25.8.12
Chacarera
Estoy en el subte, viajando en subte. Disculpame, pero las cosas que me pasan, muchas cosas que me pasan, me pasan viajando en subte. ¿Qué querés, que te cuente que estuve haciendo esquí acuático en Mónaco? Pelotuda.
Línea B, voy al centro. Último vagón, paradito, abro mi libro, la idea es leer tres o cinco páginas de un libro, cualquiera. Peor es mirar los rostros de la gente. Entre la realidad y la ficción elegí la ficción, siempre, ni lo dudes. En la ficción tenés alguna posibilidad.
Entra una chica. Es joven, es bastante gorda. Va en ojotas, pantalones pescadores, musculosa negra. Se nota que es del norte, sus rasgos son aindiados, su piel café con leche.
Lleva una valija, con rueditas. Pero no es una valija, allí lleva un pequeño amplificador, un aparato de música, con la base de la música que toca, no sé. Lleva colgada una guitarra, también.
–Buenos días –dice–. Voy a hacer un par de canciones.
La verdad que lo lamento, porque estoy muy cerca, justo a su lado. Y aunque prácticamente no me importa lo que pasa, aunque la realidad no me interesa en lo más mínimo, la realidad hace tiempo que dejó de interesarme, aún así, si me guitarreás a menos de un metro de distancia, bueno, me dificultás la lectura. Así que cierro mi libro. Hace calor, un húmedo calor, Enero en Buenos Aires es la desgracia de saber que no te salió nada de lo que quisiste ser, no te salió nada y punto. No le des más vueltas.
Estoy parado, entonces, tratando de no transpirar demasiado y no mucho más que eso, cruzás la ciudad en quince o veinte minutos y eso es todo lo que importa, aunque sientas que estás en Namibia o en Saigón, aunque haya más vendedores de objetos inútiles que pasajeros, aunque la gente esté más triste que nunca. Respirás, y esperás quince minutos, no es tan grave.
Arranca la chica. Canta una chacarera. Habla, la chacarera, de las cosas sencillas que recordará el autor de la chacarera cuando la muerte venga a buscarlo. De su casa, los olores de la infancia, el vino con amigos. Pide el autor, que cuando muera, lo tapen con chacareras, así dice la letra.
La chica canta, canta y sonríe, rasguea su guitarra, es potente y dulce su voz, tan dulce. Me pasa, la chacarera, de lado a lado. Como si me atravesaran el corazón con una aguja de tejer, con un objeto de metal filoso y plateado.
No sé de dónde vino, no prestaba atención, no me lo esperaba. Me sale un sollozo, un sollozo venido de ninguna parte, un sollozo que sólo puedo recordar de cuando era chico. Un sollozo como cuando atropellaron a mi perro Urko, ese camión de reparto que dio marcha atrás y atropelló a mi perro mientras yo estaba en la heladería y lo dejó ahí, tirado sobre los adoquines con las patas traseras hechas un ovillo, y mi perro se me quedó mirando, le salía sangre del hocico y me miraba para que le explique, me miraba. No he vuelto a llorar así nunca más, la vida me fue curtiendo, mi corazón hizo el callo. Ahora estoy llorando, lloro como si fuera a llorar para siempre, como la lluvia o las olas de un mar tan lejano, caen mis lágrimas.
La chica termina su tema, y me observa. Saco dinero que llevo en el bolsillo del saco, no sé cuánto dinero, no importa, se lo doy, y la abrazo. Ella me abraza también, caen algunos billetes al piso, ha corrido su guitarra a un costado.
–Bueno, bueno, ya está –me acaricia la cabeza y sonríe, me mira hacia arriba, soy muy alto–. Ya está, chango, no pasa nada.
Nos quedamos así, abrazados, un par de estaciones. La gente cree que es parte del acto pero después entienden que no y se preocupan, alguien se pone nervioso y se ríe, alguien niega con la cabeza y mira a los costados buscando la trampa.
Paro de llorar. Beso la frente de la chica.
–Gracias –digo–. Muchas gracias.
Y me bajo en Florida.
*La chacarera se llama ‘Cuando me abandone mi alma’, letra de Raúl Trullenque, música del Cuti Carabajal.
20.8.12
Reinventarse
Cuando
a Mónica el doctor le dijo que, viendo los estudios, las microcalcificaciones,
lo mejor iba a ser operarla de un pecho, bueno, Mónica se derrumbó. No hubo
nada de metáfora, literalidad pura. Estaba escuchando al doctor que le hablaba
con su mejor cara de circunspecto, cuando sintió un leve adormecimiento en un
pie, como si le hubieran anestesiado la parte inferior del cuerpo. Le pareció que
se deslizaba de la silla, apenitas, su
cintura se despegaba del respaldo. Y después se puso todo negro y no sintió más
nada.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
Se despertó acostada en la camilla del consultorio, le habían quitado los zapatos, le dieron un caramelo de eucalipto y un vaso de agua. El médico la ayudó a sentarse, le preguntó si ya estaba bien.
Mónica, al tiempo que recuperaba la conciencia de su cuerpo, recuperó como un rayo la conciencia de la noticia. Y lloró. Tuvo un acceso de llanto mientras el médico le sostenía una mano con algo que el médico debía pensar era parecido a la ternura, pero en realidad era como si hubiera levantado un pejerrey, muerto, del fango.
Mónica pensó que algo había terminado. Su cuerpo siempre había sido su mejor aliado, y había llegado la hora de la despedida. Recordó que todos habían querido bailar con ella, siempre, desde la secundaria. Ella, con los labios pintados de un rojo furia y sus remeritas apretadas y los chicos que hacían tremendos esfuerzos para que la vista no se les fuera hacia abajo. Ella, con su jean ajustado y una camisa apenas entreabierta, volviendo loco a todo el mundo en cualquier oficina. Jefes que le habían jurado que dejarían a sus esposas y a sus hijos por ella, Gabriel mirándola mientras ella se quitaba el corpiño, negando con la cabeza, sin poder creer lo que veía, lo buena que estaba.
Nunca más. Se iba ella, o lo mejor de ella. Pero no era tonta, la vida le había enseñado. Siempre había querido retomar sus estudios, recibirse de abogada. Estudiar teatro, también, no, teatro no, mejor fotografía. Ya había tenido suficiente con los hombres, podía tomarse un recreo, una pausa. Reinventarse, eso. Juntar los pedazos, seguir. Superar el espanto.
–Quizás no entendió bien –dijo el doctor–. Es normal, el susto. En ningún momento dije nada referido a una mastectomía.
Con una sonrisa, el doctor le explicó que la medicina había avanzado mucho en los últimos años. La intervención le dejaría a Mónica, como mucho, una cicatriz de un centímetro de largo justo sobre la base de su teta derecha. Se podía hacer plástica y en tres meses sería algo menos que un rasguño. ¿Quimioterapia? No, nada de eso, la gente veía demasiadas series de hospitales. Nada de nada.
–Bueno, doctor. Me gustaría operarme lo antes posible –Mónica pensó que estaban en Septiembre, y Martín la había invitado a Punta del Este la última semana de Enero. Algo gordo, Martín, y le gustaba demasiado el fútbol. Pero tenía un regio departamento sobre La Mansa, y un bmw descapotable, un Z4. Iría a la playa con una bikini imposible, sintiendo el viento en la cara, comería mejillones a la provenzal sin sacarse los lentes de sol mientras la gente trataría de adivinar si era una vedette, si la habían visto en algún programa de televisión. Iba a ser bien divertido.
15.8.12
La búsqueda del tesoro
Probé hacer yoga, claro que probé hacer yoga. Todos
probamos, en algún momento, con el yoga. Probé hacer tai chi chuan, en un
parque, los domingos a la mañana, con un chino que no decía una palabra en
español, y que podía tener diecinueve años, o mil. Probé con el reiki, la
energía que te equilibra y revitaliza los chakras, energía universal que sabe,
justamente, en qué parte de tu cuerpo hay un energético problema, y hacia allí
se dirige. Probé shiatzu, dedos pulsando en exactos puntos de tus meridianos
para que la vida se acomode. Probé con reflexología, probé con masaje tibetano,
probé con expertos en péndulo y mujeres tarotistas disfrazadas de gitanas.
Probé con karate, con kendo, con boxeo afrocubano. Probé, prácticamente,
cualquier disciplina que implicara moverse, incluso probé distintos tipos de
meditación, respirar, mirar la respiración, quedarse quieto, hacerse el muerto,
no pensar en nada.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
Y nunca me sentí ni la mitad de bien que cuando estoy sentado en una habitación a oscuras y tomo el primer sorbo de whisky, el vaso en mi mano.
10.8.12
Víctima de una maldición
La
historia la escuché contar. Bah, la vi en un video, por youtube, estaba
buscando otra cosa, un tipo que hablaba sobre otra cosa, no importa qué cosa.
Lo que importa es que la historia no se me ocurrió a mí, aunque puede que le agregue
un par de variantes, ya que estoy acá. Ya que vine.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
Hay un tipo, un hombre, un señor. Caminando por un bosque, paseando. De pronto, escucha un susurro, muy extraño, casi un susurro.
–Can you help me? –La historia la escuché en inglés, pero no importa, ahí te lo arreglo.
–¿Puede usted ayudarme? –Escuchó el hombre, el susurro. Piensa, el hombre, que debe ser, justamente, lo que escucha, un pensamiento perdido en algún recóndito pliegue de su mente.
–Ayuda –otra vez el susurro, la voz–. ¿Me ayuda?
Se detiene, el hombre. No está loco, no. Y tampoco hay nadie alrededor, apenas la vegetación que le permite pasear fuera de su habitual y urbano contexto.
Va bordeando un lago, es una bella mañana, algo fría. Mira hacia abajo, y ve un sapo.
Como si se tratara de una broma, el hombre se arrodilla, y dice:
–Perdón, sé que no estoy loco, y sé que no es posible, pero ¿usted me habló?
–Sí –dice el sapo, que lo mira fijo–. Fui yo. Soy víctima de una maldición. En realidad no soy un sapo, soy una princesa. Flaca, morocha, buenas tetas, generosas pero no excesivas. Culito redondo, muy firme. Tiro de la goma, no sabés cómo tiro de la goma, con pericia no exenta de entusiasmo, con método sin caer en la monotonía. Sé cocinar, también. Milanesas con puré, pastel de papas. Risotto.
El hombre se rasca la cabeza.
–Lo que preciso es que me des un beso –continúa el sapo–, y volveré a ser la fantástica princesa que acabo de describirte, toda para vos. A tu disposición.
El hombre sonríe, no puede creer su suerte. Toma el sapo, y lo coloca en la palma de su mano. Vuelve a ponerse de pie, le duele un poco una rodilla. Hace el movimiento para guardar al sapo en un bolsillo de su abrigo.
–Ey –dice el sapo–. Te olvidaste de darme el beso.
–Mirá –dice el hombre–, yo no soy un galán, desde ya, y me vine grande. He tenido algunas mujeres en mi vida. De hecho hasta estuve casado unos años, viví en pareja. Me parece mucho más interesante tener un sapo que habla.
El hombre guarda el sapo en un bolsillo. El hombre sigue caminando.
5.8.12
Vas al hotel Camaro
Subió
en el ascensor, piso 33. El ascensor subió como si fuera al mismísimo cielo,
como si el ascensor fuera el Transbordador Columbia. Escuchó un ínfimo zumbido,
nueve segundos, once quizás.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
Se abrieron las puertas. Avanzó. Una alfombra turquesa donde le desaparecían los pies, como caminar sobre treinta centímetros de agua, en el Caribe. Eso fue lo que pensó.
La secretaria hablaba por teléfono, para eso fueron puestas las secretarias sobre el planeta tierra. Y para chupar pitos, también, para arrodillarse sobre fantásticas alfombras de color turquesa y beber esperma de tipos que manejan corporaciones desde algún piso 33. Conocía chicas que trabajaban doce horas por día de cajeras en supermercados, y después encima tenían que coger con él. Cada uno elige la soga con la que se ahorca.
Le hizo un gesto con la mano, la secretaria. Que pasara directamente.
Empujó las puertas de la madera más oscura que jamás hubiera visto. Pesadas, muy pesadas, y casi negras. Olían, las puertas de madera, a madera, a árbol, a naturaleza mezclada con desinfectante, a dinero.
Entró.
–En Sarmiento al cuatro mil doscientos está el hotel Camaro –le dijo el hombre, y recién entonces giró, muy despacio, su silla. Le había hablado de espaldas, mirando el ventanal, el río, detrás de un escritorio que debía tener unos tres metros de lado. Un escritorio donde se podría haber jugado un partido al ping pong mientras alguien, el que estuviera detrás del escritorio, seguiría con lo suyo sin mayores inconvenientes. Demasiado robusto, quizás, el hombre, en el límite con la gordura, más de cincuenta años, todo en él exudaba solvencia. Camisa recién planchada con sólo un botón desabrochado, una pulsera de oro en la misma mano del reloj, impecable afeitado, cabello muy corto y abundante, algunas canas, gel–. Ahí arriba de la mesa tenés el maletín.
Miró el maletín, estaba cerrado.
–Vas al hotel Camaro, y en recepción pedís por el Mono –siguió, tomó un sorbo de su café–. Te van a decir el número de la habitación.
Hizo una teatral pausa, él no dijo nada. El hombre encendió un cigarrillo y miró su reloj, o quizás el orden de las acciones fue al revés. Fumaba Winston.
–Te van a decir la habitación 318 –dijo–. Pero vos vas a la 319. El Mono sabe que lo están buscando. Si tocás la 318, el Mono te va a matar, desde la 319. ¿Entendés?
–Sí –dijo. Porque se entendía lo que el hombre había dicho, lo que el hombre estaba diciendo.
–Entrás, y le decís al Mono que te mando yo. Y le das el maletín. Son los ochenta y cinco mil dólares que pidió. No los va a contar, no tiene tiempo para eso. El vuelo de él a Panamá sale a las tres de la tarde. Cómo hace para salir con la plata es un problema de él. ¡Es problema de él!
–Sí –dijo.
–Lo que te tiene que dar él, en una bolsita, es un dedo. El dedo que le cortó a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer. Forro –se paró, pitó con energía, con interés–. Cuando escuchamos las grabaciones, a ella le gustaba que él la pajeara, con el dedo. Parece que el tipo es músico, toca el contrabajo. Tiene un callo, bien duro, amarillo, en el dedo mayor de la mano derecha. El tipo la pajeaba, a mi mujer, con ese dedo. Mi mujer se pegaba unas descomunales acabadas. Así que le pagué al Mono para que le corte el dedo a ese infeliz. Ya no va a poder pajear a mi mujer. Tampoco creo que pueda volver a tocar el contrabajo. Se va a tener que pasar la vida haciendo otra cosa. Vendiendo cubanitos, yo qué sé.
Se rió, pero seguía enojado. Levantó los hombros, como quien acaba de hacer una travesura, y se rió otra vez.
–A mí no me jode nadie. Soy Walter Pirozzi, y tenés que saber que no te podés coger a mi mujer. A propósito, por qué no subió Beto. ¿Sigue resfriado?
–Señor –tosió, apenas–. No sé. Yo soy de sistemas. Me dijeron que tiene algún problemita con el mouse.
–Ah, sí –apagó el cigarrillo, fue hasta un sillón y se puso a revisar papeles–. Es la máquina que tenés allá. Para mí que tiene un virus.
30.7.12
Algo sobre drogas
Disculpame, no se me ocurre otra forma de explicarlo que con
un ejemplo. Uno debería ser capaz de decir lo que quiere decir sin analogías ni
metáforas. Así como uno debería vivir, estar contento o triste, sin importar si
tu vecino cambia el auto, si viste a una madre empujando la silla de ruedas con
su chiquito parapléjico, o si alguien que conocés se está cogiendo a una divina
pibita de veintidós años. Solemos funcionar por comparación, somos un asco.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
El ‘querer’, el estado de querer, como deseo, bien podría compararse con la cocaína. El ‘tener’, el estado de tener, como satisfacción, bien podría compararse con la marihuana.
Cuando querés, te volvés más interesante de lo que jamás fuiste, te crece un motor que te hace brillar y seguir. El mundo se vuelve entretenido mientras buscás lo que querés, no importa lo que sea. Mientras querés, se ve quizás la mejor versión de vos.
Cuando tenés, te aflojás. Te brota una bobalicona sonrisa y podrías quedarte mirando por la ventana, el mundo es una peluda mascota que te hace un par de mimos. Agradable y soporífera sensación.
Y así vamos viviendo, somos una particular y única combinación de querer y tener, somos eso, no mucho más que eso, esa singular proporción.
25.7.12
Qué se siente
Voy
a una farmacia, por el centro, una sucursal de las grandes cadenas. Entro, voy
al mostrador. Me dirijo a una distraída bioquímica que lucha con un sudoku, y
con un crucigrama, al mismo tiempo. Mientras alguien pregunta si esas pastillas
sirven para cagar y para el dolor de garganta, mientras alguien compra
bronceador, mientras alguien quiere pagar un impuesto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
Empiezo a gritar, barbaridades. Le digo que me vendió un medicamento equivocado que casi mata a mi madre, a mi novia, y a mi pequeño Schnauzer, también. Le digo que es la peor basura que vi en mi vida, que con la salud no se jode. Le digo, le grito, que he hecho una denuncia para que les clausuren la farmacia. Además de iniciar una causa penal contra ella, por abandono de persona, por mala praxis, por ser ella portadora de una vaginitis de las fuertes, no hay más que olisquear el aire para darse cuenta.
Voy a una verdulería de mi barrio que atienden dos abnegadas bolivianas, con una casi oriental sumisión, con el mítico silencio del altiplano cubriéndoles todo el fatigado ser. Correctas, respetuosas, ordenadas. Pateo un cajón de mandarinas, ruedan mandarinas por el piso. Grito que me han vendido fruta podrida, otra vez. Que siempre me venden fruta podrida, que hasta la lechuga que me venden está podrida. Es lechuga marrón, no verde. Lechuga que parece haber sido utilizada por un oso panda para limpiarse el culo. Les digo que seguro ellas son indocumentadas, voy a hacer que las deporten. Los argentinos somos descendientes de europeos, aguante la Rue Montmartre loco, viva Twickenham, abajo la Pachamama. Lanzo una furibunda escupida, mi verde flemón palpita sobre una berenjena como un aplicado insecto, agito un índice demasiado cerca de sus bovinas miradas.
Es que desde que vivimos juntos no hacés otra cosa que quejarte. Quería saber por qué te gusta tanto.
20.7.12
Si me ayuda McLuhan
Lo
que leí, que explicaba McLuhan, ese que dijo lo de ‘el medio es el mensaje’. Lo
que leí que dijo el tipo, te decía, algo que escribió, donde explica que los
medios fueron inventados como una prolongación de nuestros sentidos.
Tremendamente original, la idea, el enfoque. La radio como una extensión de nuestros oídos, la televisión como una extensión de nuestros ojos, el automóvil como una extensión de nuestras piernas, y así.
No, sí, bueno, claro, entiendo. Respecto a mi poronga, me gustaría que consideres que a veces lo pequeño también es bello. No se me ocurre ningún medio para resolver esta situación, excepto contarte algo, hablarte de otra cosa. Distraerte.
Tremendamente original, la idea, el enfoque. La radio como una extensión de nuestros oídos, la televisión como una extensión de nuestros ojos, el automóvil como una extensión de nuestras piernas, y así.
No, sí, bueno, claro, entiendo. Respecto a mi poronga, me gustaría que consideres que a veces lo pequeño también es bello. No se me ocurre ningún medio para resolver esta situación, excepto contarte algo, hablarte de otra cosa. Distraerte.
15.7.12
No hay tratos justos
Mientras vos te comprás zapatillas con cámara de aire y chip
cuentakilómetros, yo escribo.
Mientras vos cambiás el auto por otro auto que tiene cambios
automáticos, yo escribo.
Mientras vos le prometés a tu señora que nunca más vas a
volver a hacer lo único que querés hacer, lo que hiciste otra vez, yo escribo.
Mientras vos mandás a tus hijos a un colegio donde les
enseñan inglés, y francés, y un poco de portugués, y chino mandarín, yo
escribo.
Mientras vos reservás una quincena de Enero en Pinamar donde
no existe la más mínima posibilidad, no hay manera de ser feliz, yo escribo.
Mientras vos vas a la iglesia un domingo a la mañana y le
decís a un algo sonrosado cura que si el/ella se salva, entonces Dios existe,
entonces abrazarás la fe, yo escribo.
Mientras vos mirás a las chicas en shorts y no lo podés
creer, yo escribo.
Mientras vos te operás las tetas, te ponés tetas de un
material sintético y resistente capaz de asimilar la eyaculación de un
rinoceronte promedio sin agrietarse, y pensás que con eso te armaste un futuro,
no digo un destino, yo escribo.
Mientras vos vas a Nepal a ver si escalar el Everest logra
aplacar aunque sea por un instante la tristeza que te mastica el corazón, yo
escribo.
Mientras vos te hacés un tatuaje, te tatuás en el culo una
jirafa lavándose los dientes, y tratás de continuar, hacés un viaje o un curso,
insistís, con eso que se ha dado en llamar, porque de alguna manera hay que
llamarlo, vida, yo escribo.
Después me leés, de casualidad, por dos minutos o tres,
algún sombrío fragmento, y te sentís un poco mejor o te quedás pensando.
Mientras
yo escribo.
10.7.12
Táctica es sobre el terreno
Tocó
el timbre Moni. Raro, sábado a la mañana, temprano. Moni tenía facultad los
sábados a la mañana, estudiaba filosofía, o psicología, algo que implicaba leer
apuntes y reunirse con otros alumnos a discutir y a fumar. Estudiar es un
pasatiempo como cualquier otro. Hay gente que corre maratones, hay gente que
consume toneladas de pornografía por internet. Me parece bien, mientras no
quieras contarme lo que hacés ni mostrarme mil trescientas veintiocho fotos de
tu último viaje a Buzios. Hacé lo que quieras, lo que te resulte más cómodo.
Le bajé a abrir, pero ya con campera.
–Vamos a desayunar afuera –dije. De paso caminaba un poco. Hacía un frío del carajo.
Fuimos a un bar. Café con leche, medialunas, manteca, mermelada. Nada puede ser tan malo.
–Estoy embarazada –dijo Moni, dio un sorbito a su café con leche–. Ya está, ya te lo dije.
Tiene muchas virtudes, Moni, entre ellas la juventud, y la belleza. Es una piba inteligente, divertida. Anda siempre desarreglada, con el pelo corto y sucio, sin maquillar. Usa ropa de alguien, de cualquiera, pulóveres de alguna amiga, jeans muy gastados, un gamulán de un abuelo. Le queda bárbaro, todo le queda bárbaro.
–Bueno, te felicito –miré por la ventana, pasaban los autos–. No sabía que querías ser madre. Sos jovencita, todavía, pero es un imperativo categórico para toda mujer. Ser madre te mejora como persona, te lo digo porque yo fui madre muchas veces.
–No, bobo –me miró, Moni, con esos ojazos color miel. Se había estado comiendo las uñas, había llorado–. Estoy embarazada de vos. Es tuyo, digo.
–Epa –dije. Lo importante era no mostrar susto, ni fastidio desde ya. Mordí una medialuna cargada de manteca, rebosante de mermelada, imbatible combinación–. No me lo esperaba.
–Lo acabo de confirmar –se pasó una mano por la frente–. Por eso vine. ¿Estás contento? No sé, decime algo.
–Eeeh… Estoy contento, claro que estoy contento –miré a la calle. Podía salir corriendo, tirar cincuenta pesos y salir corriendo. Ir hasta Retiro, tomarme un micro a Miramar. Mi abuelo Benjamín había dejado un departamento en Miramar, chiquito, bien ubicado. Desaparecer. Quedarme en Miramar un par de años. Caminar por la playa todas las mañanas, escribir algunos poemas, dejarme la barba–. Pero no es tan sencillo, yo también tengo que decirte algo.
–¿Qué? –Golpeó la mesa, Moni, con un puño cerrado. Voló una cucharita– ¿No decís que me querés? ¿Me vas a pedir que aborte? Sos un asco de persona, un asco.
–No, pará –serio, muy serio, pero de ninguna manera enojado–. Tengo un problema, una enfermedad, algo cromosomático. Una vez me hice un análisis, y saltó eso.
–¡Qué! ¡A ver, qué!
–Algo, si tengo un hijo, son altísimas las probabilidades que tenga algún problemita de aprendizaje, un leve retardo. Un noventa y siete por ciento de probabilidades, eso fue lo que dio el estudio, lo que me dijeron.
Cambió su cara. Retrocedió y se pegó contra el respaldo de la silla. Cruzó los brazos.
–Pero no importa, Moni –había que seguir, terminar la maniobra, lancé las últimas dos o tres trompadas que me quedaban–. Yo te quiero, y si estás embarazada es una señal. Venite a vivir conmigo, tengamos el bebé. Luchemos juntos, por nuestro amor.
Se hizo una pausa. Ella tuvo un acceso, algo como hipo, seguido de un sollozo. Se sonó los mocos con una servilleta de papel.
–Bueno, no –dijo–. Es mentira.
–¿Qué?
–Es mentira, lo del bebé, no te enojes. Necesitaba saber si me querés. Pensé que te estabas viendo con otra chica.
–Pero cómo podés joder con semejante tema, pichona –llamé al mozo–. No se hace eso, es muy feo lo que hiciste.
–Sí, ya lo sé, te pido perdón. Pero tenía que ver qué me decías.
–Feo, muy feo –pagué–. Una actitud de mierda.
–Ya sé. Te pido perdón. ¿Me perdonás?
–No sé, hablemos en otro momento. Ahora quiero estar solo.
–Pero Juan.
Salí del bar y me fui a buscar el auto. Me habían invitado a un asado en el Tigre. El Tutu iba a hacer, además de la carne, salchicha parrillera, provoleta, batatas al plomo. Morrones asados.
Le bajé a abrir, pero ya con campera.
–Vamos a desayunar afuera –dije. De paso caminaba un poco. Hacía un frío del carajo.
Fuimos a un bar. Café con leche, medialunas, manteca, mermelada. Nada puede ser tan malo.
–Estoy embarazada –dijo Moni, dio un sorbito a su café con leche–. Ya está, ya te lo dije.
Tiene muchas virtudes, Moni, entre ellas la juventud, y la belleza. Es una piba inteligente, divertida. Anda siempre desarreglada, con el pelo corto y sucio, sin maquillar. Usa ropa de alguien, de cualquiera, pulóveres de alguna amiga, jeans muy gastados, un gamulán de un abuelo. Le queda bárbaro, todo le queda bárbaro.
–Bueno, te felicito –miré por la ventana, pasaban los autos–. No sabía que querías ser madre. Sos jovencita, todavía, pero es un imperativo categórico para toda mujer. Ser madre te mejora como persona, te lo digo porque yo fui madre muchas veces.
–No, bobo –me miró, Moni, con esos ojazos color miel. Se había estado comiendo las uñas, había llorado–. Estoy embarazada de vos. Es tuyo, digo.
–Epa –dije. Lo importante era no mostrar susto, ni fastidio desde ya. Mordí una medialuna cargada de manteca, rebosante de mermelada, imbatible combinación–. No me lo esperaba.
–Lo acabo de confirmar –se pasó una mano por la frente–. Por eso vine. ¿Estás contento? No sé, decime algo.
–Eeeh… Estoy contento, claro que estoy contento –miré a la calle. Podía salir corriendo, tirar cincuenta pesos y salir corriendo. Ir hasta Retiro, tomarme un micro a Miramar. Mi abuelo Benjamín había dejado un departamento en Miramar, chiquito, bien ubicado. Desaparecer. Quedarme en Miramar un par de años. Caminar por la playa todas las mañanas, escribir algunos poemas, dejarme la barba–. Pero no es tan sencillo, yo también tengo que decirte algo.
–¿Qué? –Golpeó la mesa, Moni, con un puño cerrado. Voló una cucharita– ¿No decís que me querés? ¿Me vas a pedir que aborte? Sos un asco de persona, un asco.
–No, pará –serio, muy serio, pero de ninguna manera enojado–. Tengo un problema, una enfermedad, algo cromosomático. Una vez me hice un análisis, y saltó eso.
–¡Qué! ¡A ver, qué!
–Algo, si tengo un hijo, son altísimas las probabilidades que tenga algún problemita de aprendizaje, un leve retardo. Un noventa y siete por ciento de probabilidades, eso fue lo que dio el estudio, lo que me dijeron.
Cambió su cara. Retrocedió y se pegó contra el respaldo de la silla. Cruzó los brazos.
–Pero no importa, Moni –había que seguir, terminar la maniobra, lancé las últimas dos o tres trompadas que me quedaban–. Yo te quiero, y si estás embarazada es una señal. Venite a vivir conmigo, tengamos el bebé. Luchemos juntos, por nuestro amor.
Se hizo una pausa. Ella tuvo un acceso, algo como hipo, seguido de un sollozo. Se sonó los mocos con una servilleta de papel.
–Bueno, no –dijo–. Es mentira.
–¿Qué?
–Es mentira, lo del bebé, no te enojes. Necesitaba saber si me querés. Pensé que te estabas viendo con otra chica.
–Pero cómo podés joder con semejante tema, pichona –llamé al mozo–. No se hace eso, es muy feo lo que hiciste.
–Sí, ya lo sé, te pido perdón. Pero tenía que ver qué me decías.
–Feo, muy feo –pagué–. Una actitud de mierda.
–Ya sé. Te pido perdón. ¿Me perdonás?
–No sé, hablemos en otro momento. Ahora quiero estar solo.
–Pero Juan.
Salí del bar y me fui a buscar el auto. Me habían invitado a un asado en el Tigre. El Tutu iba a hacer, además de la carne, salchicha parrillera, provoleta, batatas al plomo. Morrones asados.
5.7.12
Todos los poemas son de amor
Una
chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Lo habló antes con su
psicólogo, y con una amiga. Lo estuvo pensando.
El muchacho vuelve a su casa, esa noche se toma media botella de whisky y un blister de rivotril de 2mg. El muchacho muere, se mata. La televisión encendida en el canal de National Geographic. La pantalla llena de cebras.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que se está viendo con otro chico, otro chico que la hace sentir mejor, a ella, que cuando está con él.
El muchacho se reúne para tomar un café con la chica, en el domicilio de la chica, se han querido bien y son, por decirlo de algún modo, civilizados. La mata, a la chica, de noventa y siete puñaladas con un cuchillo Tramontina línea Century, profesional para chef. Después se sienta en el living a ver la televisión. Se prepara un gin-tonic (con limón y Angostura), y espera que llegue alguien, alguien que llame a la policía para avisar lo que ha sucedido.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que está muy enfocada en su carrera, pensando en irse a estudiar afuera, o de paseo por el mundo tres meses, quizás seis. Todavía es joven, y no está convencida de seguir con él, con el muchacho, en pareja. Tiene otras prioridades, después verá.
El muchacho se pone mal, se anota en un gimnasio, se anota en un curso de fotografía, también, para distraerse. Pasan algunos días y la chica lo llama. Le dice que lo extraña, que lo estuvo pensando, que lo quiere ver. En poco tiempo están saliendo juntos otra vez, alquilan un departamento por Colegiales, ella queda embarazada. Estarán juntos los próximos treinta años, quizás un poco más. Cambian el televisor por uno más grande, lo van pagando en cuotas.
Y yo no sé, te juro que no sé cuál de las historias es la más triste, la más cruel.
El muchacho vuelve a su casa, esa noche se toma media botella de whisky y un blister de rivotril de 2mg. El muchacho muere, se mata. La televisión encendida en el canal de National Geographic. La pantalla llena de cebras.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que se está viendo con otro chico, otro chico que la hace sentir mejor, a ella, que cuando está con él.
El muchacho se reúne para tomar un café con la chica, en el domicilio de la chica, se han querido bien y son, por decirlo de algún modo, civilizados. La mata, a la chica, de noventa y siete puñaladas con un cuchillo Tramontina línea Century, profesional para chef. Después se sienta en el living a ver la televisión. Se prepara un gin-tonic (con limón y Angostura), y espera que llegue alguien, alguien que llame a la policía para avisar lo que ha sucedido.
Una chica le dice a un muchacho que no lo quiere más. Le dice que está muy enfocada en su carrera, pensando en irse a estudiar afuera, o de paseo por el mundo tres meses, quizás seis. Todavía es joven, y no está convencida de seguir con él, con el muchacho, en pareja. Tiene otras prioridades, después verá.
El muchacho se pone mal, se anota en un gimnasio, se anota en un curso de fotografía, también, para distraerse. Pasan algunos días y la chica lo llama. Le dice que lo extraña, que lo estuvo pensando, que lo quiere ver. En poco tiempo están saliendo juntos otra vez, alquilan un departamento por Colegiales, ella queda embarazada. Estarán juntos los próximos treinta años, quizás un poco más. Cambian el televisor por uno más grande, lo van pagando en cuotas.
Y yo no sé, te juro que no sé cuál de las historias es la más triste, la más cruel.
30.6.12
Lección de Bridge
En la secundaria tuve un amigo que se llamaba Javier.
Resultó que Javier tenía dinero. Bueno, no él, su padre, su familia. Aunque a
esa edad, con menos de dieciséis años, tener dinero o no tener dinero no
cambiaba nada. Que uno no se daba cuenta de las diferencias, la cabeza estaba
en otra cosa, eso quise decir.
Nos invitó Javier, a Damián y a mí, una semana de vacaciones. Javier veraneaba todo el mes de Enero, desde que podía recordar, desde siempre, en Punta del Este. Tenía un regio departamento en la parada 11 de la mansa, frente al mar. Y nos había invitado a sus dos mejores amigos, a Damián y a mí, una semana. Al Uruguay, a Punta del Este, a su casa. Una semana en la que no iban a estar sus padres, ni sus hermanos, nadie de su familia. Nosotros solos, imaginate.
De más está decir que tanto Damián como yo no lo podíamos creer. Pibes de barrio, familias que aspiraban a ser de clase media, vacaciones en Miramar en el departamentito de unos abuelos, en mi caso. Íbamos a ir a Uruguay, íbamos a viajar en aliscafo, necesitábamos un poder de nuestros padres para salir del país. Pura aventura.
Pero nada de eso importa, lo que quiero contar es otra cosa. Todo lo que digo, lo que escribí, es puro contexto.
Lo importante es que tanto Damián como yo éramos dos pibitos sin un mango, yendo de invitados una semana, a Punta del Este. El mundo desplegaba ante nuestros azorados ojos su maravilloso abanico de colores. Allá fuimos.
Habíamos ido a hacer las compras, Damián y yo. Javier se había quedado en su casa, bañándose después de un día de playa, hablando con su madre por teléfono, no sé. Nos tocaba a nosotros hacer las compras para la noche. Ravioles o fideos, fiambre y queso, gaseosas.
Había en Uruguay, supongo que siguen existiendo, unas galletitas llamadas ‘Bridge’. Eran unas obleas, cuadradas, con un relleno de mousse, una pasta de chocolate. Las galletitas eran riquísimas, y caras para nosotros. Supongo que a nuestra particular falta de dinero había que agregar un tipo de cambio adverso, esas cuestiones que suelen tener que ver con la económica realidad de los países y que de alguna manera terminan llegando a los individuos. A las personas.
Entramos a un supermercado que estaba en la parada 5 y la Roosevelt, habíamos salido de la playa y fuimos al supermercado, antes de volver caminando al departamento de Javier.
Entramos al supermercado, y Damián me contó su idea. Me dijo ‘pará, Juan, tengo una idea’.
Su idea era la siguiente. Yo iba a agarrar un paquete de galletitas ‘Bridge’. Luego, iba a ir a la caja a pagarlo. Luego, volvía a entrar al supermercado, para encontrarme con él, y hacer las compras.
Como si de un iceberg se tratara, faltaba la mejor parte de la idea, lo que no se ve. Lo que subyace.
Teníamos que abrir el paquete de galletitas, y con absoluta despreocupación, comer. Terminado el paquete, debíamos agarrar otro, otro paquete, lo abríamos, y continuábamos comiendo. En caso de ser increpados por algún guardia de seguridad o personal del supermercado, la respuesta era de lo más simple. ‘Sí, señor, estamos haciendo las compras, y teníamos hambre. Acá puede ver usted el ticket de estas galletitas’.
Siempre un paquete de galletitas encima, y el ticket. Impecable lógica.
Nos quedamos en el supermercado una buena media hora. Debemos haber comido nueve paquetes de ‘Bridge’, quizás once. No íbamos a tener ni ganas de cenar. Nos reímos mucho.
Nos limpiamos las miguitas y fuimos con el carrito a la caja, a pagar nuestras compras.
Al llegar a la caja debí haber notado que algo sucedía.
Nos estaban esperando, junto a la caja, personal de seguridad, policías, incluso gente de prefectura.
Para resumir, nos obligaron a pagar unas cinco veces más de lo que habíamos comido. Tuvimos que llamar a Javier para que trajera todo el dinero que habíamos llevado para la semana de vacaciones. Fuimos demorados, en una comisaría. Amenazaron con llamar a nuestros padres y deportarnos. Tuvimos que rogar bastante, pedir disculpas, jurar que jamás lo volveríamos a hacer.
Fue entonces cuando supe que me sería difícil vivir con las ideas de otros, por más buenas que fueran. Se me iba a tener que ocurrir algo a mí.
Nos invitó Javier, a Damián y a mí, una semana de vacaciones. Javier veraneaba todo el mes de Enero, desde que podía recordar, desde siempre, en Punta del Este. Tenía un regio departamento en la parada 11 de la mansa, frente al mar. Y nos había invitado a sus dos mejores amigos, a Damián y a mí, una semana. Al Uruguay, a Punta del Este, a su casa. Una semana en la que no iban a estar sus padres, ni sus hermanos, nadie de su familia. Nosotros solos, imaginate.
De más está decir que tanto Damián como yo no lo podíamos creer. Pibes de barrio, familias que aspiraban a ser de clase media, vacaciones en Miramar en el departamentito de unos abuelos, en mi caso. Íbamos a ir a Uruguay, íbamos a viajar en aliscafo, necesitábamos un poder de nuestros padres para salir del país. Pura aventura.
Pero nada de eso importa, lo que quiero contar es otra cosa. Todo lo que digo, lo que escribí, es puro contexto.
Lo importante es que tanto Damián como yo éramos dos pibitos sin un mango, yendo de invitados una semana, a Punta del Este. El mundo desplegaba ante nuestros azorados ojos su maravilloso abanico de colores. Allá fuimos.
Habíamos ido a hacer las compras, Damián y yo. Javier se había quedado en su casa, bañándose después de un día de playa, hablando con su madre por teléfono, no sé. Nos tocaba a nosotros hacer las compras para la noche. Ravioles o fideos, fiambre y queso, gaseosas.
Había en Uruguay, supongo que siguen existiendo, unas galletitas llamadas ‘Bridge’. Eran unas obleas, cuadradas, con un relleno de mousse, una pasta de chocolate. Las galletitas eran riquísimas, y caras para nosotros. Supongo que a nuestra particular falta de dinero había que agregar un tipo de cambio adverso, esas cuestiones que suelen tener que ver con la económica realidad de los países y que de alguna manera terminan llegando a los individuos. A las personas.
Entramos a un supermercado que estaba en la parada 5 y la Roosevelt, habíamos salido de la playa y fuimos al supermercado, antes de volver caminando al departamento de Javier.
Entramos al supermercado, y Damián me contó su idea. Me dijo ‘pará, Juan, tengo una idea’.
Su idea era la siguiente. Yo iba a agarrar un paquete de galletitas ‘Bridge’. Luego, iba a ir a la caja a pagarlo. Luego, volvía a entrar al supermercado, para encontrarme con él, y hacer las compras.
Como si de un iceberg se tratara, faltaba la mejor parte de la idea, lo que no se ve. Lo que subyace.
Teníamos que abrir el paquete de galletitas, y con absoluta despreocupación, comer. Terminado el paquete, debíamos agarrar otro, otro paquete, lo abríamos, y continuábamos comiendo. En caso de ser increpados por algún guardia de seguridad o personal del supermercado, la respuesta era de lo más simple. ‘Sí, señor, estamos haciendo las compras, y teníamos hambre. Acá puede ver usted el ticket de estas galletitas’.
Siempre un paquete de galletitas encima, y el ticket. Impecable lógica.
Nos quedamos en el supermercado una buena media hora. Debemos haber comido nueve paquetes de ‘Bridge’, quizás once. No íbamos a tener ni ganas de cenar. Nos reímos mucho.
Nos limpiamos las miguitas y fuimos con el carrito a la caja, a pagar nuestras compras.
Al llegar a la caja debí haber notado que algo sucedía.
Nos estaban esperando, junto a la caja, personal de seguridad, policías, incluso gente de prefectura.
Para resumir, nos obligaron a pagar unas cinco veces más de lo que habíamos comido. Tuvimos que llamar a Javier para que trajera todo el dinero que habíamos llevado para la semana de vacaciones. Fuimos demorados, en una comisaría. Amenazaron con llamar a nuestros padres y deportarnos. Tuvimos que rogar bastante, pedir disculpas, jurar que jamás lo volveríamos a hacer.
Fue entonces cuando supe que me sería difícil vivir con las ideas de otros, por más buenas que fueran. Se me iba a tener que ocurrir algo a mí.
25.6.12
Así como me ves
Desde hace algún tiempo, por las mañanas, desayuno con el
miedo. A veces viene el susto, también. Hay días que se sienta la tristeza, y
se queda, despreocupada, tomándose unos mates ya tibios, mirando por una
ventana que da a un contrafrente donde
jamás se verá nada que merezca la palabra ‘paisaje’. Levanta una pierna, se
corta las uñas.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
Muchas veces, vienen juntas, desayunan conmigo, la ansiedad y la frustración. Se atolondran, mueven mucho las sillas, vuelcan algo. Ensayan un par de ampulosas carcajadas.
Han venido también la angustia, la furia, la locura. El rencor desde ya, el estupor, la insipidez más despiadada.
Cuando te fuiste, te llevaste todo lo bueno de este mundo. Desayunar es mi cruz.
20.6.12
Es tu opinión
Es
de noche. Sé que me va a costar dormir, es algo que se siente en el cuerpo. Algo,
como si durante el día hubieras pisado una baldosa y la tristeza te hubiera
salpicado hasta el alma. El alcohol no está funcionando, el alcohol no
funciona, y cuando el alcohol no funciona es porque no va a funcionar nada. Acostumbrate.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
Bajo a dar una vuelta, al parque, para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, tratar de olvidarme de algo que debió ocurrir y no ocurrió, o de algo que ocurrió y quizás no debió ocurrir.
Estoy caminando. Deben ser las once de la noche, a esa ahora ya afloja un poco la locura, la gente se guarda. Hace frío, además.
Un par de chiflados corriendo, escapando, como pueden, como les sale. Por lo general, cuando la gente ve pasar a alguien corriendo, temprano a la mañana, imaginan virtudes como el intento de superación, el esfuerzo, la búsqueda de la salud en alguno de sus edulcorados sabores. Yo, cuando veo a alguien corriendo a la mañana, lo único que veo es alguien que no cogió la noche anterior. Y si corrés a la noche, bueno, quizás llevás no cogiendo quién sabe, una vida. Correr es un sucedáneo de la religión, es todo lo que tenés que saber al respecto.
Un tipo pasea a su perro, un boxer. Le tira de la correa. Le pega, le habla.
–¡Pero qué hacés, boludo! –le da un patadón, de costado–. No me hagás embarrar porque te mato.
Enciendo mi cigarrillo.
–¡Dale, forro, dale! –el tipo le da un tirón lo suficientemente fuerte para arrancarle el cuello–. Cagá de una vez. Tengo frío. ¡Cagá!
Me acerco un poco. Hago como que me masajeo una entumecida rodilla. Finjo atarme los cordones.
–¡Qué comés, qué comés! –el tipo le pega al animal con la propia correa, le da un par de lonjazos. El animal lo mira, lo mira y aguanta. Un golpe más, para fijar los conceptos, dos golpes más, y lo suelta. El animal continúa con lo suyo.
La crueldad con los animales es una cosa que me ha molestado desde siempre. Con las personas, con los seres humanos por decirlo de algún modo, jamás he logrado ese nivel de empatía.
–Che –lo señalo, al tipo–. ¿Por qué no lo dejás tranquilo al perro? ¿Para qué carajo tenés un perro? Digo, si te molesta todo lo que hace.
El tipo me mira, retrocede un poco. Se da cuenta que me lleva veinte o treinta años, y yo le llevo veinte o treinta kilos. Sabe que pierde, lo sabe con todo su ser, no puede hacer nada al respecto.
Entonces siento la mordida, artera, de atrás, en mi pantorrilla derecha que empieza a quemar, a quemar y a pinchar al mismo tiempo, a doler de verdad.
Me doy vuelta y me agacho todo en un solo movimiento, tratando de apretar la zona. El dolor crece como una mancha. Sangre entre los dedos.
–No te metas, forro –el boxer me mira, me habla–. Qué carajo te metés.
15.6.12
t + 1
Tarde, siempre es tarde. Cuando venís, sencillo hasta la
exasperación, fastidio hasta la náusea, es porque, justamente, es tarde.
Si me decís holaquetalcomoestástantotiempo, bueno, es porque
te divorciaste de tu horrorosa señora y diez años después precisás un amigo,
alguien que te escuche, que te pague una cerveza y te jure que la vida continúa
aunque no haya más lluvia en Villa Gesell para ninguno de nosotros.
Si me decís que te diste cuenta que soy el hombre de tu
vida, el que mejor te cogió, con superior entusiasmo, o el que más te quería.
Bueno, mamucha, es porque te viniste grande, pasaste al galope de talle de
bombacha, goodbye M, welcome L, la celulitis te masticó la magia, te desangelaste
a pura várice. Fatiga de materiales.
Si me decís que siempre pensaste que yo era la persona ideal
para el trabajo, es porque ya me echaste, o nunca me tomaste, te pareció que yo
no era el adecuado o que en verdad podía andar y no te convenía tenerme cerca.
Si me decís que te encantaba lo que escribía, que te parecía que yo era el
nuevo mesías que la literatura argentina llevaba tanto tiempo esperando, bueno,
es porque no me publicaste.
Y así podríamos seguir, te pegaste dos o tres vueltas en la
calesita de la vida y ahora sabés, sentís que sabés, que era yo, claro que era
yo, para cualquier cosa, la persona exacta, con el talento justo, la fuerza, las
ganas. Servía, sí, claro.
Pero cuando venís es tarde, siempre es tarde. Porque yo no
tuve más remedio que quedarme conmigo, hacer otra cosa, seguir con mi precaria
existencia. Mi estúpida vida.
10.6.12
Desde el futuro
Estamos en el año 2078, estamos en el futuro. No soy bueno
para la ciencia ficción, por lo general creo que con la ficción es suficiente.
Alcanza.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
Estamos en el año 2078, entonces, decía. Se festeja el aniversario, el centenario del mundial 78. Hay pósters de Kempes en las calles, la Argentina hace años que no existe más, se llama Tina, el país. Tuvo que vender, en un momento, la ‘Ar’, para poder seguir adelante, para que no la expulsaran del planeta tierra. Y a los pocos años, vendió el ‘gen’.
El paisaje es como la peli ‘Mad Max’, hordas luchando por el agua, por el vino, por el combustible. En las calles vuelan fardos de pasto. La gente mata perros y se los come, los teléfonos celulares y las computadoras son gratis, para que todos estén enchufados. Una delicia.
Después de la quinta guerra mundial, quedó lo que quedó. No se usa más el dinero y se abolió la propiedad privada. Cada uno tiene lo que es capaz de defender, la gente se agrupa por el simpático hecho de la supervivencia. Llueve sin parar, una mezcla de agua tibia con ceniza. Ah, se vive todo el tiempo, se vive para siempre. Se vive hasta que te presentás en una oficina, llenás un formulario y apretás un botón, para morirte. Al principio se reía, la gente, decía ‘nadie va a ir a apretar ese botón’. Pero después, tarde o temprano, la gente se fue dando cuenta que vivir es un fastidio. Cansa.
Pero no quería ser tremendista ni apocalíptico, no quería hablar de nada de eso. Hay una epidemia, una epidemia nueva. Una patología, un brote, cómo llamarlo.
Empiezan a desaparecer los maniquíes. De todas partes. De las vidrieras, de las fábricas, de donde sea. La gente, ambos sexos, todos sienten la pulsión de coger con maniquíes. Cualquier maniquí, roto o entero, un pedazo de culo, una cabeza, una mano.
El Comité Central de Ciencia y Tecnología luce desconcertado. Han estudiado y conocen todos los cambios en las pautas de conducta, producto de la polución ambiental y la descontrolada ingesta de psicotrópicos. Pero esto no había pasado jamás, debe ser un virus proveniente del espacio exterior, de las bases que se han ido instalando en Júpiter, una roca caída de la galaxia de Xiburg.
Soy estudiado como el posible antídoto, el huésped del cual quizás pueda crearse la vacuna para combatir el mal. Los científicos hacen pruebas conmigo. No tengo el apetito por los maniquíes, el arrebatado anhelo, la indómita pulsión.
Es que cogí con vos, en el pasado más remoto. Debo estar inmunizado.
5.6.12
Sucedió en Plaza Irlanda
Era la adolescencia, una adolescencia transcurrida hace
quizás ya demasiado tiempo, la mía. Antes de la Playstation, para que te
ubiques.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
Iba al Vieytes, yo, la secundaria. Nos habían juntado, segundo tercera, nosotros, con segundo novena de la tarde, y habían construido una nueva división para tercer año, no me preguntes por qué. No viene al caso.
Estaba D’Ambrosio, que venía de la novena. Un gigante de más de un metro noventa, manos como sartenes. Labio inferior siempre húmedo y algo caído. La maldad en estado puro, impiadoso, la inverosímil fuerza.
Estaba Marinelli, que había cursado primero y segundo con nosotros, conmigo. Colorado, pálido, muy pálido, casi transparente. Legañoso, siempre legañoso, y con los ojitos rojos. Tartamudeaba un poco, andaba siempre encogido, la cabeza como escondida entre los hombros, temeroso de su fragilidad, dando cortos pasitos por el pasillo hacia el aula.
No sé cómo, no debió pasar nunca, pero D’Ambrosio se ensañó con Marinelli de inmediato, odio a primera vista. Le robaba los útiles o la comida, pasaba en su camino hacia el fondo del aula y le pegaba en la cabeza o le rompía el cuaderno. Lo amenazaba, le decía cosas.
–Che, pelado –me dijo uno, así me decían a mí, supongo que porque tenía unos indómitos rulos–, hoy a la salida vamos todos a Plaza Irlanda. Hay goma.
–¿Quiénes? –Pregunté.
–Marinelli –me dijo Barbieri, o Bernardi–. Con D’Ambrosio.
No podía ser. Marinelli jamás se había peleado con nadie, su cuerpo no había sido diseñado para la pelea. Hasta estaba exceptuado de ir a Educación Física por algún tema médico. Imposible.
Al parecer D’Ambrosio le había dicho algo, a Marinelli, algo sobre su madre, y Marinelli, en el arrebato de responder, en el apuro, había dicho ‘te espero en la esquina’. ‘Claro’, dijo D’Ambrosio, y se rió, se rieron varios. Plaza Irlanda, allá fuimos todos.
La hago corta, no quiero aburrir con recuerdos que quizás sólo me interesan a mí y a alguno más que haya estado ahí. Hacía frío, llegamos, empezó la pelea.
Era imposible, por altura, por peso, por asimetría de fuerzas, Marinelli no tenía ninguna posibilidad. D’Ambrosio le pegó un par de trompadas y Marinelli se fue al piso, sobre la tierra. Sangraba, de una ceja, de la nariz. Se puso de pie, intentó tirar unas manos, pero D’Ambrosio le llevaba unos treinta kilos de diferencia, y sabía pelear. Era sucio, le escupió la cara, se lo sacó de encima de un empujón, le volvió a pegar. Lo pateó en el piso, dos, tres veces, las costillas, le partió el labio. Marinelli se puso de pie, como pudo, agarrándose el estómago, volvió a cobrar.
Habrá durado todo tres minutos, podría relatar esa pelea en cámara lenta, cada golpe, el pedacito de diente de Marinelli que voló al pasto, el ‘paf’ de la trompada inicial que lo dejó sentado y aturdido, demasiado aturdido para llorar.
Dijimos que era suficiente, nos metimos, prometimos otra pelea, nosotros contra ellos, para la siguiente semana. Había que volver a casa, hacer la tarea, almorzar.
Se empezaron a ir todos los pibes, en grupos.
Entonces vi a Marinelli, de pie. Tenía un ojo negro, el labio superior con sangre, hinchado. El pelo revuelto, la camisa rota con un solo botón, la cara llena de mugre, alguien le devolvió el saco. Apretaba los puños, muy fuerte. Había sabido todo el tiempo, todo el día, lo que le esperaba. Había sabido que le iban a pegar y que le iba a doler. Las cosas habían sido, incluso, mucho peor que en su imaginado tormento. Le salió un sollozo, le dolía todo, y sin embargo había algo ahí, no sé, una vibración. Haber hecho lo que había que hacer, sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad.
Por actitudes como esa, por tipos como vos, Marinelli, es que todavía me siento a escribir. A recibir las piñas que correspondan, y sentir eso que quizás vi en vos, en tu carita de pibe aquella vez en Plaza Irlanda. Eso que era demasiado puro, demasiado intenso para ser expresado con palabras.
30.5.12
Autopista espiritual
Probé con Osho. Claro que probé con Osho, todos probamos con
Osho. Sus discursos de un magistral ingenio, su formidable sentido del humor,
sus uñas tan perfectas. Sus espectaculares relojes, sus lentes de sol detrás de
los cuales habitaba esa tremenda mirada, su carita algo perversa que parecía
sugerir que estar iluminado no le impedía deambular por la tierra y celebrar
todo aquello que hubiera para celebrar.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
De ahí vas a Krishnamurti sin escalas. La iluminación absoluta, la demolición del yo a través de una catarata de palabras. La negación de la negación de la negación de todo lo que no es. El razonamiento hasta la extenuación, la disección de la imbecilidad hasta hacerla desaparecer. La angustia en ese rostro de un hombre que sabía demasiado, simplemente demasiado, quizás más de lo que podía soportar un ser humano por más excepcional que fuera.
Después te pegás una vuelta por el Maharishi Mahesh Yogi. No hay manera de no ir por ese lado. El tipo con su carita a lo Charles Manson y esa vocecita tan suave. Su meditación trascendental marca registrada, su mantra de la palabra mágica que te estaba esperando a vos y a nadie más que a vos, para llevarte más allá de la pútrida realidad. Sus paseos con pasos tan cortitos a orillas de un lago quieto, tan quieto y tan profundo como la conciencia, y una flor en la mano siempre.
Todo te lleva a Sai Baba. El hombre de la túnica naranja y el cabello con el afro perfecto, solamente superado en originalidad e impacto, quizás por el peinado de Don King. El hombre caminando entre la multitud de fanáticos, con esa sonrisita como si se estuviera por hacer pis, frotando apenas los dedos, dos o tres dedos de una mano, y haciendo aparecer una cadenita de oro aquí y allá.
Vas y leés lo que podés de Ramana Maharshi, su esplendoroso silencio. Cuando le preguntaron a Ramana Maharshi cómo saber si uno estaba progresando en el camino espiritual, y el tipo respondió ‘la ausencia de pensamiento, el grado de ausencia de pensamientos, es el verdadero indicador del progreso en el camino de la iluminación’. Te comprás todos los libros que encontrás de Chopra, original cruce de caminos entre la oriental sabiduría y la occidental picardía. Seguís con los videítos de Barry Long, con su mirada a punto de saltarte a la yugular, parado en el borde de la locura misma que casi le dificultaba transmitir lo que tenía para contar, te pegás una vuelta por Ram Dass y su ‘fierce grace’, vas a Eckhart Tolle, una especie de duende lleno de luz y alegría con su encantador repackageo de sagradas escrituras, Adyashanti y su infinitamente dulce manera de explicar lo que no se puede explicar. Vas con Papaji, y entendés que es un segundo nomás, que es ahora y que es posible ser feliz, parás el motor de la mente y estás bendito para siempre. Probás con sus discípulos, con la delicada combinación de énfasis y bondad de Gangaji que te toma de la mano, con Mooji y su manera tan pero tan agradable y divertida de mostrarte que la magia es para vos también y es fácil, vas a recuperar las ganas de reírte, de caminar por la calle, de tomar un café con leche. Vas a Nisargadatta Maharaj que te grita, con absoluta vehemencia, que vos sos eso, que ya llegaste, que ahí estuvo desde siempre, que no hay que buscar lo que ya sos. Vas y te metés de zabiola con el sarteneo de la supersarasa del mindfulness de Jon Kabat Zinn. Hacés el cursito de Sri Sri, te dijeron que lo único que tenés que hacer es respirar, con respirar alcanza para ser feliz, ya te vas a dar cuenta.
Y entonces te das cuenta que pasaron unos tres o cinco años y no entendiste un pomo, no tenés la más puta idea de nada, no trascendés un carajo ni sos un alma consciente ni despertaste a esa dimensión que se oculta detrás del velo de la mente. Querés tomar un buen vino y coger un poco. Te estás cayendo a pedazos, no das más.
25.5.12
El sueño del perro
Invierno, playa. No importa qué playa. Ponele Necochea,
ponele Pinamar. Lo que te resulte más cómodo.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
Amanece. Hay un perro, un perro vagabundo que duerme, detrás de un médano, apenas guarecido del viento.
El perro duerme y sueña que es un hombre. Sueña que está casado con una dulce esposa que lo quiere. Sueña que ve crecer a sus hijos, los lleva al colegio y camina un par de cuadras con ellos de la mano. Responde alguna pregunta de su hija de siete años, miran un pájaro, se ríen. Sueña que lo ascienden en el trabajo y gana más dinero. Sueña que cambia el auto. Sueña que arma vacaciones y cenas de navidad con familiares y amigos. Sueña que toma un buen vino, y envejece.
Se despierta, el perro. Se pone de pie, estira las patas. La playa está desierta, hace mucho frío. Siente algo en el estómago, el perro, una inquietud, hambre.
El perro está despierto, mueve la cola.
20.5.12
El origen del universo y algunas otras cuestiones
La gente sigue con lo mismo, siempre con lo mismo. Vas a
cualquier parte y la gente quiere saber cuál fue el origen del universo, la
gente mira programas de televisión donde se habla del big bang, de los agujeros
negros. Te metés en cualquier conversación y alguien dice que hay vida en
Marte, que encontraron un microbio tomando un vaso de Fanta en Urano, que
descubrieron una mancha de pis contra un zócalo, en Venus. La gente va y te
tira de una que hay vida después de la muerte, que existe la reencarnación, que
de acuerdo a cómo te comportaste en esta vida podés reencarnar en Michelle
Pfeiffer o en una cebra, que existe algo superior, una fuerza, una pelota de
cósmica energía, llamalo Dios, llamalo como quieras, hay algo más.
A mí me suele preocupar por qué carajo no encuentro el queso rallado cuando ya casi están los ravioles, cuánto me va a costar pasar una semana fuera de temporada frente al mar, si voy a volver a coger con esa gordita tan macanuda que conocí el domingo en el supermercado. El discreto encanto de lo superficial.
A mí me suele preocupar por qué carajo no encuentro el queso rallado cuando ya casi están los ravioles, cuánto me va a costar pasar una semana fuera de temporada frente al mar, si voy a volver a coger con esa gordita tan macanuda que conocí el domingo en el supermercado. El discreto encanto de lo superficial.
15.5.12
Polvo al polvo
Parecés una mujer ecléctica y variopinta, tirando a extraviada.
Parecés una mujer elocuente y estentórea, tirando al ridículo.
Parecés una mujer circunspecta y reflexiva, tirando a banal.
Parecés una mujer enigmática y misteriosa, tirando a inconexa.
Parecés una mujer melancólica y emotiva, tirando a retriste.
Parecés una mujer rebuscada e instruida en las lides del amor, tirando a sequita.
Parecés una mujer perfecta para compartir una vida, tirando a media hora, cuarenta minutos.
Parecés una mujer elocuente y estentórea, tirando al ridículo.
Parecés una mujer circunspecta y reflexiva, tirando a banal.
Parecés una mujer enigmática y misteriosa, tirando a inconexa.
Parecés una mujer melancólica y emotiva, tirando a retriste.
Parecés una mujer rebuscada e instruida en las lides del amor, tirando a sequita.
Parecés una mujer perfecta para compartir una vida, tirando a media hora, cuarenta minutos.
10.5.12
Venías mal
Yo sé que te parece que soy genial, la forma en que revuelvo
el café con leche, cómo miro por la ventana, la manera en que me compro en el kiosco
un alfajor o cigarrillos. Pero es que vos venías acostumbrada a tipos con
severas dificultades expresivas, tipos que sueñan con ir al obelisco a festejar
cuando Argentina salga campeón de algo, de cualquier cosa, campeón panamericano
de bochas, o cuando el país reciba una medalla por haber fabricado el sánguche
de milanesa más largo del mundo, lo mismo da.
Yo sé que no podés creer que te coja así, no podés creer que a alguien le interese hacerte acabar como si soltaras un plato de sopa que estuviste cocinando durante tanto tiempo, que le cuentes, estupefacta, a una amiga, que jamás pensaste que podía existir la imaginación horizontal, que nunca pensaste que te iban a hacer, y que te iba a gustar, y que harías, cosas así. Pero es que vos venías muy mal cogida, tres noviecitos en la adolescencia, un fastidiado marido. Semanales polvos de cinco o siete minutos con la luz apagada, mejor no mirar demasiado, mejor pensar en otra cosa, ya pasa.
Yo sé que te resulta increíble las cosas que hablamos, las cosas que se me ocurren, lo que estuve pensando, el sentido del humor, cosas que jamás se te habían pasado por la cabeza. Pero es que vos venías de estar con tipos que creen que un libro es algo que vino con el estante donde por lo general también vienen otras cosas, tipos que te pidieron para su cumpleaños una camiseta de San Lorenzo o quizás la Playstation, una vez un muchacho te invitó a su domicilio y vos le preguntaste dónde tenía la biblioteca y el pibe te dijo que coleccionaba autitos matchbox y se rió y vos te reíste también, para acompañar.
Yo sé que para vos soy un tipo inteligente, pijudo, con sentido del humor, brillante en un sentido amplio del término, lo mejor que te pasó en la vida, seguro. Pero es que justamente no te había pasado nada de nada, no es culpa mía, no tenés con quién comparar.
Yo sé que no podés creer que te coja así, no podés creer que a alguien le interese hacerte acabar como si soltaras un plato de sopa que estuviste cocinando durante tanto tiempo, que le cuentes, estupefacta, a una amiga, que jamás pensaste que podía existir la imaginación horizontal, que nunca pensaste que te iban a hacer, y que te iba a gustar, y que harías, cosas así. Pero es que vos venías muy mal cogida, tres noviecitos en la adolescencia, un fastidiado marido. Semanales polvos de cinco o siete minutos con la luz apagada, mejor no mirar demasiado, mejor pensar en otra cosa, ya pasa.
Yo sé que te resulta increíble las cosas que hablamos, las cosas que se me ocurren, lo que estuve pensando, el sentido del humor, cosas que jamás se te habían pasado por la cabeza. Pero es que vos venías de estar con tipos que creen que un libro es algo que vino con el estante donde por lo general también vienen otras cosas, tipos que te pidieron para su cumpleaños una camiseta de San Lorenzo o quizás la Playstation, una vez un muchacho te invitó a su domicilio y vos le preguntaste dónde tenía la biblioteca y el pibe te dijo que coleccionaba autitos matchbox y se rió y vos te reíste también, para acompañar.
Yo sé que para vos soy un tipo inteligente, pijudo, con sentido del humor, brillante en un sentido amplio del término, lo mejor que te pasó en la vida, seguro. Pero es que justamente no te había pasado nada de nada, no es culpa mía, no tenés con quién comparar.
5.5.12
Se contará en Kyoto
Últimamente, todo lo que me pasa, me pasa en una pizzería.
Sé que está mal, sé que me deberían pasar otras cosas, pero no me pasa más nada.
Me vas a tener que disculpar.
Una vez por semana me encuentro con mi amigo JM, a comer
pizza. La pizzería puede cambiar, una vez por semestre, el sabor de la pizza
puede cambiar, cada tres meses. Sin demasiadas explicaciones, sin causa.
Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
–Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco.
Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
–Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco.
30.4.12
Es la muerte
De pronto abrí los ojos. Sentí un súbito escalofrío, no sé,
como si se hubiera abierto una ventana, una contracción, un principio de
calambre en dos, no, tres dedos de mi pie derecho. El meñique, el meñique de mi
pie derecho diciéndome, gritando, con abrumadora claridad, que ya no tenía nada
que ver conmigo. Un golpe de estado de una facción de mi cuerpo. Susto,
rebeldía.
Abrí los ojos, dije, y ahí estaba. Tanto tiempo, tan temida. La parca, la muerte, como quieran llamarla. Apoyada contra el marco de la puerta, vestida apenas con una sábana blanca. Algo excedida de peso, por cierto, los pelos apuntando en todas direcciones, peinada tal vez en alguna peluquería entre el cielo y el infierno. Desprolija, como si la muerte, al llegar mi hora, hubiera decidido venir a buscarme en motocicleta. Lucía embotada y ojerosa, sus movimientos eran lentos, muy lentos, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo, respiraba con dificultad, con una mano sobre la panza. Algo en su mirada denotaba fastidio, la eterna tarea, ingrata quizás, repetitiva. Había bruma, también, una especie de humo, y un poco de tenue luz por encima de su cabeza, nimbando el contorno de su figura, otorgándole un aura de un desagradable y aguachento amarillo.
–No –balbuceé–, no quiero morir, todavía. Sé que me he quejado mucho por todo lo que me salió mal, por todo lo que no me salió. Sé que por lo general estoy frustrado y triste, pero me sigue gustando la vida. Quiero ver el mar otra vez, y caminar bajo la lluvia, tomar un par de whiskys alguna madrugada, cruzarme con un perro que mueva la cola. No puede ser mi momento, no.
Me salió un sollozo, y después un hipo. Me tapé los ojos con un antebrazo, lloré, lloré como un chico.
–Qué decís, Juan –era Andrea, sí, era Andrea que se había quedado a dormir–. Me siento remal del estómago. No sé para qué carajo me llevás a comer a esa cantina. Sabés que como de más, si sabés que me gusta.
Abrí los ojos, dije, y ahí estaba. Tanto tiempo, tan temida. La parca, la muerte, como quieran llamarla. Apoyada contra el marco de la puerta, vestida apenas con una sábana blanca. Algo excedida de peso, por cierto, los pelos apuntando en todas direcciones, peinada tal vez en alguna peluquería entre el cielo y el infierno. Desprolija, como si la muerte, al llegar mi hora, hubiera decidido venir a buscarme en motocicleta. Lucía embotada y ojerosa, sus movimientos eran lentos, muy lentos, como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo, respiraba con dificultad, con una mano sobre la panza. Algo en su mirada denotaba fastidio, la eterna tarea, ingrata quizás, repetitiva. Había bruma, también, una especie de humo, y un poco de tenue luz por encima de su cabeza, nimbando el contorno de su figura, otorgándole un aura de un desagradable y aguachento amarillo.
–No –balbuceé–, no quiero morir, todavía. Sé que me he quejado mucho por todo lo que me salió mal, por todo lo que no me salió. Sé que por lo general estoy frustrado y triste, pero me sigue gustando la vida. Quiero ver el mar otra vez, y caminar bajo la lluvia, tomar un par de whiskys alguna madrugada, cruzarme con un perro que mueva la cola. No puede ser mi momento, no.
Me salió un sollozo, y después un hipo. Me tapé los ojos con un antebrazo, lloré, lloré como un chico.
–Qué decís, Juan –era Andrea, sí, era Andrea que se había quedado a dormir–. Me siento remal del estómago. No sé para qué carajo me llevás a comer a esa cantina. Sabés que como de más, si sabés que me gusta.
25.4.12
Fueguito
Agarrá un fósforo. Un fósforo cualquiera, de una caja de
fósforos.
Prendé el fósforo a la manera tradicional, raspando un poco, con un algo enérgico movimiento, la cabeza del fósforo, contra el lateral de la caja, de la caja de fósforos, diseñada para tal fin.
Sostené el fósforo con los dedos, dos dedos, pulgar e índice de una mano. Podés estar parado, de pie. Podés estar sentado, también. No importa la mano.
Listo, no hagas más nada. Aguantá.
El fósforo se consume. Quiero decir, el fuego, la pequeña llama se alimenta del palito de madera. Baja, el fueguito.
Nada, no tenés que hacer nada. Seguí sosteniendo el fósforo. Sí, te vas a quemar. Puede ser que sientas que te pincha la yema del pulgar, por la quemazón, puede que veas un ínfimo humito azul y cómo se te enrojecen un poco la punta de los dos dedos. Duele, pero es perfectamente soportable. El fósforo, terminada la madera que le da de comer, casi de inmediato, se apaga. Dura cuarenta y siete segundos, la experiencia, lo cronometré. Menos de un minuto, en cualquier caso.
Ya sé, no entendés para qué, tampoco por qué, te veo la cara. Te parece una cosa sin sentido, una pavada.
Pero aguantaste como cinco años en ese trabajo, o seis años ese matrimonio. Te quemaste vivo, todo ese tiempo. Quemaba, dolía, vos aguantabas.
Prendé el fósforo a la manera tradicional, raspando un poco, con un algo enérgico movimiento, la cabeza del fósforo, contra el lateral de la caja, de la caja de fósforos, diseñada para tal fin.
Sostené el fósforo con los dedos, dos dedos, pulgar e índice de una mano. Podés estar parado, de pie. Podés estar sentado, también. No importa la mano.
Listo, no hagas más nada. Aguantá.
El fósforo se consume. Quiero decir, el fuego, la pequeña llama se alimenta del palito de madera. Baja, el fueguito.
Nada, no tenés que hacer nada. Seguí sosteniendo el fósforo. Sí, te vas a quemar. Puede ser que sientas que te pincha la yema del pulgar, por la quemazón, puede que veas un ínfimo humito azul y cómo se te enrojecen un poco la punta de los dos dedos. Duele, pero es perfectamente soportable. El fósforo, terminada la madera que le da de comer, casi de inmediato, se apaga. Dura cuarenta y siete segundos, la experiencia, lo cronometré. Menos de un minuto, en cualquier caso.
Ya sé, no entendés para qué, tampoco por qué, te veo la cara. Te parece una cosa sin sentido, una pavada.
Pero aguantaste como cinco años en ese trabajo, o seis años ese matrimonio. Te quemaste vivo, todo ese tiempo. Quemaba, dolía, vos aguantabas.
20.4.12
La manera correcta de decirlo
Surge como una actividad de lo más apropiada que usted,
estimado mamífero mediano del sexo femenino, concurra a un lugar, un sitio,
donde cuente con el adecuado herramental de limpieza que le permita
higienizarse, principalmente, en esta oportunidad, la caja torácica, sobre todo
la zona, el espacio que podríamos delimitar quizás, por encima de las
costillas, y por debajo del cuello. (Andá a lavarte las tetas).
Sería por demás gratificante para mí, camarada, por qué no
compañero, si se aplicara usted con lo que entiendo es parte integrante y extremo
superior del aparato digestivo, la boca para ser más exacto, y la lengua en su
totalidad, en su expresivo abanico de papilas, a succionar, como si de un
chupete se tratara, para acercar la rusticidad de un ejemplo, a succionar
entonces, con energía no exenta de cuidado, con regularidad no exenta de
ingenio para no caer, por así decirlo, en la monotonía, mi aparato reproductor,
su módica fisonomía. Llegado el caso, de ser su apetito, puede usted prestar
también la faringe a la maniobra. (Chupame la pija).
Hay un lugar, que pertenece a una persona muy cercana, una
persona con la cual a usted lo une un parentesco en primer grado, una línea
sucesoria de lo más directa. Es un lugar frágil por cierto, plagado de
anfractuosidades, de complejos laberintos, donde el clima es húmedo por
siempre, y puedo uno respirar un aire como de mar, salobres reminiscencias. Un
lugar que sin dudas usted recuerda y tal vez añora, un lugar plagado para usted
de vitales significados. (La concha de tu madre).
15.4.12
Damusnostra
Dentro de cinco o diez años vas a ver que el colesterol no existe. O nunca existió, era todo mentira. La gente se moría, claro que la gente se moría. La gente se va a seguir muriendo, la gente se murió siempre. De pena, del susto, de una curiosa y particular combinación de pena y susto. El corazón se para, o explota, o se echa como un exhausto perro harto de deambular por una para siempre indiferente ciudad, sin sentido. El colesterol era para vender yogures y semillas, para que los nutricionistas veraneen de una buena vez en Buzios, para llenar con algo los noticieros.
Dentro de cinco o diez años vas a ver que los teléfonos celulares te hacían moco. No, flaco, qué cáncer, el cáncer pasó de moda. Vas a ver que las antenitas de los teléfonos celulares son un sofisticado mecanismo para absorberte todo el esperma, el esperma del sujeto portador del teléfono se evapora y se transporta a través de la antenita del teléfono a la casa central, donde es condensado. Las compañías telefónicas no son compañías telefónicas. La misión de las compañías telefónicas consiste en ser reservorios de esperma para cuando lleguen los marcianos. Bueno, las marcianas. Ah, sí, si sos mujer, la misma antenita te seca la chucha, te queda la vagina más seca que una baldosa de porcelanato. No te mojás más.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, van a explicar por televisión que todo aquel que haya corrido alguna vez más de tres kilómetros de un saque, tiene entre el dos y el cinco por ciento de la capacidad neuronal de un humano normal. Se te derrite el bocho, las neuronas se te van a las rodillas, por eso te duelen (las rodillas). Van a mostrar con rigurosa documentación que los sujetos que corren tienen la masa encefálica del tamaño de una aceituna, un tamaño igual, casi igual de quienes hayan jugado a la Playstation más de cinco minutos en su vida. Los sujetos que cumplan con ambos requisitos, los que hayan corrido más de tres kilómetros alguna vez, y hayan jugado con la Playstation más de cinco minutos, serán convocados para ocupar los más importantes cargos gubernamentales. El mundo precisa absolutos imbéciles en las más altas esferas del poder, gente que bajo ningún concepto piense ni intente pensar. De lo contrario, la tierra estallaría en mil pedazos.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, a la gente le va a encantar lo que escribo.
Dentro de cinco o diez años vas a ver que los teléfonos celulares te hacían moco. No, flaco, qué cáncer, el cáncer pasó de moda. Vas a ver que las antenitas de los teléfonos celulares son un sofisticado mecanismo para absorberte todo el esperma, el esperma del sujeto portador del teléfono se evapora y se transporta a través de la antenita del teléfono a la casa central, donde es condensado. Las compañías telefónicas no son compañías telefónicas. La misión de las compañías telefónicas consiste en ser reservorios de esperma para cuando lleguen los marcianos. Bueno, las marcianas. Ah, sí, si sos mujer, la misma antenita te seca la chucha, te queda la vagina más seca que una baldosa de porcelanato. No te mojás más.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, van a explicar por televisión que todo aquel que haya corrido alguna vez más de tres kilómetros de un saque, tiene entre el dos y el cinco por ciento de la capacidad neuronal de un humano normal. Se te derrite el bocho, las neuronas se te van a las rodillas, por eso te duelen (las rodillas). Van a mostrar con rigurosa documentación que los sujetos que corren tienen la masa encefálica del tamaño de una aceituna, un tamaño igual, casi igual de quienes hayan jugado a la Playstation más de cinco minutos en su vida. Los sujetos que cumplan con ambos requisitos, los que hayan corrido más de tres kilómetros alguna vez, y hayan jugado con la Playstation más de cinco minutos, serán convocados para ocupar los más importantes cargos gubernamentales. El mundo precisa absolutos imbéciles en las más altas esferas del poder, gente que bajo ningún concepto piense ni intente pensar. De lo contrario, la tierra estallaría en mil pedazos.
Dentro de cinco o diez años, vas a ver, a la gente le va a encantar lo que escribo.
10.4.12
Notas aéreas
El avión despega. Es un momento bravo. Todo potencia, superando leyes de la física, dedicándole a la gravedad una metálica indiferencia. Se dirige a un cielo repleto de atributos, las alturas de lo posible, el destino que juega al sudoku y mordisquea una birome y anota algo.
Lograda la altura, movidos los piolines del impulso, propulsado por las turbinas de lo deseado, el avión se estabiliza, allá en lo alto. Avanza, como si fuera a avanzar para siempre. Las nubes le ceden paso, se abren como cremosas nalgas. El cielo es suyo. Recto y nivelado, según la jerga.
Pero no, no es posible, no puede durar. Aunque veas el horizonte dividiendo en alguna parte el arriba del abajo, algo ha cambiado.
Es ínfimo, al principio. Casi podría ignorarse pero no se ignora, ribetes de sensación. La punta, la nariz del avión, ha bajado un par de grados. No parece relevante ni significativo, nada altera, pero ha comenzado la caída. El avión sigue adelante, va para adelante, pero también, de alguna delicada manera, va hacia abajo.
Y entonces se acelera. Se siente, no hay manera de no sentirlo. El ángulo, la pendiente, llamalo como quieras. No hay lugar para errores de interpretación. Allá abajo está lo duro, la contundencia de lo inevitable, el lugar donde todo comenzó y hacia donde el avión parece dirigirse con la fastidiosa mansedumbre del que divisa algo que ocurrirá con rango de certeza.
El avión se cae, con todo lo que eso implica. Ah, el avión sos vos.
Lograda la altura, movidos los piolines del impulso, propulsado por las turbinas de lo deseado, el avión se estabiliza, allá en lo alto. Avanza, como si fuera a avanzar para siempre. Las nubes le ceden paso, se abren como cremosas nalgas. El cielo es suyo. Recto y nivelado, según la jerga.
Pero no, no es posible, no puede durar. Aunque veas el horizonte dividiendo en alguna parte el arriba del abajo, algo ha cambiado.
Es ínfimo, al principio. Casi podría ignorarse pero no se ignora, ribetes de sensación. La punta, la nariz del avión, ha bajado un par de grados. No parece relevante ni significativo, nada altera, pero ha comenzado la caída. El avión sigue adelante, va para adelante, pero también, de alguna delicada manera, va hacia abajo.
Y entonces se acelera. Se siente, no hay manera de no sentirlo. El ángulo, la pendiente, llamalo como quieras. No hay lugar para errores de interpretación. Allá abajo está lo duro, la contundencia de lo inevitable, el lugar donde todo comenzó y hacia donde el avión parece dirigirse con la fastidiosa mansedumbre del que divisa algo que ocurrirá con rango de certeza.
El avión se cae, con todo lo que eso implica. Ah, el avión sos vos.
5.4.12
Tengo mis razones
Me dijeron que el trabajo era fácil. Me dijeron ‘vos estás sin hacer nada, vos estás sin trabajo, y este trabajo es fácil’. Necesitaba plata, además. Necesitaba algo de plata. Ya le había pedido plata a todo el mundo, la gente me veía por la calle y cruzaban de vereda. Me esquivaban.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.
30.3.12
Ingratas criaturas
Dormí como diez horas, no pude recordar hacía cuánto que no dormía diez horas. Desde que tenía diecisiete años, no sé, y volvía de bailar y me había tomado un par de vodkas con 7up en honor a Bukowski, y encima una chica me había dado un beso. Me iba a dormir lleno de magia.
Me desperté y no me dolía nada, nada de nada. Tardé en abrir los ojos, saboreando esa sensación. Estaba contento, no podía recordar hacía cuánto que no estaba contento. Sentí las ganas, las ganas en estado puro corriendo dentro de mí como un hámster en pantuflas. Esas olvidadas ganas de coger o de tomar café con leche o de caminar bajo la lluvia, de vivir, porque eran ganas de vivir, de reírme y agradecer por estar vivo, motivo suficiente. Recordé la frase que había visto en video, la conferencia de aquel gurú de túnica y su bordado casquete en la cabeza, con sus modales en cámara lenta y su infinito ingenio. Somos criaturas tan ingratas, había dicho el gurú, pero en su pausado inglés había sonado mejor todavía, mucho mejor todavía (human beings are so ungrateful criatures, algo así).
Me reí, como si me hubieran contado un chiste que en verdad me hubiera tomado por sorpresa y me hubiera hecho gracia. Sentí luz, una luz recorriendo la totalidad de mi ser, una suave caricia en los dedos de los pies, una dulce luz inundándome la cara.
Supe que me iría bien, hiciera lo que hiciera. Me iría bien a pesar de los terremotos y las catástrofes aéreas. Estaba bendito, por decirlo de alguna manera, por ponerlo en palabras. La había perdido, alguna vez, y ahora había vuelto, la sensación, esquiva por tantos años. Recuperada.
Entonces me desperté.
Me desperté y no me dolía nada, nada de nada. Tardé en abrir los ojos, saboreando esa sensación. Estaba contento, no podía recordar hacía cuánto que no estaba contento. Sentí las ganas, las ganas en estado puro corriendo dentro de mí como un hámster en pantuflas. Esas olvidadas ganas de coger o de tomar café con leche o de caminar bajo la lluvia, de vivir, porque eran ganas de vivir, de reírme y agradecer por estar vivo, motivo suficiente. Recordé la frase que había visto en video, la conferencia de aquel gurú de túnica y su bordado casquete en la cabeza, con sus modales en cámara lenta y su infinito ingenio. Somos criaturas tan ingratas, había dicho el gurú, pero en su pausado inglés había sonado mejor todavía, mucho mejor todavía (human beings are so ungrateful criatures, algo así).
Me reí, como si me hubieran contado un chiste que en verdad me hubiera tomado por sorpresa y me hubiera hecho gracia. Sentí luz, una luz recorriendo la totalidad de mi ser, una suave caricia en los dedos de los pies, una dulce luz inundándome la cara.
Supe que me iría bien, hiciera lo que hiciera. Me iría bien a pesar de los terremotos y las catástrofes aéreas. Estaba bendito, por decirlo de alguna manera, por ponerlo en palabras. La había perdido, alguna vez, y ahora había vuelto, la sensación, esquiva por tantos años. Recuperada.
Entonces me desperté.
25.3.12
Abrazar la fe
El hombre era un hombre más o menos normal. Casado, dos hijos, tenía un local de venta de artículos de limpieza sobre la calle Senillosa. Le gustaba ir a jugar al fútbol una vez por semana, con sus amigos. Después comían un asado en alguna parrilla de barrio (por lo general en ‘Los amigos’, también en ‘El 22’) recordando anécdotas de una juventud algo remota, anécdotas que no tenían por qué ser del todo ciertas.
Sus dos hijos crecían, iban al colegio, eran sanos y estaban bien educados. Su mujer daba clases de matemáticas en tres escuelas primarias, no, dos escuelas primarias y una secundaria. Él cambiaba el automóvil cada tres años, habían ascendido de Miramar a Florianópolis. A veces estaba triste, a veces soñaba con alguna aventura, a veces le dolía una rodilla. No le iba mal.
Entonces su mujer, Viviana, enfermó. Con la sutil desidia que tienen estas cosas. Viviana se sintió mal. Decía que estaba cansada, que le costaba salir de la cama, que no podía arrancar.
Pensó que era una anemia. Viviana se cuidaba desde siempre con las comidas y hacía gimnasia para estar bien, para no engordar.
Pero no. Fue al médico, al médico de siempre. La mandó a hacer un par de análisis. Tenía una leucemia fulminante, Viviana, había que hacer quimioterapia, había que tratarla con todo lo que la medicina moderna tenía para echarle encima, pero las posibilidades eran mínimas. Viviana estaba mal.
Así es como se desmorona el castillo de mermelada de una vida, pensó Ernesto, que era el marido de Viviana. Casi veinte años juntos, construyendo algo bello, y páfate, un análisis de sangre dice que todo se termina. La tristeza lo tapó como un mar.
Viviana quedó internada, después de la segunda sesión de quimio, su cuerpo no resistía la batalla que se libraba en su interior. Ernesto, que se pasaba el día corriendo entre el negocio y el hospital, un día, pasó por una sinagoga. Olvidé decir que Ernesto había nacido judío. Jamás había tenido la más mínima formación religiosa, pero esa era su religión, por nacimiento.
Entró a la sinagoga, Ernesto, y pidió hablar con el rabino. Estaba desesperado, Ernesto, no daba más.
El rabino lo hizo pasar a una salita, le dio un poco de té, se sentó a escucharlo. Habló, Ernesto, habló y habló y sintió que mientras hablaba se vaciaba, dijo que había sido una mala persona. Lloró, lloró como un chico, prometió que si Viviana se salvaba se volvería a Dios, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. Viviana no debía morirse, ahora Ernesto comprendía que, sin Viviana, su vida no tendría sentido.
Y Viviana se salvó. Como ocurren los milagros, en silencio, abrió los ojos una mañana de domingo. Soportó el tratamiento, la leucemia dejó su sangre en paz. Volvió a casa, caminaba un poco más cada día, le comenzó a crecer el cabello, volvió a sonreír.
Ernesto abrazó la religión con todas sus fuerzas. Dios había oído sus súplicas. Comenzó a ir al templo, primero los sábados, luego tres veces por semana, se dejó la barba, cambió su manera de alimentarse, de vestir, siguiendo sagrados mandamientos. Dios había cumplido con él, y Ernesto estaba agradecido.
Había pasado ya casi un año. Viviana bajó un día a dar una vuelta al parque, y se paró a ver unas pulseras de plata que vendía un artesano. El muchacho era africano, senegalés, tenía diecinueve años y apenas hablaba castellano. La sonrisa blanquísima y la piel casi azul, de tan negro que era. Los modales eran suaves, con su hablar muy dulce, pausado, y la miraba, a Viviana, se quedaba mirándola con esos ojazos enormes.
Se enamoraron casi instantáneamente. El muchacho le regalaba collares que había hecho pensando en ella, y ella, todos los viernes, bajaba al parque y le llevaba comida. Algo de pollo con arroz que había sobrado de la cena, o dos porciones de tarta de verdura, una vez le preparó un bizcochuelo relleno de dulce de leche. Finalmente, el chico la llevó a la pensión donde vivía, por San Cristóbal. Cogieron, Viviana no podía dejar de acariciar ese fibroso cuerpo, muy marcado, las venas como cables, la garompa del tamaño de un antebrazo, el pausado tam tam, el sexo infinito.
Viviana se fue a vivir con el pibe, que se llamaba Mpele. Ernesto no pudo soportar la noticia. Lo que sucedía estaba muy por encima de su capacidad de entendimiento.
Volvió Ernesto, la mañana de un sábado, para hablar con el rabino. Le contó Ernesto, que su mujer lo había dejado por un africano que vendía pulseras en la plaza, un chico semianalfabeto que fumaba marihuana en el desayuno y se la cogía, a Viviana, unas rigurosas tres veces por día.
El rabino escuchaba, miraba por una ventana cómo se movían las copas de los árboles, bebía su té. De vez en cuando asentía.
Sus dos hijos crecían, iban al colegio, eran sanos y estaban bien educados. Su mujer daba clases de matemáticas en tres escuelas primarias, no, dos escuelas primarias y una secundaria. Él cambiaba el automóvil cada tres años, habían ascendido de Miramar a Florianópolis. A veces estaba triste, a veces soñaba con alguna aventura, a veces le dolía una rodilla. No le iba mal.
Entonces su mujer, Viviana, enfermó. Con la sutil desidia que tienen estas cosas. Viviana se sintió mal. Decía que estaba cansada, que le costaba salir de la cama, que no podía arrancar.
Pensó que era una anemia. Viviana se cuidaba desde siempre con las comidas y hacía gimnasia para estar bien, para no engordar.
Pero no. Fue al médico, al médico de siempre. La mandó a hacer un par de análisis. Tenía una leucemia fulminante, Viviana, había que hacer quimioterapia, había que tratarla con todo lo que la medicina moderna tenía para echarle encima, pero las posibilidades eran mínimas. Viviana estaba mal.
Así es como se desmorona el castillo de mermelada de una vida, pensó Ernesto, que era el marido de Viviana. Casi veinte años juntos, construyendo algo bello, y páfate, un análisis de sangre dice que todo se termina. La tristeza lo tapó como un mar.
Viviana quedó internada, después de la segunda sesión de quimio, su cuerpo no resistía la batalla que se libraba en su interior. Ernesto, que se pasaba el día corriendo entre el negocio y el hospital, un día, pasó por una sinagoga. Olvidé decir que Ernesto había nacido judío. Jamás había tenido la más mínima formación religiosa, pero esa era su religión, por nacimiento.
Entró a la sinagoga, Ernesto, y pidió hablar con el rabino. Estaba desesperado, Ernesto, no daba más.
El rabino lo hizo pasar a una salita, le dio un poco de té, se sentó a escucharlo. Habló, Ernesto, habló y habló y sintió que mientras hablaba se vaciaba, dijo que había sido una mala persona. Lloró, lloró como un chico, prometió que si Viviana se salvaba se volvería a Dios, abrazaría la religión con todas sus fuerzas. Viviana no debía morirse, ahora Ernesto comprendía que, sin Viviana, su vida no tendría sentido.
Y Viviana se salvó. Como ocurren los milagros, en silencio, abrió los ojos una mañana de domingo. Soportó el tratamiento, la leucemia dejó su sangre en paz. Volvió a casa, caminaba un poco más cada día, le comenzó a crecer el cabello, volvió a sonreír.
Ernesto abrazó la religión con todas sus fuerzas. Dios había oído sus súplicas. Comenzó a ir al templo, primero los sábados, luego tres veces por semana, se dejó la barba, cambió su manera de alimentarse, de vestir, siguiendo sagrados mandamientos. Dios había cumplido con él, y Ernesto estaba agradecido.
Había pasado ya casi un año. Viviana bajó un día a dar una vuelta al parque, y se paró a ver unas pulseras de plata que vendía un artesano. El muchacho era africano, senegalés, tenía diecinueve años y apenas hablaba castellano. La sonrisa blanquísima y la piel casi azul, de tan negro que era. Los modales eran suaves, con su hablar muy dulce, pausado, y la miraba, a Viviana, se quedaba mirándola con esos ojazos enormes.
Se enamoraron casi instantáneamente. El muchacho le regalaba collares que había hecho pensando en ella, y ella, todos los viernes, bajaba al parque y le llevaba comida. Algo de pollo con arroz que había sobrado de la cena, o dos porciones de tarta de verdura, una vez le preparó un bizcochuelo relleno de dulce de leche. Finalmente, el chico la llevó a la pensión donde vivía, por San Cristóbal. Cogieron, Viviana no podía dejar de acariciar ese fibroso cuerpo, muy marcado, las venas como cables, la garompa del tamaño de un antebrazo, el pausado tam tam, el sexo infinito.
Viviana se fue a vivir con el pibe, que se llamaba Mpele. Ernesto no pudo soportar la noticia. Lo que sucedía estaba muy por encima de su capacidad de entendimiento.
Volvió Ernesto, la mañana de un sábado, para hablar con el rabino. Le contó Ernesto, que su mujer lo había dejado por un africano que vendía pulseras en la plaza, un chico semianalfabeto que fumaba marihuana en el desayuno y se la cogía, a Viviana, unas rigurosas tres veces por día.
El rabino escuchaba, miraba por una ventana cómo se movían las copas de los árboles, bebía su té. De vez en cuando asentía.
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