18.4.16

Muñeco vudú


Gran parte de la vida es un lugar que, si tenés suerte, no está plagado de excesivas tragedias. Los golpes de efecto suelen reservarse para el cinematográfico ámbito, de eso suelen tratar las películas. La realidad suele ser infinitamente más mediocre.
Uno aprende, el mero discurrir del tiempo te obliga a aprender, a deambular esa infinita meseta que parece no conducir a ninguna parte, como si miraras por la ventanilla y no pararas de ver el mismo aburrido paisaje. Árido, por cierto. Gamas de gris.
Gustavo tenía la sensación que no le pasaba nada. En general, en la vida.
No se había casado pero vivía con Viviana, desde hacía nueve años. Tenían un precioso hijo que se llamaba Enrique. Tenían un perro, también, un incansable labrador que se llamaba Max. Tenía un local de venta de artículos de limpieza por Villa Urquiza, no, no Max, Gustavo. Siempre había querido no tener que depender de nadie, ser su propio jefe. El negocio era pequeño y daba dolores de cabeza, la inflación, la inseguridad. Pero tenían un buen pasar, podía cambiar el auto cada tres o cuatro años, veraneaba en Playa del Carmen, en Buzios.
Con Viviana no estaban en su mejor momento, ¿pero quién podía decir que estuviera con su pareja en el mejor momento? El mejor momento con cualquiera era cuando se conocían, los primeros tres meses, seis meses máximo si vos querés. Después venía la convivencia, el día a día que te va mordisqueando los talones como un aplicado perro salchicha, la rutina. Lo importante era que habían construido un sólido vínculo. Era una buena mujer junto a la cual envejecer. Se querían.
Se empezó a sentir mal, Gustavo. Nada específico, dolores. Un día se levantó a la mañana y le dolía muchísimo la planta del pie derecho. Casi no podía pisar del dolor. Trató de disimular, pero anduvo dando saltitos, rengueando todo el día. Otro día se quedó duro de la espalda, el cuello, no podía girar la cabeza para el costado, ni un poquito, y el dolor le nublaba la vista. Otro día la cintura, se tenía que sostener la cintura con ambas manos para sentarse, como si fuera un anciano. No recordaba haber tenido un dolor de cintura así ni cuando había jugado al rugby de adolescente.
Otro día fue un huevo. Sintió el huevo punzando, latidos. Quizás había hecho un mal movimiento mientras dormía y se lo había apretado. Quizás había hecho algún esfuerzo acomodando la mercadería en el local y se había herniado. Todo muy raro, impensado, y al mismo tiempo. Como decían los americanos: when it rains, it pours. Malas noticias.
Viviana andaba metida en sus quilombos, más distante que nunca. Se quejaba que Enrique andaba con problemas de conducta en el colegio. Y su hermana, siempre su hermana. Vivía en Mar del Plata y tenía que terminar de vender un departamento de la mamá que había fallecido hacía más de un año.
Le dijo, Viviana, que su hermana le había contado que tenían un comprador en firme. Se iba a Mar del Plata por el fin de semana. Se llevaba a Enrique para que saliera de la ciudad, para que se despejara un poco. Firmaba la venta del departamento, arreglaba números con su hermana, y se volvían. Cuatro, como mucho, cinco días.
Se despertó solo, Gustavo, el sábado a la mañana. Temeroso de ver qué le dolía. Tenía que ir a abrir el negocio, pero sólo medio día. Pensó que podía ir a desayunar a un lugar lindo, tratar de relajarse. Debía estar estresado, era esa la causa de todo. Había que bajar un cambio, disfrutar un poco más de la vida.
Se le dio por ordenar un poco antes de salir. Era temprano, había tiempo. Hizo algo de limpieza, lavó los platos que había ensuciado durante la cena. Debía mantener un mínimo orden para que la casa no se le cayera encima.
Ordenó todo, hasta barrió. Y entonces abrió un cajón, un cajón de Viviana, donde guardaba los camisones, la ropa interior. Había corpiños, había bombachas, le pareció que algo estaba mal doblado, algo hacía un poco de bulto. Revisó, metió la mano.
Había un muñeco, un muñeco no muy grande como de trapo, con forma humana. El muñeco era color chocolate y tenía la cara dibujada con pedacitos de tela también, cuadraditos rojos para los ojos, la boca un rectángulo amarillo.
Tenía un nombre, el muñeco, decía Gustavo. Escrito con un marcador negro a la altura del torso. Y tenía alfileres también. Clavados, varios alfileres clavados. Uno en la planta de uno de los pies, otro en el cuello, un par en la cintura.
Viviana lo estaba matando de a poco. Pero por qué. ¿Tanto lo odiaba, o había otro hombre? ¿Por qué no se iba?
La noticia, descubrir lo que había estado sucediendo, lo dejó aturdido. Trabajaba, había tenido un hijo, dormía todas las noches con una mujer que le deseaba el mal. Todo lo que había estado haciendo estos últimos años, para nada. Tenía esa sensación que a veces se tiene en sueños, sintió que se caía.
Fue al comedor, Gustavo, con el muñeco. Se sentó en el sillón. Agarró un alfiler y buscó el punto exacto. Atravesó el muñeco, de lado a lado, en el lugar donde debía estar el corazón.
Cerró los ojos, esperó.

12.4.16

Wanchankein


A veces voy a un sanatorio, a un hospital. Voy a la sala de espera de terapia intensiva. Espero que salga un médico de lentes y cara de cansado. Escucho el parte del día de algún paciente, alguien a quien no conozco desde ya.
A veces voy a una escuela primaria, a la mañana, bien temprano. Me paro en la puerta, como si mi pequeña hija hubiera entrado recién al cole y a mí me hubiera agarrado una preocupación venida de quién sabe dónde, una angustia por el futuro de la hija que no tengo. La situación económica, qué país les vamos a dejar, la inseguridad.
La gente suele mirar televisión o leen revistas tratando de enterarse cómo es la vida de los famosos, con quién salen, adónde van de vacaciones, qué lugares eligen para cenar. A mí cada tanto me da curiosidad qué se siente, cómo sería ser una persona normal.

6.4.16

Rumba, salsa, mambo


Es ridículo, lo sé, y me avergüenzo. Pero llega un momento en que a uno le han sucedido tantas cosas que lo avergüenzan que, bueno, la vergüenza pasa a ser parte del paisaje. Una segunda piel.
Quería coger, andaba todo el tiempo con ganas de coger, no podía pensar en otra cosa. Y las ganas de coger suelen funcionar como una peste, una pus. Más ganas tenés de coger, más las mujeres perciben que tenés ganas de coger, y se apartan. No sé, pareciera que huyen de la necesidad, de tu necesidad, funciona así. Cada tanto me pasaba que no tenía ganas de coger, no tenía apetito, andaba preocupado, con mil quilombos en la cabeza, y las minas se me regalaban. Me decían ‘dale, por favor, no seas malo. Un ratito nomás, qué te cuesta’.
–Vamos a bailar salsa –me dijo mi amigo G.
–¿Eh? –Lo miré feo. Estábamos comiendo una pizza en Nápoles. Domingo a la noche. Cargando fuerzas para enfrentar la semana. Fugazzeta, una caricia de los dioses, una limosna del cielo para los desposeídos de esta tierra. Fugazzeta que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
–No, ya sé –Me explicó G. No le importaba un pomo la salsa, ni la rumba, ni la cumbia. A quién carajo podía importarle la salsa, es como si te importara el reggae dos cuadras afuera de Jamaica. Pero, me explicó G. que los viernes a la noche iba a bailar a un local que estaba sobre la calle Sarmiento, por Congreso. ¡Y cogía!
No había ni que bailar, apenas. Moverse un poquito. Y estaba lleno de mujeres. Veteranas principalmente, que iban a buscar frotarse contra la entrepierna de algún mulato. Negros, eran los negros los reyes del lugar. Senegaleses casi azules con sus porongas como brazos de niños pequeños y dientes como para iluminar un estadio de fútbol, sus atléticos cuerpos vestidos con chillones colores.
Las mujeres morían por ser apretadas por esos semianalfabetos que eran pura proteína y tenían la fuerza para treparse a los árboles y cogerlas, arriba de los árboles, y después tirarlas desde ahí arriba. El asunto era que la música, el frotarse, y la caipirinha de horrorosa calidad, hacían que uno pudiera coger algo también. Alguna trastornada sedienta de pito, una mujer en proceso de aporcinamiento, alguna tullida.
–Vamos una vez –me dijo G. –No perdés nada. No lo vas a poder creer.
Me tomé media botella de whisky y allá fuimos. Viernes, dos de la mañana. Diciembre en Buenos Aires, un calor del carajo. Con el calor salen los bichos, las alimañas, con el calor el fracaso se nota mucho más.
Había olvidado lo que era estar de pie en medio de una multitud y que no fuera el microcentro a las diez de la mañana, o el subte. Miles de personas apretadas, la música mordiéndote los oídos, carcajadas, gritos, olor a marihuana y a sudor rancio. Mujeres con bovinas sonrisas, negros en cueros con esculpidos cuerpos, las ganas de divertirse en medio del naufragio, de aturdirse, sana algarabía.
G. trajo de la barra un par de caipirinhas, y después dos más. Estábamos en un estrecho pasillo al borde de la pista. Un parlante a mi derecha amenazaba con dejarme sordo para siempre. Un gordo con una camisa hawaiana roja con palmeras azules manoseaba contra una columna a una pibita que parecía necesitar urgente un tratamiento de endodoncia. Gente, mucha gente, y la música a tope. A alguno se le caía un vaso al piso, pateaba los vidrios y seguía bailando. Un pelado se reía sin convicción, se reía con una risa que parecía un llanto, una veterana excedida de peso luchaba por seguir fumando una calada más de una tuca que le pinchaba los dedos. Un negro en la pista se puso en cueros, hizo la vertical y siguió así, moviéndose, bailando cabeza abajo. Alegría, la gente gritaba y aplaudía.
De pronto sucedió. Aquella olvidada sensación. Contacto visual. Quizás no, quizás me había parecido, la mezcla del whisky y la caipirinha amenazaba con agujerearme el estómago.
Miré otra vez a escasos tres metros. La chica me miraba. No lo dudé, me acerqué un par de pasos y estiré la mano. Ella avanzó hacia mí.
No sé cómo hice pero bailé, sin gracia, sin ritmo, un movimiento convulsivo, algo epileptoide, como si me hubiera dado una patada algún enchufe. Intentaba lucir despreocupado, solvente, la tomé de la cintura, ella se apretó contra mí y me apoyó su mata de enrulado cabello contra el pecho. Nos separamos, la volví a atraer de un tirón.
Se acercó una amiga. Ella no la dejó ir, ahora bailábamos los tres. Mora, se llamaba la chica, y su amiga no alcancé a escuchar. Tetona, Mora, con un vestido floreado. Su amiga parecía colocada, flaquísima, con calzas y una remera muy corta. Seguíamos bailando. Se puso, Mora, a mis espaldas, y la amiga de frente. Me abrazaban entre las dos, me tenían en el medio y se reían.
Se acercó un muchacho más que las conocía, me abrazó también.
–Seguí bailando –escuché que Mora me hablaba al oído.
Sí, claro que sigo bailando. Siento la música alegrando todo mi ser. Quiero ser feliz, quiero sentir que hay algo para arrancar del árbol de la vida, que Dios no se ha ensañado en particular conmigo, aunque sea un durazno para mí, una palta, un kinoto, pero por sobre todas las cosas quiero coger antes que me exploten los huevos como dos garrafas.
–Ahora dame la billetera –dijo la chica de adelante.
–¿Eh?
–Pasame la billetera, y el teléfono –El muchacho nos abrazaba, sentí algo en la espalda–. O Mora te pega un tiro acá, de una.
Me estaban robando. Me estaban robando. ¡Me estaban robando!
–Pero..
–No seas pelotudo –el pibe me agarró la nuca con una mano, nos miramos a los ojos. Sentía, en la espalda, el caño del revólver. Las chicas pegadas a mí, un feliz tumulto–. Le digo que te mate y nadie se entera.
Seguimos así, apretados. Le pasé al muchacho la billetera, el celular. Me hizo sacar el reloj, y las zapatillas también. Le fue pasando todo a otro más que usaba una gorrita con visera de un equipo de béisbol, me saludó con un beso y se perdió entre la gente.
–Seguí bailando, que bailás muy rico –Mora me clavó el revólver en la espalda, me dio un besito en la oreja–. Eso, bailando, todos bailando.
De pronto me dieron un empujón que me hizo caer. Cuando me puse de pie, la gente seguía bailando a mi alrededor. Una parejita me miraba. Empezó justo un show en el escenario y corrieron todos en la misma dirección. Busqué a G. entre la gente, pero no estaba.
En la puerta uno de seguridad se apiadó de mí. Me prestó plata para el colectivo y un par de ojotas para que no me fuera descalzo. Me habían robado las llaves, también, así que tenía que hacer tiempo para ir a pedirle un juego a mi hermana sin matarla de un susto. Debían ser las cinco de la mañana, doblé por Callao.

30.3.16

El ejercicio de la voluntad


Voy cambiando cada tanto de bares. Para desayunar. Necesito, sí o sí, sentarme en un bar antes de ir al centro. Mirar por la ventana, tomar un café. Menos de media hora, hay gente que va a correr, no sé. Me mantiene vivo, es parte de mi estructura.
Y cada tanto cambio de bar. O porque quedé rodeado de diecinueve madres que acaban de dejar a sus pequeños hijos en el colegio y necesitan hablar, a los gritos, estupideces. O porque siempre llega alguien y se me sienta de frente, como si nos fuéramos a mirar a los ojos de mesa a mesa. O porque hay un muchacho que intenta, mientras desayuna, meterle tres o cuatro dedos en la concha a su novia que tiene un jean demasiado ajustado y se contorsiona, se mueve, intentando hacerle a su novio, a los dedos de su novio, lugar.
En fin, desde hace un tiempo estoy en un bar bastante viejo sobre la calle C., que sólo pone pop latino por los parlantes a trescientos veinticuatro mil quinientos setenta y tres amperes, mientras desde la cocina te dejan como si te hubieras sumergido en un fuentón de ravioles a la boloñesa para nadar un par de largos. Menores incomodidades, ínfimos incordios que no me impiden llevar a cabo mi para nada pretenciosa rutina.
Pido un café y una medialuna.
Espero, miro por la ventana, pero no miro. Se trata de estar ahí, ser pura presencia, sin pensamientos. Si pensara por un instante apenas en cómo estoy, qué ha sucedido con mi vida, bueno. No tendría más remedio que matarme.
Acá viene lo interesante, lo particular. Apenas pruebo el café, un sorbo, y dejo la medialuna sin tocar, sin morder. Ahí, sobre el pequeño plato.
Llamo a la moza, pregunto cuánto es. Pago, dejo propina, saludo. Me voy.
Eso es todo, eso es lo que hago, tres veces por semana, mínimo.
–¿Te puedo preguntar algo? –Me dijo la moza, que tiene el cabello teñido de un amarillo potente y oscuro.
–Sí, cómo no. –Dije.
–Veo que casi no tomás el café ni comés la medialuna. La pedís pero no la tocás, me di cuenta –señala, apenas, la medialuna, con el mentón.
–Mirá –le dije–. Tiene una explicación. Es un ejercicio, un ejercicio de la voluntad. Me contaron una vez que durante el gobierno del Carlos había un ministro al que le gustaba el helado, el helado de una marca en particular. Y le gustaba, al ministro, en particular un gusto, un sabor. Lo que hacía el hombre era pedir, mandarse traer a la oficina un kilo de helado de esa marca, de ese sabor. Y entonces abría el pote del helado, se servía una generosa porción en una gran copa de cristal. Y lo miraba, lo miraba derretirse. Se quedaba con el helado ahí, sin probarlo siquiera. Llevando de ese modo su capacidad de concentración, de voluntad, a insospechados límites.
–La verdad que no entiendo –dijo la chica–. Si quería hacer dieta, no sé, podía ir a trotar. O ir a un gimnasio.
–Bueno, tenés razón, probemos otra cosa –la miré–. Hace más o menos tres meses que te pido un café y una medialuna de grasa, y vos me traés un cortado y una medialuna de manteca, siempre. Quizás tu mamá fumaba paco durante el embarazo o tus papis son parientes. Estaba esperando a ver cuánto tardabas en darte cuenta, tampoco es tu culpa.

24.3.16

Información confidencial


Existen dos clases de mujeres. Las que hacen ruido con los zapatos cuando caminan, las que taconean. Y las que no.
La mujer que taconea, la mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, es una mujer que está segura de sí misma, está segura de su belleza, lo que viene a significar más o menos lo mismo. Sabe, la mujer, que es bella, que los hombres la miran cuando pasa, justamente, caminando. Le miran las tetas, le miran el culo. La mujer sabe que es deseada y por lo tanto, termina convencida que su precario paso por la tierra está plagado de algún sentido.
Cree, la mujer, que merece algo aunque no sabe muy bien qué, le corresponde algo por el solo hecho de existir. Es arrogante, pretenciosa, un repugnante ser sin mayores inquietudes que pintarse las uñas o mirarse al espejo. A lo sumo un poco de yoga, algún cursito de fotografía.
La mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina es una mujer que se sabe fea desde muchísimo tiempo atrás, desde siempre. No tiene por qué ser cierto, quizás tiene una cicatriz en un brazo, una quemadura, un casi imperceptible atisbo de labio leporino. O alguna desgracia, de muy pequeña casi se ahoga durante unas vacaciones en San Bernardo, o la manoseó de inapropiada manera un rústico primo. La mujer que no taconea con los zapatos anda por la vida como disculpándose, como pidiendo permiso. Es amable, sumisa, tiene sentido del humor. Ha ido desarrollando alguna suerte de atributos que le permitan, de algún modo, embellecerse. Sentir que también tiene derecho a ser feliz, merecer una propina del bendito árbol de la vida.
De más está decir, entonces, que a la hora de buscar una compañera, si elegís una mujer que hace ruido con los zapatos cuando camina, tu vida será un infierno. Esa mujer irá siempre por la vida creyendo que está para más, que vos sos apenas una suerte de incordio, una contrariedad que debe soportar en medio de su fantástico destino que la aguarda a la vuelta de cualquier esquina. Esa mujer se sentirá mejor y mejor a medida que vos te vayas desmoronando de centrípeta manera. Se alimentará de tu energía mientras te transforma, a vos, en parte de su mala suerte. Te secará el alma, es un vampiro.
Si elegís a una mujer que no hace ruido con los zapatos cuando camina, si elegís a una mujer que no taconea, entonces todo irá muy bien. Sentirás que hay alguien que te quiere y de algún modo te cuida, alguien que comparte y confía. Esa mujer sentirá que vos la ayudaste a salir del oscuro pozo en el que estaba sumergida y casi no podrá creer la suerte de haberte conocido. Querrá estar con vos, le gustará como sos, la base misma de su ser será el proyecto compartido.
Hasta que un día cualquiera, como un rayo que cruza el cielo más negro de una noche mar afuera, la vas a escuchar taconear por el pasillo.

18.3.16

Sobre continuar, sobre seguir


Si alguna vez fuiste a coger con una prostituta, debiste notar algo. Aunque quizás no, quizás no notaste nada de la calentura que tenías. Está bien, no pasa nada. Para eso estoy yo, para explicarlo.
La prostituta, pongamos que es más o menos joven, más o menos bella. Eso es lo que fuiste a buscar, de eso, justamente, se trata. La prostituta está cansada, claro, y puede estar de peor o mejor humor de acuerdo a tu cara, a la hora del día, al dinero que le hayas ofrecido.
Pero no es eso de lo que estoy hablando.
Hay algo más, más profundo, algo que incluso vos debieras ser capaz de notar. Te tendrías que dar cuenta al tacto.
Hay algo, una dureza particular en la piel. Insisto porque está claro que no entendés, no me refiero a la tonicidad muscular, quizás el culo o las piernas son mejores que la flacidez a la que estás acostumbrado. Pero yo te hablo de la piel. La piel de alguna parte, de un muslo o de un brazo, del culo y de las tetas desde ya. Tiene algo, la piel, y el término es una ‘dureza’ particular.
Se trata que la mujer, lo exige su profesión, debe dejarse manosear. La prostituta puede no excitarse desde ya, no tener nada parecido a un orgasmo si así no lo desea, puede no darte ni siquiera un beso porque esas son las reglas que protegen, por decirlo de algún modo, su intimidad. Para una prostituta es infinitamente más íntimo un beso en la boca que una penetración anal.
Pero. La prostituta debe dejarse tocar. Su cuerpo es la mercancía, aquello que fuiste, en medio de tu aturdida desesperación, a buscar. Y entonces, el cuerpo de la prostituta genera una reacción, producto del rechazo que le provoca ser tocada, tantas veces. Así como los insectos, algunos insectos, vienen diseñados con una suerte de caparazón hecho de una sustancia llamada queratina. Eso es lo que le permite, en la curiosa comparación que estoy haciendo, al insecto, funcionar.
No tiene nada que ver con la voluntad. Es su cuerpo, el cuerpo de la prostituta, que desarrolla la sustancia. A su manera se defiende. No es algo elaborado de manera consciente, ni parte de su personalidad. Podríamos decir que se trata de una fisiológica reacción. Lo que le permite continuar.
Si querés otro ejemplo, si no entendiste un pomo de lo que acabo de explicarte. Podría decirte que mires a un animal en el zoológico. Su cuerpo, en este caso, se ablanda. Después de un par de años de cautiverio, de descubrir que no tiene hipótesis de conflicto con otros animales y que le traen la comida una o dos veces por día, bueno. Todo su cuerpo cede, pierde cualquier vestigio de tensión que le sería esencial para mantenerse con vida en la selva. Se apaga su mirada, se afofa su ser.
Ahora, en mi caso particular, me pasa algo de lo más extraño. Porque después de diez años de oficina en el microcentro, lo que sucede es tan característico como particular. Desarrollás, al mismo tiempo, la dureza en la piel de una prostituta, y la blandura de un animal en el zoológico. Te volvés un repugnante ser, no servís más.

12.3.16

Dios estuvo siempre


Habían operado a mi madre, nada serio, la vesícula. En el San Camilo, no sé por qué, tampoco tenía objeciones sobre tal o cual hospital. Los hospitales tenían ese olor tan particular, tan característico, el olor de las malas noticias. La prepaga de mi madre había decidido que fuera allí.
​La operaron el viernes, era sábado a la mañana. Acababa de hacer los trámites para que la dejaran salir. Mi madre estaba en el cuarto, esperando que el cirujano que la había operado pasara a saludarla, le diera las últimas indicaciones. Yo había aprovechado para bajar a fumar un cigarrillo. Me picaban los ojos, debían ser esas semillas que caían de los árboles en otoño. O conjuntivitis.
​Subí. Iba a entrar al cuarto, pero me senté por un momento en la sala de espera, a chequear un par de mensajes que había recibido en el celular.
​Se me sentó una monja, una pequeña monja, como un duende salido de quién sabe dónde. Diminuta, con la piel excesivamente pálida. Se sentó, decía, a mi lado, con las piernas muy juntas y la mirada fija en el piso. Me dio una mano, aunque no fue ese el gesto, no fue técnicamente así. En realidad tomó una mano, una de mis manos, entre las suyas.
​–Tiene que ser fuerte –dijo–. Estos son los momentos donde Dios nos da la fortaleza para seguir adelante.
​No dije nada, asentí, apenas.
​–Porque no importa lo desgraciados que nos sintamos en determinado momento –siguió–. A veces nos parece que todo está plagado de una brutal falta de sentido, nos sentimos desolados, vacíos, como si tuviéramos que atravesar un desierto. Pero después las cosas se aclaran, vemos que todo es parte de un plan superior y que no fuimos abandonados a nuestra suerte. Porque Dios está ahí. Dios estuvo siempre.
​–Sí –dije.
​–¡Dios está acá! –me apretó, la monja, con sus dos manos, mi mano. Y la sacudió como si estuviera preparando un cóctel, como si estuviera por lanzar los dados de un cubilete– ¡Dios no nos abandona nunca!
​–No –dije.
​–Por cada paso que des hacia Dios, Dios va a dar tres –se le afinó la voz, a la monja, visiblemente conmovida–. Por cada paso que des hacia Dios, Dios va a dar diez.
​Me transpiraba la mano, me picaban los ojos.
​Entonces apareció otra monja. Se abrió la puerta del ascensor y apareció otra monja. Usaba lentes, y era más robusta. Una mujer mayor.
​–¿Dónde estabas? –Le hablaba a la monja que me tenía la mano–. Te dije tercer piso. Este es el segundo.
​–Pero –me miró, la monja, la monja 1 podríamos decir, me soltó la mano–, ¿usted acaba de perder a un hijo en un accidente de tránsito?
​–No –guardé mi celular en un bolsillo de la campera–. Yo vine a acompañar a mi mamá, la operaron de la vesícula.
​–Bueno –se puso de pie, la monjita. No había mucha diferencia, parada o sentada medía prácticamente lo mismo, era una cosa curiosa–. Igual todo lo que dije se aplica. Todo lo que dije es válido.
​–Por supuesto.
​Se fueron, las dos monjas. Por las escaleras, no esperaron el ascensor.

6.3.16

La revolución de la física cuántica


A ver, esto es difícil de explicar. Porque es preciso entender, de algún modo, la diferencia entre la física clásica y la física cuántica. Sin ser físico, claro.
​Lo mejor va a ser un experimento, para la explicación. No te quiero aburrir.
​El experimento es más o menos así. Hacé de cuenta que hay una caja, y en la caja meten un gato. La caja tiene un botón, afuera. Si apretás el botón, la caja, la mitad de las veces, larga un veneno, un veneno tremendo que mata al gato. Y la otra mitad de las veces, no. No larga nada.
​Listo, eso es todo lo que hace la caja. Meten al gato, y está el botón, y lo aprietan una vez. La mitad de las veces, al azar, random, la caja larga el veneno. La mitad de las veces no.
​Ahora, para la física clásica, existe un 50% de probabilidades que cuando abran la caja, el gato esté muerto. Y un 50% de probabilidad que el gato esté vivo.
​Pero para la física cuántica no. Para la física cuántica el gato está vivo y muerto, al mismo tiempo. Hasta que no intervenga el punto de vista que hace colapsar lo que denominan ‘la función de onda’, los dos resultados coexisten. La partícula es y no es, el gato está vivo y muerto. Ahí tenés, la revolución de la física cuántica.
​Por eso lo mejor va a ser que nos quedemos así, acostados con la luz apagada. Debo haberte echado el primer polvo no sé, hará diez minutos. Mientras no nos movamos, mientras no miremos, bueno. Se puede repetir, existe la posibilidad.

29.2.16

Necesito que me pasen otras cosas


Volví a casa, cansado, vencido. Sabía lo que se me venía. Si estás casado, si estás casado y tenés una amante, lo normal es que en algún momento te descubran. Porque sí, porque además de tu mujer y tu amante tenés que seguir viviendo, ir a trabajar, ir a jugar al fútbol una vez por semana con tus amigos, pagar el gas, lavarte los dientes. Son demasiados platitos en el aire y uno no es un avezado malabarista, una apenas hace lo que puede. Se termina yendo todo a la mismísima mierda sin atenuantes.
Te descubren, eso quería decir. Te descubre tu mujer, porque vive con vos y te conoce más que nadie. Un cambio de tono en tu voz ante un llamado telefónico a una hora inusual, un mail borrado pero no eliminado de la papelera, una superior ausencia de apetito sexual (de tu parte) y el verso de siempre, las preocupaciones por el futuro, por el dinero que nunca alcanza. Te ponés irritable, te molesta cualquier boludez más que de costumbre.
Pero nada de eso me pasó a mí. Peor, más absurdo, más ridículo. Fui a coger con Tamara, como todos los jueves. Mi ‘partido de fútbol’.
–Hablé con Cecilia –me dijo cuando salió de la ducha.
–¿Eh? –me pareció que había escuchado mal por la televisión, y porque estaba a punto de quedarme dormido.
–La llamé a tu mujer –Tamara se terminó de secar el cabello y comenzó a vestirse–. Vos me dijiste que la ibas a dejar, hace como un año que me decís lo mismo. Te dije que la iba a llamar y la llamé. Le conté todo. Ahora si no me querés ver más bueno, problema tuyo.

Volví a casa. Dejé el auto en el garaje, prendí un cigarrillo. Tardé como diez minutos en caminar las dos cuadras. El bolsito me pesaba mil kilos.
Llamé al ascensor. Subí. Abrí la puerta.
–Juan –se asomó, Cecilia, y se quedó con los brazos cruzados, debajo del marco de la puerta de la cocina–. Te quiero decir algo.
Dejé caer el bolso al piso, tiré con todo. Sí, qué querés, tengo una amante. Vos no entendés, no podés entender cómo le rompe las pelotas a un hombre la rutina. Ir a trabajar todos los días al mismo trabajo de mierda rodeado de pelotudos que lo único que quieren es hablar de fútbol mientras esperan un ascenso que no va a llegar nunca. Y después volver a casa y vos esperando, esperando para quejarte, para quejarte de cualquier cosa, del precio de las naranjas, del clima, del hambre en Etiopía. Y ponés esa carita, esa carita de desagrado, y lo único que querés es darme de comer lo más rápido posible para poder seguir viendo la tele. Y de coger ni hablar, claro, ya no te interesa, a quién le interesa coger después de tener dos hijos. Coger es un trámite, algo que hay que hacer una vez por semana, los domingos, como quien verifica que el piloto del calefón esté encendido para bañarse. Nada, ni gritos ni gemidos ni la más mínima iniciativa. Sólo abrís las piernas y esperás, pensás en otra cosa, siete minutos, hasta podés mirar un reloj y todo. Menos del uno por ciento del día.
Pero yo todavía soy joven, Cecilia, soy joven y necesito que me pasen otras cosas. Quiero estar contento, sentir que hay algo para mí también ahí afuera, alguna pequeña fruta para arrancar del árbol de la alegría. Te quiero, Cecilia, sos una buena mujer y te quiero, pero no puedo aceptar que esto sea todo. Que voy a seguir haciendo lo mismo una y otra vez, hasta la muerte. No puedo aceptar que esto sea la vida.
–Está muy bien, Juan, siempre tan ingenioso –dijo Cecilia, apretando muy fuerte un repasador en una mano–. Lo que te iba a decir es que no conseguí agnolottis en la casa de pastas, y entonces compré ravioles. No tuve tiempo de avisarte, yo sé que a vos te encantan los agnolottis. Pero el tipo de ‘La Juvenil’ me dijo que estos ravioles estás buenísimos.
A la semana hablé con Tamara por teléfono y me contó que no le había dicho nada a mi mujer. Me lo había dicho para provocarme, para que reaccionara. Ella no era esa clase de mujeres, qué me creía.

24.2.16

Respuesta técnica


A veces veo, voy al cumpleaños del hijito de algún amigo y veo. A un tipo que canta, que fue contratado para animar la fiesta infantil y canta algunas canciones. Y de pronto hay un movimiento de cabeza, una forma de quitarse el pelo de la frente o de mirar, apenas, para un costado, sin soltar la guitarra, sin dejar de cantar. Te das cuenta que el tipo tuvo una banda de rock, que quiso, con todo su ser, justamente ser Mick Jagger o Pete Townshend.
A veces estoy en una esquina esperando que el semáforo cambie de color para poder cruzar la avenida, y entonces un taxista justo acelera, pasa a un automóvil que se ha detenido en la esquina. Lo pasa y gira y es un movimiento, la forma de girar el volante y pasar el cambio. Te das cuenta que el tipo, algo gordo, con una camisa a cuadros de mangas cortas con las axilas sulfatadas, soñó alguna vez con ser piloto de TC2000. Bajarse del auto y hacer declaraciones a los periodistas, con las chicas embutidas en sus multicolores mallas junto a él.
Podría seguir, claro que podría seguir.
Ahí está, todo lo que alguna vez quisimos ser. Tantos pero tantos sueños rotos. De eso está hecho el asfalto.

18.2.16

En la mía


Andá a una fiambrería, a un supermercado. O andá a un kiosco, lo que te resulte más fácil, más sencillo.
Comprá una gaseosa grande, no, más grande. Una gaseosa de dos litros.
¿Cuál? No entiendo, ¿cuál qué? Ah, cuál gaseosa, sí. No importa, la que encuentres, la que más te guste.
Pagás la gaseosa, es lo usual, lo que se estila.
Ahora salí a la calle, o parate, en la calle, quiero decir, en la vereda.
Abrí la gaseosa.
Levantá la gaseosa con ambas manos, como si fueras, no sé, Kempes en el mundial 78, y la gaseosa fuera la copa del campeonato del mundo, la copa Jules Rimet. Levantá la gaseosa, bien alto.
Hasta acá todo bien, ahora viene lo importante, lo que podríamos denominar ‘la clave’.
Da vuelta la botella. Y tirate la gaseosa, sí, en la cabeza. Si podés mantener los ojos abiertos mejor, mucho mejor, pero si no podés, bueno, cerrá los ojos.
Te cae, la gaseosa, a borbotones. Sobre el pelo, la cara, sobre el torso, por la nuca, pasa a la espalda. Te empapa la ropa, la camisa, los pantalones incluso. Gotea, hace un pequeño charquito a tus pies. Toda la experiencia, vaciarte los dos litros de gaseosa encima, no debería llevarte más de nueve segundos. Once, como mucho.
Te deja hecho un enchastre. Pegoteado, fastidioso, con un generalizado malestar hacia el mundo indiviso, una extraña combinación de estupor y falta de sentido.
Bueno, así me siento yo por lo general. Por eso escribo como escribo.

12.2.16

Algo que me cambió la vida


Fue raro, lo admito. Podés llamarlo casualidad, aunque yo no creo en las casualidades. Tampoco creo en el destino.
A ver. Me mudé, me mudé de departamento. La idea era tomar distancia de Miriam. Vivíamos juntos pero no nos soportábamos. Lo mejor era alejarse.
Aproveché que tenía ahorros, compré un departamento. Quería vivir en un lugar lindo, tratar de estar motivado con algo para no bajonearme.
La habitación que iba a ser mi ‘estudio’. Donde pensaba sentarme a fumar puritos holandeses y a escribir. Donde iba a estar la computadora. La esposa de un amigo que es arquitecta, me dio un consejo.
–No pongas un escritorio, Juan. Poné un tablón –ese fue el consejo. Poner un tablón de una madera buena, de punta a punta del cuarto, amurado a la pared. Sería un gigantesco escritorio donde apoyar cosas, sentirme cómodo. La idea me pareció fantástica.
Pero. Siempre hay un pero. Entre la teoría y la realidad. Las cosas salen mal, las cosas fallan.
Yo estaba yendo y viniendo, peleándome con Miriam, tratando de conservar mi trabajo, que la vida no me pasara por encima. Te la hago corta. Pusieron el tablón para el culo. Veinte centímetros más alto que la altura standard de un escritorio, se te acalambraban los hombros después de escribir media página. El arquitecto era (y creo que sigue siendo) un pelotudo.
Me mudé. Me tenía que mudar y me mudé, claro. Pero el cuarto estaba inutilizable. Todo ese tablón absurdo que sólo servía no sé, para apoyar un pedazo de queso cuartirolo. Ni hablar de sentarse a escribir, probé levantar la silla pero quedaba apoyado en puntas de pies como un maldito suricato. Ridículo.
Sigo. A los dos meses conseguí otro arquitecto, hermano de un amigo. Un pibe que hablaba poco y fumaba en pipa. Arreglamos para sacar el tablón.
Mi temor era tener que volver a romper la pared, hacer moco la pared, que se quejaran los vecinos. Además, en ese cuarto estaba un armario con ropa, y la biblioteca. Mis libros.
Muy correcto el pibe, muy amable.
–No te preocupes, Juan. Yo me encargo –dijo.
La historia parece un poco larga, lo sé. Un poco absurda. No va a ninguna parte. Pero bueno, si estás leyendo es que tampoco tenés demasiado para hacer.
Vino el pibe, un día antes del operativo ‘extracción de tablón’. Acá viene lo importante.
El pibe vino a ‘proteger la zona’. Esa era mi preocupación. Me había mudado hacía pocos meses, no daba más. No quería un solo quilombo más, tenía los nervios destrozados. Sólo seguir viviendo, uno aprende a conformarse. Pulsión de vida.
Tocó timbre el pibe, debían ser las cuatro de la tarde. Trajo dos rollos. Grandes, rollos, ponele, de un metro y medio de altura. Uno era de cartón corrugado. El otro del plástico ese con las burbujitas que se revientan. Ese polietileno que se usa para embalar frágiles objetos. Y trajo cinta de embalaje.
El pibe tapizó el piso del cuarto. Con cartón corrugado primero, con el plástico por encima, después. Grandes trozos pegados con cinta de embalaje. Cubrió la biblioteca y el armario también. Y se fue.
Y justo vino Miriam. Era de noche. Me dijo que estaba cerca, había salido de una clase de gimnasia. Hacía más de un mes que no nos veíamos, quiso pasar a saludar.
Le mostré el departamento, no lo conocía. Le llamó un poco la atención que me hubiera ido a vivir a un barrio más fino. Yo había argumentado durante mucho tiempo, la importancia del sufrimiento para ser escritor. Pero lo cierto era que me la había pasado sufriendo bastante, y lo que había escrito era en líneas generales una cagada. El arte nace del dolor, solía yo decir, estaba seguro, ponía cara de profundo. Pero en mi caso el dolor había venido sin arte. Un dolor que vino mal de fábrica, no sé.
–La gente es una mierda independientemente de su nivel socioeconómico –dije–. Acá por lo menos es más lindo el paisaje.
–¿Se puede pasar? –dijo ante la puerta del cuarto donde estaba el tablón. Asentí.
No sé si justo se agachó, o quizás se tropezó. La besé, la abracé. Nos pusimos a coger, como desesperados, como famélicos animales, ahí, sobre el polietileno ese que se usa para embalar, sobre el cartón corrugado.
Fue, de lejos, el mejor polvo de mi vida. Ella tenía un orgasmo y se reía y se agarraba la cabeza, y me decía ‘no sé qué me pasa’. Y volvía a temblar.
No, no volví con Miriam. De ninguna manera. Era una etapa terminada.
Lo que te quería decir es que ahora dejé un cuarto preparado así, con cartón corrugado en el piso, y arriba ese polietileno con burbujitas. Cuando meto a alguna chica en casa la cojo ahí, sobre el piso.
Quedan fascinadas. Las tengo que sacar a los empujones, se quieren quedar a vivir conmigo.

6.2.16

Y es gratis


Siempre hay revancha, siempre existe una posibilidad. Sólo hay que estar atento y la posibilidad se expresa, eso es lo fantástico de este mundo.
¿Qué te quiero decir? ¿De qué estamos hablando? Ah, sí, me distraje. Disculpame.
Ponele que no pudiste ir a la Sierra Maestra, y combatir junto a Fidel Castro, o con el mítico ‘Che’. Ponele que no habías nacido o estabas poniendo una parrillita por Palermo, no sé.
Ponele que no estuviste en Woodstock, no viste tocar la guitarra a Hendrix, no escuchaste cantar a Janis Joplin como si Dios mismo aullara de la más pura pena. No fumaste porro en medio del barro ni cogiste con cinco o siete californianas divinas antes que se inventara el sida. Ibas al colegio, querías ser perito mercantil. O trabajabas en una escribanía, de secretaria. Estabas pensando si comprarte un perro.
Ponele que no lo conociste a Andy Warhol, ni a Bob Dylan, ni a Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García, ni a Bukowski, ni te inyectaste heroína con William Burroughs, ni estuviste en un recital de AC DC en Australia donde Angus Young se tiró con guitarra y todo encima tuyo, ni te sentaste a tomar whisky con Liam Gallagher en un pub de Manchester a las tres y media de la mañana. No, no te cogiste a Amy Winehouse, ni te cogiste a Halle Berry, ni a Scarlett Johansson, ni a Natalie Portman. No te cogiste, prácticamente, a nadie.
Para resumir, entonces. No estuviste en ninguno de los lugares que hubiera valido la pena estar durante los últimos setenta años, no participaste de ningún evento que tenga rango de memorable, no conociste a ninguna luminaria. No escribiste, no cantaste. No, tampoco pintaste.
Bueno, pero podés, ahora, así como estás, no tener facebook ni twitter. Y volverte una de las personas más originales de este puto planeta. Un ser diferente y único, un verdadero rebelde.

30.1.16

Mariana recuerda


–La vida es un asco –Mariana empujó un poco el plato hacia el centro de la mesa, suspiró. Había comido poco del salmón con espinaca, menos de la mitad. Yo le había entrado a los fusilli con brócoli y ajo como un desesperado.
Me gustaba comer, me gustaba beber, y me gustaba coger. A mí, desde que podía recordar, no sé, desde los quince años. Y a pesar de haberle dado muchas vueltas al asunto a lo largo del tiempo, no había conseguido encontrar muchas más cosas que me gustaran. Quizás leer o escribir, pero no tanto.
Mariana tomó un sorbito de vino, pero ya le había cambiado la cara. Algo en su manera de mirar la realidad, como de perfil, un rictus amargo.
Tenía más de 35 años, ella, edad chiva si las hay para las mujeres. Se dan cuenta que los clásicos trucos de magia dejan de funcionar. La mujer siente que le quitan su principal herramienta de negociación y no encuentra nada para poner en su lugar, con qué llenar ese espacio.
Nos conocíamos hacía unos cuatro o cinco meses. Nos veíamos los viernes. Comíamos en algún bodegón, después cogíamos, después fumábamos un par de cigarrillos viendo cualquier cosa por televisión hasta que uno de los dos se dormía primero. Desayunábamos juntos y nos despedíamos hasta la semana siguiente. Pocas preguntas, para el miércoles ya teníamos otra vez ganas.
Sobre todo después de cenar, sobre todo si llovía, a Mariana se le daba por recordar lo mal que le había ido en la vida. Había tenido que trabajar de prostituta en algún remoto pliegue de su pasado.
–A veces lloro en sueños –Tuvo un repentino ataque de hipo, Mariana, se oprimió el diafragma con un pulgar, como si estuviera pulsando un botón de donde provenía la tristeza, logró dominarlo–. Lloro mucho y me despierto sobresaltada, y sigo llorando. Me acuerdo de todos los tipos con los que cogí, aunque te parezca increíble, se me pasan por la mente los rostros de todos esos tipos con los que tuve que coger por plata. Calculá que tenía que coger por lo menos con tres tipos por día, todos los días. Menos los domingos, claro. Durante unos buenos seis años.
Se sonó los mocos, Mariana. Siguió.
–Si me mostraran los rostros en una fila creo que podría reconocerlos a todos –negó con la cabeza. Se había acercado un mozo para ver si pensábamos pedir postre–. Sueño que me miro la vagina, frente al espejo, sueño que me toco la vagina y descubro que tengo la vagina de papel madera. No, no de papel madera, del material de esas bolsas, algo más rígido. Me paso la mano y me doy cuenta que mi vagina es de cartón corrugado.
–Es fuerte –dije. Algo tenía que decir, mientras me servía lo que quedaba del vino. Ella me estaba mirando con sus fantásticos ojazos color miel.
–Y lloro –dijo–. Me pongo a llorar como cuando era chica, como cuando era una nena. Y me paso una mano por la cara y noto algo raro. Descubro que estoy llorando esperma, reconozco la textura y ese sabor de inmediato. Pongo una lágrima entre dos dedos y veo que estoy llorando lágrimas de esperma, de todo el esperma que pasó por mí, y no puedo creer lo que me está pasando.
Y yo sé que nunca vamos a poder olvidar lo que fuimos, lo que nos pasó. El pasado es un inquieto suricato que nos espera en dos patas a la vuelta de cualquier esquina para hacernos un rasguño y salir corriendo.
–¿Querés café? –ella negó con la cabeza. Todavía tenía un culo digno, el 33% de lo que alguna vez debió haber sido un fantástico culo. Me gusta verla cuando se saca el pantalón, cuando termina de sacarse el jean que se le engancha en un tobillo y pone esa cara.

24.1.16

Rescate


–Tenemos a Lola.
–¿Eh?
–Tenemos a Lola, forro. Vas a tener que pagar rescate.
–¿Quién habla? –Estaba en la calle, y se escuchaba un zumbido de fondo. Los celulares andan para la mierda, dentro de poco van a largar un modelo que son dos vasos y un piolín. Argentina.
–No te hagás el pelotudo, amiguito –áspera la voz, se oyó la pausa de quien da una pitada a un cigarrillo–. O la cortamos a la piba acá en la casilla y la tiramos al Riachuelo. ¿Te parece?
–No, por favor no –dije.
–Bueno, conseguite treinta lucas –otra pausa, se oyeron ladridos– ¿Por dónde estás?
–Por el centro –dije.
–Bueno, treinta luquitas gringas, papi, o la enfiestamos entre todos los pibes.
–Pará, loco, de dónde saco treinta lucas.
–No sé, gil –Se oyó un portazo, la sirena de una ambulancia–. Conseguí la moneda y andá a los 36 billares. Tenés dos horas, o Lola es boleta.
Me cortaron.
Hice un par de llamadas con quienes me pareció que podían entender el asunto. Después tomé un taxi, fui al departamento, volví con otro taxi, hasta el centro. Entré a los 36 billares, me senté, pedí un café.
Casi las ocho de la noche. Habían armado un pequeño escenario, debía haber un show de tango para los turistas, programado para más tarde. Varias mesas ocupadas, un par de tipos fumando afuera.
Sonó el teléfono. Atendí. Nada, silencio, me cortaron.
Vino un pibe flaquito, teléfono en mano, se sentó en la mesa.
–Sí, dame la plata.
Lo miré. Iba de jeans y una camperita de gimnasia Adidas abierta, con el escudito de la AFA. El pelo cortado como se usa ahora, la nuca toda rapada, a los costados también, y pelo arriba peinado para el costado, las orejas muy salidas. Esas orejitas que sólo he visto en Carlos Monzón y son una antropométrica señal de peligro. Flaco, huesudo, impiadoso, veintidós o veintitrés años, no pasaba de eso.
–¿Y Lola?
–La tiene mi amigo afuera en el auto –estaba impaciente, nervioso, tenía un tatuaje que asomaba por debajo de la remera y debía cubrirle todo el pecho–. Me das la plata, salgo, pin pan pun, la sueltan. Todos contentos.
–No –dije.
–Flaco, ¿sos tonto o qué? –golpeó, con un puño, la mesa–. Si querés que la matemos la matamos. Estuve en cana desde los trece años, es corta la bocha.
–Mirá –dije–. La verdad que no conozco a ninguna Lola.
–¿Qué?
–No sé quién es Lola –terminé mi café–. No tengo esposa, ni novia, ni amigas con ese nombre. Quizás marcaste mal, te debés haber equivocado de teléfono.
–¿Pero vos no sos Hernán?
–No.
–¿Y para qué carajo viniste?
–No sé, la verdad que por lo general no tengo nada para hacer cuando salgo del laburo. Yo escribo cuentos, relato corto, viste. A veces no se me ocurre nada, cero temas, pensé que podía ser interesante conversar con un secuestrador.

18.1.16

Espejito, espejito


Cada tanto viene alguien, alguien quiere decir una persona. Por lo general una mujer, si el enfoque viene por el lado de lo afectivo, pero vienen mamíferos medianos del sexo masculino, también, perfectamente. Gente que fue al colegio conmigo, o chicas que cogieron y cenaron conmigo aunque no en ese orden, gente que jugó conmigo al ajedrez o al waterpolo, gente que me vio nadar o cambiarme en un mugriento vestuario o levantar la mano en la facultad. Gente que me vio en un bar de barrio, muy temprano, tomando un café. Escribiendo en un cuaderno Rivadavia tapa dura, o leyendo un libro.
Vienen y me dicen que, bueno, que ahora no estoy como antes. Que me he deteriorado mucho, en lo físico sin dudas, en lo mental, que se me pusieron blancos los pelos de las cejas y seguro de los huevos y perdí el sentido del humor, imaginate, no es para menos, que pelé una cara de boludo impresionante, que ya no soy ni una pizca de ingenioso, ni ocurrente, ni divertido, que prácticamente no tengo nada para decir sobre ningún tema, que estoy mal afeitado y tengo los dientes amarillos, que estoy triste, gordo, en fin.
Y yo no sé cómo decirles que algo está mal con esa línea argumental, con sus precarios razonamientos. Porque ellos vienen y me dicen, sobre todo ellas, me dicen, para resumir, que yo ya no soy el que era.
Pero lo que ellos no saben, lo que ellos parecen ignorar, sobre todo ellas, es que cuando yo era lo que era, bueno, en realidad tampoco era. Cuando para ellas yo era pijudo y divertido, gracioso, genial, cuando para ellas yo estaba para grandes cosas, yo ya estaba triste. Angustiado, afligido, con la recurrente sensación que mi vida no tenía mayor utilidad ni sentido.
Todo lo que ahora no ven en mí, es apenas un reflejo de lo que les pasa, a ustedes. De lo que han ido perdiendo con el tiempo. Mi fracaso viene de antes.

12.1.16

En la foto


Estaba en un all inclusive, en el norte de Brasil. No te rías, no me preguntes cómo.
El asunto fue que a fin de año yo había estado a punto de pegarme un balazo en las pelotas. No me salía una, eso era lo habitual, lo de siempre. Lo que sucede es que a veces te cansás, que no te salga una. Eso es más jodido.
Un amigo mío se iba a un all inclusive, con la mujer y su hijo pequeño. Gran amigo, nos conocíamos de toda la vida. Me invitó a que fuera con ellos. Me dijo ‘vas a descansar, te va a hacer bien, salís de Buenos Aires’.
Y ahí estaba yo, en el norte de Brasil. Metiéndome al mar todas las mañanas, nadando un poco, recordando aquella agradable sensación de las olas, el gusto a sal en la boca. Pálido como un fantasma, caminando con dolor sobre la hirviente arena, buscando refugio debajo de una palmera algo alejada del resto de la gente. Sobornando a un mozo para que fuera y viniera todo lo que fuera necesario, tomando caipirinha desde las diez de la mañana. El mundo no podía ser tan malo.
A los tres días ya conocías de vista a todos. Sabía qué culo de una brasilera, algo mayor pero todavía potente, había que mirar, sabías dónde se sentaba el chiflado con zapatillas de trescientos dólares que insistía en mantener su rutina de entrenamiento en medio la playa, las adolescentes para las cuales lo que sucedía en sus teléfonos celulares era infinitamente más importante que el mundo real, la divorciada con su hija de once años fastidiada hasta el paroxismo porque ya nunca sería objeto de deseo como aquella vez, los jugadores de vóley sin poder parar de romper las pelotas, y así.
A unos diez o quince metros, había un matrimonio joven. Arranqué mirando a la mujer, porque estaba bárbara. No mucho más de treinta años, castaña, contenta. Buen culo, yo soy un tipo mucho más de culos que de tetas, y esa mujer tenía buen culo. Un culo corto, compacto, resistente. No es lo habitual ver culos así, son culos que se dejaron de fabricar. Usaba coloridas bikinis, se reía, tenía una fantástica risa. Iba y hacía una clase de gimnasia que daban en la playa y volvía, sudorosa, abrazaba a su marido. El hombre, el marido, era delgado, se notaba que practicaba deportes, se sentía orgulloso de su cuerpo. Fibroso, se ataba el cabello con un piolín como el Cani en su mejor momento (cuando le hace el gol a Brasil y vuelve caminando y se ríe y la cámara lo enfoca y está tan contento y todos creímos que la felicidad era posible, que la Argentina como país tenía alguna posibilidad). Hablaba por teléfono celular, cerraba algún negocio. Discutía un poco, apenas, y después encendía un cigarrillo. Enérgico, solvente. Tenían dos chicos pequeños, rubiones, esbeltos. Ella iba y venía, maravillada por cualquier cosa, con su fantástico culo siguiéndola a todas partes.
Usaban prendas de calidad, buen calzado, el bronceado perfecto. Eran la armonía, la felicidad que da el saber que llegaste adonde querías llegar, que estaban con quienes querían estar, que eran, bueno, lo que querían ser. Saber que estás donde querés y en ninguna otra parte. Sentir que te lo merecés, la vida se alegra de verte y te muestra su mejor cara. Es un placer, y el descanso, el reposo del guerrero.
Volví de mis veinte minutos de mar, trataba de revivir, de encontrar motivos para seguir arrastrando el pesado carro de mi existencia. Me saqué un poco de sal en las duchas, intentaba llegar a mi reposera sin que la arena me desollara por completo las plantas de los pies.
–Disculpá.
No podía ser, pero me estaban hablando, a mí. Pero no podía ser, porque nadie me conoce y no tengo nada que hablar con nadie. Estoy viejo, estoy gordo, estoy viendo cómo hago para juntar los pedazos de mi atribulado ser y de algún modo seguir adelante.
–Disculpame –era la mujer, de pie, sonriente, le sacó el teléfono de las manos a su marido– ¿No nos sacás una foto?
Me detuve, miré hacia abajo, intenté meter la panza para adentro.
–Pará –el hombre se acercó–. Ponete mis ojotas, así no te quemás los pies.
La mujer se acercó, era más linda todavía. Su cabello húmedo y atado, su piel olía bien. Me dio el teléfono, me indicó qué botón apretar.
Se juntaron los cuatro, sonrieron. El hombre jugó a darle golpecitos a uno de los chicos que habían puesto adelante y que insitía en darse vuelta, y él le decía que no, que no se diera vuelta porque iba a arruinar la foto, y volvía a darle un golpecito en la cabeza. Y todos se reían.
Fue un instante, apenas. Lancé el teléfono, con un diestro movimiento, con todas mis fuerzas, al mar. El teléfono voló por el aire hasta que se hundió en el agua. Y ellos miraban, miraban lo que estaba sucediendo por un intervalo de tiempo que parecía transcurrir en cámara lenta, mientras duraba el inconcebible momento hecho de algo oscuro y espeso como melaza entre los dedos, con las bocas abiertas, todavía sin entender.
–¡Pero qué hacés! –Dijo el hombre. Dudaba entre avanzar y tratar de golpearme, o ir hacia el mar a buscar el teléfono que ya no servía más, suponiendo que pudiera encontrarlo.
–Disculpame –dije–. Pero los vi tan felices, tan geniales, tan perfectos. Me di cuenta que ustedes son todo lo que siempre quise. No pude soportarlo, esa es la verdad.

6.1.16

De nuestro paso por la tierra


No sé cómo decirte, pensá, va a haber un momento donde todo lo que te pareció importante no va a ser importante, donde todo lo que tuvo sentido dejará de tener sentido. Vendrá un momento donde cuando recuerdes algún episodio de tu vida, te parecerá que ni siquiera fue tu vida, te parecerá una mala película en un televisor en blanco y negro con el volumen bajito. Va a suceder, creéme, tendrás que pensar dos veces si tenés la fuerza, el impulso para bajar de la cama y llegar a la cocina para servirte un vaso con agua de la canilla. Habrá un momento donde estarás acostada en una cama de hospital rodeada de ese olor tan tremendo y pensarás si lo que viviste lo viviste o fue un sueño. Vos creés que vas a seguir siendo vos para siempre, pero las cosas no funcionan de ese modo. Como si te hubieran puesto en una cinta transportadora que parece que no se mueve, pero se mueve, y ahí vas vos, dando vueltas, sin darte demasiado cuenta de las cosas. Llegará el instante del reconocimiento donde vas a entender que en realidad no elegiste, jamás elegiste nada, estamos hechos de circunstancias, somos apenas un puñado de espasmódicas reacciones sin el mayor orden ni sentido, creemos que nuestro paso por la tierra está dotado de alguna absurda lógica y trascendencia pero no, la mente se disfraza de hilo conductor y nos cuenta el cuento de la personalidad y el libre albedrío pero todo eso desaparecerá como un pedo en una tormenta eléctrica.
Igual si no querés coger está bien, te alcanzo hasta tu casa.

30.12.15

Sh


El fracaso, como las piñas, como los rayos de sol, es acumulativo. Mirá cómo tenés la cara.
El fracaso, como el uranio, o como el polonio, te contamina por exposición, ni que hablar por contacto. Se te mete en la sangre, en la piel, no se te va más.
El fracaso es un hámster en pantuflas que come sueños infantiles, no para de comer, hasta que te quedás mirando por una ventana, sabés que estás triste, pero no podés recordar por qué.
¿El consejo? ¿Vos querías un consejo? No, hoy vine sin consejos. Fracasá sin rencor, no sé.

24.12.15

Papas fritas frías


Para Navidad, para año nuevo, suelo estar solo. En realidad suelo estar solo todo el año, desde hace varios años, lo que bien mirado equivale a estar solo toda la vida. Pero era fin de año y no sé, aunque ya no le daba bola a nada, se notaba más.
La poca familia que tengo, la poca familia que me quedaba, estaban lejos, menos en la geografía que en lo afectivo. Nunca fui partidario de estar demasiado acompañado. Estar acompañado es más o menos como estar solo, pero con gente.
Así que volví a casa. Mi idea era comer algo, una milanesa fría que me había sobrado del día anterior. Napolitana, la milanesa. En realidad, tres cuartos de milanesa, porque a la milanesa le faltaba un pedazo. Con papas fritas, frías también. Y tenía un champán importado, un Möet Imperial. La idea era comer la milanesa, tomarme la botella de champán, fumar un purito holandés. Antes de las doce de la noche estar durmiendo, recibir el año así.
Tocaron el timbre. No el timbre de la calle, sino el timbre de arriba. Raro.
–Sí –dije y abrí la puerta.
–Hola, disculpe –un señor bajito, de lentes y cabello enrulado. Unos cincuenta años, ojotas, bermudas–. Soy su vecino.
–Lo felicito –dije–. Ser vecino mío debe ser una experiencia única. Ser mi vecino podría ser una disciplina olímpica. ¿Quiere que le firme algo, un autógrafo?
Se rió, el hombre. Se acomodó los lentes. Tenía, en la mano, algo. Una botella de vino.
–No, je –carraspeó, quería decir algo–. Soy su vecino de abajo.
–De abajo, de arriba –abrí más la puerta, eso lo intimidó. Retrocedió un paso–. Somos todos seres de luz, somos espacios de conciencia. Qué carajo importa el piso.
–No, le explico –tragó saliva, transpiraba un poco–. Es fin de año, y estoy solo. Estoy solo y muy triste, además. Escuché sus pisadas en el techo y pensé, ‘bueno, quizás podemos pasar año nuevo juntos’. Sé que usted vive solo, también.
–¿Eh?
–No se ofenda, por favor –tendió la mano, la mano con la botella de vino–. Fue una mala idea. Le dejo el vino, no lo quise ofender. No soy marica, ni estoy loco. Estoy solo, nada más. Y triste. Me pareció que si pasaba fin de año acompañado podía ser mejor.
–Pase, por favor –terminé de abrir la puerta, le señalé las sillas del comedor–. Quizás yo no sea buena compañía. Pero tengo una milanesa fría, eso sí. Y un Möet.
Se quedó quieto. Dudaba.
–Pase nomás, ahora abro el champán –pasó–. Conversemos un rato, nos debería hacer bien. O hagamos silencio, el silencio es una experiencia totalizadora, tan reconfortante y compartible a la vez.
–No me gusta el champán –dijo–. Prefiero el vino.
–Hay un sacacorchos en el primer cajón de la cocina –dije–. Y en el armario de al lado hay whisky, eso sí que tengo. Para mí el whisky es un artículo de primera necesidad. El whisky deberían venderlo en ‘Farmacity’, es un medicamento de amplio espectro.
Corté la milanesa en cuadraditos. Probé una papa frita, las papas fritas en la heladera se marchitan, se ponen mal. Abrí el champán. Él abrió el vino. Traje vasos, no pude encontrar dos vasos iguales. Me di cuenta que todos los vasos de mi casa eran distintos.
–Bueno –dije, levantando mi vaso–. Feliz año nuevo, no sé su nombre.
–Víctor –dijo–. Felicidades, cosas buenas.
Bebimos un poco.
–Oiga –dijo Víctor– ¿No quiere que le diga a la vecina del tercero?
–Decirle qué.
–Que suba –dijo Víctor–. Es una buena mujer, tarotista. Vive con la hija, la hija es odalisca, baila en un local de la calle Scalabrini. Capaz que nos hace un show y todo. Tira la goma por poca plata, es buena piba.
–Por mí no hay problemas –dije. Le puse hielo, al champán. Un sacrilegio quizás, o un homenaje al Gato Dumas, mi heladera no enfriaba bien. Encendí un cigarrito.
Empezó a subir gente. La vecina tarotista trajo una fuente con ensalada rusa. La hija, odalisca, ofreció nomás hacernos un show. Pasó al baño a cambiarse. Vinieron del primero, un matrimonio joven con dos o tres parejas amigas y un perro salchicha que se llamaba Max y no paraba de ladrar. Apareció el portero, que tocaba la trompeta en una banda de cumbia. Vino con varios de los músicos y una chica que hacía los coros, les habían cancelado un show a último momento. Alguien trajo dos cajones de cerveza, y más vino.
Unas chicas jovencitas habían traído marihuana, venían a una fiesta por el barrio, pero se habían perdido. Un hombre en silla de ruedas se acomodó junto a la puerta de entrada del departamento y pareció quedarse dormido, alguien le puso lentes oscuros y una gorrita con visera que decía ‘Copa Nissan’.
Yo había empezado con el whisky, me pareció, en un momento que fui al baño, que había más de treinta personas. No conocía a nadie, pero todos tenían buena predisposición, hablaban a los gritos, sonreían.
Cuando me desperté eran casi las tres de la tarde. La odalisca estaba durmiendo, en mi cama. Conmigo. Bueno, miré de nuevo y no era la odalisca, era la tarotista. Se le notaba un costado de la cara como pegoteado, podía ser champán, podía ser esperma, podía ser las dos cosas. Había gente durmiendo en el piso del comedor, las paredes pintadas con aerosol, y olor a quemado, habían arrancado gran parte del parquet y habían intentado encender una fogata en el medio del living. La puerta del departamento estaba abierta, cuando pasé por la cocina me di cuenta que faltaba la heladera.
Bajé a la calle. Estaba Víctor apoyado contra un auto, fumando un cigarrillo, vestido todavía como la noche anterior.
–Se llevaron la heladera –dije.
–Sí, y el televisor también. Fueron los chinos que trabajan en el supermercado de acá a la vuelta, eran una banda, no había forma de pararlos. Querían llevarse los inodoros, también, pero no los podían arrancar. Alguien llamó a la policía. Una de las chicas dijo que la quisieron violar, después dijo que no, que no la habían querido violar, pero que le habían robado los zapatos. Después dijo que no le importaban los zapatos, pero que igual quería denunciar que venía el fin del mundo, que las multinacionales estaban contaminando el planeta, que dejaran de matar a los delfines. Dijeron de la seccional que tenés que pasar a declarar, porque el departamento es tuyo.
–Qué quilombo –me dio un papel con la notificación, le hice señas para que me convidara un cigarrillo.
–Después te ayudo a limpiar –me dijo. Se levantó apenas la camisa, para que viera la culata del revólver que llevaba en la cintura–. La verdad que ayer a la noche había pensado en suicidarme. Brindar con cualquier pelotudo, con vos, y después pegarme un tiro en el medio de tu casa. También pensé en matarte después, mientras dormías. Pero me dio no sé qué, a veces las cosas mejoran. Viste cómo es, a veces pasa algo.

18.12.15

Yo adivino el parpadeo


Hace muchísimo tiempo, cuando yo era chico, había un juego. En la escuela primaria, en el recreo, todavía no se había inventado internet, no andaba todo el mundo enchufado a algo, los niños se han vuelto instrumentos, apéndices de algún dispositivo electrónico, mala cosa.
Se jugaba de a dos, el juego. Había que sentarse, o de pie también, frente a frente. La idea era mirarse, de muy cerca, a los ojos. Y no pestañear. Resistir, sin pestañear, mirándose a los ojos. Con lo cual la mirada, los ojos, cumplían una doble función. Debían, al mismo tiempo, luchar por no pestañear, mientras vigilaban, los ojos propios, que no pestañearan los otros ojos, los del otro participante que tenías enfrente. No era algo demasiado sofisticado, duraba poco, era un juego.
Tiempo después, ya de grande, le enseñé lo mismo a una chica que salía conmigo. Durante la cópula, durante el coito. Podía ser que ella se echara de espaldas y yo me tirara encima, o con ella subida encima mío. No, si ella estaba en cuatro patas era difícil, con ella en cuatro patas no se podía, salvo que hubiera un espejo.
Durante el garche propiamente dicho, había que mirarse a los ojos. Sin parpadear. Era tan extraño como intenso, porque sentías que le agregabas una cuota extra, algo que iba más allá de la intimidad, era intimidad y espiritualidad al mismo tiempo. Entrar de algún modo en la comunión más perfecta con la otra persona, sin decir palabras. Como los animales, que tienen esa desesperación tan muda. Vos mirás adentro de los ojos de un animal y ves el origen del universo, allí descansa el sentido (no la explicación) de todas las cosas, algo que no está corrompido por el lenguaje. Insondable, los ojos son la ventana del alma.
Además, de esa forma, concentrado en no parpadear, zambullido por decirlo de algún modo en sus pupilas, podía no mirarla, quiero decir, el resto, de ella. Se había convertido en un inmundo bofe, me quitaba las ganas.

12.12.15

No mente


El templo estaba ubicado a unos cien kilómetros de la capital federal. Para el lado de Luján. Pero no se hablaba, del templo, en el curso se referían al lugar como ‘El Himalaya’.
Había empezado a ir a meditación porque me lo recomendó mi amigo Adrián. Adrián era amigo mío desde la adolescencia, y yo lo había visto estar en todas. Desde su etapa en que lo único que le interesaba eran las minas, hasta su enganche tan intenso con la cocaína. Después, como por arte de magia, se había calmado. Había empezado con el yoga. Se había hecho vegetariano primero, vegano después. Había empezado ‘el verdadero viaje, que es hacia adentro, Juan’. Eso me había dicho.
Y yo un buen día me había dado cuenta que no daba más. Ana Laura me dijo que estaba saliendo con otro, en el laburo vino un tipo de afuera y nos bajó las comisiones. Me vine grande, me vine triste. Me puse mal.
Me llevó un día, Adrián, a una práctica de meditación zen. La gente era muy amable, la atmósfera de puro silencio. El maestro daba poquísimas explicaciones. Observar la respiración, dejar pasar los pensamientos pero no pelear con ellos. La mente no existía, la mente no era un objeto sino una acción. Ser el testigo.
Trataba de sentirme mejor, que la tristeza no me pasara por encima como un flechabus de dos pisos. El objetivo de la vida es seguir vivo.
Para finalizar el año, organizaban un retiro. Un fin de semana largo en ‘El Himalaya’. Nos llevaban en combi, íbamos a ser dieciséis, pero fuimos doce. Un puñado de arroz al día, dormir en el piso. Doce horas de meditación diaria, no se podía hablar, cinco días sin hablar. Lo más cerca que ibas a estar de Nepal si vivías en Almagro.
Estábamos en el segundo día. La verdad que la venía pasando para el culo. Se me acalambraban las piernas, y a la noche me habían comido los mosquitos. Había tomado como dos litros de un repugnante té y tenía ganas de pishar. Hacía calor. La construcción donde meditábamos era una especie de pagoda japonesa, con suelo de madera y pequeñas ventanas circulares colocadas a más de dos metros de altura. En algún lugar del bosque había unos pájaros de mierda que lanzaban gritos a intervalos regulares. No paraban.
No estaba teniendo ningún viaje interior ni nada parecido. Veía el desastre de mi vida pasar ante mis ojos y me daban ganas de llorar. Quizás todavía estaba a tiempo de conseguir una mina que me quisiera, cambiar de laburo. Volantear.
Sentí un cachetazo. No podía ser cierto, pero sentí toda la potencia de un cachetazo, y cuando abrí los ojos ya estaba tirado en el piso. Me ardía la cara, había caído de costado. ¿Me había dormido?
Abrí los ojos. Frente a mí, el maestro Tanaka. Impertérrito, con su caña de bambú en una mano, como si fuera un director de orquesta. Iba vestido de blanco, esas camisas de lino con cuello mao y botoncitos. Iba descalzo, con las uñas de los dedos gordos de sus pies quizás demasiado largas, muy amarillas.
–No deje que lo distlaiga su mente, Hundled –me apuntó con su varita–. Sí, el cachetazo fue leal. ¿Pelo el sonido lo hizo mi mano, o su cala?
Algunos otros alumnos habían abierto los ojos y observaban, embelesados, la sabiduría del maestro. El hombre con su gesto, con su koan, nos guiaba hacia adentro, hacia el vacío que no tenía principio ni final del cual estaba hecho el universo, la pura conciencia, la fuente de todas las cosas.
–¡No mente, Hundled! –se acercó, un paso– ¡No mente!
Con un tan brusco como inesperado movimiento, le di un cabezazo. En las pelotas. Con la parte superior de mi cabeza.
Se derrumbó sobre el piso, Tanaka. Aullaba de dolor, se tomaba los testículos. Se le había juntado una excesiva cantidad de saliva en los labios, como espuma.
–No importa si voy a un restaurante o a lo de una prostituta, chino forro –me puse de pie, me sacudí la tierra de los pantalones–. Si pago, me gusta que me traten con algo de cortesía.

6.12.15

Instructivo para citas


Para él.
No hables de tus logros financieros, no expliques que sos un tipo, por decirlo de algún modo, solvente. El restaurante al que la llevaste a comer dice todo lo que hay que saber sobre tu poder adquisitivo. Y el vino que elegiste.
No uses ropa ajustada, no uses gel, no uses barba candado.
Las mujeres necesitan que las escuchen. Que uno está escuchando es algo muy difícil de probar, desde lo técnico, desde lo fáctico. Con que levantes la vista del plato cada dos o tres minutos, y la mires, es suficiente.
Si manejás tu automóvil, no es el momento de mostrar que de chiquito te gustaba Niki Lauda.
No le preguntes al mozo si los agnolottis vienen bien, o si la porción es abundante, no consultes cuál es la salsa que va mejor con el plato, no le preguntes a ella si prefiere malbec o cabernet. La mujer, por lo general, es un extraviado ser en el planeta tierra. Lo que precisa es conocer a alguien que parezca ser poseedor de alguna certeza.

Para ella.
No hables en un tono de voz excesivamente alto, no te rías excesivamente fuerte. El hombre que tenés enfrente está tratando de hacerse a la idea de si podrá soportarte.
Está bien que quieras mostrar algunos, en caso de poseerlos, de tus atributos. Pero no es preciso que te vistas como una prostituta de Plaza Flores. Como regla general, desde donde está ubicado el hombre no debiera poder verte (ni olerte) la vagina. La persona que tenés enfrente quiere cogerte, claro que quiere cogerte, a eso vino. Pero vos estás intentando establecer un vínculo de una duración superior a los veinte minutos.
No rechaces el alcohol, no rechaces la comida. Las mujeres que no beben ni un dedo de vino exudan un existencial aburrimiento. Las mujeres que son vegetarianas deberán conformarse con introducirse, cada tanto, un paquete de acelga por el culo.
No digas que ‘estás bien’, o que ‘estás rebien’, o que estás ‘pasando por un momento fantástico de tu vida’. El tipo que tenés enfrente sabe que te estás por matar con sólo ver cómo agarrás el tenedor.
No te quejes del clima, no te quejes del ruido que hay en el restaurante, no te quejes si el café está tibio, no te quejes si no hay lugar para estacionar, no te quejes porque considerás que el mundo es muy injusto. ¡No te quejes, pelotuda!

Para él.
No digas que te gusta el teatro, que tu pasión siempre fue la fotografía o el avistaje de aves exóticas. Ella sabe que sos abogado o contador, alguien se lo dijo.
No expliques que sos un amante de la aventura, de los deportes extremos, que te gusta saltar en paracaídas o nadar entre tiburones en aguas del Caribe. Ella está buscando un boludo que sea capaz de pagar las expensas sin sobresaltos, alguien que la deje ir a la peluquería sin tener que pedir cada maldito descuento.
No inventes ser poseedor de una agitada vida social llena de cócteles y farándula. Ella tiene várices y pie plano y se cansa de estar parada. Trabajó de moza en Villa Gesell cuando era jovencita, hace muchos años.

Para ella.
No hables de los novios que tuviste. Si jugaban en la primera de vóley del Club Comunicaciones o si te llevaban a esquiar a Las Leñas en temporada baja. Esos tipos te cogieron, bastante, antes que el tipo que tenés enfrente. Es imposible no ver que esos tipos se fueron, y el residuo de esas relaciones, lo que ha quedado, sos vos.
No seas en exceso contundente en tus opiniones, no pongas énfasis en tus convicciones. No insistas en aclarar todo aquello de lo que estás segura. Tus más rotundas certezas se irán a la remierda ni bien alguna de tus amigas te diga que va a ser madre o que cambió el auto. Es atributo de la mujer ser flexible, acompañar.
No hables, durante la cena, de temas ginecológicos o relacionados con la menstruación. No digas la palabra ‘útero’ ni ‘óvulo’, aflojá con las esdrújulas. No hables de chequeos, de enfermedades.

Para él.
No te comas todo el pan de la panera, con esa mantequita de mierda. No pases la lengua por sobre el último montoncito de tuco que quedó en el plato. No sacudas la botella de vino para ver si todavía lográs que caiga otro chorrito. El ejercicio de estar vivo es conformarse.

Para ella.
No consultes tu teléfono celular. No tenés con quién hablar, nadie te escribe hace muchos años. Estás muy sola, te viniste grande.

Para él, para ella.
A veces vivir no es como en las películas.

30.11.15

Lo oscuro


Nunca pensé que me iba a ser posible vivir en pareja, hasta que la conocí a Tamara.
Empezamos a vernos, salimos un tiempo, íbamos a cenar, cogíamos, lo normal. Hicimos unas vacaciones juntos, una semanita en Villa la Angostura. Prueba difícil si las hay, por lo menos para mí. Cada vez que me había ido de vacaciones con una chica, volví y me peleé. Un triste descubrimiento, sentir, no tengo otra manera de decirlo, que no iba a poder estar con esa mujer por mucho más tiempo. El solo hecho de imaginar la prolongación en el tiempo de esa situación me hacía doler el estómago. Era saberlo, saberlo no, sentirlo. Volver y pelearse, qué se le va a hacer.
Pero con Tamara no, nada de eso. Una mujer inteligente, con buen humor, sin ganas de romper mucho las pelotas, capaz de hacer silencio, sin necesidad de tener prendida las veinticuatro horas la radio de la mente. Buen pelo, fuerte, cogía bien.
Salió naturalmente, nos fuimos a vivir juntos. Alquilé un departamento en una calle tranquila, por Saavedra. Llevamos nuestras cosas, ella trajo a su perro, un simpático Schnauzer que se llamaba Freddie.
Ella daba clases en la facultad, yo iba a trabajar. Hacíamos planes, más vacaciones, un auto, un hijo, lo normal.
Teníamos una rutina, un chiste privado, no sé cómo surgió. Cuando yo volvía del trabajo, ella estaba en casa. Y los primeros tres minutos nos puteábamos. Era una joda, podía empezar ella, o yo.
–¿Qué hiciste para la cena? –me sacaba el saco, yo– ¿Otra vez ravioles? Se ve que te estuviste rascando la concha todo el día.
O.
–¡Qué es esa mancha de rouge! –me decía, se agarraba el pelo, o se arrodillaba con una mano en el pecho, como si le estuviera por dar un ataque– ¡Yo cuidando a tu hijo, y vos con otra mina!
Y así, cualquier cosa. Dos minutos, tres. A veces nos salía muy de telenovela, a veces parecía genuino, los reclamos, las quejas, eran los clásicos. Eran nuestros tres minutos de acting de las cosas que le suelen pasar a las parejas, a otras parejas. Y al ratito seguíamos con nuestra vida normal, nos cagábamos de risa.
El método era perfecto, por cierto. Como si pusiéramos todo lo malo, lo oscuro, lo tremendo, dentro de esa cápsula de tres minutos. Como tirar la mugre ahí
Pero un día llegué a casa, y justo ella estaba hablando por teléfono con la hermana.
–Hola, pichona –dije.
–Hola, Juan –me dijo ella.
Hacía mucho calor, entré a bañarme. Cuando salí, ella ya había colgado. Me contó que su hermana la había llamado para contarle que la habían echado del trabajo. Me preguntó cómo me había ido, si iba a querer comer el viernes a la noche en la casa de Gustavo, quería preparar un asado, le habían traído un lechoncito de Madariaga.
Comimos, vimos un poco de televisión, cogimos, dormimos.
Pero algo había cambiado. Habíamos olvidado putearnos, mandarnos a la mierda por cualquier cosa, recriminarnos algo, decirnos lo miserables que se habían vuelto nuestras vidas.
Y eso empezó a germinar, en lo profundo, a oscuras, eso que crece y se desarrolla y hace que todo se vaya a la mismísima mierda. Ajeno a nuestra voluntad, las fuerzas de la naturaleza.

24.11.15

En la piel


Me tenía que encontrar con Cecilia, me dijo que la esperara en el shopping. Solemos vernos los viernes, pero Cecilia me dijo que el viernes tenía un cumpleaños de una amiga, así que al final quedamos para el jueves. Ella los jueves tiene psicóloga, y sale a las ocho. Su psicóloga atiende en Arenales y Billinghurst.
–Esperame en el shopping –me dijo Cecilia.
Así que estoy en el shopping. No tengo absolutamente nada para hacer, y todavía deben faltar unos buenos veinte minutos para que llegue Cecilia. Decido caminar un poco, miro los locales, los precios de las zapatillas, de los abrigos, cosas que no me interesan en lo más mínimo, y entonces se me da por pensar a quién le podrían interesar esos objetos. Cada ser humano es una isla, eso pienso, pero sólo para hacerme el profundo, para no admitir que tampoco podría comprar esas cosas, que no tengo la plata. Dejo que mi mente se dedique a inventar excusas más o menos apropiadas para mí.
–¿Pero vos querés regenerativa, o regenerativa antiage?
Me doy vuelta. Quedé parado junto a un puesto que vende cremas, lociones, artículos de cosmética. La vendedora es bonita, usa calzas negras y es portadora de un apetecible culito, va muy maquillada, para que resalten unos ojazos verdes que desde ya no son suyos. Lleva el cabello recogido.
–Yo precisaría que sea exfoliante y enzimática –dice la clienta. Es una mujer de unos cincuenta largos, bien puesta. Trajecito color marfil, baja, rellenita, con mucho busto.
–Por tu tipo de piel yo usaría primero una máscara de placenta de tortuga bebé del mar adriático –dice la vendedora, y baja un frasquito de uno de los estantes más altos–. Y luego me pondría el spray de aloe vera que es refrescante, energizante, y reconstituyente.
–Tengo una amiga que usa una loción protoplasmática –dice la mujer–, eso le genera un efecto vasoconstrictor, sobre todo debajo de los párpados.
–Puede ser –dice la vendedora–. Yo igual creo que primero deberías aplicar el gel de avena con polímeros eólicos, para que respire la parte mitocondrial de la dermis. No te olvides que la piel es el órgano más grande del cuerpo humano.
–Me gustaría algo que me humecte pero a la vez me sanforice –dice la mujer que se mira muy de cerca en un pequeño espejo redondo que debe aumentar la imagen, cada poro, unas mil trescientas veinticuatro veces–. Hoy por hoy la contaminación, tanto visual como auditiva, afecta mucho la capacidad membranosa de la estructura exodérmica.
–Disculpen –digo, me he acercado un par de pasos nada más–. Si me acompañan hasta el baño que está en este mismo piso, si me dan siete o nueve minutos de su tiempo y una mínima colaboración, les puedo acabar en la carucha a las dos. A mí me vendría fenómeno y a ustedes las debería ayudar, de algún modo, también.

18.11.15

Huevos al aire


​Voy a uno de esos negocios que se llaman ‘granjas’. Ahora está lleno de negocios así por todas partes. Venden, principalmente, pollos y sus derivados. No sé, pechugas, patas, milanesas de pollo a las que sólo hay que meter un rato en el horno. Suelen vender también, en algunos casos, aceite de oliva, huevos, miel. Productos de campo, por ponerle un nombre.
​Entro y compro tres docenas de huevos. Pago, me las dan.
​Salgo a la calle, a la vereda. Abro la primer caja de cartón. Decido, para poder manejarme mejor, apoyar las otras cajas de huevos sobre la vereda, junto a mis pies.
​Comienzo entonces. Tomo un huevo, como si lo estuviera estudiando por un instante, esperando alguna clase de inspiración. Luego lo arrojo al aire. Hacia arriba y hacia delante, pero sin demasiado impulso. Digamos que un metro hacia arriba, y un metro hacia delante.
Miro el huevo que se eleva, que avanza, que se eleva y avanza. Antes de cumplir con el arcano arbitrio de la ley de gravedad, antes de caer. Estalla, el huevo, contra la vereda.
Hago una respiración, consciente, pausada. Inspiro, exhalo.
Tomo otro huevo. Abro un poco las piernas, como si me estuviera afirmando no sé, en la arena. Como si estuviera jugando al tejo en la playa.
​Repito la operación. Lanzo otro huevo al aire. El huevo sube, luego cae, revienta contra el piso, a unos veinte o treinta centímetros del anterior.
​Respiro.
​Hago un movimiento con la mano libre, una especie de sacudida, como si estuviera relajando los músculos del brazo. Muevo un poco el cuello, como si quisiera tocarme, con las orejas, los respectivos hombros.
​Otro huevo. Lo lanzo.
​Se ha juntado algo de gente. Una joven pareja, abrazados. Una familia de turistas brasileños, un tipo de maletín.
​El huevo estalla contra el piso. Salpica un poco.
​Alguien aplaude. Una chica que se está por subir a un taxi deja la puerta abierta, saca una foto con su teléfono celular. Escucho que alguien le pregunta, a otro alguien, si están filmando una propaganda, una película.
​Otro huevo.
​Salen dos vendedoras de una casa de artículos de deportes. Me señalan, asienten con la cabeza (con qué querés que asientan, con las tetas). Un colectivo pasa muy despacio, el colectivero saluda, toca bocina.
​Gente, más gente. Incluso un policía con los brazos cruzados, sonríe. Fotos, más fotos. La gente grita de alegría con cada huevo que revienta contra el piso.
​Debo ir, no sé, por el huevo 14 o 18. Nadie intenta detenerme y nada me dicen con relación a mi conducta. El clima es entusiasta, alegre, festivo.
​A la gente le parece que destruir sin razón(*) es la cosa más normal del mundo.

*y romper las pelotas también, dicho sea de paso.

12.11.15

Cuando tenés luz derramás luz


La mejor forma de encontrar algo es acordarte dónde lo dejaste. Y buscarlo ahí.
La felicidad no existe. O si querés, para que no te pongas mal, la felicidad no es un estado. Son ínfimos chispazos que vos tratás de unir con tu precaria linterna en medio de la más oscura de las noches.
Hay gente que cree que viajar es importante. Que viajar tiene el milagroso efecto de volverte interesante de algún modo. Que por haber tomado un café en Estambul sos una persona que se ha tragado el mundo. Yo una vez por semana hiervo arroz, podríamos decir que sé todo lo que hay que saber del lejano oriente.
Correr es un sucedáneo de la religión. Si pararas por un instante, si vieras lo que sos, no podrías soportarlo. Tendrías que matarte, así que seguí corriendo. Estar quieto no es para cualquiera.
Existe el dicho, eso de ‘cuanto más hacés más hacés’, pero no es cierto. Podés probar, para entenderlo, que si dijeras cuanto más tenés más tenés, no funciona. Porque cuanto más tenés, más querés tener. La canilla hecha de vos será incapaz de llenar la bañera de todo lo que te falta.
Te vas a morir, no importa cuántos contactos tengas en el facebook, ni cuántos seguidores tengas en twitter. Suck that mandarin.
El amor tampoco existe. El amor de pareja, digo. Es una maniobra distractiva, poder culpar a alguien porque no hay queso rallado para los fideos, tener a quien decirle que no te gustó mucho la película. Podés querer a un animal, eso sí. Ahí no hace falta conceptualizar, es otra cosa.
Tenés que tener un vicio. Algo que te guste y contra lo que a su vez puedas luchar porque te hace mal. Esa tensión puede mantenerte entretenido por el tiempo que se ha dado en llamar, de alguna manera hay que llamarlo, vida.
Primero los animales, después los niños. El resto, el género humano en su totalidad, no vale gran cosa.
No se puede jugar a un jueguito que no cambia de pantalla.
Todo lo que desees molestar a otro es una reacción alérgica, una biológica respuesta de lo mal que estás. Te pica así, te rascás así.
Para poder deprimirte tenés que tener dinero. La gente primitiva, aquellos que no tienen la menor inquietud artística, mucho menos espiritual, están bendecidos por no conocer mayúsculas tristezas. Conocerán el dolor, pero no el sufrimiento. Podés llamarlo una suerte de universal equilibrio, podés llamarlo ley de las compensaciones. Como te resulte más cómodo, como más te guste.
Estar vivo no tiene un propósito, pero tiene sentido. Son cosas diferentes.
Los domingos después de las seis de la tarde, es normal que estés un poco triste.

6.11.15

Mamushka


Me despierto y sé tocar el piano. Es increíble, porque yo jamás supe tocar el piano. Ni tuve piano, ni tomé clases de piano. Pero toco, de manera tan sutil y tan perfecta, la mente en blanco, se mueven mis dedos. Toco las variaciones Goldberg, toco temas de Thelonious Monk, de Petrucciani. Toco en cualquier lado, pido permiso en el lobby de un hotel, y comienzo a tocar. La gente se pone de pie, aplauden extasiados. Toco en clubes nocturnos, para entendidos. Quieren que vaya a la televisión, y que toque el piano. Martha Argerich pide conocerme, quiere que la acompañe de gira por Europa.
Pero entonces me despierto y no, estaba durmiendo. No sé tocar el piano, qué carajo tengo yo que ver con tocar el piano. Tengo que ir al banco a trabajar, eso sí, ir al centro, donde la gente apenas respira, y el odio en estado puro flota en el aire. Me llama Mónica para reclamarme que todavía no le deposité la cuota de la nena, dice que si no le deposito la plata ni me moleste en ir a buscar a Catalina, no piensa dejar que la vea. Dice que soy una basura, un asco de persona, su mamá se lo había avisado pero ella pensó que podía cambiarme, fue de cabeza dura. Y ahora todo se fue a la mierda y ella se vino grande. Yo soy su desgracia, lo que le arruinó la vida. Cómo no se dio cuenta a tiempo.
Y entonces me despierto, estaba durmiendo. Sedado. Estoy en la cama de un hospital, veo suero goteando hacia mis venas, y cables. Puedo recordar que iba a Pinamar, para descansar unos días. Paré en Minotauro, tomé un café con leche, comí un alfajor. Estiré las piernas, hice pis, fumé un cigarrillo. Laura me dio un beso, estaba encantada de venir conmigo y pasar unos días juntos, una mina bárbara. Quería llegar, iba a ciento cuarenta y el Peugeot ese que no me deja pasar, y que después, cuando me cansé de hacerle luces, se mueve justo a la derecha. Llovía un poco. Volqué, pero no me acuerdo que volqué. La cara de la enfermera es tremenda, no sabe ni cómo decirme que me partí la columna en diecinueve pedazos. No siento las piernas, hay pocas probabilidades que vuelva a caminar.
Entonces me despierto.

30.10.15

El método


Lo que te da satisfacción no es, nunca fue, el objeto. Cualquier objeto, no importa el objeto. Lo que te da satisfacción es la ausencia, temporaria por cierto, del deseo que te atormentaba.
Lo que te hace sentir bien, en determinado momento, no es nada más que la falta de alguna específica incomodidad. Así como podríamos afirmar, sin excesivas dificultades, que la salud es ausencia de enfermedad. Alguien dijo alguna vez aquello de ‘la salud es el silencio de los órganos’. Más o menos parecido a lo que te dije, a lo que te estoy diciendo.
Quizás te parece trivial lo que te digo, no estás en desacuerdo de manera específica, pero tampoco encontrás ninguna genialidad en mis palabras. Y te equivocás. Tu pasmosa superficialidad te impide interpretar la relevancia de lo que acabo de explicar. Porque ahí está la llave, no te digo para que seas feliz, no hace falta tanto. Pero sí para que puedas de algún modo continuar con tu precaria existencia.
Lo que tenés que hacer entonces es acentuar la condición, el fastidio, la molestia. Un poquito nada más, con eso alcanza. Y luego, como por arte de magia, te vas a poder sentir mejor, creaste el espacio.
Lo mejor va a ser que te de un ejemplo. Ponele el calor. Te quedaste en Buenos Aires, sos un seco, no te podés ir de vacaciones. Y hace treinta y tres grados, y por la radio dicen que va a hacer treinta y nueve grados, por varios días, y que no va a llover nunca más.
Y ves las tapas de las revistas, chicas untándose el culo con bronceador en Punta del Este, pibes haciendo esquí acuático en el Caribe, gente bailando en la playa, bebiendo bebidas de fosforescentes colores. Y te querés matar.
Acá viene el punto. Tenés calor. Tenés que acentuar esa condición. Ponete un traje, aunque puedas ir de sport. Ponete corbata también. Y metete en el subte. Sentate en uno de esos bancos que hay en el andén. Quedate así, sentado, chorreando transpiración, cinco o diez minutos. El subte es el infierno, es el horror de estar vivo, cualquiera lo sabe. Pero acá está el truco: es provocado. Por vos, aunque sea en una centésima parte.
Y entonces. Cuando salgas del subte, cuando salgas a la calle y compres una coca cola, cuando te saques el traje y te pongas ese shorcito de mierda manchado de tuco, te vas a sentir genial. Ya no sos del todo víctima de las circunstancias, hay algo que vos pudiste hacer.
También te podés tirar a las vías. Quiero decir, si no funciona el método, te podés matar.

24.10.15

Revés a dos manos


Ella entra al restaurante.
Está alterada, nerviosa. Fuera de sí. Le pasó el dato una amiga, que tampoco es tan amiga. Los últimos años se veían en alguna clase de gimnasia por el barrio, se prometían tomar un café.
La paró, una amiga, en la calle. Le dijo ‘mirá, Laura, te quiero contar algo’.
–Mirá, Laura, te quiero contar algo –le dijo Cecilia.
–Sí, decime –respondió Laura. Seguramente era para poner plata para el cumpleaños del profe de gym, o alguna idiotez por el estilo. Pero le hizo ruido la palabra ‘comentar’. Tenía turno con su clínico, estaba apurada.
–Tomemos un café mejor, así no hablamos en la calle –dijo Cecilia–. Son cinco minutos nada más.
–Eh, bueno –dijo Laura.
Imposible. Cecilia le preguntó si ella seguía saliendo con Federico.
–Sí –dijo Laura–. Yo diría más que saliendo. Vivimos juntos hace dos años.
–Bueno –dijo Cecilia–. No sabía si contarte. Una nunca sabe qué hacer, qué es lo correcto. Pero yo te conozco hace muchos años, Laura. Fuimos muy amigas, así que yo te lo cuento igual.
Y le contó, Cecilia. Cecilia tenía una amiga, otra amiga, que se había puesto de novia. Y habían ido a comer, de a cuatro, a un importante restaurante de Puerto Madero. La amiga de Cecilia se había puesto de novia con un polista, con un pibe bien. En el restaurante, Cecilia había visto en una mesa, medio escondido, a Federico. Cecilia conocía a Federico de antes, de vista.
–¿Y? –Dijo Laura, por decir algo mientras llevaba más de un minuto revolviendo su café.
–No me entendiste –Cecilia miraba por la ventana–. Estaba con otra mina.
Agregó, Cecilia, que Federico y la otra mina se besaban, él le tenía de a ratos la mano sobre la mesa. Cuando le contó, Cecilia, eso, lo que veía, a su amiga, a su amiga con la que estaba cenando. La amiga le había dicho ‘¿Ese? Lo vi varios jueves, con la misma mina. Se nota que se adoran’.
Eso fue lo que le contó, Cecilia, a Laura. Laura dijo que no, que nada que ver, no podía ser. Terminó su café y se fue.
–¿Cuál es? –Preguntó Laura, antes de irse.
–¿Cuál es qué?
–El restaurante, el nombre.
Cecilia le dijo el nombre del lugar. Laura se fue caminando. Todos los jueves Federico tenía fútbol con los muchachos, y asado. Volvía tarde, se iba directo a duchar. Después se metía en la cama. Laura pensó, un instante. Jamás había llegado, Federico, en el último tiempo, algún jueves, y la había cogido. Cualquier otro día podía suceder, que llegara o se despertara en medio de la noche, con ganas. Pero no un jueves.
Laura esperó al próximo jueves. A eso de las nueve de la noche se tomó un taxi a Puerto Madero. Entró al restaurante. Le preguntaron si tenía reserva, dijo que buscaba a alguien.
El restaurante era grande y estaba lleno de gente, pero lo vio. Al fondo, de espaldas a la puerta. Lo hubiera reconocido en cualquier parte, la manera de sentarse, los rulos.
–Hola –Dijo Laura. Se paró junto a la mesa. Federico le soltó la mano a la chica. La chica la observó, como si ella fuera una empleada del local, como si ella estuviera ahí para preguntarle si iban a querer algún postre, o quizás más vino.
–No es lo que vos pensás –dijo Federico, balbuceando.
–Estaba esperando si me confirmaban los estudios –dijo Laura. Sacó los análisis de la cartera. Los estudios que confirmaban que estaba embarazada, la sorpresa que venía guardando–. Me llamaron del laboratorio para avisarme que tengo sida. Así que yo te diría que vayas y te hagas ver vos también –miraba a la chica, la apuntó con el sobre. La chica tenía unos fantásticos ojos verdes–. Todas tenemos que tener cuidado de a qué boludo nos cogemos, viste cómo es.

18.10.15

La ley de los grandes números


Voy a un bar, a desayunar.
Me siento. Pido, me traen el pedido.
–Oíme, forro –tiro la cucharita del café con leche, al piso–. Te pedí un café y una de manteca, me trajiste un café con leche y una de grasa. ¿Qué te pasa, tus papás son parientes? ¿Estás medicado? ¿Eras el último aborto del día y te rasparon las neuronas con una cuchara oxidada? Mamita querida, habría que mandar a la Antártida a todos los que no tengan primaria completa.
Al mediodía, voy a almorzar, es un restaurante de barrio. No es muy caro, hacen comida casera.
Pido un vino barato, unos ravioles con estofado.
El mozo se va, el mozo vuelve, trae el pedido. Pruebo el plato, pruebo un sorbo de vino.
Lo llamo. Viene.
–Escuchame una cosa, infeliz –me pongo de pie, suelto los cubiertos, escupo sobre la mesa–. La bolognesa ésta, ¿no sabés si alguien antes no se lavó el culo con la salsa? El tomate está ácido como si lo hubieras meado vos o un rinoceronte, lo que equivale a decir lo mismo. Llamalo al dueño que le quiero preguntar por qué sirven de comer esta mierda. Para eso sería mejor que apliquen rifle sanitario.
Paso por una fiambrería, entro.
–Fenómeno, el otro día te compré doscientos gramos de jamón cocido –agarro un paquete grande de papas fritas, como si lo estuviera pesando, después lo tiro al piso, y lo piso, escucho cómo se deshacen las papas fritas bajo mi suela. Es como si, por un instante, las papas fritas me rascaran las plantas de los pies, una sensación de lo más agradable–. No es que no era jamón cocido, no era ni paleta. Era una especie de plástico, un polímero, aunque dudo que vos sepas el significado de esa palabra. Tenés pinta de tener alguna clase de retardo. También, para tener esta fiambrería de mierda, en este barrio de mierda. Seguro que veraneás en San Clemente, qué le vas a hacer, para más no te daba.
Hace como dos semanas que vengo con una racha bárbara. Gano guita, me cojo a la mina que quiero, me salen todas. Necesito que me caguen a trompadas o que me lleven detenido, prefiero no abusar.

12.10.15

Pedazo de queso


Durante cinco años me dediqué a ir a los supermercados, todos los días, durante veinte minutos, media hora. A veces hacía dos tiempos, uno a la mañana, y uno a la tarde.
Nada, no compraba nada. Iba y paseaba, adentro del supermercado. Miraba las cosas expuestas en las heladeras, en las góndolas.
Y tengo buena memoria. Podía decirte si el vino Santa Julia Roble Malbec 2009 estaba dos pesos más barato en el Jumbo de regimiento en determinado mes del año, si las arvejas Arcor convenía comprarlas en el Coto de Villa Urquiza. Sabía el precio del queso Port Salut de La Serenísima, con cuatro decimales, en cualquier supermercado de Caballito y de Almagro. Vos me decías el peso, en gramos, del pedazo de queso, y yo te decía el precio. No fallaba nunca.
Te podía decir el precio de cualquier pasta fresca de La Salteña en el Carrefour de la calle Las Heras, te podía decir cuál era el spread, la diferencia de precios, entre las latas de atún al agua La Campagnola, con las latas de atún en aceite, con las latas de atún en aceite de oliva, también. A veces esa diferencia, ese spread varía de un supermercado a otro, de acuerdo a si en ese barrio se consume más un tipo de atún que otro. Lo tenía estudiado, al detalle.
A eso me dediqué, básicamente, eso hice, durante cinco años. Eso y no mucho más que eso. Seis días a la semana, descansaba los domingos, por aquello que el domingo hasta Dios descansó. Bíblico asunto.
No, ya sé, no le encontrás el menor sentido. Vos durante esos cinco años te dedicaste a estar en pareja, a trabajar en una oficina. Te casaste o pusiste un negocio, cambiaste el auto, tuviste un hijo. Hiciste gimnasia o dieta, hiciste un curso.
Tampoco parece gran cosa.

6.10.15

Las fuerzas de la naturaleza


Pasó de casualidad, por decirlo de algún modo, aunque todo bien mirado no es mucho más que una gigantesca casualidad. La mayoría de las cosas suceden ajenas a la voluntad de las personas. Que la persona lo sepa o no, bueno, eso es otro tema.
Volví de un viaje a la India, siempre había tenido ganas de ir a la India, porque me parecía que todo lo que había que saber, en el campo de la espiritualidad digo, bueno, salía de ahí. Me llevaron a ver a un gurú, ojo, tenés un gurú cada media cuadra, pero este gurú en particular nos ofreció un rito de iniciación que consistía en un mantra, un ejercicio de respiración, y una purificación en el Ganges. Nos pidió poca plata, así que me pareció razonable. Después de todo, para eso había ido a la India, era eso o comprar una moto y salir a recorrer la Argentina hasta pegarme un palo y quedar todo roto. La vida no tenía mayor sentido, me había venido grande.
Volví de la India, a seguir con mi vida. Y un día le dije a Mónica que se sentara frente a mí. En una silla, claro, así como estaba, en bombacha y corpiño.
–Qué pasa –dijo Mónica. Andaba cansada con su trabajo en el hospital, era enfermera y no tenía ganas que le pidiera cosas raras. Un polvo rapidito y a dormir, había estado todo el fin de semana de guardia.
–Te voy a hacer acabar –le dije–. Con la mirada.
–¿Eh?
–Vos cerrá los ojos, yo ni te voy a tocar. Van a ser, como mucho, cinco minutos.
–¿No preferís que te la chupe un poquito, Juan? –Mónica volvió con una silla de la cocina–. Te la chupo y después me dejás ver un rato la tele tranquila.
–No, dale –le indiqué que se sentara, en la silla. Yo estaba sentado en el borde de la cama–. Vas a ver.
La miré, justo entre los ojos, donde se supone que está ‘el tercer ojo’. Miré sólo ese punto y nada más. Con la mente en blanco.
Pasaron dos o tres minutos.
–¡Aaahh! ¡Así, así! ¡Ahhh! ¡AH! –Se retorció, Mónica, en la silla. Casi se cae al piso. Abrió los ojos, abrió los brazos, también.
–¿Cómo hiciste? –Se puso de pie, tenía la bombacha empapada–. No entiendo, fue el mejor orgasmo de mi vida. Todavía me tiemblan las piernas.
Se ve que Mónica se lo contó a un par de amigas del hospital, pero no le creyeron. Me preguntó si podía traer a una amiga, para que se lo hiciera, con la mirada, igual que a ella.
Le dije que sí, pero que mientras se lo hacía no podía haber nadie presente. Ella podía esperar en la cocina.
Vino con una mujer de unos cincuenta años, pelo corto, bastante excedida de peso. Le indiqué el procedimiento, que se desvistiera y se sentara en la silla con los ojos cerrados. Le dije que no iba a tocarla, me miró como diciendo ‘si querés tocarme, no hay problemas’.
Cerró los ojos. Me puse de pie y comencé a mirarla desde arriba, esta vez el chakra de la coronilla, como si fuera en el centro exacto de la cabeza. Miraba ese punto y nada más, con las manos cruzadas a la espalda.
Empezó a gritar como si la estuvieran acuchillando. Gritaba, gritaba y se reía. Entró Mónica, asustada. Prendió la luz.
–Es genial –Se puso de pie, la mujer, que se llamaba Alicia. Me abrazó–. No tenía un orgasmo desde que murió mi marido. Es genial –Lloraba, Alicia–. Gracias, gracias.
Se corrió la voz. Una cosa trajo la otra. Alquilé un consultorio por la zona de Tribunales, no podía tener un desfile de mujeres en mi departamento porque del consorcio iban a pensar que andaba en algo raro. Compartía el consultorio con un pedicuro, era la fachada perfecta.
Venían mujeres y más mujeres. De todas las edades, chicas jóvenes que habían tenido un mal comienzo con algún noviecito y habían quedado traumadas, señoras mayores a las que les habían diagnosticado un cáncer terminal, obesas mórbidas, mujeres que habían sido golpeadas por sus maridos y habían perdido la capacidad de sentir.
Atendía de nueve a diecinueve, de lunes a viernes, los sábados hasta las dos de la tarde. Las sesiones eran de media hora, pero las mujeres acababan en no más de nueve minutos. El resto del tiempo era por si querían conversar sobre lo que les había sucedido, recuperar el aliento, tomar un té.
Era increíble, era un don, sólo tenía que enfocar la vista en un chakra, la garganta o el ombligo, y blanquear mi mente. Dejar el espacio para que sucediera, brindar mi atención a la energía universal, dar paso a las fuerzas de la naturaleza. Y sucedía, infalible.
Hasta que un día apareció una mujer de unos treinta y pico de años, delgada, morocha, dijo que había tenido una sesión conmigo hacía dos o tres meses. Dijo que había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. Dijo que estaba embarazada, también.