12.10.16

Una clase de Emilio


Tenía que ver a un cliente que había dicho que pasara, justamente a verlo, a las nueve de la mañana. El tipo era doctor y me pidió si lo podía pasar a ver por el consultorio antes que empezara a atender. El asunto fue que cuando llegué al consultorio le había caído un paciente medio desesperado, y el doctor, el cliente de la boludez que fuera que yo estaba vendiendo, me pidió que volviera en una hora. Le dije claro, cómo no, cuando en realidad lo que quería decirle era que me había hecho ir a verlo al absoluto pedo. Le dije que sí.
El consultorio estaba a media cuadra de Cabildo y Juramento. Se me ocurrió ir a tomar una café a la Zurich.
Me pasa, me pasa mucho, recordar determinados atributos de un lugar, de alguna vez que estuve. Y luego, al volver, no lo encuentro, el atributo, la cualidad. Así que no tengo más remedio que pensar que quizás el lugar sigue siendo, más o menos, el mismo de siempre. Y el que ha perdido la magia, la gracia, seguro que fui yo. Me pasa con las personas, también.
Café y medialuna de grasa (si pedís un cortado es con medialuna de manteca, no me preguntes todo, es como yo te digo). Me puse a ordenar algunos papeles, hice un par de llamadas telefónicas. Me puse a mirar un poco por la ventana.
–No, Emilio, los chicos querían las zapatillas, los chicos habían soñado con esas zapatillas, con ese fantástico momento, para eso hicimos el viaje. Y vos no cooperaste en nada, se te notaba la cara de culo. Se te notaba que te querías ir.
Miré. A dos mesas de distancia. Una mujer de unos cincuenta años o más, vestida con una blusa abotonada hasta arriba, esas blusas con cuellito con bordado que ya no se ven. El pelo hasta los hombros. Sentado frente a ella un hombre, semicalvo, con pancita, ojeroso. Escuchando, negando con la cabeza pero apenas, sin llegar a elaborar una respuesta. Ella seguía.
–Siempre lo mismo, Emilio. Me decís que vas a cambiar, pero no cambiás. Tengo que estar en todo yo, porque vos no acompañás en nada. Tenés actitudes que muestran lo insensible que sos, lo mala persona que sos.
Seguía, la mujer. El tono chillón, lo miraba pero no lo miraba, sostenía su taza de té con las dos manos y miraba algún punto por encima de la cabeza de Emilio. Sin dejar de quejarse por su mala suerte, por haberlo conocido, por ser, Emilio, la fuente de todas sus desgracias.
El tipo, balbuceando apenas, aceptaba, tomaba un sorbo de café y concedía. Mientras todo el bar no podía dejar de escuchar cómo la mujer lo retaba, lo pasaba por encima con su camión hecho de quejas, humillándolo por completo. La escena te hacía doler la vista porque el tipo parecía retroceder, intentar pegarse al respaldo de la silla.
Al rato me fui. Vi al doctor que me despachó en quince minutos, me dijo que no estaba seguro, que lo iba a pensar. Nada.
Caminé unas cuadras por Cabildo, juntando fuerzas antes de meterme en el subte para volver al centro. Me paré en una casa de deportes a ver unas zapatillas carísimas, yo lo único que quería era dar una vuelta por el parque Centenario caminando, sentir que podía caminar todavía y que si podía caminar eso tenía que significar que estaba vivo. Y entonces lo vi, a Emilio, fumando en la puerta de un local de ropa. Apesadumbrado, angustiado, triste. No pude resistir la tentación.
–Disculpe –dije–. Emilio.
–Eh –me miró.
–Lo vi en el bar –dije–. En la Zurich.
–Ah, sí.
–Mire, la verdad que no entiendo. Su mujer le estaba diciendo las peores cosas, así, delante de todo el mundo. Y usted, como un boxeador que baja la guardia y se dedica a recibir todos los golpes. No sé, viejo, aunque estén los hijos, o aunque alguna vez la haya querido, nada justifica su actitud. La suya, digo. Usted ofende al sexo masculino, se lo tengo que decir. La escena que me hizo presenciar me enfermó la sangre. Pegue un grito aunque sea, o pruebe enojarse la próxima vez. Siempre queda el recurso de escapar, pero no se deje humillar así. Casi me paro yo y la puteo a su señora. No se puede ser tan cobarde.
–No es mi señora –dijo.
–Bueno, su novia, o su ex. ¡Me importa tres carajos, Emilio! ¡Tenía que defenderse!
–No me llamo Emilio, flaco.
–¿Eh?
–Soy un actor –prendió otro cigarrillo, sonrió–. Me contratan.
–No entiendo.
–Soy actor, forro. La vieja es viuda y necesita discutir, putear a alguien. Me cita en un bar distinto una vez por semana. Me dice las peores cosas, son cuarenta minutos. Gano buena guita, ¿vos de qué laburás?

9 Comments:

At 6:38 p. m., Blogger Bob Harris said...

Muy bueno.
Como dijo Arlt “Hay oficios vagos, remotos, incomprensibles. Trabajos que no se conciben y que, sin embargo, existen y dan honra y provecho a quienes los ejercen” Claro que el hablaba de los talleres de reparaciones de muñecas, y en el caso de su texto seguro que el tipo obtenía provecho, pero honra….
La mujer me hizo recordar todos aquellos infelices que en realidad no les importa una mierda nada mientras tengan un culpable al que romperle las pelotas.
Abrazo

 
At 9:21 a. m., Blogger El Demiurgo de Hurlingham said...

Una respuesta contundente.
Es que debe ser un alivio poder echarle la culpa a alguien. Tal vez por eso tienen tanto éxito las redes sociales, no es necesario pagar a un actor para que haga de un "Emilio".

 
At 3:21 p. m., Blogger Laura B. said...

"Soy, actor, forro" Qué bien. Me gustó mucho ese retorno a lo que forzosamente -por nosotros o por eso mismo, ese lugar, ese objeto- cambió. No sé por qué, pero me hizo acordar al 2015. Al año. A todo el año. Besos van, Juancito

 
At 6:12 p. m., Blogger J. Hundred said...

*bob harris! el día que romper las pelotas sea una disciplina olímpica, conozco gente que, bueno, serán deportistas de elite. lo abrazo.

*el demiurgo de hurlingham! las redes sociales son mucho más redes que sociales. y la gente está muy sola, lo vengo diciendo hace tiempo. lo saludo.

*laura b! el criterio es la alegría. no, ya sé, no tiene nada que ver, pero ando con esa frase y no tenía a quién decírsela. la abrazo como puedo, como me sale.

 
At 3:00 p. m., Anonymous Anónimo said...

Hay una película argentina, que se llama Un novio para mi mujer, cuya trama tiene algunos puntos en común: un tipo harto de su relación contrata a un actor para que seduzca a su mujer. Entonces empieza todo. La mina, que es una conchuda pero genuina, empieza a desaparecer un poco de la escena, todo indica que el plan funcionó. Ella se distancia y bueno, pasa lo inevitable: el tipo se arrepiente, el marido, y el actor se enamora. Sale todo mal para el staff masculino. Ella se va con un pendejo, un compañero de trabajo, o algo así.
En fin, creo profundamente que no es meramente de un acto y listo, hay algo más profundo que hace que todo esto funcione. Los roles. Los roles!
Entonces, se me da que importa poco que te paguen o no. En definitiva, somos todos Emilio.
(La mano que sostiene la cartera es la que domina el mundo)

 
At 1:03 a. m., Blogger Dany said...

por que será que una aspiración de las más genuinas sea "que no me rompan las pelotas". Tan clara y contundente y a pesar de ello tan dificil de conseguir. Como dice Anónimo, en el fondo todos somos Emilio........aunque sería bueno cobrar al menos. Abrazo.

 
At 7:28 p. m., Blogger J. Hundred said...

*anónimo! había una película de terror, de suspenso, de miedo por decirlo de algún modo, que se llamó ‘la mano que mece la cuna’. pero ‘la mano que sostiene la cartera’ es muy superior, qué la duda.

*dany! todos los emilios, el emilio, dijo cortázar. el fuego va y viene, el fuego es lo de menos. lo abrazo.

 
At 10:45 p. m., Anonymous Anónimo said...

Cuando leí todo lo que escribiste pensé: "qué de cosas le pasan a este tipo!". Después me di cuenta de que en realidad hay que estar atenta, levantar la cabeza del plato y mirar.
La maestría de escribirlo es toda tuya.
Muchas gracias por compartirlo.

 
At 8:03 a. m., Blogger J. Hundred said...

*anónimo! usted lo ha dicho, la mayoría de las veces con mirar es suficiente. y me permito agregar, dijo alguna vez el señor carlos alberto garcía moreno, cuando solía ser charly garcía: yo nací para mirar, lo que pocos quieren ver. la saludo.

 

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