No, no tenés que hacer gimnasia, ni tener los abdominales marcados, ni correr siete o diez kilómetros tres veces por semana. No vale la pena, el esfuerzo, no conduce a nada. Te lo digo porque yo fui nadador, en la adolescencia, nadaba como un loco, hacía los cien metros debajo del minuto, bajaba en el verano a la playa con esas mallitas chiquititas, pegadas al cuerpo, y me metía a nadar una hora al mar.
Tampoco es necesario tener un auto caro, para qué carajo te vas a comprar un auto caro. En la ciudad apenas te podés mover. Si querés tener auto para ir a Pinamar o para salir a pasear un domingo está muy bien, claro que está muy bien. Pero el auto, en este tema, no te va a ayudar en nada.
No hace falta que seas culto, no te esfuerces. Yo fui como tres años a estudiar teatro, y leía a Chéjov, leí a Dostoievski también. En una época andaba siempre con un libro de Foucault en la mano, un libro que debo haber tratado de leer como treinta y tres veces, y jamás entendí un pomo. Tampoco hace falta que escuches música clásica, podés seguir leyendo el suplemento deportivo de cualquier periódico, lo mismo da.
Para resumir, si querés tener minas, no tiene nada que ver con eso. No hace falta que hagas taekwondo para defenderlas, ni que seas cantante de una banda de rock, ni que uses trajes Hugo Boss o que tengas casa en Punta del Este. No tiene la más mínima importancia.
Lo que tenés que hacer es lavarte el pelo con algún champú para bebés, eso sí. Porque vos te lavás el pelo con champú para bebés, ponele, una vez por semana. Y algo de ese olorcito tan particular, una fragancia en extremo sutil se te impregna, te va quedando. Y cuando una mina, por cualquier motivo, se te acerca, en un laburo o en la calle o en un bar, en cualquier lado, siente, percibe, algo que no puede definir, ese olor a bebé limpio que viene de cualquier parte y las impacta.
Ante ese olor la mujer, por imperativo categórico, porque está en el código genético, porque ahí están los dos mil años de civilización más allá de la rueda y el fuego, bueno, la mujer, ante ese olor, se prepara para parir, se le relajan un poco los músculos de la vagina. Ingresa en un estado de existencial predisposición y ahí sí, no importa lo imbécil que seas, ahí le entrás aunque digas dos pavadas.
20.3.12
15.3.12
Hola, hola
Todo lo que te dije por twitter, todo lo que fui contando que me pasaba, cucharitas de mi vida, no era verdad. No me ocurría nada de eso, a mí.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.
Todo lo que puse en mi facebook, mis intereses, mis gustos y mis contactos, la gente que conozco, la música que escucho, fotos de lugares donde estuve, fotos mías. Es mentira, todo mentira. No soy yo, no me gusta lo que dije que me gusta, no conozco a quienes dije que conozco. Ni la foto de mi perro es de mi perro. Es de otro perro que no me ladró jamás.
Todo lo que chateamos por el Messenger, las cosas que te conté que me estaban sucediendo, lo que te dije que hice, lo que había hecho, lo que íbamos a hacer juntos. Nada de eso me pasó nunca, nada de eso nos va a pasar.
Acá estoy. En la esquina, abajo, junto al semáforo. Soy la computadora que salta y ladra como un incombustible chihuahua y te invita a dar una vuelta en mouse.
10.3.12
Bajo este cielo
Buenos Aires, 27 de Diciembre. Calor. Mucho calor. Buenos Aires con calor es lo peor que te puede pasar, es peor que vivir con una tribu de pigmeos en Nueva Guinea o combatir en Saigón. Buenos Aires con calor es un catálogo de barbaridades, es todo eso y muchísimo más.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.
Cuando hace más de veinte grados a las siete de la mañana, es porque va a hacer más de treinta grados el resto del día. Es como ir a una pizzería y recostarse un rato adentro del horno, es como pedirle a un bombero que te deje sentarte a leer un rato en el sillón de un living que se incendia. Buenos Aires con más de treinta grados es el horror de estar vivo.
Me visto. Pantalón, camisa. Saco el gamulán. Un gamulán que trajo mi abuelo de Polonia. Tiene, el gamulán, un peludo forro de piel de oso, de búfalo quizás. Está diseñado, el abrigo, fue pensado, para ir a hacer las compras en Varsovia, para tomar unos vodkas con Lech Walesa, algo así.
Me pongo el gamulán, cierros los gruesos botones de ese material tan característico, tan particular. Me pongo una colorida bufanda también, enroscada al cuello, y salgo.
Hago mi vida, voy y vengo. Tomo un colectivo, desayuno en un bar, camino unas cuadras, compro una pomada en Farmacity, pago un impuesto, lo normal.
La gente me observa con resquemor, pero yo estoy de un impecable humor, pago, sonrío, pregunto por una calle, mastico un alfajor.
Finalmente, mientras aguardo en una esquina que el semáforo cambie de color, para cruzar, se me acerca una señora. Tendrá unos cuarenta y pico de años, bien vestida, usa un correcto trajecito color marfil, lleva una cartera, no, un maletín.
–Señor –me dice–, disculpe, pero hace calor. ¿No le parece que hace calor? –Me observa a una distancia de dos pasos, por las dudas. Yo llevo todo el día sin parar de transpirar.
–Tiene usted razón, señora –digo–. Lo que equivale a decir que está usted en lo cierto. Pero últimamente me parece que la gente es tan mala y tan boluda, siento tan poco en común con el resto del género humano, que no me alcanza con no ver fútbol ni los programas de entretenimientos que todos miran, ni negarme a ir de vacaciones donde todos van de vacaciones, ni rechazar hacer compras con descuento de lo que todos quieren comprar con descuento. Creí que con eso sería suficiente, pero no, no es suficiente. No quiero tener que compartir ni un climático fenómeno con el resto de la humanidad.
5.3.12
Ella vino a ver
Ella me vino a ver.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.
Me dijo que estaba embarazada.
Le dije que la felicitaba, que la maternidad era una extraordinaria experiencia que mejoraba a las mujeres, les daba un sentido a sus por lo general erráticas existencias. Dar vida es quizás el más milagroso de los actos, agregué.
Me dijo que al parecer yo no había comprendido, no había entendido bien. Ella estaba embarazada, de mí. De yo. No sé cómo lo dijo con exactitud, pero lo dijo.
Le dije que era una situación por demás inverosímil. Le dije que no podía ser.
Habíamos cogido una o dos veces, hacía más o menos un mes. No sólo me había colocado, con monótono cuidado, el correspondiente preservativo, sino que además, eso no lo dije, mi espermático caudal había disminuido, en los últimos tiempos, de manera más que sensible. Eyaculaba yo una mísera gota de un líquido muy similar al agua, sin consistencia ni opacidad ni mucho menos espesura. Era yo, me había transformado, en un atribulado ser, preocupado por la vejez y la falta de dinero. Temeroso, triste, gordo también.
Le dije que yo no estaba en condiciones, ni físicas, ni mucho menos anímicas, de dejar embarazada ni a una perra salchicha. Había perdido, como se pierde un juego de llaves o una foto, esa capacidad, ese poder.
Ella me dijo que no le importaba nada de lo que yo le dijera. Estaba embarazada, íbamos a tener un hijo. Ella me preguntó qué íbamos a hacer.
Lo pensé un par de minutos, me serví un whisky. Miré por la ventana de la cocina, parecía que todo el fin de semana no iba a parar de llover.
Le dije que se pusiera en cuclillas, eso íbamos a hacer. Que se pusiera en cuclillas, y respirara hondo, bien hondo, relajándose.
Le dije que cerrara los ojos, también.
Le dije que le iba a dar una patada, con todas mis fuerzas, en el abdomen. Le iba a dar un patadón con unos zapatos que me habían traído de Italia, unos zapatos Salvatore Ferragamo de piel de pecarí con puntera de metal, ideales para la ocasión, y ella iba a perder al chico, casi de inmediato. Era un segundo, nada más, después nos podíamos ir a tomar algo, a comer.
Ella me insultó un rato largo. Me dijo las peores cosas, cosas que yo había escuchado alguna vez sobre mi persona pero no todas juntas, con tanto énfasis. Me dijo que yo era una basura humana y que me sucedería lo peor, que cuando muriera iba a ser necesario contratar un par de extras para que llevaran las manijas de mi ataúd, cosas así.
Me dijo, después, antes de dar un portazo, que era mentira, lo del chico, que no estaba embarazada, pero que ella quería ver cómo respondía yo, cuál era mi reacción, qué le decía.
Me dijo que no quería saber más nada conmigo, no quería tener que volver a verme. Y se fue.
Lo interesante de este simpático episodio, es que muchas veces el, por decirlo de algún modo, ocasional espectador, puede quedar abrumado con la rústica crueldad de la acción directa. Se suele ser algo más condescendiente, en lo relativo a la maldad, con el particular encanto de lo sutil.
29.2.12
Modo lluvia
Cada vez que llovía, Alicia recordaba que había sido feliz con su novio de la adolescencia. Brian. Entre las cosas que hacían, entre la urgencia por desvestirse prácticamente en cualquier parte y el ir al cine sin importar la película y desayunar juntos en un bar de barrio y mirar por la ventana, Alicia recordaba que les encantaba caminar bajo la lluvia. De la mano, o abrazados, mientras la lluvia enjuagaba la ciudad y parecía lograr que brillara de nuevo, ellos pisaban un charco que soltaba música y se olían el mojado cabello y compartían un cigarrillo, sin apuro.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.
Ahora, cuando llueve, Alicia baja a la calle con su paraguas quizás excesivamente grande, un pastiche de multicolores triángulos como un impostado arco iris personal e intransferible. Camina, apremiada y fastidiosa, hace lo que tiene que hacer, como todo el mundo.
Cuando vuelve a su casa, se da cuenta que está empapada de una tristeza húmeda y fría, una tristeza que parece que no se va a secar nunca. Alicia prepara la cena y piensa que un paraguas no es un novio, y que se acabó el queso rallado, también.
25.2.12
Maquinola
quisiera engominarme el pelo con tu flujo.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.
quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer
todo
ahora
esta noche.
porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.
*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.
quisiera rasparte los cachetes del culo con mi
barba de 2 días.
quisiera sentarte sobre la mesa y poner un plato
de fideos entre tus piernas
esperando la primer gota mensual de tuco espeso.
quisiera ver mi chorro de pis grueso estallando entre
tus tetas
mientras te reís a carcajadas.
quisiera cubrirte con miel y azúcar impalpable y
limpiarte con la lengua, no sé, un día entero.
quisiera colgar sobre mi cama una bombacha tuya
sucia
de varios días
y posar sobre ella mi nariz cada mañana.
quisiera que me apoyaras las tetas sobre mis ojos
bien abiertos.
quisiera que me mordieras tan fuerte que la marca
formara parte de mí mismo.
quisiera mezclar nuestros fluidos, nuestros olores, nuestros cuerpos.
quisiera hacer
todo
ahora
esta noche.
porque imagino lo que viene, en la penumbra.
y tengo miedo.
*así escribía yo, cuando tenía casi veinte años. sepan disculpar.
20.2.12
Cae un rayo
Estamos metidos en el mar. Bah, no, no estamos metidos en el mar, pero estuvimos. Acabamos de salir, y estamos en la orilla, tratando de secarnos. Se puso feo el día. Llueve. Se supone que cuando llueve el mar no está tan frío, pero no sé si es verdad. No hay gran cosa para hacer, más que fumar con las patitas metidas en el mar. Tampoco hay demasiada gente, por suerte. En parte porque estamos en Marzo, en parte por la lluvia. La gente recoge sus cosas y busca reparo. La gente se va.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.
Pero a nosotros no nos importa la lluvia, ya estamos mojados. Vinimos con Mariano escapando de la ciudad, de la vida de oficina, del subterráneo y la gente que está enojada para siempre y te salpica con su enojo. Mariano tenía que traer a su hermana que venía a quedarse unos días en lo de una amiga que había puesto una rotisería en la costa. Me preguntó si los quería acompañar. Una semana para no hacer nada, para comer a la noche en la única parrilla decente de Mar Azul o Las Gaviotas o como corneta se llame este lugar.
Necesito dormir, hace como diez años que no duermo más de cinco horas por noche. Hace todavía más años que el whisky perdió su poder de cachiporra, de piedrazo para hacerme descansar, pasó a ser como lavarse los dientes, parte de una funcional rutina. Nos vinimos grandes, todos, y no nos salió prácticamente nada de lo que queríamos. Estamos tristes, no queremos que nos rompan mucho las pelotas, aprendimos a conformarnos con lo que hay.
Estamos fumando, mirando a ver si hay algún culo decente aunque estemos fuera de temporada, alguna veterana que todavía quiera sentir una brisa por debajo de la línea del Ecuador. Mariano me dijo que la única condición era que no intentara nada con su hermana, porque sabe que yo soy perfectamente capaz de cogerme un pato de madera, y la hermana de Mariano tiene un leve retardo, algo de nacimiento. Eso iba a hacer que la hermana de Mariano se mostrara mejor predispuesta hacia mi persona, o que tuviera algunas dificultades para resistir mis avances. En cualquier caso, Mariano me dijo que con que nosotros fuéramos amigos desde la secundaria ya era suficiente desgracia para su familia, que por favor dejara a su hermana en paz. Llueve pero no demasiado fuerte, un perro de playa me mira, se queda al lado mío esperando algo que no sé qué es, pero que no es una caricia. Alguien camina con una sombrilla amarilla al hombro, alguien le grita a sus hijos que junten las cosas, alguien busca una ojota como si fuera el objeto más importante del mundo, como si encontrar esa ojota justificara su paso por el planeta tierra, un nene llora y su mamá también tiene ganas de llorar.
Cae un rayo. Es como en las películas, más o menos como en las películas. Como si el cielo fuera papel de alfajor y alguien le hubiera hecho un desgarrón. Siguió el trueno, ensordecedor, el perro se asustó y corrió en dirección a los médanos.
Cayó a mi derecha, a unos veinte o treinta metros, justo miré. Cayó en la cabeza de un gordo con gorrita tipo Piluso, un gordo que esperaba algo, cualquier cosa, de pie, hablando por teléfono celular.
–¡Uy! –Gritó Mariano– ¡Mirá!
Nos acercamos. Miré a ver si alguien gritaba, si algún familiar se acercaba o movía los brazos o se quedaba mudo de espanto, pero no. Ya no quedaba casi nadie en la playa, y los que quedaban no miraban, se iban y nada más. Quizás el gordo había decidido esperar en la playa un rato más, solo, mientras su señora y los chicos se volvían al departamento a merendar.
Cada tanto, a veces, uno descubre la increíble fuerza de la naturaleza. De lo que debió haber sido un hombre de unos noventa kilos no quedaba nada. Había sido achicharrado por completo, por ciento ochenta y tres mil quinientos veinticuatro voltios. Quedaba una especie de rama chamuscada, torcida, del tamaño de un bastón, sobre un charquito como si alguien hubiera volcado un licuado de frutas sobre la arena húmeda. La gorra se había desintegrado por completo, salía un humito, a un par de metros había sobre la arena unos lentes de sol que debieron volar con el impacto de la descarga.
–Desapareció –dijo Mariano, pisando con cuidado por si la arena se hundía–. No quedó nada.
–Es tremendo –dije, tiré la colilla del cigarrillo–. Lo fulminó.
Cuando pasa algo así las palabras dejan de tener su precaria utilidad. No sabía si creer en la suerte o en el destino. Estábamos a veinte metros, nos podía haber caído, el rayo, a nosotros. Tiene que existir un orden superior que justifique estas cosas. Nosotros vemos una pequeña parte del collage del universo desde nuestra efímera subjetividad, pero lo que sucedió debía tener alguna explicación en alguna otra parte. Quizás el hombre tenía una enfermedad terminal y a través del rayo le había sido quitado el sufrimiento, quizás era un torturador o un violador de niños y fue castigado. Quizás todavía quedaban un par de cosas buenas esperándonos en alguna parte, algo para hacer con nuestras vidas, y el rayo nos esquivó, decidió no pegarnos. Estas cosas no tienen explicación, uno no debe buscarles explicación, pero te dejan pensando.
–¿Qué hacemos? –dijo Mariano. Llovía más fuerte, y el cielo se había puesto de un gris muy oscuro, casi negro–. Deberíamos ir a una comisaría, y contar lo que vimos.
–No sé –dije. Moví los tobillos muy despacio, bajo el agua, tanteando con los pies–. Fijate si encontramos la billetera. Un reloj, una pulsera de oro, algo que nos sirva, guita. No sé, algo.
15.2.12
Mi mejor momento de la semana
Me paro en la puerta, en la puerta de la escuela primaria. Mi nena, Catalina, acaba de ingresar al colegio. Está en tercer grado, lleva siempre el cabello peinado con dos colitas, como si la escoltaran dos saltarinas ardillas. Catalina, mi hija, lo único bueno que hice en mi vida, mi sol.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.
Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.
Se queda a dormir conmigo los martes, Cata, y la dejo en el colegio los miércoles a la mañana, después de desayunar juntos en algún bar. Toma una leche chocolatada, Catalina, y le quedan los bigotes manchados por un instante de espuma y me mira, porque sabe que a mí me hace gracia aunque trato de no reírme. Me mira hasta que me río y entonces sí, se limpia.
Después caminamos tres cuadras de la mano, hasta el colegio. Es mi mejor momento de la semana, soy un coloso, soy un Dios, mi hija me da la mano y aprieta bien fuerte y yo siento que nada malo puede pasarnos, ese contacto de su mano justifica mi existencia.
Le doy un beso, me da un abrazo, y entra al colegio, se pierde en la multitud de chicos. Siento una punzada de felicidad en el centro del pecho, y una congoja, unas ganas de llorar que me vienen de cualquier parte, de alguna baldosa de mi vida que pisé mal y me salpicó para siempre.
Siento ganas de fumar, pero no en la puerta del colegio, no ahí. Me quedo con un cigarrillo apagado entre los dedos. La mirada lacrimosa, apoyado contra una pared. Hay que juntar los pedazos y seguir, guardar los sentimientos en un bolsillo del saco y seguir, empujar, patear, tirarse un par de trompadas con la vida.
Bueno, la verdad que no. Todo lo que dije es mentira. No tengo hijos, no llevo a nadie al colegio, nada que ver.
Pero si te parás así, con esa carita, como si lo estuvieras viviendo, en la puerta del colegio, enseguida ves que alguna madre se te queda mirando, o te quiere hablar, te hace una pregunta. Lo más probable es que te la termines cogiendo, prácticamente de una, sin esfuerzo. Son mujeres desesperadas, con muchísima telenovela encima, necesitan que les suceda algo diferente, suelen estar de lo más aburridas.
10.2.12
Quizás lo puedas entender
Es bien sencillo. Hace falta algo de dinero, eso sí, estamos en el occidente capitalista civilizado, ahí no puedo ayudarte.
Vas a comprar algo. A un negocio. Puede ser en un shopping, porque ahí está todo junto, bien concentrado. Vas a un shopping, entonces, perfectamente.
Entrás, por ejemplo, a un local que vende, entre otras cosas, remeras. Bonitas remeras con originales inscripciones. Y sos, ponele, desde la adolescencia, desde siempre, tu talle es L. Pedís un S, entonces, una remera que te guste, pero talle S. Y decís ‘paso a probármela’. Y te vas para el probador, a probarte la remera que te transformará en un matambre.
O vas a una casa de venta de artículos deportivos, y elegís un modelo de zapatillas, para correr. Las más caras. Y sos, ponele, tu talle, tu número de zapatillas es 43. Entonces pedís que te traigan unas zapatillas número 40. Cuando el vendedor las trae, te sentás, y metés medio pie, en la zapatilla, que es absolutamente inadecuada para tu pie. Metés un tercio del pie, porque no entra más, no hay manera que entre más. Te mirás en un espejo y decís ‘sí, son bárbaras, las llevo’.
O vas a la peluquería. Sos casi absolutamente pelado, te vas a la peluquería de un barrio top. Pagás, pedís turno, o al revés. Y cuando te toca a vos, que tenés apenas tres o cuatro marchitos pelos, mustios, como un triste ficus, le decís al peluquero que querés un corte como el de Brad Pitt, o elegís algún actor de moda que posea tremendos atributos capilares, George Clooney, no sé.
Y así podés seguir. Si sos una absurda veterana de gruesos lentes y problemas de cadera, entrás a un local de esos donde venden skates, longboards, y elegís uno que tenga dibujos de calaveras y ametralladoras, o con los colores de la bandera de Jamaica, y pedís que te ayuden a subirte. Si sos una escuálida estudiante de sociología de lánguidas tetitas, vas a Victoria’s Secret y te pedís un corpiño como para una vedette de categóricas tetas de 250 megahertz, te lo apoyás sobre tu torso que se asemeja a una tira de asado y murmurás ‘perfecto’, o ‘genial’. Si sos un seco, si estás en la lona mal, si tenés la camisa con el cuello percudido y a veces te quedás mirando platos de comida del lado de afuera de algún restaurante, entrás a una agencia de Audi, o de BMW, y comentás que te parece que los neumáticos del automóvil en el que te acabás de sentar no son lo suficientemente anchos para doblar a doscientos treinta y siete kilómetros por hora sobre ripio.
Cuando el vendedor o la vendedora de turno haga una mueca o ponga cara de asombro o intente, con una mezcla de suficiencia, fastidio, y falsa cortesía, emitir algún comentario sobre la demasiado evidente incompatibilidad entre el producto que estás eligiendo y tu persona. Lo mirás. La mirás y le decís:
–Mirá, vos de seguro querías ser otra cosa, hacer algo distinto con tu vida, y estás acá. El producto, lo que estoy comprando, no es para mí. Es para el que me gustaría ser.
Vas a comprar algo. A un negocio. Puede ser en un shopping, porque ahí está todo junto, bien concentrado. Vas a un shopping, entonces, perfectamente.
Entrás, por ejemplo, a un local que vende, entre otras cosas, remeras. Bonitas remeras con originales inscripciones. Y sos, ponele, desde la adolescencia, desde siempre, tu talle es L. Pedís un S, entonces, una remera que te guste, pero talle S. Y decís ‘paso a probármela’. Y te vas para el probador, a probarte la remera que te transformará en un matambre.
O vas a una casa de venta de artículos deportivos, y elegís un modelo de zapatillas, para correr. Las más caras. Y sos, ponele, tu talle, tu número de zapatillas es 43. Entonces pedís que te traigan unas zapatillas número 40. Cuando el vendedor las trae, te sentás, y metés medio pie, en la zapatilla, que es absolutamente inadecuada para tu pie. Metés un tercio del pie, porque no entra más, no hay manera que entre más. Te mirás en un espejo y decís ‘sí, son bárbaras, las llevo’.
O vas a la peluquería. Sos casi absolutamente pelado, te vas a la peluquería de un barrio top. Pagás, pedís turno, o al revés. Y cuando te toca a vos, que tenés apenas tres o cuatro marchitos pelos, mustios, como un triste ficus, le decís al peluquero que querés un corte como el de Brad Pitt, o elegís algún actor de moda que posea tremendos atributos capilares, George Clooney, no sé.
Y así podés seguir. Si sos una absurda veterana de gruesos lentes y problemas de cadera, entrás a un local de esos donde venden skates, longboards, y elegís uno que tenga dibujos de calaveras y ametralladoras, o con los colores de la bandera de Jamaica, y pedís que te ayuden a subirte. Si sos una escuálida estudiante de sociología de lánguidas tetitas, vas a Victoria’s Secret y te pedís un corpiño como para una vedette de categóricas tetas de 250 megahertz, te lo apoyás sobre tu torso que se asemeja a una tira de asado y murmurás ‘perfecto’, o ‘genial’. Si sos un seco, si estás en la lona mal, si tenés la camisa con el cuello percudido y a veces te quedás mirando platos de comida del lado de afuera de algún restaurante, entrás a una agencia de Audi, o de BMW, y comentás que te parece que los neumáticos del automóvil en el que te acabás de sentar no son lo suficientemente anchos para doblar a doscientos treinta y siete kilómetros por hora sobre ripio.
Cuando el vendedor o la vendedora de turno haga una mueca o ponga cara de asombro o intente, con una mezcla de suficiencia, fastidio, y falsa cortesía, emitir algún comentario sobre la demasiado evidente incompatibilidad entre el producto que estás eligiendo y tu persona. Lo mirás. La mirás y le decís:
–Mirá, vos de seguro querías ser otra cosa, hacer algo distinto con tu vida, y estás acá. El producto, lo que estoy comprando, no es para mí. Es para el que me gustaría ser.
5.2.12
Otros mundos
Choco a un auto. Voy manejando un auto, mi auto, y choco a otro auto, un auto que se desplazaba, justamente, delante del mío. Iban por la avenida Honorio Pueyrredón, mi auto, el otro auto, y un montón más de autos. La ciudad es un quilombo, primero vendieron los autos, y luego se dieron cuenta que las calles son las mismas de 1957. Y nadie sabe dónde comprar más calles, para la ciudad. Pero autos venden en todas partes.
La verdad es que la culpa del choque fue mía. Miré un culo espectacular, o un cartel de una inmobiliaria que vende un departamento en un edificio que me pareció interesante. Íbamos despacio, todos, el semáforo se puso en amarillo. El auto, el auto de adelante debió pasar, tenía tiempo, pero frenó con brusquedad, y yo, como dije, venía mirando un culo o la lluvia o algo. Lo toqué. Frené de golpe, pero lo toqué. Se escuchó el crujido de la óptica y algo más, sentí el golpe.
Se baja, un tipo. De unos cincuenta años, chomba a rayas, semicalvo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz, deja la puerta del automóvil abierta, le dice algo a su señora que viaja en el asiento del acompañante. Hay un perro también, en el auto, un caniche que ladra y pugna por soltarse de los brazos de la mujer. El hombre mira el daño del vehículo, se enoja más todavía.
Bajé del auto, yo también, es lo que se estila.
–Señor –digo–. Mi nombre es Xorg, soy un extraterrestre, habito en el planeta Xiburg, en la galaxia de Nímedes. Es mi primer semana en la tierra, y es justamente por eso que aún no domino los precarios mecanismos de los vehículos que ustedes, los terrícolas, utilizan para desplazarse por su algo roñoso planeta. Acepte mis extraterrestres disculpas.
–¡Pelotudo! –dice el hombre, da un saltito, lanza una furibunda escupida, gesticula, señala– ¡Pedazo de pelotudo! Lo abollaste, pelotudo. ¿Por qué no frenaste, no sabés frenar?
–Tiene razón, caballero, tiene razón –niego con la cabeza, sonrío, le palmeo cariñosamente un hombro–. Le cuento la verdad, porque parece usted un buen hombre. Pero apelo a su discreción, son temas de máxima seguridad nacional. No soy un extraterrestre, es verdad, lo admito. Soy un gorila, un mono, como los que usted de seguro ha visto por televisión o en algún zoológico. Han inventado una nueva droga, una droga que permite hablar a los animales. La están probando con nosotros, gorilas y chimpancés, primero, y va perfecto. Pero en breve comenzará a distribuirse al resto de la fauna. Imagínese usted, poder conversar con una cebra, saber qué siente cuando la persigue un león. Preguntarle a un elefante cuánto tiempo le lleva bañarse o si le duelen las piernas después de tantas horas parado. Discutir sobre cuál sería el mejor sistema de gobierno con un cocodrilo, poder pedirle a una jirafa que te recomiende un natural laxante.
Cambió el semáforo. Algunos curiosos miraban. Sonaban, desde atrás, bocinas.
–¡Pelotudo! –el hombre no sólo había escupido, se le había formado una especie de burbujeante espuma alrededor de la boca, como si se fuera a afeitar con su propia saliva. Daba unos curiosos saltitos, movido por eléctricas descargas de odio puro, le temblaba un párpado– ¡Las ópticas! ¿Sabés lo que cuestan las ópticas importadas? ¡Boludo!
Retrocedí un paso. Lo medí.
–Mirá –dije–. Me importa un pomo tu triste auto. Si me volvés a hablar te pongo de una, viejo forro. Ahora te doy los datos del seguro, no rompas más las pelotas.
La gente suele carecer de la necesaria predisposición para las situaciones de carácter paranormal, vivencias de extraordinaria naturaleza. Después dicen que nunca les sucede nada diferente, después se quejan de la rutina.
La verdad es que la culpa del choque fue mía. Miré un culo espectacular, o un cartel de una inmobiliaria que vende un departamento en un edificio que me pareció interesante. Íbamos despacio, todos, el semáforo se puso en amarillo. El auto, el auto de adelante debió pasar, tenía tiempo, pero frenó con brusquedad, y yo, como dije, venía mirando un culo o la lluvia o algo. Lo toqué. Frené de golpe, pero lo toqué. Se escuchó el crujido de la óptica y algo más, sentí el golpe.
Se baja, un tipo. De unos cincuenta años, chomba a rayas, semicalvo. Se acomoda los anteojos sobre el puente de la nariz, deja la puerta del automóvil abierta, le dice algo a su señora que viaja en el asiento del acompañante. Hay un perro también, en el auto, un caniche que ladra y pugna por soltarse de los brazos de la mujer. El hombre mira el daño del vehículo, se enoja más todavía.
Bajé del auto, yo también, es lo que se estila.
–Señor –digo–. Mi nombre es Xorg, soy un extraterrestre, habito en el planeta Xiburg, en la galaxia de Nímedes. Es mi primer semana en la tierra, y es justamente por eso que aún no domino los precarios mecanismos de los vehículos que ustedes, los terrícolas, utilizan para desplazarse por su algo roñoso planeta. Acepte mis extraterrestres disculpas.
–¡Pelotudo! –dice el hombre, da un saltito, lanza una furibunda escupida, gesticula, señala– ¡Pedazo de pelotudo! Lo abollaste, pelotudo. ¿Por qué no frenaste, no sabés frenar?
–Tiene razón, caballero, tiene razón –niego con la cabeza, sonrío, le palmeo cariñosamente un hombro–. Le cuento la verdad, porque parece usted un buen hombre. Pero apelo a su discreción, son temas de máxima seguridad nacional. No soy un extraterrestre, es verdad, lo admito. Soy un gorila, un mono, como los que usted de seguro ha visto por televisión o en algún zoológico. Han inventado una nueva droga, una droga que permite hablar a los animales. La están probando con nosotros, gorilas y chimpancés, primero, y va perfecto. Pero en breve comenzará a distribuirse al resto de la fauna. Imagínese usted, poder conversar con una cebra, saber qué siente cuando la persigue un león. Preguntarle a un elefante cuánto tiempo le lleva bañarse o si le duelen las piernas después de tantas horas parado. Discutir sobre cuál sería el mejor sistema de gobierno con un cocodrilo, poder pedirle a una jirafa que te recomiende un natural laxante.
Cambió el semáforo. Algunos curiosos miraban. Sonaban, desde atrás, bocinas.
–¡Pelotudo! –el hombre no sólo había escupido, se le había formado una especie de burbujeante espuma alrededor de la boca, como si se fuera a afeitar con su propia saliva. Daba unos curiosos saltitos, movido por eléctricas descargas de odio puro, le temblaba un párpado– ¡Las ópticas! ¿Sabés lo que cuestan las ópticas importadas? ¡Boludo!
Retrocedí un paso. Lo medí.
–Mirá –dije–. Me importa un pomo tu triste auto. Si me volvés a hablar te pongo de una, viejo forro. Ahora te doy los datos del seguro, no rompas más las pelotas.
La gente suele carecer de la necesaria predisposición para las situaciones de carácter paranormal, vivencias de extraordinaria naturaleza. Después dicen que nunca les sucede nada diferente, después se quejan de la rutina.
30.1.12
Toda esta magia
Se sabe poco, es algo de lo que prácticamente no se habla, porque los que han recibido el beneficio, por decirlo de alguna forma la magia, prefieren que nadie lo sepa. Y a mí tampoco me gusta alardear.
El asunto es que mi presencia, mi sola presencia, sana y salva. Cura las más variadas dolencias, transmite una inusual y prácticamente olvidada alegría, una alegría que ya no se fabrica, mi presencia te de ánimo, energía, ganas de hacer cosas, reviste de algún sentido tu insípida vida. Dejás de estar tan mal.
Sí, alcanza con mi presencia, con estar cerca mío un ratito, verme revolver un café con leche o mirar por la ventana, sentirme respirar.
Ni que decir si hablo, si hablo directamente es tan trascendente como estupendo, si hablo te reís y te quedás pensando al mismo tiempo, no podés creer que se me haya ocurrido algo que a vos jamás se te hubiera ocurrido, si hablo le doy un propósito a tu vida. Si hablo no te lo olvidás más.
Y si te toco, bueno, aunque sea de casualidad, tu vida cambia. Si nos tocamos, hombro con hombro en un viaje en subte de pronto para vos las cosas dejan de ser tan tremendas, si te doy una palmada o te toco una mano alcanza para que encuentres un motivo, ganas de seguir con tu vida, por dos o tres años. Si te toco es genial.
Así que ya sabés, si estuviste conmigo dos minutos o tres meses, si me serviste un café o te sentaste al lado mío en el cine, si me sonreíste o me alcanzaste la mayonesa, si me diste dinero o el culo o te tropezaste conmigo o quedaste cerca mío en el laverap. Soy de lo más interesante que te pasó en la vida, no me debés nada, qué te voy a cobrar.
El asunto es que mi presencia, mi sola presencia, sana y salva. Cura las más variadas dolencias, transmite una inusual y prácticamente olvidada alegría, una alegría que ya no se fabrica, mi presencia te de ánimo, energía, ganas de hacer cosas, reviste de algún sentido tu insípida vida. Dejás de estar tan mal.
Sí, alcanza con mi presencia, con estar cerca mío un ratito, verme revolver un café con leche o mirar por la ventana, sentirme respirar.
Ni que decir si hablo, si hablo directamente es tan trascendente como estupendo, si hablo te reís y te quedás pensando al mismo tiempo, no podés creer que se me haya ocurrido algo que a vos jamás se te hubiera ocurrido, si hablo le doy un propósito a tu vida. Si hablo no te lo olvidás más.
Y si te toco, bueno, aunque sea de casualidad, tu vida cambia. Si nos tocamos, hombro con hombro en un viaje en subte de pronto para vos las cosas dejan de ser tan tremendas, si te doy una palmada o te toco una mano alcanza para que encuentres un motivo, ganas de seguir con tu vida, por dos o tres años. Si te toco es genial.
Así que ya sabés, si estuviste conmigo dos minutos o tres meses, si me serviste un café o te sentaste al lado mío en el cine, si me sonreíste o me alcanzaste la mayonesa, si me diste dinero o el culo o te tropezaste conmigo o quedaste cerca mío en el laverap. Soy de lo más interesante que te pasó en la vida, no me debés nada, qué te voy a cobrar.
25.1.12
Una de monos
La historia es un poco difícil, lo admito. No me culpes a mí por eso, yo apenas te lo estoy contando.
Martín, mi amigo Martín, no, ese no, otro Martín, se había hecho amigo de un tipo que se llamaba Eduardo o Ernesto, no, Eduardo. Martín iba a un club de ajedrez, los domingos, a la noche, a jugar partidas rápidas por poca plata. Ahí conoció a Eduardo.
Eduardo trabajaba de guardia en el zoológico. Eduardo había estudiado para veterinario y le gustaba estar cerca de los animales. Le gustaban más los animales que las personas, eso había dicho una vez, algo perfectamente entendible.
Martín acababa de divorciarse, y estaba mal. Medio deprimido, y con unas ganas de coger tremendas. Pero Martín no sabía ni cómo acercarse a una mujer, después de tantos años de casado. Estaba fuera de forma además, algo gordo, algo pelado, en medio de un conflictivo divorcio. Una pésima combinación para conseguir mujeres, para qué negarlo.
Y se ve que Eduardo lo vio mal, a Martín, lo vio medio desesperado. Le dijo que lo fuera a visitar, al zoológico, el domingo a la mañana bien temprano.
Martín no tenía gran cosa para hacer, y se despertaba muy temprano. Le costaba dormir, andaba nervioso, asustado. Así que fue el domingo a la mañana al zoológico, a visitar a Eduardo.
Después de una breve recorrida por el zoológico donde le mostró los hipopótamos y las cebras, Eduardo lo llevó a la jaula de los monos. Los chimpancés.
–Tomá –le dijo Eduardo, y le dio un billete de cien pesos enroscado–. Acercate a ese mono que ves ahí. Decile que querés ver a Anita.
–¿Eh?
–Hacé lo que te digo. Vas a tener el mejor polvo de tu vida.
Martín pensó que Eduardo había enloquecido por completo. Jugaba bastante bien al ajedrez, pero parecía un tipo raro, se peinaba los pocos pelos que le quedaban para adelante, andaba varios días seguidos con la misma camisa (todas a cuadros, nunca una camisa a rayas), escuchaba discos de Frank Sinatra y de Tony Bennett. El zoológico estaba vacío, abría a las diez. Se escuchaba, a lo lejos, el graznido de un ave, el lánguido rugido de un desteñido león que se desperezaba y lamentaba el comienzo de otro día en cautiverio.
Martín pasó la barandita de seguridad y se acercó a los barrotes de la jaula. Frente a él había un distraído chimpancé, en cuclillas sobre el piso de tierra, contra el tronco de un árbol, partiendo una ramita, los ojos semicerrados.
–Ey –dijo Martín, y se sintió un poco tonto hablándole a un mono–. Tomá, quiero ver a Anita.
Para sorpresa de Martín, el mono se incorporó, caminó hasta los barrotes, y extendió la mano. Martín le dio el dinero. El mono agarró el dinero.
–Ahí viene –dijo el mono, o a Martín le pareció que fueron las palabras que el mono había murmurado.
Se fue caminando despacio, el mono. Se metió en una especie de cueva de piedra que había al fondo de la jaula.
Al ratito salió una mona. Con las tetas caídas, se bamboleaba mucho al caminar, parecía renguear un poco, una bobalicona sonrisa en los labios. Martín era todo curiosidad, de pie, aferrado a los barrotes de la jaula con los brazos bien altos.
La mona se acercó y sin preámbulo, como si fuera la cosa más natural del mundo, le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones hasta las rodillas, los desteñidos calzoncillos.
Y comenzó a chupar, la mona, el fatigado pito de Martín. Pensó en salir corriendo, Martín, tuvo miedo, pero su pito fue recibido con calidez, con inusual dulzura, con animal apetito no exento de pericia, y Martín lo necesitaba tanto que cerró los ojos y se quedó aferrado a los barrotes.
Chupó la mona, y era genial, Martín se excitó como nunca, era la sensación más placentera que él pudiera recordar en su vida.
Entonces la mona, con pornográfica destreza, dejó de chupar, hizo un giro, y se metió el pito de Martín, por detrás, en la vagina. Martín embestía, la mona empujaba hacia atrás, un furioso tam tam con los barrotes de por medio, un desconocido frenesí atravesó a Martín como un rayo.
Eyaculó. Eyaculó y eyaculó mientras colgaba con una mano de los barrotes y se agarraba con la otra mano a la rugosa y algo peluda espalda de Anita. Luego cayó, de rodillas, satisfecho y feliz. La mona le hizo una caricia en una mejilla, apenas una tierna palmadita, le sonrió en puro amarillo, y se volvió a meter en la cueva de la cual había emergido.
Martín volvió adonde esperaba Eduardo, su casilla. Eduardo estaba sentado, tomando unos mates, fumando un Parliament, analizando en el tablero un imposible final de torres donde Karpov hacía magia.
–¿Y? –Dijo Eduardo.
–Genial –Martín aceptó un mate ya tibio–. Lo mejor de lo mejor, la experiencia sexual más satisfactoria que yo haya tenido en mi vida.
Martín encontró un motivo, una nueva razón para vivir. Visitaba a la mona todos los domingos (Eduardo le había explicado que, por la rutina del zoológico, era imposible verla otro día con algún nivel de privacidad). Le llevaba chocolates con avellanas y bananas importadas de Ecuador, gaseosas con sabor a naranja, frutos secos, algo de lencería. Pero eso no le alcanzó, no le pareció suficiente. Movió algunos contactos que tenía en política, usó todo el dinero que tenía ahorrado, creó una fundación que buscaba vacunas para combatir enfermedades todavía no inventadas, sobornó funcionarios.
Finalmente, logró sacar a Anita del zoológico. Largó todo, Martín, y se la llevó a vivir con él, a una casita que tenía en Ostende. Eduardo le dijo que había enloquecido, que necesitaba tratamiento psicológico, pero él no entendía nada del amor, él qué sabía.
Se fue a vivir con la mona Anita, a Ostende. El mono Pedro, con el que él había negociado la primera vez, le avisó que no podía hacer lo que estaba haciendo. Le avisó a Martín que le habían puesto precio a su cabeza, habían contratado a un animal sicario. Lo iban a encontrar, tarde o temprano lo iban a encontrar y lo iban a matar, podía ser un perro Collie que lo mordiera de repente, o un pelícano que le arrancara los ojos a picotazos. Había barreras que no debían cruzarse, le dijo Pedro que recapacitara, que devolviera a la mona y se disculpara ante el comité de animales que se reunía una vez por trimestre, por escrito. Analizarían su caso.
A los tres o cinco meses, Martín volvió un domingo de hacer unas compras en Pinamar con la camioneta. Anita se había ido y le había dejado una nota. Había conocido a un productor de cine, paseando por la playa, y se había enamorado perdidamente. Además, el tipo le había prometido llevarla a la pantalla, estaban por filmar una remake de Tarzán, y ella había dicho que se sentía capacitada para hacer el papel, no, que Chita, de Jane. Anita le dejó escrito a Martín que había sido bueno estar juntos. Ella le tenía mucho cariño, pero la situación le estaba resultando monótona, todo muy rutinario. Ella se aburría.
Martín, mi amigo Martín, no, ese no, otro Martín, se había hecho amigo de un tipo que se llamaba Eduardo o Ernesto, no, Eduardo. Martín iba a un club de ajedrez, los domingos, a la noche, a jugar partidas rápidas por poca plata. Ahí conoció a Eduardo.
Eduardo trabajaba de guardia en el zoológico. Eduardo había estudiado para veterinario y le gustaba estar cerca de los animales. Le gustaban más los animales que las personas, eso había dicho una vez, algo perfectamente entendible.
Martín acababa de divorciarse, y estaba mal. Medio deprimido, y con unas ganas de coger tremendas. Pero Martín no sabía ni cómo acercarse a una mujer, después de tantos años de casado. Estaba fuera de forma además, algo gordo, algo pelado, en medio de un conflictivo divorcio. Una pésima combinación para conseguir mujeres, para qué negarlo.
Y se ve que Eduardo lo vio mal, a Martín, lo vio medio desesperado. Le dijo que lo fuera a visitar, al zoológico, el domingo a la mañana bien temprano.
Martín no tenía gran cosa para hacer, y se despertaba muy temprano. Le costaba dormir, andaba nervioso, asustado. Así que fue el domingo a la mañana al zoológico, a visitar a Eduardo.
Después de una breve recorrida por el zoológico donde le mostró los hipopótamos y las cebras, Eduardo lo llevó a la jaula de los monos. Los chimpancés.
–Tomá –le dijo Eduardo, y le dio un billete de cien pesos enroscado–. Acercate a ese mono que ves ahí. Decile que querés ver a Anita.
–¿Eh?
–Hacé lo que te digo. Vas a tener el mejor polvo de tu vida.
Martín pensó que Eduardo había enloquecido por completo. Jugaba bastante bien al ajedrez, pero parecía un tipo raro, se peinaba los pocos pelos que le quedaban para adelante, andaba varios días seguidos con la misma camisa (todas a cuadros, nunca una camisa a rayas), escuchaba discos de Frank Sinatra y de Tony Bennett. El zoológico estaba vacío, abría a las diez. Se escuchaba, a lo lejos, el graznido de un ave, el lánguido rugido de un desteñido león que se desperezaba y lamentaba el comienzo de otro día en cautiverio.
Martín pasó la barandita de seguridad y se acercó a los barrotes de la jaula. Frente a él había un distraído chimpancé, en cuclillas sobre el piso de tierra, contra el tronco de un árbol, partiendo una ramita, los ojos semicerrados.
–Ey –dijo Martín, y se sintió un poco tonto hablándole a un mono–. Tomá, quiero ver a Anita.
Para sorpresa de Martín, el mono se incorporó, caminó hasta los barrotes, y extendió la mano. Martín le dio el dinero. El mono agarró el dinero.
–Ahí viene –dijo el mono, o a Martín le pareció que fueron las palabras que el mono había murmurado.
Se fue caminando despacio, el mono. Se metió en una especie de cueva de piedra que había al fondo de la jaula.
Al ratito salió una mona. Con las tetas caídas, se bamboleaba mucho al caminar, parecía renguear un poco, una bobalicona sonrisa en los labios. Martín era todo curiosidad, de pie, aferrado a los barrotes de la jaula con los brazos bien altos.
La mona se acercó y sin preámbulo, como si fuera la cosa más natural del mundo, le desabrochó el cinturón, le bajó los pantalones hasta las rodillas, los desteñidos calzoncillos.
Y comenzó a chupar, la mona, el fatigado pito de Martín. Pensó en salir corriendo, Martín, tuvo miedo, pero su pito fue recibido con calidez, con inusual dulzura, con animal apetito no exento de pericia, y Martín lo necesitaba tanto que cerró los ojos y se quedó aferrado a los barrotes.
Chupó la mona, y era genial, Martín se excitó como nunca, era la sensación más placentera que él pudiera recordar en su vida.
Entonces la mona, con pornográfica destreza, dejó de chupar, hizo un giro, y se metió el pito de Martín, por detrás, en la vagina. Martín embestía, la mona empujaba hacia atrás, un furioso tam tam con los barrotes de por medio, un desconocido frenesí atravesó a Martín como un rayo.
Eyaculó. Eyaculó y eyaculó mientras colgaba con una mano de los barrotes y se agarraba con la otra mano a la rugosa y algo peluda espalda de Anita. Luego cayó, de rodillas, satisfecho y feliz. La mona le hizo una caricia en una mejilla, apenas una tierna palmadita, le sonrió en puro amarillo, y se volvió a meter en la cueva de la cual había emergido.
Martín volvió adonde esperaba Eduardo, su casilla. Eduardo estaba sentado, tomando unos mates, fumando un Parliament, analizando en el tablero un imposible final de torres donde Karpov hacía magia.
–¿Y? –Dijo Eduardo.
–Genial –Martín aceptó un mate ya tibio–. Lo mejor de lo mejor, la experiencia sexual más satisfactoria que yo haya tenido en mi vida.
Martín encontró un motivo, una nueva razón para vivir. Visitaba a la mona todos los domingos (Eduardo le había explicado que, por la rutina del zoológico, era imposible verla otro día con algún nivel de privacidad). Le llevaba chocolates con avellanas y bananas importadas de Ecuador, gaseosas con sabor a naranja, frutos secos, algo de lencería. Pero eso no le alcanzó, no le pareció suficiente. Movió algunos contactos que tenía en política, usó todo el dinero que tenía ahorrado, creó una fundación que buscaba vacunas para combatir enfermedades todavía no inventadas, sobornó funcionarios.
Finalmente, logró sacar a Anita del zoológico. Largó todo, Martín, y se la llevó a vivir con él, a una casita que tenía en Ostende. Eduardo le dijo que había enloquecido, que necesitaba tratamiento psicológico, pero él no entendía nada del amor, él qué sabía.
Se fue a vivir con la mona Anita, a Ostende. El mono Pedro, con el que él había negociado la primera vez, le avisó que no podía hacer lo que estaba haciendo. Le avisó a Martín que le habían puesto precio a su cabeza, habían contratado a un animal sicario. Lo iban a encontrar, tarde o temprano lo iban a encontrar y lo iban a matar, podía ser un perro Collie que lo mordiera de repente, o un pelícano que le arrancara los ojos a picotazos. Había barreras que no debían cruzarse, le dijo Pedro que recapacitara, que devolviera a la mona y se disculpara ante el comité de animales que se reunía una vez por trimestre, por escrito. Analizarían su caso.
A los tres o cinco meses, Martín volvió un domingo de hacer unas compras en Pinamar con la camioneta. Anita se había ido y le había dejado una nota. Había conocido a un productor de cine, paseando por la playa, y se había enamorado perdidamente. Además, el tipo le había prometido llevarla a la pantalla, estaban por filmar una remake de Tarzán, y ella había dicho que se sentía capacitada para hacer el papel, no, que Chita, de Jane. Anita le dejó escrito a Martín que había sido bueno estar juntos. Ella le tenía mucho cariño, pero la situación le estaba resultando monótona, todo muy rutinario. Ella se aburría.
20.1.12
Después
Están primero, justamente, a todo el mundo le pasa, las necesidades que podríamos denominar ‘primarias’. Son las que se ha apropiado la política, como bandera, salud, educación, vivienda, quién podría estar en contra de eso.
Ahí termina la búsqueda para la pavorosa mayoría de la gente. No es peyorativo por favor, que no se me malentienda. Una persona apila ladrillos o conduce un taxi durante doce horas al día, unos cuarenta años, pensando en terminar la casita, o en el asado de los domingos, que los chicos estén sanos, no queda tiempo ni mucho menos fuerza para nada más, imposible juzgarlos.
Después viene un grupo de sujetos más sofisticados. Un grupo de gente que sabe que vivir en el precario estado de animalidad descripto, no será satisfactorio, mucho menos suficiente. Son sujetos que aprenden a tocar el piano, que leen y escriben poesía, que concurren a la ópera y desean visitar la Isla de Capri o las pirámides de Egipto. Beben algunas gotas del elixir del arte que enriquece sus vidas, les permite cambiar de dimensión, como si de la pantalla de un jueguito electrónico se tratara/tratase.
Luego viene un grupo, menor que el anterior. Son quienes han descubierto, no sin amargura, que la pomada artística no será suficiente para aplacar el dolor de las supurantes llagas del alma. Irán por la espiritualidad, entonces. Buscarán, movidos por una indefinible mezcla de temor y fe, por la autopista del espíritu, lo más alto y más profundo, saber qué hay después de, y antes que, tratar de entender el por qué, descubrir el para qué, y así, en un arduo y hermoso afán, elevarse.
Y después estoy yo, que te lo estoy contando, mientras tomo un whisky (White Horse, en esta oportunidad, bastante digno) y como unos daditos de queso (Chubut). Combinación de una magnificencia que nos permite intuir la existencia de otros planos muy por encima de nuestra capacidad de comprensión y raciocinio, maravillosas realidades.
Ahí termina la búsqueda para la pavorosa mayoría de la gente. No es peyorativo por favor, que no se me malentienda. Una persona apila ladrillos o conduce un taxi durante doce horas al día, unos cuarenta años, pensando en terminar la casita, o en el asado de los domingos, que los chicos estén sanos, no queda tiempo ni mucho menos fuerza para nada más, imposible juzgarlos.
Después viene un grupo de sujetos más sofisticados. Un grupo de gente que sabe que vivir en el precario estado de animalidad descripto, no será satisfactorio, mucho menos suficiente. Son sujetos que aprenden a tocar el piano, que leen y escriben poesía, que concurren a la ópera y desean visitar la Isla de Capri o las pirámides de Egipto. Beben algunas gotas del elixir del arte que enriquece sus vidas, les permite cambiar de dimensión, como si de la pantalla de un jueguito electrónico se tratara/tratase.
Luego viene un grupo, menor que el anterior. Son quienes han descubierto, no sin amargura, que la pomada artística no será suficiente para aplacar el dolor de las supurantes llagas del alma. Irán por la espiritualidad, entonces. Buscarán, movidos por una indefinible mezcla de temor y fe, por la autopista del espíritu, lo más alto y más profundo, saber qué hay después de, y antes que, tratar de entender el por qué, descubrir el para qué, y así, en un arduo y hermoso afán, elevarse.
Y después estoy yo, que te lo estoy contando, mientras tomo un whisky (White Horse, en esta oportunidad, bastante digno) y como unos daditos de queso (Chubut). Combinación de una magnificencia que nos permite intuir la existencia de otros planos muy por encima de nuestra capacidad de comprensión y raciocinio, maravillosas realidades.
15.1.12
Con un tomate
Hace falta un tomate. Un tomate redondo. Tiene que ser grande, el tomate. Paradójicamente, ocurre con las frutas, cuanto más grandes son, menos sabor suelen tener. Es por eso que si vas a una verdulería de barrio y pedís un kilo de tomates, y tenés medio carita de pelotudo y el verdulero no te conoce, de seguro te va a dar unos tomates grandísimos. Tres o cuatro tomates por kilo, mejor, no importa en este caso.
Elegís un tomate y lo lavás, con agua bien caliente. Después hay que sacarle esa parte tan fea, justo el centro si lo mirás, al tomate, desde arriba. La parte donde el tomate estuvo enganchado del árbol, no sé. Se saca con un cuchillo, hacés un pequeño círculo hundiendo el cuchillo más o menos hasta la mitad del tomate, y sacás un cilindro de tomate, que no suele tener ningún gusto.
Ahora sí, es preciso que estés desnudo. Y que tengas una erección. No hace falta que sea una roca, tu garompa, pero precisás tener una erección más o menos digna. Así que te debiste estimular sexualmente un poco, viendo un video por internet, no sé, te tocaste pensando en algo antes o después de preparar el tomate. Sí, podés pegar un póster sobre la puerta de la heladera, de Samanta Farjat por ejemplo, perfectamente. Como ayuda memoria.
Agarrás el tomate. Y apoyás la cabeza, la cabeza de la poronga, en el centro, justo en el centro del tomate, donde hiciste algo de espacio.
Y empujás, empezás a empujar, con la poronga, con convicción no exenta de delicadeza, con entusiasmo no exento de elegancia, sosteniendo el tomate con ambas manos (o con una mano, si precisás la otra mano para guiar, por decirlo de algún modo, la poronga, son estilos).
El tomate irá cediendo con mayor o menor dificultad, dependiendo de múltiples causas. Vos seguís, podés cerrar los ojos, tratando de concentrarte en la faena.
El tomate, producto del empuje y el manoseo, irá soltando sus jugos, sus tan particulares semillas, se irá desarmando. Es altamente improbable, salvo que tengas un pito muy pequeño, que logres atravesar al tomate de lado a lado, que puedas ensartarlo por completo y que al mismo tiempo el tomate conserve su original forma, que el tomate no se desarme. Son temas antropométricos, la dureza del material, la presión ejercida, la falta de espacio. Además, el tomate no entiende muy bien qué pasa. Podríamos decir que el tomate no estaba, psicológicamente, preparado.
Puede ser, también, es admisible, que no alcances a concretar tu cometido, que te cueste un poco eyacular mientras se deshace el tomate en tus manos, para poder dar por finalizada la cuestión. Después de todo un tomate no es una vagina, queda claro que lo que estás haciendo se aleja bastante de lo que podríamos denominar ‘the real thing’.
Pero si tuvieras con quien coger no me hubieras llevado el apunte desde un comienzo, y un tomate debe costar, no sé, dos pesos. Tampoco soy mago.
*para las chicas, intentar coger con un tomate puede resultar, también, un procedimiento algo traumático. me atrevería a decir engorroso.
Elegís un tomate y lo lavás, con agua bien caliente. Después hay que sacarle esa parte tan fea, justo el centro si lo mirás, al tomate, desde arriba. La parte donde el tomate estuvo enganchado del árbol, no sé. Se saca con un cuchillo, hacés un pequeño círculo hundiendo el cuchillo más o menos hasta la mitad del tomate, y sacás un cilindro de tomate, que no suele tener ningún gusto.
Ahora sí, es preciso que estés desnudo. Y que tengas una erección. No hace falta que sea una roca, tu garompa, pero precisás tener una erección más o menos digna. Así que te debiste estimular sexualmente un poco, viendo un video por internet, no sé, te tocaste pensando en algo antes o después de preparar el tomate. Sí, podés pegar un póster sobre la puerta de la heladera, de Samanta Farjat por ejemplo, perfectamente. Como ayuda memoria.
Agarrás el tomate. Y apoyás la cabeza, la cabeza de la poronga, en el centro, justo en el centro del tomate, donde hiciste algo de espacio.
Y empujás, empezás a empujar, con la poronga, con convicción no exenta de delicadeza, con entusiasmo no exento de elegancia, sosteniendo el tomate con ambas manos (o con una mano, si precisás la otra mano para guiar, por decirlo de algún modo, la poronga, son estilos).
El tomate irá cediendo con mayor o menor dificultad, dependiendo de múltiples causas. Vos seguís, podés cerrar los ojos, tratando de concentrarte en la faena.
El tomate, producto del empuje y el manoseo, irá soltando sus jugos, sus tan particulares semillas, se irá desarmando. Es altamente improbable, salvo que tengas un pito muy pequeño, que logres atravesar al tomate de lado a lado, que puedas ensartarlo por completo y que al mismo tiempo el tomate conserve su original forma, que el tomate no se desarme. Son temas antropométricos, la dureza del material, la presión ejercida, la falta de espacio. Además, el tomate no entiende muy bien qué pasa. Podríamos decir que el tomate no estaba, psicológicamente, preparado.
Puede ser, también, es admisible, que no alcances a concretar tu cometido, que te cueste un poco eyacular mientras se deshace el tomate en tus manos, para poder dar por finalizada la cuestión. Después de todo un tomate no es una vagina, queda claro que lo que estás haciendo se aleja bastante de lo que podríamos denominar ‘the real thing’.
Pero si tuvieras con quien coger no me hubieras llevado el apunte desde un comienzo, y un tomate debe costar, no sé, dos pesos. Tampoco soy mago.
*para las chicas, intentar coger con un tomate puede resultar, también, un procedimiento algo traumático. me atrevería a decir engorroso.
10.1.12
Posesión demoníaca
A mi amigo Martín le tocó vivir una situación extraña.
Volvió de trabajar, Martín, un martes, a eso de las siete de la tarde. Como de costumbre. Está casado, Martín, hace siete años más o menos, con Andrea. Tiene un hijo chiquito. Trabaja bastante, Martín, es dentista, y sabe que la parte difícil es hacerse conocido, el boca a boca (justamente) en su profesión. Una vez que te hacés un nombre, alquilás un consultorio mejor en un barrio mejor y podés dejar de atender pacientes por prepaga. Un dentista que atiende sólo pacientes particulares gana buen dinero, el tío de Martín era dentista y le iba regio. Casa de fin de semana, buenos autos, viajás una vez por año a Europa, ves crecer a tus hijos con una educación privada, sos socio de algún club, jugás al golf, te cogés a alguien más, tenés algo parecido a una vida.
Andrea no trabajaba. Era profesora de inglés y traductora, pero lo habían conversado con Martín, y se habían puesto de acuerdo. La plata ya no era un problema, y lo mejor era que Andrea cuidara al nene. Ella estaba un poco aburrida de dar clases, además. A la mañana iba a alguna clase de gimnasia, en la casa siempre había algo para hacer aunque tuviera una muchacha para la limpieza, arreglaba para desayunar con alguna amiga.
La vida transcurría más o menos bien lubricada. No les iba mal, tenían vida social y vacaciones en Uruguay. No era lo más entretenido y excitante del mundo, pero después de los treinta años a nadie le pasan cosas demasiado interesantes. Esas cosas quedan para la televisión o el cine. Son cosas que pasan en las películas.
Volvió de trabajar Martín, dije, un martes.
–Llegué, mi amor –dijo Martín, dejó su maletín sobre la mesa de la cocina, se sacó el saco. Le sorprendió que Andrea no contestara, aunque estuviera en la pieza, ordenando el cuarto de Santiaguito, o terminando de bañarse, Andrea siempre le contestaba. Lo esperaba todo el día para contarle algo, cualquier cosa. Tomaban unos mates en la cocina y conversaban un poco, se quejaba de algo.
Fue por el pasillo al comedor, Martín.
Apareció Andrea. Bah, no apareció, ahí estaba, Andrea, en el comedor. Desnuda, nimbada por una extraña luz, de pie, bajo las dicroicas del living. Con una mano hacía extraños garabatos en el aire, sobre su cabeza, murmuraba conjuros. Estaba pintada, con algo, notó Martín cuando se acercó unos pasos. Estaba pintada, Andrea, las tetas, el estómago, los brazos. Con sangre. Sí, con sangre, y también el mentón, la barbilla, chorreaba sangre. A sus pies, a los pies de Andrea, había una gallina, muerta, degollada, echada de costado. Faltaban pedazos del cuerpo del animal, además de la cabeza, como si hubieran sido arrancados a mordiscones. Había sangre, mucha sangre sobre el parquet, y vidrios rotos, y plumas. El televisor encendido en un canal de música, con el volumen bajito. Tocaba una banda de heavy metal, unos peludos que no paraban de sacudir las cabezas.
Movía la cabecita con frenesí, Andrea, al compás de la música. Se había tusado el pelo con unas tijeras, había mechones de su cabello encima de los sillones. Tenía las uñas pintadas de negro. Martín vio que había una cruz sobre la mesa del comedor, una cruz de velas rojas, encendidas, a un costado un pequeño plato repleto de carozos de aceitunas, y una estampita. Los sillones parecían haber sido atacados a cuchillazos, no quedaba un solo almohadón sano.
–Soy la hija de Belcebú –le dijo Andrea, mirándolo muy fijo. Dio un buen trago a una botella de vodka que tenía en la mano (reconoció la botella, se la había regalado, a Martín, un paciente polaco al que le había colocado unos implantes), y luego escupió–. Soy cruza de vampiro y mamba negra, las fuerzas de lo oscuro habitan en mí, se manifiestan a través de mí. ¡Tengo la fuerza de la oscuridad! ¡El mal no es el mal! ¡Viva Satán!
Se roció el cabello con lo que quedaba de vodka, y luego intentó encenderlo, sí, lo que quedaba de su cabello, con un encendedor. Había cigarrillos apagados sobre los sillones, cigarrillos pisoteados sobre la alfombrita que le había regalado su tío Víctor, de piel de pecarí.
Un caso de satánica posesión, el cuerpo de Andrea tomado por completo por lo demoníaco. Las fuerzas del mal librando la madre de todas las batallas en el living de su casa.
–Me voy a dar una ducha –dijo Martín–. Hoy quiero cenar los agnolotis que había en el freezer. Mejor que no se haya terminado el queso rallado, mejor que haya queso rallado. Sino, de la patada en el culo que te voy a dar, te vas a morir de hambre en el aire. Para vos cualquier excusa es buena con tal de no hacer las compras, pero para ir a hacer gimnasia o a boludear con tus amigas siempre tenés tiempo. No te hagás la pelotuda.
Volvió de trabajar, Martín, un martes, a eso de las siete de la tarde. Como de costumbre. Está casado, Martín, hace siete años más o menos, con Andrea. Tiene un hijo chiquito. Trabaja bastante, Martín, es dentista, y sabe que la parte difícil es hacerse conocido, el boca a boca (justamente) en su profesión. Una vez que te hacés un nombre, alquilás un consultorio mejor en un barrio mejor y podés dejar de atender pacientes por prepaga. Un dentista que atiende sólo pacientes particulares gana buen dinero, el tío de Martín era dentista y le iba regio. Casa de fin de semana, buenos autos, viajás una vez por año a Europa, ves crecer a tus hijos con una educación privada, sos socio de algún club, jugás al golf, te cogés a alguien más, tenés algo parecido a una vida.
Andrea no trabajaba. Era profesora de inglés y traductora, pero lo habían conversado con Martín, y se habían puesto de acuerdo. La plata ya no era un problema, y lo mejor era que Andrea cuidara al nene. Ella estaba un poco aburrida de dar clases, además. A la mañana iba a alguna clase de gimnasia, en la casa siempre había algo para hacer aunque tuviera una muchacha para la limpieza, arreglaba para desayunar con alguna amiga.
La vida transcurría más o menos bien lubricada. No les iba mal, tenían vida social y vacaciones en Uruguay. No era lo más entretenido y excitante del mundo, pero después de los treinta años a nadie le pasan cosas demasiado interesantes. Esas cosas quedan para la televisión o el cine. Son cosas que pasan en las películas.
Volvió de trabajar Martín, dije, un martes.
–Llegué, mi amor –dijo Martín, dejó su maletín sobre la mesa de la cocina, se sacó el saco. Le sorprendió que Andrea no contestara, aunque estuviera en la pieza, ordenando el cuarto de Santiaguito, o terminando de bañarse, Andrea siempre le contestaba. Lo esperaba todo el día para contarle algo, cualquier cosa. Tomaban unos mates en la cocina y conversaban un poco, se quejaba de algo.
Fue por el pasillo al comedor, Martín.
Apareció Andrea. Bah, no apareció, ahí estaba, Andrea, en el comedor. Desnuda, nimbada por una extraña luz, de pie, bajo las dicroicas del living. Con una mano hacía extraños garabatos en el aire, sobre su cabeza, murmuraba conjuros. Estaba pintada, con algo, notó Martín cuando se acercó unos pasos. Estaba pintada, Andrea, las tetas, el estómago, los brazos. Con sangre. Sí, con sangre, y también el mentón, la barbilla, chorreaba sangre. A sus pies, a los pies de Andrea, había una gallina, muerta, degollada, echada de costado. Faltaban pedazos del cuerpo del animal, además de la cabeza, como si hubieran sido arrancados a mordiscones. Había sangre, mucha sangre sobre el parquet, y vidrios rotos, y plumas. El televisor encendido en un canal de música, con el volumen bajito. Tocaba una banda de heavy metal, unos peludos que no paraban de sacudir las cabezas.
Movía la cabecita con frenesí, Andrea, al compás de la música. Se había tusado el pelo con unas tijeras, había mechones de su cabello encima de los sillones. Tenía las uñas pintadas de negro. Martín vio que había una cruz sobre la mesa del comedor, una cruz de velas rojas, encendidas, a un costado un pequeño plato repleto de carozos de aceitunas, y una estampita. Los sillones parecían haber sido atacados a cuchillazos, no quedaba un solo almohadón sano.
–Soy la hija de Belcebú –le dijo Andrea, mirándolo muy fijo. Dio un buen trago a una botella de vodka que tenía en la mano (reconoció la botella, se la había regalado, a Martín, un paciente polaco al que le había colocado unos implantes), y luego escupió–. Soy cruza de vampiro y mamba negra, las fuerzas de lo oscuro habitan en mí, se manifiestan a través de mí. ¡Tengo la fuerza de la oscuridad! ¡El mal no es el mal! ¡Viva Satán!
Se roció el cabello con lo que quedaba de vodka, y luego intentó encenderlo, sí, lo que quedaba de su cabello, con un encendedor. Había cigarrillos apagados sobre los sillones, cigarrillos pisoteados sobre la alfombrita que le había regalado su tío Víctor, de piel de pecarí.
Un caso de satánica posesión, el cuerpo de Andrea tomado por completo por lo demoníaco. Las fuerzas del mal librando la madre de todas las batallas en el living de su casa.
–Me voy a dar una ducha –dijo Martín–. Hoy quiero cenar los agnolotis que había en el freezer. Mejor que no se haya terminado el queso rallado, mejor que haya queso rallado. Sino, de la patada en el culo que te voy a dar, te vas a morir de hambre en el aire. Para vos cualquier excusa es buena con tal de no hacer las compras, pero para ir a hacer gimnasia o a boludear con tus amigas siempre tenés tiempo. No te hagás la pelotuda.
5.1.12
Almost
seré whisky una noche.
reencarnaré en whisky, dorado como un sol.
la noche que no des más de la tristeza,
la noche que sientas que tu vagina es un
túnel
que no conduce a ninguna parte.
brillaré como un faro en tu inmensa
tormenta,
recordarás una frase, algo que dije,
sabrás que todavía queda el mar y
la lluvia,
los ladridos de un perro para el que
aún funciona tu oxidada magia.
no seré Lama ni cebra,
ni me llorarán mis novias. no habrá
libros con mi nombre
ni nadie que lleve una flor a mi tumba.
mi paso por la tierra tan pero tan
inútil.
abrirás un whisky
cuando nada resulte, cuando las tuercas
no ajusten y los autos no doblen.
cuando suene el teléfono para decir lo de siempre,
mucho peor que siempre,
aullarán las sirenas de cualquier ambulancia
como lobos famélicos.
los semáforos amarillos de tanto darle al pucho.
seré whisky una noche.
reencarnaré en whisky, dorado como un sol.
la noche que no des más de la tristeza,
la noche que sientas que tu vagina es un
túnel
que no conduce a ninguna parte.
brillaré como un faro en tu inmensa
tormenta,
recordarás una frase, algo que dije,
sabrás que todavía queda el mar y
la lluvia,
los ladridos de un perro para el que
aún funciona tu oxidada magia.
no seré Lama ni cebra,
ni me llorarán mis novias. no habrá
libros con mi nombre
ni nadie que lleve una flor a mi tumba.
mi paso por la tierra tan pero tan
inútil.
abrirás un whisky
cuando nada resulte, cuando las tuercas
no ajusten y los autos no doblen.
cuando suene el teléfono para decir lo de siempre,
mucho peor que siempre,
aullarán las sirenas de cualquier ambulancia
como lobos famélicos.
los semáforos amarillos de tanto darle al pucho.
seré whisky una noche.
30.12.11
La historia del emperador de China
La historia es, más o menos, siempre más o menos, así. Hay un emperador, en China, en la antigua imperial China, no sé su nombre. No me preguntes el nombre.
El emperador es venerado y temido, quizás en idénticas proporciones. Un chasquido de sus dedos puede provocar la muerte de una persona. Duerme, el emperador, rodeado de vírgenes doncellas. Le preparan sopa de una tortuga que sólo habita el río Yang Tsé. Elaboran sus prendas de vestir con las mejores sedas, estampadas con tigres y dragones bordados en hilos de oro. Cosas de ese estilo.
El emperador se acuesta a dormir. El emperador duerme. Al despertar, a la siguiente mañana, mientras le preparan un matinal baño con aceite de lavanda y pétalos de flores y agua traída de la cima del monte Emei, el emperador recuerda su sueño.
Fue un maravilloso sueño, el emperador recuerda que soñó que era una mariposa. Una mariposa de magníficos colores, volaba hacia una flor. Volaba y era una sensación tan deliciosa.
Entonces al emperador lo asalta una duda. Una duda que inmediatamente se para en dos patas y se transforma en angustia, en congoja.
¿Es un emperador que acaba de soñar que era una mariposa?, piensa el emperador, ¿o es una mariposa que sueña que es un emperador?
El emperador sabe que esa duda lo consumirá por dentro. Busca, pero no encuentra respuesta. Cómo saberlo.
Esa es la historia, la historia del emperador que una noche soñó que era una mariposa. Vos te preguntarás por qué te cuento, con evidente precariedad, con todas mis limitaciones, a qué viene, esta historia.
Es que no veo manera que te vuelvas interesante, quizás si abrimos otro vino.
El emperador es venerado y temido, quizás en idénticas proporciones. Un chasquido de sus dedos puede provocar la muerte de una persona. Duerme, el emperador, rodeado de vírgenes doncellas. Le preparan sopa de una tortuga que sólo habita el río Yang Tsé. Elaboran sus prendas de vestir con las mejores sedas, estampadas con tigres y dragones bordados en hilos de oro. Cosas de ese estilo.
El emperador se acuesta a dormir. El emperador duerme. Al despertar, a la siguiente mañana, mientras le preparan un matinal baño con aceite de lavanda y pétalos de flores y agua traída de la cima del monte Emei, el emperador recuerda su sueño.
Fue un maravilloso sueño, el emperador recuerda que soñó que era una mariposa. Una mariposa de magníficos colores, volaba hacia una flor. Volaba y era una sensación tan deliciosa.
Entonces al emperador lo asalta una duda. Una duda que inmediatamente se para en dos patas y se transforma en angustia, en congoja.
¿Es un emperador que acaba de soñar que era una mariposa?, piensa el emperador, ¿o es una mariposa que sueña que es un emperador?
El emperador sabe que esa duda lo consumirá por dentro. Busca, pero no encuentra respuesta. Cómo saberlo.
Esa es la historia, la historia del emperador que una noche soñó que era una mariposa. Vos te preguntarás por qué te cuento, con evidente precariedad, con todas mis limitaciones, a qué viene, esta historia.
Es que no veo manera que te vuelvas interesante, quizás si abrimos otro vino.
25.12.11
Curar la mente
El tratamiento es bien sencillito, vos sabés cómo soy yo, lo mío siempre fue curar. Pero curar prácticamente sin recursos, sin instrumental. Porque si le decís a la gente que el tratamiento para curarlos es demasiado complejo se asustan, es comprensible, la medicina se ha transformado en una presuntuosa ciencia que arroja una catarata de información que se extrae con los más modernos instrumentos y que la mayoría de las veces no sirve para nada. Y si les decís que lo que precisan para curarse es muy caro, bueno, la mayoría de las personas preferiría morirse, porque encima que están mal, encima que prácticamente todo lo que les sucede es una verdadera mierda, encima llegás vos y les decís que van a tener que gastar plata, mucha plata, y durante mucho tiempo. Mejor no darle bola a la enfermedad, a la dolencia, nadie tiene ni la guita ni la paciencia, quién aguanta.
Te explico el tratamiento, entonces, para curar la mente. Y no te olvides, está estudiado, más del 97% de las enfermedades arrancan, tienen su origen, en algún desarreglo de la mente. Estalla en el cuerpo, sí, el cuerpo es el parlante, la caja de resonancia, la tela donde se pintan los estragos de la mente. Si curás la mente, curás el cuerpo, eso ya ni se discute, no importa si trabajás en el Mount Sinai o si sos un médico umbanda.
Hacen falta dos milanesas, nada más. Viste qué fácil. No muy grandes, dos milanesitas. Se puede hacer con una milanesa sola y cortarla por la mitad, pero no es lo mejor. Conviene que sean dos milanesas separadas.
Pueden ser de rotisería, sí, pueden ser compradas. Pero el efecto es mucho más potente si las dos milanesas fueron hechas en casa.
Agarrás las dos milanesitas, así como están, calentitas, y las colocás, una en cada zapato. Como si fueran plantillas.
Y te ponés los zapatos.
Sí, así nomás. Como si nada. Sin medias, por supuesto, no podés usar medias. Total casi ni se nota, no pasa nada.
Y listo. Salís a trabajar, vas y hacés tu vida, no importa si sos abogado o maestra de geografía. Vas, vivís el día, como cualquier otro día. cuando terminás de hacer lo que tenés que hacer, a las cinco de la tarde o a las siete, volvés a tu casa.
Haber pasado todo el día caminando sobre dos milanesas hace que te des inmediata cuenta que todo lo que te sucede no es tan grave, no interesa, no pasa nada.
Llegás a tu casa, te sacás los zapatos, tirás las milanesas (no las comas). Te das un baño, podés mirar un poco de televisión o meterte en la cama.
Te explico el tratamiento, entonces, para curar la mente. Y no te olvides, está estudiado, más del 97% de las enfermedades arrancan, tienen su origen, en algún desarreglo de la mente. Estalla en el cuerpo, sí, el cuerpo es el parlante, la caja de resonancia, la tela donde se pintan los estragos de la mente. Si curás la mente, curás el cuerpo, eso ya ni se discute, no importa si trabajás en el Mount Sinai o si sos un médico umbanda.
Hacen falta dos milanesas, nada más. Viste qué fácil. No muy grandes, dos milanesitas. Se puede hacer con una milanesa sola y cortarla por la mitad, pero no es lo mejor. Conviene que sean dos milanesas separadas.
Pueden ser de rotisería, sí, pueden ser compradas. Pero el efecto es mucho más potente si las dos milanesas fueron hechas en casa.
Agarrás las dos milanesitas, así como están, calentitas, y las colocás, una en cada zapato. Como si fueran plantillas.
Y te ponés los zapatos.
Sí, así nomás. Como si nada. Sin medias, por supuesto, no podés usar medias. Total casi ni se nota, no pasa nada.
Y listo. Salís a trabajar, vas y hacés tu vida, no importa si sos abogado o maestra de geografía. Vas, vivís el día, como cualquier otro día. cuando terminás de hacer lo que tenés que hacer, a las cinco de la tarde o a las siete, volvés a tu casa.
Haber pasado todo el día caminando sobre dos milanesas hace que te des inmediata cuenta que todo lo que te sucede no es tan grave, no interesa, no pasa nada.
Llegás a tu casa, te sacás los zapatos, tirás las milanesas (no las comas). Te das un baño, podés mirar un poco de televisión o meterte en la cama.
20.12.11
Como si estuviera en trance
Voy a correr. Bah, a correr no, me arrastro. El día que se invente la disciplina deportiva ‘arrastring’ (o ‘repting’), quizás gane una medalla olímpica. No entiendo por qué la gente corre, desconozco la imbecilidad que los aturde, no vale la pena volver sobre la cuestión.
Lo mío es trotar apenas, una vuelta al parque, una vez por semana. La idea es subirme un poco en vueltas, transpirar, agitarme, corroborar que funciona el sistema, que estoy vivo por decirlo de algún modo, oxigenar la maquinaria y de esa forma saber que estaría apto, desde lo cardiológico, desde lo vascular, en el hipotético caso que hubiera que cogerse a alguien.
Así que troto una vuelta, y a punto de desfallecer, al borde de la extenuación misma, camino para recuperar el aliento. Como sé que no tendré ganas de dar otra vuelta completa ni siquiera caminando, me meto en el parque, con la intención de sentarme. Es martes, no son ni las ocho de la mañana, hace calor, es diciembre, no, no puedo decirte el nombre del parque.
Me siento en un banco a terminar de transpirar. A pesar del calor, la mañana es agradable todavía. Se oyen un par de pajaritos. Algunas personas, pocas, pasean a sus perros. Me tomaría una cerveza, y probablemente me quedaría dormido. No está mal, hay gente que para intentar ser feliz necesita ir al Caribe o hacer esquí acuático.
A lo lejos, a unos cincuenta metros sobre el sendero de piedras flanqueado de árboles, está la fuente. Es una fuente bastante grande, circular, debe tener unos buenos cinco o siete metros de diámetro.
Veo que hay una chica, de pie, sobre el borde de la fuente. La escena capta mi atención de inmediato. La chica es muy joven, muy delgada, lleva un etéreo vestido blanco.
Camino hacia ella, me acerco. Está descalza. Tiene un fantástico y desordenado cabello que le roza la cintura, de un castaño con reflejos más claros. La chica, parada sobre el borde de la fuente, mira hacia adentro, hacia adentro de la fuente, y murmura, o no, mejor, mucho mejor aún, canta. Tiene los ojos cerrados, su voz es tan dulce.
Más cerca todavía, veo que la chica hace alguna pausa mientras el sol se filtra entre los árboles y la ilumina, la nimba de luz. Se le transparenta la pequeña bombacha blanca a través del vestido, no lleva corpiño. Sus pechos son pequeños y puntiagudos. La chica, con los ojos cerrados, parece sonreír apenas mientras ensaya un delicado movimiento de una secreta y armoniosa danza. Como si estuviera en trance.
Me acerco, me acerco más, con fascinación no exenta de respeto. La chica lanza una moneda al agua, tiene un bolsito, a sus pies, un bolsito multicolor tejido a mano. Hay un libro, también, y un par de carpetas, junto a sus sandalias. El movimiento sigue, casi en cámara lenta, la danza, es como si la alegría misma acariciara el sol, los árboles, el agua.
Espero un momento, la contemplo. Intento disminuir mi agitación y al mismo tiempo mantenerme vivo, respirar, mientras ella percibe mi presencia.
–Disculpame –digo finalmente, carraspeo– ¿Qué deseos pedís? –No soy quizás muy original, lo admito, pero tampoco grosero. Mi inquietud es genuina, fui respetuoso, mostré mi interés, educado.
–Que aparezcas vos –la chica con un grácil movimiento ha metido la mano en el bolsito, pero no ha sacado otra moneda, sino un .38 corto, me apunta al centro exacto de mi fatigado pecho, me está apuntando–. Que aparezca un pelotudo más o menos como vos. Dame todo lo que tengas, la guita, el reloj, las zapatillas. Dame todo rapidito sin chistar, porque te mato.
Lo mío es trotar apenas, una vuelta al parque, una vez por semana. La idea es subirme un poco en vueltas, transpirar, agitarme, corroborar que funciona el sistema, que estoy vivo por decirlo de algún modo, oxigenar la maquinaria y de esa forma saber que estaría apto, desde lo cardiológico, desde lo vascular, en el hipotético caso que hubiera que cogerse a alguien.
Así que troto una vuelta, y a punto de desfallecer, al borde de la extenuación misma, camino para recuperar el aliento. Como sé que no tendré ganas de dar otra vuelta completa ni siquiera caminando, me meto en el parque, con la intención de sentarme. Es martes, no son ni las ocho de la mañana, hace calor, es diciembre, no, no puedo decirte el nombre del parque.
Me siento en un banco a terminar de transpirar. A pesar del calor, la mañana es agradable todavía. Se oyen un par de pajaritos. Algunas personas, pocas, pasean a sus perros. Me tomaría una cerveza, y probablemente me quedaría dormido. No está mal, hay gente que para intentar ser feliz necesita ir al Caribe o hacer esquí acuático.
A lo lejos, a unos cincuenta metros sobre el sendero de piedras flanqueado de árboles, está la fuente. Es una fuente bastante grande, circular, debe tener unos buenos cinco o siete metros de diámetro.
Veo que hay una chica, de pie, sobre el borde de la fuente. La escena capta mi atención de inmediato. La chica es muy joven, muy delgada, lleva un etéreo vestido blanco.
Camino hacia ella, me acerco. Está descalza. Tiene un fantástico y desordenado cabello que le roza la cintura, de un castaño con reflejos más claros. La chica, parada sobre el borde de la fuente, mira hacia adentro, hacia adentro de la fuente, y murmura, o no, mejor, mucho mejor aún, canta. Tiene los ojos cerrados, su voz es tan dulce.
Más cerca todavía, veo que la chica hace alguna pausa mientras el sol se filtra entre los árboles y la ilumina, la nimba de luz. Se le transparenta la pequeña bombacha blanca a través del vestido, no lleva corpiño. Sus pechos son pequeños y puntiagudos. La chica, con los ojos cerrados, parece sonreír apenas mientras ensaya un delicado movimiento de una secreta y armoniosa danza. Como si estuviera en trance.
Me acerco, me acerco más, con fascinación no exenta de respeto. La chica lanza una moneda al agua, tiene un bolsito, a sus pies, un bolsito multicolor tejido a mano. Hay un libro, también, y un par de carpetas, junto a sus sandalias. El movimiento sigue, casi en cámara lenta, la danza, es como si la alegría misma acariciara el sol, los árboles, el agua.
Espero un momento, la contemplo. Intento disminuir mi agitación y al mismo tiempo mantenerme vivo, respirar, mientras ella percibe mi presencia.
–Disculpame –digo finalmente, carraspeo– ¿Qué deseos pedís? –No soy quizás muy original, lo admito, pero tampoco grosero. Mi inquietud es genuina, fui respetuoso, mostré mi interés, educado.
–Que aparezcas vos –la chica con un grácil movimiento ha metido la mano en el bolsito, pero no ha sacado otra moneda, sino un .38 corto, me apunta al centro exacto de mi fatigado pecho, me está apuntando–. Que aparezca un pelotudo más o menos como vos. Dame todo lo que tengas, la guita, el reloj, las zapatillas. Dame todo rapidito sin chistar, porque te mato.
15.12.11
The way you are
Me gustan las mujeres que tienen tetas con esos pezones tan particulares, tan característicos, unos pezones que no he visto últimamente, unos pezones que casi ya no se fabrican. Son unos pezones gorditos, es la única forma que tengo de definirlos, van del rosa muy pálido hacia el beige, se ubican en esa gama de colores. Forman parte constitutiva de las tetas desde ya, pero es como el último brochazo que las termina. Es un pezón suave, muy suave, generoso. No es ese pezón negro de araña muy chiquito, ni el pezón puntiagudo como la primer falange de un meñique.
Me gustan las mujeres que tienen el culo corto, esa es la clave. No importa si es más o menos gordo, si tenés alguna picadura de viruela o algo de celulitis. No tiene que haber perfección ni excesiva turgencia, no es necesaria la matemática simetría. Pero que el culo sea corto es importante. Porque si el culo es largo, se derrama y ahí pierde toda la potencia expresiva. El culo corto va con cualquier par de jeans, y acostada boca abajo, o en cuatro patas, rinde siempre.
Me gustan las mujeres con algo de vello púbico. La vagina debe estar cubierta, la mágica hendidura, las puertas del cielo, por un delicado velo. De nada sirve que te depiles por completo si ya no sos una nena. Puede que hagas eso por mal asesoramiento o exceso de pornografía, el hombre que se calienta con una treintañera vestida de colegiala, bueno, quizás no sea su culpa, quizás tiene demasiado fútbol encima. De nada sirve que te depiles por completo, decía, si tenés la vulva como si te hubieras hecho matraquear por una manada de canguros. Tampoco bueno, desde ya, que tengas en la entrepierna la continuación de la selva amazónica donde crece la más variada vegetación y hay restos de lechuga o de fideos a la bolognesa, eso sí que no ayuda. No seas excesivamente original con tu vello púbico, por favor, podés aplicar el ingenio, en caso de existir, en otra cosa. Podés hacer un curso.
Igual por mí no te hagás mucho problema. Yo he pasado larguísimos períodos sin ponerla, yo te cojo como vengas.
Me gustan las mujeres que tienen el culo corto, esa es la clave. No importa si es más o menos gordo, si tenés alguna picadura de viruela o algo de celulitis. No tiene que haber perfección ni excesiva turgencia, no es necesaria la matemática simetría. Pero que el culo sea corto es importante. Porque si el culo es largo, se derrama y ahí pierde toda la potencia expresiva. El culo corto va con cualquier par de jeans, y acostada boca abajo, o en cuatro patas, rinde siempre.
Me gustan las mujeres con algo de vello púbico. La vagina debe estar cubierta, la mágica hendidura, las puertas del cielo, por un delicado velo. De nada sirve que te depiles por completo si ya no sos una nena. Puede que hagas eso por mal asesoramiento o exceso de pornografía, el hombre que se calienta con una treintañera vestida de colegiala, bueno, quizás no sea su culpa, quizás tiene demasiado fútbol encima. De nada sirve que te depiles por completo, decía, si tenés la vulva como si te hubieras hecho matraquear por una manada de canguros. Tampoco bueno, desde ya, que tengas en la entrepierna la continuación de la selva amazónica donde crece la más variada vegetación y hay restos de lechuga o de fideos a la bolognesa, eso sí que no ayuda. No seas excesivamente original con tu vello púbico, por favor, podés aplicar el ingenio, en caso de existir, en otra cosa. Podés hacer un curso.
Igual por mí no te hagás mucho problema. Yo he pasado larguísimos períodos sin ponerla, yo te cojo como vengas.
10.12.11
Son situaciones
Por lo general, la vida transcurre entre dos tipos de situaciones bien diferenciadas. Es lo habitual, se trata de la norma que nos rige, nos contiene, nos abarca.
Un tipo de situaciones son aquellas en las cuales no hay nada para hacer, de tu parte. El otro tipo de situaciones son aquellas donde lo que hagas es irrelevante, no importa, no cambia nada.
Por ejemplo hay un terremoto, por ejemplo se te rompió una muela masticando un puñado de maní japonés. No hay nada para hacer, actuaron las fuerzas de la naturaleza, la fatiga de materiales, las cosas suceden, pasan.
Por ejemplo tu marido te dice que tiene una amante y que se va de casa, por ejemplo ascienden a un compañero de oficina a la subgerencia que tanto tiempo anhelaste. Vas a irlo a buscar, vas a ir a hablar, te vas a quejar, vas a patear una puerta o a esgrimir un razonable argumento. Vas y hacés y no sirve, no modifica nada.
No, no hace falta que discutas conmigo, mucho menos que me expliques por qué no estás de acuerdo. Para eso está tu psicólogo, para eso le pagás.
Un tipo de situaciones son aquellas en las cuales no hay nada para hacer, de tu parte. El otro tipo de situaciones son aquellas donde lo que hagas es irrelevante, no importa, no cambia nada.
Por ejemplo hay un terremoto, por ejemplo se te rompió una muela masticando un puñado de maní japonés. No hay nada para hacer, actuaron las fuerzas de la naturaleza, la fatiga de materiales, las cosas suceden, pasan.
Por ejemplo tu marido te dice que tiene una amante y que se va de casa, por ejemplo ascienden a un compañero de oficina a la subgerencia que tanto tiempo anhelaste. Vas a irlo a buscar, vas a ir a hablar, te vas a quejar, vas a patear una puerta o a esgrimir un razonable argumento. Vas y hacés y no sirve, no modifica nada.
No, no hace falta que discutas conmigo, mucho menos que me expliques por qué no estás de acuerdo. Para eso está tu psicólogo, para eso le pagás.
5.12.11
Planes y proyectos
Vino Mónica, a verme. Raro, habíamos vivido juntos, algo menos de un año, pero de eso hacía mucho, más de cinco años. Me acuerdo que ella estaba llena de planes, de proyectos.
Tocó timbre, Mónica, un sábado a la mañana. Raro, dije, porque en mi casa nadie toca timbre, salvo cuando pido una pizza. No veo a mucha gente, no veo prácticamente a nadie, y menos en mi casa. Si subís a mi casa es para coger, si no ni subas, si no por favor andate.
Bajé. Le pregunté si quería ir a tomar un café. Le dije que me sorprendía verla.
–Me sorprende verte –dije.
–Tengo que almorzar con una amiga que vive acá cerca, se me ocurrió tocarte un timbre para ver cómo estabas.
Caminamos dos cuadras, entramos a un bar. Diciembre en Buenos Aires, un calor del carajo, la tristeza de siempre, potenciada por el twister emocional de fin de año. Debían ser las nueve de la mañana.
–Cómo andás, tanto tiempo –dije, por decir algo. El tiempo nos había pasado por encima a todos. A ella, a mí. Cinco años es mucho tiempo, salvo que tengas diez años, y entonces cinco años es poco tiempo, pero es la mitad de tu vida.
–Cuando nos peleamos me fui a laburar a un geriátrico –dijo Mónica–. Mi prima es enfermera, y me consiguió ese laburo. Al toque empecé a pajear a los viejos, por poca plata. Me embadurnaba las manos con óleo calcáreo y los pajeaba un rato largo. Les tiraba de la goma a cambio de cualquier cosa, de las tartas o los yogures que les trajeran los familiares. De las frazaditas, las almohadillas eléctricas, los frascos de compota.
–Mirá, no –dije. Qué se puede decir cuando te cuentan algo así.
–Ahí uno de los tipos de limpieza me ofreció trabajar de prostituta, en Constitución. Zona brava. Cogí en la calle con bolivianos que se emborrachaban con alcohol de farmacia, con chinos que te eructaban en la cara y se tiraban pedos chiquitos, apenas un blip que te dejaba olor a pescado podrido en el pelo por una semana. Cogía en la calle, atrás de un árbol, o en autos, por monedas. Con albañiles que se quedaban dormidos en medio del polvo en hoteles donde podías ver las pulgas saltando sobre los acolchados. Cogía con tipos a los que le faltaban todos los dientes que se reían abriendo bien la boca y te daba más miedo que mirar adentro del túnel del tren fantasma, tipos que después de coger te partían la nariz a trompadas, tipos que después de coger te apagaban cigarrillos en los brazos o en las piernas, y te robaban.
–Debió ser bravo –dije.
–Después me metí en el mundo del sadomasoquismo, fui directamente al escalón más bajo. Cogía con tipos que me pedían que les clavara tachuelas en el culo, o que les arrancara una muela con una tenaza. Tipos que me filmaban con el teléfono celular mientras me tomaba un vaso de pis o le chupaba los dedos de los pies a un enano, cosas así.
–Fuerte, eh –terminé mi café. Con la yema de un índice fui juntando las miguitas de la medialuna que había pedido, y me las comí también.
–Y todo lo que te conté –Mónica vació lo que quedaba de su jugo de naranja, de un trago–, todas las barbaridades que hice, las peores cosas, lo que viví, en ningún caso fue ni la mitad de malo que el año que vivimos juntos. Pasaba por acá y vine a decirte eso.
Se me quedó mirando, Mónica, con esos ojazos color miel, su fantástico cabello algo más corto, las uñas carcomidas como siempre.
–Es bueno saber que estar conmigo te sirvió para crecer, para superarte –pensé en pedir otro café pero me pareció que no, levanté la vista y el mozo me estaba mirando. Hice un gesto en el aire, como quien dibuja una ínfima ola–. Sí, la cuenta.
Tocó timbre, Mónica, un sábado a la mañana. Raro, dije, porque en mi casa nadie toca timbre, salvo cuando pido una pizza. No veo a mucha gente, no veo prácticamente a nadie, y menos en mi casa. Si subís a mi casa es para coger, si no ni subas, si no por favor andate.
Bajé. Le pregunté si quería ir a tomar un café. Le dije que me sorprendía verla.
–Me sorprende verte –dije.
–Tengo que almorzar con una amiga que vive acá cerca, se me ocurrió tocarte un timbre para ver cómo estabas.
Caminamos dos cuadras, entramos a un bar. Diciembre en Buenos Aires, un calor del carajo, la tristeza de siempre, potenciada por el twister emocional de fin de año. Debían ser las nueve de la mañana.
–Cómo andás, tanto tiempo –dije, por decir algo. El tiempo nos había pasado por encima a todos. A ella, a mí. Cinco años es mucho tiempo, salvo que tengas diez años, y entonces cinco años es poco tiempo, pero es la mitad de tu vida.
–Cuando nos peleamos me fui a laburar a un geriátrico –dijo Mónica–. Mi prima es enfermera, y me consiguió ese laburo. Al toque empecé a pajear a los viejos, por poca plata. Me embadurnaba las manos con óleo calcáreo y los pajeaba un rato largo. Les tiraba de la goma a cambio de cualquier cosa, de las tartas o los yogures que les trajeran los familiares. De las frazaditas, las almohadillas eléctricas, los frascos de compota.
–Mirá, no –dije. Qué se puede decir cuando te cuentan algo así.
–Ahí uno de los tipos de limpieza me ofreció trabajar de prostituta, en Constitución. Zona brava. Cogí en la calle con bolivianos que se emborrachaban con alcohol de farmacia, con chinos que te eructaban en la cara y se tiraban pedos chiquitos, apenas un blip que te dejaba olor a pescado podrido en el pelo por una semana. Cogía en la calle, atrás de un árbol, o en autos, por monedas. Con albañiles que se quedaban dormidos en medio del polvo en hoteles donde podías ver las pulgas saltando sobre los acolchados. Cogía con tipos a los que le faltaban todos los dientes que se reían abriendo bien la boca y te daba más miedo que mirar adentro del túnel del tren fantasma, tipos que después de coger te partían la nariz a trompadas, tipos que después de coger te apagaban cigarrillos en los brazos o en las piernas, y te robaban.
–Debió ser bravo –dije.
–Después me metí en el mundo del sadomasoquismo, fui directamente al escalón más bajo. Cogía con tipos que me pedían que les clavara tachuelas en el culo, o que les arrancara una muela con una tenaza. Tipos que me filmaban con el teléfono celular mientras me tomaba un vaso de pis o le chupaba los dedos de los pies a un enano, cosas así.
–Fuerte, eh –terminé mi café. Con la yema de un índice fui juntando las miguitas de la medialuna que había pedido, y me las comí también.
–Y todo lo que te conté –Mónica vació lo que quedaba de su jugo de naranja, de un trago–, todas las barbaridades que hice, las peores cosas, lo que viví, en ningún caso fue ni la mitad de malo que el año que vivimos juntos. Pasaba por acá y vine a decirte eso.
Se me quedó mirando, Mónica, con esos ojazos color miel, su fantástico cabello algo más corto, las uñas carcomidas como siempre.
–Es bueno saber que estar conmigo te sirvió para crecer, para superarte –pensé en pedir otro café pero me pareció que no, levanté la vista y el mozo me estaba mirando. Hice un gesto en el aire, como quien dibuja una ínfima ola–. Sí, la cuenta.
30.11.11
Acerca del autor
Nadie, que yo recuerde. Nunca me extrañó nadie. Jamás pude bajarme de un avión, o de un micro en una terminal, y que alguien estuviera ahí, de pie, alegre de verme. Salvo mi perro Urko, sí, cuando yo era chiquito, pero Urko era un capo y yo le daba de comer pedacitos de Bay Biscuit durante la merienda. Urko era genial, y era un perro, los perros tienen códigos muy superiores a los de las personas. Urko no cuenta.
Nadie quiso coger conmigo, de verdad, de onda. Tuve tres o cinco novias, claro, como todo el mundo, pero no sentían la actividad, no tenían esa pulsión. No les nacía nada. Cogíamos, claro que cogíamos, pero muchas veces tuve que pedir, prácticamente mendigar unas migajas de sexo, y ellas cogían porque bueno, era algo que había que hacer mientras esperaban reponerse de su penúltimo fracaso, tomaban aire o un par de cafés con leche o buscaban dónde aterrizar con sus crecientes adiposidades antes de quedarse sin combustible en el medio del negro cielo de sus vidas.
De chiquito nadie quería bailar lento conmigo, lo recuerdo perfectamente, no te podés olvidar de eso. En la primaria, o hasta los catorce años. Ensayaba frente al espejo del comedor, el catatónico pasito de baile, aferraba la sinuosa cintura de la nada escuchando a Air Supply o el lento de los Bee Gees, yo qué sé. Imaginaba la cabeza de Andrea descansando sobre mi pecho, los brazos de Gisela rodeándome el cuello, el perfil de Verónica respirándome cerca, tan cerca. Pero nada, las chicas no querían abrazarme, y yo me quedaba a un costado y miraba a los que bailaban, como si tuvieras que tragarte un sachet de vinagre, sorbo a sorbo. Salía al balcón y miraba hacia abajo, ponía cara de estar pensando en algo, en algo muy importante como si lo que pasaba en el salón no me importara, cuando lo único que me importaba era bailar un lento, uno solo, olisquear un cuello, sentir una mejilla transpirada.
Y eso es todo, así fue mi vida. Ahora vos me estás leyendo y te parece que con eso es suficiente, que quizás yo pueda sentirme satisfecho. Que con eso alcanza.
Nadie quiso coger conmigo, de verdad, de onda. Tuve tres o cinco novias, claro, como todo el mundo, pero no sentían la actividad, no tenían esa pulsión. No les nacía nada. Cogíamos, claro que cogíamos, pero muchas veces tuve que pedir, prácticamente mendigar unas migajas de sexo, y ellas cogían porque bueno, era algo que había que hacer mientras esperaban reponerse de su penúltimo fracaso, tomaban aire o un par de cafés con leche o buscaban dónde aterrizar con sus crecientes adiposidades antes de quedarse sin combustible en el medio del negro cielo de sus vidas.
De chiquito nadie quería bailar lento conmigo, lo recuerdo perfectamente, no te podés olvidar de eso. En la primaria, o hasta los catorce años. Ensayaba frente al espejo del comedor, el catatónico pasito de baile, aferraba la sinuosa cintura de la nada escuchando a Air Supply o el lento de los Bee Gees, yo qué sé. Imaginaba la cabeza de Andrea descansando sobre mi pecho, los brazos de Gisela rodeándome el cuello, el perfil de Verónica respirándome cerca, tan cerca. Pero nada, las chicas no querían abrazarme, y yo me quedaba a un costado y miraba a los que bailaban, como si tuvieras que tragarte un sachet de vinagre, sorbo a sorbo. Salía al balcón y miraba hacia abajo, ponía cara de estar pensando en algo, en algo muy importante como si lo que pasaba en el salón no me importara, cuando lo único que me importaba era bailar un lento, uno solo, olisquear un cuello, sentir una mejilla transpirada.
Y eso es todo, así fue mi vida. Ahora vos me estás leyendo y te parece que con eso es suficiente, que quizás yo pueda sentirme satisfecho. Que con eso alcanza.
25.11.11
Tolombetti
El médico me había recomendado que nadara. Por la espalda. Me dolía la espalda, a veces las cervicales, a veces las lumbares, pero me dolía la espalda, siempre. De estar todo el día sentado frente a una computadora, dijo el médico. Te sentás mal y no te das cuenta, o hacés fuerza con el cuello porque el respaldo de la silla está vencido, y no te das cuenta.
Lo importante, lo que deberías saber, es que después de los treinta años te va a doler algo, eso no es negociable. Conviene ir haciéndose amigo del dolor, invitarlo a dar una vuelta, conocerse. Prepararse para una relación más íntima.
Te haría bien nadar, dijo el médico. Me anoté en un Megatlón de barrio, no importa el barrio. Sabía nadar, había nadado de chico, ese no era el problema.
El problema era la gente. Mucha gente, siempre. Hay una nueva monada que considera conveniente cuidarse el cuerpo, creen que eso les garantizará alguna clase de status y aceptación. Están los que hacen pesas, están los que corren en cinta o andan en bicicleta fija, y así. No hay fauna más estúpida que la que concurre a un gimnasio, de más está decirlo. Gente bastante particular, que han olvidado la relevancia de pensar de tanto en tanto, o de permanecer en silencio. Sign of the times.
Probé ir a nadar después del trabajo, pero estaba la pileta llena. No, no llena de agua, llena de boludos. Así que probé ir a las siete, después a las ocho de la noche. Finalmente, a las nueve. El club cerraba a las diez y media, la pileta a las diez. A las nueve por lo general la gente se va a cenar, la cosa se ponía algo más fluida, disminuía el caudal de infelices, se volvía todo menos traumático.
Entraba a la pileta nueve y cuarto más o menos, nadaba media hora, salía, me duchaba, me secaba, me vestía, y me iba a comer algo por ahí, antes de volver a casa. La actividad física me hacía dormir mejor, la espalda se seguía quejando un poco, pero no chillaba como un animal herido.
Salía de nadar, me duchaba, esperaba un poco que el cuerpo se secara / secase, sentado en un banco del vestuario, antes de vestirme.
Había un tipo. Cada vez que yo salía de nadar, y me sentaba en el mismo banco, había un tipo. Sentado. Cubierto apenas por una pequeña toalla sobre los hombros.
Hablando por teléfono celular, el tipo. Siempre.
–Sí, mi amor, sí. ¡Ya te dije que sí! –Hablaba muy fuerte, miraba alrededor, buscando aprobación, empatía–. Ahora voy, linda. ¡Te dije que ahora voy!
O sino.
–Pero no, bebé, no era yo. ¿Cómo voy a estar tomando un café con otra mina justo enfrente de tu casa? –Se reía, el tipo, subía el tono de voz, gesticulaba para su involuntario y algo fastidiado público, desplegaba los abstrusos avatares de su ajetreada vida afectiva.
–Cortá de una vez, Tolombetti –le gritaba desde el mostrador el empleado del vestuario, con un cigarrillo colgando de la boca.
Así supe que al tipo le decían Tolombetti, y que estaba siempre ahí, después de correr doce minutos en la cinta, recién bañado, hablando media hora o más por teléfono celular, con una o varias mujeres, no se sabía, porque a veces cortaba, tomaba aire, y atendía de nuevo o volvía a llamar. A los gritos, discutiendo, por lo general sobrador, peleando o reconciliándose.
–Te dije que hoy no puedo, preciosa –resoplaba, Tolombetti, se rascaba con un índice la nuca, o arriba, justo en el centro y arriba, en el techo, por decirlo de algún modo, de su cabeza–. Te había avisado que hoy me voy a comer con los muchachos.
Pálido como un fantasma, Tolombetti, peinado para el costado con un peine muy finito, como lo debía haber peinado su mamá a los once años, los ojos algo enrojecidos, mirada de dogo aturdido, entre cuarenta y cincuenta años. Hablando por teléfono, siempre.
Había algo más, algo perturbador, difícil de omitir. Tolombetti era portador de una descomunal garompa. Por regla general no me gustan los tipos, y en los vestuarios de hombres la norma básica es no mirar, o no mirar más abajo del cuello en caso de ser preciso mirar a alguien. Pero el tipo estaba ahí, sentado sobre un banco de madera, con la verga descansando sobre uno de sus muslos, como una pequeña foca o el antebrazo de un rollizo bebé. El tipo hablaba por teléfono y se miraba un poco la chaucha, o la palpaba con dos dedos, como si le estuviera tomando el pulso, y hasta los tipos que querían burlarse de las conversaciones de Tolombetti, enfocaban por un momento la gaver, y no tenían más remedio que hacer un respetuoso silencio. Así como en las cárceles se respetan la cantidad de asesinatos cometidos, en los vestuarios se respetan las vergas (los tamaños). El tipo dejaba ahí la herramienta, tomando aire, imponiendo presencia, mientras seguía con sus interminables discusiones telefónicas.
–¡Basta, Tolombetti! ¡Cortala, basta! –gritaba el tipo del vestuario y todos los que terminábamos de cambiarnos (éramos cinco o siete sentados en diferentes bancos del vestuario) nos reíamos, porque Tolombetti hacía la señal de silencio con un dedo sobre los labios, o se tapaba el otro oído para no perder el hilo de la conversación que mantenía.
Hasta que un día. Como siempre. Diez de la noche. Había nadado, me había duchado, estaba terminando de vestirme. Demoraba un poco en ponerme la camisa porque hacía calor, yo transpiro como un condenado.
–Bueno, bebé, bueno –Tolombetti hablaba–. Ya se te va a pasar, voy a comprar un vinito y paso en un rato. Vas a ver que nos amigamos.
Fueron dos, así que estaba planeado. Uno era un instructor del gimnasio, al otro no lo había visto nunca. La maniobra fue perfecta en su ejecución, sumado al efecto sorpresa.
Uno de los dos, no el instructor, inmovilizó a Tolombetti deste atrás, con una toalla. Simplemente le pasó la toalla enrollada por encima de la cabeza, y de esa forma, tirando, le trabó los brazos. Mientras el otro, el instructor, le quitaba justo en ese instante a Tolombetti el teléfono celular de la mano.
El instructor se puso el teléfono en una oreja.
–¡A ver si te dejás de romper las pelotas, querida, que acá en el gimnasio no aguantamos más! –Dijo. Y todos nos reímos con ganas, mientras Tolombetti forcejeaba para zafarse aunque sin suerte, porque el pibe que lo atenazaba con la toalla era joven, de unos ochenta kilos, físico muy trabajado.
La escena era tremenda, brillante y tremenda, por aquello que dijo Cioran alguna vez, eso de ‘lo que no es desgarrador, es superfluo’.
Pero el instructor, después de lanzar la puteada, se quedó con la boca abierta. Fue pasándonos el teléfono, de uno en uno, para que lo viéramos, tocaba teclas, nos acercaba el teléfono a las respectivas orejas, nos hacía escuchar.
El teléfono estaba mudo, el teléfono no andaba, el teléfono jamás había funcionado. Tolombetti, ya liberado de la toalla, se tapaba la cara con las manos. Lloraba como un chico, negaba con la cabeza. Lloraba.
Lo importante, lo que deberías saber, es que después de los treinta años te va a doler algo, eso no es negociable. Conviene ir haciéndose amigo del dolor, invitarlo a dar una vuelta, conocerse. Prepararse para una relación más íntima.
Te haría bien nadar, dijo el médico. Me anoté en un Megatlón de barrio, no importa el barrio. Sabía nadar, había nadado de chico, ese no era el problema.
El problema era la gente. Mucha gente, siempre. Hay una nueva monada que considera conveniente cuidarse el cuerpo, creen que eso les garantizará alguna clase de status y aceptación. Están los que hacen pesas, están los que corren en cinta o andan en bicicleta fija, y así. No hay fauna más estúpida que la que concurre a un gimnasio, de más está decirlo. Gente bastante particular, que han olvidado la relevancia de pensar de tanto en tanto, o de permanecer en silencio. Sign of the times.
Probé ir a nadar después del trabajo, pero estaba la pileta llena. No, no llena de agua, llena de boludos. Así que probé ir a las siete, después a las ocho de la noche. Finalmente, a las nueve. El club cerraba a las diez y media, la pileta a las diez. A las nueve por lo general la gente se va a cenar, la cosa se ponía algo más fluida, disminuía el caudal de infelices, se volvía todo menos traumático.
Entraba a la pileta nueve y cuarto más o menos, nadaba media hora, salía, me duchaba, me secaba, me vestía, y me iba a comer algo por ahí, antes de volver a casa. La actividad física me hacía dormir mejor, la espalda se seguía quejando un poco, pero no chillaba como un animal herido.
Salía de nadar, me duchaba, esperaba un poco que el cuerpo se secara / secase, sentado en un banco del vestuario, antes de vestirme.
Había un tipo. Cada vez que yo salía de nadar, y me sentaba en el mismo banco, había un tipo. Sentado. Cubierto apenas por una pequeña toalla sobre los hombros.
Hablando por teléfono celular, el tipo. Siempre.
–Sí, mi amor, sí. ¡Ya te dije que sí! –Hablaba muy fuerte, miraba alrededor, buscando aprobación, empatía–. Ahora voy, linda. ¡Te dije que ahora voy!
O sino.
–Pero no, bebé, no era yo. ¿Cómo voy a estar tomando un café con otra mina justo enfrente de tu casa? –Se reía, el tipo, subía el tono de voz, gesticulaba para su involuntario y algo fastidiado público, desplegaba los abstrusos avatares de su ajetreada vida afectiva.
–Cortá de una vez, Tolombetti –le gritaba desde el mostrador el empleado del vestuario, con un cigarrillo colgando de la boca.
Así supe que al tipo le decían Tolombetti, y que estaba siempre ahí, después de correr doce minutos en la cinta, recién bañado, hablando media hora o más por teléfono celular, con una o varias mujeres, no se sabía, porque a veces cortaba, tomaba aire, y atendía de nuevo o volvía a llamar. A los gritos, discutiendo, por lo general sobrador, peleando o reconciliándose.
–Te dije que hoy no puedo, preciosa –resoplaba, Tolombetti, se rascaba con un índice la nuca, o arriba, justo en el centro y arriba, en el techo, por decirlo de algún modo, de su cabeza–. Te había avisado que hoy me voy a comer con los muchachos.
Pálido como un fantasma, Tolombetti, peinado para el costado con un peine muy finito, como lo debía haber peinado su mamá a los once años, los ojos algo enrojecidos, mirada de dogo aturdido, entre cuarenta y cincuenta años. Hablando por teléfono, siempre.
Había algo más, algo perturbador, difícil de omitir. Tolombetti era portador de una descomunal garompa. Por regla general no me gustan los tipos, y en los vestuarios de hombres la norma básica es no mirar, o no mirar más abajo del cuello en caso de ser preciso mirar a alguien. Pero el tipo estaba ahí, sentado sobre un banco de madera, con la verga descansando sobre uno de sus muslos, como una pequeña foca o el antebrazo de un rollizo bebé. El tipo hablaba por teléfono y se miraba un poco la chaucha, o la palpaba con dos dedos, como si le estuviera tomando el pulso, y hasta los tipos que querían burlarse de las conversaciones de Tolombetti, enfocaban por un momento la gaver, y no tenían más remedio que hacer un respetuoso silencio. Así como en las cárceles se respetan la cantidad de asesinatos cometidos, en los vestuarios se respetan las vergas (los tamaños). El tipo dejaba ahí la herramienta, tomando aire, imponiendo presencia, mientras seguía con sus interminables discusiones telefónicas.
–¡Basta, Tolombetti! ¡Cortala, basta! –gritaba el tipo del vestuario y todos los que terminábamos de cambiarnos (éramos cinco o siete sentados en diferentes bancos del vestuario) nos reíamos, porque Tolombetti hacía la señal de silencio con un dedo sobre los labios, o se tapaba el otro oído para no perder el hilo de la conversación que mantenía.
Hasta que un día. Como siempre. Diez de la noche. Había nadado, me había duchado, estaba terminando de vestirme. Demoraba un poco en ponerme la camisa porque hacía calor, yo transpiro como un condenado.
–Bueno, bebé, bueno –Tolombetti hablaba–. Ya se te va a pasar, voy a comprar un vinito y paso en un rato. Vas a ver que nos amigamos.
Fueron dos, así que estaba planeado. Uno era un instructor del gimnasio, al otro no lo había visto nunca. La maniobra fue perfecta en su ejecución, sumado al efecto sorpresa.
Uno de los dos, no el instructor, inmovilizó a Tolombetti deste atrás, con una toalla. Simplemente le pasó la toalla enrollada por encima de la cabeza, y de esa forma, tirando, le trabó los brazos. Mientras el otro, el instructor, le quitaba justo en ese instante a Tolombetti el teléfono celular de la mano.
El instructor se puso el teléfono en una oreja.
–¡A ver si te dejás de romper las pelotas, querida, que acá en el gimnasio no aguantamos más! –Dijo. Y todos nos reímos con ganas, mientras Tolombetti forcejeaba para zafarse aunque sin suerte, porque el pibe que lo atenazaba con la toalla era joven, de unos ochenta kilos, físico muy trabajado.
La escena era tremenda, brillante y tremenda, por aquello que dijo Cioran alguna vez, eso de ‘lo que no es desgarrador, es superfluo’.
Pero el instructor, después de lanzar la puteada, se quedó con la boca abierta. Fue pasándonos el teléfono, de uno en uno, para que lo viéramos, tocaba teclas, nos acercaba el teléfono a las respectivas orejas, nos hacía escuchar.
El teléfono estaba mudo, el teléfono no andaba, el teléfono jamás había funcionado. Tolombetti, ya liberado de la toalla, se tapaba la cara con las manos. Lloraba como un chico, negaba con la cabeza. Lloraba.
20.11.11
Villano
Yo hubiera podido ser el hombre araña. Claro que sí, perfectamente. Pero mi vieja no hubiera parado de preguntarme qué hago ahí afuera, colgado de los edificios, con el frío que hace. Por qué mejor no termino una carrera más tradicional, médico, abogado. Algo que deje unos mangos.
Yo hubiera podido ser Batman. Tenía la actitud, la capacidad. Pero mi vieja me hubiera preguntado qué me pasa que tengo que andar con la cara tapada, y algo malo tengo seguro en las orejas tan puntiagudas, otitis tal vez, la otitis media es jodidísima, encima con ropa tan ajustada, siempre con ese pibito cerca. Por qué no me voy de una buena vez a vivir con una mina que me quiera, que sepa cocinar algo rico.
Yo hubiera podido ser Superman. Tenía la fuerza, las ganas, sabía volar. Pero mi vieja me hubiera dicho que no ande cambiándome en las cabinas telefónicas, así como tampoco es conveniente entrar a cagar a los baños de las estaciones de servicio. No están dadas las mínimas condiciones de profilaxis, son circunstancias demasiado extremas, hay que lavarse bien los dientes antes de ir a dormir, uno debería tomar un redoxon a la mañana aunque no esté resfriado, porque sí, dicen que el kiwi tiene más vitamina C que las naranjas, mirá vos, y que la palta no tiene colesterol, ahora me vienen a avisar.
Para resumir, yo podría haber sido cualquier superhéroe. Pero preferí no serlo, para que no se hiciera mala sangre, para que no se preocupara mi mamá.
Yo hubiera podido ser Batman. Tenía la actitud, la capacidad. Pero mi vieja me hubiera preguntado qué me pasa que tengo que andar con la cara tapada, y algo malo tengo seguro en las orejas tan puntiagudas, otitis tal vez, la otitis media es jodidísima, encima con ropa tan ajustada, siempre con ese pibito cerca. Por qué no me voy de una buena vez a vivir con una mina que me quiera, que sepa cocinar algo rico.
Yo hubiera podido ser Superman. Tenía la fuerza, las ganas, sabía volar. Pero mi vieja me hubiera dicho que no ande cambiándome en las cabinas telefónicas, así como tampoco es conveniente entrar a cagar a los baños de las estaciones de servicio. No están dadas las mínimas condiciones de profilaxis, son circunstancias demasiado extremas, hay que lavarse bien los dientes antes de ir a dormir, uno debería tomar un redoxon a la mañana aunque no esté resfriado, porque sí, dicen que el kiwi tiene más vitamina C que las naranjas, mirá vos, y que la palta no tiene colesterol, ahora me vienen a avisar.
Para resumir, yo podría haber sido cualquier superhéroe. Pero preferí no serlo, para que no se hiciera mala sangre, para que no se preocupara mi mamá.
15.11.11
In grasa
–Es bastante sencillo, no hay que darle demasiadas vueltas al asunto, está todo inventado –la doctora estaba sentada, recostada contra el respaldo de una silla que daba la impresión de quedarle grande. A decir verdad, todo parecía quedarle grande: el despacho, el delantal, incluso su propio cabello, tirante y recogido, peinado hacia atrás, probablemente con gel. Debía pesar, la doctora, como mucho, cuarenta kilos.
–Para bajar de peso, y lo que usted necesita es bajar de peso –quizás le pareció por un momento que había dicho algo gracioso y se rió, apenas, una ínfima carcajada, un sonido muy parecido al graznido de un ave–, para bajar de peso se trata de no comer hidratos de carbono, no comer azúcares, y no comer grasas. Y no, desde ya, ni bebidas gasificadas, ni mucho menos alcohol.
Siguió.
–Usted deja de comer esas cosas, hace actividad física una hora por día, se mueve un poco, y baja de peso. Si se fija bien es fácil, usted reeduca su mente, cambia sus hábitos alimentarios, y baja de peso. Fácil, fácil –asintió varias veces, golpeteó la parte de atrás de su birome sobre el metálico y algo descascarado escritorio. Se le marcaban mucho los pómulos y las venas del cuello, le latían las sienes, uno casi podía delinear su calavera por debajo de la piel.
–Doctora –dije–, tiene usted la curiosa dualidad de representar, prácticamente, todo lo que odio de la medicina y todo lo malo del género femenino, al mismo tiempo. Usted es un asco de persona, refugiada en su precaria ciencia hecha de contar kilos y medir panzas. Cree que sabe algo de algo, cuando, es demasiado evidente, no sabe nada de nada. Se siente protegida de todo lo malo del mundo por su delgadez, y no advierte que es usted prácticamente traslúcida, etérea, vacía de contenido. Mi perro podría voltearla con una pata, aunque dudo que ni siquiera él se sentiría tentado de cogerla, porque mi perro tiene buen gusto. Estimo que la totalidad de su menstruación no alcanzaría para pintar una uña de un chihuahua. Tiene usted menos atractivo que un ficus, y desde ya menos capacidad intelectual. En lo personal, obtendría más placer en fornicar con una tira de asado. ¿Hace cuánto que alguien no la abraza? ¿Hace cuánto que no se ríe a carcajadas hasta que se le llenan los ojos de lágrimas? ¿Hace cuánto que no come un pedazo de mantecol con la mano? Para resumir, doctora, para no hacerle perder tiempo, debería usted saber que si se le saca a alguien todo lo que le gusta, todo lo que le da placer, no queda nada. Sin harina, sin grasa, sin azúcar, sin alcohol, ¿cuál es su idea? ¿Que chupe un azulejo de la cocina antes de acostarme? ¿Que me frote el prepucio con una galleta de arroz? Pero quédese tranquila, doctora, no hará falta concurrir a ningún cementerio el día de su muerte. Usted cabe en ese cajón de su escritorio, al lado de la abrochadora, su entierro será de lo más práctico.
La doctora, algo temblorosa, se puso de pie, salió del consultorio y se encerró en el baño. La escuché llorar mientras me iba, por el pasillo.
–¿Necesita un turno? –Me dijo la pibita de la recepción. Leía unos apuntes de contabilidad o psicología, las tetas recién operadas, 350 megahertz de cada lado.
–No –le dije– ¿Cuánto me cobrás por hacerme una paja en el ascensor? ¿No sabés dónde hay por acá un local de empanadas?
–Para bajar de peso, y lo que usted necesita es bajar de peso –quizás le pareció por un momento que había dicho algo gracioso y se rió, apenas, una ínfima carcajada, un sonido muy parecido al graznido de un ave–, para bajar de peso se trata de no comer hidratos de carbono, no comer azúcares, y no comer grasas. Y no, desde ya, ni bebidas gasificadas, ni mucho menos alcohol.
Siguió.
–Usted deja de comer esas cosas, hace actividad física una hora por día, se mueve un poco, y baja de peso. Si se fija bien es fácil, usted reeduca su mente, cambia sus hábitos alimentarios, y baja de peso. Fácil, fácil –asintió varias veces, golpeteó la parte de atrás de su birome sobre el metálico y algo descascarado escritorio. Se le marcaban mucho los pómulos y las venas del cuello, le latían las sienes, uno casi podía delinear su calavera por debajo de la piel.
–Doctora –dije–, tiene usted la curiosa dualidad de representar, prácticamente, todo lo que odio de la medicina y todo lo malo del género femenino, al mismo tiempo. Usted es un asco de persona, refugiada en su precaria ciencia hecha de contar kilos y medir panzas. Cree que sabe algo de algo, cuando, es demasiado evidente, no sabe nada de nada. Se siente protegida de todo lo malo del mundo por su delgadez, y no advierte que es usted prácticamente traslúcida, etérea, vacía de contenido. Mi perro podría voltearla con una pata, aunque dudo que ni siquiera él se sentiría tentado de cogerla, porque mi perro tiene buen gusto. Estimo que la totalidad de su menstruación no alcanzaría para pintar una uña de un chihuahua. Tiene usted menos atractivo que un ficus, y desde ya menos capacidad intelectual. En lo personal, obtendría más placer en fornicar con una tira de asado. ¿Hace cuánto que alguien no la abraza? ¿Hace cuánto que no se ríe a carcajadas hasta que se le llenan los ojos de lágrimas? ¿Hace cuánto que no come un pedazo de mantecol con la mano? Para resumir, doctora, para no hacerle perder tiempo, debería usted saber que si se le saca a alguien todo lo que le gusta, todo lo que le da placer, no queda nada. Sin harina, sin grasa, sin azúcar, sin alcohol, ¿cuál es su idea? ¿Que chupe un azulejo de la cocina antes de acostarme? ¿Que me frote el prepucio con una galleta de arroz? Pero quédese tranquila, doctora, no hará falta concurrir a ningún cementerio el día de su muerte. Usted cabe en ese cajón de su escritorio, al lado de la abrochadora, su entierro será de lo más práctico.
La doctora, algo temblorosa, se puso de pie, salió del consultorio y se encerró en el baño. La escuché llorar mientras me iba, por el pasillo.
–¿Necesita un turno? –Me dijo la pibita de la recepción. Leía unos apuntes de contabilidad o psicología, las tetas recién operadas, 350 megahertz de cada lado.
–No –le dije– ¿Cuánto me cobrás por hacerme una paja en el ascensor? ¿No sabés dónde hay por acá un local de empanadas?
10.11.11
Experiencia traumática
Me secuestraron, así como te la cuento. Bajé a la nochecita a retirar plata del cajero, porque quería comprar cigarrillos y me había quedado sin plata, generalmente acreditan el sueldo el anteúltimo día hábil del mes. Retiré quinientos mangos, salí de la pecera, encendí un cigarrillo, y me levantaron con un auto.
Eran tres en un Renault 12 hecho pelota. Pero las armas eran nuevitas, las armas brillaban con esa particular contundencia de lo fáctico.
–Subí, boludo –me dijo uno que esperaba en la calle como para pedirme fuego, mientras otro, desde el auto, me apuntaba.
Subí, me dieron un culatazo en la cabeza, me debo haber desmayado.
Cuando me desperté estaba tirado en el piso, las manos atadas a la espalda, con esos plásticos precintos que se usan ahora y que no los podés romper ni en mil años. Estaba encadenado de un tobillo, además, a un caño que salía de una pared de ladrillos a la vista.
Abrí los ojos.
–Che, se despertó la bella durmiente –dijo uno.
Estábamos en un departamento, en un monoblock, bien alto, llegaba el olor del Riachuelo.
Era una cocina bastante precaria, pero había un buen televisor encendido, teléfonos celulares, como diez, sobre la mesa, varias armas.
Estaba el gordo que me había pedido fuego, sentado, tomando vino. Había dos más, uno jovencito, con una gorrita puesta al revés y la camiseta de un equipo inglés, quizás el Chelsea, terminaba un porro. Había una mujer también, sentada algo separada de la mesa, con cara de cansada, amamantando un bebé.
–Che, gato –el pibe del porro me habló, aguantando la respiración–, decinos un teléfono, así pedimos que te rescaten.
–¿Qué? –La cabeza me explotaba. Tenía un chichón del tamaño de una pelota de tenis junto a la oreja izquierda. Me incorporé como pude, para quedar sentado contra la pared. Me latía la cabeza, me sangraban las muñecas, me picaba la nariz.
–Un teléfono, gil –el pibe dio una calada más y me tiró la tuca que hizo chispitas en el aire–. No te hagás el pelotudo, porque te pego un corchazo acá, y te tiro al río.
Le di el teléfono. Marcó el otro, dejó el tenedor y agarró el teléfono. Era más grande, quizás el padre del pibito, o el tío. Estaba en cueros, tenía una fea cicatriz que le cruzaba la panza en diagonal. Comía ñoquis con estofado de una bandejita de plástico. Sobre la mesa había, también, una botella de Fanta de dos litros.
Había un reloj sobre los azulejos, arriba de la heladera, eran las dos y cuarenta de la mañana. Mónica debía estar durmiendo.
Sonó el teléfono, tres veces. El tipo puso el teléfono en altavoz, siguió comiendo.
–Si hablás sin que yo te diga –me miró, después miró otra vez su comida, se rascó la panza con el revés de un pulgar–, te mato de una.
–Hola –dijo Mónica, todavía dormida.
–Hola, nena –habló el gordo, tenía mi cédula en la mano–, tenemos a Juan.
–¿Qué?
–Que tenemos a Juan, pelotuda –el gordo tiró el documento al piso, se sirvió más vino, llenó el vaso–. Lo tenemos acá, a Juan, secuestrado.
Se hizo un silencio. Mónica procesaba la información, descubría que yo, aunque hubiera salido a tomar algo con los pibes, ya debería estar con ella, durmiendo en casa.
–¿Qué pasa? ¿Te dormiste? –preguntó el otro, mientras masticaba los ñoquis. Se manchó de tuco el costado de la cara.
–No, no –dijo Mónica.
–Tenemos a Juan –repitió el gordo, bebió medio vaso de vino, de un trago.
–Bueno –dijo Mónica.
–Queremos treinta mil dólares de rescate –dijo el gordo–. Si no, lo matamos.
–Jaja –Mónica se rió. Tenía una fantástica risa.
–¿De qué te reís, flaquita?
–Nada, nada –Mónica paró de reírse–. Treinta mil dólares. Quizás si me dan treinta años de plazo.
–¿Te creés que es joda? –el gordo acarició la culata de un revólver, un .38 corto, con dos dedos–. Voy a agarrar a tu marido y le voy a pegar un tiro.
–No es mi marido –dijo Mónica.
–¿Qué?
–No es mi marido –repitió Mónica–. Vivimos juntos hace un par de años.
–Bueno, linda, voy a agarrar a tu pareja y le voy a cortar un dedo con un cuchillo.
–Me parece bien, porque lo único que hace es meterse el dedo en la nariz –dijo Mónica. Los tres me miraron, la nariz. Era cierto. Meterme el dedo en la nariz era una de las cosas que me había gustado desde que era chico, desde siempre. Meterse el dedo en la nariz es una experiencia de lo más gratificante.
–Ah, sos graciosa. Bueno, le voy a cortar la japi, entonces.
–No problem –Mónica se rió otra vez–. Para lo que la usa conmigo, no creo que me de cuenta la diferencia.
–Nena, lo voy a agarrar a Juan, ahora, y le voy a quemar la cara con una plancha. Quedate en línea y vas a oír los gritos.
–Bueno, fijate si lo arreglás un poco con eso. Porque él ya es un monstruo, no sé qué carajo le habré visto.
–¡Boluda, te estamos pidiendo treinta lucas para no matar a tu novio! ¿Cuánto ofrecés?
–Nada –dijo Mónica–. Mándenlo cuando quieran, pero si se lo pueden quedar un tiempo más, mucho mejor. No tengo apuro.
Cortó. Mónica. El gordo volvió a llamar, daba ocupado. El de la cicatriz resopló sin levantar la vista de su comida.
Al rato se levantó la mujer con el bebé y se fue a uno de los cuartos. El gordo se tiró en un sillón. El pibito enchufó una playstation al televisor y se puso a jugar.
A la mañana siguiente me soltaron. Me dieron veinte pesos y una tarjeta para hablar por teléfono público.
–Tomate este que te lleva a capital –me dijo el gordo y me dio la mano–. Ahí te arreglás solito, ¿no?
–Sí –dije. El pibito esperaba al volante del Renault, misma gorrita, otra camiseta, de otro equipo. El de la cicatriz no estaba. Después de comer se había ido sin decir palabra.
–Deberías dejar a esa mina –el gordo había encendido un cigarrillo, me convidó uno, pitó–. Para vivir así, quizás convenga estar solo.
Asentí. El gordo se subió al Renault, y arrancaron. Pasaron delante mío, los saludé con la mano.
Eran tres en un Renault 12 hecho pelota. Pero las armas eran nuevitas, las armas brillaban con esa particular contundencia de lo fáctico.
–Subí, boludo –me dijo uno que esperaba en la calle como para pedirme fuego, mientras otro, desde el auto, me apuntaba.
Subí, me dieron un culatazo en la cabeza, me debo haber desmayado.
Cuando me desperté estaba tirado en el piso, las manos atadas a la espalda, con esos plásticos precintos que se usan ahora y que no los podés romper ni en mil años. Estaba encadenado de un tobillo, además, a un caño que salía de una pared de ladrillos a la vista.
Abrí los ojos.
–Che, se despertó la bella durmiente –dijo uno.
Estábamos en un departamento, en un monoblock, bien alto, llegaba el olor del Riachuelo.
Era una cocina bastante precaria, pero había un buen televisor encendido, teléfonos celulares, como diez, sobre la mesa, varias armas.
Estaba el gordo que me había pedido fuego, sentado, tomando vino. Había dos más, uno jovencito, con una gorrita puesta al revés y la camiseta de un equipo inglés, quizás el Chelsea, terminaba un porro. Había una mujer también, sentada algo separada de la mesa, con cara de cansada, amamantando un bebé.
–Che, gato –el pibe del porro me habló, aguantando la respiración–, decinos un teléfono, así pedimos que te rescaten.
–¿Qué? –La cabeza me explotaba. Tenía un chichón del tamaño de una pelota de tenis junto a la oreja izquierda. Me incorporé como pude, para quedar sentado contra la pared. Me latía la cabeza, me sangraban las muñecas, me picaba la nariz.
–Un teléfono, gil –el pibe dio una calada más y me tiró la tuca que hizo chispitas en el aire–. No te hagás el pelotudo, porque te pego un corchazo acá, y te tiro al río.
Le di el teléfono. Marcó el otro, dejó el tenedor y agarró el teléfono. Era más grande, quizás el padre del pibito, o el tío. Estaba en cueros, tenía una fea cicatriz que le cruzaba la panza en diagonal. Comía ñoquis con estofado de una bandejita de plástico. Sobre la mesa había, también, una botella de Fanta de dos litros.
Había un reloj sobre los azulejos, arriba de la heladera, eran las dos y cuarenta de la mañana. Mónica debía estar durmiendo.
Sonó el teléfono, tres veces. El tipo puso el teléfono en altavoz, siguió comiendo.
–Si hablás sin que yo te diga –me miró, después miró otra vez su comida, se rascó la panza con el revés de un pulgar–, te mato de una.
–Hola –dijo Mónica, todavía dormida.
–Hola, nena –habló el gordo, tenía mi cédula en la mano–, tenemos a Juan.
–¿Qué?
–Que tenemos a Juan, pelotuda –el gordo tiró el documento al piso, se sirvió más vino, llenó el vaso–. Lo tenemos acá, a Juan, secuestrado.
Se hizo un silencio. Mónica procesaba la información, descubría que yo, aunque hubiera salido a tomar algo con los pibes, ya debería estar con ella, durmiendo en casa.
–¿Qué pasa? ¿Te dormiste? –preguntó el otro, mientras masticaba los ñoquis. Se manchó de tuco el costado de la cara.
–No, no –dijo Mónica.
–Tenemos a Juan –repitió el gordo, bebió medio vaso de vino, de un trago.
–Bueno –dijo Mónica.
–Queremos treinta mil dólares de rescate –dijo el gordo–. Si no, lo matamos.
–Jaja –Mónica se rió. Tenía una fantástica risa.
–¿De qué te reís, flaquita?
–Nada, nada –Mónica paró de reírse–. Treinta mil dólares. Quizás si me dan treinta años de plazo.
–¿Te creés que es joda? –el gordo acarició la culata de un revólver, un .38 corto, con dos dedos–. Voy a agarrar a tu marido y le voy a pegar un tiro.
–No es mi marido –dijo Mónica.
–¿Qué?
–No es mi marido –repitió Mónica–. Vivimos juntos hace un par de años.
–Bueno, linda, voy a agarrar a tu pareja y le voy a cortar un dedo con un cuchillo.
–Me parece bien, porque lo único que hace es meterse el dedo en la nariz –dijo Mónica. Los tres me miraron, la nariz. Era cierto. Meterme el dedo en la nariz era una de las cosas que me había gustado desde que era chico, desde siempre. Meterse el dedo en la nariz es una experiencia de lo más gratificante.
–Ah, sos graciosa. Bueno, le voy a cortar la japi, entonces.
–No problem –Mónica se rió otra vez–. Para lo que la usa conmigo, no creo que me de cuenta la diferencia.
–Nena, lo voy a agarrar a Juan, ahora, y le voy a quemar la cara con una plancha. Quedate en línea y vas a oír los gritos.
–Bueno, fijate si lo arreglás un poco con eso. Porque él ya es un monstruo, no sé qué carajo le habré visto.
–¡Boluda, te estamos pidiendo treinta lucas para no matar a tu novio! ¿Cuánto ofrecés?
–Nada –dijo Mónica–. Mándenlo cuando quieran, pero si se lo pueden quedar un tiempo más, mucho mejor. No tengo apuro.
Cortó. Mónica. El gordo volvió a llamar, daba ocupado. El de la cicatriz resopló sin levantar la vista de su comida.
Al rato se levantó la mujer con el bebé y se fue a uno de los cuartos. El gordo se tiró en un sillón. El pibito enchufó una playstation al televisor y se puso a jugar.
A la mañana siguiente me soltaron. Me dieron veinte pesos y una tarjeta para hablar por teléfono público.
–Tomate este que te lleva a capital –me dijo el gordo y me dio la mano–. Ahí te arreglás solito, ¿no?
–Sí –dije. El pibito esperaba al volante del Renault, misma gorrita, otra camiseta, de otro equipo. El de la cicatriz no estaba. Después de comer se había ido sin decir palabra.
–Deberías dejar a esa mina –el gordo había encendido un cigarrillo, me convidó uno, pitó–. Para vivir así, quizás convenga estar solo.
Asentí. El gordo se subió al Renault, y arrancaron. Pasaron delante mío, los saludé con la mano.
5.11.11
Como si le preguntaras a un albino
Lo que tenés que entender es que hombres y mujeres son especies diferentes. No hace falta la comprensión, comprender al otro, olvidate de la comprensión. ¿A quién carajo le importa la comprensión?
Es antropomórfico, como si le preguntaras a un albino por qué tiene el pelo blanco, o si le dijeras que comprendés el color de su pelo. No va por ahí.
Son antropomórficas razones, te digo, la forma de interpretar el universo. Lo vas a entender mejor con el sexo.
Para coger, el hombre tiene que enarbolar la herramienta. La tiene, claro que la tiene, pero aquí llega el esfuerzo. El hombre debe erguir el perico, afilar la lanza, modificar, desde lo vascular y volitivo, algo, el herramental, el estado de cosas que le permitirá, por la eternidad que dura un parpadeo, obtener lo que desea del universo, saciar su sed.
Al terminar la faena, al emerger de las profundidades del sexo, por no decir del núcleo basal, del magma de la vida misma, el hombre descubre la futilidad de todo esfuerzo. Ha estado cincelando la existencial piedra de la nada, y nada queda justamente allí que pruebe su empeño, apenas una fina capa de tristeza ante la perecedera naturaleza de las cosas.
En el coito, la mujer vislumbra que de su predisposición depende la multiplicación de los peces y los panes. Su lubricidad equivale al riego por aspersión del jardín de la casa del barrio privado de la vida misma, alzar las piernas es el equivalente a una plegaria hacia algún cielo de yeso que jamás resultará indiferente. Para la mujer, la pija es destino, lo sabe desde siempre. El mundo sucede a través suyo, así como la galera permite que pase la mano del mago, sin galera no hay truco. Sabe, la mujer, resulta un ejercicio de ancestral resignación, que debe soportar en el proceso una carga, algún peso. En la fornicación, la mujer se completa, recibe la visita del perico para el cual acondicionó la jaulita con paciencia y esmero. En la práctica sexual la mujer descubre que sus ansias pueden ser abarcadas, la situación la deja locuaz, con esperanzas y proyectos.
Las mujeres y los hombres son especies diferentes. Es todo lo que hay que saber al respecto.
Es antropomórfico, como si le preguntaras a un albino por qué tiene el pelo blanco, o si le dijeras que comprendés el color de su pelo. No va por ahí.
Son antropomórficas razones, te digo, la forma de interpretar el universo. Lo vas a entender mejor con el sexo.
Para coger, el hombre tiene que enarbolar la herramienta. La tiene, claro que la tiene, pero aquí llega el esfuerzo. El hombre debe erguir el perico, afilar la lanza, modificar, desde lo vascular y volitivo, algo, el herramental, el estado de cosas que le permitirá, por la eternidad que dura un parpadeo, obtener lo que desea del universo, saciar su sed.
Al terminar la faena, al emerger de las profundidades del sexo, por no decir del núcleo basal, del magma de la vida misma, el hombre descubre la futilidad de todo esfuerzo. Ha estado cincelando la existencial piedra de la nada, y nada queda justamente allí que pruebe su empeño, apenas una fina capa de tristeza ante la perecedera naturaleza de las cosas.
En el coito, la mujer vislumbra que de su predisposición depende la multiplicación de los peces y los panes. Su lubricidad equivale al riego por aspersión del jardín de la casa del barrio privado de la vida misma, alzar las piernas es el equivalente a una plegaria hacia algún cielo de yeso que jamás resultará indiferente. Para la mujer, la pija es destino, lo sabe desde siempre. El mundo sucede a través suyo, así como la galera permite que pase la mano del mago, sin galera no hay truco. Sabe, la mujer, resulta un ejercicio de ancestral resignación, que debe soportar en el proceso una carga, algún peso. En la fornicación, la mujer se completa, recibe la visita del perico para el cual acondicionó la jaulita con paciencia y esmero. En la práctica sexual la mujer descubre que sus ansias pueden ser abarcadas, la situación la deja locuaz, con esperanzas y proyectos.
Las mujeres y los hombres son especies diferentes. Es todo lo que hay que saber al respecto.
30.10.11
Sanador
Es como el Reiki pero es más que el Reiki. Es como la meditación, pero mucho más profundo que la meditación, que meditar. Es como diez o quince años de psicoanálisis de un saque, todo junto, sin ese emocional desgaste que implica repasar una y otra vez cada cosa que te salió mal, traer a la superficie cada cosa que no funcionó como vos querías. Es como el yoga pero sin forzar las articulaciones, sin exigirte complicadas posiciones que te dejan al borde del estupor y la distensión de ligamentos. Es como el Tai Chi sin la tan milenaria como oriental rutina. Es como el sexo, pero mejor.
Vamos a una pizzería. Yo recomiendo hacer la cura en Buenos Aires, en las pizzerías tradicionales que se encuentran ubicadas, desde siempre, por el centro. Por lo general atiendo en ‘El Palacio de la Pizza’, pero se puede ir tranquilamente a ‘Las Cuartetas’, o a ‘Güerrin’. Se puede hacer sin inconvenientes en ‘El Cuartito’, y en una época la cosa funcionaba en ‘Nápoles’, pero se vendió la esquina y ya no es lo mismo. Se puede curar en ‘Imperio’, aunque tampoco es lo mismo de antes (hay que ir al de Chacarita, ahí sí), en ‘La Mezzetta’, en ‘Angelín’. Desde ya que se puede tratar en ‘Los Campeones’, quizás todavía en ‘Burgio’, en ‘Banchero’ también. Puede ser en algún ‘Kentucky’, aunque hace mucho que no atiendo allá. Mejor que no sea una cadena de pizzerías, ni una pizzería moderna, ahí no funciona la cura, se diluye el poder de sanación. Aunque parezca mentira, durante una corta temporada atendí algo de gente en ‘Romario’, y la cosa fue bien.
El tratamiento es bien fácil, sencillito. Se hace de noche. Vamos y te sentás, nos sentamos, aunque se puede hacer de parado, en la barra, también. Se pide la pizza. Últimamente yo recomiendo pedir una grande de fugazzeta. Se puede hacer con pizza napolitana con ajo (sin jamón, el jamón no pega con la pizza, mucho menos el ananá o los palmitos, no seas ridícula, por favor). Provolone sirve, camina, el Roquefort lo uso para casos muy agudos.
Te sentás, y respirás. Cualquier ejercicio de respiración consciente. Ojos cerrados, respiración pausada, brazos al costado del cuerpo, manos sobre el regazo. Yo decido si me siento frente a vos, o al lado tuyo, o si me paro y me coloco, de pie, detrás. Eso lo voy viendo en el momento, lo tengo que sentir.
Entonces el maestro (que vengo a ser yo), a los dos o tres minutos, con un movimiento algo enérgico pero no exento de gracia, te hundo la cabeza, la cara, el rostro, en la pizza. De un saque, de una. Te incrusto la cabeza en la pizza, la pizza no se mueve, y te sostengo la cara en la pizza, como si te metiera la cabeza bajo el agua.
Y se te pasan todas las boludeces que te atormentan, la melancolía por tu patético pasado, la angustia por tu incierto y desde ya preocupante futuro, tu miedo a la muerte, la ira, tu falta de fe.
Pasados treinta segundos, menos de un minuto, te ayudo a incorporarte. Sacás la cabeza de la pizza, y estás curado/a. Te sentís distinto/a. Sos otra persona, te sentís bien.
*el tema del presente fragmento es recurrente. quiero decir, lo he utilizado, con variantes, en alguna otra ocasión. pero no pierde en nada su vigencia, sigo curando. la magia perdura.
Vamos a una pizzería. Yo recomiendo hacer la cura en Buenos Aires, en las pizzerías tradicionales que se encuentran ubicadas, desde siempre, por el centro. Por lo general atiendo en ‘El Palacio de la Pizza’, pero se puede ir tranquilamente a ‘Las Cuartetas’, o a ‘Güerrin’. Se puede hacer sin inconvenientes en ‘El Cuartito’, y en una época la cosa funcionaba en ‘Nápoles’, pero se vendió la esquina y ya no es lo mismo. Se puede curar en ‘Imperio’, aunque tampoco es lo mismo de antes (hay que ir al de Chacarita, ahí sí), en ‘La Mezzetta’, en ‘Angelín’. Desde ya que se puede tratar en ‘Los Campeones’, quizás todavía en ‘Burgio’, en ‘Banchero’ también. Puede ser en algún ‘Kentucky’, aunque hace mucho que no atiendo allá. Mejor que no sea una cadena de pizzerías, ni una pizzería moderna, ahí no funciona la cura, se diluye el poder de sanación. Aunque parezca mentira, durante una corta temporada atendí algo de gente en ‘Romario’, y la cosa fue bien.
El tratamiento es bien fácil, sencillito. Se hace de noche. Vamos y te sentás, nos sentamos, aunque se puede hacer de parado, en la barra, también. Se pide la pizza. Últimamente yo recomiendo pedir una grande de fugazzeta. Se puede hacer con pizza napolitana con ajo (sin jamón, el jamón no pega con la pizza, mucho menos el ananá o los palmitos, no seas ridícula, por favor). Provolone sirve, camina, el Roquefort lo uso para casos muy agudos.
Te sentás, y respirás. Cualquier ejercicio de respiración consciente. Ojos cerrados, respiración pausada, brazos al costado del cuerpo, manos sobre el regazo. Yo decido si me siento frente a vos, o al lado tuyo, o si me paro y me coloco, de pie, detrás. Eso lo voy viendo en el momento, lo tengo que sentir.
Entonces el maestro (que vengo a ser yo), a los dos o tres minutos, con un movimiento algo enérgico pero no exento de gracia, te hundo la cabeza, la cara, el rostro, en la pizza. De un saque, de una. Te incrusto la cabeza en la pizza, la pizza no se mueve, y te sostengo la cara en la pizza, como si te metiera la cabeza bajo el agua.
Y se te pasan todas las boludeces que te atormentan, la melancolía por tu patético pasado, la angustia por tu incierto y desde ya preocupante futuro, tu miedo a la muerte, la ira, tu falta de fe.
Pasados treinta segundos, menos de un minuto, te ayudo a incorporarte. Sacás la cabeza de la pizza, y estás curado/a. Te sentís distinto/a. Sos otra persona, te sentís bien.
*el tema del presente fragmento es recurrente. quiero decir, lo he utilizado, con variantes, en alguna otra ocasión. pero no pierde en nada su vigencia, sigo curando. la magia perdura.
25.10.11
Distinta
–¿Si yo fuera japonesa, me querrías?
–Sí, por qué no –dije–. Las mujeres orientales tienen una delicadeza de lo más particular, una sumisión que resulta sensual y sutil a la vez, característica.
–¿Si yo fuera negra, me querrías?
–Sí, no veo inconvenientes –dije–. Las mujeres negras tienen generosos culos, y una particular conexión tanto con el sexo como con el propio cuerpo. Un desparpajo, no sé, unas ganas de disfrutar aquello que les fue concedido por el solo hecho de estar vivas.
–¿Si yo fuera enana, me querrías?
–Sí, sería algo altamente erótico, supongo –dije–. Coger con una diminuta mujer. O entrar a la cocina y ver cocinando, preparando tu alimento, a alguien que apenas llega a la mesada. Las enanas son pura personalidad, además.
–¿Si yo tuviera algún defecto físico, me querrías?
–Sí, claro que sí. El cuerpo, creo, busca un estado de homeostasis, aunque no sé si está bien dicho. Pero al perder, pongamos una facultad, un sentido, el cuerpo desarrolla otras capacidades. Como alguien que es mudo, por poner un ejemplo, pero desarrolla una exquisita habilidad para la pintura con rodillo o para hacer asado. Lo que quiero decir es que si te falta algo, más allá del fastidio y la contrariedad, Dios te da otra cosa. O quizás no sea Dios, pero la vida tiene algo, un estado de bendición, no sé cómo llamarlo, una capacidad de correr como el agua que busca su nivel y encontrar otro sitio, otra destreza que permite sobreponerse.
–¿Me querés?
–Mirá, creo que no. Sos bastante pelotuda, y te volviste aburrida. Preferiría no tener que volver a verte.
–Sí, por qué no –dije–. Las mujeres orientales tienen una delicadeza de lo más particular, una sumisión que resulta sensual y sutil a la vez, característica.
–¿Si yo fuera negra, me querrías?
–Sí, no veo inconvenientes –dije–. Las mujeres negras tienen generosos culos, y una particular conexión tanto con el sexo como con el propio cuerpo. Un desparpajo, no sé, unas ganas de disfrutar aquello que les fue concedido por el solo hecho de estar vivas.
–¿Si yo fuera enana, me querrías?
–Sí, sería algo altamente erótico, supongo –dije–. Coger con una diminuta mujer. O entrar a la cocina y ver cocinando, preparando tu alimento, a alguien que apenas llega a la mesada. Las enanas son pura personalidad, además.
–¿Si yo tuviera algún defecto físico, me querrías?
–Sí, claro que sí. El cuerpo, creo, busca un estado de homeostasis, aunque no sé si está bien dicho. Pero al perder, pongamos una facultad, un sentido, el cuerpo desarrolla otras capacidades. Como alguien que es mudo, por poner un ejemplo, pero desarrolla una exquisita habilidad para la pintura con rodillo o para hacer asado. Lo que quiero decir es que si te falta algo, más allá del fastidio y la contrariedad, Dios te da otra cosa. O quizás no sea Dios, pero la vida tiene algo, un estado de bendición, no sé cómo llamarlo, una capacidad de correr como el agua que busca su nivel y encontrar otro sitio, otra destreza que permite sobreponerse.
–¿Me querés?
–Mirá, creo que no. Sos bastante pelotuda, y te volviste aburrida. Preferiría no tener que volver a verte.
20.10.11
Los otros
Hay dones, claro que hay dones. Cualquier salame se da cuenta, de la existencia de dones. Y quizás, mucho más, claro, un salame. Por carencia, por la contraria. El que tiene puede ignorar, puede no advertir, por desaprensión o displicencia, la posesión de ciertos dones. Pero quien carece, quien no posee, a quien le falta, sabe perfectamente lo que le falta. Adolece, podríamos decir.
Y uno cree que es así, que no hay nada más que hacer. Como la suerte. Alguien entre las nubes agita un celeste cubilete, salen los dados.
Pero no, es un poquito más complejo. Creo que se trata de un mecanismo más curioso, más sofisticado.
El que no tiene, los dones, al que le faltan, va por la vida sin poder evitar pensar por qué no le tocó a él, la suerte, los dones, la gracia. Siente que lo han dejado afuera de la fiesta de la vida, sin motivo, una pegajosa injusticia como la teta de una gorda pintada con mermelada de damasco.
Pero entonces, un poquito más tarde, descubrís que los otros, los afortunados, los que tienen los dones, advierten una soleada mañana que van a perderlos. Que los dones se van, se apagan, se acaban.
El espejo de la tristeza hace morisquetas, muestra su otra cara.
Y uno cree que es así, que no hay nada más que hacer. Como la suerte. Alguien entre las nubes agita un celeste cubilete, salen los dados.
Pero no, es un poquito más complejo. Creo que se trata de un mecanismo más curioso, más sofisticado.
El que no tiene, los dones, al que le faltan, va por la vida sin poder evitar pensar por qué no le tocó a él, la suerte, los dones, la gracia. Siente que lo han dejado afuera de la fiesta de la vida, sin motivo, una pegajosa injusticia como la teta de una gorda pintada con mermelada de damasco.
Pero entonces, un poquito más tarde, descubrís que los otros, los afortunados, los que tienen los dones, advierten una soleada mañana que van a perderlos. Que los dones se van, se apagan, se acaban.
El espejo de la tristeza hace morisquetas, muestra su otra cara.
15.10.11
Te juro que no
Hace calor. Buenos Aires, con calor, pierde prácticamente toda la gracia, y de por sí ya mucha no le queda, así que imaginate. Tuve una reunión, una posible venta que al final no era tan posible ni tan venta, lo normal. Estoy en el barrio de Belgrano, es lunes, no, martes, son las tres y media de la tarde.
Veo una heladería, de las buenas. No quiero caminar hasta el subte y volver al centro. Estoy triste, más triste que de costumbre, y estoy cansado, más cansado que de costumbre. Prefiero entrar a la heladería, tomar un helado.
Poca gente, en la heladería. Gente linda, más linda que en mi barrio, la belleza es una gran cosa. Una parejita joven, dos mujeres charlando, un señor leyendo un diario italiano, un diario italiano escrito en italiano, así como la cuento. Si te fijás bien, si prestás atención, hasta corre algo de brisa. Esa calle tiene buenos árboles, el clima es relajado.
Saco un ticket, pido mi helado, me siento junto a la ventana. Quizás la realidad no sea tan hostil, quizás el mundo no sea tan malo.
Entra una mujer. Una mujer embarazada. Muy embarazada, siete meses o más. Es joven, no más de treinta años, y es muy bonita. Hay un tipo de mujeres que al embarazarse estallan, literalmente, se derraman, sus cuerpos abandonan los contornos y no volverán a ser las mismas, ni parecidas, nunca más. Pero otras mujeres no, conservan las formas, se engrosan un poco los culos, las patitas siguen ahí, crecen las tetas, y salen unas panzas, unas panzas redondas como pelotas. Pero esas mujeres saben que después de parir recuperarán sus formas, conservarán algo de sus atributos. Quizás porque ser madres no las define, o porque están hechas de otro material que les permite durar, no lo sé, la genética no suele dar explicaciones. Mi mujer se transformó en un hipopótamo, un chancho cimarrón quejosa y amarga. Pero eso ocurrió hace bastante tiempo, estoy divorciado.
La mujer usa unos jeans bastante ajustados, una musculosa negra, y un pulovercito con botones. Tiene buenísimas tetas de generosos pezones, fresco el rostro. No puedo evitar mirarla cuando entra. A poco de parir, y está bárbara. Sin maquillaje, pelito castaño recogido. Finos rasgos de una belleza que ya prácticamente no se ve, una belleza que se debe haber dejado de fabricar.
–¡Hijo de puta! ¡Mierda! –Me sorprenden un poco, los gritos. Algo pasa. Sigo con mi helado, mirando por la ventana.
–¡Acá estoy, acá me tenés! ¡Matame si querés, o reconocé al chico! –giro la cabeza. Los gritos son fuertes, han ganado en intensidad. La mujer está de pie, frente a mí, me apunta con un dedo mientras con la otra mano se sostiene la panza.
–¿Eh? –Se me cae la cucharita de la sorpresa. La cucharita con dulce de leche granizado, sobre uno de mis zapatos.
–¡Reconocé al chico, asqueroso! ¡Vos me prometiste, cuando me obligabas a coger sin forro, me decías que me quede tranquila, que ibas a estar conmigo siempre! ¡Siempre! –Cae de rodillas, la mujer, llora, el llanto la vence. Uno de los empleados de la heladería la ayuda a incorporarse. Alguien le ofrece un vaso de agua.
–Pero no, yo no –digo. Miro el recipiente de mi helado, cómo el helado se va derritiendo, transformándose en líquido, perdiendo la gracia.
–¡Qué basura sos, por Dios! –ella bebe un poco de agua, traga, le han traído una silla, pero permanece de pie–. ¡Me dejás embarazada y ahora decís que no querés saber nada! ¡Encima me amenazás! ¡Que vas a contratar a alguien para que me haga abortar de un par de trompadas en la panza! Sos lo peor, lo más bajo.
Ahora sí se sienta. Llora. Se seca las lágrimas con un antebrazo.
–Pero no, te juro que no –digo, pero estoy diciendo cualquier cosa. No conozco a la mujer, no sé qué decir. Se ha juntado algo de gente a nuestro alrededor. Me odian, saben que soy culpable. El universo entero sabe que soy culpable, del asesinato de Kennedy, de los terremotos, de las catástrofes aéreas. Están esperando un gesto, nada más, una señal, para saltarme encima y molerme a patadas.
–Flaco, mejor andate –es el cajero, el que me habla. No es que me aprecie, no hay en él una pizca de empatía hacia mi persona. Pero sabe que está a punto de desatarse la violencia, y prefiere preservar el local.
–Sí, andate –dice un pibe, jovencito, se le marcan los bíceps, tiene la fuerza, cree haber encontrado una noble causa donde canalizar algo de su desbordante energía. La causa es romperme la cara para que su novia lo quiera un poco más, para que el mundo mejore. La única manera que el mundo mejore, es que tipos como yo dejemos de estar. Usa una barbita candado, el pelo con gel, pobre.
Dejo el helado, me voy. Cuando estoy saliendo, alguien me tira algo, un servilletero que me da de pleno en la espalda. Escucho puteadas. Alguien, otro alguien, desde atrás, me escupe.
Apuro el paso. Estoy agitado, y asustado también. Decido caminar hasta Cabildo y tomar el subte.
A la cuadra y media escucho una voz.
–¡Che, che! ¡Pará! –es la voz de la mujer, otra vez. Me detengo, pero miro hacia dónde correr, es preciso escapar.
–Disculpame –le digo–. Pero estás equivocada. No te vi jamás en mi vida.
–Sí, ya sé.
–¿Eh?
–Que ya sé –prende un cigarrillo, pita, sonríe–. Lo que pasa es que en un rato me tengo que encontrar con el verdadero padre de la criatura –se toca la panza–, y me pareció que lo mejor era practicar la escena antes. Así no me olvido todo lo que tengo para decirle.
Me cuesta comprender, quizás entendí mal.
–No es con vos, quedate tranquilo –me da un beso en la mejilla, me acaricia, apenas, un hombro–. Andá, no pasa nada.
Veo una heladería, de las buenas. No quiero caminar hasta el subte y volver al centro. Estoy triste, más triste que de costumbre, y estoy cansado, más cansado que de costumbre. Prefiero entrar a la heladería, tomar un helado.
Poca gente, en la heladería. Gente linda, más linda que en mi barrio, la belleza es una gran cosa. Una parejita joven, dos mujeres charlando, un señor leyendo un diario italiano, un diario italiano escrito en italiano, así como la cuento. Si te fijás bien, si prestás atención, hasta corre algo de brisa. Esa calle tiene buenos árboles, el clima es relajado.
Saco un ticket, pido mi helado, me siento junto a la ventana. Quizás la realidad no sea tan hostil, quizás el mundo no sea tan malo.
Entra una mujer. Una mujer embarazada. Muy embarazada, siete meses o más. Es joven, no más de treinta años, y es muy bonita. Hay un tipo de mujeres que al embarazarse estallan, literalmente, se derraman, sus cuerpos abandonan los contornos y no volverán a ser las mismas, ni parecidas, nunca más. Pero otras mujeres no, conservan las formas, se engrosan un poco los culos, las patitas siguen ahí, crecen las tetas, y salen unas panzas, unas panzas redondas como pelotas. Pero esas mujeres saben que después de parir recuperarán sus formas, conservarán algo de sus atributos. Quizás porque ser madres no las define, o porque están hechas de otro material que les permite durar, no lo sé, la genética no suele dar explicaciones. Mi mujer se transformó en un hipopótamo, un chancho cimarrón quejosa y amarga. Pero eso ocurrió hace bastante tiempo, estoy divorciado.
La mujer usa unos jeans bastante ajustados, una musculosa negra, y un pulovercito con botones. Tiene buenísimas tetas de generosos pezones, fresco el rostro. No puedo evitar mirarla cuando entra. A poco de parir, y está bárbara. Sin maquillaje, pelito castaño recogido. Finos rasgos de una belleza que ya prácticamente no se ve, una belleza que se debe haber dejado de fabricar.
–¡Hijo de puta! ¡Mierda! –Me sorprenden un poco, los gritos. Algo pasa. Sigo con mi helado, mirando por la ventana.
–¡Acá estoy, acá me tenés! ¡Matame si querés, o reconocé al chico! –giro la cabeza. Los gritos son fuertes, han ganado en intensidad. La mujer está de pie, frente a mí, me apunta con un dedo mientras con la otra mano se sostiene la panza.
–¿Eh? –Se me cae la cucharita de la sorpresa. La cucharita con dulce de leche granizado, sobre uno de mis zapatos.
–¡Reconocé al chico, asqueroso! ¡Vos me prometiste, cuando me obligabas a coger sin forro, me decías que me quede tranquila, que ibas a estar conmigo siempre! ¡Siempre! –Cae de rodillas, la mujer, llora, el llanto la vence. Uno de los empleados de la heladería la ayuda a incorporarse. Alguien le ofrece un vaso de agua.
–Pero no, yo no –digo. Miro el recipiente de mi helado, cómo el helado se va derritiendo, transformándose en líquido, perdiendo la gracia.
–¡Qué basura sos, por Dios! –ella bebe un poco de agua, traga, le han traído una silla, pero permanece de pie–. ¡Me dejás embarazada y ahora decís que no querés saber nada! ¡Encima me amenazás! ¡Que vas a contratar a alguien para que me haga abortar de un par de trompadas en la panza! Sos lo peor, lo más bajo.
Ahora sí se sienta. Llora. Se seca las lágrimas con un antebrazo.
–Pero no, te juro que no –digo, pero estoy diciendo cualquier cosa. No conozco a la mujer, no sé qué decir. Se ha juntado algo de gente a nuestro alrededor. Me odian, saben que soy culpable. El universo entero sabe que soy culpable, del asesinato de Kennedy, de los terremotos, de las catástrofes aéreas. Están esperando un gesto, nada más, una señal, para saltarme encima y molerme a patadas.
–Flaco, mejor andate –es el cajero, el que me habla. No es que me aprecie, no hay en él una pizca de empatía hacia mi persona. Pero sabe que está a punto de desatarse la violencia, y prefiere preservar el local.
–Sí, andate –dice un pibe, jovencito, se le marcan los bíceps, tiene la fuerza, cree haber encontrado una noble causa donde canalizar algo de su desbordante energía. La causa es romperme la cara para que su novia lo quiera un poco más, para que el mundo mejore. La única manera que el mundo mejore, es que tipos como yo dejemos de estar. Usa una barbita candado, el pelo con gel, pobre.
Dejo el helado, me voy. Cuando estoy saliendo, alguien me tira algo, un servilletero que me da de pleno en la espalda. Escucho puteadas. Alguien, otro alguien, desde atrás, me escupe.
Apuro el paso. Estoy agitado, y asustado también. Decido caminar hasta Cabildo y tomar el subte.
A la cuadra y media escucho una voz.
–¡Che, che! ¡Pará! –es la voz de la mujer, otra vez. Me detengo, pero miro hacia dónde correr, es preciso escapar.
–Disculpame –le digo–. Pero estás equivocada. No te vi jamás en mi vida.
–Sí, ya sé.
–¿Eh?
–Que ya sé –prende un cigarrillo, pita, sonríe–. Lo que pasa es que en un rato me tengo que encontrar con el verdadero padre de la criatura –se toca la panza–, y me pareció que lo mejor era practicar la escena antes. Así no me olvido todo lo que tengo para decirle.
Me cuesta comprender, quizás entendí mal.
–No es con vos, quedate tranquilo –me da un beso en la mejilla, me acaricia, apenas, un hombro–. Andá, no pasa nada.
10.10.11
En la tormenta
Habíamos decidido irnos con Ana, a la costa, fuera de temporada. Así que fuimos. Yo necesitaba descansar, Ana necesitaba ser feliz, los dos necesitábamos escapar.
Cinco noches. Arrancamos diciendo ir a Cariló, pero nos pareció muy caro. Valeria, Ostende, terminamos alquilando un apart en Mar Azul. Lo vi por internet, me gustó, hice la reserva por teléfono, deposité la plata en la cuenta bancaria que me indicaron.
La verdad que era todo una cagada. Las fotos que había visto por internet eran mentira, no se veía el mar desde la habitación porque enfrente había una gigantesca duna, el desayuno era triste, café con leche tibio, pan viejo, mermelada que era casi agua coloreada, la heladera hacía ruido como si albergara en su interior un eruptivo alienígena.
Nos peleamos, en el auto, a la ida. Yo quería parar a desayunar en Minotauro, ella no, me paró la policía, yo quise darle cien pesos al oficial antes que me dijera buenos días, ella dijo que no teníamos nada que ocultar. Descubríamos que cuando uno viaja, se sigue siendo el mismo pero en otra parte, no es posible viajar y ser otro, te molestan las mismas cosas, te angustia lo mismo. Cambia el decorado y eso te distrae, con suerte, un poco.
Me despertó Ana, en mitad de la noche. Me sacudió. No podía querer coger, no podía ser eso, Ana había perdido, después de tres años de convivencia, el apetito. Era algo que había que hacer una vez por semana, como lavarse los dientes o secarse el pelo con una toalla, una mecánica tarea, un metódico incordio, no mucho más que eso.
–Eh, qué pasa –abrí los ojos, sabía que no iba a volver a dormirme
–Escuchá.
–Qué.
–Escuchá, ¿Escuchás?
Escuché.
–Si entraron ladrones y te van a violar –dije–, poneles esa carita de fastidio que me ponés a mí. Ni te van a tocar.
–No, pelotudo. Escuchá, la tormenta.
–La tormenta –dije yo–. Pintó romanticismo.
–No, Juan. Está granizando.
Era verdad. Pegaban las piedras contra el techo del apart. El viento hacía chocar una y otra vez alguna ventana mal cerrada. Era una tormenta del carajo.
–Sí –dije–. También está el hambre en Etiopía, y hay que salvar a los delfines. Yo pago las expensas, todo no puedo.
–¡El auto, boludo!
Entendí. Ahí entendí. Entre todas las cosas que no tenía el apart, más allá que todo tuviera la palabra ‘azul’ en el nombre (sala ‘azul’, desayuno ‘azul’, posibilidad de salir a hacer una cabalgata ‘azul’), no tenía estacionamiento techado. Se habían olvidado de poner, en el estacionamiento ‘azul’, un techo ‘azul’.
–¡Uh! –me puse un short y salí. Mi auto, un buen auto que había comprado hacía cinco años, poco uso. El auto que me había llevado y traído tantos domingos. Quería a ese auto.
Bajé. La tormenta no iba a terminar nunca. El auto, mi auto, desnudo, bajo la ira de un poderoso e inclemente Dios. Las piedras del granizo eran del tamaño de pelotitas de ping pong. No iba a quedar nada, de mi auto.
Ese absurdo viaje que sólo había servido para que Ana y yo descubriéramos que no nos soportábamos más, me iba a costar mi auto.
Al lado de mi auto, a unos tres metros de distancia, había otro auto. De un matrimonio mayor, que también estaba parando en el apart. El hombre luchaba bajo la lluvia, cubría el auto con frazadas y toallas, las frazadas eran afirmadas con ladrillos. El hombre iba y venía, tenía un plan, su mujer colaboraba, lo asistía, y en cada viaje de ida y vuelta al cuarto, la mujer secaba al hombre con un toallón, le daba un sorbo de una taza de café.
–Perdí el auto –le dije a Ana–. No va a quedar nada.
Me fui a dormir. Mi pobre auto, y yo sin la más mínima idea, como de costumbre, y sin voluntad. No había dónde refugiar el auto, no se me ocurría un pomo ni sabía hacer gran cosa. Era la historia de mi vida. Ni ideas propias, ni un plan común. La nada misma.
–Pero –dijo Ana.
–Tachame el auto –dije, cerré los ojos, y no hablé más.
La tormenta siguió toda la noche, los truenos recordándome mi fracaso. A la mañana llovía, pero menos. Ana estaba sentada en el comedor, viendo la televisión, un programa donde un japonés explicaba las ventajas de hacer reiki. Aunque si el reiki tenía alguna ventaja, bueno, al japonés no se le notaba nada.
–Pedí el desayuno porque tenía hambre –dijo, y me apuntó con el mentón hacia la mesa, las absurdas jarras donde podía leerse ‘café’, y ‘leche’, la panera con medialunas de un material (tal vez un polímero) no apto para el consumo humano.
Salí del cuarto en short. Me acerqué a mi auto sólo para verificar el daño, darle el pésame, decirle que yo también había sufrido mucho toda mi vida, una cariñosa palmada. El chapista me iba a arrancar el corazón.
Nada. Cero. Per-fec-to. Ni un rasguño. El auto, todavía húmedo, brillaba. Ni una marca, no podía ser, había estado escuchando los piedrazos, arrasando con todo lo que fuera ‘azul’ o de cualquier otro color, casi toda la noche.
–Qué raro –dije. Levanté la vista. A tres metros, el auto del hombre. Tenía agua hasta el volante. Se había inundado por completo. Al sujetar las frazadas trabando las puntas con las ventanillas, las frazadas habían chorreado toda la noche, hacia adentro del vehículo. El auto del tipo no servía más, no se iba a secar ni en mil años.
El tipo se agarraba la cabeza, negaba, después se agarraba el corazón y lo apretaba un poco, para verificar que siguiera funcionando. La mujer lo observaba desde el umbral del cuarto sin animarse a decir palabra.
Increíble. El hombre había hecho todo lo que había que hacer, y su auto no servía más. Yo no había hecho nada, me había ido a dormir, y ahí estaba mi auto. Impecable.
Volví al cuarto.
–Subí un minuto –le dije a Ana–. Vení que te voy a pegar una buena cogida, y después nos vamos a ir a desayunar a Cariló. Algo rico, no nos merecemos desayunar esta cagada.
Cinco noches. Arrancamos diciendo ir a Cariló, pero nos pareció muy caro. Valeria, Ostende, terminamos alquilando un apart en Mar Azul. Lo vi por internet, me gustó, hice la reserva por teléfono, deposité la plata en la cuenta bancaria que me indicaron.
La verdad que era todo una cagada. Las fotos que había visto por internet eran mentira, no se veía el mar desde la habitación porque enfrente había una gigantesca duna, el desayuno era triste, café con leche tibio, pan viejo, mermelada que era casi agua coloreada, la heladera hacía ruido como si albergara en su interior un eruptivo alienígena.
Nos peleamos, en el auto, a la ida. Yo quería parar a desayunar en Minotauro, ella no, me paró la policía, yo quise darle cien pesos al oficial antes que me dijera buenos días, ella dijo que no teníamos nada que ocultar. Descubríamos que cuando uno viaja, se sigue siendo el mismo pero en otra parte, no es posible viajar y ser otro, te molestan las mismas cosas, te angustia lo mismo. Cambia el decorado y eso te distrae, con suerte, un poco.
Me despertó Ana, en mitad de la noche. Me sacudió. No podía querer coger, no podía ser eso, Ana había perdido, después de tres años de convivencia, el apetito. Era algo que había que hacer una vez por semana, como lavarse los dientes o secarse el pelo con una toalla, una mecánica tarea, un metódico incordio, no mucho más que eso.
–Eh, qué pasa –abrí los ojos, sabía que no iba a volver a dormirme
–Escuchá.
–Qué.
–Escuchá, ¿Escuchás?
Escuché.
–Si entraron ladrones y te van a violar –dije–, poneles esa carita de fastidio que me ponés a mí. Ni te van a tocar.
–No, pelotudo. Escuchá, la tormenta.
–La tormenta –dije yo–. Pintó romanticismo.
–No, Juan. Está granizando.
Era verdad. Pegaban las piedras contra el techo del apart. El viento hacía chocar una y otra vez alguna ventana mal cerrada. Era una tormenta del carajo.
–Sí –dije–. También está el hambre en Etiopía, y hay que salvar a los delfines. Yo pago las expensas, todo no puedo.
–¡El auto, boludo!
Entendí. Ahí entendí. Entre todas las cosas que no tenía el apart, más allá que todo tuviera la palabra ‘azul’ en el nombre (sala ‘azul’, desayuno ‘azul’, posibilidad de salir a hacer una cabalgata ‘azul’), no tenía estacionamiento techado. Se habían olvidado de poner, en el estacionamiento ‘azul’, un techo ‘azul’.
–¡Uh! –me puse un short y salí. Mi auto, un buen auto que había comprado hacía cinco años, poco uso. El auto que me había llevado y traído tantos domingos. Quería a ese auto.
Bajé. La tormenta no iba a terminar nunca. El auto, mi auto, desnudo, bajo la ira de un poderoso e inclemente Dios. Las piedras del granizo eran del tamaño de pelotitas de ping pong. No iba a quedar nada, de mi auto.
Ese absurdo viaje que sólo había servido para que Ana y yo descubriéramos que no nos soportábamos más, me iba a costar mi auto.
Al lado de mi auto, a unos tres metros de distancia, había otro auto. De un matrimonio mayor, que también estaba parando en el apart. El hombre luchaba bajo la lluvia, cubría el auto con frazadas y toallas, las frazadas eran afirmadas con ladrillos. El hombre iba y venía, tenía un plan, su mujer colaboraba, lo asistía, y en cada viaje de ida y vuelta al cuarto, la mujer secaba al hombre con un toallón, le daba un sorbo de una taza de café.
–Perdí el auto –le dije a Ana–. No va a quedar nada.
Me fui a dormir. Mi pobre auto, y yo sin la más mínima idea, como de costumbre, y sin voluntad. No había dónde refugiar el auto, no se me ocurría un pomo ni sabía hacer gran cosa. Era la historia de mi vida. Ni ideas propias, ni un plan común. La nada misma.
–Pero –dijo Ana.
–Tachame el auto –dije, cerré los ojos, y no hablé más.
La tormenta siguió toda la noche, los truenos recordándome mi fracaso. A la mañana llovía, pero menos. Ana estaba sentada en el comedor, viendo la televisión, un programa donde un japonés explicaba las ventajas de hacer reiki. Aunque si el reiki tenía alguna ventaja, bueno, al japonés no se le notaba nada.
–Pedí el desayuno porque tenía hambre –dijo, y me apuntó con el mentón hacia la mesa, las absurdas jarras donde podía leerse ‘café’, y ‘leche’, la panera con medialunas de un material (tal vez un polímero) no apto para el consumo humano.
Salí del cuarto en short. Me acerqué a mi auto sólo para verificar el daño, darle el pésame, decirle que yo también había sufrido mucho toda mi vida, una cariñosa palmada. El chapista me iba a arrancar el corazón.
Nada. Cero. Per-fec-to. Ni un rasguño. El auto, todavía húmedo, brillaba. Ni una marca, no podía ser, había estado escuchando los piedrazos, arrasando con todo lo que fuera ‘azul’ o de cualquier otro color, casi toda la noche.
–Qué raro –dije. Levanté la vista. A tres metros, el auto del hombre. Tenía agua hasta el volante. Se había inundado por completo. Al sujetar las frazadas trabando las puntas con las ventanillas, las frazadas habían chorreado toda la noche, hacia adentro del vehículo. El auto del tipo no servía más, no se iba a secar ni en mil años.
El tipo se agarraba la cabeza, negaba, después se agarraba el corazón y lo apretaba un poco, para verificar que siguiera funcionando. La mujer lo observaba desde el umbral del cuarto sin animarse a decir palabra.
Increíble. El hombre había hecho todo lo que había que hacer, y su auto no servía más. Yo no había hecho nada, me había ido a dormir, y ahí estaba mi auto. Impecable.
Volví al cuarto.
–Subí un minuto –le dije a Ana–. Vení que te voy a pegar una buena cogida, y después nos vamos a ir a desayunar a Cariló. Algo rico, no nos merecemos desayunar esta cagada.
5.10.11
Misíl
Si se me permite el tecnicismo, tengo un pedo. Quiero decir, gas. Desayuno fuerte, bien temprano, y es probable que no vuelva a casa hasta la nochecita. Me voy al centro, a laburar, por lo general no almuerzo. Vida de ciudad.
A la media hora, después de desayunar, sé que me podría tirar un pedo. Pero no es un pedo urgente, imperioso, incontenible. Sé que está ahí, puede esperar.
Te vas al centro, a laburar, o a hacer un trámite, en uno de esos modernos edificios que tienen treinta y siete pisos y doscientas ochenta y cuatro oficinas. Ascensores automáticos capaces de transportar hasta once personas. Entrás.
Ahí llega el momento. Desayunaste dos porciones de fugazzeta fría, un café con leche, un huevo duro, y un alfajor. O mate, un vaso de mirinda, y una empanada de carne de hace tres días. O un té, un tercio de milanesa de pollo, y dos mandarinas.
El ascensor se llena. Ejecutivos de sedosas corbatas, chicas con bombachas importadas tipeando absurdos mensajitos en sus táctiles pantallas, un señor mayor con lentes sin marco, una señora con un simpático trajecito color marfil.
Y te cagás. Lo soltás, finalmente, ese pedo generado durante el desayuno, tan tuyo, tan intenso, tan particular. Es un slip, apenas, o un prrr muy oscuro, muy ronco. Una inaudible vibración, nada más.
Contás, hasta dos, después de cagarte como un chancho cimarrón, como un indómito jabalí. Contás hasta dos y preguntás algo, cualquier cosa, con absoluta naturalidad, a la persona que tengas al lado, a quien te preste algo de atención, al público en general.
Preguntás si el estudio del Doctor Garófalo está en la oficina 633, o si el ciento treinta y dos para sobre Alem, o a cuántas cuadras estamos de la calle Paraguay.
Y mientras vos ya hiciste la pregunta, justo, llega el olor. La clave está en jugar con ese ínfimo delay, similar al que existe entre el rayo y el trueno (William Faulkner escribió alguna vez ‘el sonido y la furia’, pero, según entiendo, tampoco se refería exactamente a esto). Llega el olor entonces, repugnante, fétido, una hedionda frazada de la mierda más pura que todo lo cubre, lo inunda, un arma química y letal.
Como vos ya hiciste la pregunta, alguien te está contestando, y bueno, vos quedás excluido, relegado, vos estás prestando atención con una mezcla de imbecilidad y sencillez. Tu pregunta, tu acción, llegó antes que el olor. Eso te otorga inmunidad.
Es probable que la persona que te está contestando ya haya respirado una bocanada de aire, la gente, aunque parezca paradójico y por lo general, necesita respirar. Verás cómo experimenta una profunda perturbación, se sonroja, parpadea varias veces o tose, tiene un acceso de tos, se tira del pelo, consulta un imaginario reloj, se pasa una mano por la frente, se angustia. Porque ha llegado el olor justo cuando ella (o él) habla y entonces, por una cuestión digamos automática, el resto de los presentes asocia el pútrido olor que los invade con la voz cantante. Es un mecanismo de la mente, el olor, la náusea, golpea el cerebro al mismo tiempo que la voz de tu interlocutor y se transforman en uno. El olor y la voz. El pedo tiene dueño, es evidente, y quien está hablando, que sabe que no se tiró ningún pedo pero a la vez por un instante es preso del mismo razonamiento, se pone mal.
Justo en ese momento el ascensor se abre, en cualquier piso. Vos te bajás.
A la media hora, después de desayunar, sé que me podría tirar un pedo. Pero no es un pedo urgente, imperioso, incontenible. Sé que está ahí, puede esperar.
Te vas al centro, a laburar, o a hacer un trámite, en uno de esos modernos edificios que tienen treinta y siete pisos y doscientas ochenta y cuatro oficinas. Ascensores automáticos capaces de transportar hasta once personas. Entrás.
Ahí llega el momento. Desayunaste dos porciones de fugazzeta fría, un café con leche, un huevo duro, y un alfajor. O mate, un vaso de mirinda, y una empanada de carne de hace tres días. O un té, un tercio de milanesa de pollo, y dos mandarinas.
El ascensor se llena. Ejecutivos de sedosas corbatas, chicas con bombachas importadas tipeando absurdos mensajitos en sus táctiles pantallas, un señor mayor con lentes sin marco, una señora con un simpático trajecito color marfil.
Y te cagás. Lo soltás, finalmente, ese pedo generado durante el desayuno, tan tuyo, tan intenso, tan particular. Es un slip, apenas, o un prrr muy oscuro, muy ronco. Una inaudible vibración, nada más.
Contás, hasta dos, después de cagarte como un chancho cimarrón, como un indómito jabalí. Contás hasta dos y preguntás algo, cualquier cosa, con absoluta naturalidad, a la persona que tengas al lado, a quien te preste algo de atención, al público en general.
Preguntás si el estudio del Doctor Garófalo está en la oficina 633, o si el ciento treinta y dos para sobre Alem, o a cuántas cuadras estamos de la calle Paraguay.
Y mientras vos ya hiciste la pregunta, justo, llega el olor. La clave está en jugar con ese ínfimo delay, similar al que existe entre el rayo y el trueno (William Faulkner escribió alguna vez ‘el sonido y la furia’, pero, según entiendo, tampoco se refería exactamente a esto). Llega el olor entonces, repugnante, fétido, una hedionda frazada de la mierda más pura que todo lo cubre, lo inunda, un arma química y letal.
Como vos ya hiciste la pregunta, alguien te está contestando, y bueno, vos quedás excluido, relegado, vos estás prestando atención con una mezcla de imbecilidad y sencillez. Tu pregunta, tu acción, llegó antes que el olor. Eso te otorga inmunidad.
Es probable que la persona que te está contestando ya haya respirado una bocanada de aire, la gente, aunque parezca paradójico y por lo general, necesita respirar. Verás cómo experimenta una profunda perturbación, se sonroja, parpadea varias veces o tose, tiene un acceso de tos, se tira del pelo, consulta un imaginario reloj, se pasa una mano por la frente, se angustia. Porque ha llegado el olor justo cuando ella (o él) habla y entonces, por una cuestión digamos automática, el resto de los presentes asocia el pútrido olor que los invade con la voz cantante. Es un mecanismo de la mente, el olor, la náusea, golpea el cerebro al mismo tiempo que la voz de tu interlocutor y se transforman en uno. El olor y la voz. El pedo tiene dueño, es evidente, y quien está hablando, que sabe que no se tiró ningún pedo pero a la vez por un instante es preso del mismo razonamiento, se pone mal.
Justo en ese momento el ascensor se abre, en cualquier piso. Vos te bajás.
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