3.1.10

Te estoy hablando a vos

Sé nadar. Desde siempre, desde chico. Así que aprovecho, ya de grande, cuando puedo, para nadar. Si estoy de vacaciones, si estoy en algún lugar de veraneo, si estoy cerca del mar, me gusta nadar, en el mar.
Así que estoy en el mar, nadando, bien adentro. Deben ser las siete de la tarde, o siete y media. Uno siente que está en medio de una fuerza superior, siente que la naturaleza te abraza y te contiene y te da una cariñosa palmada mientras te muestra, apenas, de lo que es capaz. Encargué unos ñoquis con pesto en una rotisería, y tengo un buen vino. Voy a nadar veinte minutos más, mientras el sol comienza a retirarse. Después me voy a ir a cenar.
De pronto, como un ataque cardíaco o un accidente automovilístico, todo se pone mal. A mi lado, a no más de un metro de distancia, una aleta.
Ahora sí que estoy en problemas, Es por eso que hay que meterse a nadar en el mar de a varios, nunca solo. El ruido espanta a los tiburones.
El mensaje es unívoco. Estoy nadando, a unos doscientos metros de la costa, y hay un tiburón a un metro de distancia. Y son las siete y treinta de la tarde, más o menos, y tengo encargado unos ñoquis en la rotisería, y tengo también una botella de un vino buenísimo que no sé si llegaré a tomar.
Estoy paralizado del más puro espanto. Pero es una parálisis con inercia, sigo braceando, y mientras braceo aprieto bien fuerte los ojos, y se me escapa un sollozo que me devuelve una bocanada de sal.
Casi puedo sentirlo, pero todavía no lo siento. Supongo que será un chasquido seguido de un tremendo dolor. El tiburón me arrancará una pierna de un mordisco, quizás con eso sea suficiente. Quizás pueda llegar nadando hasta la costa, o quizás alguien me haya visto, y me rescaten con un bote inflable antes que la hemorragia me haga perder el conocimiento. Quiero comer los ñoquis, quiero tomar un vaso de vino y abrazar a Laura, lo que equivale a decir que quiero vivir.
Sigo nadando y llorando, nadando y llorando. Quizás ya me falta una pierna, quizás ya fui mordido y el frío del agua me impide sentir.
–¡Eh! No llores, che.
Debo estar inconsciente, debo estar en la cama de un hospital. Me resisto a abrir los ojos, a escuchar las malas noticias.
Pero sigo nadando, el sol en la frente, el vaivén del mar.
Abro los ojos.
–Hey, sí, a vos. Te estoy hablando –giro la cabeza. El tiburón asoma el hocico y me mira de costado–. Sí, quedate tranquilo, que no pasa nada.
–Pero, pero.
–¡No parés! Seguí nadando, no parés, que ya nos vieron –sigo nadando, más despacio–. Quedate tranqui, lo que pasa es que estoy aburrido. Se fueron todos, y me perdí. El agua está refría, no pasa nada. Miramar es una mierda.
–No sé qué decirte.
–Te vi solo y me acerqué, pero ya sé que es un quilombo. La culpa es de Spielberg. El tipo filmó la peli, la primera eh, y ahí cagamos. No nos quiere nadie. La gente puede vivir en un dos ambientes de cuarenta metros con un Rottweiler, pero ven una aleta y te cagan a tiros. No me parece justo.
–No sé qué decirte.
–Sos medio boboncho, vos. O quizás no, te entiendo. Es el julepe.
–Y sí. Disculpame. Estoy acá, indefenso, esperando que me arranques una pierna, y vos te ponés a hablar de cine.
Se ríe, muestra todos los dientes, se acerca un poco y me choca, de perfil, vamos flanco contra flanco, está jugando.
Lo palmeo, le acaricio la aleta. Tiene la piel rugosa y fría.
Se da vuelta, se pone como un perro, panza arriba. Le hago cosquillas.
–Tenés un aliento horrible. ¿Qué comiste? –Le digo y se atraganta de una carcajada.
–¡Uh! –vuelve a girar–. Ahí te vienen a salvar. Escuchame, me voy a ir porque si no es un quilombo. Cualquier cosa decí que era una tonina, o que te tiré un mordisco y zafaste de casualidad. No sé, mentí.
–Bueno –le digo. Le paso una mano por el hocico–. Te juro que es lo más raro que me pasó en la vida.
–Chau, forro, andá. La próxima te morfo un brazo –se ríe, una carcajada aguda y contagiosa. Desaparece bajo el agua.
Me quedo flotando. Levanto los brazos, agito las manos por encima de la cabeza.
–¡Ayuda! ¡Eh, acá!

10 Comments:

At 8:02 p. m., Anonymous cogito (bis) said...

tal vez las viejas tenían razón,
no hay que hablar con los desconocidos
como tampoco hay que hablar con las viejas que esperan su turno en el odontólogo

(hablo yo y pasa un carro, dijo alguien)

 
At 11:45 a. m., Anonymous El rottweiler said...

Tiburón botón y la concha de tu madre. ¿A vos alguna vez te pusieron un collar de ahorque, hijo de puta?

 
At 12:19 p. m., Blogger Lara said...

Y... sí. Te encontras a solas con un hijo de puta, te tiene en sus manos, y te das cuenta que justo ese día la cosa no es con vos y decide jugar a que es bueno... lamentablemente en situaciones así, no te queda otra que acariciarle el hocico. Y es así nomás, la próxima te morfa un brazo. No es tan raro, pasa continuamente, o nunca se cruzó con tiburones por la calle, en un restaurante, o en una fiesta o reunión laboral?

 
At 7:03 a. m., Blogger J. Hundred said...

*cogito (bis)! creo que son mucho más perjudiciales los conocidos que los desconocidos, aunque las viejas por lo general tengan razón, aunque esperar un turno en el odontólogo te seque el alma, aunque hable usted, aunque pase un carro.

*el rottweiler! quizás algo excesivo de su parte.

*lara! usted pone al tiburón, la inseguridad, geraldine neumann, la cruz de gólgota, y el departamento de marketing de Tolompetti S.A., todos en el mismo estanque.

 
At 4:02 p. m., Blogger Lara said...

*J.Hundred!
Ud, no entiende cómo veo yo las cosas... y está bien, no tendría por que hacerlo. En general me sucede, así que gracias!

 
At 1:40 p. m., Anonymous Mar said...

Gracias. Volví hoy. Luego le cuento

 
At 1:43 p. m., Anonymous Anónimo said...

Esta noche no duermo.

 
At 3:30 p. m., Blogger Analí said...

¿Ésta será la locura (la suya), o la metáfora más larga del mundo?

Sigo insistiendo ;-)

 
At 7:46 a. m., Blogger J. Hundred said...

*

*mar! de nada.

*anónimo! con que no nade en el mar por algunas noches, debería ser suficiente.

*analí! si me permite el acápite, usted insiste, pero insiste con una displicencia que roza la desidia. quizás convenga que me deje insistir a mí, que soy todo desesperación, fracaso puro. deje que me arrastre, que llore, que me ofrezca a lustrarle las sandalias poniéndome pomada wassington en un lateral de mi más que prominente nariz. disculpe, justamente, que insista, pero como dirían en el colegio militar: equivóquese con energía.

 
At 10:07 a. m., Blogger Analí said...

Juan, para mí la locura es elogiosa, hablo de la locura en el buen sentido, el de la creatividad, el de mirar distinto. No se me ocurriría pasar por aquí con la intención de agraviarlo. Mi intención fue justamente, todo lo contrario. Vea que mi blog -citando al maravilloso Hesse- dice "sólo para locos". La locura, desde mi punto de vista, es fascinante.
Y respecto a la metáfora más larga del mundo, no fue en el sentido de tedio o aburrimiento, sino de profunda y compleja.
Pasa a veces, que hablar poco genera malos entendidos. Ojalá la explicación sea un puente para la reconciliación.
Me encantó este texto, también.

 

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