5.3.10

Ouiea

Sortearon el viaje, en el laburo, entre los empleados que tuviéramos más de cinco años en la oficina. No va que sacan un papelito de una bolsa, habían puesto papelitos con las iniciales de cada uno, y Clarisa, porque la secretaria del subgerente regional se llama Clarisa y es la encargada de los cumpleaños, las cenas de fin de año, los sorteos, va y saca un papelito que dice ‘JH’.
Así que un par de los muchachos se ríen, me felicitan, me palmean. Clarisa se me acerca y me dice ‘por lo menos me tenés que traer un perfume’. Y yo me sonreí porque me la estoy cogiendo, a Clarisa, desde hace un tiempo, aunque es muy probable que Clarisa nos esté cogiendo a todos, que yo forme parte de un equipo más amplio. Es apenas bizca, renguea, debe pesar unos setenta kilos, más o menos. Pero tiene buena predisposición, Clarisa, y para mí la predisposición es una gran cosa. Coge con entusiasmo, Clarisa, tiene fervor, coge bien, yo tampoco soy Pierce Brosnan, no sé.
El viaje, el viaje que me gané, es a Estados Unidos. A la convención anual de los vendedores de pendorchos, da lo mismo, una convención que no le interesa a nadie. Pero son cuatro noches, en Washington, te mandan a un buen hotel, tenés viáticos. Dicen que Washington es una ciudad interesante, yo qué sé.
Me olvidé de decir que no sé inglés, pero a quién le importa. Para qué carajo necesita uno saber inglés, si ahora dicen que el mundo va a ser de los chinos, que hay que estudiar chino. Además, no tengo que hablar con nadie. Te dan una credencial y tenés acceso a la convención, boludeás un rato, vas al zoológico que me dijeron queda cerca del hotel, te comprás un par de remeras con animalitos estampados.
Lo que sí tengo sobre el lomo es mucha pornografía, veo pelis pornográficas desde siempre, desde la adolescencia, y entiendo casi todo lo que dicen. Una habilidad, supongo que es, un instinto, una herramienta que te debiera ayudar, quién sabe, a desenvolverte en algún momento de la vida, el conocimiento suele permanecer en lo profundo y tarde o temprano emerge, nos muestra su utilidad, siempre es así.
Entonces viajé a Washington, a esa convención, le dije a Clarisa que le iba a traer un perfume de Kenzo, de Miyake, de Hiroito, a mí qué carajo me importa, lo que yo necesito es seguir cogiendo. La función hace al órgano.
Ni bien me bajé en Washington, después de ocho o diez horas de vuelo, unos tipos de uniforme me pidieron revisar la valija.
–¡I’m coming, I’m coming! –Les dije. La traducción, estaba muy clarito, era: muchachos, llegué finalmente a este país de forros, no saben lo contento que estoy de pisar la tierra de deportes tan absurdos como el béisbol o el fútbol americano.
Me subí a un taxi, todos los taxistas son hindúes o paquistaníes, mucho desarrollo, mucho progreso, pero nadie quiere hacer una poronga, como en cualquier parte.
–¡Take it, baby, take it up the ass, so sweet! –Le dije al morocho. La traducción, límpida, era: doblá, doblá por acá, y llevame al hotel, cara de aceituna, que me quiero pegar un duchazo porque tengo las bolas sulfatadas.
Me dejó a tres cuadras del hotel, casi se lleva el bolso el muy turro. Se ve que es como en Buenos Aires, los tipos deben laburar jornadas de doce horas y quedan cargados con un odio importante.
Entré al hotel y fui derecho a la recepción.
–¡I’m gonna fuck you hard, cocksucker! –Le dije a una de las pibas del mostrador, con mi mejor sonrisa. La traducción, prácticamente cristalina, era: decime dónde puedo desayunar, aunque sea un café fuerte y un tostado, pero por poca plata.
La verdad es que todo el mundo en Estados Unidos anda con cara de culo, o quizás sólo sea en Washington. Te dan poca bola cuando les preguntás algo, cero onda. Fui a la convención, no pasaba nada, saqué un par de fotos en el zoológico, un panda desteñido, un tigre que apoliyaba. A los cuatro días me volví. Conseguí una promo de un perfume que venía con un jaboncito y una crema, Clarisa estaba fascinada.

28.2.10

Una visita al psiquiatra

Pedí un turno y fui al psiquiatra. El psiquiatra me lo había recomendado un amigo, mi amigo P. Mi amigo P. había estado muy mal. Mi amigo P. iba al zoológico y se masturbaba mirando a una jirafa, o se pasaba por las axilas y por las ingles el borde de los vasos con los cuales después ofrecía algo para tomar a las visitas, hacía cosas así.
Así que fui al psiquiatra, fui al psiquiatra y le dije.
–Doctor, estoy cansado, muy cansado. Y aburrido. Y triste, por sobre todas las cosas estoy triste. Antes me reía, y ahora no. Ahora estoy tomando café en un bar cualquiera y me pondría a llorar, tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no largarme a llorar como un chico. Y tengo angustia, se me cierra el estómago y pierdo el apetito, o siento que no voy a poder respirar. Y ansiedad, palpitaciones, me levanto a las tres de la mañana con el corazón corriendo como un hámster en pantuflas y pienso ‘bueno, ahora viene el infarto’, y dejo el teléfono celular cerca, sobre la mesita de luz, por si sobrevivo al ataque, aunque no sé muy bien a quién llamar. Pero el infarto no viene, así que me ducho o tomo una cerveza o me quedo viendo la televisión, cualquier pelotudez. Y pienso que la vida no tiene sentido, no se me ocurre nada, miro para atrás y siento que hice todo mal, que me equivoqué en todo, y miro para delante y no veo nada, veo que hay que seguir porque todo el mundo sigue, despacito, como si fuera una valija en una cinta transportadora, una valija que nadie desea cargar, y la cinta es un círculo, porque vuelve, porque trae la valija de vuelta, porque no hay en verdad adónde ir. No sé.
–Es habitual –dijo el doctor, encendió su pipa, aunque quizás no la encendió, quizás hizo los gestos, usar el encendedor y después dar una pequeña bocanada, de una pipa vacía tal vez. No percibí olor a tabaco, casi lo puedo asegurar–. Terminó la sesión.

25.2.10

Dogmas

Las religiones del occidente civilizado, sin ahondar demasiado, sin entrar en detalles que puedan herir alguna susceptibilidad, resaltan las virtudes del ahorro. No se debe gastar todo lo obtenido mediante el trabajo, mediante el esfuerzo, se debe guardar algo para el futuro, para después.
Desde otro lugar los hindúes, gente profundamente creyente no hace falta mencionarlo, consideran importante la práctica de, no sé si está bien dicho, sublimar la eyaculación, evitarla, para de esa forma, con esa energía, emprender el camino de la iluminación.
Lo que resulta diáfano para mí en esta preciosa mañana de invierno, es que si no tenés guita y no se te para la garcha, no te salva ni Dios.

20.2.10

Dos mujeres

Sucedió que me estaba viendo con dos mujeres. Al mismo tiempo. Raro. Yo nunca fui un galán, y estaba desde siempre, desde la adolescencia, acostumbrado a largos períodos de abstinencia. Para mí, estar entre tres y seis meses sin contacto físico, sin tocar una teta, sin olisquear un culo, era algo de lo más normal. Y después, cuando finalmente enganchaba algo, me transformaba en un famélico dromedario, me ponía a fornicar como un desesperado, como una ametralladora uzi, tratando de acumular alegría para todo lo que durara el próximo páramo. Lo cual, obvia decirlo, era mucho peor, ya que terminaba molestando a mi ocasional compañera que no podía entender mis apetitos. Hasta que la situación se hacía insoportable (podríamos decir que la relación sufría de paspaduras) y yo volvía a deambular con una vidriosa mirada y el labio inferior levemente entreabierto, jadeando cuando quedaba cerca de un puñado de femenino cabello en algún subterráneo. Mi vida sexual jamás fue algo para destacar.
Pero estaba, no sé cómo, no sé por qué, viendo a dos mujeres. Una vez por semana, a cada una, nada que pudiera exigir una logística demasiado sofisticada, nada que pudiera implicar un sesgo de aguda formalidad.
Una de las mujeres tenía alrededor de cuarenta años, quizás uno menos, quizás tres más. Y era, de seguro, la mujer más inteligente que yo haya conocido en mi vida. Con sentido del humor, con puntos de vista, con personalidad.
La otra mujer tenía menos de veinticinco años, probablemente veintidós. Verla desnuda hacía que uno tuviera que apoyarse, disimuladamente, contra el marco de la puerta, porque el instinto sugería ponerse de rodillas y agradecer por tanta belleza. Una sonrisa como un amanecer en la playa, tetas pequeñas, culito firme, toda ágil y dispuesta para lo que podríamos denominar ‘imaginación horizontal’.
Y ahí estaba yo, viendo a las dos, sufriendo de una manera muy particular.
Porque cuando estaba con la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’, yo no podía evitar añorar la frescura, el olor, la turgencia de nalgas y potencia capilar de la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’. Y cuando estaba con la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’, yo extrañaba profundamente aunque sea un atisbo de la inteligencia, un comentario, una forma de abrazar, un gesto, de la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’.
Así estaba, sin poder creer en mi suerte, sufriendo como un condenado. Sabiendo lo inconcebible que iba a ser para mí, llegado el caso, decidirme.
Hasta que hubo un error de cálculo, algo salió mal, como de costumbre. La mujer 1 y la mujer 2 se conocieron, en la puerta de mi casa. Comprendieron la situación casi de inmediato.
Se fueron a vivir juntas. Se quieren. Son felices, así lo manifiestan a familiares y amigos, sienten que son la una para la otra, jamás imaginaron que podía existir un amor tan genial.
Las dos piensan que soy un pelotudo, no pueden entender cómo fue que pudieron estar conmigo, todavía se ríen cuando recuerdan el mal momento que debían estar pasando para que les sucediera semejante incordio, tamaña contrariedad.

15.2.10

Novedades

Nada es tan malo, nunca es tan malo.
Estar vivo es mejor que todo lo malo. Mejor que tu labio leporino y la quemadura en el rostro del más puro morado y la gente que grita después del choque de trenes y los famélicos chiquitos con ojos de insecto que aprietan los dientes y extienden sus bracitos como fósforos esperando un vaso de leche tan blanca como la sonrisa de algún Dios.
Siempre habrá un perro que mueva la cola a pesar del más lacerante de tus fracasos. Siempre habrá un café con leche con tostadas, queso y mermelada, en algún bar de mala muerte, escondido entre los mitológicos pliegues de algún barrio. Siempre habrá una lluvia que te lave tantos pero tantos sueños rotos. Una carcajada sin motivo, un atardecer en la playa. El sonido del mar.
Te lo digo yo, que ya casi no soy nada, apenas todo lo que no me salió, lo que no fui. Soy el dos por ciento de mí, que camina por una calle cualquiera, silbando una vieja tonada. Soy los harapos de lo que quise ser, estas palabras que se vuelven a tropezar, este whisky transpirado.
Nada es tan malo, nunca es tan malo.

10.2.10

Siete frascos

Eran siete frascos, los conté. Estaban sobre la mesa, uno al lado del otro. Frascos de un plástico algo ordinario tal vez, cada uno de un color diferente. El consultorio era uno de tantos, el número 3, pequeños compartimentos apenas separados por paredes de algo que no era cartón, pero tampoco era pared. Cada consultorio con su correspondiente número sobre la precaria puerta.
Te llamaban por el apellido, y decían a qué número de consultorio debías ingresar. Dijeron ‘Hundred, consultorio 3’.
Frente a mí, un muchacho jovencito, vestido con uno de esos uniformes de médico color celeste muy clarito, con una canchera hilera de botones no en el pecho, sino a un costado del cuello. Pero no tenía estetoscopio, no, porque no era médico en el sentido exacto. Estábamos en un centro de salud capilar, que también es salud, pero otra cosa. Tenía una lupa en la mano, el muchacho, y cada tanto la cambiaba de mano, o la hacía repicar sobre la metálica superficie del pequeño escritorio.
El muchacho tenía un pelo muy tupido, cortado bien corto, y usaba mucho gel. El rasgo determinante en él era, no por casualidad, su magnífico cabello. El cabello del joven apuntaba hacia lo alto, enhiesto, grueso, como diciendo ‘esto es posible, esta puede ser también tu realidad’.
–Tiene que lavarse la cabeza por etapas, usando estos productos –dijo el joven y suspiró, aburrido de tener que repetir la misma cantinela una y otra vez–. Lavarse la cabeza todos los días con estos productos, como complemento de la terapia de masajes.
Hice silencio y puse una circunspecta expresión. El tema exigía el máximo de mi atención, estaban en juego muchas cosas.
–El verde es un exfoliante natural del cuero cabelludo, elimina residuos de las sucesivas capas de sedimentación termogenética generadas por reacciones nerviosas, mala alimentación, tabaquismo. ¿Usted fuma?
–Sí –dije.
–El amarillo es para el tratamiento de la caspa y la seborrea, los dos grandes enemigos del bulbo capilar.
–Del bulbo, del bulbo –recité, para mostrar mi estado de concentración.
–Sí, porque el pelo es como pasto. Uso este ejemplo para que usted comprenda. El bulbo vendría a ser la raíz. Hay que cuidar la raíz. Es muy importante la raíz.
–Sí, la raíz –dije.
–El naranja es para el fortalecimiento del tallo, evitar el aspecto quebradizo que es la etapa previa a la caída. El rojo es el que estimula energéticamente y electromagnéticamente al pelo, posee henna egipcia y extractos de ginseng de las montañas del Tíbet, estimula la circulación y regula la serotonina capilar. El azul es para otorgarle suavidad y brillo, genera una fina capa protectora para que el cabello no sea agredido por factores contaminantes, smog, ondas gamma de alto impacto, ruido, lo que sucede en una ciudad hoy en día. El violeta es el que permite agrupar todas las propiedades, balancea el ph y encuentra sincronía entre el metabolismo del cabello y el metabolismo basal del cuerpo, para que el cabello esté armonizado con el resto del organismo. Es un poco difícil, al principio, pero vale la pena. Por si olvida la secuencia, los frascos tienen un pequeño número que le recuerda el orden en que deben ser utilizados. El mismo no debe ser alterado, eso es crucial para el tratamiento.
–Perdón –dije–, si no conté mal, usted me detalló seis productos, y sobre la mesa hay siete frascos. Faltó el frasco negro. ¿Para qué es el frasco negro?
Se entreabrió la puerta, justo en ese instante, y se asomó un sujeto. Algo mayor, con el mismo uniforme que el muchacho, sólo que llevaba abierta la casaca. El hombre era bastante calvo, ojeroso, tenía gafas de lectura colgadas del cuello, y todo el aspecto de estar recién levantado. Probablemente había pasado la noche bebiendo, se había quedado dormido en el consultorio de al lado. Emanaba un agrio sudor.
–El frasco negro es para cuando te canses de todo lo demás, flaco –sonrió–. Es para que te laves la cabeza rapidito y te busques algo para hacer. ¿No vieron por acá un diario? Necesito un diario.

5.2.10

Una pena

Hace algunos años conocí, a todo el mundo le pasa, a la mujer de mi vida. Era linda, pero no demasiado. Era linda sin arreglarse, a la mañana. Era flaca, sin esfuerzo, y tenía buen pelo. Tetas pequeñas, cualidades perdurables. Había sufrido de chica, eso siempre es bueno. Sin llegar al extremo, no la había violado un primo ni un rottweiler le había arrancado medio brazo, nada que dejara un eterno resentimiento. Pero tenía una cicatriz en una mejilla, algo que le había preocupado, y había tenido que trabajar. Eso es muy importante, porque entonces la mujer puede disfrutar un abrazo, una cena, la mujer deja de creer que el mundo le debe algo por el anecdótico y peculiar hecho de existir.
Leía, sin caer en la crónica estupidez de las estudiantes de ciencias sociales, empeñadas en descifrar un lacaniano mecanismo en la forma que te rascás el culo. Sabía cocinar, milanesas con puré. Cogía bien, con entusiasmo, genuino interés, sin la impostación que puede dar el abuso de la pornografía, ni el atonal fastidio de la excesiva práctica desde muy pequeña.
Me gustaba verla salir de la ducha o abrir la heladera en bombacha, y podíamos caminar por la playa, en invierno, sin hablar, o le acariciaba el cabello, a veces, mientras ella dormía.
Pero. Un día quedamos en encontrarnos, en un bar. Un bar cualquiera. Debo haber llegado cinco minutos tarde, no más de siete. Ella ya estaba, en el bar. Era de mañana, temprano, un bar de barrio, poca gente, alguien que lee un diario, las noticias del mes pasado, alguien que fuma escondido en un rincón, nada más.
Ella se había sentado en una mesa, una mesa prácticamente en el centro del salón, pudiendo perfectamente sentarse contra cualquier lateral. Se había sentado de espaldas a la puerta, en lugar de sentarse de frente al vidrio, a la avenida, al ventanal.
Y yo supe entonces que había en ella algo perturbador y triste, no era la mujer de mi vida, algo estaba mal.

31.1.10

Sin querer

Cada vez que subo a un taxi y el taxista, de alguna u otra forma, desea hablar conmigo, le digo que no, que por favor no lo haga, que no me hable.
Son hombres de trabajo, por lo general buena gente, con alguna anécdota para contar, alguna opinión acerca de cómo cambiar el mundo, una carcajada franca a veces, nada pretencioso, misceláneas, cultura general.
Y si el taxista hablara conmigo, como cualquier otra persona que intenta hablar conmigo, bueno, es tanta la diferencia lumínica, lo que doy incluso en la conversación más nimia, que el pobre tipo se daría cuenta de inmediato que me debe una fortuna. Y a mí me da un poco de pudor, no lo quiero incomodar.

27.1.10

Afterlandia

Otra vez. Me revienta tener que categorizar sobre un tema tan lábil, pero siempre hay alguien que pregunta, así que ahí voy, otra vez, no me chilles. Después de los treinta años, quedan dos y sólo dos categorías de personas. Los embarcados, y los que no.
Los embarcados, me explayo pero no mucho, para no agobiar, para no herir, los embarcados son aquellos que están, precisamente, embarcados, en alguno de los grandes rubros del horóscopo. Matrimonio, trabajo, hijos. En tal sentido, lo único que se observa, lo único que les queda es un tremendo y descomunal fastidio. Se está embarcado en algo que va a durar otros veinte años, o treinta, cada día más o menos igual al anterior, mejor no pensar. Queda entonces la llamita del piloto del calefón de la vida apenas encendido, para rumiar alguna queja, las cosas nunca son como vos creías.
Queda el otro grupo, los menos, lo no embarcados. Los que no se han casado ni han hecho carrera, no hay hijos ni veraneos que planificar. Esos sujetos han logrado gambetear las boludeces más o menos tradicionales que conforman una vida. Pero, siempre hay un pero, un día, puede ser domingo, puede llover, sienten que no han hecho absolutamente nada (no cuentan, corazón, las clases de gimnasia, los cursos de teatro, de fotografía), ninguna ex mujer va a llamarlos para entre insultos e imprecaciones reclamarles la cuota alimenticia, no habrá que ir al acto de fin de año del colegio de los chicos para ver que otra madre está realmente buena, o que otro marido tiene un auto digno, ni se está por acceder al cargo de subgerente regional en La Pindorchita S.A. Y es entonces que viene una desesperación, un terror flamante y desconocido, la nada en camisón.
En ambos casos, al poco tiempo, comienzan las enfermedades, la fatiga de materiales, la decadencia y caída. Que la cosa se pone peor, esto recién empieza.

23.1.10

El tiempo que vivimos juntos

Es verano, hace calor. El calor es, podríamos decirlo de esta forma, una particular cualidad del verano. Y Buenos Aires con más de treinta grados deja de tener sentido. Brota un odio todavía más alto y más fuerte, el fracaso saliendo por cada fastidiado poro, en fin.
Estoy durmiendo, pero es difícil dormir. Tengo un simpático ventilador que se encarga de mover el aire, sólo que no hay aire para mover. No tengo aire acondicionado, ni horno a microondas, no me divierte ver a Tinelli, no entiendo el sushi, soy así.
Me despierto, algo extraño, una sensación. Abro los ojos, enciendo una luz.
Hay una cucaracha en la cama. Es bastante grande, de un marrón muy oscuro, vibrátiles antenas, cara de cucaracha, cantidad de patitas con ese doblez tan desagradable y característico. Despertarse y ver una cucaracha en la cama es desde ya una repugnante experiencia. Dan ganas de saltar y esconderse en el baño por una semana, aplastar la cucaracha con un zapato, rociar la cama con insecticida, primero, con lavandina, después, irse a vivir a otro piso, a otro barrio, a otro país.
Pero luego, casi de inmediato, me viene a la mente el tiempo que vivimos juntos. Y la cucaracha está quieta, sin excesiva maldad más allá de su intrínseca naturaleza, sin fastidio ni reproches, sin ese desesperado anhelo de hacer daño a la otra persona, de aniquilar, de lastimar porque sí.
–Nada, no pasa nada, debía estar soñando algo feo –digo, y apago la luz.

19.1.10

Probabilidad y estadística

–Café con leche, tostadas, queso y mermelada, por favor.
Espero, espero un rato. Es un bar de mi barrio. Casi no hay clientes. La moza que me atiende tiene dos rectángulos negros de tres centímetros de largo por un centímetro de ancho, debajo de los ojos. Como si alguien le hubiera pintado las ojeras con betún, como he visto que hacen algunos jugadores de fútbol americano, aunque nunca comprendí por qué. No creo que la moza juegue al fútbol americano, el fútbol americano es un deporte que jamás he entendido, también debo decir.
Pasados cinco minutos, o siete, pero no diez, llega mi pedido. El café con leche está frío, la taza tiene dos profundas rajaduras, que van del borde a la base y que resultarán difíciles de esquivar cuando apoye, de manera tan ínfima como sea posible, los labios, justamente en la taza, maniobra por lo general necesaria para tomar el café con leche, las tostadas han sido quemadas con énfasis y muestran el color y la textura del carbón, el queso untable tiene una amarillenta capa de una gelatinosa textura en la superficie, la mermelada es prácticamente un líquido que va del rojo al naranja sin saber dónde detenerse, una mermelada que parece dudar, entre otras cosas, sobre su sabor, su fruto de pertenencia.
Llamo a la moza, sin emitir sonido, con un dedo. Un dedo índice en alto, apuntando a algún cielo.
–¿Qué le debo?
–Son catorce pesos –me dice.
–Tome –saco un billete de cien–. Traiga todo de nuevo –reviso de una ojeada el interior de mi billetera–. Me quedan setecientos treinta y dos pesos y toda la mañana. Alguna va a salir bien.

15.1.10

Sin motivo

Si le preguntaran a alguien, a cualquiera, por qué hace lo que hace, por qué está donde está, bueno, en el 93% de los casos, con un error de aproximación del 1%, la persona, el sujeto en cuestión, tendría dificultades para responder con un mínimo de lucidez.
A modo de ejemplo, en lo que podría denominarse ‘ejemplo 1’, muestran por televisión la largada de una maratón, el instante previo. Más de diez mil personas dispuestas a salir como si les hubieran metido un matafuego en el culo, para correr, con el matafuego en el culo, más de veinte kilómetros, energía pura. Se escuchan miles de suelas de goma dando saltitos en el lugar como una cantata de hámsters, las respiraciones agitadas, miradas de animales con un desesperado anhelo de escapar.
Entonces un periodista jovencito se acerca, en la primera fila, a una mujer de unos treinta años, motivada, eléctrica, todo sonrisa. Y le pregunta ‘¿y usted, por qué corre?’
–¡Ehhh… O sea, yo…! –la mujer salta en el lugar, levanta los brazos al cielo y los deja allí–. Yo… ¡Adrenalina! ¿Entendés?
El ejemplo es más triste que absurdo, lo mismo sucedería si uno entrara a una oficina y le dijera a un empleado con más de veinte años en la empresa: ‘¿y usted, por qué trabaja?’ El único cambio significativo, sustancial, de la respuesta, más allá del balbuceo y el estupor, sería el reemplazo de la palabra ‘adrenalina’, por la palabra ‘familia’, o ‘guita’, y no mucho más. Podríamos preguntarle a alguien que está casado, por qué está casado, no hace falta aburrir.
Vamos a tener que dejar de subestimar el poder de la inercia. Vamos a tener que entender que flotar te puede llevar mucho más lejos que nadar.

11.1.10

No me desanimo

El portero del edificio que estaba a cinco cuadras de mi casa, una vez salió en la tele. Lo reconocí, esa vez, al instante, porque siempre me bajaba del subte y caminaba las mismas cinco cuadras. Cuando vi la cara del hombre en la televisión, se me vino a la mente de inmediato.
El hombre, el portero, salió en la televisión aquella vez, porque fue un héroe. El edificio donde trabajaba se quemó, en la madrugada, un incendio de los bravos. El hombre se despertó y antes que llegaran los bomberos, rompió puertas, saltó de balcón en balcón, bajó un par de gordas a upa, en andas, a caballito, por las escaleras. Eran gordas que se hallaban sofocadas, inconscientes. El portero, incansable, dijeron por televisión, logró asistir a siete vecinos (no sé si un perro cuenta como vecino, en tal caso fueron ocho) antes de quedar exhausto por el humo y caer desmayado.
Arriesgó su vida desinteresadamente, dijo el locutor del noticiero en aquella oportunidad, y los vecinos, reunidos en la calle frente a la puerta del edificio, aplaudieron al portero que permanecía silencioso y emocionado en indefinibles proporciones.
Han pasado varios años, más de tres, menos de cinco, y vuelvo al barrio. Debo reunirme con una persona, en un bar. Paso por delante del edificio, del edificio que se quemó aquella vez.
El portero está en la puerta del edificio, apoyado con ambas palmas sobre el mango del escobillón, el mentón sobre el dorso de las manos. Está algo más gordo y luce desarreglado, con el aspecto de quien suele comenzar a beber antes del mediodía. Insulta a un joven paseador de perros que viene a devolver el animal de un vecino, se burla de una vieja a la que le cuesta caminar. Lanza una furibunda escupida contra un automóvil estacionado.
Lo que quisiera mencionar es que a pesar de las infectas y absurdas basuras que somos, todos podemos tener un heroico momento. Alguna vez.

7.1.10

Porque lo soñé anoche

Estoy en el aeropuerto, esperando. Esperando para subir a un avión, un avión que sale en cuarenta minutos.
La dificultad, lo que me incomoda, es que sé que el avión se va a caer. Alguien podría preguntarme, es perfectamente lógico y natural, cómo lo sé. Simplemente lo sé, nada, eso, lo soñé anoche. Vi el número del vuelo pintado en el fuselaje del avión, vi las caras de los demás pasajeros, presos del último estupor, cuando resultaba ya evidente que el avión se caía.
¿Por qué se caía? ¿Por qué se va a caer el avión? Ah, no importa, algún desperfecto mecánico, le han puesto alas de durlock, metieron una pata de pollo en el caño de escape, esto es Argentina.
El punto está en que sé que el avión se va a caer, pero no puedo avisarle a nadie. ¿Qué hago? ¿Me acerco al mostrador y pido que suspendan el vuelo, porque soñé que el avión se caía? No va, no camina. Van a llamar a la policía, si es que insisto, y me voy a pasar la tarde contestando preguntas que no tienen respuesta.
También puedo quedarme sentado, acá, en el bar del aeropuerto, no subir al avión, pedirme una hamburguesa con tomate y una cerveza, esperar. Y salvarme. No estar en el avión, en el avión que se cae.
Pero con la suerte que tengo, como vengo últimamente, puede que el avión no se caiga, y entonces, mientras espero el próximo vuelo, me voy a sentir un monumental repelotudo. No pego una.

3.1.10

Te estoy hablando a vos

Sé nadar. Desde siempre, desde chico. Así que aprovecho, ya de grande, cuando puedo, para nadar. Si estoy de vacaciones, si estoy en algún lugar de veraneo, si estoy cerca del mar, me gusta nadar, en el mar.
Así que estoy en el mar, nadando, bien adentro. Deben ser las siete de la tarde, o siete y media. Uno siente que está en medio de una fuerza superior, siente que la naturaleza te abraza y te contiene y te da una cariñosa palmada mientras te muestra, apenas, de lo que es capaz. Encargué unos ñoquis con pesto en una rotisería, y tengo un buen vino. Voy a nadar veinte minutos más, mientras el sol comienza a retirarse. Después me voy a ir a cenar.
De pronto, como un ataque cardíaco o un accidente automovilístico, todo se pone mal. A mi lado, a no más de un metro de distancia, una aleta.
Ahora sí que estoy en problemas, Es por eso que hay que meterse a nadar en el mar de a varios, nunca solo. El ruido espanta a los tiburones.
El mensaje es unívoco. Estoy nadando, a unos doscientos metros de la costa, y hay un tiburón a un metro de distancia. Y son las siete y treinta de la tarde, más o menos, y tengo encargado unos ñoquis en la rotisería, y tengo también una botella de un vino buenísimo que no sé si llegaré a tomar.
Estoy paralizado del más puro espanto. Pero es una parálisis con inercia, sigo braceando, y mientras braceo aprieto bien fuerte los ojos, y se me escapa un sollozo que me devuelve una bocanada de sal.
Casi puedo sentirlo, pero todavía no lo siento. Supongo que será un chasquido seguido de un tremendo dolor. El tiburón me arrancará una pierna de un mordisco, quizás con eso sea suficiente. Quizás pueda llegar nadando hasta la costa, o quizás alguien me haya visto, y me rescaten con un bote inflable antes que la hemorragia me haga perder el conocimiento. Quiero comer los ñoquis, quiero tomar un vaso de vino y abrazar a Laura, lo que equivale a decir que quiero vivir.
Sigo nadando y llorando, nadando y llorando. Quizás ya me falta una pierna, quizás ya fui mordido y el frío del agua me impide sentir.
–¡Eh! No llores, che.
Debo estar inconsciente, debo estar en la cama de un hospital. Me resisto a abrir los ojos, a escuchar las malas noticias.
Pero sigo nadando, el sol en la frente, el vaivén del mar.
Abro los ojos.
–Hey, sí, a vos. Te estoy hablando –giro la cabeza. El tiburón asoma el hocico y me mira de costado–. Sí, quedate tranquilo, que no pasa nada.
–Pero, pero.
–¡No parés! Seguí nadando, no parés, que ya nos vieron –sigo nadando, más despacio–. Quedate tranqui, lo que pasa es que estoy aburrido. Se fueron todos, y me perdí. El agua está refría, no pasa nada. Miramar es una mierda.
–No sé qué decirte.
–Te vi solo y me acerqué, pero ya sé que es un quilombo. La culpa es de Spielberg. El tipo filmó la peli, la primera eh, y ahí cagamos. No nos quiere nadie. La gente puede vivir en un dos ambientes de cuarenta metros con un Rottweiler, pero ven una aleta y te cagan a tiros. No me parece justo.
–No sé qué decirte.
–Sos medio boboncho, vos. O quizás no, te entiendo. Es el julepe.
–Y sí. Disculpame. Estoy acá, indefenso, esperando que me arranques una pierna, y vos te ponés a hablar de cine.
Se ríe, muestra todos los dientes, se acerca un poco y me choca, de perfil, vamos flanco contra flanco, está jugando.
Lo palmeo, le acaricio la aleta. Tiene la piel rugosa y fría.
Se da vuelta, se pone como un perro, panza arriba. Le hago cosquillas.
–Tenés un aliento horrible. ¿Qué comiste? –Le digo y se atraganta de una carcajada.
–¡Uh! –vuelve a girar–. Ahí te vienen a salvar. Escuchame, me voy a ir porque si no es un quilombo. Cualquier cosa decí que era una tonina, o que te tiré un mordisco y zafaste de casualidad. No sé, mentí.
–Bueno –le digo. Le paso una mano por el hocico–. Te juro que es lo más raro que me pasó en la vida.
–Chau, forro, andá. La próxima te morfo un brazo –se ríe, una carcajada aguda y contagiosa. Desaparece bajo el agua.
Me quedo flotando. Levanto los brazos, agito las manos por encima de la cabeza.
–¡Ayuda! ¡Eh, acá!

31.12.09

Problemas de conducta

Me llamaron del colegio. Me dijeron, entre otras cosas, que teníamos que hablar de mi nena, de Josefina. Me dijeron que tenía problemas de adaptación, problemas de conducta. Me dijeron que ya habían hablado con la madre, pero que era importante hablar con el padre, también. Me dijeron que era fundamental, que era preciso dejar las cosas en claro lo antes posible, para poder atacar el problema. Me dijeron que por este camino la situación de Josefina se iba a agravar, Josefina iba a repetir.
Me citaron para el jueves, a las seis.
Es jueves, son las seis.
Me presento en el colegio. La maestra de Josefina, la maestra que me llamó, se llama Nora, Nora Pastor. Pido por la maestra, pido por Nora Pastor.
Me mandan a Dirección. En Dirección me indican que vaya al primer piso, al Gabinete Psicopedagógico. Ha terminado el turno tarde y el colegio, después de haber vibrado al compás de cientos de chicos de menos de once años, se apaga, se envuelve en un reconfortante silencio, descansa, las paredes, las escaleras, los pisos, toman aire, juntan fuerzas para el próximo día.
–Hola –me dice Nora–. Tome asiento –lo que sobresale de Nora, lo que destaca, son sus lentes bifocales, y un crucifijo sobre el guardapolvos, de plata, el crucifijo, tamaño mediano, que reposa, hace la plancha sobre el volumen de lo que quizás nunca fueron tetas, lo que desde siempre deben haber sido glándulas mamarias. Nos sentamos enfrentados en dos pupitres escolares. El mío está recubierto de fórmica, un plástico naranja lleno de inscripciones, dibujos y tachaduras hechas en su mayoría con birome negra. Hay un corazón atravesado por una gigantesca flecha. El corazón dice ‘Moni’. El pupitre de Nora está recubierto de la misma superficie plástica, pero de color amarillo, muy clarito, la superficie ha sido muy trabajada con objetos cortantes, hay tachaduras, raspones. Hay otra persona, junto a la cual se ha sentado Nora. Es una mujer más grande, en volumen y en edad, quizás ha pasado la peligrosa barrera de los cincuenta años, y la más peligrosa aún barrera de los ochenta kilos. Lleva dos o tres botones del guardapolvos desprendidos, se ve una blusa de color perla, o quizás marfil. La blusa y el color, algo en su combinación, provoca angustia, aflicción, cierto deseo de sollozar. Su pupitre es verde.
–Ella es la Licenciada Roberta Durrieu –le doy la mano, su mano está fría, y pegajosa también, como si hubiera estado acariciando un besugo–. La Licenciada Durrieu es mi superiora.
–Entiendo –digo, porque entiendo, porque es fácil de entender.
–Bueno, señor, como usted sabe, lo citamos por determinadas actitudes que ha tenido Josefina. Josefina está presentando severos problemas de conducta y de integración, que nosotros queremos informarle –hace una pausa, traga saliva, yo aprovecho para asentir–. Josefina el otro día..
–El martes –acota la Licenciada Durrieu, sin levantar la vista del manojo de papeles que tiene entre sus manos.
–Josefina, el martes –asiente Nora, asiente demasiadas veces, asiente como esos perritos de juguete que a veces tienen los taxis–, le pegó un chicle a una compañerita en el pelo. Se imagina el perjuicio, porque el chicle, una vez pegado en el pelo, no puede ser despegado con facilidad. Entonces hubo que cortarle un mechón de pelo, a la compañerita, con todo el trauma que eso implica, con el profundo impacto psicológico que eso trae aparejado en esta edad donde el pelo, desde lo simbólico, resulta tan representativo en lo que hace a la identificación del propio yo.
–¡Tuvimos que cortarle un mechón de pelo! –La Licenciada Roberta Durrieu da una palmada sobre la mesa, profundamente indignada.
–Miren, yo no –saco un cigarrillo y me lo llevo a los labios. Busco un encendedor.
–¡No! –la Licenciada Durrieu se pone de pie y retrocede unos pasos, como si hubiera visto una garompa, una garompa del tamaño de la trompa de Tantor, aquel simpático elefantito que le daba bola a Tarzán porque no tenía nada mejor para hacer.
–No se puede fumar aquí, señor–La maestra, Nora, Nora Pastor, que antes asentía con la cabeza, ahora niega, ahora sigue negando–. Esto es un colegio.
Dejo el cigarrillo entonces, apoyado sobre la mesa, junto al corazón atravesado por una flecha, el corazón que dice ‘Moni’. También, al lado, dice ‘UIPI’, así, todo con mayúsuculas. La maestra Nora Pastor huele a algo, algo que me es difícil reconocer pero que de pronto me viene a la mente. La maestra Nora Pastor huele a pilas sulfatadas.
–Como les decía, yo no –la Licenciada Durrieu ha vuelto a acercarse, un poco, pasos cortos y temblorosos, pero no se sienta, permanece de pie, algo parapetada por el respaldo de su pupitre, como si yo fuera un animal salvaje y peligroso.
–¡No niegue! –grita– ¡Negar no arregla nada, señor! Debió usted pensar la responsabilidad que implica traer un niño al mundo. Pero debió pensarlo antes, antes de, bueno, antes de gestarlo, usted me entiende –mueve las manos, pero sus manos, que se enlazan por un instante en el aire, no encuentran el gesto adecuado que permita representar la gestación. La gestación, incluso desde lo gestual, la incomoda, la compromete–. Asuma su responsabilidad, señor. Usted es padre. ¡Usted es el padre! Y este asunto del chicle es grave, muy grave. Debemos preparar un plan de contención, medidas que permitan reintegrar a Josefina, que la nena recupere el espíritu gregario que le facilite su reinserción social, asistiéndola primero, y eliminando luego sus patologías tan escalofriantes. Su hija le pegó un chicle en el pelo a una compañerita, señor. Quiero que entienda la gravedad del tema.
–Eso es lo que trato de decirles –me rasco la cabeza, con un índice, miro por la ventana–, yo no tengo ninguna hija.
–¿Qué? –Nora Pastor ahora, no asiente ni niega, se aprieta los lentes contra el puente de su nariz como si el conjunto, los lentes y la nariz, estuvieran a punto de desprenderse de su rostro.
–Que no tengo hijos, soy soltero, además.
–Pero –Nora Pastor mira a la Licenciada Roberta Durrieu, la Licenciada Roberta Durrieu mira a Nora Pastor, ambas, Nora Pastor y la Licenciada Roberta Durrieu, me miran a mí.
–No sé, ustedes me llamaron el otro día, vivo a dos cuadras, y pensé que como se venía fin de año estaban llamando a los vecinos, organizando una kermés, alguna de esas boludeces que hacen los colegios. Pensé que podía haber comida, saladitos, algo para tomar, alguna maestra jovencita, con ganas de coger quizás. Tengo que encontrarme con un par de amigos por acá, no me costaba nada pasar, así que vine. Pero no soy padre, no sé quién es Josefina, y no me parece nada del otro mundo que un chico le pegue un chicle en el pelo a otro. Me tengo que ir, buenas tardes.

27.12.09

Si Dios trata de decirnos algo

Estábamos en su casa. La había invitado a cenar, y luego, ella me había invitado a subir, lo que implicaba que me había invitado a fornicar, y eso estaba muy bien.
Estábamos desnudos, sentados en la cama. Después de.
–Si Dios trata de decirnos algo –dije, la idea no era mía–, ese algo es que la idea que tenemos de él, y del universo, es dual. El cielo y el infierno, Dios y el Diablo, el bien y el mal, el nacimiento y la muerte, el día y la noche, caliente y frío, macho y hembra, amor y odio, libertad y esclavitud, vigilia y sueño.
Hice una pausa, no recordaba cómo seguía el párrafo que alguna vez había leído. Ella tenía tetas pequeñas y firmes, el cabello se le pegaba a la frente, hacía calor.
–No entiendo porqué me decís todo esto –sonrió, era joven y era linda, yo solía frecuentar combinaciones infinitamente menos afortunadas.
–Porque cogimos dos veces, y me serviste un solo whisky –levanté el vaso–. No sé, no me parece.

23.12.09

El alfajor más triste del mundo

Te cuento una pequeña historia, sin entrar en demasiados detalles, imagino que debés estar apurada, no quisiera distraerte.
En la escuela primaria yo tenía un amigo, un mejor amigo, todo el mundo, a esa edad, tiene un mejor amigo. Mi mejor amigo se llamaba M.
Pero al finalizar quinto grado, algo sucedió. No recuerdo si sobraban alumnos o faltaban profesores, no recuerdo porqué, pero nos informaron que las dos divisiones de quinto grado, quinto ‘A’, y quinto ‘B’, se iban a fusionar, o amalgamar, a formar una nueva entidad que sería justamente el sexto grado.
En la primaria, hasta ese momento, he olvidado decirlo, mi vida era relativamente fácil, me iba relativamente bien. Era buen alumno, era un líder natural, las chicas comenzaban a observarme con curiosidad, no digo interés, y tenía mi mejor amigo. Mi mamá hacía milanesas, mi papá iba a trabajar. No se me ocurría nada más en el mundo.
Pero en este nuevo sexto grado vino un chico, vino del quinto ‘B’, y era un líder absoluto, tenía flequillo, jugaba bien al fútbol, se sacaba buenas notas. Se llamaba H.
Te lo resumo porque te veo contrariada, quizás te esperan en alguna parte, me imagino que tenés cosas que hacer.
H. y M. se hicieron amigos de inmediato. Mejores amigos. Eran tal para cual, la sociedad perfecta para el deporte, las chicas, la aventura.
Yo me puse mal, yo sufrí. Me dejaban afuera, mi mundo se desmoronaba sin remedio.
Así que hice todo lo que pude por recuperar mi terreno. Mentí, traicioné, conspiré, intenté separarlos, intenté luego hacerme amigo de H., intenté que una chica que estaba fascinada conmigo, G., se llevara a M., o a H. Maquiavelo era un aprendiz, apenas un principiante.
Pero fui descubierto. Todas mis maniobras y elucubraciones, todos mis intentos por conservar a mi mejor amigo, y permanecer como líder.
Hubo una reunión, una reunión a la que fueron invitados todos, todos los que tenían alguna importancia en ese mundo que era mi mundo. Y me informaron que yo había sido descubierto, que yo era un fraude, que nadie me quería, que no era líder ni amigo ni nada de nadie, hasta G. declaró que se había equivocado, que ya no gustaba más de mí.
Se me explicó que yo había pasado a ser una persona no grata, en sexto, que nadie, nadie de los que realmente importaban, quería tener nada que ver conmigo, que no me invitarían a los cumpleaños y nadie me hablaría nunca más.
Así fue. Tuve que cambiarme de asiento en el aula, sentarme en primera fila con los locos, los chicos con problemas, los rengos. Y en los recreos me sentaba en una punta del patio y mordisqueaba un alfajor húmedo y barato, el alfajor más triste del mundo.
Lo peor era saber, cuando venía mi mamá a despertarme, que había comenzado otro día, que yo tendría que ir al colegio y permanecer ocho horas, porque el colegio era de doble escolaridad, en el más absoluto silencio, sin afecto, sin amigos, sin que nadie me hablara mientras todos reían y se abrazaban y jugaban y se enamoraban y eran felices. Y yo no podía escapar porque sencillamente no había dónde ir.
Te conté todo esto para que entiendas que no es que no me duela que me dejes, que me digas que no me querés más, que estás saliendo con otro, que querés ser feliz, algo así. Sucede que pasé demasiado tiempo chapoteando en el odio, embadurnado en el desprecio, sin que nadie me quisiera ni dirigir la palabra. Y entonces es algo que me resulta natural, algo que no me sorprende. No es que no me estés haciendo moco, pero estoy acostumbrado, te va a ir muy bien, no te pongas así, sos una piba genial.

19.12.09

Púmbate

Tuve una crisis. Sentí que me moría. Una noche de fin de julio. Eran las tres de la mañana y me di cuenta que no iba a poder dormir, que no iba a poder dormir nunca más. Empecé a transpirar como loco, tenía palpitaciones. El corazón era un desbocado caballo (diría un poeta) corriendo por las colinas del más puro susto. ‘Es un infarto’, pensé, ‘ahí viene, será una patada en el pecho, o un pinchazo, como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, me voy a morir acá’. Me voy a morir, pensé, justo ahora, y no cambié el televisor, no compré el pantalla plana de Samsung porque me pareció caro, qué macana.
‘Es un accidente cerebrovascular’, pensé. ‘Voy a quedar cuadripléjico, no voy a poder mover los brazos ni las piernas, sólo el párpado izquierdo y el dedo meñique de una mano. Voy a tener que aprender a hablar en morse, mediante el parpadeo de un solo ojo, y a pajearme con un tenedor. Voy a estar retriste, voy a estar remal’.
‘Es un tumor’, pensé. ‘Un tumor que se corre un milímetro de lugar y te mata el centro respiratorio, o el habla. Voy a perder el equilibrio. Voy a gatear mientras babeo, voy a pishar como los perros, levantando una pata contra un árbol. Voy a perder el dos por ciento que me queda de dignidad’.
No pude dormir en toda la noche, esperando que me sangraran los oídos, que me estallaran las meninges, que se me desatornillara el corazón y cayera de costado sobre el mugriento parquet, como un exangüe pejerrey.
Tenía miedo de salir a la calle, caminaba media cuadra, pegado a la pared, y me tenía que volver. Cuando bajaba las escaleras del subterráneo me ponía a llorar. En las esquinas me abrazaba a los semáforos y les pedía que me hablaran. Si me ladraba un perro ponía las manos sobre el capot de cualquier automóvil, como si se tratara de un requerimiento policial.
Fui a médicos, clínicos, cardiólogos, expertos en el aparato circulatorio, especialistas en colesterol. Fui a psicólogos que no medican pero te escuchan, y fui a psiquiatras que no escuchan pero te medican. Fui a ver homeópatas, a expertos en medicina tradicional china, a médicos ayurveda. A terapias alternativas, terapias no tan alternativas, terapias en general.
Finalmente me di cuenta que no tenía nada. La gente es una mierda, me sigue gustando el vino, no entiendo porqué alguien puede correr más de un kilómetro y medio sin que lo persiga un leopardo, tenés un culo divino, me gusta el mar en invierno, la lluvia, la mirada de un perro, los cigarros cubanos, el chocolate y el aceite de oliva y la pizza con ajo y el whisky que pica. Leo un poco, nada más.

15.12.09

Con la misma actitud

Playa. En la playa, al parecer, es la costumbre, la gracia consiste en estar expuesto al sol. La gente quiere estar con gente, eso no ha cambiado, la gente se amontona, pero la vestimenta y el ámbito son diferentes. La arena reemplaza al cemento, el mar reemplaza el ronroneo del tráfico de la ciudad, las chicas usan bikini, los hombres usan shorts.
El adulto de la especie humana es un mamífero mediano al que, exceptuando lo que podríamos denominar ‘situación de coito’, es conveniente observar vestido. Pliegues de grasa, uñas de los dedos de los pies de un repugnante amarillo, lunares, manchas, gibas, protuberancias, irregulares pilosidades, en fin.
Me detengo a observar a una mujer. La mujer ha decidido que no hay nada más importante en este mundo que tomar sol. Se ha untado, podríamos decir, en su totalidad, de un aceite, su piel luce de la textura del cuero. Lleva un diminuto bikini violeta y yace boca arriba, con lentes de sol y expresión de una profunda concentración. No quiere nada más, no puede imaginar un momento más pleno.
Me acerco y tapo el sol con una mano, produciendo una repentina mancha de sombra sobre su rostro, que la obliga a incorporarse presa de un singular fastidio. He conseguido captar su atención.
–Señora –le digo–. Con la misma actitud y empeño, con la misma energía y concentración que usted emplea en tomar sol, con esa capacidad, con esa fuerza, Mozart compuso sin inconvenientes una sinfonía, a los quince años de edad.
Los datos que acabo de transmitir carecen tal vez de rigor histórico, del escalpelo de la exactitud, pero la idea general está muy clara.
La mujer levanta con dos dedos de su mano derecha, por un instante, los lentes de sol.
–¿Vos trabajás en el balneario, no? Traeme una Fanta, bien fría.

11.12.09

A partir de ahora

Cuando llega el ataque cardíaco, juramos y perjuramos que estamos dispuestos a salir a caminar todas las mañanas, media hora. Aunque llueva.
Cuando el avión se cae, en esa fracción de segundo que sentimos que el cielo se come el piso y todo lo que esté apoyado sobre él, pensamos en el beso en la frente que no dimos, en el perro que no acariciamos, en el ciego que no ayudamos a cruzar la calle.
Cuando vemos esa abnegada madre empujando la silla con un chiquito cuadripléjico, balbuceamos que mojar los piecitos en el mar, un café, un poco de sol, es todo lo que hace falta para ser feliz.
Somos complejas maquinarias diseñadas por lo general para cometer las peores barbaridades, a las que solamente el susto puede cambiar.

7.12.09

Tanto tiempo

En el parque, caminando por el parque porque algo hay que hacer, porque uno puede seguir pensando lo mismo que hubiera seguido pensando sentado, pero si se lo piensa caminando es como si los pensamientos se oxigenaran, se movieran las aguas a través de las branquias del tiburón de la locura y soy así, me sobran las metáforas y si me vas a pedir sangre o guita te adelanto que te voy a dar una metáfora, una metáfora y no mucho más, soy así.
Pasa una persona, es un hombre vestido con equipo de gimnasia adidas, verde, pantalón y campera del mismo color, fondo verde, tiras blancas, zapatillas, tendrá treinta años, quizás uno menos, quizás cinco más.
–¡Juan!
Me llamo Juan, así que me veo obligado a detenerme, a mirar.
–¡Juancito querido, tanto tiempo! –se acerca con la mano extendida. Rechazar un saludo es una de las cosas más difíciles de hacer. Es como atentar contra dos mil años de civilización.
Miro al sujeto. No lo conozco. No se lo ve amenazante ni agresivo, sino contento de verme.
–Disculpame, pero no te conozco –estrecho su mano, igual.
–¡Pero qué decís, Juan! ¡Soy Víctor! ¡Víctor Ríspoli! Hicimos toda la secundaria juntos.
Lo miro. No lo conozco. Es cierto que he puesto el colegio secundario, como tantas otras barbaridades, dentro de algún pliegue de mi memoria. Pero no conozco al sujeto, jamás antes había oído el apellido Ríspoli.
–Lo lamento, pero te debés haber confundido –le doy una palmada en el hombro, no demasiado amistosa, y hago un leve asentimiento de cabeza. Me dispongo a continuar con mi caminata, con mi vida, nada en especial.
–¿Pero qué decís? Juan, soy Víctor. Mirame, Juan –lo miro– ¿Cómo no te vas a acordar? La vez que le desinflamos las cuatro gomas a la profesora de física, y la vez que nos peleamos contra los del Huergo, eran como quince. Y vos pegabas con el taco de billar como si fueras Bruce Lee –se entusiasma de solo recordarlo, hace una pose de kung fu, levanta una pierna, hace la grulla, una grulla gordita e inestable, y se ríe de verdad.
–No soy yo. Debe ser alguien parecido.
–¡Pero dejate de joder! –Me abraza, se separa, me vuelve a abrazar, yo recibo el abrazo con mis brazos caídos, lo que equivale a no corresponder el abrazo, a no abrazar–. Juan querido, no supe nada más de vos. ¿Te acordás de Andrea?
–No, no me acuerdo.
–¡Andrea, tu novia! Se casó con un tránsfuga, tuvo tres pibes, la vi el otro día en el supermercado. Me preguntó por vos.
–Bueno, me tengo que ir.
–¿Te acordás de Walter? –me detiene con una mano en el hombro, está contento de verdad– ¡Walter es ministro! ¡Walter! ¿Lo podés creer?
–No importa si lo creo o no, no lo conozco, ni te conozco a vos, ya te lo dije.
–¡Pero qué decís, Juan! No sabés lo contento que estoy de verte. Me divorcié, hace poco. Tengo dos hijos, uno me dice que quiere estudiar ingeniería nuclear. ¿A vos te parece? Un mocoso de once años, y te dice que quiere ser ingeniero nuclear.
–Dejalo. Dejalo ser lo que quiera –no sé qué decirle.
–Tenés razón, Juan, claro que tenés razón. Hay que dejar que los pibes vuelen. Para fracasar hay tiempo. ¡Pero esa frase es tuya! Para fracasar hay tiempo, la decías vos.
–Puede ser –digo, porque puede ser. La frase me suena, aunque en verdad creo que no hay tiempo, creo que ya fracasamos.
–Bueno, me tengo que ir.
–¡No, pará! –se desespera–. Vayamos a tomar un café, hace tanto que no nos vemos. Tengo cosas para contarte, tenemos muchas cosas para hablar.
–Mirá, no.
–¿No? ¿Cómo que no?
–No, te dije –es lo que le dije, es lo que le estoy diciendo–. No te conozco, y si te conociera, si te hubiera conocido alguna vez, tampoco importa. No me interesa nada de tu vida, Víctor. Tu nombre es Víctor, me dijiste. No me interesa quién sos, no quiero tomar un café con vos, y si me volvés a poner una mano encima te voy a arrancar dos o tres premolares de una patada. Espero que tengas suerte o lo que más te guste, ahora desaparecé.
Lo aparto con un breve pero enérgico empujón, y sigo caminando. Víctor se queda con una mano en la frente, niega con la cabeza, amaga correrme un par de pasos y se detiene. Cruzo la avenida justo antes que el semáforo se ponga verde y empiecen a pasar los autos, muchos autos, a esa hora la ciudad es un quilombo que parece no tener principio ni final.

3.12.09

Lo que no se dice

El cantante de rock hace declaraciones a los medios de prensa. Ha estado internado, en una clínica. Ha finalizado un tratamiento de rehabilitación.
Lo que dice, en resumen, es que ahora no fuma, ahora no toma alcohol, ahora no consume drogas.
–Ahora estoy bien –dice.
Pero hay algo que no dice.
Cuando alguien ha entrado en contacto con algo, con una sustancia que lo ha modificado, que le ha conferido un desconocido hasta entonces y particular brillo, cuando alguien ha incorporado a su sistema nicotina o sal o alcohol o cocaína o chocolate amargo. Y después, porque siempre hay un después, porque es precisamente de eso que estamos hablando, cuando hay que soltar la sustancia, despedirse como dos personas que han tenido buenos momentos juntos, cuando hay que dejar de consumir.
Queda un rictus, una mueca, una mirada que refleja el más profundo de los desconsuelos.
Estás mucho más triste que bien.

27.11.09

Quizás te sirvan mis palabras

Ella agarró el libro, el libro de poemas que yo había escrito, el libro de poemas donde yo me había arrancado un pedazo de alma como si fuera plastilina. O quizás me había arrancado el alma completa, como quien descuelga un durazno de un árbol, así.
Ella lamió el libro, la tapa, un poco, como si quisiera hacerle cosquillas, al libro, luego jugó, con afán, con el libro, empleando toda la lengua. Ella agarró el libro y se lo pasó por las tetas haciendo movimientos circulares, como si se tratara de un pan de jabón. Después, con la misma mano lo hizo descender a lo largo de la sutil curvatura de su vientre, y ahora, con el libro de perfil, pasó el lomo por su vulva, dos o tres veces, como si su vulva fuera a comerlo, como si el libro fuera a ser engullido a través de su precioso y delicado vello púbico. Después cambió de mano, tomó el libro con la otra mano, haciéndolo pasar por entre sus piernas, estaba de pie, y se metió un ángulo del libro, el ángulo superior izquierdo, en el ano. Hizo un poco de presión, y sonrió.
–Sí –dijo–, me gusta como escribís.

23.11.09

Agridulce

Existen determinadas veredas donde caminamos juntos, por las que no puedo volver a caminar. Lugares donde me pareció que la felicidad era posible, que había un rayo de sol, una fruta, algo para mí. Una lluvia que me pudiera lavar los sueños rotos, una sonrisa, un beso, unas ganas de seguir.
Ahora gritan las bocinas como lobos que comprenden, un segundo después (la comprensión tiene ese agridulce delay), que han quedado atrapados, que va a costar volver a mover esa pata. Ahora todo huele a pilas sulfatadas. Ahora todo parece transcurrir dentro de esos viejos televisores donde las cosas ni siquiera lograban ser blancas o negras, y había que conformarse con las diferentes gamas de gris.

19.11.09

Hay que andar con cuidado

Estábamos por entrar al restaurante y ella retrocedió un poco, algo asustada.
–No puedo entrar a una parrilla. Yo soy vegetariana –me dijo.
Entonces le dije que no había problemas, que siguiéramos caminando. Conocía una pizzería que quedaba a unas pocas cuadras.
–La pizza tiene queso –me dijo con acritud–. No sé si me entendiste bien, yo soy vegana. –Al parecer los veganos rechazan no sólo la carne, sino también cualquier derivado animal, la leche, el queso. La pizza tiene, entre sus elementos constitutivos, como parte intrínseca de su genoma, entre sus protones, queso.
–Bueno –dije–, no pasa nada. Vayamos a tomar una cerveza, tampoco estoy muerto de hambre.
–De ninguna manera –me dijo, porque estaba fervientemente en contra del alcohol, el alcohol aturde los sentidos, embota el cerebro, petrifica el hígado. El alcohol mata, para resumir.
Quise prender un cigarrillo mientras pensaba, porque en verdad no se me ocurría nada.
–Ni se te ocurra fumar –fabricó un improvisado barbijo con sus manos, retrajo el cuello intentando que su cabeza desapareciera entre sus hombros–. El humo es cancerígeno.
Seguimos caminando.
–Podemos ir a coger, si querés –sonrió–. Vos me gustás.
Pero yo me negué casi de inmediato. Porque mi pito era una suerte de perro callejero, una hiena, un animal famélico y salvaje. Sería como pedirle que ingresara en el cajoncito de una joyería, en la probeta de un laboratorio, jamás se sentiría cómodo en un lugar tan aséptico.

15.11.09

0, 1

Se puede hacer de la siguiente forma. Salís a la ruta, conviene que sea con un auto moderno, un auto nuevo. Cuando ya te alejaste unos cien kilómetros de la Capital Federal, entonces hay que acelerar. Si se puede poner el auto a doscientos kilómetros por hora es lo ideal, pero con pasar los ciento cincuenta también está muy bien.
Alcanzada la velocidad en cuestión, uno debe soltar el volante. Si está lloviendo, mucho mejor. Hay que cerrar los ojos, y soltar el volante. Con una mano, primero, y con esa mano, la mano libre, agarrar una botella de whisky, previamente comprada. Se debe dar un largo trago de whisky, de la botella, echando la cabeza hacia atrás, mientras la botella escupe el whisky con su característico gorgoteo. Al terminar el trago, se procede a sacar la otra mano del volante, también, y puede uno comenzar a masturbarse un poco, con esa mano. Es conveniente tomar más whisky. La maniobra, o las maniobras, suceden en simultáneo, con los ojos cerrados. El procedimiento completo debiera durar más de un minuto, menos de tres.
La alternativa es casarse, tener tres hijos, ir a trabajar durante diez o veinte años al mismo lugar.
En cualquiera de los dos casos, para evaluar y sacar conclusiones, hay que ver qué quedó del sujeto en cuestión, en qué estado se encuentra al final del experimento.

11.11.09

La historia de Chumi

Viviana estaba divorciada y tenía un pajarito, un canario. Tenía una hija, también. Se llamaba Juana, la hija de siete años, peinada siempre con dos colitas, y una carita que era un sol. Chumi, se llamaba el canario, que era de un pálido amarillo, no me preguntes porqué. Juana le había puesto así cuando el padre se lo había regalado para su cumpleaños, ante la reprobatoria mirada de Viviana que tenía ganas de quejarse, de quejarse por las dudas porque en todo lo que hacía Gustavo siempre había una trampa, todo su matrimonio, lo que duró, había sido así, pero la nena estaba contenta con el canario y eso era lo que importaba.
Así que la nena se despertaba a la mañana y saludaba a Chumi antes de desayunar, y Chumi no jodía, comía un poco de alpiste, y cagaba, y nada más. Juana estaba contenta, Viviana no, pero tampoco estaba tan triste, había tenido épocas mucho peores así que lo mejor era no quejarse demasiado, porque después venía una mala racha en serio y ahí una sí que no sabía cómo levantarse.
–Ma, mirá. Chumi tiene algo en el ojito –dijo Juana. Era jueves. Y era verdad, Chumi tenía una lagaña, una pelusa, una lastimadura tal vez, algo en el ojito derecho. Así que Viviana le dijo a Juana que no se preocupara.
–No te preocupes. Mañana lo llevamos a la veterinaria.
La veterinaria era una mujer seria, algo excedida de peso, y con las piernas arqueadas, como si acabara de bajarse del caballo de una calesita que jamás la llevaría a ninguna parte. Pero se la veía eficiente y profesional detrás de su celeste uniforme, y el local estaba lleno de gatos y perros, una blanquísima cacatúa que lanzaba un simpático grito con asombrosa regularidad, y una boa dentro de una pecera gigante. La boa era amarilla y negra. Juana estaba fascinada.
–Es normal, no pasa nada –dijo la mujer y se acomodó las gafas que eran gruesas y con forma de pequeños huevos acostados sobre el puente de la nariz–. Le vamos a poner unas gotas y el ojito le va a quedar perfecto.
Se puso un guante, metió la mano dentro de la jaula, y tomó a Chumi, con precisión no exenta de cuidado.
–Bueno, bueno, ya está –le puso una gotita en un ojo, mientras Chumi yacía de costado, apretado por una mano firme, las patitas encogidas contra el pecho.
–Ya que estamos, le vamos a cortar las uñitas. Tiene las uñitas muy largas –la veterinaria usó una tijerita que parecía de juguete, con movimientos precisos. Un segundo, clic clic, y volvió a soltar a Chumi dentro de la jaula.
Chumi revoloteó un poco, y se paró en el palito, en la posición acostumbrada.
Viviana preguntó cuánto le debía.
–¡Ma! ¡Mirá, ma! –Juana lanzó un chillido y señalaba al interior de la jaula, donde Chumi acababa de caer de costado, como fulminado por un rayo.
–Está muerto –dijo la veterinaria, después de revisar a Chumi e intentar con la yema de un dedo índice hacerle un estrambótico y competente masaje cardíaco sobre el ínfimo pecho.
Chumi se había muerto. Del susto. No pudo resistir el stress de la situación que le había tocado enfrentar.
Metieron al pajarito dentro de la jaula, otra vez, acostado contra el piso de alambres. Juana lloraba y se sorbía las lágrimas. Caminaron las tres cuadras hasta el departamento. Viviana llevaba en una mano la manito de la nena, en la otra la jaula con el pajarito muerto. Hacía mucho calor, para la noche estaba anunciado lluvia.

7.11.09

Un percance

Soy el encargado de la presentación, de presentar el proyecto. Así se habla en el mundo de los negocios de hoy, esa es la jerga, no me hagan sentir más ridículo todavía.
Trabajo para una consultora, una importante consultora, y tenemos que presentar el proyecto ante nuestro potencial cliente, que ya es cliente, pero tiene que decidir si renueva el contrato, el contrato con nosotros, que ha vencido.
Para no aburrir. Estamos en las oficinas de los clientes. Torre Alem Plaza, piso treinta y tres. Vamos a hacer la presentación. Los clientes son un estudio de abogados, alemanes, que representan a un banco alemán, que maneja los fondos de un conglomerado alemán.
Si renuevan el contrato, entonces todos seremos felices. La empresa de consultoría con todos los que estamos adentro de su nómina, entre ellos yo. Habrá dinero, mucho dinero, por dos años. Compensaciones extraordinarias, autos, teléfonos celulares que te pueden avisar el ingreso de un mensaje de texto mediante un maullido o un ladrido para que vos sepas si el mensaje es importante o no aún antes de leerlo, viajes en avión en primera clase, estadía en los mejores hoteles. Vida de ejecutivos, lo mejor que se puede conseguir si no sos cantante de rock.
Si no se renueva el contrato, entonces es el fin. Nada. Kaput. Va a cerrar la consultora, y nos van a dar una patada en el culo a todos. Sin el contrato con los alemanes estamos muertos, es así.
Está por comenzar la reunión, somos tres del lado de la consultora, y cinco del lado de los alemanes, incluido el mismísimo Otto Rutger, el número dos del consorcio, allá en Dusseldorf, que vino especialmente para la presentación. Un alemanote de más de dos metros que parece raspar las palabras antes de pronunciarlas, y que no se ríe nunca. Han bajado las luces, la gente terminó su café. Está lista la notebook y el proyector.
Paso al baño, por un instante. Como cuando era chico, en la facultad, antes de un examen, me ataca un ingobernable deseo de cagar. Camino por una alfombra color ladrillo de treinta centímetros de espesor, paso por delante de una secretaria que es la mujer más linda que yo haya visto jamás, incluyendo el cine y la televisión, sigo por el pasillo, unos veinte metros más, viendo los cuadros de fondo turquesa o color petróleo, y las camaritas de seguridad que registran y acompañan cualquier cosa que se mueva.
No quiero ponerme escatológico, pero es parte de la historia, la parte, por decirlo de algún modo, sustancial. Entro al cuarto de baño que huele a quirófano y a violetas, voy a uno de los cinco cubículos, cierro la puerta y me suelto el cinturón, dejo caer los pantalones, me bajo los calzoncillos, me siento, todo en un grácil movimiento ejecutado con precisión a pesar de la urgencia.
–¡Plrrrshgrrrpfprrrraaashplshhhfsh! –El alivio. La naturaleza que ordena. Que acomoda. Que expulsa y regula. Válvulas que se abren, palancas que se mueven, pistones, complejos mecanismos.
Algo está mal. Ha llegado el sosiego, vuelvo en mí, pero sé que algo está mal. Estoy bien peinado, impecablemente afeitado, algunas gotas de sudor sobre mi labio superior, bien perfumado, impecablemente vestido, rápido de palabra, ingenioso, solvente, perspicaz.
Me cagué la camisa. Así como lo cuento. La camisa es blanca, es nueva, es cara, algodón egipcio, tiene los faldones muy largos. Faldones que en el apuro, han quedado del lado de adentro del inodoro. Me cagué la camisa. Así como lo cuento, otra vez. No puede estar pasando esto. No puede ser verdad.
Me saco la camisa, con cuidado. He cagado casi toda la parte de atrás, por debajo de la línea de la cintura. Estoy en cueros, sosteniendo la camisa en alto como si se tratara de una radiografía o de un repulsivo animal. Ahora estoy transpirando de verdad.
El olor es fuerte.
En un último y desesperado intento, manoteo los bolsillos de mi pantalón, pero no, de ninguna manera. El teléfono celular ha quedado apoyado sobre la mesa, junto a mi laptop. Un buen teléfono, con más funciones de las que yo sería capaz de manejar.
Estoy ahí, con el torso desnudo y brillante de transpiración, temblando un poco, mirando la camisa pintada de mierda como si se hubiera esmerado el mismísimo Pollock, negando con la cabeza.
Puedo ponerme la camisa, como si nada, reprimir el asco, y volver a la sala de conferencias. Dar la presentación, hasta que el olor haga que alguien se desmaye, y entonces, tratar de escapar.
Puedo salir corriendo, con el pecho al aire, la camisa hecha un bollo, y tratar de llegar a los ascensores, ganar la calle, subirme a un taxi y decirle al taxista ‘¡rápido, me está persiguiendo un gorila plateado, lléveme a la comisaría más cercana!’.
Puedo esperar que alguien entre al baño y golpearlo en la cabeza, fuerte, tratar de desmayarlo pero no de matarlo, para robarle la camisa.
Puedo escribir lo que me sucedió para que vos me digas qué hubieras hecho en mi lugar.

3.11.09

Esopo, revisited

Es invierno. En invierno, aunque sea por pocos días, más de tres, menos de siete, me gusta ir al mar. Es bueno ver el mar, oírlo, salir a caminar, descalzo. No inventé nada nuevo, nada original.
Así que en eso estoy, deben ser las nueve de la mañana, hay un particular y cansino solcito. Pienso en todo lo que no salió nunca, en todo lo que salió mal, con unos cinco o diez centímetros de mis piernas adentro del agua. Voy despacio, no se ve a nadie más que un par de pescadores, y algún otro caminante solitario.
De pronto siento el pinchazo. Es una corriente eléctrica de dos mil quinientos treinta y ocho voltios. Entre el dedo gordo y el dedo índice, si se le puede decir así al dedo del pie que está al lado del dedo gordo de mi pie izquierdo.
–¡Ahhrrgggfssschpaaaay! –Caigo de rodillas, el dolor me ha doblado, y veo, a menos de medio metro de mi rostro, la explicación, la causa.
Un aguaviva. Redonda, gorda como una pelota de tenis, con marrones y violáceos filamentos. El mar se retira un poco, pero el aguaviva queda ahí. El dolor es un zumbido que no me deja pensar con claridad. La zona comienza a hincharse y estoy muy lejos del cuarto en el que me hospedo. Me va a costar caminar.
–Ya sé, ya sé –digo–. Es tu naturaleza, no pudiste evitarlo.
Doy el primer paso, saliendo del agua. Apenas puedo pisar. Es un pinchazo que se extiende, sube y agarrota los dedos del pie, la quemazón supera ya la altura del tobillo, sube con una preocupante velocidad. El pie parece una tarta pascualina, ha adquirido ese tamaño, no sé si el sabor.
–No, nada que ver –La voz viene de abajo, lo que me está hablando es el aguaviva–. No es mi naturaleza, para nada. Me parecés un gordo forro, y en esta época del año por acá no debería haber nadie rompiendo las pelotas. Así que te piqué a propósito, te lo digo en la cara. Yo estaba acá de antes, ahora tomatelás.

31.10.09

Difícil de masticar

Hay una línea divisoria que se cruza, como tantas otras líneas divisorias, sin darse cuenta, sin saber. La línea divisoria de la que te estoy hablando es cronológica, aunque sus implicancias son mucho más que eso, y se cruza a los treinta años. Como todos somos particulares y distintos, por suerte, lo admito, la línea puede cruzarse a los veintinueve, pero no a los veintisiete. Y se cruza, como máximo, a los treinta y dos.
Una vez cruzada, la línea, sólo queda esperar la agria campanita del reconocimiento. Sucede, entonces, que quienes han cruzado la línea van a descubrir que su situación ha cambiado. El cambio consiste, más o menos, en lo siguiente. Quien ha cruzado la línea advierte, percibe, que su lucha ya no será por un aumento de sus capacidades, cualquiera sean, nunca más. En cambio, bienvenido, la lucha a partir de ahora será por aquello que podríamos denominar ‘mantenimiento’.
Puede ser físico, puede ser mental, o una combinación anárquica de ambas, puede ser coger o pensar. Lo que te quiero decir es que no habrá más alto, más lejos, más fuerte. Habrá que alegrarse de mantener lo que hay.
Esta situación genera fastidio y desconcierto, negación, susto, tristeza en general. Después, poco a poco, uno aprende a recostarse en el sillón de lo posible, se pone uno más tolerante y circunspecto. Lo mejor es tratar de no recordar aquel magnífico potencial.

27.10.09

Lotería

Cada mañana, mientras espero que el semáforo cambie de color para poder cruzar caminando la avenida, con mi absurda y displicente cara de gorila plateado, veo gente que entra al kiosco que vende billetes de lotería. La gente entra, y es claro, compra un billete de lotería, quiniela, bingo, el azar en alguna de sus manifestaciones. La gente entra y al comprar un billete de lotería, también está claro para mí, quieren ganar.
Aquí es donde empiezan los problemas. Sin entrar en discusiones que rozan los rudimentos de la probabilidad y estadística, para ganar, vamos a decirlo de una vez, hay que tener suerte.
Pero, no hay más que verlos, una y otra vez, a quienes compran billetes de lotería, la suerte les fue negada, como quien ha nacido sin flequillo o con una leve bizquera. No es grave en exceso, pero es un dato a tener en cuenta. Pedirle entonces a alguna de estas dulces bestias que tenga suerte, sencillamente no es posible.
Se me ocurre entrar y hablar con el empleado del kiosco que vende billetes de lotería, sugerirle que a cada persona que entre a comprar un billete le diga que no, que no le vende nada, pero que sí puede anotarles en un papelito la dirección de la dependencia ministerial donde pueden tramitar un cambio de identidad. Si pretenden tener suerte que empiecen por cambiarse el nombre, que intenten ser otros lo antes posible.

23.10.09

El conjunto, la gestalt

La doctora se pasó un largo rato mirando los estudios, pasando hoja tras hoja, chequeando números, mirando gráficos, tomando alguna que otra nota en un pequeño block encabezado por el nombre de una pomada para los callos plantales.
–Usted tiene el colesterol muy alto –dijo sin levantar la vista–, tiene bajo el bueno, y alto el malo, porque son dos. Tiene los triglicéridos bastante mal, y ácido úrico, y azúcar, su estudio ergométrico no es bueno, el estado de su corazón deja mucho que desear. La ecografía de sus arterias del cuello no es del todo limpia, sus riñones trabajan con esfuerzo, su próstata tiene un tamaño irregular.
Hizo silencio, se acomodó los lentes sin marco sobre el puente de su pequeña nariz de pekinés, y entonces sí, apoyó ambas palmas sobre el escritorio, y me miró.
–Me gustaría saber qué le parece lo que le estoy diciendo –mi silencio, al parecer, la había contrariado un poco– ¿Quiere decir algo?
–Bueno –me toqué, con un índice, el índice izquierdo, de mi mano izquierda, el lateral, el lateral derecho, de mi amplia nariz–. No sé si tiene algo de tiempo, doctora, pero podemos ir a tomar algo. Estoy en condiciones de pegarle la cogida de su vida, no se deje guiar por unos pocos indicadores.

19.10.09

La física de tus sueños

El autor utiliza una explicación que yo desconocía, una explicación genial, para referirse a la imposibilidad que existan insectos gigantes. El asunto es que la masa se eleva al cubo cuando la disposición lineal se duplica.
Esto explica porqué no pueden existir cucarachas del tamaño de elefantes. Para poder tener ese tamaño, debieran tener patas de elefante, patas de cucaracha no serían suficiente para sostener el cuerpo, y eso le quitaría su característica de insecto. Estaríamos en presencia de otro tipo de animal.
Idéntica línea de razonamiento debieran transitar quienes fantasean con ser portadores, por ejemplo, de monumentales garompas. El peso de los huevos los destrozaría anímicamente.
Hay que tener cuidado con lo que se sueña. Nada, eso.

15.10.09

Sirena

El pescador sintió un tirón fuera de lo habitual. Eran demasiadas noches, demasiados años pescando en aquel desde siempre destartalado muelle de San Clemente, y ni en la época de los tiburones, aunque a decir verdad no eran cazones, pero tampoco eran tiburones, tiburones adolescentes podríamos decir, tampoco tiraban así. Podían cortar la línea con un brusco movimiento de cabeza, claro, pero no tirar así, sin intervalo, con tanta vehemencia.
Debían ser las tres de la mañana, y llovía fuerte. No había nadie, Víctor no se había querido quedar, ni ante al ofrecimiento de compartir media docena de empanadas y un poco menos de media botella de ginebra.
–Hace mucho frío, va a llover toda la noche –Víctor guardó sus cosas y se fue caminando despacio, hasta su herrumbrada camioneta que siempre parecía a punto de desfallecer, un último estertor antes de encenderse y arrancar.
Así que el pescador tiró y tiró, pensando que si era un tiburón, porque no podía ser otra cosa, la línea se cortaría en cualquier momento y entonces sí, se comería tres empanadas, se haría un último buche de ginebra, se iría a dormir. Aunque cada vez le costaba más dormir, eso sí que era un problema. Y no le molestaba mucho la pierna, así que no podía ser la pierna, pero quedaba acostado boca arriba, pensando por qué corno no se dormía. Recordaba fragmentos de su abnegada vida, inconexos, mezclados, incompletos episodios que se desordenaban en la mente como si fueran arrojados desde algún travieso cubilete.
Salió una sirena, como en los cuentos, cosa rara. Una preciosa y plateada sirena, con los pechos pequeños y redondos y una larga cabellera que hacía juego con su cola de pez. Ojos grises, tenía la sirena, y mirada tristona. Estaba muerta de frío, pero igual le sonrió. La envolvió lo mejor que pudo con su abrigo, y la alzó como si fuera una novia. Ella se colgó de su cuello, y apoyó la plateada melena contra su pecho. Llovía, más fuerte, y lanzó una especie de gritito cuando él quiso dejarla en el asiento trasero del 504, para volver por la caña y el resto de las cosas. Ella no estaba dispuesta a soltarle el cuello.
La llevó a su casa, le preparó un baño caliente y le dio de comer. Debía estar clareando cuando ella se vino a su cama y se acostó junto a él, el cabello de plata sobre su pecho de viejo.
Pasaron algunos días sin que se animara a contárselo a nadie, ni siquiera a Víctor, que le hizo un comentario, mientras jugaban al dominó. Le dijo que lo veía raro, que se había peinado, que algo le pasaba.
La verdad era que no podía hablar del tema. Además, quién iba a creerle. Una sirena, una sirena joven y divina, viviendo con él. Algo mágico, un milagro.
Pasaron los días, esperó que volviera la lluvia, porque la lluvia volvía siempre, otra vez. Era un invierno terrible. La gente que veraneaba en la costa jamás podría imaginar lo que era el invierno en esas mismas playas. Le dio un somnífero, en la cena, no muy fuerte. La cargó en brazos. Esperó en el auto, hasta que el muelle quedó vacío, hasta que los últimos pescadores perdieron las ganas. Entonces sí, la cargó en brazos, mientras la lluvia le golpeaba la cara. Hubo un relámpago que pareció abrir el cielo en dos. Las olas golpeaban el muelle con inusitado ímpetu.
Y la tiró al agua. Abrió los brazos, inclinándose un poco, la dejó caer, el contacto con el agua la despertaría de inmediato. La sirenita rompía las pelotas con locura, que la casa estaba hecha un asco, que no dejara las medias tiradas, que tomaba mucho, que nunca iban a comer afuera, le hacía acordar un poco a su ex mujer.
Volvió al auto y encendió un cigarrillo. En un mes como máximo se iba el frío, y volvían los pejerreyes.

11.10.09

Quesología

Se debe entrar a una quesería, o a una fiambrería, porque una fiambrería por su naturaleza intrínseca, aunque el cartel a la calle diga ‘fiambrería’, también incluye el rubro quesos. Dicho de otra forma, es muy raro encontrar un local que venda fiambres y no venda quesos. Busquemos en cualquier barrio, lo que digo es fácil de demostrar.
Se entra y se compra una horma de queso. El experimento, entonces, requiere de algo de dinero. El queso está caro. Se puede comprar prácticamente cualquier queso, aquí el experimento es laxo, puede haber preferencias pero no dogmas.
Puede ser un queso cremoso, queso fresco, un port salut, queso tipo mar del plata, o gruyere, o muzzarella, o porqué no roquefort. Sardo, fontina, provolone también.
Lo que sí es importante es la cantidad. No se debe comprar un pedazo de queso, sino un queso entero. Una horma, tres kilos, o cinco. Puede que en el queso elegido, al quesero, o al fiambrero, al que atiende, le falte justo un pedazo. Que de la horma en cuestión haya vendido, pongamos, medio kilo, o un poco más. Eso no me preocupa, no hay problemas, la horma sirve igual.
Entonces se debe tomar el queso con ambas manos, esto también es importante, quitarle el frágil envoltorio en el que uno recibe el queso, sacarlo de la bolsa o el papel o lo que fuera con la premura con la que se desabrocha un corpiño. No la cáscara, la cáscara es parte constitutiva del queso. Y uno debe empezar a comer. A dar mordiscos. Meter la cara de ser posible en el queso, los ojos, la nariz, y usar los dientes para arrancar un pedazo, pequeños trozos, masticar, desgarrar.
Lo mejor es estar de pie, en el centro de la quesería, o de la fiambrería. A lo sumo dar unos pasos, alejarse, y permanecer de pie, sobre la vereda. Para ser honesto, también se puede estar sentado, no altera en mucho el experimento. Lo importante es sostener el queso con ambas manos y entrarle con la cara, directo, como un desesperado.
Se debe hacer lo dicho durante un lapso que va entre los tres y los cinco minutos. No es necesario más. Sin pensar, un estado de no mente. Sólo queso.
Cuando, pasados los tres o los cinco minutos, se levante la vista, con la trompa pegoteada, llena de migas tal vez, de acuerdo al queso elegido, con las mejillas cubiertas de una particular grasitud, con pedazos de queso en una ceja o en la oreja o en el propio cuero cabelludo, se advertirá que hay un grupo de personas que lo están contemplando, a uno. Puede haberse formado un semicírculo que se mantiene a una prudencial distancia. Habrá gente de ambos lados de la vidriera, se habrán detenido varios automóviles. Habrá miradas de asombro, un poco de susto, toses, codazos, dudas. Pero nadie se estará riendo, ni una tenue sonrisa ni una carcajada franca, ni burla de ninguna especie. En el fondo de su ser ellos también saben que son unas ratas.

7.10.09

Fulgor

Cuando uno conversa con alguien, un sujeto, una persona, un individuo, advierte con excesiva facilidad, en la inmensa mayoría de los casos, que el sujeto en cuestión es un imbécil sin alma.
El sujeto o la sujeta es poco interesante, carece de sentido del humor, ni hablar de potencia expresiva. No le sucede nada más que un racimo de generalidades, no hay aspiraciones que superen la altura de un perro salchicha, ni desgarradoras tragedias. Predomina el gris. Cosas que a uno lo han atormentado a la edad de once años, serán ignoradas por el sujeto hasta casi finalizada su vida adulta.
Para resumir, habrá un poco de fútbol, un par de cumpleaños, un yogur que te hace cagar de inmediato, alguna crema para tapar las arrugas, según el caso. La mención de alguna playa.
Tal vez sea por eso que cuando me ves comprando un alfajor quedás perplejo, cuando me ves revolviendo un café con leche quedás apabullada, te parece que soy una de las personas más extraordinarias que viste en tu vida. Pero no te dejes engañar, no me asignes fantásticos atributos, ni descomunales capacidades. Es tu tremenda opacidad, yo casi no brillo.

3.10.09

Miles de kilómetros

Todos los domingos, en Buenos Aires, como en cualquier ciudad del occidente civilizado, hay carreras. La gente corre. ‘Maratón Nike’, ‘Maratón Adidas’, ‘Maratón Reebok’, ‘Media Maratón por Axel’, ‘Por Brian’, ‘La Carrera de Miguel’, ‘Corramos por Josecito’, ‘Por el transplante de Tatiana’, no sé. Entre diez mil y treinta mil sujetos integrantes de la población económicamente activa, entre dieciocho y cincuenta y cinco años aproximadamente, saludables, con cierto poder adquisitivo, con zapatillas de doscientos dólares, chicas con tetas y culos más o menos dignos, maricas de cráneos afeitados y modernas gafas que ocultan sus famélicas miradas, viejitos simpáticos con también simpáticas gorritas con visera, divorciadas, oficinistas, tristes en general, boludos en particular, salen a correr.
Yo llego temprano, dejo mi automóvil a unas cinco cuadras, y me instalo a un costado de la calle por donde van a pasar los corredores, a quinientos o mil metros del punto de largada.
Llevo una sillita plegable, una botella de whisky Grant’s que me voy sirviendo en un vasito de plástico, enciendo un purito cubano, llevo un libro, también.
Y me quedo ahí, sentado unos cuarenta minutos, nunca más de una hora, mientras la gente pasa sudando como conejos de angora, jadeando como jabalíes perseguidos, esa enérgica multitud de boludos sin alma.
Al pasar, al verme, algunos dudan, algunos quieren detenerse para golpearme o hacerme una pregunta, otros lanzan un chistido del más profundo desagrado, otros abren la boca para decir algo, pero siguen, tienen que seguir con su carrera.
Pasa un rato, ya he apagado mi puro contra el pavimento, me hago un buche más de whisky, me desperezo, y me voy caminando, con paso cansino. Comprobar que mi fracaso personal y único, que mi desesperación está hecha de un material demasiado denso para ser licuado en un maremoto de errantes boludos, es una de las cosas que mejor me ha hecho sentir en mucho tiempo. No te voy a decir que es mejor que coger, pero supera ampliamente al psicoanálisis y las terapias alternativas. Te genera un tremendo cariño hacia tu propia tragedia. Te sentís bárbaro, y encima falta poco para la hora del almuerzo.

27.9.09

Plan B

Te la hago fácil, lo vas a entender porque es fácil. Soy la persona ideal para cuando todo lo demás te salió mal. Soy perfecto para cuando todo lo que tenías planeado fracasó. Para cuando lo que podríamos denominar, si es que resulta preciso denominarlo de alguna forma, cuando tu plan A se va a la mierda, entonces, por motivos fáciles de entender aunque difíciles de explicar, me encontrás a mí.
Cuando te das cuenta que no se va a cumplir ninguno de tus sueños infantiles, cuando descubrís que tu tío te violaba a los once años, cuando encontrás a tu marido encerrado en el baño de servicio masturbando al Fox Terrier pelo duro de tu vecino del séptimo B, cuando te percatás que te casaste y tuviste tres hijos pero no podés dormir al lado de esa cosa que tenés al lado, nunca más, cuando captás que tenés la vagina más seca que una baldosa de porcelanato, cuando percibís que la felicidad se fue como una luz debajo de una puerta, cuando te das cuenta que te meterías un turrón en el culo y subirías a la terraza, justamente, con el turrón en el culo a cantar ‘satisfaction’ bailando igual, casi igual que Mick Jagger en aquel recital (Super Dome, New Orleans, 1981), cuando te pasa todo eso, cuando te pasan esas cosas, ahí aparezco yo.
Y te parece que todavía es posible, que un rayo de sol atraviesa los pesados nubarrones de tu tragedia personal e intransferible, que quizás te queden fuerzas para seguir adelante, que tan solo necesitás tomar aire, un par de cafés con leche, aún te queda una oportunidad.
Entonces te das cuenta que aquello que debió sucedernos, debió sucedernos antes. Te das cuenta que te equivocaste, que, como casi todo el mundo, te perdiste en el camino, no te fijaste bien y se nos hizo tarde. Y te enojás mucho, conmigo, es natural.

23.9.09

Te deseo lo mejor

Trabajo en una oficina, no quisiera entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad del lector, no quisiera ahondar en cosas que pudieran impresionar. Digamos, porque de alguna manera hay que decirlo, que soy jefe de un departamento, jefe de un sector compuesto por siete personas. No es algo que defina la historia.
Una de las personas del sector, al que llamaremos el sujeto A, me informa que va a dejar el trabajo, y como consecuencia el sector. Este muchacho, que ya no es un muchacho sino un tremendo repelotudo de treinta y tantos años, ha conseguido otro trabajo, y se va.
Son cosas normales que suceden en cualquier oficina, las oficinas se alimentan con determinada regularidad de carne fresca, alguien mejora, alguien huye, alguien comienza su particular e intransferible via crucis, alguien se va.
Le digo a A. las boludeces de rigor. Que fue bueno haber trabajado juntos, que todo el mundo tiene derecho a progresar, que le deseo lo mejor. A. tiene el natural entusiasmo de quien cambia de novia y cree que todo ha sido un error, que todavía puede recuperarse, ser feliz. Esos pequeños saltitos de ardilla que hemos dado en llamar ‘vida’, hasta que alguna fuerza superior nos de vuelta nuestras canoas hechas de precarias certezas y nos arroje a la mismísima mierda, demostrándonos que no sabíamos nada, que no teníamos idea, que ahora carecemos del talento o la suerte para volver a empezar. Lo normal.
Le digo a A., ya lo conté, que le deseo lo mejor. También le digo que sería bueno organizarle una cena de despedida, que sería bueno para el grupo, que me deje a mí.
Combinamos entonces el día y la hora, y le digo un lugar, le digo que yo me encargo, que soy el jefe, que organizar es mi especialidad.
Lo cito entonces para el jueves siguiente en un restaurante, a las nueve de la noche, un lujoso restaurante de la ciudad. Voy a ese restaurante, de hecho, y reservo una mesa para siete personas, dejo de seña el 30% de la consumición estimada, no importa el dinero, la reserva está hecha a nombre del sujeto, a nombre de A.
Entonces me reúno con los muchachos del departamento, los muchachos que trabajan conmigo, me reúno en ausencia de A. Y los invito a una cena, el jueves que viene, a esa hora, a las nueve. Pero los cito en otro restaurante. Les digo que no hablen de esto con A., ya que como A. se va de la organización, he decidido no invitarlo. Ya no pertenece al equipo, y yo debo hablar con ellos de cosas secretas, cosas que nadie que no pertenezca a nuestro sector debe escuchar.
Y llega el jueves, el jueves que viene que no va a ser más el jueves que viene sino el jueves, hoy. Recibo a los muchachos en el restaurante al que los he citado y les pido que apaguen los celulares porque quiero contarles algo, algo muy importante.
Mientras imagino a A., solo, en una mesa de siete personas, en medio de un restaurante lujoso y repleto de gente, esperando la llegada de sus compañeros que le han organizado una cena de despedida, preguntándose qué pasa mientras mira hacia la puerta y ruega por la llegada de cualquiera, de al menos uno, porque no entiende qué puede estar sucediendo, y un mozo se le acerca a preguntarle si desea tomar algo, un vaso de agua, mientras espera.
Yo pido vino, un par de botellas de vino caro, le digo al mozo que vamos a tomar el mejor vino, se trata de una ocasión especial.

19.9.09

La birome

Entro a un bar, a un bar de siempre, a uno de los bares de siempre en realidad, uno de los bares donde desayuno.
Me pongo de pie, de manera tan inesperada como tranquila. Hay poca gente en el bar, esa es quizás su única gracia. Es muy temprano.
Me acerco a una mesa, una mesa donde desayuna una parejita joven. El va de traje, hojea un diario. Ella es bonita, cabello corto, sin maquillaje, pulóver color salmón, orejas perfectas.
–No va a funcionar –apoyo las dos palmas sobre la mesa, entre un café con leche y un vaso de agua–. Ya están aburridos, y salen hace no mucho más de un año. Todavía dura un poco el sexo, pero se va apagando, siempre lo mismo. Date vuelta, o chupamelá. Por más que trabajes y trabajes, nunca vas a juntar la plata necesaria. Y vos querés tener un hijo, claro, porque vas para los treinta y te empezás a asustar. Pero también vas al psicólogo, y le contaste que te gusta un pibe de la facu, un peludo de barbita, y el psicólogo te dijo que le des lugar a tus sentimientos, que pruebes. Y cuando haya que ver quién se queda con el horno a microondas, siempre es triste, porque a la frustración se le suma el odio y uno se quiere descargar con la otra parte. Echarle la culpa al otro, para poder continuar.
Camino unos pasos, me acerco a otra mesa. Es un señor de elegante sport, cincuenta años, canoso, un reloj digno. Hay un maletín apoyado en el asiento libre de su mesa. El señor habla por celular.
–Es mentira –le apoyo una mano sobre el hombro, y se sobresalta–. El negocio no va a salir nunca. Fuiste un buen vendedor de cortinas para baños o máquinas de coser, pero fue hace mucho. Te quedaron dos trajes, y esa camisa no da más. Seguís creyendo que te queda una vuelta más en la calesita de la vida, seguís esperando en el andén un tren que no va a pasar. Ahora viene la vejez, sin guita. Y un hijo que te desprecia. Podés aceptar el cocker que te quiso regalar la vecina del quinto, y sacarlo a la noche a caminar.
Hay otra mesa, una chica flaquita, leyendo un libro de Cortázar de tapas mordidas. Se baña poco, tiene el cabello muy sucio, pero sus tetas son redondas y firmes.
–No te lo creés ni vos –con un ínfimo movimiento la obligo a apoyar el libro abierto sobre la mesa, aunque no lo suelta–. Estás repodrida de leer, de vivir alquilando con tres amigas de la facultad. Podés recitar páginas enteras de ‘Rayuela’, de memoria, y aún así nadie te invita a cenar. Los chicos del barrio tocan la guitarra, quieren coger veinte minutos, media hora como mucho, y escapar. La vida de bohemio es preciosa en las películas, pero ahí a la vuelta espera la realidad hecha de bombachas con elásticos vencidos y heladeras viejas que hacen una bocha de hielo imposible de romper. Quizás convenga que vuelvas a casa, con los papis, a tomar mate, ver novelas, descansar.
Vuelvo a mi mesa, me siento. Es que perdí la birome, no me di cuenta. El café está frío. Yo si no escribo me pongo mal.

15.9.09

Mi papá se muere

La historia tiene muchas aristas, algunas demasiado tristes para ser contadas. La historia, como todas las historias, como corresponde, tiene muchas aristas, pero quisiera concentrarme en una en particular.
Mi papá se muere. Mi papá se está muriendo, sin remedio. Es cáncer y es un ACV y es todo una mierda y es todo lo demás. Lo acaban de operar, con evasivas, con ese lenguaje tan particular que tienen los médicos, donde todo lo malo puede suceder, volverse más malo, y cuando uno pregunta qué pasa si todo sale bien, cuando uno pide que le cuenten el resultado positivo para que entonces valga la pena jugar, los médicos, el médico, se limita a hacer silencio y a mirarte de una forma que le deben haber enseñado en la facultad.
–Usted tiene que entender que la no progresión de la enfermedad debe ser vista como un resultado positivo –dijo el médico. Y a mí me dieron ganas de decirle que mi papá era una buena persona y que la salud es la ausencia de enfermedad y que yo podía tranquilamente meterle el estetoscopio en el culo y luego escucharlo por dentro, sólo porque era injusto que un médico no pudiera hacer nada para salvar a mi papá, y tampoco tuviera tres gotas de sensibilidad en todo su organismo para poder explicarlo.
Entonces operaron a mi papá, que ya no iba a despertarse nunca más, y estamos en uno de los días en que mi papá yace en coma y yo llego al hospital para escuchar el parte médico y hablarle a mi papá al oído y decirle que lo quiero mucho y que las cosas van a mejorar aunque sé que no es verdad.
Llego al hospital, y el médico está saliendo con su auto. El auto es un Volkswagen Gacel 1995, blanco, sucio. Tiene uno de los ventiletes laterales, la luneta triangular del lado del conductor, no sé cómo poronga se llama ese pedacito de vidrio, rota y pegada con cinta adhesiva.
Me acerco. El médico asiente en una especie de saludo, como diciendo ‘no hay novedades y qué le vamos a hacer es la vida’.
–Vos no podés salvar a nadie, boludo –golpeo con un nudillo el inexistente cristal–. Si hubiera visto qué auto tenés, jamás te hubiera dejado operar a mi papá.
Sé que lo he tocado, lo veo en su rostro, es tan necesario que todos sepamos que fuera de nuestra estricta área de cobertura somos apenas un boludo más. Y entonces me doy vuelta, subo las escaleras como si tuviera un millón de años, me seco las lágrimas con un antebrazo porque no quiero que mi mamá me vea llorar.

11.9.09

Lo normal

Desde siempre, desde chico, y la adolescencia, cuando importa, cuando duele, mucho más, me pasa algo, me pasa lo siguiente, me pasa lo que voy a tratar, sin aburrirte, de explicar.
Si yo entraba a un aula, en el colegio, o en un curso, o a un gimnasio, o a una discoteca, no importa el lugar. Lo que importa es que yo entre, me incorpore, a una situación donde hay, como en tantas situaciones a las que uno se quiere incorporar, un grupo de gente.
Lo normal, entonces, me desvío, me aparto pero ya vuelvo, es mi manera tan particular y exquisita de hablar, lo normal, decía, es que alguien ingrese a un lugar, y la mitad de la gente, pongamos un sesenta por ciento de la gente, sienta una tenue indiferencia por la persona en cuestión, no le preste mayor atención, no le de mayor importancia ni le genere interés la persona que acaba de ingresar. La otra mitad, pongamos el cuarenta por ciento restante, puede manifestar una también débil curiosidad, algo de interés por conocer al nuevo sujeto, siempre alguien nuevo refresca un poco el ambiente, mueve el agua, miremos qué dice, su manera de actuar.
Pero conmigo no, conmigo nunca fue así, jamás tuve esa oportunidad. Cuando yo hacía mi ingreso, mi aparición, sucedía algo tan sintomático como instantáneo.
El noventa y dos por ciento de los presentes me odian con todo el alma, me odian con énfasis, me desprecian profundamente, sin motivo (debo recordar, es preciso, que los presentes a los que me refiero en el precario ejemplo, no me conocen todavía). El tres por ciento de la gente me ama, siente que soy el nuevo mesías por tanto tiempo esperado, sienten que soy un tipo entretenido, con una contundente pija, un sabio, un buda, un genio de nuestro tiempo, aunque si les preguntaran por qué desde luego no tendrían nada para decir, no lo podrían explicar. Al cinco por ciento restante le da lo mismo si me tiro un pedo o si me pongo a cantar un tema de Leonardo Favio (‘Aquella noche de verano’, para ser más exacto. No, no dije el tema ‘Fuiste mía un verano’, dije ‘Aquella noche de verano’, hay cosas donde la precisión debe imperar, por favor no te confundas).
Las características, los grupos descriptos, tienen el curioso atributo de lo definitivo. Nada que yo haga hará que alguien que me odie pase a amarme, o al menos logre resultarle indiferente mi persona. Eso no pasa nunca, y por lo tanto, me permito decir que no puede pasar.
Te lo cuento para que entiendas que lo que te ha sucedido conmigo, el desbordante y por qué no descomunal odio que te genero es algo absolutamente lógico, me atrevería decir normal. No luches contra eso, tampoco yo pienso hacer el mínimo esfuerzo para remediarlo. Tu odio es un dato revestido de la más pura lógica estadística. Me parece bien, dejémoslo estar.

*http://www.youtube.com/watch?v=hafT7mCvXN0

7.9.09

Mala racha

Las cosas no me salen.
Fracaso en campos donde solía desenvolverme con absoluta solvencia.
Me tropiezo, estornudo, tiro gaseosas. Molesto, interrumpo, salpico, empujo, mancho.
Estoy, así me lo dicen, más viejo, más gordo, más pelado.
Los gatos del parque no dejan que los acaricie, los perros me muestran los dientes, me ladran, como si les hubiera quitado algo.
Los ladrones se rehúsan a robarme, los mendigos que piden dinero, que mendigan, se callan cuando paso, se repliegan contra la pared, esconden la mano.
Nadie intenta venderme nada. Nadie me ofrece un fantástico descuento. Las cajeras de supermercado bajan la vista y me cobran lo más rápido posible.
Nadie me toca bocina y acelera para atropellarme con su automóvil, nadie me para por la calle para decirme que fuimos juntos al colegio secundario.
El sol brilla menos. La lluvia no me provoca el acostumbrado entusiasmo.
Soy un genio, como siempre, soy genial. Pero las cosas no me salen.

3.9.09

Mandarinas

Paso por una verdulería. La verdulería, también es una frutería. Los locales que venden verdura, suelen vender, también, fruta. Son cosas que parecen apoyarse en la tradición, han sido así, desde siempre, conviene no preguntar.
Tengo que ir al trabajo, para eso he salido a la calle, pero me detengo. Hablo por unos instantes con el verdulero, que también es el frutero. Le pregunto por un cajón de mandarinas, de diez kilos. Sí, lo quiero comprar todo. Negociamos un poco el precio, regateo pero sin convicción, sólo porque es lo que se espera de mí. Llegamos a un acuerdo.
Agarro el cajón de mandarinas, y me siento en el cordón de la vereda, a escasos tres metros de la verdulería, que también es frutería. Saco todas las mandarinas del cajón, y me pongo a pelarlas. De a una. Con bastante cuidado, con bastante atención.
Lleva tiempo, son muchas mandarinas. Deben ser ochenta mandarinas, o cien. La gente me mira. Lucho con las mandarinas, el aire se impregna de un característico olor.
Después de unos buenos veinte minutos, he concluido la operación. Vuelvo a colocar, prolijamente, todas las mandarinas dentro del cajón. Me guardo las cáscaras, los pedazos de cáscara, dentro de los bolsillos, del saco, del pantalón.
Me acerco a la verdulería, que también es frutería.
–Te lo dejo –le digo al sujeto que me vendió las mandarinas, y le paso el cajón.
El sujeto me mira con una curiosa mezcla de fastidio y resquemor.
–No entiendo –repite– ¿Me las dejás?
–Sí –digo.
–¿Y para qué querés las cáscaras? ¿Por qué no te comés las mandarinas? No entiendo qué te pasa.
–No como mandarinas, no me gustan las mandarinas. Me gusta el color.