15.3.12

Hola, hola

Todo lo que te dije por twitter, todo lo que fui contando que me pasaba, cucharitas de mi vida, no era verdad. No me ocurría nada de eso, a mí.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.

10.3.12

Bajo este cielo

Buenos Aires, 27 de Diciembre. Calor. Mucho calor. Buenos Aires con calor es lo peor que te puede pasar, es peor que vivir con una tribu de pigmeos en Nueva Guinea o combatir en Saigón. Buenos Aires con calor es un catálogo de barbaridades, es todo eso y muchísimo más.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.

5.3.12

Ella vino a ver

Ella me vino a ver.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.

29.2.12

Modo lluvia

Cada vez que llovía, Alicia recordaba que había sido feliz con su novio de la adolescencia. Brian. Entre las cosas que hacían, entre la urgencia por desvestirse prácticamente en cualquier parte y el ir al cine sin importar la película y desayunar juntos en un bar de barrio y mirar por la ventana, Alicia recordaba que les encantaba caminar bajo la lluvia. De la mano, o abrazados, mientras la lluvia enjuagaba la ciudad y parecía lograr que brillara de nuevo, ellos pisaban un charco que soltaba música y se olían el mojado cabello y compartían un cigarrillo, sin apuro.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.

25.2.12

Maquinola

quisiera engominarme el pelo con tu flujo.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.

quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer

todo
ahora
esta noche.

porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.

*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.

20.2.12

Cae un rayo

Estamos metidos en el mar. Bah, no, no estamos metidos en el mar, pero estuvimos. Acabamos de salir, y estamos en la orilla, tratando de secarnos. Se puso feo el día. Llueve. Se supone que cuando llueve el mar no está tan frío, pero no sé si es verdad. No hay gran cosa para hacer, más que fumar con las patitas metidas en el mar. Tampoco hay demasiada gente, por suerte. En parte porque estamos en Marzo, en parte por la lluvia. La gente recoge sus cosas y busca reparo. La gente se va.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.

15.2.12

Mi mejor momento de la semana

Me paro en la puerta, en la puerta de la escuela primaria. Mi nena, Catalina, acaba de ingresar al colegio. Está en tercer grado, lleva siempre el cabello peinado con dos colitas, como si la escoltaran dos saltarinas ardillas. Catalina, mi hija, lo único bueno que hice en mi vida, mi sol.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.

Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.