10.4.19

Compleja maquinaria


Terminamos de coger. Ella habló.
–Estuvo bueno, la verdad –se acomodó un almohadón detrás de la espalda para quedar algo más erguida, quería fumar–. Viste que cuando uno conoce a alguien, bueno. Las primeras veces, las cosas no tienen por qué funcionar del todo bien. Una ya trae su mochila de vivencias, no somos adolescentes.
–Es verdad –dije. Dudé en levantarme para ir a servirme un whisky. Me pareció sentir un pinchazo en la cintura que se fue extendiendo hacia abajo, si intentaba levantarme iba a quedar cuadripléjico de por vida. Seguro había hecho un movimiento brusco, mejor quedarme quieto, respirar un poco. Respirar puede ser una actividad de lo más satisfactoria. Necesaria y suficiente.
–Y no me puse arriba, digo, con lo que a mí me gusta coger estando arriba –encendió el cigarrillo, pitó–. No me subí porque me pareció que a vos te gusta dominar, por cómo me agarrabas, por cómo me apretabas el pelo. Se nota que te gusta controlar la situación.
–Sí, puede ser –dije.
–Tampoco me dijiste nada cuando estabas por acabar –se sacó el pelo de la cara–. Pensé que te ibas a sacar el forro y me ibas a pedir que te la chupe. Si bien es muy de película porno, la verdad que tiene sentido. A mí no me molesta para nada, eh. Digo, hacerte acabar, que termines, con la boca.
–Está muy bueno también. Pero se ve que venía embalado, no hizo falta.
–Cuando me tenías en cuatro patas me pareció que me ibas a hacer la cola. Por cómo me agarrabas la cintura, los cachetes, y sentí un dedo. Ahí pensé que me ibas a hacer la cola. Porque viste que hay mujeres a las que no les gusta, les da asco o les duele, no sé. Pero a mí sí me gusta, que me hagan la cola. No te digo siempre, no te digo que es lo prioritario. Pero a veces, bueno, es como si me lo pidiera el cuerpo. No el cuerpo, la cola –se rió, una risa corta–. Así que ya sabés, no tengo problemas.
–Suma mucho, eso, ahora que lo decís –me moví, apenas, para ver si sentía las piernas, si iba a poder levantarme–. La clave está en usar un buen lubricante.
Sonó un celular, desde el comedor. Podía ser el mío, podía ser el de ella.
–Me va coger en un lugar raro –dijo–. Si te gusta coger en la terraza o parar el auto a un costado de la ruta. No me molesta disfrazarme, hay tipos a los que les calienta. De colegiala, de enfermera. Una vez me compré un traje de la mujer maravilla.
–Sí, a veces está bueno hacer cosas diferentes –dije.
–Así que ya sabés –dijo, se rascó debajo de una teta, muy suave, con un meñique–. Yo no soy de esas minas para las que coger es un fastidio. Me gusta que la persona que está conmigo la pase bien, que disfrute. Que me diga lo que quiere.
–Mirá –dije–. No te lo puedo asegurar, pero creo que desde hace un tiempo lo que más me gusta es que no me rompan mucho las pelotas.

30.3.19

Lo que necesitamos es confianza


Estaba en el casino. En Miramar. Principios de diciembre, algo de gente pero no tanto, no el infierno todavía.
Me acerqué a una mesa, una mesa de ruleta.
–Señor –dije–. Sé exactamente el número que va a salir. Se lo digo si me promete compartir el diez por ciento del premio, conmigo. No voy a fallar, es como si lo estuviera viendo.
El tipo, algo mayor, me miró con desprecio. Siguió jugando. Cargó con calles y cuadros la primera docena. Puso tres o cuatro fichas grandes, fichas de chance, al colorado. Salió el 31.
Cambié de mesa. Caminé unos pasos. Había gente, algunos matrimonios, muchos desesperados, muchos solos.
Me acerqué a un hombre de lentes que se pasaba la mano por el pelo, nervioso. Tenía la camisa manchada a la altura de la panza con salsa, con tuco.
–Disculpe –dije–. Tengo un don, puedo ver exactamente el número que va a salir. Pero no tengo dinero. Le digo el número, el número que va a salir, si comparte el premio conmigo. Algo, no sé, una comisión.
–Salí de acá, forro –me contestó el hombre, y se cambió de lado de la mesa.
Entonces tuve una revelación. Vi todo con demoledora claridad. Me estaba sucediendo, justamente, lo que me había sucedido siempre. Con las mujeres, quiero decir, en el amor. Nadie me había dado, nunca, una oportunidad. Nadie había aceptado tomar el riesgo, conmigo, aceptar que yo fuera ni más ni menos que la suerte.
No, ya sé, vos querés saber si acerté los números que fueron saliendo. Problema mío.

20.3.19

Rey de la selva


Básicamente no miro televisión. Pero miro la televisión, enciendo la televisión un rato, como compañía.
No me interesa un pomo de lo que pasen por la televisión. Tampoco me interesa lo que pasa, en mayor medida, en la realidad. La televisión es básicamente concursos, programas donde la gente compite, bailan o cantan, se fijan quién puede pishar más lejos o escupir más alto. Y después tenés los noticieros, que no son más que un delivery de tragedias, terremotos, asesinatos. La idea es tener a todo el mundo mansito y asustado.
Pongo la televisión en el canal de National Geographic y miro cualquier cosa. Un rinoceronte caminando, una jirafa buscando algo, las llaves de su casa o el cepillo de dientes, dentro de la copa de un árbol. Un cocodrilo esperando, esperando y esperando que pase alguien más o menos distraído para arrancarle una pierna de un mordisco.
Algo llama mi atención.
Si te fijás bien, no importa lo temible que sea la criatura en cuestión, el poder que tenga. Siempre hay alguien que le está rompiendo las pelotas.
Podés ser el león, el rey de la selva, y cuando con un teleobjetivo lo enfocan de cerca vas a ver que los mosquitos le dan vueltas alrededor de la nariz, de los ojos. Sos un tigre, te acabás de mandar una estratégica maniobra para cazar un antílope, te sentás a comer, tranquilo, debajo de un árbol. Al toque se te presentan siete o nueve hienas a mangarte, te tratan de afanar algo, te piden diez pesos para la birra.
La verdad que me sirvió mucho, ver eso que te estoy contando. Porque entendés de una vez y para siempre que no importa dónde vivas o de qué labures, no importa el barrio en el que te sientes a tomar un café. Siempre te van a estar molestando. Alguien que habla por teléfono a los gritos, alguien que te tose en la cara, un televisor encendido en el canal de mtv latino, los colectivos que paran sobre la senda peatonal, alguien que te pisa en el subte mientras juega al candy crush y no aprendió a decir ‘perdón’.
Son leyes de la naturaleza, no se puede luchar contra eso.

10.3.19

El otro Cooper


En mi época de estudiante secundario, en las clases de educación física, solía haber un test, una prueba. La prueba, clásica por cierto, consistía en correr por el tiempo de doce minutos. Test de Cooper, así se llamaba la prueba.
Se ponía a los alumnos a correr por doce minutos, y luego se observaba la distancia que habían recorrido. Creo, si mal no recuerdo, que para estar vivo, para verificar que a uno le anduviera más o menos bien el corazón y las piernas, era preciso correr más de 2.5 km. Luego, si uno era capaz de correr 3 km, listo. Eso significaba que uno estaba dotado de cierta capacidad de atlético orden.
Hacen falta años, como tantas otras cuestiones en esta vida, para descubrir la futilidad de la prueba. El error de conceptual índole en que el test está basado. La falta de mayor aplicabilidad, por qué no de criterio.
Lo que uno puede hacer, aunque ya se haya terminado la escuela secundaria, es probar. Ver cuánto whisky sos capaz de tragar en doce minutos, cuántos cigarrillos sos capaz de fumar, cuántas milanesas se pueden devorar. En doce minutos. Si podés chupar una concha durante doce minutos, o permanecer con la japi parada adentro de algo, de una boca, de un culo, de un frasco de mermelada de naranja La Campagnola, doce minutos.
Porque nunca es tarde para aprender, demos gracias a Dios por eso.

*y queda todavía un cooper más, el mini cooper. pero no jodamos.

28.2.19

A ver, permiso


Estaba tomando un café en un bar, debían ser las ocho y media de la mañana. Tomo un café y miro por la ventana, de lunes a viernes, antes de ir al centro. Vendo mi alma por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo. Me gano la vida.
De pronto, un hombre sobre la avenida, un hombre que parecía estar esperando para cruzar, se sintió mal. Con una mano se apretó el pecho, tambaleó. Intentó afirmarse contra un semáforo pero no pudo, el impacto de lo que le estaba sucediendo era superior a su capacidad de comprensión y raciocinio. Cayó boca arriba.
–¿Señor, se siente mal?
–¡Médico, a ver! ¡Llamen a un médico!
–¡No lo toquen que es peor! ¡Déjenlo respirar!
Se juntó un grupo de curiosos, gente. Con buenas intenciones y cero conocimiento desde ya, pésima combinación. Se juntarían también frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos si estuvieran pasando en un televisor Argentina-Holanda del 78. La gente es muy pelotuda, básicamente.
Terminé mi café. Salí a la calle, me acerqué.
–A ver, permiso –dije. Busqué en el bolsillo interior del saco, la billetera del hombre. Poca plata. Le saqué el reloj, el celular. Miré los zapatos, demasiado caminados, y chicos.
–Oiga, ¿usted es médico? –negué apenas con la cabeza (¿con qué querés que niegue, con la poronga?) – ¿Por qué le saca las cosas?
–Señores, esto es una guerra –me guardé la plata, tiré la billetera–. Ya están grandecitos, deberían saberlo.

20.2.19

El perro y la lluvia


Necesitaba trabajar. Era joven, demasiado joven, y necesitaba trabajar.
Para ser algo más riguroso con los conceptos, no necesitaba trabajar, de ninguna manera. Lo que necesitaba era dinero, eso sí. No sabía robar, no sabía tocar el bandoneón. Si se miraba bien la cuestión, no había absolutamente nada que yo supiera hacer. Es por eso, nada más que por eso que la gente que trabaja, trabaja. Porque no saben hacer nada más.
Estaba yendo a la facultad, a estudiar, no importa qué. Mandé algunos mails, me anoté en algunos sitios web. Y me llamaron, me djieron que sí, que podía haber trabajo para mí.
Ahí llegamos, hago lo que puedo, a lo que quiero contar.
Para conseguir trabajo, para dejar veinte o treinta años en una estúpida oficina, tenés que pasar, entre otras cosas, un examen de salud. Lo que equivale a decir que para morir tenés que demostrar, precisamente, que estás vivo. Los trabajos no contratan muertos, el chiste es irlos matando de a poco. Si ya estás muerto de antes no te toman, no entrás.
Lo otro que te hacen, que te piden que hagas, es un psicotécnico. A eso quería llegar.
Dentro del test, del test psicotécnico, del test de manchas y completar figuritas y cosas así, me pidieron que haga un dibujo. De más está decir que no sé dibujar, otra vez, si supiera dibujar quizás no precisaría trabajar.
Lo que me pidieron que dibujara era una escena, con una casa, un hombre, un árbol, una mujer, un chico, no sé qué más. Me tomé unos buenos diez minutos, hice el dibujo. Una escena familiar.
Dibujé la casa, con un sendero y un árbol. Un hombre llegando a su casa, con su maletín, en traje, de trabajar. La mujer en la puerta, un hijo mirando por la ventana. Se me ocurrió dibujar un perro, también, un perro boludeando por ahí.
Se me ocurrió que llovía, que el hombre volvía a su hogar, de trabajar, y su esposa lo esperaba con una sonrisa. Y llovía, también. Llovía, como suele suceder con los fenómenos naturales, como se suele decir en la jerga militar, sin causa.
Llamé a la mujer que me estaba tomando el test. Me puse de pie, le entregué el dibujo. Me volví a sentar.
La mujer miró el dibujo, un buen rato. Se acomodó sus lentes sin marco sobre el puente de la nariz. Carraspeó. Olía a ropa vieja, la mujer, a perfume barato, a fracaso más o menos tradicional.
–Ajá –dijo la mujer, debía tener más de cincuenta años, una pequeña verruga peluda sobre la mejilla izquierda–. Veo que dibujó un perro, también.
–Sí –dije –. Se me ocurrió que la familia tiene un perro. Me gustan los perros, además.
–Y llueve –dijo la mujer.
–Sí, llueve –dije yo–. Siempre me gustó la lluvia.
–¿Y el perro se moja? –Algo en el tono de la mujer cambió, se hizo más oscuro, más metálico.
–¿Eh?
–Si el perro se está mojando –repitió la mujer. Y me miró.
–Bueno, sí, supongo –me senté más derecho en la silla–. Si está lloviendo, el perro se moja.
–Fíjese –la mujer me mostró mi dibujo, y señaló con un dedo, al perro. Las gotas, los puntazos del lápiz, las rayitas que debían representar la lluvia caían sobre la casa, sobre el árbol, sobre el hombre, sobre la mujer parada en el umbral. Pero no sobre el perro, ubicado en el extremo inferior derecho de la hoja–. Por eso se lo pregunto.
Me miró, la mujer. Apoyó la hoja sobre la mesa, se quitó los lentes, cruzó los brazos.
–Mirá –dije–, el que necesita el trabajo soy yo. El que necesita este trabajo de mierda y por eso tengo que hablar con una pelotuda como vos soy yo. Si me decis algo más, si volvés a abrir la boca agarro esos anteojos y te los meto por el culo de una, acá arriba de la mesa, y cuando los saques y los logres enderezar un poco y los vuelvas a usar, los anteojos, cada vez que te los pongas te vas a acordar cómo sos por dentro, de qué horrendo material estás hecha. El perro no tiene la culpa que este sea un mundo tan asqueroso, eso es más o menos lo que te quise decir.

10.2.19

A veces siento que no te conozco


Vivíamos con Mónica juntos hacía más de seis meses, pero menos de un año. Dormíamos juntos, mirábamos televisión, cogíamos. Ella trabajaba en un estudio de arquitectura, yo seguía con mi via crucis financiero, picando la piedra de la guita. La vida se volvía predecible pero no rutinaria, una amable meseta para compartir lo simple. Te venías grande, te dabas cuenta que no ibas a ser Keith Richards y que tampoco era tan grave. Entendías que vivir no era tirarse en ala delta en pelotas, ni nada de lo que apareciera en la tapa de las revistas. Habías estado en esa playa y el agua no era tan turquesa, las palmeras estaban desteñidas. Era como cuando veías la televisión en National Geographic, la majestuosidad del león, la curiosidad de la cebra. Si ibas y lo veías en persona el león tenía toda la melena pegoteada de pis y los mosquitos le daban vuelta alrededor de los ojos, el rinoceronte apestaba como si no se hubiera pegado una ducha en veinte días.
​El mundo estaba photoshopeado hasta la manija, si la gente pudiera apreciar la realidad de las cosas aunque fuera por un instante, no tendrían más remedio que matarse.
​–Nunca me decis lo que te pasa, Juan –Me dijo Mónica, mientras cenábamos bajo las impiadosas luces de la cocina–. Sos hermético.
​Después otro día, cuando salió de la ducha mientras yo terminaba mi café antes de ir a trabajar.
​–No sé, Juan, a veces siento que no te conozco –se me quedó mirando mientras terminaba de secarse el cabello con un desteñido toallón–. Te miro pero no consigo saber qué estás pensando.
​Y después, una vez que había llegado temprano del trabajo. Miraba la televisión pero no miraba, sólo veía formas que se movían con el volumen bajito, sentado en el sillón del comedor.
​–Qué hacés, Juan –llegó, ella, traía una bolsa del supermercado–. Me gustaría saber más de vos, lo que pensás cuando te quedás callado mirando una pared, cuando no decis nada.
​–Bueno –dije, estaba tomando un whisky pero no me quedaba casi nada, pasé la lengua por un costado del vaso intentando sentir otra vez el calor, como si fuera un oso que recuerda la miel–. Lo que me pasa es que me di cuenta que no te soporto. No sólo me aburre verte, te diría que me aburre hasta tener que cogerte. Y me preocupa un poco la verdad, porque me conozco y sé que es muy difícil que cambie, una vez que me pasa. No sé, como si se rompiera un vidrio. Me preocupa, te decía, porque me conozco y sé que no hay manera que se me pase este fastidio, no se me va a ir.
​A partir de ahí Mónica no preguntó más nada. Y hubo una reunión social, un cumpleaños en el que la escuché decirle a una amiga que una de las cosas que más le gustaban de mí era que no podía saber qué me pasaba por la cabeza, mis silencios.

30.1.19

Un día de calor


Un día de verano, un día de verano cualquiera. Si lo hacés en Buenos Aires, conviene que sea un día de Diciembre, o un día de Enero. Si lo vas a hacer en Düsseldorf no sé, a mí qué carajo me importa lo que pasa en Düsseldorf. Yo vivo acá.
Agarrás entonces, un día que haga más de treinta grados. A la mañana, después de desayunar, te vestís para ir a trabajar, como todos los días. Te preparás para salir. Pero.
Acá viene el detalle. Te abrigás. Te abrigás como si fuera el día más frío del año, como si hiciera ese frío que hacía cuando eras chico y tenías que ir a la escuela y te pinchaban los dedos, del frío, claro. Ese frío que pareciera que nunca existió pero vos estás seguro de haberlo vivido. Un frío que pasó de moda, se dejó de fabricar.
Te abrigás a más no poder. Campera, bufanda, guantes puede ser también.
Y salís así, como si fuera un día cualquiera. Vas a seguir con tu vida. Vas y te metés en el subte, o hacés algún trámite en el banco. Vas a la oficina, entrás a un bar a tomar un café, te encontrás con alguien que te conoce, por la calle. Un día cualquiera, un día de lo más normal. Vos estás emponchado como si estuvieras en el Polo Norte, mientras el sol te achicharra la cabeza. Hay gente, en las plazas, en cueros, tomando sol.
Y alguien, alguna persona, se va a animar. A preguntarte. Qué hacés así, tan abrigado, si hace treinta y cuatro grados a la sombra. Qué carajo te pasa.
Pero vos no contestes nada. Llevás tanto pero tanto tiempo sin poder soportarte, a vos mismo, cada estúpida cosa que te pasó en la vida. Sos pura incomodidad, el clima es anécdota.

*https://www.youtube.com/watch?v=UZChO9l78Zg

20.1.19

Desayuno en Imperio


Hace poco pasé una noche por ‘Imperio’. Canning y Corrientes, claro, Villa Crespo 90210. Eran como las doce de la noche. Paré el auto en cualquier lado y bajé a comer un par de porciones de pizza. El lugar me trae recuerdos de la adolescencia, me dieron ganas.
Mientras esperaba que me sirvieran me acordé una cosa, una anécdota vivida allí, llamalo como quieras. Una de tantas.
Era joven, no tenía ni veinte años, volvía de bailar. De Cinema, que era el sitio donde antiguamente, pero más antiguamente, había estado el cine Atalaya.
Me había ido mal, como de costumbre. Yo era feo de chiquito, desde siempre, no tenía flequillo y me vestía como podía porque en casa no había dinero para esas boludeces. Era tímido, además, me ponía colorado, transpiraba.
Conclusión, tomaba como un forajido alcohol de bajísima calidad, para darme ánimo. Iba con mis amigos a bailar pero yo no quería bailar, quería estar con una chica, reírme, sentirme querido. Y coger, desde ya, coger era una pulsión indomitable. Bueno, pero no me salía nada, nada de lo que yo quería, así estaban las cosas. Lo único que quedaba era esperar al siguiente sábado para volverlo a intentar. Repetir el experimento y esperar un resultado diferente. Locura, diría Einstein (pero Einstein no iba a bailar a Cinema).
Sigo. Me fui del boliche, debían ser las cinco de la mañana. Me encontré con mi amigo D. antes de salir. Le dije que me iba, me dijo que se venía conmigo.
Raro, que D. se viniera, porque a él le iba bárbaro con las minas. Siempre estaba en los reservados, metiendo las manos por debajo de una pollerita, riéndose, con su peinado con gel y sus camisas con algún bordado sobre el cuello (eran la última moda).
Pero D. me dijo que se venía conmigo, quería charlar de algo, de cualquier cosa. D. siempre me consultaba sobre sus planes de cómo pensaba hacerse millonario. Yo lo escuchaba, asentía, mientras no podía dejar de pensar qué carajo tenía que hacer, yo. No, no para ser millonario, para poder tocar una teta. Porque yo no tenía la más puta idea de cómo iba a hacer para tener guita, pero tampoco sabía cómo hacer para coger antes que me estallaran los huevos por el aire. Así era mi complicada vida.
–Qué hacemos –dijo D.
–Vamos a Imperio –dije yo.
–Sí, vamos –D. saludó a una piba, le dio un beso en la boca mientras la chica intentaba retenerlo de un brazo para que no se fuera–. Estoy muerto de hambre.
Caminamos las siete cuadras, hacía un frío del carajo. Llegamos a Imperio, apenas iluminado. Dos o tres mesas ocupadas, algún viejo desayunando. Un perro atado afuera a un poste de luz, ladrando con angustia y método.
Sacamos ticket, pedimos nuestras porciones de pizza en la barra. Y una cerveza de litro. Estaba Angelito, todavía. Nos saludó, nos conocía.
–Pará –dijo D. –. Teneme un minuto.
Se sacó la campera y me la pasó. Fue hacia el salón. Tomó carrera.
Dio un salto. Y le dio una furibunda trompada a un viejo que estaba sentado, de espaldas.
El viejo salió despedido hacia adelante, se cayó de la silla. Se le rompió la taza de café con leche que tenía en la mano. Se le cayeron los lentes, también. Quedó, el hombre, aturdido, desparramado en el piso entre las mesas y las hojas del diario. Le sangraba el rostro.
–¡Hijo de puta! –Gritaba D. señalándolo con un dedo– ¡Vos cagaste a mi viejo, mierda!
–¿Eh?
–Pará, flaco, qué hacés. –Un mozo ayudó a levantar al hombre, que todavía permanecía aturdido por el golpe. Mareado, sentado entre las mesas, intentaba rearmar sus anteojos.
–¡Vos cagaste a mi viejo, hijo de puta! –Daba saltitos, D., preparándose para volver a atacar. Le salía espuma de la boca.
Entró el pibe que repartía diarios a ver qué pasaba. Una señora que esperaba el colectivo, se asomó detrás del vidrio y se puso a llorar.
–¡Bueno, se van de acá! ¡Se van ya! –Angelito había salido de atrás del mostrador, cuchillo en mano– ¡Tomenselás!
Nos fuimos. Tuve que darle un par de empujones a D. para que me siguiera.
–Vámonos, boludo. Que van a llamar a la policía.
Nos fuimos por Corrientes, corriendo. Paramos al llegar a Serrano. Le devolví la campera, se la puso.
–¿Me podés decir qué carajo pasa? –Le pregunté– ¿El tipo robó a tu viejo?
–Mirá –dijo D. –, el tipo era parecido a uno que nos cagó con unos cheques, la verdad que no estoy seguro. Pero no me vas a decir que no estuvo buenísimo. ¿Viste cómo se le voló todo a la mierda? Ese no caga más a nadie.

10.1.19

Yaya


En el futuro vas a poder apretar un botón de tu teléfono celular mientras volvés a tu casa y se va a encender el aire acondicionado, de tu casa, en la temperatura que vos quieras. Para que cuando llegues a tu casa la casa, justamente, ya esté fresca. Y vos no tengas calor.
En el futuro vas a poder subir a tu automóvil y decir la dirección, la dirección a la cual tenés que ir, y el automóvil te va a ir contestando, te va a ir diciendo dónde doblar, cómo llegar.
En el futuro vas a entrar a un sitio de internet y te van a saludar mil o dos mil personas por tu cumpleaños, gente de Melbourne o Estambul, gente que desde ya no conocés. El sitio te va a decir qué te convendría comer para el almuerzo, dado que tus gustos han sido registrados a lo largo de los años. Te va a decir para qué sitios podés reservar pasajes en avión con descuentos especiales, la marca de zapatillas que deberías comprar para correr, y cuántas pulsaciones tenés cuando te levantás de la cama y cómo están esos valores en relación a tu promedio histórico, y que fumar hace mal.
En el futuro todo va a estar medido y registrado y almacenado, fácil de encontrar.
En el futuro vas a estar triste, más o menos como ahora.

30.12.18

Viviending


hacia lo simple.
hacia lo que desaparece.
hacia la nada más pura
sin explicación, sin motivo.

y está bien igual
y ya no importa
fue bueno mientras duró,
cosas que se dicen.

la mirada de un bebé
el ladrido de un perro
tu sonrisa transformándose
                               en risa

todo lo que no salió.
lavarse los dientes, pagar el gas.
la impávida lluvia.

20.12.18

Visita al dentista


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
​No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas. No quiero sufrir.
​–Tengo miedo –le digo al dentista.
​–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos sesenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
​–¿Me va a doler?
​–No. –Dice el dentista.
​–Tengo miedo –digo, otra vez.
​–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
​–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
​–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
​–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre en medio de sangre y un mar de saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de escapar o de morder. ¿Eh?
​–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.12.18

Contra el esfuerzo


El problema es pedagógico, educativo, supongo, mucho me temo.
En las aulas, claro, y en las familias también. El mensaje que reciben los chicos, cuando son chicos. Los chicos son una esponja, hasta los once años, más o menos.
El mensaje que reciben los chicos, para la vida, es que las cosas pueden cambiar. Con esfuerzo.
Pero eso es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto.
Una de las pocas cosas que tienen importancia, una de las pocas cosas que pueden hacer que tu vida no sea un himno a la monotonía, que tu vida no parezca un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, es el talento.
Tenés que tener talento, ese es el tema, ahí está el asunto. Talento para jugar al fútbol o para tocar el piano, tener un don, un atributo, una poronga de 33 centímetros a la sombra, unas tetitas redondas y firmes que parecen querer llevarse el mundo por delante (una de las dos cosas quiero decir, o la poronga o las tetitas, no hace falta las dos cosas al mismo tiempo).
Y si te fijás bien, si te zambullís y mirás más allá de la superficie, te vas a dar cuenta que el talento es como la suerte. Viene o no viene, aparece y te saluda o sigue de largo y jamás vas a poder hacer un gol de volea o pintar un cuadro.
El talento es una forma de suerte, la suerte es una forma de talento, eso es lo que tenés que tener, aunque no puedas hacer prácticamente nada, justamente, para tenerlo. El talento y la suerte pueden hacer que tu vida tenga algún sentido, un atisbo de significado.
Pero no, por lo general no, no tenés talento ni suerte ni nada que se le parezca. Sos una ensalada de esfuerzos que quizás te permitan, no sé, tener un hijo o cambiar el auto. Pero no habrá ninguna clase de brillo en tu vida. No, por favor, no me cuentes lo que hiciste, ni tus planes, tus patéticos proyectos. Lo mejor que podés hacer es ponerte cómoda, disfrutar conmigo de todo este gris.

30.11.18

2x4, 2x3


Cuando yo la conocí, ella abominaba de la normalidad. ‘Detesto a los normales’, me dijo una vez. Aunque no le solicité demasiadas explicaciones, bueno, porque a mí lo que más me interesaba de su personalidad, de su forma de pensar, de su manera de ver la vida, era básicamente ponerla en cuatro patas y cogerla. Esas eran mis prioridades, no sé si lo lamento. Ella igual necesitaba explicar lo que le molestaba del planeta tierra en general, y de sus integrantes en lo particular.
Lo que le molestaba era la gente que trabajaba en un trabajo normal, la gente que se casaba y tenía hijos y soñaba con cambiar el automóvil cada tres años y pasar una quincena en San Bernardo, o en Pinamar.
Ella era capaz de tomar dos o tres ginebras en ‘La Giralda’, a la par mía, fumaba un cigarrillo detrás de otro, y bailaba tango. Iba a ‘La Viruta’, al ‘Podestá’, a los clubes de barrios. Y bailaba. Era capaz de explicarte la diferencia entre Virulazo y Copes, por qué Soto era tan respetado, por qué el tango acrobático o de salón era una cagada en cuatro tiempos.
–El tango es mi pasión, el tango es mi vida –Me dijo una vez mientras se secaba el cabello después de bañarse, con un toallón verde botella algo desteñido. Mientras yo la miraba, haciéndome un poco el distraído, su fantástico cuerpo desnudo. Alta, morocha, poca teta, culito firme, unas manos increíbles y esas piernas larguísimas.
Después de un verano juntos en Buzios nos peleamos. Apareció alguien, un nuevo muchacho para ella, un bailarín. Tampoco quisimos irnos a vivir juntos, yo estaba trabajando en el banco y hacía malabares con la guita. Ella bailaba y estudiaba con un ucraniano que era el mejor bailarín de tango de Europa, aplicaba conceptos de la física, de la mecánica, al baile. Era un científico del tango, ella decía que nunca había visto bailar a alguien así. Tenía un poco de tos, la vida le mostraba un colorido abanico de posibilidades. Yo me moría en cada viaje en subte y lo sabía.
Hace poco se me dio por trotar. Bah, me hice un chequeo, me dijeron que me moviera un poco, que bajara la panza, que dejara el whisky. Después de más de diez años trabajando en el centro estás clínicamente muerto, eso cualquiera lo sabe. Fuiste a buscar algo de guita y el precio es la vida, welcome to my kingdom.
Empecé a ir a Palermo los sábados a la mañana, a trotar un par de vueltas, antes del café con leche con medialunas. Tengo la teoría que lo que te mata no es el colesterol, ni el azúcar, mucho menos el cáncer. Lo que te mata es la tristeza, eso es lo que nadie te dice.
Ahí estaba, Mónica. Dando una clase de tango al aire libre para jubilados, gente de la tercera edad, gente que traían de alguna dependencia gubernamental, de geriátricos, de hospitales.
Había un par de parlantes, ella estaba entera, con su pollera ajustada y unos zapatos de taco alto. Tenía el cabello más corto, peinado a lo varón, con gomina. Usaba una flor en el pelo, una flor roja.
Me reconoció de inmediato mientras le sostenía ambas manos a un pobre viejo que luchaba por no caerse sobre el pavimento. De fondo, se oía la rasposa voz de Goyeneche.
Le sonreí y seguí caminando, me perdí entre la gente que pasaba trotando, las bicicletas, los vendedores de gaseosas. Hacía mucho calor, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, iba a hacer calor todo el día.

20.11.18

Las de carne son de pollo


Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si tu señora coge con un compañero de trabajo o si sube a la terraza a buscar la ropa y se engancha con la soga. Y se cae. Suenan las sirenas.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la persona que se te acerca en la calle te quiere saludar porque fue con vos a la primaria, quéhacéscómotevatantotiempoquéesdetuvida, o si es un ladrón que te apunta con un arma y te dice ‘ehhh amiguitoo’.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la foto que estás viendo fue en Buzios o en Necochea, de dónde carajo sacaste esa malla.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la piba en la fiambrería te da doscientos gramos de salame o de salchichón, si el doctor te dice que subió o bajó, si ella te dice que te sigue queriendo o ya no.
​Y cuando eso pase, ese es el momento de prestar atención.

10.11.18

Particular y única


Es difícil de explicar, y es antropométrico pero no sólo antropométrico, tiene que ver con el clima y los vientos, con la época del año, si estás más cerca de la montaña o del mar.
Hay gente que me cansa el huevo izquierdo, y hay gente que me cansa el huevo derecho, eso. Lo siento durante la interacción, el tirón, la pesadez, y sé exactamente de qué lado, qué huevo me cansa esa persona.
Por ejemplo, claro que hay ejemplos, siempre hay ejemplos. Las cajeras de supermercado me cansan el huevo derecho, los tipos que hablan por celular con manos libres me cansan el huevo izquierdo. Las mujeres que lloran me cansan el huevo derecho, pero las mujeres que te dicen ‘te di los mejores años de mi vida’ me cansan el huevo izquierdo. La gente que viene a proponerme algún negocio me cansa el huevo derecho, la gente que viene a contarme algo relativo a un partido de fútbol de la copa Toronto Melba Wilkinson me cansa el huevo izquierdo. Los tipos que pasan por la calle y te paran para decirte que fueron con vos a la primaria o a la secundaria o a la facultad, sí claro por qué no, me cansan el huevo derecho, la gente que toca bocina me cansa el huevo izquierdo, los empleados que te miran desde detrás de cualquier ventanilla y te dicen ‘no, no se puede, falta el formulario..’ me cansan el huevo derecho, los cajeros automáticos que no dicen nada pero tampoco dan plata me cansan el huevo izquierdo.
Podría seguir.
Pero con vos me pasa algo que hacía mucho no sentía, una sensación que tenía olvidada y por eso te lo quiero contar. Vos me cansás los dos huevos.

30.10.18

La felicidad ja ja jaja


–La felicidad es lograr aspiraciones, muchachos, eso es todo lo que tienen que saber. Logros sobre aspiraciones –dijo el profesor. No, no importa qué profesor, no importa la materia. Era la escuela secundaria y yo no sabía un pomo de la vida, pero tenía la fuerza del tamaño de un mar, no quería conformarme con mordiscones. No sabíamos todavía, no podíamos saber que la vida te empieza a pasar la piedra pómez por las bolas despacito primero, casi ni te das cuenta. Cada trámite, cada viaje en subte, cada vez que te lavaste los dientes y miraste y viste que escupías pedacitos de comida, cada vez que te sacaste el forro y viste eso que había salido de tu cuerpo, y así. Cada óptica que rompiste del auto, cada noticia donde cuentan que le quemaron las plantas de los pies a un jubilado con una plancha porque no quiso decirles a los ladrones dónde escondía sus ahorros. Hasta que no das más, hasta que te das cuenta que vas caminando por una calle del centro con la mirada perdida o gritando incoherencias por el celular. Y entonces entendés un poquito pero ya es tarde, porque darse cuenta es justamente el chinchin tibetano que te avisa que se fue todo a la mismísima mierda para nunca más volver, aquello que podríamos llamar tu ‘vida’.
Y me acuerdo que el profesor dijo eso sobre la felicidad y después terminó la clase, la clase de cualquier cosa y cada uno siguió con lo suyo.
Pero lo que el profesor no dijo es que todos nos íbamos a pasar la vida corriendo por agrandar de algún modo, de cualquier modo, trabajando el numerador. No dijo que también se podía achicar el denominador. Una vida menos agitada, quizás más sencilla.

20.10.18

Rotura de karma


El problema es más o menos, siempre más o menos por que la vida es más o menos, así. La gente tiene tiempo y dinero, o no tiene. Pero esas serían las dos cosas que mantienen a una persona con vida.
Sí, también está el amor, claro, y el dulce de leche Vacalin y Netflix y los cuadros de Francis Bacon, toda categorización es arbitraria, no rompas las pelotas.
Los que tienen tiempo se la pasan buscando dinero. Y los que tienen dinero se la pasan pensando en la salud, en cómo no morirse, en cómo hacer durar el tiempo, que el tiempo dure más tiempo. Aunque hay gente que tiene dinero y se la pasan buscando más dinero y más, hasta que un día alguien toca la campanita y les avisan que ya no tienen más tiempo.
Pero está mal, es asimétrico. Se distorsiona todo, el ser humano se va volviendo una total y absoluta mierda.
Lo que hay que hacer es lo siguiente. Avisarle a la persona que cuando se muera su patrimonio se sortea. Sí, le podés dejar algo a tus hijos, una casa, algo de dinero. Pero si tenés diez departamentos en Miami o una empresa con quinientos empleados, eso se sortea. Porque el que nace con una dotación inicial de recursos genéticos, petiso o rengo o con un labio leporino, sabe que tiene que vivir con eso y lo soporta y quizás consiga sobreponerse de algún modo, pero si vive en una tribu africana o en Berazategui y es pobre, sabe que va a seguir siendo pobre toda la vida.
Se sortea, la fortuna de un millonario austríaco le puede tocar a un congoleño que nació en una aldea, las combinaciones son infinitas. Se sortea la riqueza del que muere con los que nacen ese mismo día si querés. Puede ser dentro del país o del continente o se firman acuerdos de cooperación. Se puede sortear que un año los chicos que nacen en Etiopía reciben los patrimonios de quienes mueren en Alemania, y así. De esa forma los hijos de los millonarios no serán tan millonarios (ni tan boludos), los que nacieron en la miseria pueden tener suerte. Tratá de imaginarte cómo se modificarían las motivaciones de las personas, el impacto que la nueva situación tendría en sus maneras de ver la vida.
No, ya sé, te parece una impracticable pelotudez, no te gusta ni un poquito la idea. Esta mañana me cortaron el gas y tuve que bañarme con agua fría, debe ser eso.

10.10.18

Una suerte de existencial equilibrio


–Para mí se trata de una suerte de existencial equilibrio –dije–. Lo que sucede es que llegó la modernidad, nos alejamos de la rueda y el fuego. Podríamos decir que nos perdimos en el camino.
Ella me miraba, yo no diría con entusiasmo pero sí con interés. El restaurante era bastante bueno, italiano, pequeño y acogedor, como si una madre sudorosa y de regordetas manos te estuviera amasando las pastas que ibas a comer. No era demasiado caro, además, había pedido un vino mitad de tabla. Era la primer salida, tampoco quería intentar parecer lo que no era.
–Te doy un ejemplo, para que veas –dije–. Me confundo las fechas, tampoco soy un estudiante de historia. Pero ponele que por el año 1300 fue la peste negra, en Europa. La gente se moría como moscas. Nada, lo que se conocía del mundo se redujo no sé, a la cuarta parte. Murieron millones de personas.
Ella soltó los cubiertos. Se había pedido una especie de lasaña de berenjenas que tenía buena pinta, pero más que nada porque estaba cubierta de queso gratinado. Había comido dos o tres bocados, era evidente que se cuidaba. Comer no era lo suyo.
–Y de pronto los médicos, los científicos de la época, van y descubren un grupo de gente, unos campesinos en determinada zona de Bavaria o Baviera, no sé, que no se morían –dije–. Los tipos seguían trabajando, en lo suyo, eran granjeros. Y estaban lo más bien, ¿entendés?
Ella tomó un sorbo de vino pero apenas, como si se mojara los labios. Yo había conocido mujeres que tomaban ginebra en La Giralda, una bailarina de tango que se tomaba un vaso de vino en dos tragos, te tenías que apurar para que no se tomaran tu parte de la botella.
–Y de pronto descubrieron, entonces –dije–, porqué. Por qué a ese pequeño grupo de personas no les sucedía nada, no se morían. Era porque trabajaban cosechando, entre otras cosas, cebollas. Dormían en un galpón repleto de cebollas. La cebolla suelta algo en el aire, no sé, que mata todos los virus, las bacterias. La cebolla hasta impide que te piquen los mosquitos, tiene propiedades mágicas.
–Muy interesante, la verdad, lo que me contás –se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, intentó sonreír–. Aunque no sé a qué viene todo esto.
–Que desde acá te siento el aliento que tenés –dije–. Ni sueñes con que te chupe la concha.

30.9.18

Collar de ahorque


La gente se queja. Es normal que la gente se queje. El 97% de las quejas tienen que ver con el dinero. La falta de dinero, el dinero que nunca alcanza, el ingrato esfuerzo para conseguir dinero, la bíblica maldición de trabajar.
Pero. Hay algo que la gente no sabe. Todo el mundo cree que sus problemas están conectados de alguna forma con la falta de dinero. Se trata tan solo de conseguir dinero, mucho dinero, el dinero que vos creés que te haría feliz, el dinero que vos necesitás.
Si vos ganás ponele quinientos dólares por mes y creés, como categoría de imposible, como ir de paseo a marte o a la luna, que todos tus problemas se solucionarían con veinte mil dólares por mes. Y de pronto alguien te los da. Los veinte mil dólares por mes, no hace falta que hagas nada, acá están.
Bueno, de pronto se arreglarían dos o tres temas. Pero no serías feliz, de ninguna manera. Ese espacio que ocupaba el 97% de tu mente se dispararía en cualquier dirección. La tristeza te daría un existencial latigazo que vos serías incapaz de interpretar.
Por eso conviene que sigas atormentado por la falta de guita, las boludeces de siempre. Si el jueguito cambia de pantalla lo que sigue es infinitamente más complejo, no lo podrías soportar.

20.9.18

Malas noticias


–Hola.
–Sí. –Dije.
Debían ser las doce y veinte de la noche, raro que sonara el teléfono en casa, y esa hora. Raro que sonara a cualquier hora la verdad, yo después de las diez de la noche me marchitaba como un ficus. Me despertaba a las tres o a las cuatro de la mañana, sabía que no era bueno, que me convenía acostarme un poco más tarde o dormir más o las dos cosas, pero no me salía.
–Se murió Fleco. Bah, lo mataron.
–¿Eh? –dije–. No puede ser.
–Sí, boludo. Salieron a hacer un laburito, les dije que no salieran. Les dije que no salgan con lluvia, con lluvia todo se pone raro.
–Sí –dije–. La lluvia es jodida.
–Pero salieron igual, con el Toti. Master en la otra moto.
–¿Master? –dije.
–Sí, a mí tampoco me cabe el pibe, pero los chicos lo quieren. Dicen que no es que se cree importante, es callado nomás.
–No sé –dije.
–Siguen a un BMW que salió de un restaurante en puerto madero. Lo siguieron hasta Vicente López. Un tipo medio veterano con una minita. Y cuando van a entrar al garage de la casa se baja el Fleco y no sé si la piba gritó o qué pero el tipo dio marcha atrás con todo, y al boludo de Master se le cayó el fierro.
–¿Se le cayó? Es joda.
–Sí, se ve que se abatató o algo. Y el tipo tuvo tiempo de hacer una maniobra rara y lo pisó al Fleco.
–No te puedo creer.
–Así como escuchás, el auto lo pasó por encima y le partió la columna. Y el Toti trababa de levantarlo al Fleco del piso pero se le desarmaba todo, le salía sangre por todos lados. Y este pibe, Master, vio que venían de la garita corriendo y se rajó. Dejó a los pibes, dejó el fierro, dejó la moto y se fue corriendo.
–Pero qué pelotudo.
–Ya lo vamos a agarrar, ya vas a ver, me están averiguando en el barrio. Pero mataron al Fleco, entendés. No sé, pensé que se lo podías ir a decir a Julia vos.
–¿Yo?
–Sí, ustedes siempre fueron tan amigos. Vos sos como un hijo para Julia, sos el único que se lo puede decir.
–No sé –dije–. La voy a destrozar. ¿Dónde está Julia?
Hubo una pausa.
–¿Beto?
–¿Eh? –Dije.
–Sos Beto, ¿no?
–No, la verdad que no. Debés haber marcado mal.
–¿Y para qué me dejás seguir hablando, forro?
–No sé, me enganché con la historia. Pobre Fleco, te digo la verdad.

*puede que me repita un poco, puede que mejore. dejémoslo estar.

10.9.18

La sonrisa de los delfines


Vi un documental. No, no vi un documental, para qué carajo voy a ver un documental. Lo leí en un artículo, por internet. Escribían sobre el tema y me debe haber llamado la atención. Hay cosas que te llaman la atención y cosas que no te llaman la atención, no tiene explicación, viste cómo es.
El artículo, la nota, con video, era sobre los delfines. Te muestran un video con delfines nadando a toda velocidad, o jugando a seguir un barco que navega en medio del mar, poniéndose a un lado y a otro del barco, nadando en zigzag, haciendo piruetas para que los vean.
Y se ríen. La científica que relataba dentro del video decía que hablan, los delfines, que entienden, que tienen la capacidad de comunicarse y es cierto que parecen reírse, estar contentos. Están vivos y están contentos y se ríen, eso era lo que les pasaba.
Pero no es eso de lo que quería hablar, hay algo más. Tienen una capacidad, los delfines, un mecanismo. Pueden dejar de respirar. Descubrieron que el delfín, los delfines, pueden dejar de respirar a voluntad. Y morir.
Lo hacían, los delfines, cuando están en cautiverio. Cuando los quieren utilizar como entretenimiento en parques acuáticos. Los delfines se deprimen, se dan cuenta que no es para eso para lo que fueron puestos sobre la faz de la tierra por decirlo de algún modo (sobre la inmensidad del océano).
Entonces el delfín de da cuenta que lo que le está pasando está mal y deja de respirar. Y muere. Resuelve la cuestión.
En cambio un humano seguirá yendo treinta años a un trabajo de mierda, o continuará despertándose cada mañana con esa mujer mala y absurda, pero no dejará de respirar.
Se quejará de su suerte, se enfermará, probará anotarse en un gimnasio o cambiar el auto o coger con la secretaria del jefe o mudarse o viajar y así. Pero no dejará de respirar porque no sabe cómo hacerlo y eso es tan triste.

30.8.18

Bruma


Nunca tuvimos demasiado contacto con mi abuela, pero me lo pidió mi madre. Y no importaba lo mal que yo estuviera en la vida, lo fracasado que me sintiera, no había modo de omitir que mi madre me había querido. Se había esforzado, había hecho lo mejor que había podido aunque los resultados, bueno, los resultados fueran una mismísima mierda.
Lo que me pidió, mi madre, fue que fuera a ver a mi abuelita que estaba internada en un geriátrico hacía dos o tres años. Iba, mi madre, tres veces por semana sin falta, se sentaba junto a ella y le tenía una mano.
Nada, mi abuelita no emitía el menor comentario, una demencia que la había pasado por encima dejándola sin expresión, tan chiquita, la mirada acuosa casi transparente. El cabello blanco y áspero cepillado hacia atrás un poco. Ni una palabra.
Así que ahí fui, sábado a la mañana, un frío del carajo. Tenía partido de fútbol y asado, después. Gascón, cerca de Corrientes, logré estacionar el auto a una cuadra.
Toqué timbre, me anuncié, me abrieron una reja con otro timbre, y una puerta de metal después. Tenías que estar anotado como visita, aunque el guardia de seguridad estaba muerto de sueño. Tampoco había demasiado que cuidar, supongo que era eso.
Una mujer de uniforme celeste y cofia en la cabeza me hizo pasar a una sala de estar que daba a un precario jardín. Me preguntó el nombre de mi abuelita, se lo dije.
–Ah, sí, ahora la bajan –Dijo, y se fue.
Ahí me quedé, en la sala donde había mesas y sillas y algunos viejos dispersos. Pensé en no mirar nada, en mantener la vista unos veinte grados por encima de la línea del horizonte y quedarme sentado hasta que trajeran a mi abuelita. Pero miré.
Dos viejos en pijamas jugaban al dominó pero no jugaban. Permanecían sentados frente a frente, sin jugar, como si estuviera sucediendo algo de vital importancia frente a ellos pero que tampoco tuvieran apuro en descubrir. Una mujer caminaba dando cortos pasitos sin decidirse muy bien adónde ir, se le había abierto el camisón y se veía su azul desnudez. Un hombre lloraba en un rincón apretando un bastón entre sus piernas, mientras alguien, su hijo quizás, lo acariciaba, le pasaba la mano por el pelo cortado al rape como si fuera un gato. Alguien tuvo un acceso de tos y gargajeó y escupió un esputo que iba del verde agua al gris. Alguien se puso de pie, elevó las manos al cielo, se le cayó un vaso de plástico al piso, y gritó ‘¡Señor!’
Y el olor, el olor envolviéndolo todo como una manta polar. Un olor a desinfectante, a vómito apagado con sucesivas capas de lavandina, a muerte, a descomposición.
–Disculpe –me hablaba la mujer de la cofia, que era bajita y tenía una dulce sonrisa–, pero su abuelita no va a poder bajar. Está recostada, no se siente bien.
Me hablaba, la mujer de la cofia, pero yo no podía entender nada de lo que me decía. Tampoco podía recordar quién era yo ni dónde estaba. Era uno de ellos, no me iba a poder ir.

20.8.18

Se vive así


Lo que sucede es tan triste, nada para explicar. Pero quién lo va a hacer si la gente es tan pelotuda. Todos tenemos una misión, quiero creer a veces, fuimos puestos sobre la faz de la tierra para hacer algo.
​A ver, ahí vamos. En otros tiempos quizás, la carta de presentación era lo que sabías hacer. Una habilidad, un logro, algo que sentías que era lo que querías decir de vos, la parte constitutiva y más auténtica de tu ser. Pero. Después pasó el tiempo, la gente va corriendo de acá para allá, hay que pagar el gas y lavarse los dientes y tomar el colectivo y twittear alguna idiotez. Se vive así.
​Y entonces. Ya no hay ningún logro, ni una pequeñísima habilidad. No sabés tocar el acordeón ni hacer un omelette, ni siquiera sabés hacer la vertical. Y en el lugar donde debería ir el logro pusiste una privación. Eso es lo que sucedió.
​Vas a cualquier lugar y alguien cuenta que no come queso ni leche ni huevos, otro dice que hay que tomar café descafeinado y cerveza descervezada, alguien corre quince kilómetros por día descalzo y si le preguntás por qué corre quizás sonría, apenas, pero no te podría contestar porque ni él lo sabe. Un sucedáneo de la religión y no mucho más que eso, el horror de estar vivo, desesperación al natural.
​Ya está, eso es todo lo que quería decir. Reemplazaste algo que sabías hacer por una privación, por algún sufrimiento. Por eso no te reís más.

10.8.18

No estaría funcionando


a veces amy winehouse de burzaco
a veces colin farrell de haedo
a veces me rasco el culo y me
huelo los dedos.

soy tu suave ricky martin de beraza
tu exótica rihanna reyamila
tu princesa de coto
llena de bótox.

soy kim kadarshian
con el culo de garrafa
y tengo un tupper con ensalada.

soy cristiano ronaldo de lugano
y me hago un jopo.
dame todo lo que tengas, loco.

*el otro día, sábado a la mañana, di una vuelta por el parque centenario al que no volvía desde hace tiempo. sitio sagrado que yo creí desde siempre mi lugar en el mundo, con propiedades similares a ‘arunachala’ para quienes conozcan algo de espiritualidad. lo que vi, lo que sentí, me causó cierta desazón. después vinieron las palabras, sepan disculpar.

30.7.18

Tres sonidos


Hay tres sonidos. Tres sonidos de identificación unívoca, me gustaría decirlo así. Sonidos donde ocurre una curva de la vida, después de oírlos todo es diferente. Tu percepción del universo en general y para qué pomo fuiste puesto sobre la faz de la tierra en particular, bueno, cambian. Son más importantes, esos sonidos, que cualquier proceso educativo que hayas recibido, llegado hasta donde hayas llegado. Son más importantes que la primera vez que cogiste, o si descubriste que que te gusta más el té que el café, que preferís mucho más a los perros que a los gatos. Estamos hablando de otra cosa.
Te los voy a contar, claro, los tres sonidos. Para eso estoy, para eso vine. Aunque no en orden de importancia, porque no tienen orden de importancia. No tienen jerarquía, eso quise decir. Te puede tocar oír los tres, a lo largo de tu vida, o uno solo. Te puede impactar más uno que otro. Lo importante es que tu vida no volverá a ser como antes.
El primer sonido es el sonido de cargar un arma.
El segundo sonido es el sonido de los cubitos, dos cubitos, chocando contra el borde de un vaso.
El tercer sonido es el sonido de contar dinero. Un fajo de dinero.
Podríamos agregar tantísimas cosas. Que el sonido es el de meter un cargador en una pistola glock .40 o de amartillar un revólver 38 corto, o el sonido previo al disparo de una escopeta, en fin. Podríamos decir que los cubitos suenan en un fondo de whisky y el vaso es ancho, y la habitación está a oscuras, y estás solo. Podríamos decir que el fajo es de diez mil dólares y el que los cuenta transpira un poco y hay un olor difícil de descifrar, a encierro, a óxido, metálico.
Si no te pasó. Si no escuchaste ninguno de los tres sonidos que te estoy detallando. Bueno, no sé. Cagar es una dulce melodía, podés quedarte con eso.

20.7.18

Cómo vamos a parar el agua


Tuve un sueño, no me quiero extender demasiado. El sueño fue más o menos, siempre más o menos porque mi vida es más o menos, así.
Yo estaba durmiendo, o recostado, y me venía a buscar alguien. Alguien pero no sé quién, podía ser una chica que salió conmigo en la adolescencia, podía ser el portero de un edificio donde había vivido hacía algunos años, no lo sé. Y yo me paraba y lo acompañaba, desde la habitación. La habitación era la habitación donde estaba durmiendo en realidad, o sea, la habitación donde estaba recostado afuera del sueño y la habitación donde estaba acostado en el sueño era la misma habitación.
La persona me guiaba hasta la cocina, yo la seguía. Pero la cocina no era la cocina del departamento donde estaba viviendo, la cocina era la cocina del departamento donde viví cuando era niño, con mis padres. Tenía un mueble de cocina, la mesada, y unos azulejos amarillos muy pálidos, muy claritos. Supongo que era lo que se ponía en las cocinas en esa época.
Y entonces la persona, una ex novia o el portero, señalaba hacia la pared, bastante alto, a los azulejos. Y yo veía dos, no, tres. Salían, de la pared, chorros de agua. Fuerte, chorros de agua ininterrumpidos que caían sobre la pileta de la cocina, sobre la mesada, sobre el piso. Empapándolo todo.
Y entonces yo hacía un gesto. Yo estaba en shorts y remera, como suelo estar en casa, y hacía un gesto. Un gesto que algunas veces hacía mi padre, que le vi hacer a mi padre en momentos trágicos de su vida. Cuando volvimos a casa un domingo y nos habían entrado a robar y nos habían robado todo, o cuando le anunciaron que mi mamá se tenía que operar, que estaba muy enferma.
El gesto era agarrarse la frente, con una mano. Toda la frente, y mi padre era bastante pelado, tenía una frente muy amplia. Yo también soy así.
Eso entonces, ocurría en el sueño, hacía el gesto, el gesto de mi padre, de agarrarme la frente con una mano. Y en el sueño dije: cómo vamos a parar el agua.
Y entonces me desperté.

10.7.18

Territorio Shaolin


Tengo una rutina con el chino que atiende el supermercado, el supermercado chino, claro. Hago las compras en un chino, ocho o diez productos en el canasto, una vez por semana. No tengo paciencia para los supermercados grandes, los carritos, las cajas rápidas que son lentas, la gente mirándose las compras como si se hicieran una tomografía computada, una colonoscopía. En los supermercados chinos hay mugre, la gente no tiene pretensiones, un albañil entra a comprar una cerveza de litro, una mujer con un bebé intenta robarse un sobre de mayonesa sin excesivo disimulo, la vida es más simple.
​El chino, con su milenaria destreza ha intentado aprovechar al máximo el espacio del local. Al fondo puso una suerte de verdulería atendida por una boliviana que permanece sentada impertérrita con la mismísima semisonrisa del Buda. Adelante, junto a la caja para cobrar, vende alfajores y cigarrillos. Y a un costado, hacia lo que sería el lado opuesto a la puerta de salida, armó algo parecido a una fiambrería.
​Cuando entro, cuando agarro el canasto y voy hacia el fondo por un pasillo a buscar mis cosas, el chino me saluda. ‘Cortame doscientos de cocido’, le digo.
​–Bocatta –Me dice el chino flaquísimo, y se saca el cigarrillo de la boca.
​–Sí –le digo. Es Bocatti, pero no importa. La idea es que cuando termino de encontrar mis cosas y vuelvo a la caja, ya está preparado el paquetito de papel con mis doscientos gramos de jamón cocido. Gano tiempo. El chino siente que no lo vigilo cuando me prepara el pedido, que confío en él. Todavía queda nobleza en el mundo.
​El supermercado es una mugre pero no importa. Compro unas hamburguesas de pollo Granja del sol, un vino de cien pesos, avena, café La Virginia, un dulce de leche o una mermelada, papel higiénico, una levité que por el color parezca jugo de algo, a veces un aceite de oliva. Podría entrar al supermercado y hacer la compra con los ojos vendados, de memoria.
​Hay algo más. Cuando le digo al chino, apenas entro ‘haceme doscientos de cocido’, y él me dice ‘¿Bocatta?’ y yo le digo ‘sí’. Hace una ínfima pausa y me dice ‘¿queso?’, y yo le digo ‘no’. porque agarro algún pedazo de queso sancor, pategras, cremón, fynbo, gouda, no sé, voy cambiando el queso para no aburrirme más todavía. Si no pudiera cambiar el gusto del queso, quizás ya me hubiera pegado un tiro.
​Fui al supmercado, el otro día, era martes.
​–Hola, haceme doscientos de cocido –dije.
​–¿Bocatta? –dijo el chino.
​–Sí –empecé a caminar hacia adentro del local, canasto en mano.
​–¿Queso? –dijo el chino.
​Iba a decir que no, como siempre.
​–Sí –dije. Y arranqué por el pasillo para hacer mis compras.
​–¿La Paulina o Verónica? –Dijo el chino.
​Volví sobre mis pasos, lo que equivale a decir que retrocedí. Lo miré.
​–No sé –dije–, el que vos digas. ¿Cuál es mejor?
–Elomismo –dijo el chino y sonrió, apenas. Jamás lo había visto sonreír. Y entonces entendí que era verdad, tantas pero tantas películas de artes marciales. Toda esa sabiduría del lejano oriente.

28.6.18

Nada nuevo


Muchas veces me despierto y prendo la radio, todavía acostado en la cama, o sino prendo el televisor y pongo un noticiero, a la noche, mientras me preparo algo parecido a una cena.
Escucho, veo, las noticias.
Alguien en Berazategui o en Burzaco, un hombre que violó y mató a su pequeño hijito de tres años. Habla alguien que lo conoce, al hombre, dice que era puntual y trabajador, buena persona, buen amigo.
O un robo, un robo en una casita de morondanga de alguna parte. Robaron a una jubilada y como no tenía mucho dinero la torturaron. Le quemaron las plantas de los pies con una vieja plancha Atma de plástico naranja para que confesara dónde ocultaba su supuesto tesoro. Como la mujer no decía nada, porque no tenía mucho para decir sobre la cuestión, le quemaron el rostro, después. Y le mataron, de un tiro, a su pequeño perro.
Noticias así, variaciones por el estilo. Amputaciones, ahorcamientos. Alguien entierra viva a su novia adolescente en el jardín de la casa de sus padres, con ayuda de algunos familiares, alguien le cierra el hocico a su perro con cinta de embalaje y después lo acuchilla hasta que se desangra, alguien le corta un dedo a un viejo en un geriátrico y se lo mete en el culo, al viejo, y nadie se da cuenta porque nadie se toma el trabajo de mirarle las manos y contarle los dedos y ver qué carajo pasa.
Podría seguir, claro que podría seguir, con el espanto, con el horror, quién sabe hasta cuándo. Y ya sé lo que me vas a decir, también está el mar y la lluvia y las puestas de sol y la risa de un niño. La belleza, la música.
Así que no consigo entender de qué carajo estamos hechos. Por qué somos así, qué nos pasa.

21.6.18

Volver a volver


Sonó el teléfono, era de noche.
Hace tiempo que en mi casa dejó de sonar el teléfono. Y si suena no atiendo, además. No recuerdo cuándo fue la última vez que llamó alguien y me interesara lo que tenía para decir. Lo mismo se aplica a las conversaciones cara a cara, en persona. Sí, también a los mails, y los mensajitos claro.
Pero atendí.
–¿Hola, Juan? –Una voz de mujer.
–Sí –dije.
–Soy Laura –dijo, hizo una pausa esperando ser reconocida. Pero yo no la reconocía, así que hice una pausa yo también–. La mujer de Pablo.
–¿Eh? Ah, sí, qué hacés, Laura –Pablo era mi amigo desde la adolescencia. Buen amigo. Tenía dos hijos, Pablo, con Laura. La veía, yo, a Laura, con suerte dos veces al año. En el cumpleaños de Pablo, y quizás de casualidad, alguna vez, en la calle. Fin de mi contacto con Laura. A mí me parecía una mina piola, trabajaba de docente en algún colegio primario del gran Buenos Aires y era la mamá de los hijos de Pablo. Suficiente.
–Disculpá que te moleste a esta hora –dijo Laura.
–No me molestás, Laura –dije, miré la hora. Eran las once y veinte de la noche. Sí, me molestás.
–Te llamo por Pablo –dijo Laura.
–Sí, decime.
Se hizo otra pausa. Y hubo una congoja, un acceso de llanto que fue sofocado por un pañuelo.
–¿Está con vos?
–¿Eh?
–Si está con vos, Pablo –Laura logró seguir hablando, su voz quebrada.
–Laura, no.
–Es que no vino del trabajo –no me dejó terminar–. No atiende el celular, ya llamé a su hermana y a la mamá. Nadie sabe nada, no está por ningún lado.
–Sé que a veces te va a ver a vos –siguió–. Sé que va a tu casa a comer pizza y a tomar vino, no importa, está todo bien. Cuando vuelve de tu casa me dice que tuvo una reunión de trabajo, pero le siento el aliento. Fugazzeta, siempre, y vino. Todo bien.
–No está acá –dije–. Viene los miércoles, cada dos miércoles.
–Sí, lo sé –Laura se sonó la nariz–. Pensé que podían haber cambiado el día.
–No.
–Fui a la comisaría
–¿Para qué?
–¡Cómo para qué, cómo para qué! –Se puso de pie, Laura. No, no porque la estuviera viendo. Oí cómo se caía una silla al piso–. Tendría que haber vuelto a las seis de la tarde. Y son las once de la noche.
Nada, no dije nada.
–Llamé a los hospitales, también –dijo Laura–. Emergencias.
–¿Y?
–Nada, nada de nada. No está, Pablo, no está en ninguna parte. ¡Estoy desesperada, Juan! ¡No sé qué hacer!
–Quizás se fue –dije.
–¿Qué?
–Que quizás se fue, Laura –encendí un cigarrillo, pité–. Desde hace un tiempo me venía diciendo, bueno, no te ofendas.
–¿Qué? ¿Te venía diciendo qué?
–Que se quería ir. Que no daba más.
–¿Tiene otra mujer? ¿Es eso? ¿Tiene otra mina, no?
–Mirá, yo no sé, Laura. Tené un poco de paciencia, seguro aparece. Pablo no puede vivir sin vos y adora a los chicos. Hay un momento donde miramos por la ventanilla de la vida y lo único que vemos es un repetido paisaje, desierto sin arena creo que dijo el poeta. Debe estar agobiado, confundido, buscando fuerzas para poder continuar con tanto sinsentido, nada más.
–Qué forro que sos, Juan. Siempre me pareciste un pelotudo mal –cortó.
La verdad, Pablo jamás me había dicho nada respecto a rajarse. Si en verdad le había pasado algo malo, si lo había atropellado un camión, bueno, no se podía hacer nada. Pero si aparecía, entonces Laurita iba a quedar de lo más asustada. Ninguna mujer resiste ser abandonada, eso, la sola posibilidad, las suaviza un poco. Las pone más dulces.

14.6.18

Climatronic


Tenía que cambiar el auto. La verdad que mi auto estaba viejo, lo había comprado cuando se murió mi padre. Hacía de esto más de diez años.
Alguien, un amigo, me recomendó una concesionaria de automóviles donde conocía a alguien que me iba a hacer un buen precio. No, no importa qué marca era mi automóvil, ni tampoco importa de qué marca era el automóvil que estaba yendo a ver. Prescindamos de eso.
El asunto es que llamé y me dijeron que pasara tal día. Fui, me atendió un vendedor de unos cincuenta años, flaco, de traje y corbata. Era calvo, el vendedor, pero se notaba que por encima de su natural calvicie debida a la mala alimentación quizás, al paso del tiempo, a la fatiga de materiales por decirlo de algún modo, se rasuraba la cabeza, con una maquinita supongo, como mínimo una vez por semana. Siempre he pensado que rasurarse el cráneo es una suerte de mutilación, un castigo, una manera de dejar en claro el profundo disgusto que tiene, el portador de la cabeza, con relación al cabello que le tocó en suerte, quizás con su propia vida. Me parece algo excesivo, como si alguien que en los demás órdenes de la vida resultara ser un imbécil más o menos normal, hubiera tenido, con relación a su cabello, un ataque de personalidad. No corresponde, no va.
Hice un par de preguntas sobre el modelo del automóvil que estaba intentando comprar. El precio desde ya, y tal o cual prestación. La idea era que el vendedor me explicara algo, las ventajas del modelo en cuestión, para luego preguntarle en cuánto tomarían mi viejo automóvil como parte de pago. Lo normal.
El vendedor parecía no estar a gusto, quizás con la situación, quizás con mi persona. Me pasa últimamente que ni bien entro a un lugar, sin haber dicho una palabra todavía, caigo mal. Soy tan luminoso que hago daño en la tremenda oscuridad que envuelve a la mayoría de las personas, es algo que no depende de mí. No lucho contra eso, miro un poco más arriba de los ojos de mi ocasional interlocutor y dejo que su odio se vaya derramando, sé que su vida después de verme no volverá a ser la misma y sé que el aprendizaje es doloroso, lo dejo estar.
–Tiene climatronic –dijo el vendedor, mostrando un folleto.
–¿Eh?
–Que tiene climatronic, el auto –dijo el pelado. Miraba a los costados, como queriendo escapar.
–¿Y qué vendría a ser el climatronic? Si se puede saber –Pregunté.
–Ehh –se pasó una mano por la cara–. Ehh, es un sensor, un sensor.
–Un sensor de qué.
–Un sensor –repetía el pelado, hizo una teatral pausa–. Si llueve, el sensor detecta la lluvia. Y se enciende el limpiaparabrisas, solo.
–Mire –dije–. Si no estoy capacitado, si no estoy consciente como para darme cuenta si está lloviendo, bueno. No sólo no estaría en condiciones de manejar, creo que sería equivalente a decir que no estoy en condiciones de saber si me tengo que limpiar el culo. Tengo derecho a pensar, entonces, que el automóvil que usted me está ofreciendo tiene climatronic porque el automóvil me considera un pelotudo. Y desde ya, usted me considera un pelotudo, también. Lo cual es opinable, pero me resulta un poco antipático como argumento de venta. No sé si me entiende.
–No, bueno. Yo… –Se cubrió la cara con las manos el pelado. Parecía como si estuviera por largarse a llorar.
–No pasa nada, capo –le di una palmada en el hombro, me puse de pie. O al revés–. El auto que me querés vender es una mierda, una total y absoluta mierda. Fracasamos todos, todos quisimos ser otra cosa pero eso ya lo sabés.

7.6.18

Punto de partida


Está mal desde el vamos, y no es culpa de nadie. Así fue planteado desde un comienzo, a nadie se le ocurrió revisar la cuestión. Una pena, porque la sociedad, la vida en sociedad se estructura, de algún modo, desde ahí. Aquello de ‘no es bueno que el hombre esté solo’, o ‘la familia es la célula básica’, boludeces por el estilo. En fin.
El proceso de seducción, a eso me refiero. Porque para estar con alguien, para irse a vivir o para coger o quizás las dos cosas, primero hay que conocerse. Gustarse, podríamos decir.
Siempre hay una primera cita, eso digo. Incluso en los casos donde te conociste en un boliche si querés, y fuiste a la playa movido por el tornado del deseo, bueno. Hay un día después, y entonces hay una noche después, una primera cena, algo así.
Cuál es el punto, el quid. En esa primera cita, la mujer y el hombre intentarán brillar. Potenciar cualquier positivo atributo, los tengan o no, y ocultar aquello que desprecian de sí mismos, lo que los avergüenza.
Se trata, entonces, de mostrar una versión mejorada de uno mismo, se intenta deslumbrar de algún modo a la persona que se tiene enfrente. En eso consiste, sin excesivas dificultades interpretativas, el proceso de seducción.
Pero no, eso está mal. Allí subyace, es su génesis, el fracaso todo. Lo que se desenrollará con el hilo hecho de tiempo y hará que todo termine en reproche, en odio, en rencor. Para la mierda para ser más exacto.
No puede resultar de otra manera. Pusiste en esa primera cita la vara a una altura que jamás podrás volver a saltar. Aquello que dijiste que eras y jamás fuiste. Aquello que mostraste pero no sos.
Por eso, en lo que a mí respecta, lo que hago en la primera cita es mostrar lo peor de mí, la inmunda alimaña que me habita, el repugnante ser que soy, que me contiene que me envuelve y que me abarca. Si lográs superar ese primitivo asco de ese horroroso comienzo, bueno, podés estar segura que lo nuestro no hará otra cosa que mejorar. Pero puede suceder, está claro y es tan pertinente como apropiado, que no logres soportar ese primer contacto. Y eso creéme, yo sé lo que te digo, es todavía mejor.

28.5.18

Relámpago


Mirá, en algún momento de tu vida adulta, digamos alrededor de los treinta años. Puede ser a los 28 pero no a los 25, puede ser hasta los 33. Somos todos diferentes desde ya, aunque no tanto.
En algún momento de tu vida adulta entonces, decía, te vas a dar cuenta que la vida no tiene sentido. Te vas a dar cuenta que no hay adónde ir, pero tampoco tenés adónde volver. Pusiste lo mejor de vos en la moto que arrancaste a patada en la carrera de la vida que consiste en estudiar y trabajar y casarse y tener hijos y comprar un auto y veranear en una playa donde el agua debería ser turquesa y las palmeras de cerca nunca son como en las fotografías, algo es diferente.
Pero te vas a dar cuenta que la vida no tiene mayor sentido. Vas como una valija en una cinta transportadora que no conduce a ninguna parte, y ni siquiera sabés demasiado bien por qué.
Llega el relámpago entonces, el reconocimiento, sos envuelto en una manta polar hecha de la futilidad más pura.
Una vez ocurrido el reconocimiento puede suceder las más variadas cosas. Puede que intentes comprar un auto descapotable de color clarito, puede que te quedes mirando a la jovencita en cuatro patas que se arquea de esa manera tan particular mientras aguarda recibir la tarifada poronga, puede que te den ganas de conocer sitios exóticos, caminar por el centro de Tokio a las dos de la mañana buscando un lugar donde tomar un whisky decente, puede que tengas ganas de sentarte a la orilla del Ganges mientras quizás demasiado cerca un barbudo se pone en cuclillas y comienza a defecar.
Sigo. Puede que quieras ser gerente intergaláctico de algo o ir a un gimnasio a practicar el entrenamiento de los Seals, puede que quieras tomar cursos de fotografía o aprender a surfear.
Lo que hay que entender es que todas esas cosas son maniobras distractivas. Lo importante es no romper demasiado las pelotas, no hay escape.

21.5.18

Medio corcho


Lo explico pero no mucho, me cansé de explicar, además no me pagan para explicar. Son las ganas de ayudar, lo explico de onda.
Si vivís en una ciudad, cualquier ciudad del occidente capitalista civilizado, bueno, estás hecho mierda. No depende de tu voluntad, no, no importa si vas a yoga dos veces por semana, si tomás yogures para cagar como un colibrí.
Vivís en la ciudad y estás arrasado por el twister hecho de idioteces multimedia y correr, siempre correr, siempre apurado para poder llegar a un lugar al que no sabés demasiado bien para qué fuiste y del que te gustaría irte apenas llegás pero tampoco tenés muy en claro adónde volver.
Hasta que algo cede, algo se rompe, fatiga de materiales podríamos decir. Se suelta una costura de tu atribulado ser y te empezás a descascarar. Empieza el plano inclinado, la escalera mecánica de la vida que va siempre para abajo y te va a ganar.
Bueno, lo que tenés que hacer es llevar medio corcho encima. Sí, medio corcho, compraste una botella de vino cualquiera para la cena, y te guardás el corcho. No lo tirás.
Al día siguiente, cuando tenés que salir a la calle para seguir con esa cadena de errores que podríamos denominar ‘tu vida’. Agarrás el corcho y lo cortás, con un cuchillo, por la mitad. En realidad puede ser menos de la mitad, entre la mitad y un tercio es lo ideal. Y te guardás el pedazo de corcho, la mitad del corcho, en un bolsillo. Puede ser un bolsillo del pantalón, o un bolsillo de la campera, te vas a ir dando cuenta con el tiempo dónde lo tenés que llevar.
El corcho tiene propiedades que no se conocen. Tiene la capacidad de absorber los rayos Wilkinson y las ondas de Tupolev, toda la mierda que se genera en la biósfera. Para que entiendas, sólo para dar un ejemplo. Si vas a un hospital, si vas a visitar a alguien que está en terapia intensiva y te sentás en la sala de espera. Se te pega, se adhiere a vos toda la tristeza de la gente que estuvo llorando ahí cuando le dieron las malas noticias sobre sus familiares. Y eso se te mete en la sangre, como el polonio, y un buen día te largás a llorar como un chico mientras estás comprando doscientos gramos de salchichón primavera en la fiambrería y no podés entender por qué. Así funciona.
Pero si llevás medio corcho entonces no te pasa nada. El corcho hace de pararrayos de la tristeza y a vos no te pasa nada. Te permite continuar lo más bien.
Listo, eso es todo. Llevás medio corcho encima y la locura pasa de largo, la tristeza patina como si estuvieras hecho de teflón, el sinsentido de la vida no logra averiguar dónde estás para darte la definitiva piña.
El corcho amortigua el odio del otro, repele toda la mierda que envuelve el planeta como una nube (de mierda), es, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, el escudo de he-man. Vas a flotar.

14.5.18

Variaciones sobre el arte de ayudar


La historia es más o menos, siempre más o menos, la vida es más o menos ya lo deberías saber, así.
La chica era una chica chiquita, siete años o nueve. Y le tenía miedo a la oscuridad. Vivía en un pueblo a unos quinientos kilómetros de la capital federal, con sus padres, con su hermana mayor. Podríamos decir que su vida todavía no había comenzado. Iba al colegio, segundo grado, no sé, todo muy tranquilo. Su padre trabajaba, la madre mantenía la casa andando, se reunía la familia a comer todos los domingos. Tenía hermana, algunas amigas, un perro, un par de primos.
La chica le tenía miedo a la oscuridad, terror, pero eso ya lo dije. Le dejaban una luz prendida en el pasillo cuando se acostaba en la cama, hasta que se quedara dormida. No podía quedarse sola, y si se quedaba sola porque su hermana había ido al baño o a su cuarto con una amiga, prendía la televisión de inmediato, para sentirse de algún modo acompañada.
Cuando tenía que subir a su cuarto, o si iba al baño, la niña, primero metía la mano manteniendo todo el resto del cuerpo fuera, pegada a la pared del pasillo se estiraba, hasta que lograba prender la luz y ahí entonces sí, una vez que había luz, podía ingresar a la habitación.
Y su padre decidió curarla del susto. A su manera, claro, un hombre rústico que tenía una camioneta y trabajaba haciendo reparto de lácteos por los pueblos de la zona. Le gustaba el juego, el alcohol, las prostitutas, las tres cosas juntas.
Habían cenado, era sábado. Y el hombre sabía que su hija al ratito nomás iba a su cuarto a buscar sus cosas para jugar. El hombre se puso de pie con lentitud, apestando a vino barato y al fastidio de siempre. ‘Salgo un rato’, dijo. Su mujer ni lo miró, sabía que los sábados su marido salía y se lo traerían con suerte de madrugada, borracho, perdido.
Pero el hombre no salió. Subió y se escondió en el cuarto de la niña, pegado a la pared, a oscuras. Cuando la niña subió se detuvo junto a la puerta entreabierta, dio un par de pasitos cortos, apenas, estirando el brazo hacia adelante tanto como le era posible para palpar el interruptor. Y entonces el padre, desde adentro, le agarró la mano a la niña, y dio un tirón.
La niña estuvo casi dos años sin hablar, pálida como un fantasma, había que ayudarla a comer, el perro no se le despegaba un instante, la seguía por toda la casa. Le quedó también un problema para caminar, cada cuatro o cinco pasos daba un saltito y giraba la cabeza, como si la hubieran llamado desde atrás. Logró terminar la escuela primaria, trabaja en una panadería. Le gustan los animales y las películas antiguas, cocina bien.

7.5.18

Así me gusta a mí


Me gusta cuando las cosas no salen como vos pensás. Me gusta cuando el tipo que come una pechuga con una ensalada desde hace veinticinco años se queda seco en la calle, o lo pisa un auto. Me gusta cuando la chica por la que todos hubiéramos estado dispuestos a matar durante la secundaria se transforma en un rotundo lechón. Me gusta cuando al neurocirujano le roban el auto. Me gusta cuando volvés a tu casa y encontrás a tu marido cogiendo con la boliviana que hace la limpieza, que tiene por lo menos veinte años más que vos. Y veinte dientes menos que vos. Me gusta cuando ibas ganando y en el último minuto no. Me gusta cuando se te escapa el perro, cuando quiebra el banco, cuando la azafata sale a decir que no va a poder servir la comida, que mejor conviene esperar un poco porque bueno, y vos te das cuenta que su rostro está hecho del más puro terror. Me gusta lo que se rompe, lo que se hunde, lo que se cae, lo que no puede ser la puta madre que te parió.
Me gusta cuando las cosas no salen como vos pensás, ya te dije.

28.4.18

El sueño que te estoy contando


Tuve un sueño. Te lo cuento, el sueño.
​Supongo que fue corto, el sueño, pero viste cómo es. La dimensión temporal, por decirlo de algún modo, se altera. Quizás vos pensás que estuviste escapando a través de la selva, no sé, una semana, y el sueño duró tres minutos. Quizás vos sentís la muerte, que te caés de una terraza y te morís, y lo estuviste soñando, el episodio, cuatro horas.
​Para mí el sueño fue corto, aunque tampoco podría asegurarlo. Y parecía, lo que te voy a contar, parte de otro sueño, de un sueño más grande que no recuerdo.
​Lo que recuerdo del sueño, o sea el sueño, el sueño que te quiero contar, era más o menos así.
​Sentí algo, algo como un pinchazo en una mano. Más precisamente en el borde, en el canto exterior de mi mano izquierda. Iba caminando por la calle, era de noche, y sentí eso.
​Me miro la mano, en el sueño, para ver qué me pasa.
​Raro. Primero me parece un insecto, pero no es un insecto. Es un tiburón, un tiburón con la cabeza más ancha, como más cuadrada, como un tiburón tigre. Pero chiquitito. Voy caminando por la calle, y tengo prendido a mi mano izquierda un tiburoncito que debe tener, no sé, quince centímetros de largo como mucho, por tres centímetros o cinco centímetros, de ancho.
​Eso es lo que me duele, la mano, porque el tiburoncito me está mordiendo. Yo voy caminado por la calle, y el tiburoncito va prendido ahí, a mi mano, moviéndose apenas, acompañando de algún modo el movimiento que hace mi brazo al caminar.
​No, ya sé, no cierra nada con nada, pero es un sueño, el sueño que te estoy contando. Ya sé que si es un tiburón, un tiburoncito, y no está en el agua, debería morirse. Pero no se muere. Muerde, sigue mordiendo, y no hay forma que me suelte la mano.
​Algunas otras cosas del sueño.
​Intento que el tiburoncito me suelte la mano, pero no suelta. Si tiro de la cola, me duele más, es peor. Sacudo la mano, pero nada. El tiburoncito está prendido de mi mano y no hay manera de quitarlo. También descubro que, en medio del dolor, aunque duele, es un dolor manejable. Puedo soportarlo.
​Finalmente, me agacho, pongo una rodilla en el piso, me saco un zapato. Después, pongo la mano, la mano izquierda, sobre la vereda. Apoyo la palma. Y le empiezo a pegar, con la otra mano, al tiburoncito, violentos taconazos de mi zapato. Varias veces, como si estuviera rematando un insecto, una araña.
​Logro el cometido. El tiburoncito, desfalleciente, afloja la mordida, logro liberar la mano. Me pongo de pie. Ha quedado el cuerpo del maltrecho y minúsculo animal, sobre la vereda. Hay también salpicaduras de sangre.
​Falta algo más. Ya estoy de pie, nuevamente. Pongo la mano a la altura de mi cara, para poder observar, con cierto detalle, el daño. Me miro, de cerca, el canto de la mano, para lo cual tengo que hacer una extraña torsión del brazo.
​Nada, es como si hubiera un agujero rectangular. Puedo mirar a través de mí, de mi mano, y veo el paisaje, la calle, los árboles, porque no hay nada. Allí donde me mordía el tiburoncito, hay un espacio. Se ve lo que hay del otro lado.
​Listo, ese es el sueño. No, no tengo la más puta idea qué significa. Pero da toda la impresión que vos no vas a querer ir a coger, y tampoco tenés mucho para decir. Ya casi no queda vino, los ravioles estaban buenísimos. Si querés podés ir yendo, yo pago.

21.4.18

Eso de lo que estamos hechos


Los seres humanos tenemos una parte centrífuga y una parte centrípeta. De acuerdo a la parte que se imponga, que de algún modo predomine, podríamos decir que los seres humanos pueden ser agrupados en dos grandes categorías: los centrífugos y los centrípetos.
Si sos centrífugo, tu esencial característica es la expansividad. Creés que valés mucho, que estás para más. Querés conocer gente, hacer esquí acuático, tirarte en paracaídas, viajar. Te gustaría hacer un safari y ver cagar a un elefante detrás de un árbol, andar en canoa, correr maratones, ir a fiestas electrónicas. Te parece que tenés algo interesante para decir sobre prácticamente cualquier tema, tu opinión vale, irías sin inconvenientes a las reuniones de consorcio para discutir sobre el horario en que conviene encender la caldera del edificio, qué marca de escobillones conviene comprar, te gusta chatear.
Si sos centrípeto, entonces dudás. Sobre vos mismo, más que nada. Te molesta estar con mucha gente, escapás de los recitales y de los espectáculos deportivos. Te puede parecer que todos son más jóvenes que vos, más flacos, más felices. Te parece bien quedarte quieto, hacer meditación o a lo sumo yoga, en un asado en familia se olvidan de preguntarte si querés otra porción de mollejas, o de matambre. No le darías un beso a tu novia en un colectivo, te parece que las demostraciones de afecto corresponden al ámbito privado.
Si sos un masculino centrífugo, por la ley de los opuestos, te atraerá una chica centrípeta, te parecerá que es buena o dulce, que prende incienso o sabe cocinar. Si sos una femenina centrípeta, te deslumbrará un muchacho centrífugo. Alguien que te lleve a coger a la terraza o que tome whisky o cocaína (o las dos cosas, taco y punta). Porque le aporta aventura a tu vida, algo divertido, velocidad. Se entendió, y la recíproca también se aplica, masculino centrípeto con femenina centrífuga. No hace falta insistir.
Hay una característica más, algo que define tu precario paso por la tierra. Un rasgo que subyace, que todo lo abarca y lo contiene, se impone por sobre los distintivos factores que acabo de detallar.
Es lo boludo que sos. Independientemente si preferís moverte o quedarte quieto. Tu boludez es un mar.

*en la última oración, donde dice ‘boludo’ se puede escribir ‘boluda’, donde dice ‘quieto’, quieta. el sentido del texto permanece inalterado.

14.4.18

A trabajar


Teníamos programado un desayuno con Martín. Martín conocía a la secretaria de un diputado. Se la estaba cogiendo, eso también es conocerse. La secretaria le había conseguido una reunión, a Martín, con el diputado. Necesitábamos una habilitación para poner un puesto de panchos. Me había contado la idea, Martín, y me había contado cuánto dejaba un puesto de panchos. Me había pedido la mitad de la plata para poner el puesto, o quizás algo más. El conseguía la habilitación, él tenía los contactos.
Salió todo como el culo, la fuerza de la costumbre. Martín se había peleado con la secretaria, la secretaria del diputado, o se la había cogido mal, sin el debido énfasis, y la secretaria le había cancelado la reunión. O el diputado pedía ahora una comisión comparable con lo que debía dejar el puesto de panchos durante los primeros quince años. Imposible.
Me llamó Martín y me dijo que se había caído la reunión, y que él se iba con la secretaria, otra secretaria, la secretaria de su dermatóloga en esta oportunidad, a Pinamar. No, no quería poner un consultorio de nada, quería coger y dormir en el departamento de la secretaria y que le reventaran los granitos de la espalda. Bien por Martín.
Era lunes y era temprano todavía, caminé para el centro. Entré en Los 36 Billares, me pedí un café, una medialuna de grasa, y pensé si debía leer el libro que tenía encima o si me daría más satisfacción mirar por la ventana. Distintas clases de ficción.
Tenía que ir a trabajar, pero tenía más de una hora todavía. Lejos había quedado el tiempo en que soñaba con tener una vida para mí. Una hora por día estaba muy bien, no te quejes, un trato justo.
Entra el tipo, muy flaco, jeans y una camisa verde agua. Huesudo, peinado para atrás con gel. Rayban imitación, un maletín en la mano.
–Hola, Toti –se sentó, dejó el maletín, me dio la mano–. Soy Ángel.
Justo estaba tomando un sorbo de café, pero con la mano libre lo saludé. No hay cosa más difícil que no darle la mano a alguien que, justamente, te da la mano.
–Es sencillito, todo bien sencillito –el tipo no se sacó los lentes–. El Mago ya te lo explicó. Esperamos que abra el banco, y diez y media entramos. Todo dura tres minutos. Va a estar justo estacionado el camión de caudales en la puerta, y atrás un Renault 19 rojo. Está todo arreglado, uno de los guardias es nuestro, es el que dice ‘tengo familia’ ni bien sacamos las armas. Agarramos las bolsas. Enfrente hay un auto más, un Vento nuevito, recién afanado. Maneja un pibe que podría ser piloto de Fórmula 1. Cargamos las bolsas, nos subimos y nos vamos. Un palo por cabeza mínimo, cinco minutos de trabajo.
–Pero –dije.
–Preguntá, preguntá lo que quieras –el tipo levantó una mano y pidió una tónica–. Se nos enfermó Gomesito ayer y El Mago habló maravillas de vos, por eso te habilitamos. Te respeta mucho, dice que sos el mejor ladrón de bancos que conoció en su vida. Dice que cuando fuiste en cana te la bancaste como un campeón, y eso que te molieron a palos. Un gusto trabajar con vos, che.
–Me gustaría decir algo –dije.
–Lo que quieras –vino el mozo, el tipo pagó–. Preguntá lo que quieras y vamos yendo, están los pibes en el auto. Traje una escopeta recortada que mete miedo. ¿Vos? ¿45? ¿Glock .40?
–No soy Toti.
–¿Qué?
–No soy Toti. Me llamo Juan. No conozco a ningún Mago. Jamás estuve en la cárcel. Debo tener 250 pesos en el bolsillo. No soy ladrón de bancos.
–¿Me estás jodiendo?
–No.
–Uh –sacó un celular–. Pará.
Marcó un número. Esperó. Sonó un teléfono que no fue mi teléfono, sonó el teléfono de un tipo peinado con raya al costado que tomaba un café y miraba por la ventana, más cerca de la puerta, a unas tres mesas de distancia.
–Entré y me mandé de una –el tipo se puso de pie, me volvió a dar la mano–. Estaba seguro que eras vos, disculpame.
–No pasa nada –dije–. Y suerte, lo que se diga en estos casos.

7.4.18

Sistema nervioso


–¿Sufren las arañas?
–¿Eh?
–Si sufren las arañas. Si vos pensás que sufren cuando las pisan, por ejemplo. Cuando un chico, jugando, les arranca una pata.
No sé de dónde me vino la pregunta, el razonamiento. Estábamos acostados en la cama, con Mariana, los dos boca arriba. Habíamos cogido, como solíamos hacer los jueves. Habíamos cenado también, antes de coger, en un restaurante italiano bastante pedorro pero que a ella le gustaba. Lo que le gustaba en realidad era una entrada. Una especie de lasaña de berenjenas, eso comía, nada más. Yo me pedía unos agnolottis de ricota y nuez, o unos fusilli con brócoli y ajo y trataba de tragarme la botella de vino entera. Mariana tomaba medio vaso nomás, para acompañar. Yo lo que precisaba era aturdirme, no pensar. Pero sabía que aunque me limpiara el tubo de vino y después me tomara un par de whiskys en casa, igual me iba a costar dormir.
–No sé –dijo Mariana, reclinada sobre un almohadón para poder fumar. Miraba la televisión pero sin volumen. Miraba pero si le hubieran preguntado qué miraba no hubiera podido responder. Miraba pero no miraba.
–Es importante, entendeme. Las personas sufren, eso está claro. Ahora un perro atropellado aúlla de dolor. Un caballo que se rompe una pata le duele, no hay más que ver su mirada. ¿Pero hay sufrimiento? Es muy complejo el tema.
–Sí, claro –dijo Mariana, pitó.
–Mezclamos dolor con sufrimiento –seguí–. Porque el dolor está siempre, pero el sufrimiento es opcional. Quiero decir, el sufrimiento es un adhesivo, un sticker que agregamos por encima del dolor. Y para eso tenemos que tener conciencia de nosotros mismos, la noción de ‘yo’, la ‘yosoidad’ podríamos llamarlo. Eso, conciencia de uno mismo, característica por excelencia del ser humano, con la que le agregamos sufrimiento al dolor. Porque el animal le duele, claro que le duele. Pero no tiene la pregunta ‘¿por qué?’, adosada, ni tampoco ninguna otra pregunta. Para el animal lo que sucede es parte de una totalidad. No existe lo que ‘le’ pasa, existe, simplemente, lo que pasa. Ahí está la clave para no sufrir. Una vez leí un filósofo jesuita que decía que la iluminación era ‘cooperación absoluta con lo inevitable'. Se aplica a lo que estamos hablando, hay dolor pero no hay sufrimiento.
–Ehh, sí. Puede ser –se rascó debajo de una teta, Mariana, con un meñique.
–Yo creo que con los mamíferos nos identificamos y nos parece que sufren, estaríamos dispuestos a jurar que sufren. Ahora más allá de los mamíferos no sé –dije, gargajeé–. Porque a un perro vos ves que le duele lo que le pasa y le adosás sufrimiento, pero a una araña no sé. ¿Cuál es la diferencia entre el sistema nervioso de una araña y un perro? ¿Y un mosquito? ¿Y un gusano?
–Mirá, no sé –dijo Mariana–. Y tampoco sé por qué me preguntás todas estas cosas.
–Debe ser porque me aburro mucho con vos –dije–. No te soporto.

28.3.18

Desde aquí


A veces prendo el televisor, llego a casa y no tengo un pomo para hacer hasta la hora de la cena, la verdad, vivir es pagar el gas, hervir arroz, no mucho más que eso.
Prendo la televisión, entonces, están los noticieros o los programas de espectáculos, con panelistas, alguien intentando ser gracioso o divertido, ahora es todo lo mismo.
Y ponele que muestran imágenes de un maremoto en Japón con olas de sesenta y seis metros de altura que se devoran edificios enteros como si fueran de hojaldre mientras la gente grita (en japonés) del más puro espanto.
O se escapan tres leones de un zoológico en Minneapolis o en Minnesota y los leones entran a las casas y se comen un bebé con papas españolas y la gente grita y hay francotiradores que se suben a los techos de los edificios mientras los leones van y entran a un supermercado y se puede ver la sangre desparramada sobre el piso junto a la góndola de los quesos.
O entrevistan a alguien, alguien que apenas puede hablar del susto que tiene. Alguien que iba por la ruta a Rosario y era medianoche y se le apareció una nave espacial de frente y se bajaron tres marcianos medio panzones con cabezas en forma de huevo y ojos fosforescentes y le dijeron que venían a colonizar el planeta tierra y que les gustaban mucho las papas fritas en tubo con dulce de batata. Y se lo garcharon.
Y así, más o menos así son las noticias. Un delivery de tragedias. Pero yo sonrío, pongo el agua para los ravioles, me fijo si me queda queso rallado. Trabajé más de diez años en oficinas, a mí no me asusta más nada.

21.3.18

Espejito, espejito


Hago lo que te voy a contar, hago lo siguiente. Si me cruzo con alguien en cualquier parte, en la calle o en el trabajo o en un bar. La persona que te saluda porque te conoce, o puede ser un extraño a veces, si estás haciendo un trámite o comprando algo. La persona, entonces, decía, dice algo. Y lo que dice en el 97% de los casos es una estupidez, o una agresión. Alguien que te conoce te puede decir ‘che, estás más gordo, ¿no? Cuidate, mirá que ya estamos en una edad jodida’. O ‘¿Así que fuiste de vacaciones a Pinamar? Por qué no vas a Necochea que es más barato, si la arena es igual en todos lados’. En fin, variaciones por el estilo.
​Entonces, lo que hago. No hago nada, apretás pausa. Lo único que hacés es levantar la vista, un poco, unos catorce o diecisiete grados quizás. Y tratás de sentir un punto. Un punto en vos, la palma de una mano, debajo del ombligo, detrás de la cabeza. Puede ser la planta de los pies. Tenés que encontrar ese punto donde te resulte cómodo anclar la atención.
​Y listo. Hacés eso. Metés esa pausa mientras tu atención va a ese punto, ahí te quedás. No respondés, no decís más nada. Pueden ser cinco segundos, o diez, no hace falta más.
​Y vas a ver cómo la persona se desmorona por completo. Se ríe o se disculpa, se desdice, puede que agregue ‘la verdad que siempre me pareciste un tipo único, una persona genial’. Puede que la persona se vaya prácticamente corriendo, me ha pasado también que alguien me diga ‘no puedo más’ y se largue a llorar.
​Es esa pausa sin reacción, donde vos te corrés como si supieras que estabas de algún modo obstruyendo un espejo. Como si viniera un chorro de luz, desde atrás y desde arriba, y vos lo dejaras pasar. Y entonces la persona, el ocasional interlocutor tiene aunque sea por un instante la oportunidad de verse, algo que quizás jamás había hecho. El horrendo monstruo que lo habita, y no lo puede soportar.

14.3.18

Pasa el tren


Iba caminando, tenía que ver a un amigo de Martín que quería comprar un auto, y yo vendía mi auto. El tipo vivía por zona norte y se volvía del centro, me dijo que tomáramos un café en Selquet
​Así que bajé por Olleros, se me ocurrió que todavía era temprano, tenía tiempo así que pensé que podía dar una vuelta por Palermo, estirar las piernas. Después ir a Selquet, mostrarle un par de fotitos del auto al tipo, decirle el precio a ver si estaba interesado. Yo no me iba a comprar otro auto, no necesitaba otro auto, no tenía adónde ir. Necesitaba guita eso sí, aunque más no fuera para quedarme quieto. Si no conseguía algo de guita pronto no iba a poder dormir nunca más en mi vida.
​Llegué a Libertador, crucé Libertador. Entonces escuché el sonido, vi las barreras bajas, arrancaba el tren que iba para el centro.
​Me sonó el teléfono. Moni, quejándose tal era su costumbre. Que había llamado el propietario porque debíamos tres meses de alquiler, que yo le había prometido que la iba a llevar el sábado al teatro pero era viernes y ni siquiera había sacado las entradas, que el domingo tenía el cumpleaños de su hermana y ella quería llevar una torta y yo había dicho que la llevaba a comprar la torta pero que no iba a a hacer un pomo, como de costumbre. Puteaba, Moni, le encantaba putearme mientras se quejaba. Decía ‘forro’ muchas veces, decía ‘qué pelotudo’.
​Entonces dejé de escuchar, con el teléfono todavía en la mano, y miré. No podés escuchar y mirar al mismo tiempo, lo había leído en una revista científica, te parece que sucede todo al mismo tiempo pero no es al mismo tiempo, estaba estudiado. Así como tampoco se puede tener más de un pensamiento a la vez, es secuencial.
​Un perro, sí, un perro. Atorrante, bigotudo, de los perros que suelen andar por ahí, por las vías del tren. Pensé ‘¿es sordo? ¿cómo puede ser que no se vaya?’, porque el tren ya había arrancado y agarraba velocidad. Debía estar, el perro, en el medio de las vías, a unos treinta metros de distancia.
​Y vi. El perro levantó la cabeza y me di cuenta que estaba enganchado. De una pata, se había quedado trabado en las vías. Tiraba un poco pero le dolía y no podía porque el dolor te quita la voluntad, todo su ser preso de un temblor, la exoftálmica mirada, la desesperación más pura.
​Sonó la bocina, más fuerte. Pero era inútil, el perro no podía moverse, el tren no podía parar. Miré, grité algo y miré.
​–¡Eh!
​Pero el conductor que también había visto al perro se agarró la cabeza con una mano, esperando el mínimo e inevitable impacto.
​Y entonces, como en las películas, como si todo transcurriera en cámara lenta, pensé.
​Pensé si hay un Dios, si existe algún Dios, una fuerza superior, algo, entonces el perro no va a morir. Porque no, el tren no lo va a atropellar, el perro va a lograr soltarse la pata.
​Eso pensé, limpio y claro como un pomelo, en ese preciso instante.
​Y mientras escuchaba el aullido del perro pulverizado por el metal, sentí el toque. Un chiquito me arrancó el teléfono de la mano, pasó justo por detrás del tren y corrió a toda velocidad para el lado del bosque.
​Quién dijo que el orden universal tiene algo que ver con tu conveniencia personal, con lo que vos creés que debería ocurrir, como vos pensás que deberían ser las cosas. Seguí.

7.3.18

Un asunto filosófico


Iba por la ruta, a Pinamar, fuera de temporada. Se había muerto mi abuelo y había dejado un departamentito en Pinamar. Mi abuelo tenía dos hijas, mi madre y mi tía S. Mi tía S. le había dicho a mi madre que no podía venir con nosotros porque tenía un problema en una pierna, y su perro salchicha que se llamaba Tommy, bueno, no lo podía dejar solo porque se angustiaba, se ponía mal. Yo ya tenía todo más o menos arreglado para vender el departamento con una inmobiliaria de allá. No era gran cosa, pero era algo.
Era viernes a la mañana. Íbamos, firmábamos, y volvíamos al otro día.
Conducía el auto de mi difunto padre, un Ford Escort viejo sin dirección hidráulica que probablemente jamás había sido lavado. Yo acababa de divorciarme y le había tenido que dejar mi auto a Mónica.
Después de Dolores nos paró un control policial. Me tiré a la derecha, me detuve.
–Buenos días, señor –dije al oficial, algo excedido de peso y con la cara picada de viruela.
–Registro, seguro, cédula verde –dijo.
–Sí –dije y miré a mi madre mientras sacaba mi registro del bolsillo de la campera.
Me miró, mi madre, con esa mirada transparente tan bonita que siempre había tenido. Me miró y sonrió, apenas. En su mundo. No tenía un solo papel, no tenía idea de qué le estaba hablando. No debía pagar patente ni seguro desde la muerte de mi padre, y mi padre había muerto hacía varios años. Pagar las boletas era algo que hacía mi padre, y mi madre simplemente había considerado que todo lo que hacía él, mientras vivía, debía seguir haciéndolo de algún modo después de muerto.
–Oficial –dije, bajé del auto–. Tengo mi registro, pero no tengo los papeles del auto. El auto es de mi madre, bueno, en realidad es de mi padre, y acaba de fallecer su padre, el padre de mi madre, o sea mi abuelo. Estoy yendo a enterrarlo, a mi abuelo, en Pinamar.
–No tiene los papeles del auto –dijo el oficial, y se tocó, casi, apenas, la gorra.
–Mi madre tiene alzheimer –dije, la señalé. Mi madre miraba por la ventana, sonrió y nos saludó–. Se olvida de las cosas.
–Si no tiene los papeles del automóvil no puede circular –miraba mi registro–. Es una infracción grave.
–Escuche –dije–. Tengo que llevar a mi madre a Pinamar, voy a un entierro –hice una cinematográfica pausa–. Tiene que haber una forma de arreglar esta situación.
Levantó la vista, me miró. Todo lo que había que saber para sobrevivir en el planeta tierra estaba en esa mirada. Quizás ser argentino sea esa mirada y no mucho más que eso.
–Yo no le pedí nada –dijo.
–No, ya sé –dije–. Usted no me pidió nada y yo no le ofrecí nada. Ahora, lo que tenemos que averiguar es cuánto es nada.
Busqué la billetera.
–Suba al auto –dijo–. Me lo da cuando le devuelvo el registro.
Saqué trescientos pesos. Se los pasé por la ventanilla. El oficial me dijo que espere y se alejó a hablar con otro que parecía estar a cargo. Volvió y se inclinó sobre la ventanilla para hablarme otra vez.
–Disculpe –dijo–. Pero van a tener que ser dos nadas, usted entiende.
Le di trescientos pesos más. Me saludó con una venia. El resto del viaje no revistió mayores dificultades.