La verdad es que si lo pienso ahora, si repaso lo sucedido dejando correr a una insólita velocidad los fotogramas de la mente, no consigo recordar cómo empezó. No consigo ver el disparador, el detonante, el gatillo, llamalo como quieras. Las cosas, cualquier cosa, empiezan en determinado momento, y también terminan, en otro determinado momento. El tiempo existe, al menos como percepción, no vamos a discutir eso.
Estábamos en el subte, todos, los perejiles, dónde íbamos a estar. Y la historia también. No tengo historias que me sucedan en Disneylandia, te pido disculpas. Debían ser las siete de la tarde, porque yo salía de la oficina a las seis, pero a las seis la calle era violencia pura, cinco millones de tipos tratando de escapar, de volver, sin comprender que no hay adónde volver. Que volver, adonde vuelven, es parte de la trampa, del problema. Para volver adonde volvés, convendría no volver nunca más.
Me iba a un bar, y cenaba. A las seis de la tarde, me tomaba una cerveza de litro y un sándwich de mortadela y manteca, o de salame y manteca, o unas rabas que me acercaran quizás hacia alguna playa, algún mar. Entonces me volvía, me subía al subte y me volvía y me parecía que el mundo no era tan horrible, tan tremendo.
Así que debían ser las siete, entre las siete y las siete y media, me subí al subte en Florida. El subte viene lleno, siempre, eso ya lo dije, me quedo de pie en una punta de un vagón, y leo un libro, cualquier cosa, no me importa el libro, pero es mucho peor mirarle la cara a la gente. Leo tres páginas, o cinco. Hace rato que la literatura dejó de ser un consuelo, no sé qué voy a hacer.
Son quince o veinte minutos y cruzás la ciudad, salís del otro lado como un empetrolado pingüino, enchastrado de mierda, pringoso, asustado también, esperando que se invente un jabón lo suficientemente fuerte para lavarte los sueños rotos, la costra de frustración, que te vuelvan a brillar, aunque sea por un ratito, las ganas de hacer.
Algo sucedió. Está la gente y está el fastidio que se puede oler, y están los vendedores de cualquier cosa y los teléfonos celulares que parecen gritar que quizás el milagro de la comunicación no sea ningún milagro, y alguien llora y alguien lee el diario que te dice lo que pasó hace un mes. Lo normal, si es preciso adjetivar.
Entró un tipo, no lo vi ni le presté atención, entre tanta gente. El tipo llevaba sobre un hombro, como si fuera un cajón de manzanas, un parlante. Tocó un botón, algo, y empezó a sonar una música, a setenta y ocho mil quinientos veinticuatro amperes. Era hip hop, o la base de un rap, no soy un entendido en la materia. Si hubiera nacido en Harlem sería de seguro un aplicado rapero, si hubiera nacido en Polonia y tuviera bigotes sería Lech Walesa, y así podríamos seguir. Era muy fuerte, la música, cada punchi punchi del tambor hacía retumbar las ventanillas del vagón.
El pibe dejó el parlante en el piso. Iba disfrazado, no sé, una careta que le cubría la mitad superior del rostro, con una cresta de gallo arriba, usaba una musculosa toda rota y pantalones muy amplios, como de bambula. El tipo empezó a cantar sobre la atronadora música, tarareaba incoherencias, y empezó a bailar, también. No sé si era break dance, o una suerte de baile acrobático y callejero. Pero el subte se movía, y al tipo se le complicó un poco cuando quiso hacer la vertical, o el pasito de Michael Jackson donde parece que avanzás pero no te movés, como si una cinta transportadora se fuera deslizando hacia atrás para mantenerte, a pesar de tu esforzado avance en cámara superlenta, en el lugar.
Pasó algo. No sé si el pibe como le faltaba espacio para mostrar sus destrezas, apartó a alguien de un empujoncito, o si se quejó que la gente no aplaudía. El pibe debe haber tenido una desafortunada reacción.
–¡Pero qué te pasa, boludo! –dijo un señor de bigotes que leía una revista de caza y pesca– ¿No ves que no hay lugar?
–¡Bajá esa música, infeliz! –gritó una señora, señalando el parlante.
–¡Apagá, apagá esa mierda! ¡Apagá!
Alguien empujó al pibe, y ahí sí. Como si hubiéramos estado esperando, juntando ebullición, saltamos todos. Alguien le pegó una trompada de atrás, artera, en la nuca, el pibe perdió el equilibrio y cayó. La gente se le fue encima, llovían trompadas, patadas, éramos cada vez más y más los que nos sumábamos al efusivo grupo. Una señora empezó a pegarle al parlante, con una chinela, y entonces la gente destrozó el parlante a patadas, en menos de un minuto.
Y seguimos así, pegándole al pibe en el piso, que ya casi ni se movía, gemía un poco, tenía sangre en el rostro y el cuerpo lleno de magulladuras.
–Te voy a enseñar a bailar, pelotudo –alguien le dio un patadón en la cara, alcancé a ver pedacitos de muelas entre la multitud de pies.
Me bajé en Lacroze, la gente seguía pegándole al pibe que ya no tenía ni la musculosa, le habían quitado las zapatillas, del parlante quedaban fragmentos de plástico y un manojo de cables que alguien utilizó para comenzar a estrangular al muchacho, mientras una señora le quitaba los pantalones, y un pibe lo quemaba en los brazos y las piernas con un encendedor. Alguien murmuró ‘qué lástima que no estoy con mi caja de herramientas’. ‘Tenelo, tenelo’. Alguien sacó una navaja.
Salí a la calle, tenía cinco cuadras hasta lo de Mara, pero pensé en parar en un bar y tomar otra cerveza. Era una linda noche de otoño, hacía rato que no me sentía tan bien.
25.5.11
20.5.11
Oda WD40
Es fácil, la verdad que es bien fácil. Sólo se precisa contar con algo de recursos. Entretenido, además, y terapéutico, desde lo psicológico, desde lo actitudinal, desde la teoría del comportamiento.
Llamemos a la unidad de medida ‘ficha’. Necesitaremos entonces, de acuerdo a nuestra capacidad patrimonial, a nuestro nivel de ingresos, y desde ya a la importancia que le asignemos a la cuestión, determinar de cuánto será la ficha. En la Argentina de hoy (el presente escrito transcurre en el año 2010, creo), propongo que la ficha mínima sea de $10 (pesos diez), y la máxima sea de $100 (pesos cien). El experimento, la experiencia, puede ser hecha desde ya en cualquier parte del mundo, lo que requerirá la peculiaridad de utilizar la moneda del lugar, con los consiguientes ajustes de tipo de cambio. Si estuviéramos en Estados Unidos, por ejemplo, en Minneápolis o en Minnesota, las fichas mínima y máxima podrían ser, respectivamente, de diez y cien dólares. Si estuviéramos en el continente europeo las fichas serían de diez y cien euros, y así. El experimento allá sería entonces más caro, pero allá vivir también es más caro, la gente tiene mejores sueldos que en Argentina, tengo entendido, eso me han dicho.
Se trata, entonces, de darle a cada persona con la que te cruces durante el día, una ficha. Repasemos. Es domingo por ejemplo, pero tranquilamente podría ser martes. Desde que salgas de tu casa, y hasta que vuelvas, a cualquier persona que te dirija la palabra (ni familiares, ni amigos) le vas a dar una ficha.
Sigamos con el ejemplo. Supongamos que determinaste una ficha de cincuenta pesos. Entonces, si el portero está en la calle y te dice ‘buenos días’, simplemente te acercás y le das cincuenta pesos, como si le fueras a dar la mano, con una sonrisa. Sin explicaciones, sin decir nada. O podés decir ‘gracias’, o ‘esto es para usted’, o ‘qué loco todo’. Cualquier cosa, no tiene importancia.
Va a comprar el diario, te dan el diario, pagás, y le das cincuenta pesos más, con una sonrisa, al diariero, no decís nada. Vas a un bar, después, a desayunar, y dejás cincuenta pesos de propina (aunque la consumición, el precio de tu desayuno, sea veinte pesos), o se los das, los cincuenta pesos, en la mano, al mozo. Podés decirle ‘que tenga un buen día’, o ‘gracias por su atención’, o ‘para mí Batistuta y Crespo pueden jugar juntos’, o ‘somos seres de luz’.
Y eso es todo. Si te para una mujer para preguntarte dónde queda la calle Palpa, le das cincuenta pesos, sin dudar. Si te insulta un automovilista porque cruzaste la calle con el semáforo en contra, te acercás al automóvil y le das cincuenta pesos, a través de la ventanilla apenas baja. Si te chocás con una persona le decís ‘disculpame’, le das cincuenta pesos y una palmada.
Calculá, por si te preocupa la cuestión, que no hay manera que interactúes con más de, ponele, veinte o veinticinco personas por día, así que estamos hablando de gastar, de acuerdo a la ficha que usamos para el ejemplo, unos mil o mil doscientos cincuenta pesos. Es más barato que planear una semanita en Buzios, o ir a Disney.
Vas a ver como todo lo que te suele molestar en el día a día, comienza a fluir. Descubrirás de una buena vez que el dinero es el más potente de los lubricantes. El mundo se vuelve un lugar interesante, las cosas pueden ser bien divertidas.
Llamemos a la unidad de medida ‘ficha’. Necesitaremos entonces, de acuerdo a nuestra capacidad patrimonial, a nuestro nivel de ingresos, y desde ya a la importancia que le asignemos a la cuestión, determinar de cuánto será la ficha. En la Argentina de hoy (el presente escrito transcurre en el año 2010, creo), propongo que la ficha mínima sea de $10 (pesos diez), y la máxima sea de $100 (pesos cien). El experimento, la experiencia, puede ser hecha desde ya en cualquier parte del mundo, lo que requerirá la peculiaridad de utilizar la moneda del lugar, con los consiguientes ajustes de tipo de cambio. Si estuviéramos en Estados Unidos, por ejemplo, en Minneápolis o en Minnesota, las fichas mínima y máxima podrían ser, respectivamente, de diez y cien dólares. Si estuviéramos en el continente europeo las fichas serían de diez y cien euros, y así. El experimento allá sería entonces más caro, pero allá vivir también es más caro, la gente tiene mejores sueldos que en Argentina, tengo entendido, eso me han dicho.
Se trata, entonces, de darle a cada persona con la que te cruces durante el día, una ficha. Repasemos. Es domingo por ejemplo, pero tranquilamente podría ser martes. Desde que salgas de tu casa, y hasta que vuelvas, a cualquier persona que te dirija la palabra (ni familiares, ni amigos) le vas a dar una ficha.
Sigamos con el ejemplo. Supongamos que determinaste una ficha de cincuenta pesos. Entonces, si el portero está en la calle y te dice ‘buenos días’, simplemente te acercás y le das cincuenta pesos, como si le fueras a dar la mano, con una sonrisa. Sin explicaciones, sin decir nada. O podés decir ‘gracias’, o ‘esto es para usted’, o ‘qué loco todo’. Cualquier cosa, no tiene importancia.
Va a comprar el diario, te dan el diario, pagás, y le das cincuenta pesos más, con una sonrisa, al diariero, no decís nada. Vas a un bar, después, a desayunar, y dejás cincuenta pesos de propina (aunque la consumición, el precio de tu desayuno, sea veinte pesos), o se los das, los cincuenta pesos, en la mano, al mozo. Podés decirle ‘que tenga un buen día’, o ‘gracias por su atención’, o ‘para mí Batistuta y Crespo pueden jugar juntos’, o ‘somos seres de luz’.
Y eso es todo. Si te para una mujer para preguntarte dónde queda la calle Palpa, le das cincuenta pesos, sin dudar. Si te insulta un automovilista porque cruzaste la calle con el semáforo en contra, te acercás al automóvil y le das cincuenta pesos, a través de la ventanilla apenas baja. Si te chocás con una persona le decís ‘disculpame’, le das cincuenta pesos y una palmada.
Calculá, por si te preocupa la cuestión, que no hay manera que interactúes con más de, ponele, veinte o veinticinco personas por día, así que estamos hablando de gastar, de acuerdo a la ficha que usamos para el ejemplo, unos mil o mil doscientos cincuenta pesos. Es más barato que planear una semanita en Buzios, o ir a Disney.
Vas a ver como todo lo que te suele molestar en el día a día, comienza a fluir. Descubrirás de una buena vez que el dinero es el más potente de los lubricantes. El mundo se vuelve un lugar interesante, las cosas pueden ser bien divertidas.
15.5.11
Ditirambo
Habíamos terminado el acto, quizás no esté mal denominarlo así, emplear ese término. Lo que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que llamarlo cuando nos referimos a eso, ‘imaginación horizontal’. Habían sido veinte minutos, quizás una buena media hora de rocanrol.
Esperé un poco que me bajaran las vueltas, resoplaba como un jabalí. Entonces me senté, tengo una silla al lado de la cama, desde siempre. Suelo cenar ahí, mirando la televisión, no sé, soy así.
Me serví un whisky, y me senté, al lado de la cama. Ese whisky, sin hielo, sin nada, desnudo, después de, es un bello momento.
Ella se había incorporado un poco, usando un almohadón como respaldo. Me pidió fuego, encendió un cigarrillo, dijo.
–Estuvo bárbaro, estuvo genial –pitó–. La forma cómo me dijiste que fuéramos a tu casa, que ya habíamos hablado suficiente por ser la primera vez. Que teníamos que ir a coger, así, de una, que coger era importante para vos y debería ser importante para mí también, que ya seguiríamos hablando en otro momento. Coger es una manera de conversar, dijiste también.
Hizo una pausa, se rascó la nariz. Pareció que iba a estornudar, pero no estornudó. Me hizo un gesto para que le pasara mi vaso, probó el whisky, nada, mojó los labios nomás, y cerró los ojos, apretó los ojos bien fuerte. Me devolvió el vaso, siguió.
–Cogés bárbaro, no es la técnica, quién sabe cuál es la técnica correcta, lo que se nota es que te gusta coger. Sos muy grandote, apretás, apretás fuerte, esos brazos de oso. ¡Eso! Sos como un oso, ágil pero de movimientos lentos, indicando lo que querés sin hablar, empujando con las zarpas, dándome vuelta, o haciendo que me vuelva a poner de pie.
En la penumbra de la habitación se veía el azulado humo.
–Tenés la pija gruesa, eso es importante –dijo–, entrás y ocupás el espacio, me entendés lo que te quiero decir. Y le tirás a una la carrocería encima, una siente que sos todo el universo, que te coge el universo en ese momento, el universo quiere coger con vos. Y volvés a apretar, te gusta dominar, parece que vas a estrangular pero es un segundo, una siente la presión y aún así sabe que no le vas a hacer daño, que aplicás esa fuerza de la naturaleza, una fuerza que te desborda, pero no vas a lastimar, es algo muy hermoso porque no podés evitarlo. Y querés chupar, meter los dedos, morder, sos como un chico que no puede soltar su juguete preferido. Está bueno de verdad.
Terminé mi whisky, metí por un instante la lengua en el vaso, como un oso hurgando un tarro de miel.
–Mirá –dije–. Yo también hace mucho tiempo que no cogía. No es preciso sacar apresuradas conclusiones.
Esperé un poco que me bajaran las vueltas, resoplaba como un jabalí. Entonces me senté, tengo una silla al lado de la cama, desde siempre. Suelo cenar ahí, mirando la televisión, no sé, soy así.
Me serví un whisky, y me senté, al lado de la cama. Ese whisky, sin hielo, sin nada, desnudo, después de, es un bello momento.
Ella se había incorporado un poco, usando un almohadón como respaldo. Me pidió fuego, encendió un cigarrillo, dijo.
–Estuvo bárbaro, estuvo genial –pitó–. La forma cómo me dijiste que fuéramos a tu casa, que ya habíamos hablado suficiente por ser la primera vez. Que teníamos que ir a coger, así, de una, que coger era importante para vos y debería ser importante para mí también, que ya seguiríamos hablando en otro momento. Coger es una manera de conversar, dijiste también.
Hizo una pausa, se rascó la nariz. Pareció que iba a estornudar, pero no estornudó. Me hizo un gesto para que le pasara mi vaso, probó el whisky, nada, mojó los labios nomás, y cerró los ojos, apretó los ojos bien fuerte. Me devolvió el vaso, siguió.
–Cogés bárbaro, no es la técnica, quién sabe cuál es la técnica correcta, lo que se nota es que te gusta coger. Sos muy grandote, apretás, apretás fuerte, esos brazos de oso. ¡Eso! Sos como un oso, ágil pero de movimientos lentos, indicando lo que querés sin hablar, empujando con las zarpas, dándome vuelta, o haciendo que me vuelva a poner de pie.
En la penumbra de la habitación se veía el azulado humo.
–Tenés la pija gruesa, eso es importante –dijo–, entrás y ocupás el espacio, me entendés lo que te quiero decir. Y le tirás a una la carrocería encima, una siente que sos todo el universo, que te coge el universo en ese momento, el universo quiere coger con vos. Y volvés a apretar, te gusta dominar, parece que vas a estrangular pero es un segundo, una siente la presión y aún así sabe que no le vas a hacer daño, que aplicás esa fuerza de la naturaleza, una fuerza que te desborda, pero no vas a lastimar, es algo muy hermoso porque no podés evitarlo. Y querés chupar, meter los dedos, morder, sos como un chico que no puede soltar su juguete preferido. Está bueno de verdad.
Terminé mi whisky, metí por un instante la lengua en el vaso, como un oso hurgando un tarro de miel.
–Mirá –dije–. Yo también hace mucho tiempo que no cogía. No es preciso sacar apresuradas conclusiones.
10.5.11
El hábito, la costumbre
Pasa algo extraño.
Me llama una mujer, una mujer que me conoció alguna vez, una mujer que sigue siendo hermosa o más aún, ha logrado que su belleza se acentúe. No es algo que tenga que ver con su voluntad, la suerte a veces te da una propina. Me dice, la mujer, que ahora sabe que yo soy el hombre de su vida, que ha dado prácticamente la vuelta al mundo y no ha podido tener una conversación ni la mitad de interesante como aquella vez tuvo conmigo. Dice que le gustaba mucho mi forma de coger, mi desesperación, mis ganas de tocar, de apretar, de morder, como un chico que ha pasado demasiado tiempo del lado de afuera del kiosco de la vida.
Le digo, mientras termino mi whisky, que me parece una inmunda puta, un asco de persona, una infecta basura que simplemente se ha dado cuenta que se le está acabando el combustible y busca dónde aterrizar su precaria avioneta antes que sea demasiado tarde, antes que se le vuele por completo el fuselaje y deba enfrentar una absurda vejez. Le digo que su vagina olía a pilas sulfatadas. Le digo que está más gorda, también.
Me llama el gerente general, en la oficina. Me hace pasar. El gerente general me dice que se han reunido los accionistas de la compañía. Consideran que soy la persona ideal para sucederlo, a él, al gerente general, que se retira. Llegó la hora de tener secretaria propia, automóvil de la empresa, tarjeta corporativa. Llegó la hora de viajar en avión en primera y pedir una copa de champán importado a cinco mil metros de altura, las bonificaciones especiales en una cuenta en el exterior, las reuniones en el piso treinta y tres, en una oficina con vista al río.
Le digo que se le nota mucho, en la cara, lo puto que es. Le digo que todo el mundo sabe que coge con un muchachito que él mismo hizo entrar a trabajar de cadete, le digo que es evidente que no se está retirando sino que tiene cáncer o sida.
Sucede que llevo tanto tiempo fracasando, fracaso tan bien, que le tomé cariño, al fracaso. Trato de pensarlo y me cuesta, no me puedo imaginar viviendo de otra manera. Fracasar es lo que mejor me sale, mi segunda piel.
Me llama una mujer, una mujer que me conoció alguna vez, una mujer que sigue siendo hermosa o más aún, ha logrado que su belleza se acentúe. No es algo que tenga que ver con su voluntad, la suerte a veces te da una propina. Me dice, la mujer, que ahora sabe que yo soy el hombre de su vida, que ha dado prácticamente la vuelta al mundo y no ha podido tener una conversación ni la mitad de interesante como aquella vez tuvo conmigo. Dice que le gustaba mucho mi forma de coger, mi desesperación, mis ganas de tocar, de apretar, de morder, como un chico que ha pasado demasiado tiempo del lado de afuera del kiosco de la vida.
Le digo, mientras termino mi whisky, que me parece una inmunda puta, un asco de persona, una infecta basura que simplemente se ha dado cuenta que se le está acabando el combustible y busca dónde aterrizar su precaria avioneta antes que sea demasiado tarde, antes que se le vuele por completo el fuselaje y deba enfrentar una absurda vejez. Le digo que su vagina olía a pilas sulfatadas. Le digo que está más gorda, también.
Me llama el gerente general, en la oficina. Me hace pasar. El gerente general me dice que se han reunido los accionistas de la compañía. Consideran que soy la persona ideal para sucederlo, a él, al gerente general, que se retira. Llegó la hora de tener secretaria propia, automóvil de la empresa, tarjeta corporativa. Llegó la hora de viajar en avión en primera y pedir una copa de champán importado a cinco mil metros de altura, las bonificaciones especiales en una cuenta en el exterior, las reuniones en el piso treinta y tres, en una oficina con vista al río.
Le digo que se le nota mucho, en la cara, lo puto que es. Le digo que todo el mundo sabe que coge con un muchachito que él mismo hizo entrar a trabajar de cadete, le digo que es evidente que no se está retirando sino que tiene cáncer o sida.
Sucede que llevo tanto tiempo fracasando, fracaso tan bien, que le tomé cariño, al fracaso. Trato de pensarlo y me cuesta, no me puedo imaginar viviendo de otra manera. Fracasar es lo que mejor me sale, mi segunda piel.
5.5.11
El mago
El mago metió una moneda en la galera. Golpeó la galera con su varita, dos veces. Movió las manos, hizo unos pases mágicos. Dio vuelta su galera, y salió de la galera, la moneda.
El mago metió un pañuelo en la galera. Un pañuelo de seda, azul. Metió el pañuelo, en la galera, muy despacio. Golpeó la galera con la varita, dos veces, movió un poco las manos. Dio vuelta la galera, y salió, de la galera, el pañuelo de seda, azul. Flotó, el pañuelo, por un momento en el aire, antes de caer.
El mago metió una paloma en la galera. Una blanca paloma que sacó de una pequeña jaula. Rápidamente, golpeó la galera con su varita, movió las manos. Dio vuelta la galera, y salió la paloma, aleteó un poco y se detuvo en una esquina del escenario, después de un cortísimo vuelo.
El escaso público, algo fastidiado, comenzó a inquietarse. Hubo un par de abucheos, seguidos de una burlona carcajada.
–Mi magia consiste en dejar las cosas como están –dijo el mago, se puso la galera, se acomodó la chaqueta, se enderezó el moño–. Es una magia que se entiende con el tiempo.
El mago metió un pañuelo en la galera. Un pañuelo de seda, azul. Metió el pañuelo, en la galera, muy despacio. Golpeó la galera con la varita, dos veces, movió un poco las manos. Dio vuelta la galera, y salió, de la galera, el pañuelo de seda, azul. Flotó, el pañuelo, por un momento en el aire, antes de caer.
El mago metió una paloma en la galera. Una blanca paloma que sacó de una pequeña jaula. Rápidamente, golpeó la galera con su varita, movió las manos. Dio vuelta la galera, y salió la paloma, aleteó un poco y se detuvo en una esquina del escenario, después de un cortísimo vuelo.
El escaso público, algo fastidiado, comenzó a inquietarse. Hubo un par de abucheos, seguidos de una burlona carcajada.
–Mi magia consiste en dejar las cosas como están –dijo el mago, se puso la galera, se acomodó la chaqueta, se enderezó el moño–. Es una magia que se entiende con el tiempo.
30.4.11
Sobre cómo terminó mi carrera en la medicina
Tenía un promisorio futuro. Por mis notas, se me auguraba un fulgurante porvenir. Todos veían que yo sería uno de los grandes nombres de la medicina argentina. Mi estrella brillaría incluso más alto que Houssay, que Matera, que el mismísimo Favaloro.
Se hablaba de mí en el ambiente de la medicina como se podía hablar, no sé, de Maradona, cuando jugaba en argentinos juniors, cuando tenía quince años o dieciséis y mostraba de indubitable manera que sería un jugador diferente, superior.
Pero me tocó entrar a hacer una pasantía en el laboratorio, un laboratorio donde se hacían todo tipo de análisis clínicos.
Después de trabajar cinco o seis meses, tuve un examen, una junta médica. Fui muy claro, pequé tal vez de inexperto, de vehemente. Cosas que suceden cuando uno es demasiado joven y se sabe demasiado capaz, cuando uno todavía no ha sido terminado de digerir por el status quo de la profesión que se resiste a la llegada del nuevo genio, con el inexorable cambio de paradigma que eso conlleva.
Lo que dije en esa oportunidad, para resumir, ante la junta médica, la junta de notables, fue que los análisis clínicos tal cual se practicaban, y aún se le practican a un paciente cualquiera hoy día, son incompletos. Adolecen de una pavorosa insuficiencia, alegué.
Es que, el análisis clásico, sangre y orina, nos permite saber el nivel de azúcar, los triglicéridos, el colesterol, demás generalidades. Pero en ningún lado figura la guita, cuánta guita tiene el paciente en su organismo. Sin ese registro, cualquier evaluación es incompleta, es imposible saber el estado de salud del sujeto analizado.
Puede estar mejor o peor, puede estar más vivo o más muerto. Quién sabe. A quién le importa.
Se hablaba de mí en el ambiente de la medicina como se podía hablar, no sé, de Maradona, cuando jugaba en argentinos juniors, cuando tenía quince años o dieciséis y mostraba de indubitable manera que sería un jugador diferente, superior.
Pero me tocó entrar a hacer una pasantía en el laboratorio, un laboratorio donde se hacían todo tipo de análisis clínicos.
Después de trabajar cinco o seis meses, tuve un examen, una junta médica. Fui muy claro, pequé tal vez de inexperto, de vehemente. Cosas que suceden cuando uno es demasiado joven y se sabe demasiado capaz, cuando uno todavía no ha sido terminado de digerir por el status quo de la profesión que se resiste a la llegada del nuevo genio, con el inexorable cambio de paradigma que eso conlleva.
Lo que dije en esa oportunidad, para resumir, ante la junta médica, la junta de notables, fue que los análisis clínicos tal cual se practicaban, y aún se le practican a un paciente cualquiera hoy día, son incompletos. Adolecen de una pavorosa insuficiencia, alegué.
Es que, el análisis clásico, sangre y orina, nos permite saber el nivel de azúcar, los triglicéridos, el colesterol, demás generalidades. Pero en ningún lado figura la guita, cuánta guita tiene el paciente en su organismo. Sin ese registro, cualquier evaluación es incompleta, es imposible saber el estado de salud del sujeto analizado.
Puede estar mejor o peor, puede estar más vivo o más muerto. Quién sabe. A quién le importa.
25.4.11
Dios no negocia
Acá hay un tema, la gente se equivoca, pero no es de ahora. La gente tiene miedo, eso es normal, todos tenemos miedo. A las enfermedades, a la muerte, a los terremotos y a las catástrofes aéreas. La gente tiene miedo a lo desconocido.
Es difícil vivir, con tanto miedo.
Entonces uno negocia con Dios. Uno va y negocia, como si Dios tuviera un quiosco. Uno va y camina hasta Luján, por ejemplo, uno camina doce horas descalzo, y a cambio espera conseguir trabajo. O uno va y reza, cada noche, se pone de rodillas a un lado de la cama, y pide. Pide algo, que alguien se cure, que alguien viva, que algo, algo bueno, suceda.
Give and take, una y una, quid pro quo, algo así. Por más ridículo que parezca a la hora de racionalizarlo, eso es lo que hacen, lo que hacemos, todo el tiempo.
La tan prodigiosa como patética línea argumental que nos permite seguir andando se desmorona, con la precaria dulzura de un ejemplo. Un ejemplo de lo más sencillito. De manual.
El ejemplo es con un penal, un tiro penal, en un partido de fútbol. El arquero promete, mientras espera el tiro, lo que hará, lo que está dispuesto a hacer, si ataja el penal, o si la pelota se va afuera. El delantero promete, mientras se apresta a patear, lo que hará, lo que será capaz de hacer, si hace el gol, con rebote, como sea.
Ahí está Dios en su sillón favorito. El control remoto al lado de una de sus ojotas Adilette. Dios mueve apenas el vaso de whisky que tiene en una mano, se rasca la panza con el revés de un pulgar, mira a través de las hendijas de la persiana baja, trata de adivinar si ya será la hora de la cena.
Es difícil vivir, con tanto miedo.
Entonces uno negocia con Dios. Uno va y negocia, como si Dios tuviera un quiosco. Uno va y camina hasta Luján, por ejemplo, uno camina doce horas descalzo, y a cambio espera conseguir trabajo. O uno va y reza, cada noche, se pone de rodillas a un lado de la cama, y pide. Pide algo, que alguien se cure, que alguien viva, que algo, algo bueno, suceda.
Give and take, una y una, quid pro quo, algo así. Por más ridículo que parezca a la hora de racionalizarlo, eso es lo que hacen, lo que hacemos, todo el tiempo.
La tan prodigiosa como patética línea argumental que nos permite seguir andando se desmorona, con la precaria dulzura de un ejemplo. Un ejemplo de lo más sencillito. De manual.
El ejemplo es con un penal, un tiro penal, en un partido de fútbol. El arquero promete, mientras espera el tiro, lo que hará, lo que está dispuesto a hacer, si ataja el penal, o si la pelota se va afuera. El delantero promete, mientras se apresta a patear, lo que hará, lo que será capaz de hacer, si hace el gol, con rebote, como sea.
Ahí está Dios en su sillón favorito. El control remoto al lado de una de sus ojotas Adilette. Dios mueve apenas el vaso de whisky que tiene en una mano, se rasca la panza con el revés de un pulgar, mira a través de las hendijas de la persiana baja, trata de adivinar si ya será la hora de la cena.
20.4.11
A mi manera
Voy a un restaurante. Al restaurante quizás no más lujoso, pero sí más exquisito de Buenos Aires. Es sábado a la noche, hay mucha gente. Entro, saludo como si hubiera cenado allí toda la vida, como si cenara allí desde siempre. Camino unos pocos pasos, me acerco a una mesa, donde hay un matrimonio algo mayor, justamente, cenando. Me detengo junto a la mesa, la mujer ha pedido una exquisita carne, creo que es ciervo, con una papa, de guarnición, una papa con cáscara y todo, hecha de un modo especial, una humeante y amarilla papa con todos los atributos del sol, capaz de calentar el alma.
Tomo la carne de su plato, con una mano, y me la paso por la frente. Gotean jugos sobre mi rostro, huelo, soy todo nariz, mientras, con la otra mano, aprieto la papa, la aprieto con todas mis fuerzas. Siento cómo la papa se deshace entre mis dedos, quema y es una sensación tan dulce a la vez.
La mujer grita, el hombre se pone de pie y me da un empujón, aunque sin demasiado convencimiento, luce algo asustado. Me echan, a los golpes, entre el encargado y un par de mozos. Alguien llama a la policía mientras yo me voy caminando por Beruti, doblo. Me sangra una ceja.
Voy a una concesionaria de automóviles, sobre la Avenida del Libertador. Es una concesionaria de automóviles BMW. Me acerco a un auto en exhibición, es un BMW 325i, negro, flamante, con esa antenita sobre el techo que parece una aleta de tiburón. El que haya inventado esa antena, la forma de esa antena, merece el premio Nobel de la paz, o un reconocimiento de similar magnitud, de parecida relevancia. A través de la puerta del conductor entreabierta, observo los comandos, botones que obedecen a la más ínfima presión, aprovecho para olisquear el fresco cuero de las butacas. Huele a safaris en África, a culo de pequeñas aborígenes desnudas, acaricio apenas un neumático delantero, como quien acaricia un perro que por lo general es afectuoso, pero a veces no.
Cuando el vendedor, un atildado muchacho que usa traje a rayas sin corbata, y zapatos de puntera cuadrada, nuca excesivamente descubierta, me dice si quiero ver el motor, asiento. Pero mientras el pibe se pone a levantar el capot, simplemente me bajo los pantalones, saco mi quizás algo demacrado pito, y comienzo a pishar, contra el lateral del vehículo.
–¡Oiga, eh, qué hace! –Un guardia de seguridad desenfunda su arma y me apunta, lo cual me inhibe un poco y dificulta la micción. Guardo el pitulín, me subo los pantalones. El guardia de seguridad habla por un handy, el vendedor me mira, desconcertado, mientras veo por el reflejo del cristal que otro vendedor se acerca con un secador de piso y dos trapos.
Voy a la casa de una chica, la chica más linda que vi en mi vida. Ya no es tan chica, la conocí hace algunos años, pero sigue siendo una preciosa mujer. Sabía su apellido, busqué su dirección por internet. Está casada, creo, es arquitecta, creo también.
Es lunes, son las ocho de la mañana, espero y espero. Hablé con el portero, le di algo de dinero, le dije que soy un familiar, un familiar lejano al que nadie quiere ver. Me dijo que la chica baja todos los días antes de las nueve, sola, el marido se va antes en su automóvil, ella toma un taxi en la esquina de Tagle, los porteros siempre saben esas cosas, no sé por qué.
Finalmente baja, es una preciosa mañana de invierno. Lleva el cabello más corto que como la recuerdo, un abrigo símil piel, botas de media caña sobre el apretado jean. Taconea un poco sobre la vereda, está acostumbrada a despertar admiración, usa bombachas importadas que le traen de New York, trabaja en la construcción de una torre en Puerto Madero, con un reconocido arquitecto de fama mundial que siempre está despeinado para corroborar que es genial, le pagan bien.
Yo estoy apoyado, con una mano, contra el frente de un edificio, al lado de una panadería donde venden delicadezas, cosas ricas, de calidad.
–Ahhh, sí… Ahí va, pará un minuto, quedate así, ah… –Me estoy masturbando, lo mejor que puedo, con mi mano izquierda. No me he bajado del todo los pantalones para que no se me congele el culo (ni se me vea). He logrado una modesta erección, pero sé que me faltan unos buenos tres o cinco minutos de faena. Me distrae un poco el ruido de los autos.
Ella descubre entonces mi proceder, y acelera el paso, cruza la avenida esquivando autos, algo agitada, en el apuro por escaparse se le ha partido un tacón, corre como puede, rengueando, mientras saca el celular de la cartera e intenta parar un taxi, todo al mismo tiempo.
Todo esto que te cuento, esto que me pasa, es para que veas que ha sido igual con la literatura. Todo ha resultado diferente a como yo quería, estuve cerca, pero no fue exactamente como yo lo deseaba. Aunque, determinadas mañanas de lluvia, me gusta suponer que he logrado algo.
Tomo la carne de su plato, con una mano, y me la paso por la frente. Gotean jugos sobre mi rostro, huelo, soy todo nariz, mientras, con la otra mano, aprieto la papa, la aprieto con todas mis fuerzas. Siento cómo la papa se deshace entre mis dedos, quema y es una sensación tan dulce a la vez.
La mujer grita, el hombre se pone de pie y me da un empujón, aunque sin demasiado convencimiento, luce algo asustado. Me echan, a los golpes, entre el encargado y un par de mozos. Alguien llama a la policía mientras yo me voy caminando por Beruti, doblo. Me sangra una ceja.
Voy a una concesionaria de automóviles, sobre la Avenida del Libertador. Es una concesionaria de automóviles BMW. Me acerco a un auto en exhibición, es un BMW 325i, negro, flamante, con esa antenita sobre el techo que parece una aleta de tiburón. El que haya inventado esa antena, la forma de esa antena, merece el premio Nobel de la paz, o un reconocimiento de similar magnitud, de parecida relevancia. A través de la puerta del conductor entreabierta, observo los comandos, botones que obedecen a la más ínfima presión, aprovecho para olisquear el fresco cuero de las butacas. Huele a safaris en África, a culo de pequeñas aborígenes desnudas, acaricio apenas un neumático delantero, como quien acaricia un perro que por lo general es afectuoso, pero a veces no.
Cuando el vendedor, un atildado muchacho que usa traje a rayas sin corbata, y zapatos de puntera cuadrada, nuca excesivamente descubierta, me dice si quiero ver el motor, asiento. Pero mientras el pibe se pone a levantar el capot, simplemente me bajo los pantalones, saco mi quizás algo demacrado pito, y comienzo a pishar, contra el lateral del vehículo.
–¡Oiga, eh, qué hace! –Un guardia de seguridad desenfunda su arma y me apunta, lo cual me inhibe un poco y dificulta la micción. Guardo el pitulín, me subo los pantalones. El guardia de seguridad habla por un handy, el vendedor me mira, desconcertado, mientras veo por el reflejo del cristal que otro vendedor se acerca con un secador de piso y dos trapos.
Voy a la casa de una chica, la chica más linda que vi en mi vida. Ya no es tan chica, la conocí hace algunos años, pero sigue siendo una preciosa mujer. Sabía su apellido, busqué su dirección por internet. Está casada, creo, es arquitecta, creo también.
Es lunes, son las ocho de la mañana, espero y espero. Hablé con el portero, le di algo de dinero, le dije que soy un familiar, un familiar lejano al que nadie quiere ver. Me dijo que la chica baja todos los días antes de las nueve, sola, el marido se va antes en su automóvil, ella toma un taxi en la esquina de Tagle, los porteros siempre saben esas cosas, no sé por qué.
Finalmente baja, es una preciosa mañana de invierno. Lleva el cabello más corto que como la recuerdo, un abrigo símil piel, botas de media caña sobre el apretado jean. Taconea un poco sobre la vereda, está acostumbrada a despertar admiración, usa bombachas importadas que le traen de New York, trabaja en la construcción de una torre en Puerto Madero, con un reconocido arquitecto de fama mundial que siempre está despeinado para corroborar que es genial, le pagan bien.
Yo estoy apoyado, con una mano, contra el frente de un edificio, al lado de una panadería donde venden delicadezas, cosas ricas, de calidad.
–Ahhh, sí… Ahí va, pará un minuto, quedate así, ah… –Me estoy masturbando, lo mejor que puedo, con mi mano izquierda. No me he bajado del todo los pantalones para que no se me congele el culo (ni se me vea). He logrado una modesta erección, pero sé que me faltan unos buenos tres o cinco minutos de faena. Me distrae un poco el ruido de los autos.
Ella descubre entonces mi proceder, y acelera el paso, cruza la avenida esquivando autos, algo agitada, en el apuro por escaparse se le ha partido un tacón, corre como puede, rengueando, mientras saca el celular de la cartera e intenta parar un taxi, todo al mismo tiempo.
Todo esto que te cuento, esto que me pasa, es para que veas que ha sido igual con la literatura. Todo ha resultado diferente a como yo quería, estuve cerca, pero no fue exactamente como yo lo deseaba. Aunque, determinadas mañanas de lluvia, me gusta suponer que he logrado algo.
15.4.11
Comentarios ISO 9001
No está en mi afán generalizar, no fui puesto sobre la tierra para juzgar (aunque me sale fenómeno), por otra parte estoy viejo, ‘físicamente impresentable’, diría el bueno de Onetti, que ya me estoy por retirar, eso quise decir. Pero siento que la primera aproximación técnica, el idóneo atributo de una categorización a la altura de la entomología, servirá sin duda para que las generaciones futuras no tropiecen, tantas veces, con las mismas piedras.
Estos serían entonces, más o menos, los grandes grupos.
1)Comentarista genuino. Rara avis, para ver a unos de estos uno puede pasarse unos buenos dos años picando la ingrata piedra del blog. Es alguien por lo general con estudios terciarios y hábitos más bien solitarios. Alguien que se hartó de su profesión en particular, de su vida en general, y se fue a vivir a una ciudad costera. Es alguien que tiene un perro, o un gato, o ambas cosas. Alguien que te escribe desde un precario locutorio en Santa Teresita o en un prestado departamentito en Pinamar, con las bolsas del supermercado todavía llenas apoyadas en el piso, y te dice ‘me gusta como escribís’, o ‘gracias’. Ladra un perro, afuera. Llueve.
2)Comentarista tontuela/efusiva. Es una chiquilina que comienza los comentarios, o los finaliza, con carcajadas. Ya sé, lo dije mil veces, es difícil escribir la risa, no funciona, no funciona reírse por escrito, pero tenés que comprender que si decís ‘JAJAJAJAJA’, todo en mayúscula, bueno, tu boludez refulge como un sol. No, que pongas ‘JUA’, en lugar de ‘JA’, no soluciona nada, te atragantás con jotas, seguís siendo un brote hormonal y no mucho más que eso.
3)Comentarista resentido. Es por lo general un masculino, adulto, mamífero mediano, tirando a paquidérmico, ya divorciado, mayor de treinta y tres años. El sujeto no puede creer que la gente quiera leerte a vos (y no a él). El sujeto viene y se planta a tirar golpes, tratando de dejar en claro que es más inteligente que vos, o que es más ingenioso que vos, o que tiene el pito más largo (o más grueso) que el tuyo. Uno por cortesía les contesta ‘bueno’, o ‘ya sé’, pero eso no los tranquiliza, porque lo que los atormenta es una patología muy honda, muy profunda. El sujeto aún hoy no entiende por qué no tenía éxito cuando iba a bailar, hace veinte o treinta años, en Villa Gesell. Y encima ahora viene la vejez, y te aumentaron las expensas. Qué le vas a hacer, comentá lo que vos quieras, capo.
4)Comentarista con inquietudes artísticas. Suele ser una chica muy psicoanalizada. Tiene la cortesía de decir algo sobre lo que acaba de leer (algo que vos escribiste), algo que no ha entendido ni le interesa en lo más mínimo. Lo que quiere, lo único que quiere, es hablar de ella. Entonces la chica dice, comenta ‘Muy bueno, a mí también me pasó. El domingo expongo mis fotografías de amaneceres en la casa de Tatiana Choronga Burrutavena, en Olivos’. O dice ‘Claro, mi novio también tenía un lunar en el culo. Soy profesora de yoga, de tango electrónico, y de Taebo contemplativo. Entre mis alumnos está un primo de Santaolalla, y una amiga del hermano de Susana Giménez. Pueden consultar mi página web’.
5)Comentarista gay latinoamericano. Es un muchacho chileno o colombiano que te manda fotos de su bronceado culo, y dice cosas como ‘tío, estuve leyendo y tus fragmentos son bien chévere, aquí en Barranquilla creemos que eres un pana buey de lo más rico’, o ‘me llamo Heleno Sagastizábal, vivo en Santiago de Chile, y te escribí un poema que se titula Toda esta planta de Alóe en mi cola’. Tienen el pelo muy cortito, la nuca muy descubierta, usan gel, se anotan en todas las maratones que haya (por el aire, por el agua, por los árboles del Amazonas, por Brian, por Catalina, por los delfines, por el horror de estar vivos) y guardan de recuerdo las multicolores remeritas con el respectivo número de inscripción con el secreto anhelo de usarlas, alguna vez, durante el coito.
6)Comentarista tecnogeekcyberulisesaifonizado. Son jóvenes de ambos sexos algo indecisos, o asexuados. Usan laptops del tamaño de una libretita, tienen el táctil teléfono protegido con fundas de siliconas de colores pastel, usan auriculares cuando van a defecar, prefieren el firefox al explorer, tienen facebook con más de mil amigos. Los podés ver tipeando en cualquier bar de zona norte, son flacos como alambres, las chicas se parecen a Juan Cruz Bordeaux, usan unas hebillitas tipo triangulitos multicolores, de un flexible metal, que usaban las nenas para ir al colegio hace como treinta años. El problema es que si me escribís ‘esto está revueno’, o ‘me gusta mucho tu hestilo’, bueno, corazón, esas cosas hacen mal a la vista.
7)Comentarista superadita. Consideran que el blog es un género muy menor, usan los lentes a lo Foucault, y están convencidas que haber caminado una vez media cuadra con Beatriz Sarlo, haberla ayudado incluso, a la señora, a encender un Parliament, bueno, eso es una rayana muestra del talento para la filosofía, y para la literatura, que las envuelve. Entonces, subidas al precario pedestal de los dos o tres apuntes que han leído, te dirán ‘muy buena la idea pero el final es minimalista, muy Carver’, o ‘el pluscuamperfecto del subjuntivo se usa por lo general para manifestar duda existencial, angustia famélica’. Suelen coger sin entusiasmo, tienen la vagina más seca que una baldosa de porcelanato, y es muy amargo su sabor. Tienen inclinación hacia el lesbianismo y hacia la poesía, que prácticamente (en ambos casos) no ejercen ni les provoca significativa satisfacción.
8)Comentarista playback. No es mal tipo, sólo que no tiene, por lo general, demasiadas ideas. Sucede, entonces, lo siguiente. El tipo lee una idea tuya, un fragmento, y resulta que le encanta. Pero lo angustia, a la vez. Siente que lo podría haber escrito él, la idea, pero no, a él no se le ocurrió, a él no se le ocurre absolutamente nada, hasta que lo lee. Entonces te hace un comentario ‘pisando’ tu idea, repitiendo más o menos tal cual lo que vos acabás de escribir, y acotando como si la idea que jamás se le ocurrió, ahora mejorada, le fuera propia. Quiere convencerse a sí mismo que su comentario, con la idea, que ahora, por comentarla, es suya, es mejor que la idea original (que era mía) que lo generó. Se siente mejor por un rato así, y piensa que mañana la idea se le ocurrirá a él. Pero no, eso no sucede. No se va más, es un comentarista de por vida.
9)Comentarista Spinetta. Esta es una categoría de boludo, también (alguna vez ya lo he mencionado, ya sé que me repito, me repito genial), el ‘Boludo Spinetta’. El comentarista cree que la imbecilidad puede ser ocultada por un baldazo de terminología. Por ejemplo, dice el comentarista ‘tus imágenes oníricas tienen reminiscencias erótico-precámbricas’ (cuando lo que vos escribiste es un fragmento donde un personaje dice ‘te voy a chupar la concha’). Es un comentarista que tiene la necesidad de decir ‘semiótica’ o ‘mayéutica’ cada dos renglones. Es un comentarista adicto al punto y coma, porque le parece que el punto y coma es elegante, es una coma con gorrita.
10)Bueno, tampoco era para ponerse así. Esperen, les juro que voy a mejorar. No se vayan, che. No me dejen solo.
Estos serían entonces, más o menos, los grandes grupos.
1)Comentarista genuino. Rara avis, para ver a unos de estos uno puede pasarse unos buenos dos años picando la ingrata piedra del blog. Es alguien por lo general con estudios terciarios y hábitos más bien solitarios. Alguien que se hartó de su profesión en particular, de su vida en general, y se fue a vivir a una ciudad costera. Es alguien que tiene un perro, o un gato, o ambas cosas. Alguien que te escribe desde un precario locutorio en Santa Teresita o en un prestado departamentito en Pinamar, con las bolsas del supermercado todavía llenas apoyadas en el piso, y te dice ‘me gusta como escribís’, o ‘gracias’. Ladra un perro, afuera. Llueve.
2)Comentarista tontuela/efusiva. Es una chiquilina que comienza los comentarios, o los finaliza, con carcajadas. Ya sé, lo dije mil veces, es difícil escribir la risa, no funciona, no funciona reírse por escrito, pero tenés que comprender que si decís ‘JAJAJAJAJA’, todo en mayúscula, bueno, tu boludez refulge como un sol. No, que pongas ‘JUA’, en lugar de ‘JA’, no soluciona nada, te atragantás con jotas, seguís siendo un brote hormonal y no mucho más que eso.
3)Comentarista resentido. Es por lo general un masculino, adulto, mamífero mediano, tirando a paquidérmico, ya divorciado, mayor de treinta y tres años. El sujeto no puede creer que la gente quiera leerte a vos (y no a él). El sujeto viene y se planta a tirar golpes, tratando de dejar en claro que es más inteligente que vos, o que es más ingenioso que vos, o que tiene el pito más largo (o más grueso) que el tuyo. Uno por cortesía les contesta ‘bueno’, o ‘ya sé’, pero eso no los tranquiliza, porque lo que los atormenta es una patología muy honda, muy profunda. El sujeto aún hoy no entiende por qué no tenía éxito cuando iba a bailar, hace veinte o treinta años, en Villa Gesell. Y encima ahora viene la vejez, y te aumentaron las expensas. Qué le vas a hacer, comentá lo que vos quieras, capo.
4)Comentarista con inquietudes artísticas. Suele ser una chica muy psicoanalizada. Tiene la cortesía de decir algo sobre lo que acaba de leer (algo que vos escribiste), algo que no ha entendido ni le interesa en lo más mínimo. Lo que quiere, lo único que quiere, es hablar de ella. Entonces la chica dice, comenta ‘Muy bueno, a mí también me pasó. El domingo expongo mis fotografías de amaneceres en la casa de Tatiana Choronga Burrutavena, en Olivos’. O dice ‘Claro, mi novio también tenía un lunar en el culo. Soy profesora de yoga, de tango electrónico, y de Taebo contemplativo. Entre mis alumnos está un primo de Santaolalla, y una amiga del hermano de Susana Giménez. Pueden consultar mi página web’.
5)Comentarista gay latinoamericano. Es un muchacho chileno o colombiano que te manda fotos de su bronceado culo, y dice cosas como ‘tío, estuve leyendo y tus fragmentos son bien chévere, aquí en Barranquilla creemos que eres un pana buey de lo más rico’, o ‘me llamo Heleno Sagastizábal, vivo en Santiago de Chile, y te escribí un poema que se titula Toda esta planta de Alóe en mi cola’. Tienen el pelo muy cortito, la nuca muy descubierta, usan gel, se anotan en todas las maratones que haya (por el aire, por el agua, por los árboles del Amazonas, por Brian, por Catalina, por los delfines, por el horror de estar vivos) y guardan de recuerdo las multicolores remeritas con el respectivo número de inscripción con el secreto anhelo de usarlas, alguna vez, durante el coito.
6)Comentarista tecnogeekcyberulisesaifonizado. Son jóvenes de ambos sexos algo indecisos, o asexuados. Usan laptops del tamaño de una libretita, tienen el táctil teléfono protegido con fundas de siliconas de colores pastel, usan auriculares cuando van a defecar, prefieren el firefox al explorer, tienen facebook con más de mil amigos. Los podés ver tipeando en cualquier bar de zona norte, son flacos como alambres, las chicas se parecen a Juan Cruz Bordeaux, usan unas hebillitas tipo triangulitos multicolores, de un flexible metal, que usaban las nenas para ir al colegio hace como treinta años. El problema es que si me escribís ‘esto está revueno’, o ‘me gusta mucho tu hestilo’, bueno, corazón, esas cosas hacen mal a la vista.
7)Comentarista superadita. Consideran que el blog es un género muy menor, usan los lentes a lo Foucault, y están convencidas que haber caminado una vez media cuadra con Beatriz Sarlo, haberla ayudado incluso, a la señora, a encender un Parliament, bueno, eso es una rayana muestra del talento para la filosofía, y para la literatura, que las envuelve. Entonces, subidas al precario pedestal de los dos o tres apuntes que han leído, te dirán ‘muy buena la idea pero el final es minimalista, muy Carver’, o ‘el pluscuamperfecto del subjuntivo se usa por lo general para manifestar duda existencial, angustia famélica’. Suelen coger sin entusiasmo, tienen la vagina más seca que una baldosa de porcelanato, y es muy amargo su sabor. Tienen inclinación hacia el lesbianismo y hacia la poesía, que prácticamente (en ambos casos) no ejercen ni les provoca significativa satisfacción.
8)Comentarista playback. No es mal tipo, sólo que no tiene, por lo general, demasiadas ideas. Sucede, entonces, lo siguiente. El tipo lee una idea tuya, un fragmento, y resulta que le encanta. Pero lo angustia, a la vez. Siente que lo podría haber escrito él, la idea, pero no, a él no se le ocurrió, a él no se le ocurre absolutamente nada, hasta que lo lee. Entonces te hace un comentario ‘pisando’ tu idea, repitiendo más o menos tal cual lo que vos acabás de escribir, y acotando como si la idea que jamás se le ocurrió, ahora mejorada, le fuera propia. Quiere convencerse a sí mismo que su comentario, con la idea, que ahora, por comentarla, es suya, es mejor que la idea original (que era mía) que lo generó. Se siente mejor por un rato así, y piensa que mañana la idea se le ocurrirá a él. Pero no, eso no sucede. No se va más, es un comentarista de por vida.
9)Comentarista Spinetta. Esta es una categoría de boludo, también (alguna vez ya lo he mencionado, ya sé que me repito, me repito genial), el ‘Boludo Spinetta’. El comentarista cree que la imbecilidad puede ser ocultada por un baldazo de terminología. Por ejemplo, dice el comentarista ‘tus imágenes oníricas tienen reminiscencias erótico-precámbricas’ (cuando lo que vos escribiste es un fragmento donde un personaje dice ‘te voy a chupar la concha’). Es un comentarista que tiene la necesidad de decir ‘semiótica’ o ‘mayéutica’ cada dos renglones. Es un comentarista adicto al punto y coma, porque le parece que el punto y coma es elegante, es una coma con gorrita.
10)Bueno, tampoco era para ponerse así. Esperen, les juro que voy a mejorar. No se vayan, che. No me dejen solo.
10.4.11
Consolador
En el subte, dónde querés que estemos los que fracasamos, a los que no nos salió nada, yendo a alguna parte, siempre yendo a alguna parte, a hacer un trámite, a hacer una fotocopia de la propia cara de boludo, a conseguir algún certificado que justamente certifique que no tenés la más mínima posibilidad de dejar de ser lo que sos, siempre tristes, un chihuahua gris masticándote alma.
El subte viene lleno, siempre, eso ya fue dicho. Iba para el centro, en la B, debían ser las ocho y algo de la mañana.
Viajábamos amontonados, pero amontonados no es el término correcto, no es de ninguna manera el vocablo adecuado. Viajábamos apilados, unos sobre otros, no éramos ni siquiera ganado, que no merece ser transportado con comodidad ninguna, total va al matadero. No, éramos pedazos de carne ya descuartizada, carne muerta, pedazos de cuerpos sin alma, un pito que hurgaba en unas indiferentes y oxidadas ancas, una oreja que escuchaba un tema de Depeche Mode, una rodilla incrustada contra la nariz de un sujeto sentado y dormido que soñaba que estaba despierto y parado, un piercing sobre un labio leporino que goteaba saliva, un ciego con un acordeón sangrando el chamamé más triste del mundo, una cara quemada con la piel como un azulado cuero, una mano pidiendo una moneda con modos de garra de ave picuda.
Ahí estaba yo, tratando de averiguar si la vida tenía algún sentido, y en tal caso cuál era, mientras luchaba por permanecer de pie, por defender mi vital baldosa de treinta centímetros de lado y no caer, porque si caías estaba claro que morías ahí, si caías ya no había la más mínima posibilidad que te volvieras a levantar.
Huiste de la monotonía de tu pueblo y te viniste a la ciudad, en busca de cines, de aventuras, de carreras de ciencias sociales y ceniceros repletos de cigarrillos y lentes a lo Foucault y discusiones sobre la inmortalidad del alma hasta la madrugada. Mirá lo que quedó de vos, mirá cómo estás. Convenía ir a pescar al río y esperar que Argentina salga campeón, cada cuatro años, y casarse con una vecina que usara un vestido floreado y supiera hacer torta de manzana. Saltaste, y ahora no hay manera de volver a casa.
–No, la enfermera dijo que no tenía sentido que nos quedáramos –la chica hablaba por su teléfono celular, estábamos prácticamente cara a cara–. Si total lo pasaron a terapia intensiva de nuevo, no te dejan verlo hasta el mediodía. No podés hacer nada.
Yo no quería escuchar, quería evitar esa conversación, esa cara, pero entró más gente al vagón, todavía, empujaron. Quedé más cerca, si la hubiera sacado a bailar lento, y ella hubiera aceptado, aún así, no hubiéramos estado tan cerca. Tenía rulos, muchísimos rulos de un castaño oscuro, usaba una arrugada camisa y unos jeans, estaba ojerosa, le molestaba la cartera para hablar, y la había apoyado entre sus pies. Le temblaba un poco la voz.
–¡Qué decís! ¡No puede ser! ¡No se puede haber muerto así! –con la mano libre comenzó a tirarse del pelo, de algunos rulos, saltaron las lágrimas– ¡No se puede haber muerto! Me quedé sola –su voz se fue apagando, dejó caer el teléfono al piso–, me quedé sin nada.
Estábamos demasiado cerca, debe haber sido eso. La noticia la acababa de fulminar como un rayo, y ella simplemente dio un cuarto de paso y se dejó caer hacia delante, contra mi pecho. Sus rulos estallaron sobre mi saco. La abracé, la abracé bien fuerte, mientras sollozaba.
Nos quedamos así, dos estaciones, tres. Ella llorando, bajito, como un animal herido que no necesita comprender absolutamente nada acerca de la naturaleza del dolor, el dolor duele y con eso basta. Le acaricié apenas la cabeza, apreté sus rulos, le sequé las lágrimas con la yema de un pulgar, y volví a abrazarla, bien fuerte, como si estuviéramos en medio de una tormenta.
–Tengo que seguir –dijo, y se bajó en Uruguay. Arrancó el subte, levantó una mano, mientras yo pensaba que quizás mi vida tuviera algún sentido, quizás no fuera yo un ser completamente inútil. Me saludó desde el andén.
El subte viene lleno, siempre, eso ya fue dicho. Iba para el centro, en la B, debían ser las ocho y algo de la mañana.
Viajábamos amontonados, pero amontonados no es el término correcto, no es de ninguna manera el vocablo adecuado. Viajábamos apilados, unos sobre otros, no éramos ni siquiera ganado, que no merece ser transportado con comodidad ninguna, total va al matadero. No, éramos pedazos de carne ya descuartizada, carne muerta, pedazos de cuerpos sin alma, un pito que hurgaba en unas indiferentes y oxidadas ancas, una oreja que escuchaba un tema de Depeche Mode, una rodilla incrustada contra la nariz de un sujeto sentado y dormido que soñaba que estaba despierto y parado, un piercing sobre un labio leporino que goteaba saliva, un ciego con un acordeón sangrando el chamamé más triste del mundo, una cara quemada con la piel como un azulado cuero, una mano pidiendo una moneda con modos de garra de ave picuda.
Ahí estaba yo, tratando de averiguar si la vida tenía algún sentido, y en tal caso cuál era, mientras luchaba por permanecer de pie, por defender mi vital baldosa de treinta centímetros de lado y no caer, porque si caías estaba claro que morías ahí, si caías ya no había la más mínima posibilidad que te volvieras a levantar.
Huiste de la monotonía de tu pueblo y te viniste a la ciudad, en busca de cines, de aventuras, de carreras de ciencias sociales y ceniceros repletos de cigarrillos y lentes a lo Foucault y discusiones sobre la inmortalidad del alma hasta la madrugada. Mirá lo que quedó de vos, mirá cómo estás. Convenía ir a pescar al río y esperar que Argentina salga campeón, cada cuatro años, y casarse con una vecina que usara un vestido floreado y supiera hacer torta de manzana. Saltaste, y ahora no hay manera de volver a casa.
–No, la enfermera dijo que no tenía sentido que nos quedáramos –la chica hablaba por su teléfono celular, estábamos prácticamente cara a cara–. Si total lo pasaron a terapia intensiva de nuevo, no te dejan verlo hasta el mediodía. No podés hacer nada.
Yo no quería escuchar, quería evitar esa conversación, esa cara, pero entró más gente al vagón, todavía, empujaron. Quedé más cerca, si la hubiera sacado a bailar lento, y ella hubiera aceptado, aún así, no hubiéramos estado tan cerca. Tenía rulos, muchísimos rulos de un castaño oscuro, usaba una arrugada camisa y unos jeans, estaba ojerosa, le molestaba la cartera para hablar, y la había apoyado entre sus pies. Le temblaba un poco la voz.
–¡Qué decís! ¡No puede ser! ¡No se puede haber muerto así! –con la mano libre comenzó a tirarse del pelo, de algunos rulos, saltaron las lágrimas– ¡No se puede haber muerto! Me quedé sola –su voz se fue apagando, dejó caer el teléfono al piso–, me quedé sin nada.
Estábamos demasiado cerca, debe haber sido eso. La noticia la acababa de fulminar como un rayo, y ella simplemente dio un cuarto de paso y se dejó caer hacia delante, contra mi pecho. Sus rulos estallaron sobre mi saco. La abracé, la abracé bien fuerte, mientras sollozaba.
Nos quedamos así, dos estaciones, tres. Ella llorando, bajito, como un animal herido que no necesita comprender absolutamente nada acerca de la naturaleza del dolor, el dolor duele y con eso basta. Le acaricié apenas la cabeza, apreté sus rulos, le sequé las lágrimas con la yema de un pulgar, y volví a abrazarla, bien fuerte, como si estuviéramos en medio de una tormenta.
–Tengo que seguir –dijo, y se bajó en Uruguay. Arrancó el subte, levantó una mano, mientras yo pensaba que quizás mi vida tuviera algún sentido, quizás no fuera yo un ser completamente inútil. Me saludó desde el andén.
5.4.11
Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta
Estaba en una plaza, en un parque, sentado. Debían ser las diez de la mañana, quizás las once. Hacía frío, un frío como el que hacía en otras épocas, y después se dejó de hacer, se dejó de fabricar. Agosto, invierno, martes.
¿Por qué estaba en el parque? Porque no tenía nada para hacer, porque no me salía una, porque me había venido grande y no podía creer que las oportunidades se hubieran ido como una luz debajo de la puerta. Porque habría fracasado en todos los rubros del horóscopo. Ella me había dejado, también.
Había caminado una vuelta al parque, sin motivo, pensar caminando, a veces, es mejor que pensar quieto, aunque mucho mejor es no pensar nada de nada. Había fumado un cigarrillo mientras caminaba, le había mirado el culo a una chica que pasó corriendo con un buzo con capucha y calzas de ciclista, todo esfuerzo y ni una pizca de alegría, había acariciado a un bigotudo perro que me miró y levantó el hocico, muy alto, como si me quisiera señalar, con el hocico, el cielo, algo que yo debía mirar o saber.
Estaba sentado y hacía frío, eso ya lo dije. Había una parejita de novios, en otro banco, la chica sentada de costado, arriba del muchacho, amor adolescente. Había un pibe sentado sobre el césped, contra un árbol, gorrita, puro odio, planeando un robo o un asesinato. Había una madre hamacando a su hijito demasiado pequeño, el chiquito parecía creer que el mundo era un maravilloso lugar lleno de sorpresas, de posibilidades, de viento en la cara. Bien por él.
Paró un micro, y bajaron veinte o treinta chicos de alguna escuela primaria, todos con blancos guardapolvos asomando por debajo de los abrigos, algunas multicolores bufandas. Un par de chicas tenían orejeras de peluche, lo que les daba un curioso y extraterrestre aspecto. Los chicos estiraban las piernas, o pateaban alguna piedra, se reían, se empujaban.
Las dos maestras, jóvenes y algo fastidiadas, luchaban por mantener cierto mínimo orden. Habían venido a ver un monumento, a dibujar algo como actividad práctica, no lo sé.
Vi un vendedor de globos, cansado, viejo, con los zapatos reventados, un gorro de lana, la nariz un morrón hecho de sucesivas capas de vino y de frío.
Fue fácil y fue rápido. Le compré los globos, todos, le di toda la plata que tenía. Me acerqué a los chicos, que estaban en fila, y comencé a darles los globos, uno a cada uno.
–Cuando yo diga ‘ahora’, los sueltan –dije. Las maestras me miraban.
Era una perfecta fila. Cada chico con su globo, verde o rojo o amarillo, alguno naranja, alguno azul. Me sobraron tres globos.
–Tenga –le dije a una de las maestras, que sonreía y miraba hacia el micro, por si había que llamar al conductor, o a la policía.
–¡Ahora! –dije.
Soltaron los globos, todos los chicos. Y por un momento miramos hacia arriba, todos miramos hacia arriba. Los chicos, las maestras, el vendedor de globos que había vendido por una vez en la vida todos los globos, la parejita de adolescentes, el chico del árbol, y un par de perros, también.
–Gracias –dije–. Muchas gracias.
Me fui caminando despacio. La maestra que tenía los tres globos corrió un par de pasos, como para preguntarme algo, pero se detuvo. Se quedó mirando con los globos en la mano, mientras yo me alejaba.
¿Por qué estaba en el parque? Porque no tenía nada para hacer, porque no me salía una, porque me había venido grande y no podía creer que las oportunidades se hubieran ido como una luz debajo de la puerta. Porque habría fracasado en todos los rubros del horóscopo. Ella me había dejado, también.
Había caminado una vuelta al parque, sin motivo, pensar caminando, a veces, es mejor que pensar quieto, aunque mucho mejor es no pensar nada de nada. Había fumado un cigarrillo mientras caminaba, le había mirado el culo a una chica que pasó corriendo con un buzo con capucha y calzas de ciclista, todo esfuerzo y ni una pizca de alegría, había acariciado a un bigotudo perro que me miró y levantó el hocico, muy alto, como si me quisiera señalar, con el hocico, el cielo, algo que yo debía mirar o saber.
Estaba sentado y hacía frío, eso ya lo dije. Había una parejita de novios, en otro banco, la chica sentada de costado, arriba del muchacho, amor adolescente. Había un pibe sentado sobre el césped, contra un árbol, gorrita, puro odio, planeando un robo o un asesinato. Había una madre hamacando a su hijito demasiado pequeño, el chiquito parecía creer que el mundo era un maravilloso lugar lleno de sorpresas, de posibilidades, de viento en la cara. Bien por él.
Paró un micro, y bajaron veinte o treinta chicos de alguna escuela primaria, todos con blancos guardapolvos asomando por debajo de los abrigos, algunas multicolores bufandas. Un par de chicas tenían orejeras de peluche, lo que les daba un curioso y extraterrestre aspecto. Los chicos estiraban las piernas, o pateaban alguna piedra, se reían, se empujaban.
Las dos maestras, jóvenes y algo fastidiadas, luchaban por mantener cierto mínimo orden. Habían venido a ver un monumento, a dibujar algo como actividad práctica, no lo sé.
Vi un vendedor de globos, cansado, viejo, con los zapatos reventados, un gorro de lana, la nariz un morrón hecho de sucesivas capas de vino y de frío.
Fue fácil y fue rápido. Le compré los globos, todos, le di toda la plata que tenía. Me acerqué a los chicos, que estaban en fila, y comencé a darles los globos, uno a cada uno.
–Cuando yo diga ‘ahora’, los sueltan –dije. Las maestras me miraban.
Era una perfecta fila. Cada chico con su globo, verde o rojo o amarillo, alguno naranja, alguno azul. Me sobraron tres globos.
–Tenga –le dije a una de las maestras, que sonreía y miraba hacia el micro, por si había que llamar al conductor, o a la policía.
–¡Ahora! –dije.
Soltaron los globos, todos los chicos. Y por un momento miramos hacia arriba, todos miramos hacia arriba. Los chicos, las maestras, el vendedor de globos que había vendido por una vez en la vida todos los globos, la parejita de adolescentes, el chico del árbol, y un par de perros, también.
–Gracias –dije–. Muchas gracias.
Me fui caminando despacio. La maestra que tenía los tres globos corrió un par de pasos, como para preguntarme algo, pero se detuvo. Se quedó mirando con los globos en la mano, mientras yo me alejaba.
30.3.11
En esta despedida
Durante la práctica sexual, ella me pedía que la ahorcara. Que la ahorcara de rotunda y contundente manera. Tenía un perro, ella, un Rottweiler, y el Rottweiler, para sacarlo a pasear, ella usaba un collar de ahorque. Ella me pedía que la ahorcara con el collar de ahorque, que apretara más y más, y un poquito más.
Mientras la ahorcaba, ella me pedía que le metiera un turrón, un turrón común y corriente, un turrón Namur que todos recordarán de la escuela primaria. Ah, sí, debía meterle el turrón, el turrón Namur, en el culo. Con energía, ella quería que le metieran el turrón, en el culo, intensamente.
Mientras la ahorcaba, con el collar de ahorque de su perro Pericles, y con el turrón ya bien metido en el culo, ella quería que le pusiera un montoncito de cocaína sobre el clítoris. La cocaína se humedecía de a poco, y yo debía dar pequeños golpes con la yema del dedo índice, o del dedo corazón, de mi mano izquierda, sobre el clítoris cubierto de cocaína como si se tratara de azúcar impalpable que se iba haciendo una pasta primero, para diluirse después.
Y así, mientras la ahorcaba con el collar de ahorque, mientras le metía el turrón en el culo más y más adentro, mientras se me acalambraba el dedo de golpetearle el clítoris cubierto de cocaína, bueno, yo podía meter el pito en el único lugar libre, le metía el pito en la boca y hacía también lo mío (estás tratando de imaginar la posición, es comprensible).
Me permito esbozar algunos detalles que hacen desde ya a la vida privada de las personas, por que en esta despedida, ella me dice que siente que nuestra relación nunca funcionó del todo. No se marchó antes, dice, por que le hacía bien estar conmigo, toda esa ternura que solamente yo era capaz de darle.
Mientras la ahorcaba, ella me pedía que le metiera un turrón, un turrón común y corriente, un turrón Namur que todos recordarán de la escuela primaria. Ah, sí, debía meterle el turrón, el turrón Namur, en el culo. Con energía, ella quería que le metieran el turrón, en el culo, intensamente.
Mientras la ahorcaba, con el collar de ahorque de su perro Pericles, y con el turrón ya bien metido en el culo, ella quería que le pusiera un montoncito de cocaína sobre el clítoris. La cocaína se humedecía de a poco, y yo debía dar pequeños golpes con la yema del dedo índice, o del dedo corazón, de mi mano izquierda, sobre el clítoris cubierto de cocaína como si se tratara de azúcar impalpable que se iba haciendo una pasta primero, para diluirse después.
Y así, mientras la ahorcaba con el collar de ahorque, mientras le metía el turrón en el culo más y más adentro, mientras se me acalambraba el dedo de golpetearle el clítoris cubierto de cocaína, bueno, yo podía meter el pito en el único lugar libre, le metía el pito en la boca y hacía también lo mío (estás tratando de imaginar la posición, es comprensible).
Me permito esbozar algunos detalles que hacen desde ya a la vida privada de las personas, por que en esta despedida, ella me dice que siente que nuestra relación nunca funcionó del todo. No se marchó antes, dice, por que le hacía bien estar conmigo, toda esa ternura que solamente yo era capaz de darle.
25.3.11
Ya nada va a ser como antes
Cumplía años P. Cumplía treinta y tres años, y se le ocurrió que podíamos irnos todos a la playa, con el pretexto de festejar su cumpleaños. P. tenía un departamento muy bien ubicado en Miramar, desde siempre, era un departamento de su familia, había pasado todas sus vacaciones de niño en Miramar. El departamento estaba no demasiado cerca del centro, y a una cuadra del mar.
Íbamos a ser siete, con P., pero M. y G. no pudieron y se bajaron. M. Se había esguinzado un tobillo y dijo que no iba a poder hacer nada y se iba a amargar. A G. no lo dejó la mujer. Había tenido un bebé, G., con la inobjetable colaboración de su mujer, y la mujer estaba dispuesta a exigirle lo que creía que se merecía del mundo por haber cumplido con su quizás antropológico y ancestral rol de dar vida. Y todo lo que quería exigir la mujer de G., del mundo, había decidido exigirlo a través de G., lo que equivalía a decir que la mujer de G. no paraba de romperle las pelotas, a G. Parecía que la mujer de G. no iba a dejar de romperle las pelotas, a G., nunca más.
Éramos cinco, entonces, fuimos en dos autos. El cumpleaños de P. era un 24 de septiembre, caía viernes. La idea fue irnos el viernes a la mañana, hacer una cena para el festejo, un asado, en Miramar. Quedarnos el fin de semana, volver el lunes.
Salió todo a la perfección. El departamento de P. tenía más de cien metros, varios cuartos, sobraba espacio, un balcón terraza espectacular. No hacía demasiado frío, ni llovía. P. hizo el asado, comimos como enjaulados leones, como aplicados marsupiales, achuras, salchicha parrillera, ubre, asado, un matambrito de cerdo tierno como la caricia de una madre. Llevamos tres cajas de un digno malbec, tomamos como dos botellas por cabeza y nos fuimos yendo a dormir, de a uno, a medida que nos vencía el cansancio y se empastaba el pozo de compartidas anécdotas.
Al día siguiente, después del mediodía, fuimos a la playa. Había un solcito que acompañaba el sonido del mar. Jugamos a la paleta, y un cabeza, dos contra dos, atajando con espectaculares voladas para aterrizar sobre la olvidada blandura de la arena. Hasta conversamos con un grupo de chicas que nos convidaron unos mates, eran de Hurlingham, quedamos en vernos a la noche, ellas eran cuatro, querían ir a bailar a Mar del Plata.
Debían ser las seis de la tarde, estábamos tirados en la arena. Se había echado con nosotros un perro de playa, una mezcla de collie bigotudo, con el pelo duro de mugre, que se acurrucaba y nos miraba como si estar con nosotros fuera la cosa más divertida del mundo, lo mejor que le pudiera pasar. H. había ido a comprar dos docenas de exquisitas facturas, churros rebosantes de dulce de leche, vigilantes con membrillo que te dejaba los dedos hechos un pegote. D. fumaba un cigarrillo tras otro, como de costumbre, sin parar.
Entonces P. se puso de pie, se sacudió un poco la arena de las piernas, se quitó la remera.
–Bueno, chau –dijo, y empezó a caminar, decidido, hacia el mar.
–Pará, está fresco –dijo H., se chupó un índice y apuntó al cielo. Era cierto, había algo de viento, empezaba a refrescar– ¿Adónde vas?
–Estuvo todo muy bueno –se detuvo un momento P., como si estuviera buscando las palabras adecuadas, que podían estar tanto en la arena como en el cielo–, pero ya nada va a ser como antes. Me voy a matar.
Nos quedamos ahí, mirando a P. que llegó a la orilla y entró al agua casi al trote, sin detenerse, sin dudas. El agua le llegó a la cintura primero, P. siguió adelante, el agua le cubrió los hombros y quedaba la cabeza, una negra manchita, un puntito apenas, en medio del azul más inmenso que te puedas imaginar.
Íbamos a ser siete, con P., pero M. y G. no pudieron y se bajaron. M. Se había esguinzado un tobillo y dijo que no iba a poder hacer nada y se iba a amargar. A G. no lo dejó la mujer. Había tenido un bebé, G., con la inobjetable colaboración de su mujer, y la mujer estaba dispuesta a exigirle lo que creía que se merecía del mundo por haber cumplido con su quizás antropológico y ancestral rol de dar vida. Y todo lo que quería exigir la mujer de G., del mundo, había decidido exigirlo a través de G., lo que equivalía a decir que la mujer de G. no paraba de romperle las pelotas, a G. Parecía que la mujer de G. no iba a dejar de romperle las pelotas, a G., nunca más.
Éramos cinco, entonces, fuimos en dos autos. El cumpleaños de P. era un 24 de septiembre, caía viernes. La idea fue irnos el viernes a la mañana, hacer una cena para el festejo, un asado, en Miramar. Quedarnos el fin de semana, volver el lunes.
Salió todo a la perfección. El departamento de P. tenía más de cien metros, varios cuartos, sobraba espacio, un balcón terraza espectacular. No hacía demasiado frío, ni llovía. P. hizo el asado, comimos como enjaulados leones, como aplicados marsupiales, achuras, salchicha parrillera, ubre, asado, un matambrito de cerdo tierno como la caricia de una madre. Llevamos tres cajas de un digno malbec, tomamos como dos botellas por cabeza y nos fuimos yendo a dormir, de a uno, a medida que nos vencía el cansancio y se empastaba el pozo de compartidas anécdotas.
Al día siguiente, después del mediodía, fuimos a la playa. Había un solcito que acompañaba el sonido del mar. Jugamos a la paleta, y un cabeza, dos contra dos, atajando con espectaculares voladas para aterrizar sobre la olvidada blandura de la arena. Hasta conversamos con un grupo de chicas que nos convidaron unos mates, eran de Hurlingham, quedamos en vernos a la noche, ellas eran cuatro, querían ir a bailar a Mar del Plata.
Debían ser las seis de la tarde, estábamos tirados en la arena. Se había echado con nosotros un perro de playa, una mezcla de collie bigotudo, con el pelo duro de mugre, que se acurrucaba y nos miraba como si estar con nosotros fuera la cosa más divertida del mundo, lo mejor que le pudiera pasar. H. había ido a comprar dos docenas de exquisitas facturas, churros rebosantes de dulce de leche, vigilantes con membrillo que te dejaba los dedos hechos un pegote. D. fumaba un cigarrillo tras otro, como de costumbre, sin parar.
Entonces P. se puso de pie, se sacudió un poco la arena de las piernas, se quitó la remera.
–Bueno, chau –dijo, y empezó a caminar, decidido, hacia el mar.
–Pará, está fresco –dijo H., se chupó un índice y apuntó al cielo. Era cierto, había algo de viento, empezaba a refrescar– ¿Adónde vas?
–Estuvo todo muy bueno –se detuvo un momento P., como si estuviera buscando las palabras adecuadas, que podían estar tanto en la arena como en el cielo–, pero ya nada va a ser como antes. Me voy a matar.
Nos quedamos ahí, mirando a P. que llegó a la orilla y entró al agua casi al trote, sin detenerse, sin dudas. El agua le llegó a la cintura primero, P. siguió adelante, el agua le cubrió los hombros y quedaba la cabeza, una negra manchita, un puntito apenas, en medio del azul más inmenso que te puedas imaginar.
20.3.11
Lugar común
En el bar, ya habíamos pedido el desayuno. Café con leche, tostadas, queso y mermelada, yo. Un jugo de naranja, ella. Preguntó tres veces, al mozo, a mí, y a alguien más imposible de individualizar, si era exprimido, el jugo. Después preguntó si era natural, el jugo también. Faltó que preguntara qué raza de pájaros habían fornicado sobre la rama de la cual había crecido primero, para caer después, la naranja, la naranja con la cual le debían estar preparando en ese mismo instante, el jugo, del jugo de naranja, exprimido, y natural.
Habló un rato desde antes que pidiéramos el desayuno. Mientras caminábamos las tres cuadras hasta el bar. Habíamos pasado la noche juntos, pero lo que se dice antes de coger (cuando conocés a una persona) no cuenta, lo que se dice mientras se coge y después, inmediatamente después, pertenece al lenguaje pero tampoco cuenta como conversación, en el sentido tradicional.
Ella habló, entonces, ponele que fueron diez minutos, mientras bajábamos en el ascensor, que quizás en ese momento, al bajar, cumplía funciones de descensor, mientras caminábamos las tres cuadras, mientras nos sentábamos y esperábamos que nos trajeran el desayuno, en el bar.
Ella habló, dijo que estaba en su mejor momento, que así se sentía. Que una mujer después de los treinta años entiende cosas que antes no sería capaz ni de pensar. Sí, de la vida en general, del sexo también, ahora cogía mucho mejor que antes, con menos tabúes, con más libertad. Y el divorcio le había hecho bien, ahora ya sabía lo que quería y lo que no quería de una relación, de los hombres, lo que podía suceder, lo que se podía esperar. Su psicoanalista le había dicho que después de sus vacaciones en el norte de Brasil (las de ella, no las del psicólogo que veraneaba por lo general en San Bernardo) la veía mucho mejor, más entusiasmada con la vida, había logrado, finalmente, dar un paso adelante y continuar. Estaba su hija, también, Josefina, su pequeño milagro, algo maravilloso que quedaba de aquella relación, y que había salido de ella, algo para ver crecer y cuidar y ser feliz a pesar de todo lo demás. Se cuidaba, ahora, le habían dado ganas de hacer gimnasia otra vez, de verse linda. Y de estudiar, un curso de fotografía, o de teatro quizás. La plata no alcanzaba, la plata nunca alcanzaba, pero la plata no era lo importante, la plata no te hacía feliz, porque cuando estabas mal, estabas mal aunque te invitaran a Pinamar y te llevaran en un BMW y fueras a cenar a un restaurante con velitas y tomaras el mejor vino que hay. Lo importante era despertarse cada mañana con ganas de hacer algo, de poner música y sentir que ahí afuera siempre pueden pasar cosas lindas, sólo se trata de estar con la actitud correcta para que las cosas te sucedan, nada más.
Vino el mozo, dejó el pedido. Mi café con leche, mis tostadas con queso y mermelada, su jugo de naranja en un vaso de treinta centímetros de altura, de un naranja tan potente como para iluminar una mañana de invierno.
–¿Por qué estás tan triste? –Le dije, le pregunté. Y ella se puso a llorar, parecía que no iba a haber modo en este mundo para que pudiera dejar de llorar.
Habló un rato desde antes que pidiéramos el desayuno. Mientras caminábamos las tres cuadras hasta el bar. Habíamos pasado la noche juntos, pero lo que se dice antes de coger (cuando conocés a una persona) no cuenta, lo que se dice mientras se coge y después, inmediatamente después, pertenece al lenguaje pero tampoco cuenta como conversación, en el sentido tradicional.
Ella habló, entonces, ponele que fueron diez minutos, mientras bajábamos en el ascensor, que quizás en ese momento, al bajar, cumplía funciones de descensor, mientras caminábamos las tres cuadras, mientras nos sentábamos y esperábamos que nos trajeran el desayuno, en el bar.
Ella habló, dijo que estaba en su mejor momento, que así se sentía. Que una mujer después de los treinta años entiende cosas que antes no sería capaz ni de pensar. Sí, de la vida en general, del sexo también, ahora cogía mucho mejor que antes, con menos tabúes, con más libertad. Y el divorcio le había hecho bien, ahora ya sabía lo que quería y lo que no quería de una relación, de los hombres, lo que podía suceder, lo que se podía esperar. Su psicoanalista le había dicho que después de sus vacaciones en el norte de Brasil (las de ella, no las del psicólogo que veraneaba por lo general en San Bernardo) la veía mucho mejor, más entusiasmada con la vida, había logrado, finalmente, dar un paso adelante y continuar. Estaba su hija, también, Josefina, su pequeño milagro, algo maravilloso que quedaba de aquella relación, y que había salido de ella, algo para ver crecer y cuidar y ser feliz a pesar de todo lo demás. Se cuidaba, ahora, le habían dado ganas de hacer gimnasia otra vez, de verse linda. Y de estudiar, un curso de fotografía, o de teatro quizás. La plata no alcanzaba, la plata nunca alcanzaba, pero la plata no era lo importante, la plata no te hacía feliz, porque cuando estabas mal, estabas mal aunque te invitaran a Pinamar y te llevaran en un BMW y fueras a cenar a un restaurante con velitas y tomaras el mejor vino que hay. Lo importante era despertarse cada mañana con ganas de hacer algo, de poner música y sentir que ahí afuera siempre pueden pasar cosas lindas, sólo se trata de estar con la actitud correcta para que las cosas te sucedan, nada más.
Vino el mozo, dejó el pedido. Mi café con leche, mis tostadas con queso y mermelada, su jugo de naranja en un vaso de treinta centímetros de altura, de un naranja tan potente como para iluminar una mañana de invierno.
–¿Por qué estás tan triste? –Le dije, le pregunté. Y ella se puso a llorar, parecía que no iba a haber modo en este mundo para que pudiera dejar de llorar.
15.3.11
Quedan las marcas
Lo vi. Era Chespirito, seguro que era él. Aunque habían pasado muchos años, menos de veinte, pero más de diez.
–Hola, Chespirito –me acerqué y tendí una mano, porque yo acababa de entrar al bar y él estaba sentado prácticamente en la primera mesa, no había forma de pasar y hacerme el distraído. Le dije ‘Chespirito’, porque le decíamos Chespirito, no me acordaba si se llamaba Gustavo o Gabriel.
El tipo me dio la mano, levantó la mano con mucha lentitud, como si la mano fuera un pesadísimo pez. Mientras él levantaba la mano, me vino todo a la mente, o casi todo, como una película pasando con vertiginosa rapidez, montones de recuerdos lanzados en grotesca velocidad.
Éramos jóvenes, adolescentes, con ganas de ver qué tenía escondido la vida debajo del pulóver para nosotros. Las ganas de pelearnos, de emborracharnos, de coger. Y Chespirito era uno más, un chico excesivamente pálido y flaquito, con ojos siempre legañosos y una levísima tartamudez. Una tartamudez que se agravaba, es natural, cuando se asustaba o se ponía nervioso. Y nosotros lo asustábamos, lo poníamos nervioso, siempre. Era uno de nuestros preferidos deportes.
Éramos crueles, como sólo un adolescente que no ha sido salpicado por excesivas desgracias todavía puede serlo. Le pegábamos entre todos, cuando bajábamos a la calle antes de ir a bailar. Alguien decía ‘¡ahora!’, y lo tirábamos al piso, en la calle, para de inmediato tirarnos todos encima mientras él lloriqueaba y pugnaba por escapar. O estábamos comiendo hamburguesas, en Villa Gesell, y alguien se miraba con alguien y listo, uno le agarraba los brazos desde atrás y otro le rociaba con mostaza la cara, mientras él gritaba que se iba a quedar ciego, que no podía ver, y se caía de la silla ante la atónita mirada del resto de los comensales del lugar.
Una vez nos invitó a la casa, por su cumpleaños. Fuimos al dormitorio de los padres y pishamos entre varios toda la cama, Gaby sacó un peceto de la heladera y se lo pasó un buen rato por las axilas primero, por las ingles después, antes de volver a acomodarlo en la fuente con papas, zanahorias y cebollas, probable almuerzo del siguiente día. Cuando bajábamos del departamento, en huida, Marcelo arrancó el portero eléctrico de un tirón. Adrián contó que había encontrado el tejido que estaba haciendo la madre de Chespirito (era viuda, postrada en silla de ruedas desde hacía mucho, entre Fabricio y Carlos la habían encerrado en un baño) y lo había metido en el freezer, con los ovillos de lana, las agujas hechas un metálico bollo, todo. A Chespirito, del miedo, de la impotencia, le había dado un ataque de asma. Un vecino tuvo que llamar a una ambulancia mientras nosotros nos íbamos a bailar, matándonos de la risa, llevándonos una botella de whisky, por que Chespirito se había puesto azul, trataba de putear, lloraba, se moría.
Después nos dejamos de ver con los pibes. Nos vinimos grandes. Yo me puse a estudiar, Villa Gesell quedó enroscado en algún pliegue del pasado. La vida.
–Perdón –le dije–. Te quiero pedir perdón por todo lo que te hicimos durante la adolescencia. No era mi culpa, o no era sólo mi culpa, pero yo participé, de todo, sin excusas. Sé que es tarde, pero aprovecho para pedirte perdón. No sé.
–Nno tt tte perdono –dijo Chespirito, con su tartamudez galopando como un caballo rengo–, nno puedo pp perdonarte. Te agg gradezco el ggesto, eso sí, pero pero ojj ojj jalá te mmu mueras. Ustt tedes me cagaron la vida.
–Hola, Chespirito –me acerqué y tendí una mano, porque yo acababa de entrar al bar y él estaba sentado prácticamente en la primera mesa, no había forma de pasar y hacerme el distraído. Le dije ‘Chespirito’, porque le decíamos Chespirito, no me acordaba si se llamaba Gustavo o Gabriel.
El tipo me dio la mano, levantó la mano con mucha lentitud, como si la mano fuera un pesadísimo pez. Mientras él levantaba la mano, me vino todo a la mente, o casi todo, como una película pasando con vertiginosa rapidez, montones de recuerdos lanzados en grotesca velocidad.
Éramos jóvenes, adolescentes, con ganas de ver qué tenía escondido la vida debajo del pulóver para nosotros. Las ganas de pelearnos, de emborracharnos, de coger. Y Chespirito era uno más, un chico excesivamente pálido y flaquito, con ojos siempre legañosos y una levísima tartamudez. Una tartamudez que se agravaba, es natural, cuando se asustaba o se ponía nervioso. Y nosotros lo asustábamos, lo poníamos nervioso, siempre. Era uno de nuestros preferidos deportes.
Éramos crueles, como sólo un adolescente que no ha sido salpicado por excesivas desgracias todavía puede serlo. Le pegábamos entre todos, cuando bajábamos a la calle antes de ir a bailar. Alguien decía ‘¡ahora!’, y lo tirábamos al piso, en la calle, para de inmediato tirarnos todos encima mientras él lloriqueaba y pugnaba por escapar. O estábamos comiendo hamburguesas, en Villa Gesell, y alguien se miraba con alguien y listo, uno le agarraba los brazos desde atrás y otro le rociaba con mostaza la cara, mientras él gritaba que se iba a quedar ciego, que no podía ver, y se caía de la silla ante la atónita mirada del resto de los comensales del lugar.
Una vez nos invitó a la casa, por su cumpleaños. Fuimos al dormitorio de los padres y pishamos entre varios toda la cama, Gaby sacó un peceto de la heladera y se lo pasó un buen rato por las axilas primero, por las ingles después, antes de volver a acomodarlo en la fuente con papas, zanahorias y cebollas, probable almuerzo del siguiente día. Cuando bajábamos del departamento, en huida, Marcelo arrancó el portero eléctrico de un tirón. Adrián contó que había encontrado el tejido que estaba haciendo la madre de Chespirito (era viuda, postrada en silla de ruedas desde hacía mucho, entre Fabricio y Carlos la habían encerrado en un baño) y lo había metido en el freezer, con los ovillos de lana, las agujas hechas un metálico bollo, todo. A Chespirito, del miedo, de la impotencia, le había dado un ataque de asma. Un vecino tuvo que llamar a una ambulancia mientras nosotros nos íbamos a bailar, matándonos de la risa, llevándonos una botella de whisky, por que Chespirito se había puesto azul, trataba de putear, lloraba, se moría.
Después nos dejamos de ver con los pibes. Nos vinimos grandes. Yo me puse a estudiar, Villa Gesell quedó enroscado en algún pliegue del pasado. La vida.
–Perdón –le dije–. Te quiero pedir perdón por todo lo que te hicimos durante la adolescencia. No era mi culpa, o no era sólo mi culpa, pero yo participé, de todo, sin excusas. Sé que es tarde, pero aprovecho para pedirte perdón. No sé.
–Nno tt tte perdono –dijo Chespirito, con su tartamudez galopando como un caballo rengo–, nno puedo pp perdonarte. Te agg gradezco el ggesto, eso sí, pero pero ojj ojj jalá te mmu mueras. Ustt tedes me cagaron la vida.
10.3.11
Ah, la mente
La mente. Ah, la mente es un artilugio de lo más complicado. El software del cerebro, la ensalada waldorf que nos mantiene andando. Mecanismo complejo si los hay, y delicado.
Te doy un ejemplo, para que veas. La hago cortita, la resumo, para que no te aburras, porque estábamos con otro tema.
Ah, sí, el ejemplo, el ejemplo.
Hay un estado, en los Estados Unidos, justamente, donde está permitida la pena de muerte. Debe ser Texas, seguro, por que es ahí donde está lleno de pelotudos que andan con un rifle en el auto y botas de cowboys, y sombreros, claro. Aunque no viene al caso, pero debe ser Texas.
Había un condenado a muerte, por robo, por violación, por varios asesinatos.
Pero aunque el condenado a muerte era una basura infecta, una alimaña de pantano, siempre hay alguien que se opone, a la pena de muerte. Por que es de una infinita truculencia, por que es la Ley del Talión, por que no arregla nada.
Y aparece un doctor, un neurólogo, también psiquiatra, y dice que va a hacer un experimento, Un experimento con el condenado a muerte. Para que la condena, la ejecución, sea igual de efectiva, pero menos cruenta. Cómo ejecutar al condenado siempre fue el tema que más raspa cuando se discute la cuestión, por que al presenciar una ejecución, se descubre que la sociedad se come al caníbal, que no hay manera, que está todo para el carajo.
Y no va que lo dejan hacer el experimento, al médico, con el condenado a muerte. Total, era un condenado a muerte, por lo menos que sirviera para algo. Una tan retorcida como lúcida línea de razonamiento.
El doctor hace lo siguiente. En lugar de la horca, o de la cámara de gas, o de electricidad. El doctor hace otra cosa.
Lo atan, al condenado a muerte, le vendan los ojos. Y le hacen un corte en la muñeca, eso es lo que se le explica al condenado. Que le van a hacer un corte en la muñeca, un corte de quirúrgica exactitud, para que se desangre, para que muera desangrado. La gran Séneca, si le querés poner un nombre.
Entonces le hacen el corte, te decía, pará, ¿querés tomar algo? Le hacen el corte, pero en realidad, lo que le hacen es un cortecito de morondanga, nada importante. Le hacen un corte en la muñeca derecha, un corte de la más absoluta irrelevancia.
Y ahora viene lo más interesante. Le ponen sonido, de goteo, sobre metal, como si lo que estuviera goteando fuera su propia sangre, la sangre del condenado, la sangre del condenado a muerte.
Eso es todo. Un goteo, gota y gota, plif plif, gruesos goterones de sangre sobre una metálica superficie, por que al tipo lo habían sentado sobre una especie de bañera con ese piso de metal, como de aluminio. Transcurridos un par de minutos el goteo se va atenuando, el goteo languidece hasta que, finalmente, se detiene. Para.
Así está el tema, cuando el goteo para, cuando el amplificado sonido del goteo para, el condenado se muere, de un paro cardíaco. Le habían hecho un cortecito de mierda, algo ínfimo, pero el tipo escuchó gotear y gotear su sangre, y le habían explicado cómo iban a matarlo. Ahí está su mente, en una habitación cerrada, a oscuras, su mente escuchando el goteo que es su propia muerte, tres minutos, o cinco. Cuando para el goteo, el hombre, su mente, sabe que se ha desangrado. Y se muere.
Ahora, con respecto a lo que nos acaba de suceder, bueno, sí, no es tan solo la mente. Te acabé adentro, como un dromedario, no pude contenerme. Yo también estoy preocupado.
Te doy un ejemplo, para que veas. La hago cortita, la resumo, para que no te aburras, porque estábamos con otro tema.
Ah, sí, el ejemplo, el ejemplo.
Hay un estado, en los Estados Unidos, justamente, donde está permitida la pena de muerte. Debe ser Texas, seguro, por que es ahí donde está lleno de pelotudos que andan con un rifle en el auto y botas de cowboys, y sombreros, claro. Aunque no viene al caso, pero debe ser Texas.
Había un condenado a muerte, por robo, por violación, por varios asesinatos.
Pero aunque el condenado a muerte era una basura infecta, una alimaña de pantano, siempre hay alguien que se opone, a la pena de muerte. Por que es de una infinita truculencia, por que es la Ley del Talión, por que no arregla nada.
Y aparece un doctor, un neurólogo, también psiquiatra, y dice que va a hacer un experimento, Un experimento con el condenado a muerte. Para que la condena, la ejecución, sea igual de efectiva, pero menos cruenta. Cómo ejecutar al condenado siempre fue el tema que más raspa cuando se discute la cuestión, por que al presenciar una ejecución, se descubre que la sociedad se come al caníbal, que no hay manera, que está todo para el carajo.
Y no va que lo dejan hacer el experimento, al médico, con el condenado a muerte. Total, era un condenado a muerte, por lo menos que sirviera para algo. Una tan retorcida como lúcida línea de razonamiento.
El doctor hace lo siguiente. En lugar de la horca, o de la cámara de gas, o de electricidad. El doctor hace otra cosa.
Lo atan, al condenado a muerte, le vendan los ojos. Y le hacen un corte en la muñeca, eso es lo que se le explica al condenado. Que le van a hacer un corte en la muñeca, un corte de quirúrgica exactitud, para que se desangre, para que muera desangrado. La gran Séneca, si le querés poner un nombre.
Entonces le hacen el corte, te decía, pará, ¿querés tomar algo? Le hacen el corte, pero en realidad, lo que le hacen es un cortecito de morondanga, nada importante. Le hacen un corte en la muñeca derecha, un corte de la más absoluta irrelevancia.
Y ahora viene lo más interesante. Le ponen sonido, de goteo, sobre metal, como si lo que estuviera goteando fuera su propia sangre, la sangre del condenado, la sangre del condenado a muerte.
Eso es todo. Un goteo, gota y gota, plif plif, gruesos goterones de sangre sobre una metálica superficie, por que al tipo lo habían sentado sobre una especie de bañera con ese piso de metal, como de aluminio. Transcurridos un par de minutos el goteo se va atenuando, el goteo languidece hasta que, finalmente, se detiene. Para.
Así está el tema, cuando el goteo para, cuando el amplificado sonido del goteo para, el condenado se muere, de un paro cardíaco. Le habían hecho un cortecito de mierda, algo ínfimo, pero el tipo escuchó gotear y gotear su sangre, y le habían explicado cómo iban a matarlo. Ahí está su mente, en una habitación cerrada, a oscuras, su mente escuchando el goteo que es su propia muerte, tres minutos, o cinco. Cuando para el goteo, el hombre, su mente, sabe que se ha desangrado. Y se muere.
Ahora, con respecto a lo que nos acaba de suceder, bueno, sí, no es tan solo la mente. Te acabé adentro, como un dromedario, no pude contenerme. Yo también estoy preocupado.
5.3.11
Dulce
Estoy durmiendo, duermo. Soy un genio, se me nota demasiado, es evidente hasta la desmesura, soy absolutamente genial, pero a veces duermo, también. Así que duermo, no mucho, con digamos unas cinco horas estás vivo, con más de cinco horas podés funcionar, claro que es mejor dormir seis horas. Con siete horas, el día que dormís siete horas, te levantás con el pito parado y unas ganas de vivir tremendas. Tampoco me pasa dormir diez horas, o doce, eso te pasa, si te pasa, en la adolescencia, o si sos muy pelotudo, si no pensaste nunca nada de lo que tenías que pensar. Escuálidas recompensas de no saber.
Así que estoy durmiendo y suena el timbre. Suena el timbre de arriba, del departamento, por que si fuera el timbre de abajo podría ser que alguien pasó por la calle y tocó todos los timbres, para jorobar. Pero no, es el timbre de arriba. Dos timbrazos, largos, después uno más.
Me despierto, algo sobresaltado por cierto, miro la hora, son las tres y media de la mañana.
Voy hasta la puerta, no se por qué me pongo un short, voy hasta la puerta caminando en cámara lenta, tratando de no hacer ruido al pisar.
Miro, valga la redundancia (la redundancia algo tiene que valer), por la mirilla de la puerta. Nada, oscuridad. Hay un automático, en la luz del pasillo. Creo que de noche permanece encendida, un minuto, y después corta, cinco minutos o siete, si nadie la enciende, algo así. Espero, pegado a la puerta, mirando. Mirando y nada más.
Al rato se enciende, la luz. Me late el corazón, muy fuerte, como si alguien me estuviera dando golpes en el pecho para ver si tengo algún azulejo flojo.
Se enciende la luz. No hay nadie. Perdón, no hay nadie no. No hay una persona. Pero hay alguien. Hay un perro.
El perro es un Fox Terrier pelo duro, grandecito, marrón y negro. Está sentado, el perro, mirando hacia mi puerta. Tiene una trompeta, sí, el perro, junto a una de sus patas delanteras. No hay nadie más.
Corta la luz. Espero. Pasan unos buenos tres minutos, quizás cinco. Se enciende la luz. Ahí está el perro, ahí está la trompeta, todo igual.
Abro la puerta. Sé que es un error, sé que está mal, pero abro la puerta. Ahora van a salir tres tipos de alguna parte con cuchillos, con revólveres, y me van a robar. Me van a quemar con una plancha el rostro, por no querer decirles dónde guardo el dinero. Aunque no tengo plancha, no sé planchar, eso debiera jugar a mi favor.
Abro la puerta, esperando el ataque. Pero no, no hay nadie. Nadie que diga ‘arriba las manos’, o ‘quedate quieto porque te quemo’. No.
El perro alza la trompeta, con una pata delantera.
–Escuchá, loco, escuchá.
Y se pone a tocar la trompeta. Cierra los ojos y toca con energía, con sentimiento, el sonido rebotando contra las paredes del angosto pasillo. Arranca con las primeras notas de ‘you are the sunshine of my life’. El sonido de la trompeta me acaricia el alma, toca bien, el perro, el tema es bello de verdad.
–Gracias –dije–. Es un tema muy dulce, y es la versión más sentida que yo haya escuchado jamás.
Cerré la puerta, volví a la cama. Por eso le pedí un turno, porque creo que tengo un problema con la bebida, doctor. Por eso estoy acá.
Así que estoy durmiendo y suena el timbre. Suena el timbre de arriba, del departamento, por que si fuera el timbre de abajo podría ser que alguien pasó por la calle y tocó todos los timbres, para jorobar. Pero no, es el timbre de arriba. Dos timbrazos, largos, después uno más.
Me despierto, algo sobresaltado por cierto, miro la hora, son las tres y media de la mañana.
Voy hasta la puerta, no se por qué me pongo un short, voy hasta la puerta caminando en cámara lenta, tratando de no hacer ruido al pisar.
Miro, valga la redundancia (la redundancia algo tiene que valer), por la mirilla de la puerta. Nada, oscuridad. Hay un automático, en la luz del pasillo. Creo que de noche permanece encendida, un minuto, y después corta, cinco minutos o siete, si nadie la enciende, algo así. Espero, pegado a la puerta, mirando. Mirando y nada más.
Al rato se enciende, la luz. Me late el corazón, muy fuerte, como si alguien me estuviera dando golpes en el pecho para ver si tengo algún azulejo flojo.
Se enciende la luz. No hay nadie. Perdón, no hay nadie no. No hay una persona. Pero hay alguien. Hay un perro.
El perro es un Fox Terrier pelo duro, grandecito, marrón y negro. Está sentado, el perro, mirando hacia mi puerta. Tiene una trompeta, sí, el perro, junto a una de sus patas delanteras. No hay nadie más.
Corta la luz. Espero. Pasan unos buenos tres minutos, quizás cinco. Se enciende la luz. Ahí está el perro, ahí está la trompeta, todo igual.
Abro la puerta. Sé que es un error, sé que está mal, pero abro la puerta. Ahora van a salir tres tipos de alguna parte con cuchillos, con revólveres, y me van a robar. Me van a quemar con una plancha el rostro, por no querer decirles dónde guardo el dinero. Aunque no tengo plancha, no sé planchar, eso debiera jugar a mi favor.
Abro la puerta, esperando el ataque. Pero no, no hay nadie. Nadie que diga ‘arriba las manos’, o ‘quedate quieto porque te quemo’. No.
El perro alza la trompeta, con una pata delantera.
–Escuchá, loco, escuchá.
Y se pone a tocar la trompeta. Cierra los ojos y toca con energía, con sentimiento, el sonido rebotando contra las paredes del angosto pasillo. Arranca con las primeras notas de ‘you are the sunshine of my life’. El sonido de la trompeta me acaricia el alma, toca bien, el perro, el tema es bello de verdad.
–Gracias –dije–. Es un tema muy dulce, y es la versión más sentida que yo haya escuchado jamás.
Cerré la puerta, volví a la cama. Por eso le pedí un turno, porque creo que tengo un problema con la bebida, doctor. Por eso estoy acá.
28.2.11
Animales
Voy al zoológico, no tengo lo que hacer, verano en Buenos Aires.
Voy a la jaula del elefante.
–La jirafa es una conchuda –me dice el elefante, inclinando un poco la cabeza mientras me olisquea el cabello con la trompa–. Los chicos van y le llevan galletitas, alfajores, la boluda se pega un par de vueltas y nada más. A mí me tienen miedo porque siempre hay algún documental de la National Geographic donde un elefante se calienta, abre las orejas, avanza diez o quince pasos como para dar un topetazo. Pero si te fijás bien nunca termina de atacar. Lo hace para que lo dejen de joder con las fotos, nada más.
Voy a la jaula del tigre.
–Rey de la selva, el león –el tigre se despereza, vuelve a echarse de costado–. Rey de la selva ésta –se toca con una pata (trasera) los huevos–. Si hacemos un mano a mano en cualquier parque me lo como con guarnición de papas españolas. Lo que pasa es que el león tiene la melenita, y el pelito así impresiona. Además, mirá cómo estoy, todo desteñido, casi ni se me ven las rayas. Les dije a los forros de acá que me cepillen con jabón blanco, pero nadie da bola. Usan un jabón de mierda, que encima me da urticaria. El león es puro marketing.
Voy a la jaula de los monos.
–Olé, olé olé olé… –Me grita un chimpancé, desde arriba, colgando de un brazo, dejándose bambolear mientras caga–. Le jugamos un partido, cinco contra cinco, a los guardias, el otro día. Atrás del lago donde están los cisnes, hicimos la canchita. Habíamos apostado. Si ganábamos nosotros, nos tenían que preparar treinta litros de licuado de banana, todas las mañanas, durante un mes. Con azúcar, los licuados, con avena, y un poco de dulce de leche, también.
–¿Y si perdían?
–Si perdíamos les entregábamos a Ramona –señala hacia atrás y hacia arriba, una mona en lo alto de un árbol, sentada en una rama, mirándose las uñas, absorta–. También por un mes, podían venir las veces que quisieran, gratis. Ramona tira de la goma como nadie. Hay un antes y un después. Hay cosas que sólo saben hacer los animales. El asunto es que ganamos, cuatro a uno. Se quedaron recalientes. Trajeron diez litros de un licuado pedorro, rebajado con agua. Dicen que la leche está muy cara, les cortaron el presupuesto. Estamos preparando una huelga de monos en todos los zoológicos del mundo. Nos vamos a quedar sentados, en la hora pico, de espaldas a los barrotes. No vamos a saltar ni a movernos ni a reírnos para las fotos, miles y miles de monos de brazos cruzados, sin morisquetas, nada. Ya van a ver cómo la recaudación se les va a la mierda, manga de putos.
Enciendo un cigarrillo, camino un poco. Pasa lo mismo si sos maestro en un colegio secundario, o si trabajás en una oficina. Pasa lo mismo en todas partes.
Voy a la jaula del elefante.
–La jirafa es una conchuda –me dice el elefante, inclinando un poco la cabeza mientras me olisquea el cabello con la trompa–. Los chicos van y le llevan galletitas, alfajores, la boluda se pega un par de vueltas y nada más. A mí me tienen miedo porque siempre hay algún documental de la National Geographic donde un elefante se calienta, abre las orejas, avanza diez o quince pasos como para dar un topetazo. Pero si te fijás bien nunca termina de atacar. Lo hace para que lo dejen de joder con las fotos, nada más.
Voy a la jaula del tigre.
–Rey de la selva, el león –el tigre se despereza, vuelve a echarse de costado–. Rey de la selva ésta –se toca con una pata (trasera) los huevos–. Si hacemos un mano a mano en cualquier parque me lo como con guarnición de papas españolas. Lo que pasa es que el león tiene la melenita, y el pelito así impresiona. Además, mirá cómo estoy, todo desteñido, casi ni se me ven las rayas. Les dije a los forros de acá que me cepillen con jabón blanco, pero nadie da bola. Usan un jabón de mierda, que encima me da urticaria. El león es puro marketing.
Voy a la jaula de los monos.
–Olé, olé olé olé… –Me grita un chimpancé, desde arriba, colgando de un brazo, dejándose bambolear mientras caga–. Le jugamos un partido, cinco contra cinco, a los guardias, el otro día. Atrás del lago donde están los cisnes, hicimos la canchita. Habíamos apostado. Si ganábamos nosotros, nos tenían que preparar treinta litros de licuado de banana, todas las mañanas, durante un mes. Con azúcar, los licuados, con avena, y un poco de dulce de leche, también.
–¿Y si perdían?
–Si perdíamos les entregábamos a Ramona –señala hacia atrás y hacia arriba, una mona en lo alto de un árbol, sentada en una rama, mirándose las uñas, absorta–. También por un mes, podían venir las veces que quisieran, gratis. Ramona tira de la goma como nadie. Hay un antes y un después. Hay cosas que sólo saben hacer los animales. El asunto es que ganamos, cuatro a uno. Se quedaron recalientes. Trajeron diez litros de un licuado pedorro, rebajado con agua. Dicen que la leche está muy cara, les cortaron el presupuesto. Estamos preparando una huelga de monos en todos los zoológicos del mundo. Nos vamos a quedar sentados, en la hora pico, de espaldas a los barrotes. No vamos a saltar ni a movernos ni a reírnos para las fotos, miles y miles de monos de brazos cruzados, sin morisquetas, nada. Ya van a ver cómo la recaudación se les va a la mierda, manga de putos.
Enciendo un cigarrillo, camino un poco. Pasa lo mismo si sos maestro en un colegio secundario, o si trabajás en una oficina. Pasa lo mismo en todas partes.
25.2.11
Digámoslo así
Por lo que puedo observar, todo el mundo está tratando de volver. Todos quieren volver. Volver a ver a una antigua novia, volver a tener un perro igual igual al que te regaló tu papá cuando cumpliste once años, volver a encontrarte con los chicos de la secundaria, y así.
Pero no, yo creo que no, no sirve para mí. Yo no pienso volver, nunca, a ninguna parte. No tengo la más mínima esperanza acerca del futuro, además, no es por eso. El futuro, en general, es pasado hervido.
Como un apaleado perro. Será que la pasé tan mal, tantas veces, que apenas conservo el reflejo de escapar, la costumbre de seguir.
Pero no, yo creo que no, no sirve para mí. Yo no pienso volver, nunca, a ninguna parte. No tengo la más mínima esperanza acerca del futuro, además, no es por eso. El futuro, en general, es pasado hervido.
Como un apaleado perro. Será que la pasé tan mal, tantas veces, que apenas conservo el reflejo de escapar, la costumbre de seguir.
20.2.11
Cucharita, tenedor de copetín
Tuve que ir a la fiesta, y yo odio las fiestas. Pero se casaba Marita, segunda vez, habíamos sido amantes por mucho tiempo.
–Quiero que vengas –me dijo, y yo le prometí que iba a ir. La primera vez se había casado con un pibe más jovencito que ella, un pibe que estudiaba para profesor de educación física y cuya cualidad predominante, según ella, era ser, él, el pibe, una máquina de coger. Ahora se casaba con un señor que le llevaba como dieciocho años, y estaba forrado en dinero. Marita sabía lo que necesitaba, de acuerdo a las circunstancias que le tocaba vivir, y de alguna forma lo conseguía. Bien por Marita.
Así que fui a la fiesta, aunque muchas ganas no tenía. Cogíamos cada tanto, pero nos conocíamos hacía como quince años, el sexo había dejado de ser lo más importante. Éramos amantes que habíamos llegado a una extraña y cálida meseta de nuestra relación, amantes con meseta de matrimonio, por que las relaciones de furtivos amantes no suelen (y quizás no deben) durar tanto.
Yo odio las fiestas, ya lo dije. Es el único lugar en el que sé que no me voy a divertir, como un insomne que está en la cama con resignación, porque sabe que no va a poder dormirse. Toda esa desesperación, esas espasmódicas ganas de sentir algo antes de volver rapidito a continuar con las infinitas tristezas de sus patéticas vidas. Ese impostado carnaval carioca, esa oxidada carcajada por encima de una mueca del espanto de estar vivo, de saber que la vida es eso que te pasa cuando la fiesta se termina, no sé, me pongo mal.
Encontré un mozo piola, siempre, en todas las fiestas hay un mozo piola.
–Necesito whisky –saqué un billete de cien y lo miré por un instante, al billete, con asombro, como si fuera la primera vez que lo veía. Luego, muy despacio, en cámara lenta, como si el billete tuviera patitas que le permitieran nadar en el aire, lo puse en la mano del mozo–. Voy a necesitar whisky toda la noche, pero whisky de verdad. No ese lustramuebles que estás sirviendo. Me voy a esconder un poco, por allá –señalé un rincón algo apartado, una especie de absurda selva construida con verdes alfombras y plástica plantas. El lugar tenía una suerte de cascada en miniatura, también. Un lumínico efecto hacía que el agua pareciera de color lila. Si mirabas más de un minuto el agua, podías tener un desprendimiento de retina.
Me senté, camuflado por una especie de palmera. Al frente del salón habían montado un pequeño escenario, y tocaba una banda, imitadores de Queen. El cantante era un marica flaquito con calzas blancas y el pecho descubierto. Usaba un bigote postizo, el pobre.
Vino el mozo, con un whisky extra large. Un solo hielo, no tuve que decirle nada, había leído perfectamente la patología, muy profunda, que me atormentaba.
–Chivas –dijo, dejó el vaso–. Es lo mejor que hay acá.
Di unos sorbos y me sentí mejor. Eran las dos de la mañana. Tenía que aguantar un par de horas más, para que Marita no me hiciera futuros reproches.
–Hay dos tipos de mujeres, pibe, dos tipos de mujeres –levanté la vista, me hablaban a mí. Detrás de la palmera, bien metido contra la pared, un viejo, encogido. Bastante calvo, traje marrón oscuro que apestaba a naftalina, algo en la cara me hizo acordar a Jacobo Fijtman. Justo había estado leyendo unos poemas de Fijtman, y el libro tenía una fotito carnet con la cara del viejo. Se parecían mucho, con este viejo del otro lado de la palmera. Molino rojo, se llamaba el libro.
–¿Qué?
–Hay dos tipos de mujeres, y nada más –dijo y sorbió de su vaso. Sostenía el vaso con las dos manos. Era un largo vaso de ginebra, única opción, o alcohol de botiquín. Le faltaban varios dientes, al viejo. Tenía las uñas largas, muy largas, y amarillas. En el momento que sorbía el trago cerraba los ojos, era un instante del más puro placer, se le ablandaban las facciones.
–Bueno, sí. Puede ser –dije. El falso Mercury desafinaba ‘bicycle’ de una manera difícil de imaginar.
–Está la mujer tenedor de copetín, y la mujer cucharita –bebió otro trago y dejó el vaso sobre la alfombra, junto a uno de sus zapatos que parecían a punto de descascararse–. Te lo explico, pibe, por que te lo tienen que explicar. La mujer tenedor de copetín es una mujer que nace con un tenedor de copetín, es algo genético, como si fuera un lunar. Cuando vos te acostás a dormir, la mujer te va pinchando, uno o dos pinchacitos, con ese tenedorcito. Y vos no te das cuenta, por que son un par de pinchacitos por noche, como si fueras una tarta de verdura antes de ir al horno. Pero te agujereás, perdés toda la energía, te vas quedando seco, como un ficus, enchastrado en la cotidiana tristeza de un día a día hecho de trámites y chequeos médicos y una quincena en Miramar. Hasta que te mirás un día al espejo, a trasluz, y te das cuenta que estás todo agujereado, que sos casi un holograma de triste borde sin nada adentro, no entendés nada, qué te pasó, pero no das más.
Hizo una pausa. Tomé un largo trago de whisky. Se escucharon aplausos, de fondo. Había terminado el show del apócrifo Queen. La gente volvía a las mesas, para el segundo plato, o para el postre.
–La mujer cucharita es distinta a la mujer tenedor de copetín –siguió–, la mujer cucharita nació con una cucharita, no importa por qué. Y vos a la noche te acostás, porque a la noche tenés que dormir y te acostás, y la mujer cucharita saca la cucharita y se sirve una cucharadita de tu corazón, como si tu corazón fuera un helado de sambayón. Y vos no te das cuenta, tampoco, no tenés forma de darte cuenta, por que la cucharita de la mujer cucharita es una cucharita chiquita. Y la mujer se sirve una cucharadita de tu corazón, cada noche. Hasta que te despertás un día y te das cuenta que sos una bestia sin alma. No te importa nada, ni el hambre en Etiopía, ni meter las patitas en el mar. Lo único que querés es la guita, la guita para el auto, o para la casa de fin de semana, o para comprar un reloj Cartier. No queda nada más que la ambición de algo que ni siquiera importa, ir a Miami a ver al Pato Donald en camiseta, manejar un descapotable, tener un televisor del tamaño del Guernica, algo así. Te tapó el odio, sos una bola de odio y ambición.
Y se calló, el viejo. Se pasó una mano por el huesudo cráneo y se quedó mirando para abajo, entre sus piernas, el vaso, como quien se para en un muelle y se queda contemplando el mar.
–¿Y entonces? –lo miré de costado– ¿Qué hay que hacer?
–Nada –se rascó la nariz–. Cogete lo que puedas. Termina todo para el carajo, siempre. Da igual.
–Quiero que vengas –me dijo, y yo le prometí que iba a ir. La primera vez se había casado con un pibe más jovencito que ella, un pibe que estudiaba para profesor de educación física y cuya cualidad predominante, según ella, era ser, él, el pibe, una máquina de coger. Ahora se casaba con un señor que le llevaba como dieciocho años, y estaba forrado en dinero. Marita sabía lo que necesitaba, de acuerdo a las circunstancias que le tocaba vivir, y de alguna forma lo conseguía. Bien por Marita.
Así que fui a la fiesta, aunque muchas ganas no tenía. Cogíamos cada tanto, pero nos conocíamos hacía como quince años, el sexo había dejado de ser lo más importante. Éramos amantes que habíamos llegado a una extraña y cálida meseta de nuestra relación, amantes con meseta de matrimonio, por que las relaciones de furtivos amantes no suelen (y quizás no deben) durar tanto.
Yo odio las fiestas, ya lo dije. Es el único lugar en el que sé que no me voy a divertir, como un insomne que está en la cama con resignación, porque sabe que no va a poder dormirse. Toda esa desesperación, esas espasmódicas ganas de sentir algo antes de volver rapidito a continuar con las infinitas tristezas de sus patéticas vidas. Ese impostado carnaval carioca, esa oxidada carcajada por encima de una mueca del espanto de estar vivo, de saber que la vida es eso que te pasa cuando la fiesta se termina, no sé, me pongo mal.
Encontré un mozo piola, siempre, en todas las fiestas hay un mozo piola.
–Necesito whisky –saqué un billete de cien y lo miré por un instante, al billete, con asombro, como si fuera la primera vez que lo veía. Luego, muy despacio, en cámara lenta, como si el billete tuviera patitas que le permitieran nadar en el aire, lo puse en la mano del mozo–. Voy a necesitar whisky toda la noche, pero whisky de verdad. No ese lustramuebles que estás sirviendo. Me voy a esconder un poco, por allá –señalé un rincón algo apartado, una especie de absurda selva construida con verdes alfombras y plástica plantas. El lugar tenía una suerte de cascada en miniatura, también. Un lumínico efecto hacía que el agua pareciera de color lila. Si mirabas más de un minuto el agua, podías tener un desprendimiento de retina.
Me senté, camuflado por una especie de palmera. Al frente del salón habían montado un pequeño escenario, y tocaba una banda, imitadores de Queen. El cantante era un marica flaquito con calzas blancas y el pecho descubierto. Usaba un bigote postizo, el pobre.
Vino el mozo, con un whisky extra large. Un solo hielo, no tuve que decirle nada, había leído perfectamente la patología, muy profunda, que me atormentaba.
–Chivas –dijo, dejó el vaso–. Es lo mejor que hay acá.
Di unos sorbos y me sentí mejor. Eran las dos de la mañana. Tenía que aguantar un par de horas más, para que Marita no me hiciera futuros reproches.
–Hay dos tipos de mujeres, pibe, dos tipos de mujeres –levanté la vista, me hablaban a mí. Detrás de la palmera, bien metido contra la pared, un viejo, encogido. Bastante calvo, traje marrón oscuro que apestaba a naftalina, algo en la cara me hizo acordar a Jacobo Fijtman. Justo había estado leyendo unos poemas de Fijtman, y el libro tenía una fotito carnet con la cara del viejo. Se parecían mucho, con este viejo del otro lado de la palmera. Molino rojo, se llamaba el libro.
–¿Qué?
–Hay dos tipos de mujeres, y nada más –dijo y sorbió de su vaso. Sostenía el vaso con las dos manos. Era un largo vaso de ginebra, única opción, o alcohol de botiquín. Le faltaban varios dientes, al viejo. Tenía las uñas largas, muy largas, y amarillas. En el momento que sorbía el trago cerraba los ojos, era un instante del más puro placer, se le ablandaban las facciones.
–Bueno, sí. Puede ser –dije. El falso Mercury desafinaba ‘bicycle’ de una manera difícil de imaginar.
–Está la mujer tenedor de copetín, y la mujer cucharita –bebió otro trago y dejó el vaso sobre la alfombra, junto a uno de sus zapatos que parecían a punto de descascararse–. Te lo explico, pibe, por que te lo tienen que explicar. La mujer tenedor de copetín es una mujer que nace con un tenedor de copetín, es algo genético, como si fuera un lunar. Cuando vos te acostás a dormir, la mujer te va pinchando, uno o dos pinchacitos, con ese tenedorcito. Y vos no te das cuenta, por que son un par de pinchacitos por noche, como si fueras una tarta de verdura antes de ir al horno. Pero te agujereás, perdés toda la energía, te vas quedando seco, como un ficus, enchastrado en la cotidiana tristeza de un día a día hecho de trámites y chequeos médicos y una quincena en Miramar. Hasta que te mirás un día al espejo, a trasluz, y te das cuenta que estás todo agujereado, que sos casi un holograma de triste borde sin nada adentro, no entendés nada, qué te pasó, pero no das más.
Hizo una pausa. Tomé un largo trago de whisky. Se escucharon aplausos, de fondo. Había terminado el show del apócrifo Queen. La gente volvía a las mesas, para el segundo plato, o para el postre.
–La mujer cucharita es distinta a la mujer tenedor de copetín –siguió–, la mujer cucharita nació con una cucharita, no importa por qué. Y vos a la noche te acostás, porque a la noche tenés que dormir y te acostás, y la mujer cucharita saca la cucharita y se sirve una cucharadita de tu corazón, como si tu corazón fuera un helado de sambayón. Y vos no te das cuenta, tampoco, no tenés forma de darte cuenta, por que la cucharita de la mujer cucharita es una cucharita chiquita. Y la mujer se sirve una cucharadita de tu corazón, cada noche. Hasta que te despertás un día y te das cuenta que sos una bestia sin alma. No te importa nada, ni el hambre en Etiopía, ni meter las patitas en el mar. Lo único que querés es la guita, la guita para el auto, o para la casa de fin de semana, o para comprar un reloj Cartier. No queda nada más que la ambición de algo que ni siquiera importa, ir a Miami a ver al Pato Donald en camiseta, manejar un descapotable, tener un televisor del tamaño del Guernica, algo así. Te tapó el odio, sos una bola de odio y ambición.
Y se calló, el viejo. Se pasó una mano por el huesudo cráneo y se quedó mirando para abajo, entre sus piernas, el vaso, como quien se para en un muelle y se queda contemplando el mar.
–¿Y entonces? –lo miré de costado– ¿Qué hay que hacer?
–Nada –se rascó la nariz–. Cogete lo que puedas. Termina todo para el carajo, siempre. Da igual.
15.2.11
El precio
Tener salud, o estar en buen estado, valga la redundancia, de salud, eso sí que está bueno. Hacerse un chequeo y que te digan que tenés bien el corazón, que vas a seguir pishando como un dromedario, que la presión está bien, y el colesterol, que no se te va a volar alguna chapa del fuselaje de la vida en medio de un garche o de una discusión. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que cenar solamente fruta, y almorzar, de ser posible, una rama de apio, después de metértela en el culo, y a la mañana vas a tener que comer un yogur que te impulse a cagar hasta más no poder, y después de cagar podés gratificarte con un vaso de jugo de arándanos o frotarte las tetitas con una rodaja de sandía. Los domingos podés comer dos o tres cucharaditas de helado, no la cuchara sopera, la cucharita de café.
Tener dinero es genial, tener dinero es lo mejor que te puede pasar, aquí en el occidente más o menos civilizado, de este lado del mostrador. Si tenés dinero podés comprar un par de zapatillas hechas con piel de culo de guepardo macho, y tomar un Pommery Brut Royal sentado en alguna terraza con vista al mar, y manejar por encima de los ciento cincuenta kilómetros por hora tu Audi A4 sintiendo que estar adentro es infinitamente mejor que estar afuera, por los siglos de los siglos, amén. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que comprar y vender alguna absurda mercancía hasta que te reviente el corazón como un sapo al que acaban de darle una virulenta patada contra un zócalo, vas a tener que ir a una oficina hasta que no sepas si preferís que sea de día o de noche, vas a tener que esperar en un aeropuerto que huele a aire masticado ese maldito avión que nunca llega.
Tener amor, ah, el amor, ese bálsamo, ese néctar, esa caricia de la mano de algún Dios. Ver a tu mujer dormida un domingo cualquiera, con la boca apenas entreabierta y el cabello revuelto, y saber que estás precisamente en el lugar en el mundo donde querés estar, que por mañanas así valió la pena la rueda y el fuego y dos mil años de civilización. El abrazo de un hijo que se cuelga de tu cuello y te besa la cara y sos un coloso, sos una montaña, diste vida y recibís vida y es todo tan lindo que dan ganas de reírse a carcajadas, mientras por la ventana entra un magnífico sol. Pero para que eso pase, para que eso suceda, tendrás que aguantar a una gruñona y for ever fastidiada mujer que ni siquiera sabe muy bien el motivo de su enojo, por unos veinte años o quizás más, tendrás que ir al supermercado como un patético peregrino y cargar el auto con bolsas para que después te digan que te equivocaste, que te olvidaste, que sos un imbécil sin alma, tendrás que inclinarte y juntar el sorete de una mascota que ya ni se molesta en mover la cola cuando te ve, tendrás que hacer lo de siempre, como siempre, hasta que no des más, para recién entonces volver a hacerlo, otra vez.
Salud, dinero, y amor, claro que sí. Te hago la factura a consumidor final.
Tener dinero es genial, tener dinero es lo mejor que te puede pasar, aquí en el occidente más o menos civilizado, de este lado del mostrador. Si tenés dinero podés comprar un par de zapatillas hechas con piel de culo de guepardo macho, y tomar un Pommery Brut Royal sentado en alguna terraza con vista al mar, y manejar por encima de los ciento cincuenta kilómetros por hora tu Audi A4 sintiendo que estar adentro es infinitamente mejor que estar afuera, por los siglos de los siglos, amén. Pero para que eso pase, para que eso suceda, vas a tener que comprar y vender alguna absurda mercancía hasta que te reviente el corazón como un sapo al que acaban de darle una virulenta patada contra un zócalo, vas a tener que ir a una oficina hasta que no sepas si preferís que sea de día o de noche, vas a tener que esperar en un aeropuerto que huele a aire masticado ese maldito avión que nunca llega.
Tener amor, ah, el amor, ese bálsamo, ese néctar, esa caricia de la mano de algún Dios. Ver a tu mujer dormida un domingo cualquiera, con la boca apenas entreabierta y el cabello revuelto, y saber que estás precisamente en el lugar en el mundo donde querés estar, que por mañanas así valió la pena la rueda y el fuego y dos mil años de civilización. El abrazo de un hijo que se cuelga de tu cuello y te besa la cara y sos un coloso, sos una montaña, diste vida y recibís vida y es todo tan lindo que dan ganas de reírse a carcajadas, mientras por la ventana entra un magnífico sol. Pero para que eso pase, para que eso suceda, tendrás que aguantar a una gruñona y for ever fastidiada mujer que ni siquiera sabe muy bien el motivo de su enojo, por unos veinte años o quizás más, tendrás que ir al supermercado como un patético peregrino y cargar el auto con bolsas para que después te digan que te equivocaste, que te olvidaste, que sos un imbécil sin alma, tendrás que inclinarte y juntar el sorete de una mascota que ya ni se molesta en mover la cola cuando te ve, tendrás que hacer lo de siempre, como siempre, hasta que no des más, para recién entonces volver a hacerlo, otra vez.
Salud, dinero, y amor, claro que sí. Te hago la factura a consumidor final.
10.2.11
Quería vivir
Mi amigo H. se fue muy de jovencito a estudiar a Estados Unidos. Ya era ingeniero, pero el padre los había preparado para que fueran grandes ejecutivos, a él y a su hermano. Debían ir, hacer un master, luego trabajar en grandes empresas, ser exitosos y solventes ciudadanos del mundo, disfrutar las delicias del occidente civilizado. Eso hicieron, entonces, H., y su hermano.
H. está de visita en Argentina, en Buenos Aires, así que vamos a comer. Está casado, tiene tres hijos y un bmw que todavía no existe en el hemisferio sur. Vive en Londres.
–Lo único que me gusta es fumar, y coger con prostitutas –dice H.
Me cuenta una historia, H. Como es ejecutivo de una multinacional, un importante laboratorio, viaja todo el tiempo. Viaja a Ginebra, a Ámsterdam, a Bruselas. Pero viaja mucho más a Shangai, a Bangkok, a Singapur.
Cuando viaja, aprovecha para fumar, aprovecha para coger con prostitutas. Le prometió a su señora, H., cuando tuvieron a su primer hijo, que dejaría de fumar, que no fumaría nunca más, había cosas más importantes en el mundo que fumar. Lo de las prostitutas, bueno, la señora no mencionó nada al respecto, así que H. prefirió no tocar el tema.
El asunto es que H. viajó por dos días a Bangkok, tuvo un par de reuniones con ejecutivos asiáticos, después se compró tres paquetes de cigarrillos, y se alquiló una prostituta del lugar.
Estaba algo borracho, cuenta H., cuando terminó de coger, se puso de pie, vio con una mezcla de espanto y asombro, que no tenía puesto el preservativo. El preservativo se había roto, la prostituta le dijo que a ella no le importaba un carajo (al parecer le había dicho que no le impoltaba un calajo) y se fue a bañar.
H. se sentó en la cama, y se dio cuenta que se iba a morir. Había hecho todo mal, y ahora llegaba su castigo. Tenía sida, seguro. Tenía cáncer de garganta, también.
Cambió el vuelo, adelantó la vuelta, tenía que hablar con su mujer. Se iba a hacer un chequeo médico para confirmar el sida, el cáncer de garganta. Quería ver a sus hijos, ver la televisión con su mujer, charlar un poco. Quizás pudiera salvarse, la medicina había hecho, a pesar de su intrínseca crueldad, notables progresos. H. quería vivir.
Al día siguiente pegó la vuelta. Le había salido un sarpullido en todo el cuerpo. Brazos y piernas, espalda, torso, cuello. Casi no podía tragar del dolor de garganta. Iba a hablar con su mujer, y a empezar el tratamiento cuanto antes. Era joven, quizás su mujer lograra perdonarlo, por los chicos. Habían tenido buenos momentos juntos. H. se la pasó tiritando todo el vuelo, volaba de fiebre.
El taxista lo dejó en la puerta de su casa de Hampstead. Eran las ocho de la mañana. No era ninguna originalidad para Londres, pero llovía.
Abrió la puerta con infinito cansancio, las enfermedades habían comenzado, sin duda, su tarea de demolición.
Su señora estaba sentada en la cocina, pálida como un fantasma, en camisón. Con el cabello revuelto, los enrojecidos ojos de haber pasado la noche llorando. Vio restos de un vaso roto sobre la mesada, bajo la inclemencia de las luces fluorescentes.
–Yo –dijo. Había ensayado cómo contarle, pero se le trababan las palabras. Ella sabía todo, había adivinado todo, era muy claro–. Yo te quiero decir algo.
–Atropellaron a Timmy –dijo su esposa, y abrió las canillas del llanto. Se puse de pie, lo abrazó–. Estaba jugando en el jardín, cruzó la calle, lo atropelló un camión.
Timmy era un simpático Schnauzer miniatura. Le gustaba dormir en la pieza de su hijo Jeremy, y caminar de noche bajo la lluvia. Lo recibía siempre, a la vuelta de sus viajes, con un par de saltos y unos roncos ladridos. Pobre Timmy.
–Bueno –dijo él, le acarició el cabello, la apretó con fuerza, le limpió la nariz con la palma de una mano–. Bueno.
Ella levantó la cabeza.
–Estás lleno de granitos –le dijo–. Y tenés olor a pucho.
–Me salió un sarpullido, algo que comí con camarones –dijo H.–. En Bangkok fuman hasta los chicos de nueve años, Caro, debo tener olor a faso hasta en las medias, me pica todo. Pobre Timmy, che. Que macana.
H. está de visita en Argentina, en Buenos Aires, así que vamos a comer. Está casado, tiene tres hijos y un bmw que todavía no existe en el hemisferio sur. Vive en Londres.
–Lo único que me gusta es fumar, y coger con prostitutas –dice H.
Me cuenta una historia, H. Como es ejecutivo de una multinacional, un importante laboratorio, viaja todo el tiempo. Viaja a Ginebra, a Ámsterdam, a Bruselas. Pero viaja mucho más a Shangai, a Bangkok, a Singapur.
Cuando viaja, aprovecha para fumar, aprovecha para coger con prostitutas. Le prometió a su señora, H., cuando tuvieron a su primer hijo, que dejaría de fumar, que no fumaría nunca más, había cosas más importantes en el mundo que fumar. Lo de las prostitutas, bueno, la señora no mencionó nada al respecto, así que H. prefirió no tocar el tema.
El asunto es que H. viajó por dos días a Bangkok, tuvo un par de reuniones con ejecutivos asiáticos, después se compró tres paquetes de cigarrillos, y se alquiló una prostituta del lugar.
Estaba algo borracho, cuenta H., cuando terminó de coger, se puso de pie, vio con una mezcla de espanto y asombro, que no tenía puesto el preservativo. El preservativo se había roto, la prostituta le dijo que a ella no le importaba un carajo (al parecer le había dicho que no le impoltaba un calajo) y se fue a bañar.
H. se sentó en la cama, y se dio cuenta que se iba a morir. Había hecho todo mal, y ahora llegaba su castigo. Tenía sida, seguro. Tenía cáncer de garganta, también.
Cambió el vuelo, adelantó la vuelta, tenía que hablar con su mujer. Se iba a hacer un chequeo médico para confirmar el sida, el cáncer de garganta. Quería ver a sus hijos, ver la televisión con su mujer, charlar un poco. Quizás pudiera salvarse, la medicina había hecho, a pesar de su intrínseca crueldad, notables progresos. H. quería vivir.
Al día siguiente pegó la vuelta. Le había salido un sarpullido en todo el cuerpo. Brazos y piernas, espalda, torso, cuello. Casi no podía tragar del dolor de garganta. Iba a hablar con su mujer, y a empezar el tratamiento cuanto antes. Era joven, quizás su mujer lograra perdonarlo, por los chicos. Habían tenido buenos momentos juntos. H. se la pasó tiritando todo el vuelo, volaba de fiebre.
El taxista lo dejó en la puerta de su casa de Hampstead. Eran las ocho de la mañana. No era ninguna originalidad para Londres, pero llovía.
Abrió la puerta con infinito cansancio, las enfermedades habían comenzado, sin duda, su tarea de demolición.
Su señora estaba sentada en la cocina, pálida como un fantasma, en camisón. Con el cabello revuelto, los enrojecidos ojos de haber pasado la noche llorando. Vio restos de un vaso roto sobre la mesada, bajo la inclemencia de las luces fluorescentes.
–Yo –dijo. Había ensayado cómo contarle, pero se le trababan las palabras. Ella sabía todo, había adivinado todo, era muy claro–. Yo te quiero decir algo.
–Atropellaron a Timmy –dijo su esposa, y abrió las canillas del llanto. Se puse de pie, lo abrazó–. Estaba jugando en el jardín, cruzó la calle, lo atropelló un camión.
Timmy era un simpático Schnauzer miniatura. Le gustaba dormir en la pieza de su hijo Jeremy, y caminar de noche bajo la lluvia. Lo recibía siempre, a la vuelta de sus viajes, con un par de saltos y unos roncos ladridos. Pobre Timmy.
–Bueno –dijo él, le acarició el cabello, la apretó con fuerza, le limpió la nariz con la palma de una mano–. Bueno.
Ella levantó la cabeza.
–Estás lleno de granitos –le dijo–. Y tenés olor a pucho.
–Me salió un sarpullido, algo que comí con camarones –dijo H.–. En Bangkok fuman hasta los chicos de nueve años, Caro, debo tener olor a faso hasta en las medias, me pica todo. Pobre Timmy, che. Que macana.
5.2.11
Arbor dixit
Estaba retriste, estaba remal. Las cosas no me salían, a decir verdad no me habían salido nunca, los grandes rubros del horóscopo, tampoco el cambio chico, los detalles. Mi vida era un pulóver mal tejido. Me acababa de divorciar, la conchuda de Mónica no me quería dejar ver a Josefina. En el laburo había cambiado el gerente regional, y se contaba que el tipo venía a hacer una limpieza. Si miraba fijo una tira de asado o me pasaba una milanesa por el pecho el colesterol me subía a 33.
Salí de Rond Point, de discutir con Mónica. No sé por qué carajo me citaba en Rond Point, debía ser que después se iba al Shopping y le quedaba cómodo. Le dije que lo único que hacía era pedirme guita, me dijo que yo era un pelotudo, lo normal.
Salí, crucé Figueroa Alcorta en diagonal. Sábado, tres y media de la tarde. No tenía ganas de sentarme en un cine, no tenía ganas de caminar, no tenía a quién llamar.
Me senté en un banco de la plaza. Miré a un perro, un eléctrico Setter Irlandés que no podía parar de moverse, deberían construir perros que se movieran un poco más despacio. Miré a una piba que pasaba corriendo, flaquita, con calzas de ciclista, un culito firme y una mueca del más profundo fastidio, en la cara, no en el culo. Fumé dos cigarrillos.
Decidí volver a casa, a ver si podía dormir una siesta, aunque ya ni siquiera dormía demasiado de noche. Si dormía seis horas de corrido era para festejar. Caminé unos pasos, por Tagle creo, la que está frente a la embajada de Chile.
–Ey –miré, pero no me había tropezado con nadie, por la sencilla razón que no había nadie con quien tropezar–. Sí, vos.
Me detuve. Miré hacia arriba, la voz parecía haber venido de arriba.
–Soy el árbol –se agitaron las hojas, podía ser el viento. Tenía que ser el viento.
–No entiendo –me acerqué, dos o tres pasitos laterales, al tronco del árbol–. Quiero decir, no puede ser.
–Sí que puede ser, sí que puede ser –la voz era ronca, gruesa, grave, voz de alguien que ha fumado muchos años–. Los árboles estamos vivos, cualquiera lo sabe.
–Pero no hablan.
–¡Por que no queremos! –se rió, el árbol, una vegetal carcajada–. Por que no queremos, nada más.
–Es rarísimo –dije. Apoyé una palma, sobre el tronco, rugoso, fresco, algo latía debajo de la corteza, algo que yo era incapaz de descifrar–. No sé qué decir.
–No digas nada –dijo el árbol–. Y no tengas miedo. ¿Tenés miedo?
–No –le di un par de palmadas al tronco–. No creo que me vayas a pegar.
–¡Ja! –se rió el árbol, otra vez.
–Bueno, me voy a ir, antes de desmayarme –dije–. Si esto no es un sueño, si no me despierto en casa, otro día te paso a saludar.
–Bueno, dale. Pero no te hagas mala sangre, flaco. Se te ve preocupado, se te ve mal.
–Es que no me sale una –saqué otro cigarrillo– ¿Te molesta si fumo?
–No, fumá tranquilo. Nosotros hacemos la fotosíntesis, qué carajo me importa si fumás, forro.
–No me sale una, te decía. Estoy divorciado, y mi ex mujer no para de romperme las pelotas. El trabajo es una mierda. A la noche, a veces, tengo taquicardia. No doy más.
–Te hacés mucho problema, pibe –me cayó una hoja, del árbol, se deslizó por mi frente–. Es todo la cabeza. Mirame a mí. No me puedo mover, vienen los perros y pishan y pishan, siempre en el mismo lugar. Y vos tenés ganas de decirles ‘ya pishaste ese lado, pishame parejo’, pero no, qué boludos los perros, por Dios bendito y la Virgen que llora Fernet. Después algún gordito que se cree Rocky Balboa se te cuelga de una rama. ¡Pará, loco! ¿No ves que me matás? Y siempre hay un pelotudo que quiere venir, saca un cortaplumas, y quiere escribir algo, alguna gilada. Me estás haciendo mierda, loco, para escribir ‘Beto y Laura’. Si la mina está con vos, si te la estás cogiendo. ¡Decíselo! ¡Decile lo que quieras, pero no me lastimes más!
–Tenés razón –pité.
–Así que cortala. Qué depresión ni qué trastorno de ansiedad, boludo. A veces llueve, a veces hace calor, a veces te sentís bien, a veces no tenés con quien hablar. Cuando te parezca que la cosa está como el culo, pensá en mi situación. O vení a verme que yo te despabilo de un ramazo en la cabeza. No seas ingrato con lo que te tocó, loco. No jodas más.
–Tenés razón –dije otra vez. El árbol se quedó callado. Di un par de golpecitos sobre el tronco, pero nada. Al rato me fui.
Salí de Rond Point, de discutir con Mónica. No sé por qué carajo me citaba en Rond Point, debía ser que después se iba al Shopping y le quedaba cómodo. Le dije que lo único que hacía era pedirme guita, me dijo que yo era un pelotudo, lo normal.
Salí, crucé Figueroa Alcorta en diagonal. Sábado, tres y media de la tarde. No tenía ganas de sentarme en un cine, no tenía ganas de caminar, no tenía a quién llamar.
Me senté en un banco de la plaza. Miré a un perro, un eléctrico Setter Irlandés que no podía parar de moverse, deberían construir perros que se movieran un poco más despacio. Miré a una piba que pasaba corriendo, flaquita, con calzas de ciclista, un culito firme y una mueca del más profundo fastidio, en la cara, no en el culo. Fumé dos cigarrillos.
Decidí volver a casa, a ver si podía dormir una siesta, aunque ya ni siquiera dormía demasiado de noche. Si dormía seis horas de corrido era para festejar. Caminé unos pasos, por Tagle creo, la que está frente a la embajada de Chile.
–Ey –miré, pero no me había tropezado con nadie, por la sencilla razón que no había nadie con quien tropezar–. Sí, vos.
Me detuve. Miré hacia arriba, la voz parecía haber venido de arriba.
–Soy el árbol –se agitaron las hojas, podía ser el viento. Tenía que ser el viento.
–No entiendo –me acerqué, dos o tres pasitos laterales, al tronco del árbol–. Quiero decir, no puede ser.
–Sí que puede ser, sí que puede ser –la voz era ronca, gruesa, grave, voz de alguien que ha fumado muchos años–. Los árboles estamos vivos, cualquiera lo sabe.
–Pero no hablan.
–¡Por que no queremos! –se rió, el árbol, una vegetal carcajada–. Por que no queremos, nada más.
–Es rarísimo –dije. Apoyé una palma, sobre el tronco, rugoso, fresco, algo latía debajo de la corteza, algo que yo era incapaz de descifrar–. No sé qué decir.
–No digas nada –dijo el árbol–. Y no tengas miedo. ¿Tenés miedo?
–No –le di un par de palmadas al tronco–. No creo que me vayas a pegar.
–¡Ja! –se rió el árbol, otra vez.
–Bueno, me voy a ir, antes de desmayarme –dije–. Si esto no es un sueño, si no me despierto en casa, otro día te paso a saludar.
–Bueno, dale. Pero no te hagas mala sangre, flaco. Se te ve preocupado, se te ve mal.
–Es que no me sale una –saqué otro cigarrillo– ¿Te molesta si fumo?
–No, fumá tranquilo. Nosotros hacemos la fotosíntesis, qué carajo me importa si fumás, forro.
–No me sale una, te decía. Estoy divorciado, y mi ex mujer no para de romperme las pelotas. El trabajo es una mierda. A la noche, a veces, tengo taquicardia. No doy más.
–Te hacés mucho problema, pibe –me cayó una hoja, del árbol, se deslizó por mi frente–. Es todo la cabeza. Mirame a mí. No me puedo mover, vienen los perros y pishan y pishan, siempre en el mismo lugar. Y vos tenés ganas de decirles ‘ya pishaste ese lado, pishame parejo’, pero no, qué boludos los perros, por Dios bendito y la Virgen que llora Fernet. Después algún gordito que se cree Rocky Balboa se te cuelga de una rama. ¡Pará, loco! ¿No ves que me matás? Y siempre hay un pelotudo que quiere venir, saca un cortaplumas, y quiere escribir algo, alguna gilada. Me estás haciendo mierda, loco, para escribir ‘Beto y Laura’. Si la mina está con vos, si te la estás cogiendo. ¡Decíselo! ¡Decile lo que quieras, pero no me lastimes más!
–Tenés razón –pité.
–Así que cortala. Qué depresión ni qué trastorno de ansiedad, boludo. A veces llueve, a veces hace calor, a veces te sentís bien, a veces no tenés con quien hablar. Cuando te parezca que la cosa está como el culo, pensá en mi situación. O vení a verme que yo te despabilo de un ramazo en la cabeza. No seas ingrato con lo que te tocó, loco. No jodas más.
–Tenés razón –dije otra vez. El árbol se quedó callado. Di un par de golpecitos sobre el tronco, pero nada. Al rato me fui.
30.1.11
La ciega
Fue, más o menos, así.
Había arreglado para tomar un café con Martín, a eso de las cinco de la tarde. Me llamó Martín y me dijo que quería tomar un café, así que sólo podía tratarse de dos cosas. O Martín se había divorciado, otra vez, o necesitaba dinero, otra vez.
Arreglamos para vernos en el bar que está en Lacroze, a dos cuadras de Cabildo, nunca sé si es Villanueva o si es 11 de Septiembre. A Martín le queda bien el lugar porque trabaja por Belgrano, y después se va para Vicente López. A mí no me jode tomar un subte distinto.
Bajé en Olleros y la vi. Una mujer de más o menos cincuenta años, ciega, frágil, dubitativa, de pie en el andén. Acababa de bajar del subte, también, y parecía aturdida por el movimiento de gente que le obsequiaba indiferencia y fastidio en indefinibles proporciones.
La toqué apenas, un codo.
–¿La ayudo?
–Sí –dijo–. Por favor.
Le pregunté si estaba mal que yo la tomara del brazo, y le conté la historia de la vez que quise ayudar a un ciego a cruzar la calle, y el ciego me dijo ‘¡no me agarre!’, porque es el ciego el que agarra a la otra persona del brazo, y no al revés.
–Son resentidos –dijo, y se sonrió.
Caminamos hasta la escalera mecánica.
–Acá está la escalera –dije.
Subimos la otra escalera, despacio, deteniéndonos cada tres escalones, hasta la calle. Ella me tenía del brazo.
–Voy para Aguilar –dijo–. Muchas gracias.
–Si quiere la acompaño –dije. Total, eran dos o tres cuadras, y no eran todavía las cinco. Tenía tiempo, no hacía demasiado calor, me sentía bien.
–Es usted muy amable –dijo, y sonrió otra vez. Aunque no era una sonrisa, era un extraño rictus, la cara de los ciegos suele ser tan particular, o quizás sea el efecto que provocan esos traslúcidos ojos, como si en verdad te estuvieran observando pero desde mucho más lejos, desde otra parte que no sabemos dónde queda.
Caminamos por Cabildo, doblamos en Aguilar. Me costaba un poco adaptarme al ritmo de sus pasos, hacer las pausas. El tic tic de su bastón tanteando la vereda como el hocico de un perro. Le conté, más o menos, como pude, por hablar de algo, aquella historia de Borges. La historia donde Borges tiene que cruzar la 9 de Julio, y alguien que lo reconoce lo ayuda a cruzar. A mitad de camino, el sujeto amaga con soltar a Borges, con abandonarlo en medio de la avenida, y le dice ‘¿Sabe una cosa, maestro? Yo soy peronista’. Y Borges le responde ‘No se aflija, muchacho, yo también soy ciego’. Lanzó una contenida risita, como el graznido de un ave, como un hipo. Le pregunté cómo se arreglaba para moverse por la ciudad, me dijo que uno se acostumbra a todo. Trabajaba en el centro, ella también, en una dependencia ministerial.
–Acá es –se detuvo ante la fachada de un edificio viejo e intrascendente como tantos otros, una metálica puerta pintada de verde. La manija había perdido su antiguo dorado, con paciencia de araña trabajaba el óxido.
–Bueno –dije yo.
–Pase, pase un momento –ya había abierto y empujaba la pesada puerta–. Déjeme ofrecerle un té, o un vaso de agua. Vivo en planta baja.
Pasé. No sé por qué, pasé. La historia se desarrollaba sola, fluía, en una especie de cinta transportadora que carecía de incordios u objeciones.
Pasamos el enjaulado ascensor, doblamos a la derecha, se detuvo ante la puerta de su departamento.
Se agachó un poco, pensé que se le había caído la llave, pero no. Puso las manos sobre mis muslos, y ya estaba de rodillas, me desabrochó el cinturón. No sé cómo, pero quedé con el bastón blanco en una mano.
No quiero utilizar lenguaje excesivamente técnico, ni debiera ser preciso derrapar en la grosería. Me tiró de la goma. Me la chupó, con energía no exenta de cuidado, con método no exento de interés. Una experiencia tan inesperada como satisfactoria. Me apoyé con una mano contra el marco de la puerta. Miré hacia abajo, los cuadrados tacones de sus gastados zapatos, mientras ella cabeceaba. Acaricié su áspero y descuidado cabello.
Eyaculé como un vehemente babuino, como un intenso chimpancé.
Se puso de pie. Le devolví el bastón. Se pasó un dedo anular por una comisura de la boca. Me subí los calzoncillos, los pantalones, me até el cinto, resoplé.
–Yo –balbuceé–. Bueno, yo, o sea, no sé.
–Quedate tranquilo –abrió la puerta–. Estuvo todo muy bien.
–Yo –dije otra vez–. Yo –estaba estupefacto y satisfecho, algo atemorizado y feliz.
–No te preocupes –entró en su domicilio–. Me ayudaste en el andén, hiciste justo lo que yo necesitaba. Tuve ganas de hacer lo mismo por vos. Para eso, para saber con exactitud lo que necesita otra persona, no hace falta ver.
Había arreglado para tomar un café con Martín, a eso de las cinco de la tarde. Me llamó Martín y me dijo que quería tomar un café, así que sólo podía tratarse de dos cosas. O Martín se había divorciado, otra vez, o necesitaba dinero, otra vez.
Arreglamos para vernos en el bar que está en Lacroze, a dos cuadras de Cabildo, nunca sé si es Villanueva o si es 11 de Septiembre. A Martín le queda bien el lugar porque trabaja por Belgrano, y después se va para Vicente López. A mí no me jode tomar un subte distinto.
Bajé en Olleros y la vi. Una mujer de más o menos cincuenta años, ciega, frágil, dubitativa, de pie en el andén. Acababa de bajar del subte, también, y parecía aturdida por el movimiento de gente que le obsequiaba indiferencia y fastidio en indefinibles proporciones.
La toqué apenas, un codo.
–¿La ayudo?
–Sí –dijo–. Por favor.
Le pregunté si estaba mal que yo la tomara del brazo, y le conté la historia de la vez que quise ayudar a un ciego a cruzar la calle, y el ciego me dijo ‘¡no me agarre!’, porque es el ciego el que agarra a la otra persona del brazo, y no al revés.
–Son resentidos –dijo, y se sonrió.
Caminamos hasta la escalera mecánica.
–Acá está la escalera –dije.
Subimos la otra escalera, despacio, deteniéndonos cada tres escalones, hasta la calle. Ella me tenía del brazo.
–Voy para Aguilar –dijo–. Muchas gracias.
–Si quiere la acompaño –dije. Total, eran dos o tres cuadras, y no eran todavía las cinco. Tenía tiempo, no hacía demasiado calor, me sentía bien.
–Es usted muy amable –dijo, y sonrió otra vez. Aunque no era una sonrisa, era un extraño rictus, la cara de los ciegos suele ser tan particular, o quizás sea el efecto que provocan esos traslúcidos ojos, como si en verdad te estuvieran observando pero desde mucho más lejos, desde otra parte que no sabemos dónde queda.
Caminamos por Cabildo, doblamos en Aguilar. Me costaba un poco adaptarme al ritmo de sus pasos, hacer las pausas. El tic tic de su bastón tanteando la vereda como el hocico de un perro. Le conté, más o menos, como pude, por hablar de algo, aquella historia de Borges. La historia donde Borges tiene que cruzar la 9 de Julio, y alguien que lo reconoce lo ayuda a cruzar. A mitad de camino, el sujeto amaga con soltar a Borges, con abandonarlo en medio de la avenida, y le dice ‘¿Sabe una cosa, maestro? Yo soy peronista’. Y Borges le responde ‘No se aflija, muchacho, yo también soy ciego’. Lanzó una contenida risita, como el graznido de un ave, como un hipo. Le pregunté cómo se arreglaba para moverse por la ciudad, me dijo que uno se acostumbra a todo. Trabajaba en el centro, ella también, en una dependencia ministerial.
–Acá es –se detuvo ante la fachada de un edificio viejo e intrascendente como tantos otros, una metálica puerta pintada de verde. La manija había perdido su antiguo dorado, con paciencia de araña trabajaba el óxido.
–Bueno –dije yo.
–Pase, pase un momento –ya había abierto y empujaba la pesada puerta–. Déjeme ofrecerle un té, o un vaso de agua. Vivo en planta baja.
Pasé. No sé por qué, pasé. La historia se desarrollaba sola, fluía, en una especie de cinta transportadora que carecía de incordios u objeciones.
Pasamos el enjaulado ascensor, doblamos a la derecha, se detuvo ante la puerta de su departamento.
Se agachó un poco, pensé que se le había caído la llave, pero no. Puso las manos sobre mis muslos, y ya estaba de rodillas, me desabrochó el cinturón. No sé cómo, pero quedé con el bastón blanco en una mano.
No quiero utilizar lenguaje excesivamente técnico, ni debiera ser preciso derrapar en la grosería. Me tiró de la goma. Me la chupó, con energía no exenta de cuidado, con método no exento de interés. Una experiencia tan inesperada como satisfactoria. Me apoyé con una mano contra el marco de la puerta. Miré hacia abajo, los cuadrados tacones de sus gastados zapatos, mientras ella cabeceaba. Acaricié su áspero y descuidado cabello.
Eyaculé como un vehemente babuino, como un intenso chimpancé.
Se puso de pie. Le devolví el bastón. Se pasó un dedo anular por una comisura de la boca. Me subí los calzoncillos, los pantalones, me até el cinto, resoplé.
–Yo –balbuceé–. Bueno, yo, o sea, no sé.
–Quedate tranquilo –abrió la puerta–. Estuvo todo muy bien.
–Yo –dije otra vez–. Yo –estaba estupefacto y satisfecho, algo atemorizado y feliz.
–No te preocupes –entró en su domicilio–. Me ayudaste en el andén, hiciste justo lo que yo necesitaba. Tuve ganas de hacer lo mismo por vos. Para eso, para saber con exactitud lo que necesita otra persona, no hace falta ver.
25.1.11
Hámster
Cuando mires tu vida con una delicada distancia, con una generosa perspectiva, notarás, los últimos cinco o siete años no fueron mucho más, no muy diferente, que un hámster en una jaula pedaleando su ruedita.
Ya sé, ya sé, la imagen es dolorosa, incomoda un poco, fastidia.
En una oportunidad fui a una veterinaria, estaba algo borracho quizás, lo admito, con una bufanda de frustración y tristeza enroscada al cuello. Compré el hámster que vi en la vidriera, con la rueda, y la jaulita. Dije que era un regalo para mi hija.
Salí a la calle, metí la mano, y lo solté. Era para mí la cosa más importante que podía hacer en mi vida. Puse al hámster, blanquito, con una mancha un poco negra y un poco café con leche sobre gran parte del lomo, lo solté, decía, lo puse sobre la vereda.
El hámster me miró, algo contrariado, y después, así, igual que como estás haciendo vos, negó con la cabecita.
Ya sé, ya sé, la imagen es dolorosa, incomoda un poco, fastidia.
En una oportunidad fui a una veterinaria, estaba algo borracho quizás, lo admito, con una bufanda de frustración y tristeza enroscada al cuello. Compré el hámster que vi en la vidriera, con la rueda, y la jaulita. Dije que era un regalo para mi hija.
Salí a la calle, metí la mano, y lo solté. Era para mí la cosa más importante que podía hacer en mi vida. Puse al hámster, blanquito, con una mancha un poco negra y un poco café con leche sobre gran parte del lomo, lo solté, decía, lo puse sobre la vereda.
El hámster me miró, algo contrariado, y después, así, igual que como estás haciendo vos, negó con la cabecita.
20.1.11
Nomenclador de boludos -addendum-
Ya está, ya fue escrito, lo que yo creía el definitivo catálogo de los boludos. La estricta tipificación, el preciso detalle que permitiera, incluso para el más distraído, la unívoca identificación. Quizás encontrarse.
Pero el abstruso campo de las ciencias sociales tiene sus vericuetos, carece justamente de la matemática precisión, de la rigurosidad del laboratorio. Estamos en presencia de un organismo vivo que muta, y en el caso que nos ocupa, crece. Eso, la pasión de entomólogo, es lo que me obliga a volver sobre tan álgido tema. Vaya entonces el presente apéndice para el nomenclador de boludos.
Boludo Balboa. Es el boludo vigoroso, enérgico. Es el boludo que desea escalar montañas, un boludo que se pone a empujar un automóvil, para ayudar, sin que nadie se lo pida. Es un boludo maratonista, desde ya. Un boludo al que le gusta veranear en carpa. Un boludo para el cual no hay nada mejor que las mudanzas, bajar una heladera por las escaleras, ir a las siete de la mañana y trotar bajo la lluvia, con mucho viento, con frío.
Boludo/a hidratado/a. Es, por lo general, mayormente, una boluda. Lleva una botellita de agua, o de alguno de esos híbridos, entre agua y jugo, siempre. En la cartera, en la mano, en la mochila. Es una boluda que va dando pequeños sorbitos de su botella descartable, en el subte por ejemplo, o en la parada del colectivo, como si estuviera jugando un tie break con Federer. Es una boluda que ha visto algún comercial de televisión, y cree que mientras ingiera dos litros de agua por día, nada malo podrá pasarle. Es una boluda que toma un sorbito de agua antes de dar vuelta cada página del diario, un sorbito de agua antes de preguntarte dónde queda la calle Anchorena. Quizás allí esté colocado su secreto anhelo de sorber un pito, sumado desde ya a un tremendo temor a marchitarse, a despertar un día y que su vulva esté más seca que una baldosa de porcelanato.
Boludo cuasimoneda. Es un boludo de precaria condición económica, un boludo que en cualquier circunstancia donde deba abonar algo, intentará hacerlo con cualquier cosa, menos dinero. Es un boludo, o una boluda, que al llegar a la caja para sacar dos entradas al cine, dirá: ¿se puede pagar con tres gaturros, una estampilla del número cuatro de Finlandia, y tarjeta del Banco Tolompetti? Es un boludo que necesitará en la caja cuatro del supermercado de barrio, once operaciones, dos sellos, tres firmas, para pagar un Gancia y un paquete de húmedas papas fritas. Y mientras lleva a cabo el patético y desopilante procedimiento, pondrá carita como si estuviera cerrando la compra del Trump Plaza y cogiéndose a la hija de Donald Trump, al mismo tiempo.
Boludo emblemático (o boluda emblemática). Es un boludo que cree que si usa palabras como ‘emblemático’, o ‘paradigmático’, o ‘patológico’, como por arte de magia logrará que su tremenda boludez resulte diluida.
Ejemplo 1
–Che, vos sabés que Martita anda todas las mañanas con un tremendo dolor de cabeza.
–Eso es sintomático. Hay que ver que se esconde detrás de esa patología.
Ejemplo 2
–Vení, que te la voy a poner un ratito.
–Vos ponés la líbido en lo fálico para no discutir la existencial angustia de mi vacío antropométrico.
Ejemplo 3
–¿Me pasás la Fanta?
–Nuestra relación se basa en el sometimiento, en la sumisión, la mía, que transforma nuestro vínculo, que alguna vez fue idílico, en paródico.
Boludo de corcho, o boludo flotante. Es un boludo que tiene una sentencia, una sola, sobre cualquier tema que se esté conversando. Y cree que con eso ha logrado transmitir el halo de luz que todos los participantes de la conversación anhelaban. Es un boludo que dirá ‘si comés semillas de sésamo a la mañana no tenés colesterol’. O dirá ‘andá a Mar Azul en lugar de Cariló, si la arena es igual en todas partes’. O dirá ‘con la inseguridad que hay, yo jamás manejaría un descapotable’. Es un boludo que no resiste la más mínima repregunta, por que sencillamente jamás tuvo un argumento ni nada para decir más allá de la sentencia que ha escuchado en alguna parte.
Nada más por hoy. Publíquese, archívese.
Pero el abstruso campo de las ciencias sociales tiene sus vericuetos, carece justamente de la matemática precisión, de la rigurosidad del laboratorio. Estamos en presencia de un organismo vivo que muta, y en el caso que nos ocupa, crece. Eso, la pasión de entomólogo, es lo que me obliga a volver sobre tan álgido tema. Vaya entonces el presente apéndice para el nomenclador de boludos.
Boludo Balboa. Es el boludo vigoroso, enérgico. Es el boludo que desea escalar montañas, un boludo que se pone a empujar un automóvil, para ayudar, sin que nadie se lo pida. Es un boludo maratonista, desde ya. Un boludo al que le gusta veranear en carpa. Un boludo para el cual no hay nada mejor que las mudanzas, bajar una heladera por las escaleras, ir a las siete de la mañana y trotar bajo la lluvia, con mucho viento, con frío.
Boludo/a hidratado/a. Es, por lo general, mayormente, una boluda. Lleva una botellita de agua, o de alguno de esos híbridos, entre agua y jugo, siempre. En la cartera, en la mano, en la mochila. Es una boluda que va dando pequeños sorbitos de su botella descartable, en el subte por ejemplo, o en la parada del colectivo, como si estuviera jugando un tie break con Federer. Es una boluda que ha visto algún comercial de televisión, y cree que mientras ingiera dos litros de agua por día, nada malo podrá pasarle. Es una boluda que toma un sorbito de agua antes de dar vuelta cada página del diario, un sorbito de agua antes de preguntarte dónde queda la calle Anchorena. Quizás allí esté colocado su secreto anhelo de sorber un pito, sumado desde ya a un tremendo temor a marchitarse, a despertar un día y que su vulva esté más seca que una baldosa de porcelanato.
Boludo cuasimoneda. Es un boludo de precaria condición económica, un boludo que en cualquier circunstancia donde deba abonar algo, intentará hacerlo con cualquier cosa, menos dinero. Es un boludo, o una boluda, que al llegar a la caja para sacar dos entradas al cine, dirá: ¿se puede pagar con tres gaturros, una estampilla del número cuatro de Finlandia, y tarjeta del Banco Tolompetti? Es un boludo que necesitará en la caja cuatro del supermercado de barrio, once operaciones, dos sellos, tres firmas, para pagar un Gancia y un paquete de húmedas papas fritas. Y mientras lleva a cabo el patético y desopilante procedimiento, pondrá carita como si estuviera cerrando la compra del Trump Plaza y cogiéndose a la hija de Donald Trump, al mismo tiempo.
Boludo emblemático (o boluda emblemática). Es un boludo que cree que si usa palabras como ‘emblemático’, o ‘paradigmático’, o ‘patológico’, como por arte de magia logrará que su tremenda boludez resulte diluida.
Ejemplo 1
–Che, vos sabés que Martita anda todas las mañanas con un tremendo dolor de cabeza.
–Eso es sintomático. Hay que ver que se esconde detrás de esa patología.
Ejemplo 2
–Vení, que te la voy a poner un ratito.
–Vos ponés la líbido en lo fálico para no discutir la existencial angustia de mi vacío antropométrico.
Ejemplo 3
–¿Me pasás la Fanta?
–Nuestra relación se basa en el sometimiento, en la sumisión, la mía, que transforma nuestro vínculo, que alguna vez fue idílico, en paródico.
Boludo de corcho, o boludo flotante. Es un boludo que tiene una sentencia, una sola, sobre cualquier tema que se esté conversando. Y cree que con eso ha logrado transmitir el halo de luz que todos los participantes de la conversación anhelaban. Es un boludo que dirá ‘si comés semillas de sésamo a la mañana no tenés colesterol’. O dirá ‘andá a Mar Azul en lugar de Cariló, si la arena es igual en todas partes’. O dirá ‘con la inseguridad que hay, yo jamás manejaría un descapotable’. Es un boludo que no resiste la más mínima repregunta, por que sencillamente jamás tuvo un argumento ni nada para decir más allá de la sentencia que ha escuchado en alguna parte.
Nada más por hoy. Publíquese, archívese.
15.1.11
Proceso de ajuste
Suena el teléfono, el teléfono celular. Estoy sentado en un bar, no deben ser las nueve de la mañana, todavía.
–Hola, bichi –es una voz de mujer, se mezcla la somnolencia con la dulzura–. Te quería decir que ayer me rompiste toda, perdí la cuenta de los orgasmos, me hice sopa. La almohada tiene tu olorcito, voy a seguir durmiendo, te quiero, chau –corta.
Entra una mujer, al bar. Se sienta frente a mí. Está ojerosa, demacrada, algo excedida de peso. Los labios pintados de un rosa pálido que dan ganas de llorar.
–Te odio, hijo de puta. Te di los mejores años de mi vida. Mejor que me empieces a pasar la plata que dijo el abogado, por que si no a Catalina no la ves más. Ah, sos un asco de persona, te lo quería decir –Se levanta, piensa por un momento si tirarme a la cara el agua del vasito que está sobre la mesa, o mejor aún el vasito. Después se toma el agua, de pie, y se va con el vasito en la mano.
Suena el teléfono, el teléfono celular.
–Sí, mago –dice la voz, masculina, muy ronca–. Salió todo perfecto, cobramos. Tengo tu parte, las noventa lucas. Tenemos que ir a tomarnos un champán del bueno, los muchachos quieren festejar –corta.
Entra un hombre. Lleva un maletín de esos triangulares, como de visitador médico. El hombre se sienta, las axilas de la camisa manchadas de un viejo y oxidado sudor. Enciende un cigarrillo, Jockey Suave, da una pitada.
–Estamos en el horno –dice–. Se cayó el comprador del local. Dicen los proveedores que no esperan más, si no empezamos a pagar nos pasan por encima. ¿Sabés cuánto hicimos ayer? No alcanza ni para pagarle a las pibas de la limpieza. Vos y tus ideas de mierda. ¿Qué carajo sabíamos nosotros de gastronomía? Hay que presentar la quiebra, esconderse por un tiempo, después buscar un laburito. Qué vida de mierda, estoy podrido de remar.
Apaga el cigarrillo en mi pocillo de café. Me deja un manojo de papeles, se levanta, se va.
Lo que pasa, lo que está pasando, creo, es que ayer me compré un magnífico teléfono celular, el teléfono celular que siempre quise tener. Pero todavía sigo siendo yo.
–Hola, bichi –es una voz de mujer, se mezcla la somnolencia con la dulzura–. Te quería decir que ayer me rompiste toda, perdí la cuenta de los orgasmos, me hice sopa. La almohada tiene tu olorcito, voy a seguir durmiendo, te quiero, chau –corta.
Entra una mujer, al bar. Se sienta frente a mí. Está ojerosa, demacrada, algo excedida de peso. Los labios pintados de un rosa pálido que dan ganas de llorar.
–Te odio, hijo de puta. Te di los mejores años de mi vida. Mejor que me empieces a pasar la plata que dijo el abogado, por que si no a Catalina no la ves más. Ah, sos un asco de persona, te lo quería decir –Se levanta, piensa por un momento si tirarme a la cara el agua del vasito que está sobre la mesa, o mejor aún el vasito. Después se toma el agua, de pie, y se va con el vasito en la mano.
Suena el teléfono, el teléfono celular.
–Sí, mago –dice la voz, masculina, muy ronca–. Salió todo perfecto, cobramos. Tengo tu parte, las noventa lucas. Tenemos que ir a tomarnos un champán del bueno, los muchachos quieren festejar –corta.
Entra un hombre. Lleva un maletín de esos triangulares, como de visitador médico. El hombre se sienta, las axilas de la camisa manchadas de un viejo y oxidado sudor. Enciende un cigarrillo, Jockey Suave, da una pitada.
–Estamos en el horno –dice–. Se cayó el comprador del local. Dicen los proveedores que no esperan más, si no empezamos a pagar nos pasan por encima. ¿Sabés cuánto hicimos ayer? No alcanza ni para pagarle a las pibas de la limpieza. Vos y tus ideas de mierda. ¿Qué carajo sabíamos nosotros de gastronomía? Hay que presentar la quiebra, esconderse por un tiempo, después buscar un laburito. Qué vida de mierda, estoy podrido de remar.
Apaga el cigarrillo en mi pocillo de café. Me deja un manojo de papeles, se levanta, se va.
Lo que pasa, lo que está pasando, creo, es que ayer me compré un magnífico teléfono celular, el teléfono celular que siempre quise tener. Pero todavía sigo siendo yo.
10.1.11
Fanático
–¡Gol, carajo! –Saltamos todos, rodamos varios escalones abajo, enroscados. Un amasijo de cuerpos.
–¡Grande, papá, grande! –una radio de mano crujió ante el pisotón de un gordo– ¡Rospide a la selección, maquinola!
Nos caímos, una chica con por lo menos siete aritos en una oreja se puso de pie, sonriendo, y se acomodó, como pudo, las tetas primero, el corpiño después, debajo de su musculosa a rayas. Alguien buscaba, entre los tablones de la tribuna, un zapato.
–¡Olé olé, olé olé olá…! –Cantamos, cantamos todos, saltando. Un viejo se oprimía con un índice y un pulgar los globos oculares, por debajo de los lentes, murmuraba una especie de rezo, lloraba.
El guitarrista avanzó, tres pasos, y arrancó con los primeros acordes. Corrimos todos por el césped, hacia delante, movidos por una superior fuerza, que era la de todos los que empujaban detrás nuestro pero también era algo más, como si la música tuviera un imán. Pisé gente, alguien perdió los lentes pero dijo ‘No importa, loco, qué importa. ¡Escuchá, escuchalo al Jimmy!’.
Las chicas trataban de sacar fotos con los celulares en alto. Hubo una explosión de luz, fuegos artificiales apuntando a desgarrar el centro mismo de la noche. El sonido era como si te arrancaran las orejas a mordiscones. Me pasaron un faso. Pité. Alguien saltaba, saltábamos todos, sentía patadas de atrás, rodillazos.
Ahora, si me preguntás el resultado del partido que fui a ver, si me preguntás incluso qué equipos jugaban, si fue penal o si los goles de palomita valen doble, no tengo la más mínima idea.
Si me preguntás el nombre de la banda del recital, si me preguntás si es una banda de metal pesado o los stones austríacos, cuánto duró el concierto, no sé, no importa.
Lo que yo necesitaba era que alguien me abrace, sentir aunque sea una mano en un hombro, tocar un tobillo, rozar quizás un muslo o una nalga, oler un puñado de cabello humano. Estoy resolo, disculpame.
–¡Grande, papá, grande! –una radio de mano crujió ante el pisotón de un gordo– ¡Rospide a la selección, maquinola!
Nos caímos, una chica con por lo menos siete aritos en una oreja se puso de pie, sonriendo, y se acomodó, como pudo, las tetas primero, el corpiño después, debajo de su musculosa a rayas. Alguien buscaba, entre los tablones de la tribuna, un zapato.
–¡Olé olé, olé olé olá…! –Cantamos, cantamos todos, saltando. Un viejo se oprimía con un índice y un pulgar los globos oculares, por debajo de los lentes, murmuraba una especie de rezo, lloraba.
El guitarrista avanzó, tres pasos, y arrancó con los primeros acordes. Corrimos todos por el césped, hacia delante, movidos por una superior fuerza, que era la de todos los que empujaban detrás nuestro pero también era algo más, como si la música tuviera un imán. Pisé gente, alguien perdió los lentes pero dijo ‘No importa, loco, qué importa. ¡Escuchá, escuchalo al Jimmy!’.
Las chicas trataban de sacar fotos con los celulares en alto. Hubo una explosión de luz, fuegos artificiales apuntando a desgarrar el centro mismo de la noche. El sonido era como si te arrancaran las orejas a mordiscones. Me pasaron un faso. Pité. Alguien saltaba, saltábamos todos, sentía patadas de atrás, rodillazos.
Ahora, si me preguntás el resultado del partido que fui a ver, si me preguntás incluso qué equipos jugaban, si fue penal o si los goles de palomita valen doble, no tengo la más mínima idea.
Si me preguntás el nombre de la banda del recital, si me preguntás si es una banda de metal pesado o los stones austríacos, cuánto duró el concierto, no sé, no importa.
Lo que yo necesitaba era que alguien me abrace, sentir aunque sea una mano en un hombro, tocar un tobillo, rozar quizás un muslo o una nalga, oler un puñado de cabello humano. Estoy resolo, disculpame.
5.1.11
Cagó Mariano
El abuelo de Mariano era un hombre de pocas palabras. Quizás porque no entendía mucho el idioma, no había aprendido a hablarlo, mucho menos a leerlo. Compraba el diario para luchar un poco con los titulares, miraba las fotos.
Tampoco se lo podía culpar de nada. Era un polaco bruto, escapado de la invasión alemana por los pelos, un hermano lo había metido en un tren y logró salvarlo. Conoció a una mujer en el barco, y se casó apenas pisó la Argentina. Gente feliz de poder tomar un café o comer una naranja, habiendo escapado del hambre y de la guerra. Fuertes como toros, trabajadores con ganas de forjarse un porvenir, en una Argentina que era pura potencialidad, antes que todo se fuera a la mierda para nunca más volver.
El asunto es que el abuelo de Mariano se enfermó del corazón, fue dejando de trabajar, iba al café a jugar al dominó con los amigos, cascarrabias, se quejaba de un mundo que no entendía, veía crecer a sus nietos. Finalmente se murió.
Había logrado ahorrar dinero, después de veinte años de trabajo, el abuelo de Mariano. Dejó un par de departamentos, un reloj de oro, un plazo fijo en un banco, a nombre de sus tres hijos.
Lo que no dijo, el abuelo de Mariano, fue que prolijamente, además de ir viviendo, había ido guardando cierta cantidad de efectivo. Dólares. Si hubiera vivido en una casa, los hubiera enterrado en el jardín, como sin dudas le hubiera aconsejado su padre. Pero vivía en un departamento, en Villa Crespo, el abuelo de Mariano.
Lo que había hecho, el abuelo de Mariano, sin decirle a nadie, fue ir envasando el dinero, al vacío, para ponerlo luego en el tanque, detrás del botón, la cadena, donde está el agua del inodoro. El dinero, los fajos, flotaban en el depósito de agua. Una magistral idea.
Pero el abuelo de Mariano se murió un día sin avisar, como se suele morir la gente, sin decir nada, nada respecto a esos ahorros, al efectivo.
Por circunstancias, por situaciones, por esas cosas que pasan, Mariano tuvo un traumático divorcio, con crisis y amenazas y una mujer que trató de apuñalarlo mientras dormía. Finalmente, tratando de juntar los pedazos que le permitieran continuar con algo parecido a una vida, Mariano terminó viviendo en el departamento de su abuelo, que el papá de Mariano había alquilado durante años a gente conocida de la familia. El padre de Mariano tenía la certeza que Mariano era un pelotudo, pero además tenía la certeza que Mariano era su hijo. Así que le prestó el departamento, a Mariano, el departamento que le había dejado a su vez su padre. Mariano prometió que pagaría un alquiler ni bien lograra enderezar un poco la precaria canoa de su existencia.
Y Mariano, un domingo cualquiera al poco tiempo de haberse mudado, después de desayunar, todavía deprimido por lo que le había venido sucediendo, con el suplemento deportivo del diario en las manos, tuvo deseos de cagar. Fue al baño.
Cagó, Mariano, intensamente, con esa particular melodía que tienen los imperativos categóricos.
Soltó la cadena, Mariano, y se le ocurrió mirar, para abajo, porque le pareció que el inodoro quizás estaba un poco atascado, un viejo departamento en un todavía más viejo edificio, azulejitos celestes en el baño, azulejitos de un pálido amarillo en la cocina, azulejitos por todas partes como para ponerse a llorar toda una vida.
Vio entonces, Mariano, que entre la mierda flotaba dinero. Húmedos y al mismo tiempo relucientes billetes de cien dólares, entre los más o menos familiares soretes de su autoría. Más soltaba la cadena Mariano pensando que había enloquecido por completo, más billetes aparecían.
Se le ocurrió pensar, a Mariano, que el universo mismo le estaba dando otra oportunidad, que todo aquello debía tener un tan enigmático como profundo significado. Por que lo primero que pensó Mariano fue que los billetes los había cagado él. Mientras sacaba los billetes del inodoro, de a uno, con dos dedos, y los lavaba en la pileta para inmediatamente después secarlos con un repasador y alinearlos sobre el piso de la cocina, Mariano pensó que tenía que hacer algunos cambios, algunos ajustes. Con la milagrosa y desde ya algo singular capacidad adquirida le sería posible armarse, seguir adelante, comenzar una nueva vida.
Tampoco se lo podía culpar de nada. Era un polaco bruto, escapado de la invasión alemana por los pelos, un hermano lo había metido en un tren y logró salvarlo. Conoció a una mujer en el barco, y se casó apenas pisó la Argentina. Gente feliz de poder tomar un café o comer una naranja, habiendo escapado del hambre y de la guerra. Fuertes como toros, trabajadores con ganas de forjarse un porvenir, en una Argentina que era pura potencialidad, antes que todo se fuera a la mierda para nunca más volver.
El asunto es que el abuelo de Mariano se enfermó del corazón, fue dejando de trabajar, iba al café a jugar al dominó con los amigos, cascarrabias, se quejaba de un mundo que no entendía, veía crecer a sus nietos. Finalmente se murió.
Había logrado ahorrar dinero, después de veinte años de trabajo, el abuelo de Mariano. Dejó un par de departamentos, un reloj de oro, un plazo fijo en un banco, a nombre de sus tres hijos.
Lo que no dijo, el abuelo de Mariano, fue que prolijamente, además de ir viviendo, había ido guardando cierta cantidad de efectivo. Dólares. Si hubiera vivido en una casa, los hubiera enterrado en el jardín, como sin dudas le hubiera aconsejado su padre. Pero vivía en un departamento, en Villa Crespo, el abuelo de Mariano.
Lo que había hecho, el abuelo de Mariano, sin decirle a nadie, fue ir envasando el dinero, al vacío, para ponerlo luego en el tanque, detrás del botón, la cadena, donde está el agua del inodoro. El dinero, los fajos, flotaban en el depósito de agua. Una magistral idea.
Pero el abuelo de Mariano se murió un día sin avisar, como se suele morir la gente, sin decir nada, nada respecto a esos ahorros, al efectivo.
Por circunstancias, por situaciones, por esas cosas que pasan, Mariano tuvo un traumático divorcio, con crisis y amenazas y una mujer que trató de apuñalarlo mientras dormía. Finalmente, tratando de juntar los pedazos que le permitieran continuar con algo parecido a una vida, Mariano terminó viviendo en el departamento de su abuelo, que el papá de Mariano había alquilado durante años a gente conocida de la familia. El padre de Mariano tenía la certeza que Mariano era un pelotudo, pero además tenía la certeza que Mariano era su hijo. Así que le prestó el departamento, a Mariano, el departamento que le había dejado a su vez su padre. Mariano prometió que pagaría un alquiler ni bien lograra enderezar un poco la precaria canoa de su existencia.
Y Mariano, un domingo cualquiera al poco tiempo de haberse mudado, después de desayunar, todavía deprimido por lo que le había venido sucediendo, con el suplemento deportivo del diario en las manos, tuvo deseos de cagar. Fue al baño.
Cagó, Mariano, intensamente, con esa particular melodía que tienen los imperativos categóricos.
Soltó la cadena, Mariano, y se le ocurrió mirar, para abajo, porque le pareció que el inodoro quizás estaba un poco atascado, un viejo departamento en un todavía más viejo edificio, azulejitos celestes en el baño, azulejitos de un pálido amarillo en la cocina, azulejitos por todas partes como para ponerse a llorar toda una vida.
Vio entonces, Mariano, que entre la mierda flotaba dinero. Húmedos y al mismo tiempo relucientes billetes de cien dólares, entre los más o menos familiares soretes de su autoría. Más soltaba la cadena Mariano pensando que había enloquecido por completo, más billetes aparecían.
Se le ocurrió pensar, a Mariano, que el universo mismo le estaba dando otra oportunidad, que todo aquello debía tener un tan enigmático como profundo significado. Por que lo primero que pensó Mariano fue que los billetes los había cagado él. Mientras sacaba los billetes del inodoro, de a uno, con dos dedos, y los lavaba en la pileta para inmediatamente después secarlos con un repasador y alinearlos sobre el piso de la cocina, Mariano pensó que tenía que hacer algunos cambios, algunos ajustes. Con la milagrosa y desde ya algo singular capacidad adquirida le sería posible armarse, seguir adelante, comenzar una nueva vida.
30.12.10
Para qué me preguntás
Escribo porque me hace bien la lluvia, trae recuerdos de otra lluvia, una madrugada en la playa.
Escribo porque nadie quiso bailar lento conmigo, cuando era chico, cuando importaba.
Escribo porque cuando veo a tu hijo quisiera tener un perro, y cuando veo a tu perro quisiera tener un hijo.
Escribo porque tu amor llega tarde, siempre tarde, tu amor huele a queso demasiado tiempo dejado en la góndola de un supermercado de barrio.
Escribo porque mi dolor es mejor que tu dolor, mi fracaso es mejor que tu fracaso.
Escribo porque no tengo nada para hacer hasta el próximo whisky.
Escribo porque todo podría ser peor, podría ser como vos, for example.
Escribo porque ya fue dicho antes y será dicho después, pero ahora me toca decirlo a mí, ahora lo estoy diciendo yo.
Escribo porque me sirve mirar por la ventana de un bar, no hay mejor manera de pasar el rato.
Escribo porque es algo fisiológico, como rascarse el culo o meterse el dedo en la nariz.
Escribo porque me gusta, también.
Escribo porque nadie quiso bailar lento conmigo, cuando era chico, cuando importaba.
Escribo porque cuando veo a tu hijo quisiera tener un perro, y cuando veo a tu perro quisiera tener un hijo.
Escribo porque tu amor llega tarde, siempre tarde, tu amor huele a queso demasiado tiempo dejado en la góndola de un supermercado de barrio.
Escribo porque mi dolor es mejor que tu dolor, mi fracaso es mejor que tu fracaso.
Escribo porque no tengo nada para hacer hasta el próximo whisky.
Escribo porque todo podría ser peor, podría ser como vos, for example.
Escribo porque ya fue dicho antes y será dicho después, pero ahora me toca decirlo a mí, ahora lo estoy diciendo yo.
Escribo porque me sirve mirar por la ventana de un bar, no hay mejor manera de pasar el rato.
Escribo porque es algo fisiológico, como rascarse el culo o meterse el dedo en la nariz.
Escribo porque me gusta, también.
25.12.10
Mañanita
Estoy tomando café con leche. Con tostadas. Con queso, y con mermelada. Ella, sentada frente a mí, hojea un diario. Es un bar, del otro lado del vidrio empujan los autos.
–Secuestraron un avión de British Airways –dice, lee, mezcla, de indolente y por qué no anárquica manera, lo que dice, con lo que lee, las dos cosas–. Eran terroristas paquistaníes. Querían que les devolvieran Cachemira, pero querían guita, también, seguro. Amenazaron con cuchillos a las azafatas. Uno se abrió la camisa y tenía un explosivo plástico, no entiendo cómo pudo pasar los controles del aeropuerto.
Niego con la cabeza, como diciendo que si ella no entiende, lo mejor, lo que corresponde, es que yo tampoco entienda. Muerdo una tostada. La tostada se parte y por un momento parece a punto de caer, pero logro emprolijar la situación, evitar la caída, masticando todo lo que tengo en la mano de un saque. Me chupo una falange manchada de mermelada. El terrorismo se ha vuelto una orgía de todos contra todos. Me hace acordar a una vieja película de W. Allen, donde dos bandas intentaban asaltar un banco al mismo tiempo. Terminaban haciendo que voten, los asaltados, para decidir por quiénes querían ser asaltados. Punto para Allen.
–Hubo un terremoto, en Tailandia, en Nam Sen Pang –dice–. Hay un centro turístico ahí, donde los alemanes van a coger con chicos. En realidad fue un maremoto. Se devoró los tres hoteles del complejo como si estuvieran hechos de hojaldre. Murieron hasta ahora trescientas setenta y cinco personas, entre turistas y nativos. Se generó una ola de cuarenta y siete metros que se tragó todo. Eso es Dios, sabés. Eso es Dios que se enoja y dice ‘déjense de joder con los chicos’. Es Dios que avisa que puede terminar con el mundo si se le da la gana.
–Premios y castigos. El viejo tema de premios y castigos –digo, doy otro sorbo al café con leche. Por la calle pasa un Schnauzer miniatura, sin correa. Pasa y mira por un segundo para adentro del bar. Mira, pero no ladra. Buen perro.
–Hoy cortan la Nueve de Julio –da vuelta una página, levanta el diario, como si quisiera concentrarse en una foto–. Cortan el Congreso, también. Hay una marcha contra la inseguridad, y una marcha por los derechos del niño, y un reclamo por los derechos originales del aborigen patagónico, y una marcha por los que perdieron sus departamentos por culpa de las escribanías, y una marcha contra el dengue, también. La ciudad va a ser un caos.
–Creo que la gente marcharía aunque les dieran exactamente lo que piden –digo–. Hemos descubierto, finalmente, nuestro destino como nación. Somos y seremos, por los siglos de los siglos, un país en marcha. Dicen que caminar hace bien al corazón, también.
Hace un desaprobatorio chistido. No le ha gustado mi comentario. Ella lleva, creo, unos buenos diez años en la facultad de ciencias sociales. Le gusta decir palabras como ‘coyuntura’, o ‘compromiso’. También le gustan las palabras ‘patología’ y ‘emblemático’. El idioma tiene muchísimas palabras, uno puede utilizar las que más le gusten.
–No te interesa mucho lo que te estoy diciendo –ha cerrado el diario, apoya ambas palmas sobre la mesa. Está un poco inclinada hacia delante–. ¿No te preocupa lo que pasa en el mundo?
–Mirá –digo. Lo último del café con leche es la parte más rica, porque el azúcar se deposita en el fondo. Prácticamente meto la nariz en la taza, como si fuera un oso hormiguero–. Será que estar acá, desayunando con vos, cubre en exceso mi cuota de tragedias. No creo que haya ninguna noticia capaz de empeorar este momento.
–Secuestraron un avión de British Airways –dice, lee, mezcla, de indolente y por qué no anárquica manera, lo que dice, con lo que lee, las dos cosas–. Eran terroristas paquistaníes. Querían que les devolvieran Cachemira, pero querían guita, también, seguro. Amenazaron con cuchillos a las azafatas. Uno se abrió la camisa y tenía un explosivo plástico, no entiendo cómo pudo pasar los controles del aeropuerto.
Niego con la cabeza, como diciendo que si ella no entiende, lo mejor, lo que corresponde, es que yo tampoco entienda. Muerdo una tostada. La tostada se parte y por un momento parece a punto de caer, pero logro emprolijar la situación, evitar la caída, masticando todo lo que tengo en la mano de un saque. Me chupo una falange manchada de mermelada. El terrorismo se ha vuelto una orgía de todos contra todos. Me hace acordar a una vieja película de W. Allen, donde dos bandas intentaban asaltar un banco al mismo tiempo. Terminaban haciendo que voten, los asaltados, para decidir por quiénes querían ser asaltados. Punto para Allen.
–Hubo un terremoto, en Tailandia, en Nam Sen Pang –dice–. Hay un centro turístico ahí, donde los alemanes van a coger con chicos. En realidad fue un maremoto. Se devoró los tres hoteles del complejo como si estuvieran hechos de hojaldre. Murieron hasta ahora trescientas setenta y cinco personas, entre turistas y nativos. Se generó una ola de cuarenta y siete metros que se tragó todo. Eso es Dios, sabés. Eso es Dios que se enoja y dice ‘déjense de joder con los chicos’. Es Dios que avisa que puede terminar con el mundo si se le da la gana.
–Premios y castigos. El viejo tema de premios y castigos –digo, doy otro sorbo al café con leche. Por la calle pasa un Schnauzer miniatura, sin correa. Pasa y mira por un segundo para adentro del bar. Mira, pero no ladra. Buen perro.
–Hoy cortan la Nueve de Julio –da vuelta una página, levanta el diario, como si quisiera concentrarse en una foto–. Cortan el Congreso, también. Hay una marcha contra la inseguridad, y una marcha por los derechos del niño, y un reclamo por los derechos originales del aborigen patagónico, y una marcha por los que perdieron sus departamentos por culpa de las escribanías, y una marcha contra el dengue, también. La ciudad va a ser un caos.
–Creo que la gente marcharía aunque les dieran exactamente lo que piden –digo–. Hemos descubierto, finalmente, nuestro destino como nación. Somos y seremos, por los siglos de los siglos, un país en marcha. Dicen que caminar hace bien al corazón, también.
Hace un desaprobatorio chistido. No le ha gustado mi comentario. Ella lleva, creo, unos buenos diez años en la facultad de ciencias sociales. Le gusta decir palabras como ‘coyuntura’, o ‘compromiso’. También le gustan las palabras ‘patología’ y ‘emblemático’. El idioma tiene muchísimas palabras, uno puede utilizar las que más le gusten.
–No te interesa mucho lo que te estoy diciendo –ha cerrado el diario, apoya ambas palmas sobre la mesa. Está un poco inclinada hacia delante–. ¿No te preocupa lo que pasa en el mundo?
–Mirá –digo. Lo último del café con leche es la parte más rica, porque el azúcar se deposita en el fondo. Prácticamente meto la nariz en la taza, como si fuera un oso hormiguero–. Será que estar acá, desayunando con vos, cubre en exceso mi cuota de tragedias. No creo que haya ninguna noticia capaz de empeorar este momento.
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