18.4.14

Doppelgänger


Para cortar la ciudad en veinte minutos, tenés que tomar el subte. Es el infierno, es Saigón, es el horror de estar vivo, es todo lo malo que te puede pasar y mucho más. Pero es menos de media hora.
Salí del centro, tenía que ver a alguien, tomar un café con alguien, en un bar de Cabildo y Aguilar.
No, no importa el alguien, ni tampoco importa, mucho menos, el por  qué. Lo que te puedo decir es que tenía que tomar un café con esa persona, para hablar de algo.
Así que me metí en el subte D, en Diagonal y Florida. Hasta ahí todo bien, hasta ahí estamos. Debían ser las cuatro de la tarde como mucho, así que tampoco era el horario de salida del malón de pelotudos que, a falta de ingenio y/o atrevimiento, bueno, trabajan. Había gente, claro que había gente, desde hace algunos años hay gente en todas partes. Pero todavía no estaban demasiado apilados, eso es lo que quise decir.
Voy parado, por supuesto, agarrado para no caerme. Y suelo cerrar los ojos. Por el intervalo de tiempo que dura recorrer dos o tres estaciones. Aplico todos mis conocimientos de meditación, y pienso. Quiero decir, no pienso. Intento no pensar, aunque intentar tampoco sea el verbo adecuado. Ser, estar, sin pensamientos, apenas eso. Puede que me ilumine, que me convierta en un verdadero Buda y me dedique a recorrer el mundo hablando un poco y sonriendo. O puede que se me pase un poco más rápido el viaje. Me sirven las dos.
Acá viene el asunto, el tema.
Repito la operación, la operación de ignorar mi absoluto fastidio, y mantener mis ojos cerrados por un par de estaciones, y no pensar, pensar lo menos posible.
Y abrí los ojos. Para ver dónde estaba, para ver si estaba vivo, para chequear que no me estén cogiendo o afanando o las dos cosas al mismo tiempo.
Abrí los ojos, entonces, te decía.
Estoy en el subterráneo, eso ya lo dije. El subterráneo está detenido, porque ha llegado a una estación. La estación es Agüero. Alto, eso no es todo. También se ha detenido, del otro lado, otro subterráneo, el que va en dirección contraria, hacia Catedral. Los subterráneos van en ambas direcciones, y por leyes de la física, se cruzan en sus trayectos. A veces, en movimiento, o como en este caso por unos instantes, detenidos. El punto es que abro los ojos, y estoy yo. No, yo soy yo, yo sé que soy yo, pero estoy yo también, en el otro subte. Del otro lado.
Parpadeo. Me miro a mí mismo, y ya estoy por comprender que es un reflejo de los vidrios de las ventanillas, me estoy viendo reflejado, a mí mismo. Miro la imagen, como si de un espejo se tratara, la imagen también me mira.
Pero. Ya están por arrancar, uno de los subterráneos o los dos, con milimétricos segundos de diferencia. Se escuchan las bocinas del cerrado de puertas, alguien que habla por teléfono (siempre hay alguien que habla por teléfono, alguien que está muerto y habla por teléfono porque todavía no se dio cuenta, porque aún no lo sabe), esas cosas.
Pero, dije. Del otro lado. Alguien se mueve, alguien se ha levantado. Y mi imagen, sin dejar de observarme, descubre el lugar libre, retrocede un par de pasos, y se sienta.
Arrancan los subterráneos. No puede ser, no puede suceder, que mi imagen se siente, porque yo sé, estoy seguro, que permanezco de pie. Yo sigo parado.
Los subterráneos se mueven. Mi imagen, que se ha sentado, que continúa mirándome, levanta una mano y hace, con dos dedos, una V. Sonríe, apenas.
En Plaza Italia casi se pelean dos tipos, Uno dijo que lo habían empujado, el otro que habían intentado robarlo. El resto del viaje no tuvo mayores complicaciones.

12.4.14

Éramos jóvenes, era verano


Estoy en un bar, desayunando. Tuve que ir a dar sangre para el papá de un amigo. La verdad que no me divierte ni me interesa, dar sangre. Pero la gente que conocés se divide en dos grandes grupos: los que te van a pedir sangre, y los que te van a pedir plata. Así que si me piden sangre, bueno, doy.
Fui muy temprano, di sangre. Me quisieron pesar, antes de dar sangre, tomarme la presión, verme los hematocritos, evaluar mi estado de salud. Flaco, yo vengo y te doy sangre. Si no te gusta cómo está, la sangre, no sé, usala para hacerte buches, o como lustramuebles. Pero no me jodas.
Di sangre, finalmente. Medio litro. Y me fui a desayunar, a mirar por la ventana de un bar. A seguir con mi vida.
Estoy por Boedo, todavía no son las ocho de la mañana. El café con leche está bien caliente y espumoso, las medialunas brillan como pequeños soles. El mundo se ordena.
Entra un muchacho, al bar. Tiene el cabello todavía húmedo. Está muy abrigado, con esas camperas de jean que adentro tienen corderito. Usa una bufanda a cuadros, también, roja y verde. Hace frío.
–Hola –dice el muchacho, y permanece de pie, junto a mi mesa.
–Hola –digo. Espero que apoye sobre la mesa cualquier cosa que sea lo que vende para decirle que no, que no compro. Que se vaya.
–¿Me puedo sentar? –Dice el muchacho. Pareciera que está nervioso, titubea.
Lo miro. Hago silencio. En tantísimas cuestiones, el silencio es la mejor respuesta. Haberlo sabido antes.
–Le quiero decir algo –corre una silla, con lentitud, se sienta sin tocar, con la espalda, el respaldo de la silla–. Soy tu hijo.
–¿Eh? –suelto la taza de café con leche, suelto la birome, suelto un soplido, lo que equivale a decir que suelto el aire.
–Soy tu hijo, Juan –tiene los puños apretados sobre la mesa–. Mi mamá es Silvana, la conociste en Villa Gesell, trabajaba de moza. Ella no me quería decir tu nombre, pero yo insistí. Me contó cómo se conocieron. Vos trabajabas en un boliche, ese verano. Mamá, Silvana, estuvo casada con otro tipo, después. Pero se separó, vivimos en San Bernardo.
–No –dije–. No puede ser.
El chico debe tener quince años, quizás dieciséis. Y se parece, un poco, a mí. Es alto, los desordenados rulos, narigón. No sé, cómo era yo de jovencito. Silvana, Silvana, ¿una moza de Miró? ¿De Dogo’s? ¿Cogía yo en Villa Gesell? ¿Con quién cogía? Andaba drogado todo el tiempo, fue hace tanto.
–Sí, sos mi papá –prosigue, el muchacho–. No te asustes, no quiero nada. No vine a pedirte nada, no te voy a hacer ningún reclamo. Sólo quería conocerte, verte la cara.
–Mirá –digo–. Si sos mi hijo, jamás me enteré. Silvana no me buscó ni me dijo nada. Ni siquiera sé quién es Silvana, no consigo recordarla.
–Entiendo –dijo el pibe–. Pero ella sí se acuerda de vos. Me dio tus datos. Dice que hacías surf, y que tenías un fantástico sentido del humor. Dijo que la hacías reír, eras un capo.
–No sé –digo, tomo un sorbo de café con leche–. No me acuerdo.
–¿Qué hacés? –mira el cuaderno abierto sobre la mesa, garrapateado con mi letra de loco– ¿Puedo mirar?
–Sí, claro.
Lee, el pibe, durante cinco minutos. Lee lo que escribo, historias donde todo me sale mal, donde el mundo entero es una mierda, donde los perros son atropellados con metálica indiferencia, y llueve todo el tiempo, y la vida es como mirar a través de un televisor en blanco y negro con el volumen bajito. No hay esperanza, para taparnos de la desesperación, sólo tenemos la frazadita del fracaso.
–No entiendo –dice, levanta la cabeza, me mira–. Para vos todo está mal. Yo no soy como vos, si no algo de lo que escribís resonaría en mí. No podés ser mi papá.
–Y no –sonrío, es una estúpida sonrisa–. Quizás te equivocaste, o te dieron mal el apellido. Quizás tu mamá estuvo, bueno, con más gente. Quiero decir, no la juzgo, pero éramos jóvenes, era verano.
–Puede ser que tengas razón –suelta mi cuaderno, con algo de desprecio, algo bastante parecido al asco–. Chau.
–Chau, pibe. Que tengas suerte.
Se va, con la bufanda en la mano.
Siempre tuve la sensación que la literatura no había hecho nada por mí, tantos años escribiendo para nada, ni libros ni premios. Ha sido, la literatura, una fastidiada puta a la que me he cogido mal. Ningún resultado.
Hasta esta mañana, claro.

6.4.14

Shuruk Impele


Fueron todos a ver al brujo de la tribu. La preocupación se mezclaba con las rústicas pintadas en los atribulados rostros. Cortaba el aire el precario lenguaje construido a base de siseos, de guturalidades.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –corearon el nombre del reverenciado místico, el temido guía. 
Al rato apareció. Se escuchó una tos y un arrastrar de pies, salió de su cueva.
Descalzo, huesudo, unos pocos pelos, blancos, a los lados de la cabeza, como si fueran pequeñas alitas. Usaba un taparrabos de piel de antílope. Se apoyaba en su bastón, que no era otra cosa que una rama del cedro sagrado situado a escasos metros de su cueva. Tenía una leve renguera, y su mirada era acuosa, casi transparente, lo cual, sumado al particular movimiento que hacía con la cabeza hacia delante, como si fuera un perro y estuviera olisqueando el aire, daba la sensación que el hombre de algún modo te percibía pero no te veía, que quizás hacía mucho tiempo que se había ido quedando ciego.
–Qué –dijo. La multitud se postró, cayeron de rodillas, las frentes rozaron la tierra en señal de sumisión y reverencia.
–Oh, sabio maestro –dijo uno, apoyando las palmas de las manos una sobre otra contra su pecho, a la altura del corazón–. Llegan las tormentas. Venimos a preguntarte si debemos escapar de la orilla del río, si debemos marchar noche y día sin descanso en busca de cobijo. Pero entonces perderíamos los granos almacenados y nuestras chozas, estaríamos a merced de los leones y las víboras. No sabemos qué hacer, no tenemos consuelo.
–Debo consultar a los dioses –dijo Shuruk Impele, tocó con dos dedos el colmillo de cocodrilo que colgaba de su cuello–. Tráiganme un cochinillo asado de menos de seis meses, y una fuente de papas, batatas, cebollas, calabazas, morrones. Y unas tinajas de vino. ¡No pueden venir a pedir el favor de los dioses sin hacer una ofrenda! ¡Cómo se atreven!
Se fueron. Por la tarde, dos jóvenes guerreros dejaron lo solicitado, en la entrada de la cueva. Shuruk Impele les gritó, desde adentro, que volvieran dentro de tres lunas.
Volvieron, aterrados. Relámpagos cruzaban el cielo como incandescentes flechas. Habían oído, por las noches, el bramido de los animales indicando el peligro. Una araña peluda había picado en un brazo al pequeño hijo de Samamet, y la mujer estaba desolada. Habían envuelto el bracito del niño en hojas de plátano untadas con miel, pero la cosa no mejoraba. Era una señal, un designio.
–¡Shuruk! ¡Shuruk Impele! –Gritó uno de los guerreros de la primera fila– ¡Queremos saber qué hacer! ¡Se avecinan las tormentas! ¿Debemos marchar, o nos protegerán los dioses?
Salió, Shuruk, legañoso, mal dormido. Llevaba el rostro manchado con lo que parecía ser sangre, pero también podía ser una suerte de tuco. Tenía el vientre desproporcionadamente hinchado en relación al resto del cuerpo.
–Qué carajo pasa –dijo el brujo–. Estaba durmiendo.
–Oh, amado maestro, las tormentas. ¿Subirán los ríos? ¿Debemos irnos para salvar la vida de nuestras familias, dejando atrás todo lo que hemos construido?
–Mmm, ajá –regurgitó, Shuruk, lanzó una furibunda escupida que permaneció como un animal verdoso y primitivo, latiendo sobre la tierra–. Los dioses aún no han respondido. Tráiganme dos vírgenes, de menos de quince años. Con las tetitas pequeñas y los pezones puntiagudos. Báñenlas con aceite de sándalo y perfume de lavanda. Lávenles bien el cabello, usen hojas de menta, también un poco de ortiga. Y traigan grasa de joroba de cebú en un cuenco. Es importante.
Las dos pequeñas fueron llevadas, contra su voluntad, de más está decirlo, las dejaron atadas junto a la entrada de la cueva. Esa misma noche.
–Pueden volver, mañana después del mediodía –dijo Shuruk a los emisarios.
Pero al día siguiente llovió. Se desató una tormenta como nunca antes. Cayeron los árboles y crecieron los ríos. Se perdió la cosecha, se ahogaron varios niños. No quedó nada en pie. Durante cinco días y cinco noches la tierra fue arrasada. Vino la peste y la enfermedad, el hambre, el frío.
Cuando el diluvio cesó, los pocos que se habían salvado fueron a ver al brujo. Habían perdido todo, sus bienes, sus familias.
–Maestro, maestro –hablaba uno de los sobrevivientes, de rodillas. Tenía llagas en el cuerpo, sarna, botulismo–. La tormenta nos azotó, destrozó todo lo que poseíamos. ¿Por qué no nos advertiste? ¿Acaso no sabías?
–Bueno –dijo Shuruk Impele, se rascó un poco la panza con el revés de un pulgar. Después juntó los dedos de una mano y los acercó a su nariz, oliéndolos. Parecía recordar alguna cuestión, se reflejó en sus facciones concentración y deleite–. Si se fijan bien mi cueva está en la parte más alta del terreno. Estuve comiendo como un desaforado, me cogí un par de pendejas. Quiero decir, es algo que ha venido sucediendo desde tiempos remotos, y que sucederá siempre. Tampoco se pueden salvar todos.

30.3.14

Escapada


         Yendo para Pinamar, pinché una rueda. Me gusta ir a la costa, aunque sea tres o cinco días, fuera de temporada. Meter las patitas en el mar, tomar un café con leche y saber que no tenés absolutamente nada para hacer todo el resto del día.
         Invité a Valeria, dijo que sí. Cogíamos cada tanto, metíamos alguna cena, dormíamos un rato abrazados. Ella tenía una hija de ocho o nueve años que se llamaba Brisa.
         Arregló con su ex marido, y me dijo que sí, que podía. Yo tenía un amigo que me prestaba un regio departamento en el centro de Pinamar. Noviembre, casi nada de gente, una delicia.
         Pero pinché la rueda, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de Madariaga. Nadie, en la ruta, debían ser las doce de la noche.
         Abrí el baúl, nada. Una rueda desinflada, ni la llave cruz, ni el cricket. No sé ni para qué me fijé, no sé cambiar una rueda. Tampoco sé hacer asado. Me gusta leer y tomar whisky, mirar por la ventana de los bares, eso es lo que sé hacer, soy así.
         Valeria intentaba llamar a una grúa con el celular, pero se perdía la señal. Probaba todas las combinaciones de tres números con un asterisco adelante. Nada, cero.
         Ni luz, en la ruta. El ruido de los grillos, algo de viento. La nada misma.
         Al rato pasó una pick up. Le hicimos señas. Pararon, se bajaron, eran tres tipos.
         Casi violan a Valeria. Me tuve que pelear. Me dieron un culatazo en la cara. Me habrán roto, de un saque, tres muelas. Me sangraba un oído, un dolor difícil de describir. Un dolor difícil de ser imaginado.
         Se fueron, nos robaron la plata y las llaves del auto, los teléfonos, y se fueron. Uno me pinchó la otra rueda de adelante, con su cuchillo de monte. Antes de irse me tiraron un botellazo que dio contra el lateral del automóvil. Una botella de ginebra, salpicaron los vidrios. Se reían, escuchaban cumbia y se reían.
         Valeria, todavía con un ataque de nervios, se pishó encima. Tuvo algunas convulsiones, me dijo que era epiléptica, yo no sabía.
         El oído me latía como si me fuera a explotar, seguía escupiendo pedacitos de dientes. Encontré un blister de Ibupirac, en la mochila, y me tomé cuatro o cinco. Dolía.
         Se acercó un perro, de la nada, uno de esos perros mezcla de Collie con algo, mugriento, peludo. Lo quise acariciar, y me mordió la mano. Valeria le tuvo que tirar varios piedrazos, porque no se iba.
         Ahí estábamos, en el medio de la ruta, Valeria a punto de haber sido violada, yo con la boca hecha pedazos, sin poder mover el auto, sin teléfonos, sin dinero.
         Me acordé que la última vez que había ido al psicólogo fue para decirle que sentía que me había venido grande, que no me pasaba nada. Que la vida se había vuelto poco entretenida.

24.3.14

Una buena persona


         Era una pavadita, una cosa de nada que para mí servía, un truco.
         Cuando conocía a una chica, cuando salía con una chica por primera vez, la invitaba a cenar. A una cantina de barrio ubicada en Almagro, bien ambientada, chiquita, nada del otro mundo. Se comía bien.
         Y como yo solía ir, mucho, por lo general con amigos, bueno, podríamos decir que era habitué. Me conocían, en particular uno de los mozos. Algo gordo, el mozo, siempre transpirado y de buen humor, jovencito.
         Teníamos arreglado un acto. Cuando yo llevaba a una chica a comer, por primera vez, al entrar al local, le hacía una seña casi imperceptible, con la cabeza. O un guiño.
         Entonces él nos atendía, como si no me conociera. Hacíamos el pedido. Y cuando lo traía, bueno, ahí venía el asunto. Al servir el vino, él hacía un pequeño movimiento, como si alguien lo hubiera tocado de atrás haciéndolo trastabillar. Daba un golpecito, y salía un borbotón, un chorrito de vino, de la botella.
         La idea era que el pibe se ponía muy nervioso, debido a su involuntario error.
         –No pasa nada –decía yo, mientras el mozo no sabía cómo disculparse por haberme salpicado la camisa–. Dale nomás, quedate tranquilo.
         En eso consistía, básicamente, el truco. El mozo me salpicaba con el vino, se ponía mal, yo lo absolvía. Eso ocasionaba un fantástico efecto en mi ocasional acompañante. Veía que yo tenía sentimientos, que era una buena persona, que a pesar del inconveniente saludaba, dejaba propina. Por lo general, entonces, lograba que la chica se pusiera en un adecuado nivel de existencial predisposición. Para coger, claro.
         Fui con Carla, a la cantina. Martes, casi las nueve de la noche. Entré, dije que no tenía reserva, le hice, al mozo, el guiño. Carla era una piba que había conocido en una clase de yoga, flaca, poca teta, culito más que firme. Estudiaba arquitectura, creo, o ciencias de la comunicación.
         Elegimos los platos de la carta, pedí vino. Carla contemplaba la simpática decoración del lugar, la bandera de Italia, el cuadro del Padre Pío.
         El mozo trajo el vino y la entrada, berenjenas a la parmesana.
         –Están marchando las pastas –dijo.
         Sirvió el vino. Yo me preparaba con total naturalidad para hacer mi acto. Mostrar que no sólo me interesa coger. Que puedo ser magnánimo, altruista, comprensivo.
         Pero. Algo pasó. El mozo, que se llama Gastón, hizo el tropezón, el saltito. O quizás justo lo tocaron de atrás, una señora que iba al baño. Porque salió el borbotón, de vino. Pero manchó a Carla. En su remera, cayó la salpicadura.
         –Perdón –dijo Gastón, apoyando la botella sobre la mesa.
         –¡Pero qué pelotudo! –Carla se puso de pie, ofuscada– ¡Gordo forro, ni siquiera sabés servir un vino de mierda!
         –Bueno –dije yo. Gastón retrocedió un paso. Transpiraba.
         –Boludo –seguía, Carla– ¡Esta remera me la trajeron de Inglaterra, boludo! ¿No vas a hacer nada, Juan? –volvió a mirar a Gastón–. Te voy a hacer mierda, forro. Qué boludo que sos, se ve que tus papás son parientes, o te caíste de la cuna de cabeza, cuando eras muy chiquito.

18.3.14

La cosa más normal del mundo


Necesitaba trabajar, conseguí un trabajo. Bueno, en realidad, no necesitaba trabajar, lo que necesitaba era dinero. Pero si no te da la cabeza para afanar, y no tenés alguna habilidad no tradicional, entonces trabajar es lo que se estila. 
Me consiguió el trabajo mi amigo M. M. se estaba por recibir de abogado, en realidad se estaba por recibir de abogado hacía como quince años. Y mientras tanto, M. trabajaba en el Ministerio.
En los Ministerios está lleno de gente que no hace un pomo, a nadie le importa. Hay Gerentes de cualquier cosa, Subgerentes de algo, siempre hay cargos para repartir, prácticas rentadas, pasantías. Si aguantás seis meses sin hacer cagadas, quiero decir, sin que te vean corriendo en pelotas por los pasillos o cagando arriba de una computadora, entonces te efectivizan. Y ahí sí, ahí te podés dedicar a no hacer nada como más te guste. 
Estaba en mi segunda semana de trabajo, me habían destinado al área de Archivos. Estaba en un sótano, ordenando expedientes. Había carpetas de distintos colores, y etiquetas. Había unos gigantescos ficheros de metal que iban de pared a pared. Había que ordenar expedientes, o perderlos, pero perderlos y volverlos a encontrar si alguien, un Subgerente, los solicitaba. Para volverlos a perder, pero de una manera diferente.
Ahí estaba yo, durante seis horas, pensando en algo, en cualquier cosa, cerca de un escritorio con una computadora que me habían dejado y que era una carreta, una computadora que tardaba en abrir el ‘buscaminas’, cargando datos, ordenando expedientes, rotulando siglas, archivando. 
–Ahí llegó Betty –dijo un pibe que usaba la corbata muy floja y la camisa afuera del pantalón–. Por si querés comer algo. 
–¡Grande Betty! –dijo una mujer a la que le costaba moverse, tenía las piernas muy hinchadas. Pero se puso de pie, apretando un billete en una mano.
–A ver, vos, Claudio. Te toca ir a comprar Coca Cola.
Betty debía ser una mujer de unos cincuenta años, morocha, con el cabello recogido. Cargaba una heladera de telgopor, que apoyó sobre un escritorio. Se juntó un grupito de los que trabajábamos en aquel inmundo sótano. 
–Yo quiero deditos –dijo una chica que tenía una verruga peluda sobre el labio–. Dos porciones. ¡A mi hijo le encantaron!
–Para mí orejas, con mostaza –dijo un tipo de Logística.
–¿Sánguches de qué hiciste? –Preguntó Víctor.
–De muslo –dijo Betty–. Muslo de un gordo que murió ayer. Están tiernísimos.
Tardé en comprender. Pensé que era parte de lo que todavía no sabía, la jerga, códigos de la gente que trabajaba en el Ministerio. Algún chiste privado.
Nada de eso. De la heladera, y con guantes de cirujano puestos, Betty iba sacando, bueno, lo que le pedían. Partes de cuerpos, sí, de cuerpos humanos. Las orejas servidas en conos de papas fritas, troceadas, los dedos rebozados como milanesas, sin las uñas, sándwiches hechos de muslos de una persona muerta. Escalopes de culo con guarnición, servidos en unas simpáticas bandejitas plásticas. Alguien comentó que la semana pasada lo mejor había sido unas tetas rellenas con queso parmesano y provolone que eran una delicia. Otro le dijo que era un burro, que lo que les daba el gustito era el roquefort. Las tetas eran a los cuatro quesos, y tenían, también, mozzarella y roquefort. Discutieron un poco, se reían.
Tuve que apoyarme sobre un escritorio, se me movió un poco el piso, sentí un mareo. Me contó uno de los cadetes que Betty estaba casada con un tipo que trabajaba en la morgue. Todos los viernes traía, para vender, comida hecha con pedazos de cuerpos. Sí, claro, de humanos.
Me explicó el pibe que al principio te daba un poco de impresión. Pero después te dabas cuenta que era la cosa más normal del mundo. Betty era una maestra de la cocina, y la mercadería siempre era fresca, trabajaba sólo con muertos de la semana. Era rarísimo, los empleados estaban por lo general de buen humor. Cuando alguno se hacía un chequeo, todos habían mejorado de manera notoria su estado de salud. Además, era mucho más barato que bajar a comprar comida a la galería.

12.3.14

Todo es energía


Salimos de una fiesta. Estuve tomando whisky, había whisky importado (Johnnie verde), y tomé whisky, en cantidad. Tomé un poco de cocaína, también. La combinación perfecta, taco y punta. Qué le vamos a hacer, sí, hace mal.
Estoy cansado, pero no tengo ganas de dormir. Me pasé de vueltas, quiero sentarme en un banco y ver cómo amanece. Fumar un par de cigarrillos. Pensar qué quiero ser cuando sea grande, aunque ya sea grande. Esas cosas.
Salí de la fiesta, que ya debía haber terminado hacía un par de horas, y Tamara se vino conmigo. A veces cogemos, pero no íbamos a coger. Queríamos charlar, fumar un rato, irnos a dormir. 
Tomé un café con leche en Selquet, ahí en Pampa y Alcorta, debían ser las ocho de la mañana. Antes de ir a buscar el auto, caminé para el lado del parque.
–Bancame que fumo un pucho y después te alcanzo con el auto –dije. Vive en Vicente López, Tamara, estudia arquitectura, o comunicación social. 
–Sí, claro –me dijo–. En casa no hay nadie. Digo, te podés quedar.
Caminamos un poco. Nos sentamos en un banco, frente al lago. Hacía un poco de frío. Poca gente, los que corren en serio, los tristes, los fanáticos. Algún vagabundo dormido junto a un cartón de vino.                    Domingo, pintaba para llover. Quizás quedarme a dormir con Tamara, después almorzar algo rico, tomar un poco de vino. No mucho más que eso.
Estábamos sentados, fumando, viendo el lago. Tamara se subió el cierre de la campera hasta arriba, y se acurrucó contra mí.
–Todo es energía –dije de pronto, sin motivo–, todo está en la mente. Mirá.
Me puse de pie, agarré una ramita del pasto, que tenía la longitud de una batuta. Golpeé, dos veces, con la ramita, contra el respaldo del banco.
–Fijate –dije–. Mirá.
Empecé a tararear, casi para adentro, una melodía. Y mientras tanto movía los brazos, varita en mano, como si estuviera dirigiendo una imaginaria orquesta.
Estaba de pie, di un par de pasos, para quedar justo al borde del lago.
Parecía un chiste dedicado para Tamara, una zoncera. Pero no. Algo comenzó a suceder.
Los patos. Saliendo de cualquier parte, de todos los rincones del lago, venían hacia mí. Se formaron. Un triángulo con el vértice de un pato, a no más de tres metros de mis pies. Serían unos veinte patos, quizás más. Todos con la cabeza en alto, sin quitarme los ojos de encima.
–Taran tararán tan tan –murmuraba yo, los patos seguían mi batuta, doblaban, se dividían en dos grupos perfectos, derecha e izquierda. Hacían un semicírculo, se alejaban y volvían a formarse–. Tan tan, tararara rarán. 
Seguían los patos, sin distraerse. Alcé la batuta y los patos casi se paran en dos patas, inflando el pecho, estirando bien arriba las cabezas. Luego, apunté hacia abajo, de golpe, y todos los patos metieron la cabeza en el agua. Cerré haciéndolos aletear en lo que pareció un final con trombones. 
–Increíble –Tamara aplaudió, azorada–. Tenés algo, un don. No sé, sos genial.
Solté la ramita. Me senté, encendí un cigarrillo. 
Uno de los patos, el más gordo, de un blanco medio desteñido, con algunas manchas color marrón, avanzó hacia mí. Salió del agua. Se acercó unos pasos con ese andar tan particular, tan característico.
–Ahora conseguinos algo para comer –Habló, el pato, movió el pico, su voz era metálica y grave, me miraba de perfil–. O te pensás que estamos acá para hacerte quedar bien a vos. Danos comida, galletitas, o medio kilo de carne picada. O guita, loco. Si no de acá no se van.