20.1.20

Es divertido


No, la gente que fracasó no es divertida, la gente que fracasó no me divierte. Siento una profunda pena cada vez que veo a alguien derramado sobre la mesa de un bar, pegoteado de tantos pero tantos sueños rotos. Y empatía también, como si hubiéramos jugado juntos en el mismo equipo un partido a algo, de algo, contra la vida. Y la vida nos hubiera ganado por afano desde ya. Yo soy uno de ellos.
Lo divertido es cuando ves a alguien que llegó más o menos adonde quería llegar. Hombres con cargos ejecutivos que manejan autos importados y van en avión de acá para allá para tener reuniones de veinte minutos, o mujeres que se casaron y tuvieron hijos y bajan a la calle con sus bebés, salen de torres de cincuenta y siete pisos de puro vidrio donde además de vivir tienen gimnasio y pileta y terraza para tomar sol y para pensar en tirarse cuantas veces quieran.
Lo divertido es ver a alguien que está más o menos adonde quería estar. Y está indignado o fastidiada porque no puede ser cómo están las cosas en el universo en general o en el país o en su vida en particular, es más o menos lo mismo. Vos no sabés lo difícil que es estar donde yo estoy, el esfuerzo que implica ser lo que soy, mantener este departamento de cuatrocientos metros limpio o manejar seiscientos veinticuatro empleados, vigilar que la cocinera no te abra la heladera y se lleve dos fetas de jamón cocido adentro del corpiño, tener que jugar un partido de golf de cinco horas con el gerente regional que encima te quiere ganar, con lo fuerte que está el sol.
Lo divertido en realidad es cuando alguien descubre que las cosas no son como pensaba. Porque cuando fracasás lo que sentís, lo que entendés con todo el cuerpo podríamos decir, es que las cosas no te salieron y eso es tan triste. Pero cuando te salió lo que querías sentís que te engañaron, que el espectáculo no valía el precio de la entrada. Y todavía no termina, te falta volver a casa además.

10.1.20

Curioso mecanismo


Muchas veces la solución está ahí nomás, al alcance de la mano. Muchas veces se trata de hacer lo siguiente. Pasa que el procedimiento está dotado de una sutileza que suele exceder la manera habitual en que razonan las personas.
Supongamos que vos tenés un incordio, un fastidio, una incomodidad. No, si te pasa un tren por encima y te arranca de un metálico mordisco las dos piernas, estamos claros que es algo grave. Pero por lo general solemos deambular entre gamas de gris, las tragedias de totalizador carácter suelen ser casos, por decirlo de algún modo, más específicos, puntuales. Dejemos eso de lado por el momento.
Tenés algo, como todo el mundo, algo que te incomoda o te duele o te molesta. Y la reacción suele ser pensar en eso, todo el tiempo, lo que te fastidia se apodera de tu mente primero, de tu ser después. Hay que combatir lo que molesta. Es personal, es una guerra.
Pero no, fijate vos que no, la cosa no va por ahí.
Veamos un ejemplo. Te duele una muela, un poco. Te late, tenés la sensación, y es domingo, y es de noche también. Podés ir a una guardia odontológica, podés bajar a la farmacia a comprar un calmante. También podés probar poner un dedo meñique sobre la mesada de la cocina y darte un martillazo en el dedo. Vas a ver cómo la muela deja de doler. O hay ruido, un vecino ha organizado un cumpleaños en su domicilio y puso la música a todo lo que da y es pop latino. Se oyen sillas que caen, carcajadas, las paredes son de papel. Podés ponerte un short y subir, patearle la puerta, intentar razonar. Terminar agarrándote a trompadas, en fin. O podés agarra una chinche, una pequeña chinche y clavártela en un cachete del culo o en una pantorrilla. De pronto estarás nadando en un inmenso silencio.
Y así podríamos seguir con los ejemplos, pero no hace falta seguir. El esquema es bien sencillito. Fue estudiado hace dos mil quinientos años o más que la mente no es un objeto, la mente es una acción. Como una hilera, sólo puede haber un pensamiento por vez. Probá pensar dos cosas al mismo tiempo, no se trata de tener mayor o menor capacidad, no podés. Funciona de esa forma, así fue diseñado el mecanismo de la mente. Ocurre lo mismo con la incomodidad, con el dolor.
La vida no es mucho más que una maniobra distractiva, eso ya lo deberías saber.

30.12.19

Zen de furgoneta


mientras mirás esa foto
te morís.
mientras mirás ese pedacito de pasado
congelado
no existís.
buscás y buscás algo que te recuerde
que alguna vez estuviste en alguna parte
pero la experiencia es incompleta.
hacia adelante y hacia atrás y otra vez,
el autito chocador hecho de vos.
la única forma de ser feliz es tan sencilla
que jamás te darías cuenta.
caer.

*muchas felicidades, muy rico todo, en fin. lo que se diga en estos casos.

20.12.19

Pedacitos de delfín


Estábamos desayunando. En un bar. En San Cristóbal. Ella trabajaba en un juzgado, era secretaria de un juzgado, entraba a trabajar muy temprano. Yo tenía un trabajo de oficina, podía llegar a las nueve de la mañana o a las once, lo mismo daba. Acomodaba unos papeles, contestaba algunas preguntas, escribía unos informes, me pagaban a fin de mes, rutina.
Habíamos pasado la noche en su departamento, habíamos cogido. Hasta coger se estaba volviendo una experiencia no digo traumática, pero cada vez menos divertida. Faltaba que me dejara de gustar el whisky y ahí me quería ver, cómo seguía la película de la vida. ¿La numismática? ¿Los viajes a la India? ¿Los cursos de fotografía?
Ella había pedido un diario y me leía en voz alta. Yo jugaba a ver el punto exacto, cuánto tiempo podía permanecer una medialuna dentro del café con leche sin romperse, sin perder por completo su esencia de seguir siendo medialuna. Sin naufragar.
Me leía, ella, noticias de la caída de un avión en Bélgica, más de doscientos muertos, todavía buscaban los cuerpos. Me leyó de unos enfermeros en Uruguay que mataban a sus pacientes con inyecciones de aire o de morfina, ‘jugaban a ser Dios’, eso declararon. Me leyó de los barcos japoneses que mataban cientos y cientos de delfines. El mar se teñía de rojo y los delfines lloraban de dolor, un llanto agudo e inolvidable del más puro sufrimiento mientras unos japoneses chiquititos seguían arponeando y descuartizando, pedacitos de delfín, matando focas bebés a mazazos en el cráneo.
–¿No te importa mucho lo que te estoy contando, no? –dijo ella.
–No –dije–. La verdad que no.
Me comí tres cuartas partes de una medialuna repleta de café con leche, de un bocado. Por un momento vino a mi mente el bocadito Jackeline que comía cuando era chico. Tenía una especie de dulce de leche, pero líquido. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
–A ver, y qué hacés vos –ella estaba ofuscada, se quitó el cabello de la cara– ¿Se puede saber qué carajo hacés vos para que el mundo sea un cachito mejor, para que este planeta no sea tan pero tan horrible?
–Bueno –dije–, te aguanto.

10.12.19

Pacífica coexistencia


Te digo lo que va a pasar.
En algún momento de tu vida, puede ser antes, puede ser después, es difícil generalizar. En algún momento de tu vida, si querés entre los veinticinco años y los treinta y cinco. Entro los veintiocho y los treinta y tres.
En algún momento vas a tener una desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas, es la vida, es así. Algo malo va a sucederte. Puede ser cualquier cosa. Puede ser que te caigas de la moto y te fractures una pierna en diecinueve pedazos. Puede que vuelvas del trabajo a tu casa y te hayan robado todo. Lo que ahorraste durante quince años, y la licuadora también. Puede ser que tu novia te diga que no te quiere más, que no le importa que se iban a casar. Decidió, ella, que quiere viajar.
Una tragedia, una desgracia, algo malo de mediana o alta intensidad. Salud, dinero, amor, en alguno de los grandes rubros del horóscopo. Va a pasar.
Y entonces. Acá viene la cuestión. Sucedido el hecho hay dos grandes líneas de trabajo. Están los que se enojan, los que se indignan con la vida. Los que no pueden aceptar de ninguna manera la renguera o la calvicie o la pérdida de un familiar. Se oponen con todas sus fuerzas, con todo su ser, a lo que pasa. No lo pueden tolerar. Y están aquellos que de algún modo se sumergen en el nuevo estado de cosas como si fuera una bañera llena de un líquido no del todo amable. No significa que no vayan a hacer algo, vivir se trata de seguir. Pero no muestran un desmesurado y quizás paralizante enojo ante lo que es, no dicen ‘¿por qué a mí?’. Se rinden de algún modo a la situación que les toca y eso, por paradójico que parezca, hace que todo se vuelva más vivible.
Ahora bien. Cuando lo malo suceda, cuando la desgracia ocurra, en ese momento, si no estás atento, entrarás de cabeza al grupo de los enojados, de los resentidos, aquellos que consideran que la vida los ha sentado de una trompada y se preparan para devolver el golpe.
Es un error, eso es lo que te estoy diciendo. Es el momento donde tenés que intentar como te salga, como puedas, aceptar aquello que te está sucediendo. Si no podés hacer eso, bueno, es que no estás todavía preparado. El sufrimiento, el dolor, no fue suficiente. Te hace falta más.

30.11.19

La película


Mirá, la verdad que la película no era buena. La película no me pareció gran cosa. Actúa ese tipo que es el galán del momento, no, ese no, pará, no me sale el nombre. Uno que actúa en esa película donde hace de chofer, el tipo es un piloto profesional y trabaja en sus ratos libres para distintas bandas de ladrones. Él maneja, nada más. Y después, el resto de los días trabaja en un taller, sigue con su vida normal. Habla poco, pone carita de estar pensando, aunque quizás no está pensando nada, pero tiene esa carita de ser lindo pero profundo a la vez. Las minas se pishan encima cuando lo ven.
Pero acá no. Acá el tipo es el jefe de una banda que asalta bancos. Debe ser que ya se hicieron demasiadas películas de asaltos de bancos. El tema está como exprimido.
Planean el asalto al banco, con otros cuatro, no, cinco, y algo sale mal. Viste que siempre hay algo que sale mal. Porque uno de los tipos se cogía a la mujer de otro de los tipos y ese otro lo sabe, es el más débil de la banda pero lo sabe. Lo sabe y se la tiene que bancar porque tiene mil quilombos de guita, además de los quilombos con su mujer.
Entonces planean ese asalto. Y hay un comisario local que conoce a uno de la cárcel y lo ve en un bar tomado café. Desayunando. Y el comisario local sabe que si el tipo está ahí es porque se están por afanar un banco aunque el tipo ponga carita de estar de vuelta de todo, de no querer más problemas. Ha vuelto al pueblo a ver a su hija, su única hija que vive con su ex mujer y nada más.
Así que llega el día del asalto, y como te dije algo sale mal. Y todo indica que fue por una viveza del comisario del pueblo pero no, hay una escena y en realidad todo te hace pensar que el comisario mató a uno, no al galán. Pero después te muestran que lo mató el débil, que aprovecha la situación para matar al tipo que se cogía a su mujer. Prefiere vengarse antes que levantar un bolso y escapar con el resto del botín. Después el comisario, herido y todo, chorreando sangre de la panza sale y sigue tirando mientras dos de los cinco escapan y se pierden en la ruta. El más débil prefirió ser atrapado pero vengarse del que se estaba cogiendo a su mujer.
Pero la película no es buena. Le falta verosimilitud para poder convertirse en un drama humano. Y le falta un mejor cierre para ser una película de ladrones de bancos. Se queda a mitad de camino, como si el director no terminara de decidirse. No va.
–Pero qué decís –Romina termina su jugo de naranja, vuelve a dejar, con cuidado, el alto vaso sobre la mesa–. Si la película es una película iraní. De un pueblito donde no hay agua. Los sacrificios de la madre para conseguir agua para sus hijos. La escena donde la madre se ofrece al policía para poder llenar su balde con agua. Y el hombre le vuelve a subir el chador o como se diga. Ahí lloré de verdad.
–Pero.
–Te quedaste dormido, Juan –se ríe, Romina–. Te quedaste dormido desde la propaganda de celulares. La gente te chistó en un momento pero vos nada. No parabas de roncar.
–Bueno, puede ser –dije–. Mis sueños últimamente también son poco entretenidos. Igual que cuando estoy despierto, no te voy a mentir, mi vida es de una bajísima calidad.

20.11.19

Nadar y flotar


Bajo a la calle. No son, todavía, ni las nueve de la mañana. Tengo tiempo para tomar un café, tengo que ir a trabajar.
No es tan grave, desde ya, ir a trabajar. Algo hay que hacer. La gente no sabe, la gente fantasea con lo maravillosas que serían sus vidas si tan solo pudieran dejar de ir a trabajar. Como quien fantasea lo genial que sería tener el pelo lacio o rulos, o veinte centímetros más de altura o de poronga. No saben, desde ya no pueden saber, que existe un espacio en la mente para las preocupaciones. Si uno logra vaciar ese espacio de las preocupaciones sólo será para que el espacio sea llenado por preocupaciones mayores, son leyes de la física. Quiero decir, doy un ejemplo por si tenés alguna clase de retardo, si tu principal preocupación suele ser el dinero y de pronto consiguieras dinero, entonces te preocuparás por el colesterol o por saber si existe la vida después de la muerte. El jueguito cambia de pantalla, qué sería del hámster sin la ruedita.
Se trata de hacerse amigo de las preocupaciones, las angustias, los miedos. No es conveniente luchar, si lograras erradicar una preocupación lo que le sigue es una mayor preocupación. Lo que sigue es peor. Podés nadar un poco, por supuesto, ya que estás vivo, ya que viniste. Pero la principal actividad de la vida consiste en flotar.
Bajé a la calle, entonces decía. El portero me dijo ‘estás más gordo, forro’. Caminé una cuadra, el conductor de un automóvil detenido por el semáforo se asomó por la ventanilla y dijo ‘sos horrible, loco, nunca escribiste un cuento decente’. Pedí un café, la moza me trajo el café, y acercándose a mi oído murmuró ‘no te quiere, tu novia, está claro que no te quiere. Tampoco te quiso la anterior. Sos inquerible’.
Salí a la calle. Me crucé con un perro. Una especie de Collie, sin correa, mugriento, bigotudo. ‘No te salió nada, loco’, dijo el perro, ‘tu vida no tiene ningún sentido.
Alto. Un momento. Los perros no hablan, de eso estoy seguro. Ahí me di cuenta que nadie me estaba diciendo nada.
Era yo. Era mi opinión.