24.3.15

Asado


Pablo acaba de chocar con la moto. Iba por la Panamericana, para Pilar. Lo habían invitado a un asado. Es sábado, casi las doce del mediodía.
Maneja motos desde siempre, Pablo, maneja bien. Tiene una Kawasaki 800 nuevita. Va rápido, le gusta la velocidad. El auto de adelante no se da por enterado, no lo deja pasar. No le da bola a la luz, nada. Un Peugeot 208 negro, manejado por un muchacho jovencito, con una chica de acompañante que mueve la cabeza al son de la música.
Como venían más autos, muchos autos, por el carril rápido, tuvo una idea, Pablo. Ni la pensó. Torció apenas, aceleró para pasarlo por la derecha, al Peugeot. Y justo el pibe del 208 tocó el volante también, para la derecha, después de uno o dos minutos de venir haciéndose bien el pelotudo. Ya había acelerado, Pablo, ya estaba acelerando y tocó al Peugeot, no lo pudo evitar.
Toca al Peugeot y se le tuerce la moto. Y vuela, Pablo. Sale despedido hacia adelante. Vuela, Pablo, está en el aire y vuela, a tres metros de altura. Con los brazos extendidos, como si fuera Superman. Una sensación tan agradable, estar en el aire es algo tan cómodo, tan sutil y a la vez tan intenso.
Vuela y es un instante del más puro ahora que dura y se prolonga. Un eterno presente, redondo y brillante como una pequeña esfera hecha de un material todavía no inventado. Y es como dicen, nomás, o como leyó alguna vez. Ve su vida pasar ante sus ojos, un racconto, un compacto, como sucedía los domingos a la noche cuando pasaban el partido de fútbol más importante de la fecha pero encogido, más apretado, sin que pierda su esencia. Lo más interesante.
Ve, Pablo, la peli de su vida, se reconoce perfectamente aquí y allá. La vez que Gabriela le dijo que sí y se fueron caminando del boliche, se fueron juntos a la playa y llovía, cuando volvió a casa y lo estaba esperando Javier aquella vez, para decirle que había muerto su perro, Urko querido, la maestra de sexto grado, tan buena, con esos pulóveres con olor a naftalina, acariciándole la cabeza en el patio del colegio. La vez que fue a coger al puterío de la calle Membrillar y eligió a la chica que tenía una fea cicatriz en la cara. Huele, Pablo, el olor del café con leche y las tostadas, el olor de la cebolla en las hamburguesas de Carlitos en Villa Gesell a las siete de la mañana. Ve, Pablo, ve a Mariana de perfil, despeinada, con esas tetas tan perfectas. Escucha, Pablo, escucha la risa de su viejo como poseído, loco de alegría, cuando Racing empató en el minuto cuarenta y tres y el mundo se volvió un lugar muchísimo más amable, escucha los ladridos, los ladridos de Urko del otro lado de la puerta cada vez que volvía del colegio. Ve a su abuela Estela, caminando muy despacio por el pasillo de la casa, trayéndole un pedazo de pan dulce casero y un vaso de leche a la cama cuando tuvo sarampión.
Huele, escucha, ve. Un pensamiento surca su mente, como un rayo en medio de la noche mar adentro. ¿Ocurrió todo realmente? ¿Lo vivido, fue real?
Entonces toca el piso, Pablo. Aterriza sobre el pavimento con la cabeza y es como si apagaran la luz.

18.3.15

Slalom


Veo gente que se casa. Gente que se casa y tiene hijos. Mujeres que arrastran a sus hijos por la calle con un fastidio tatuado en el rostro, un fastidio de haber hecho exactamente lo que quisieron, aquello para lo que estaban convencidas que habían sido puestas sobre la faz de la tierra. Ellas no quieren a sus maridos, y sus maridos no las quieren. Esperan que se desocupe una mesa en un restaurante de barrio donde los panes yacen en metálicas paneras (una suerte de morgue para panes) mientras la vida se pasa. Se miran o se hablan pero no se miran ni se hablan, una desarmonía tan perfecta, demasiado perfecta, jamás imaginada.
Veo gente que trabaja. Diez o veinte años en alguna oficina, esperando esa subgerencia que nunca llega, ni a Godot lo esperaron tanto. Viajando una y otra vez en subterráneos como una mala película donde la gente, otra gente, lo único que quiere es gritar a través de un teléfono celular que a la noche a los fideos les pondrán salsa pomarola o habrá un partido de fútbol o un programa de entretenimientos donde los participantes cantan o bailan, no puede ser tan malo.
O ponés un negocio. Antes o después ponés un negocio, para comprar y vender algo hasta que no des más, hasta que odies la mercadería que comprás y que vendés y sólo te queden deseos para tener dos negocios.
Después llegan las enfermedades, la muerte, las tragedias que se limitan a flotar apenas, a moverse no mucho esperando la oportunidad como aplicados cocodrilos.
En lo personal no he hecho mucho con mi vida, no hice, ahora que lo pienso, prácticamente nada. He tratado, simplemente, de no ser como vos, de no hacer nada como vos. Nunca tuve un plan, pensé que con no ser como vos alcanzaba.

12.3.15

La gente se muere


Se murió la mamá de Gabriel. Aunque nos veíamos cada vez menos, Gabriel seguía siendo un amigo. Nos conocíamos, con Gabriel, de toda la vida. Cuando era chico iba a la casa de Gabriel a merendar, la mamá de Gabriel siempre me había tratado bien. Me saludaba, me hacía alguna pregunta, como si le interesara en verdad algo de lo que me estuviera pasando, mi estúpida vida. Me ofrecía un té, siempre con una palabra amable, siempre una sonrisa.
Me avisó mi amigo L., me llamó por teléfono.
–Che, Juan, se murió Elena.
–¿Qué Elena?
–Elena, boludo –dijo L. –. La mamá de Gabriel. La entierran el domingo, en Pilar.
Decidimos ir, con L. La idea era irnos después a almorzar a alguna parrilla. Tomar vino, mirar alguna mina que pasara andando en bicicleta, charlar un poco de cualquier cosa, de la vida.
Me pasó a buscar a las diez. Fuimos, llegamos. Saludamos a Gabriel que pareció alegrarse de vernos. Fingió una sonrisa pero el dolor lo pasaba por encima. Venía mal, Gabriel, se había divorciado de su segunda mujer, había quebrado su negocio, estaba en la lona, grande, triste.
Lo de Elena había sido un cáncer fulminante que se la comió en tres semanas. Algo en la sangre, implacable como un pacman con anfetas. Por alguna razón que yo no alcanzaba a dilucidar, lo malo siempre tenía, venía revestido de una contundencia rigurosa y unívoca. Lo bueno no, lo bueno solía ser algo más tenue, opinable, vaporoso. Las cosas buenas de la vida eran frágiles y venían mal embaladas, lo malo era una pila sulfatada dispuesta a resistir mil años. Conste en actas.
Llegó más gente, tíos, primos. El hermano de Gabriel, Adrián, dos años menor. Estaban distanciados por algún tema de dinero. La mujer de Adrián odiaba a su cuñado por diversos motivos, alguna vez Adrián le había prestado dinero y Gabriel no se lo había devuelto, o Gabriel había ofendido a la madre, a la madre de la esposa de Adrián, en una cena navideña. Gabriel tenía muy mala bebida desde que éramos jovencitos, de la época que íbamos a bailar, se ponía violento, empezaba a decirle las peores barbaridades a todos los presentes y se reía, así que la situación era perfectamente posible. Pudo haber sucedido.
Fue llegando más gente. El papá de Gabriel permanecía en un rincón, desolado, sin poder levantar la vista del piso, encogido. Era un hombre que había trabajado toda su vida en los ferrocarriles, hincha de Atlanta. Amaba a esa mujer con la que había estado casado por más de cuarenta años, sin ella no podía imaginar cómo seguir adelante con su vida.
Hago una pausa, sé que aburro pero hay demasiados detalles. Sigo.
Se dijo una oración en una pequeña capilla. Llegó el momento de cargar el cajón, el último tramo hasta la definitiva sepultura. Había poca gente, algunos parientes con sus esposas, conocidos del padre y de la mujer fallecida, un par de chicos pequeños. L. me hizo una seña, mientras se acercaba a una de las manijas del cajón. Había que acompañar a Gabriel, que apenas podía con su alma. Me acerqué al cajón para hacer lo mío.
Levantamos el cajón de la especie de camilla con ruedas para caminar los últimos metros. Entre 6. Avanzamos.
Algo se soltó. Una manija cedió con un ‘clac’ y alguien tropezó. Caímos varios, por el súbito desequilibrio. Escuché el ruido de la madera del cajón, rompiéndose contra el piso.
–¡Forro, pelotudo! –Gabriel señalaba a su hermano con un índice, todavía sin soltar su manija del cajón caído, lo que lo obligaba a estar medio agachado. Le salían las palabras cargadas de furia, las lágrimas se le mezclaban con el sudor, salpicaba saliva.
–¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! –Adrián, de pie, había soltado el cajón y buscaba en el bolsillo superior de su camisa el atado de cigarrillos. Era un tipo de cuarenta cigarrillos diarios desde que tenía quince años, necesitaba fumar. Fumar era una de las pocas cosas que lo habían sostenido a lo largo de su vida.
–¡Te pedí guita para enterrar a mamá, y me dijiste que no tenías! ¡Rata piojosa! –Gabriel le dio un empujón a su hermano, que tenía las manos ocupadas encendiendo un cigarrillo y se fue al piso.
–¡Guita, todo el tiempo guita! –La esposa de Adrián se interpuso entre Gabriel y su marido caído, llevaba un bebé en brazos– ¡Todavía no nos devolviste la plata que te prestamos hace tres años!
–¡Vos no te metás, pelotuda! –El papá de Gabriel, con renovadas fuerzas vaya uno a saber surgidas de dónde, sentó a la esposa de Adrián de una piña. La mujer cayó desmayada sobre el césped, sin soltar, por suerte o reflejo, al bebé que sostenía contra su pecho. Así quedó, el bebé, descansando sobre el pecho de su madre. Le salía, a la mujer, sangre de la nariz– ¡Ni siquiera puedo ver a mis nietos cuando quiero, conchuda!
Se desató el caos. Intervenían familiares tratando de contener la situación, mientras volaban trompadas de todas partes. Hubo incluso patadas voladoras, alguien, un hombre bastante mayor, se había quitado el cinturón, y repartía cintazos con frenesí. Había enroscado el cinturón en una de sus manos, dejando libre el extremo con la hebilla.
–¡Qué mierda todo! ¡Qué mierda todo! –Gritó Gabriel en un momento, junto al cajón, de rodillas. Alguien quería poner un poco de orden, ayudarlo a incorporarse, alguien le había tirado un botellazo desde atrás, a Gabriel, que lo había alcanzado en un oído y parecía haberlo dejado aturdido. Un perro, un pequeño bull dog francés color negro con correa (quién puede venir a un cementerio con un perro, por Dios bendito y la Virgen que llora lágrimas de Campari), se acercó al cajón. Levantó una pata, hizo pis. Se oyó el llanto de un bebé, no el bebé de la mujer de Adrián, otro bebé.
–¡Me robaron, ladrones, llamen a la policía! –Gritaba una mujer a la que en medio del tumulto le habían quitado la cartera. Se había juntado más gente, curiosos, algunos que esperaban para otro entierro, otros sacaban fotos con los teléfonos celulares de última generación pagados en cuotas, teléfonos que valían más que todas las prendas de vestir que llevaban puestas, y las que tenían en sus armarios, en sus casas, también. Teléfonos celulares que valían más que todos los libros juntos que hubieran leído a lo largo de todas sus curiosas existencias. La gente estaba enferma, vacía, y en la mayoría de los casos, enferma y vacía al mismo tiempo. Necesitaban una pitada de twitter, un trago de facebook, para seguir adelante con el cachivache de sus vidas.
Lo levanté a L. y me lo llevé a un costado.
–Qué tipo hijo de puta –L. tenía un corte en un labio–. Me embocó de una. Ni siquiera sé quién es ese viejo de mierda.
–Vamos. Se puso difícil todo, me parece –entré al auto–. Hasta morirse.

6.3.15

Más allá


Cómo te cuento esto, a ver.
Héctor tenía, en el brazo derecho, un muñón. O sea, no conozco los términos técnicos, no soy médico. El brazo, el brazo derecho, el brazo derecho de Héctor, terminaba justo en la muñeca. Un accidente, un trágico e inconcebible accidente cuando Héctor no tenía todavía dos años de edad. Su madre se había distraído hablando con una amiga en una carnicería del barrio de Balvanera. Apoyó al bebé sobre el mostrador, el bebé gateó. Estaba encendida la cuchilla esa que usan los carniceros. No hace falta excederse con los detalles. Basta con decir que Héctor perdió una mano, eso lo marcó para siempre. Todavía hoy, casi cuarenta años después, los días de lluvia, la mano, esa ausente mano, le pica.
De alguna forma pudo seguir adelante, Héctor, con eso que podríamos denominar su vida.
Alicia venía de una historia de constantes abusos. La violaba su padrastro, desde que era una nena, y lo siguió haciendo durante varios años. La pellizcaba en sus ínfimas tetitas, la manoseaba, hacía que la nena lo masturbara, y luego seguía lo demás. Alicia, durante la cena, miraba a su madre, sabía que su madre sabía. Pero no hizo nada, su madre, una mujer débil que se pasaba el día fumando, no había trabajado jamás en su vida. Se fue de su casa a los quince años, Alicia. Detestaba a los hombres con todo su ser, se hizo prostituta, vivió un tiempo en Entre Ríos. Después heredó una casita de una tía, y pudo dejar de a poco esa vida. Estudió enfermería. No se casó ni tuvo hijos. Le gustaba ir al cine los sábados, a la primera función, antes del mediodía. Tenía un perro, tenía una amiga.
Se conocieron, Héctor y Alicia, en el hospital. Una noche que Héctor pensó que estaba teniendo un infarto. Había tenido un disgusto con un socio por un tema de dinero, pensó que se moría.
Héctor la pasa a buscar, a Alicia, los viernes, por la guardia. Van a un hotel que queda sobre la calle Río de Janeiro. Alicia se sienta contra el respaldo de la cama y sin quitarse la bombacha, corriéndola un poco de costado, se mete, bueno, el muñón de Héctor, en la vagina. Se queda así un rato largo, con los ojos cerrados. Después Alicia le chupa, a Héctor, la poronga, lo hace eyacular. Duermen abrazados. Al día siguiente desayunan, conversan sobre alguna generalidad, se despiden con un beso en la mejilla.
Y nada más. Hay historias algo sórdidas por cierto, donde se alcanza a percibir un orden que va mucho más allá de nuestras módicas capacidades de comprensión y raciocinio. Son las historias que me gustan a mí.

28.2.15

Experiencia traumática


Estuve muerto, así como escuchás, así como te lo estoy contando. Volvía de Pinamar y tenía pensado salir bien temprano el domingo, pero salí de joda el sábado, chupé como un animal. Fui al casino y gané plata, seguí de largo.
Entonces arranqué el domingo, pero casi al mediodía, hecho pelota. Me dolía la nuca, sentía la nuca a diez o quince centímetros de la nuca, me latía. Y había vomitado, cuando me levanté. Tomé café y salí, no daba más.
Me quise apurar, ahí estuvo el tema. Pisé el pedal, venía a ciento sesenta, te imaginás, a ciento sesenta no doblás ni frenás. Eso fue lo que pasó, apareció un carro en medio de la ruta, así como escuchás, un carro tirado por un caballo, y no pude hacer ninguna de las dos cosas.
Seguí de largo, me la di contra un árbol. Perdí el conocimiento, la conciencia, llamalo como quieras. Me morí.
Y mientras estaba muerto, fue curioso. Porque la gente no sabe, cuando estás muerto, estás muerto y te ves. Tratá de pensarte muerto y vas a ver que no podés, porque ves la escena, porque te ves, y eso implica que eso que sos no muere, hay algo más.
Estuve muerto, te decía. Y no, no vi un túnel ni luces, no había ángeles ni una musiquita en particular. Estaba muerto y estaba desayunando, con vos. Estábamos en la cocina, así como ahora, y tomábamos mate, y vos te quejabas de algo, de cualquier cosa, y a mí se me hacía tarde para ir a trabajar.
Me recriminabas algo, algo que yo no había hecho o que había hecho mal, y se me caía una galletita con mermelada, al piso, y vos te ponías peor. Porque la galletita caía dada vuelta, o sea con la cara pintada de mermelada, al piso. Y vos decías que si yo te quisiera, bueno, la galletita hubiera caído del derecho, y no del revés. Si yo te quisiera la galletita hubiera caído de la forma que hiciera menos enchastre, eso era una señal. Que siempre lo mismo, que eras una bestia de carga, que no parabas de limpiar.
Se ve que alguien, un auto, pasó, y llamó por celular. Andaba una ambulancia cerca, me lograron salvar. Decí que los tipos tenían el desfibrilador y todo, lograron llevarme al hospital.
La experiencia fue traumática, por cierto, me rompí una pierna en tres pedazos, una clavícula, y me quedó un feo hematoma en la frente. Al principio tenía que hacer todo en cámara lenta, me costaba coordinar.
Después, más o menos, la vida se acomoda. Pero lo que me quedó claro, de la experiencia, es que vivir con vos es la muerte. Sobre todo el desayuno.

24.2.15

Grageas


Pensé que se podía ser feliz. Pero no, no es posible ser feliz. No se puede. Y en ese descubrimiento habita algo, no sabría decirlo con exactitud. Una suerte de comodidad que bien podría ser un sucedáneo de la felicidad.
Para que lo puedas entender, si habláramos de ropa, sería una segunda marca.
(de ‘Fuera de tu shopping’)

La mujer en la vereda, habla con una vecina. Dice que, desde que se divorció, compró un perro. Tira de la correa, y sonríe. Dice, arreglándose su horripilante cabello, que no le falta nada, que se acabaron las discusiones, que tiene todo lo que podría necesitar.
Así que miro al perro. Tiene, el perro, la mirada que tantas veces he visto en oficinas. La mirada de un marido que sólo piensa en escapar.
(de ‘Complicidad de género, solidaridad de clase, y algunas otras barbaridades’)

Si se espera el amor, el tiempo suficiente, vendrá el amor. Pero, tal vez, por haberlo esperado el tiempo suficiente, todo lo que fuera necesario, cuando venga el amor, será un fastidio. Después de haber permanecido en una sala de espera, cualquier cosa que nos diga el doctor nos molesta.
Y al salir del consultorio, al volver donde quiera que sea, no podemos quitar de nuestra mente a toda esa gente que en la sala de espera, espera y espera.
(de ‘Bienvenido, bienvenido amor, decía la canción’)

Me sirvo otra porción. De pizza. De roquefort. Y con la fugacidad hecha de instante, de ranura de tiempo, de ese material inasible y mercurial que dura un parpadeo, comprendo el significado de la letra de la canción ‘Color esperanza’.
Esperanza. Verde. Roquefort. No es que te considere tonta, te lo explico porque creo que ni el autor sabía a qué se refería, de qué estaba hablando.
(de ‘Nanána nanána, naná ná nanána’)

Aquellos desgraciados que han tenido la oportunidad de leer lo que escribo me dicen, a veces, que mi personaje es más interesante que la persona real. Hacen entonces una pausa donde entraría fácilmente un camión de expectación, como si acabaran de descubrir la vacuna contra el acné juvenil. Y yo no sé qué contestarles. Sobre todo porque, por lo general, ellos no tienen personaje. Lo que quiero decir es que no hay nada más, son así.
(de ‘Frazaditas’)

Suena el teléfono. Deben ser las tres de la mañana. Atiendo.
–Hola –digo, mi originalidad es un himno.
Oigo el ladrido de un perro, alto, estridente, inflamado de indignación, un ladrido que parece decir ‘hijo de puta’, y también ‘te di los mejores años de mi vida’, un ladrido que manifiesta a viva voz que le fallé, que le mentí, que ha sufrido por mi exclusiva culpa.
Vuelvo a la cama. Merezco, sin duda, todo lo que me sucede. Pero no es normal.
(de ‘Culpable, culpable’)

Dice Cheever: ‘podemos enviar un hombre a la luna, pero no podemos curar la artritis’.
Aplausos.
(de ‘Gracias’)

Yo también, ahora que lo pienso, he sido un niño precoz. Con alguna peculiaridad que hace a intrínsecas características de mi persona. Tal vez algo sesgado a lo malo, a lo trágico, a lo perverso, atributos que suelen tener una negativa connotación, lo admito.
La crisis de los cuarenta la tuve a los once, for example.
(de ‘Precoz’)

La mujer más linda que conocí en mi vida, la veo por la calle, y es fea. La pizza más rica que probé una madrugada de invierno, la pizza que te hacía saltar un par de lágrimas de la más pura alegría, ya no me conmueve. La lluvia me moja y meto las patitas en el mar pero no, no funciona como debiera, como debiese.
Algo ha pasado, soy otro.
(de ‘No me peguen en el piso’)

Tengo la culpa católica, la angustia judía, el rencor acumulado de un negro, el sentimiento de falta de aceptación de un puto, el deseo de revancha de un gordo, de un enano, de un rengo. De un enano gordo rengo.
Estoy hecho mierda, ya lo sé.
(de ‘Soy así’)

Me gustaría que me quieras por lo que soy.
Pero lo sé, me conozco, no va a ser posible.
Así que lo mejor es que me digas cuánto es, qué te debo.
(de ‘Falso haiku’)

18.2.15

Todo lo que no hay que ser


Debía estar mal yo, lo admito. Me estaba divorciando, y Catalina no paraba de romperme las pelotas. Me había tenido que alquilar un departamentito por Villa Urquiza, hasta que lográramos vender la casa y entonces me pudiera comprar algo más o menos decente. Catalina me complicaba las visitas a la nena. Me decía ‘sí, cómo no, vení a buscar a Pili el sábado a las diez de la mañana’, y cuando yo iba, tocaba el timbre y no había nadie, se habían ido a pasar el fin de semana a Luján, a lo de su familia. O a Cañuelas. Pedía dinero, reclamaba que yo no le pasaba el dinero que le correspondía, pero no era sólo dinero. Me odiaba, me consideraba un repugnante ser, causal de todas las calamidades que habían acontecido en su vida. Así de simple. 
La novela que había estado escribiendo durante los últimos cinco años, donde había puesto cada molécula de mi atribulado ser, la novela que me catapultaría a mi tan merecido destino de grandeza, finalmente la había presentado en una editorial. Me mandaron un mail a las dos semanas, me dijeron que no estaban interesados. También me dijeron que quizás escribir no era lo mío. Que me dejara de joder. 
Me senté a desayunar, en un bar de Boedo. Tenía que encontrarme con Emilio, que me iba a prestar el auto hasta que el mecánico terminara con el mío. Emilio era un amigo.
Entró un tipo, al bar, se sentó en la mesa de al lado. El bar estaba casi vacío, pero el tipo se sentó en la mesa de al lado. De traje, el tipo, y lentes. Más de cincuenta años, con un maletín de cuero de esos medio triangulares, como los que usan los visitadores médicos. Se estaba quedando pelado, y usaba el pelo de un costado de la cabeza, para intentar cubrirse, cómo decirlo, el techo de la cabeza. También iba teñido, de un color inverosímil. Te hacía doler la vista de solo verlo.
Pidió un café con leche con dos medialunas, de manteca, se paró para agarrar un diario de otra mesa, y volvió a sentarse.
Vino su pedido. Acá empezó la cuestión, el tema. El tipo seguía leyendo el diario y con una mano agarró, al mismo tiempo, un sobrecito de azúcar, y uno de edulcorante. Los abrió de un saque, con la otra mano, de un solo movimiento, y dejó caer el contenido de ambos sobres dentro de su café con leche.
Seguía leyendo, con la cabeza demasiado cerca del diario apoyado sobre la mesa. Se le levantaba, un poco, el pelo, la tapa de pelo tan precariamente construida. Levantó la taza, dio in largo sorbo del café con leche, mientras leía.
No pude soportarlo.
–Usted –dije–. Usted –repetí más fuerte, y entonces no tuvo más remedio que levantar la cabeza y mirarme–. Usted es un imbécil.
Se hizo un silencio, una pausa. El hombre tenía una medialuna en la mano, y acababa de dar un mordisco que se ralentizó, mientras me miraba, la medialuna en el aire, su masticar en cámara lenta.
–Usted es todo lo malo de este mundo –proseguí–, todo lo que no hay que ser. Usted fracasó en la vida, no hay más que verlo, pero eso no le interesa en lo más mínimo. Usted le pone azúcar y edulcorante al café con leche al mismo tiempo, porque sí, porque alguien le dijo que el azúcar hace mal aunque a usted le gusta. Usted va a trabajar durante treinta años en la misma oficina sin preguntarse jamás por qué. Usted se debe haber casado con una mujer que lo detesta, y que lo manda a hacer las compras los domingos, y que lo deja cogerla el tercer viernes de cada mes, con la luz apagada por supuesto. 
Me puse de pie. No era yo, lo admito, pero era yo. Salía de mí, una fuerza de la naturaleza, algo se quería manifestar, algo que tenía que suceder.
–Usted es un asco –le tiré el diario, al piso–. Usted no sabe si está feliz o triste porque perdió la sensibilidad para comprender la diferencia, si su televisor a partir de mañana fuera en blanco y negro usted no diría nada, le parecería bien. Usted no sabe si prefiere veranear en el mar o en las sierras, y si en una encuesta le preguntaran cuál es su plato preferido usted respondería ravioles, y milanesas, y arroz con pollo, claro, también. A usted le gusta el vino pero no demasiado, nunca demasiado, usted toma cerveza los domingos, en el almuerzo, una latita, con eso está bien. Detesto lo que usted es y lo que representa, el universo entero debiera escupirle el café con leche, pero en lugar de eso me estoy yendo a la mierda, yo. Mi vida entera se va a la mierda mientras usted leerá la página de deportes aunque no le importe demasiado el resultado, aunque no sea capaz de recordar, ni bien salga del bar, quién jugó con quién. Si le dieran un periódico de hace quince años ni siquiera notaría la diferencia, si estuviera Kempes en la tapa usted seguiría leyendo lo mas bien. Usted ni siquiera se angustia por lo que hubiera querido ser cuando fuera grande, porque no quiso ser nada. Ni siquiera albergó algún anhelo, no le prestó atención, sabía que no tenía la más mínima posibilidad, y eso le pareció, desde siempre, desde el vamos, la cosa más normal del mundo. El solo hecho que usted respire el mismo aire que yo me hace mal, me hace doler.
Se me había salido la camisa del pantalón, me había agitado, la gente me miraba. Un mozo dudaba en acercarse.
–Uy –dijo el hombre y miró los sobrecitos–. Debían estar pegados, ni me di cuenta. Pero todo lo que dijo es desde ya opinable. Quiero decir, puede ser.