5.5.12

Se contará en Kyoto

        Últimamente, todo lo que me pasa, me pasa en una pizzería. Sé que está mal, sé que me deberían pasar otras cosas, pero no me pasa más nada. Me vas a tener que disculpar.
         Una vez por semana me encuentro con mi amigo JM, a comer pizza. La pizzería puede cambiar, una vez por semestre, el sabor de la pizza puede cambiar, cada tres meses. Sin demasiadas explicaciones, sin causa.
         Nos encontramos en El Cuartito, chica de fugazzeta, Quilmes Imperial (una vuelta a los orígenes, a las fuentes), dos porciones de fainá.
         A veces charlamos un poco, generalidades. A veces ninguno de los dos dice nada y está bien igual.
         Lo bueno de esos lugares, lo que equivale a decir lo único bueno de la Argentina, son esas tres o cinco pizzerías con la lumínica potencia de La Meca o de Jerusalém, Tierra Santa. Se reúnen allí turistas alemanes, obreros de la construcción, ladrones, prostitutas, estudiantes de filosofía, locos, tristes, solos, terroristas chechenos, familias disfuncionales enteras. A comer pizza, esa pizza, que sana, y que salva, amén.
         Es bueno estar ahí. El resto del país se fue a la mierda, el resto del país quizás ya no vale nada. Quedate con los glaciares y con las cataratas, quedate con los indios wichis y la fiesta de la vendimia y el carnaval de Gualeguaychú y el Canal de Beagle, también. Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo, te lo quería decir.
         Estamos con JM, entonces, comiendo la chica de fugazzeta. Pedimos otra Quilmes Imperial.
         El lugar está ocupado, como siempre, lleno total. Mucho movimiento y ruido de cubiertos, carcajadas, algún grito, gente que entra, gente que sale, gente que no sabe si salir o entrar.
         Hay una mesa, con japoneses. Dos japonesas, dos japoneses, dos chicas, dos muchachos, aunque sea bastante difícil, por los modos, por las formas, definir su sexualidad. Se nota que es la primera vez que vienen al lugar. Han dudado mucho a la hora de elegir del menú, miran las paredes cubiertas de afiches que recuerdan épicos combates de boxeo, la carita de Tommy Hearns después de romperle la boca a Pipino Cuevas en una pelea que debería mostrarse en las escuelas primarias, en alguna clase de formación moral y cívica, una foto de Maradona cuando nos hizo creer que la Argentina tenía alguna posibilidad, el afiche de la legendaria Leonard versus Lalonde de la cual hasta Nietzsche se hubiera sentido orgulloso, una camiseta firmada por alguien, por algún jugador de algo.
         Les traen el pedido, a los japoneses. Dos pizzas chicas, iban a pedir dos grandes pero los salvó el mozo de pedir el triple de lo que serán capaces de comer. Una de muzzarella, una de anchoas. Toman Warsteiner de a pequeños sorbitos.
         Se sacan fotos. Uno de los chicos, delgado como un alambre, tiene una cámara digital, un rectángulo ultradelgado, un artefacto de lo más moderno, como una servilleta de metal. Fotografía a sus acompañantes, primero, con un tenedor o con un vaso en la mano, a las paredes después. No sabe qué hacer con su alma, está contento pero no le enseñaron cómo manifestar su alegría. Desea fotografiar.
         Fotografía la pizza, sí, la pizza. Muy de cerca. No puede creer lo que ve, una deliciosa columna de humo sobre la casi chorreante muzzarella. Se asoma, el ponja, sobre la pizza, como si se tratara del Vesubio, como si estuviera contemplando por vez primera las entrañas de la tierra, el enigma que quizás buscaron toda su vida sus ancestros en algún monasterio zen.
         Sucede algo. Alguien se levanta, para irse, y pasa por detrás del japonés. Lo golpea, sin intención, con el movimiento de una cadera al querer pasar de perfil entre los respaldos de dos sillas que están muy juntas. Lo golpea entonces, decía, apenas, en la espalda.
         El golpecito lo sorprende quizás, lo toma desprevenido, y se le cae la camarita de siete mil dólares. Sobre la pizza. De muzzarella. Es un hundimiento comparable al del Titanic. La camarita se hunde, muy lentamente, pero también literalmente (y es justo lo que yo quiero decir, aunque odie esta manera de adjetivar), la muzzarella se encuentra en punto de fisión. Desaparece la cámara ante los azorados ojos de los cuatro japoneses. La cámara es comida por una volcánica lava de muzzarella mientras los japoneses no saben qué hacer, cómo proceder ante la manifestación de las más profundas fuerzas de la naturaleza, así que no hacen nada.
         Japón es una poderosa nación, logró sobreponerse a la bomba atómica, su pueblo es abnegado y laborioso, poseen notables conocimientos en el campo de la tecnología, tienen una desarrollada industria pesquera y automotriz.
         Pero nosotros tenemos la pizza, la pizza y unas tremendas ganas de reírnos, de pasarla bien a pesar que todo nos sale para el culo, que ya no tenemos ninguna oportunidad como país, que fracasamos y lo volveremos a hacer todas las veces que haga falta. Hasta que no quede nada, hasta que nos borren del TEG.
         Meto dos dedos en la pizza, hurgo en la pizza como si mis dedos índice y mayor fueran un espéculo, recupero la cámara, estirándome un poco, desde mi mesa, que es la mesa de al lado.
         –Tomá, che –limpio la cámara con una servilleta de papel–. Probala, capaz que todavía anda. Aguante Mishima, loco. 

13 Comments:

At 12:44 p. m., Blogger A.Torrante said...

La verdad, una joyita narrativa con tantos ingredientes visuales que parece una pizza Primavera New Age. Con su venia voy a postear este cuento en mi blog, en la página los mejores cuentos que leí. Es justo advertirle que sin su venia también (el que avisa no traiciona) Domo arigato Hundredsan.

 
At 6:45 p. m., Blogger Dany said...

Los japoneses tienen un promedio de 10 días de vacaciones al año.....pero se toman 5. Estupendo relato, me voy a Burguio a sentirme campeón del mundo. Abrazo!

 
At 8:03 p. m., Blogger Alelí said...

Me encantó!

y me dieron ganas de comer pizza!

 
At 10:38 p. m., Anonymous Anónimo said...

creo que mas de una servilleta de papel haría falta para limpiar la camara, debido por un lado a la muzarela y por otro a las servilletas transparentes...

 
At 12:35 a. m., Blogger LaLa said...

ja! la pizza, redonda como la luna, y brilla como el sol cuanto más rica és, es el principio y fin de las frustaciones humanas...

 
At 7:51 a. m., Blogger J. Hundred said...

*a. torrante! padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

*dany! se dice que los japoneses tienen el pito pequeño, también. quiero decir, en relación a los nigerianos. pero existen leyes de compensación universal, leyes que la mayoría de las veces desconocemos y rigen nuestras vidas. un abrazo.

*alelí! pero por favor, bonita, be my guest.

*anónimo! que nos vaya bien a todos.

*lala! quizás borges nos quiso avisar que donde él decía ‘el aleph’, podía decirse ‘la pizza’, sin mayores inconvenientes.

 
At 10:59 a. m., Blogger A.Torrante said...

Bueno tampoco es que lo voy a publicar en la Editorial Sudamericana :-) Igual quédese tranquilo, muy pocos visitan esa página.

 
At 4:35 p. m., Anonymous Anónimo said...

"hasta que nos borren del TEG". Genial!!

 
At 2:57 p. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

"...Dejame esas tres o cinco pizzerías, ahí está la patria. El resto del país te lo podés meter bien en el culo..."

Siempre tuve una creencia cercana. Aunque, claro, no con la simpleza, claridad y contundencia que lo caracterizan.
Lo felicito caballero. Por el escrito, y por la chica fugazzeta de El Cuartito (otro ejemplo de sincretismo extraordinario)

 
At 10:49 p. m., Blogger tecontaretodo said...

Cómo me gustó este deprimente post. Iba a mandarme un comentario pero me voy a quedar muzzarella... se lo quería decir.

 
At 1:21 a. m., Blogger Mr. Kint said...

En momentos como ese el honor y la disciplina nipona pasan a un segundo plano. Sólo falta que el inocente ponja planee pagar con tarjeta.

De pie, aplausos. Si vuelvo a nacer, me encantaría escribir como Hundred.
Genial. Saludos y abrazo.

PD. Usted va al cuartito y pide una fugazzeta chica y una Imperial, usted demuestra que es un entendido y agranda su leyenda a cada momento. Sólo falta que me diga que cuando hay demasiada cola entra a 20 metros en Norte y pide un revuelto de gramajo, una costillas de cerdo a la riojana y un tinto con sifón.

 
At 8:28 a. m., Blogger J. Hundred said...

*a. torrante!

*anónimo! creo que es mucho más real que genial.

*juan sebastián olivieri! pensar que algunos decían aquello de ‘la patria es el idioma’, y giladas por el estilo. nono.

*tecontaretodo! puede ser que este post sea deprimente. también es bien posible que usted ya estuviera deprimida de mucho antes.

*mr. kint! para no cargar en exceso las tintas sobre los japoneses. en otra oportunidad, un austríaco con una noviecita en shorts, remerita y sin corpiño (ninguno de los dos), después de comer, se acercaron a la caja y pidieron pasar atrás del mostrador. se querían fotografiar con los pizzeros, fotografiar el horno, cosas así. y yo vi la carucha de los muchachos que se asomaron desde adentro cuchillo en mano y pensé ‘si estos pibitos supieran, tan solo supieran lo que les puede llegar a pasar’. muchas veces creo que usted se excede en el elogio como una muestra de fina cortesía, y también para compensar entre tanta gente que me desprecia con singular intensidad. ciclópea tarea la suya, un abrazo.

 
At 2:40 a. m., Anonymous Anónimo said...

Me encantó, y eso que no suelo comentar en su blog.

 

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