10.8.20

Una delicia de auto


Salí de la heladería. Viernes, cuatro de la tarde, Belgrano. Me habían echado del trabajo y no tenía gran cosa para hacer. Daba lo mismo deprimirse, anotarse en un instituto para tomar clases de yoga, o tomar un helado. La vida a veces no es gran cosa.
–¡Claro, no! ¡Claro! –me sobresalté, casi se me cae el helado al piso. Chocolate con almendras, dulce de leche granizado. Hice equilibrio con el cucurucho.
Mariana estaba ahí. Roja de furia, todo su odio enfocado en mí. Nos acabábamos de separar, hacía menos de tres meses. Un amigo me había prestado un dos ambientes en Parque Patricios para que tuviera donde dormir. Mariana no me dejaba sacar ni la ropa, mucho menos la computadora. Tenía un primo que era profesor de Taekwondo. Decía, Mariana, que su primo me iba a romper la cabeza a patadas.
Y ahí estaba, digo, Mariana. Al lado de su primo. Un rotundo energúmeno de casi dos metros de altura y más de cien kilogramos de peso, musculoso, pelo cortado a cepillo, ropa pegada al cuerpo, barbita candado.
–No –dije, pero porque no sabía qué decir. Por decir algo.
–¡Claro, no! –Insistió Mariana. Se le cayó la cartera sobre la vereda. Tenía, no me preguntes por qué, un bate de béisbol en las manos. De aluminio, parecía liviano y contundente a la vez. Alguien, quién sino el primo, se lo había dado. Todo un problem solver, un facilitador.
–¡Yo hecha mierda, y vos acá con esta puta! –señaló la chica que esperaba sentada, no, apoyada apenas sobre el lateral del automóvil– ¡Y encima te comprás este auto para hacerte el banana! ¡Forro!
Avanzó un paso. Retrocedí un paso. Sentí un par de gotas del helado de dulce de leche granizado cayendo, deslizándose por el cucurucho, siguiendo su camino por mi mano.
–Pará –dije.
–¡Qué pará! ¡Qué pará! –Se desató el tornado, le dio un tremendo batazo a la luneta trasera del automóvil. Estallaron los vidrios. Ella sacó el bate tirando hacia atrás como si sujetara a un animal de una pata, lo sopesó y lanzó otro batazo, ahora contra el lateral del automóvil. Sonó la alarma, la rubiecita gritó, gritaba, daba unos saltitos nerviosos, todo al mismo tiempo.
–¡Y encima te tengo que ver con esta puta! –Siguió golpeando el auto, Mariana, con el bate. Un BMW 325i negro, bastante nuevito, una delicia de auto– ¡Yo pensando que vos estás hecho mierda, y vos cogiéndote pendejas!
Pegó, Mariana, con el bate. Pegó y pegó más. Pegaba bastante bien, mientras yo me agarraba la cabeza con la mano libre. Los golpes hacían feos bollos en la carrocería. Aullaba de dolor el auto, y con él toda la industria automotriz alemana. Profanación, sacrilegio.
Entonces salió un tipo de la heladería. Peinado para atrás, con dos vasitos de helado. Saquito de lino y una remera debajo, pantalones pinzados.
–¡Pero qué pasa! ¡Qué hacés, pelotuda! –la rubia corrió hacia él, buscando refugio contra su pecho. Tenía buenas piernas, fantásticos tobillos y una minifalda cortísima. Tobillos para tenerla con las piernas bien alto.
El primo de Mariana se dio cuenta, todos ya nos habíamos dado cuenta (hasta vos, que desde la condorito para acá no leíste más nada, te diste cuenta) lo que pasaba. La paró, a Mariana, de atrás. Le agarró un brazo.
Ni el auto ni la chica tenían nada que ver conmigo. Di un buen mordiscón al helado, qué rico era el dulce de leche granizado de esa cadena de heladerías. Crucé la calle casi al trotecito, antes que largara el semáforo. Crucé la calle y seguí caminando.

30.7.20

Todo lo que nos pasó, la vida


Pasa de noche principalmente que suena el teléfono. Y yo atiendo, voy y atiendo porque es lo que se estila, y escucho. Alguien, una voz, una voz de mujer inflamada de indignación me dice ‘¡te odio, hijo de puta!’, o ‘¡te di los mejores años de mi vida!’. O también dicen ‘¡Basura! ¡Forro! ¡Qué mal tipo que sos, Juan!’.
Después se quedan ahí, respirando. Después cortan.
Y cada tanto pasa también que hay alguien en casa, un amigo de otra época que vino a cenar una pizza bien barata con un vino bien caro, o una chica que cree que todavía ser feliz es de algún modo posible. Que no debería ser tan difícil encontrar alguien con quien compartir un pedacito de la vida.
Entonces, la persona que está en mi casa, conmigo, me mira algo extrañada y yo intento seguir como si tal cosa, pero la persona me pregunta por qué atendí el teléfono.
–¿Eh?
–Por qué atendiste el teléfono –me dice–, si no sonó.
Y entonces me doy cuenta que no me llamó nadie, nunca. Son las ganas de ser un tipo normal al que le pasaron cosas. Son ideas mías.

20.7.20

Recién me entero


Pasa, sucede, es un clásico. Alguien, alguien que me conoció en un oscuro vericueto de mi remoto pasado, alguien que se cruzó conmigo en alguna resbalosa curva de la vida. Me encuentra por la calle o en un kiosco, justo cuando me estoy comprando un alfajor, o en un bar.
Y ese alguien me saluda, claro que me saluda. Para luego, inmediatamente después, hacerme un comentario. Un comentario relativo a mi persona, a lo que queda de mi persona.
Menciona como al pasar, ese alguien, que me ve más gordo o más pelado, o canoso, o con la nariz más crecida, los huevos más largos. Algo, cualquier cosa que tenga que ver con mi generalizado deterioro.
Y a mí no me ofende ni me asusta, el comentario, lo que me dicen casi en un murmullo con una bobalicona sonrisa, respecto a algo que el paso del tiempo ha hecho conmigo, la cáscara de mí.
Sólo me cuesta creer que en algún pasado yo haya sido portador de tal o cual atributo. Mientras vos eras igual de boludo de lo que sos ahora. Yo tan genial y sin saberlo.

10.7.20

No me mientas


Vino Laura. Tocó timbre, bajé a abrirle, subimos.
Le pregunté si quería tomar algo, dijo que no. Se sacó el abrigo, se pasó la mano por el pelo, como si estuviera alisándolo hacia atrás, se sentó en el sillón.
–Mirá, Juan –dijo–. Te vio mi hermano en un bar del centro, con otra mina. Le estabas dando un beso. Así que decime la verdad, lo mejor es que me digas la verdad. No me mientas.
Negá todo, siempre, decía un amigo nuestro, el Noni. Aunque te encuentren desnudo con la mucama en cuatro patas y vos dándole bomba. Tenés que decir que no, que la estabas ayudando a elongar, que le estabas mostrando dónde queda Bolivia en un planisferio, cualquier cosa. Siempre decís no, no es lo que vos pensás. ‘No es tan así’ es una de las mejores frases del mundo.
Pero bueno, Laura era una buena mina y nos veíamos hacía unos cinco meses. Se quedaba a dormir en casa, desayunábamos juntos. Cogíamos, a veces ella cocinaba milanesas con puré. Le ponía un poco de nuez moscada, al puré, y a mí eso me parecía un bonito gesto.
–Bueno, sí, Laura. La verdad que sí. Me estoy viendo con una piba del laburo, también. La verdad que es una conchuda, pero está rebuena. Es muy pendeja, debe tener no sé, veintidós, es la piba más puta que vi en mi vida. Entra en la oficina, se mete debajo del escritorio y me chupa la pija. A veces entra alguien a verme y ella sigue, me mira desde abajo y sonríe apenas con mi pija en la boca. Cogemos, cogemos en cualquier parte. Los jueves cuando te digo que voy a yoga no voy a yoga. Voy a coger con ella. Le gusta todo, le gusta que le rompan bien el orto, ‘¡me duele!’, grita ‘¡me duele pero me gusta!’. Se mete los dedos mientras cogemos, como si con la pija sola no fuera suficiente, se traga la leche. Y es tan flaquita, está tan buena, porque fue bailarina y las bailarinas tienen ese cuerpito tan perfecto. No lo pude evitar, Laura. La piba entró a laburar de secretaria, se me regaló. Todo un premio para mí, una reparación histórica, yo que me pasé años enteros sin ponerla. La piba está tan contenta, le comprás un tostado en un bar de mierda y lo mira como si fuera una joya, la llevé a coger a telos donde apenas hay agua caliente y se ríe. No sé, es la alegría de vivir, no le importa nada. Le dije que estaba en pareja y me dijo que no le importaba. Nunca me había pasado algo así, como si la vida me hubiera tirado una propina. No pude evitarlo.
Listo. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua. Volví, me senté.
–Qué grande, Juan –sonrió–. La verdad que se nota que sos escritor. Tu imaginación es una de las cosas que más me gustan de vos. Tu forma de contar las cosas, de inventar historias. Eso sí que me puede.
No sé, la gente se la pasa diciendo que quiere saber la verdad, pero nadie quiere saber la verdad. Quizás por aquello de ‘la mentira tiene patas cortas, pero la verdad es paralítica’, supongo que debe ser eso.

30.6.20

Otras flores


Fui al cementerio. Domingo a la mañana. A ver a mi padre, bueno, es una manera de decir, a la tumba de mi padre.
Murió mi padre, hace más de diez años, bastante joven. Una buena persona, además, no debió morirse. Quedamos devastados, pero, por incomprensible que parezca, pasa el tiempo. De alguna manera se sigue. Seguimos todos, me parece un buen título para un libro de poemas. Ganaron los malos, sería otro título, no me peguen en el piso podría ser otro. Tengo más, títulos, pero no los libros, cosas que pasan.
Paré el auto. No debían ser ni las nueve de la mañana, y hacía frío. Me acordé de mi padre, no sé por qué, la noche anterior. Una frase que él solía decir y que yo de pibe no entendía, pero después sí. Después la entendí.
Cuando llegaba mi padre de trabajar ponía el noticiero, a la hora de la cena. Entonces, ponele que pasaban alguna catástrofe natural. Etiopía, donde raquíticas madres al borde de la inanición sostenían contra sus torsos a unas criaturitas del tamaño de un roedor, criaturas que eran puro ojos. Miradas desesperadas, del más puro estupor y hambre mientras las moscas se les posaban sobre los párpados no sé por qué, y ni las madres ni los chicos tenían la fuerza para espantar esas moscas. O ponele que mostraban unos refugiados que acababan de llegar a tierra, escapando, siempre escapando después de haber estado dos semanas en medio del embravecido mar viendo cómo el sol les derretía los ojos, tomando agua salada, casi desnudos. Tirando de la balsa a los que estaban desvanecidos para no hundirse, para así poder seguir.
–Esos tipos la pasan mejor que nosotros –decía mi padre mirando la televisión, muy serio, y seguía comiendo.
Dejé el automóvil, caminé. Se iba a largar a llover en cualquier momento. Seguí por el sendero, doblé, seguí. Nadie, por suerte. Un señor a lo lejos, bastante mayor, con un ramo de flores amarillas, de pie, como si estuviera esperando el colectivo de la muerte.
Una mujer. Una mujer demasiado cerca de la tumba de mi padre. Me acerqué. Me acerqué más al pequeño rectángulo de losa empotrado en el pasto.
–Buenos días –dije, porque la mujer estaba demasiado cerca, las losas están prácticamente una al lado de la otra. Hay poco espacio hasta para morirse, signo de los tiempos. Eso pensé.
–Sos igual –levantó la vista, la mujer–. Igualito.
–¿Eh? –me sorprendí. Retrocedí un paso.
–Igual a tu padre –dijo la mujer. Se acomodó un poco el gorro de lana que llevaba puesto.
–No entiendo –dije. Jamás había visto a esa mujer en mi vida, de eso estaba seguro.
–No, claro –dijo la mujer, sonrió–. Si no me conocés.
–No.
–Yo fui amante de tu padre.
Hizo una pausa. Tenía ojos claros, muy claros, y era bajita. Nada que ver con mi mamá.
–No –dije otra vez. No sabía qué decir.
–Sí. Conocí a tu padre cuando tenía unos cincuenta años, en una oficina. Yo trabajaba ahí, también. Nos vimos, empezamos a vernos. Me dijo que no podía dejar a su mujer. Estaba muy orgulloso de vos, decía que te iba bárbaro, que ibas a hacer un carrerón. ¿Tenés una hermana, no?
–Sí –dije.
–Me mostraba las fotos de sus nietos, de los hijos de tu hermana. Se le llenaba la cara de luz, adoraba a esos chicos.
–No –dije–. No puede ser.
–Sí, querido. Nos vimos como diez años. Tu padre era un gran hombre, yo lo adoraba. Nos conocimos tarde en la vida, qué podíamos hacer.
Tremendo. Imposible y tremendo. Mi padre había tenido una amante a la que veía los domingos a la tarde, mientras mi madre se iba a jugar con sus amigas a las cartas. ¿Tenía que contárselo a mi madre? ¿Hacerle daño? ¿Para qué? Quizás hablarlo con mi hermana, ella tenía derecho a saberlo, no sé.
–¿Esto es Acacias, no? –la mujer miró al cielo–. En cualquier momento se larga a llover.
–¿Eh?
–Si es Acacias, este sector.
–No –dije–. Es Camelias.
–Ah, entonces olvidate –la mujer miró su reloj, se abotonó el abrigo hasta bien arriba. Usaba una bufanda de color bordó–. Entonces no conocí a tu padre. Me equivoqué de tumba. Pero viste cómo es, todo tan parecido.

20.6.20

Miedo al miedo


Últimamente me pasa que tengo miedo. No sé qué baldosa pisé, no sé en qué curva de la vida doblé mal, tengo miedo de todo.
De un día para otro, así como escuchás. Tengo miedo de los terremotos y de las catástrofes aéreas, tengo miedo del cáncer y de la varicela, tengo miedo de chocar en la ruta yendo a Pinamar, o que el pibe de la cabina de peaje de Hudson no me quiera dar el vuelto, o que me den el café con leche escupido en Minotauro. Y cuando les diga, a las chicas que atienden en Minotauro, que el café con leche está frío si no me lo pueden calentar, que me contesten que no, que no tienen ganas, o que se rían y me digan ‘sos horrible’, o ‘te estás quedando pelado mal’.
Tengo miedo de la muerte, de acostarme a dormir y morirme sin darme cuenta, con todo lo que tenía para hacer la semana que viene. Tengo miedo de estar bañándome un día y no encontrarme la poronga, no de que sea chica, ya es chica, de no encontrarla, que se me haya desatornillado o haberla perdido durante algún viaje en subte. Tengo miedo que la gente me hable por la calle. Que alguien me pregunte la hora o dónde queda la calle Superí, tengo miedo que la gente se me pare muy cerca en las esquinas mientras espero para cruzar. Tengo miedo de la gente que usa auriculares, creo que son alienígenas venidos del espacio exterior quién sabe con qué fines. Tengo miedo de los que andan con perros, con Rottweilers o con Pitbulls, pero si andan con pekineses o con un bull dog francés, bueno, tengo miedo también.
Y eso es lo que me pasa y sufro mucho, no saber de dónde vino el miedo ni cuándo se va a ir. No saber para qué le tengo miedo a los que tienen un piercing o un tatuaje, no saber por qué le tengo miedo a la gente que habla por teléfono celular a los gritos. Tengo miedo por las dudas, tengo miedo sin motivo. Sin causa.
Ahora, si vos querés saber por qué hago durar al máximo este último vaso de vino, por qué no te digo de ir a mi casa a coger. No, no tengo miedo, no me gustás y punto.

10.6.20

Definamos ventana


Primero lo primero. Lo que hay que satisfacer, lo que necesita todo el mundo. Alimento, vivienda. Si querés, porque después de todo somos occidentales capitalistas civilizados, salud y educación. Para tratar de acomodarte en esas categorías, más o menos como puedas, ahí dejan la vida el 91% de las personas. Si les preguntaras, aunque no les vas a preguntar y mucho menos, muchísimo menos ellos te podrían responder, te dirían que de eso se trata, en eso consiste estar vivo.
Después viene el conocimiento. Podríamos decir que hay un 5% de las personas que estudian, que quieren ser abogados o ingenieros. Gente que desea conocer las leyes de la física, la dureza de las matemáticas, los curiosos intersticios de la medicina con el afán de curar, ponele.
Después vienen los artistas. Un 2% de las personas que superado lo primario, lo basal, lo instintivo, sienten que no es suficiente. Desean embellecer al mundo y calmar sus ansias al mismo tiempo, a través de la música, la pintura, la literatura.
Queda un grupo más, selecto, exclusivísimo. Un 1% que descubre que el arte tampoco será suficiente, porque es intuición pero también es técnica, es mágico y también puede ser reiterativo. Ese grupo va más allá, se mete de capocha en la autopista del espíritu, que a decir verdad tampoco es una autopista sino un escarpado sendero de cabras hacia lo más alto. La verdad última y también la primera. Definamos ventana como ausencia de pared, no, ya sé, quizás no tiene nada que ver pero siempre quise decir esa frase. Me pareció una justa ocasión, un propicio momento.
Y ya está, más o menos eso es todo, hay una categoría más pero tampoco hace falta que te la cuente. Se te nota en la cara que a vos te alcanza con cambiar el auto y una quincena en Ostende, como mucho un cursito de fotografía.

30.5.20

Flotación


A veces me paso varios días pensando si lo que debiera desayunar, cuando me despierto, si lo primero que debiera tomar recién levantado es café o té. O mate.
Después no termino de decidir si debiera ir a caminar por Palermo los sábados a la mañana, bien temprano. O los domingos. Porque si no voy ninguno de los dos días me da la sensación que he dejado de moverme, que estoy envejeciendo, que sólo me espera la decrepitud, la decadencia. La caída. Pero si voy los dos días me parece que corro el riesgo de convertirme en un pelotudo del calibre de Murakami, en un acólito de la tan terrible secta de los sanos, te podés transformar sin excesivas dificultades en lo que se ha ido transformando más o menos todo el mundo. Un pelotudo que supone que comer yogur es equivalente a escribir como Saer, que estar en movimiento alcanza para sentir algo.
Y pienso mucho, durante el día, si a la noche debo pedir para la cena pizza o empanadas. Porque para mí la pizza va mejor con cerveza, y las empanadas podés comerlas perfectamente con vino. Creo que uno debería cenar con vino durante la temporada otoño-invierno, y con cerveza durante la temporada primavera-verano. Pero, hay días de marzo, días anteriores al 21 de marzo, que tomaría vino sin inconvenientes. Y hay días de septiembre, días anteriores al 21 de septiembre, que tomaría una cerveza. No sé, es complicado no encontrar el patrón exacto, tener una estrategia definida.
Cuando descubrís que no te salió nada de lo que querías ser, y justamente nada de lo que querías ser va a ser posible, bueno. Los grandes temas quedan por completo de lado, las cosas se vuelven infinitamente más triviales y sencillas. La irrelevancia tiene su encanto.

20.5.20

Acerca del universo


A la mañana antes de ir al centro a trabajar, podríamos decir a morir por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo, me gusta tomar un café.
En un bar, cualquier bar. En una época iba al centro y tomaba, el café, en un bar del centro. Pero luego me di cuenta que no es posible, que la nube de tristeza y frustración ha cubierto cada azulejo de cielo, que el aire está podrido de todo lo que salió mal, de todo lo que fracasó. En el centro se respira todo lo malo de este mundo y uno cree que puede soportarlo, que es capaz de construir un dique de contención hecho de alma pero no. Si te quedás en el centro más de tres años sos arrasado por una mierda poderosa, un rayo láser hecho de la mierda más pura con un olor a mierda todavía no inventado, no hay manera de recuperarse de eso. Entonces trato de tomar el café en algún bar de barrio, del barrio en el que esté viviendo, hay bares por todas partes. Como si juntara fuerzas para emprender la jornada, como si tomara envión.
Así que entro a un bar y pido un café. Me siento a mirar diez o quince minutos por la ventana y trato de no pensar. A veces estar vivo no es gran cosa, para estar vivo no hace falta tanto.
Es invierno y es muy temprano todavía, así que el bar está prácticamente vacío. Es un bar bastante grande, en una esquina, no, no importa la esquina. Tiene ventanales que permiten mirar hacia ambas cuadras, las cuadras que componen la esquina, la esquina donde se encuentra el bar.
Me siento, pido un café, ya lo dije. Estoy arrasado por todo, por la vida, como si me hubieran empapado con un balde lleno de una mezcla de angustia y dolor que ni siquiera es localizable pero que me acompaña como un perro fiel.
Entra una persona, un hombre. Canoso, delgado, mayor. Unos setenta años o quizás más.
El hombre entra, duda, viene hacia mí. Se saca su abrigo, elige la mesa que está justo delante de la mía. Y se sienta, de espaldas a la puerta, de frente a mí.
Hay varios errores en su accionar. Trato por lo general de ser un sujeto amable, con criterio, incluso estoy dispuesto a evitar un conflicto de ser posible. Pero. El bar está vacío, el bar es grande y yo estoy mirando a lo lejos, por el ventanal. ¿Por qué te me sentás enfrente?
–Disculpe –le digo– ¿Por qué se me sienta enfrente? Tiene todo el bar a su disposición, no hay nadie, yo estoy tratando de mirar por la ventana.
El hombre me mira, sin enojo y sin excesivo interés. Dice.
–Soy el universo.
La respuesta es algo curiosa, quizás original. Permanece sentado muy erguido, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Las manos sobre los muslos.
–Me parece bárbaro –le digo, termino mi café–. Pero eso no invalida mi pregunta.
–Soy el universo –repite– y me gusta molestarte. Quiero decir, es con vos.

10.5.20

Siempre hay algo


La gente es repugnante, la gente es la mierda más pura eso está claro. Y el mundo es un asco, por supuesto. La vida no tiene mayor sentido. Si te fijás lo que hacés, prácticamente todo el día, desde hace quién sabe cuánto tiempo, te vas a dar cuenta que no es muy distinto que un hámster en una jaula de vidrio pedaleando una ruedita y mirando, mirando asustado, exoftálmico, tratando de entender algo, cualquier cosa, con el hocico.
Y si te fijás un poco, si hacés memoria, lo que te pareció importante, la clave, la razón de tu vida hace cinco años o diez. Fijate ahora. Pero sí, nadie te dice que no lo hagas, vas a poner algo, una zanahoria, adelante. Para poder seguir, porque si no hay nada delante para qué seguir. Te lo tenés que inventar vos, la motivación y el motivo, es como pajearse.
No, tampoco hay adónde volver. El vehículo de estar vivo no trae marcha atrás. Eso cualquiera lo sabe.
Pero cada tanto hay algo. Puede ser una parejita que espera el 132 de la mano bajo la lluvia, puede ser un chico chiquito, la mirada de un chico chiquito abriendo un regalo, puede ser un perro, la alegría de un perro de volver a verte, las ganas de ladrar, de mover la cola, de correr a tu encuentro y no poder detenerse y chocarse con vos. Ese entusiasmo.
Son pinceladas, en cualquier parte, chispazos, una ranura de luz filtrándose a través de las persianas de nuestras mugrientas vidas. Con eso me alcanza, de eso vivo.

30.4.20

Pez en el agua


Algún que otro viernes a la nochecita, o puede ser también los domingos, de tarde, digamos que del 21 de marzo al 21 de septiembre. Temporada ‘otoño-invierno’, así la podríamos denominar. Si hace frío, si llueve, mejor. Si hace frío y llueve, mucho mejor.
Voy a la sala de espera de algún sanatorio, de algún hospital. O voy a una casa de velatorios. Y me siento. Hago un gesto sin saludar a nadie en particular, y me quedo sentado un rato. Ponele veinte minutos, media hora.
Me rasco un poco la barba, o quizás reprimo un sollozo. Digo ‘no puede ser’, o ‘qué macana’. No hablo con nadie, veo pasar médicos y familiares. Como un caramelo, me paro y salgo a fumar un cigarrillo.
Por lo general, termino hablando con alguna mujer que se me acerca. Arreglo para ir a tomar un café, consigo un número de teléfono.
Así como te digo que jamás he podido divertirme en una fiesta, he conseguido mujeres de la forma que he mencionado. Mujeres interesantes, con ganas de coger principalmente, con sus problemas, extraviadas en el desarbolante naufragio de eso que podríamos denominar sus vidas. En medio del dolor me siento cómodo, sintonizo lo más bien. Se ve que es mi elemento.

20.4.20

Cazador


–Nada, che –dije–. No pasa nada.
–¡Sh! –Me respondió M., que seguía subido al árbol. Había bajado la escopeta y la tenía entre las piernas, cansado de esperar. Muy quieto, en lo alto, parapetado sobre una rama. Le debían estar doliendo las rodillas de estar así en cuclillas, como el carajo.
Maldito el momento en que acepté venir a cazar. Qué carajo tenía que ver yo con cazar jabalíes, si no había tirado un tiro en toda mi vida. Pero R. y M. me habían insistido, fin de semana largo. Íbamos a Madariaga, donde R. conocía a unos baqueanos que lo dejaban cazar en un campo de por ahí. Venían con nosotros, los tipos, y traían los perros. R. y M. llevaban unas Glock .40 y un fusil con mira telescópica. Después, si algo fallaba, entraban los baqueanos a cuchillo. Y los perros, claro, unos perros no demasiado grandes, de raza indefinida. Perros nobles que se dejaban acariciar y dormían al lado tuyo, pero de pronto se transformaban en pirañas. Lo seguían al jabalí herido le mordían las patas, las orejas. Los testículos.
La idea era cazar dos o tres jabalíes, el sábado comeríamos violento asado, y después nos íbamos para Pinamar. Ese era el plan.
Había que estar escondido, en silencio, esperando que aparecieran los jabalíes. Que a decir verdad tampoco eran jabalíes, eran chanchos cimarrones que tenían una tremenda fuerza pero no tenían colmillos, así me lo explicaron.
Pero nada. Debían ser las doce de la noche. Hacía más de una hora que estábamos quietos. Se me había acalambrado una pierna, estaba aburrido, me estaban comiendo los mosquitos. La naturaleza no es como la ves por televisión, lamento informar que la naturaleza está más photoshopeada que el culo de jennifer lopez.
M. seguía arriba del árbol, justo por donde tenía que venir el jabalí que no era jabalí. R. parapetado detrás de unas piedras, con la glock .40 en una mano y una Taurus brasileña en la cintura. Los baqueanos, habían venido tres, echados sobre el pasto, con los perros, con sus afilados cuchillos.
Nada. Se oía el zumbar de los insectos, y la lluvia.
–¡Ehhh! –me habían dado un .38 corto bastante viejo pero efectivo, pegué un salto, comencé a tirar– ¡Aeee!
Tiraba contra todo, contra mis amigos, contra los perros que se alborotaron y ladraban como poseídos, contra los árboles, contra la superficie de la pequeña laguna. Tiré, gesticulando, saltando en cualquier dirección. Hasta que escuché el click click.
–¡Qué pasa, qué pasa! –M. casi se cae del árbol– ¿Dónde?
–¡Cuidado, loco! –gritó un baqueano–. Le diste al Urko.
Efectivamente, un perro lanzaba un lastimero quejido, arrastraba una pata.
–Pará, Juan –se acercó R. Me puso una mano en el hombro, me quitó el arma–. Ya está, se debe haber ido. ¿Por dónde lo viste?
–¿Eh?
–Por dónde lo viste –guardó su Glock atrás, en la cintura–. Al chancho.
–No, no vi ningún jabalí –dije. R me miraba feo, ladraban los perros. De pronto me había cuenta que no quería cazar ningún jabalí. Estaba tan hinchado las pelotas, lo que necesitaba era tirarle a todo, al mundo en general.

10.4.20

Flacos, felices


Tanto se ha escrito sobre la materia, para que la gente fracasara tanto también. Tanta frustración, tanto pararse y avanzar unos pocos metros para volver a caer. Y como es un tema tan importante para el occidental adulto más o menos civilizado que habita en una gran ciudad. Porque si vivís en Somalía, bueno, no es tan importante. Ni si sos un pigmeo de la Guinea Ecuatorial.
El tema de las dietas, claro. El vano intento por ser flaco, por adelgazar. Como si adelgazar se hubiera vuelto un particular sinónimo de la felicidad.
Y allá van, luchando, frustración sobre frustración como fetas de jamón cocido. Los que cuentan las calorías como si fueran hámsters en una ruedita, los que se hacen veganos, los que creen que podés comer proteínas pero hidratos no, los que creen que debés apartarte del azúcar como si fuera satán, o del alcohol. Hay quienes enloquecen del todo y se la pasan tomando yogur para cagar más y mejor, quienes creen que debés pasarte varios días de la semana comiendo sandía o melón.
Todos sufriendo sin lograr el deseado resultado, víctimas de una absurda confusión.
Lo cuento, lo digo una vez y no lo digo más, lo que hay que hacer. Para ser flaco, claro.
Se trata de cambiar la polaridad, como si hubieras puesto mal la pila en un control remoto. Lo que comías a la noche lo comés a la mañana, y lo que comías a la mañana, lo comés a la noche.
Nada más, eso es todo.
Vos te levantás, a la mañana, vas y te hacés unos ravioles con boloñesa, o un bife de costilla con papas al horno. Sí, podés tomar media botella de vino, sin problema. Son las siete de la mañana, ya sé. O te comés una milanesa de pollo con arroz, y te tomás dos cervezas. Te comés, de postre, un flan con dulce de leche, y te vas a trabajar.
Y a la noche, a eso de las nueve de la noche, te hacés un café con leche con dos tostadas, o unas galletitas con mermelada. Te tomás un yogur con cereales. Y te vas a dormir. O te tomás un mate cocido con un par de medialunas y listo.
Lo que comías de noche lo comés de día, y al revés. De eso se trata la cuestión, es todo lo que hay que hacer.
¿Qué? ¿Vos querés saber si vas a bajar de peso si hacés lo que te estoy diciendo? Mirá, la verdad que igual sos horrible, un asco de persona. Quiero decir, no importa, no sé.

30.3.20

Lección de vida podríamos decir


Los domingos empecé a ir a tomar café a una heladería. Una heladería que además de helados vendía café, claro. No es que me gustara mucho, ni el local ni el café que hacían, pero el lugar me quedaba cómodo. Caminaba un poco y después tomaba un café, miraba cómo mi vida se iba a la mismísima mierda semana tras semana sin que tuviera la menor idea de cómo revertir lo que me parecía ser un inexorable proceso. Hacía tiempo hasta el mediodía, pasaba a saludar a mi hermana.
Tomaba mi café, leía una revista, miraba por la ventana. A veces la vida no es gran cosa, quizás no te avisaron.
Noté algo. Más allá de los matrimonios hartos de tener que soportarse un larguísimo domingo, o una parejita de maricas demasiado afectados fingiendo que lo que les sucedía era la cosa más entretenida del mundo pero mirando en todas direcciones para confirmar que sí, que era verdad, que eran observados. Entraba al local una mujer. De unos treinta años, quizás. Hacía todo en cámara lenta, tenía una dificultad para moverse, todo su lado derecho, brazo y pierna. Bien vestida, usaba un gorro en la cabeza, esos gorros que popularizara el ‘Capitán Piluso’. Llegaba, la mujer, caminando, lento, muy lento. Se sentaba y tomaba un café con leche con el que apenas lograba maniobrar. Luego, pasado un rato, se iba.
Parecía como si hubiera tenido una apoplejía, un ataque. Pero no. Me contó una moza que la mujer vivía a la vuelta del local. Una chica de una familia bien, había tenido un accidente practicando equitación cuando era casi una nena. Se había caído del caballo y había tenido una tremenda lesión en la espalda. Su vida a partir de entonces había tenido un drástico vuelco, dejándola con una severa invalidez.
Todos los domingos, despacio, muy despacio, llegaba la mujer, daba su vuelta manzana, luchaba por tomar un café con leche. Siempre sola, ni un familiar ni un perro, nada.
Sucedió que un domingo llegué al bar más tarde. Se me había ocurrido lavar el auto. Cuando estaba estacionando la vi. La mujer, avanzando como podía, un tremendo esfuerzo a cada paso, casi pegada a la pared. Se bamboleaba, parecía a punto de caer pero no se caía. Luchaba por avanzar, el ejercicio de la voluntad por seguir como fuera.
Me acerqué, ni lo pensé.
–Hola –dije–. Te veo todos los domingos en la heladería. ¿Precisás ayuda?
Me miró, levantó la vista y sentí que me miraba desde muy lejos, desde alguna otra parte.
–Puede ser –dijo, se detuvo–. Vivo a media cuadra. Vamos a mi departamento y me chupás la concha. Después me cogés. Me podés hacer lo que quieras. Te pago.
–Eh, no –pensé que había entendido mal, pero había entendido bien–. Yo quise decir.
–Me preguntaste si necesitaba ayuda –sonrió, apenas–. Lo que necesito es coger, sentir que soy objeto de deseo para un hombre. La verdad, eso me vendría bárbaro. ¿Qué pensaste, que te iba a pedir que me ayudes a cruzar la calle?

20.3.20

El hombre que hablaba con los autos


Todos los domingos iba a tomar mate con un amigo que volvió de Londres. Era ingeniero, mi amigo G., pintaba para campeón. Lo habían contratado de Unilever. Sueldo del carajo, vivía en Londres, andaba en Alfa Romeo. Pero le dio un estresazo, casi se queda seco. Se dio cuenta G. que no quería ser ejecutivo ni dar vueltas por el mundo viajando en primera, ni le hacía falta esquiar en Aspen. Lo que quería G. era bajar a caminar el domingo a la mañana, fumar un cigarrillo después de almorzar en una fonda, cogerse alguna piba de vez en cuando. No mucho más que eso, y tener guita para poder seguir haciendo eso desde ya, pero me fui de tema.
G. se había vuelto a vivir a Vicente López. Yo iba los domingos a la tarde, después de almorzar con mi madre. Jugábamos un poco al ajedrez, o veíamos un par de capítulos de alguna serie americana. Tomábamos un par de gin tónics.
Yo agarraba Cabildo, para ir a lo de G. Y paraba en una estación de servicio. Antes de Lacroze, creo que era Olleros. Olleros o Gorostiaga, no, Olleros.
–Llenalo de super, por favor –decía yo–. Sí, revisale agua y aceite, y limpiame los vidrios.
Y me iba. Dejaba el auto y me iba a comprar algo al pequeño autoservicio. Cigarrillos, caramelos, a veces una Coca Cola.
Acá viene el punto, acá estamos.
Volvía. Al auto. El tipo que atendía usaba un uniforme amarillo y rojo, y la gorrita hasta los ojos. Parecía reírse, tenía una bobalicona semisonrisa tatuada en el rostro. Y tenía un tic, como si inclinara la cabeza, todo el tiempo, apenas, en repetición. ‘Gracias, gracias, muchas gracias’, decía cuando le dejaba veinte pesos de propina.
Una vez me pareció que se había movido, el auto. No sé por qué, fue una sensación. No había prestado atención cuando lo dejé, pero el auto no estaba en la posición que yo lo había dejado.
Entonces vino otro domingo, con la indolencia que tiene el paso del tiempo cuando te parece que vos, que aquello que podríamos denominar tu vida carece de la menor relevancia.
Fui a almorzar a lo de mi madre, había arreglado que iba a lo de G. a charlar, a jugar al ajedrez, a tomar algo.
Paré en la estación de servicio de siempre. No había nadie. Tres y pico de la tarde, domingo, Enero, un calor del carajo.
Dejé el auto, saludé. Me fui a hacer pis, a comprar algo. Antes dije.
–Llenalo de super, por favor.
Fui. Volví.
Algo estaba mal. El muchacho me estaba terminando de limpiar los vidrios, pero algo estaba mal.
Porque yo había dejado el auto en el segundo surtidor, contando desde cabildo, de eso estaba seguro. Y el auto estaba en el primer surtidor.
–Oíme –Le dije al chico que se había bajado la gorra más que de costumbre–. Algo está mal.
–¿Eh? –el chico se quedó a una distancia prudencial, medio de perfil. Tenía el pequeño secador para limpiar los vidrios en una mano.
–Yo dejé el auto en el otro surtidor –dije–. No en éste. ¿Lo moviste vos?
El muchacho hizo silencio.
–¿Lo moviste vos? –Me acerqué, el chico me esquivaba la mirada–. No pasa nada, pero justo me llevé las llaves. No sé cómo hiciste, ¿lo empujaste?
Nada, el pibe cabeceaba un poquito. Le toqué un hombro.
–Sólo quiero saber cómo lo hiciste –dije–. No sé, para mí que lo dejé en el otro surtidor. Estoy seguro, quizás me estoy volviendo loco.
–Les hablo –susurró, el chico. Un hilito de voz.
–¿Eh?
–Les hablo –dijo–. Los trato bien, los autos me quieren. Son como los perros. Si uno les habla bien, te hacen caso.
–Me estás jodiendo –dije. Pero el pibe no se reía–. A ver, mostrame.
Dudó. Se puso un poco nervioso, pero ahora estaba en juego su reputación, su palabra. Se fijó que no hubiera nadie demasiado cerca. Negó con la cabeza.
–Es mentira –insistí–. Lo arrancás, debés tener una llave maestra, no sé cómo lo hacés.
Negó con la cabeza otra vez. Varias veces.
–Dale, mostrame –dije–. No se lo voy a decir a nadie.
–Bueno –dijo. Miró el auto, mi pobre auto–. Vamos, bicho.
Nada. Se hizo un pausa.
Y el auto se movió. ¡El auto se movió! Despacito, muy despacito. El auto se movió. El chico lo guiaba con una mano en alto. Lo hizo avanzar, primero, retroceder después. Luego avanzar otra vez, le hizo dar una vuelta al surtidor, despacito, bien despacito. Yo quería decir algo, juro que quería decir algo. Pero no me salió nada.
–Bien, Picho, muy bien –le palmeó el guardabarros derecho–. Los autos son buenos, sólo hay que saber hablarles.

10.3.20

Lo que sé


–No sé –dije–. Siento tanta maldad en el mundo, no hay más que mirar un noticiero de televisión cinco minutos para darse cuenta que el ser humano, lo que bien mirado equivale a decir la humanidad toda, el ser humano, entonces, decía, se ha vuelto una bestia sin alma. La mierda más pura.
–Sí Juan –dijo ella–, pero no creo que nada haya cambiado demasiado. Lo malo estuvo siempre. Puede ser un proceso de aceleración si vos querés. Agudización, creo que sería la palabra.
–No sé –dije–. Veo que la tierra se deshace, que no resiste más lo que hemos hecho con ella. Hemos roto el aire, hemos infectado los ríos con nuestra mugre, hemos alterado la genética de todo lo que crecía sobre la faz de la tierra. Si enterrás una batería de un celular al lado de un árbol, el árbol se seca, se arruina por completo en menos de tres meses.
–Sí, bueno –dijo ella–, debe tener que ver con la desbordada evolución de la especie. Pero de la mano de la tecnología viene también la ampliación de las fronteras, el milagro de las comunicaciones, los viajes espaciales, el corrimiento de los límites de lo que creíamos que era nuestro planeta. El universo se nos presenta ahora como abarcable.
–No sé –dije–. Tengo un mal presentimiento, creo que voy a morir joven.
–¡Pero qué decís, Juan! –se rió, ella–. Eso lo podría decir un cantante de rock adicto a la heroína, un pibito que vive a cien mil revoluciones. Vos sos un empleaducho de morondanga, y encima un jovato. No entiendo por qué se te ocurren esas cosas.
–Porque me aburre coger con vos –dije–, por eso.

29.2.20

No me asusta


Veo gente. Soy un humano, deambulo por el planeta tierra, me gano la vida. Así que veo gente. Gente que me dice que tienen facebook y twitter y también instagram, gente que se mata por tener pequeños artefactos del tamaño de una galletita donde entran más de dos millones de canciones, gente que me dice que sacan fotos de dos patynesas recién sacadas del hornito eléctrico para la cena y las suben, las fotos, a la web, y alguien a quien no conocen les contesta desde Corea o desde Rumania. Les contestan, decía, ‘cool!’, o ‘yeah’.
Veo gente que me dice que hace crossfit. Que pagan para tener que llevar una cadena de hierro con una bola también de hierro caminando de una punta del gimnasio a la otra, o colgarse de una soga y trepar hasta que se les desgarren los antebrazos. Y para hacer eso, para tener la fuerza que les permita hacer eso, están dispuestos a comer dieciocho claras de huevo por día y a tomar batidos de proteínas y a no comer harina ni azúcar ni tomar un vaso de vino, nunca más en la vida.
Veo gente, gente dispuesta a trabajar hasta que les explote el corazón como una rana pateada contra un zócalo cualquiera porque hay que conocer Europa, hay que viajar a Europa, viajes de diecisiete días donde conocés once ciudades, a la mañana cagás en Roma y a la nochecita te comés una milanesa en Bruselas. Y hay que cambiar el auto, hay que cambiar el auto cada dos años como mínimo porque los automóviles nuevos traen un dispositivo donde si te suena el teléfono celular se interrumpe la música y podés hablar, por teléfono claro, con los mismos pelotudos que venís hablando siempre pero sin usar las manos.
Y después quizás prendés el televisor y en algún noticiero dicen que los científicos están muy preocupados en Melbourne, en Ottawa, parece que tienen pruebas finalmente y es verdad. Llegaron los marcianos.

20.2.20

Dos clases de dolor


Existen dos clases de dolor. Bien distintos, diferentes. Sus implicancias, lo que provocan también difiere desde ya. Puede suceder, a veces, que de causas distintas se arribe a similares efectos. Aunque esa afirmación suele adolecer de una pavorosa superficialidad. Y aún en esos casos, bueno, no es la norma.
Está el dolor agudo, y el dolor crónico. Un ejemplo de dolor agudo sería darse un martillazo en un dedo, o cortarse, también un dedo, bien profundo, mientras uno intenta picar una cebolla para poner en el arroz. Un ejemplo de dolor crónico podría ser una lumbalgia, o no tiene que ser desde ya sólo físico, también podría ser una angustia por la muerte de un ser querido, o porque alguien te abandonó, porque nunca vas a jugar en la primera de Argentinos Juniors, en fin.
Así están las cosas, así es la cuestión.
Si el dolor es agudo su esencial característica es que se impone. Se coloca primero en la fila del orden de prioridades, impide el más o menos normal razonamiento, se hace difícil seguir pensando en lo que uno estaba pensando. El dolor, en este caso, toma nuestro cuerpo y nuestra mente por asalto y no importa nada más.
Si el dolor en cambio es crónico, entonces suele ser de una tolerable intensidad. Pero ejerce un aplicado trabajo de demolición, está hecho de desgaste. Es un ruido de fondo que todo lo salpica. Es la gota en la piedra.
Podríamos decir que el dolor agudo te aturde, el dolor crónico te cansa.
Pero en ningún caso, ahora que lo pienso, me había sucedido encontrarme con alguien como vos. Porque tu presencia, las boludeces que decís, tu forma de entender el universo, me provocan dolor. Algo que es agudo y crónico a la vez. No te soporto.

10.2.20

Reino animal


Lo aprendí viendo la National Geographic. Todo lo que necesitás saber del ser humano lo vas a aprender, sin mayores dificultades, mirando a los animales. Así de sencillo.
Lo que te mata, lo que te hace moco, lo que tiene al occidental capitalista civilizado hecho un zombie babeante y famélico. La gente que vive en las grandes ciudades, a eso me refiero.
Si vos te fijás una cebra, por ejemplo. La cebra está ahí, no hace un pomo, va y habla con otra cebra, le pregunta dónde para el 132 o si por ahí se puede conseguir un mechón de pasto más o menos decente. La cebra se duerme una siesta o se baña o va y se coge algo. De repente a la cebra se le complica. Aparece un león. La cebra tiene que correr como el carajo, por su vida, escapar. La situación es tan tremenda, no hay más que mirarle los ojos mientras mueve las patas lo más rápido que puede. Y listo, si zafa. El león se fue o se comió a otra cebra. La vida continúa, hay que pensar de qué gusto quiere las empanadas para la cena, contestar unos mails. Aburrirse. Vida de cebra.
Pero si vos sos una persona, bueno, la cosa no es tan sencilla. Porque te parece que te está por comer el león, y te parece que te está por matar el tipo que te pide dos pesos, y sentís que te están por arrancar el corazón de un mordisco en cada viaje en subte, y está claro que la cajera del supermercado te apuñalaría y te comería con papas españolas, y cuando te estás por quedar dormido tu mujer se queja, te reclama algo, dice que podría haber sido bailarina del american ballet en lugar de tener que escucharte pedorrear, y así.
En definitiva, si sos una cebra o una jirafa o un ciervo la amenaza dura como mucho diez minutos. Si sos una persona es como un televisor encendido las veinticuatro horas, una canilla abierta para siempre por donde se te va toda la energía, una heladera que no corta. Si sos una persona la amenaza es permanente, la angustia no se acaba nunca.

30.1.20

A la hora señalada


Voy caminando por Cabildo, doblo en Lacroze, no, no para el lado de Libertador, para el otro lado. Paso por la confitería Ritz, cuando andaba por el barrio solía comprar algo. Facturas, o pastafrola, a veces sándwiches, hacen cosas ricas, de calidad. Tiene un bar también, la confitería, en el mismo local, a un costado. Un bar pequeño, bien puesto, donde predomina la cuerina de color marrón y señoras mayores con cara de tener problemas para defecar.
Y lo veo. Estoy pasando y justo lo veo del otro lado del vidrio, en la primer mesa junto a la ventana, desayunando.
Es un segundo, ni lo pienso. Entro.
–¡A vos, sí a vos! –Me paro junto a su mesa y lo señalo con un dedo. No estoy gritando pero casi. La gente que toma café o que lee algún diario levantan la vista. Es evidente que algo está mal.
–¡No digas nada, no digas nada que es peor! –Levanto la mano como para darle un golpe al tipo que está sentado, ya he cerrado el puño como si estuviera a punto de descargar el golpe, de arriba hacia abajo, como si mi puño y mi brazo, juntos, fueran un martillo– ¡Estafador, hijo de puta!
–No –alcanza a decir y hace un gesto, como si intentara encoger la cabeza dentro de los hombros, como si quisiera protegerse del inminente golpe.
–¡No qué! ¡No qué! –Miro a nadie, a todos, subo más la voz– ¡Tengan cuidado que este viejo hijo de puta es un ladrón!
Se cae una silla de una mujer que intento levantarse, asustada. Miro y lo primero que encuentro es el vasito con agua. Lo levanto y le arrojo, no el vaso pero sí el contenido, el agua, en la cara.
–Usted se equivoca, yo –alcanza a decir y se acomoda los lentes sobre el puente de la nariz. Se percibe que está asustado y nervioso a la vez.
–Vení –lo tomo del cuello, lo obligo a soltar su taza de café con leche–. Te voy a romper la cara, pero estas personas no tienen por qué ver cómo te pego. Cómo te aplasto contra el piso como la cucaracha que sos.
Es un quejido, le ha salido un quejido que esconde apenas un sollozo. Sabe que no puede oponer resistencia, está el factor vergüenza, también. Se levanta.
–Vos no vas a cagar más a nadie –dijo, mientras me lo llevo como si fuera un objeto, una bolsa, mientras lo saco a la calle.

–¿Bien, no? –Le digo. Seguimos caminando por Lacroze para el lado de la vía. Es invierno pero no hace demasiado frío.
–Te dije a las nueve –me dice.
–¿Qué?
–Son las nueve menos cinco –miro mi reloj–. No sé, llegué temprano.
–No llegué ni a terminar el café con leche –dice, y me da un empujón con el hombro, de costado–. Ni me habían traído el tostado.
–Pero –digo.
–Te dije después de las nueve –me mira–. No llegué a comer nada, estoy muerto de hambre.

20.1.20

Es divertido


No, la gente que fracasó no es divertida, la gente que fracasó no me divierte. Siento una profunda pena cada vez que veo a alguien derramado sobre la mesa de un bar, pegoteado de tantos pero tantos sueños rotos. Y empatía también, como si hubiéramos jugado juntos en el mismo equipo un partido a algo, de algo, contra la vida. Y la vida nos hubiera ganado por afano desde ya. Yo soy uno de ellos.
Lo divertido es cuando ves a alguien que llegó más o menos adonde quería llegar. Hombres con cargos ejecutivos que manejan autos importados y van en avión de acá para allá para tener reuniones de veinte minutos, o mujeres que se casaron y tuvieron hijos y bajan a la calle con sus bebés, salen de torres de cincuenta y siete pisos de puro vidrio donde además de vivir tienen gimnasio y pileta y terraza para tomar sol y para pensar en tirarse cuantas veces quieran.
Lo divertido es ver a alguien que está más o menos adonde quería estar. Y está indignado o fastidiada porque no puede ser cómo están las cosas en el universo en general o en el país o en su vida en particular, es más o menos lo mismo. Vos no sabés lo difícil que es estar donde yo estoy, el esfuerzo que implica ser lo que soy, mantener este departamento de cuatrocientos metros limpio o manejar seiscientos veinticuatro empleados, vigilar que la cocinera no te abra la heladera y se lleve dos fetas de jamón cocido adentro del corpiño, tener que jugar un partido de golf de cinco horas con el gerente regional que encima te quiere ganar, con lo fuerte que está el sol.
Lo divertido en realidad es cuando alguien descubre que las cosas no son como pensaba. Porque cuando fracasás lo que sentís, lo que entendés con todo el cuerpo podríamos decir, es que las cosas no te salieron y eso es tan triste. Pero cuando te salió lo que querías sentís que te engañaron, que el espectáculo no valía el precio de la entrada. Y todavía no termina, te falta volver a casa además.

10.1.20

Curioso mecanismo


Muchas veces la solución está ahí nomás, al alcance de la mano. Muchas veces se trata de hacer lo siguiente. Pasa que el procedimiento está dotado de una sutileza que suele exceder la manera habitual en que razonan las personas.
Supongamos que vos tenés un incordio, un fastidio, una incomodidad. No, si te pasa un tren por encima y te arranca de un metálico mordisco las dos piernas, estamos claros que es algo grave. Pero por lo general solemos deambular entre gamas de gris, las tragedias de totalizador carácter suelen ser casos, por decirlo de algún modo, más específicos, puntuales. Dejemos eso de lado por el momento.
Tenés algo, como todo el mundo, algo que te incomoda o te duele o te molesta. Y la reacción suele ser pensar en eso, todo el tiempo, lo que te fastidia se apodera de tu mente primero, de tu ser después. Hay que combatir lo que molesta. Es personal, es una guerra.
Pero no, fijate vos que no, la cosa no va por ahí.
Veamos un ejemplo. Te duele una muela, un poco. Te late, tenés la sensación, y es domingo, y es de noche también. Podés ir a una guardia odontológica, podés bajar a la farmacia a comprar un calmante. También podés probar poner un dedo meñique sobre la mesada de la cocina y darte un martillazo en el dedo. Vas a ver cómo la muela deja de doler. O hay ruido, un vecino ha organizado un cumpleaños en su domicilio y puso la música a todo lo que da y es pop latino. Se oyen sillas que caen, carcajadas, las paredes son de papel. Podés ponerte un short y subir, patearle la puerta, intentar razonar. Terminar agarrándote a trompadas, en fin. O podés agarra una chinche, una pequeña chinche y clavártela en un cachete del culo o en una pantorrilla. De pronto estarás nadando en un inmenso silencio.
Y así podríamos seguir con los ejemplos, pero no hace falta seguir. El esquema es bien sencillito. Fue estudiado hace dos mil quinientos años o más que la mente no es un objeto, la mente es una acción. Como una hilera, sólo puede haber un pensamiento por vez. Probá pensar dos cosas al mismo tiempo, no se trata de tener mayor o menor capacidad, no podés. Funciona de esa forma, así fue diseñado el mecanismo de la mente. Ocurre lo mismo con la incomodidad, con el dolor.
La vida no es mucho más que una maniobra distractiva, eso ya lo deberías saber.

30.12.19

Zen de furgoneta


mientras mirás esa foto
te morís.
mientras mirás ese pedacito de pasado
congelado
no existís.
buscás y buscás algo que te recuerde
que alguna vez estuviste en alguna parte
pero la experiencia es incompleta.
hacia adelante y hacia atrás y otra vez,
el autito chocador hecho de vos.
la única forma de ser feliz es tan sencilla
que jamás te darías cuenta.
caer.

*muchas felicidades, muy rico todo, en fin. lo que se diga en estos casos.

20.12.19

Pedacitos de delfín


Estábamos desayunando. En un bar. En San Cristóbal. Ella trabajaba en un juzgado, era secretaria de un juzgado, entraba a trabajar muy temprano. Yo tenía un trabajo de oficina, podía llegar a las nueve de la mañana o a las once, lo mismo daba. Acomodaba unos papeles, contestaba algunas preguntas, escribía unos informes, me pagaban a fin de mes, rutina.
Habíamos pasado la noche en su departamento, habíamos cogido. Hasta coger se estaba volviendo una experiencia no digo traumática, pero cada vez menos divertida. Faltaba que me dejara de gustar el whisky y ahí me quería ver, cómo seguía la película de la vida. ¿La numismática? ¿Los viajes a la India? ¿Los cursos de fotografía?
Ella había pedido un diario y me leía en voz alta. Yo jugaba a ver el punto exacto, cuánto tiempo podía permanecer una medialuna dentro del café con leche sin romperse, sin perder por completo su esencia de seguir siendo medialuna. Sin naufragar.
Me leía, ella, noticias de la caída de un avión en Bélgica, más de doscientos muertos, todavía buscaban los cuerpos. Me leyó de unos enfermeros en Uruguay que mataban a sus pacientes con inyecciones de aire o de morfina, ‘jugaban a ser Dios’, eso declararon. Me leyó de los barcos japoneses que mataban cientos y cientos de delfines. El mar se teñía de rojo y los delfines lloraban de dolor, un llanto agudo e inolvidable del más puro sufrimiento mientras unos japoneses chiquititos seguían arponeando y descuartizando, pedacitos de delfín, matando focas bebés a mazazos en el cráneo.
–¿No te importa mucho lo que te estoy contando, no? –dijo ella.
–No –dije–. La verdad que no.
Me comí tres cuartas partes de una medialuna repleta de café con leche, de un bocado. Por un momento vino a mi mente el bocadito Jackeline que comía cuando era chico. Tenía una especie de dulce de leche, pero líquido. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
–A ver, y qué hacés vos –ella estaba ofuscada, se quitó el cabello de la cara– ¿Se puede saber qué carajo hacés vos para que el mundo sea un cachito mejor, para que este planeta no sea tan pero tan horrible?
–Bueno –dije–, te aguanto.

10.12.19

Pacífica coexistencia


Te digo lo que va a pasar.
En algún momento de tu vida, puede ser antes, puede ser después, es difícil generalizar. En algún momento de tu vida, si querés entre los veinticinco años y los treinta y cinco. Entro los veintiocho y los treinta y tres.
En algún momento vas a tener una desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas, es la vida, es así. Algo malo va a sucederte. Puede ser cualquier cosa. Puede ser que te caigas de la moto y te fractures una pierna en diecinueve pedazos. Puede que vuelvas del trabajo a tu casa y te hayan robado todo. Lo que ahorraste durante quince años, y la licuadora también. Puede ser que tu novia te diga que no te quiere más, que no le importa que se iban a casar. Decidió, ella, que quiere viajar.
Una tragedia, una desgracia, algo malo de mediana o alta intensidad. Salud, dinero, amor, en alguno de los grandes rubros del horóscopo. Va a pasar.
Y entonces. Acá viene la cuestión. Sucedido el hecho hay dos grandes líneas de trabajo. Están los que se enojan, los que se indignan con la vida. Los que no pueden aceptar de ninguna manera la renguera o la calvicie o la pérdida de un familiar. Se oponen con todas sus fuerzas, con todo su ser, a lo que pasa. No lo pueden tolerar. Y están aquellos que de algún modo se sumergen en el nuevo estado de cosas como si fuera una bañera llena de un líquido no del todo amable. No significa que no vayan a hacer algo, vivir se trata de seguir. Pero no muestran un desmesurado y quizás paralizante enojo ante lo que es, no dicen ‘¿por qué a mí?’. Se rinden de algún modo a la situación que les toca y eso, por paradójico que parezca, hace que todo se vuelva más vivible.
Ahora bien. Cuando lo malo suceda, cuando la desgracia ocurra, en ese momento, si no estás atento, entrarás de cabeza al grupo de los enojados, de los resentidos, aquellos que consideran que la vida los ha sentado de una trompada y se preparan para devolver el golpe.
Es un error, eso es lo que te estoy diciendo. Es el momento donde tenés que intentar como te salga, como puedas, aceptar aquello que te está sucediendo. Si no podés hacer eso, bueno, es que no estás todavía preparado. El sufrimiento, el dolor, no fue suficiente. Te hace falta más.

30.11.19

La película


Mirá, la verdad que la película no era buena. La película no me pareció gran cosa. Actúa ese tipo que es el galán del momento, no, ese no, pará, no me sale el nombre. Uno que actúa en esa película donde hace de chofer, el tipo es un piloto profesional y trabaja en sus ratos libres para distintas bandas de ladrones. Él maneja, nada más. Y después, el resto de los días trabaja en un taller, sigue con su vida normal. Habla poco, pone carita de estar pensando, aunque quizás no está pensando nada, pero tiene esa carita de ser lindo pero profundo a la vez. Las minas se pishan encima cuando lo ven.
Pero acá no. Acá el tipo es el jefe de una banda que asalta bancos. Debe ser que ya se hicieron demasiadas películas de asaltos de bancos. El tema está como exprimido.
Planean el asalto al banco, con otros cuatro, no, cinco, y algo sale mal. Viste que siempre hay algo que sale mal. Porque uno de los tipos se cogía a la mujer de otro de los tipos y ese otro lo sabe, es el más débil de la banda pero lo sabe. Lo sabe y se la tiene que bancar porque tiene mil quilombos de guita, además de los quilombos con su mujer.
Entonces planean ese asalto. Y hay un comisario local que conoce a uno de la cárcel y lo ve en un bar tomado café. Desayunando. Y el comisario local sabe que si el tipo está ahí es porque se están por afanar un banco aunque el tipo ponga carita de estar de vuelta de todo, de no querer más problemas. Ha vuelto al pueblo a ver a su hija, su única hija que vive con su ex mujer y nada más.
Así que llega el día del asalto, y como te dije algo sale mal. Y todo indica que fue por una viveza del comisario del pueblo pero no, hay una escena y en realidad todo te hace pensar que el comisario mató a uno, no al galán. Pero después te muestran que lo mató el débil, que aprovecha la situación para matar al tipo que se cogía a su mujer. Prefiere vengarse antes que levantar un bolso y escapar con el resto del botín. Después el comisario, herido y todo, chorreando sangre de la panza sale y sigue tirando mientras dos de los cinco escapan y se pierden en la ruta. El más débil prefirió ser atrapado pero vengarse del que se estaba cogiendo a su mujer.
Pero la película no es buena. Le falta verosimilitud para poder convertirse en un drama humano. Y le falta un mejor cierre para ser una película de ladrones de bancos. Se queda a mitad de camino, como si el director no terminara de decidirse. No va.
–Pero qué decís –Romina termina su jugo de naranja, vuelve a dejar, con cuidado, el alto vaso sobre la mesa–. Si la película es una película iraní. De un pueblito donde no hay agua. Los sacrificios de la madre para conseguir agua para sus hijos. La escena donde la madre se ofrece al policía para poder llenar su balde con agua. Y el hombre le vuelve a subir el chador o como se diga. Ahí lloré de verdad.
–Pero.
–Te quedaste dormido, Juan –se ríe, Romina–. Te quedaste dormido desde la propaganda de celulares. La gente te chistó en un momento pero vos nada. No parabas de roncar.
–Bueno, puede ser –dije–. Mis sueños últimamente también son poco entretenidos. Igual que cuando estoy despierto, no te voy a mentir, mi vida es de una bajísima calidad.

20.11.19

Nadar y flotar


Bajo a la calle. No son, todavía, ni las nueve de la mañana. Tengo tiempo para tomar un café, tengo que ir a trabajar.
No es tan grave, desde ya, ir a trabajar. Algo hay que hacer. La gente no sabe, la gente fantasea con lo maravillosas que serían sus vidas si tan solo pudieran dejar de ir a trabajar. Como quien fantasea lo genial que sería tener el pelo lacio o rulos, o veinte centímetros más de altura o de poronga. No saben, desde ya no pueden saber, que existe un espacio en la mente para las preocupaciones. Si uno logra vaciar ese espacio de las preocupaciones sólo será para que el espacio sea llenado por preocupaciones mayores, son leyes de la física. Quiero decir, doy un ejemplo por si tenés alguna clase de retardo, si tu principal preocupación suele ser el dinero y de pronto consiguieras dinero, entonces te preocuparás por el colesterol o por saber si existe la vida después de la muerte. El jueguito cambia de pantalla, qué sería del hámster sin la ruedita.
Se trata de hacerse amigo de las preocupaciones, las angustias, los miedos. No es conveniente luchar, si lograras erradicar una preocupación lo que le sigue es una mayor preocupación. Lo que sigue es peor. Podés nadar un poco, por supuesto, ya que estás vivo, ya que viniste. Pero la principal actividad de la vida consiste en flotar.
Bajé a la calle, entonces decía. El portero me dijo ‘estás más gordo, forro’. Caminé una cuadra, el conductor de un automóvil detenido por el semáforo se asomó por la ventanilla y dijo ‘sos horrible, loco, nunca escribiste un cuento decente’. Pedí un café, la moza me trajo el café, y acercándose a mi oído murmuró ‘no te quiere, tu novia, está claro que no te quiere. Tampoco te quiso la anterior. Sos inquerible’.
Salí a la calle. Me crucé con un perro. Una especie de Collie, sin correa, mugriento, bigotudo. ‘No te salió nada, loco’, dijo el perro, ‘tu vida no tiene ningún sentido.
Alto. Un momento. Los perros no hablan, de eso estoy seguro. Ahí me di cuenta que nadie me estaba diciendo nada.
Era yo. Era mi opinión.

10.11.19

El tema de la muerte


El tema de la muerte es un tema jodido. Sólo hay dos cosas seguras, la muerte y los impuestos, dicen los americanos. Esto es Argentina así que los impuestos no sé, vale piquete de ojos, vale patada voladora, lo vamos viendo. Pero la muerte camina.
Los que saben del asunto, los que han estudiado, superado el inicial horror, la materia, dicen que, justamente el susto, el cagazo padre, la connotación peyorativa por excelencia de la muerte, no tiene más de doscientos años.
Es cosa de occidentales, el miedo a la muerte, de occidentales civilizados, por decirlo de algún modo. Con guita.
Se ve que vos vas progresando, vas logrando cosas, no sé, te compraste un departamentito en Pinamar, aprendiste a poner fotos en Instagram y ahí, justo ahí, charán. Te dicen que te queda poco tiempo, no importa cuánto tiempo siempre es poco tiempo. Te avisan que te vas a morir, o te enterás y aparece el susto, el terror, como un gusano.
Vas a los hospitales y la gente que está en la sala de espera, mientras esperan, lloran, porque alguien está por morir. Vas a los velatorios y la gente está triste porque alguien se murió. Justo ahora. Qué le costaba esperar veintisiete años más.
El asunto es que nos perdemos todos en el camino, corriendo como un hámster en la ruedita detrás de alguna boludez que nos convencieron era importante. Y después te notificás que viene la muerte, que no vas a estar más, que alguien se va a quedar con tu colección de de capítulos de Breaking Bad o se va a sentar en shorcito sobre la butaca de cuero de tu precioso Audi A4 y no podés procesar esa información. Salís corriendo a buscar el antídoto que te haga vivir mil años.
Si miraras las tribus antiguas, los indios wichis o los esquimales, te darías cuenta que entendían la muerte de una manera completamente diferente. Algo que es natural y parte del proceso. Algo que viene con el combo y no genera mayores contratiempos.
O si querés podés mirar a un animal. Si alguna vez viste por casualidad morir a un animal, a un perro o a un gato, a un caballo quizás. Se queda de costado, echado. Hay algo ahí en sus ojos que te muestra que lo que le está sucediendo no es tan malo. No hay temor.
Ahora, por más que me sigas masajeando no veo manera de arrancar. Te puse un buen polvo, yo diría que trabajado, y vos no estás muy buena que digamos. Así que no insistas, la pija está muerta.

30.10.19

Necesidades fisiológicas


Lo que hago es lo siguiente.
Voy a lo de una prostituta, una prostituta que atienda en un departamento. Puede ser por el centro, claro, el centro está lleno de prostitutas, pero puede ser en otro barrio también.
Subo, cotizo, pago. Puede ser que haya llamado a un aviso del diario, puede ser que alguien me la haya recomendado.
Viene la parte difícil. Explicarle, a la prostituta, lo que preciso, lo que he venido a hacer. Las prostitutas por lo general, tiene que ver con el ejercicio de la profesión, están bastante hartas, repodridas. Han visto barbaridades, han visto detrás del decorado de la vida y saben que el ser humano por lo general es una inmunda basura, una mierda sin alma. Vivir con eso.
Le explico, entonces, a la mujer. Lo que tenemos que hacer.
Es desvestirnos, básicamente, quitarnos la ropa. Y sentarnos, desnudos o en ropa interior, uno frente al otro. Puede ser en los silloncitos del living, o en las sillas de la cocina, o en el piso con las piernas cruzadas. Y listo, hay que estar en silencio. Sentados, desnudos, sin hablar, frente a frente. Poca luz.
Entre nueve y doce minutos. Pasado ese lapso me pongo de pie, me desperezo, digo ‘bueno, listo’, o ‘ya estamos’.
Me visto, ya he abonado el servicio al comienzo, tal es la costumbre. A veces tomo un vaso de agua antes de irme, me lavo la cara en un baño de ajados azulejos amarillos.
Me ha pasado que alguna de las mujeres se largue a llorar como una nena, o que caiga de rodillas y se aferre a mis tobillos pidiéndome por favor que me quede un rato más, que no me vaya. Me ha pasado que mientras permanecía sentado, una mujer con los ojos cerrados comience a jadear y se deshaga en un orgasmo. Me ha pasado que algunas mujeres me den su teléfono y me pregunten cuándo voy a volver, me piden que las llame para volver a hacerlo, la experiencia, en otra parte, fuera del horario de trabajo. Intentan devolverme mi dinero, están dispuestas, ellas, a pagar.
Algunas me despiden con un afectuoso beso, con un prolongado abrazo. Insisten en mostrarme las fotos de sus hijas o de la casa donde vive su familia allá, en su pueblito natal. No recuerdo ninguna que no me haya dado las gracias.

20.10.19

Sepia


Ahora está de moda, debe ser una mezcla de curiosidad y tecnología. Está de moda, decía, verse. Con los compañeros de la primaria, veinte años después, o con los de la secundaria, veinte años después también, o más. Alguien busca a alguien por internet, claro, la idea es genial. Van a traer a un profesor en silla de ruedas, también.
Se organizan, arman grupos de waxá, mandan mails. Consiguen fotos de cuando eran chicos y tenían rulos, niños con las manos pegoteadas de dulce que pueden ser ellos o sus hijos. Algún cumpleaños con vasitos de plástico y chizitos y gaseosas sin gas. Alguien dice que vive en Barcelona o en Madrid, alguien manda la foto de sus hijos o sus padres, alguien murió y no escribe nada, alguien dice no lo puedo creer que el otro alguien se murió con razón no contestaba, alguien dice qué bueno que nos podamos ver, qué genial.
Pero no, no cuenten conmigo. Cada persona que fue al colegio conmigo, cada persona que conocí, forma parte de algo que preferiría no tener que recordar. Porque cuando sucedía lo que sucedió, podríamos decir cuando fuimos lo que fuimos, bueno, existía la llamita del piloto del calefón de la potencialidad más pura.
Ahora que nos vemos para ver qué quedó del accidente de estar vivos después de ser atropellados por el flechabus de dos pisos de la nada misma. Ahora es una autopsia, a mí no me va.

10.10.19

Modo moderno


Lo que está errado es lo conceptual, lo que está mal es el concepto. Pero cómo arreglar eso, ir a la fuente. Todo conspira en contra.
A ver. Lo que construye tu personalidad, desde siempre, es cómo enfrentás la adversidad. No, no la adversidad intergaláctica, sino lo que podríamos denominar tu adversidad particular. Y no tiene que ser algo excesivamente grave por suerte, porque si sos cuadripléjico y estás postrado en una cama sin poder tomar un vaso de agua, bueno, está claro que tu adversidad adquiere status de absoluto y requiere de espirituales interpretaciones. Hablamos de cosas que debieran ser algo más triviales, casi casi podrían entrar dentro de la categoría de incordio.
Ejemplos, siempre ejemplos. Qué tienen de malo las abstracciones.
Me refiero a si sos narigón o pelado, o si tenés poca teta (para mamíferos medianos del sexo femenino, si tenés poca teta y sos un masculino está bien). Entonces. Lo que permite la construcción de la personalidad desde la adolescencia, es qué hacés. Con eso, con lo que te pasa y no te convence del todo, con aquello que te parece injusto y te molesta.
Y no sólo ese dulce combate te construirá, te hará lo que sos, sino que además resultará un exquisito motor. Tu fealdad podría propulsarte al estudio del violín o a viajar a Nepal para sumergirte en las procelosas aguas del conocimiento.
Pero ahora no es así. Fijate vos que cambió todo. Y entonces vas y comprás un mechón de pelo de culo de canguro bebé y te lo implantás en la cabeza, o te sacás esa nariz de maldito perico y la pagás, la nueva nariz, en doce cuotas con tu tarjeta bolasplus. Ahora podés eliminar la grasa corporal aplicándote un rayo láser que te va puliendo las nalgas hasta que adquieran la textura del silestone. Podés usar lentes de contacto color verde agua. Podés broncearte con un aerógrafo que te saque ese color de piel de recién salida de un sarcófago sin jamás tener que salir al aire libre para no correr el riesgo que te pique una hormiga. Y así.
Y es justamente eso lo que te mata. La posiblidad del ‘overcoming’ del problema sin tener que poner mucho de vos. Pagás y te emparchan, te quitan, te lijan, te cosen. Pero no estás vos ahí durante el proceso, no debiste enfrentar la alimaña en que te convertiste, no te construiste desde lo que te falta, no creciste.
Igual estás bastante bien, con poca luz desde luego. Cuando yo te conocí eras un repugnante monstruo de pantano, una horrenda mujer. Incogible.

30.9.19

Si la piedra fuera azul


Pedí turno para ver a un psicólogo. Un hombre de unos sesenta años que usaba camisas de mangas cortas a cuadros y tenía siempre sobre su escritorio, o de a ratos en sus manos, una pipa vacía.
Me senté en el sillón y dije.
–Doctor, la vida no tiene sentido. Lo sé desde que tengo once años, lo supe desde siempre. En sexto grado saqué a bailar lento a Andrea y me dijo que ni loca, jamás iba a bailar lento conmigo y ahí entendí todo. Yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once.
Después cerré los ojos y dormité unos diez o quince minutos. Cuando me desperté lo saludé y me fui.
A la semana siguiente volví a ir. Saludé, me senté.
–La felicidad no existe, doctor. La felicidad es una zanahoria para que sigamos como podemos, como nos sale, andando. Pero cuando ‘eso’ se transforma en ‘esto’, ahí estamos nosotros, con la misma tristeza de siempre. Acercarse y nunca llegar, decía la canción. No importa qué canción.
Prendí un cigarrillo, di dos pitadas. Lo apagué sobre un simpático cenicero con forma de mano, de mano abierta hacia arriba. Era de bronce, el cenicero, o de algún metal. Tenía una piedra roja en el centro exacto de lo que sería la palma de la mano, el cenicero. Y a mí me pareció que el cenicero sería mejor, quizás el mundo sería mejor, si la piedra fuera azul. Me fui.
A la semana siguiente.
–No me interesa nada, doctor –dije–. Me despierto a la mañana y no se me ocurre ningún motivo para salir de la cama. Probé comer chocolate en el desayuno, o tomar un whisky con el café. Pero nada, sé que lo que me suceda durante el resto del día va a ser una horrorosa y repetitiva mierda. La gente es repugnante además, y cada vez hay más gente en todas partes. Si me fuera a meditar a una cueva en el Tíbet, alguien en la cueva de al lado prendería un televisor en el canal de mtv latino.
Me puse de pie, me detuve por un instante a mirar en la biblioteca el lomo de un libro que me llamó la atención, un libro que había leído cuando era adolescente.
–Lo que no es desgarrador es superfluo, dijo Cioran –dije. Una bellísima frase capaz de resumir tantas pero tantas cosas.
–Para la próxima puedo pedir una picada –dijo el doctor–. Podemos jugar a algo. No sé, backgammon, dominó, ajedrez.

*ah, y el texto va con esta canción. porque así estamos.
https://www.youtube.com/watch?v=zpRm1kjsPMQ

20.9.19

Trastorno


Me cuenta Mariana que se encontró con el hermano de Tamara, y se quedó muy preocupada. Mariana es amiga de Tamara, aunque desde que Mariana está conmigo, bueno, se ven menos. Cuando yo iba a la primaria tenía un amigo que se llamaba Martín, doble escolaridad y después me iba derecho del colegio a merendar a la casa, seguíamos jugando. Lo que quiero decir es que uno crece y eso trae aparejado, de invariable manera, obligaciones, ocupaciones, llamalo como quieras. La amistad es un organismo que va mutando, eso es lo que sucede. 
El asunto es que Mariana se encontró con el hermano de Tamara, y el hermano de Tamara le contó que a Tamara hubo que internarla. Se chifló, le dijo el hermano de Tamara a Mariana, refiriéndose a su hermana y a modo de resumen. El hermano de Tamara quería ser jugador de fútbol, era un 5 con marca y buen pase. Jugaba en Platense, en la tercera, hasta que se jodió la rodilla. Rotura de ligamentos cruzados de la rodilla derecha, jamás volvés a trabar una pelota como antes. Finalmente, el hermano de Tamara se recibió de profesor de educación física, trabaja de personal trainer en un gimnasio por Villa Urquiza. Tampoco tiene mucha facilidad de palabra.
Se le saltó la térmica, dijo el hermano de Tamara, trastorno de ansiedad generalizada, con trastorno obsesivo compulsivo, con algún trastorno de personalidad que se me escapa en este momento, sumale un brote psicótico, la lista seguía. Hay más enfermedades mentales que gente, signo de los tiempos.
La encontraron a Tamara a las dos de la mañana en un cajero automático. Hasta ahí todo bien, parecía como si hubiera bajado a comprar cigarrillos y se le hubiera ocurrido retirar algo de plata. Pero no. Estaba bailando, o como bailando, supuestamente, con el cajero automático. Lo manoseaba, al cajero. Ella estaba en bombacha y corpiño, con el jean enroscado a un tobillo. Giraba y se frotaba un poco, Tamara, contra el cajero automático, y tarareaba una cancioncita. Se sacaba una teta del corpiño y la pasaba por la pantalla.
Justo entró un tipo a sacar plata, la vio a Tamara en ese estado y el tipo llamó a la policía, al 911, para avisar que no, que no era por un robo. Que había entrado al cajero automático de tal banco en tal y tal esquina y había encontrado una mina casi en bolas, dándole besitos al cajero automático. No, no era agresiva, pero sin dudas estaba mal.
–No puedo entender –dijo Mariana– qué le pasó. Fuimos juntas a la facultad, hemos veraneado en Buzios. Una mina piola, inteligente, bárbara.
–Es raro, la verdad –dije. Pero a mí no me sorprendía en lo más mínimo su actitud delante del cajero automático. Quiero decir, conmigo le funcionaba.

10.9.19

Cordones desatados


Hago lo siguiente.
Voy a un bar, un bar del barrio en el que estoy viviendo, un bar que está cerca de un colegio bastante fino (caro, eso quise decir). Voy, ponele, un día de semana a las nueve de la mañana.
Es el momento donde se juntan, en el bar, grupos de madres. Entre cinco y diez. Las mujeres han dejado a sus pequeños hijos en el colegio y tienen por lo general el resto de la mañana libre.
Las mujeres quieren hablar. A los gritos, de lo que les pasa, lo que les sucede. La concatenación de imbecilidades que ellas estarían dispuestas a denominar ‘sus vidas’.
Hablan, las mujeres. Gritan, gritan mucho. Hay metálicas, estentóreas carcajadas demasiado impostadas que apenas alcanzan a disimular el horror que sienten de estar vivas, el sinsentido de la precaria existencia, el dolor de no saber para qué corneta fueron puestas sobre el planeta tierra.
Hablan y gritan y ríen sin reír, se ponen de pie, mueven los brazos, cambian de lugar. Se cae una silla, suenan los teléfonos celulares con absurdas musiquitas y entonces hablan más fuerte con alguien que parece estar del otro lado de la pantalla y que también les responde. Más gritos sobre la importancia de conocer Estambul, de tomar yogures que te mejoren la potencia para cagar.
Me siento prácticamente en el medio. Entre mesas de ocho o diez mujeres, siempre queda alguna mesita suelta de la que se han llevado hasta las servilletas de papel. Pido un café.
Me siento, decía, saco mi cuaderno rivadavia tapa dura rayado de cincuenta hojas, preparo mi birome. Miro un rato pero no miro nada en particular, contemplo la nada.
Alguna vez escuché contar al señor Ruggeri Oscar que el señor Maradona Diego, durante los entrenamientos, jugaba con los botines desatados. Los cordones sueltos. Contaba Ruggeri que una vez intentó hacer los mismo y no paraba de tropezarse, de caerse al piso. Imposible trotar, mucho menos pensar en hacer cualquier otra cosa. Maradona le había explicado que si entrenaba así, con los cordones desatados, después durante el partido sus pies tenían una extraordinaria sensibilidad. Se infringía ese incordio, esa dificultad. Luego, su performance se volvía extraordinaria.
Yo, a la media hora más o menos, me voy a otro bar y escribo lo más bien.

30.8.19

No estés tan seguro


Qué vas a hacer cuando tu novia te diga que no te quiere más, que está cogiendo con un compañero del trabajo y te va a dejar. Qué vas a hacer cuando el doctor se acomode los lentes y te diga que no le gusta para nada lo que dice el estudio, lo que ve, que algo está muy mal. Qué vas a hacer cuando suene el teléfono en mitad de la noche y te digan tu nombre, te pregunten si vos, bueno, sos vos, si te podrías acercar lo antes posible a la seccional de policía, al hospital.
Qué vas a hacer cuando choques en la ruta, cuando te pisen el perro, cuando vuelvas a tu casa y los ladrones después de robarte pero antes de irse, se hayan puesto en cuclillas en medio del living que nunca más será living, a cagar.
Estamos a un milímetro de la desgracia, a un estornudo de la tragedia. Falta un segundo, la mitad de un segundo para que todo se desmorone como un castillo hecho de mermelada de durazno, los piolines que sostienen nuestras vidas están hechos de frágiles suposiciones y no mucho más.
Saberlo no cambia nada, no ayuda ni un poquito. Sirve apenas para pasar el rato. Y para molestar.

20.8.19

Digamos AC/DC


Después de coger me doy cuenta, es absolutamente claro para mí, que sos una mala mina. Sos demasiado consciente de tu belleza y eso se nota en cada gesto, en cómo te mirás al espejo cuando salís de la cama, como si el espejo debiera agradecerte que pases por delante. Cada gesto tuyo es de algún modo impostado, cuando te corrés el pelo de la cara, o cuando levantás tu taza de té. En tu cara se observa que estás convencida que sin tu luz los objetos estarían condenados a la opacidad más absoluta. Creés que tu paso por la tierra es lo que cambia todo, lo que le da sentido a las cosas.
Después de coger con vos es evidente que estás dispuesta a conseguir lo que quieras de este mundo, porque creés que aquello que te habita y es un don, bueno, te lo merecés, y además se impone por sobre cualquier otra cosa. Y es por eso que la riqueza, el talento, lo que sea, debe subordinarse al hecho que vos seas capaz de ponerte en cuatro patas y arquear la cintura de esa manera tan particular y tan perfecta y mirar apenas, de costado, hacia atrás, y asentir, un apenas perceptible movimiento de tu cabeza que dice sí y da paso al tren de mi deseo.
Después de coger sé que vas a llegar adonde quieras, te vas a abrir paso a los conchazos limpios y no vas a parar de hacer daño, de lastimar, de destruir. Porque también sos consciente de la perecedera naturaleza de las cosas y entonces vas a arrancar los duraznos que creés que te corresponden del árbol de todo lo bueno de este mundo.
Pero todo eso lo sé después de coger. Imposible antes.

10.8.19

Reacción natural


Te aclaro desde ya que lo mío no son, nunca fueron, las ciencias sociales. Por eso disculpame si se me escapa algún término técnico, algún detalle. Tampoco sé muy bien qué es lo mío, pero dejemos eso.
Lo que hizo Pavlov, lo genial y revolucionario que descubrió el tipo a través del estudio científico de los comportamientos, su experimento más conocido, fue más o menos lo siguiente.
El tipo, Pavlov, agarró a un perro, un perro que tenía más o menos a mano no sé, un perro cualquiera. Esperaba, ponele, hasta el mediodía. Y entonces le mostraba al perro un plato con comida. Con la comida que más le gustaba al perro, su comida preferida.
El perro veía la comida y se ponía a salivar. Una reacción natural por otra parte, no pensada.
Alto, alto. Acá viene la clave de todo. Ni bien el perro había detectado la comida, ni bien el perro empezaba a salivar. Ahí Pavlov hacía sonar una campana. Durante un minuto.
Eso es lo que hacía Pavlov, todos los días. Durante un mes.
Entonces. Un día. A la hora de siempre. Pavlov traía al perro, como todos los días. Y hacía sonar la campana. Pero no había comida. Nada. Ni rastros.
Lo mágico, lo curioso, es que el perro salivaba igual.
Se puede asociar cualquier cosa con cualquier cosa. Esa era la conclusión del experimento, más o menos. Se puede inducir una asociación, es otra conclusión. Y hay más conclusiones, tantas.
Ahora sí, puede que tengas algo de razón, no debí sacarte a patadas de mi departamento ni bien me dijiste que no querías coger. Pero si yo hubiera sido el perro de Pavlov, el día que no me servían comida le hubiera arrancado un tobillo de un mordisco a alguien. A mí no me jodan.

30.7.19

Visito a Héctor


Llego al sanatorio. Me bajo del taxi, apurado. Entro.
–Habitación 718, vengo a ver un paciente –digo en recepción. Me indican que debo ir hasta la mitad del pasillo, donde se encuentran los ascensores.
Espero. Llega el ascensor. Subo al séptimo piso. Bajo, camino por un largo corredor, siguiendo la numeración de las puertas.
716, 717, 718. Dos golpecitos en la puerta, leves. Entro.
–Cómo estás, querido –digo. Él está acostado en la cama. Tiene una sonda que va al brazo y otra a la nariz. A sus espaldas titilan un par de monitores–. No hables, no digas nada.
Me mira, está despeinado. Le han puesto una bata que deja ver su canoso torso. Parece muy delgado, aturdido. Abre un poco la boca y hace un esfuerzo, con la cabeza. Como si quisiera señalarme con el mentón.
–Te vas a mejorar –le aprieto, apenas, el dorso de la mano que descansa sobre las sábanas–. Tenés que ser fuerte. Tenés que hacer caso.
Me mira, muy serio. Recién entonces me doy cuenta que está su mujer. Sentada junto a una mesita donde han dejado los restos del desayuno. La mujer luce preocupada, ha pasado la noche cuidando a su marido, prácticamente no ha dormido.
Hay un televisor encendido pero sin volumen, es un programa donde los panelistas discuten a favor y en contra de algo. Si Batistuta y Crespo podían jugar juntos, si en verdad Neil Armstrong llegó a la luna o si se sacó las fotos en el baño de su casa. Se asoma una enfermera.
–Ahora vengo a sacarle sangre –dice y sonríe.
–Perdón –dice la señora. Se pone de pie, intenta, en vano por cierto, alisarse la pollera–. Pero no lo conozco. ¿Héctor, vos sabés quién es?
Me mira, Héctor. Se incorpora un poco sobre los almohadones, pero siente dolor.
–No –dice–. La verdad que no.
–No, claro que no me conocés, pelotudo –dejo los bombones que compré sobre el sillón, y un par de revistas–. Por lo general la gente es repugnante. No paro de confirmar y reconfirmar que la gente es una mierda. Porque no te conozco, porque no tengo la más puta idea de quién sos es que vine a desearte que te mejores. Si te conociera no me importaría un pomo lo que te pase, estoy casi seguro.

20.7.19

Modos de ver


Le expliqué lo que me sucedía, lo que ocurría por lo general, todo el tiempo. A ella.
–Vamos a un bar cualquiera –le dije–, a las siete de la mañana. A un bar que esté vacío, y vas a ver que cuando entre una persona, cualquier persona, se va a sentar lo más cerca mío posible. Tiene todo el bar para elegir, el tipo, quiere leer un poco el diario antes de ir a trabajar. Pero si pudiera se sentaría tocándome espalda con espalda, o codo con codo, aunque estemos en Enero y hagan treinta y nueve grados a la sombra.
–O si estoy en el subte, en el andén –dije–. Y me voy hasta una punta, a una punta donde no hay nadie. Va a venir alguien y se va a parar al lado, a menos de tres centímetros de distancia. Invadiendo lo que podríamos denominar mi ‘espacio ecológico’. Quizás incluso el subte ni para ahí, quiero decir, estoy demasiado adelante, o demasiado atrás.
–Y así podría seguir –le dije–. En un restaurante, o en la calle. O si me paro en un supermercado en una caja que no tiene cajera, una caja que está cerrada y dice ‘caja cerrada’. De inmediato se forma una fila detrás de mí.
–Es verdad, lo ví –me dijo ella–. Se ve que tenés poderes. Algo de tu energía atrae a la gente, sos una especie de vórtice.
–No –dije–. Yo creo que el cosmos no se pierde ninguna oportunidad de romperme las pelotas. Debe ser eso.

10.7.19

Miedópolis


Nos vendieron el progreso, nos vendieron la modernidad, pero hay un problema. Tiene una falla, una contra que hace moco todo lo demás.
En la antigüedad, en las primitivas civilizaciones, había un temor. Un temor que regía las conductas de los hombres, algo que, interpretaciones mediante, les permitía saber si lo que estaban haciendo estaba bien o estaba mal.
Un único temor. Sí, claro, el temor a Dios. De eso estamos hablando.
A través de ese temor eran interpretados los terremotos y las tormentas eléctricas, las buenas cosechas, las picaduras de las víboras, la fertilidad de las mujeres.
Luego pasó el tiempo y nos sofisticamos todos. Llegaron los automóviles y las computadoras, el club med, twitter, las bicicletas fijas, la comida molecular.
La gente se dio cuenta que podía decidir qué hacer, tatuarse una jirafa lavándose los dientes sobre la nalga derecha, meterse un turrón en el culo y filmarse cantando ‘Beast of burden’, con el turrón en el culo, y subir el video a youtube. Dimos entonces paso a un temor cada vez más y más indefinido y nebuloso, algo en qué pensar cinco minutos como máximo, los domingos, antes que empiece algún partido de la copa uefa, la champions, la copa melba, la conmebol, la sobortnik cup.
Encarcelado el reverencial temor, vinieron los pequeños temores. Miles de pequeños temores que pelean el protagónico según la moda. Y ahora tenés miedo que se caigan los aviones, tenés miedo del colesterol, tenés miedo a la calvicie o a que las tetas te pasen la línea de la cintura según el caso, tenés miedo de no entender los capítulos de la serie ‘lost’, tenés miedo que tu teléfono celular no vibre bajo el agua o que no te haga efecto el último yogur inventado para poder cagar como un colibrí.
Cambiamos un temor por una catarata de temores, vamos por la vida como famélicos zombies asustados por cualquier cosa. Y yo te digo que era mejor cuando le temíamos a una sola cosa, cuando nos parecía que Dios eructaba su fastidio a través de un volcán, o nos indicaba, mediante un rayo y un trueno, a qué árbol debíamos subirnos para cazar.

30.6.19

Dividido cero


A ver si lo entendés, aunque no creo que lo puedas entender, no creo que lo entiendas. Para entenderlo, bueno, en principio no deberías ser vos. Deberías ser otra persona. Esa persona que no sos vos lo entendería.
Vas por la vida, qué otra cosa vas a hacer, qué otra te queda. Vas por la vida, se mueve la cinta transportadora. Es una situación ajena a tu voluntad, por decirlo de algún modo.
Vas y te mostrás, lo que sos, tus pequeños logros. Tu hijo o tu auto, las zapatillas que te pudiste comprar, el matrimonio que pudiste sostener. Creés que tu trabajo o tu esposa o tu perro Fox Terrier pelo duro, las fotos de tu último viaje a Buzios, ese cursito de fotografía, bueno. Eso es lo que sos, lo que tenés para mostrar de vos. Cada uno con sus particularidades y estilos.
Pero no. Está mal. No es así, y ése es justamente el corsé que te aprieta. Es el problema. Porque lo que te define es todo lo que no sos. Estás hecho de todo lo que no te salió, los sueños rotos, los colectivos que no pudiste alcanzar, los whiskys que no tomaste, los abrazos que no te dieron.
Si pudieras presentarte desde ahí, desde todo lo que quisiste y no pudiste, desde todo lo que te hubiera gustado y no sucedió, ahí sí, quizás todavía podrías ser interesante. Al menos para mí.

20.6.19

Parpadeo


Me pasó algo extraño. Bajé del ascensor como todos los días, para ir a trabajar. El ascensor se detuvo en el tercer piso. Subió un vecino. No, ya sé, hasta ahí nada raro, qué puede tener de raro que pare el ascensor, que suba un vecino.
Pero el vecino, que siempre me había resultado un repugnante ser, casado con una mujer teñida de un rubio chillón, mala y absurda. El vecino, decía, me cayó bien. Comentamos alguna generalidad sobre el clima o algo de fútbol. Llegamos a la planta baja, nos deseamos un buen día.
En el subte la gente era correcta, no irradiaba esa mezcla de estupor y furia apenas contenida. Alguien me pisó y me pidió disculpas. Una chica que escuchaba música con unos gigantescos auriculares puestos, levantó por un momento la cabeza. Me miró y sonrió.
Vino alguien de la oficina a recomendarme un cuento que había leído y que le había gustado mucho, lo había conmovido. Me había ido a comprar el libro para regalármelo. ‘Sé que a vos te gusta leer’, dijo.
Así siguió, más o menos, el resto del día. Un automovilista me dejó cruzar, aunque el semáforo le permitía el paso a él. Volviendo a casa entré en una fiambrería, compré salame y queso. Le hice un chiste, apenas subido de tono, a la chica que atendía. Se ruborizó, contuvo la sonrisa. Era cuestión de volver, invitarla a salir.
No sé cómo decirlo, el mundo se había vuelto amable, las cosas funcionaban. Llovía, apenas, brillaban las hojas de los árboles. Caminé despacio, era lindo sentir el movimiento de las piernas. Anochecía. ‘Linda noche para tomar un poco de vino’, pensé.
Entonces parpadeé. Estaba acostado, había un dulzón olor a flores. Alguien lloraba.
Traté de moverme y descubrí, por curioso que parezca, que no podía moverme. Estaba muerto, me estaban velando.
Para que no te moleste más nada, el viejo truco de morirse.

10.6.19

Chinchin


Te va a pasar lo siguiente. Tenés que tener más de treinta años, eso sí. Antes de los treinta años podríamos decir que sos un géiser, el avión va para arriba. La finitud es un concepto que no se te pasa por la cabeza.
Lo que te va a pasar te puede pasar un día de semana, un miércoles a la noche durante el partido de fútbol que jugás, sí claro, con los muchachos. O te puede pasar manejando el automóvil, tu automóvil, como todos los días cuando salís del trabajo y te volvés para Escobar. Quién carajo te habrá dicho que era una buena idea irse a vivir a Escobar. O te puede pasar, incluso cogiendo, cogiendo con tu señora, en mitad del asunto, bombeando sin excesivo interés, sintiendo una leve lumbalgia que amenaza con pararse en dos patas y transformarse en cuadriplejia pero aún así dispuesto a cumplir, bombeando porque fuimos puestos sobre la tierra para coger y porque la función hace al órgano y como dijo bugs bunny eso es todo amigos.
Lo que te va a pasar es que vas a escuchar una campanita. Aunque en realidad no es exactamente una campanita pero podría confundirse con el sonido de una campanita. Es, no sé cómo corno se llama el instrumento, en el colegio primario le decíamos ‘chinchin’. Son dos platitos de metal, no sé de qué metal, de bronce supongo, pequeños y unidos por un cordel. Sostenés el cordel en una mano, con dos o tres dedos, y hacés chocar los platitos, de costado, entre sí. Chinchin.
Y te vas a dar cuenta que la vida en general, tu vida en particular, no tiene el menor sentido. De pronto te das cuenta que no te interesa, que incluso no serías capaz de recordar por qué alguna vez te interesó, tu trabajo, el partido de fútbol con los muchachos, tu mujer.
Es eso, un chinchin y todo se desmorona. Estás perdido en el medio de la vida y no sabés cómo vas a hacer para seguir, tampoco tenés adónde volver. Lo construido, lo que sostiene tu absurda existencia, ya no tiene la menor importancia. Curiosa sensación, simpática y aterradora a la vez.
Ahí estás vos, sos eso. Toda tu vida fue para eso aunque puede ser que no lo veas así.

30.5.19

La fuerza de la costumbre


Habíamos ido a cenar, pero veníamos discutiendo de antes. La verdad que no parábamos de discutir, con Adriana. Vivíamos juntos hacía casi un año, y estoy seguro, antes de la convivencia la pasábamos bien. Nos íbamos fuera de temporada una semanita a la costa. Caminábamos por la playa, cogíamos con entusiasmo, con interés. A ella le gustaba ir a un apart en lugar de hoteles, así podía cocinar. Hacía guiso de lentejas, hacía milanesas con puré.
Estudiaba, Adriana, psicología, le faltaba poco para terminar. Quería trabajar en hospitales, tener un consultorio privado, también.
Y estaba buena, había hecho destreza corporal, o gimnasia artística, de chiquita. Y después, yoga, mucho yoga, había viajado a la India un par de veces. Tenía un culito compacto y firme, flaca, tetas puntiagudas. Un cuerpo que le iba a durar, incluso después de la maternidad. Cualidades perdurables.
Pero. Como todas las cosas de este mundo, se arruinan (en el universo no existe manifestación sin polaridad, podés anotarla si querés, no te cobro nada). Nos fuimos a vivir juntos, y comenzó a quejarse. De mis puritos a última hora de la noche, de cómo dejaba tirada la ropa cuando volvía del trabajo, de mis ganas de coger y comer pizza fría en el desayuno, de mis amigos.
Me gustaba ir a cenar a alguna parrilla de barrio, o a una cantina. Ella estaba con una cara de culo total, cara de culo absoluto.
Vino el mozo, pedí. Ella dijo que no tenía hambre, alguna boludez por el estilo. Pidió una entrada, dijo que para qué me pedía la botella de vino si sabía que ella no quería tomar vino en la semana.
–Pero yo sí quiero –dije–. Me gusta el vino.
Permanecimos en silencio, llegó la comida. Al rato explotó.
–Mirá, la verdad que me molesta. Me molesta que tomes vino y después quieras coger todos los putos días. Me molesta las boludeces que hablás con el mozo como si fueras un entendido de la vida, me molesta los programas de televisión que ves hasta que te quedás dormido, qué carajo te puede importar la vida de las cebras en National Geographic. Me molesta que vivamos en un departamento y no en una casa, esta ciudad es una mierda. Me molesta que me vuelvas a contar esa anécdota pelotuda de cuando jugabas waterpolo, y que te puedas quedar dos horas frente a un tablero de ajedrez. Me molesta que cuando te digo lo que me molesta de vos pareciera como si no te importara, Juan.
–Bueno –dije, tomé un trago de vino, pinché un par de ravioles–. Lo que no entiendo es por qué no te vas de una buena vez.
–La verdad que tenés razón, ahora que lo pienso –sonrió, se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja–. Pero adónde voy a encontrar alguien como vos, del que me moleste casi todo.

20.5.19

Tomalo como una aproximación


Hay un momento, un jugador de fútbol profesional acaba de trabar una pelota y siente algo, algo que hasta ahora jamás había sentido. Siente que algo se ha roto mientras cae, mientras termina de caer, la rodilla, un ligamento. Y llega el dolor pero todavía no llegó el dolor, es una ventanita de tiempo hecha de una ranura, de un parpadeo, de un instante. Y el dolor está ahí pero todavía sin llegar, acaba de abrirse la canilla del dolor y el hombre, el jugador de fútbol, mientras cae, mientras se revuelca sobre el césped que nunca fue tan verde sabe que todo su mundo se desmorona y nada volverá a ser como antes.
Hay un momento, un momento en que volviste a tu casa y entraste al edificio y llamaste el ascensor y entraste al ascensor y tocaste séptimo piso. Y abrís la puerta del ascensor, o la puerta del ascensor se abre. Y ves que la puerta del departamento, de tu departamento, está apenas entreabierta y debería estar cerrada porque vivís solo. Y te acercás, dos pasos por el palier, y dos más, y empujás la puerta pero no la empujás, apenas, una mano sobre la puerta y tenés esa sensación de caída que sólo tuviste en sueños. Y todavía no entraste al departamento pero te estás cayendo porque sabés que del otro lado de la puerta ha pasado algo muy malo.
Bueno, así me siento yo por lo general. Todo el tiempo, así la vivo.

10.5.19

Caracterológico


Hay, mucho me temo, dos clases de personas, no hace falta darle demasiadas vueltas al asunto.
Están los que no hacen nada, nada de nada, y están los que hacen algo todo el tiempo.
Los sujetos que no hacen nada, a veces se les da por pensar lo interesante que podrían ser, el fantástico giro que podrían tomar sus vidas, si tan solo se les ocurriera hacer algo. Algo que de más está decir no hacen porque no les dura la pulsión. No les sale nada.
Los sujetos que hacen algo todo el tiempo, los sujetos que no paran de hacer cosas, piensan a veces lo bueno que podría ser descansar, estar aunque sea por un breve intervalo de tiempo sin hacer nada.
Pero no es posible, lo que equivale a decir que no se puede. Porque aquellos que no han hecho nada, cuando intentan hacer algo descubren que justamente, hacer algo es una experiencia de lo más insatisfactoria. Resulta difícil comprender, después de intentarlo, cómo es posible que existan sujetos sobre la faz de la tierra que corran maratones, laven el auto, o planten duraznos. Y aquellos que hacen algo, aquellos que parecen estar ocupados haciendo cosas todo el tiempo cuando intentan parar, detenerse, descubren el novedoso horror al vacío. Sin tener algo para hacer perciben que prácticamente no son, no existen. Sin la particular actividad que practican (y el correspondiente grupo de pertenencia), la vida se transforma en una desolada playa.
Luchar contra ese caracterológico rasgo resulta tan absurdo como inútil. Tratar de no ser lo que a uno lo define es una situación que provoca frustración y angustia en indefinibles proporciones. De eso se trata estar vivo, por otra parte.

30.4.19

Acto reflejo


Lo que tenés que hacer es bien sencillo. Llegás a una esquina, cualquier esquina, si es una esquina bien concurrida, con mucha gente que pasa, mejor.
Llegás, a la esquina, para cruzar. Y el semáforo está en rojo, en rojo para los autos, lo que equivale a decir que está, el semáforo, en verde. Para vos.
Pero no cruzás. Llegaste a la esquina, venías caminando y podés cruzar. Pero no cruzás. Te parás, y mirás, hacia arriba pero apenas. Mirás al frente, al horizonte aunque no haya el más mínimo horizonte para ver ni para vos ni para nadie. Estamos en medio de la ciudad.
Y vas a ver que al toque nomás, casi de inmediato, otras personas se detienen. Otras personas que iban a cruzar, que venían caminando e iban a cruzar, al ver que vos no cruzás, miran el semáforo y el semáforo dice que pueden cruzar pero vos no cruzás. Las personas se detienen junto a vos y te miran, esperando un gesto aunque sea, algo que les indique si se puede cruzar, o por qué vos no cruzás. No saben qué hacer.
Lo mismo podés hacer, por ejemplo, en el subte. Vas para el centro, ves que viene el subte. Te acercás a uno o dos pasos del borde del andén. Llega el subterráneo, se abren las puertas. Y entonces. Das un ínfimo medio paso hacia atrás, cuando lo que debías hacer para subir al subterráneo, era justamente dar un paso hacia delante.
Das ese medio paso hacia atrás como si hubieras visto que adentro del vagón están degollando un cabrito, o hay un tipo en cuclillas, desnudo, defecando. Pero nada de eso, lo que hay es gente, gente viajando en subte para llegar a su trabajo, la infinita tristeza, el horror de estar vivos.
Te quedás quieto, muy quieto mirando hacia la nada misma, y vas a ver que un par de personas más deciden no subir, al subterráneo, esperar el próximo subte, esperar con vos.
Podés encontrar, de seguro, dos o tres situaciones parecidas que te permitan replicar la conducta, el comportamiento que te acabo de relatar. Tenías que hacer algo, tenías que avanzar, y no lo hacés. Agarraste el pote de mendicrim, lo sostenés un segundo a la altura de tu pecho y lo volvés a dejar donde estaba.
Vas a poder corroborar entonces que hay tantísima gente en el planeta tierra que no tienen la más pálida idea de por qué hacen lo que hacen, ni para qué. Van copiando lo que ven.

*me vino a la mente que me repito, que no hago otra cosa que repetirme, lo único que hago es repetirme. y encontré que sí, que vuelvo sobre los mismos temas que me visitan. no es tan grave (diciembre 2008, ‘fenómenos inexplicables’).

20.4.19

Por culpa del ajedrez


A veces estoy desayunando en un bar, a la mañana bien temprano, y veo una parejita, abrazados o tomados de la mano. Me levanto, me acerco a la mesa y le digo al muchacho ‘Cogela, cogela mucho ahora, y por el orto. Acabale en la cara, decile que te encanta verla sonreír con la cara llena de leche. En poco tiempo, cuando se vayan a vivir juntos, te va a esperar indignada a que llegues del trabajo para contarte que el marido de la vecina sacó pasajes para Buzios, y vos encima te olvidaste de comprar queso rallado. No servís para nada’.
​O voy caminando por la calle y veo a un pibe estacionando su flamante autito. Me acerco a la ventanilla, se asusta por un momento pensando que lo venían a robar. Pero sonrío, niego con la cabeza (con qué te gustaría que niegue) y le digo 'Sí, no lo podés creer, te parece que sos un campeón. Esperá a que te lo rayen y el seguro te diga que no lo cubre. En menos de dos años vas a estar yendo para Necochea, primer quincena de Febrero, y te vas a dar cuenta que seguís siendo el mismo pelotudo de siempre. Pero podés parar en la ruta a tomar un café con leche, y podés comprar medialunas para llevar, eso sí’.
​Podría seguir con los ejemplos, claro. No hace falta, claro también.
​Y las personas se fastidian mucho, es una mezcla de enojo y sorpresa, como si no pudieran alcanzar a comprender lo que les estoy diciendo. Y a mí me sigue dando ternura descubrir que todavía exista gente que no sepa que todo termina mal.