14.5.17

Resfrío


Estaba en el subte, yendo al centro, vivía por Chacarita. La mejor forma de moverse en la ciudad es por debajo de la tierra, como los roedores, como las ratas. De más está decir que no es divertido, viajar en subte, pero nada es demasiado divertido últimamente. No se usa más, divertirse, pasó de moda, como los pantalones pata de elefante.
​Debían ser las nueve de la mañana, y el subte iba cargado hasta las bolas. Todos íbamos para el mismo lado, a la misma hora, ése es el problema. La única forma de sobrevivir en la ciudad es ir al revés de la gente, pero para poder ir al revés de la gente deberías ser bien distinto al resto de la gente. No tener que trabajar, por ejemplo.​
​Ahí estaba yo, de pie, esperando que pasaran los veinte minutos que me dejarían en el microcentro, tratando de no pensar, tratando de no morirme de pena.
​Quedé parado frente a una hilera de asientos. Y justo sentada frente a mí, una chica. Era joven, era bonita y lo sabía, inclinada hacia el lado de la sensualidad. Había aprendido que la belleza era su arma para salir adelante en la vida y estaba dispuesta a utilizarla. Pero por ahora, hasta que lograra que su magia le permitiera subir en la pirámide social, todavía debía viajar en subte.
​Iba sentada, la chica, las rodillas juntas, su minifalda cortísima. Se pintaba los labios, se le marcaban los pezones puntiagudos por debajo de la camisa. Se miraba en un espejito, jugaba con la lengua, se arreglaba las pestañas. Se ponía contenta viendo los mensajes que recibía en su teléfono celular. Se reía tipeando una o dos palabras, ensayaba una mueca seductora, volvía a sonreír.
​Sabía que era observada y jugaba con eso. Parecía decir a cada momento ‘sí, estoy que exploto de buena pero no soy para vos, vos viajás en subte y sos pobre. Yo estoy para la salir en las revistas, ya me vas a ver y te vas a acordar’.
​El asunto fue, como suceden tantas cosas, de improviso. Yo venía resfriado desde el fin de semana por haberme metido en la pileta en la quinta de unos amigos. Comimos asado y nos metimos a la pileta, pero se hicieron como las siete de la tarde y había viento. Me resfrié.
​Y cuando me resfrío me pica la garganta, siempre. Es una sensación fea porque te pica, pero no te podés rascar. Te podés rascar el cuello si querés, pero no la garganta. Así funciona el cuerpo humano.
​Quise gargajear, apenas, dejar que subiera algo de la mucosidad que me raspaba el fondo de la garganta, pero no sé. Algo se aceleró, el movimiento cobró vida propia, se convirtió en una especie de tos. Fue un segundo.
​Me salió un moco, un animal parecido a una ameba, a un protozoo, a un aguaviva pequeña y gelatinosa de un verde intenso. Cayó, el moco, furibundo y autónomo, sobre la camisa de la chica, y un poquito sobre el teléfono celular, también.
​Viendo lo que había sucedido me salió inclinarme hacia adelante, tratar de algún modo de quitar el moco del centro exacto de la camisa de la chica, pero el moco se había prendido a la tela como una garrapata, y a los botones entreabiertos que daban paso al escote.
​El movimiento que intenté implicaba que le estaba tocando de algún cuidadoso modo las tetas mientras decía algo como ‘disculpame’ o ‘no pude’.
​Gritó, la chica. Un alarido como un bocinazo que no iba a terminar nunca, como la sirena de una ambulancia. Gritó mientras se ponía de pie y me daba un empujón, todo al mismo tiempo.
​Gritó y siguió gritando, la gente me miraba. Iba a ser un día largo, el subte se detuvo en Pueyrredón.

7.5.17

Mermelada, queso para untar


El experimento es de lo más sencillo. Las cosas importantes suceden sin exceso de implementos. Ponele que te estás haciendo café, a la mañana, para desayunar. Y te hacés, no sé, dos tostadas.
Una de las tostadas la untás, generosamente, con mermelada. Y la otra, la otra tostada, la untás también, pero con queso untable. El queso que no es untable resulta, por definición, difícil de untar.
No, todavía el experimento no empezó. Hasta ahora no pasó gran cosa, podríamos decir que hasta ahora no pasó nada. Ahora empieza.
Tenés que tirar la tostada al aire. La tostada con mermelada, primero. Y deberías lograr tirarla como si de una moneda se tratara. Que gire, la tostada, aunque sea una vez, sobre sí misma, en el aire. Sí, ya sé, no es tan sencillo. No importa, vos podés.
Cae la tostada, al piso. Ya estamos viviendo el experimento. Te fijás si la tostada cayó del lado de la mermelada, o del otro lado, del lado del pan podríamos decir. No importa cómo haya caído la tostada, la levantás, y repetís el lanzamiento. Tres veces, cinco mejor.
Entonces agarrás la otra tostada, la tostada con queso. Y hacés lo mismo. Tirás la tostada hacia arriba, la tostada gira en el aire, la tostada cae. La levantás, y la volvés a tirar. Cinco veces, también.
Eso es todo. Tiraste cinco veces la tostada con mermelada, después tiraste cinco veces la tostada con queso para untar. Y vas a ver que hay diferencias. No es lo mismo, no caen de la misma manera. Las leyes de la física no funcionan igual si la tostada tiene mermelada o queso untable.
Descubrir eso, lo que acabo de contar, tiene profundas implicancias, está cargado de significados. Todavía no desayunaste y tenés que limpiar el piso, para empezar.

28.4.17

Algo acerca del boxeo


Siempre me gustó el boxeo desde que puedo recordar, a mi padre también le gustaba. Tiene algo de nobleza absoluta, porque una cosa es pegarle a una pelotita y pasarla del otro lado de la red, distinto es tener un tipo enfrente que te quiere pegar y tener que pegarle.
Está la bellísima frase que dijo Mike Tyson alguna vez, aquello de ‘Everyone has a plan, until they get hit’. Porque si te fijás, si viste boxeo, hay un momento tan genial y tan único, cuando uno de los boxeadores le ha pegado al otro y el otro descubre, no encuentro otra manera de decirlo. El otro boxeador, el boxeador al que le han pegado descubre, decía, que le duele. Que el otro es mejor y le va a ganar, que le ha dolido la piña y tiene miedo.
Porque es en ese preciso instante donde entra a tallar una clave psicológica. Al hombre le ha dolido la piña y descubre, como dijo el señor Tyson, que todos sus planes se han ido como por arte de magia a la mismísima mierda. Y debe tratar que no se note. Porque si se nota está perdido, en el literal sentido del término, si se nota lo que le pasa, lo que le está pasando, entonces no tiene la menor oportunidad. Lo van a moler a palos mal.
Y entonces es de lo más común ver que un boxeador se ríe, sonríe y dice algo, o bailotea con ampulosidad, hace algún gesto que hasta entonces no había hecho.
Es esa antinatural sonrisa, esa negación con la cabeza, ese gesto de estar pasándola fenómeno, esto es lo que más me gusta hacer en la vida, lo que delata la gravedad de la situación. Se ríe porque lo están matando.
Me pareció importante comentarte todo esto para que entiendas lo que me pasa. Sí, te entendí que te cansaste de mí, que no me querés ver más, que de algún modo me estás dejando. Y quizás mi cara, algún comentario que te hice, la forma en que termino mi café y miro con curiosidad algo que ocurre del otro lado del ventanal, puede que te haya confundido un poco. Pero me estás haciendo moco, quedate bien tranquila.

21.4.17

En lo real


Estoy esperando para cruzar, esperando que el semáforo cambie de color, es lo que se estila. Justo en la esquina, a menos de diez metros, se detiene un camión. Es un camión bastante grande, con la caja metálica cerrada, parece de acero, como si de una gran heladera se tratara. Y de eso se trata, es un camión para transportar carne, y se ha detenido a pocos metros de una carnicería.
Descienden dos hombres, el conductor y su acompañante, de la parte delantera del camión. Uno de los hombres abre las metálicas trabas de la caja del camión. El otro hombre, que va como vestido de médico, aunque se percibe que el género de su uniforme es de una tela áspera, rústica, se coloca una toalla sobre los hombros, como si se colocara una corta capa. Lleva una cofia en la cabeza, pareciera que se está por duchar y no quisiera arruinarse el peinado.
El conductor del camión, que se ha subido al interior de la caja, le coloca media res, que quita de un gancho con un preciso movimiento, sobre los hombros, al otro hombre, que asimila el impacto, traba la media res con ambos brazos en alto, como si le estuviera haciendo una toma de catch.
Resopla, el hombre, se acomoda al peso, respira, se dispone a avanzar, a caminar los veinte o treinta pasos que lo separan de la entrada de la carnicería.
–Perdón –me acerco, lo miro–, lo molesto un segundo.
El hombre me mira con desprecio infinito, dejando en claro que la situación es por demás inoportuna. Abre las palmas, mira por un instante a los lados, un casi imperceptible movimiento de la cabeza. ¿Acaso no veo la media res que carga?
–Justamente –digo–. Me gustaría que me la pase. Llevarla, yo.
–¿Qué? –sonríe, es una verdadera sonrisa de genuina sorpresa.
–Eso, pasame la media res. Dejame cargarla a mí.
–Te vas a arruinar el traje –dice y niega con la cabeza–. La carne muerta chorrea jugo, todavía sangra.
–No importa –digo–. Pasamelá, dale.
–¿Qué le pasa a este forro? –pregunta el otro hombre, el conductor, desde arriba del camión–. Dale, que tenemos que bajar cuatro y seguir repartiendo.
–Quiere que le pase la media res –dice el tipo, y me apunta con el mentón.
–¿Qué?
–Que se la pase –dice–. La quiere llevar él.
–¿Y se puede saber por qué carajo la quiere llevar él? –pregunta el tipo desde arriba, ha prendido un cigarrillo y da una pitada que consume medio faso.
–No sé –dice el tipo que carga el animal muerto. Da un pequeño saltito para acomodarse la carga sobre los hombros.
–Yo tampoco sé –digo–, dale.
–Bueno, pasaselá –dice el de arriba–. Si se te llega a caer, te cagamos a patadas. ¿Estás de acuerdo?
–Sí –digo–. No se me va a caer.
Con un diestro movimiento del de abajo, y la ayuda del de arriba, me pasan la carga. Me calzan la media res sobre los hombros. Debe pesar unos buenos setenta kilos, quizás noventa, resoplo. Me miran. Siento la carne contra la parte de atrás de mi cabeza, la carne goteando sobre mi traje, el peso muerto.
–¿Y? –dice el de arriba–. Ahora movete, caminá.
Camino, me sigue el tipo de abajo, apoyando una mano sobre el animal. Me guía. Me ayuda a bajar la media res en el interior de la cámara frigorífica de la carnicería. Alguien se ríe. Alguien grita una puteada.
Vuelvo al trotecito al camión.
–Dame la otra –digo.
Repito el procedimiento, otras tres veces. Siento que crujen las costuras del saco, me duele una rodilla. Transpiro. Voy y vengo. Algo de gente que pasa por la calle se sorprende, me miran.
–Listo, flaco –el tipo que fuma baja del camión de un salto, termina su segundo cigarrillo, cierra la puerta–. Esa era la última.
–Tomá, limpiate aunque sea la cara –el otro me pasa una desteñida toalla de mano que llevaba enganchada en la cintura.
–Bueno, nos tenemos que ir –dice el conductor, se sube, arranca.
–¿Te sentís bien? –el otro me da la mano. Le devuelvo la toalla.
–Sí –le digo, me saco el saco, sonrío apenas–. Te juro que nunca me había sentido tan útil en toda mi vida.

14.4.17

La vida en colores


Después de hacer un curso de meditación, Tamara fue a un curso de respiración. Una amiga le había recomendado el curso, le había dicho que el instructor había vivido varios años en la India, el instructor había vivido en un ashram.
De ahí Tamara pasó al yoga sin escalas. Meditaba, respiraba, hacía su rutina de asanas con férrea tenacidad. Se despertaba a las siete menos veinte cada mañana y hacía lo suyo, durante cuarenta minutos. No se la podía molestar.
Después se bañaba, comía dos frutas y se iba a trabajar. Había encontrado, Tamara, después de tantos años, lo suyo. Se sentía más calmada, alegre, ya no tenía dolores de cabeza, le brillaba la piel. Había adelgazado, estaba siempre de buen humor, había entrado, como ella decía, en una dimensión espiritual. Ahora veo la vida en colores, le había dicho en una oportunidad a su novio, Gabriel.
Se había hecho vegetariana, Tamara, había dejado de fumar, no tomaba alcohol, ni siquiera una cerveza. No podías comer nada que hubiera tenido ojos. Porque si comías algo que hubiera tenido ojos, al comer absorbías la tristeza del animal en el momento de su muerte. Si comías carne, por ejemplo, eras un asco de persona que ni siquiera alcanzaba a comprender en qué consistía su paso por la tierra. Satanás, belcebú.
Tamara sentía que crecía como ser humano, se elevaba. Estar viva era suficiente motivo para estar contenta. Su vida, por decirlo de algún modo, no paraba de mejorar.
Hasta que un domingo a la mañana Gabriel le dijo que se iba. Bah, en realidad la que se tenía que ir era Tamara, porque el departamento era de Gabriel. Le dijo, Gabriel, que hacía unos cuatro meses que se estaba viendo con otra chica. Ante la insistente mezcla de asco y estupor de Tamara, Gabriel se vio obligado a dar algunos detalles. La chica con la que se estaba viendo se llamaba Paola, trabajaba de cajera en un supermercado. Solían ir todos los martes a una parrillita de Parque Patricios a comer, tomaban un vino de calidad media y después se iban a un hotelito cualquiera. No, Paola no estudiaba, le gustaban mucho los alfajores y las telenovelas. Tenía un perro que se llamaba Max.

7.4.17

Te explico lo que me pasa


Te explico lo que me pasa, lo que me ha pasado desde que puedo recordar, o sea desde siempre. A mí.
Tengo la angustia de los grandes hombres. Ya está, ya te lo dije. ¿Qué más? Nada más, eso.
Tengo, ponele, la tristeza que debía tener Onetti mientras escribía ‘La vida breve’, o después, mucho después, cuando se metió en la cama y se dio cuenta que no iba a poder salir a la calle nunca más. Tengo el nivel de locura que debió tener Bobby Fischer después de ganarle el match a Spassky, después de llevarse el mismísimo imperio ruso a babucha y tirarlo a la remierda y bajar a la calle a tomar un café con leche y darse cuenta que no se podía llegar más allá de lo que había hecho, porque sencillamente ya no había nada más para hacer. Tengo la angustia que debió sentir Maradona Diego cuando se dio cuenta que le dolían las patadas, que le iba a costar levantarse, que Dios le había tocado alguna vez la cabeza como la caricia de una madre pero de repente te vas perdiendo en medio de la bruma para nunca más volver.
Podría seguir, claro que podría seguir. Tengo la angustia, la tristeza, la locura, la frustración, la sensación de la más absoluta falta de sentido que sólo está reservada a los genios, a los grandes hombres que dejan una marca sobre este fatigado planeta. Pero mi vida está plagada de la más anodina cotidianeidad. Me lavo los dientes antes de acostarme a dormir, pago una boleta de gas (no, después de lavarme los dientes no, antes, durante el día). Trabajo en una oficina, los sábados a la noche pido pizza en La Continental. A veces fugazzeta, a veces napolitana con ajo. Envejezco sin excesivas calamidades, fatiga de materiales, decadencia y caída, lo normal.
Sí, qué boludo.

28.3.17

The times they are a-changin, cantaba Dylan


Durante un tiempo fueron las tetas. Tetas todo el tiempo, lo único importante sobre la faz de la tierra eran las tetas. No podía pensar en otra cosa. Veía tetas, soñaba, con tetas. Las tetas asaltaban mi imaginación, mi mente, sin importar la circunstancia. Quería ver tetas, tocar tetas, apretar tetas, chuparlas, mordisquear esos pezones de un rosa pálido, o color cremita, grandes como hamburguesas, incluso los pezones negros y chiquitos de araña. Quería que me apoyaran las tetas en la nuca, oler tetas que recién acababan de amamantar, que me pajeen, con las tetas. Necesitaba ver mujeres bañándose, lavándose las tetas, comer delante de mujeres en tetas, pajearme con una mano (con qué querés que me pajee), mientras con la otra mano tocaba una teta.
Después vino un período de culos. Los culos tomaron la totalidad de mi atención, se volvieron la obsesión de mi atribulado ser. Quería culos, culos de cualquier grupo y factor. Culos endurecidos de chicas que trotaban o hacían gimnasia, culos de gorditas que desbordaban de las bombachas, culos que se derramaban pero que se podían apretar con énfasis, culos cortos que quedaban tan pero tan bien en cuatro patas. Quería culos, cualquier culo, oler culos de chicas jovencitas, quería coger, culos, claro, meter la primer falange de un pulgar en algún culo y quedarme así, como si fuera para mí una meditación, un mudo mantra. Quería meter la nariz en algún culo y respirar adentro, chupar culos también, meter la lengua hecha un cartucho y sentir la aterciopelada textura del culo, la vibración. Necesitaba eyacular, sobre culos, sobre nalgas apenas entreabiertas, untar culos con aceite Johnson’s para niños y meter un dedo o dos, o la garompa, ya lo dije.
Pero ahora no, ya no. Desde hace un tiempo a esta parte. Así que no te preocupes, no te des manija con tal o cual imperfección, de tus tetas, de tu culo, estrías o várices, granos, el paso del tiempo en general, la decadencia y caída, fatiga de materiales. No tiene la menor importancia.
Ahora lo único que me interesa es que te vayas. Sí, que te vistas, claro, y que te vayas.

*https://www.youtube.com/watch?v=e7qQ6_RV4VQ

21.3.17

Silencio del altiplano


Me llamó, debían ser como las doce de la noche, tenía mi teléfono de antes, de cuando trabajaba en casa. Me dijo que acababa de volver de Bolivia, que el hombre con el que vivía la había echado a la calle después de intentar matarla, que no tenía ni dónde pasar la noche. Estaba en la terminal de micros de Retiro, se largó a llorar. Le dije que esperara, media hora como mucho, que ahí iba.
Normita había trabajado de mucama en mi casa cuando yo vivía con mis padres. Una de las pocas personas ajenas al círculo familiar que a mí no me molestaba ver dentro de la casa. Impecable, con su larga trenza negra y sus modales de duende, todo el sabio silencio del altiplano.
Mucho después, cuando me fui a vivir solo después de un divorcio más o menos traumático, la volví a encontrar en la calle. Y empezó a venir a limpiar mi departamento una vez por semana. Me gustaba que viniera, me hacía acordar cuando yo había sido un niño, además de hacer que el lugar donde vivía fuera más o menos habitable porque yo en esa época me dedicaba a tomar whisky y a mirar por la ventana y a pensar que la vida no tenía mayor sentido, no mucho más que eso.
Pasaron los años, nos vinimos grandes todos. Normita perdió un hijo en un accidente automovilístico, puso una verdulería con sus hermanos, le fue mal, me pidió dinero prestado y jamás pudo devolverlo. Se volvió a Bolivia.
Llegué a Retiro. Le llevé tres mil pesos y la acompañé a una pensión que manejaba un amigo por San Cristóbal. Dejé pagado el cuarto por una semana, le di más plata.
La llevé a comer algo, estaba muerta de hambre, avejentada. Me di cuenta que le temblaban un poco las manos, estaba quizás borracha.
–Gracias, gracias señor Juan –lloraba un poco, de a ratos, me preguntó si podía pedir vino, le dije que sí, claro–. Usted siempre tan bueno.
–No es nada, Norma, nos conocemos hace muchos años.
La dejé comer tranquila. Me contó un par de desgracias, hay un momento de la vida donde viene la pendiente y agarrás velocidad, no hay nada que hacerle.
Fue al baño, volvió más enfocada, quizás había tomado cocaína, se limpiaba demasiado la nariz con el revés de una mano.
–Usted es tan bueno, señor Juan –negaba con la cabeza.
–Está bien, Norma. No pasa nada.
Entonces me contó, que mientras trabajaba conmigo había quedado embarazada. En un análisis le habían dicho que tenía sida. El padre de la criatura había desaparecido de inmediato. Y ella, enojada con la vida que había sido tan injusta, hacía lo siguiente. En las casas donde trabajaba, en mi casa también, cuando quedaba sola, aprovechaba para bañarse, para comer. Hasta ahí todo normal.
–Y hacía algo más –dijo Normita, que ya se había limpiado un tubo de vino.
Lo que hacía, Normita, lo que me contó que hacía, era agarrar el cepillo de dientes del dueño de casa, y metérselo en la concha, o en el culo también. Y cepillarse bien adentro, un rato. Después dejaba todo acomodado como si nada.
–Quería esparcir lo malo que me pasaba a mí –juntó por un momento las manos sobre el pecho, como si estuviera rezando–. Estaba enojada, muy enojada, hasta que encontré el perdón de Dios. Dios es misericordioso y me perdonó, señor Juan. Y usted también me va a perdonar, yo estoy segura que usted me va a saber entender.

14.3.17

psi psi


de chiquito fui freudiano
después me hice lacaniano
ahora para ser feliz
como pollo con la mano.

estudié a Melanie Klein
leí a Maud Mannoni
y lo que mejor me hizo
fue que me toquen ahí.

logré controlar impulsos,
toleré la frustración,
pero me costó un montón.

quiero envejecer tranquilo
tener un perro, una mina
y un poco de sertralina.

7.3.17

El club de las corredoras


Bajé a la calle, era temprano. Era domingo también, pero yo, después de tantos años de oficina, quedé programado para despertarme temprano. Tuve unos años donde estuve muy triste y no dormía, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Volvés a tu casa, sabés que se va a hacer de noche y que no vas a poder dormir. Entrás a la cama sabiendo que vas a perder, que no vas a encontrar el botón de apagado porque no depende de la voluntad. Es tremendo, es jodido.
​Decidí ir a caminar un poco por Palermo para cortar el día. Bajé por Pampa hasta Alcorta y me metí para dar la vuelta al lago. La idea erar caminar, dar una vuelta al lago y después ir a desayunar a un lugar lindo.
​Empecé a dar la vuelta. Debí darme cuenta porque había algunas vallas, y una ambulancia, y gente con pecheras fosforescentes. Tardé un poco porque venía distraído, pensando en mis cosas y tratando, justamente, de no pensar. Ni en mis cosas ni en ninguna otra cosa. Lleva tiempo darse cuenta que con no pensar la vida se acomoda. Si no pensás tenés el 87% de la vida resuelta.
​Empezaron a venir, las primeras. Una maratón, una maratón de mujeres exclusivamente. Venían, de frente, dos mujeres, tres, corriendo como si les hubieran metido un matafuegos en el culo y corrieran con la secreta intención de correr lo suficientemente rápido para poder quedar, supongo, adelante, adelante de los matafuegos. Y quizás de ese modo poder quitarse, el matafuegos, los matafuegos, de los respectivos culos, aunque fuera parcialmente.
​Salí del asfalto, me puse a un costado, sobre el pasto, junto a un árbol. Y empezó a llegar el pelotón. Mujeres, mujeres altas y bajas, mujeres gordas y flacas, todas con remeras rosas y algún número estampado, el ‘chuic chuic’ de las zapatillas.
​Hacía frío, había un poco de viento y me quedé mirando, adelante, a lo lejos, a la nada misma hecha de rosa. Dos, tres, cinco mil mujeres que no paraban de correr, agitadas, sudorosas.
​Y entonces olí. Levanté la nariz como el mismísimo Doctor Lecter en aquella entrañable escena donde Jodie Foster lo va a visitar por primera vez y él la huele a través de los pequeños agujeros que tiene el vidrio de su celda. La huele y es un momento genial, tan único y tan perfecto, donde el señor Hopkins es sólo nariz. Nos muestra en esa escena el señor Hopkins, al oler, todo lo que hay que saber sobre el oficio de actuar.
​Olí, decía. El olor golpeó mi mente y me llevó de la mano a ese recuerdo. Percepción sin conceptualización.
​Olía a conchas tristes. Lo explico.
​Hacía algún tiempo yo había salido con una chica, y la chica que parecía no venir tan mal en la vida, en determinado momento se deprimió. Y la depresión, su depresión, lo recuerdo perfectamente, se podía oler.
​En la concha.
​No era un tema de higiene personal ni de hábitos en la alimentación. La depresión, el proceso depresivo en el cuerpo de la chica, hacía que su concha oliera así.
​Cuando dejé de salir con esa chica, al poco tiempo me olvidé del tema por completo. Podríamos decir, en un rapto de originalidad, que la vida continúa.
​Y ése era el olor que venía ahora en la mañana de domingo, en el aire, multiplicado por dos, por tres, por cinco mil.
​El olor a concha tan particular y único, tan característico, que genera en la mujer la depresión.
Ahí me quedé, parado junto al árbol, viendo a las chicas que pasaban y pasaban corriendo hacia un esforzado lugar en el que descubrirían que seguían siendo ellas mismas. No había adónde ir.

28.2.17

Las miguitas


Tengo que ver a una persona, no importa demasiado para qué. Pero no es un asunto afectivo, eso estoy seguro, y tampoco podríamos decir que es laboral. Entra dentro de la categoría ‘trámites’, si es preciso ponerle un nombre. Estar con vida en el planeta tierra suele tener esas cuestiones.
Arreglamos entonces para tomar un café, a la mañana, en un bar.
Es verano, hace calor. Yo estoy sentado adentro, adentro del bar, que también tiene una hilera doble de mesas sobre la calle. El bar tiene alguna ventana abierta pero no corre una pizca de aire. Transpiro, me dedico a transpirar. Había una época en la cual me molestaba un poco, transpirar, pero ya no. Transpirar es una actividad tan buena como cualquier otra. Tiene mala prensa quizás, eso sí.
En una de las mesas de afuera hay sentado un matrimonio, con una nena. Es evidente, por las edades, que los adultos son los abuelos de la niña. La niña puede tener cinco años o seis, no más. Le han dado una galletita y se dedica, siguiendo las instrucciones de su abuelo, a alimentar a las palomas. Arroja pedacitos de la galletita, con torpeza y alegría, al piso. Las palomas la rodean y comen. Las palomas se comunican de algún modo con más palomas, y vienen más.
Continúa, la niña, maravillada con la escena. Una nueva galletita que le alcanza su abuelo, y luego otra.
Pero. De pronto, no hay más. No hay más galletitas. La nena mira a su abuelo que abre las manos, luego mira la mesa, y comprende que no han quedado más galletitas para repartir.
Las palomas demoran un instante en descubrir el cambio de la situación. Picotean un poco más las últimas miguitas, aquí y allá.
Y entonces van contra la niña. Que sonríe, que no entiende. Pero yo alcanzo a ver que le picotean los tobillos, que la miran en puro amarillo y que le arrancarían los ojos si tuvieran la fuerza, la oportunidad.
La niña lanza un chillido y patea. Las palomas se van.
Lo que ha sucedido es todo lo que hay que entender de la naturaleza, aunque yo quizás no lo haya podido explicar con la debida claridad.

21.2.17

La otra parte


Se me acercó el mozo. No le presté atención, hasta que llegó una voz y me di cuenta que me estaba hablando. A mí.
–Señor –dijo, otra vez. Con el trapo rejilla sobre su hombro y la bandeja vacía sobre el pecho como si fuera el escudo del Capitán América, no sé. Como si se estuviera protegiendo de algo.
–Señor –dijo.
Levanté la vista. En realidad no levanté la vista, está mal dicho. Porque estaba con la vista al frente, mirando sin mirar hacia la calle, a través de uno de los ventanales. Entonces enfoqué la vista en el mozo que me hablaba.
–Sí –dije.
–Le quiero preguntar algo –dijo el mozo, pero no esperó mi respuesta, siguió–. Usted viene casi todos los días, de lunes a viernes, a eso de las ocho de la mañana.
–Sí –dije–, puede ser.
–Y pide todos los días lo mismo –se inclinó un poco hacia delante, el mozo, como si lo que estuviera por decir fuera de algún modo un secreto–. Un café chico, y una medialuna de grasa.
–Es probable –dije–. Quiero decir, puede ser.
–Acá viene la cuestión –dijo el mozo, sonrió. Tenía los dientes muy amarillos, como los de un perro, eso pensé. Me sorprendió que usara la palabra ‘cuestión’–. Usted no toma el pedido. Me paga de entrada, y me deja propina cuando se va. Pero no prueba ni un sorbo de café, ni le da un mordisco a la medialuna. Nada, lo vengo observando hace más de un mes.
Asentí, apenas. No tenía nada para decir.
–Y usted trae un cuaderno, abre el cuaderno, saca una birome –siguió el mozo–. Pero no escribe nada. Lo vengo mirando y jamás lo vi escribir ni una palabra.
–Puede ser –dije. Lo miré con algo más de intensidad. Podríamos decir que lo miré más fuerte.
–No entiendo –dijo el mozo.
–No entiende –dije yo.
–Es que usted, como le dije –se puso serio, el mozo, frunció el ceño–, viene a desayunar, pero no desayuna, y viene a escribir, pero no escribe. No sé.
–Mire –dije–, su curiosidad me resulta genuina, no le digo válida, parece usted una persona, un ser humano a la vez correcto y quizás algo primitivo, así que no tengo inconvenientes en comentarle. Me pasa que me fui dando cuenta con el tiempo, una de las cosas que más disfruto, una de las cosas que más satisfacciones me da, es no estar. Podríamos decir mi ausencia.

14.2.17

Sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos por día


–Está estudiado que tenemos, los seres humanos, las personas –dije–, alrededor de setenta mil pensamientos por día. Así como escuchás, setenta mil. Y de esos setenta mil te sobraría con cincuenta, cincuenta pensamientos, para hacer todo lo que tenés que hacer durante el día. Puede que incluso con veinticinco pensamientos sea suficiente. Los otros sesenta y nueve mil novecientos setenta y cinco pensamientos son un extenuante ejercicio para mantener vivo eso que creés que sos, lo que podríamos denominar, de alguna manera hay que denominarlo, el ‘yo’. Pensás y pensás y no dejás de pensar, hacia atrás, recordando cosas que quizás ocurrieron pero que carecen de la menor importancia y que no te definen de modo alguno y que por pertenecer al pasado, por obvia definición, ya no existen. Y hacia delante, imaginando eventos que sucederán en el futuro o quizás no y que nada tienen que ver con el momento presente, no lo tocan. Y todo eso, lo que recordás y lo que imaginás son como un videojuego destinado a mantener sobreestimulado tu cerebro. Y te hace moco. Si pudieras desprenderte de toda esa carga que cuelga sobre vos como las nubes negras de los dibujitos animados, tendrías alguna posibilidad de descubrir que no sos nada de lo que creías ser. Como si mantuvieras encendida una linterna y enfocaras hacia atrás y hacia adelante, hacia adelante y hacia atrás, con la única finalidad de hacerte creer que sos real en el ahora. Si parás eso, entonces puede suceder algo que roza lo milagroso. Es un instante y está al alcance de la mano, ni siquiera se trata de una acción. Sería lo contrario de una acción, aunque quizás las palabras resultan un imperfecto vehículo, porque la acción que se requiere es dejar de hacer.
–No sé si alcanzo a entender lo que decís –dijo ella.
–Que me parecés una boluda –dije–. Todo el tiempo hablando de vos, cansás.

7.2.17

Buenas noches, Juan


Entré a trabajar en el hospital, turno noche. Mantenimiento, limpieza, una tarea que podría hacer un chimpancé sin mayores inconvenientes. Un chimpancé aplicado desde ya, al que le explicaran un poco la tarea.
Estaba por el hospital desde las doce de la noche hasta las seis y media de la mañana. Limpiando, limpiando, los pisos básicamente, con lavandina y detergente y algo más. Limpiando los interminables pasillos, las habitaciones vacías que quedaban con el aire cargado de ese olor tan pero tan particular, tan característico.
Iba y venía, me ponía auriculares, alguna enfermera de las más antiguas me saludaba o me ofrecía una porción de tarta que había preparado. ‘Buenas noche, Juan’.
Para mí con ganar algo de dinero y no tener que interactuar con demasiada gente estaba bien. El horario no me molestaba, me había pasado más de diez años con insomnio. A las seis y media de la mañana me daba un baño en el subsuelo y salía a la calle. Desayunaba un café con leche con medialunas en un bar cualquiera, y me iba a dormir. Volvía a salir después de las siete de la tarde, cuando oscurecía y la gente volvía a sus casas. Iba al revés de todo el mundo, con eso era suficiente.
Empezó como empiezan todas las cosas, un poco de casualidad. Una mujer desesperada en la sala de espera porque su madre se moría, se moría pero no terminaba de morirse. Oí hablar a los médicos en un patiecito mientras se fumaban un cigarrillo. La mujer era un vegetal, no tenía la más mínima posibilidad de recuperarse.
La maté un martes. A las tres de la mañana. Puse música clásica en la radio (Shostakovich) y le tomé las manos. Le dije al oído ‘ya está bien, es tiempo de marchar’, y la asfixié con un almohadón. Fue una exhalación apenas, un suspiro, la besé en la frente. A la mañana siguiente vi a la hija haciendo los trámites, agotada pero un poco mejor, aliviada después de días y días de esperar por algo que no tenía remedio.
Esa fue la primera vez.
Tomé el hábito, yo no diría el gusto. Todos estamos sobre la faz de la tierra con algún propósito que a veces permanece oculto, no se nos revela a lo largo de todas nuestras vidas. El mío había aparecido como una fuerza de la naturaleza, aliviar el dolor de aquellos que sufrían sin sentido.
Empecé a matar gente. Ancianos con enfermedades terminales o en estado comatoso del cual no despertarían nunca. Después vinieron los pacientes producto de accidentes automovilísticos que quedarían inválidos de por vida, gente que se había dado un definitivo golpe en la cabeza o con fractura de columna. Gente que había quedado con la facultad de parpadear apenas y que ni siquiera podían ir al baño por sí mismos. Después empecé con los recién nacidos. A pesar de todos los avances científicos, bebés que nacían con horrorosas malformidades, o con distintas clases de retardo que harían de sus vidas un absurdo calvario. El almohadón o desenchufar algo, a veces un pinchacito.
Sabían, todos sabían. Alguien me debe haber visto a una hora extraña saliendo de terapia intensiva. Los médicos, las enfermeras, los demás muchachos de mantenimiento y limpieza.
Cuando alguien debía morir, cuando alguien estaba condenado a la desgracia porque la medicina no podía ayudarlo más que a seguir sufriendo, me dejaban una carta. Una carta de un mazo de cartas de truco, una carta cualquiera, sobre la mesita al costado de la cama. Dejaban esa sola carta, junto al vaso de agua, boca arriba. Entonces yo iba y hacía lo mío y daba vuelta la carta, eso era todo. Como quien limpia una mancha de mermelada de una baldosa de la cocina.
Nadie hablaba conmigo más de lo necesario, hola y chau, algo relativo al clima o al partido de fútbol del día anterior. Pero todos me trataban con respeto y consideración. Los médicos que me cruzaban en un pasillo asentían, apenas, o murmuraban ‘buenas noches’. Las enfermeras me preguntaban si quería una gaseosa, un café.

28.1.17

Todo suma


No, ya sé, a ver si me entendés. Si está buena la mina mejor, claro que es mejor. Si te gustan los culos te entiendo, a mí me vuelven loco los culos, manosear un culo corto, ver a una mina en cuatro patas, meter un dedo o la poronga o la nariz y respirar apenas adentro, adentro del culo, es un bálsamo. Si te gustan las tetas, si la mina tiene buenas tetas, es genial. Chupar, chupar la teta, mordisquear los pezones como si fueras un ávido bebé. Ponerte a la mina encima y que te pase las tetas por la cara, o acostado boca abajo y que la piba te apoye las tetas en la nuca, eso también está muy bien.
Sí, que sea flaca, claro. Para poder bajar a la playa y no tener que ponerle un poncho, y no ver celulitis ni várices, claro que eso ayuda.
Que sea inteligente, claro. Si la mujer es inteligente se puede conversar, se puede ir al cine y que la tipa no te tenga que andar preguntando quién es el asesino. Que tenga sentido del humor, que entienda uno de cada tres o cinco chistes.
La risa, la risa de una mujer es muy importante, que no se ría como un marsupial, y el pelo. Poder meter la mano en el pelo y apretar. Que el pelo haya recibido el menor tratamiento posible. Pelo salvaje, natural.
Que no esté muy psicoanalizada, claro, te entiendo, porque si la mujer está muy psicoanalizada se cree el centro del planeta tierra y eso es un desastre. Se cree que por el solo hecho de existir el universo todo le debe algo. Que no sea una fanática de la higiene, se tiene que bancar que te metas un dedo en la nariz y juegues un ratito con el moco que sacás, o que le pongas un eructo a menos de cinco centímetros de distancia después de comer un pollo al ajillo en la Viña del Abasto, por ejemplo. Son situaciones, cosas que pasan.
Todo suma, claro que suma. Que le gusten los animales, que no le moleste caminar bajo la lluvia, que pueda ver un combate de box sin decir ‘no entiendo, para mí el boxeo no es un deporte’. Eso ayuda muchísimo.
Pero yo para saber si me interesa una mujer, la tengo que ver hacer puré. Puré de papas, con manteca, con leche, con nuez moscada, o con un poquito de pimienta, también. Todo lo demás puede ser más o menos importante, hay detalles que suman mucho. Pero lo que define, para mí, para saber si una mujer puede ser una compañera de ruta, es lo que te dije. La tengo que ver hacer puré.

21.1.17

Shock anímico


Una de las formas más seguras de curar a una persona de prácticamente todos sus trastornos psicológicos consiste en meter, a la persona, de noche, al mar.
No es complicado de hacer, en absoluto. Se concurre a cualquier playa de la costa atlántica, estamos hablando de un viaje de no más de cuatro horas, desde la capital.
Lo mejor por supuesto es ir fuera de temporada, y sí, va a hacer frío. Es parte constitutiva de lo que tiene que pasar.
Uno va al lugar, se debe concurrir a las doce de la noche, a la playa. Se le indica entonces a la persona que debe realizar lo que se le ha explicado previamente. La persona debe desnudarse y caminar hacia el mar. Meterse al mar, de eso se trata. Entrar en el agua hasta que el agua cubra la totalidad del cuerpo, excepto la cabeza.
Y listo, quedarse así, por tres o cinco minutos, flotando, ni siquiera es preciso nadar. No se ve nada, claro que no se ve nada, es parte de la idea. La persona flota en el agua, desnuda, en medio de la más absoluta oscuridad.
Es un choque anímico de una absoluta contundencia. La persona descubre la fragilidad de los piolines que sostienen una vida. Entiende, al mismo tiempo, que no maneja nada. Está, el sujeto, precisamente sujeto a fuerzas muy superiores a su capacidad de comprensión y raciocinio. Es algo que le sucede, le está sucediendo, no se puede explicar con palabras. Es un estado de percepción pura que excede la conceptualización. No se puede racionalizar.
Y se le van, como por arte de magia, a la persona, los miedos, las fobias, esa angustia tan existencial y única. Se borra de su mente la tristeza que le mastica el alma, el stress, la melancolía, cualquier forma de ansiedad.
También se puede hacer que cuando el sujeto sale del agua, purificado por decirlo de algún modo, descubra que el terapeuta se ha ido. Se ha llevado la ropa de la persona, sus efectos personales, el dinero, el teléfono celular. No, esa parte no tiene nada que ver con lo específico del tratamiento. Esa parte es para recordarle que la vida continúa.

14.1.17

Síndrome de abstinencia


Paro un taxi en una esquina. Subo. Pasan treinta o cuarenta segundos, un minuto quizás.
–Sí –me mira, el conductor, por el espejito, para ver qué sucede. Si estoy tipeando un mensajito en mi teléfono celular y eso me distrajo. O algo.
Sigo mirando por la ventanilla, el automóvil permanece detenido.
–¿Adónde va? –Pregunta el hombre.
–Qué carajo te importa, forro –digo–. Y dejá de mirarme, sos horrible.
O voy a un local, el mostrador de una farmacia, o de una fiambrería.
–Señor –me dice la persona que está del otro lado del mostrador–. Qué va a llevar.
–Te lo voy a decir justo a vos –respondo, la miro, apenas–, con la carita de pelotuda que tenés.
Hacen falta dos intentos similares, máximo tres, para agarrarme a trompadas. Hay gritos, sangre, alguien me tira un botellazo o saca un cuchillo. Alguien llama a la policía.
Es que desde que me dejaste mi vida se vino demasiado tranquila. Necesito conflicto.

7.1.17

No es tan sencillo


Pasaba por esa esquina todas las mañanas. Había, siempre, un mendigo. Dormía ahí, tenía dos perros y una precaria camita hecha de ropa. Permanecía echado, el hombre, sin molestar a la gente que pasaba, lo que equivalía a decir sin molestar a nadie. Tampoco pedía. Estaba descalzo, mugriento, y para todos los vecinos se había ido transformando en parte del paisaje. La policía no lo corría, él simplemente estaba ahí.
–Perdón –dije, me detuve, me incliné un poco ya que él estaba sentado, con la espalda apoyada contra la pared–. Buen día, quería saber si necesita algo.
Lo sorprendió mi pregunta. No la esperaba, o estaba en otro lugar. Su traslúcida mirada, sus ojos casi transparentes en medio de un rostro manchado de mugre, el cabello pringoso y revuelto.
–Si necesita algo –dije– ¿Lo puedo ayudar en algo?
–Ehh, bueno –se incorporó, apenas. Se frotó los ojos con un antebrazo–, Café, o café con leche. Hace frío.
–Bueno –dije.
–Tome –volví. Había ido hasta una heladería cercana. Le dejé, entre las piernas, un kilo de helado. Granizado de dulce de leche y frutilla.
A la semana siguiente volví a pasar.
–Buen día, señor –dije–. Quería saber si lo puedo ayudar en algo.
Me miró, el hombre. Se rascaba entre los dedos de los pies. Parecía tener hongos y sarna.
–Sí –dijo–. Hace un par de días que no como. Me gustaría comer, una hamburguesa, con papas fritas.
–Por supuesto –dije–. Ya vuelvo.
Había un Mc Donald’s a una cuadra. Fui hasta un kiosco, compré tres atados de cigarrillos y un encendedor descartable. Volví, se los di.
–Que tenga un buen día –dije.
Pasó otra semana, así funciona el tiempo. Volví.
–Buen día, señor –dije, sonreí–. ¿Necesita ayuda? Quiero decir, ¿precisa algo?
Me miró, el hombre. Uno de sus perros dormía enroscado. Los perros cuando duermen tienen una expresión que es todo lo bueno de este mundo.
–No sé –dijo, se acarició la barba–. Me acuerdo de usted, le pido algo y me trae cualquier otra cosa. No entiendo, así que no sé qué pedirle.
–Es cierto lo que usted dice –dije–. Pero en mi modesta opinión, la mayoría de las veces no sabemos muy bien lo que queremos. Además el odio es un motor mucho más poderoso que la satisfacción, eso desde ya.

28.12.16

La bufanda


En el bar donde desayuno últimamente, a tres mesas de distancia, junto a la escalerita que conduce a los baños, hay una mujer que teje. Yo desayuno y escribo, menos de una hora, la mujer teje, con el ovillo de lana entre sus pies como una obediente mascota.
Si llego más tarde yo, al bar, al entrar digo ‘hola’, y ella sonríe, apenas. Si llega más tarde ella, antes de dirigirse a su rincón y pedir un aguachento café, me mira y dice ‘buenos días’. Asiento con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?).
Dentro de dos meses o tres, cuando empiece el frío, la mujer tendrá una bonita bufanda de tres colores. Yo tendré algunas páginas de mi precario cuaderno garrapateadas con letra de loco, tachaduras, el pegote de un poco de mermelada caída sobre algún texto en un descuido.
Y ya está, eso es todo, a veces no te pasa gran cosa, vivir no es como en las películas. Los dos tendremos diferentes fríos.

21.12.16

Hacia la luz


Lo que tenés que hacer es agarrar una piedrita. Una piedra chiquita, está lleno por la calle, o vas a un parque. Y a la mañana cuando te vestís para ir a trabajar, ponés la piedrita en el zapato. Y después ponés el pie, en el zapato. Encima de la piedrita, claro.
O te cortás las uñas. Y agarrás un pedacito de uña. Y te ponés, la uña, entre dos dientes, vas a ver que entra perfectamente. Yo suelo hacerlo entre los dos dientes frontales, de abajo. Pero podés usar dos dientes de arriba, cualquier par de dientes, seguro tenés dos dientes.
Si te animás podés usar una chinche. Una de esas chinches doradas que se usaban en la escuela primaria para hacer manualidades, algún trabajo práctico. Te clavás, la chinche, en el culo, en una nalga, o en una pantorrilla, o en un muslo. Vas a sentir el pinchazo, claro, y sale sangre pero muy poquito. Dejás la chinche clavada, en la panza o en un brazo, te pegás una curita encima.
Y te vas a trabajar. A hacer cualquier cosa que sea lo que venís haciendo con tu vida.
Cuando volvés, a la tarde o a la nochecita, te sacás la chinche, o el pedacito de uña que tenés entre los dientes, o la piedrita del zapato.
Y sí, tu vida sigue siendo un asco. Seguís siendo, vos, más o menos el mismo imbécil de siempre. Pero te vas a sentir un poquito mejor, de eso se trata.

14.12.16

Kung Fu en la casa de venta de artículos deportivos


–El chiste es más o menos así –dije, tomé un sorbo de vino. No era un gran vino desde ya, un restaurante de barrio, en restaurantes mitad de tabla pido vinos mitad de tabla–. O es así como lo recuerdo. Va Kung Fu, Wanchankein, David Carradine, a un local de deportes, una casa de venta de artículos deportivos. Se le acerca una vendedora y le pregunta qué necesita. Ojotas, responde Wanchankein. Entonces la vendedora le señala un exhibidor donde hay algunos pares de ojotas. Y le pregunta, la vendedora, si prefiere las ojotas para enganchar el dedo gordo del pie o esas que son tipo chinelas, si quiere ojotas que tienen una especie de taquito, más altas, o con casi nada de suela como las hawaianas, si prefiere ojotas multicolores o negras, si quiere ojotas cuya característica principal es ser antideslizantes, también hay otras con una superficie como pinchuda en la parte donde se apoya el pie para que la ojota le vaya haciendo, al que la usa, al que la tiene puesta, una suerte de masaje. O quizás ojotas más modernas tipo las crocs.
Da lo mismo, responde Kung Fu, son para llevar en el bolsito.
Me largo a reír. Tengo que hacer un esfuerzo para poder terminar de tragar, estoy comiendo unos agnolotis de ricotta y nuez con mucho pesto. Sirvo más vino. Bebo otro trago mientras me sigo riendo.
–No entiendo –dice ella, que apenas ha probado su plato–. No sé por qué me contás esa boludez de la nada, ni siquiera me parece tan gracioso.
–Bueno –dije–. Es que desde hace un rato me estás hablando de lo que hacés, por qué te parece tan importante dedicarte a la docencia o a la abogacía o a salvar delfines. Cuáles son tus más profundas convicciones, qué cosas creés, aunque en realidad no creés sino que estás convencida que sostienen el precario andamiaje de tu ser. Insistís con enfatizar todo aquello de lo que estás tan segura, para qué fuiste puesta sobre el planeta tierra, tu por demás relevante rol en el universo. Lo que hiciste y lo que no hiciste tan bien fundamentado, tus planes, tus proyectos. Yo lo único que quiero es coger.

7.12.16

18, 33, 8


Fui al casino de Pinamar. Estaba de vaciones, en Pinamar, la segunda de febrero, no tenía un pomo para hacer.
Entré, debían ser las once de la noche, viernes. Alrededor del casino, alrededor del juego, aunque alrededor es una manera de decir. Me refiero a estar en contacto, a estar, por decirlo de algún modo, adentro. En contacto con el juego está todo lo malo de este mundo. Las ganas de salvarse, las ganas de hacerse rico sin saber hacer nada de nada y sin saber muy bien para qué querés ser rico. Para tener más de algo, más de todo lo que ni siquiera serías capaz de entender.
Las caras embotadas por el anhelo y el alcohol, la maldad, las prostitutas olisqueando el dinero como si fueran famélicos roedores. Alguien que grita desde alguna mesa porque los hados lo han favorecido, alguien insulta casi en silencio, alguien fuma un cigarrillo como si lo comiera.
​Me acerqué a una mesa. Un señor en camisa de mangas cortas, gruesos lentes, semicalvo.
​–Disculpe –le dije–. Quería avisarle que ahora va a salir el 18.
​Se apartó un poco, el hombre, de mí. Tardó en entender lo que le había dicho. Negó con la cabeza, apenas, jugó varias fichas, semiplenos y cuadros, todo a la primera docena.
​–¡Colorado el 18! –Dijo el croupier.
​Me fui a otra mesa. Tomé un whisky ordinario en la barra.
​Volví a la mesa. El hombre seguía ahí. La mesa estaba llena de gente.
​Me acerqué como si lo conociera. Le apreté apenas un brazo.
​–Ahora va a salir el 33, después el 8.
​El hombre volvió a jugar todo dentro de la primera docena. Salió el 33. Entonces jugó unas cuatro fichas de chance a ‘mayores’. Salió el 8.
​Me fui a sentar a un pequeño bar cerca del hall. La gente iba y venía de las cajas. Pasó una linda morocha de aindiados rasgos con una minifalda de cuero a punto de reventar, acompañando a un señor mayor.
​–Oiga –frente a mí, el hombre de la mesa, transpiraba–. Volvió a acertar.
​–Sí –dije.
​–Los dos plenos –dijo.
​–Sí –dije.
​–Usted tiene algo, un don –dijo el hombre–. Puede ver el futuro, los número que van a salir. ¿Por qué no juega? Se haría rico.
​–Le explico –suspiré–. Puedo darle un consejo a alguien que me parece que está mucho peor que yo. Alguien que de algún modo desprecio y me parece repugnante desde ya. Si es para mí no me sale.

30.11.16

Por ponerle un nombre


Me preparé, me preparé mucho, me preparé para un montón de cosas que no me pasaron nunca.
Y no me preparé, no podía prepararme, no había forma, no hubiera sabido cómo prepararme para un montón de cosas que me pasaron, la mayoría.
Me preparé, si querés un ejemplo, si te hace falta un ejemplo, me preparé para quedarme pelado, supe que iba a quedarme pelado, tenía la frente el doble de alto que mis compañeritos de la primaria, a los once años, ninguna chica quería bailar lento conmigo. Y estoy igual, tengo la misma frente, yo no sabía que era un genio, me enteré después.
No me preparé, no hubiera podido prepararme para la muerte de mi padre. Se sintió mal en la calle y se murió a la semana. Hay domingos donde me despierto de buen humor, me baño, me visto, y pienso que voy a ir a desayunar con él. Cuando me doy cuenta que se murió me siento en un sillón, me quedo sentado un rato largo mientras la tristeza me da vueltas por el pecho como un hámster en pantuflas que no encuentra la salida. Y no sé qué hacer.
No hay paraguas para la fantástica lluvia de estar vivo, es algo que por lo general nadie dice.

24.11.16

No sos mi tipo


Entré al bar y la vi. La verdad que había salido de aquel absurdo cumpleaños, pero tenía que pasar a saludar, compañeros de trabajo. Estuve un par de horas, hice los dos o tres chistes que se esperaban de mí. Había empanadas catamarqueñas, chiquitas y de una feroz contundencia, y vino tinto de calidad módica. No hace falta aclarar que me manché la camisa con el primer mordisco de la primer empanada. Mordí y sentí como si me atravesaran el pecho con una aguja de tejer. El picante me quemó como un ácido, mientras deglutía sentí el chorro, el salpicón. Más fastidiado que de costumbre, soporté las bromas de rigor. A las dos horas hice como si me sonara el teléfono celular, puse cara de serio, hablé con nadie sobre un tema que me hizo salir al balcón y tirarme un poco del pelo. Me excusé, saludé al homenajeado, a su señora. Nos vemos el lunes, gracias por venir, felicidades, qué loco todo, claro, master, capo, sí.
Bajé a la calle y decidí caminar un poco antes de meterme en un taxi. Las doce de la noche de otro absurdo viernes, frío. Prendí un cigarrillo, caminé.
Vi el barcito cuando caminaba para Cabildo y me metí. Camuflado de bar irlandés, pero podía ser tan irlandés como coreano. Quería tomar un whisky, sacarme la mufa antes de ir a dormir.
Entré, iba a sentarme en una mesita cualquiera y la vi. En la punta de la barra, tomando un mojito o un daiquiri, esos tragos que les gustan a las chicas. Jugaba con el vaso, distraída y aburrida en indefinibles proporciones. El local estaba muy oscuro y la música muy fuerte. De fondo sonaba Radiohead, ‘karma police’.
Fui a la barra y me senté a una butaca de distancia. Pedí un whisky, irlandés, sí, por qué no, la promo, dos por uno.
–Sevime los dos, entonces, en uno –Dije–. Hielo, bueno, uno solo.
La chica era preciosa. Flaquita, muy flaquita, huesuda, remera sin corpiño porque no era necesario. Flequillito stone, morocha, algo desaliñada, jean muy gastado, fantásticos tobillos.
Le hablé. No soy de encarar en los bares, menos ahora que me vine grande. Nunca fui un galán. Pero la chica me hacía acordar a esas mozas de Villa Gesell que se reían de todo, fumaban porro frente al mar y no tenían problemas en coger en cualquier parte y se quedaban dormidas con el cabello sobre mi pecho y yo sentía que la vida no era tan mala, que había algo bueno en el mundo para mí también. Dijo Bukowski y cuando lo leí no lo entendí: juventud, hija de puta, dónde te has ido. Perdón, Bukowski.
Le dije que estaba bárbara, o le pregunté si la podía invitar con un trago. Le pregunté si esperaba a alguien. Le dije que quería conversar un rato. Le dije que estaba bárbara, otra vez.
–No –negó con la cabeza, sonrió apenas–. No sos mi tipo.
–Pero qué carajo importa si soy o no soy tu tipo –tragué mi whisky, pagué–. Si apareciera en este instante el hombre de tu vida, lo que vos estarías dispuesta a jurar que es el hombre de tu vida, lo odiarías en seis meses máximo. Lo interesante es que practiques superar la repugnancia que te genero, que aún así me tires de la goma por ejemplo, y lo superes, y continúes mañana con tu insípida existencia. Te estoy dando la oportunidad para que ejercites la tolerancia a la frustración de tu inexorable fracaso, dejar que te vayas amigando con todo lo horrible de este mundo. Lo mío es ayudar.

18.11.16

Docosa


No es para nada complicado de entender, pero bueno. La gente por lo general está en otra cosa, aunque tampoco es otra cosa. Pero la gente, por decirlo de algún modo más o menos sutil, no piensa.
La vida, básicamente, si tuviéramos que graficarlo sobre dos ejes, los famosísimos ejes cartesianos, esos que te enseñaban aunque quizás no aprendías, en las clases de matemáticas de la escuela primaria. ¿En qué estábamos? Ah, sí, me distraje. La vida, básicamente, está hecha de tiempo y de dinero. Ya sé, ya sé, ni te molestes en explicarme a qué te dedicás, o qué cosas son las que te interesan. Pero en el fondo, al final, lo que tenés es tiempo y guita, ahí reside potencialidad más pura. Si te falta alguna de las dos cosas, o las dos, bueno, estás complicado.
Ahora bien, acá es donde las cosas se ponen interesantes, yo no diría divertidas. Por lo general, cuando más o menos lográs entender de qué va la cosa, tenés más tiempo que dinero. Eso es lo que te mueve, lo que sos. Lo que te define mientras vos creés que estás haciendo cualquier cosa que creas que estás haciendo.
Si te va mal, si no conseguís hacer dinero, bueno, es triste decirlo desde ya, pero tu vida carece de sentido. No mucho más allá de los treinta años serás arrasado por el twister de la vida. Sí, te gustaba mucho el surf, o adorás a tu pequeño hijo. No importa, la verdad, te vas a dar cuenta una mañana cualquiera al salir de la cama que tu vida se fue al galope al mismísimo carajo. Nada tiene mayor sentido.
Ahora, falta la otra parte. Quizás hiciste algo de dinero, podés cambiar el auto o viajar a Europa de vez en cuando, no sé. Lograste algo de confort para hacer pie en medio de algo que se escurre como melaza entre los dedos y te va dejando pegoteado y aturdido. Pero. La cosa es que en determinado momento, aunque no lo quieras ver, tenés más guita que vida. Y no hacés el click, no querés advertir el cambio de situación. Te volvés miserable, abyecto, vil. Allí subyacen el 97% de las angustias, la tristeza, la ansiedad. Seguís funcionando como si te faltara guita, es lo único que aprendiste, lo que sabés hacer. Cuando lo que te falta es vida. No encontraste el interruptor.
Ya fue dicho hasta el cansancio, es evidente hasta la extenuación, cuando tenés tiempo te la pasás corriendo para tener guita, y cuando tenés guita no podés entender que ya no tenés tiempo. No, si no tenés tiempo nunca es porque no naciste. Si no tenés guita nunca ya lo dije, la vas a pasar para el culo también.
En cualquier caso debieras poder elegir de qué gusto querés las empanadas para la noche. Algo es algo.

12.11.16

El hámster, el sapo


La historia es más o menos, siempre más o menos, así. Así es como la recuerdo.
Estábamos en la secundaria, escuela pública, de barrio, de otra época. Otra Argentina que ya no existe.
Segundo año. Ya no éramos chicos, pero todavía no éramos grandes. Se me paraba el pirulo pero no tenía muy claro qué hacer, no sé. Trece o catorce años.
Clase de biología. Nos querían mostrar los órganos del cuerpo, el corazón, el aparato circulatorio, el aparato digestivo. Íbamos a tener una clase práctica. Nos dijo la profesora de biología que íbamos a abrir un sapo.
Algo pasó, quizás los sapos estaban caros, o el que iba a traer el sapo dijo que al final no lo conseguía. La profesora dijo que se podía hacer, la clase, con un hámster. Era lo mismo.
Se juntó dinero entre todos. Se iba a hacer un sorteo pero no hizo falta. El encargado de comprar el hámster iba a ser Carrizo. Dijo que tenía una veterinaria al lado de la casa, iba siempre, lo conocían.
La vida continuaba por los carriles acostumbrados, mi mamá hacía milanesas, mi papá iba al trabajo.
Llegó el jueves, llegó la clase de biología. Carrizo había traído el hámster en una pequeña jaula. El hámster era muy pequeño y exoftálmico, blanco, con una mancha beige sobre el lomo. Carrizo nos dijo que cuando volvía del colegio lo soltaba para que caminara por el living de su casa. Le daba lechuga y pedacitos de manzana.
Faltó la profesora. Nos dijeron que se había sentido mal un familiar, de la profesora, su hermana. Las cosas se corrieron una semana.
Al lunes siguiente Carrizo nos dijo que había estado pensando y no iba a entregar el hámster, que ya se llamaba Felipe. Dijo que se había encariñado y se quería quedar con el animal, sus padres le habían dado permiso. Alguien le hizo una broma sobre lo difícil que iba a ser pasearlo con correa, y otro preguntó qué pasaba con la plata que habíamos juntado. Carrizo dijo que no tenía inconvenientes en devolver el dinero para que compráramos otro hámster, o un sapo. Sonó el timbre, teníamos clase de educación física, nos olvidamos.
Llegó el jueves. Carrizo trajo el hámster. Nos volvió a contar que le iba a decir a la profesora que se iba a quedar con Felipe. Sí, claro, no pasa nada.
Vino el recreo antes de la clase de biología. Nos miramos con Martín, ni lo pensamos. Lo sacamos, a Carrizo, con cualquier pretexto. Le dijimos que viniera con nosotros, que estaban repartiendo alfajores en la puerta del colegio, que había chocado un auto, que estaba la policía, y una ambulancia.
Mientras tanto, Horacio llevó el hámster y se lo dio a la profesora de biología que nos esperaba en el laboratorio. Fuimos para el laboratorio, Martín y yo, uno a cada lado de Carrizo. En el centro de la sala, sobre una plancha de madera, estaba el hámster, Felipe. Crucificado, abierto, como se vería quizás en esa escena de la película ‘el silencio de los inocentes’ pero no todavía, porque la película no se había filmado. El hámster colgaba, cómo decirlo, con los brazos en alto, clavado a una madera. Abierto justo a la mitad, de longitudinal manera. La piel del estómago desplegada hacia los costados, clavada con chinches sobre la madera a ambos lados del cuerpo. Para que se pudieran ver bien los órganos, las vísceras.
El asunto es que se desmayó, Carrizo. Antes de alcanzar a comprender la trampa. Cayó al piso, se vino abajo. Cuando volvió en sí, cuando despertó, quedó tartamudo. Para siempre, le costaba hablar, intentaba pronunciar una palabra y se le saltaban las lágrimas.
Al poco tiempo los padres lo cambiaron de colegio, nunca volvimos a saber de él. Cuando fuimos interrogados por el preceptor y luego por autoridades de mayor rango en el colegio, los alumnos declaramos que no entendíamos qué podía haber pasado. Carrizo había estado ese día de lo más normal. Debió haber tenido un ataque, algo de lo más raro.
Siempre recuerdo esa bellísima anécdota como algo que me transformó, a mí, de algún modo en adulto. Te diría incluso más que coger. Una experiencia, la que te conté, que mostraba el mundo que se abriría en breve antes nuestros azorados ojos. Todo aquello de lo que seríamos capaces.

6.11.16

Por extraño que parezca


Cuando el doctor te dice que bueno, no le gusta mucho lo que ve en el análisis, lo mejor sería repetirlo.
​Cuando el avión de pronto se mueve en el aire y por un instante, quizás un poco más que un instante, dos instantes, deja de oírse el ruido que se oía y pareciera que la máquina se ha quedado sin fuerza, que se ha roto de algún modo el elástico que nos sostenía hecho de aire.
​Cuando ella te cita en un bar para decirte que lo estuvo pensando, que necesita tiempo, que no sabe qué le pasa.
​En momentos como esos se abre una ínfima grieta y todo el decorado de tu ser se desarma como si fuera un castillo hecho de mermelada y hojaldre. Y es ahí, justo ahí, apenas ahí, donde podés volverte una persona interesante.

30.10.16

Otro plano


Estaba esperando que asomara mi valija por la cinta transportadora, siempre es un momento molesto. Porque ya llegaste, volviste, te bancaste el viaje en avión donde, básicamente, tenés que ver cómo hacés para quedarte quieto. Y aterrizaste, y te falta migraciones, y el taxi desde Ezeiza, para poder sacarte los zapatos de una buena vez, darte una ducha, ver si te duele más una rodilla o la cintura.
O sea, mientras esperás la valija que no aparece, llegaste pero no llegaste. Viajo por las provincias, y a veces por Latinoamérica, doy charlas, vendo algo, algún producto, algún servicio, mi vida hace años que se volvió poco entretenida. Crecer es aceptar que sos lo que podés, vivir con eso, olvidarte lo que querías ser cuando eras chico y no morirte de pena mientras tanto. Digamos que la felicidad es logros / aspiraciones, y yo te diría que te concentres en achicar el denominador tanto como sea posible. Pero si te querés pasar la vida intentando agrandar el numerador, suerte con eso.
Y la valija que no aparece, la gente se impacienta. Es un fastidio.
–Señor –me habla uno, pero son dos. Por los modos, por los cortes de pelo al rape, por los lentes Rayban imitación con vidrios verdes, es claro que son policías de civil.
–Sí –digo.
–Acompáñenos, por favor –el hombre, para que entienda que lo que me está diciendo no es una solicitud sino una orden, me toma de un brazo. Estoy por resistirme y me señala, con el mentón. A escasos diez metros me esperan otros dos hombres, de uniforme. Avanzamos hacia ellos, quiero decir, me llevan. Voy.
Me llevan a un cuarto, pequeño, hermético.
–Vengo de Mendoza –digo–. Tengo que buscar la valija.
En el cuarto, entramos. Quedan los uniformados afuera. No hay ventanas, cuesta respirar.
–Esta es su valija, ¿no? –Me habla, ahora, el otro hombre, el que todavía no me había dirigido la palabra. Más delgado, de jeans, se abre el cierre de la campera. Se ve que va armado, quiere que se vea.
Miro la valija que está sobre la mesa, cerrada. Reconozco la cinta verde que le puse, y la marca, y el tamaño. Es mi valija, no hay dudas.
–Sí, pero –digo.
El hombre abre la valija. Me pregunta la combinación del candadito, para no tener que romperlo. Levantan la tapa.
–Qué me dice –el hombre, los dos hombres me miran.
En la valija hay cuatro, no, cinco bolsas con cocaína, probablemente de un kilogramo cada una. También hay dinero, fajos de dólares, no sé, cien mil dólares, quizás más. Y una pistola, una Glock .40 nuevita. Además de todo eso reconozco algo de mi ropa, un par de camisas que me regaló mi hermana, un par de zapatillas, la corbata que usé para dar la charla, medias.
–Le repito la pregunta –el hombre se quita los lentes y los guarda en el bolsillo superior de su camisa–. Es su valija, ¿no? ¿Qué tiene para decir de todo esto?
Y entonces me doy cuenta. Tuve un sueño, en el avión. Soñé que era un asesino a sueldo, que viajaba por el mundo matando gente por encargo, en mi último trabajo me pagaron con cocaína mexicana, tuve que matar a un narco rival, también estuve cogiendo con dos fantásticas prostitutas, en Tijuana, una en particular, Carmen, de ojos verdes y tetitas puntiagudas.
Es evidente que la valija quedó enganchada de algún modo, salió de mi sueño y apareció en la realidad, donde soy un consultor financiero que da charlas, que vive con Adriana y su pequeña hija. Vengo de Mendoza, tengo un perro que se llama Max.
Pero si les digo que la valija salió de mi sueño, de lo que venía soñando, estoy seguro que no me van a creer.

24.10.16

Pedacitos de uñas en un frasco


Tenés que cortarte las uñas, una vez por semana. De las manos, sí, y si podés de los pies, si te crecen, también.
Vas y te cortás las uñas, una vez por semana. Y guardás las uñas, los pedacitos de uñas, en un frasco.
Puede ser en un frasco de mermelada, sin mermelada por supuesto, y lavado, el frasco, previamente. Conviene que sea un frasco más grande. Conviene que vayas a la fiambrería más cercana y le pidas, al fiambrero, un frasco de esos donde vienen tres o cinco kilos de aceitunas. El frasco, sin las aceitunas, o con las aceitunas también. Las aceitunas son riquísimas.
Hacés eso, entonces. Te cortás las uñas una vez por semana, y guardás los pedacitos de uñas en el frasco.
Y dejás pasar veinte años. Podés seguir con tu vida desde ya, seguís haciendo lo que estás haciendo. El procedimiento descripto no altera ningún otro campo de lo que podríamos denominar, porque de alguna manera hay que denominarlo, ‘tu vida’.
Pasan veinte años, con la indolencia que suelen tener esas cuestiones.
Y vas y mirás, veinte años después, el frasco.
Te vas a dar cuenta que lo que hiciste no tiene mayor sentido. No sirve, en verdad, de gran cosa. No significa nada.
Lo mismo podría aplicarse, pasados los mismos veinte años, a cualquier otra cosa que hayas hecho. Tu matrimonio, tu trabajo, los entrenamientos de fútbol o las maratones, los cursos de teatro, de fotografía.
Tenés que entender que pasado el suficiente tiempo todo se va a la mismísima mierda. Nada, eso.

18.10.16

Hay que ser agradecido


Hay un par de zapatos con el que cojo siempre. No, no es que me cojo a un zapato en particular, aunque alguna vez durante la adolescencia probé la cuestión. Me cogí un almohadón también, y un florero de cuello alto relleno de carne picada (*homenaje al viejo Buk). Estaba desesperado, quería coger más que nada en este mundo.
Lo que quise decir es que el par de zapatos, ese par de zapatos, me trae suerte. Podría ser psicológico, pero no lo es. Son los zapatos, lo tengo estudiado.
Me pongo esos zapatos y las mujeres me miran. Las chicas me sonríen. Entro a un local a comprar algo, cualquier cosa, y la vendedora me muestra su mejor predisposición. Si le pido el teléfono para invitarla a salir me lo da, se ríe de mis chistes. Y si entro al mismo local al día siguiente o una semana antes pero me cambié los zapatos, bueno. La vendedora me detesta, ni me lleva el apunte. Podríamos decir que cuando me pongo esos zapatos el mundo se vuelve muchísimo más amable.
Vino mi primo Alan, vive en Pergamino. Se enfermó su madre, Frida, que también es mi tía. La tenían que operar, quitarle un tumor, estaba internada. La cosa no pintaba nada bien. Le dije que se podía quedar, a Alan, era una semana, dos como mucho. Para que pudiera salir a respirar fuera del sanatorio. O si quería venir a bañarse o a dormir un poco durante el día. Le di una llave, le dije que yo por lo general volvía tarde. Le puse un colchón en el cuarto donde tenía la computadora.
Nos vimos muy poco, porque Alan se quedaba por las noches a cuidar a su madre. Desayunamos juntos un par de veces, tenía veintipico de años y estudiaba arquitectura. Era amable y callado, un buen pibe.
La cosa salió mucho mejor de lo que se esperaba, la operación salió bien. La biopsia arrojó resultados alentadores. Pasé a buscarlos por el sanatorio el viernes, les dije que se podían quedar en casa sin problemas. El domingo los llevaba a la estación, se volvían.
El sábado caí al departamento para la hora de la cena. Frida estaba de un espléndido humor, cocinando. Alan veía un partido de fútbol de la liga europea.
Nos sentamos a cenar. Frida era una extraordinaria cocinera, había preparado pastel de papas. Abrí un vino.
–Te quiero agradecer tanto la ayuda que nos diste –me abrazó, Frida, emocionada–. Contale, Alan.
–Sí –dijo Alan –. Vimos que la máquina de café no te andaba. Te compramos una nueva.
Era verdad. Donde solía estar mi vieja máquina de café había una nueva, flamante.
–Pero –dije–. No se hubieran molestado.
–¡Cómo que no! –Levantó su copa, Frida–. Brindemos. Con todo lo que hiciste por Alan.
–Es verdad, es verdad –dijo Alan.
–No hay nada que agradecer, che –le di una palmada en el hombro–. Nos vemos poco, pero sos mi primo.
–Contale, contale –dijo Frida, feliz.
–Qué –dije.
–Sí –dijo Alan–. Esta tarde vimos en tu armario, la ropa que usás. Siempre con esa camperita corta, y esos zapatos.
–Mostrale –dijo Frida–. Mostrale.
Me habían reemplazado mi campera corta por una igual, y me habían comprado unos zapatos, otros zapatos. Parecidos, nuevos.
–¿Y los viejos? –Pregunté.
–Fuimos a la iglesia a agradecer –dijo Frida–. Y donamos la ropa. Pero los zapatos que te compramos son el mismo número, te tienen que ir bien. Igual se pueden cambiar.
Me puse a llorar, supe que mi vida sexual había terminado, el mundo jamás volvería a mostrarme ni una pizca de cortesía. Frida me dijo que yo siempre había sido un buen chico, con una gran sensibilidad. Era normal que me emocionara.

12.10.16

Una clase de Emilio


Tenía que ver a un cliente que había dicho que pasara, justamente a verlo, a las nueve de la mañana. El tipo era doctor y me pidió si lo podía pasar a ver por el consultorio antes que empezara a atender. El asunto fue que cuando llegué al consultorio le había caído un paciente medio desesperado, y el doctor, el cliente de la boludez que fuera que yo estaba vendiendo, me pidió que volviera en una hora. Le dije claro, cómo no, cuando en realidad lo que quería decirle era que me había hecho ir a verlo al absoluto pedo. Le dije que sí.
El consultorio estaba a media cuadra de Cabildo y Juramento. Se me ocurrió ir a tomar una café a la Zurich.
Me pasa, me pasa mucho, recordar determinados atributos de un lugar, de alguna vez que estuve. Y luego, al volver, no lo encuentro, el atributo, la cualidad. Así que no tengo más remedio que pensar que quizás el lugar sigue siendo, más o menos, el mismo de siempre. Y el que ha perdido la magia, la gracia, seguro que fui yo. Me pasa con las personas, también.
Café y medialuna de grasa (si pedís un cortado es con medialuna de manteca, no me preguntes todo, es como yo te digo). Me puse a ordenar algunos papeles, hice un par de llamadas telefónicas. Me puse a mirar un poco por la ventana.
–No, Emilio, los chicos querían las zapatillas, los chicos habían soñado con esas zapatillas, con ese fantástico momento, para eso hicimos el viaje. Y vos no cooperaste en nada, se te notaba la cara de culo. Se te notaba que te querías ir.
Miré. A dos mesas de distancia. Una mujer de unos cincuenta años o más, vestida con una blusa abotonada hasta arriba, esas blusas con cuellito con bordado que ya no se ven. El pelo hasta los hombros. Sentado frente a ella un hombre, semicalvo, con pancita, ojeroso. Escuchando, negando con la cabeza pero apenas, sin llegar a elaborar una respuesta. Ella seguía.
–Siempre lo mismo, Emilio. Me decís que vas a cambiar, pero no cambiás. Tengo que estar en todo yo, porque vos no acompañás en nada. Tenés actitudes que muestran lo insensible que sos, lo mala persona que sos.
Seguía, la mujer. El tono chillón, lo miraba pero no lo miraba, sostenía su taza de té con las dos manos y miraba algún punto por encima de la cabeza de Emilio. Sin dejar de quejarse por su mala suerte, por haberlo conocido, por ser, Emilio, la fuente de todas sus desgracias.
El tipo, balbuceando apenas, aceptaba, tomaba un sorbo de café y concedía. Mientras todo el bar no podía dejar de escuchar cómo la mujer lo retaba, lo pasaba por encima con su camión hecho de quejas, humillándolo por completo. La escena te hacía doler la vista porque el tipo parecía retroceder, intentar pegarse al respaldo de la silla.
Al rato me fui. Vi al doctor que me despachó en quince minutos, me dijo que no estaba seguro, que lo iba a pensar. Nada.
Caminé unas cuadras por Cabildo, juntando fuerzas antes de meterme en el subte para volver al centro. Me paré en una casa de deportes a ver unas zapatillas carísimas, yo lo único que quería era dar una vuelta por el parque Centenario caminando, sentir que podía caminar todavía y que si podía caminar eso tenía que significar que estaba vivo. Y entonces lo vi, a Emilio, fumando en la puerta de un local de ropa. Apesadumbrado, angustiado, triste. No pude resistir la tentación.
–Disculpe –dije–. Emilio.
–Eh –me miró.
–Lo vi en el bar –dije–. En la Zurich.
–Ah, sí.
–Mire, la verdad que no entiendo. Su mujer le estaba diciendo las peores cosas, así, delante de todo el mundo. Y usted, como un boxeador que baja la guardia y se dedica a recibir todos los golpes. No sé, viejo, aunque estén los hijos, o aunque alguna vez la haya querido, nada justifica su actitud. La suya, digo. Usted ofende al sexo masculino, se lo tengo que decir. La escena que me hizo presenciar me enfermó la sangre. Pegue un grito aunque sea, o pruebe enojarse la próxima vez. Siempre queda el recurso de escapar, pero no se deje humillar así. Casi me paro yo y la puteo a su señora. No se puede ser tan cobarde.
–No es mi señora –dijo.
–Bueno, su novia, o su ex. ¡Me importa tres carajos, Emilio! ¡Tenía que defenderse!
–No me llamo Emilio, flaco.
–¿Eh?
–Soy un actor –prendió otro cigarrillo, sonrió–. Me contratan.
–No entiendo.
–Soy actor, forro. La vieja es viuda y necesita discutir, putear a alguien. Me cita en un bar distinto una vez por semana. Me dice las peores cosas, son cuarenta minutos. Gano buena guita, ¿vos de qué laburás?

6.10.16

Ponerlo en palabras es darle vida


Tuve que ir, me lo pidió un amigo. Mi vida social se terminó más o menos a los once años. Pero mi amigo cumplía años y estaba contento. Se había mudado, me invitó a un asado en su casa nueva.
Y yo le expliqué como me salía, como pude, que estar con gente nunca fue lo mío. Pero mi amigo era mi amigo hacía muchísimo tiempo y ya lo sabía.
–Es un asado, Juan –me dijo–. Comés algo rico, tomás un poco de vino, cuando querés te vas.
Llegó el domingo, se hizo el asado. Había armado una mesa grande, como para veinte personas. Mi amigo iba y venía de la parrilla, feliz. Su hijo de siete o nueve años se mojaba los pies en la pileta. El perro miraba a todos, suplicante, como diciendo ‘loco, no me dejen afuera’. Un capo, el perro, un perro atorrante y bigotudo que se llamaba Felipe. Le gustaba el helado y la provoleta, a Felipe. Le gustaba rascarse la espalda contra el pasto.
Me senté cerca de una punta, tratando de pasar desapercibido. Me sirvieron salchicha parrillera, me sirvieron un vino más o menos decente, me daba el solcito en la cara. Peores cosas me habían sucedido.
Hablaba, la gente. Varias parejas, una prima soltera, amigos. Hablaban y al hablar era fácil notar de qué estaban orgullosos, aquello que consideraban el centro, el eje alrededor del cual transcurría lo que podríamos denominar, la rueda de sus vidas.
Una mujer hablaba de sus hijos, sus hijos habían hecho algo, habían cagado o escupido, habían aprendido a decir ‘mamá’ o ‘teta’. Otra mujer, más bonita por cierto y evidentemente harta de su marido al punto de no poder evitar hacer una mueca de crispación cada vez que su marido le dirigía la palabra, hablaba de caballos. Lo más importante del mundo era, al parecer, montar a caballo, si el caballo debía comer tal o cual cosa, si el caballo debía ser cepillado antes o después de bañarlo, qué significaba si al caballo le picaba el culo, y así. Un tipo hablaba de fútbol, acababa de volver del Mundial de Brasil. Explicaba las diferencias ideológicas entre Menotti y Bilardo, si Batistuta y Crespo hubieran podido jugar juntos, las diferencias de carácter entre Maradona y Messi debido a si de chiquitos les habían dado mate cocido o café con leche. Ver un partido del mundial te cambia la vida, dijo.
–Che, Juan –me dijo la mujer de mi amigo–. Qué pasa que estás tan callado.
–Una de las ventajas de fracasar, y de saber que fracasaste –dije–, es que no tenés mucho para contar. El fracaso brilla.

30.9.16

El sentido de la vida


El 97% de la gente durante el 98% del tiempo están preocupados. Por el dinero. Buscando dinero, tratando de conseguir dinero, soñando, claro, con dinero, o lo que harían ni bien puedan soltar todas las boludeces que están haciendo, lo que equivale a decir ni bien tengan dinero.
Esa es la pulsión que los mueve, la luz que los guía. El dínamo, el motor, lo sepan o no, funcionan a eso. Lo mismo da si te nombraron Gerente Intercontinental de la empresa Garomp Inc., o si sos un mugriento raggamuffin que toca la pandereta en Diagonal y Florida.
Hasta que. De pronto y cada tanto, sucede. Alguien consigue lo que buscó, dinero. Alguien puede finalmente dejar de hacer todo lo que tuvo que hacer. Y cambiar de vida. Entrar, de cabeza, en el territorio de los anhelos. Santa Madre de Deus y la Virgen que llora lágrimas de Aperol, there is here.
Es entonces cuando la persona en cuestión enloquece. Descubre que su vida no tiene mayor sentido, desarrolla el apetito por las bebidas saborizadas y los niños pequeños. Se ponen a sacar fotografías de un plato de pollo a la portuguesa y juegan al candy crush mientras defecan, concurren a la India para hacer algún curso de respiración o compran motocicletas antiguas que no saben muy bien cómo utilizar, tratan de descifrar para qué corneta fueron puestos sobre la faz de la tierra. No desean envejecer, mucho menos morir. Se entristecen, se angustian, se deprimen. Se aterran.
Cualquier salamín puede pasarse treinta años en una oficina o detrás de un mostrador comprando y vendiendo alguna boludez. Incluso un pelotudo promedio no tendrá mayores dificultades en sostener un matrimonio por diez o quince años. Ahora, para no hacer nada de nada tenés que ser un sujeto especial. No hacer un pomo con tu vida no es para cualquiera.

*no acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste de la tristeza y el tedio (Jorge Luis Borges, fragmentos de un evangelio apócrifo).

24.9.16

Vaso de agua


Cuando se acabe el azúcar olvidarás lo dulce, te puede asustar un poco. Aquellas causas por las que hubieras estado dispuesto a matar hoy ya no existen, aniquiladas por un rayo láser hecho de opaca indiferencia. Amores derrumbados y la celulitis devorándolo todo como en aquella película, no me acuerdo si se llamaba ‘la mancha voraz’, o ‘la cosa’.
Habrá un momento en que lo único que te interesará será poder llegar a la cocina y tomar un vaso de agua. Lo que existe desea seguir, es parte de su intrínseca naturaleza, aunque revises los bolsillos de un desteñido gabán buscando motivos.
No es que el observador modifique lo observado, el observador es lo observado. Si no hay observador, quién queda para preguntar si aquello que estaba ya no está, si aquello que existía ya no existe.
Los poemas que escribí donde apreté mi corazón como un pomelo descansan en un cajón de un olvidado departamento donde creí que el amor era posible. Pasto de polillas.
Estamos hechos de instante, de fugacidad, de parpadeo. Todo el esfuerzo derramado sobre el asfalto indiferente ¿Adónde van las fotos de aquellos que han muerto?
Cuando se acabe el azúcar olvidarás lo dulce.

18.9.16

Podés llamarlo olfato


De un tiempo a esta parte hago lo siguiente.
Cuando consigo una mujer, una chica, un mamífero mediano del sexo femenino, para coger. Cuando estamos en una habitación, en su casa o en la mía o donde quiera que nos haya llevado el encuentro, podríamos decir la vida. Cuando ya la desvestí y ella está en la cama, boca arriba, las piernas entreabiertas, o en cuatro patas, existencialmente predispuesta para recibir, o parada contra una puerta, o echada en un sillón.
Lo primero que hago es meterle la nariz en la concha. No, no la lengua, no entendés, qué te pasa, la nariz. Y doy dos o tres respiraciones profundas. Le respiro, técnicamente, adentro de la concha.
Y entonces le digo.
–Bueno, tenés un chiquito que se llama Santiago y tiene un leve retardo, algo ínfimo que no le va a impedir, de ningún modo, desarrollarse en el camino de la vida. Tenés miedo por él, es normal. Pero va a terminar la primaria, y va a hacer la secundaria también. Después va a conseguir trabajo en un negocio de venta de artículos de limpieza de algún familiar tuyo, sí, de tu primo. Y no, no va a ser premio nobel de nada, pero qué importa eso. La vida no se trata de eso, lo importante es tomar un vaso de vino, meter las patitas en el mar, ser feliz.
O sino digo.
–Sí, tu tío abusaba de vos desde que tenías nueve años, por suerte fue sin penetración. Pero te manoseaba y te hacía tocársela y vos estás segura que tu mamá lo sabía. Lo sabía y no dijo nunca nada, tan sumisa ella. Eso te dejó un profundo rechazo hacia los hombres, un existencial asco que te impidió tener pareja durante la adolescencia. Pero ya ves, con terapia se sale, te hizo muy bien la homeopatía y el reiki también. Todavía estás a tiempo de casarte, querés tener hijos. Y un perro, un bull dog francés, que se va a llamar ‘Huguito’.
Podría seguir, con los ejemplos. Con lo que digo.
Y ellas quedan absolutamente shockeadas, al borde del más puro estupor. Me preguntan si soy psíquico, si tengo poderes. Porque así como veo el pasado entonces también es posible que sea capaz de ver el futuro, y ellas quieren saber.
Y yo no quiero hablar mucho del tema pero ellas insisten. Son pura curiosidad.
–Bueno, sí –digo–. Lo que te puedo decir sobre el futuro es que vamos a coger tres o cuatro veces y después me voy a hinchar las bolas, me vas a aburrir. Yo esto ya lo viví.

12.9.16

Caramelos


Esto es algo que tenés que saber, esto es importante. En el mundo existen dos tipos de personas.
Todos hemos comprado caramelos alguna vez, en un kiosco. Puede ser en un aeropuerto, esperando un avión, puede ser antes de subirte a un colectivo, o después. Puede ser porque necesitabas cambio para pagar otra cosa, o porque te gustan los caramelos desde ya, también.
Están las personas que compran caramelos cuadrados, y están las personas que compran caramelos redondos. Y eso, qué tipo de caramelos compran o comprarían llegado el caso, es lo que cambia todo. Lo que los define en su precario paso por la tierra, su concepción del universo.
Por ejemplo, una mujer que elige caramelos cuadrados chupa mejor la pija que una mujer que elige caramelos redondos, pero una mujer que elige caramelos redondos tiene mejor predisposición para dejarse romper el orto que una mujer que elige caramelos cuadrados.
Por ejemplo, un hombre que elige caramelos redondos tiene inquietudes artísticas, pero un hombre que elige caramelos cuadrados ganará más dinero, alcanzará puestos más altos dentro de una organización.
Por ejemplo, una mujer que elige caramelos redondos sentirá, pasados los treinta años, una permanente compulsión por viajar, por sacar fotos, una mujer que elige caramelos cuadrados estará, en similares condiciones de presión y temperatura, más propensa a deprimirse.
Por ejemplo, un hombre que elige caramelos redondos sentirá de grande la curiosa necesidad de comprarse una motocicleta de alta cilindrada, un hombre que elige caramelos cuadrados se dará cuenta mucho antes de los cincuenta años que la vida no tiene mayor sentido, puede que empiece a ir a bailar tango a los clubes de Palermo.
Podría seguir, claro que podría seguir, pero no hace falta seguir.
Lo importante, lo que tenés que saber, es que hay personas que eligen comprar caramelos cuadrados, y personas que eligen comprar caramelos redondos. Y eso lo cambia todo.

6.9.16

Son situaciones


Tenía que hacer un trámite en el centro. Mi madre había vendido un departamento para mudarse a uno más barato, más chico, la vida suele ser un asco, envejecer y todo eso. Y sin guita ni te cuento.
El asunto es que habían hecho algo mal, en la escritura, se habían equivocado con unos datos de la baulera. Un amigo me recomendó un escribano de confianza que me dijo por teléfono que no me preocupara, y que me iba a cobrar poca guita.
Así que fui, hacía un tiempo que había dejado el centro y mi trabajo y tenía pensado no volver, a ninguna de las dos cosas, nunca más en mi vida.
Impresionante torre sobre la calle 25 de mayo. Había que identificarse en un mostrador, te daban una tarjeta plástica para poder pasar un molinete de aluminio. Te sacaban una foto con una camarita digital, faltaba que te manosearan la poronga y te dijeran cuánto hacía que no cogías.
Esperé el ascensor, vino. Entré con dos personas más, un tipo de más de cincuenta años con lentes sin marco y carita de venir cagando gente desde hacía mucho tiempo. Al final era cierto eso que pasados los treinta años tu rostro va reflejando eso que sos, la repugnante alimaña que te habita. Y un muchacho jovencito, veinte años, traje barato y todas las ganas de correr en la carrera de la vida.
–¡Stop! –Eso escuché, así como lo cuento. Trabó el ascensor con una mano cuando las puertas ya habían comenzado a cerrarse. Entró una chica.
–Me asusté –dije–. Pensé que nos estabas diciendo ‘sit’, como a los perros.
No se rió. Venía hablando por teléfono celular, y siguió hablando. Estaba buena, menos de treinta años, pantalones color hueso, camisa negra, cabello a la altura de los hombros y cara de ‘ni te molestes, te quedo lejos’. Tocó el piso 28. Yo iba al 21. Habían tocado el 9 también, y el 12.
Se cerraron las puertas.
Se bajó el pibito primero, el garca con saco príncipe de gales, después. Yo desplegué mi estrategia que se llama ‘mirar al horizonte’. Soy alto, casi un metro noventa. Alcanza con levantar la vista apenas por encima de la línea de los ojos, como si estuvieras mirando algo, el mar. Aunque no estás mirando nada, simplemente decidís no participar de la escena, no estar.
–La puta que lo parió –dijo la chica, se le había cortado la llamada–. Celulares de mierda.
Se notaba que sabía exactamente lo que quería de este mundo, y sabía también cómo conseguirlo.
–No son los celulares –dije, sin mirarla–. Es el país.
Chistó, la chica, hecha una furia. Los celulares que no andaban, los boludos que tenía que cruzarse en el ascensor, el tráfico para llegar al centro. No era eso para lo que se había preparado, y de seguro no era eso lo que se merecía. Llegaría adonde quisiera llegar, conseguiría lo que quisiera conseguir de este mundo. Después, eso pensé, se pondría amarga, se deprimiría. Después, qué importa después, rezaba el tango.
Hubo un ruido fuera de lugar, un metálico aleteo seguido de un prolongado raspón. Ruido como de cadenas, como si cediera un telón desde arriba. Se sacudió el ascensor, y se detuvo. Parpadeó la luz, bajó de intensidad.
–Qué mierda –dijo la chica.
–Sí –dije yo.
Nada, silencio. Tengo claustrofobia, la verdad, y el ascensor, si bien grande, era hermético. Me concentré en respirar.
–¡Qué mierda! –Gritó la chica. Comenzó a tocar todos los botones, la alarma. Dejó un dedo sobre la alarma que sonaba fuerte como el carajo pero parecía sonar más adentro que afuera, mientras daba pataditas contra los laterales de la cabina. Se encendió la luz, se volvió a apagar.
–¡Abran! –gritó– ¡Saquenmé!
Se me ocurrió pensar, en medio del susto, que no había usado el plural. Lo que quería era salir, ella. El resto del universo no importaba gran cosa. Detalles, detalles.
Nos hablaron por el parlante. Nos dijeron que se había cortado la luz en todo el centro y el generador había hecho cortocircuito. Nos dijeron que nos iban a sacar pero necesitaban un poco de tiempo. Nos dijeron que esperáramos.
–¿Qué? –La chica se agarró la cabeza con las dos manos.
–Que esperemos –dije. Intenté mantenerla calma, parecer tranquilo, pero había comenzado a transpirar como un loco–. Tengamos paciencia.
–¡Qué mierda! –Grito la chica– ¡Pelotudos, forros!
Esperamos. La chica intentó hacer un par de llamadas, pero dentro del ascensor no había señal. Yo intenté permanecer con los ojos cerrados y concentrarme en la respiración, pero sentí el aire caliente envolviéndome como una frazada y me empapé. Me sequé la frente con un antebrazo y fue peor, como si le avisara a la piel, como si mandara la orden que era el momento de transpirar más. Mucho más.
Esperamos pero no pasó nada. La chica volvió a tocar la alarma y un par de botones más. Era como viajar en avión, en medio del miedo, no había demasiado para hacer. Te acostumbrás, te entregás.
–No –dijo la chica, se desfiguró un poco, apoyaba la espalda contra la metálica pared del fondo del ascensor. Se apretó el estómago con una mano– ¡No!
–Mirá –le dije, me volví a pasar el antebrazo por la frente–, yo también estoy asustado, pero no podemos hacer nada. Nos van a sacar.
–No entendés –Me dijo la chica, dejó caer su cartera al piso, me miró.
–Sí, yo también estoy…
–¡No entendés, forro! –escupía cuando hablaba–. Necesito cagar.
–¿Eh?
–Me estoy cagando –dijo, no se rió–. A la mañana desayuno yogur, cereales, y fruta. Y voy al baño acá, en la oficina, antes de empezar el día.
–Bueno –dije–. Ya nos deben estar por sacar. Aguantá un poco.
–No –hizo un feo rictus con la cara–. No puedo. No puedo más..
–Bueno –dije otra vez. Hice una pausa, pensé. No se me ocurrió nada, tal suele ser mi costumbre–. Cagá.
Vi que no podía más, pero tampoco sabía qué posición adoptar, cómo hacer. Se levantó la pollera, ahora transpiraba ella también.
–Ponete en cuclillas –dije–, yo te tengo las manos.
Se puso en cuclillas, cerró los ojos, muerta de vergüenza. La sostuve mientras cagaba.
Cagó nomás, un par de bolitas negras y pestilentes. El olor era realmente repugnante, como si a pesar de su maravilloso cuerpo de algún modo estuviera podrida por dentro.
–Qué espanto –dijo, sin animarse a abrir los ojos, parafraseando quizás a su manera al Colonel Kurtz (the horror..). Se puso de pie, se subió la bombacha, se bajó la pollera.
Lo terrible era el olor, el olor a mierda pura inundándonos como una maldición bíblica, como una mancha que no se iba a ir nunca más.
Entonces el ascensor se empezó a mover. Subió, tres pisos primero, y empezó a bajar. Me miró, aterrada. Se agarraba la cabeza con las manos, cómo escapar de lo que se venía.
–No pasa nada –dije–. Quedate tranquila.
Tenía, además de un par de carpetas, un diario doblado. Agarré con dos dedos las bolitas de mierda y las coloqué dentro del diario. Llegamos a planta baja, se abrieron las puertas. Había más gente abajo, esperando, preguntando si había vuelto la luz, si se podía subir por las escaleras, si había sido un atentado.
Salimos apurados, ella llegó a la calle y cruzó casi sin mirar, sin darse vuelta para saludarme. Me quedé en la puerta del edificio, prendí un cigarrillo. Dejé el diario arriba del capó de un auto. Me olvidé del escribano, me entraron ganas de desayunar en un bar cualquiera, café con leche, medialunas. Mirar por la ventana, la gente yendo de acá para allá.

30.8.16

Tan lejos del Tíbet


Tenés que tener cien dólares, para entender lo que tenés que entender, para poder hacer el experimento, hacen falta cien dólares. Así que tenés que tener cien dólares y estar dispuesto a gastarlos. Si no tenés cien dólares no sé, podés pedirlos prestados a un familiar, a un amigo. También podés robarlos. Si no tenés los cien dólares no se puede, quizás todavía no estés preparado, el conocimiento, como tantas otras cosas, exige un proceso madurativo, así podríamos denominarlo.
Tenés los cien dólares, entonces. Vas a una vinería, una casa donde venden, específicamente, alcohol. Hay dos o tres cadenas muy conocidas, tienen varios locales en todos los barrios de la ciudad. Están en los shoppings, también. Aunque sería conveniente que elijas un local a la calle.
Vas, más o menos bien vestido, entrás al local. Y pedís asesoramiento, siempre hay algún empleado que esté algo hinchado las pelotas pero más o menos bien predispuesto. Decís que querés un vino, y decís -esto es importante- el monto de dinero que pensás gastar. Es una suma de dinero importante para un vino, eso va a predisponer al vendedor aún más, de inmediato. Va a sonreír, el vendedor, se va a esmerar.
Luego de explicarte tal o cual atributo de la sugerencia, va a elegir el vino, el vendedor, vos decís ‘sí’, o ‘bueno’. Decís que estás de acuerdo.
Aquí se abren dos posibilidades. Podés pedirle, al vendedor, que ya te ha cobrado y se prepara para poner la botella en una simpática y a la vez resistente bolsa de papel, que lo abra. El vino, sí, claro. Se va a sorprender un poco, es inusual. Puede pensar que tenés un brindis en la oficina y no tienen sacacorchos, alguien cumple años, un ascenso, algo para festejar. Querés abrir el vino entonces, y volverlo a tapar. Es raro para un vino de semejante calidad.
También podés comprar el sacacorchos y abrir el vino vos.
Lo importante es abrir el vino, queda claro.
Entonces sostenés la botella como si estuvieras leyendo algo de la etiqueta. Das unos pocos pasos y salís, con el vino en la mano, del local.
Ahora sí, sin dudarlo ni por un instante, levantás el vino bien alto y das vuelta la botella. Dejás caer el líquido, te vaciás la botella, su totalidad, en la cabeza.El proceso puede demorar cinco segundos, en ningún caso más de nueve.
Eso es lo que hacés.
Te van a estar mirando un par de curiosos que pasaban justo por la calle, alguien puede intentar sacarte una foto con su telefonito celular de última generación que aún no ha terminado de pagar. El vendedor va a salir del local, asustado y confundido a la vez.
–¿Pero qué hacés? –te va a decir, con cierto temor a acercarse demasiado– ¿Te pasa algo?
Pero vos no decís nada. Lo importante es entender que todas las cosas se terminan. Lo bueno se acaba y nada más.

*hace no mucho escribí un texto parecido, la imagen, con una botella de gaseosa. ya sé, sí, te dije que ya sé. puede ser que haya quienes se repiten, eso le pasa otra gente. en mi caso, bueno, no puedo parar de mejorar.

24.8.16

Con vos es distinto


​Desayunábamos. Yo miraba por la ventana, ella escribía algo en su teléfono.
​–Siempre me subestimaron –dijo–. Cuando le dije a mis padres que me iba de viaje, que tenía la intención de recorrer Europa, de conocer el mundo. Mi padre me dijo que me buscara a alguien, cualquiera, si era un tipo grande mejor. Así tenía alguien que me mantuviera, para no morirme de hambre. Que tuviera un hijo. Cuando le dije a mi madre que quería estudiar, seguir una carrera universitaria, se rió. ‘Qué vas a estudiar vos’, dijo, ‘no te da la cabeza ni para hacer las compras’. Y así fue siempre. Mi primer marido se iba a la cancha y me decía ‘Vos cociná, burra. Si preparás algo rico quizás cuando vuelvo te echo un polvo. No servís para nada’. Mis amigas se anotaban en un curso de cine y no me avisaban. Decían que a mí me gustaban las películas de amor, los dramones. Nada de cine para pensar, no era para mí. En los trabajos, en las entrevistas de trabajo, el que me entrevistaba sonreía y negaba con la cabeza. Un movimiento apenas perceptible. El puesto no era para mí, nunca. Siempre había alguien mejor, más capacitado. Así fue toda mi vida, así fue siempre. Hasta que te conocí a vos. Vos me valorás, me tratás bien. Con vos es distinto Juan, no me siento subestimada.
​–Bueno –dije–, estás conmigo.

18.8.16

Clases de dolor


Mi amigo M. tocó el timbre, era domingo. Debían ser las diez de la mañana. Dijo que pasaba a saludar. Dijo que venía de correr. Me sorprendió un poco la verdad, mi amigo M. era un tipo de dos atados de cigarrillos diarios desde la adolescencia. Le gustaba la pizza, le gustaba el vino. Le gustaban las dos o tres cosas que le gustaban desde siempre y que lo hacían sentir bien.
–Mirá –me dijo, mientras le servía un café–. Correr es una experiencia repugnante. Cuando corro me duelen las plantas de los pies, no te olvides que yo tengo pies planos y que jamás usé plantillas. Por lo tanto, me duelen las plantas de los pies a cada paso que doy. Pero es mucho peor después. Al día siguiente, cuando tengo que bajar de la cama, es como si me hubieran estado martillando los talones, la sensación tan horrible de saber que para caminar, para llegar hasta el baño a hacer pis voy a tener que avanzar, y que cada paso que dé va a ser peor.
–Y me duelen los tobillos –dijo–. Yo tengo esguince crónico de tobillos, así que se me doblan los pies y se me hinchan los tobillos, es un dolor agudo, y la inflamación no se te va más. Me duelen las rodillas, desde ya. No te olvides que yo tengo sobrepeso por decirlo de una manera amable, las rodillas crujen y es casi una imposibilidad material, como si las rodillas estuvieran a punto de romperse ante la carga que deben soportar. Las rodillas parecen mirarme y decir ‘¿por qué nos hacés esto?’.
–Y se me jode todo el sistema –M. me pidió más agua–. Porque me agito mal, no sé, debo pasar las trescientas pulsaciones por minuto. En determinado momento ya no me late el corazón, me laten todos los órganos. Intento respirar pero es como si no me entrara el aire, o como si el aire no fuera suficiente. Quedo al borde de la extenuación, del desfallecimiento.
–Y decime entones –me senté en el sillón– ¿Para qué corrés?
–Es que cuando me pasa todo lo que te conté –dijo M.–, mientras me pasa todo eso, no puedo pensar.

12.8.16

Paréntesis creyente


Vi a Dios en los ojos de un bebé que miraba todo sin un solo concepto, la más pura presencia sin palabras.
Vi a Dios en una vagina apenas entreabierta, a la espera de aquello que la completa.
Vi a Dios en un plato de vermicelli tuco y pesto en el Pippo de la calle Montevideo, entre el queso rallado si sabías mirar, estaba el significado de la vida.
Vi a Dios a través de un vaso de whisky Johnnie Walker etiqueta verde y Dios era dulce y amargo a la vez y te daba una palmada sobre el hombro y te decía que todo iba a estar bien.
Vi a Dios en un perro que saltaba de la más pura alegría de verte y casi te hablaba con todo su perruno ser para decirte que estaba contento, sí, de verte a vos. A vos que jugabas a meterle la mano en la boca y tironearle de los dientes y por un momento él sabía, vos sabías también, que lo que estaban haciendo era la cosa más divertida del mundo.
Vi a Dios en el mar.
Vi a Dios en la pizza y en el café con leche y en la cerveza y en el vino y la vez que te abracé, que nos dimos ese beso. La vez que caminamos por la calle de la mano y la lluvia nos hacía compañía.
Así que es como dicen nomás, Dios está en todas las cosas.

6.8.16

Momento a momento, día a día


–Se ve que estaba fundido –dije, me paré bajo el umbral de la puerta de la cocina–. ¿Hace cuánto que estaba sonando el despertador?
Moni ya se había bañado, estaba en bombacha y remera, calentaba el café. Ni me miró. A la mañana estaba de mal humor, pero se le iba a lo largo del día. Como si a la mañana, los primeros cuarenta o cincuenta minutos de estar despierta, se le viniera encima todo lo que iba a tener que hacer hasta la noche. No le gustaba mucho su trabajo, pero a quién le gusta su trabajo. Quizás tampoco le gustaba mucho su cotidianeidad, por decirlo de algún modo, su vida.
Para la mujer tener hijos es un imperativo categórico, no importa las argumentales pavadas que pueda decir, a favor o en contra, al respecto. Tener un hijo justifica su precario paso por la tierra, además de permitirle tener donde volcar su existencial angustia. Tener un hijo mantiene a la mujer ocupada por quince años mínimo, y después, cuando recupera parte de la conciencia, ya está, ya es vieja. El tema se imponía cada vez más, entre nosotros, en cada pausa, en cada silencio. Qué íbamos a hacer con eso.
–No sabés lo que soñé –dije.
–Qué –dijo. Abrió la heladera, sacó la mermelada.
–Soñé que me perseguía un monstruo, algo horrible. Como si fuera una cucaracha pero gigante, más alto que yo. Y de pie, quiero decir, parado en dos patas. Le veía la panza, de un amarillo pálido con rayas negras, y movía las patas, varias patas como si fueran brazos, patas con dobleces y peludas, que terminaban en una especie de pinzas. Y corría rápido, la cucaracha, me perseguía.
–Bueno –dijo. Me sirvió café, se sentó, con sus galletitas–. Ya está, no es nada.
–No, pará –dije–. Después soñé que me caía, me caía de una torre muy alta, estaba fumando en un balcón y me empujaban. Yo caía, desde un piso cincuenta y siete. Caía y caía mirando el cielo, esperando el impacto que terminaría con mi vida y esa espera, justamente, era el más puro espanto. Una sensación tan angustiante.
–Bueno –dijo Moni. Tomé un sorbo de su té, pintó una galletita con mermelada, masticó–. Es un sueño muy común, la sensación de caída. Dura un par de segundos como mucho, está estudiado.
–Y después soñé algo más –probé el café. Estaba fuerte, estaba bien–. Soñé que me estaba cogiendo a tu amiga, a Miriam. Cogíamos y empezábamos a pensar cómo matarte, con veneno. Para poder seguir juntos, ella y yo. Así que ella tenía una amiga que trabajaba en una farmacia, y conseguía el veneno, para que yo te lo diera durante el desayuno. Estábamos enamorados como chicos, dispuestos a cualquier cosa.
Soltó la taza, Moni, hizo ruido cuando la dejó sobre el plato. Escupió unas miguitas mientras hablaba.
–Los sueños tienen mucho significado, Juan. Lo que me decís es muy grave.