Uno aprende, el mero discurrir del tiempo te obliga a aprender, a deambular esa infinita meseta que parece no conducir a ninguna parte, como si miraras por la ventanilla y no pararas de ver el mismo aburrido paisaje. Árido, por cierto. Gamas de gris.
Gustavo tenía la sensación que no le pasaba nada. En general, en la vida.
No se había casado pero vivía con Viviana, desde hacía nueve años. Tenían un precioso hijo que se llamaba Enrique. Tenían un perro, también, un incansable labrador que se llamaba Max. Tenía un local de venta de artículos de limpieza por Villa Urquiza, no, no Max, Gustavo. Siempre había querido no tener que depender de nadie, ser su propio jefe. El negocio era pequeño y daba dolores de cabeza, la inflación, la inseguridad. Pero tenían un buen pasar, podía cambiar el auto cada tres o cuatro años, veraneaba en Playa del Carmen, en Buzios.
Con Viviana no estaban en su mejor momento, ¿pero quién podía decir que estuviera con su pareja en el mejor momento? El mejor momento con cualquiera era cuando se conocían, los primeros tres meses, seis meses máximo si vos querés. Después venía la convivencia, el día a día que te va mordisqueando los talones como un aplicado perro salchicha, la rutina. Lo importante era que habían construido un sólido vínculo. Era una buena mujer junto a la cual envejecer. Se querían.
Se empezó a sentir mal, Gustavo. Nada específico, dolores. Un día se levantó a la mañana y le dolía muchísimo la planta del pie derecho. Casi no podía pisar del dolor. Trató de disimular, pero anduvo dando saltitos, rengueando todo el día. Otro día se quedó duro de la espalda, el cuello, no podía girar la cabeza para el costado, ni un poquito, y el dolor le nublaba la vista. Otro día la cintura, se tenía que sostener la cintura con ambas manos para sentarse, como si fuera un anciano. No recordaba haber tenido un dolor de cintura así ni cuando había jugado al rugby de adolescente.
Otro día fue un huevo. Sintió el huevo punzando, latidos. Quizás había hecho un mal movimiento mientras dormía y se lo había apretado. Quizás había hecho algún esfuerzo acomodando la mercadería en el local y se había herniado. Todo muy raro, impensado, y al mismo tiempo. Como decían los americanos: when it rains, it pours. Malas noticias.
Viviana andaba metida en sus quilombos, más distante que nunca. Se quejaba que Enrique andaba con problemas de conducta en el colegio. Y su hermana, siempre su hermana. Vivía en Mar del Plata y tenía que terminar de vender un departamento de la mamá que había fallecido hacía más de un año.
Le dijo, Viviana, que su hermana le había contado que tenían un comprador en firme. Se iba a Mar del Plata por el fin de semana. Se llevaba a Enrique para que saliera de la ciudad, para que se despejara un poco. Firmaba la venta del departamento, arreglaba números con su hermana, y se volvían. Cuatro, como mucho, cinco días.
Se despertó solo, Gustavo, el sábado a la mañana. Temeroso de ver qué le dolía. Tenía que ir a abrir el negocio, pero sólo medio día. Pensó que podía ir a desayunar a un lugar lindo, tratar de relajarse. Debía estar estresado, era esa la causa de todo. Había que bajar un cambio, disfrutar un poco más de la vida.
Se le dio por ordenar un poco antes de salir. Era temprano, había tiempo. Hizo algo de limpieza, lavó los platos que había ensuciado durante la cena. Debía mantener un mínimo orden para que la casa no se le cayera encima.
Ordenó todo, hasta barrió. Y entonces abrió un cajón, un cajón de Viviana, donde guardaba los camisones, la ropa interior. Había corpiños, había bombachas, le pareció que algo estaba mal doblado, algo hacía un poco de bulto. Revisó, metió la mano.
Había un muñeco, un muñeco no muy grande como de trapo, con forma humana. El muñeco era color chocolate y tenía la cara dibujada con pedacitos de tela también, cuadraditos rojos para los ojos, la boca un rectángulo amarillo.
Tenía un nombre, el muñeco, decía Gustavo. Escrito con un marcador negro a la altura del torso. Y tenía alfileres también. Clavados, varios alfileres clavados. Uno en la planta de uno de los pies, otro en el cuello, un par en la cintura.
Viviana lo estaba matando de a poco. Pero por qué. ¿Tanto lo odiaba, o había otro hombre? ¿Por qué no se iba?
La noticia, descubrir lo que había estado sucediendo, lo dejó aturdido. Trabajaba, había tenido un hijo, dormía todas las noches con una mujer que le deseaba el mal. Todo lo que había estado haciendo estos últimos años, para nada. Tenía esa sensación que a veces se tiene en sueños, sintió que se caía.
Fue al comedor, Gustavo, con el muñeco. Se sentó en el sillón. Agarró un alfiler y buscó el punto exacto. Atravesó el muñeco, de lado a lado, en el lugar donde debía estar el corazón.
Cerró los ojos, esperó.