15.3.09

En China

Entro al supermercado, el supermercado del chino de la vuelta de mi casa, el supermercado de barrio que sueña con ser alguna vez uno de los grandes supermercados de las grandes cadenas de supermercados que se desayunan a los supermercados de barrio como si se tratara de bocadillos. Peces grandes comiéndose a peces chicos, peces chicos luchando y soñando con ser peces grandes alguna vez, para poder decir que ahora sí, ahora entienden, que hacen lo que hacen porque alguna vez fueron peces chicos. No sé, todo el mundo tiene razón, me perdí.
Agarro un paquete de fideos Don Vicente algo machucado, una botella de vino Norton, barato y contundente, un poco de manteca, un poco de queso rallado adulterado y fraccionado y embolsado, mezclado tal vez con piedra caliza y limadura de pico de avestruz. Sé que todavía puedo, que mi fracaso no es absoluto y final. Sé que se trata de una mala década. Como ir a la ruleta y que salga setenta y siete veces seguidas el cero. No es normal, no corresponde, pero las leyes de la estadística dicen que puede pasar.
Mientras pueda comer un plato de fideos y tomar un vaso de vino sé que todavía soy posible, sé que tengo una posibilidad.
Voy a la caja, a cumplir con el sagrado rito de pagar. En la caja hay un chino flaquito, de esos chinos que pueden tener entre diecisiete y cincuenta y siete años, a los que sólo les interesa fumar.
Al verme, el chino tira para atrás su silla, se arrodilla sobre el mugriento suelo, cruza los dedos y coloca sus manos prácticamente sobre su frente, en una tan sorprendente como absurda plegaria.
–¡No, por favor! ¡Por favor! –dice.
Es extraño, lo admito, pero estoy acostumbrado a ver cosas extrañas. Apoyo los fideos, la manteca, el vino.
–¿Me cobrás?
–¡No me mate! –está llorando, puedo ver lágrimas en su enjuto rostro, sobre sus huesudos pómulos apenas recubiertos de piel– ¡Por favor! ¡Tengo familia! ¡Por favor!
No entiendo qué sucede. Es evidente que el hombre de rodillas me habla, sin mirarme, a mí. Me pide clemencia, continúa con su súplica sin animarse a abrir los ojos.
–No entiendo. ¿Qué te pasa?
–¡Por favor! Ayer fue suficiente. Ya entendí. ¡Ya entendí!
Lo miro. Detrás de él hay una chica, muy pequeña, con el cabello recogido en una simpática coleta. Mantiene la vista baja, en su padre o su marido o su hermano, no lo sé, con esa sumisión oriental y única. Pero está muerta de miedo también, la veo temblar por debajo de su jersey color verde pastel.
–¿Qué carajo pasa? ¿Se volvieron todos locos?
–¡Por favor!
–Hablá de una vez –Agarro la botella por el pico y la sostengo así, pero no sé porqué.
–Usted, usted –abre los ojos y parpadea mucho, me mira un instante y fija la vista en el piso inmediatamente después.
–¡Qué! ¡Yo qué!
–Usted, ayer. Vino y le pegó a mi padre, mucho. Todavía está internado, con conmoción cerebral. Los médicos no creen que sobreviva. Y violó a Sun Twein –señala hacia atrás, a la chica que de inmediato se ruboriza–. Usted, no contento, la violó por detrás, delante de todos, delante de los chicos. Y usted me quemó, con una plancha, a mí –suspende el rezo, la súplica, y con una mano aparta el cabello de un costado de su cabeza, hacia atrás. Falta una oreja allí, debería haber una oreja, en ese lugar, pero no hay oreja, sino un amasijo de piel enrojecida, calcinada, mezclado con algún ungüento y una costra demasiado reciente, todavía no ha empezado a cicatrizar, pero cuando cicatrice quedará otra cosa. Nunca más volverá a haber una oreja allí.
–¡Pero qué decís! ¿Quién te hizo eso? ¿Por qué?
–Ayer –vuelve a cerrar los ojos, vuelve a juntar los dedos bajo el mentón–. Usted. Dijo que nos mataría a todos. Dijo que volvería.
–No puede ser. Yo ayer estaba en Hurlingham. Me quedé en lo de Verónica. ¿Me cobrás?
–No me mate, señor. Llévese lo que quiera. Por favor, ya entendí.

11.3.09

Finura

Cuando suena el teléfono, porque siempre suena el teléfono, y es tarde, porque siempre es tarde, y yo digo ‘hola’. Es alguien, una mujer, para decirme cómo estás tanto tiempo qué es de tu vida. Pero no es real, nada de lo que dice es real, porque la mujer, esa mujer, lo que quiere saber, lo que necesita confirmar, es que hizo bien, más que bien, al dejarme. Esa mujer necesita saber que no se equivocó en huir de mí como si yo fuera un animal apestado y absurdo.
Esa mujer no consigue entender qué fue lo que le sucedió, a ella, en qué momento su magnífico plan lleno de playa y de sol y de hijos y autos y casas con jardín, ese plan tan finamente trazado, fracasó.
Entonces llaman, como quien revuelve cajones olvidados buscando llaves que ya no abren ninguna puerta, y necesitan que yo les diga algo, que mi linterna, aunque sea una vez más, las ilumine.
Y yo les digo que estoy muy mal, que mi vida es un desastre, que nunca después de ellas pude volver a sonreír. Que tengo sarna y lepra, pelagra y botulismo, un poco de tifus, tuberculosis de la fuerte, bastante piorrea, que vivo prácticamente en la miseria, que hay noches donde mi cena es una lata de arvejas y un pedazo de pan, que rengueo un poco, que vendí mis libros, que ya no veo a nadie, que los jóvenes, cuando camino por la calle, se burlan de mí.
Y eso les da un poco de fuerza para continuar con sus estúpidas vidas, para seguir deambulando entre maridos insólitos y trabajos inútiles, para creer que lo único que les hace falta es un viaje o un curso, mientras esperan que empiece ese programa de televisión nocturno donde los participantes cantan o bailan y luego deben aguardar que un jurado de notables les diga que son los elegidos, que sus sueños pueden hacerse realidad, que es posible, sí.

7.3.09

Señoras y señores

El hombre subió al colectivo, como cualquier persona. Esperó que subieran dos personas que estaban delante de él. Era de noche, y estaban la mitad de los asientos ocupados, una persona de pie leyendo un diario viejo. Hacía frío.
El hombre se paró de frente a los pasajeros, de espaldas al conductor, y sacó un arma. La exhibió primero, por un instante, sosteniéndola en alto, con la palma casi abierta, prácticamente colgada del índice encargado del gatillo. Luego nos apuntó.
–Señoras y señores, buenas noches –dijo, y se levantó un poco la gorrita con visera, verde, para que pudiéramos verle el rostro–. Esto no es un robo. Los voy a matar, de a uno. No quiero plata, no deseo reivindicación alguna. Los voy a matar porque los odio, porque me cansaron, porque sí.
Lo cierto era que debíamos ser unas once personas dentro del colectivo, sin contar al hombre de la gorrita verde que nos apuntaba, y el revólver debía tener seis balas. Era un detalle que convenía no dejar de considerar.
–¡No me mate, por favor, estoy muy enfermo! –Dijo un hombre mayor, de lentes, que se irguió apenas en el asiento para mostrar lo que le costaba ponerse de pie. Alzó un bastón como si se estuviera cubriendo el pecho, como si el bastón fuera suficiente para detener las balas.
–¡No me mate, por favor, estoy embarazada, voy a ser madre! –Dijo una mujer de unos treinta años, al borde de las lágrimas o ya llorando, que intentó alisarse el vestido de un horrible estampado con flores amarillas, para que se viera la protuberancia de su vientre. Tuvo otro acceso de llanto y se cubrió la cara con las manos.
–¡No me mate, por favor, soy el futuro! –Dijo un joven flaquito que estaba sentado al fondo y se había quitado los auriculares con los que escuchaba música. El susto superaba la indignación, y ambas cosas eran superadas por el sinsentido de tener que imaginar su vida truncada antes de haber, como quien dice, explotado, antes de haber dado rienda suelta a todo su extraordinario potencial.
–No me mate, por favor –Dije. Me puse de pie, porque estaba sentado en el tercer asiento de la fila del conductor, y tenía prácticamente al hombre de la gorrita verde y la pistola a mi derecha, muy cerca. En un rápido movimiento donde la contundencia no excluía cierta dosis de elegancia, le partí con todas mis fuerzas la botella de vino que tenía sujeta del pico, contra el cráneo. Se escuchó sonido de vidrios rotos, y la sangre y el vino salpicaron en varias direcciones mientras el sujeto caía desarmado, como un maniquí arrojado desde un piso alto. Su gorra, con visera, verde, rebotó contra una ventana y quedó sobre un asiento vacío. Se escucharon algunos gritos de los pasajeros, después de tanta tensión contenida–. Tengo una cena.

3.3.09

Todos queremos ser felices

Te lo explico una vez, porque me da pena verte así. Te lo explico porque es triste que estés tan mal.
Todos queremos ser felices, claro que todos queremos ser felices. Qué novedad. Ser feliz es el faro, la brújula, el motor.
Pero, y acá es donde aparece la trampa, por eso te pido que prestes atención, la felicidad es un organismo parasitario.
Te veo la carita y veo que te cuesta, que no entendés.
La felicidad necesita, para alimentarse, para poder desplegar las alas o bostezar, que estés haciendo algo, otra cosa. La felicidad te da algo, te da felicidad, pero come de lo que vos estés haciendo.
Y entonces podés ser feliz, y darte cuenta quizás, mientras cogés o caminás, mientras pintás una puerta (tampoco te vamos a pedir a vos que pintes el Guernica), mientras comés mantecol, mientras desabrochás un corpiño o peinás un flequillo o jugás al ajedrez o andás en moto o quién sabe qué más.
Pero no se puede ser feliz como objetivo primario, no podés ser feliz y punto porque la felicidad come de eso que estás haciendo y si no estás haciendo nada se marchita, se vuela, se va.
Así que dejá de pensar cosas como ‘yo quiero ser feliz’, o ‘¿porqué no puedo ser feliz?’, porque no funciona de esa forma. Te lo expliqué una vez, no te lo explico más.

27.2.09

Siete pesos (mi mejor plan)

La moza que me trae un café con una medialuna de manteca, es hermosa. Es tan hermosa que no puede evitarlo. Adivino sus glúteos emergiendo del pantalón negro en ese movimiento tan particular y único, los dedos de sus huesudas manos son largos, sus tobillos son finos y del color de la cerámica, el pelo negro con un flequillo ‘stone’ que roza sus cejas, apenas. Se ríe y es como un atardecer en la playa. Tetas pequeñas, culo muy firme.
–No sé quién sos, no te había visto jamás en mi vida, pero vayámonos juntos, ya. No es necesario que estés acá, no tiene sentido que trabajes, dejame que te cuide. Podés estudiar psicología o arquitectura, quizás tengas inquietud por la pintura, quizás sepas cantar. Quiero volver a casa y que abramos un vino y nos sentemos a ver cómo se hace de noche. Quiero que nos quedemos mirando por la ventana, o que vayamos a la playa y salgamos a caminar. Quiero que desayunemos juntos y verte envuelta en un toallón cuando salís de la ducha. Podemos ser felices, a veces pasa, nos corresponde, puede funcionar –dije. Sí, mirándola, muy serio, quizás los nervios me traicionaron un poco, al final, una gota de sudor surcó mi frente buscando el reparo de una ceja. Nunca me había pasado algo así, ni en la adolescencia. Era tan linda que daban ganas de llorar.
–Son siete pesos –me dijo.
–¿Eh?
–Un café, una medialuna, siete pesos.
Hay veces que un cuaderno y una birome son el único lugar para esconderse. Hay veces que no queda otro remedio que soñar.

23.2.09

Service

Entre tantas cosas que tengo, entre la caspa y el odio, tengo, también, un radiograbador. Es un radiograbador no muy bueno, no muy nuevo, alguien que me quiso alguna vez me lo debe haber regalado. Me sirve, el radiograbador, para escuchar la radio, a la mañana principalmente. A la persona que me lo regaló no le sirvo más.
Por esas cosas que suceden, por esas peculiaridades, caprichos que tienen los objetos, el radiograbador deja de funcionar. El radiograbador no anda más. Cuando un radiograbador no anda, cuando un radiograbador deja de funcionar, entre las cosas que no se pueden hacer está escuchar la radio. Así que lo llevo a un local de mi barrio, como si cargara un perro con una pata quebrada. El local se llama ‘Service Total’. Me atiende un señor de edad mediana, sin ningún rasgo distintivo que valga la pena mencionar. Es bajo, pero no muy bajo, es canoso, pero no demasiado, tendrá cuarenta años, o cincuenta, rasgos orientales tal vez, pero diluidos por sucesivas generaciones que han debido habitar el suelo argentino, lo que equivale a decir nuestro amado país.
Le explico el problema. Me dice que debo dejar el aparato, que así él lo podrá revisar, hacer un diagnóstico, esa es la palabra que emplea. Dice que el diagnóstico cuesta, pongamos, cincuenta pesos. Con el diagnóstico, entonces, podré tomar una decisión. Debo volver dentro de tres días. Me parece bien, así que digo:
–Me parece bien.
Pago los cincuenta pesos, me dan un papel.
Pasan tres días. Tres días sin el radiograbador. Descubro entonces que he estado tres días sin escuchar la radio.
Me presento en el local. En ‘Service Total’. Me atiende el mismo hombre, que ha cambiado de camisa, todo lo demás está igual.
–Te dejé una radio –digo. Exhibo el papel.
–A ver –dice. Toma el papel y desaparece por una puerta trasera. Al rato, a los cinco minutos, vuelve a aparecer. Trae una suerte de carrito de aluminio, una camilla. Sobre el carrito, mi radiograbador yace abierto de par en par. Todo lo que había en su interior, está ahora a la vista: cables, circuitos, trozos de plástico, tubitos de metal.
–Es complicado –dice el hombre–. Hay que cambiar el rotor cibercerúleo y hacer un puente de policarbonato que permita la maxibustión aórtica sub-buffer.
Le pregunto cuánto va a costar repararlo. El hombre dice un precio que debe ser el de un radiograbador nuevo, flamante, menos un peso, tal vez.
–No –digo.
–¿Cómo?
–No. No deseo repararlo –digo.
–Pero ya está abierto –dice el hombre. No se ríe, sabe que no debe reírse, pero hay una mueca imperceptible, una torcedura de su labio inferior que deja al descubierto por un instante una repulsiva e irregular hilera de dientes amarillos. Sabe que me tiene atrapado, es un cazador y yo he caído en la trampa. Se limita a saborear la situación.
–No importa –digo–. Me lo llevo así.
Tomo una bolsa de nylon y voy colocando, pedazo a pedazo, el radiograbador, en lo que ha sido transformado. El hombre se inquieta, hace repiquetear los cortos dedos de una mano sobre el mostrador. Algo se está desviando de sus maliciosos planes.
–Quizás te puedo hacer un descuento –dice–. Dejalo y pasá en una semana.
–No –digo–. No te voy a dejar nada. Lo importante es que no te salgan las cosas como vos pensabas. Si es necesario, prefiero no escuchar la radio nunca más.

19.2.09

Especial

yo no quiero ser campeón del mundo de nada. yo no quiero sacar mis siete hijos a pasear. yo no quiero ser director comercial de una empresa que exporta, que importa, y que vuelve a exportar. yo no quiero que me jures que estás enamorada pero que se te va a pasar. yo no quiero visitar las pirámides de egipto, ni la torre eiffel, ni el último pedazo del último glaciar. yo no quiero manejar una ferrari ni un transbordador espacial. yo no quiero ser flaco ni alto ni rubio ni lindo. yo no quiero poder, yo no quiero triunfar.

lo que quiero es que llueva, que siga lloviendo
mientras yo me quedo sentado en el bar.

15.2.09

Que me perdone Australia

Para su cumpleaños, le regalé un canguro. Me costó mucho trabajo conseguirlo, y una pila de plata. Es un canguro jovencito, cola parada, ojos del tamaño de dos pelotas de tenis y piernas que le permiten dar saltos de más de dos metros de alto.
Los traen de Australia, de contrabando, es ilegal, y la pena por atentar de esa forma contra los animales, alejándolos de su hábitat natural, es de varios años de prisión. Tienen que sacarlos en barco, narcotizados, y luego en avión. Los llevan a Europa. Hay que sobornar funcionarios de aduana, adulterar papeles, inventar pedidos oficiales de zoológicos inexistentes.
Decidí tomar el riesgo, violar no sé cuántas de mis propias normas éticas, hacer la inversión. Necesito que ella sienta lo que es vivir, aunque sea por un día, con alguien que no para de romper las pelotas.

11.2.09

En la tormenta

Con todo este fracaso, con todo este dolor, con todo este cúmulo de tragedias más o menos tradicionales pero con la curiosa e irrebatible peculiaridad de ser mías. Con este muestrario de barbaridades, decía, con este catálogo personal e intransferible de frustraciones, he construido algo hermoso. He sido capaz, aunque jamás me hubiera creído capaz, ha sido supervivencia tal vez, llamémoslo defensa propia, he podido sobreponerme, por decirlo de alguna forma, he podido transformar todo este abanico de hecatombes en una flor, una sonrisa, una canción.
Y he generado también, imagino que como parte de la construcción, de la reacción química descripta, como parte del proceso, una considerable cantidad de grasa. Tengo una panza.

7.2.09

Los peces y los panes

En la oficina sucedían las cosas que suceden en una oficina: alguien coge con alguien, todos odian a todos, alguien sueña con ascender, con alcanzar el agridulce paraíso de una gerencia, todos sueñan con escapar de esa rutina melosa y gris, manejar un descapotable, sentir el viento en la cara, ver el mar.
CR era un cadete, ya demasiado grande para ser cadete, y estaba estipulado, desde mucho tiempo atrás, anterior a mi llegada, que era un imbécil. No podía uno decir que fuera mogólico en el sentido exacto del término, pero las orejas en jarra, la parte superior del cráneo absurdamente plana, el corte de pelo de un interno de neuropsiquiátrico, y la sonrisa ensalivada y permanente, dejaban en claro que no era un sujeto normal.
Al parecer se trataba de un hijo de un coronel importante, y el coronel importante había pedido un favor a un funcionario importante. Un favor importante. Y el favor importante había sido un trabajo para su hijo extraño, y el favor importante había merecido una gratificación importante. Y eso había sucedido hacía tanto tiempo que no valía la pena revisar la cuestión. Regla número uno para sobrevivir en una oficina: si existe la posibilidad de dejar las cosas como están, no haga nada.
Y CR, que trabajaba de cadete, deambulaba por la oficina con su sonrisa eterna y brillante de saliva y su tacita de mate cocido en la mano, que iba apoyando en cualquier parte, manchando certificaciones, arruinando autorizaciones, y así.
CR, además de no hacer nada, estudiaba. Estudiaba sistemas, desde hacía unos quince años, y todo indicaba que seguiría estudiando unos quince años más, lo cual le concedía un régimen especial de trabajo, que le permitía retirarse unas tres veces por semana dos horas antes, además de poder pedirse días por examen. Como no hacía nada, a nadie le importaba lo que hacía, a nadie le importaba si venía o no, y él podía seguir estudiando tranquilo, tomando su eterno mate cocido.
Y ahí estaba yo, en esa maldita oficina, viendo cómo hacer para progresar en la vida, descubriendo que trabajar como trabajaba casi todo el mundo era un asco, una mierda, era algo que te secaba el alma en poco tiempo y te ponía blancos los pelos de los huevos y hacía que no te rieras nunca más. Y eso era todo y la gente lo aceptaba porque no había otra opción, y yo no daba más, aunque no pudiera ser que no diera más porque todavía no había pasado nada, todavía, se podría decir, no había empezado.
Quise hacer una broma, nada más. Me pareció gracioso y original. Hice que alguien le diera una tarea a CR, una tarea, inventada, que lo mandaran a otro piso, a llevar unos papeles, a conseguir una firma, que lo alejaran por un rato. Y agarré el portafolio de CR. Porque, olvidé contarlo, CR andaba siempre con un portafolio de esos de material plástico, duro, símil cuero, negro, con combinación. Y le abrí la combinación, era fácil, yo sabía hacer esas cosas. Y llamé a otro cadete. Marito, un pibe despierto, y lo mandé a la fiambrería. Le di cincuenta pesos y le dije ‘traé pan’.
–¿Qué?
–Traé pan.
–¿Qué pan?
–No importa qué pan. Traé pan. Traé todo el pan que puedas comprar. Rápido.
Y Marito me entendió al toque, y fue y vino con pan. Trajo pan lactal. El que viene en rodajas. Trajo cinco paquetes de pan blanco.
Así que comencé a colocar todo el pan dentro del portafolio, sobre las cosas de CR, un par de carpetas, biromes, un sacapuntas, un sello de goma. Hice un piso de pan. Y sobre ese piso, otro piso, y otro piso más. Empecé a apretar con fuerza, y seguí metiendo pan en el maletín, más pan, y mientras cargaba el maletín de pan, encerrado en un baño, me reía sin parar y Marito fumaba y se reía también.
–Apurate –me dijo–. Que debe estar por volver.
La idea era tan simple como estupenda. Era jueves, y CR se iba antes, se iba a la facultad. Había dicho que tenía un examen. Lo que yo quería era que CR se sentara en la facultad, para comenzar su examen, abriera el maletín, y comenzara a salir pan. Pan y más pan. La escena era absolutamente brillante y mía. La escena era genial.
Cerré el portafolio. Puse la combinación. Limpié las miguitas. Dejé todo en su lugar.
CR volvió, agarró sus cosas, se puso el saco, se fue.
–Tengo facultad –dijo.
Para entonces, el resto de la oficina ya conocía mi maniobra. Recibí algunas felicitaciones. Yo era un tipo especial.
Al otro día, el viernes, CR no vino a la oficina. El lunes vino un pariente y habló con el Director General. Después bajó la secretaria y nos contó que al parecer lo habían encontrado el jueves a la noche, a CR, ahorcado en su cuarto, en la casa de sus padres. CR se había suicidado. No se sabía nada más.

3.2.09

Lo que tenés que saber, pibe

Lo que tenés que saber, pibe, es que existen tres tipos de mujeres. Y no tiene nada que ver con que sean madres, o profesionales, o que tengan las tetas grandes o que lloren cuando ven por televisión el hambre en Etiopía. Tiene que ver, pibe, como todo lo importante en esta vida, con el alcohol, con la bebida.
Están las mujeres ‘ceteris paribus’. Es una mujer que no toma. No importa si estás comiendo un asado o una pizza, ella pedirá alguna repelotudez sofisticada, como jugo de frutilla con canela y ralladura de coco, o un licuado de durazno, menta y melón, o simplemente una gaseosa dietética.
Están las mujeres ‘pari passu’. Es una mujer que va a acompañar. Si fuiste a comer una pizza y decís ‘¿tomamos una cerveza?’, ella dirá ‘bueno’. Si fuiste a un restaurante italiano y decís ‘¿Tomamos vino?’, ella dirá ‘bueno, sí’.
Están las mujeres ‘mutatis mutandi’. Es una mujer que si estás en un bar y te pedís una cerveza con maníes, ella pedirá un gin-tonic, luego otro, y otro más, antes que vos hayas podido llegar a la mitad de tu primer vaso.
Ahora bien. Si estás en presencia, si la vida te coloca por un instante en compañía de una mujer ceteris paribus, andate. No lo pienses. No lo analices ni lo dudes, tirá cincuenta pesos sobre la mesa y andate. Es una mujer que más temprano que tarde no podrá ocultar la absoluta tristeza que le corroe el alma. Puede tener flequillo o querer tener hijos o ser una diseñadora gráfica, pero detrás de ese antifaz hay una tristeza tan grande como para llenar una bañadera de lágrimas. Andate, no te des vuelta, no existe forma sobre el planeta tierra de combatir ese mal.
Si estás en presencia de una mujer ‘mutatis mutandi’, preparate para el mejor mes de tu vida. Ella se meterá un turrón en el culo y bailará ‘satisfaction’ desnuda en la terraza un día de tres grados bajo cero. Ella te pedirá que la ahorques con un cinturón durante la práctica sexual, y te masturbará en los cines y tendrá la carcajada más sensual que te puedas imaginar. Pero además de verte a vos querrá ser amiga de Charly García, se pondrá cocaína en el clítoris e intentará que su perro Ulises le chupe la vagina, se tirará en aladelta después de haberse frotado el culo con un mantecol tamaño familiar y te dirá que quiere coger con las nubes, en fin. No puede durar.
Queda entonces la mujer ‘pari passu’, pibe. Una mujer a la que le gusta coger pero también dormir, una mujer que por lo general está contenta pero a veces no, una mujer que no es demasiado linda ni sueña con ser la nueva Janis Joplin, una mujer que mira la tele y también sabe leer, y le gusta caminar por la playa pero no toma sol. Una mujer que sabe que las cosas pueden mejorar, pero lo normal es que empeoren, porque la escalera mecánica siempre va para abajo y tu esfuerzo está muy bien pero también está bien descansar, porque hay fracasos plácidos que valen más que muchas victorias, y a veces es bueno estar juntos, abrazarse, tener algún que otro efímero plan.

30.1.09

¿Te acordás?

Me encuentro con un amigo de la adolescencia. Lo invito a tomar una cerveza. L. empieza a hablar. Se acuerda de la vez que fornicamos once con la misma chica, y lo dificultoso que fue sortear el orden de participación en el evento. Se acuerda la vez que nos peleamos con un club de rugby de Tucumán, y cómo nos pegaban y nos seguían pegando, así que decidimos que lo único que podíamos hacer era correr, pero también corrían más rápido que nosotros, así que nos metimos al mar, vestidos, y empezamos a nadar, nadábamos muy bien, y nos quedamos flotando en el agua, bien adentro, con zapatillas y relojes y la poca plata en los bolsillos, esperando que amaneciera, haciendo chistes para ahuyentar a los tiburones. Se acuerda la vez que dije que iba a superar la marca de dieciocho whiskys de Dylan Thomas, pero al séptimo whisky me quise coger a su hermana y a su madre y a un simpático caniche y me desmayé y me desperté en el hospital a los dos días y pregunté qué pasaba.
–Bueno –le digo–. Contame cómo andan tus cosas.
No dice nada. Enciende un cigarrillo y mira por la ventana del bar, da una pitada y retiene el humo, como si le fuera posible dar una vuelta más en la deliciosa calesita del pasado.

27.1.09

Un grano

Tengo un grano. Un grano en la ingle. Un grano del tamaño de una nuez con cáscara. Es tan grande el grano, que a cada paso que doy al caminar, el grano roza por un instante la cara interior de la otra pierna, y es como si me echaran un chorro de agua hirviendo que me hace de inmediato dar un pequeño salto hacia delante, separando un poco las piernas, lo que ante los ojos del ocasional y fortuito transeúnte me hace parecer un tremendo pelotudo. Mucho más de lo habitual.
Así que voy a un sanatorio, a un hospital, a la guardia, y pido hacer una consulta a un médico clínico.
Me atiende una chica joven.
–Sí, dígame qué problema tiene –me pregunta, se sienta, apoya el estetoscopio sobre el pequeño escritorio de metal.
–Tengo un grano –digo–. Un grano grande que me molesta mucho.
–¿Dónde está localizado?
–En la ingle.
–A ver, bájese los pantalones, quédese de pie, muéstreme.
Eso hago. Mis calzoncillos están desteñidos y con el elástico algo flojo. Ella se arrodilla, y toma una lupa. Nunca es bueno que alguien tome una lupa y la acerque a los genitales propios, quiero decir tuyos, o sea, míos. Predispone mal.
–¿Qué es, doctora?
–Es un grano –me dice.
–¿Y por qué sale?
–No lo sé, pueden ser muchas cosas.
–¿Y qué hago?
–Nada, esperar que madure, o que se reabsorba. Le voy a dar un talco, y una solución para que se haga unos baños.
–¿Y qué más? ¿Cuándo se va a ir?
–No sé.
Es un movimiento rápido, impensado, preciso. Tomo un clip que hay sobre el escritorio, lo abro, y pincho el grano, con energía. El dolor es demasiado fuerte para admitir una descripción. La doctora cruza una mano sobre el pecho y retrocede un paso. Sale un chorro, un chorro verde y espeso y humeante, capaz de partir un azulejo, como si se lanzara contra la pared, con máxima potencia, el contenido de una taza de café con leche, de un café con leche verde y repulsivo, como si se apretara un pomo de dentífrico con toda la fuerza disponible.
Siento que mis rodillas ceden por un momento, vencidas por el dolor. Me aferro al biombo y logro conservar la vertical.
–¡Aaah! Ya está, doctora, ya está. Era el odio acumulado, doctora, el odio a tantos pero tantos pelotudos como usted, que jamás pudieron contestarme nada.

24.1.09

Y llovía, llovía

Yo debía tener once años, y ese dato es importante para el relato. Iba al colegio, al colegio primario, y el colegio era mixto, lo que significaba que además de nosotros, estaban las chicas.
A mí me gustaba una chica. Me gustaba V. Y alguien, alguno de los chicos del colegio, organizaba una fiesta en su casa, pero no era su cumpleaños. Era un asalto, ya sé que suena ridículo pero se llamaban así ese tipo de fiestas. Era algo como un cumpleaños, pero sin el cumpleaños, por lo que supongo que el grado de compromiso del anfitrión era menor. Cada uno de los concurrentes tenía que llevar algo, gaseosas o sándwiches, no sé. Y de esa forma, con el cooperativismo tan triste como incipiente, todo condimentado de buena voluntad, uno podía participar de una fiesta, como si fuera un cumpleaños, sin la cronológica necesidad de aguardar que alguien cumpliera años.
Yo había solicitado asesoramiento a mi mejor amigo, y había planeado la estrategia (táctica es sobre el terreno, según la jerga militar) para declararme a V. en ese asalto. La declaración, si mal no recuerdo, consistía en hablarle uno o dos minutos en privado, y preguntarle si quería ser mi novia, si se quería ‘meter’ conmigo, se decía así. Si la chica en cuestión decía que sí, entonces uno pasaba a estar ‘metido’, estaba de novio, en este caso con V. Y nada más. Que yo recuerde nada cambiaba. A lo sumo uno se saludaba a la mañana, al ingresar al aula, o podía volver una cuadra caminando juntos, de la mano tal vez, y listo. Uno comprendía las complejidades de la vida en pareja.
El asunto es que yo había esperado el momento adecuado, y ya intoxicado como sólo una combinación de chizitos y coca cola podía hacerlo, después de haber bailado y jugado con mis amigos y no sé qué más, había entonces logrado apartar a V. del grupo de chicas y le había hecho la propuesta.
–Dejámelo pensar –me dijo. V. usaba dos colitas y aún hoy es el rostro de mujer más bonito en el que puedo pensar, cuando se me da por pensar en esas cosas–. Al final te contesto.
Eso no estaba en mis planes, desde ya, pero me pareció algo perfectamente lógico. Eran decisiones demasiado tremendas para ser tomadas en un instante. La vida de V. estaba a punto de cambiar para siempre, y eso exigía un poco de reflexión.
Habían pasado un par de horas más, y me vinieron a buscar. En esa época mi padre no hacía otra cosa que trabajar, y aún así, obligado por mi madre y su infinita dulzura, me habían venido a buscar.
Llovía. He olvidado contar que llovía.
Yo tenía que irme de la fiesta sin demoras, pero aún no contaba con mi anhelada respuesta. Así que fui a buscar a V. Me dijo que bajara, que ella me iba a contestar desde arriba. ¡Dulce locura del amor! La timidez, tal vez, los nervios.
Bajé entonces, y toqué el portero eléctrico. Le dije a mis padres que me aguardaran un instante más, en el automóvil destartalado comprado a un gitano, por el cual vendrían a buscar en pocos días a mi padre y lo acusarían de pertenecer a una banda de ladrones de banco, cosa que casi le cuesta un infarto, porque mi padre no era un ladrón de bancos, le había comprado un auto, su primer auto, a los 41 años, a la persona equivocada y nada más. Les dije que me aguardaran, que ya volvía.
Se me instruyó a través del portero eléctrico, que debía asomarme a la calle, que V. saldría al balcón. Así lo hice, mirando hacia arriba, de cara a la lluvia, grité ‘¡acá estoy!’ También grité ‘¿y?’, porque me tenía que ir.
V. se asomó apenas al balcón, era un tercer piso, pude ver por un instante sus dos simpáticas colitas rozar la baranda.
–No.
Eso dijo, y desapareció en medio de carcajadas estentóreas, de música, de voces.
Así que fui al auto, caminando, tratando de mantenerme tan derecho como me resultara posible.
–¿Cómo la pasaste? ¿Qué tal la fiesta? –Preguntó mi madre.
–Bien, muy bien –dije. Y pensé que lo que me estaba sucediendo no podía ser tan grave, que tan pronto cicatrizara ese rechazo sería capaz de encontrar el lado positivo de lo que me había ocurrido, que tenía que existir un hermoso aprendizaje en todo aquello. Que se me pasaría, porque las cosas no podían doler tan fuerte, no podía doler tanto.

21.1.09

Se trata de un error

Suena el teléfono.
Atiendo.
–¡Te odio, hijo de puta! ¡Me arruinaste la vida! ¡Morite!
Hay una, dos agitadas respiraciones. Es una voz de mujer.
–Creo que estás equivocada, se trata de un error. Tu vida estaba arruinada, de manera evidente, desde mucho antes.
Mi hablar es pausado, sereno.
Ella cuelga el teléfono.
Yo no sé quién es.

18.1.09

Estimados consorcistas

Vuelvo a mi casa. Deben ser las ocho de la noche. Hace un calor que sólo puede suceder en Buenos Aires, un calor que hace que la lengua de los perros roce las baldosas de las veredas. Vengo de una mala década, estoy arrasado, pateando los vidrios de mis sueños rotos, vengo mal.
Pongo la llave en la cerradura y abro la puerta de calle. Quiero tomar el ascensor, bañarme, descansar.
Hay un curioso semicírculo de personas que me observan, serán unas veinte personas, adultos en su mayoría, con predominancia masculina, diría que en una proporción de dos a uno.
–Buenas noches –digo aún sin saber quiénes son. Saludaría de idéntica forma a Pamela Anderson, al General De Gaulle, a un canguro australiano.
–Estamos en reunión de consorcio –dice una voz de mujer. La observo con inquietud, con sorpresa, como miraría a una lechuza. La mujer se asusta un poco, se apresura en aclarar–. Soy la administradora. Del consorcio.
–La felicito –le digo.
Intento avanzar hacia el ascensor, pero el hall del edificio está demasiado concurrido. Han colocado una mesa en el centro, con papeles, y una silla también. Pido permiso.
–Permiso –digo.
–No puede irse –dice una voz, un vecino con aspecto de no haberse bañado jamás. Tiene una esposa, una mujer, cuyo aspecto corporal es el de un roedor que se ha erguido sobre sus patas traseras, un roedor de unos cuarenta kilos, que olisquea el aire y mueve la cabecita de una manera frenética y no hace mucho más–. Tiene que participar de la asamblea. Tiene que firmar.
–¿Qué? –digo. Intento avanzar otra vez, pero la multitud, algo temerosa por cierto, se abroquela.
–Sí, tiene que firmar –dice otra voz, otro hombre que fuma unos tristes cigarrillos mentolados, y usa unos lentes que parecen a punto de caerse de su nariz. Tiene poco pelo, un pelo, tal vez, y lo usa para cruzar su cráneo en diagonal, intentando que el pelo, ese pobre pelo, cumpla la función de todos los pelos, de pelo lateral y masa capilar, y flequillo también. Ese pelo nada más.
Es evidente que consideran que si soy vecino, debo participar del castigo que ellos mismos han elegido. Debo escuchar esa burda patraña de ágora participativa, debo asentir, acatar y permitir que alguien se robe un peso o dos, que otro alguien maneje la compra de escobillones con discrecionalidad, que alguien practique ser un pichón de Churchill, un estratega geopolítico capaz de determinar en qué punto del planisferio los perros no deberían ladrar.
Así que no hablo. Con un diestro movimiento, me bajo los pantalones del traje, y los calzoncillos, me pongo en cuclillas, con el riesgo que eso implica para mis castigadas rodillas, y comienzo a defecar. Mi corbata roza el piso durante la maniobra.
–¡Eh! ¡Oiga!
La gente retrocede un poco. Veo algunos rostros de estupor, de contrariedad. Pero es raro que alguien se anime a tocar a un hombre que está cagando.
–¡Qué horror! –grita una mujer. Luego los murmullos se apagan. Oigo gente que corre por las escaleras, ascensores que suben, que bajan, que vuelven a empezar. Suenan portazos como tiros.
Me incorporo, me pongo de pie. Un importante sorete reluce bajo las dicroicas. No creo que sea oportuno bucear en lo descriptivo. La administradora del consorcio se ha quedado refugiada en el ángulo que forman dos paredes, con el libro de actas a modo de escudo.
La miro. La noto respirar con dificultad. Tengo los pantalones y los calzoncillos enroscados a la altura de mis tobillos.
–¿A ver dónde, qué más hay que firmar? –pregunto.

15.1.09

Razones antropomórficas

Un amigo nos invita, a varios de sus amigos, a tomar unas cervezas a su casa. Se ha mudado. Es una linda casa. Nos sentamos a recordar trivialidades de un pasado que todavía chispea en nuestras memorias. Es domingo.
–Miren, les quiero mostrar un video –dice mi amigo, el anfitrión.
Pone una película en su flamante televisor de pantalla gigante y tres milímetros de espesor. La película es una película pornográfica. En la película, una chica, rubia, bonita por cierto, tetas pequeñas, culo firme, con algo de un cansancio que opaca sus ojos, se dedica a fornicar con un burro. Para lo cual debe estimularlo, primero, utilizando sus manos y porqué no sus brazos, donde por un momento acuna la tremenda verga del animal como si fuera una criatura.
La rubia embebe la verga del burro en un aceite espeso que saca de un balde. Se frota contra la verga del animal, que es negra y del grosor del tronco de un árbol. La rubia se esmera, frota, abraza, lame. Luego, utilizando un simpático artilugio, una especie de tabla con rueditas como las que utilizan los mecánicos para trabajar debajo de un automóvil, y acostándose en idéntica posición, la rubia consigue colocarse debajo del burro, y se introduce en la vagina la verga del burro.
Esto es un decir, no es técnicamente exacto, ya que por razones antropomórficas alcanza a lograr su cometido, la penetración, en un dos o tres por ciento, no más.
En el rostro de la rubia se refleja claramente la dificultad operativa, más allá de toda simulación. La rubia mira a la cámara mientras empuja con ambas manos hacia adentro, aferrada al tronco del árbol de la naturaleza misma hecha garompa. El sudor brilla por encima de su labio superior. La escena es insostenible en el sentido exacto y literal del término.
La cámara enfoca entonces la cara del burro, que permanece impasible, temeroso, drogado tal vez, intentando descifrar qué se espera de él.
Y yo quisiera saber qué es lo peor: si la rubia, el camarógrafo, si el productor del film, el burro, yo.

12.1.09

Capacidades diferentes

El faquir muestra sus habilidades: se acuesta sobre una cama de clavos y hace que un colaborador le parta de un mazazo un bloque de piedra que le han colocado sobre el pecho, camina descalzo sobre vidrios rotos primero, sobre brasas encendidas después, se atraviesa la nariz de lado a lado con una aguja de cincuenta centímetros de largo.
La chica que me acompaña aplaude con entusiasmo, me pregunta qué pienso.
–No resistiría un trabajo de oficina más de una semana –le digo.

9.1.09

La medida

La gente viene y me dice que estoy más gordo, más pelado. La gente viene a ver si me creció la nariz, si las ojeras me llegan hasta el piso, si rengueo. La gente viene a ver si cambié el auto, si los perros me ladran, si el cuello de mis camisas está bien planchado.
Soy una especie de metro patrón. Para saber cómo te fue en la vida, me mirás, tenés que compararte conmigo, y yo hago todo lo que esté a mi alcance por hacerte sentir bien, por dejarte ganar. Mi fracaso es cortesía.

6.1.09

Poesía

Entonces el poeta le dijo ‘dulce alondra que flameas en el vórtice de mis sueños mientras el entramado de tus frágiles escápulas me recuerda coleópteros que llevan la primavera desde el más puro manantial de la infancia hacia el territorio alado de la felicidad hecha del marfileño matiz de tus honduras donde mi simiente bailará con la unívoca musicalidad de la alegría’.
Y vino otro tipo y se la recontrarecogió. Le dijo que lo estaban por nombrar gerente de sucursal. Tenía un Fiat.

3.1.09

Algo íntimo y personal

Habiendo estado loco en más de una oportunidad, habiendo estado solo desde que puedo recordar, habiendo carecido de la más mínima posibilidad de un grupo de pertenencia, por voluntad ajena en un principio, por decisión íntima y personal después, habiendo estado borracho y perdido una madrugada de invierno, intentando a fuerza de golpes en la cabeza recordar a qué lugar debe uno con paso vacilante regresar, habiendo estado desesperado tanto como un ser humano lo pueda estar, habiendo pecado en todos los rubros del horóscopo, y fallado, y traicionado, y olvidado qué está bien y qué está mal.
Habiendo corrido bajo la lluvia con la desesperación y la certeza de quien sabe que esa lluvia no volverá nunca más.
Habiendo llorado sobre la porción de pizza más solitaria del planeta tierra.
Habiendo, en definitiva, hecho lo que pude, como pude, y no mucho más. Cuando me tocó estar sentado en un living de una casa de familia, con chicos que saltan y gritan y una mujer que saca un pollo del horno o termina de acomodar la mesa, entiendo con absoluta claridad la quirúrgica precisión de mi fracaso. Y me pregunto cómo pueden seguir adelante con sus vidas. Qué clase de resignación es necesaria para poder hilvanar otro día. Cómo lo pueden soportar.

30.12.08

Viva la patria

Camino por Florida, desde Rivadavia hasta Córdoba, un lunes a las cinco de la tarde. Para aquellos que pudieran estar leyendo estas líneas, y tengan la peculiaridad de no ser argentinos, creo pertinente aclarar que Florida es una calle. La calle con mayor densidad poblacional de la República Argentina, tal vez.
Es difícil caminar, entonces, y uno debe acostumbrarse a dejar que el ritmo del desplazamiento lo fije la multitud, como si se tratara de un atasco de tráfico, sólo que sin vehículos.
Tengo tiempo de observar el fenómeno que se ha dado en llamar ‘artistas callejeros’, mientras el calor nos devora la epidermis y uno siente que es transportado por una suerte de escalera mecánica plana e infinitamente lenta que conduce a estar cada vez con más y más gente.
Hay un hombre todo pintado de blanco, disfrazado de estatua. Hay un hombre disfrazado de Michael Jackson, esperando y esperando que alguien ponga una moneda en su taza, para entonces levantar una mano enguantada y lanzar un tibio saludito de lentejuelas. Hay un hombre todo pintado de un dorado tirando a marrón, supongo que estatua también, porque no se mueve, o sea que es estatua de bronce (olvidé mencionar que tiene alas, desconozco el significado y/o la utilidad de las mismas). Hay un hombre y una mujer vestidos con pilotos y abrigo, y paraguas y bufandas, en pose, como congelados en medio de una tempestad.
Para resumir, la cantidad de gente que parece haber elegido como disciplina artística el no hacer absolutamente nada, el quedarse quieto, me pasma. Si estuvieran en el Tíbet serían monjes, tal vez, si estuvieran en territorio europeo se verían obligados al menos a aprender a soplar un saxofón. Pero aquí, en mi amado país, se limitan a quedarse quietos. Y esperan a cambio dinero y aplausos, como si fuera la cosa más natural del mundo.

27.12.08

Primeros pasos

Cuando era un adolescente, cuando estaba en la edad en que uno desea pura y exclusivamente fornicar como un conejo de angora, descubrí que tenía un inconveniente, un problema.
Ah, sí, el problema. Cómo explicarlo con claridad y al mismo tiempo ser sutil, cómo no derrapar en la grosería. El problema eran las hormonas a todo vapor, el deseo desatado, el descubrimiento de una magia absolutamente nueva. No, no se entendió aún, no fui lo suficientemente claro todavía. El problema era que el primer pistoletazo, la primera eyaculación capaz de partir un azulejo, sobrevenía con inusitada rapidez. El deseo llenaba por completo el recipiente de mi ser y desbordaba en oleadas de la más pura alegría. Imposible contenerse, imposible de manejar.
Lo hablé con un amigo, con mi mejor amigo de aquellos años, que era un par de años mayor que yo (y curiosamente lo sigue siendo) y un entendido en cuestiones que tuvieran que ver con mujeres. Mi amigo Urko.
Nos tomamos una cerveza en Villa Gesell, así lo recuerdo, sentados en la vereda, pasándonos la botella mientras se hacía de noche y uno sólo podía imaginar un exquisito abanico que se desplegaba ante nosotros, ante nuestra juventud, repleto de posibilidades.
El Urko me dijo que el problema no era problema, que era algo perfectamente normal, que yo era sencillamente un toro de diecisiete años, pura potencia. La cosa tenía solución.
–Tenés que pensar en algo feo –me dijo el Urko–. Pensá en algo terrible, y entonces vas a durar más.
La idea me pareció absolutamente brillante, jamás se me hubiera ocurrido. Se trataba, en pleno bombeo, cuando uno casi podía percibir que estaba a dos o tres matracazos de distancia de perderse, de pasar del otro lado del amor, de saltar y no poder evitarlo, se trataba, entonces, de pensar en gente muerta, en terremotos, en catástrofes aéreas, en lentas procesiones hacia un entierro.
Sin embargo, por más que pensaba y repensaba lo peor, en gente mordida por cocodrilos, en olor a hospital, en féretros, yo seguía eyaculando como un babuino enloquecido.
Fue entonces cuando comprendí muchas cosas. Comprendí que la pasión tiene la fuerza, está dotada de las herramientas para vencer a la tristeza. Comprendí que cuando se tienen ganas de coger, te importa un carajo el hambre en Etiopía.

24.12.08

Plano inclinado

Cada vez que se publica en un diario, o se recita en un noticiero de la televisión, que un guardicárcel contrae matrimonio con una reclusa, o que un preso se casa con una mujer perteneciente al servicio penitenciario, la historia es contada con un sorpresivo barniz de esperanza, de fe, de posibilidad de vivir una vida mejor, de encontrar el amor, de cambiar.
Pero a mí no me parece. La situación descripta es de una asimetría tan exasperante, que me pongo mal. Si la reclusa no estuviera reclusa, si el guardiacárcel no fuera guardiacárcel, esa pareja no se hubiera formado jamás.
Bueno, casi como cualquier otra pareja, claro, prácticamente como todas las demás.

21.12.08

Mil perdones

Lo que solicita la religión, si no he entendido mal, es el arrepentimiento. El arrepentimiento actúa como la lavandina, permitiendo, por decirlo de alguna forma, pero de alguna forma hay que decirlo, permitiendo entonces, decía, quitar las manchas que enlodan al pecador.
Se produce el pecado, tal vez inevitable, y luego el arrepentimiento, aquí surge lo volitivo de la ensalada, y es como si el pecador consiguiera una ficha más para seguir jugando.
Yo, que de niño fui inculcado acerca de las virtudes del ahorro, llevo tiempo arrepintiéndome de cosas que todavía no he hecho, barbaridades que cometeré cualquier día de estos.
Tengo crédito para hacer lo que se me canten las pelotas, te lo quería avisar.

18.12.08

Cartonero del amor

yo revuelvo la basura
lo que tiran los demás
feas, rengas, gordas, viudas
las emperno, les doy paz.

no me fijo en tus verrugas
tu halitosis me da igual
tus axilas repeludas
o tu herpes genital.

porque yo soy
(coros) un cartonero del amor
y para mí
(coros) nada es mejor ni peor.
(bis)

dieta de los etiopíes
mi alimento es lo que hay
yo sufrí tanto de pibe
ay! no me hagas acordar.

nunca pude elegir nada
vengo del fondo del mar
cuando todos te rechacen
conmigo podés contar.

porque yo soy
(coros) un cartonero del amor
y para mí
(coros) tu cola es un alfajor.
(bis)

*fui visitado por las musas ayer, de madrugada, en circunstancias que preferiría no detallar. vaya entonces mi modesto homenaje a ese noble género musical, la cumbia villera, y al teclado del beethoven argentino, el señor pablo lescano.

15.12.08

Boludo light

En la televisión entrevistan a una autoridad en dietas, en gordos, en métodos para adelgazar. El hombre se ha vuelto una suerte de celebridad, y habla como sólo un pastor o un chamán podría hacerlo, alguien que está seguro de poseer conocimientos que al resto de los mortales les han sido negados.
Su particular método, el método que le ha dado fama y fortuna, consiste en contar las calorías, en obligar a sus pacientes a comer, por ejemplo, mil doscientas calorías por día, o mil cien. Trata a sus pacientes como adictos, explica lo de siempre, que una aceituna engorda lo mismo que un churrasco, que las harinas son el Hitler de la alimentación, que quien de un mordisco a un chocolate es un enfermo sin alma.
Son estos sujetos, la linealidad de sus pensamientos, la certeza que los sostiene amparada en las cuatro operaciones matemáticas básicas, quienes me repugnan de una manera que me cuesta definir. Estos pontífices del yogurt, estos sabios bajas calorías, que afirman y castigan hasta que los sorprende un cáncer o un piano en la cabeza. Estos pelotudos impiadosos que se regodean en sancionar todo lo bueno que pueda tener la vida. Me dan mucho odio. Y me dan hambre, también.

12.12.08

Paso y quiero

Sos mala.
Sos tan mala que si te picara una víbora, la propia víbora iría, arrastrándose, de qué otra forma, hasta la guardia del hospital más cercano, a pedir un antibiótico.
Sos tan mala que un cocodrilo, frente a vos, movería la cabeza de un lado a otro, apretando los dientes como sólo un cocodrilo sabe hacerlo, negándose a abrir la boca.
Sos tan mala que un tiburón pasaría a tu lado nadando de costado, con una simpática gorra de baño en la cabeza, tarareando una dulce tonada, intentando imitar a Rita Hayworth.
Sos muy linda, pero sos mala.

9.12.08

Fenómenos inexplicables

Lo que hay que hacer es muy sencillo. Hay que pararse en una esquina, en una esquina concurrida de una gran urbe, en una esquina a punto de explotar de tránsito y gente y vendedores ambulantes y ladrones y smog y ruido y celulares y tu hermana también. En Buenos Aires, que es donde habito, esa esquina podría perfectamente ser la esquina de Florida y Corrientes.
Se para uno entonces en la esquina, vista al frente, espalda derecha, brazos al costado del cuerpo, preparado para cruzar la avenida Corrientes. Pero aquí está la trampa. Uno debe esperar que el semáforo esté en contra, que se ponga verde para los autos, así comienza la cosa. Al ratito, ya se habrá acumulado una buena cantidad de peatones a ambos lados de la avenida. Y entonces, cuando uno cree que falta un minuto todavía para que cambie el semáforo, o mejor aún treinta segundos, uno debe bajar el cordón de la vereda, uno debe arrancar y dar un paso adelante, con la más absoluta convicción, luego otro paso, el segundo paso, enérgico, decidido, y luego, cuando es el turno del tercer paso, aquí está la clave de la maniobra, uno debe frenar. En seco. Es un movimiento ensayado, uno dos, y tres (frenar).
Si usted da dos pasos, como he descripto, usted todavía está a salvo. Usted todavía no está a merced de los automóviles que vienen por Corrientes y que, como dije, tienen semáforo a favor.
Lo interesante es que como usted se ha lanzado, cientos de personas de ambos lados de la avenida han comenzado a cruzar, movidas tan sólo por un acto reflejo, por un desesperado anhelo de un grupo de pertenencia, por falta de personalidad, por imbecilidad, porque así son.
Pero usted ya frenó, usted ha frenado, e incluso, lentamente, haciéndose el distraído, ha vuelto a dar un paso atrás. Mientras ha dado ese paso atrás, es probable que logre ver cómo una o varias personas son atropelladas, oirá gritos, bocinazos, frenadas, un caos general.
Los científicos se preguntan, los encargados de estudiar el comportamiento de los animales se preguntan, por ejemplo, no consiguen hallar explicación a fenómenos tan extraordinarios como el suicidio de las ballenas.
Yo creo que se trata de una ballena que tiene ganas de hinchar las pelotas, una ballena que hace más o menos lo mismo que acabo de contar. Las demás siguen, las demás van.

6.12.08

Lo mejor del alma humana

A la hora de consumir prostitución, en caso de tener la necesidad o la inquietud, recomiendo e instruyo la más absoluta generosidad anticipada. Como la naturaleza de la transacción implica convenir una tarifa y el pago de la misma antes (a diferencia, por ejemplo, de la consulta con un profesional de la psicología) de recibir la contraprestación, el servicio, entonces debe uno mostrarse predispuesto a entregar un plus, una bonificación, en el preciso momento del pago.
Cualquier salame puede prometer que si la conducta es adecuada, si el comportamiento es satisfactorio, existirá una recompensa al final. Del cristianismo para acá, de eso se ha tratado la cuestión, siempre o casi siempre.
Lo que yo digo, lo que yo hago, es entregar la bonificación, el premio, desmesurado, excesivo, antes que la conducta merecedora del mismo haya tenido lugar.
Es un salto de fe. Es apostar a lo mejor del alma humana. Es creer ciegamente que aún en circunstancias de carácter abyecto puede surgir un halo redentor. Y son también unas tremendas ganas de coger. Tratame bien, che.

3.12.08

Autor

en la calle
su novio la saluda,
hace un modesto pase de magia
y surge una flor
tan exacta como para matar
un ejército de explicaciones

y ella no sabe,
acaso puede saber,
que yo soñé la escena
ayer a la noche

pero entiende perfectamente
y agradece
porque
mientras abraza a su novio
sonríe para mí.

30.11.08

Esa mesa

En la mesa de al lado, alguien discute las tremendas implicancias de ser árbitro de tenis. En la mesa de al lado, alguien se pinta los labios de un rosa pálido, un rosa que no debió haber sido inventado nunca, un rosa triste y criminal. En la mesa de al lado, alguien mira radiografías y dice lo importante que son las vértebras para el ser humano en general.
Día tras día, la gente que se sienta cerca mío en los bares, son de lo más pelotudo que he visto en mi vida, son de lo más pelotudo que hay.
Y yo sospecho que debe haber algún torneo clasificatorio en alguna parte, que hay un ranking, que entrenan. Supongo que el premio mayor es pedirme un sobrecito de azúcar, o preguntarme la hora, o tocarme la silla con el respaldo de otra silla, algo de eso hay.

27.11.08

Saudade

Ella le dijo a mi amigo L. porqué lo dejaba. Ella le dijo que él nunca le había pegado una trompada para que ella tuviera un moretón que mostrar. Ella le dijo que él nunca le había apagado un cigarrillo en un brazo, o en la espalda. Ella le dijo que él nunca la había forzado, mediante alguna suerte de ahorcamiento, o apretándole la nariz con índice y pulgar, a tragar su esperma mientras sentía por un instante que en verdad se moría, que se asfixiaba. Ella le dijo que él nunca la había ridiculizado en público, haciéndola quedar mal delante de la gente, diciéndole que era una puta barata o algo así, humillándola. Ella le dijo que él nunca la había dejado del lado de afuera a las tres de la mañana, con lluvia o con frío, y que ella no tuviera dinero ni lugar donde ir a dormir.
Ella le dijo que él, básicamente, la había cuidado y querido, la había tratado bien, habían tenido buen sexo y alegre convivencia, comprensión, amistad, cariño. Y ella extrañaba.

24.11.08

Te lo digo bien

Así como la adecuada utilización de los condimentos hace al logro de una buena comida, el empleo de ciertas estructuras de lenguaje formal, permiten lograr un mayor entendimiento de lo que deseamos transmitir al interlocutor de turno. Ejemplos.
e1) Con todo respeto, te digo que sos medio pelotudo.
e2) He podido apreciar de manera taxativa, estimada señora, que tiene usted tal vez la vagina algo amplia.
e3) Después de haber degustado con la totalidad de mis papilas esta sopa, señor mozo, da la impresión de tener cierto sabor a culo.
Ningún esfuerzo debe descartarse a la hora de buscar avances en la comprensión y el entendimiento entre los seres humanos, lo que equivale a decir en el proceso de comunicación propiamente dicho.

21.11.08

Si no te dejan entrar

La falta de un grupo de pertenencia durante la niñez genera una patología de lo más angustiante. El niño no se siente aceptado ni querido, no encaja, no tiene con quien compartir sus vivencias, se sabe un corpúsculo extraño en un organismo tan tumultuoso como indiferente, es despreciado, ignorado, descartado, excluido.
Todo esto puede provocar los más severos trastornos de conducta cuando el niño se transforme en un adulto. Puede entonces suceder que el niño, ya grande, sea un asesino serial movido por un odio que le mastica las venas, puede ser un violador compulsivo que come las vísceras de sus víctimas, puede ser un psicópata violento, amante de los insectos, los terremotos, y las prácticas aberrantes.
O puede ser un tipo al que le gusta estar solo, alguien que ha descubierto de manera involuntaria que la gente, por lo general, no es gran cosa.

18.11.08

Como dijera Bugs Bunny

Pasados los treinta años, aunque tal vez comiences a advertirlo con cierta claridad pasando los treinta y tres, pero pasados los treinta años, comienza el proceso de desintegración del ser humano. No es tan grave, no es tan triste, digamos que se está en presencia de la prepotencia de lo fáctico, y entonces resulta de una absoluta irrelevancia si estás de acuerdo, o si te parece que tu caso es diferente, porque vos sos odontóloga, porque estás haciendo un curso, porque te estás capacitando.
El proceso de desintegración que mencioné, ineludible e inexorable, tiene dos grandes maneras, dos grandes estilos, a saber: explosión e implosión.
La explosión ocurre en esas personas que comienzan a descubrir, no exentos de pavura, que su cuerpo se extiende, se expande, se desborda, se derrama. Caen las tetas, cuelgan las bolas, se engrosan las rodillas, flamean los cuellos, aparecen nuevos pliegues, nuevos pesos.
La implosión ocurre en esas personas que comienzan a encogerse, como si una caldera interior los consumiera, se ponen angulosos, puntiagudos, la oculta calavera comienza a delinearse por debajo del rostro.
No es posible elegir, para la persona en cuestión, si le parece más pertinente explotar o implotar. Es algo que decide el cuerpo sin consultar con su titular, y tiene que ver con la carga genética, la sumatoria de estímulos aplicados y recibidos, la alimentación, el tipo particular y único de locura del portador, la fatiga de materiales.
Y eso es todo, amigos. Quienes explotan son diferentes de quienes implotan, los separa un abismo de convicciones, de apetitos y de capacidades.
No tengo nada más para decirte. ¿Pido la cuenta?

15.11.08

Consulta médica

Entonces me puse de pie, más cansado que dolorido, más triste que enfermo, me puse de pie, el consultorio era pequeño y pintado de un celeste absurdo, sin un puto ventilador, y hacía calor, y en una de las repisas había lechuzas, pequeñas lechuzas de madera, de vidrio, de cerámica, pintadas de cualquier color, porque al doctor debía gustarle coleccionar lechuzas, y todas las lechuzas estaban alineadas de una forma que miraban al paciente, me miraban a mí, presagiando lo peor, me puse de pie y dije:
–No, doctor. No creo en usted ni en la ciencia que practica, no creo en sus tratamientos. No creo que usted pueda saber quién soy, ni cómo me siento, leyendo cinco o seis valores extraídos de una gota de mi sangre y un chorrito de pis. No creo que usted me pueda curar aplicando un procedimiento tradicional. No creo que usted se de cuenta que para arreglar algo, una pequeña parte de un mecanismo imperfecto, tal vez arruina todo lo demás. No creo que a usted le importen las consecuencias de sus actos, ni creo que sepa bien para qué estudió medicina, ni creo que sepa si su señora lo quiere o lo quiso alguna vez.
–Para resumir, doctor –sigo–, soy una entidad mucho más compleja de lo que usted puede imaginar, y no creo que se trate de consultar algún misterioso vademécum, usted ni siquiera comprende la noción de equilibrio general.
Yo estaba de pie, porque me había puesto de pie, así que giré, apartando la silla hacia atrás, y puse una mano en la manija de la puerta, para salir.
–Se olvida los análisis –me dijo el médico, y apuntó con su despectivo mentón al centro de la mesa.
–Si me volvés a hablar te voy a meter el estetoscopio en el culo y te voy a hacer escucharte a vos mismo por dentro, forro –dije–. No me vuelvas a hablar.

12.11.08

¿Qué van a comer?

Ella se equivocó en su primer matrimonio, así lo explica al pequeño grupo de madres o tías o amigas que la acompañan en la mesa, y muestra fotos de su pequeño hijo, su pequeño milagro, que corre o ríe o promete ser un gran jugador de fútbol.
Ella se equivocó porque no eligió a la persona adecuada, porque olvidó ajustar tal o cual detalle, y entonces todo se fue a la mismísima mierda.
Ella se equivocó pero no se equivocó, dice, bueno, ahí están las fotos que demuestran algo que quiere demostrar, mientras las tías o las madres o las amigas asienten.
Ella se equivocó y se volverá a equivocar ni bien alguien se lo permita, ni bien se recupere, ni bien tome aire y alguien le diga que es joven, que siga adelante.
No hay excesiva maldad o tozudez en su accionar, se trata simplemente de lo único que sabe hacer.

9.11.08

Lo de siempre

Terminé de escribir el poema. Bebí un trago de whisky. Me asomé al balcón de 1 X 2.
–¡Soy un genio! –grité con todas mis fuerzas.
–¡Callate, forro! –se escuchó de la nada, de la negrura de la noche, por encima del repicar de la lluvia sobre las chapas.
–¡Callate porque te vamos a matar! –otra voz, desde otro lugar, más grave y más nítida.
–¡Auuu! –un aullido de una mujer que se fue apagando como si le hubieran atravesado el corazón con una aguja de tejer.
Ladridos. El inconfundible sonido de una botella al estallar contra el asfalto.
–¡Boludos! ¡Reboludos! –dijo un viejo– ¡Pelotudos!
Explotó un portazo.
Lo de siempre, soy un genio pero la gente está ocupada o distraída, la gente no se da cuenta.
Me senté y agarré la birome.

6.11.08

Muchas gracias

En la calle, un perro abandonado me sigue. De los cientos de personas que pasan, el perro me sigue a mí. No pide nada, no se manifiesta, se limita a caminar detrás de mí, a tres pasos de distancia, para luego ponerse a la par, como si nos conociéramos de siempre, como si fuera la cosa más natural del mundo. Una mirada rápida, de costado, para constatar que el otro sigue ahí.
Ser elegido es una de las cosas más lindas que te pueden pasar.

3.11.08

Tratamiento

Se acuesta al paciente a tratar sobre una camilla algo más ancha que las camillas tradicionales, boca arriba, completamente desnudo, los brazos al costado del cuerpo, palmas hacia arriba, ojos cerrados, respiración pausada, mente en blanco, silencio, luz tenue. No debe usarse música de fondo, ni incienso de ninguna especie.
Entonces se aplican pizzas sobre el cuerpo de la persona. Con dos pizzas grandes de muzzarella se cubre una pierna, una sobre el muslo, una de la rodilla hacia abajo. Con leves movimientos de presión, se amolda la pizza a la parte del cuerpo. Lo mismo se hace con la otra pierna.
Luego los brazos. También dos pizzas grandes por brazo. Una para el antebrazo, una para la parte del brazo entre el codo y el hombro.
Luego el torso. También son dos pizzas, una sobre el vientre, la otra sobre el pecho. Aquí hay profesionales que prefieren utilizar cuatro pizzas chicas, se trata de una corriente renovadora, yo prefiero seguir el tratamiento tradicional. Si el paciente pertenece al sexo femenino, entonces se pueden utilizar tres pizzas, ya que en la posición descripta, las glándulas mamarias, a excepción de las muy pequeñas, suelen derramarse un poco hacia los lados. En cualquier caso los pezones deben ser cubiertos.
Para los genitales se utiliza una pizza chica de fugazzetta, con mucha cebolla y aceitunas negras.
Para el rostro se utiliza otra pizza chica, y aquí, de acuerdo a la particular patología que aqueje al paciente, se puede elegir el sabor. Por lo general, yo recomiendo que sea una pizza chica calabresa, con rodajas de longaniza, o una pizza napolitana con mucho ajo.
Terminado lo que podríamos denominar el período de ‘aplique’, se deja al paciente reposar por un espacio de once a quince minutos. Luego se retiran las pizzas, lentamente, y el paciente va a las duchas.
Y ya está. Al poco tiempo el paciente vuelve a reír, recupera olvidadas inquietudes, vuelve a sentir deseos de fornicar, de viajar, de beber, por más que piense y repiense le cuesta recordar con exactitud los núcleos basales de su pretérita tristeza, le cuesta poder asirse a la génesis de su angustia.
He presentado este tratamiento en el simposio anual de psiquiatría en Leipzig, año 2003, pero la comunidad científica no estaba todavía preparada para entender la complejidad del mismo.
Tuve que cruzar a pie la frontera y esconderme en Suiza con otra identidad hasta que las cosas se calmaran un poco. Después pude regresar a la Argentina, pero ya no se me permitió ejercer más la psiquiatría. Intenté vender el tratamiento a clínicas de belleza y hoteles 5 estrellas, pero no prendió, ya estaban con el barro, masajes con piedras, todas boludeces sin fundamento científico. Tengo un local de venta de empanadas, con mi cuñada Alicia y otro socio que fue a la escuela primaria conmigo, es una buena persona, lo considero un amigo.

30.10.08

Esperanzas, excusas, eh

Si durante un viaje en subterráneo se cierran los ojos, se tendrá oportunidad de escuchar una ensalada de conversaciones donde alguien, no importa quién, le cuenta a alguien, no importa quién, porqué está ahí pero no debería estar ahí, porqué estuvo a punto de hacer algo maravilloso, un golpe de suerte, un negocio, algo que cambiaría su vida por completo y para siempre. Porqué le falta recibir una mercadería, encontrarse con una persona, hacer un llamado telefónico, y entonces ya no lo veremos en esa situación, no lo veremos en el subterráneo, nunca más.
Las prostitutas, mientras fuman un amargo cigarrillo entre cliente y cliente, mantienen conversaciones parecidas.
Los que trotan en los parques, le dicen a su ocasional acompañante que se trata solamente de dejar la mayonesa, tomar menos coca cola, o comer una mandarina en el desayuno, y entonces sí, sus cuerpos cambiarán definitivamente.
Me pregunto qué sería de nosotros si no pudiéramos hablar de lo que no salió nunca, de lo que nos salió mal.

27.10.08

Si me dejás me mato

Ella me dijo que se iba a matar y sujetó el tenedor de copetín para atravesarse el corazón pero se dio cuenta que estaba manchado con el aceite de las aceitunas y lo volvió a dejar sobre el plato.
Ella me dijo que se iba a matar y tomó mi birome para clavársela en un ojo pero se dio cuenta que la birome era una birome azul y ella hubiera preferido una birome verde.
Ella me dijo que se iba a matar y agarró el vaso de whisky para partirlo sobre la mesa y tener con qué cortarse las venas pero se dio cuenta que si rompía el vaso iban a volar vidrios por todas partes y entonces iba a tener que barrer antes de matarse.
Entonces ella me dijo que lo venía pensando también, lo mejor era que nos tomáramos un tiempo.

24.10.08

Yo no quiero tu paraguas

Cada vez que llueve, en las calles del centro, surgen, de la nada, como duendes, los vendedores de paraguas.
Este hecho puede parecer trivial y pasar desapercibido al ocasional transeúnte. Pero no a mí.
Es muy triste y es muy grave. Casi toda la maldad del género humano está ahí. Es el cromosoma de lo peor, es el adn de lo vil. Es alguien que pide revancha, que sonríe pura y exclusivamente por la desgracia ajena, que es tu desgracia, es alguien que aguarda agazapado, en la penumbra, masticando odio, esperando el momento, ese precioso momento de patearte en el piso, porque necesitás algo que yo tengo y me lo vas a tener que pagar.
Entonces me paro, a dos o tres metros del vendedor de paraguas, bajo la lluvia, y el vendedor de paraguas busca el contacto visual y esboza una levísima sonrisa capaz de asesinar a una yarará, porque el mundo está funcionando tal cual lo imaginó.
Pero yo no me muevo, no avanzo, no pregunto el precio de tu maldito paraguas.
Me quedo bajo la lluvia, estoy muy quieto, tranquilo, mientras el vendedor de paraguas no sonríe más, mira a los costados como si le estuviera sucediendo algo tremendamente injusto, buscando la falla, el desperfecto de su infalible mecanismo.
Las gotas me caen por el rostro y se pierden entre los pliegues de mi ropa. Me mojo hasta los huevos. Es genial.

21.10.08

Solución de esquina

Son las siete de la mañana, algo así, en ningún caso más de las ocho. Camino por mi barrio, por una cuadra cuyo nombre preferiría no mencionar. Delante de mí, yendo en igual dirección, camina una pareja. Van de la mano. El hombre puede tener treinta años, treinta y cinco tal vez, y no hay un solo rasgo distintivo en él. Peinado hacia el costado, como si lo hubiera peinado la mamá para ir al colegio, y no hubiera sido necesario volver a peinarse jamás, dudar de ese orden establecido. Sus ropas son grises o celestes, la atonía, reflejan la ausencia, entre otros rasgos distintivos, de personalidad. Es delgado, algo inclinado hacia delante, por una ignota vocación de mirar el piso que le viene de muy lejos, y nada más.
Ella tiene demasiados lunares en los brazos, y la piel apagada, gris, como si hubiera estado demasiado expuesta a impiadosos caños de escape de malévolos colectivos. No hay nada en sus formas que llame al deseo, de un flaco triste y amorfo, sin caderas ni tetas, nada para imaginar. Los dedos de sus pies no merecerían ser tocados por una mano humana, jamás. Lleva los labios pintados, apenas, de un rosa pálido, un color que debiera ser arrancado de la paleta de colores, un rosa con el que he visto pintado el frente de algunas casas de playa en lugares demasiado ordinarios, lugares que prefiero olvidar.
Van de la mano, ya lo dije. Se detienen en una esquina a esperar el cambio del semáforo, y yo me acerco y miro esas dos manos juntas. Hay una fuerza ahí, que los sostiene, en medio de un fracaso cotidiano, una tempestad de generalidades que moverá el precario bote de sus vidas hasta hacerlo naufragar.
Hay una fuerza en esas manos que me conmueve de una forma que no creo poder explicar.

18.10.08

Contemplando el ave

El ave se mantenía suspendida con las alas desplegadas, y por un momento pareció que flotaba, indolente, en lo alto, circunvalando una nube. Todos nosotros mirábamos desde el bote, pero costaba mantenerse así, por el sol, que parecía ejercer un curioso efecto sobre el plumaje del ave, nimbándola de un dorado desconocido, otorgándole un tornasolado de un lila todavía no inventado.
Entonces el ave, que había permanecido inmóvil, como si se hubiera desenganchado del cable que la sostenía, inició un vuelo de flecha, una caída libre a una velocidad impensada, hasta impactar contra la superficie del mar, para emerger inmediatamente después, sin que ninguno de nosotros hubiera alcanzado a finalizar su correspondiente interjección del más puro estupor, para emerger entonces, decía, con un pequeño pez, un plateado y corcoveante tesoro enganchado de su diestro pico, y perderse ahora sí, huir hacia la isla.
Un matrimonio de turistas austriacos, algo mayores, vestidos con atuendos que sólo un austriaco creería que se deben llevar en vacaciones, aplaudió la maniobra. Una mujer oriental, entendiendo por oriental rasgos faciales no occidentales, ojitos achinados si es preciso enchastrarse en el detalle, alcanzó a disparar su cámara fotográfica unas diecinueve veces, eternizando la secuencia. Alguien dijo ‘¡bravo!’
Circunspecto, encendí un cigarrillo y me alejé hacia un costado de la embarcación, sumido en profundas cavilaciones.
Las veces que había llevado a cabo idénticas maniobras en el ámbito laboral, había sido objeto de las acusaciones más variadas.

15.10.08

Sobre mí

Cuando se conoce a una persona del sexo opuesto, por lo general, en ese extraño y particular aleteo que se ha dado en llamar ‘seducción’, se procede a realizar un despliegue de capacidades impostadas, una exhibición de catálogo de prodigios, como un hábil prestidigitador que derrama los naipes sobre la mesa, de una manera tan elocuente como eficaz, aprontándose para la fantasía.
En mi caso particular, sin excepción, sin esfuerzo, me preocupo en alumbrar con un impiadoso foco lo peor de mí. La bestia que soy, el monstruo que me habita, el menú de barbaridades de las cuales, lo lamento, soy capaz.
Para entonces, poco tiempo después, cuando todo fracasa, cuando aflora el rencor, el odio puro como una piedra, la indómita sensación de haber desperdiciado el tiempo de una manera absurda con tan despreciable y porqué no ridículo animal, hay algo más fuerte y más alto que se impone por encima del profundo desprecio hacia la maldita alimaña que tienen enfrente.
Es la vergüenza de haberlo sabido todo, desde el vamos.

12.10.08

Argumental

Que todo el mundo tiene razón es un dato de la realidad. Cualquier salame puede explicar porqué hizo lo que hizo, porqué sus actos están recubiertos de la pomada de la más rotunda justificación.
No importa lo que subyace, si es amor, crimen, o traición. Todo tuvo un sentido, una causa, una estructura ósea hecha de puro razonamiento.
Será por eso, tal vez, que me enamora mi fracaso. Es algo que no consigo entender.

9.10.08

Otro iceberg

La figura legal del ‘hurto famélico’, en la legislación de nuestro país, es aquella, para resumir, esta no es una conversación entre abogados, esto no es un tribunal. La figura contempla, decía, el estado de necesidad extrema, el que roba para comer, y es en tal sentido que la ley se humaniza, la ley entiende que el sujeto en cuestión era movido por fuerzas muy superiores a la mera voluntad, a su capacidad de comprensión y raciocinio. Se torna entonces algo difusa esa línea de tiza encargada de marcar, de separar, el bien del mal, lo permitido de lo prohibido.
Y yo, es probable que te haya manoseado un poco el culo, con inusitado frenesí, y estamos en un medio de transporte público, y no nos conocemos. Pero me parece a mí que te quedás con la espuma de los acontecimientos, dejás pasar una exquisita oportunidad de discutir temas mucho más profundos, temas que hacen a la interpretación jurídica de las conductas y los comportamientos humanos, temas que vale la pena analizar.

6.10.08

3D

Cuando alguien sufre un desmayo, un desvanecimiento, ya sea por un accidente de tránsito, una contusión durante un evento deportivo, exceso de calor, no importa la causa. Cuando llegan los enfermeros, cuando la persona es asistida, cuando se la hace reaccionar a través de un procedimiento de rutina, una de las primeras cosas que se intenta es verificar, mediante la observación de algunos signos, mediante unas sencillas preguntas, que el sujeto entiende, sabe, quién es, dónde está. Es así como se asegura que la persona está bien, en tanto ha recuperado su percepción espacio-tiempo.
A mi juicio el análisis peca por defecto, y no es posible, recurriendo a tan sencillo aunque efectivo procedimiento, verificar que la persona ha vuelto a su estado habitual.
Falta hacerle una pregunta referida a la guita. A la plata, al dinero. Cualquier pregunta: si tiene, mucho o poco, si ahorró, cuánto gana, de qué vive, si cree que será capaz de pagarse los medicamentos en la vejez, si juega a la lotería o espera una herencia, algo bien general.
Porque las dimensiones para deambular por el planeta tierra son espacio, tiempo, y dinero. Si no entendés eso, si no entendés de qué se trata, lo mismo da que te incorpores o te quedes echado sobre el pavimento, lo vas a pasar remal.

3.10.08

Un poco de fuego, un poco de hielo

‘Unos dicen que el mundo terminará en fuego, otros dicen que en hielo’, decía Robert Frost en un poema muy hermoso que he leído alguna vez, un poema conocido por todos aquellos que escriben poesía, o leen poesía, que son más o menos las mismas personas. ‘Fire & ice’, se llamaba el poema, y recuerdo haberlo leído de un libro que traía una recopilación de poesía norteamericana, desde Ezra Pound hasta W. C. Williams. El libro estaba demasiado estropeado y con algunas hojas sueltas, y yo lo llevaba a los bares como un preciado tesoro y leía los poemas en el idioma original primero, y luego la traducción, para decir después genialidades como ‘la poesía hay que leerla en el idioma original’. El libro me lo había regalado un amigo de esa época, JC, que primero pensó en ser filósofo y después pensó en ser economista y después pensó en casarse y después pensó en matarse y después no pensó más.
En medio de la locura que implica una mudanza encuentro el libro de tapas todavía verdes, y sonrío. Porque pienso qué lejos nos ha llevado a todos esta tormenta, y porque pienso que el poema sigue siendo muy hermoso, pero el Señor Frost se equivocó, porque el mundo no terminará ni en fuego ni en hielo, sino en boludos, se llenará de boludos y eso será todo. Los fenómenos climáticos son anécdota.

*Como siempre, como de costumbre, el sarpullido de la soberbia hace que uno crea que tiene para decir algo importante. Como hacia una mujer por la que se experimenta algún cariño, uno insiste en ver belleza en las propias palabras, pero estamos en presencia de alguna forma de esfuerzo mucho más que de amor.
Ya que vinimos hasta acá, ya que estamos, leamos el poema de Frost.

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,
otros dicen que en hielo.
Por lo que he gustado del deseo,
estoy con los partidarios del fuego.
Pero si tuviera que sucumbir dos veces,
creo saber bastante acerca del odio
como para decir que en la destrucción el hielo
también es poderoso
Y bastaría.

30.9.08

No es tu culpa

Una de mis fantasías más logradas, uno de mis castigos preferidos, consiste en suponer que todos son felices, menos yo. Que todo el mundo se encuentra viviendo unas vidas tremendamente interesantes, llenas de cópulas en posiciones todavía no inventadas, manjares, elíxires, atardeceres en la playa, saltos en paracaídas.
Sin embargo, por lo general, la gente la está pasando para la mierda, embarcada para siempre en alguno de los andariveles tradicionales que componen una vida.
Con el único alivio de una somnolienta falta de imaginación.

27.9.08

Popurrí

Ya sé que estás triste, pero hay gente que está triste de antes. Llamo por número, sentate por ahí.
(de ‘El duro oficio de payaso’)

Existe un abismo entre lo que soy y lo que quise ser. Para lo que sea que estés pensando que soy, para lo que sea que estés pensando de mí, sobra lugar.
(de ‘¿No ves que me herís?’)

En un mundo hecho de premios y castigos, hay demasiadas espinas por cada fucking rosa, y los juegos justos jamás serán los más entretenidos.
Lavate la cara, la noche está hermosa.
(de ‘Vamos, vamos’)

Luego de transitar unos buenos veinte minutos de charla plagada de insondables profundidades interpretativas, ella me dijo ‘la verdad es que no entendí casi nada de lo que dijiste. Pero el vino está buenísimo’.
(de ‘Filósofo de furgoneta’)

Ya llega el olvido.
Ya la ceniza borra el contorno de tu cara.
Ya tu voz se pierde bajo la impávida lluvia.
(de ‘Alivio’)

La existencia de la tercera persona debe ser entendida como una exquisita cortesía de la literatura hacia lo que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que llamarlo, vida.
(de ‘Tecnicismos’)

Si el mundo fuera un restaurante, a mi modo de ver, la entrada sería una cadena de odios, y el plato principal sería una cadena de errores.
Y te pido por favor que no me preguntes cuál sería el postre.
(de ‘El menú, la cuenta’)

La tristeza, por lo general, es soluble en dinero.
(de ‘Lo que no te enseñó tu profesora de química en el colegio secundario’)

Y a mí se me ocurrió hacer, con todo este fracaso, un show.
(de ‘Dejame que te explique porqué soy genial’)

Ha salvado más gente un café con leche con medialunas, que una disciplina llamada psicoanálisis.
Paul Maker, en el bar ‘La Academia’, un jueves de Mayo, a las siete y veinte de la mañana, después de haber estado encerrado en una pensión, por setenta y dos horas, con una prostituta ucraniana de más de noventa kilogramos de peso.
(de ‘La Academia’)

Uno de los problemas para ser una persona interesante es que cuando vas al supermercado el odio está más barato y tiene un packaging infinitamente más seductor que la autocrítica.
(de ‘Uno de los problemas para ser una persona interesante’)

Si sos un hámster, tu jaulita te parece el mundo.
(de ‘En perspectiva’)

No importa lo que te creas que sos, dividilo por cuatro, y va a dar más o menos la realidad, con un error de aproximación del 1%.
(de ‘Algoritmo Hundred para chicas con ínfulas’)

Tratá de no salpicarme con tu fracaso personal.
(de ‘Si sos tan amable’)

Después de haber probado el esfuerzo, mi sugerencia es tener algún talento.
(de ‘Recomendación’)

24.9.08

Todo piola

Me asaltan. Me roban. Algo no muy cruento, más o menos al estilo tradicional. Es de noche. Alguien me pide fuego, mientras camino por la calle, y cuando me detengo, otro alguien, vaya uno a saber salido de dónde, materializado por qué fuerzas, me encañona con un revólver, por la espalda.
–No te des vuelta, porque te quemo –dice el de atrás. Siento la frialdad del metal, a través de la camisa, contra los riñones.
–Laplatalaplatalaplata –dice el de adelante.
Así que meto la mano en un bolsillo, primero, en otro, después, y entrego lo que tengo. El intercambio se desarrolla con profesionalismo y naturalidad.
–¿Me dejás sacar los documentos? –digo.
–Sí, cómo no –dice el de adelante, abre la billetera que acabo de entregarle y me da mi cédula de identidad–. No salís bien en las fotos. ¿Tenés algo más? ¿Cadena, reloj, anillo?
Le doy el reloj. Lo observa, sabe que no tiene valor.
–Somos de San Lorenzo –me dice el de adelante, y por primera vez levanta la vista, ya que su gorrita con visera le cubre el rostro hasta la nariz–. Tenemos que ir a sacar a un amigo que está adentro. Necesitamos la plata para eso.
–Entiendo –digo.
Se hace una pausa. Me está escaneando para ver si tengo algo más que pueda ser de valor. Las zapatillas, claro. Pero son negras, y están muy caminadas, las descarta de inmediato.
–Bueno, papi, nos tenemos que ir –dice–. No te hagás el loco, eh.
–No –digo–. Dejame un peso para el colectivo y me voy a casa.
Me da un peso. Se acomoda la gorrita. Me da una amistosa palmada en un hombro.
–No pasa nada, che. Todo piola.
–¿Qué hago? ¿Lo mato o no lo mato? –La pregunta vino de atrás. Siento el metal que empuja contra mi espalda.
Se hace una pausa. Me gustaría hablar, decir algo, pero abro la boca y no sale nada, mientras no sale nada, sólo una mueca de pez, pienso ‘esto no está bien, aquí hay mala praxis, esto está mal’.
El de adelante vuelve a levantar la vista y me mira. En sus pupilas está lo que sólo he visto en ojos de médicos que observan los resultados de un análisis y en chicas que dicen que ya no te quieren más. En sus ojos veo una chispa negra que dice ‘yo soy el león y vos sos la cebra y qué le vas a hacer’.
–No, dejá –dice. Paran un taxi. Y se van.

21.9.08

Buen viaje

Sucede que te perdés en el camino. Sucede que arrancás con una intuición, una certeza de hojaldre en el mejor de los casos, y te perdés en el camino. Y el matrimonio se transforma en una mujer que parece un curioso mecanismo diseñado para quejarse, y el trabajo se transforma en una desesperación espesa como una boa pintada de melaza, y en la playa la gente come milanesas y miran un barrilete y señalan con el dedo, y cuando te ves una cana entendés lo que se ha dado en llamar fatiga de materiales.
Sucede que tenés que saltar y el paracaídas te lo dan abajo.

18.9.08

Elvis

Elvis está vivo.
Trabaja en un bar de la calle Darwin, a dos cuadras de Corrientes, yendo para el lado de Córdoba, a mitad de cuadra, pasando un taller de reparación de autos que se llama ‘Nico’, o ‘Don Nico’, no me fijé bien porque llovía, y yo andaba lleno de fotocopias para legalizar, y si se me llegaban a mojar Arístide me iba a hacer echar, después de cagarme a patadas, así que me metí en el primer bar que encontré.
Entré al bar y me senté, y apoyé las carpetas en la otra silla, fijándome que el agua no hubiera arruinado nada. Las carpetas son de un material plástico, así que no hay problema, pero las escrituras de mierda, las actas, yo que sé, siempre son un poco más grandes, siempre hay una parte que asoma para afuera. Y es la parte donde están, tampoco sé porqué, las rúbricas, los sellos, puta madre.
–¿Qué va a tomar?
Estaba tratando de secar todo con servilletas, pero mientras secaba me caían gotitas de la cabeza, de la nariz, y entonces acababa de secar un sector, supongamos el ángulo superior derecho de un manojo de folios, y descubría con espanto que habían caído tres gotas sobre el centro de la hoja, y una parte de la palabra ‘artículo’ se había borroneado, y me quería matar. Me quería matar para que Arístide no me matara, para no darle el gusto.
Levanté la cabeza, y ahí estaba.
–Un café, y una medialuna de manteca, por favor –solté el manojo de servilletas, hechas un bollo húmedo y con alguna que otra mancha de tinta– ¡Elvis!
–¡Sh! –Dijo Elvis, y en su rostro había idénticas proporciones de tristeza y contrariedad–. No.
–¡Pero sos Elvis, papá! –No lo podía creer. No podía ser. Estaba grande, claro, con poco pelo, y blanco, peinado para el costado, y vestido de mozo y con su trapo rejilla sobre el hombro izquierdo. Pero los ojos, la cara, era Elvis– ¿Qué hacés acá?
–Vivo –dijo Elvis, y exhaló el suspiro más triste del mundo.
–Pero, pero… –Estoy hablando con Elvis Presley, ¿qué hago?–. Pero entonces…
–Sí, no estoy muerto. Tuve que escapar, las anfetaminas, quilombos políticos. Era otra época, pibe. Lo mejor fue escapar. Era escapar, o que la CIA me boleteara. No había opción.
–Pero te busca todo el mundo. Y cada año, en la fecha de tu muerte, la gente va a Memphis, hacen homenajes.
–Sí, lo miro por televisión. Y me emociona un poco, te digo la verdad. Pero no puedo volver, mirá cómo estoy. Sería un quilombo fenomenal.
Llovía más fuerte ahora. Las gotitas quedaban prendidas de la ventana y se balanceaban de un lado a otro, distorsionando la imagen del exterior.
–¡Elvis Presley! –Dije otra vez. Una cucharita se cayó al piso, y sonó como si alguien hubiera hecho sonar una campana diminuta.
–Sí, pibe, no jodas más. Ahí vengo.
Se fue por un pasillo que se perdía detrás de la barra. Y ahí estaba yo, revisando los daños de la lluvia sobre las carpetas, pensando si Arístide me iba a perdonar, y hablando con Elvis Presley. Le costaba caminar, como si tuviera problemas con una rodilla. Su español era bastante pasable.
Volvió.
–Es mejor así, pibe –dejó mi pedido sobre la mesa–. Creeme lo que te digo, es una historia que no se puede cambiar.
–¿Te duele? –Le señalé la rodilla que lo hacía renguear.
–Uf, y con humedad, mucho más. –Se hizo un masaje circular, y no pudo evitar un rictus, una mueca–. Bailar como bailaba yo no es gratis. Fijate algún jugador de rugby mayor de cuarenta años, fijate cómo le quedan los huesos. El tiempo te pasa todas las boletas, quedate bien tranquilo.
–Pero, Elvis… No sé.
–Tengo que seguir atendiendo, pibe –había entrado una parejita, y un señor de impermeable que luchaba por leer un diario mojado, con una tremenda mueca de contrariedad–. Cuidate, y suerte.
–¿Le puedo pedir algo?
Elvis se dio vuelta y resopló. Dejó la bandeja en la mesa de al lado.
–Sí, ya sé. Querés que te cante aunque sea una estrofa de ‘Love me tender’, o alguna otra, ¿no? Decime cuál querés escuchar. Te aviso que tengo la voz hecha pelota. Dos atados por día, no paro de fumar.
–No, traeme un jugo de naranja, que me debo estar por resfriar. ¿Es exprimido?

15.9.08

Conversaciones

De pequeño, cuando veía a alguien hablando solo por la calle, me generaba un profundo temor. Esos sujetos que gesticulan, que mueven los brazos, que niegan con la cabeza de manera enfática, que lanzan al cielo una risita nerviosa o un ‘¡no!’ contundente y definitivo, eran un inapelable sinónimo de la locura.
No había más que caminar unas pocas cuadras para verlos, exclamando, enojados, respondiendo al aire, diciendo ‘¡Ni se te ocurra!’, o ‘Me parece bien’, o ‘Así son las cosas’.
Tendrían que pasar muchos años para que pudiera comprender el fenómeno perfectamente. Soy el interlocutor más lúcido que jamás he tenido. ¿Con quién querés que hable?

12.9.08

Premios y castigos

En Mundo Marino escucho la siguiente conversación.
Habla el padre.
–¿Vos te pensás que la foca salta porque quiere?
El hijo mira el espectáculo pero algo se ha roto, una imperceptible grieta en la ilusión, el aprendizaje ingresando por los intersticios de la magia.

9.9.08

Oro puro

Hay un local sobre la avenida Corrientes, llegando a Pueyrredón. Es un local pequeño, algo sórdido, lúgubre. En su interior, el aire parece no haber sido respirado jamás. En el escaparate que puede verse desde la calle, hay una cabeza de un maniquí, con su correspondiente cuello, apoyado sobre un pequeño pedestal de madera algo lastimada. También hay un antebrazo, de pie, con una mano extendida como quien reclama una limosna a los transeúntes que sólo tienen tiempo para obsequiar apenas una gota de curiosidad, seguida de un baldazo de glacial indiferencia.
Hay un cartel, también, pequeño, sin luces ni efectos decorativos, pintado a mano en letras negras, mayúsculas, de imprenta.
El cartel dice ‘COMPRO ORO’.
Empujo la puerta y entro. Existe un mecanismo, algo en la puerta, sin dudas, que avisa a quien esté en el interior, que alguien, otro alguien, ha ingresado al local. Espero de pie, tampoco hay sillas ni nada donde uno pueda apoyarse, en la vitrina del mostrador se ven algunas cadenitas sobre un terciopelo demasiado gastado y sucio, como si hubiera sido usado para limpiar una mesa después de una comida.
Se abre una puerta lateral, y aparece una persona.
Sin mediar palabra, me bajo los pantalones, me bajo los calzoncillos, intento, con un movimiento tan característico como particular, desplegar mi pito algo entumecido. Logro al menos estirarlo un poco, separarlo del resto del cuerpo, y apoyarlo tímidamente sobre el vidrio. La vitrina está fría.
–¡Ja! –Dice el hombre que es calvo y pequeño, usa gruesos lentes y tiene alguna dificultad para desplazarse, o es que simplemente se ha acostumbrado a caminar así, entre vitrinas y mostradores. El pelo que le falta en la cabeza parece haber brotado de los orificios auditivos y nasales. Tiene el cuello de la camisa raído, las uñas amarillas y deformes, y el aspecto de no haberse bañado jamás.
Sin decir nada más, se dirige a la misma puerta por la que acaba de ingresar, y desaparece en el interior del local por misteriosos pasadizos.
Y yo no tengo más remedio que pensar que anoche me mentiste, producto de la excitación y el entusiasmo, o quizás no has tenido contacto con mucha gente, cosas que se dicen en medio de situaciones de carácter íntimo y que uno debería olvidar inmediatamente después, cosas que representan un momento de formidable alegría y que de ningún modo pueden ser verdad.

6.9.08

No es para cualquiera

Tenés que entender que no existe un ranking de tragedias.
Tenés que entender que tu dolor no es mejor que mi dolor.
Tenés que entender que para el rockero al que se le está cayendo el pelo, lo que le sucede es fácilmente comparable con el hambre en Etiopía.
Tenés que entender que cada vez que vos hacés lo que hacés, te parece que es un acto nimbado de una justicia divina, y cada vez que yo hago lo que hago, te parece que soy una rata egoísta.
Tenés que entender que todos vivimos en primera persona, y yo también vivo en tercera, cuando escribo, a veces, en una demostración de extrema cortesía.
Tenés que entender que si desaparecieras en este mismo instante de la faz de la tierra, como un pedo en una tormenta eléctrica, tu vecino del séptimo 'c' bajaría mañana a pasear a su caniche, y el perro se detendría en el mismo árbol e intentaría hacer lo que le fue dicho que no hiciera, como cada día.
Tenés que entender que fracasaste, aunque la peluquera te asegure que se te están fortificando las raíces.
Tenés que entender que comprar un kilo de mandarinas o escalar el volcán Lanín está muy bien.
Tenés que entenderlo, buenos días.

3.9.08

A los golpes

me pegan.
me pegan hasta
que me caigo
al piso.
y cuando estoy en
el piso
me pegan en el piso.
me siguen pegando
y me dicen que no
me levante, que
no oponga resistencia.
me quedo, entonces,
inmóvil
en el piso
mientras me pegan
y me dicen que no sea
tan obediente.
en definitiva
me pegan
y mientras me pegan
yo
aprendo.

30.8.08

Podía funcionar

Entro a una pinturería. Tras asesorarme un poco, ya que no domino el tema, y mientras no domino el tema aprovecho para descubrir que no domino prácticamente ningún tema, compro dos latas de pintura verde, de veinte litros cada una. Me explica un vendedor harto de la pintura más que de ninguna cosa en este mundo, que es la mejor pintura. Por sus atributos, dice, por sus propiedades, también dice. A su pesar me ha preguntado qué voy a pintar, y yo he respondido con evasivas, fácilmente confundibles con la imbecilidad de un cliente habitual.
Aquí comienza la parte entretenida. Le cuento al vendedor mi plan, que no es aceptado ni creído y genera solamente una burlona sonrisa, hasta que exhibo el dinero que estoy dispuesto a pagar.
–Necesitamos dos personas –digo–. Son cien pesos por cabeza –digo–. Son, como mucho, cinco minutos –digo. Y no digo nada más. Pero estoy serio, he pagado la pintura más cara que se vende en ese local, y he dejado doscientos pesos sobre el mostrador, por un instante, para que el vendedor los huela.
El vendedor es un muchacho joven, pálido hasta la exasperación, con un acné virulento sobre su mejilla derecha, como si se la hubiera orinado una rata, provocándole una reacción cutánea que no se irá jamás. El muchacho sabe que tendrá que vivir con su mejilla derecha, tendrá que vivir con eso, y entonces le parece que el resto del mundo, incluida mi persona, se ha vuelto una conspiración poco entretenida.
–Esperame afuera del local –me dice.
Tomo las dos latas de pintura y salgo. La pintura pesa una enormidad.
–Pará –me dice. Al parecer, el otro empleado le ha dicho que no, que yo estoy loco, que prefiere quedarse cuidando su trabajo, la caja, cualquiera haya sido la orden que le dejó el dueño del local.
Pero el empleado pálido tiene un amigo que trabaja en el kiosco, a mitad de cuadra.
–Es un ida y vuelta –me dice, y sale al trote.
Lo ha convencido. Vuelven los dos. El otro muchacho mantiene una prudente distancia de mi persona, como si le fuera a pegar. Tiene una risita nerviosa, como una especie de corto graznido, y mira todo el tiempo en dirección al kiosco. Quiere irse, pero quiere el dinero.
–Bueno, necesitamos una silla –digo. Porque soy alto, y es preciso que los sujetos estén más altos que yo.
–Mejor un banquito –dice el pálido.
–Sí, un banquito, dale –dice el chico del kiosco, y grazna otra vez.
El pálido vuelve con un banquito de madera. Así que me siento, coloco los antebrazos sobre las rodillas, cierro los ojos.
–Bueno, muchachos. Vamos.
Los chicos abren las latas de pintura. Se colocan uno a cada lado, y comienzan a verter la pintura verde sobre mi cabeza. La pintura es espesa, y al principio cae a borbotones. Cae sobre mi cara y mis hombros y mi ropa, cae y sigue cayendo y el olor es penetrante mientras se forma un charco verde a mis pies.
Algunas personas se detienen a mirar, otras apuran el paso, temerosas de recibir una salpicadura.
–Falta poco, ya terminamos –oigo que dice el pálido.
La operación debe haber durado un minuto, un minuto y medio.
–Ya está –dice el chico del kiosco–. Después me das la plata –y se va.
–Necesito el banquito –me dice el pálido. Así que me pongo de pie y abro los ojos. El muchacho toma el banquito y se va también. Le he dejado la plata sobre el mostrador, antes de salir.
Y me quedo de pie, recordando que de chico, cuando me llevaban a una plaza, yo elegía la hamaca verde, porque el verde me transmitía una particular sensación de felicidad.
Y me quedo de pie, como dije, esperando sentir algo parecido.