5.6.10

1033

Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.

12 Comments:

At 10:53 a. m., Blogger Jazmin said...

¿Mil?
¿Mil treinta y tres?


Difícil que alcance ni siquiera un ínfimo porcentaje de esa cifra... detesto la cáscara del maní.




Cómprese una Dermaglós. O pregúntele a la farmacéutica. No le va a preguntar si entiende a cada rato, al menos. Y recuerde, se estornuda escondiendo la nariz en el codo.

 
At 12:42 p. m., Blogger Juan Manuel said...

Coger con 1033 tipos tampoco hace a nadie más especial. No creo que nada haga a nadie más especial. Por qué le habrá molestado tanto que pensaras que sos especial? No puede uno sentirse bien por lo menos un ratito, che?

 
At 12:53 p. m., Blogger A.R.N. said...

ojala que los haya disfrutado ademas de contarlos.
el champagne es mejor que la cascara de mani.
hipoglos o doctor selby para la paspadura. un beso.

 
At 3:03 p. m., Blogger La condesa sangrienta said...

yo que ud. lo juego a la quiniela.

 
At 5:41 p. m., Blogger Yoni Bigud said...

El mérito real consiste en formar parte del ejército. Ese ejército enorme. El que gana la guerra es siempre el ejército. En cada batalla. Por supuesto, ningún soldado es especial. Ninguno lo pretende. No es la idea. Lo importante es sobrevivir para ver otra jornada de gloria. Y que los mocos no se caigan.

Un saludo.

 
At 9:08 p. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

Antes de parirme, mi vieja ya había dado a luz a una mujer y otros cuatro varoncitos, en consecuencia, mis familiares me llaman “quinto”. En la adolescencia, cuando yo quería desplegar el fantástico talento de mi zurda cerca del arco rival, el técnico me dijo “vos sos tres”, y al realizar la convocatoria, en la lista yo era el número 17, el primer suplente de los suplentes. Luego, ingresé a la UBA, donde se sabe: “sos un número”, nunca supe cual. Ahora, en mi laburo, suelo escuchar que susurran algo sobre “este cuatro de copas”.
Y hablando de números, quisiera pedirle, si no le molesta, el del teléfono de esta chica. Quién sabe, quizá algún día, quizá una noche, si la suerte está de mi lado, pueda yo convertirme en el 1428, por ejemplo. Total, ya estoy acostumbrado.
En mi caso, se ve que esto de ser un número es un fenómeno de carácter kármico, lo voy a llevar a cuestas toda la vida. Puede que su caso sea similar, Sr. HUNDRED, no sé, digo.

 
At 4:22 p. m., Blogger Caia said...

Suscribo a lo del maní on pielcita, y eso me trae recuerdos de mi viejo, que comía seguido junto con el clásico pororó salado y las galletitas de vermú, de esas rectangulares con los granitos de sal y ese gustito tan particular. Seguramente papá apagaba los efectos del maní con alguna señora de su lista que tenía bastantes números pero no creo que 1033. 33 la edad de Cristo dicen algunos, por eso los peces y los panes.. y la cerveza! Vaya a hacer el comercial de Quilmes, usted es Dios. Yo me voy a Coto por la oferta del maní.

 
At 8:23 a. m., Blogger J. Hundred said...

*jazmin! seguí sus instrucciones, por única vez. le pedí a la farmacéutica dermaglós. ‘crema o emulsión?’, me preguntó. no tuve más alternativa que huir a la carrera, era eso o degollarla con un blister de ibupirac. el diablo está en los detalles, jazmin, usted no sé.

*juan manuel! no ignora usted que el mundo está lleno de gente que no sabe qué hacer con su almita, gente que está remal. es esa gente la que, por lo general, la mayoría de la veces, siente un tan precario como fugaz alivio cuando tratan que otro no se sienta bien, ni por un ratito. si precisa ejemplos no tiene más que pegarse una vuelta por este precario espacio, no hace falta ir más lejos.

*a.r.n.! hipoglós y un beso, usted es una santa.

*la condesa sangrienta! ya dimos.

*yoni bigud! usted entiende cosas que casi nadie entiende. a veces es divertido, pero por lo general se sufre una bocha, se lo digo por experiencia. un saludo.

*mr. verbal kint! como dijera john lennon: ‘te felicito, che’. se lo dijo una vez a yoko ono, una noche que la china le preparó un arroz yamaní con cebollita cortada, brotes de soja, oliva y pimienta. la verdad que la piba cocinaba para el orto, y estaba por lo general con carita de locu.

*caia! hace muchos años, leí, de casualidad, un poema del viejo buk, en el idioma original. el poema decía, más o menos, así.

existen cosas peores que estar solo.
pero a menudo, lleva décadas darse
cuenta
y la mayoría de las veces, cuando
lo hacés,
es demasiado tarde.
y no hay nada más terrible
que demasiado tarde.

 
At 3:37 p. m., Blogger Maica said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

 
At 3:41 p. m., Blogger Maica said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

 
At 12:38 a. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

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At 1:53 p. m., Blogger La lectora said...

Y yo que siempre le sacaba las cascaritas a los maníes para que no me quedaran entre los dientes... me voy a replantear mi comportamiento, jajaja.
Saludos!

 

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