10.2.11

Quería vivir

Mi amigo H. se fue muy de jovencito a estudiar a Estados Unidos. Ya era ingeniero, pero el padre los había preparado para que fueran grandes ejecutivos, a él y a su hermano. Debían ir, hacer un master, luego trabajar en grandes empresas, ser exitosos y solventes ciudadanos del mundo, disfrutar las delicias del occidente civilizado. Eso hicieron, entonces, H., y su hermano.
H. está de visita en Argentina, en Buenos Aires, así que vamos a comer. Está casado, tiene tres hijos y un bmw que todavía no existe en el hemisferio sur. Vive en Londres.
–Lo único que me gusta es fumar, y coger con prostitutas –dice H.
Me cuenta una historia, H. Como es ejecutivo de una multinacional, un importante laboratorio, viaja todo el tiempo. Viaja a Ginebra, a Ámsterdam, a Bruselas. Pero viaja mucho más a Shangai, a Bangkok, a Singapur.
Cuando viaja, aprovecha para fumar, aprovecha para coger con prostitutas. Le prometió a su señora, H., cuando tuvieron a su primer hijo, que dejaría de fumar, que no fumaría nunca más, había cosas más importantes en el mundo que fumar. Lo de las prostitutas, bueno, la señora no mencionó nada al respecto, así que H. prefirió no tocar el tema.
El asunto es que H. viajó por dos días a Bangkok, tuvo un par de reuniones con ejecutivos asiáticos, después se compró tres paquetes de cigarrillos, y se alquiló una prostituta del lugar.
Estaba algo borracho, cuenta H., cuando terminó de coger, se puso de pie, vio con una mezcla de espanto y asombro, que no tenía puesto el preservativo. El preservativo se había roto, la prostituta le dijo que a ella no le importaba un carajo (al parecer le había dicho que no le impoltaba un calajo) y se fue a bañar.
H. se sentó en la cama, y se dio cuenta que se iba a morir. Había hecho todo mal, y ahora llegaba su castigo. Tenía sida, seguro. Tenía cáncer de garganta, también.
Cambió el vuelo, adelantó la vuelta, tenía que hablar con su mujer. Se iba a hacer un chequeo médico para confirmar el sida, el cáncer de garganta. Quería ver a sus hijos, ver la televisión con su mujer, charlar un poco. Quizás pudiera salvarse, la medicina había hecho, a pesar de su intrínseca crueldad, notables progresos. H. quería vivir.
Al día siguiente pegó la vuelta. Le había salido un sarpullido en todo el cuerpo. Brazos y piernas, espalda, torso, cuello. Casi no podía tragar del dolor de garganta. Iba a hablar con su mujer, y a empezar el tratamiento cuanto antes. Era joven, quizás su mujer lograra perdonarlo, por los chicos. Habían tenido buenos momentos juntos. H. se la pasó tiritando todo el vuelo, volaba de fiebre.
El taxista lo dejó en la puerta de su casa de Hampstead. Eran las ocho de la mañana. No era ninguna originalidad para Londres, pero llovía.
Abrió la puerta con infinito cansancio, las enfermedades habían comenzado, sin duda, su tarea de demolición.
Su señora estaba sentada en la cocina, pálida como un fantasma, en camisón. Con el cabello revuelto, los enrojecidos ojos de haber pasado la noche llorando. Vio restos de un vaso roto sobre la mesada, bajo la inclemencia de las luces fluorescentes.
–Yo –dijo. Había ensayado cómo contarle, pero se le trababan las palabras. Ella sabía todo, había adivinado todo, era muy claro–. Yo te quiero decir algo.
–Atropellaron a Timmy –dijo su esposa, y abrió las canillas del llanto. Se puse de pie, lo abrazó–. Estaba jugando en el jardín, cruzó la calle, lo atropelló un camión.
Timmy era un simpático Schnauzer miniatura. Le gustaba dormir en la pieza de su hijo Jeremy, y caminar de noche bajo la lluvia. Lo recibía siempre, a la vuelta de sus viajes, con un par de saltos y unos roncos ladridos. Pobre Timmy.
–Bueno –dijo él, le acarició el cabello, la apretó con fuerza, le limpió la nariz con la palma de una mano–. Bueno.
Ella levantó la cabeza.
–Estás lleno de granitos –le dijo–. Y tenés olor a pucho.
–Me salió un sarpullido, algo que comí con camarones –dijo H.–. En Bangkok fuman hasta los chicos de nueve años, Caro, debo tener olor a faso hasta en las medias, me pica todo. Pobre Timmy, che. Que macana.

10 Comments:

At 8:23 a. m., Blogger Sandra Montelpare said...

jajjjjj Sr. Hundred !! es moooooooooooy leeeeeendo este. A veces comerse ciertos bichos casuales da un sarpullido, vea! jajajjajaa me hizo reir ese tufillo irónico.

 
At 8:31 a. m., Blogger Dany said...

Por eso nunca quise hacer un master en el exterior. Buen relato.

 
At 9:53 a. m., Blogger Alelí said...

que vida triste!

esconder lo más divertido???

 
At 2:49 p. m., Blogger laura said...

es que querer vivir solamente, no alcanza. Viejo hay que ponerse media pila aunq sea!!

 
At 8:40 p. m., Blogger Jueves said...

me gusta pensar que cosas así pasan porque el universo necesita equilibrarse. tu amigo no tendrá sida, pero se le murió el perro (nadie dijo que el equilibrio era justo)
una vez, en un mismo viaje cedí dos veces el asiento en el subte. a cambio, me salvé de que me agarrara la tormenta en un viaje de una cuadra hacia el almacén.
usted fijesé...

 
At 9:00 a. m., Blogger J. Hundred said...

*sandra montelpare! como dijo el filósofo, poeta y amigo, Paul Maker: dime qué clase de sarpullido tienes, y te diré dónde pusiste la chaucha.

*dany! le cuento algo, que quizás no debería contarle. cuando un par de mis amigos comenzaron a hacer sus planes para realizar algún master en el exterior, me preguntaron si yo tenía pensado hacer algo similar, algo parecido. les respondí que en lugar de un mba, mi intención era hacer un mpa. el mpa consistía en dedicarme durante dos años, una vez por semana (o dos, pero se me iba mucho el presupuesto), a coger con una prostituta diferente. la carrera de posgrado consistía entonces, más o menos, en coger con 108 prostitutas. luego de la cursada, escribí una tesina de dos carillas. y allí me atrevería a afirmar que terminó prácticamente mi contacto con la vida académica. cada uno se capacita como puede, usted me va a saber disculpar.

*alelí! que nos vaya bien a todos.

*laura! le informo que no voy a tolerar agravios, lo que implica que no voy a hablar con nadie por los próximos 5 o 10 años más o menos.

*jueves! el precario episodio que usted impiadosamente nos relata, el preciso detalle de su generosidad y altruismo, nos deja percibir que quizás estemos todos mucho más cerca de un parripollo que de la poesía.

 
At 12:18 p. m., Blogger Gamar said...

Está muy bien, es sabido que a las mujeres no les gusta escuchar la verdad.

 
At 9:23 p. m., Blogger Jueves said...

pasa, señor Hundred, que quise ser breve en mi relato para no aburrir con el detalle de lo que fue simplemente una boludez. pero si quiere puedo extenderme: todavía no eran las 8 de la mañana, yo estaba viajando hacía la facultad, para cursar la materia en la que por me iba. cargaba más cosas que de costumbre en la mochila porque iba a pasar un par de días en lo de mi abuela (tenía una monografía que hacer, pero mi computadora estaba rota y no tenía quién la reparara porque mi viejo había tenido un infarto dos días antes, el día de la madre). Tenía todo el derecho del mundo a sentarme, pero faltando dos estaciones para llegar, preferí cederselo a una viejita. Aparece otro asiento vacío, pero vuelvo a optar por cederlo, esta vez a una chica apenas más grande que yo. el resto de los días pasaron con toda la normalidad que a una situación así le toca. pero la semana siguiente (creo que fueron exactos 6 días) mi madre interrumpe mi depilado cuatrimestral para pedirme que vaya al almantes de que se largue la tormenta. me pongo pantalones y voy. cuando abro la puerta del local llega el diluvio. hago mis compras y la lluvia sigue. espero en la caja... y la lluvia sigue, pero, oh sorpresa, cuando vuelvo a salir a la calle la lluvia había parado. camino la cuadra que me separaba de mi casa, y cuando entro, la lluvia regresa.
dos asientos cedidos, dos veces salvada de la lluvia...
la poesía se la dejo a usted. Yo, voy a comer pizza.

 
At 12:34 a. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

Usted, con estos relatos que nos regala cada tanto, con esa parquedad para retratar la situación y la frialdad para jugar con sus personajes, para transmitir tanto sin necesidad de excesos ni utilería, me hace recordar a Bukowski, a Wolff o al mismísimo Carver.
Y el hijo del chino del supermecado de la esquina, un laborioso adolescente que trabaja siempre en silencio, que se empeña en mantenerse concentrado en su actividad mientras su padre fuma y le habla, y no sé qué le dice (porque no entiendo el dialecto) pero parece retarlo o decirle que así nunca va a lograr nada, que no va a llegar a ser un respetado empresario como él, no sé, imagino, por la pobre cara del chinito, algo así le tiene que estar diciendo; bueno, ese changuito me recuerda a Luciano Pereyra.
Lo que le digo es que no me haga caso.
Los saludos de siempre.

 
At 9:07 a. m., Blogger J. Hundred said...

*gamar! alguna vez, hace muchísimo tiempo, escuché aquello de ‘la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica’. quizás sea esta una ocasión tan buena como cualquier otra para recordar la frase.

*jueves!

*mr.verbal kint! comparar a carver con hundred, es como comparar a pavarotti con un gordito que canta bajo la ducha después de haberse enjabonado un poco la gallina. con el 2% de la generosidad que usted me dedica, puede que el hijo del chino del supermercado de la esquina consiga, por decirlo de algún modo, torcer su destino. un saludo.

 

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