dibujitos animados.
Eso es lo que hago, básicamente, para tener algo parecido a una vida sexual.
Suele suceder, en alguna cena con amigos, que alguien pregunta dónde fui de vacaciones. Casi de inmediato suelen agregar:
–Deberías viajar más, Juan. Viajar te permite conocer otras culturas, te abre la cabeza.

18.4.15

Separar la basura


Me estaba por pegar un tiro, me estaba por matar. No, nada figurado, qué sentido figurado. Lo mío era, si se aplica la palabra, literal.
Tenía, sobre la mesa, un cuaderno Rivadavia tapa dura donde había estado escribiendo los últimos días algunas cosas que se me pasaban por la cabeza, una birome, una botella de whisky Grant’s por la mitad, un par de empanadas de carne que se habían enfriado (de La Continental), un arma. Un .38 corto, cinco tiros, bastante viejo, sin número de serie, pura metálica contundencia.
Por un momento me dio bronca, el arma, tan ordinaria. Hubiera preferido una glock .40 flamante, moderna. Me la iba a prestar un amigo al que le conté que me iba a matar. Pero empezó con que había comprado el arma hacía poco, que le había costado bastante cara, que justo estaba arreglando para irse con amigos a cazar, en fin.
Conformarme, conformarme con lo que hay. La distancia entre lo que querés ser y lo que sos como un embravecido mar de circunstancias. La historia de mi vida.
Había cenado un par de empanadas. Con whisky. Había terminado de corregir un poema, un poema que hablaba de todo el Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico. Un poema que me gustaba mucho, que corregía una vez por año.
Me faltaba fumar un cigarrillo, un cigarrillo cualquiera, encontré un atado de Philip Morris casi vacío, pero no vacío. Dar dos o tres pitadas y listo. Sentarme en el sillón del comedor, y pegarme un tiro.
Las cosas no habían resultado como yo esperaba, las cosas nunca habían resultado como yo esperaba, no hacía falta entrar en detalles.
Prendí el cigarrillo, pité. Acaricié la áspera culata del revólver. Allá vamos.
Sonó el timbre. El timbre de arriba, el timbre de mi departamento.
–¿Sí? –dije. Fui hacia la puerta. Estaba descalzo, en shorts y remera, con el arma en la mano.
–Señor Hundred –la voz de mi vecina, la vecina del 7°A. Yo vivía en el 7°B. La señora Dovidavich.
–Sí –repetí.
–Quería hablar un momento con usted.
Abrí la puerta, un poco. Apenas. Me asomé, dejando oculto, apoyada contra la puerta, mi mano. La mano con el .38.
–Hola, señora Dovidavich –dije.
La señora Dovidavich era una mujer muy bajita, compacta, con el cabello corto teñido de color zanahoria. Su tono de voz era agudo, chillón, y señalaba con un índice a su ocasional interlocutor cuando hablaba, para que no quedaran dudas de a quién le hablaba. A mí, en este caso.
–Señor Hundred –me miró y torció la boca, con su habitual desprecio hacia cualquier integrante de la especie humana, en particular hacia sus vecinos–. Usted pide una vez por semana comida en ‘La Continental’, ¿no es cierto?
–Bueno, sí –dudé, miré hacia atrás, las empanadas frías sobre la mesa–. Creo que sí.
–Porque después, a los dos o tres días, usted tira lo que sobra –siguió, la señora Dovidavich–. Pero tira la caja con los restos de comida, y eso trae cucarachas.
Señaló, la señora Dovidavich, la puerta ubicada en la mitad del pasillo. Donde, ella y yo, tirábamos la basura hasta que viniera a recogerla, cada noche, el portero.
–Sí, puede ser –dije. Estaba transpirando. Necesitaba un whisky más, sólo un whisky más, y matarme. Nada más que eso.
–Pero eso está mal –me apuntó, la señora Dovidavich, con su corto índice–. Eso está mal. Porque usted sabe que hay que separar la basura, Hundred. No puede dejar ahí la caja con restos de comida.
–No, no puedo –dije. Seguía transpirando. ¿Había terminado de corregir el poema? ¿Había terminado el cigarrillo?
–Buenas noches –dije.
–No, todavía no terminé –dijo la señora Dovidavich. Dio un paso, un paso adelante, indicando que de ninguna manera debía yo cerrar la puerta–. Además, usted toma vino –dijo.
–Es probable, sí –dije.
–¡Y tira la botella! –se señaló, la señora Dovidavich, con un índice, el mismo índice que utilizaba para señalar al universo todo, la sien. Indicando que la conducta descripta rayaba con la locura– ¡Tira la botella con el resto de la basura!
–Señora Dovidavich, yo –dije. Quería sentarme. Sentarme en el sillón, y matarme. Todo lo que me había salido mal, todo lo que no me había salido. El cansancio, todo el cansancio sobre mí, sobre mis fatigadas rodillas. El fracaso de haber deambulado sin mayor sentido por el absurdo territorio de la vida.
–Le aviso que estoy harta, Hundred –chistó, la señora Dovidavich. Sí, hizo un chistido de lechuza–. Vivo en este edificio hace más de veinticinco años. Le aviso que ya presenté una queja al consorcio y…
–Vieja de mierda –dije. Se sorprendió, la señora Dovidavich–. Te voy a matar, vieja de mierda.
El primer tiro no salió. Eso es lo que debe haberla salvado. Le apunté directo al pecho con el .38 y gatillé. Nada, click. La señora Dovidavich corrió, en chinelas, así como estaba corrió por el estrecho pasillo en dirección a su departamento. Le tiré, tres tiros. Dos pegaron contra la metálica puerta del ascensor. Y uno le pegó en una nalga. Alcanzó a meterse, la señora Dovidavich, en su departamento. Aullaba de dolor. Fui hasta su puerta y seguí apretando, pero sólo salió una bala más que atravesó la puerta.
–¡Abrí, vieja de mierda! ¡Abrí que te voy a meter el revólver en el culo y te voy a gatillar adentro a ver si todavía sentís algo!
Se oyeron gritos. Alguien llamó a la policía. A una ambulancia, también.
Me fui a dormir. Dejé la puerta del departamento abierta, me tiré en la cama. Estaba cansado, tan cansado. Cuando vinieran a detenerme les explicaría lo que había sucedido, mi versión de los hechos. Seguro que alguien me entendería.

12.4.15

Medialunas


El experimento es bien fácil. Bueno, en realidad, más que fácil es barato. Lo barato contiene lo fácil, lo engloba, lo abarca. Lo barato viene de la mano de lo fácil, por lo general. Se hacen compañía.
Suponemos que tenés un trabajo, tenés, no sé, treinta años, y tenés que trabajar. En una fábrica, en un negocio, en una oficina.
Vas y comprás medialunas. Esperás que sea viernes y entonces, antes de entrar al trabajo, vas y comprás medialunas. Una docena, o si trabajás en un sector con bastante gente, bueno, podés comprar dos. Dos docenas de medialunas, estamos hablando, ponele, de cien pesos.
No, ya sé, comprar medialunas no es ningún experimento. Ahora viene lo importante.
Necesitás tener un momento, tres minutos, solo, vos, con las medialunas. Te encerrás en un cuarto, o en un auto, o en un baño, no importa.
Y hacés lo siguiente.
Abrís el paquete, con las medialunas. Agarrás las medialunas, una por una. Y a cada medialuna le arrancás, con dos dedos (o tres), de un pequeño tirón, una de las puntas, un cabito. Olvidé decir que las medialunas son de manteca.
Vas arrancando una punta de cada medialuna. Si las medialunas son buenas, y además están recién hechas, vas a ver que el procedimiento es de lo más fácil. Las puntas se desprenden casi con ternura. Se puede hacer con una tijera, también, cortar el cabito. Pero queda, el corte, muy artificial, muy riguroso. Conviene usar los dedos.
Hacés eso. Y volvés a acomodar todo en el paquete. Las medialunas, más o menos una al lado de la otra, en fila. Y en un costado, todos los cabos. Un montoncito, con las puntas.
Llegás a tu trabajo, si es temprano mejor, decís ‘buenos días’, y dejás el paquete en algún lugar accesible, a la vista de todos. ‘Traje medialunas’, podés decir, si hay gente. Si no hay gente abrís un poco el paquete y te vas a hacer lo tuyo.
Cuando llega la gente, algunos se hacen un café, otros prenden la computadora, y así. Lo que sea que se haga en ese trabajo. Y se van a acercar, al paquete, al paquete donde están las medialunas.
Puede ser que uno levante la cabeza y mire a los costados, sorprendido. Otro puede llegar a decir ‘¿y esto?’. ‘Medialunas’, contestás vos, o te desentendés. No decís nada.
Al ratito vas a ver que las empiezan a comer. Quizás un chico, al pasar, se come una puntita. O revisa las medialunas y elige una que le parece que está más entera.
Al final del día vas a ver que las medialunas tuvieron bastante aceptación. Se comieron más de la mitad, de las medialunas, y de los cabitos también. Seguro.
La gente no da más, la gente es la mierda pura. Esto es apenas una manera más de verificarlo.