5.4.12

Tengo mis razones

Me dijeron que el trabajo era fácil. Me dijeron ‘vos estás sin hacer nada, vos estás sin trabajo, y este trabajo es fácil’. Necesitaba plata, además. Necesitaba algo de plata. Ya le había pedido plata a todo el mundo, la gente me veía por la calle y cruzaban de vereda. Me esquivaban.
Había que pasear perros. Era un trabajo de medio día, a mí tampoco me sobraban las ganas. Había que pasar a buscar los perros, por cada departamento, a eso de las ocho de la mañana. Después te ibas al parque, con los perros. Escuchabas música, fumabas. Al mediodía devolvías los perros. Y listo, ya está, ese era el trabajo. A fin de mes te pagaban.
Era fácil, así me lo explicaron. Y no había que hablar con gente, discutir con gente, explicar, como cuando trabajaba en esa oficina. Hablar con gente es la muerte, es el infierno, es el horror de estar vivo. Hablar con gente te hace moco, te mata. Acá saludabas cuando te bajaban al perro, y te ibas. Después volvías y decías ‘chau’, o decías ‘hasta mañana’. Los perros no hablan.
Si te da un poco de vergüenza, te disfrazás. Gorrita, lentes oscuros, auriculares. O te dejás el bigote, una barba candado bien tupida, y ya está. A los tres días sos parte del paisaje, no te conoce más nadie. Sos paseador de perros, no pasa nada.
Pero no es tan fácil. Nada es tan fácil. Nunca es tan fácil. Te parece que te vas a acostumbrar, pero no te acostumbrás nunca. Te volvés loco, como mucho, en dos semanas.
Los perros, básicamente, hacen tres cosas. Pero las hacen todo el tiempo, todo el tiempo, no saben hacer otra cosa. No pueden hacer otra cosa, o no quieren. No paran.
Los perros cogen, los perros quieren coger, o tratar de coger, con otro perro, sin importar el sexo ni la raza ni el tamaño. Los perros quieren coger con una pierna, con un zapato, con un carrito de bebé, con media docena de empanadas.
Los perros cagan. Cagan y pishan. Los perros quieren cagar y pishar donde cagaron y pisharon ayer. Huelen, huelen mucho, olfatean todo el tiempo. Y cagan, tremendos soretes que te hacen dudar de los designios de Dios, el significado de la creación, cualquier clase de espiritualidad.
Los perros ladran. Ladran como si fueran pequeñas maquinarias diseñadas para ladrar. Ladran, gritan a todo el mundo su incombustible guauguau. Ladran como si estuvieran reclamando algo, como si estuvieran señalándote que algo está mal, que se viene el fin del mundo o que no pueden creer la cara de boludo que tenés o que no quieren estar ahí, con vos, nunca más. Siguen ladrando, no se cansan.
Los maté a todos, de a uno. Los até a once árboles diferentes y los fui matando de a uno. Con un martillo. Les hacía una caricia, les decía con dulzura su nombre, una última mirada a los ojos, y ñácate. Un martillazo en la cabeza, y después varios martillazos más. Se escuchaba el crujido de los cráneos al partirse, me salpicaba la sangre de un rojo muy oscuro, casi marrón, rodaba un ojo, saltaban pedazos de huesos y dientes. Pelos, pegoteados mechones de pelo por todas partes. Se escuchaban lastimeros aullidos de la más pura incomprensión, pero dos o tres martillazos más y se apagaban.
Fue el lunes por la mañana. Llovía mucho. Fui a una parte del parque que nadie usa, detrás del hospital, bastante oscuro, todo embarrado.
Los maté a todos, a martillazos, y después me fui a desayunar. Había llevado una desteñida toalla en la mochila, y una remera para cambiarme. Me lavé como pude en el baño de la estación Retiro y me tomé un micro, a San Clemente. Tengo una tía que vive allá, una tía que me crió de chico. Hacía unas sopas riquísimas, con esos fideos chiquititos. También hacía guisos. Robábamos duraznos de los árboles de un vecino, y mi tía preparaba mermelada.
Mientras tomaba el café con leche me pasó algo extraño, no me lo vas a creer. Me pareció que todavía escuchaba los ladridos, me pareció que cada perro que pasaba por la calle me observaba como si supiera lo que yo había hecho. Miradas sin la mínima pizca de comprensión, igual que toda esa gente tan horrible. Ninguno fue capaz de acercarse y preguntarme cómo me sentía, cuáles eran mis motivos, por qué me parecía que el mundo era, desde siempre, desde que podía recordar, una mierda. Nadie me preguntó qué me pasaba.

13 Comments:

At 8:32 a. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

Cuando leo relatos como este, por un momento siento que el mundo no es una mierda.
Felicitaciones.

 
At 8:38 a. m., Anonymous Anónimo said...

Lo de hoy no me gustó y me llama mucho la atención que haya matado los perros.

 
At 9:01 a. m., Blogger Andrea said...

Larga muerte a los perros cagones y ladradores.

 
At 11:17 a. m., Blogger Zeithgeist said...

groso...

 
At 6:20 p. m., Blogger A.Torrante said...

Dicen los historiadores que realmente saben, que Gran Bretaña no le declaró la guerra a Hitler por invadir Polonia, sino porque en la blitzkrieg un Panzer atropelló un perro.
De gracias que está en castellano y que esto nunca lo leerá la Foreign Office. Bah, según como me responda, tal vez se lo mande traducido.

 
At 12:46 a. m., Blogger Alelí said...

la primera parte me recordó a otro relato de su autoría dónde explicaba como zafar de las molestas conversaciones oficinistas "pidiendo plata".

así pues la parte del medio, por llamarlo de algún modo, no tiene sentido o interés alguno ya que en el final volvemos al punto de partida, la soledad.

bueno es todo lo que se me ocurrió.

 
At 10:15 a. m., Blogger J. Hundred said...

*juan sebastián olivieri! quizás el mundo es, efectivamente, una mierda. yo apenas se lo estoy contando.

*anónimo! lo vamos viendo.

*andrea!

*zeithgeist! uh! quiero aprovechar para agradecer a todas las chicas que no quisieron bailar lento conmigo en la primaria, y a mi profesor de judo que me dijo, después de dos clases, que yo no servía para las actividades deportivas.

*a. torrante! que nos vaya bien a todos.

*alelí! en primer lugar, debo mencionarle que lo que yo escribo, y lo que usted recuerda, son fenómenos independientes. sigo. los grandes temas, por llamarlos de algún modo, la búsqueda del amor, la imposibilidad de ser feliz, la soledad, el miedo a la muerte, son siempre los mismos desde el origen de los tiempos. la diferencia, estilística creo y desde ya para nada menor, es que para enfrentar la soledad, si usted quiere y menciona en este caso, alguien decide matar once perros a martillazos, mientras otro alguien se conforma con ir al centro cultural recoleta a ver un unipersonal, para luego volver a su domicilio y beber dos copas de un vino blanco dulzón y barato. para finalizar, entonces, lo que yo escribo, y lo que a usted se le ocurre, también son fenómenos que transitan por separados andariveles.

 
At 4:02 p. m., Blogger Dany said...

Algunos de nosotros también queremos coger siempre.
También cagamos y pishamos todo el tiempo. Y gritamos......a veces en forma insoportable.
Hay razones casi para cualquier martillazo.
Abrazo!

 
At 1:14 a. m., Blogger Lunática said...

Al principio me tenté, pero cerca del desenlace ya estaba seria. Muy bueno!

 
At 7:11 p. m., Blogger Alelí said...

querido, lo que ud. dice es una obviedad...ni hace falta aclararlo!

así como tampoco comprendió mi comentario.

beso

 
At 11:05 p. m., Blogger Mr. Kint said...

No hay más contradictorio que irse a San Clemente en invierno para huir de los perros. No hay nada más absurdo que partir a la costa en enero para escaparse de la gente. En cualquier caso, usted no especificó la fecha, por algo debe ser.
A no afligirse que no está solo, este es un mundo fugitivo y, en tanto, en ese aspecto condenados inevitablemente al fracaso.
Abrazo y saludos

 
At 8:02 a. m., Blogger J. Hundred said...

*dany! sí, el mensaje de paz, de amor, de esperanza, es que hay que salir a repartir martillazos. usted lo ha dicho. un abrazo.

*lunática! tengo la capacidad, me fue dado el don, de poder hacer llorar y poder hacer reír. pero al revés, siempre al revés de lo que yo quisiera. lo más probable es que si la quiero hacer reír, la haga llorar, y si la quiero hacer llorar, la haga reír. también es casi seguro que yo la haga reír, la haga llorar, y usted me cuente que prefiere coger con el gerente de marketing, sí, el pibe que después de tanto tiempo logró cambiar el autito y la invitó a pasar un fin de semana en san bernardo, y le dijo que la va a llevar a comer unos panqueques de dulce de leche riquísimos. cómo no la voy a entender.

*alelí! que nos vaya bien a todos.

*mr. kint! dicen, está estudiado, que el 97% de los pensamientos son repetitivos. nada nuevo nos ocurre cuando dejamos sonar la cancioncita de la mente. no menos cierto resulta que, el 97% de los comentarios que aquí recibo, no son mucho más que el deseo de gargajearme el asado, o pedorrear sobre mi literaria chocotorta, sin importar los motivos (incapacidad personal casi siempre, falta de talento en general, cósmico fastidio de no tener absolutamente nada para escribir). pero fíjese qué novedad, su comentario no sólo mejora, sino que le da sentido al fragmento de mi autoría. porque yo pensé que nadie notaría la sutileza del muchacho huyendo a ‘san clemente’. usted va mucho más allá, apunta su linterna al desgarrador tema de fondo, y es que no hay manera de escapar a ninguna parte. se vive tratando de escapar, acompañado de la certeza de saber que no hay adónde ir. así que le agradezco, y lo saludo con respeto.

 
At 9:22 p. m., Blogger tecontaretodo said...

Y no. Nadie preguntó, nadie pregunta ni preguntará. ¿Para qué? Para que le digan en la cara lo que no quieren saber?

Un consejo, si finalmente va a San Clemente y le hacen el verso de que trabajar en Mundo Marino es lo más, porque no tiene que hablar con gente ni lidiar con perros, no agarre viaje. No sabe lo cargosas que pueden llegar a ser las belugas!!

 

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