7.3.18

Un asunto filosófico


Iba por la ruta, a Pinamar, fuera de temporada. Se había muerto mi abuelo y había dejado un departamentito en Pinamar. Mi abuelo tenía dos hijas, mi madre y mi tía S. Mi tía S. le había dicho a mi madre que no podía venir con nosotros porque tenía un problema en una pierna, y su perro salchicha que se llamaba Tommy, bueno, no lo podía dejar solo porque se angustiaba, se ponía mal. Yo ya tenía todo más o menos arreglado para vender el departamento con una inmobiliaria de allá. No era gran cosa, pero era algo.
Era viernes a la mañana. Íbamos, firmábamos, y volvíamos al otro día.
Conducía el auto de mi difunto padre, un Ford Escort viejo sin dirección hidráulica que probablemente jamás había sido lavado. Yo acababa de divorciarme y le había tenido que dejar mi auto a Mónica.
Después de Dolores nos paró un control policial. Me tiré a la derecha, me detuve.
–Buenos días, señor –dije al oficial, algo excedido de peso y con la cara picada de viruela.
–Registro, seguro, cédula verde –dijo.
–Sí –dije y miré a mi madre mientras sacaba mi registro del bolsillo de la campera.
Me miró, mi madre, con esa mirada transparente tan bonita que siempre había tenido. Me miró y sonrió, apenas. En su mundo. No tenía un solo papel, no tenía idea de qué le estaba hablando. No debía pagar patente ni seguro desde la muerte de mi padre, y mi padre había muerto hacía varios años. Pagar las boletas era algo que hacía mi padre, y mi madre simplemente había considerado que todo lo que hacía él, mientras vivía, debía seguir haciéndolo de algún modo después de muerto.
–Oficial –dije, bajé del auto–. Tengo mi registro, pero no tengo los papeles del auto. El auto es de mi madre, bueno, en realidad es de mi padre, y acaba de fallecer su padre, el padre de mi madre, o sea mi abuelo. Estoy yendo a enterrarlo, a mi abuelo, en Pinamar.
–No tiene los papeles del auto –dijo el oficial, y se tocó, casi, apenas, la gorra.
–Mi madre tiene alzheimer –dije, la señalé. Mi madre miraba por la ventana, sonrió y nos saludó–. Se olvida de las cosas.
–Si no tiene los papeles del automóvil no puede circular –miraba mi registro–. Es una infracción grave.
–Escuche –dije–. Tengo que llevar a mi madre a Pinamar, voy a un entierro –hice una cinematográfica pausa–. Tiene que haber una forma de arreglar esta situación.
Levantó la vista, me miró. Todo lo que había que saber para sobrevivir en el planeta tierra estaba en esa mirada. Quizás ser argentino sea esa mirada y no mucho más que eso.
–Yo no le pedí nada –dijo.
–No, ya sé –dije–. Usted no me pidió nada y yo no le ofrecí nada. Ahora, lo que tenemos que averiguar es cuánto es nada.
Busqué la billetera.
–Suba al auto –dijo–. Me lo da cuando le devuelvo el registro.
Saqué trescientos pesos. Se los pasé por la ventanilla. El oficial me dijo que espere y se alejó a hablar con otro que parecía estar a cargo. Volvió y se inclinó sobre la ventanilla para hablarme otra vez.
–Disculpe –dijo–. Pero van a tener que ser dos nadas, usted entiende.
Le di trescientos pesos más. Me saludó con una venia. El resto del viaje no revistió mayores dificultades.

28.2.18

Sin título


Me habían echado del trabajo, pero tenía algo de dinero. Lo que no tenía era un absoluto pomo para hacer. Sabía, por experiencia propia, por haberlo vivido, que si me quedaba adentro, adentro del departamento, corría el riesgo de pegarme un tiro. La tristeza es como quedarse mirando una bañera mientras se va el agua. Es algo que gira y que baja, ajeno a tu voluntad, no hay manera de detenerlo.
Así que decidí que era primordial tener alguna suerte de rutina. Me despertaba a la mañana, me vestía, tomaba un café y bajaba como si fuera un día más. Iba a caminar al parque, daba una vuelta al Parque Centenario y me sentaba a fumar un cigarrillo. Me quedaba sentado, no, no pensaba, pensar es el demonio. La idea era estar, existir, conciencia sin pensamiento.
Después iba a hacer un trámite, cualquier cosa, y con eso cortaba la mañana. Y después llamaba a algún amigo y lo pasaba a visitar, y ya estaba en el almuerzo. Lo importante era salir de casa, a la mañana, vencer esa centrípeta fuerza que amenazaba con hacerme moco. Llamalo supervivencia, llamalo como quieras.
Sentía que algo se ordenaba, ahí sentado en el parque, después de fumar un cigarrillo.
Me llamó la atención, un lunes. Estaba fresco y era bien temprano, por lo que sacando a los corredores matinales de locura infinita, y un par de personas que paseaban a sus adormilados perros, el parque estaba de lo más agradable, vacío.
Apareció una mujer, joven, menos de treinta años. Era bonita, con ojotas y medias, un jogging, como recién levantada. Llevaba una bolsita, y una palita como las palitas que se usan para jugar en la playa, pero no de plástico, de metal.
Fue la mujer hasta un árbol que debía estar a unos treinta metros de donde yo estaba sentado. Se puso en cuclillas, junto al árbol, y comenzó a cavar. La construcción del pequeño pozo le debió haber llevado menos de cinco minutos. Puso el contenido de la bolsa en la tierra, tapó el pozo. Se puso de pie, pareció mover los labios como si murmurara una plegaria. Después se fue.
Me olvidé del tema. Dejé que pasaran los días.
Pero me volvió toda la escena a la cabeza, de inmediato, cuando la vi aparecer al lunes siguiente. Debían ser las ocho de la mañana. Mismo procedimiento, bolsita, palita, pocito. Murmuró algo, la mujer, recién levantada, con el cabello todavía húmedo. Y se fue.
Volvía de una fiesta, jueves a la noche. Me habían invitado a un asado, había tomado una botella de vino y después me sirvieron un whisky nacional que calificaba sin dificultad como artículo de limpieza, como lustramuebles, en fin. Bajé del taxi, debían ser las tres de la mañana. Iba a subir a casa y se me vino el asunto a la cabeza. La mujer que plantaba algo junto al árbol para la posteridad, o que enterraba su pajarito, no sé.
Me dio curiosidad. Encendí un cigarrillo y crucé en dirección al parque. Nadie, una parejita manoseándose con adolescente entusiasmo, un mendigo más borracho que dormido. Fui hasta el árbol.
No me costó encontrar las marcas, la tierra removida. No tenía nada con qué cavar, así que usé las manos. Total me daba un baño antes de acostarme a dormir y listo.
Grité. No pude evitarlo, me salió un grito y caí hacia atrás, perdí el equilibrio. Me quemé el pecho con el cigarrillo.
Una pija, una poronga, era lo que había enterrado la mujer.
Usé una rama para escarbar al lado. Otra. Otra poronga, más reciente, todavía bien conservado el prepucio, y los huevos. Como si hubiera sido arrancada, con quirúrgica precisión, de su portador.
Tapé todo y salí corriendo. Vomité antes de cruzar Ángel Gallardo. Estuve en la ducha un rato largo, refregándome con jabón blanco. Me costó dormir.
El domingo después de almorzar fui a hacer las compras al Disco de Aráoz. Estaba decidiendo si llevar Casancrem o Mendicrim, esas suelen ser las existenciales cuestiones que me atormentan.
–Disculpá –Me rozó con el brazo y se le cayó un yogur, pero quedó claro que el movimiento había sido irreal, actuado. Se agachó dejando a la vista una buena porción de tetas–. Se ve que ando distraída.
Era ella. ¡Era ella! La mujer del parque, la de los lunes, la de las porongas.
–Qué calor hace –dijo, su voz era suave, sonrió–. Los domingos no se terminan nunca. Creo que ya nos vimos alguna vez por el barrio. Me llamo Tamara, vivo acá cerquita.

21.2.18

Mirada cargada


–Desarrollé un don, aunque no sé si se trata, si es, exactamente, un don –dije–. Pero sí una capacidad. Tampoco sé bien cómo sucedió, mucho menos cómo lo descubrí, o debería decir, mejor, lo fui descubriendo. Como ocurre con tantas otras cosas, la casualidad. Si miro a alguien, a una mujer, a los ojos. Por un minuto, en realidad entre treinta segundos y un minuto, bueno. A la mujer le entran unas tremendas ganas de coger. La mujer, cualquier mujer, se calienta mal.
Ella se acomodó en la silla, algo nerviosa. Yo bebí medio vaso de cerveza, de un trago, dejé el vaso sobre la mesa. Hice una pausa antes de continuar.
–No importa la religión –seguí–, no importa la raza, ni las características antropomórficas. No importa la edad. Miro a una mujer a los ojos durante treinta segundos, y la mujer no se puede contener. La mujer necesita sentir una pija en su interior, o que le chupen las tetas, que le metan los dedos, que la hagan acabar. Es algo tan fisiológico como repentino, comparable, quizás, con la necesidad de fumar, de encender un cigarrillo, o de cagar. Aunque intente oponerse desde lo actitudinal, racionalizarlo, la mujer no puede. Es un imperativo categórico, una pulsión que se ha desatado y no puede ser frenada. La mujer precisa que la garchen, de inmediato.
Terminé mi vaso de cerveza, comí un puñado de maníes. Ella negó, de manera casi imperceptible, con la cabeza. Pero escuchaba con atención.
–Cuando me di cuenta de lo que ocurría, decidí verificarlo. He mirado fijo durante cuarenta segundos a la esposa de un amigo en una cena familiar y vi cómo cruzaba las piernas, una y otra vez, y se sonrojaba mientras se le erizaban los pezones. Lo he probado, he mirado a una adolescente en el colectivo y se empezó a frotar la cola contra el respaldo de un asiento, miré a una cajera de supermercado mientras me cobraba, la miré fijo y no pudo reprimir un jadeo de excitación, comenzó a salivar como un felino ante la presencia de un apetitoso churrasco. Las mujeres bajo mi mirada, casi sin darse cuenta, tienen la pulsión de tocarse la vagina, o se aprietan una teta, se frotan el cuello o las axilas y se van al baño, sienten un ingobernable calor en la parte interna de los muslos. Lo he probado yendo a ver ancianas internadas en algún geriátrico, en la sala de espera de terapia intensiva de los hospitales. Lo he probado con prostitutas avezadas e inconmovibles luego de diez o quince años de profesión. Les decía que se sienten menos de un minuto y las miraba a los ojos. Me decían, azoradas, ‘es la primera vez que me pasa, me agarraron ganas de coger’.
–Mirá –dijo ella, y levantó la vista de la mesa, dejó de revolver lo que quedaba de su jugo–. Ahora te estoy mirando, y a mí no me pasa nada.
–Justamente eso te quería decir –sonreí, apenas–. Se nota que estás mal.

14.2.18

No es lo que vos creés


Cuando estás boca arriba, cuando vas boca arriba, en la camilla, llevado por dos indiferentes enfermeros que no tendrían mayores inconvenientes en sodomizarte o cortarte con una moladora y guardar los pedazos, tus pedazos, vos, en una bolsa de residuos de consorcio, primero, en el baúl de un automóvil, después. Cuando te llevan al quirófano y lo único que ves son una hilera de luces en el techo y sentís un frío como aquella vez que estabas en el muelle en Miramar y pegó una ola venida de quién sabe dónde y te empapó. Cuando abren las puertas del quirófano y sentís el olor a desinfectante, bueno, no tiene mayor importancia si Andrea no quiso bailar con vos ese lento en sexto grado, si Gabriela te dijo que sos una basura humana, lo peor que le pasó en la vida, una bestia egoísta y sin alma, tampoco importa muy bien porqué Mónica te dejó.
​Cuando estás en el dentista, transpirando como un chancho pecarí que oye los ladridos de la jauría de perros y corre por su vida, y el dentista dice ‘bueno, abra bien la boca’, y ves, aunque tenés los ojos cerrados pero ves, aunque no querés ver pero ves, el tamaño de la aguja, y sentís el pinchazo, la encía cede y el metal cumple su función. Y todavía no se duerme nada, todavía persiste el dolor como un rayo cruzando la noche en medio del mar. Cuando duele, cuando sigue doliendo y uno descubre que quizás tu ser no fue del todo bien diseñado para el dolor, bueno, no importa porqué al tipo se le ocurrió dar marcha atrás sin mirar por el espejo retrovisor y hubo ruido de cristales rotos y te bajaste del auto y no podías creer lo que veías, con lo que te costó juntar la plata para comprar ese automóvil, cómo quedó el capot.
​Cuando estás sentado, y te das cuenta que sentado se te nota más todavía la panza, que hay un espejo de costado en alguna pared, y te ves el pelo, lo que le pasó a tu pelo, a tu rostro, lo que hizo la vida con vos. Cuando el médico levanta la radiografía o los análisis o el estudio, y se acomoda los lentes o niega de manera casi imperceptible, pero niega con la cabeza y dice ‘mmm’, o ‘ajá’, o ‘vamos a tener que ver’. Bueno, entonces no importa demasiado si te echaron del trabajo porque el salame de Ostolaza quería darle la subgerencia a la piba que se estaba cogiendo, si al toque de mudarte a ese departamento en Villa del Parque se pusieron a construir una torre que te dejó más encerrado que un hámster en una caja de zapatos, si no nevó ni un solo día cada vez que fuiste a Bariloche, y llovió todos los días que pasaste en Buzios.
​Cuando te parece que estás en peligro, cuando sentís que te vas a morir o cuando te duele algo, ahí te das cuenta que tu vida, aquello que podríamos denominar tu vida, los hechos que la definen y la marcaron, carecen de relevancia.
​Quizás sea el objetivo de las desgracias. Su justificación.

7.2.18

Nociones de balística


Quizás no sea bueno que lo sepas pero te lo cuento igual.
Busco una metáfora y pienso, no sé, en arcos y flechas, en catapultas, en conceptos como ‘retropropulsión’. Tampoco tengo nociones de balística.
Adónde voy con todo esto. Ah, sí. Lo que te sale mal, lo que querés evitar, el fracaso por llamarlo de algún modo, que te asusta y te molesta desde que sos chico. Desde siempre. Bueno. La longitud de onda, tu vuelo más alto, lo que serás capaz de ser, depende de eso. Tu éxito, lo mejor de tu vida o lo mejor de vos, llamalo como más te guste, depende y se alimenta de ese combustible basal, intrínseco. De tu fracaso.
Por eso te decía lo del arco y la flecha, como si lo que lograra tensar el arco, hacia atrás, fuera justamente lo que te permitirá llegar más lejos. Más alto.
El fracaso es la llamarada del cohete, lo que te impulsa, la energía, el motor. Lo contrario, para que lo entiendas, para que te ubiques, es lo que sucede tan a menudo, en Hollywood. Lo que podríamos denominar el ‘Síndrome Culkin’, por aquel niñito que se hizo famoso con películas como ‘Mi pobre angelito’.
Si sos un niño prodigio, si tenés once años o doce y brillás como un sol, bueno. No hay otro remedio, será breve, pasada la adolescencia nomás te volverás un imbécil rematado, absoluto. Se te caerá un reflector en la cabeza que te dejará tonto, o te picará un escorpión en el baño de tu casa. En los huevos, claro, y te dejará los huevos como dos damascos. Puede que se te desate una alergia a las milanesas que te haga crecer las orejas hasta los hombros.
No hay manera, no tenés el fuego del cohete que te impulse. No podés llegar a ningún lado. Ocurrió todo demasiado pronto, fue casualidad.
También puede suceder, lo admito y merece ser tenido en cuenta, que acumules fracasos, uno tras otro, que tengas la energía para llegar a la luna en patineta y aún así tu nave no despegue. Que fracases y vuelvas a fracasar, que nada bueno suceda con tu vida. Nunca.
Pero en cualquier caso, como si se tratara de un caso de abstinencia sexual no deseada (mi especialidad, por cierto), conviene ir por ahí pensando que uno tiene el arma cargada. Que ni bien se presente la oportunidad serías capaz de partir azulejos con la garompa. Para qué pensar que nadie te quiere abrazar desde hace quién sabe cuánto tiempo. Que quizás seas un repugnante ser y eso sea todo. Un asco.

28.1.18

Delfín de peluche


Mariana tiene una hija, una pequeña hija que se llama Lucía. Lucía tiene casi dos años.
Mariana baja todas las tardes a hacer las compras para la cena. Juan Pablo suele llegar a casa a eso de las ocho. Lo espera Mariana, Lucía, que es su sol, y una cena caliente.
Mariana va por la calle a la pescadería. Empuja el carrito con Lucía, que balbucea, señala algo que le llama la atención, y ríe también.
Lucía tiene un pequeño peluche en forma de delfín. Lucía no suelta ese pequeño peluche ni para dormir. El delfín se llama ‘Pepo’, o quizás sean esas las sílabas que Lucía consigue pronunciar.
Va Mariana, por la calle, empuja el carro con Lucía, presta atención al tránsito, algún bocinazo. Está por llover.
Lucía se distrae, algo llama su atención. La calle, los ruidos, los olores, el movimiento. Al bajar un cordón de la vereda, a Lucía se le cae Pepo, su delfín de peluche. Y ni lo advierte, así va ella, entusiasmada por el mundo que ve. Mariana, con tantas cosas en la cabeza, todavía debe volver y bañar a Lucía antes de la cena, ha dejado las papas en el horno, debe llamar a su mamá, en fin. No advierte que a la niña se le ha caído su peluche.

Una mujer, que espera para tomar un colectivo, deja pasar diez segundos. Toma el peluche, y lo guarda en su cartera.
El diariero, que ha visto la escena, la secuencia, al igual que la mujer, le dice algo.
–Es de la nena, se le cayó –dice el diariero, y señala a Mariana, al carrito donde va Lucía, que ha seguido avanzando y está, pongamos, a escasos diez metros.
–Sí –dice la mujer. Y sube al colectivo con el peluche en su cartera, el delfín llamado Pepo. Y se va.
Yo estoy sentado en un bar y acabo de ver toda la escena desde el ventanal. Sé, con inusual claridad, que el mundo no tiene mayor sentido. No hay posibilidad de redención, estamos perdidos.
El mozo desde la barra me mira y se pregunta qué carajo hago ahí todas las tardes, sentado con un cuaderno y una birome. Estos boludos que no tienen nada para hacer.

21.1.18

Derechito al futuro


Lo leí, lo dijo un filósofo francés (supongo que la mayoría de los filósofos son franceses, para ser filósofo tenés que tener tiempo para boludear), la idea me pareció brillante.
¿Cuál es la idea? Ah, sí, me distraje. Disculpame.
Cada salto tecnológico tiene su accidente específico. Esa es la idea, una genialidad que roza la tautología y quizás por eso, por ser tan evidente, no se percibe.
Sería de lo que no se habla, mientras todo el mundo se lanza a devorar las maravillas de lo inventado, a usarlo o a ganar dinero con eso, a sentir que ahora sí todo va a ser mejor. Distinto.
Por ejemplo, se inventan los aviones. Una verdadera revolución en lo que se refiere al transporte, a recorrer distancias, una maravilla. Pero junto con los aviones, mirá vos, se inventan los accidentes de aviones. Quiero decir, los aviones se caen, se pueden caer. Parece tonto decirlo pero, mientras no existían los aviones, no se caían. No se filmaba la película ‘aeropuerto’. No había que pensar cómo hacer para darle de comer, a la gente, en el aire. Y que pudieran cagar, sí, también en el aire, por supuesto.
Otro ejemplo. Antes querías decirle algo, algo a alguien que vivía en otra parte, y le mandabas una carta. La carta tardaba tres días, una semana. Llegaban, las cartas, del otro lado alguien las leía, las contestaba, pasaban otros tres días. Ahora mandás un mail, chateás online, con camarita y todo, ves a la otra persona del otro lado del planeta, la conversación sucede. Y en cinco minutos exprimiste lo que antes sucedía no sé, en tres meses. Eso lleva a que digas una tira de imbecilidades y que te contesten y que creas que estás conectado y que chequees el mail setenta y cuatro veces por día y que twittees una foto de la gorda que trota en la cinta al lado tuyo o de tu perro Ulises rascándose el culo y que no entiendas nada de nada. Ni lo que preguntaste ni lo que te respondieron. La comunicación es como un aire acondicionado que funciona mal. Ruido, básicamente.
Y así podríamos seguir, si querés, doscientos o trescientos años para atrás. Cada salto tecnológico, cada nuevo accidente específico. Pero si te fijás bien hay algo que subyace, algo que no cambió y se mantuvo constante a lo largo del tiempo. Es la insondable boludez humana. Todo lo demás no ha sido otra cosa que acelerar las partículas, las moléculas. Los protones.

14.1.18

Así como te lo estoy contando


algo se rompe
del mecanismo
y ya está.

es la cuerda del reloj
es la tapa del frasco de
mayonesa
del amor.

lo que funciona deja de funcionar
lo que funciona deja de funcionar
y es tan triste. no busques explicación.
perdiendo la gracia
podríamos decir.

7.1.18

No me lo esperaba


Me di cuenta en el subte. Iba de lunes a viernes al centro, a morir (y a matar) por unas pocas monedas. Te venis grande y algo tenés que hacer para ganarte la vida, salvo que sepas tocar el bandoneón o te hayan convocado para jugar en los Toronto Raptors. No era mi caso.
Viajar en subte es la muerte desde ya, es el horror de estar vivo, es todo lo malo de este mundo y es un poco más y tenés que entender que te lo merecés porque bueno, porque no sabés hacer nada y punto.
Lo que hacía yo, durante el viaje en subte, era tratar de cerrar los ojos por dos estaciones o tres, respirar, sentir la respiración. Había leído libros que decían que eso, respirar y nada más, lograba calmar la mente. Pero a mí no me calmaba un pomo, pensaba, pensaba todo el tiempo en qué esquina de la vida había doblado tan mal para que todo se fuera al mismísimo carajo.
Abrí los ojos, estábamos en la estación Pueyrredón y se me ocurrió mirar, justo antes que arrancara el subte. Miré, desde una punta del vagón, hacia la otra punta del vagón. Todos, la gente, los que viajaban, cada uno metido en su teléfono. Estaban la tribu de los adoradores del candy crush, las chicas que miraban fotos, fotos de playas y tragos servidos en grandes copones con sombrillitas, fotos de perros y gatos y más chicas en bikini, ellas mismas o quizás otras chicas, haciendo trompita con la boca en paraísos con artificiales palmeras o terrazas con módicas pelopinchos. Estaban los que cabeceaban, epileptoides movimientos al ritmo de la inimaginable mierda musical que les reventaba los oídos a través de modernos auriculares con o sin cables, estaban los que sacaban la lengua o sonreían mientras tipeaban mensajitos plagados de emoticones que al parecer lograban expresar lo que ellos no sabían sentir ni mucho menos escribir, y así.
Me sonó la campanita, hubo un click. En el ahora, en el momento real, en el presente por decirlo de algún modo hecho de espacio y de tiempo y de la más pura nada, no había quedado nadie. Todo el mundo se había ido pantallita mediante a otra parte. La vida se había vuelto tan intolerable que la gente no había tenido más remedio que escapar.
Podría haberme desnudado ahí y frotarme el torso con un pedazo de trescientos gramos de dulce de membrillo, o bajarme los pantalones y ponerme a defecar en cuclillas, nadie se hubiera dado cuenta. No había más nadie, todos se habían ido a Multimedialandia.
Salí a la calle, caminé por Florida y era lo mismo. Había cuerpos, sí, pero como objetos, como cosas, la gente estaba enchufada a algo, la mirada vacía, no había nadie adentro, no estaban ahí.
Y me empecé a sentir genial, después de tanto tiempo. Me di cuenta que el momento presente se había vuelto el lugar más cómodo del mundo, tranquilo y apacible, como caminar en invierno por la playa y meter las patitas en el mar.

28.12.17

Algunas cosas que tenés que saber antes de salir a la calle

La billetera buscala donde la perdiste.
No me cuentes tu vida. No le cuentes tu vida a nadie, salvo que te pregunten. Tu vida tiene la relevancia de un pedo en una tormenta eléctrica.
Cada tanto, en medio de una conversación sobre cualquier tema, podés decir ‘la naturaleza no tiene ángulos rectos’, o ‘el universo no fabrica ángulos rectos’. Eso te transformará de inmediato en una persona interesante.
Entre los problemas de la abundancia y los problemas de la escasez, prefiero los problemas de la abundancia.
No confundas conveniencia personal con orden universal, no jodas más con eso.
No trates de tener razón, todo el mundo tiene excelentes motivos para hacer lo que hacen. Así funciona el planeta tierra.
El subte viene lleno.
Todo lo que te parecía importante en algún momento dejará de serlo. Y cuando llegue ese momento no lo vas a poder creer, yo sé lo que te digo.
No existe un ránking de tragedias.
El criterio es la alegría.

*ah, y que nos vaya bien a todos.

21.12.17

La búsqueda del tesoro


A veces voy al subterráneo, temprano, entre las ocho y las nueve de la mañana. Bajo al andén, en cualquier estación, del lado de enfrente al que está todo el mundo. La gente va para el centro. Me siento en el andén, en un banco o en el piso, apoyo la espalda contra la pared. Me quedo quince o veinte minutos viendo pasar los subtes. Llega más gente, enfrente, y más gente, es la hora pico. Yo enciendo un cigarrillo, una vez se me acerco alguien, otro pasajero supongo, y me dijo ‘señor, no se puede fumar acá’. No le dije nada, ni lo miré, seguí fumando.
A veces voy a la cancha de River o al club Obras Sanitarias, un sábado a la tarde. Antes leí en el diario que hay un recital, que vino a la Argentina AC DC o Luis Miguel o un hiphopero portorriqueño que usa el pelo muy cortito y como pegoteado a la cabeza y dice muchas veces ‘pana’ o ‘broder’ o ‘vaina’ y canta canciones donde dice todo lo que le va a hacer a una determinada mujer, pero lo que exuda, lo que transmite, es que quiere ser sodomizado por un chino, por un negro, por un enano, por un chino negro enano de ser posible. Dicen que es el recital del año. Me pongo en la fila, tres o hasta cinco horas antes, me apretujo con la gente bajo la lluvia, las chicas gritan por cualquier cosa, alguien se agarra a trompadas con otro alguien, hay olor a faso. Me quedo un par de horas y cuando finalmente estoy por llegar a la puerta, cruzar el control, me aparto como si estuviera esperando a una persona o me hubiera olvidado de comprar papel higiénico.
A veces voy algún domingo a la mañana a Palermo, donde está anunciada una maratón, miles de persona echando humito por la boca. El chuic chuic de las zapatillas preparándose para masticar el asfalto. Hay saludos, una clase de furia contenida, algunos africanos que deben tener las porongas del tamaño de antebrazos humanos, chicas en calzas, casi puedo imaginar el olor de esos culos transpirados, esas chicas dispuestas a correr 21 kilómetros pero que serían incapaces de traerte un vaso de agua a la cama. Voy con ropa deportiva, me vuelvo a atar los cordones de las zapatillas, estiro un poco. Y me quedo sentado a un costado, al rato me voy a desayunar.
Y no, la verdad que no lo he logrado, lo admito, no pude encontrar nada que me interese, ni un poquito, en la vida. Pero no hacer nada de lo que hacés vos, no tener casi punto de contacto con vos, eso sí me sirve. Algo es algo.

14.12.17

Hacia el azul


Corría, corría por mi vida. Era la noche más oscura que yo pudiera recordar, y corría. Estaba agitado, sudoroso, una leve brisa se mezclaba con el sudor y me enfriaba el cuerpo. Sentía arañazos, las ramas me rozaban la frente o la boca o el cuello o la nariz, sentía los raspones pero sabía que la única opción era continuar, seguir.
Debía escapar, una sensación que no podía ni necesitaba ser verbalizada. Tenía que escapar, tan angustiante, tan indefectible. Me dolían los pies, los desnudos pies, y sobre todo las rodillas.
Correr porque en eso te va la vida, correr y al mismo tiempo saber que no vas a poder, que tu esfuerzo no será suficiente. Que en algún momento, en algún cada vez más cercano momento vas a desfallecer, vas a caer, exhausto, exánime, famélico, y entonces todo habrá sido en vano.
Insistir, seguir, con esa terquedad que iba más allá de toda explicación. La obstinación de ser, de seguir siendo, ‘la tentación de existir’, había escrito alguna vez Cioran. Se me vino la frase a la mente, qué buen título.
Pero no podía, ya no podía. En el borde exacto de mis fuerzas, sentí un pinchazo, la espalda, justo en la base de la columna, me desinflé de un prolongado, lastimero suspiro. De rodillas, las manos hundiéndose en la fangosa superficie, bajé la cabeza.
Entonces abrí los ojos. No, no estaba durmiendo, qué durmiendo. Estaba cogiendo, con vos. Supe que no iba a poder completar la faena. Vos estabas ahí, echada sobre la cama. Era la muerte, era tan triste.

7.12.17

Café con leche con medialunas y tantas pero tantas maneras de contarlo


Fui a Pinamar fuera de temporada. Agosto, un frío del carajo. Tenía que vender un departamento que había dejado mi abuela. Cuarenta metros en un edificio cagado a palos pero bien ubicado, la inmobiliaria me había dicho que tenía un interesado. Habíamos pedido cien lucas, imposible, pero ochenta tenía que valer. Le tenía que dar la mitad a mis primos, pero cualquier cosa me servía. Me había quedado sin laburo y me había separado de Mónica hacía más de dos años y me seguía reclamando plata. Con la venta del departamento me enderezaba, quedaba nivelado, sacaba la cabecita del agua. Pagaba todo lo que debía y tiraba quizás seis meses. En seis meses algo se me tenía que ocurrir.
Había arreglado con el tipo de la inmobiliaria a las once, era viernes. Me había ido a pinamar el jueves, y pensaba quedarme hasta el lunes. Volver con el departamento vendido y la cabeza despejada.
Me desperté temprano, caminé por la playa. Me fui a desayunar a Innsbruck, el mundo no podía ser tan malo.
Pedí un café con leche con medialunas de manteca, hacía un frío del carajo y había algunos vivos que habían logrado escapar de la ciudad y vivían refugiados. Saben que no sos de ahí y te miran raro.
Entró una mujer, menos de treinta años. Con calzas de gimnasia y buzo cerrado hasta el cuello. Morocha, con lentes de sol, se notaba que estaba bárbara. Flaca, flequillito Stone, debía venir de hacer una clase de algo.
Se sacó los lentes como si buscara algo, una revista, una mesa, un conocido. Vino directo hacia mí.
–¿Juan? –Asentí–. Permiso –dijo y se sentó. Pidió un café, me pareció que el mozo la conocía. Se abrió un poco el cierre del buzo, parecía recién bañada y olía a perfume, algo floral y sutil, algo japonés, eso pensé.
–Qué decis, Juan. Acá estamos.
–Ehh –dije–. Disculpame, no sé quién sos.
–Mirá –dijo–. Pasaba y te vi y dije ¡no puede ser, Juan! En la secundaria nos conocimos. En un baile en la casa de Miguel. Nos miramos y supimos, como sólo dos adolescentes pueden saberlo, que éramos el uno para el otro. Nos fuimos al balcón, ¿te acordás? Nos besamos, compartimos un cigarrillo. Después viste cómo es, me fui a vivir a Entre Ríos, nos dejamos de ver, la vida. No me digas que te viniste a vivir a Pina porque me muero de alegría. Mirá dónde nos venimos a encontrar.
–Mirá –dije, tomé un sorbo de café con leche–. No sé. Estás bárbara, te invito a cenar, a vivir conmigo, lo que quieras. Pero lo que me estás contando no sucedió, no sé quién es Miguel. Si te hubiera dado un beso alguna vez te juro que me acordaría.
Se hizo una pausa, me tocó una mano por encima de la mesa.
–Bueno, tenés razón –dijo–. La verdad que ayer chocaste en la ruta, estás muerto. Terminá de desayunar y nos vamos, tenés que venir conmigo.

28.11.17

Una curiosa flor, una particular fragancia


Durante mucho tiempo estuve triste. Deprimido, asustado, con tag y toc y tctp (tachín tapún) y quién sabe qué más. Pero triste, básicamente, porque había descubierto que la vida no tenía el menor sentido. No, qué crisis de los cuarenta, yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once años.
​Pero me curé. Te cuento cómo me curé.
​Empecé a ir a un bar, a la mañana, a las nueve de la mañana más o menos. Un bar de barrio, un bar cualquiera. El asunto, entonces, es que iba a un bar y me pedía un café. Y me quedaba más de media hora, pero menos de una hora, cuarenta minutos ponele. Sin hacer un pomo, probaba un sorbo de café.
​Y prestaba atención, que no es mirar. A la gente que entraba al bar, las otras mesas. La parejita abrazada o que discutían casi a los gritos, el hombre de la notebook y la planilla de cálculos soñando con millonarios negocios, el hombre con el crucigrama robado que no le salía nunca, la mujer que se maquilla para la entrevista, la chica con auriculares leyendo ‘el perseguidor’.
​Listo, eso es todo lo que hacía, de lunes a viernes. Media hora, en un bar cualquiera. Y va sucediendo algo, se te va impregnando como una mancha. Te das cuenta que no te soportás, a vos, que tu vida es una verdadera mierda, un asco. Pero al mismo tiempo entendés que sería imposible, no sabrías cómo, no podrías ser ninguno de todos los demás.

21.11.17

Algo atípico


Podríamos decir, si es que es preciso decir algo, que existen, básicamente, dos tipos de personas.
Están aquellos sujetos más primitivos, faltos quizás de cierto refinamiento. Seres que se mueven por encima de la animalidad más pura pero no mucho más que eso. No poseen mayor inquietud artística, transitan la dureza de lo real. No desean tocar el piano ni el violín, y si vieran un Pollock se burlarían, preguntarían quién fue el bobo al que se le volcó la pintura. Son sujetos que carentes de dichas aptitudes y apetitos, sin embargo saben hacer asado, incluso matar a un jabalí. Saben cambiar las ruedas del automóvil y los cueritos de las canillas y todo tipo de lamparitas también. A falta de crear, saben hacer. Saben conducir una motocicleta y hacer la mezcla para pegar ladrillos y todo lo demás que pueda hacer falta para deambular por la curiosa superficie de la materialidad.
Después tenés otra clase de sujetos. Han conseguido cambiar de pantalla en el jueguito de la vida. Han advertido que la vida no puede ser sólo lo que parece ser, lavarse los dientes, pagar el gas. Esos sujetos componen sinfonías, escriben, tocan el violín. Vuelan por encima del resto de los mortales, el arte es su motor. Cantan o pintan o van al Colón a ver Ballet. Son sujetos que se han alejado de lo básico, les cuesta hacer un trámite bancario o estacionar un automóvil. Se pierden en los aeropuertos y se ponen nerviosos cuando deben comprar zapatos. Desearían que exista un mundo más amable y más sutil, más acorde con su sensibilidad.
Y después estoy yo. Me cuesta ir a una estación de servicio a cargar nafta, y no sabría ni cómo agarrar una guitarra. Pero me gusta el whisky y te puedo chupar la concha con una energía bien parecida al entusiasmo, eso sí.

14.11.17

Maestro Wu


Iba a las clases de chi kung, la verdad que me hacía bien. Había probado todo, yoga, tai chi, natación, terapia de grupo. Hasta un amigo me había llevado con él a tomar clases de salsa, decía que estaba lleno de minas.
Pero yo estaba triste, me había venido grande y parecía como si todas las posibilidades se hubieran ido como una luz debajo de una puerta. Mónica me había dejado, se había vuelto a su pueblo a trabajar con su hermana en la heladería de la familia. El trabajo era lo mismo, como viajar en tren por un paisaje desértico, las mismas caras en el subte, la comida en el centro con sabor a fracaso. Un día fui a comprar empanadas y cuando el pibe del mostrador me preguntó de qué gusto las quería le dije ‘da lo mismo flaco, las de carne son de pollo’, y me largué a llorar como un chico ante la atónita mirada de los que esperaban en la fila.
Fui a un psicólogo que me recomendaron, hablé un rato. El psicólogo usaba una camisa a cuadros bastante vieja y lentes gruesos. Me escuchó y me dijo ‘¿y usted qué cree que le pasa?’. Estoy triste, pelotudo, eso es lo que me pasa, le dije y no volví más.
Pasé un día por la puerta de una casa vieja, por Almagro, vi caracteres en chino. Daban clases de chi kung, empecé a ir. Era eso que hacen los chinos en los parques, se quedan quietos, con las piernas apenas flexionadas, o abrazando un imaginario árbol, o levantan un brazo. Y vos los ves y pensás ‘qué forros’, pero no. Parece que están lobotomizados, pero yo los veía y me transmitían una paz. Porque los veías y te dabas cuenta que habían entendido algo, que estaban tranquilos.
Empecé a ir, todo sencillito. Pocas explicaciones, cosas simples, los chinos tienen eso. Te enseñaban una posición y te tenías que quedar parado así, sin moverte, sin pensar, sintiendo la energía.
Y por curioso que parezca, a los tres meses me sentía un poco mejor. Me volvieron las ganas de coger, me había vuelto a reír.
Además el profesor, que era un chino bajito con la cabeza rapada, podía tener veinte años o mil, terminaba las clases con una frase, alguna semblanza. Y yo me volvía a casa energizado, tratando de entender el significado de las palabras que el profesor había dicho. Me calentaba algo en el hornito eléctrico, me tomaba media botella de vino y dormía como un bendito.
Terminaba el año, los alumnos organizaron un asado en la casa de una mujer que vivía en San Antonio de Padua. Tenía una casa con jardín, todos tenían que llevar algo, un ambiente de sana camaradería. Alguien fue a buscar al profesor, le preguntaron cuál era su plato preferido cuando vivía en su China natal. El profesor, como toda respuesta, se limitó a sonreír.
Ahí fuimos, había gaseosas y vino tinto. Una linda casa, las ensaladas sobre la mesa. Habían agregado a los bancos de madera una sillas de plástico. Una mujer había venido con el marido, otra con su pequeño hijo, éramos como veinte.
Primero empezaron a sacar unos sánguches de chorizo. La gente conversaba, alguien pidió un aplauso para la dueña de casa por recibirnos.
Los encargados del asado dijeron que ya estaba todo listo, que ya salía.
Alguien le pidió al maestro que dijera unas palabras.
Se puso de pie, el maestro Wu. Delgado y bajo, vestido con esas camisas de cuello mao tan características.
Nos miró a todos y después perdió la vista en algún lugar, más alto y más lejos. Sonrió apenas.
–El criterio es la alegría –dijo. Tenía un choripán en la mano, dio un mordisco.

7.11.17

Another Pereyra


Me fui una semana al sur. Necesitaba descansar, sentía que me estaba pasando por encima el Flechabus de la vida, no daba más. Me estaba viendo con una chica que había conocido unos diez años antes. Nos cruzamos por la calle, pareció contenta de verme otra vez, la invité a cenar.
La cosa fluía, ella estaba divorciada, yo me quería pegar un tiro en las pelotas como de costumbre. Se quedaba a dormir en casa los jueves, nos llevábamos bien.
Le dije que necesitaba descansar, quedarme mirando un lago y ver si se me lavaba un poco el bocho. Le pregunté si se podía tomar unos días en el trabajo, la invité, dijo que sí.
Reservé en un buen hotel en Villa la Angostura, la idea era hacer un par de caminatas, había estado varias veces y conocía buenos lugares para comer. Puede que Villa la Angostura fuera mi lugar en el mundo, o quizás fuera simplemente un lugar donde me sentía bien.
Avión a Bariloche, hotel de primera línea, buena comida, coger un poco. Al segundo día empecé a dormir siesta, para alguien que había tenido la crisis de los cuarenta a los once era una buenísima señal.
Pedí un taxi para que nos llevara hasta la base del cerro Bayo. La idea era subir al cerro, ver las cosas desde arriba, respirar un poco, pasear. Hacer tiempo hasta el mediodía para elegir adónde ir a comer.
Vino el auto, nos subimos. Le dije al conductor que nos llevara al Bayo. Salió a la ruta, era un precioso día de comienzos de Diciembre. Poca gente, todo fine.
–Disculpame –vi que el conductor me miraba por el espejito retrovisor. Me hablaba, a mí– ¿Juan?
–¿Eh? –Lo miré.
–Sí, sos Juan. Claro que sos Juan –dijo y golpeó el volante con una mano–. Soy Pereyra.
Lo miré.
–¡Pereyra! –Se rió–. Nos sentamos cerca en primer año de la secundaria. Hipólito Vieytes de Caballito. Después me cambié de colegio, nos fuimos a vivir a Entre Ríos.
–Pereyra –asentí–. Mirá vos.
–Sisi –dijo, aceleró–. Las vueltas de la vida, Juan.
–Increíble, la verdad –Le palmeé un hombro.
–Me acuerdo las clases de gimnasia. ¿Te acordás cómo nos rateábamos de física para ir a jugar al pool?
–Genial –dije–. Y comprábamos esos cigarrillos de mierda.
–¡Siii! –dijo Pereyra–. No sabíamos ni cómo fumar.
–Qué locura –dije yo.
–¿Y cuando nos íbamos a pelear contra los del Huergo?
–Sí –dije–. Había que pelearse, eh. No podías arrugar.
–Las peleas que se armaban –se reía, Pereyra, se pasó la mano por el pelo–. Todos contra todos, no sabías ni a quién le estabas pegando.
–Una barbaridad –dije–. Lo importante era pelearse. Después nos sentíamos genial.
Agarró una rotonda, Pereyra. Al rato dobló a la derecha, volvió a doblar.
–Bueno –dijo–. Llegamos.
–Bueno –le pagué, amagó con no aceptar–. Por favor, estás trabajando. Una alegría verte.
–Mirá dónde nos venimos a encontrar –dijo Pereyra. Ya habíamos bajado los dos del auto. Le di la mano a través de la ventanilla–. Cómo pasa el tiempo.
–La verdad –dije.
Se fue por el camino por el que nos había traído. Por suerte andaban los medios de elevación para subir al cerro. Arriba la vista era bellísima, te parecía que el aire te pinchaba los pulmones. Cuando mirás la naturaleza, algo que no haya sido tocado por la mano del hombre, te parece que la vida no es tan mala, que todavía tenés alguna posibilidad.
Al mediodía, mientras almorzábamos en una parrilla cerca del centro, Mónica me dijo.
–Qué loco, cómo te reconoció el conductor del taxi. Las vueltas de la vida.
–No lo conozco -dije, terminé mi vino de un trago–. No sé quién es, la verdad.

28.10.17

Chocolate suizo


Estábamos en la cocina, recién despiertos. Ella preparaba su té y mi café. La heladera hacía un ruido raro, como si tuviera moco en la garganta y no lograra escupirlo. Sacó del mueble sus galletitas que parecían pequeños trozos de tergopol, y una mermelada dietética que iba del naranja hacia el gris.
La miré, nunca había sido linda y definitivamente no sería joven. Antes de probar los primeros dos sorbos de café yo no decía palabra, era parte de la rutina. Hacía cinco años que vivíamos juntos, quizás más.
–Te miro –dije, pero no la miraba, miraba la ventaba que daba al contrafrente donde se veía del otro lado del decorado de la vida, húmedo, desprolijo, forever gris–, pero no se me ocurre ningún motivo por el cual deberíamos seguir juntos. Quiero decir que no nos interesa el sexo, es un mecanismo nomás que ejecutamos lo más rápido posible, como quien revisa antes de bañarse que el piloto del calefón continúa encendido. Y no hablamos, no tenemos absolutamente nada para decirnos, quizás nunca lo tuvimos.
Ella puso el queso untable y otra mermelada (la que comía yo) sobre la mesa, el olor del café llenó por un instante el vacío de la cocina. Gran cosa, el café. Seguí.
–No hay nada atrás que me interese en particular recordar, alguna noche en Pinamar quizás, en el casino cuando salió el ‘28’, el día que nació Ramirito. O el domingo ese que comimos helado de chocolate suizo y se me ocurrió tocarte con la cuchara un antebrazo. Y te reíste.
Sirvió el café, se sentó. Yo a la mañana comía una rebanada de pan con mermelada, a veces dos. Iba cambiando el sabor de la mermelada, cuando se acababa la de naranja, abría una de frutilla o de ciruelas, y así. Hizo ruido al apoyar un plato sobre la mesa.
–Y hacia adelante no hay nada –dije–. Veo el mismo trabajo de siempre, cada viaje en subte me mastica el alma, si se inventara una forma de poder revisar el alma, su estado. El doctor me diría que mi alma es una bolsa de esas que te dan en el supermercado, polietileno arrugado. Sólo queda esperar la vejez y la muerte, las desgracias que irán aumentando en intensidad hasta taparnos, hasta pasarnos por encima. Sabemos que la nariz del avión se puso para abajo y sólo queda esperar que se acelere la pendiente, la velocidad de caída. Como te dije, no se me ocurre ningún motivo por el cual deberíamos seguir juntos. Voy a ver si averiguo algo para alquilar, un departamentito por Chacarita o por Almagro, después pasaré a buscar mis cosas. Mi idea es pasar a ver a Ramiro los sábados así podés ir a ver a tu hermana, o tenés tiempo para salir con tus amigas.
–A la noche voy a hacer pastas –dijo ella–. Vos preferís los agnolottis, pero ayer en La Juvenil vi que había promoción de sorrentinos.
–Está buenísimo –dije–. Está muy bien.

21.10.17

Lo que me gustaría


yo quiero ser feliz y no me sale yo quiero ser feliz pero no puedo yo quiero ser feliz perdí la llave me atropelló el flechabus de los recuerdos.
yo quiero ser feliz y no sé cómo un chimpancé confuso frente a un piano que no entiende y no hay bananas Darwin me suena de algún lado.
yo quiero ser feliz como un conejo como una liebre una jirafa y dar consejos.
no ir arrastrando los huevos como dos garrafas. ya estoy viejo.

14.10.17

Todos los fuegos el fuego y dame dame fuego


Entre tantas cosas que tengo, entre la caspa y el odio tengo una hermana, mi hermana F. Mi hermana se casó joven, armó una familia. Su marido se llama M. Se casaron, dije, y comenzaron a remar la precaria canoa de sus vidas. Vino un hijo, y después otro más. Mi hermana F. se ocupaba de las tareas de la casa, mantenía impecable el pequeño departamento sobre la calle E, hacía las compras, cuidaba a los chiquitos que todavía eran casi bebés. M. trabajaba como un loco, tenía un local de venta de artículos de limpieza, pero sabía que no era suficiente y abría otro más, compraba un departamento hecho pelota, lo reacondicionaba y lo volvía a vender, sentía que tenía la fuerza de un coloso y la Argentina era pura oportunidad, o eso le parecía a él.
M. y F. soñaban con cambiar el auto, con ir de vacaciones a Brasil, tener es lo más parecido que se inventó a ser, mientras todos somos llevados por la cinta transportadora de la vida hacia la mismísima mierda sin excusas. Después de todo algo tenés que hacer mientras estás vivo, no se debe juzgar con excesiva dureza.
Debía ser martes.
Eran más de las ocho de de la mañana pero no las nueve todavía. M. ya se había ido a trabajar, F. tomaba un par de tibios mates mientras empezaban a despertarse los chicos, había que arrancar con la rutina de todos los días. La señora de la limpieza había empezado con los baños.
Y entonces F. sintió olor a quemado. Podía ser algo sin importancia, pero no, abrió el ventanal y se asomó al balcón. Humo, humo negro, el contrafrente se teñía de un gris oscuro. Alguien de otro piso gritó ‘¡Fuego!’. Venía de arriba, costaba respirar.
F. se asustó. Abrió la puerta del departamento, pero era peor. Venía humo del pasillo, de todos lados. Se oyó un portazo y más gritos, F. se dio cuenta que estaba asustada. Llamó por celular a M. Gritaba. Un incendio, le decía, no sé qué hacer. Y M. le preguntó por los chicos.
F. le dijo que los chicos estaban bien, que todavía dormían, que iba a intentar bajarlos a la calle por las escaleras y esperar en la vereda, porque el fuego parecía venir de arriba.
Y entonces F. se dio cuenta que no había escuchado bien, porque mientras iba y venía por el departamento, mientras se terminaba de poner un jean volvía a escuchar que M. le preguntaba por los chicos, por los chicos, pero no.
–¡Los cheques! –gritaba M. del otro lado de la línea– ¡Bajá los cheques!

7.10.17

Leo no suelta


Iba al gimnasio, era joven. A falta de algún talento específico, creía que desarrollar el cuerpo me permitiría imponerme de algún modo, abrirme paso. Te repito por las dudas, por si no entendiste. Era chico.
No, no te puedo decir a qué gimnasio iba, tres o cuatro veces por semana. Quería usar remeras ajustadas, que las chicas me miraran cuando iba a bailar, si no podía ser querido ser al menos temido. En fin.
Llegaba al gimnasio a las seis de la tarde, tenía fuerza y tenía el objetivo. Tenés que entender que los gimnasios de antes, no sé, hace veinte años, no estaban plagados de depilados maricas como ahora. Ni la gente se empastillaba hasta que los testículos les quedaran del tamaño de arvejas. La gente iba, saludada, hacían pesas, miraban el culo de alguna chica que hacía bicicleta fija.
A la hora que iba al gimnasio había poca gente. La gente más grande, la gente que trabajaba llegaba a partir de las siete de la tarde, y yo a más tardar a las ocho me iba. Así que nos conocíamos, los que llegábamos en el horario de la tarde. Un par de jugadores de rugby, un tipo de bigotes tirando a gordo y con el pelo teñido de un color inadmisible, un pibe en cueros muy atlético que hacía sólo ejercicios con el peso de su propio cuerpo, flexiones, barra, paralelas para los tríceps, decían que era luchador.
Y estaba Leo. Leo era un chico con síndrome de down, pero no era un chico. Debía tener treinta años o más, imposible saberlo. La expresión tan particular en el rostro, tan característica, algo de espuma en la boca, la mirada perdida. Empastillado, bajado en vueltas, la madre venía al club a hacer alguna clase de gimnasia y lo dejaba tirado ahí por un par de horas. Los profesores lo dejaban sentarse en la entrada, le daban galletitas. Cada tanto, Leo imitaba a alguien que hacía un ejercicio, hablaba pero costaba entenderlo, se le trababa la lengua. Todos los que llegaban lo saludaban, y si Leo preguntaba algo le tenían paciencia. Era parte del elenco estable, lo querían.
Sucedió, lo que quería contar, un día cualquiera, ponele un martes, en el gimnasio había más gente que de costumbre, era verano. El profesor había ido hasta la pileta a merendar con el guardavidas y ver chicas en malla.
Yo estaba acostado haciendo abdominales, escuché gritos. Era Leo. Gritaba, aullaba de dolor, no decía nada específico. Tardé en incorporarme, fui al sector de donde provenían los gritos.
Entonces lo vi.
Estaba colgado, Leo, de la barra para hacer dorsales. Con ambas manos, como podía. Debía haber visto a alguien haciendo el ejercicio y lo había imitado. Pero. No podía soltarse.
Alto, alto, el asunto era más complejo. Colgado de la barra debía estar, como mucho, sus pies, a treinta centímetros del piso. Lo único que tenía que hacer era soltarse, abrir las manos, no había forma que se lastimara. La altura que lo separaba del piso era la altura de un par de escalones, pero entonces entendí. Leo no podía procesar la orden. Le dolían las manos, le dolía todo el cuerpo por el esfuerzo, y no lograba entender que si abría las manos de pronto aparecería otra vez sobre el piso.
Se habían juntado dos o tres personas.
–¡Bajate, Leo!
–¡Soltate! ¡Abrí las manos!
La escena era horrible y graciosa a la vez. Al final, lo agarraron entre dos, le sostuvieron el cuerpo abrazándolo, y un tercero subido a un banquito logró abrirle los dedos para que soltara la barra, uno por uno.
Lograron ponerlo otra vez sobre el piso, Leo dejó de gritar.
Al rato nos olvidamos de Leo, alguien le dio un vaso con Coca Cola y le limpió la cara con una toalla. Cada uno siguió con lo suyo.
Pero yo me quedé pensando que la situación había sido de lo más curiosa, todo el problema, porque Leo no había entendido que debía soltarse. Soltarse y nada más. Años después nos tocaría darnos cuenta que todos haríamos, de algún modo, lo mismo. Que todos seríamos tarde o temprano una clase de Leo, con el tiempo vas entendiendo.

28.9.17

El secreto de la felicidad


–La mente es un mecanismo diseñado para ir hacia atrás o hacia delante –dije–. Somos un autito chocador hecho de mente, ese es el problema.
Estábamos tomando algo en un bar sobre la calle Paraná. Ella se había pedido un daiquiri de frutilla, yo fui al whisky. Debían ser casi las diez de la noche y ella había preferido ir a tomar algo en lugar de ir a cenar. Dijo que no tenía hambre, a mí me daba igual.
–La mente va hacia delante –dije–. La mente corre hacia delante como si el futuro existiera, como si el momento por venir pudiera de algún modo ser más satisfactorio que el actual. Es un mecanismo de escape, involuntario por cierto, pero te hace moco. De ahí brota el stress, la ansiedad en cualquiera de sus formas. Y el miedo a lo desconocido, por supuesto.
Ella tenía buenas tetas, se veía por debajo de su camisa que había unas tetas firmes, no excesivas. Se podía percibir el contorno de los pezones, gruesos, en relieve, unos pezones gorditos quizás de un rosa pálido, muy pálido, entre el rosa y el beige. Unos pezones que ya casi no se fabrican.
–La mente marcha hacia atrás –dije–. La mente se pega un loop hacia atrás, todo el tiempo. Va y revuelve el inmodificable pasado como una rata metiendo el hocico en una bolsa de residuos. El pasado te trajo hasta acá, claro que sí, pero el pasado no sos vos, como si miraras algo que fue escrito en el agua. Confundirse con el propio pasado es creer que eso te define, que el pasado va a levantar la mano para reclamarte tal o cual cosa, ahí tenés una verdadera tragedia. Eso genera baldazos de angustia, nubarrones de tristeza que parece que no se van a ir nunca. Una ducha de melancolía.
Ella probó un dadito de queso. Jugó, con la yema de un dedo anular, a pescar la cascarita de un maní. Tenía piernas largas, y buenos tobillos. Le quedaba bárbaro andar así, como si se hubiera puesto cualquier cosa, un gastado jean. Como si no prestara demasiada atención a su aspecto, la belleza de la displicencia. Culito compacto, cabello corto peinado al descuido.
–Por eso hay que lograr parar la mente –dije–. Ahí está el secreto de la felicidad. Entender de una buena vez que la mente no es un objeto, es una acción. Entendés eso y tu vida cambia. Ni pasado ni futuro, estar acá, forever acá, en esta intersección de espacio-tiempo hecha del más puro presente.
Terminé mi whisky. Miré por la ventana. La ciudad aflojaba un poco su caudal de locura. Un tipo pasó con su perro. Tironeaba de la correa y le recriminaba algo al animal, algo relativo a su comportamiento. El animal lo miraba como si quisiera entender.
–Me encanta lo que decís –djjo ella–. Pero ni sueñes que me vaya a coger con vos. No me gustás, Juan.

21.9.17

Este asqueroso mundo


Debían ser las dos de la mañana, más o menos, quizás más. Iba caminando por Chacarita. Había estado cogiendo con una chica flaca como un alambre y el flujo vaginal excesivamente fuerte. O quizás no, quizás había estado en un cumpleaños donde me sirvieron un whisky berretísimo, un whisky nacional que yo no tomaba desde que había tenido veinte años, y había tenido veinte años hacía muchísimo tiempo. O las dos cosas, eso sentí cuando me olí los dedos de la mano izquierda.
Palpé los bolsillos, tenía la billetera, bien. Encontré el celular, apagado, sin la batería. Me faltaba el reloj, también, y tenía algo de sangre reseca en la frente, como si me hubieran cruzado la cara de un rasguño. Quizás había peleado con alguien por algún motivo que no lograba recordar y que sería igualmente válido ni bien lo recordara. Siempre había motivos para pelearse con alguien, de eso se trataba estar vivo.
Tenía hambre. Estaba a media cuadra del Imperio. Decidí ir, comer dos porciones de fugazzeta, tomar una cerveza, irme a dormir. Tener un plan me hizo sentir mejor, muchísimo mejor. ¿Tenía las llaves? Decidí no fijarme hasta estar de vuelta en la puerta de mi casa, para no amargarme. Haber sido un fantástico jugador de ajedrez durante la adolescencia me había dejado el triste don de preocuparme por anticipado, tratar de ver tres movidas adelante, no mucho más que eso. Primero la pizza, después ya vería.
Entré, fui a la barra, pedí, Isenbeck de litro, dos porciones de fugazzeta, una fainá, el mundo comenzaba a ordenarse.
Un hombre entró y salió. No, está mal dicho, el hombre ya estaba adentro, comiendo en la barra también, cerca de mí. Salió y entró, con la porción que estaba comiendo en la mano, masticando. Me fijé. El hombre había dejado encadenado a su perro, afuera, a un poste de luz. El perro ladraba, hacía una especie de lobuno aullido que se iba apagando. El hombre había salido y se había quedado de pie, a un metro del animal, con un dedo en alto.
–¡Chsss! –Había dicho el hombre, y había dado un mordisco a su porción de napolitana. El perro miraba la pizza y aullaba de perruno dolor, casi al borde del estrangulamiento por la correa que le impedía avanzar, muerto de hambre.
El hombre volvió a entrar, indiferente, masticando. Llegó a la barra y bebió su vaso de vino en dos tragos. Me pareció que sonreía.
Me enfurecí. Ese tipo dejaba a su perro afuera, con frío, con hambre, y seguía comiendo, devorando una porción de pizza en tres bocados.
Agarré una de mis porciones de fugazzeta y salí, con la porción rebosante de delicioso queso apoyada sobre la palma de la mano.
–Hola, picho –me puse en cuclillas, el perro movió la cola–. Qué vida de mierda ¿no? Tomá.
Puse la porción de pizza sobre la vereda.
El perro la olió, luego la ignoró por completo. Retrocedió un paso.
–No le gusta la pizza –de atrás me hablaba el tipo, con la boca llena–. Pero si le das un pedacito de alfajor por ahí lo come. También la gusta la provoleta y las achuras, ni pastas ni pollo. Si le ofrecés pollo te mira como si le hubieras dado una patada en el hocico. Y helado come solo de vainilla. Es raro.

14.9.17

El peral y la nube


La historia que quería contar es más o menos, siempre más o menos porque la vida es más o menos, así.
El hombre se llamaba G. Va al médico, y en los análisis le cantan la vacía. Enfermedad de las terribles, tiene la papescu. No hace falta entrar en detalles, pero se tenía que operar primero, rayos después, ver cómo seguir. Entrás en la maquinola de los médicos como un lobo que aúlla y aúlla pero que sabe que le va a costar volver a mover esa pata.
Y por trabajo, con la intervención programada para el mes siguiente, tuvo que viajar a la provincia de Mendoza. Como después de las reuniones y de atender algunos clientes no tenía nada para hacer y la tristeza lo tapaba como una manta polar, antes de volver al hotel a dormir tomaba un café, caminaba un poco.
Ve una casa antigua, que también era un museo. No, no puedo decir el nombre del museo y tampoco importa. Y ve un cuadro. No sabe por qué, jamás tuvo la más puta idea de pintura, carecía de la menor inquietud artística.
Pero se detiene ante un cuadro. El cuadro se llamaba ‘El peral y la nube’, de Fader. Algo lo atrapa, mira el cuadro, se queda allí, frente al cuadro, unos diez o quince minutos. Descubre que hay belleza en el universo sin importar lo que a uno le pase. Frente al cuadro, G. llora.
Después, corre la cinta transportadora de la vida. G. se opera, G. se aplica rayos, G. se hace análisis y le dicen que no quedan rastros de la enfermedad. La vida continúa.
Y ha pasado más de un año pero menos de dos. G. decide ir en auto a Mendoza, llevar de paseo a su familia. A su mujer, y a sus dos hijas ya adolescentes.
Les ha contado a los suyos que además de ir a una moderna cabaña, a visitar las bodegas y andar a caballo, van a pasar por un museo. Les ha contado la historia de ‘El peral y la nube’ ante el cual lloró cuando pensó que se moría. Hizo una promesa aquella vez: si se salvaba, volvería.
Y ha vuelto. Le dice a su mujer y a sus hijas que bajen, él estaciona el auto y vuelve. Se agarra la cabeza, sonríe.
Cuando deja el auto y vuelve lo aguarda su familia en la puerta del museo. Le dicen entre risas que el cuadro no está más. Él no les cree, piensa que le están haciendo un chiste. Pregunta en un mostrador, pide hablar con un superior. Logra que lo atiendan.
Le explican que el cuadro fue vendido a una colección privada. No, no saben quién lo compró. No se podrá ver, el cuadro, nunca más.
Entonces G. le dice a su familia que lo esperen un momento, que se olvidó algo en el auto, la billetera, el celular.
Vuelve al auto, G., y se va. Sale de la ciudad, vuelve a la ruta, a cualquier ruta hacia cualquier parte. Tira el celular por la ventanilla, G. Se va.

7.9.17

Y sí


Cada tanto se me acerca alguien en la calle. Puede ser una mujer, usa un pulóver con botones y el cabello a la altura de los hombros. Yo acabo de comprar un alfajor en un kiosco cualquiera, o caramelos de eucalipto.
–Te odio, hijo de puta –me dice la mujer, los puños apretados, un feo rictus le tuerce un poco el rostro–. Me arruinaste la vida.
O se me acerca un señor, algo mayor, tiene el marco de los anteojos, una de las patillas, pegada con cinta adhesiva, y lleva un gastado maletín.
–Qué tipo hijo de puta sos –me dice–. Cómo nos cagaste a todos.
Los demás encuentros, en un bar mientras tomo un aguachento café, o en el andén del subte, son variaciones por el estilo. Alguna mujer que se larga a llorar a moco tendido, alguien que me larga una desprolija trompada o una enfática escupida.
Y yo no los conozco, la verdad, tengo buena memoria, sé que jamás los vi en mi vida. Pero ni me molesto en decir nada, no hay mucho que aclarar. De seguro me recriminan cosas que alguna vez he pensado hacer.

28.8.17

JC deja la filosofía


Hace mucho tiempo tenía un amigo, mi amigo JC. Nos habíamos conocido y nos gustaba charlar, tomar café. Íbamos a comer a Pippo de Montevideo los viernes a la noche. Comíamos vermicelli con tuco y pesto, longaniza de entrada. Tomábamos vino Norton y nos parecía que el mundo era un maravilloso abanico repleto de posibilidades. Pero me fui de tema.
El asunto es que mi amigo JC había querido ser filósofo. Y contaba, al respecto, una anécdota.
Mi amigo JC estudiaba filosofía. Iba a la facultad con alegría, con interés, la filosofía era su pasión. Leía a los filósofos de la antigüedad. Leía a Sócrates y a Platón, a Spinoza, a Kant. Leía a Heiddeger, soñaba con cruzarse en la calle con Foucault.
Y mientras estudiaba trabajaba en una librería, iba a sus clases, leía, leía todo lo que podía como si se tratara de un animal con sed. Quería ser filósofo, esa era su vida.
Hasta que. Estaba cursando una materia, no, no sé qué materia. Ya tenía más de tres años de carrera adentro. La materia que estaba cursando era genial, le abría un mundo tan anhelado como nuevo. Y la profesora era una mujer que parecía saberlo todo. Tenía las respuestas, lo guiaba. Le mostraba nuevos caminos dentro de las procelosas aguas del saber.
La materia que estaba cursando finalizaba con una investigación, un trabajo. El trabajo tenía una fecha de entrega. Así suelen funcionar las cosas cuando uno estudia, filosofía o cualquier otra carrera.
Y JC sintió que en esa materia, en ese trabajo final, se jugaba su destino. Se aplicó, escribió, investigó tanto, que se quedó sin tiempo. Quería mostrar todo lo que tenía para dar, lo serio que era para él el asunto. Así que le dijo a la profesora, que había dicho que los trabajos debían ser entregados el siguiente miércoles, que no le alcanzaba el plazo.
La mujer lo venía estudiando en su comportamiento, reconoció la llama más genuina. Le dijo que no se preocupara, que le alcanzara el trabajo a su casa, a la casa de ella, el sábado a la mañana, o el domingo. JC anotó la dirección, agradecido.
El domingo a la mañana, con el trabajo prolijamente ensobrado, JC fue a la dirección que le había dado la profesora. Era poco más de las diez de la mañana, tocó timbre.
La dirección era en un precario edificio por el barrio de Constitución. En la puerta había un sujeto semidesmayado, con pinta de haber recibido un botellazo en la cabeza. La entrada del edificio estaba cubierta de vómito, y había un penetrante olor a pis.
–Ah, sí –dijo la mujer por el portero eléctrico–. Ahí bajo a abrirte.
Y bajó. Estaba con unas chancletas y medias de lana, un camisón bastante sucio. Despeinada, los lentes caídos sobre la nariz. La mujer lo hizo pasar, le ofreció té.
Ahí termina la historia. Pero no termina todavía.
Contaba JC que lo que vio esa mañana, la cocina con los azulejos verde agua resquebrajados, la canilla que goteaba, un despanzurrado sillón en el comedor. Los libros con los lomos destrozados, parte de la dentadura de la mujer en un vaso, platos sin lavar. El camisón al que le faltaban un par de botones permitía atisbar el azulado pecho. JC vio todo eso, vio, por decirlo de algún modo, el otro lado de la filosofía. Y el lunes largó la carrera. No fue más. Decidió, aunque la palabra, el verbo, no era decidir, sintió que no iba a ser filósofo. No era eso lo que quería.
Podría uno seguir la línea argumental, hacer comparaciones. Como por ejemplo, el remanido caso del pibe que ve a la madre de la novia y se da cuenta, bueno, que la dulce niña que le gusta se convertirá en algo así. Y decide que no podrá soportarlo.
Pero mucho más importante es entender que algún tiempo después, siempre algún tiempo después, estarás en un lugar que jamás imaginaste. Hubieras estado dispuesto a jurar que tu vida jamás se convertiría en algo así.

21.8.17

Para resumir


Lo expliqué tantas veces que no me cuesta nada explicarlo de nuevo. Tampoco tengo un pomo para hacer, lavarme los dientes, pagar el gas.
​En la vida te va a pasar alguna desgracia. No, no me comí una gitana con papas españolas. Sucede así, es lo que se estila. Vas viviendo como podés, como te sale, y te sucede una desgracia de mayor o menor intensidad.
​Ahí empieza el partido, te pasó una desgracia, una tragedia, un imprevisto, llamalo como quieras. Aquí se abren dos caminos. O la desgracia te despabila, en medio del dolor te obliga a volantear un poco el destartalado camión de tu existencia, te volvés más reflexivo, más bueno, entendés cosas que antes no entendías. Aceptación en sus múltiples sabores. O no. Te ponés a empujar, querés atropellar la desgracia como si fuera una pared. Lo que querés es seguir siendo lo que sos, que no se te cruce nada en el camino. Que no te jodan.
​Bueno. Si estás en el primer grupo, empieza una deliciosa etapa de perplejidad, de confusión, nada es como vos creías que era. Vas a navegar las turbulentas aguas de no saber.
​Si pertenecés al segundo grupo no hay demasiado que pueda hacerse. Y es de lo más sencillo por cierto, te hace falta más.

14.8.17

In fraganti


Me contó todo Martín. Me dijo, me llamó y me dijo de vernos, y entonces me contó. Me dijo que no sabía cómo, cómo contarme, y que cuando lo había consultado con su mujer su mujer le había dicho que no me contara nada, que no se metiera.
Pero nos conocíamos desde la adolescencia, y aunque la vida se había encargado que dejáramos de vernos salvo para los cumpleaños de alguno de los pibes, bueno. Nos conocíamos de toda la vida, éramos amigos.
Me contó, Martín, que había visto a Mónica.
–¿Y? –Le dije.
–No, boludo –dijo él.
Y me contó que se había jodido la cintura jugando al fútbol. Y le habían recomendado un japonés que hacía acupuntura, por San Cristóbal. El japonés era un mago.
–¿Y? –Dije otra vez.
El japonés atendía en un pequeño departamentito sobre la calle Venezuela. Y él estaba haciendo tiempo porque había pedido el primer turno, a las nueve de la mañana. Había entrado a un barcito a tomar un café. Y entonces la había visto, a Mónica.
–¿Y?
Con un tipo. Un tipo de más o menos treinta años, flaco, de barbita. Estaban dándose la mano por encima de la mesa. Y se besaron.
–No puede ser –dije. Pero podía ser. Los martes Mónica daba clases, se iba bien temprano. Ah, Mónica erar mi mujer, mi novia, mi pareja. Llamalo como quieras, vivíamos juntos hacía más de dos años.
Martín me dijo que Mónica no lo vio, para nada. Y se fue. Me dijo que pensó en fijarse al otro martes. Me dijo que pasó por el bar y los volvió a ver.

Se fue, Mónica, el martes bien temprano, mientras yo tomaba el segundo café para despabilarme. Te llamo al mediodía, me dijo. Yo tenía que ir al laburo pero podía llegar tarde, a nadie le importaba.
Me bañé, me vestí, me puse el traje. Tenía la dirección del bar.
Estaba, Mónica, de espaldas a la puerta, con el pibe. Lo medí, un pibe flaquito, podía sentarlo de una piña sin inconvenientes. Iba a entrar y decirle a ella lo puta que era, lo trastornada y mala mujer que había resultado. Cómo tiraba por la borda todo lo vivido, los planes compartidos, las alegrías. Sentí rabia, furia, ganas de pegarle a ella también, ganas de llorar y decirle que me había lastimado y que la herida era imposible de soportar, muy profunda.
Entonces, todavía en la puerta del bar, di un paso atrás. Como si me hubiera confundido de dirección. Retrocedí otro paso, media vuelta, me fui.
A pesar de lo que acababa de ver, sabía que Mónica había sido lo mejor que me había pasado en la vida. Que después de ella todo lo que vendría para mí sería sombrío y triste.
Aunque durara quince minutos más, o dos días, lo mejor era seguir.

7.8.17

Chupo la concha


Creo que comenzó como un juego. Un chiste, no sé. No debía tener demasiado para hacer, esa es la verdad. Cuando no tenés nada para hacer por lo general te anotás en un gimnasio, te agarra un ataque de salud, o te ponés a jugar al candy crush o a twittear estupideces. Te parece que tu opinión sobre algún tema le puede interesar a alguien, como si alguna vez hubieras tenido algo para decir. Te volvés un comentarista de la vida. Lo del gimnasio es peor todavía, no te das cuenta que si estuvieras más saludable serías todavía más vos. Y lo que yo quería era ser menos yo, mucho menos yo, ser otro de ser posible. Desaparecer.
Abrí un blog. Era fácil la verdad, tenés que tener una casilla de correo y completar dos boludeces. No, qué escribir, no tengo nada para decir, tampoco me saco fotos en cueros frente a un espejo poniendo cara de ganso.
‘Chupo la concha’, puse. Eso nada más, y mi dirección de correo electrónico.
Listo, eso fue todo. Después me olvidé del tema.
A la semana me acordé de chequear mis mails, tengo una hermana que vive en Canadá. Cada tanto nos escribimos para ver como estamos.
Tenía 147 mails. Mails y más mails, mujeres. Mujeres de todos lados, de Capital Federal, del gran Buenos Aires. Mujeres de otras provincias. Desesperadas.
Me decían que por favor me querían ver, que cómo hacían para sacar turno, que cuánto cobraba. Había mujeres que me decían tener algún defecto físico evidente, una renguera, una obesidad mórbida. Había mujeres jóvenes que me mandaban fotos desnudas abriéndose la vagina con un par de dedos quizás de manera algo excesiva, mirando a la cámara con lascivia. Mujeres que me pedían por favor verme lo antes posible.
Las empecé a citar en un bar de Cabildo, tomaba un café y las llevaba a un hotel. Les chupaba la concha diez o doce minutos, no cogía, no hacía nada más. Ese era el servicio.
Se corrió la voz. No daba abasto. Atendía entre cinco y diez mujeres por día. Empecé a tener problemas en las cervicales, tuve que consultar a un traumatólogo y a un especialista en reiki. Cuando me preguntaban cuál era mi profesión no sabía qué responder.
Subí los precios pero la demanda no paraba de crecer. Averigüé cuánto cobraban los psicólogos que atendían pacientes particulares en los barrios más caros de la ciudad y pedía el doble, después el triple. Tenía turnos dados hasta con tres meses de anticipación.
Tuve que empezar a contratar gente. Tres o cuatros personas, un pibe que había venido a hacer un trabajo de plomería, un tucumano flaquito y callado. Un amigo de la secundaria que se había divorciado y no tenía cómo ganarse la vida.
Anuncié todo en la página. Había mujeres que preferían esperar, pagar más pero seguir atendiéndose conmigo.
A los dos años había juntado dinero para vivir sin trabajar el resto de mi vida. Le vendí la empresa a un grupo inversor y me desentendí del tema. Puse un maxikiosco en Villa Urquiza y compré un barcito en Acassuso. Me fui a vivir a Pinamar, recuperé el sabor en las comidas, volví a jugar al ajedrez.

28.7.17

Informado


En el bar donde estoy yendo a desayunar hay un tipo que me molesta. Bueno, si es preciso ser sincero, todo me molesta, desde hace tanto tiempo. El mundo en general. Algo se rompió en mí, hace bastante, perdí la facultad de comprensión respecto al orden de las cosas. El mundo se transformó en un lugar extraño y absurdo, pero me estoy yendo del tema.
El tipo me molesta, en el bar. Debe tener unos sesenta años, usa siempre la misma campera. Pide un café, el tipo, y paga con tarjeta. Llama al mozo con un chistido, de mala manera. Sale un momento a fumar, porque el bar tiene un sector externo que da directo a la calle, donde se puede fumar. Y, para fumar, pide fuego, a alguien que pase por la calle, o a alguien que esté fumando.
Y acá viene lo importante. Lee el diario, el tipo, en el bar. El bar compra todos los días dos diarios. El tipo entra al bar y se desespera por localizar el diario, los dos diarios. Si lo está leyendo alguien en otra mesa, se levanta y se lo pide, a los dos minutos se lo pide de nuevo. Y se lo pide una vez más.
Eso es todo, básicamente. El tipo paga con tarjeta un mísero café, el tipo fuma todos los días pero no es capaz de comprarse un encendedor, el tipo lee el diario, se sienta a leer el diario, podríamos decir que leer el diario es la actividad más importante de su mañana, y del resto del día también. Pero no piensa comprarlo jamás.
Así que me molesta, el tipo. Su actitud ante la vida, no sé.
Entonces hago lo siguiente. Un domingo, cuando voy de visita a lo de mi madre, me llevo algunos diarios viejos. Diarios que guarda mi madre para tirar la basura, o para envolver cosas. Diarios que tienen seis meses de antigüedad o más.
Voy al bar. Voy al bar diez minutos antes.
Hay poca gente, en el bar, gente que desayuna antes de ir a trabajar, nadie te lleva mucho el apunte.
Espero un momento, agarro un diario del bar, como para leerlo. Pero no lo leo. Lo que hago es sacar de mi mochila los diarios viejos. Y lo cambio por el nuevo. Alto, alto. El asunto es más complejo. Dejo la primer hoja, del diario nuevo, dejo la tapa. Y reemplazo, el cuerpo del diario nuevo, por el cuerpo de un diario viejo. Meto el cuerpo del diario nuevo en la mochila. Hago como que busco unos papeles, libros.
Listo, ya está.
Dejo el diario cambiado sobre mi mesa, como si hubiera terminado de leerlo. Termino mi café, espero.
Llega el tipo. Se lleva el diario de mi mesa, casi sin pedir permiso. Se sienta, pide un café, lee. Lee con avidez, con desesperación. No se observa en su rostro mayor contrariedad. Paga con tarjeta, sale a fumar, pide fuego. Vuelve y sigue leyendo.
Me hace bárbaro, la verdad, verlo leer un diario que es de hace siete u ocho meses. Por un momento pienso en pararme, ir a su mesa y decirle ‘estás leyendo un diario del año pasado, ¿no ves que sos un infeliz?’ Después pienso por un instante que quizás yo sea una mala persona, pero no, tampoco es eso. La mañana es preciosa, está muy bien así.

21.7.17

Ahora mismo


–Es de algún modo curioso –dije–. Nos aferramos de una desmesurada manera a todo aquello que ocurrió, aunque sería mejor decir que nos ocurrió. Y omitimos que transcurrido el hecho, si uno mira, por decirlo así, hacia atrás, todo aquello que nos sucedió, y aquello que no nos sucedió, se disuelve en un indiferenciado magma. Lo que equivale a decir que mirando hacia atrás, en el territorio del recuerdo ya despojado de todo presente, lo que ocurrió y lo que no ocurrió pasa a estar constituido del mismo material. Y si te fijás, si levantás la vista quizás hacia adelante, hacia lo que podríamos denominar el futuro, bueno, también sucede algo similar. Porque hacia adelante entonces, en el territorio de la potencialidad más pura, todo aquello que podría pasar y lo que podría no pasar de ninguna manera, nace del aquí, coexiste y se superpone, permanece como una oculta combinación de dados que se agitan dentro de un cubilete que todavía no fue lanzado. Repasemos entonces, lo que fue y lo que no fue, una vez transcurrido, se transforma en un indiferenciado todo hecho del mismo material. Y lo que está por ocurrir en el futuro está hecho de una nada que es lo mismo, hasta que el presente decida por un instante picar el boleto hecho de la más pura nada y transformar algo de esa nada en presente y ahora, y deje pasar un momento de otra nada, deje que esos momentos salten el molinete del presente sin el menor registro y se pierdan para siempre en la multitud hecha de crudo pasado. Y hay algo más, todavía. Y es que lo que no pasa, lo que no ocurrió y que tampoco va a pasar, supera en escalofriante infinitud a lo que sí ocurrió u ocurrirá. Quiero decir, nunca es proporcional ni equilibrado, porque por cada cosa que ocurrió dejaron de ocurrir mil, por cada cosa que ocurrirá no ocurrirán muchísimas más. La proporción de lo que pasa con respecto a lo que no pasa es de una insignificancia que roza la crueldad.
–Bueno, Juan –dijo ella, dio un sorbo a lo que quizás era un daiquiri, quizás era un mojito, y se pasó una mano por el pelo–. No alcanzo a entender del todo por qué me decís esto.
–Para coger –dije yo–. Quizás si logro confundirte un poco después te garcho.

14.7.17

La peligrosa mamba negra


Estoy mirando la televisión, el canal de la National Geographic. No, ya sé, no es muy divertido, pero también me han pasado un montón de cosas que se suponía que tenían que ser divertidas y no lo fueron. Bioy dijo aquello de ‘vivir es distraerse’, punto para Bioy.
La televisión es una mierda inmunda desde ya, y todo lo que allí sucede es apenas un pálido reflejo de la mierda más absoluta en que nos hemos ido convirtiendo. Y si no te das cuenta eso significa que ya estás tan untado en mierda que te parece que el mundo siempre fue marrón.
El programa que están dando, el programa que estoy viendo, consiste en un tipo, una especie de Indiana Jones que va por la selva o el desierto analizando la vida de los animales, sus conductas, el tipo se arriesga, salta desde un árbol, corre mientras va explicando alguna de las tantas cosas que suceden en la naturaleza y que nosotros, los que miramos el programa, desde ya no sabemos.
En el programa el tipo está agazapado detrás de una roca, munido de una especie de varilla de metal con un pequeño doblez en ángulo recto cerca de la punta. Al parecer está buscando a una peligrosa serpiente.
Y la encuentra, escondida entre las piedras. La serpiente, descubierta, se inquieta, intenta retirarse. Pero el hombre es un experto y logra atraparla. Juega, con la serpiente, para que los televidentes alcancen a apreciar su particular destreza en el manejo de los animales. Tiene a la serpiente, que quizás sea la peligrosa mamba negra, atrapada de la cola con una mano, mientras utiliza la varilla de metal para mantener a la serpiente a cierta distancia de él mismo. La serpiente se arquea aterrada, intentando comprender lo que está sucediendo. Se mueve en el aire, lucha por aferrarse a algo que no existe mientras la cámara la toma en un primerísimo plano. Podemos ver una mezcla de furia y animal estupor.
Y de pronto. El hombre, que habla a la cámara con humor y naturalidad, quizás se ha descuidado, apenas. Ha dejado que la serpiente se acerque demasiado.
Es un parpadeo nomás, un momento, la serpiente logra una imposible contracción hacia atrás por sobre la varilla de metal, y pivoteando prácticamente en el aire logra escupir un chorro de veneno sobre el rostro del hombre.
El hombre aúlla de dolor. El veneno le ha entrado en un ojo, y en la boca. Tira la varilla (y la serpiente) tan lejos como puede, y cae de rodillas. Comienza a vomitar mientras grita, la cámara lo enfoca, el ojo se le ha puesto del tamaño, y quizás del color, de una pelota de tenis.
El hombre cae desmayado y patalea mientras el que maneja la cámara no sabe muy bien qué hacer. Se oyen gritos, ruido de más objetos que se caen.
Y descubro que me estoy riendo a carcajadas, ni en los programas de Olmedo me reía así. Es tan importante que si andás por la vida rompiendo las pelotas algo se te complique, tan importante. Sé que me voy a acordar de la escena cuando pase algún tiempo y me voy a seguir riendo.

7.7.17

Ruso


Me tuve que mudar y me mudé, cada tanto me pasa. Escapar, aparecer en otro lugar y sentir que sos otro. Aunque sabés que no sos otro, sabés que nunca vas a poder parar de ser vos mismo, pero el movimiento te da esa efímera sensación de libertad. El turismo está hecho de eso.
Como me estaba separando, como mi vida era un quilombo absoluto y total, me alquilé un departamento hasta que lograra estabilizarme. Me fui a un barrio lindo, donde las calles son arboladas y la gente es repugnante. Creen que son descendientes de un rey o un faraón, las personas, los árboles no creen nada, de ahí su encanto.
Compré una heladera, un sillón, un televisor, y un hornito eléctrico. Una mesa y una silla. Si tenés una puerta que podés cerrar todavía estás vivo, en occidente capitalista civilizado funciona así.
Trabajaba, vivía. De noche me limpiaba una botella de vino que compraba en el supermercado y me quedaba viendo la televisión en el canal de la National Geographic hasta que me dormía.
Empecé a sentir que me volvían las fuerzas, habían pasado unos tres o cuatro meses.
El asunto. En medio del edificio, de las reuniones de consorcio para determinar quién compraba los escobillones y la gente a la que le tenías la puerta del ascensor y no eran capaces de decir ‘buenos días’. Había un vecino, ruso. Ruso de Rusia, apenas hablaba el idioma. Me cayó bien de inmediato. Un urso rubión de casi dos metros con carita inocente, la mirada de un celeste muy claro. Vivía con su mujer que se llamaba Irina, y un bebé. El portero me había dicho (sin que yo le preguntrara) que el ruso trabajaba en la embajada, y que su mujer era una conocida bailarina.
Una tarde volví del trabajo, se habían juntado tres porteros, el nuestro y un par de los edificios vecinos. Traté de no interactuar, de poner cara de ir apurado hacia alguna parte, hacia mi departamento por ejemplo, pero no pude. Estaba el ruso, en la calle, con su pequeño niño. Al parecer, el bebé había logrado caminar por primera vez. Era un costumbre de la madre Rusia que el padre brindara con vodka, para festejar los primeros pasos de su hijo. El ruso había bajado una botella a la calle y todos bebían un traguito del pico. Se lo veía emocionado, al ruso, feliz. Uno de los porteros tenía al pequeño Sacha sentado sobre el capot de un automóvil. Se había juntado más gente, lo palmeaban al ruso, lo felicitaban. Tuve que brindar yo también, cómo negarme.
​Me gustó la escena la verdad, me devolvía la fe en la humanidad. Como cuando algún domingo al mediodía me iba a comer a cualquier restaurante del centro, puchero, milanesas con puré, gente simple manifestando una sana alegría.
​–No sabe lo que pasó –Me dijo el portero ni bien me vio, a la semana siguiente.
Había que escucharlo aunque fuera un par de minutos, qué otra opción tenía. Me dijo que Vassily, el ruso, la noche anterior había apuñalado a su mujer y a su pequeño hijo, varias veces. Había logrado matar a los dos, se oían los chillidos en medio de la noche. Alguien había llamado a la policía. Cuando entraron los agentes vieron las paredes, las alfombras, todo salpicado de sangre. Vassily estaba sentado en un sillón del comedor, en calzoncillos. Tomaba pequeños tragos de vodka de la botella y sonreía. El televisor encendido en un canal de dibujos animados.

28.6.17

No es un consejo


Todos creemos que algo va a cambiar, que nuestra mala suerte va a terminar en cualquier momento, lo malo no puede durar para siempre.
Ese ridículo matrimonio con esa mujer mala y absurda, ese trabajo mal pago y anodino, ese dolor de cintura que te espera para abrazarte cada mañana ni bien intentes ponerte de pie, ese viaje en subte como si estuvieras yendo al mismísimo centro de la tierra rodeado de primitivas criaturas, esa cola en el supermercado mientras la cajera bosteza y le podés ver entre los dientes un pedacito de lechuga, esa cabina de peaje, esa mancha de tuco, ese neumático desinflado, esas vacaciones en una playa llena de aguavivas.
Pero no. No funciona así. Lo malo no se termina nunca. Vas a seguir siendo vos, vas a seguir haciendo más o menos lo que estás haciendo. Todo va a seguir siendo igual porque para cambiar tendrías que ser otro pero no podés ser otro porque sos vos, siempre lo mismo.
Lo que sí podés hacer es abrazar tu desgracia, tu horrenda cotidianeidad, tu insípida vida. Abrazarla como si fuera una novia que tuviste a los once años y con la que bailaste el lento más dulce del mundo (*) y nunca más la volviste a ver. Hola qué tal cómo te va tanto tiempo qué alegría. Y entonces, cuando dejes de soñar con cambiar, cuando le des la bienvenida al repugnante ser que te habita. Entonces puede que la vida se vuelva más amable, entonces sí.

(*) el lento era ‘all out of love’ the air supply
https://www.youtube.com/watch?v=JWdZEumNRmI

21.6.17

Plan de carrera


Necesitaba trabajar. Bueno, en realidad, no necesitaba trabajar, lo que necesitaba era dinero. Pero no sabía hacer nada, no sabía tocar el piano ni robar bancos, así que para ese tipo de personas tan particularmente mediocres, bueno. Lo que se estila es trabajar.
Hice un operativo, mandé doscientos mails, a consultoras de recursos humanos, a empresas. Con que me llamaran, no sé, el 5%, bueno, eran diez entrevistas. Era una posibilidad.
Me llamaron, bah, me respondieron, tres. Una era una empresa de artículos de cosmética, higiene personal. Una multinacional. Yo había trabajado unos años en el departamento de finanzas de una compañía, no sé. Tenía fuerzas en esa época, era joven.
Fui a las entrevistas individuales, primero, después a una grupal. Después me mandaron a un psicólogo, me hicieron tests para chequear si no era un retardado, si podía distinguir los colores, si sabía copiar un dibujito, completar ciertos patrones. Después un chequeo médico, me sacaron sangre, me miraron el corazón y el agujero del culo como si ambas cosas estuvieran unidas por una secreta conexión. Me hicieron pedalear en una bicicleta fija, me hicieron soplar y estornudar.
Todo eso sin haberme dicho con excesivo detalle en qué consistía el puesto de trabajo, cuál era la paga.
Iba, en el proceso, un mes largo. Me volvieron a llamar.
–Mmm, a ver, Juan –dudaba, la mujer. Daba cortos sorbitos a un té de color verde pálido y arrugaba la frente, como si cada sorbito del brebaje le provocara repulsión, alguna suerte de pinchazo interno– ¿Por qué cree que la compañía Garomp Inc. debiera contratarlo?
–Bueno –dije–. Me hicieron pruebas como si fuera a tener que manejar un transbordador espacial cargado de animales salvajes, estacionarlo, el transbordador, entre Júpiter y Saturno, en medio de una tormenta de nieve, para que los animales puedan bajar a pishar supongo. Me preguntaron hasta de qué gusto me gusta el helado, me revisaron el color de los pelos de mis huevos. Sólo alguien tan pelotudo como yo sería capaz de soportar semejantes estupideces para conseguir este trabajo de mierda, así que soy el indicado para el puesto, no tenga dudas. Pero si quiere le puedo chupar la concha mientras usted sigue tomando ese horripilante té. Chupo la concha sin excesiva habilidad pero con singular entusiasmo, con energía. No sé, usted dirá.

14.6.17

El arte de curar


Siempre, desde que puedo recordar, tuve el don de curar. La gente viene a mí y quieren que los escuche, que los haga reír, que les diga que lo que les sucede, lo que ellos creen que les sucede, no es tan grave. Que van a estar bien.
Te cuento cómo ayudo a la gente, ahora, el método podríamos decir.
Cito a la persona, podríamos decir al paciente, en un parque. Un parque de barrio, puede ser el Parque Chacabuco, puede ser el Parque Centenario, claro, mi querido Parque Centenario, puede ser Plaza Irlanda también. Tiene que ser temprano, a las nueve de la mañana ponele.
En esos parques, en cualquier parque, a la mañana van los paseadores de perros. Han armado, para ellos, una especie de corral. Es una suerte de superficie bastante grande con unas rejas de un metro de altura o más, para que los perros no puedan escapar.
Llega el paciente. Previamente he conversado con los paseadores. Quiero decir, les he ofrecido algo de dinero que han aceptado de buena gana.
El paciente, que también puede ser la paciente, debe desvestirse. Quedarse en calzoncillos, o en bombacha y corpiño, respectivamente. Entonces el sujeto debe acostarse en el centro del corral, boca arriba, ojos cerrados, palmas hacia arriba, en la posición denominada ‘savasana’ para aquellos que tienen alguna noción de yoga. Es la posición del muerto. Sí, se puede llevar una toalla, para acostarse sobre la toalla.
Se acuesta la persona. Se relaja, hace respiraciones profundas, ojos cerrados.
Y entonces. Se suelta a los perros. Veinte o treinta perros. Libres, sin correa ni nada. Los perros van y hacen lo que quieren. Se acercan a la persona o la pasan por encima. Huelen, o se ponen a intentar coger con algún otro perro, o cagan, lo que quieran hacer. Ladran desde ya. Alguna vez un perro ha mordido a la persona pero nada serio, una mordida sin importancia.
Eso es todo, la persona debe permanecer con los ojos cerrados en medio de los perros, entre cinco y nueve minutos.
Pasado el plazo de tiempo se le indica a la persona que ya está, que puede levantarse. Los paseadores juntan a sus perros. La persona se viste.
Es dos sesiones, tres como máximo, la persona entiende que sus problemas son irrelevantes.

7.6.17

Papel higiénico


Mi amigo G., que ya no es más mi amigo, se fue a vivir a Madrid. Trabajaba en un diario, quería rajar de la Argentina dónde todo fracasa siempre. Vio la oportunidad y se fue.
La verdad que le iba bien, vivía en Madrid en un barrio pobre pero muy bonito, ganaba en euros y empezaba a ahorrar, descubría las delicias de estar en Europa, en fin. Como cualquier persona que se va del país, tenía cierta necesidad de demostrar que su decisión había sido, por decirlo de algún modo, correcta. Lo que implicaba decir, aunque no lo dijera, que los que no nos habíamos ido del país éramos algo quedados, sin inquietudes. Unos pelotudos, para ser más precisos.
Mi amigo G. le enviaba mails a su madre, fotos del fin de semana que había pasado en Roma o en Paris, los museos que había visitado, una foto con Valdano en gamulán, cosas así. Los padres, gente que se había pasado la vida arañando la clase media, se sentían orgullosos y contaban en la fiambrería a algún vecino la situación de su hijo, o mostraban un regalo recibido, algo que su hijo les había enviado desde España. Un pulóver, una porción de jamón ibérico envasada al vacío, cosas así.
Mi amigo G. anunció que venía de visita, por una semana, al país. Debía hacer unos trámites, ir al consulado, llevarse una computadora que utilizaba para trabajar, ver a los amigos, esas cuestiones. Iba a pasar una semana en la casa de sus padres, en el departamentito sobre la calle Frías donde había transcurrido su infancia. Quería aprovechar la semana para estar con su familia, arreglamos para ir a comer pizza a ‘Nápoles’. Traía regalos e historias de un mundo desconocido. Alguien que se animaba a romper el cascarón, a crecer, a seguir.
El asunto fue así.
Llegó, G., a Argentina, y se fue derechito para la casa de sus padres que habían armado una cena para esa misma noche con toda la familia. Había besos y abrazos en la pequeña cocina donde estaba la mesa revestida con fórmica naranja. Dejó la valija en su cuarto, le pareció mucho más chico de lo que lo recordaba, su pequeña cama individual, el poster de Jaco Pastorius pegado sobre la puerta.
Sentía que sus padres estaban más viejos, aunque todo el año y medio de su ausencia le habían respondido siempre que estaban bárbaros, que todo estaba muy bien.
Su madre, que era profesora de piano, le preguntó si quería tomar algo. Y mi amigo G. dijo que quería un té. De pronto tuvo ganas, G., de defecar. G. fue al baño a cagar.
Cagó, G., en el baño de ajados azulejos celestes donde había cagado siendo niño. Cagó en medio de un torbellino de emociones, de recuerdos, Todo lo que había sido, de dónde venía y cómo se había ido abriendo paso hacia un promisorio futuro. Ya se consolidaba y pintaba la posibilidad de cambiar de trabajo. Ser ciudadano europeo, moverse por el mundo, se llevaba a su novia a vivir con él. Las cosas parecían fluir.
Terminó de cagar, G., y se dio cuenta que no había papel higiénico.
–¡Maaa! –Gritó y era chico otra vez– ¡Papel!
–Ah, sí –dijo la madre, acercándose a la puerta–. A ver, esperá. Ahí bajo a comprar.
Y entonces G. supo que si había que bajar a comprar, era porque su madre ya no usaba papel higiénico para limpiarse el culo. Entendió, G., aunque entender no fuera quizás el verbo exacto pero tampoco encontraba otra forma de procesarlo, entendió, decía, que el papel higiénico había pasado a ser un objeto de lujo en la casa de sus padres. Que quizás sus padres para limpiarse el culo debían robar servilletas de papel de los bares, o quizás se limpiaban el culo con papel de diario. Que mientras él los llamaba desde España y sus padres le decían ‘bien’, o ‘bárbaro’, quizás acababan de limpiarse el culo con la mano, porque no tenían dinero para comprar papel.
Y se largó a llorar, G., ahí sentado mientras esperaba que su madre volviera de la calle con un rollo de papel higiénico. Se le ocurrió pensar que las cosas no eran, nunca habían sido lo que parecían.
Mi amigo G. ya no es más mi amigo, pero recuerdo esta bellísima historia y eso es todo lo que quería decir.

28.5.17

Fruta, verdura


Tengo un arreglo con el tipo que atiende en la verdulería que está a la vuelta de mi casa. Es un boliviano flaquito que siempre está en ojotas y shorcito. Escucha cumbia y pop latino, se llama Ismael.
Voy los sábados a la mañana, a la verdulería, que es también frutería desde ya, por supuesto. Abre bien temprano.
Le pago a Ismael, doscientos pesos. Mientras él termina de acomodar la mercadería que le trae su socio en una destartalada furgoneta, del mercado central.
No, no compro nada. Empiezo a jugar.
Escupo, ponele. Unos buenos gargajos, sobre las manzanas rojas. Sobre las verdes, también. Agarro los morrones, y me los pongo de a uno debajo de las axilas hasta que siento que se impregnan de mi transpiración, se calientan. Pido pasar al pequeño bañito que tienen al fondo del local, hago mis necesidades, cago más precisamente, y me limpio el culo con varios paquetes de espinaca, o de acelga. A veces lechuga. Vuelvo a acomodar todo en su lugar. Me siento con un cajón de tomates perita entre las piernas, y me los voy pasando, de a uno, por las pelotas. Pisho, pisho un poco sobre las papas, sobre las remolachas, sobre las zanahorias. Apoyo las plantas de los pies sobre las naranjas, sobre los pomelos. Si no cogí ni el jueves ni el viernes (y es bien probable que no haya cogido ni el jueves, ni el viernes), aprovecho para pajearme. Le pido a Ismael que salga a fumar un cigarrillo y me pajeo, eyaculo sobre los zapallitos, sobre las calabazas recién cortadas en rodajas.
Después, Ismael prepara unos mates. Termina de barrer.
Yo me quedo ahí sentado un par de horas, viendo a las señoras que vienen a hacer las compras. Malhumoradas por lo general, discuten, se quejan del tráfico, del clima, de los precios. Chicas jovencitas a veces, que eligen dos bananas o medio kilo de ciruelas mientras hablan por sus teléfonos celulares con pantallas táctiles de última generación.
Tomo un par de mates, escucho la absurda música. A veces hojeo una revista.
–Chau, Ismael –digo cerca del mediodía. No sabría explicarlo con exactitud, cuando me voy me siento bien.

21.5.17

Me gustan los perros


A la mañana, cuando arranco, camino tres o cuatro cuadras hasta llegar al bar donde tomo un café. Avanzo por C., doblo en F., y me estoy cruzando, porque debemos arrancar más o menos a la misma hora, con un paseador de perros. El asunto es que deben haber echado al paseador anterior, y apareció un pibito nuevo. Un pibe joven que evidentemente no domina todavía su trabajo, los perros no lo respetan y se nota que el pibe la pasa mal. Grita, patea, pero los perros no le llevan el apunte.
Hice la de todos los días, para arrancar. Me lo encontré, al pibe, debía estar con doce o catorce perros, algunos luchaban por escapar, otros intentaban cogerse a alguno de los perros que estuviera distraído, otros ladraban a más no poder. El pibe luchaba por poner algo de orden, pero se lo veía desesperado.
–Hola –dije, el pibe me miró– ¿Querés que te ayude?
El pibe no entendía a qué podía estar refiriéndome. Intentó alejarme haciendo un movimiento con la mano donde tenía las correas enrolladas, miró hacia abajo, hacia el perro que le ladraba como increpándolo, negó con la cabeza.
–Mirá –le dije. Hice una pausa, lancé un chistido, un solo chistido y me puse a mirar fijo a un ovejero alemán que debía pesar unos sesenta kilos y mostraba los dientes.
De inmediato los perros comenzaron a acomodarse. Uno al lado del otro, en fila, como si me estuvieran dando el presente. Todo se ordenaba, se desenrollaban las correas como por arte de magia, un pekinés pasó por debajo de un dogo, un cocker con cara de preocupación se puso al lado de un perro atorrante y bigotudo. Quedaron todos sentados, jadeando apenas, en el más absoluto silencio.
–Increíble –Me dijo el pibe, que recién pudo respirar un poco, aliviado.
–¡Hop! –Dije. Levanté una mano y apunté con un índice hacia arriba, como si estuviera señalando al cielo cargado de nubes.
Los perros se acostaron de a uno empezando por una punta de la fila. Como si de una coreografía se tratara. Se fueron echando de lado y así permanecieron.
–Pará –me dijo el pibe–. No puede ser. Falta que me digas que los podés hacer cantar.
–Claro –dije–. Fijate.
Alcé ambas manos como si estuviera levantando un objeto, abrí los dedos. Los perros comenzaron a aullar ‘love me tender’. Un caniche desfinó y fue de inmediato corregido por un bull dog que tenía al lado y que le puso mala cara.
–Ah bue…
Hice un movimiento brusco, como si estuviera agarrando una mosca que me diera vueltas sobre el pecho. Los perros dejaron de aullar.
–Bueno, me tengo que ir –dije.
Al día siguiente, arranqué para ir a trabajar. Me lo crucé al pibe con los perros, venía con dos pibes más.
–¡Es él! –dijo el pibe–. Van a ver lo que hace, no lo van a poder creer.
Me pidió, el pibe, que se llamaba Freddie, que hiciera, o mejor que les hiciera hacer a los perros algunas de las cosas que habían hecho el día anterior.
Chisté, levanté las manos. Nada. Nada de nada. Los perros ladraban, uno hasta intentó morder a Freddie. Un verdadero caos. Se burlaban los amigos de Freddie, que parecían estar drogados. Saludé y me fui.
Pasaron los días, terminó la semana. De eso se trataba básicamente, por lo general, estar vivo. El sábado a la tarde volvía de un almuerzo, dejé el auto y se me ocurrió ir hasta el supermercado a meter una compra.
Entonces lo vi. Atado a un palo, en la puerta del super. El ovejero alemán que venía siempre con el paseador. Aburrido pero expectante, aguardando a su dueño.
–Hola, qué hacés –Me arrodillé a su lado, de costado, para que pudiera olfatearme y reconocerme. A pesar del tamaño y de su amenazador aspecto, sabía que podía acariciarlo sin problema. Sentía su energía.
Le rasqué un poco el lomo, y entre las orejas. Me acerqué, lo abracé, se tocaron nuestras orejas. Me gustan los perros.
–Disculpá lo del otro día –me dijo al oído–. Pero no podemos hacerte caso delante de mucha gente. Nos caés bárbaro, a mí particularmente, pero nosotros queremos seguir boludeando, que nos saquen a pasear, no hacer un pomo. Si se descubre que podemos obedecer órdenes, que entendemos todo lo que nos dicen, podemos terminar laburando de acróbatas en algún circo por poca plata y una comida de mierda. Todo bien con vos, pero preferimos seguir así. Seguro lo vas a entender.