25.9.10

Hace tiempo que escribo

Escuché los timbrazos, todavía dormido, y supe, no tengo otra forma de describirlo, que había llegado el día. Hacía tiempo que venía escribiendo, relatos cortos, y los mandaba a las revistas. Escribía cuentos como Chéjov, como Carver, como un centauro hecho de la precisión de Abelardo Castillo, una mitad, y la furia desatada, la potencia expresiva de Charles Bukowski, la otra mitad.
Había escrito dos novelas, también, y las había enviado a las más importantes editoriales españolas, prolijamente encuadernadas, por triplicado, dirigidas al Departamento de Lectores que tienen las editoriales del mundo civilizado. Mis novelas eran como las de Saer, como las de Onetti, como las de Anthony Burgess, la soledad del hombre y su desesperada lucha contra lo imposible, las más preciosas batallas for ever perdidas.
Escribía poemas, también. Poemas como cuchilladas, poemas que mordían y goteaban veneno, poemas de amor y de caminatas bajo la lluvia y de aquella vez que fui feliz. Poemas con el vuelo de Dylan Thomas, poemas como los de Ferlinghetti, poemas como los de Ezra Pound antes de perder definitivamente la cordura. Y mandaba los poemas a concursos, a todos los concursos, aunque fueran de la cooperadora de una escuela perdida en una ignota provincia.
Escuché los timbrazos y supe que era mi día. Finalmente me habían descubierto. Leería mis poemas en Madrid, whisky en mano. Mis novelas venderían miles de ejemplares, me comprarían los derechos para hacer películas. Vendrían las adolescentes a la feria del libro en Barcelona o en Frankfurt a pedirme que les firmara mis volúmenes de cuentos, y por qué no los corpiños. Comería los más sabrosos manjares, daría lecturas por el mundo, me reconocerían en los aeropuertos, en fin.
Todavía ebrio ya que últimamente me había inclinado a la bebida, pero no movido por una dipsómana vocación, de ninguna manera, sino por que no había encontrado ninguna inclinación más satisfactoria. Todavía ebrio, entonces, vestido con un shorcito manchado de fugazzeta, abrí la puerta. Había llegado el reconocimiento, al final (Cerati dixit) hay recompensa, el cambio de vida.
Era el portero. Me dijo, no de la mejor manera, que se estaba inundando todo el piso de abajo. Que me fijara si no había soltado mal la cadena del inodoro, o si había dejado abierta una canilla.

20.9.10

En crudo

Te respondo bien sencillito, para que hasta una pelotuda como vos lo entienda.
Hasta los treinta años, sos todo potencia. Funciona la tosca maquinaria del deseo. Podés ser jugadora de voley o de hockey, estudiar arquitectura como si en verdad fueras a enderezar la Torre Eiffel, chupar 18 hapis por noche (si Dylan Thomas se tomó 18 whiskys, por qué no vas a poder vos ejercitar tu magro talento), viajar a Sudáfrica de mochilera para sacarle una foto a Tantor lavándose las orejas con la trompa, hacer coros en una banda que se llame ‘Los Ragamuffins de la concha de tu hermana’, y así.
Después de los treinta años, entre los treinta y los cuarenta, viene un período de agridulce resignación, un conformismo que te empieza a brotar de las axilas como un sulfato, llamémoslo ‘etapa de mantenimiento’. Ya no vas a poder ser mejor pianista de lo que sos, no vas a poder patear la pelota más lejos, ni coger más fuerte, ni fumar treinta y tres cigarrillos en la playa como aquella madrugada, tus pezones ya no exhiben ese rozagante rosado. Hay que empezar a caminar, en lugar de correr, tu marido dice siempre las mismas boludeces pero una vez por semana vas al cine, en la oficina te dijeron que sos una subgerente de producto de lo más capaz, los chicos empiezan a crecer, en la playa te atragantás de un desteñido sol.
Y pasás los cuarenta. Viene el mundo del plano inclinado. La pérdida de facultades, la fatiga de materiales, la decadencia y caída. Vas a luchar, claro que vas a luchar, por que te parece injusto. Vas todas las mañanas al gimnasio, hacés un curso de computación, te suavizás los pelos de la vagina con aceite de castor del mar Adriático. Está el yoga y los yogures para cagar como una avispa, los suplementos vitamínicos y las pastillas que te dejan la garompa más dura que una lechuza embalsamada, los tratamientos de belleza, los corpiños reforzados de kevlar, el pelo de muñeco, las pequeñas mascotas de agudos ladridos, las maratones, las siliconas y el colágeno. Pero te caés, lo sabés, deberías entregarte, como si te hundieras en un tremebundo pantano, cualquier avezado pigmeo te aconsejaría que lo mejor es que no te muevas demasiado.
Parece que no entendiste, ponete cómoda, podés no estar de acuerdo todo lo que quieras. Tu opinión importa, en esta deliciosa oportunidad, en esta entretenida ocasión, si es posible menos que de costumbre. Es como yo te digo. Si no querías saberlo, no me lo hubieras preguntado.

15.9.10

Hundred Presidente

Si yo fuera presidente estarían prohibidos los productos dietéticos. Prefiero que te mueras de gorda, y no de pena.
Si yo fuera presidente los corredores de maratón podrían recibir similares penas a las de quienes cometan un homicidio, tendrían que ir a juicio y explicar muy bien por qué corrieron.
Si yo fuera presidente las personas mayores de sesenta años podrían presentarse en cualquier Farmacity y solicitar un vaso de vino tinto, con sólo mostrar el documento.
Si yo fuera presidente uno podría requerir a cualquier cajera del supermercado que lo masturbe mientras espera que le cobren su compra. El supermercado estaría obligado a capacitar a las cajeras para que den el servicio con cortesía no exenta de pericia.
Si yo fuera presidente se colocarían cintas transportadoras, como las de los aeropuertos, para desplazarse por las calles del centro. Existirían carriles con distintas velocidades de traslado.
Si yo fuera presidente a quien toca bocina se le cortaría una teta, o un huevo, según el caso. Después de dos bocinazos, se estima que la persona alcanzaría a percibir que quizás no tiene tanto apuro.
Si yo fuera presidente estaría terminantemente prohibido la utilización de los teléfonos celulares en la modalidad altavoz, manos libres, handy abierto, o como corneta se llame. Esa conversación no existe, por que no tenés nada para decir, ni vos ni el que está del otro lado, pelotudo.
Si yo fuera presidente todo el mundo estaría obligado a tener un animal doméstico (perros y gatos, básicamente, para tener un hámster o una tortuga, una boa o un loro, un par de pescaditos, da lo mismo que te hagas otro tatuaje).
Si yo fuera presidente no existiría la doble escolaridad en los colegios ni públicos ni privados, y la jornada laboral tendría una duración máxima de 6 (seis) horas. La ley apuntaría a reforzar el tan ancestral como purificador hábito de contar con el tiempo necesario, desde la más tierna infancia, para rascarse las pelotas.
Si yo fuera presidente existiría un impuesto a la tristeza. Un impuesto que debería pagar la gente que está triste. Puede que eso consiga alegrarlos.
Si yo fuera presidente meter las patitas en el mar sería parte de cualquier tratamiento psiquiátrico.

10.9.10

Un cubito

El procedimiento no es sencillo, no, ningún procedimiento es sencillo, pero tampoco es lo que podríamos decir en exceso, lo que equivale a decir excesivamente, engorroso.
Hay que llenar un cubito, o mejor dicho, el espacio de una cubetera destinado a formar un cubito, un cubito de hielo. Ah, eso sí, hay que llenarlo de esperma, de propio esperma.
La maniobra no es sencilla, claro, por eso hice referencia, al principio, al procedimiento. Lo mejor es masturbarse, y eyacular, por ejemplo, en un vaso. Y verter el contenido del vaso, lo que equivale a decir la eyaculación, en el espacio de la cubetera destinado a un cubito.
Se pone entonces la cubetera en el freezer. Y se aguarda, al día siguiente, por ejemplo, para repetir la operación. Masturbación-eyaculación en vaso-vertido del contenido al mismo espacio de la cubetera-puesta en freezer.
Dependiendo del tamaño de la cubetera, y de la espermática facultad del mamífero masculino que realice el procedimiento, podemos conjeturar que con más de tres eyaculaciones, y menos de nueve, el cubito, el espacio de la cubetera destinado a formar un cubito de hielo, habrá sido llenado. A pesar del engorro de eyacular en un vaso, y la complicación del trasvasamiento del esperma del vaso a la cubetera, podríamos decir que en una semana la operación estará concluida. Contaremos en el freezer con un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma.
Ahora sólo falta que una de esas chicas algo remilgadas, demasiado psicoanalizadas, fastidiosas, esas chicas que siempre tienen excelentes motivos para mostrarse un poco reacias a la práctica de lo que se ha dado en llamar, por que de alguna forma hay que llamarlo, lo que se ha dado en llamar, entonces, decía, sexo oral, una de esas chicas te visite en tu domicilio. La chica querrá hablar de Coelho o de Foucault, escuchar quizás un tema de Arjona o de U2 del cual se aprendió parte de la letra de memoria, o discutir sobre un profundo significado que ella ha advertido (y nadie más) en una película donde actúa Ricardo Darín.
La chica pedirá, es natural, un poco de gaseosa, un poco de algún jugo. Y uno, por que hace calor, por que así es Buenos Aires, por que cualquier propaganda insiste hasta la extenuación con la importancia de refrescarse, colocará en la bebida de la chica un cubito, un cubito de hielo, un cubito de hielo de esperma en esta oportunidad.
Mientras la chica saborea su bebida, mientras la chica sacia su sed y juega apenitas con el hielo, uno sentirá esa secreta satisfacción que siempre da el poder ayudar.

5.9.10

Se cae un avión

Se cae un avión. Es el medio de transporte más seguro, eso ya lo sabemos, es infinitamente más peligroso viajar en automóvil, sólo hay que leer las estadísticas. Pero se cae un avión. Y era un avión que vos debías tomar, un vuelo para el que vos tenías un ticket.
Estabas en el aeropuerto, y decidiste no viajar, no subirte, al avión. Algo sucedió, algo que no podés precisar con claridad. Fuiste a hacer pis y te miraste al espejo, o hiciste un llamado por teléfono que no fue atendido, o en el viaje al aeropuerto viste una lluvia que te remontó a la niñez y te pusiste triste.
No subiste, al avión, no viajaste. Y el avión se cayó.
Estás sentado en un bar cualquiera, tomando una cerveza ya tibia, y en el televisor, el televisor del bar, mencionan la noticia, la noticia del avión, que cayó. Ves el número de vuelo, ves el nombre de la línea aérea.
Estás vivo, tenés que decidir si lo que ocurrió fue suerte o destino, casualidad o alguna señal de religiosa índole, tenés que decidir si sos un tipo afortunado o si fuiste puesto sobre la faz de la tierra con algún propósito en particular.
También tenés que decidir qué vas a cenar.

30.8.10

Sin querer

Te quiero. Te quiero mientras seas como quiero. Te quiero mientras hagas lo que quiero. Y entonces sí que te quiero. Por que lo que quiero, en realidad, es lo que yo quiero, independientemente de tu persona. El recipiente de lo que quiero debe ser llenado.
Pero, aunque seas como quiero, aunque hagas lo que quiero, en algún momento dejaré de quererte. Lo que quiero, está en su naturaleza, cambia.
Para resumir, te quiero hasta que llegue ese momento en el que no te quiero. Ese terrible, fantástico momento en el que no te quiero más.

25.8.10

Martes, viernes

Yo no estaba bien, yo andaba mal. Lo bueno no mejoraba, lo malo empeoraba. O las cosas que tenían que salir bien dejaban de salir bien, y las cosas que podían salir mal salían mal con milimétrica precisión. Lo único que sabía era que, por lo general, yo solía estar contento, y me había puesto triste. Los problemas que atacan a un ser humano nunca son lineales, uno se quiere matar por múltiples causas. Lo que te hace moco, el ‘pacman’ de la vida.
Así que fui al psicólogo. Me recomendaron un psicólogo, y fui. Un hombre de unos sesenta años, bastante excedido de peso, con barba, con pipa, semicalvo, que siempre usaba camisas a cuadros, de mangas cortas. Tenía los brazos muy velludos. Usaba lentes, también.
Fui durante un año, todos los martes. Y hablábamos. Yo hablaba, y él asentía, o decía ‘ajá’, o se rascaba los peludos antebrazos. A veces me hacía alguna pregunta, una pregunta como ‘¿usted qué piensa?’, o ‘¿a usted qué le parece?’. Una vez me dijo que existía un péndulo, un péndulo entre el control de los impulsos, y la tolerancia a la frustración. Otra vez me dijo que en su trabajo era muy importante la disociación instrumental, y la atención flotante. Me lo dijo por que yo le cuestioné alguna falta de interés, como si estuviera distraído, como si no me escuchara.
Después de un año dejé de ir. Le dije que sentía que mi terapia se había estancado, que no progresaba. Sostuvo la pipa en los labios, y me dio un fuerte apretón de manos. Me dijo que volviera, que lo podía llamar si lo necesitaba.
Al año siguiente comencé a coger con prostitutas. No iba los martes, sino los viernes. Todos los viernes. Elegía un aviso del diario, cualquiera, Nancy o Ayelén o Lidia, que atendían en sórdidos departamentos del centro de la ciudad, sobre la calle Marcelo T. de Alvear, o sobre la calle Paraguay. Iba y cogía, nada estrambótico, un servicio de lo más tradicional. Un poco de estimulación oral, y luego una penetración simple, tres o cinco minutos en la posición del misionero, luego le decía a la chica que se pusiera en cuatro patas, entonces yo embestía unos tres o cinco minutos más, apretaba un puñado de cabello, me aferraba a unas generosas ancas. Me quedaba acostado un rato, fumaba un cigarrillo. Dejaba muy buenas propinas, de entrada, así que la prostituta, Nancy o Ayelén o Lidia, me preguntaba si quería un masaje o un vaso de agua, o bañarme. Charlábamos un poco, temas generales. Me despedía con un beso en la mejilla cargado de familiaridad.
Pasé un año así, y me di cuenta, un domingo, que mi vida era un desastre. Mis problemas no tenían solución. Había fracasado en prácticamente todos los rubros del horóscopo. Momento de aceptar que ya no era, nunca más sería un joven con un extraordinario potencial.

20.8.10

Somos distintos

Somos diferentes, hombres y mujeres somos diferentes. Pero no por lo que vos pensás, es un poco más complejo. Las cosas siempre son un poco más complejas.
Lo mejor va a ser verlo con un ejemplo. La ilustrativa capacidad de un ejemplo donde uno, pareciera, está hablando de algo, de una cosa, pero en realidad está hablando de otro algo. De otra cosa.
¿Cuál es el ejemplo? Ah, sí, el ejemplo. Me olvidaba.
Suponete que tenés ganas de coger, unas tremendas ganas de coger, sucede, pasa, si nos ponemos en pacatos todo se vuelve más difícil de razonar.
Tenés ganas de coger, te decía, lo único que tenés son ganas de coger, y esas ganas tapan todo lo demás. Cuando tenés ganas de coger, de verdad, esas ganas te nublan, te impiden seguir funcionando con, por decirlo de algún modo, normalidad.
Pero también, en el ejemplo que nos ocupa, no tenés con quién. No tenés con quién coger. Pasa también, muy humano, muy normal. Eso, que no tengas con quién, es un fenómeno multicausal. Puede que seas albino y tus compañeras de facultad ni se te acerquen, puede que estés recién divorciada y no te animes a decirle que sí al gordito que se te sienta al lado en la oficina, puede que seas un pervertido con pequeñas pero rotundas matas de pelo brotándote de las orejas y las fosas nasales, acostumbrado a la pornografía y a las bebidas gasificadas, puede que estés con un herpes genital de lo más rebelde que te dejó la vagina y sus alrededores con la textura (y el color) de una pila sulfatada, puede que seas muy tímido y que te guste particularmente el jazz instrumental.
No importa, lo que importa es que no tenés con quién coger, entonces te querés masturbar. Pero. Claro que hay un pero, siempre hay un pero. Te masturbás desde que eras chico, te masturbás desde siempre. No es lo mismo masturbarse que ‘the real thing’, pensás un poco en eso, aunque te hayas comprado un pito semirígido de policarbonato color turquesa, aunque metas el pitulín en un kilo y medio de carne picada embutida en un florero de tallo largo. No, claro que no es lo mismo.
Y vas por la calle, caminando, hace frío, ya es de noche. Querés llegar a tu casa, te querés bañar, querés comer. Pero, por sobre todo, se impone, te querés masturbar.
Vas por la calle, te decía, y ves un maniquí. Tirado, contra un árbol, hay un maniquí. Si sos una chica, te encontrás con un maniquí, un maniquí de un hombre. Si sos un muchacho, te encontrás con un maniquí de mujer.
Eso es todo, vas caminando, de noche, con ganas de llegar a tu casa y masturbarte, y encontrás tirado, junto a un árbol ahí nomás, muy cerquita de la entrada de tu casa, un maniquí.
Listo, terminó el ejemplo. Si sos una mujer, ves que no hay nadie en la calle, te acercás al maniquí. Te das cuenta que le podés sacar, al maniquí, una mano. Como si la desenroscaras, le sacás una mano, al maniquí, y te la metés en la cartera. Te llevás la mano del maniquí, para masturbarte.
Si sos un hombre, te acercás al maniquí, también. Lo levantás, le sacudís un poco la mugre y te lo llevás, a tu casa. Cargándolo como si fuera, no sé, un abrigo, de costado. Te llevás el maniquí para masturbarte, por supuesto. Jamás le cortarías una mano.

15.8.10

Yusef, el genio

Debo haber frotado la lámpara de casualidad. Me pareció que estaba hecha una mugre y pasé una mano por el oxidado metal. Dejé la lámpara sobre el exhibidor y estaba por seguir caminando cuando escuché una suerte de módica explosión, como el pedorreo de un viejo calefón cuando uno abre la ducha. Vi el humito, lo cual me sorprendió aún más.
De pronto, parado frente a mí, con turbante en la cabeza, chaleco de raso color amarillo sobre el lampiño torso, pantalones tipo bombacha y encima blancos, unos simpáticos zapatitos que terminaban en punta y se curvaban hacia arriba.
–¡Epa! –Dije. Me sorprendió que el tipo se me hubiera parado tan cerca. Me miraba fijo, sin parpadear, con los brazos cruzados, muy apretados contra su escuálido torso. Parecía que el turbante le quedaba un poco grande.
–Soy el genio de la lámpara –carraspeó un poco–. Mi nombre es Yusef, o sea que soy el genio Yusef. Estuve encerrado quinientos años en esa lámpara, hasta que usted me liberó, mi amo. Pídame tres deseos y se los concederé.
Lo observé, no era muy alto. Debía pesar menos de cincuenta kilos, tenía un ínfimo y suave bozo sobre el labio superior. Miré por encima de su turbante, estábamos solos en un recóndito pasillo de aquella casa de antigüedades.
–En general no me dejo tirar la goma por pibes. Si trabajás acá ni sueñes con que compre algo, vine por que a mi chica le encanta mirar estas boludeces. Me volvés a hablar y te pongo de una, te meto la lámpara en el culo, y no te levantás por otros quinientos años. Tomatelás, pichón.

10.8.10

Monedita

El hombre, quizás un mendigo, quizás todavía no, se ha detenido. Mientras cruzamos la avenida que no conduce a ninguna parte, el hombre ha visto algo que ha capturado su atención. Lleva un mugriento bolsito enganchado de un hombro, y camina muy inclinado hacia delante. Una moneda, eso es lo que vio.
Se agacha, el hombre, para recoger la moneda. Pero, la ciudad y sus infinitas trampas, la moneda está adherida, incrustada quizás, en el indiferente pavimento.
El sol nos quema el alma a todos, el semáforo está a punto de cambiar, se ha puesto amarillo ya, y el hombre sigue inclinado, luchando, esa moneda es para él.
Apuro el paso, oigo el ruido de los motores que se aprestan a comer todo lo que se les ponga delante.
El hombre no escucha, no ve, quiere esa moneda que los astros han puesto en su camino y que quizás lo redima, lo justifique, la suerte parpadea, te hace un guiño, hay que saberla leer.
Yo, que he llegado ya al otro lado de la avenida, veo el grotesco de la escena, el hombre con dos dedos hurgando el pavimento, los automóviles que han arrancado, el demoledor sol, las bocinas.
Estoy a punto de reírme, como tantas situaciones donde no se sabe muy bien qué hacer, y uno se ríe de los nervios. Pero me doy cuenta que estamos haciendo todos más o menos lo mismo, entonces no me río, no creo que me pueda reír nunca más.

5.8.10

El generoso

Me hubiera gustado, lo he visto en películas, ser querido por lo que soy, por mis valores, por mi convicción, mi coraje, mi valentía, por todo lo bueno que anida en mí, por esa mezcla de talento y suerte que me vuelve un sujeto especial, único, merecedor de admiración y respeto.
Me hubiera gustado, sé que es posible, sé que pasa, ser querido por mi belleza, por esa curiosa combinación de genética y azar que me vuelve irresistible, por mi aptitud en las artes o en las ciencias, por la magia que sale de mis dedos al acariciar un piano o una guitarra, por la capacidad de conmover, de hacer reír, de tocar los corazones con una chispa de gracia.
Me hubiera gustado, llegado el caso, ser querido por que sí, sin motivo, sin causa, ser querido aunque sepas que te va a hacer mal, que vas a sufrir, pero igual no podés evitarlo.
Por eso dejo buenas propinas.

30.7.10

La ley del marketing

El cliente era una de las empresas lácteas más importantes del país. Con un cliente así, podíamos vivir todos, y éramos muchos, por tiempo indefinido. Lo que queríamos todos era, justamente, vivir. Vivir con plata, claro, parecía en esa oficina como si todos hubiéramos sabido desde siempre que vivir sin plata, bueno, eso no es vivir.
El marketing, como cualquiera sabe, es pilar fundamental del occidente capitalista civilizado. El marketing ha destronado a la religión, define qué está bien y qué está mal, sencillito.
El spot publicitario que me habían encargado era sobre un nuevo y poderoso yogur.
Así que estábamos todos reunidos, los directivos de nuestra consultora, y los máximos responsables de nuestro cliente, la empresa láctea. La campaña iba a costar, si era aprobada, millones. Y todos íbamos a poder vivir.
El aviso que presenté era, más o menos, así.
Es una mañana. Es un día nuevo. Paradisíaca playa, turquesa mar, dorada arena, alguna palmera a lo lejos, a un costado, pinceladas de vegetación. Se escucha el sonido, inconfundible y característico, justamente, del mar. La cámara sigue a una chica, la modelo del spot. La modelo es una jovencita, algo despeinada, muy rubia, delgada, virginal. Lleva puesto un blanco bikini, camina muy despacio, con los pies metidos, apenas, en el mar.
Pareciera que la cámara la sigue de atrás, primero, a cierta distancia, para alcanzarla luego y tomarla de perfil. Entonces la modelo, la exacta combinación entre belleza y juventud, se detiene, la cámara la toma de frente. Recorre sus largas piernas, y ahora sí, hace una toma en primer plano. La sonrisa de la chica no es excesiva, nos transmite, nos hace saber que existe un mundo mejor en algún lado, una playa, felicidad. El plano se abre un poco, se alcanzan a ver un par de gaviotas que huyen, por detrás de la chica, hacia el mar, se oye el graznido tan particular de ese tipo de animales.
La modelo tiene, cuando se abre un poco el plano, una cucharita de metal en una mano, y un yogur, el yogur que hay que vender, en la otra. El yogur se llama, el producto, ‘Ultramel’.
La cámara se detiene por un instante, juguetona, distraída, en el envase que es de un verde pastel, con letras negras. La cámara sube a enfocar otra vez a la modelo en primer plano. La modelo mira a la cámara.
–Desde que tomo Ultramel –dice– cago en cualquier parte.
La cámara se aleja, se sigue alejando, atrás y arriba como si se la llevara un barrilete que parte en diagonal carrera hacia el cielo mismo, mientras vemos que la modelo, después de bajarse el bikini con el diestro movimiento de un pulgar, se ha puesto en cuclillas, disponiéndose a defecar a la orilla del mar.
El aviso no funcionó. El cliente no quiso jugarse, los directivos de la consultora no me apoyaron. Al poco tiempo me echaron, una buena indemnización y pocas explicaciones. Puse una casa de venta de empanadas con mi amigo Beto, en Villa Urquiza. No me va mal.

25.7.10

Polea

En la calle. Una madre, que tiene a un niño, un niño pequeño, de la mano. Usa la otra mano, la mano libre, la madre, para sacudirle un cachetazo que suena como los cachetazos de las revistas de historietas. Un ¡paf! de inusual potencia hace que el chico quede desconcertado y aturdido, mientras la mejilla alcanza un rojo bermellón a pesar del frío.
El chico tiene, en la otra mano, una correa, la correa termina en un perro, un perro mediano, un labrador, color té con leche. El chico toma aire, se ha soltado de la mano de su madre, se masajea la mejilla todavía dolorida. Entonces, con un diestro movimiento, descarga una corta patada, un patadón con uno de esos zapatos de suela de goma que todos usamos cuando fuimos chicos. Un certero puntinazo en el flanco del animal.
El animal lanza un aullido, lo más parecido a un llanto, sorprendido por el dolor que lo hace intentar alejarse del niño hasta donde se lo permite la extensión de la correa.
Yo, que espero que el semáforo cambie de color para poder cruzar, me agacho, acaricio la cabeza del animal. Es un buen perro, algo aburrido de vivir en un departamento de no más de sesenta metros. Tiene derecho a dos salidas diarias de diez o quince minutos, siempre atado, y el resto del día permanece encerrado en un lavadero. Hay un balde naranja, un escobillón, y él se acuesta sobre una vieja frazada. Sueña con un parque, con una pelota, con una playa.
–Hola, capo –me arrodillo, le acaricio la cabeza. El perro me lanza un mordiscón. Es repentino, preciso como un láser. Los dientes traspasan la carne, un segundo, me suelta, por que quiere, pero antes de soltar también me mira y es claro que podría seguir apretando, lastimarme con mayor profundidad.
–¡Ah! –me sale sangre, no mucha, al principio nunca es mucha, hay un instante donde no es mucha. De tres puntos diferentes de mi palma derecha. Y dos puntos del dorso, también. Aumenta, la sangre, crece, se hace más.
Y yo estoy ahora escribiendo la historia. Quizás no entendés. Quizás no significa nada.

20.7.10

Ex post

No, no soy lo que vos pensás.
Soy todo lo que no me salió, eso sí.
Soy las dos porciones de fugazzeta que comí a las tres de la mañana en Imperio, de parado, sin poder parar de llorar.
Soy la vez que caminaba descalzo por la playa, muy temprano, metiendo las patitas en el mar. Y se largó a llover.
Soy la mirada de ese perro que no me conoce pero sabe que mi caricia no le va a hacer mal.
Soy el whisky que me tomo, desnudo, después de fornicar.
Soy la mano que escribe movida por misteriosos cables y el olor de tu pelo cuando salías de la ducha y la música de tu risa que todavía suena como un lejano vals.
Soy el café con leche y las tostadas y la alegría de estar un ratito de este lado del bar.
Quizás te hice daño, estas son mis disculpas.
Pero no, de ninguna manera, no soy lo que vos pensás.

15.7.10

Lleno de gente

En Buenos Aires, en los últimos años, la gente se manifiesta. La peor opinión es el silencio, decía una consigna. Barriales epopeyas, democráticos bocaditos.
Voy a la zona de Congreso, está lleno de gente. La gente está, no hay por qué negarlo, con muy mala cara, arrasada por un fuego que no se apaga nunca, mal vestidos, algunos fuman, otros gritan. Hay gente con cacerolas, golpean las cacerolas, justamente, con cucharas. Veo un señor que golpea un martillo contra el poste de un semáforo, concierto de metal pesado, veo un señor con un megáfono, subido a un banquito, gritando consignas en extrañas lenguas, predica y blasfema, a la vez.
Me acerco a un grupo, un grupo de muchachos de mugrientos cabellos y viejos gamulanes. Dos chicas, con sus mochilas en el piso, se pasan un porro y se ríen. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros somos del centro de estudiantes del colegio nacional 399, y queremos que la fotocopiadora la maneje un cuerpo colegiado de dieciocho personas donde estén incluidos representantes del alumnado como fuerza viva del colegio.
Les digo que sí, con la cabeza, dos veces que sí, o sea que claro, levanto un pulgar y pongo cara de Pelé vendiendo un reloj Seiko, la carita de un negro pelotudo que no quiere más quilombos. Sigo caminando.
Hay un grupo de ancianos. Toman mate cocido de un jarro de aluminio muy grande. Se van pasando el jarro de mano en mano, el jarro tiene una sola asa, lo que dificulta la maniobra, el traspaso. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros queremos una jubilación digna después de treinta y cinco años de trabajo, pibe. Yo fui ferroviario, y no me dejan cambiar el audífono –se saca el audífono de su peluda oreja, y levanta, el audífono, no la oreja, bien alto. Los demás aplauden, alguien alza una muleta y apunta al cielo como si se tratara de un AK47.
Aplaudo yo también, palmeo un par de fatigadas espaldas. Una mujer, encantada con la maniobra del señor del audífono que acaba de presenciar, alza su dentadura postiza, y sonríe, dos veces, al mismo tiempo. Me despido y sigo.
Me acerco a un multicolor grupo, todos muy bajitos, con atuendos típicos del altiplano. Las mujeres llevan el cabello muy tirante, o trenzado. Los hombres miran con ojitos de reptil, parecen parpadear al revés, de abajo hacia arriba. Dos o tres tocan quenas y algún xicus, reversionan temas de Abba. Les pregunto por qué están allí.
–Somos bolivianos y peruanos y nos niegan la ciudadanía argentina. Tenemos derecho a vivir en este país, estas tierras eran nuestras antes que llegara el puto de Colón y todos esos chupapijas colonizadores. ¡Viva la Pachamama!
–¡Viva! –Digo yo. Alguien me regala una empanada. Es muy picante, riquísima.
Sigo, por un rato. Están los damnificados por el corralito bancario, los que perdieron su casa por culpa de corruptos escribanos, los que quieren educación libre y gratuita, los que quieren ir a estudiar afuera pero que pague otro, los travestis que quieren poder colocarse culos de porcelanato en los hospitales públicos, las madres solteras que tienen derecho a una asignación por hijo, las divorciadas que quieren que sus ex maridos no se puedan juntar nunca más con nadie, los que dicen que el cantante del grupo de rock ‘callejeros’ no podía saber que en los recitales se iban a tirar bengalas, están los que quieren que las empresas privadas sean del estado, lo que quieren que se prohíba la entrada del Papa al país, los que quieren tener pasaporte checoslovaco, los que quieren salvar a las ballenas, los que quieren que las mascotas tengan que cagar en un frasco, los que quieren que la felicidad se venda en Farmacity (sin receta), los que quieren que Atlanta salga de una buena vez campeón de algo.
–¿Y vos? –me pregunta una señora– ¿Qué hacés acá?
No sé qué decirle. Me sentía solo, quería ver si conseguía que alguien me diera un abrazo.

10.7.10

Védico

El conferencista, reconocido, hindú, pero con la carita repleta de una muy occidental picardía, pelito corto, mucho gel. La unión, el puente entre la védica sabiduría, tan milenaria como genial, con el occidental que ha inventado los aviones y las computadoras, el golf y los rascacielos, pero aún así no sabe qué es, para qué fue puesto sobre la faz de la tierra, y entonces no puede evitar el desconcierto, el aturdimiento, la tristeza.
El conferenciante, entonces, te decía, hábil prestidigitador, mantiene la atención del público dosificando sus conocimientos en el campo de la neurobiología, su profundo expertise en la relación mente-cuerpo, sus fantásticos descubrimientos en el campo de la medicina de la mente.
El conferenciante, para explicar un concepto, cuenta una historia, algo que sucedió, durante un experimento.
El experimento consistía en agarrar un grupo de conejos, y darles alimentación para que se les volara el colesterol a las nubes. La intención era probar una nueva droga que había descubierto un laboratorio austriaco para combatir el flagelo, un nuevo medicamento. Primero les tenían que subir el colesterol, a los conejos, luego probar el remedio.
Pero, aquí empieza lo rico de la cuestión. Alimentaron a los conejos como si fueran jugadores de los All Blacks. Antes de comenzar a probar la medicina, los científicos testearon y había un grupo de conejos que no tenían el colesterol ni la quinta parte de alto que el resto.
Te recuerdo que eran muchos conejos, y también te recuerdo que todos los conejos comían, comieron, durante un par de meses, lo mismo. Cuatro comidas al día. Milanesas napolitanas con papas fritas y huevos fritos, hamburguesas completas, alfajores, gaseosas, licuados de banana con leche, no sé.
Sin embargo, de los cinco mil conejos, ponele, había un subgrupo, cien conejos, que estaban más gorditos, sí, igual que el resto. Pero con el colesterol impecable.
Los científicos estaban desconcertados. Empezaron a pensar. Sus científicas almas reclamaban una respuesta.
Finalmente averiguaron la cuestión. El grupo de conejos con el colesterol normal a pesar de lo que habían comido, eran alimentados, mañana y noche, por una empleada, entre los tantos contratados para la función, la tarea.
Pero esta empleada, encargada de ese sector de conejos, en lugar de separar la correspondiente ración de comida y prácticamente arrojarla en cada jaula, como hacía el resto de los empleados, no lo hacía así, no lo hacía de ese modo.
La persona sacaba cada conejo del grupo que le correspondía, y lo acariciaba, un par de caricias nomás, al parecer le gustaban los conejos. Sacaba al conejo de la jaulita, te decía, lo acariciaba, le decía alguna que otra dulce palabra, le deba un pellizquito, un tirón de orejas. Después colocaba, con delicadeza, con cuidado, suavemente, al conejo y su correspondiente comida, en su correspondiente jaulita.
Y eso era todo. Los conejos así tratados, los conejos que habían recibido esa pizca de ternura, a pesar de haber comido las mismas porquerías que el resto, no habían desarrollado la patología, la enfermedad. Seguían sanos.
Te cuento todo esto para que entiendas que no tenés que ponerte así, tan mal, cuando te pido que me hagas una paja en un ascensor, en un cine, en un automóvil, prácticamente en cualquier parte. Me gustaría que tuvieras un enfoque más amplio.

5.7.10

El recontraotro

Para poner categorías de imposibles, para poner un ránking de tragedias que permita la comparación, y a través de la comparación como artilugio, como burdo mecanismo, lograr algo, una chispa de entendimiento. Bueno, yo, Hundred, en semipleno uso de mis facultades mentales, por decirlo de alguna manera, no soy Borges. Podría aspirar, dadas mis literarias capacidades, a lustrarle a Borges, vivo o muerto, a lustrarle, decía, un zapato, poniéndome pomada en la nariz. Y lustrarle entonces el zapato, a Borges, con la nariz.
Dicho esto, hecha la aclaración pertinente hasta la desmesura, veamos un poema, de Borges, y luego una nueva versión, del mismo, escrita por Hundred.
El poema, de Borges, se titula, se llama, ‘Los justos’

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrade.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.

Ahí va Hundred, ahí voy yo. El poema se titula, se llama: ‘Los injustos’.

Un hombre que pisha en tu jardín, porque tiene ganas.
El que agradece que en la tierra haya descuentos.
El que descubre con placer una verruga.
Dos empleados que en un café del centro leen un suplemento deportivo.
El dentista que premedita usar menos anestesia.
El cartógrafo que compone mal un mapa, total a esa isla no irá nunca.
Una mujer y un hombre que ven a Tinelli con el volumen del televisor muy alto.
El que acaricia a un animal pensando dónde lavarse las manos.
El que recuerda de memoria cualquier refrán relativo a la venganza.
El que agradece que en la tierra haya productos dietéticos.
El que prefiere correr maratones.
Esas personas, que se conocen, me están haciendo moco.

Ya sé, no me digas nada, ya lo sé.

30.6.10

Cuando seas grande

El fin de semana pasado me invitaron a una quinta, a un country, a un barrio privado, no sé, no podría explicar con precisión las sutiles diferencias. Lo que sí sé es que los que viven adentro tienen lindas casas, buenos autos, flequillos, peludos perros y bellas mujeres (no al revés), y los que están afuera, no. La conclusión es que conviene estar adentro, no hace falta ser un ingeniero nuclear para entenderlo.
El asunto es que un amigo vive ahí, digamos en ‘Pindorchas del Pilar’, con su familia, mujer, cinco hijos, alguna cuñada. Y cumplía años, así que me invitó a su cumpleaños. Te invito a mi cumpleaños, me dijo.
Como mi automóvil anda mal, lo tuve que mandar al mecánico, así que se me complicaba volver de noche, porque el cumpleaños era, consistía, en una cena. ‘Pindorchas del Pilar’ queda a unos cincuenta kilómetros de la capital. En Pilar, mirá vos, justamente.
Así que mi amigo me dijo que no había problemas, que me quedara a dormir y él me alcanzaba al día siguiente. Sobraban cuartos, hasta el perro tenía suite con vestidor, cosas así.
Resumo lo que quiero contar, entonces. Se hizo la cena, el cumpleaños, asado, buen vino, unas treinta o cuarenta personas, todo bárbaro. Me fui a dormir.
Al día siguiente, cerca ya del mediodía, estábamos desayunando. Mi amigo, la señora, sus cinco hijos, la hermana de la señora, su marido, sus tres hijos, y un par de chicos más que se habían quedado a dormir, hijos de amigos de mi amigo.
De pronto, mientras todos charlaban y comían, alguien, un adulto, el marido de la hermana de mi amigo, le preguntó a un chico, un amiguito de uno de los hijos de mi amigo, un flequilludo mocoso que untaba las tostadas con medio frasco de mermelada cada una, y sostenía luego el tazón de café con leche con las dos manos, metiendo prácticamente la frente en la taza para emerger luego con la punta de la nariz manchada de espuma, porque mi amigo tiene una espectacular cafetera expreso como la de los bares.
El marido de la hermana de mi amigo, le preguntó al chico, decía, lo siguiente.
–¿Facu, qué querés ser cuando seas grande? –Queda claro que el marido de la hermana de la esposa de mi amigo tampoco está para Premio Nobel de nada.
El clima era relajado, distendido. Había empezado a llover, apenas, y era lindo ver caer la lluvia sobre el pasto, a través del ventanal, mientras el humito de los cafés con leche subía enrojeciendo mejillas. Civilización.
–Más tostadas –dijo Facundo, señalando el plato con el mentón. Y todos se rieron de la ocurrencia, atribuyéndola al desprejuiciado atolondramiento de un niño, a la impunidad conceptual que da el tener siete años y decir al mundo lo que se te pasa por la cabeza en ese momento así, sin filtros.
Pero a mí me pareció que la respuesta había sido muy en serio. Me pareció que el pibe había dicho una de las cosas más terribles que yo fuera capaz de recordar.

27.6.10

Quizás no viene al caso

Alguna vez, hace ya demasiado tiempo, era un chico, volví a casa. Me habían pegado, me había asustado, había corrido. Podríamos decir que no había estado a la altura de las circunstancias, sin importar desde ya, qué importancia podían tener, las circunstancias.
Así que volví a casa, no había otro lugar al que volver, adónde querías que vuelva.
Me vio mal mi hermana y me preguntó, así que le conté a mi hermana, más o menos, lo que me había sucedido. Mi hermana se lo contó a mi madre. Mi madre se lo contó a mi padre.
Mi padre, que hablaba poco, que no decía prácticamente nada, creyó oportuno darme un consejo, una lección de vida. Me dijo unas palabras.
–Quiero que seas tan duro –dijo–, que cuando te caigas en la calle rompas una baldosa.
Me estaba preparando para el mundo. Él sabía de las asperezas, de los filos que tenía la vida. Le pareció oportuno avisarme.
Desde entonces, me caí muchas veces. Algunas veces me tiré. Muchísimas veces, claro, me empujaron. Y si bien logré romper algunas baldosas, yo también estoy un poco lastimado.
Perdoname, viejo. Vos sabés cómo son estas cosas.

23.6.10

Tiros

Estaba en el andén, en el andén del subterráneo. Estar bajo tierra y no estar muerto es bastante grave, porque es como estar muerto, pero sin las ventajas de estar muerto. Es como estar muerto y fastidioso a la vez. Y encima esperando que aparezca el subte, que viene lleno, creo que ya lo dije, y encima no viene más.
El primer disparo no lo escuché. Aprovecho el viaje en subte para leer un poco, o para cerrar los ojos y hacer algún ejercicio de respiración, todas cosas sencillas, pasatiempos mientras se está muerto, con la secreta esperanza de resucitar. O mejor dicho sí lo escuché, pero me aturdió. Pensé que era otra cosa, alguien que había dejado caer una caja con un televisor o con seis botellas de vino, un tremendo portazo lleno de disgusto, el reventón de un neumático, cosas que no podían ser, no sé.
Pero no, no podía ser. Estábamos en el andén del subte B, en la estación Dorrego, y eran las nueve menos diez de la mañana. Gente, gente fastidiosa y esperando y no mucho más.
–¡Al piso, al piso! –Dijo alguien, un tipo flaquito con gorra de lana y una mochila con el logo de ‘Los Piojos’ en la espalda. Y el tipo se tiró al piso, lo cual le costó un poco, porque el subte se estaba retrasando y el andén se había cargado mucho de gente, no había casi lugar. Le costó tirarse, tuvo que empujar.
–¡Tiros, son tiros! –Una mujer se tomó el pecho y luego se miró las manos para ver si estaban manchadas de sangre. Pero no, sus doce kilos de teta, ya para siempre glándulas mamarias, permanecían en su lugar.
La mujer usó el plural, porque había sonado un segundo tiro. Y ahora sí, los que leíamos y los que dormíamos de pie y los que esperábamos y nada más, supimos de inconfundible e inapelable manera que estaban sonando tiros.
La gente comenzó a arrojarse, como podía, al piso, unos sobre otros. Hubo alaridos, puteadas, gritos superpuestos e inconexos por encima de la música de los televisores. Los que no podían tirarse al piso, por fiaca o por falta de espacio, se apoyaban contra la pared del andén. Hubo quienes saltaron a las vías, maniobra riesgosa por cierto, gritando, para cruzar al otro lado, como si de un río se tratara. La gente se tapaba los oídos con las manos, algunos rezaban, otros corrían pero en cámara lenta, porque mientras corrían tropezaban y trataban de adivinar para dónde, en qué dirección tenían que correr.
Habrá durado todo un minuto o dos, no más. Desde una punta del andén, la de atrás, un hombre tiraba contra todo. Fueron quince tiros, uno detrás de otro, con intervalos regulares de entre dos y tres segundos. El hombre era canoso, bien peinado, de unos cincuenta años, usaba jeans y una campera negra, corta, sin cuello, como las de los beisbolistas. Tiraba sin moverse, bien afirmado. Tiró y siguió tirando hasta que escuchó, todos lo escuchamos, un chasquido, no había más balas.
Entonces lo agarraron. Entre varios, un policía de civil, tres guardias del subterráneo, algunos entusiastas siempre deseosos de tirar una trompada.
Lo esposaron, al hombre. Y lo fueron haciendo caminar por el andén, para llevarlo detenido. Llegaron más policías. La gente, lentamente, se incorporaba, recuperando sus carteras o bolsos, sacudiéndose la ropa. Cada uno fue verificando que ni él mismo ni el de al lado estuviera muerto. Había silenciosas sonrisas, asentimientos de cabeza. Todos buscaban manchas de sangre en el piso, algún gemido, alguien que debiera ser socorrido de inmediato.
Se oían sirenas, arriba, patrulleros, ambulancias. Venían los bomberos, también.
Al pasar junto a mí, un policía le estaba preguntando al sujeto, mientras lo hacía avanzar a empujones.
–¿Pero qué hiciste, boludo? ¿Qué te pasa? ¿Sos de una secta, te dejó una mina? ¿Vos qué reclamás?
–Nada –el hombre negó con la cabeza. Tenía un rasguño que le cruzaba la frente–. Tomo el subte acá, desde hace veinte años, y me parece que están todos tristes y aburridos, que nunca les pasa nada. Quería que una vez tuvieran algo para contar.

19.6.10

Andrea o Verónica o Gisela

Recibo un llamado. Un llamado telefónico. No sé cómo alguien puede llamarme por teléfono, sólo uso el teléfono para pedir una pizza, los sábados por la noche. Napolitana con ajo, roquefort, fugazzetta, eventualmente calabresa, según la patología del día, lo que corresponda, la dolencia que se intente sanar. Jamás atiendo el teléfono, además.
El llamado es de una chica, Andrea o Verónica o Gisela. Dice que fue a la primaria, o a la secundaria, conmigo. Hace veinte años, no sé, algo que ocurrió en el inasible magma del pasado. También dice, la chica, que está organizando una fiesta, una cena, de todos los que fuimos a ese grado. Para que nos veamos, para que charlemos.
–Va a estar redivertido –dice Andrea o Verónica o Gisela.
Pero no. No sirve, no corresponde. Cuando se hacen ese tipo de eventos es con el único afán de corroborar que el fracaso es una epidemia, una peste, un virus que nos ha comido el alma a todos, dejándonos las cáscaras vacías, algo putrefactas, un poco de pulpa apenas cerca de los mustios carozos en el exacto lugar donde deberían estar los corazones. Lo que se busca es chequear, bajo un ficticio entusiasmo, que todos se han ido a la mismísima mierda, igual que uno mismo, que no había nada para nadie después de cinco o siete veranos en la playa, que la vida se puso en dos patas y te dio un zarpazo de oso peludo que te va a dejar la cara marcada para siempre, que no te van a quedar ganas ni de preguntar dónde carajo está el tarro de miel de la alegría.
Así que le digo que no puedo ir, a Andrea o a Verónica o a Gisela. Porque yo prefiero recordarlas cuando todavía tenían algún brillo, alguna posibilidad.

15.6.10

Siempre lo mismo

Hace un tiempo, me doy cuenta, que hablo siempre de lo mismo. O mejor dicho, lo escribo.
Escribo sobre las dietas como elemento de dominación, cómo tener a la gente atormentada con el colesterol, vendiéndoles yogures para cagar y yogures para reír y explicándoles que deben repetir la palabra fitoesterol como un mantra hasta caer muertos de pena sobre una avenida cualquiera.
Escribo sobre la gente que corre, sobre esos boludos sin alma que sólo piensan en huir, en correr como el preciso sucedáneo de una religión que les permite flagelarse en grupo al tiempo que se les promete una recompensa que nunca llega, porque no te va a ocurrir absolutamente nada y encima te faltan un par de kilómetros (vos dale). Lastimosas conchudas dispuestas a correr 21 kilómetros pero incapaces de bajar a comprar medio kilo de dulce de membrillo y un poco de queso, con sus zapatillas de quinientos pesos y sus miradas inyectadas de la más pura energía bovina, cosas así.
Escribo sobre todo lo que me salió mal, desde siempre, todo lo que no me salió nunca, todo lo que no va a poder ser. Escribo sobre este fracaso redondo y contundente como un pomelo en el lugar donde debería estar el corazón.
Escribo sobre todas las chicas que me dijeron que no, que yo no era suficiente, que ellas siempre tendrían la oportunidad de elegir algo mejor. El rechazo como un exquisito motor.
Escribo sobre el eterno desencuentro que nos excede y nos abarca, sobre la perecedera naturaleza de las cosas, sobre la imposibilidad de ser feliz.
Escribo sobre lo que escribimos todos en la adolescencia, chorritos de poesía que luego, por ningún arte de ninguna magia, se transforman en ese líquido que gotea de las pilas sulfatadas, igual igual. Caminatas bajo la lluvia, amaneceres en la playa, la mirada de un perro, un abrazo bien fuerte, una pizca de amor como una lucecita en una tormenta en medio de un embravecido mar en alguna parte.
Escribo que te extraño, también.

10.6.10

Tiempo y guita

El gráfico, el gráfico cartesiano que se usa por lo general en cualquier ciencia que tenga algún componente matemático, es un gráfico que consta, utiliza, dos ejes. Los ejes, suelen llamarse, están denominados vaya uno a saber por qué, o te pensás que soy el cuñado de Euclides, lo ejes se llaman, te decía, X e Y. El eje X es el eje horizontal, por convención, porque sí, y el eje Y es el eje vertical, por razones más o menos parecidas.
En el eje X, como se hace por lo general, como se suele hacer aunque no necesariamente, pero es lo habitual, utilizamos la variable tiempo, en este caso que nos ocupa no sería el tiempo transcurrido o histórico, sino el tiempo restante. En meses, por ejemplo, 1, 2, 3, meses, meses restantes, meses que le quedan de vida al individuo en cuestión.
En el eje Y, colocamos la variable guita, dinero, que posee el individuo, en miles de dólares, por elegir una unidad que haga el análisis comparable, posible.
Y ya está. Hacemos un puntito, en el gráfico, el individuo queda definido por esas dos variables. Eso arroja una coordenada.
Cuanto más lejos esté, el puntito, del cero, del punto donde los dos ejes se unen, mejor, mejor para el puntito, para el individuo. Cuanto más cerca estés, del cero, del origen, del punto donde los dos ejes quizás se cruzan, peor. Algunas cosas se podrían agregar, por ejemplo, si estás sobre uno de los ejes, bueno, eso significa que te falta, que te falta lo que hay en el otro eje, no sirve. Si no tenés nada de tiempo, o no tenés nada guita, no sirve. Se te complica. Podés tener muchísimo tiempo, y casi nada de guita. También podés tener muchísima guita, y casi nada de tiempo. Problemas, problemas.
No interesan, para el análisis, no se admiten, los puntos negativos. Si tuvieras un número negativo de tiempo, sería, por ejemplo, si estás con un respirador, enchufado, en algún hospital, o si hace un tiempo que te moriste. Si tuvieras un número negativo de guita, sería que estás endeudado, pediste plata prestada, estás en la lona, tampoco sirve, es otro tipo de respirador, otro tipo de muerte.
Esto es todo lo que hay que saber, todo lo que interesa, sobre tu vida, si podés hacer algo, si existe alguna posibilidad, por ínfima que parezca, que seas feliz, esas dos cosas.
Puede que el análisis te resulte en un principio algo reduccionista e irritante, puede que te choque un poco. Es por que carecés de un mínimo rigor científico, los primeros contactos con las ciencias duras suelen dejar algunos raspones.

5.6.10

1033

Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.

31.5.10

No es mi tema

Como sé que es un tema que preocupa a todo el mundo, especialmente a las mujeres del occidente civilizado, como sé que es un tema que preocupa e insume una tremenda cantidad de esfuerzo y desengaño, como sé que es un tema que está muy mal manejado, bueno, es por eso que me meto con el tema. Aunque no es mi tema. Lo considero un tema menor, absurdo, pueril. Pero no puedo ocuparme solamente, todo el tiempo, de los grandes temas, por aquello de que vivir es distraerse (Bioy dixit).
Por lo general, mis preocupaciones rondan sobre si hay vida después de la muerte, y en tal caso, si hay vida antes de la vida, y ya que estamos, por qué no, si hay vida durante la vida. Pienso en el destino de la humanidad, en si hay agua en Marte, en si China es la nueva potencia económica que nos pasará por encima con una estratégica maniobra que consiste en tirarnos chinos por la cabeza hasta que nos cansemos de ver llover chinos y nos vayamos y les dejemos el mundo para ellos, en si el nutella es un digno rival para el dulce de leche. Esas cosas.
¿Cuál es el tema? Ah, sí, el tema son las dietas. La gente vive atormentada por las dietas. Está la dieta disociada donde podés comer trescientos gramos de jamón crudo a la mañana, pero nada de pan, está la dieta vegetariana donde tenés que terminar comiendo brotes de bambú como un apesadumbrado panda, está la dieta de la manzana, del pomelo, del melón, está la dieta del yogur para que cagues como una suricata, la dieta de la luna, en fin.
Acá viene mi aporte, el rayo de luz de mi linterna mágica. La dieta consiste básicamente en tomar una botella de vino. A la noche, en la cena, esa es la cena. Te tenés que limpiar una botella de vino tinto por día, en realidad por noche. Podés comer cualquier cosa, lo que se te cante, durante el resto del día. Café con leche con tostadas en el desayuno, helado después de almorzar, ravioles con estofado o pechuga de pollo con puré de batatas, no importa.
Lo importante es que cenes una botella de vino, de noche, una por día (noche), cada día, durante treinta días. Si es posible, para asegurar los atributos, las bondades del tratamiento, que sea una botella de unos diez dólares como mínimo.
¿Querés saber cuánto vas a bajar de peso? No sé, creo que nada, no importa, te va a ir igual que con las otras aburridas dietas que llevás intentando durante tanto tiempo. Con esta dieta por lo menos puede ser que te den ganas de coger, que duermas. Incluso, es posible, que de vez en cuando te rías.

27.5.10

Tres cosas

Los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, y amor. Aunque no sé si en ese orden, nunca sé con exactitud el orden, y el orden va cambiando, además.
En los grandes rubros del horóscopo, entonces, te decía, el problema, el problema de siempre, es que se tiene más de lo que se necesita, o no se tiene nada. Demasiado poco, o demasiado.
Podés tener la extravagante fuerza para correr cuarenta y dos kilómetros, a las siete de la mañana de un domingo cualquiera, o podés tener el corazón de un gorrión a punto de estallar ni bien alguien te pregunte la hora por la calle. Podés tener tres millones trescientos cuarenta y siete mil doscientos veinticinco dólares en una cuenta bancaria y comer salmón ahumado hasta que se te pongan rosados los pelos de los huevos, o podés trabajar de cajera en un supermercado de barrio por tres dólares la hora hasta que alguien pierde el control y te parte un frasco de aceitunas Nucete sobre tu cabello mal teñido. Podés tener entre tres y cinco mujeres por semana, lúbricas y dispuestas a recibir un poco de luz de tu garompa láser, o podés deambular como un famélico perro de amarillenta mirada por la puerta de los colegios secundarios, tratando de olisquear en el aire un poco de vagina fresca, como el mismísimo Lecter en aquella fantástica escena donde por un momento es todo nariz, sólo nariz, y le canta a la señorita Foster, a través del cristal, la marca del perfume que lleva puesto.
Más de lo que necesitás, entonces, o nada en absoluto. Yo no lo inventé, no te enojes conmigo, soy una víctima más de esto que pasa.

23.5.10

El camino del saber

El curso había terminado. Los alumnos se saludaban, se iban a tomar una cerveza, a seguir con sus carreras, por qué no con sus vidas. Quedaba el pizarrón y un ramillete de sillas desordenadas.
El profesor ya había dado las notas, y dicho algunas palabras de cierre. Un ochenta por ciento de aprobados, un veinte por ciento entre reprobados y gente que dejaba el curso, servía para mantenerse dentro de los promedios que exigía la facultad. Un curso de cincuenta y siete personas, diez enojados, dos con tos, en fin.
El profesor encendió un cigarrillo y puso los pies sobre el escritorio. Miró por la única ventana del aula, que daba a un árbol tan desnudo como indiferente. Era otoño.
–Profesor –dijo la chica–. Le quería agradecer por todo lo que aprendimos en su curso –asintió dos veces, el profesor se sintió obligado a asentir, también, una vez–. Aunque, en lo que a mí respecta, no puedo decidir todavía si soy post lacaniana, o neo gestáltica. Respeto a Freud, desde ya, pero no puedo comulgar con su exceso de antropomorfismo, mientras que siento una pulsión, la necesidad de escapar del paradigma aristotélico-tomista que me comprime como un corsé.
El profesor pitó. Una larga pitada, el humo rascando en su interior como una cuchara. Fumar era una de las pocas cosas que todavía le causaban placer.
–Si bien siento que ponerlo en palabras es darle vida –prosiguió la alumna–, no puedo situar a la semiótica en el pedestal de las ciencias. El hecho que la salud sea el silencio de los órganos atenta contra la mayéutica y la neurolingüística. Para resumir, profesor, usted me ha abierto la cabeza, y eso es lo que quería agradecerle, por mostrarme el vasto mar de las ciencias sociales en el cual estoy dispuesta a nadar hasta ahogarme.
–Podrías dar una vueltita, por favor –el profesor se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz–. Un pequeño giro, nada más.
Sonriente, confundida, la alumna hizo el giro. Usaba sandalias y el profesor contempló por un instante los pies desnudos. La alumna lo miró, expectante, ávida de escuchar la semblanza, la moraleja, el punto que el profesor deseaba marcar para que ella siguiera adelante en el camino del saber.
–La verdad que estás relinda –dijo el profesor–. No deberías tener mayores problemas.

19.5.10

Del corazón

A mi amigo A. el médico no lo ve bien. Del corazón. El médico le mira el corazón y le dice ‘no lo veo bien’. Al parecer el corazón late un poco, para un poco, acelera, frena, arranca, en fin. El corazón, en lugar de comportarse con la metódica mezcla de aburrimiento y solvencia que cabe esperar de un corazón, tira gambetas, hace chistes, corre en slalom. No corresponde.
El médico le recomienda a mi amigo A. que practique algún deporte.
–¿Qué deporte? –dice A., a quien lo único que le interesa desde que tiene uso de razón es el dinero, no practica ningún deporte más que contar, justamente, dinero. Tiene el dedo índice desarrollado, vigoroso, enhiesto, y el resto de su anatomía hecha pelota.
–No sé –dice el médico. El médico es japonés. Algo mugriento, enjuto, come una anchoa por día y no mucho más. A veces cambia la anchoa por una sardina, y toma té–. Ande en bicicleta.
Mi amigo A. se compra una bicicleta. Una buena bicicleta, todo terreno, con cambios y frenos especiales y butaca ergonómica para el culo, o sea que la butaca, el asiento, es algo así como ‘culonómico’. La bicicleta es de un amarillo que aturde.
El asunto es que A. se compra el casco que usan los ciclistas, y los guantes con los deditos cortados, y rodilleras también. Se podría decir que A. está equipado. Se podría decir que A ha encarado el tema, el tema de andar en bicicleta, con la seriedad del caso.
Es domingo. A. sale a andar en bicicleta. Vive en el barrio de Once. Se va pedaleando para el lado de la Recoleta, para la zona de la facultad de derecho.
Deben ser las tres de la tarde, y el clima es agradable. Poca gente, algo de sol. A. va pedaleando, despacio, pensando en sus cosas, mientras mueve su corazón. Por la zona de la facultad de derecho hay más gente, trotando, caminando, andando en bicicleta. Hay gente sentada fumando, gente en pareja, o en grupos de tres, tomando mate.
De pronto, a su lado, al lado de A., hay un sujeto que trota, en la misma dirección. El sujeto trota bastante rápido, y A. pedalea bastante despacio, lo que hace, lo que logra por abstrusas leyes de la física, que ambos sujetos se desplacen a la par.
El sujeto, el que trota, lleva una remera naranja, lentes espejados, gorrita con visera. Saluda a A., levantando por un instante un dedo índice. A. asiente con la cabeza, respetando tal vez ignorados códigos de secretas camaraderías deportivas.
Entonces el sujeto, el sujeto que corre, en una tan repentina como estudiada maniobra, empuja de costado, a A., con ambos brazos, y con todas su fuerzas. A. se limita a volar, de costado, cae o quizás se va desarmando, lejos de su bicicleta. Lejos de sus anteojos, también. Olvidé decir que A. usa anteojos con bastante aumento, sobre todo del ojo izquierdo.
Está en el piso, A., se ha raspado feo contra el asfalto. Sangra de una rodilla. Se ha golpeado fuerte la cadera. Lo que ve, desde el piso, es como otro sujeto, más petiso y más bajo que el que corría a su lado, se sube a la bicicleta y sale disparado hacia atrás de la facultad de derecho. Un tercer sujeto, gordo y con la cara picada de viruela y unas descomunales orejas, se acerca a A. como si fuera a ayudarlo para que A. pueda volver a levantarse. Pero no lo ayuda. Tiene un cuchillo, y le tira un puntazo, al pecho, directo. A. alcanza a poner su antebrazo entre el cuchillo del gordo y el pecho propio. Siente un dolor en el antebrazo muy agudo, un dolor que empieza a quemar, quema.
Hacia atrás, al piso otra vez, A. siente que vuelve a caer. El sujeto gordo se sube entonces a un automóvil donde lo aguardan dos personas más, un Renault 12 destartalado, que alguna vez fue azul.
El primer sujeto, el sujeto que corría a la par de A., le da un infernal pisotón a los anteojos de A.
–¡Sh! –le dice, con el mismo índice que utilizó para saludarlo, ahora sobre los labios como una dulce enfermera. El sujeto sigue trotando por Figueroa Alcorta.
Al rato, A. logra presentarse en la comisaría del barrio.
–¿Le robaron la bicicleta y le hicieron ese corte? –El policía de uniforme escribe en una computadora con monitor de fósforo naranja, escribe con dos dedos–. Tiene suerte, la sacó regalada.
Desde entonces, A. fuma dos atados de Parliament por día. Dice que se siente mejor que nunca.

15.5.10

Dominó

Voy al cementerio. A la tumba de mi padre. Es domingo, muy temprano. Hace frío, un frío del carajo. El cielo está cargado de nubarrones como bolsas de residuos a punto de reventar.
Son esos cementerios modernos, estilo americano. Mucho verde, árboles, pajaritos, no como los clásicos cementerios donde parece que todo está a punto para filmar un video de Michael Jackson, el de los muertos vivos justamente, donde un ejército de mutantes en harapos va emergiendo de entre las lápidas, dejando pedazos de tierra revuelta, antes de aplicarse al esperpéntico bailecito.
Esto resulta, a pesar de la más contundente que nunca presencia de la muerte, soportable. Como pasear por un parque. Hay aves, hay flores.
Camino de memoria, con lento paso, por un sendero donde he empujado, no mucho tiempo atrás, un ataúd con el cuerpo de mi padre. Siento como si me estuvieran regando desde arriba, desde un metro por encima de mi cabeza, con una regadera cargada de agua hirviente. Hilos de dolor.
Llego hasta el sitio exacto. Me detengo. Un rectángulo verde, muy verde, del tamaño de media cancha de fútbol. Y las lápidas de ese sector. Los pequeños idénticos rectángulos, empotrados en el césped. Descubro que desde mi última visita han ido aumentando en cantidad, como si de una partida de dominó con Dios se tratara. No sé por qué, pienso en eso. Es una partida de dominó que se va completando, losa a losa. Después pienso en un elefante. En esos documentales donde enfocan la cabeza de un elefante, de perfil, muy de cerca. Un ojo, un ojo del elefante en primer plano, con sus arrugas, esa expresión en la mirada.
No pienso más nada. Empieza a llover, me voy caminando muy despacio, como cuando uno se mete al mar y avanza con el agua a la cintura, vienen las olas.

10.5.10

Tiempos muertos

Los tiempos muertos. El tiempo que esperaste en la sala de embarque de cualquier aeropuerto. El tiempo que esperaste, valga la redundancia, en la sala de espera de un médico que no tenía la más puta idea de lo que a vos te pasaba, ni le interesaba. El tiempo en el dentista, con la boca abierta. El tiempo en la cola de la caja tres del supermercado de tu barrio, mientras alguien peleaba porque en el diario decía que había una promoción, tres aceitunas de regalo si uno compraba una botella de Gancia. El tiempo que esperaste en cada semáforo, como peatón, primero, como conductor, después. El tiempo que esperaste en esa esquina a la chica que no vino (para vos, mamucha). El tiempo que esperaste que el mozo cansado hasta el aturdimiento te trajera agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa tantas veces como sea necesario.
Con todo ese tiempo, puesto en una actividad, aprender a tocar el piano, por ejemplo. Ahora sabrías tocar el piano, serías un experto, podrías tocar bellas melodías, bucear en las honduras del jazz, emocionar con una resignada caricia de blues, entretener a la gente, hallar, quizás, algún consuelo. También es cierto que seguirías siendo más o menos el mismo pelotudo que sos ahora. Eso no se arregla ni con todo el tiempo del mundo.

5.5.10

El piolín de la alegría

Existe un piolín, un piolín con un extremo atado a un ganchito que hay en la coronilla, en el techo de la cabeza, por dentro del cuerpo, el punto más alto de la cabeza del mamífero mediano que se ha dado en llamar ser humano, también llamado persona, con independencia de su edad, su raza, o su religión.
Y ese piolín, que en la mayoría de los casos es verde pero también a veces puede ser azul, nace junto con el ser humano que habita. Y crece, el piolín, junto con el humano. Crece hasta alcanzar una longitud por encima de un metro, y por debajo de dos. Y ese piolín, que no jode para nada, que prácticamente no existe para la medicina occidental, porque no se ve, es el piolín de la alegría.
El asunto se pone complejo, yo no diría complicado, porque el piolín tiene un extremo libre. Y ese extremo se engancha, el extremo libre, la punta que no está atada a la cabeza, se engancha, dentro del cuerpo desde ya. Y dónde se engancha depende de la alimentación, de la postura en que dormís, de si corriste una vez para llegar al colegio, y así, cada piolín es un caso diferente, el piolín es un mundo, podríamos decir.
Si el piolín se te engancha en una oreja, por ejemplo, entonces lo que te dará alegría será escuchar música. Si el piolín se te engancha en el ombligo, entonces te producirá alegría comer. Si el piolín se te engancha en la mano, en los dedos de una mano, entonces es posible que te de alegría tocar el piano, o escribir.
No tiene nada que ver con la personalidad, mucho menos con la voluntad, es el piolín de la alegría el que te dicta precisamente dónde estará la alegría para vos. Podés ir al psicólogo mil años, o ponerte a dieta, o casarte con una mujer que sepa hacer fantásticos bizcochuelos. Finalmente se impondrá el piolín de la alegría y eso es lo que decidirá si podés estar alegre, o no.
También puede pasar, como con cualquier mecanismo, porque hiciste la vertical o fornicaste en una posición atípica, que el piolín de la alegría se te suelte, por ejemplo, de un pie, y se amarre, también por ejemplo, a tu nariz. Y vos descubrís un lunes que ya no querés correr maratones nunca más, que no querés correr ni el colectivo, y que en cambio oler una rosa te hace sonreír. O puede que el piolín se te suelte de un huevo y quede atado a un ojo, y vos decidas que coger ya no es tan importante, y que un curso de fotografía es lo único que te cambiará la vida. Nadie entenderá qué te sucede, el por qué de tu cambio, qué fue lo que pasó. No pasó nada, es el piolín.
También, puede suceder, es igual de probable, que el piolín de la alegría se corte. Es un piolín muy delgado y frágil, y en la vida siempre tenés algunos tirones. Si eso sucede, si eso pasa, entonces no te reís más. Ahí sí que cagaste.

30.4.10

Soy así

Ahora que se puede cambiar prácticamente todo. Ahora que se puede luchar contra la calvicie y la gordura y la decadencia y caída. Y el paso del tiempo en general. Ahora que es posible ponerse pelo de vagina germinado en la cabeza, y quemarse la grasa con un láser catódico, y ponerse tetas de durlock, y por qué no inyectarse líquido para freno en los cachetes del culo, y colocarse hilos de oro que te sostengan la papada, y ponerse toxinas botulímicas que te dejen la cara congelada del más perpetuo asombro, y reemplazarse la nariz por una nariz de perro pekinés, y no sé qué más.
Ahora, entonces, me parece que ser feo es uno de los actos de la más pura rebeldía que se puedan perpetrar, al alcance del más modesto bolsillo. Estoy hecho mierda, pero viendo tu desesperado esfuerzo, por primera vez, en mucho tiempo, me siento genial.

*En alguna oportunidad, por motivos que preferiría no tener que detallar, situaciones que hacen a la vida privada de las personas, me vi obligado a utilizar, dos veces, el mismo preservativo. No veo por qué no puedo dar vuelta y utilizar, un par de veces, la misma idea. La culpa es mía, como siempre, por fijar estándares de calidad tan altos. En cualquier caso, no creo que sea para hacer semejante escándalo.

27.4.10

El perro y el palo

Si alguna vez tuviste un perro. O no es necesario que se trate de tu propio perro, no hace a la cuestión. Si alguna vez jugaste con un perro, cualquier perro, un perro mediano, pongamos, un perro standard, un perro atorrante y bigotudo. Si jugaste con un perro en un parque o en una plaza, bueno, uno de los juegos más tradicionales, no digo el único pero sí una excelente manera de empezar, es el de jugar, con el perro, y con un palo.
Es todo lo que se necesita, el perro, el palo, vos, y algo de espacio. Uno debe mostrarle un poco el palo, al perro, pasarle el palo por la cara para ser más preciso. Eso hará que el perro, no podrá resistirlo, quiera morder el palo. El perro disputará el palo, no podrá evitarlo, está en su naturaleza.
Entonces uno debe levantar el palo, y arrojarlo tan lejos como sea posible.
El perro correrá en busca del palo, esto es un hecho, es la parte donde el perro consigue el protagónico. Correrá y correrá, saltará, se meterá al mar si es necesario (no suele haber mares en las plazas de Buenos Aires, tampoco en los parques, es una imagen para fijar los conceptos, una licencia poética), en fin, lo que sea. Y volverá con el palo. Para que usted se lo quite de la boca, lo agarre. Aquí termina lo que podríamos denominar una vuelta. Y el juego comienza, otra vez.
Mientras usted ha recuperado la posesión del palo, el perro será todo deseo: los ojos a punto de salirse de las órbitas, la lengua flameando como un banderín, el animal dando brincos muy por encima de su capacidad de comprensión y análisis (la suya, la del perro también). Luego usted lanza el palo, el perro corre, recupera el palo, vuelve con el palo. Y así.
Ahora bueno, si usted sostiene el palo en alto, bien alto, el brazo extendido, apuntando al cielo. Y deja de moverse. No hay amagues ni sonrisas ni movimiento alguno. Cuando el perro comprende que, por motivos ajenos a su voluntad, el palo se ha clavado allí en lo alto, lejos de su alcance, y que ni sus ladridos ni sus brincos harán que nada suceda.
Entonces el perro, algo en lo profundo de su perruno ser, comprende que no hay más juego, que el juego así no tiene gracia. El perro da media vuelta y se va. No importa que usted lo llame por su nombre, que baje el palo otra vez, que se disculpe o se ponga en cuatro patas con el palo en la boca o en el culo. El perro no juega más. Se han violado ciertos códigos y no puede haber más juego.
Ya sé, cómo no saberlo, resulta claro hasta el paroxismo, evidente hasta la extenuación, hablar conmigo es quizás la cosa más interesante que te pasó en la vida. Pero si no cogemos un poco, no cuentes más con eso. Aburrís, mamucha.

23.4.10

Artes marciales

Muestran por televisión un documental de artes marciales. El presentador entrevista a una eminencia del Qi Gong. Van a visitarlo a su casa, en un precario barrio de Hong Kong. El hombre luce unos pantalones de color verde, camuflados, musculosa, y una vincha para mantener sujeta su frondosa cabellera. El hombre, entre sus especialidades, sabe arrojar palitos de los que se utilizan para comer arroz, y los hace atravesar una plancha de acero. El hombre se para sobre dos docenas de huevos duros, y se queda ahí arriba, de pie, sin romperlos, logra, no sé cómo decirlo, llevar la energía de su cuerpo hacia arriba, y de alguna manera consigue flotar, vence la ley de gravedad, diluye su propio peso. El hombre dobla una gruesa barra de hierro, a los golpes.
Después de cada prueba sonríe, impávido, impertérrito. Cinco o seis personas, asistentes, curiosos, algún vecino, aplauden, emiten guturales exclamaciones.
Luego, para finalizar su acto, decide mostrar una especialidad más compleja. El presentador del programa televisivo, el locutor que entrevista al maestro ha denominado, a la especialidad, ‘iron penis’.
Caminan una cuadra, doblan, van a otra calle. Los aguarda un camión. Atan entonces una soga al camión, es un camión de reparto de bebidas, un camión que debe pesar una tonelada, o dos. Luego el maestro se ata el otro extremo de la soga, al pito.
Y comienza a tirar. Del camión. Con el pito. Ante la azorada mirada del presentador, de los pocos transeúntes, y de seguro los miles de televidentes, el hombre consigue, con la prodigiosa fuerza de su pito, mover el camión. El hombre retrocede dando pequeños pasos, tiene los brazos extendidos, en cruz, el camión lo acompaña. Hay en su rostro una mueca de contrariedad, un severo rictus. El pito permanece oculto debajo de una especie de toalla, pero es evidente que el acto, lo que el hombre está haciendo, lo lleva a cabo con el pito. No hay allí ningún otro artilugio del cual podría sujetarse al camión.
Terminada la prueba, el presentador aplaude, el maestro, con el rostro brillante de sudor, sonríe, alguien se ocupa de subirse al camión y accionar el freno, para que, justamente el camión, no los pase a todos por encima.
Levanto apenas mi vaso de whisky, hacia el televisor, un improvisado brindis. Hago una sutil y oriental inclinación de cabeza, en reconocimiento a un colega que practica una disciplina muy similar a la propia, alguien que merece consideración y respeto.

19.4.10

Yo me llamo Marcos

La diferencia de viajar en subterráneo o en colectivo, es que al bajar por las escaleras del subterráneo ya sabés, no quedan dudas, que estás muerto. Cuando viajás en colectivo todavía te hacés la ilusión del paisaje, te parece que podés ir mirando por la ventanilla, te parece que las cosas se mueven. Es mentira, porque la ciudad fue arrasada hace ya demasiado tiempo, por fuerzas muy superiores a tu comprensión y raciocinio, por fuerzas que están muy por encima de tus capacidades. Pero no es el tema.
Estoy en la parada del colectivo. De la línea 92. Tengo que ir a alguna parte, qué importancia puede tener, siempre tengo que ir a alguna parte, como todo el mundo. El 92 es el colectivo que tengo que tomar, esta vez.
En la parada del colectivo, delante de mí, hay una madre, con cara de madre, con su hijo. El hijo debe tener siete años o nueve y unos impetuosos rulos castaños como tirabuzones que le chorrean hasta la nuca. Están de la mano, la madre y el hijo. Al hijo le quedan un poco largos los pantalones, que se arremolinan a la altura de los tobillos. El chico tiene algo de moco pegoteado alrededor de su naricita de pekinés. La madre no es fea, todavía conserva algo, quizás un treinta y tres por ciento, de lo que debió ser un magnífico culo. Es un poco desgarbada y está cansada, eso sí.
–Te lo resumo –el niño ha levantado la vista, me está hablando a mí–. No sé si quiero más a mi papá o a mi mamá, porque mi papá se dio a la fuga cuando yo tenía tres años, así que no había forma de quererlo, yo era demasiado chico. Cuando lo vea, alguna vez, le preguntaré por qué se rajó. Tampoco sé qué quiero ser cuando sea grande. No me veo trabajando, y no se me ocurre ninguna carrera para estudiar, así que por el momento prefiero ser chico. Estás tratando de acordarte cómo eras vos a mi edad, no vas a poder. Pasaron demasiadas cosas en el medio, se perdió la magia. Pero no es tu culpa, es la escalera mecánica de la vida que después de los treinta va siempre para abajo, quieras o no, no importa cuánto te esfuerces por mantener algún nivel. Querés saber si existe la posibilidad que mi mamá te de el teléfono, para invitarla a cenar. No sé, no creo, está harta de los hombres, de mi papá para acá, todos se quieren pegar una vuelta en calesita, pero después quieren seguir paseando por el parque de diversiones. Todos podemos ser personas interesantes por una hora, hora y media como mucho, ahí nomás se empieza a notar demasiado la mochila de la vida, las huellas del camión que te pasó por encima. Igual a veces se aburre, está resola, preguntale. Yo me llamo Marcos.

15.4.10

Plagas

En los noticieros de televisión, en las primeras planas de los periódicos, en los programas de radio, todos, yo no sé qué pasa, hablan de enfermedades. Hay epidemias, pandemias, hongos que caminan por las paredes y te usan el dentífrico, hay virus (viruses) que no sólo mutan, sino que saltan de la terraza vestidos del hombre araña y cuando llegan a la calle están vestidos de la mujer maravilla, hay bacterias cogedoras, bacterias que te tocan el culo mientras estás dormido y te sacan fotos y las suben a youtube, y así.
La gente anda asustada. La gente le pone repelente contra insectos al asado, por encima del chimichurri, la gente se masturba utilizando guantes de látex, la gente toma mate con barbijo.
Ha comenzado una nueva guerra. Al parecer, hemos hecho demasiado daño, hemos castigado sin motivo a la madre tierra y sus alrededores, y la venganza viene en forma de peste, las cucarachas andan en descapotable con la música bien fuerte y te escupen a los ojos, las ratas se comen el finlandia light que tenés en la heladera y te usan el messenger, los murciélagos te esperan cualquier noche a la vuelta de la esquina y te piden dos pesos.
En lo personal, sigo con mi insólita vida sin mayores cambios. A la mañana tomo café con leche con tostadas en cualquier bar de barrio, camino un poco por el parque, leo algún que otro libro (cada vez menos), acaricio un perro, miro un culo (no, no al revés), a la noche, cuando la ciudad se apaga, un par de whiskys. A mí la única epidemia que me hace moco, que me ha hecho significativo daño desde que yo puedo recordar, desde siempre, es la de boludos.

10.4.10

Ahora o nunca

Yo estaba sentado en una mesa, medio escondido, medio al fondo. Tenían una promoción de Ballantine’s, 2 x 1, y el Ballantine’s es un whisky que a mí me hace moco, me patea la cabeza, me despierto al otro día con la nuca latiéndome a quince centímetros de la nuca. Pero tenía poca plata, también, y necesitaba tomar.
Hacía mucho frío, hacía también mucho tiempo que no hacía tanto frío en Buenos Aires, madrugada de Agosto. Había salido de un cumpleaños tan entretenido como insípido, y sabía que me iba a costar dormir, así que vi el bar abierto y ni lo pensé. Un pub que alguna vez debió tener pretensiones de irlandés, pero que podía ser tan irlandés como coreano. Un cartel de Guinness sobre una pared de ladrillo a la vista, una bandera verde colgando detrás de la barra, algunas botellas de raros whiskys que jamás nadie había probado y habían ido juntando polvo.
Estaba tratando de escribir algo, un poema, a veces escribo, todavía. Estaba escribiendo un poema que explicaba que mi fracaso personal, todo lo que me había pasado, o mejor dicho, todo lo que no me había pasado, tenía su explicación en que yo, de chiquito, había querido Nesquik, pero me habían dado otra cosa, un sucedáneo. ‘Génesis’, se iba a llamar el poema. La birome se trababa un poco sobre el rugoso papel de la servilleta.
Levanté la cabeza y la vi. Sentada en una punta de la barra. Una preciosa chica. Pero no preciosa desde algún patrón estético imperante, preciosa desde siempre, como solían ser las chicas que siempre me habían gustado a mí, cuando me parecía que la felicidad era posible, que no hacía falta más que estirar la mano y descolgar un durazno del árbol de la alegría.
Flaca, era, y huesuda. Morocha, muy pálida. Algo en su nariz, una torcedura, una trompada recibida, no sé. Flequillito stone. Medio roñosa, con pinta de no haberse bañado por un par de días, eso también estaba bien. Se había sacado un abrigo tipo gamulán, un abrigo que debía haber sido de su abuelo. Tenía tetas pequeñas (ella, supongo que también su abuelo), ni usaba corpiño. Carita de dormida. Un gastado jean cubría sus largas piernas, ese estilo de piernas que se tuercen un poquito hacia adentro a la altura de las rodillas, cuando la portadora de las piernas intenta correr, aunque la portadora de las piernas no intenta correr casi nunca.
Miraba hacia afuera, ella, al frío de la calle. Tomaba su mojito, o su daikiri, pero sin mucho interés. Metía un dedo en el vaso.
‘Tengo que hablarle’, pensé. ‘Es ahora o nunca’, también pensé. La mujer que quizás yo había estado esperando toda mi vida.
Me voy a sentar al lado y le voy a decir ‘entre la nada y la pena, elegiré la pena’, frase de Faulkner que representa más que bien la nobleza del amor, o quizás no sea nobleza, pero sí algo relativo al amor, el sufrimiento del amor, algo que yo había sentido alguna vez.
O no, voy a decirle ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, de Keats, que deja en claro que este momento, esto que nos pasa, es lo más lindo del mundo y nada más, sólo se trata de saber enfocar.
O no, le voy a decir el poema de Ezequiel Martínez Estrada que me partió el corazón en ciento treinta y tres mil quinientos veinticuatro pedazos esa vez, el poema que me sé de memoria y dice ‘has vivido al revés de tu destino, te ofrecieron amor y no quisiste, fortuna y gloria, y preferiste el vino de la sabiduría, que es tan triste. Y ahora, al final de tu camino, buscas a Dios, que sabes que no existe’.
No, le voy a decir la frase de Saer, redonda como un pomelo, impecable: ‘se dice que la comedia es superficial, porque elude las evidencias de la tragedia. Pero en sí, no hay nada más que comedia, en el sentido que la realidad es superficial. La tragedia es puramente imaginaria’.
Mejor no, mejor le digo el poema de González Lanuza: ‘Aquí, vértigo inmóvil de lo cierto, aquí, breve inmortalidad de la agonía, aquí, donde persisto todavía, aquí, tan sólo aquí sueño despierto’.
Terminé el segundo Ballantine’s. Me puse de pie, caminé los pocos pasos que me separaban de la barra, como si caminara con el agua a la cintura. Me paré al lado de ella, apoyé ambas palmas sobre la barra, me incliné un poco.
–Te voy a chupar la concha –dije–, pero te voy a chupar la concha de una forma que te voy a dejar el flujo en punto nieve.
Bueno, loco, se me mezcló todo, me abataté. Yo fui a un par de clases de teatro y Norman Briski me dijo que me ponía muy nervioso, que la actuación no era lo mío.

5.4.10

Otra etapa

Abrí mi corazón. A martillazos. El monótono sonido de metal contra metal. Y saqué una flor. Pero ella dijo que la flor era, bueno, algo de intrínseca naturaleza perecedera, la flor probablemente perdería su color.
Herví mi corazón. A trescientos cincuenta y dos grados de temperatura. En una olla de aluminio. Lo herví un rato largo, removiéndolo con un cucharón de madera manchado de tuco. Y después sí, lo apreté con todas mis fuerzas, hasta que salió una canción. Pero ella me dijo que la canción le sonaba a otra canción, a una melodía que había escuchado en otra parte, aunque no podía precisar en qué momento de su vida. Villa Gesell, tal vez.
Agujereé mi corazón. Usé el torno de un dentista, la lucha por doblegar la superficie, pasar del otro lado del material, y el desgarrador zumbido. El polvillo me empañaba la vista, me hacía estornudar. Finalmente, por el minúsculo orificio, goteó un poema, un poema de amor, aunque alguien dijo alguna vez que todos los poemas son de amor. Pero ella me dijo que no le interesaba la poesía, la poesía estaba fuera de su área de cobertura, con todo lo que tenía que leer para la facultad. Me mostró una pila de fotocopias, de apuntes.
Entonces me dijo que estaba apurada, que se tenía que ir. Ahí quedó mi corazón, sobre el parquet, pedazos de mi corazón, hervido, agujereado también.
Puse mi corazón en una bolsa de residuos (Asurin, cierra fácil, en rollo, precortadas, con manija ajustable, 52 x 65, mediana), y lo tiré. Ahora ando por la vida sin corazón, si me ves ni te das cuenta. Me va bien.

31.3.10

Maestros de yoga

Los maestros de yoga sostienen, más o menos, que todo lo que hay que saber está dentro de uno, de uno mismo. Lo de afuera, lo externo, es ilusión (maya). Paz, armonía, lo que todo ser humano busca, o mejor dicho, desea encontrar, porque buscar es una intención y toda intención hace ruido, es entender que no somos ni cuerpo ni mente, sino almas conscientes. Pero no se puede desear, ni siquiera desear, sólo dejar que suceda. Debe entonces uno sentarse, quedarse quieto, la meditación es justamente eso, no debe ser confundida con la concentración. La meditación es detener el cuerpo, primero, la mente, después, y de esa forma, sin hacer, sin pensar, y sin sentir, alcanzar la iluminación, fundirse con el todo, descubrirse testigo, sin cuerpo, sin mente, el verdadero ser, iluminado e inmortal, en una deliciosa paz, bendito para siempre.
Y yo he tratado, juro que he tratado. Pero cada vez que me he vuelto hacia adentro, cada vez que he logrado replegarme en mí, sólo he encontrado una considerable cantidad de grasa, odio, un tremendo odio que me viene de muy lejos, desde siempre, una formidable necesidad de tomar whisky, cualquier whisky que no sea nacional, y unos extravagantes deseos de coger, de coger mucho, con gordas, con viejas, con rengas, con un pato de madera, con lo que sea.
Quizás convendría conversarlo con algunos de los maestros de yoga, consultar si es posible que yo también me ilumine, o si saben de alguna rotisería por el barrio donde las pastas no lleguen siempre frías ni las milanesas sean puro aceite, o si tienen alguna mina para presentarme, una mina que le guste coger sin demasiadas vueltas, no sé, yo soy así, no se me ocurre nada más.

27.3.10

Calesita (sin sortija)

Es triste cuando llega esa parte. Cuando la mujer descubre que vos no sos el adecuado engranaje para que ella continúe con su plan personal, entonces el dique de exquisitas mentiras se desmorona y la avalancha de frustración no tiene más remedio que pasarnos por encima.
Ella destroza con particular énfasis, contra cualquier piso, cada minúsculo fragmento de felicidad que pueda haber existido, hasta que sólo quedan vidrios rotos y rojizos salpicones de lo que quizás haya sido, alguna vez, el frasco de mermelada del amor.
Las cicatrices serán ocultadas bajo ficticios entusiasmos recién comprados, para poder seguir. Para volver a intentarlo.
Hasta que llega esa parte.

23.3.10

En la cara

Después de los treinta años, el rostro de una persona le pertenece, de la misma forma que le pertenece la mochila de su pasado. Esa arruga, ese rictus, esa manera de sonreír, son la naturaleza más intrínseca del sujeto, su inmanencia. Ahí está su angustia y su bronca y esa vez que fue feliz. Su rostro es el mapa que revela su búsqueda, lo que quiso ser, su afán, sus anhelos. El rostro nos muestra la historia de su vida, su lucha, su íntima épica, personal, intransferible.
Lo que te quiero decir es que tenés una cara de boludo tremenda, disculpame.

19.3.10

Peligroso criminal

Voy caminando por la calle, no tengo apuro. Voy al trabajo, a una oficina, en el centro. Nada mágico va a suceder, y eso, al principio, te pone un poco triste. Después, a los dos o tres años, brota un extraño sopor. Como un matrimonio que se sabe incapaz de sorprender, ni al otro ni a sí mismo. Hay cosas peores, así me han dicho. Se puede ver en cualquier película, para eso está el cine.
Oigo un par de frenazos, seguidos de sirenas. O al revés. Son dos patrullas de policía. Uno de los autos, en una arriesgada maniobra, sube a la vereda y cruza el vehículo. Delante mío.
–¡Ahí está! ¡Ahí está! –Bajan tres uniformados del automóvil que se cruzó, otros dos del auto que quedó en la calle, interrumpiendo el tránsito, esos van de civil. Hay escopetas en alto, revólveres, uno de los policías arroja sus gafas de sol, rayban de burda imitación con vidrios de un triste y acuoso verde, sobre la vereda. Se oyen, a lo lejos, bocinazos.
–¡Dale! –grita otro hombre, bastante excedido de peso.
Yo miro tratando de comprender la escena, a quién persiguen. Y es entonces cuando soy derribado por un perfecto tackle, desde atrás. Caigo sobre la vereda, se me vuela el libro que llevaba en una mano, mi cabeza golpea contra el neumático delantero izquierdo de un vehículo estacionado. Estoy confundido.
–¡Manos sobre la cabeza, policía! –Escucho el grito, pero otro policía está encima mío, yo estoy boca abajo, y me están esposando las manos detrás de la cintura. A pesar del susto, sé que no se puede tener las manos sobre la cabeza y detrás de la cintura al mismo tiempo. Debo estar en doscientas pulsaciones por minuto.
–¡No te muevas porque te mato! –grita otro, que evidentemente ha visto pocas series de televisión, ha olvidado leerme mis derechos.
–¡Lo tenemos! –Alguien habla por la radio de uno de los autos. Me han quitado la billetera, sacan mi documento–. El sujeto se llama Hundred, Juan Hundred.
Recibo una tremenda patada de costado, en un hombro. Sé que ese hombro me va a doler.
–Te agarramos, basura.
–¿Qué? –A lo lejos, oigo la voz del gordo que habla por el transmisor–. Pero qué Juramento, si dijeron Sarmiento. ¡Hablá bien, boludo!
Hay una discusión entre tres policías, dos de uniforme, uno de civil. Hablan más bajo. Se oyen insultos. Siento que me quitan las esposas. Alguien me ayuda a incorporarme. Me sale sangre de la boca, creo que al caer se me partió un diente.
–Perdón, señor Hundred –el policía mira el piso, a mis pies, avergonzado. Me devuelve la billetera–. Nos equivocamos.
–Podemos llevarlo a un hospital –dice otro, que se oculta un poco detrás de la espalda del primero–, para que le vean ese corte.
Descubro que tengo un corte sobre una ceja, también.
–Nos equivocamos –el hombre de los falsos rayban, se los ha vuelto a poner, ha guardado su revólver en la cintura, me mira–. Si usted quiere presentar una queja, lo entendemos. Estamos buscando a un peligroso criminal, y nos pasaron mal el dato de la calle.
–No pasa nada, no se preocupen –recupero mi libro, doy un par de pasos para ver si me funcionan las piernas, asiento varias veces como un imbécil, palpo con la lengua el borde del diente al que le falta un pedazo, creo que me pishé–. En cualquier disciplina es igual. Uno va al médico y el tipo hace lo mismo, va probando.

15.3.10

Lo importante es la salud

Para el experimento sólo es necesario tener un par de contactos en el mundo de la medicina. Suena pomposo, no sirve, sólo es preciso conocer algún médico. O mejor aún, tener algo de dinero, para que el experimento fluya. El dinero hace que no sea necesario ser amigo de ningún médico. Uno le paga, al médico, y la cosa funcionará más o menos igual. Como a una prostituta podría cuestionársele tal vez que coge sin alma, pero con indubitable pericia, por interés. En fin, me estoy yendo del tema.
Yo estaba saliendo con M., que trabajaba de enfermera, y hacía guardias en ambulancia los fines de semana, así que todo estaba servido en bandeja. Estaba el equipamiento y la ambulancia. Faltaba algo de dinero, mi dinero. Invité a M. y al conductor de la ambulancia, y al médico que hacía la guardia con M., a cenar, regalé un par de vinos, dije que era un trabajo para la facultad, que me faltaba mi tesis para recibirme de sociólogo o de antropólogo, mitad y mitad, de boboncho centauro, que estaba investigando los efectos de la vida en las grandes urbes, su impacto en la salud de los humanos. Hice chistes, convidé más vino, dijeron que no había problema. Eran dos horas como mucho. Me ofrecí a pagarles, como si yo fuera un paciente que les solicitaba una consulta particular, que me cobraran cada uno de ellos, el médico, M., el conductor de la ambulancia. Me dijeron que no era necesario, sólo hacía falta el material descartable. Regalé más vino, y chocolates que me habían traído del sur, esos chocolates que vienen rellenos de arándanos, de frutos del bosque, y que siempre me parecieron una mierda. Para mí el chocolate tiene que ser puro, sin rellenos ni giladas.
La idea era que el sábado, cuando ellos trabajaban con la ambulancia, a eso de las tres de la mañana, debíamos ir a algún parque, alguna plaza, cualquiera, de barrio. Había que encontrar tres o cinco mendigos, vagabundos, borrachos perdidos, durmiendo, entre diarios y cartones. Eso era de lo más fácil, esto es Argentina. Y con algún pretexto, diciéndoles que había una denuncia y que si no colaboraban irían detenidos, o dándoles dinero, o más vino, hacerles un análisis. Sacarles sangre, un pinchazo. Y orina también, de ser posible. Hacerlos pishar en el frasquito. Todo duraba cinco minutos, nada más.
La verdad es que fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Uno se puso a gritar hasta que le ofrecí cincuenta pesos, otro pidió vino, pero no del que le ofrecíamos, sino uno más barato, un vino que viene en cajita. Hubo uno, en el Parque Chacabuco, que pidió que M. lo observara mientras pishaba, sólo eso.
Al día siguiente, a la mañana, en las mismas plazas, conseguimos cinco muestras de sangre y orina de gente que estaba haciendo deporte, gente que corría, que se colgaba de una rama, gente que andaba en bicicleta o practicaba gimnasia en alguna de sus variantes. Les dijimos que se podían ganar dos pasajes para correr una media maratón en las islas Maldivas, más un par de zapatillas, que iban a salir en una propaganda de un nuevo suplemento vitamínico, alguna boludez así.
Y listo. Fin. A la semana M. trajo los resultados. Los borrachos, los vagabundos, los que dormían en la calle bajo la lluvia o con frío, los que tomaban todo el vino que pudieran pagar o robar y se alimentaban de sobras que obtenían de la basura, los que eran capaces de tomar nafta y comerse una rata con papas crudas y fumar cigarrillos de caca de pekinés y papel de alfajor, exhibían mejores registros en los análisis que los deportistas, que eran tipos educados, con ingresos, que consumían yogures con calcio y cromo y quesos desquesados y no bebían gaseosas y tomaban cuatro litros de agua saborizada por día y comían ensaladas de rúcula y parmesano y hacían deporte como mínimo tres veces por semana.
El ‘grupo 1’, de los apestados, tenía mejores valores de colesterol, triglicéridos, glucosa, ácido úrico, y todo lo demás, que el ‘grupo 2’, de los sanitos.
El experimento, como casi todas las cosas que se me suelen ocurrir, es de escasa o nula utilidad, no se sabe muy bien para qué sirve, qué significa, cuáles son sus implicancias.
Pero te molesta, y eso a mí me basta.

10.3.10

A la India

Ella me dijo que tenía un plan. Iba a trabajar, un año, de cualquier cosa. Para poder pagarse los pasajes. Quería ir a ver a Sai Baba, a la India. No había nada más, había descubierto que la vida no tenía sentido. Necesitaba encontrarse espiritualmente, así fue como me lo dijo.
La cité a la mañana siguiente, en un bar de mi barrio. Son esos bares donde cada una de las cosas por separado está mal, pero el conjunto da un resultado agradable. Más o menos como yo, llamémoslo ‘gestalt’, si es preciso llamarlo de alguna forma.
Le pedí un café con leche con tostadas, queso y mermelada.
–Ya está –le dije–. Acá tenés tu búsqueda espiritual. Esto es todo, es el principio y el final del camino. Si no podés ser feliz con esto, aunque des la vuelta al mundo no te va a alcanzar. Todo lo que tenés para descubrir sobre vos misma te tiene que suceder en un momento así, en una situación como esta.
Ella asintió, pero sin convicción. Dudó un poco, no estaba preparada para recibir semejante pieza informativa. Era muy jovencita, necesitaba que le sucediera algo importante, un tornado que la arrojara bien lejos de la playa de su insípida existencia.
–Pero –dijo–, Sai Baba hace aparecer una cadenita. Lo vi en la tele, en un documental.
–Mirá, linda. Si querés que aparezca la cadenita, podrías tirarme un poquito de la goma. Estimo que te resultará una experiencia infinitamente menos agobiante y desde ya más formativa que viajar a la India. Manejalo vos, está todo pago, cualquier cosa me llamás.