24.8.16

Con vos es distinto


​Desayunábamos. Yo miraba por la ventana, ella escribía algo en su teléfono.
​–Siempre me subestimaron –dijo–. Cuando le dije a mis padres que me iba de viaje, que tenía la intención de recorrer Europa, de conocer el mundo. Mi padre me dijo que me buscara a alguien, cualquiera, si era un tipo grande mejor. Así tenía alguien que me mantuviera, para no morirme de hambre. Que tuviera un hijo. Cuando le dije a mi madre que quería estudiar, seguir una carrera universitaria, se rió. ‘Qué vas a estudiar vos’, dijo, ‘no te da la cabeza ni para hacer las compras’. Y así fue siempre. Mi primer marido se iba a la cancha y me decía ‘Vos cociná, burra. Si preparás algo rico quizás cuando vuelvo te echo un polvo. No servís para nada’. Mis amigas se anotaban en un curso de cine y no me avisaban. Decían que a mí me gustaban las películas de amor, los dramones. Nada de cine para pensar, no era para mí. En los trabajos, en las entrevistas de trabajo, el que me entrevistaba sonreía y negaba con la cabeza. Un movimiento apenas perceptible. El puesto no era para mí, nunca. Siempre había alguien mejor, más capacitado. Así fue toda mi vida, así fue siempre. Hasta que te conocí a vos. Vos me valorás, me tratás bien. Con vos es distinto Juan, no me siento subestimada.
​–Bueno –dije–, estás conmigo.

18.8.16

Clases de dolor


Mi amigo M. tocó el timbre, era domingo. Debían ser las diez de la mañana. Dijo que pasaba a saludar. Dijo que venía de correr. Me sorprendió un poco la verdad, mi amigo M. era un tipo de dos atados de cigarrillos diarios desde la adolescencia. Le gustaba la pizza, le gustaba el vino. Le gustaban las dos o tres cosas que le gustaban desde siempre y que lo hacían sentir bien.
–Mirá –me dijo, mientras le servía un café–. Correr es una experiencia repugnante. Cuando corro me duelen las plantas de los pies, no te olvides que yo tengo pies planos y que jamás usé plantillas. Por lo tanto, me duelen las plantas de los pies a cada paso que doy. Pero es mucho peor después. Al día siguiente, cuando tengo que bajar de la cama, es como si me hubieran estado martillando los talones, la sensación tan horrible de saber que para caminar, para llegar hasta el baño a hacer pis voy a tener que avanzar, y que cada paso que dé va a ser peor.
–Y me duelen los tobillos –dijo–. Yo tengo esguince crónico de tobillos, así que se me doblan los pies y se me hinchan los tobillos, es un dolor agudo, y la inflamación no se te va más. Me duelen las rodillas, desde ya. No te olvides que yo tengo sobrepeso por decirlo de una manera amable, las rodillas crujen y es casi una imposibilidad material, como si las rodillas estuvieran a punto de romperse ante la carga que deben soportar. Las rodillas parecen mirarme y decir ‘¿por qué nos hacés esto?’.
–Y se me jode todo el sistema –M. me pidió más agua–. Porque me agito mal, no sé, debo pasar las trescientas pulsaciones por minuto. En determinado momento ya no me late el corazón, me laten todos los órganos. Intento respirar pero es como si no me entrara el aire, o como si el aire no fuera suficiente. Quedo al borde de la extenuación, del desfallecimiento.
–Y decime entones –me senté en el sillón– ¿Para qué corrés?
–Es que cuando me pasa todo lo que te conté –dijo M.–, mientras me pasa todo eso, no puedo pensar.

12.8.16

Paréntesis creyente


Vi a Dios en los ojos de un bebé que miraba todo sin un solo concepto, la más pura presencia sin palabras.
Vi a Dios en una vagina apenas entreabierta, a la espera de aquello que la completa.
Vi a Dios en un plato de vermicelli tuco y pesto en el Pippo de la calle Montevideo, entre el queso rallado si sabías mirar, estaba el significado de la vida.
Vi a Dios a través de un vaso de whisky Johnnie Walker etiqueta verde y Dios era dulce y amargo a la vez y te daba una palmada sobre el hombro y te decía que todo iba a estar bien.
Vi a Dios en un perro que saltaba de la más pura alegría de verte y casi te hablaba con todo su perruno ser para decirte que estaba contento, sí, de verte a vos. A vos que jugabas a meterle la mano en la boca y tironearle de los dientes y por un momento él sabía, vos sabías también, que lo que estaban haciendo era la cosa más divertida del mundo.
Vi a Dios en el mar.
Vi a Dios en la pizza y en el café con leche y en la cerveza y en el vino y la vez que te abracé, que nos dimos ese beso. La vez que caminamos por la calle de la mano y la lluvia nos hacía compañía.
Así que es como dicen nomás, Dios está en todas las cosas.

6.8.16

Momento a momento, día a día


–Se ve que estaba fundido –dije, me paré bajo el umbral de la puerta de la cocina–. ¿Hace cuánto que estaba sonando el despertador?
Moni ya se había bañado, estaba en bombacha y remera, calentaba el café. Ni me miró. A la mañana estaba de mal humor, pero se le iba a lo largo del día. Como si a la mañana, los primeros cuarenta o cincuenta minutos de estar despierta, se le viniera encima todo lo que iba a tener que hacer hasta la noche. No le gustaba mucho su trabajo, pero a quién le gusta su trabajo. Quizás tampoco le gustaba mucho su cotidianeidad, por decirlo de algún modo, su vida.
Para la mujer tener hijos es un imperativo categórico, no importa las argumentales pavadas que pueda decir, a favor o en contra, al respecto. Tener un hijo justifica su precario paso por la tierra, además de permitirle tener donde volcar su existencial angustia. Tener un hijo mantiene a la mujer ocupada por quince años mínimo, y después, cuando recupera parte de la conciencia, ya está, ya es vieja. El tema se imponía cada vez más, entre nosotros, en cada pausa, en cada silencio. Qué íbamos a hacer con eso.
–No sabés lo que soñé –dije.
–Qué –dijo. Abrió la heladera, sacó la mermelada.
–Soñé que me perseguía un monstruo, algo horrible. Como si fuera una cucaracha pero gigante, más alto que yo. Y de pie, quiero decir, parado en dos patas. Le veía la panza, de un amarillo pálido con rayas negras, y movía las patas, varias patas como si fueran brazos, patas con dobleces y peludas, que terminaban en una especie de pinzas. Y corría rápido, la cucaracha, me perseguía.
–Bueno –dijo. Me sirvió café, se sentó, con sus galletitas–. Ya está, no es nada.
–No, pará –dije–. Después soñé que me caía, me caía de una torre muy alta, estaba fumando en un balcón y me empujaban. Yo caía, desde un piso cincuenta y siete. Caía y caía mirando el cielo, esperando el impacto que terminaría con mi vida y esa espera, justamente, era el más puro espanto. Una sensación tan angustiante.
–Bueno –dijo Moni. Tomé un sorbo de su té, pintó una galletita con mermelada, masticó–. Es un sueño muy común, la sensación de caída. Dura un par de segundos como mucho, está estudiado.
–Y después soñé algo más –probé el café. Estaba fuerte, estaba bien–. Soñé que me estaba cogiendo a tu amiga, a Miriam. Cogíamos y empezábamos a pensar cómo matarte, con veneno. Para poder seguir juntos, ella y yo. Así que ella tenía una amiga que trabajaba en una farmacia, y conseguía el veneno, para que yo te lo diera durante el desayuno. Estábamos enamorados como chicos, dispuestos a cualquier cosa.
Soltó la taza, Moni, hizo ruido cuando la dejó sobre el plato. Escupió unas miguitas mientras hablaba.
–Los sueños tienen mucho significado, Juan. Lo que me decís es muy grave.

30.7.16

Sanito


Si querés dejar de comer, la única forma de dejar de comer, es empezar a beber. Si querés dejar de estar todo el día pensando en clavarte una tira de asado con papas fritas a la provenzal, y de entrada quizás un chorizo y una morcilla, por qué no, o una porción de riñones y una provoleta. Flan con dulce de leche, potente como un misil, de postre. Y un plato de ravioles, a la noche, con tuco, con albóndigas, con queso rallado, un manjar.
Si querés dejar de beber, la única forma de dejar de beber, es empezar a fumar. Si querés dejar de ir todas las tardes a la salida del trabajo a tomarte un litro de cerveza y dos o tres whiskys, o limpiarte un tubo de vino durante la cena. Y después un par de fernets pero como bajativo, para limpiar. O sino coñac.
Si querés dejar de fumar, la única forma de dejar de fumar, es volverse sano. Si querés dejar de prender un cigarrillo ni bien te despertás, otro mientras esperás que se caliente el agua para el mate. Y un cigarrillo justo antes que venga el colectivo, otro apenas te bajás, otro después de almorzar, y otro más.
De sólido a líquido de líquido a gaseoso y de gaseoso a la nada misma. Eso sos vos, sin vicios, un aparato psicosomático que paga impuestos y se lava los dientes. Nada para contar, no existís.

24.7.16

Un paseo por la montaña sagrada


Cuenta la leyenda una situación, podemos llamarlo anécdota si querés, pero que tiene pinceladas de semblanza, de mensaje.
Estaba el inapelable sabio, el sagrado gurú de la India, quizás el más venerado de todos y con razón, capaz de transmitir la beatitud misma a través del silencio, por el mero poder de su presencia.
Vivía el santo junto a la montaña sagrada a la cual había llegado siendo un adolescente y de la cual ya no se apartaría a lo largo de toda su vida. Se limitaba a ser, a estar presente durante todo el día, mientras miles de fieles de todas partes del mundo iban con el único objeto de verlo aunque fuera un instante, sentir su luz. Se cuentan historias, milagros, y están los diálogos traducidos para quienes deseen saber lo que allí ocurría, de qué se hablaba. Cada palabra de aquel hombre era una perla, la más pura luz que iluminaba el camino. Y la mirada de ese hombre puede verse en algunos retratos, parecía contener todo lo bueno de este mundo.
Dentro de su rutina, el hombre se levantaba tempranísimo para dirigir y ocuparse de las tareas de la cocina. Minucioso y excelente cocinero, atento a cada detalle de las comidas que se servían, a todos por igual, en el ashram.
La otra actividad que se permitía, una vez al día, era un paseo. Una caminata, por la mañana, alrededor de su sagrada montaña. A eso quería llegar.
En uno de sus matinales paseos, volvía el sabio cuando vio la siguiente escena. Era la temporada de lluvias y a orillas de una pequeña laguna había un sapo siendo devorado por una serpiente. Se detuvo un instante a observar. La serpiente había logrado atrapar al sapo, y lo había engullido hasta la mitad. Pero, parecía haberse atragantado, no poder concluir la faena. Mientras el sapo, preso e inmovilizado, continuaba aún con vida. Con esa muda desesperación que suelen tener los animales ante situaciones de carácter definitivo.
¿Qué hacer? No podía matar a la serpiente, el sabio, porque sabía que lo sagrado habitaba en todas las cosas. Y además, la serpiente había hecho lo que estaba en su instinto, proveerse de alimento. Tampoco podía el sabio liberar al sapo. Si lo liberaba, el sapo, ya comido hasta la mitad, tampoco sobreviviría.
Decidió entonces seguir con su camino, el gurú. Dejar que las cosas fueran resueltas por la naturaleza.
Ahora bien. Cuando llegué a casa el martes del trabajo, bastante más temprano que de costumbre, y te encontré boca abajo con mi mejor amigo encima, rompiéndote el orto con toda seguridad, tal suele ser tu afición querida Mónica, como tanto te gusta. La verdad que pensé por un instante, si matar a mi mejor amigo de un botellazo en la cabeza, o si gritar e intentar separarte de algún modo, pero se me antojó que no sólo no mostrabas excesivos deseos de ser liberada, sino que estabas siendo, como podía apreciarse, intensamente bien cogida. ¿Qué hacer?
Así que les saqué una foto con mi teléfono celular y se la envié a tus familiares y seres queridos, a todos los que te conocen podríamos decir, a vos, querida Mónica, y a él, que también es casado.
Porque yo seré un pelotudo desde ya, un cornudo, lo que ustedes quieran. Pero nunca me sentí un gurú, un santo.

18.7.16

La pasamos bien juntos


Habíamos dejado de salir hacía más de dos meses. Me llamó, me pidió que pasara a verla. Tenía un regio departamentito por Núñez, Mariana, en una calle tranquila. Cómodo y moderno, le gustaba la decoración. Contrafrente abierto, daba a los jardines de una torre. Con cochera.
Era viernes, eran las ocho de la noche.
–Hola –dije. Me hizo pasar.
–Hola, Juan –Estaba en camisón, aunque no era, técnicamente, un camisón. Un remerón largo de algodón que se le pegaba al cuerpo y le marcaba el elástico de la bombacha. No tenía corpiño y no lo necesitaba. Unas deliciosas tetitas pequeñas y firmes.
–Hola, Mariana –dije, decidí sentarme en el sillón–. Me llamaste, no sé. Nosotros, bueno…
–¡Me dijiste que te podía llamar cuando quiera! –Estalló, Mariana. Estaba ojerosa, moqueaba– ¡Me dijiste que te podía llamar si necesitaba algo!
–Sí –dije, me senté–. Sí.
–¡Ya sé que no salimos más, ya lo sé! –se sonó los mocos, fue a la cocina– ¡Me dijiste que te podía llamar! –Vino de la cocina, volvió con un vaso de agua. Para ella.
–Ya te dije que sí. Acá estoy.
–Necesito que me ayudes, Juan –Se sacó el pelo, su fantástico y desordenado pelo, de la cara–. Para eso te llamé.
No dije nada, no había nada para decir. Suspiré. Hubiera pagado por un whisky, pero si me tomaba un whisky me iban a venir las ganas de coger. Y no debía cogerla, ya no.
–Me voy a matar, Juan.
–Bueno –dije. Ya no estaba para ciertas boludeces, adolescentes efervescencias en una mina grande–. Te felicito.
–No entendés –se paró, abrió un cajón, sacó un .38 corto, pesado, contundente. Por un momento pareció que me apuntaba pero no. Lo apoyó junto a ella, en el sillón donde estaba sentada–. Necesito que me ayudes.
–¿Qué? –no podía quitar la vista del arma, como si se tratara de un animalito que pudiera treparse y atacar en cualquier momento– ¿A qué?
–Sí, que me ayudes. A matarme.
–Eso –siguió–. Me quiero matar, no quiero vivir más. Y vos tenés la culpa, así que prefiero que estés presente. Y más aún, que me mates vos.
–Sabés que no voy a hacer eso.
–¡Vos me dijiste que me ibas a ayudar con lo que necesite! –levantó el arma, se apuntó, de abajo hacia arriba, apoyando el caño del revólver debajo del mentón. Después cambió de posición, le resultaba más cómodo para seguir hablando, apuntarse a la sien.
–No –dije. No sabía qué decir. Le colgaba un hilo de baba. Se notaba que estaba empastillada. Traté de pensar. ¿Cuál era el teléfono de emergencias? ¿911? ¿107? ¿314? ¿Llamar al portero del edificio, a un familiar? ¿Y qué le digo a la policía? ¿Qué me invitó a cenar y se terminó pegando un balazo? Infinitos quilombos como nubes tapando el cielo, todo mal.
–Sí, Juan –se compuso un poco, Mariana, pero seguía con la pistola en la sien–. Te quise mucho, la pasamos bien juntos, y me rompiste el corazón. Quiero que estés así, enfrente mío, mientras me pego un tiro. Quiero irme viendo tu cara, hace como una semana que no duermo. Estoy tan cansada, Juan. Pero ya está todo decidido, ya estás acá.
Pensé en decir no, pero era un no muy genérico, un no que representaba tantos nos, todo lo que no me había salido durante tantos años. Si trataba de saltar y quitarle el arma podía ser peor. Se llegaba a pegar un tiro conmigo ahí, forcejeando, quién me iba a creer que yo sólo quería ayudar.
Me puse cómodo. Era claro que la cosa iba en serio. Me hizo acordar cuando jugaba al ajedrez y de pronto, en medio de una partida, tenías la certeza que estabas perdiendo. Que no ibas a poder zafar. Le pasa a los boxeadores también, cuando sonríen.
Aflojé los brazos sin dejar de mirarla. Intenté respirar, tan solo eso y ni siquiera eso, dejar que la respiración ocurriera. No pensar.
–¿Qué vas a hacer? –dijo Mariana.
–¿Eh? –me acomodé en el sillón– ¿Cuándo?
–Ahora –se apretaba el caño del revólver contra la sien–. Después que me mate.
–Nada –dije–. No sé.
–¿Y si no me mato? –me miraba, desafiante–. Si no me mato qué ibas a hacer.
–Iba a salir –dije–. A cenar.
–¿Con una mina, no? –Se palmeó un muslo–. Seguro que con una mina.
–Sí, con una mina.
–¿Es más linda que yo? –Se puso de pie, Mariana, de perfil. Se puso una mano sobre la inexistente panza para que yo pudiera apreciar.
–No sé, Mariana. Me gusta.
–¿Y es más joven, no? –me miró, de frente, con las piernas algo separadas, como si me estuviera apuntando con la cresta de la vagina–. Seguro que es más joven.
–Sí –dije–. No mucho, unos años.
–¡Yo sabía! –dijo, volvió a sentarse– Yo sabía. ¿De dónde es, del laburo? Seguro que es del laburo, que tipo de mierda que sos, Juan.
Había bajado el arma porque le pesaba. Me apuntaba desde abajo, con el arma apenas torcida. El dedo en el gatillo, siempre.
–Sabés qué –dijo Mariana–. No me voy a matar un carajo, Juan. El lunes voy a ir a tu laburo así conozco a la tipa. Quiero ver si es más flaca que yo, si está más buena que yo. No creo que te hayan chupado la pija como yo, Juan –se rió, por un momento, recordando algo–. Quiero ver qué carita tiene esa pelotuda. Yo veo la cara de una mujer y me doy cuenta al toque si la sabe chupar o no. No creo que consigas gran cosa, Juan. Fui lo mejorcito que tuviste en la puta vida. Ahora te podés ir, andá tranquilo.