30.8.11

El hada

Estoy en un bar, desayunando. No importa el bar, qué carajo importa el bar. Fue en un bar donde ella te dejó, y en un bar donde te diste cuenta que te ibas a morir, y fue en un bar donde supiste que eras un genio, también. Si te preguntaran qué cosa importante te pasó fuera de un bar, tendrías problemas para responder.
Ya sé, también, muchas veces mis historias empiezan así. ¿Qué querés, que te diga que me enfiesté con la selección nigeriana (femenina) de vóley? ¿Que estuve haciendo jet ski en bolas en los lagos de Palermo? No, loco, la mayor parte del tiempo no te pasa nada, la vida no es como en las películas.
Estoy en un bar, desayunando. Nada, hay una humedad del carajo, una humedad que te deja la ropa como si un elefante se hubiera sonado los mocos encima tuyo, Buenos Aires.
Entra una pareja, al bar. Clase media, con aspiraciones quizás. Mayores de treinta, la edad del reconocimiento, las galeras hacen huelga de conejos, se pierde la gracia. Lo que era divertido deja de serlo, y es lo suficientemente triste como para llenar una bañera de lágrimas.
Es mala, ella, se nota que es muy mala. Bajita, con un fastidio que la supera en estatura. Se queja, de algo, de cualquier cosa, de cómo se abre la puerta del bar, de la humedad, de lo mal que estaciona el auto su marido, de la rotación y traslación del planeta tierra. Nació para quejarse, ella, porque hizo más o menos lo que quiso, llegó como pudo adonde creía que debía llegar, y ahora se da cuenta que no le sirve, que el fastidio se le ha pegado como una fina película de polietileno que la envuelve, la contiene, la abarca.
Detrás de ella, corresponde mucho más desde lo metafísico que desde la cortesía, entra, su marido. Debe tener dos o tres años más que ella, aunque ha comenzado un proceso de inexorable deterioro, producto quizás de la mala alimentación, el tránsito en la ciudad, el día a día en la oficina comiéndole el corazón como una metódica rata. Él sabe, también, cómo no saberlo, porque ni siquiera hay que saberlo, basta con sentirlo, que no aguanta más. No aguanta más y sabe que le faltan, como mínimo, otros veinte años de ese insoportable crucero donde el paisaje nunca cambia, no hay nada para avistar, sólo bandadas de tedio. No era malo, él, quizás de jovencito, soñaba con algo que no fue, la frustración muta con asombrosa velocidad y un día sos todo maldad, querés ver noticias donde se caen los aviones, o que muere de sobredosis algún rockero que parecía estar pasándola bien, el resentimiento se para en dos patas como un oso después de un largo invierno y se golpea el pecho. La envidia quiere comer.
Detrás de ellos, entra una niña. Es la hija, debe tener cinco años, quizás siete. El cabello con dos vibrátiles colitas, la inquieta mirada. Pero eso no es lo llamativo, no. Va vestida de hada.
Sí, va vestida de hada. Blancas medias que le cubren la totalidad de sus piernitas como alambres, y una pollerita de tul. Es eso, básicamente en eso consiste el disfraz, en la pollerita de tul, en las medias. No, lo que define que es un hada, es que tiene un palito, en una mano, que termina en una precaria estrella de cinco puntas. Puede que el palito sea la base de una percha, y la estrella es dorada, hecha con cartón y papel metalizado, algo pegoteada de plasticola.
La nena entra al bar, también. Yo estoy sentado, desde el punto de vista de los que ingresan, del lado izquierdo. Los padres avanzan, caminan, hacia el lado derecho, en busca de una mesa, pero la nena se desvía. Viene para mi lado. Da un saltito, un esforzado saltito con las dos piernas juntas, que la deposita junto a mi mesa. Con teatral gesto me toca, me toca la cabeza, con la varita de estrellada punta. Y sonríe, es la sonrisa más linda que yo jamás haya visto, aunque no cambie nada.

25.8.11

Conste en actas

No. Me dijeron que no. Todo el tiempo me dijeron que no, que yo no. Que no sabía, que no servía, que no era suficiente, no alcanzaba, nunca, no. En el colegio, en las entrevistas de trabajo, en los exámenes de la facultad, en los psicotécnicos, en los concursos literarios, la vez que saqué a bailar lento a esa chica de la primaria, cuando le pregunté a los médicos si mi papá se iba a salvar, la vez que te dije que me gustabas, no, no, y no.
Mi vida ha sido más o menos un ejercicio de flotación en un proceloso mar de no, olas de no, no y más arriba nubes de no, acá me ves, empapado de no, mirá cómo estoy.
Y es curioso porque si me preguntás si me gustaría volver a vivir, volverlo a hacer, aún sabiendo que todas y cada una de las cosas no me van a salir, que recibiré el más pulido no como respuesta a mis deseos, que la vida será para mí un diamante de mil caras de no. Bueno, yo te diría que sí.

20.8.11

La búsqueda del tesoro

P. me preguntó si lo podía ayudar. Éramos amigos hacía más de diez años, veinte quizás, cómo no lo iba a ayudar. Le dije que claro, le dije que sí.
Había muerto el papá de P., hacía más de tres meses. Tenía ochenta y tres años, el hombre, un alemanote retirado de la fuerza aérea al que sólo le gustaba ir a Pinamar a pescar. Había tenido un ovejero alemán, desde siempre, desde que lo habían pasado a retiro. Decía, el papá de P., que no le interesaban demasiado las personas. Decía que prefería tener un perro. Tenía un amigo con criadero de perros, y el papá de P. se llevaba un perro, bien de cachorrito. Lo tenía diez años, o doce, hasta que el perro se moría. Entonces, el papá de P. iba a ver a su amigo, que también había estado en la fuerza aérea, y se llevaba otro perro. Los perros se habían llamado Otto, Sigfrid, Hans. Pero me estoy yendo del tema.
El papá de P. le había dicho una vez, a P., que le iba a dejar los oros. Mientras tomaban cerveza y comían salchichas con chucrut un domingo cualquiera, el papá de P. le había dicho: ‘los oros, a vos te dejo los oros’.
Habían pasado más de diez años desde aquel comentario, y finalmente el papá de P. se había muerto. Pero no le había dicho más nada, de los oros. La ubicación, el escondite, por ejemplo, cuánto era. Al parecer, mientras uno se muere, mientras te estás muriendo, hay algunas cosas que te parecen más relevantes que otras, hay algunas cosas que te dejan de importar. Detalles.
P. había decidido alquilar el viejo caserón de Olivos donde el padre había vivido los últimos treinta o cuarenta años de su vida. Había que pegarle una lavada de cara, a la casa, y podía dejar unos buenos mangos de renta. Era una casa grande y estaba bien ubicada, en la mejor zona de Olivos. P., después de un segundo divorcio, vivía en un cómodo departamento en Belgrano.
Me pidió entonces P. que lo ayudara. Que lo ayudara a buscar los oros de su padre.
–Conociendo a mi viejo –dijo P. – los debe haber enterrado en el jardín. Necesito que me ayudes a buscarlos.
Arreglamos para encontrarnos el sábado, muy temprano. La idea era buscar los oros toda la mañana, y después ir a almorzar. Era verano, hacía calor, la idea de tomar unas cervezas frías hacía viable cualquier plan.
Me llevé un shorcito y unas zapatillas viejas en un bolso. P. trajo las herramientas, un pico, dos palas. Había conseguido prestado, de no sé quién, un detector de metales. P. había recibido instrucción militar siendo joven, era uno de esos tipos que para cualquier tarea, sin importar, justamente, la tarea, sabía cómo prepararse.
P. caminaba con el detector de metales de acá para allá. Metía un palo largo, de metal, como un caño de los que se usan para colgar las cortinas, en la tierra. Después pensaba un rato, sacaba el palo, y volvía a encender el detector que hacía un molesto zumbido. Después hacía, sobre el césped, unas marcas con un aerosol, pequeñas equis.
Era un lindo jardín, algo descuidado. De 8 x 12 quizás, con dos o tres árboles que daban buena sombra y habían ido creciendo más y más alto a lo largo de tres generaciones de la familia de P. Sus abuelos habían construido esa casa, unos cien años atrás.
–Acá –dijo P., muy serio, había metido la varilla y hasta yo, que no estaba prestando demasiada atención, sentí que la punta del palo había golpeado con algo, a unos dos metros de profundidad–. Cavemos acá.
Empezamos a cavar. Hacía un calor del carajo, y además no sé cavar. Para qué carajo tengo que saber cavar, trabajo en una oficina. Cuando trabajás en una oficina no hace falta cavar, ya estás en lo profundo. Sé viajar en subte y tomar café, eso sí. Sé caminar por Florida con la misma perplejidad y estupor que si estuviera paseando por las orillas del Ganges. Pero no sé cavar.
Trabajamos unos buenos veinte minutos. P. ablandó un poco el terreno con el pico, y después empezamos a palear, la tierra se volvía más oscura y húmeda, a lo lejos ladraba un perro de alguna casa vecina.
–Los oros –dijo P. después de resoplar por el esfuerzo–. Mi viejo no me iba a mentir. Tienen que estar.
Mi pala chocó algo con el filo, un sonido seco. Habíamos hecho un buen pozo de unos dos metros de diámetro, así que estábamos, P. y yo, dentro del pozo hasta la cintura, paleando tierra, como los dibujos animados. Igual igual.
–¿Qué es? –P. clavó la pala en la tierra, y se secó el sudor del rostro con un antebrazo. Yo estaba muy agitado, no daba más– ¿Un cofre? ¿Una caja de metal?
Habíamos comenzado a usar las manos para remover la tierra.
Lo primero que levanté fue una mano. Los huesos de una mano, una mano semicerrada, como si estuviera preguntando por qué. Casi de inmediato P. levantó un cráneo, que por el tamaño debía ser el cráneo de un niño muy pequeño.
Había mucho hueso, estaba lleno de huesos, brazos y piernas, huesos con manchas negras o verdes, el pedazo de una dentadura a la mitad de un grito o de una pavorosa mueca. Más manos, huesos de cuerpos apilados, los pedazos, cinco o siete, no sé.
Salimos del pozo, en silencio. Me senté sobre el pasto, el sol me daba en la cara, tenía el cuerpo cubierto de tierra y respiraba como un animal que acaba de estar corriendo por su vida.
P. estaba de pie, a un costado del pozo, mirando hacia abajo. Negaba con la cabeza, mientras se rascaba el pecho. El perro del vecino no paraba de ladrar.

15.8.11

No sex, no city

El problema con ‘Sex & the city’ es que vivís por Monserrat. Monserrat tiene su onda, hay un par de bares más o menos dignos para desayunar, lo admito. Pero Monserrat no es New York.
El problema con ‘Sex & the city’ es que te dieron un pelotazo en la primaria, jugando al vóley, un pelotazo que cuando te acordás todavía te arde la cara, pero no tenés la nariz de Sarah Jessica Parker, tenés la nariz de un maldito perico.
El problema con ‘Sex & the city’ es que los tipos que se te acercan no son ejecutivos, nunca son ejecutivos, ni saben tocar el saxo, ni son reconocidos fotógrafos. Los tipos que se te acercan tienen los calzoncillos desteñidos y creen que dos porciones de fugazzeta es una salida, y después de ponértela un ratito quedan vencidos, boca arriba, como agonizantes hipopótamos, regurgitando un vino barato.
El problema con ‘Sex & the city’ es que tus amigas creen que ‘Gucci’ es una marca de alimento para perros.
El problema con ‘Sex & the city’ es que la gente que conocés jamás te invita a una galería de arte. Te han invitado a ver Atlanta-Chacarita, una vez, y alguien te pishó desde arriba en la tribuna.
El problema con ‘Sex & the city’ es que es una serie de televisión, capítulos de media hora. Y después te quedás ahí sentada, vos, con tu vida.

10.8.11

Lejano Oriente

Ignacio se había perdido en el camino, más o menos como todos. Tenía un buen laburo de oficina (si la contradicción es admisible), se había divorciado después de nueve años de casado. Tenía una madre viuda, tenía un hijo. Había tenido un perro, también, pero lo pisó un auto, un Fiat que dio marcha atrás una tan tremenda mañana de invierno. El perro, que se llamaba Toti, quedó tirado sobre el indiferente asfalto, le salía sangre de la boca. Ignacio lo levantó y le sostuvo la cabeza con las manos, mientras el perro lo miraba, lo miraba muy hondo, y le salía como un silbido del pecho. Hasta que se murió, Toti. Ignacio pensó que no iba a poder parar de llorar nunca, que simplemente se iba a inundar toda la ciudad con su llanto.
Probó de todo, Ignacio, porque se había dado cuenta que estaba triste, que la vida no tenía mayor sentido. Había cumplido treinta y tres años y no veía ninguna resurrección a la vista. La escalera mecánica de la vida se había puesto para abajo, eso generaba fastidio al principio, susto después. Algo nuevo, algo malo. Después de cierta edad, lo nuevo y lo malo caminan de la mano.
Fue de casualidad y se enganchó de inmediato. Lo llevó un amigo, Hernán. Hernán siempre había tenido el mambo de las artes marciales, desde chico. Lo llevó a un gimnasio, en Almagro. Había un profesor, un japonés. El japonés daba clases de Aikido.
Ignacio fue la primera vez, a la primera clase, porque estaba aburrido. Pero le gustó. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, gordito, siempre sonriente. Y les explicaba los movimientos, el uso de la energía del oponente, cómo lo blando se imponía a lo duro aunque pareciera joda, los hacía pasar de largo con ínfimos movimientos, dejando al ocasional atacante en el más pleno desconcierto. Te dejaba despatarrado en el piso y te ayudaba a levantarte, siempre con esa tibetana sonrisa que era un mar de comprensión y agradecimiento.
Practicaban kendo, también, con máscaras y palos. El profesor Ling, porque así se llamaba, Ling, les contaba historias de samuráis que se suicidaban por honor. Y les enseñaba, les seguía enseñando. Ling les hablaba de los sutiles protocolos, de las geishas, la ceremonia del té. Ling hablaba de los ritos del Japón de su niñez, con respeto no exento de emoción, con una voz que era apenas un susurro. Ignacio sentía que mejoraba, que finalmente había encontrado algo donde poner su atención, algo que hacer.
Iba los martes y los jueves, a sus clases de Aikido, practicaba, y Ling les hablaba de la importancia del Reiki, les enseñaba los simples y tan profundos caminos de la meditación, la esencia del Zen.
Ignacio llegó temprano, ese día, porque había salido del trabajo a las cinco y no tenía nada para hacer. Tomó un café y se fue caminando al gimnasio, con el bolsito. Entró al vestuario.
–Me das una toalla, Mario –el pibe lo conocía. Le dio la toalla, y él le dio cinco pesos en lugar de dos, como de costumbre. Todos contentos.
Siempre que Ignacio llegaba a la clase, Ling ya estaba sentado en el Dojo, piernas cruzadas, los ojos cerrados, las palmas hacia arriba sobre el regazo, meditando, así recibía a los alumnos. Decidió Ignacio hacer lo mismo, cambiarse, ir al recinto, sentarse a meditar y esperar al maestro. La clase empezaba a las siete, eran las siete menos veinte.
Se estaba cambiando en una punta del vestuario, cuando entró Ling. Vestido con ropa de calle, bolsito al hombro, con sus lentes sin marco, sonriente como siempre.
–Hola, Malio –Ling no lo había visto, había ido directo al mostrador– ¿Sabés qué númelo salió en la quiniela?
Ignacio se dio cuenta que jamás podría volver a creerle a Ling nada de lo que le dijera. Que ya no importaba el Aikido ni el Kendo, el Reiki, el Zen. A la semana dejó de ir, se borró del gimnasio y se compró una bicicleta con cambios.

5.8.11

Necesitaría ver

No, no puedo decir la calle. Conviene que no diga la calle, el barrio en el que vivo. Imaginate si nos llegamos a cruzar por la calle un sábado a la mañana, no sería bueno para ninguno de los dos. En particular para mí, así que no voy a decir la calle.
Llevo la ropa al laverap, los sábados a la mañana, eso sí te lo puedo decir, eso sí te lo digo. Llevo una bolsa con la ropa, doblo en F., me gusta caminar por F. pero los sábados a la mañana solamente. Conozco las baldosas y los árboles de esa calle que debe atrasar como cien años. Hasta hay un par de perros que me conocen, me mueven la cola, me ladran cuando paso.
Y me pasó un sábado bien temprano, que vi a un ciego. Caminaba, el ciego, con natural temor, con excesivo cuidado. Despacio, muy despacio. Algo encorvado y con la cabeza bien hacia delante, como si quisiera ir olfateando el terreno. Canoso, el pelo casi blanco en su totalidad. Unos anteojos muy gruesos, y el bastón, el bastón blanco.
Lo reconocí por los anteojos, el mismo armazón, aunque con vidrios el triple de gruesos, y allá lejos, muy lejos, sus diminutos y acuosos ojos que miraban a ninguna parte.
Daniel Hoffenbasch, era. Seguro. Había ido conmigo a la primaria. Todavía veía en esa época, claro, pero ya usaba esos tremendos anteojos. Daniel sabía que se iba a quedar ciego, me lo había contado en un recreo. Los demás chicos se burlaban, le escondían las cosas. La crueldad en estado puro que después no hacemos más que perfeccionar a lo largo de la vida adulta.
Me mató verlo. Me hizo moco. Habíamos ido juntos al colegio, ya lo dije. La vida nos había pasado por encima a todos, eso estaba claro. Pero esto era otra cosa, era bien bravo.
No me animé a hacer nada, me puse muy nervioso. Me dejó pensando todo el fin de semana.
Al sábado siguiente lo vi de nuevo. Era parte de su rutina. Lo seguí, caminaba por F. hasta V., tres cuadras, y se tomaba el 92. Perdido en una ciudad indiferente y hostil, aferrado a su bastón en medio de su particular e intransferible naufragio.
Quería hablarle, saludarlo. Preguntarle cómo estaba, cómo era su vida a pesar de lo que le había sucedido, saber si había algo en lo que yo pudiera ayudarlo.
Junté coraje. Dejé pasar, con indolencia, otra monótona semana.
Sábado a la mañana, bajé, doblé por F., y esperé en la esquina de D. Lo vi llegar, vestido como siempre, un holgado jean, camisa a cuadros, una campera de esas con relleno de pluma de ganso, viejísima, de un desteñido gris.
–Daniel –dije, y se me secó la garganta, me quedé por un instante sin voz–. Daniel Hoffenbasch.
Se detuvo. Alzó la cabeza un poco, sorprendido de oír su nombre.
–Soy Juan –dije–, Juan Hundred. Fuimos juntos a la primaria, te vi el otro día y te reconocí. Me dieron ganas de saludarte, de saber cómo estás. Si te puedo ayudar en algo.
–¿Qué?
–No sé, te reconocí, quiero saber si necesitás algo.
Hizo una pausa. Palpó uno de los bolsillos de su campera, como si buscara algo, un objeto que de pronto se había vuelto importante.
–Bueno, sí –dijo–. Necesitaría ver.
–No entiendo –dije, pero quizás sí entendía.
–Eso, Juan. Lo que necesitaría es volver a ver. Ver el número del colectivo que espero, y el color de los árboles. Mirar una chica que pasa y un perro que mueve la cola. ¿Me podés hacer ver?
–No –me salió un sollozo, no sé de dónde vino, me sorprendió como un piedrazo–. No puedo hacer eso.
–Entonces andá, Juan –me apoyó la mano libre sobre un hombro, dio dos palmadas, muy pequeñas, apenas, como si un gorrión se hubiera posado sobre uno de mis hombros y estuviera estirando las patitas–. Tuviste un ataque de lástima y eso está muy bien. Quizás te creas buena persona por un rato, si querés te lo agradezco. Pero no me sirve, Juan, no cambia nada.

30.7.11

Einstein no dijo

Durante un tiempo fuimos felices, durante un tiempo creímos que la felicidad era posible. Pero después no. De pronto, como quien se mira al espejo y descubre una cana y no puede creer qué le pasó, el gorila del tiempo comiendo su banana hecha de vos.
Te quedás mirando por la ventanilla de la vida, no alcanzás a entender, todo aquello que funcionaba, la alegría, las ganas escurriéndose como una luz debajo de una puerta.
Llegan los reproches, el fastidio, el insoportable again and again de una diluida fragancia, una fruta que perdió su sabor.
Cada tanto alguien vuelve a repetir, generalmente fuera de contexto, aunque quién puede saber cuál es el contexto, la frase de Einstein, respecto a su definición de la locura. Aquello de hacer una y otra vez lo mismo y esperar un resultado diferente. Se refería, supongo, a insistir con algo que no funcionó, esperando que la insistencia lo haga funcionar.
Lo que Einstein no dijo, o quizás olvidó mencionar, es que aquello que funcionó, aquello que una y otra vez funcionó, también dejará de funcionar. No será ninguna locura, será triste y nada más.

25.7.11

Energético

Te voy a explicar algo, aunque últimamente ya no ando con ganas de explicar nada, pero te voy a explicar algo. Porque no lo sabés, porque sería bueno que lo sepas, prestá atención.
A ver, la única energía que existe en este planeta proviene de los seres vivos. Ya está, eso. Veo que no entendés, no es tu culpa tampoco, debés ser perito mercantil, o estudiaste psicología, no pasa nada.
Lo que se enchufa, en realidad, no se enchufa. Lo que lleva baterías, bueno, no lleva baterías. Es un push, un empujón, para arrancar, pero después, mientras dura, come de vos. Veo que seguís sin entender. Ahí voy de nuevo, no te hagás problema.
Vos prendés la luz, y la luz, para permanecer encendida, usa tu energía, la energía del ser vivo que alumbra, la luz te alumbra gracias a vos.
Vos hablás por teléfono celular, el milagro de la comunicación, pero el teléfono por el que hablás, no anda a batería, anda a vos. No, no es que trae cáncer, el cáncer pasó de moda, no se usa más. Te estoy diciendo que el teléfono, para permanecer encendido, usa tu energía, te chupa vida.
¿La computadora? Sí, claro, la computadora también. La heladera anda de la energía que todavía conserva la comida, una manzana, carne, leche, así.
No, no te sale, ni siquiera sabés qué preguntar. No importa. Basta con que sepas que cualquier aparato o dispositivo que precisa de energía para funcionar en cualquiera de sus formas, usa principalmente tu energía.
El residuo de ese proceso de combustión, lo que va quedando, sos vos, extraviado, perplejo, aturdido. Apestando a información.

20.7.11

Cómotevatantotiempoquéesdetuvida

Alguien se encuentra con alguien. En un bar. Para identificar con mayor precisión, para que la historia sea quizás un poco más accesible, serán, en adelante, ‘Alguien1’, y ‘Alguien2’.
Tanto Alguien1 como Alguien2 son mujeres, olvidé mencionarlo.
La historia, lo que está sucediendo, en el bar, es más o menos así. Alguien1 y Alguien2 son amigas desde hace mucho, quizás desde la secundaria. Alguien1 se ha ido a vivir a Europa, a Londres muy probablemente, o a Paris, no hace a la cuestión, no viene al caso. Alguien1 se ha ido a Londres hace muchos años, a estudiar idiomas, o filosofía, o antropología, algo así. Ahora vive allí, en Londres o en Berlín, es profesora de algo, de algo que estudió, da clases. Está en pareja con alguien, alguien que conoció allá, alguien que vive también allá, en Londres o en Roma, era parte del plan.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha. Alguien1 es la mujer que fue a ver qué había allá afuera, salió al mundo, aprendió a comprar aspirinas en alguna farmacia de Europa, a tener frío lejos de mamá, a fumar hachís con un compañero de curso africano que además tenía la verga del tamaño de un antebrazo, y olía horrible, apestaba a curry, algo que puede ocasionar más de un incordio a la hora de fornicar, no es como en las películas, nunca es como en las películas.
Alguien2, que escucha, se quedó, en el sentido amplio del término. Se casó pronto, a los veintidós, tiene tres hijos, y un marido al que desprecia, pero es más lo que se tiene invertido en el plan, que lo que el mundo tiene para ofrecer, conviene seguir, así que sigue. Pero se siente mal, Alguien2, sabe que no saltó, que no saltó a ninguna parte, hizo, más o menos, lo que le fue apareciendo en el camino, lo que pudo, está aburrida, está cómoda, no le va mal.
Alguien1, en cambio, en esta visita, advierte lo lejos que se ha ido, tan lejos que ya no hay manera de volver. Necesita, a través del descubrimiento de Alguien2, sentir que hizo bien, que su viaje le abrió el abanico de la vida al que casi nadie se anima. Que toda la húmeda melancolía de Londres tuvo algún sentido, que los solitarios cigarrillos frente a aquella ventana que daba a una pared de ladrillos, lo que equivale decir a la nada misma, tuvieron su recompensa. Puede subirse a un tren, dormir una siesta, y despertarse en Amsterdam, o en Madrid. Puede ir a un concierto de jazz, en Berlín.
Pero, mientras Alguien1 habla, al mismo tiempo Alguien1 siente, como nunca antes, que su vida no ha ido a ninguna parte, que lo único que le ha quedado de los últimos diez años son tres o cuatro cafés con leche y los museos, y la verga del africano que tiene un chivo particular y único, por las mañanas las axilas le huelen a algo que sólo puede semejarse a la orina de un gato, de aquel gato que tenía en su niñez, Felipe, se llamaba, el gato. El negro se llama Daniel, pero con acento en la a.
Y mientras Alguien2 escucha, Alguien2 siente que no le ha pasado nada, con la notable excepción de sus hijos, que ni siquiera se animó a probar la marihuana aquella vez en San Bernardo, que lo único que ha estado haciendo son trámites, para los chicos, inscripciones, legalizaciones, certificaciones, análisis de sangre, y compras, compras y más compras para mantener andando un aerostático globo que apenas se sostiene en el aire, cada vez más bajito, en un abrumador viaje hacia la senectud sin paradas donde poder bailar, o coger, o reír.
Alguien1 habla, Alguien2 escucha, y la mañana transcurre como cualquier otra mañana. Las dos tienen fotos para mostrar, digitales y en papel. Las dos se hicieron las tetas, por motivos bien diferentes, por motivos que ambas desean explicar con cierto detalle. Pasan los autos por la avenida.

15.7.11

En lo cierto

Éramos cuatro. Toto, Richar, Juan Manuel, y yo. Nos encontrábamos a comer una pizza, cada dos semanas. Éramos amigos, no sabíamos ni cómo nos habíamos ido haciendo amigos, de la vida.
La pizzería podía cambiar, por semestre, de acuerdo a si alguien decía que era mejor la fugazza rellena de Banchero, o si alguien decía que lo mejor era la pizza al molde de El Palacio. Se aceptaban sugerencias, se podía opinar. Pero si uno sugería el cambio de lugar, eso implicaba también una responsabilidad. Si las cosas no funcionaban, si las cosas salían mal en el nuevo lugar por cualquier motivo, quien había pedido el cambio de lugar sería el blanco de todas las puteadas.
Estábamos en el semestre de El Cuartito. Llegamos, pedimos. Una grande napolitana con ajo, una chica de fugazzeta, dos Warsteiner de litro, cinco o seis porciones de fainá.
Pasa algo, en esos sacrosantos lugares, que te sentís cómodo. No importa si tu esposa coge con el portero del edificio, o si ahí afuera hay gente capaz de quemarte el culo con una plancha Atma por un par de monedas. Lo único interesante de la Argentina son esas cinco o siete pizzerías, el resto del país te lo podés meter bien en el culo, me vas a tener que disculpar.
–Epa, che, ¿qué te pasa? –dijo Juan Manuel. Le hablaba a Toto. El Toto, en silencio, lloraba. Caían las lágrimas como animales indiferentes y resbaladizos, y él estaba muy quieto, las manos sobre la mesa, miraba una pared, como si estuviera mirando por una ventana.
–Nada –dijo el Toto–. No me pasa nada.
–¿Cómo que no te pasa nada? –Richar apagó el celular–. Estás llorando.
–Sí, estás llorando –dije yo, porque Juan Manuel y Richar esperaban que yo, de alguna forma, convalidara. Y el Toto estaba llorando, no había mucho que corroborar.
–Bueno, sí, estoy llorando –el Toto se secó los ojos con un antebrazo–. Me voy a morir.
Se hizo un silencio, de esos cinematográficos silencios. Ninguno sabía que el Toto estuviera enfermo, estaba flaco, tenía pelo, salía a trotar. Tenía llegada con las minas. El Toto se levantaba pendejas, alumnas, daba clases en un par de facultades, vivía con su mamá.
–Pará, boludo –Richar se agazapó– ¿Qué tenés? ¿Qué te pasó?
–Nada, no va por ahí –El Toto jugaba con su tenedor a pinchar la nada sobre la mesa, se pinchaba la mano, la palma de una mano, un poco, apenas, también–. No tengo ninguna enfermedad. Pero esta mañana cuando sonó el despertador supe que me voy a morir. Una certeza de mi finitud, una curiosa e insostenible conciencia de mi mortalidad. La perecedera naturaleza de las cosas. Supe, ahora sí, lo supo todo mi ser, que me voy a morir. Que el mar en Santa Clara va a seguir estando aunque yo no pueda meter las patitas. El árbol de Plaza Irlanda donde le di mi primer beso a Elina y pensé que se podía ser feliz va a seguir ahí como cuando paso y toco la corteza del tronco para recordar lo que sentí con la yema de los dedos, va a seguir igual. Va a llover, con lo que a mí me gusta ver llover, y va a ladrar un perro en alguna parte y yo no voy a estar. Me voy a morir, lo sé, lo supe esta mañana y me hizo moco, me hizo mal.
Llegó el mozo con el pedido, Juan Manuel sirvió la cerveza, a todos. Hicimos un módico brindis, bebimos uno o dos sorbos. Los chicos arrancaron con la napolitana, yo me serví primero una porción de fugazzeta, para jorobar. La primer porción, servirse la primer porción de pizza, es como la primer estocada, el pito ingresando en la vagina misma, pero sólo la primer entrada, esa sensación única, tan particular. Lo demás es sexo, lo demás lo dejamos para otra oportunidad.
La cerveza estaba justa, perfecta. Masticamos en silencio.
–Está buena la pizza –dijo Juan Manuel.
–Sí –dijo Richar–. Está genial.

10.7.11

Corpus teórico

Fui a ver cómo cogen los conejos. Tengo una amiga que estudia veterinaria, y que mientras estudia veterinaria trabaja, justamente, en una veterinaria. Le pedí que me dejara ver cómo cogen, los conejos. Fui y los vi.
Fui a ver cómo cogen los gatos. Fui al parque de mi barrio, muy tarde, de madrugada. El parque está lleno de gatos. Los vi coger.
Fui a ver cómo cogen los perros. Es fácil, más fácil todavía. Cualquiera tuvo un perro alguna vez, cualquiera conoce a alguien que tenga un perro. Lo soltás, al perro, a la perra, y lo dejás estar un rato. Casi de inmediato se ponen a coger.
Fui a una granja, vi cómo cogen los chanchos, con ese pirulín tan particular, tan característico. Vi cómo cogen las ovejas, los gauchos de la zona me aseguraron, entre risas y asentimientos de cabeza, que la vagina de una oveja es tremendamente similar, una precisa proxy (aunque no emplearon desde ya ese término) de una vagina humana. Vi cómo cogen los caballos, los burros de interminable verga, las distraídas vacas.
Fui al zoológico a ver cómo cogen los monos. Los chimpancés de frenéticos chillidos, los orangutanes algo indiferentes, los apesadumbrados gorilas.
Vi la televisión, vi mucho National Geographic, vi cómo cogen los leones, los tigres, las cebras. Vi cómo cogen los elefantes y las jirafas.
Vi videos, por internet. Consumí toneladas de pornografía. Videos donde chicas se meten turrones en la cola mientras ensayan su mejor sonrisa, videos donde hombres algo mayores azotan las nalgas de en apariencia frágiles señoritas vestidas con tableadas y cortísimas polleras, videos de chicas con excesivas glándulas mamarias que utilizan para envolver, literalmente, fatigados pitos, como si de acunar heridos animales se tratara, videos de hombres de insólita potencia que eyaculan sobre rostros de mujeres con los ojos bien abiertos y les provocan, con redentores lechazos, desprendimientos de retina, videos donde mujeres que tranquilamente uno podría encontrar tomando un café en un bar de Balvanera o de Paternal se dejan penetrar por tres o cuatro zulúes con vergas del tamaño de antebrazos, al mismo tiempo, lo que equivale decir al unísono, hasta que el tam tam de los cuerpos hace pensar en complejas y abstrusas maquinarias.
Por eso te digo, vi prácticamente todo, estudié, entiendo del tema, podría armar un powerpoint, dar cátedra. Pero hace un tiempo, un tiempo algo excesivo mucho me temo, que nadie quiere coger conmigo. Yo no sé qué pasa.

5.7.11

Si quieren saber qué es la poesía

Recordé la frase, no sé por qué. Recordé la frase, aunque venía pensando en otra cosa. Sábado a la mañana, muy temprano, volvía de haber pasado la noche con una piba que vive en Ezeiza. No es tan piba, tampoco, pero yo no soy un galán. Coge con entusiasmo, la piba, el entusiasmo se impone por sobre todo lo que nos falta, a ella y a mí, somos felices por lo que dura un parpadeo, un instante, suma mucho, cuando ya prácticamente todo lo demás resta. Gracias, Vicky.
Me fui muy temprano, ella dormía. Tomé tres mates, acaricié al perro, atorrante, bigotudo, que cada vez que me ve mueve la cola y a mí me hace creer que está contento de verme.
Hacía un frío del carajo, pero yo estaba contento. Manejaba despacio, tenía que ir a encontrarme con una sobrina que quería hablar conmigo. Quiero hablar con vos, me había dicho. Quedamos en desayunar, el sábado, supongo que ella, adolescente, iba a venir a desayunar directo, sin dormir. Como dijo alguna vez el bueno de buk: juventud, hija de puta, dónde te has ido.
Llegué a capital, pasé un minuto por el departamento a tirar un bolso, hice Lacroze, Corrientes, y me paró la barrera de Dorrego.
Esperé que pasara el tren, y ahí recordé la frase, o lo que yo recordaba de la frase, de Dylan Thomas.
‘Y si los señores quieren saber qué es la poesía, si los señores preguntan qué es la poesía, les diré’, decía Dylan Thomas, o había escrito, Dylan Thomas. Lo que yo recordaba era haber leído el pequeño párrafo, unos veinte años antes. El párrafo, la explicación, la frase, me había conmovido profundamente, me había dado ganas de ser poeta.
‘Es un señor o una señora’, decía la frase, ‘un niño o una niña’, acá se me nublaba un poco, no recordaba del todo bien, pero ponele que decía ‘en Londres o en Estambul’, y acá sí, estoy seguro, porque era lo que me había impactado, lo que había estado plagado del más profundo de los sentidos para mí, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’.
Eso es lo que recordé, la poesía como un magnánimo saludo, una infinita delicadeza, existencial cortesía, no sé, llamalo como quieras, la nobleza de un gesto, ‘levantando una mano cuando pasa un tren’. Eso decía, terminaba así, estoy seguro.
Estaba fumando, con la ventanilla baja, a pesar del frío. Había tenido una buena noche, la vida a veces se acomoda, me sentía bien.
Vino el tren, justo, pasó el tren, despacito, yo estaba primero en la fila, aunque no había fila, dos o tres autos junto a la barrera.
Había muchos rostros, en el tren, algunos obreros de la construcción quizás, varios hermanos latinoamericanos también, algunos que parecían cargar un par de bombos y una enorme bandera de algún club de fútbol, gente con viejos abrigos, destartaladas bicicletas, bufandas, gorritas con visera.
Levanté una mano, en señal de saludo, me salió así, no lo pensé.
–¡Eeehh, puto!
–¡Bajá el brazo que apestás, gordo forro!
–¡Aguante, aguante All Boys! –uno se sacó la gorrita, me apuntó con un dedo– ¡Me garcho a tu vieja!
Uno que estaba de pie entre dos vagones se agarró los testículos por encima del pantalón, con ambas manos, como si quisiera levantarse, los testículos, y colocarlos, por decirlo de algún modo, a la altura del ombligo, incluso más arriba. Un pibe me tiró un naranjazo que pasó demasiado cerca, y me hizo el gesto, como si colocara una pistola, hecha de los dedos índice y pulgar de su mano derecha, debajo de su boca. Satán hubiese tenido miedo de ese rostro, lo vi sonreír en absoluto amarillo.
Habrá durado todo diez segundos, o quince. Pasó el tren. Tardaron un minuto más y levantaron la barrera. Quizás no haya que buscarle demasiadas explicaciones al asunto, no es preciso analizar mucho la cuestión. Yo tampoco soy Dylan Thomas.

30.6.11

Next

Quiero que sepas que el amor es una cadena de errores. Vos no me querés a mí, no podrías quererme, desde ya, soy un asco de persona. Pero alguien no te quiere. Tu ex novio te dijo que se estaba cogiendo a una secretaria. A una secretaria que lo va a dejar, porque el jefe le prometió que va a dejar a su mujer, y así. No sé, me perdí. A todos nos dejaron, eso, a todos nos hicieron daño, a todos nos dijeron que no. Y todos vamos a lastimar, también. A alguien, a cualquiera, porque nuestras mochilas chorrean frustraciones y caminamos pateando los vidrios de tantos pero tantos sueños rotos y las metáforas están en oferta en Falabella, ya lo sé, hoy me sale así.
El amor es una cadena de errores, ya te dije, vos querés saber para qué te lo estoy diciendo, te veo esa carita. Claro, sí.
Es que me estás dejando, si no te entendí mal, y veo que creés que estás en medio de algo original y trascendente. Te parece que estás haciendo una suerte de copernicano giro en tu insípida vida. Pero no, lo que te pasa, lo que nos pasa, porque lo que te pasa en esta oportunidad me involucra, me salpica, lo que nos pasa, entonces, te decía, es de lo más normal. Parte de la rutina.

25.6.11

Lección de supervivencia

Quizás trabajar en una oficina no sea tan malo. Un taxista debe manejar su pútrido automóvil unas doce horas por día. Un peluquero debe cortarle el pelo a unas diez personas, también por día. Tocar orejas, marcar patillas, apoyar sus dedos sobre mohosas calvas. Una prostituta se acostará con tres o siete tipos por día. Se le pasparán las ingles, tragará quizás medio vaso de esperma. La flor del capitalismo despliega sus mugrientos pétalos.
Como siempre, no es ninguna genialidad, todo es relativo. Lo malo se vuelve un poco menos malo, ante lo peor. Elegir entre lo bueno y lo malo queda para las series de televisión.
La tarea en cualquier oficina es bastante pelotuda, la tarea podría ser hecha por un chimpancé más o menos domesticado. El horario son unas siete horas, de ninguna manera más de ocho, y un rato de tu casa tenés que salir para no volverte loco. También, por lo general, en las oficinas hay máquinas de café.
Lo malo es que te hablan. Todo el mundo te habla, tus compañeros de trabajo, tus superiores, tus subordinados, si la oficina es de atención al público te hablan los que quieren ser atendidos, la gente que se equivoca de oficina, la gente que pasa.
Encontré el antídoto. Para lograr que la gente no te hable. Es fácil de hacer, no falla.
Hay que quejarse. Pero no de cualquier cosa. Hay que pedir plata. Eso es todo.

Ejemplo 1
–Oiga, Hundred, precisamos la carpeta de Garismendi para determinar si la proyección de ingresos por venta de cotonetes fue hecha tomando en cuenta la rotación de márgenes de acuerdo con el nomenclador de Minnesota.
–Señor Aristizábal, necesito un aumento.
Aristizábal acelera el paso, tose, sigue caminando, empuja la puerta giratoria.

Ejemplo 2
–Che, ¿no viste mi birome roja? –dice Soledad, acomodándose el cabello. Es una chica con sentido del humor, sabe inglés y computación, se suele pintar los labios de un rosa pálido.
–Ando corto de guita, el domingo fui al supermercado y está aumentando todo. Necesito ganar más plata.
Soledad, con el extraviado capuchón de su birome entre los dientes, sonríe y al pasar me roza un hombro con una de sus contundentes ancas.

Ejemplo 3
–Queríamos avisarles que casa central ha decidido mudar el sector al edificio Tolompetti, donde tendremos una mayor sinergia con el resto de la compañía.
–Señora Galápaga, aprovecho la oportunidad para preguntar cuándo me podrían conceder un aumento por mis esforzadas labores. Deseo mencionar, además, que yo tengo puesta la camiseta de la empresa.
La directora de recursos humanos, la señora Galápaga, da una palmada, un corto aplauso, indicando que ha terminado la reunión. Lentamente, cada uno vuelve a su puesto de trabajo.

Entonces, para resumir. No importa quién le hable, no importa quién intente hablarle, y mucho menos importa el tema, sobre qué intenten hablarle. Pida dinero, de inmediato, sin ningún tipo de introducción, pida plata, ya sea el dueño de la compañía o un canguro australiano quien tenga enfrente. Repito: pida plata.
Podrá permanecer en la oficina por los próximos veinte años, si así lo desea. En poco tiempo se olvidarán de usted, nadie le dirigirá la palabra.

20.6.11

El sonido de ciento sesenta y tres mil quinientos dieciocho hamburguesas

Hay temporadas donde me gusta ducharme a la mañana, hay temporadas donde me gusta ducharme a la noche. Hay temporadas donde no me quiero bañar, necesito una capa de mugre sobre la piel. Dicen por ahí, escuché alguna vez, que la salud es el silencio de los órganos, hay que escuchar al cuerpo. Si el cuerpo te pide cocaína, y vos le das yogur con cereales, bueno, el cuerpo se pone mal.
El asunto es que no son ni las ocho de la mañana, y el cuerpo me pide una ducha, incluso antes de desayunar un par de mates, cosa rara en mí. Tuve una noche de sexo y whisky, con intermitencias. Me huelo los dedos de una mano, tengo olor a fugazzeta, y a flujo vaginal del fuerte. Hubo pizza anoche, entonces, también. Una buena noche.
Abro la ducha. Pero antes, es automático, sin pensar, encendí una radio que hay en el comedor. Y cuando estoy por entrar a la ducha, escucho, de la radio, una noticia. Algo sobre el fin del mundo, o el precio del mechón de pelo de canguro, algo que capta mi atención.
Decido entonces cerrar la ducha y escuchar la noticia, esperar, para ducharme, tres minutos. Las prioridades y su anárquica lógica, no hay nada para analizar.
Cierro la ducha. Sucede entonces algo extraño, singular. Porque al cerrar la ducha, lo que debiera suceder, es escuchar la voz del locutor, la noticia sobre el hambre en Etiopía, sobre un islandés que esculpió una teta de hielo de tres metros de altura, con mayor intensidad.
Pero no. Lo que escucho, en lugar de la voz del locutor, en lugar de la noticia, es un sonido, un sonido que se hace más y más fuerte. Es el sonido de ciento sesenta y tres mil quinientos dieciocho hamburguesas burbujeando sobre una plancha, como si de pronto me hubiera metido en la cocina de un McDonald’s.
Sigo el ruido, que no para de crecer. Doy unos pocos pasos, hacia la cocina. Vivo en un pequeño departamento, en un barrio que quizás sea conveniente no mencionar.
Me acerco a la cocina. Explotó el calefón, bah, no el calefón, un flexible que va del calefón a la pared. Cae un chorro, del grosor de la garompa de un burro, un chorro de hirviente agua, con inusitada potencia.
El chorro de agua cae y cae y sigue cayendo. Pega contra la mesada, y es tal su fuerza, que rebota contra la otra pared de la cocina, contra los azulejos de un tristón y pálido amarillo. De ahí, por la ley de gravedad, al piso. Ya debe haber unos buenos tres centímetros de agua cubriendo el piso de la cocina, su totalidad.
El agua caliente me cubre los pies. Estoy desnudo, viendo cómo cae agua, cómo sigue cayendo, cómo se va todo a la mismísima mierda porque se rompió una tuerca, porque cedió una válvula. Porque algo, que aguantaba algo, ya no lo aguanta.
Me quedo muy quieto, es mi vida lo que estoy viendo, hay algo ahí que está sucediendo, la contundencia de lo fáctico, algo que me va a costar entender, no digo aceptar.

15.6.11

Dios está en todas partes

–¿Usted es creyente?
La pregunta me sorprendió, claro, no la esperaba, aunque podía venir, seguro que podía venir, esas cosas me pasan todo el tiempo.
Me subí al taxi en Sucre y Libertador, debían ser como las dos de la mañana. Iba para Almagro, hacía un frío del carajo, de esos fríos que ya no se fabrican, esos fríos que te hacen acordar a cuando eras chico y tenías que ir al colegio a las siete de la mañana con un frío que te partía los dedos y capaz que te comías el turrón más duro del mundo y eras feliz igual.
Me habían invitado a cenar, a la casa de Martín. Una cena para ocho o diez personas, una tallarinada. Iba a estar Mónica, y aunque nos habíamos peleado hacía mas de tres años, cuando nos encontrábamos, con Mónica, íbamos a coger, era inevitable. Pura piel.
Pero resultó que Moni se había puesto de novia y se quería portar bien. Me estoy portando bien, me dijo. Así que terminó la cena, saludé y me fui algo contrariado, lo admito, como cuando el hombre araña descubría que se había quedado sin telaraña para tirar, como cuando superman levantaba la manito, el puño, pero descubría que no podía volar. Se escurren los poderes, se evaporan los dones, se pierde la magia. Si yo supiera escribir, si algún día llegara a escribir, ponele, un libro de poemas, se va a llamar ‘Perdiendo la magia’. Anotá.
–Sí, en algo creo –dije sin dejar de mirar por la ventanilla, me froté las manos. Casi nunca estoy para una discusión teológica (con lo terrenal suele alcanzar), pero mucho menos cuando alguien que solía considerar como una de las actividades más interesantes del planeta coger conmigo, me dice que no, que no quiere coger conmigo. Son las dos de la mañana, tengo una botella de un digno malbec encima, hace un frío del carajo. ¿Yo que sé si Dios existe? Tampoco sé si Batistuta y Crespo podían jugar juntos. Hay muchas cosas que no sé, me vas a tener que disculpar.
–Claro que cree –el taxista me miró por el espejito retrovisor, del espejito colgaba, enroscado, al espejito, un rosario–, se nota que usted cree. Está confundido, eso es todo. A veces nos confundimos, pero después el universo se acomoda. Dios está en todas partes.
No iba a haber forma de evitar la conversación. Decidí colaborar lo menos posible, no decir casi nada.
–Sí, Dios está en todas partes –dije.
–Es nuestro señor que murió por nosotros, por nuestros pecados, y nos perdona, nos vuelve a perdonar, su capacidad de perdón es infinita, su perdón nos alimenta, nos muestra que no importa lo que nos pase, siempre se puede volver a comenzar –era muy flaquito, usaba un pulóver color bordó, seseaba, hablaba muy fuerte, su voz era aguda, una voz de canario, de ave, pensé, y apretaba el volante con excesiva fuerza–. Siempre hay posibilidad de redención, no importa lo que se haya hecho, como si uno pudiera en cualquier momento hacerse un buche de redención, eso es lo hermoso del asunto. Muy hermoso.
–Sí –dije. Había estampitas, pegadas en distintos lugares. San Expedito, junto al velocímetro, una del Padre Pío, en el respaldo del asiento del acompañante, o sea frente a mí, una de San Jorge y el Dragón, sobre la tapa de la guantera. Había más.
–Dios es amor –dijo el taxista–, es un amor tan grande que somos incapaces de poner en palabras, de cuantificar. Es una catarata de amor cayendo sobre todos nosotros, un mar de amor, un tornado de amor, una galaxia de amor.
–Sí, es amor –dije. Todavía no habíamos llegado a Juan B. Justo. Tenía ganas de darme una ducha, de tomar un whisky, de fumar.
–Uy –nos pasó un Peugeot 207, innecesariamente cerca. No había muchos autos en la calle, el Peugeot se cruzó de derecha a izquierda, y hasta pareció que tocaba el freno, apenitas, cuando se puso delante de nosotros antes de abrirse más a la izquierda, para molestar. Tenía una especie de filamento azul de luz, que bordeaba la parte inferior del paragolpes, un luminoso efecto que jorobaba la vista. Vidrios polarizados por supuesto levantados, y aún así atronaba la música. Nos agarró el semáforo. Sonaba como reggaeton.
–Un segundo, por favor –dijo el taxista–. Ya vuelvo.
Bajó del auto. Al bajar, tomó una estampita que tenía sobre el asiento del acompañante. Caminó con lentitud hasta el Peugeot, llevando la estampita en alto, sosteniéndola con dos dedos. Golpeó el vidrio del auto, dos veces, apenas. Esperó, el taxista, esperó más. Pero la ventanilla del conductor no se bajó. Alzó la estampita aún más, exhibiéndola, como si fuera una especie de árbitro de la vida y estuviera, mediante la estampita, aplicando una amonestación. Educando, instruyendo, transmitiendo la divina palabra, curando de todo mal. Era algo peculiar, lo admito, su convicción. Original, inclusive. Ya casi no pasa nada original, nos hemos ido acostumbrando a todo. Vivimos de berretas repeticiones, las cosas originales se dejaron de fabricar.
Sacó un arma, el taxista. Un .38 corto que llevaba en la cintura, oculto bajo el pulóver. Y tiró, cinco tiros, contra la carrocería del Peugeot, contra los vidrios. Hubo ruido, mucho ruido, estampidos, el ruido del vidrio delantero haciéndose añicos. Hubo gritos, también, desgarradores gritos de dolor. Desde alguna parte, un perro comenzó a ladrar.
–¡Rajemos, rajemos! –dijo el taxista, entró corriendo al auto. Tiró el arma al piso, arrancó haciendo chirriar los neumáticos–. A veces la gente no entiende.

10.6.11

Le dije

El acto de la creación implica una separación, le dije.
Crear significa permitir que exista algo que antes no existía, y por lo tanto es nuevo, le dije.
Lo nuevo es inseparable del dolor, porque está solo, le dije.
Me preguntó, algo sorprendida, fascinada a la vez, por qué le decía todo eso que la conmovía, que le parecía tan hermoso.
Para coger, le dije.

*Las frases fueron extraídas de un libro de John Berger (‘Cada vez que decimos adiós’), excepto ‘para coger’, que es de mi autoría.

5.6.11

Sentido del humor

A F. lo tenían que operar, de la cabeza. Pero no, nada grave, no era para asustarse, porque cuando a uno le dicen que lo tienen que operar, que lo tienen que operar de la cabeza, uno piensa lo peor. Tenemos demasiadas películas encima, demasiadas series de televisión que transcurren en hospitales, tragedia sobre tragedia sobre tragedia en cada capítulo, baldazos de infausta información. Demasiada internet.
El médico le dijo a F. que se tenía que sacar un bulto, un bulto que tenía en la cabeza, desde siempre. Una pelotita del tamaño de un quinto de una pelotita de ping pong que F. tenía en la cabeza, arriba, lado derecho, casi donde termina la frente, aunque definir dónde terminaba la frente en el caso de F. era difícil de establecer. Se había quedado pelado, F., ni bien terminada la adolescencia.
Un golpe, dijo el médico, F. asentía, un golpe se había dado F., de muy chiquito seguramente. La lesión había liberado algo de masa encefálica que se había calcificado primero, encapsulado después, o al revés. Convenía sacarlo, sin apuro. La moda en medicina es que cualquier bulto debe ser sacado, sospecho que el criterio no siempre es médico, hay un negocio ahí también. Los médicos necesitan comer. Además, te pasaste quizás toda la vida fraguando estados contables o vendiendo pulóveres de los más berretas, y te molesta que un médico te cobre por sacarte un lunar. Estamos todos enchastrados en la misma mierda, el rubro no te redime, las maestras de escuela primaria sueñan con automóviles caros y bombachas importadas, welcome to my kingdom, es así.
Fijó la fecha, F., en el Hospital Austral, el médico era de confianza, debía pasar una noche internado y nada más, retomar sus negocios, su familia, seguir.
Lo operaron, el martes, a las tres de la tarde. Lo fuimos a ver. Moni es conocida de su mujer, con F. soy amigo desde siempre, fuimos juntos al colegio, nuestros hijos van juntos al colegio, son amistades construidas a base de permanencia. Hemos estado en casamientos y en entierros, juntos, nos abrazamos con entusiasmo cuando nos vemos, hay anécdotas compartidas que ni siquiera nos molestamos en recordar.
Llegamos a las cinco. La operación se había demorado un poco en comenzar, pero había finalizado ya, con éxito. Esperamos con la mujer de F., estaban por traerlo a la habitación.
Lo traen, finalmente, a F. El médico ha pasado antes, y le ha explicado a la mujer de F., que todo anduvo bien. Dijo que tiene otra operación, que por la noche pasará a conversar con mayor tranquilidad.
Traen a F. En una camilla. Se vino gordo, F., y es petiso desde siempre. Debe pesar unos cien kilos. Está con la cabeza vendada, los ojos cerrados. Esperamos afuera mientras lo pasan, entre tres enfermeros, de la camilla, a la cama. Entramos. F. abre los ojos y sonríe, todo en cámara lenta.
–Hola, mi gordito. Cómo estás. –La mujer de F. termina de acomodarle la sábana, lo tapa como a un chico, le aprieta una mano.
–Disculpe, señora, pero no la conozco. No sé quién es usted –dice F.
Se hace una pausa, son cinco segundos, siete quizás. F. vuelve a sonreír.
–Era un chiste, era un chiste. ¿Qué tal, todo bien?
La mujer de F. cae fulminada. Murió de un masivo infarto, tan contundente como inapelable. No pudieron reanimarla, no hubo nada que hacer.

30.5.11

Siempre hay algo

Sucedió como suceden esas cosas, las importantes. Las cosas que te cambian la vida llegan, ocurren, por lo general, de la más extraña manera.
Ana tenía treinta y siete años, dos divorcios, una preciosa hija que se llamaba Catalina, trabajaba en una escribanía y si bien no era profesional, sabía hasta el más mínimo detalle, conocía cada vericueto del complejo mundo de los poderes, las escrituras, las legalizaciones.
Los viernes a la noche Fernando se llevaba a Catalina, a veces la devolvía el sábado a la noche, a veces el domingo a la mañana. Y Ana aprovechaba para alquilarse una película, generalmente una película donde actuaba Sandra Bullock o Meg Ryan, y se pedía sushi en un delivery, y tomaba quizás dos copas de vino blanco de calidad menor.
No había sido nada de lo que había querido ser, pero Ana sabía perfectamente que eso era algo que le pasaba a casi todo el mundo. Una rascaba, apenitas, la costra de realidad, y debajo había una tristeza muy honda, muy profunda, una tristeza capaz de inundar todo en un segundo si te olvidabas de revisar los diques de contención un par de veces por semana.
Ana no conocía a nadie que estuviera contento, ni familiares ni amigos, después de los treinta años nadie estaba contento. Tenías la televisión, tenías las clases de gimnasia y de yoga, los cursos de teatro, o de fotografía, pero eran distractivas maniobras y no mucho más que eso, una forma de tratar por un par de horas de no pensar que eras lo que eras, que te pasaba, día tras día, lo que te pasaba.
Hasta que un día Catalina trajo un pequeño hámster, del colegio. Lo habían sorteado en la clase de ciencias naturales, y Catalina había sido premiada. Habían decidido, en la clase de ciencias naturales, estudiar el interior del animal siguiendo unas coloridas láminas, y no matarlo. Cuando la profesora en un primer momento había dicho que lo iban a ahogar, al hámster, en formol, y luego lo iban a abrir para ver cómo funcionaba por dentro, las chicas habían llorado. Una compañera de Catalina se desmayó de sólo pensarlo. El hámster, finalmente, no sería sacrificado.
Ana había dicho que no, que nada de animales en casa, pero Catalina había tenido el mayor berrinche de su vida, y el hámster venía en una simpática pecera de vidrio, con su ruedita para jugar y su diminuto cuenco para el agua. Comía una hojita de lechuga, unos pedacitos de manzana.
Ana dijo que sí, pensó que el hámster se moriría en una semana a lo sumo, que Catalina se olvidaría como siempre y comenzaría con otro tema. El santo oficio de la paciencia, trabajo de madre.
Sucedió de la manera más casual. Ana estaba sola y era viernes, ya había comido y se había servido su segunda copa de vino blanco. Estaba tirada en el sillón del comedor, particularmente triste porque la vida era amarga. Ana pensó que no la abrazaba un hombre, que no sentía un sudado y peludo torso frotándose contra ella, hacía más de tres meses (¿cinco?).
Sacó al hámster de la pecera, pero sólo porque se sentía la mujer más desgraciada del planeta, el teléfono nunca sonaba, y quería ver algún movimiento para no morirse de pena, algo que se moviera en la frialdad de la casa.
Olvidé decir que el hámster se llamaba ‘Flecha’, quizás porque tenía una mancha, negra, triangular, entra las dos orejas, encima de lo que sería la cara, como si fuera, la mancha, la punta de una flecha. Habían votado nombres para el hámster, en la clase de ciencias naturales, y ‘Flecha’ se había impuesto por sobre ‘Ulises’ y ‘Firulais’.
Ana estaba en bombacha y un remerón, y sacó a Flecha de su jaula de cristal. Para poder servirse más vino, apoyó a Flecha sobre su abdomen. Y Flecha apuntó directamente ahí, en lugar de correr o escapar. Flecha fue directamente a su vagina, y se paró justo encima, encima de la vagina de Ana, y se puso a olisquear.
Sin pensarlo, Ana se bajó la bombacha y volvió a colocar a Flecha allí, sobre su vello púbico. Y Flecha hizo exactamente eso, olisqueó un poco primero, dio dos o tres ínfimos pasitos después, y comenzó a hurgar, con la rosada punta de su hocico, en la abertura de Ana.
Abrió un poco más las piernas, Ana, y ayudó a Flecha, con dos dedos, a entrar. La entrada es gratis, la salida vemos, Ana recordó haber escuchado decir esa frase a Charly García, por televisión, alguna vez, aunque no pudo recordar en qué contexto. La frase se le vino a la mente. Y Flecha entró, la cabecita primero, con sus largos bigotes y sus orejitas y el rosado hocico y todo lo demás, el tronco después. Ana podía sentir al hámster dentro de ella, lamiendo, aunque no sabía si los hámsters tenían lengua, o royendo, moviendo las patitas apenas, imposibilitado de retroceder, suponiendo que los hámsters supieran caminar marcha atrás, ya que Ana, con determinación no exenta de ternura, con firmeza no exenta de cuidado, impedía que el animal abandonara la zona.
Ana tuvo un precioso orgasmo, sintió que todo su cuerpo vibraba en una particular y única nota, para luego deshacerse, experimentó una tibieza, como si se hiciera pis, como cuando era chiquita y se hacía pis en la cama y hacerse pis en la cama era la sensación más placentera del mundo. Se le cayó la copa de vino, escuchó el lejano ruido del vidrio al partirse contra el parquet.
Al ratito abrió los ojos, se incorporó un poco, contra el respaldo del sillón, hizo emerger a Flecha del interior de su vagina. Se lo notaba, al animal, algo exoftálmico por la falta de oxígeno, hecho un pegote, como si la pequeña ratita hubiera decidido peinarse con gel. Pero respiraba. Con la yema de un índice pudo sentir el diminuto corazón corriendo a toda velocidad.
Había sido, sin dudas, una de las experiencias más intensas de toda su vida, y un hámster debía costar cuarenta o cincuenta pesos en una veterinaria. Caminó hacia su cuarto y al pasar por el baño pensó que no, no tenía fuerzas para juntar los vidrios rotos. Se bañaría mañana, la vida no era tan mala.

*ningún animal fue herido durante la escritura del presente fragmento.

25.5.11

Cantaba y bailaba

La verdad es que si lo pienso ahora, si repaso lo sucedido dejando correr a una insólita velocidad los fotogramas de la mente, no consigo recordar cómo empezó. No consigo ver el disparador, el detonante, el gatillo, llamalo como quieras. Las cosas, cualquier cosa, empiezan en determinado momento, y también terminan, en otro determinado momento. El tiempo existe, al menos como percepción, no vamos a discutir eso.
Estábamos en el subte, todos, los perejiles, dónde íbamos a estar. Y la historia también. No tengo historias que me sucedan en Disneylandia, te pido disculpas. Debían ser las siete de la tarde, porque yo salía de la oficina a las seis, pero a las seis la calle era violencia pura, cinco millones de tipos tratando de escapar, de volver, sin comprender que no hay adónde volver. Que volver, adonde vuelven, es parte de la trampa, del problema. Para volver adonde volvés, convendría no volver nunca más.
Me iba a un bar, y cenaba. A las seis de la tarde, me tomaba una cerveza de litro y un sándwich de mortadela y manteca, o de salame y manteca, o unas rabas que me acercaran quizás hacia alguna playa, algún mar. Entonces me volvía, me subía al subte y me volvía y me parecía que el mundo no era tan horrible, tan tremendo.
Así que debían ser las siete, entre las siete y las siete y media, me subí al subte en Florida. El subte viene lleno, siempre, eso ya lo dije, me quedo de pie en una punta de un vagón, y leo un libro, cualquier cosa, no me importa el libro, pero es mucho peor mirarle la cara a la gente. Leo tres páginas, o cinco. Hace rato que la literatura dejó de ser un consuelo, no sé qué voy a hacer.
Son quince o veinte minutos y cruzás la ciudad, salís del otro lado como un empetrolado pingüino, enchastrado de mierda, pringoso, asustado también, esperando que se invente un jabón lo suficientemente fuerte para lavarte los sueños rotos, la costra de frustración, que te vuelvan a brillar, aunque sea por un ratito, las ganas de hacer.
Algo sucedió. Está la gente y está el fastidio que se puede oler, y están los vendedores de cualquier cosa y los teléfonos celulares que parecen gritar que quizás el milagro de la comunicación no sea ningún milagro, y alguien llora y alguien lee el diario que te dice lo que pasó hace un mes. Lo normal, si es preciso adjetivar.
Entró un tipo, no lo vi ni le presté atención, entre tanta gente. El tipo llevaba sobre un hombro, como si fuera un cajón de manzanas, un parlante. Tocó un botón, algo, y empezó a sonar una música, a setenta y ocho mil quinientos veinticuatro amperes. Era hip hop, o la base de un rap, no soy un entendido en la materia. Si hubiera nacido en Harlem sería de seguro un aplicado rapero, si hubiera nacido en Polonia y tuviera bigotes sería Lech Walesa, y así podríamos seguir. Era muy fuerte, la música, cada punchi punchi del tambor hacía retumbar las ventanillas del vagón.
El pibe dejó el parlante en el piso. Iba disfrazado, no sé, una careta que le cubría la mitad superior del rostro, con una cresta de gallo arriba, usaba una musculosa toda rota y pantalones muy amplios, como de bambula. El tipo empezó a cantar sobre la atronadora música, tarareaba incoherencias, y empezó a bailar, también. No sé si era break dance, o una suerte de baile acrobático y callejero. Pero el subte se movía, y al tipo se le complicó un poco cuando quiso hacer la vertical, o el pasito de Michael Jackson donde parece que avanzás pero no te movés, como si una cinta transportadora se fuera deslizando hacia atrás para mantenerte, a pesar de tu esforzado avance en cámara superlenta, en el lugar.
Pasó algo. No sé si el pibe como le faltaba espacio para mostrar sus destrezas, apartó a alguien de un empujoncito, o si se quejó que la gente no aplaudía. El pibe debe haber tenido una desafortunada reacción.
–¡Pero qué te pasa, boludo! –dijo un señor de bigotes que leía una revista de caza y pesca– ¿No ves que no hay lugar?
–¡Bajá esa música, infeliz! –gritó una señora, señalando el parlante.
–¡Apagá, apagá esa mierda! ¡Apagá!
Alguien empujó al pibe, y ahí sí. Como si hubiéramos estado esperando, juntando ebullición, saltamos todos. Alguien le pegó una trompada de atrás, artera, en la nuca, el pibe perdió el equilibrio y cayó. La gente se le fue encima, llovían trompadas, patadas, éramos cada vez más y más los que nos sumábamos al efusivo grupo. Una señora empezó a pegarle al parlante, con una chinela, y entonces la gente destrozó el parlante a patadas, en menos de un minuto.
Y seguimos así, pegándole al pibe en el piso, que ya casi ni se movía, gemía un poco, tenía sangre en el rostro y el cuerpo lleno de magulladuras.
–Te voy a enseñar a bailar, pelotudo –alguien le dio un patadón en la cara, alcancé a ver pedacitos de muelas entre la multitud de pies.
Me bajé en Lacroze, la gente seguía pegándole al pibe que ya no tenía ni la musculosa, le habían quitado las zapatillas, del parlante quedaban fragmentos de plástico y un manojo de cables que alguien utilizó para comenzar a estrangular al muchacho, mientras una señora le quitaba los pantalones, y un pibe lo quemaba en los brazos y las piernas con un encendedor. Alguien murmuró ‘qué lástima que no estoy con mi caja de herramientas’. ‘Tenelo, tenelo’. Alguien sacó una navaja.
Salí a la calle, tenía cinco cuadras hasta lo de Mara, pero pensé en parar en un bar y tomar otra cerveza. Era una linda noche de otoño, hacía rato que no me sentía tan bien.