25.8.10

Martes, viernes

Yo no estaba bien, yo andaba mal. Lo bueno no mejoraba, lo malo empeoraba. O las cosas que tenían que salir bien dejaban de salir bien, y las cosas que podían salir mal salían mal con milimétrica precisión. Lo único que sabía era que, por lo general, yo solía estar contento, y me había puesto triste. Los problemas que atacan a un ser humano nunca son lineales, uno se quiere matar por múltiples causas. Lo que te hace moco, el ‘pacman’ de la vida.
Así que fui al psicólogo. Me recomendaron un psicólogo, y fui. Un hombre de unos sesenta años, bastante excedido de peso, con barba, con pipa, semicalvo, que siempre usaba camisas a cuadros, de mangas cortas. Tenía los brazos muy velludos. Usaba lentes, también.
Fui durante un año, todos los martes. Y hablábamos. Yo hablaba, y él asentía, o decía ‘ajá’, o se rascaba los peludos antebrazos. A veces me hacía alguna pregunta, una pregunta como ‘¿usted qué piensa?’, o ‘¿a usted qué le parece?’. Una vez me dijo que existía un péndulo, un péndulo entre el control de los impulsos, y la tolerancia a la frustración. Otra vez me dijo que en su trabajo era muy importante la disociación instrumental, y la atención flotante. Me lo dijo por que yo le cuestioné alguna falta de interés, como si estuviera distraído, como si no me escuchara.
Después de un año dejé de ir. Le dije que sentía que mi terapia se había estancado, que no progresaba. Sostuvo la pipa en los labios, y me dio un fuerte apretón de manos. Me dijo que volviera, que lo podía llamar si lo necesitaba.
Al año siguiente comencé a coger con prostitutas. No iba los martes, sino los viernes. Todos los viernes. Elegía un aviso del diario, cualquiera, Nancy o Ayelén o Lidia, que atendían en sórdidos departamentos del centro de la ciudad, sobre la calle Marcelo T. de Alvear, o sobre la calle Paraguay. Iba y cogía, nada estrambótico, un servicio de lo más tradicional. Un poco de estimulación oral, y luego una penetración simple, tres o cinco minutos en la posición del misionero, luego le decía a la chica que se pusiera en cuatro patas, entonces yo embestía unos tres o cinco minutos más, apretaba un puñado de cabello, me aferraba a unas generosas ancas. Me quedaba acostado un rato, fumaba un cigarrillo. Dejaba muy buenas propinas, de entrada, así que la prostituta, Nancy o Ayelén o Lidia, me preguntaba si quería un masaje o un vaso de agua, o bañarme. Charlábamos un poco, temas generales. Me despedía con un beso en la mejilla cargado de familiaridad.
Pasé un año así, y me di cuenta, un domingo, que mi vida era un desastre. Mis problemas no tenían solución. Había fracasado en prácticamente todos los rubros del horóscopo. Momento de aceptar que ya no era, nunca más sería un joven con un extraordinario potencial.

7 Comments:

At 9:37 a. m., Blogger Maica said...

Y sin embargo está en ese "darse cuenta" nuestro "extraordinario potencial". De ahí en más hay solo libertad y es cuando comienza lo mejor de nuestra vida... al menos es como lo siento yo.
Yo hubiese elegido los viernes también. Total para el mientras tanto de los procesos más vale la estimulación oral que la verbal...

Beso!

 
At 6:51 p. m., Anonymous ferusska said...

Y en el mientras tanto, qué va a hacer? Martes y Viernes están libres?
Ojo, no haga crucigramas ni lea chistes de revistas porque lo sumen en una depresión de la que no se percata, hasta que está bien metido y calentito.
Salúd!

 
At 12:01 a. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

Recuerdo, hace un tiempo, no importa realmente cuándo, era yo un joven recién egresado de una alta casa de estudios. Soñaba -actividad de lo más normal en esas edades- con aplicar aquel incipiente saber, o tal vez, tan sólo usufructuar la pesada inversión. Pretendía una oportunidad para desplegar todo ese potencial que algunos habían animado a mencionar en voz baja, en comentarios de pasillo; quería conseguir mi primer empleo, ser un joven profesional, un glorioso JP.
Luego de una ardua seguidilla de entrevistas individuales y grupales, con colegas, funcionarios de los más variados rangos de la compañía, y psicólogas que se conformaban con que yo esboce un ordinario “hombre bajo la lluvia” protegido bajo el más infeliz de los paraguas mientras yo, con mis nulas habilidades manuales, me esforzaba por delinear un Gene Kelly colgado de un farol, bueno, luego de todo ese trajín, ingresé en la compañía (una de esas corporaciones de decisiones centrales gestadas en el viejo continente pero que extienden sus tentáculos operativos en ultramar).
Entré en un programa cuyo objetivo consistía en formar los futuros líderes de la multinacional, moldear los jóvenes que tiempo después tomarían las riendas de la organización. El programa, además, tenía una denominación: Jóvenes de Alto Potencial Internacional. Extraoficialmente, y por esa costumbre de abreviar, su nombre se reducía a las mismísimas iniciales del mismo.
Para resumir, terminó aquel imberbe pedante de impecable trajecito trabajando en una de las “bocas de expendio”, que por la particular característica del negocio, se ubicaba en un recóndito pliegue del conurbano bonaerense. Debía cargar, en aquel sitio, no sólo la mochila de haber sido mencionado vaya a saber cuál desconocida y poderosa esfera de autoridad como alguien distinto, único, con funciones especiales un tanto misteriosas y objetivos oscuros y enigmáticos. Debía además de comerse los sapos que siempre deben comerse para mantenerse encarrilado en estas empresas, tragarse también la etiqueta que le habían asignado los mismos comandantes de la organización, soportar con hidalguía aquel mote. Había que tragarse la de JAPI.
Un breve tiempo después, dejé yo de ser un joven con un extraordinario potencial, ya ve, por razones muy distintas a las las suyas, quizás más parecida a la razón por la cual le sucedió lo mismo a Nancy o a Ayelén o a Lidia.

Saludos

 
At 7:24 a. m., Blogger J. Hundred said...

*maica! la estimulación oral es un notable invento. la estimulación verbal no está exenta de nobleza y encanto.

*ferusska! en el persona a persona, en el vivo y en directo, en mi cotidiano y particular via crucis, la gente no suele ser muy interesante, no dicen gran cosa. iluso de mí, pensé que la situación podía ser diferente por escrito.

*mr. verbal kint! una, o quizás dos cosas. primero que nada usted instruye, educa, ilustra a toda la monada, a esa juventud maravillosa. les explica con cariño, casi con dulzura, como al pasar, que lo que se ha dado en llamar ‘vida laboral’, o ‘desarrollo profesional’, o ‘plan de carrera’, consiste, básicamente, en comerse la hapi. algo más vino a mi fatigada mente. en alguna no excesivamente triste oportunidad, también yo tuve que hacer algún psicotécnico. me pidieron el afamado dibujito del hombre, la casa, el sendero, el árbol, en fin. resulta que yo había dibujado la escena, con lluvia. llovía, creo, por que como dijo el bueno de onetti casi al final, lloverá siempre. la psicóloga, que no era nancy, y no era lidia, y no era ayelén, por que no le daba, por que no podría, me preguntó algo. me preguntó si el perro se estaba mojando. y me señaló el dibujo, por que yo había puesto la lluvia, sobre el paisaje, sobre la casa, sobre el hombre, sobre el árbol, pero al parecer, no había salpicado de lluvia al perro. la entrevistadora, la psicóloga, la pobrecita empleada de recursos humanos que quizás todavía ni imaginaba la depresión que la aguardaba a la vuelta de la esquina, insistió con eso. me preguntó si estaba lloviendo, dije que sí, me preguntó si el perro se estaba mojando, dije que sí, me señaló que los diagonales salpicones hechos a lápiz no alcanzaban a mojar al perro, que eso era muy extraño, dije que si estaba lloviendo, era obvio que el perro se estaba mojando. pero ella insistía en marcar aquel detalle, esa falta, como si fuera algo de la gravedad más extrema.
-mirá, el que necesita laburar soy yo. al perro dejalo tranquilo, pelotuda –le dije.

 
At 3:38 p. m., Blogger Yoni Bigud said...

Con las putas y los psicólogos ese proceso toma como mínimo un año. Con el gordo de los brazos peludos le habría insumido un poco más de tiempo, pero no viene al caso. Lo que quiero decirle, en realidad, es que el camino de las putas es mucho más divertido. Total el hecho que motivó su conclusión ya existía antes de empezar. La cuestión es cómo uno decide transitar ese proceso.

Un saludo.

 
At 10:41 p. m., Anonymous Alex said...

...no se deje engañar por un domingo, que es el dia mas hdp de la semana, ahora, si te diste cuenta un miercoles a la tarde, no puede fallar...

 
At 8:32 a. m., Blogger J. Hundred said...

*yoni bigud! el discreto encanto del mientras tanto. un saludo.

*alex! la trampa del domingo es que, aparece como una juguetona ardilla surgida de cualquier parte, y se suma, se acomoda, se agrega, el prefijo ‘re’, a la situación personal del resto de la semana. es por eso entonces que la gente, los domingos, se siente resola, retriste, repelotuda (elija el adjetivo que considere usted más pertinente).

 

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