5.8.11

Necesitaría ver

No, no puedo decir la calle. Conviene que no diga la calle, el barrio en el que vivo. Imaginate si nos llegamos a cruzar por la calle un sábado a la mañana, no sería bueno para ninguno de los dos. En particular para mí, así que no voy a decir la calle.
Llevo la ropa al laverap, los sábados a la mañana, eso sí te lo puedo decir, eso sí te lo digo. Llevo una bolsa con la ropa, doblo en F., me gusta caminar por F. pero los sábados a la mañana solamente. Conozco las baldosas y los árboles de esa calle que debe atrasar como cien años. Hasta hay un par de perros que me conocen, me mueven la cola, me ladran cuando paso.
Y me pasó un sábado bien temprano, que vi a un ciego. Caminaba, el ciego, con natural temor, con excesivo cuidado. Despacio, muy despacio. Algo encorvado y con la cabeza bien hacia delante, como si quisiera ir olfateando el terreno. Canoso, el pelo casi blanco en su totalidad. Unos anteojos muy gruesos, y el bastón, el bastón blanco.
Lo reconocí por los anteojos, el mismo armazón, aunque con vidrios el triple de gruesos, y allá lejos, muy lejos, sus diminutos y acuosos ojos que miraban a ninguna parte.
Daniel Hoffenbasch, era. Seguro. Había ido conmigo a la primaria. Todavía veía en esa época, claro, pero ya usaba esos tremendos anteojos. Daniel sabía que se iba a quedar ciego, me lo había contado en un recreo. Los demás chicos se burlaban, le escondían las cosas. La crueldad en estado puro que después no hacemos más que perfeccionar a lo largo de la vida adulta.
Me mató verlo. Me hizo moco. Habíamos ido juntos al colegio, ya lo dije. La vida nos había pasado por encima a todos, eso estaba claro. Pero esto era otra cosa, era bien bravo.
No me animé a hacer nada, me puse muy nervioso. Me dejó pensando todo el fin de semana.
Al sábado siguiente lo vi de nuevo. Era parte de su rutina. Lo seguí, caminaba por F. hasta V., tres cuadras, y se tomaba el 92. Perdido en una ciudad indiferente y hostil, aferrado a su bastón en medio de su particular e intransferible naufragio.
Quería hablarle, saludarlo. Preguntarle cómo estaba, cómo era su vida a pesar de lo que le había sucedido, saber si había algo en lo que yo pudiera ayudarlo.
Junté coraje. Dejé pasar, con indolencia, otra monótona semana.
Sábado a la mañana, bajé, doblé por F., y esperé en la esquina de D. Lo vi llegar, vestido como siempre, un holgado jean, camisa a cuadros, una campera de esas con relleno de pluma de ganso, viejísima, de un desteñido gris.
–Daniel –dije, y se me secó la garganta, me quedé por un instante sin voz–. Daniel Hoffenbasch.
Se detuvo. Alzó la cabeza un poco, sorprendido de oír su nombre.
–Soy Juan –dije–, Juan Hundred. Fuimos juntos a la primaria, te vi el otro día y te reconocí. Me dieron ganas de saludarte, de saber cómo estás. Si te puedo ayudar en algo.
–¿Qué?
–No sé, te reconocí, quiero saber si necesitás algo.
Hizo una pausa. Palpó uno de los bolsillos de su campera, como si buscara algo, un objeto que de pronto se había vuelto importante.
–Bueno, sí –dijo–. Necesitaría ver.
–No entiendo –dije, pero quizás sí entendía.
–Eso, Juan. Lo que necesitaría es volver a ver. Ver el número del colectivo que espero, y el color de los árboles. Mirar una chica que pasa y un perro que mueve la cola. ¿Me podés hacer ver?
–No –me salió un sollozo, no sé de dónde vino, me sorprendió como un piedrazo–. No puedo hacer eso.
–Entonces andá, Juan –me apoyó la mano libre sobre un hombro, dio dos palmadas, muy pequeñas, apenas, como si un gorrión se hubiera posado sobre uno de mis hombros y estuviera estirando las patitas–. Tuviste un ataque de lástima y eso está muy bien. Quizás te creas buena persona por un rato, si querés te lo agradezco. Pero no me sirve, Juan, no cambia nada.

13 Comments:

At 8:45 a. m., Blogger Dany said...

Excelente Juan. La sensación de culpa y bronca por los fracasos en nuestras escasas muestras de solidaridad son un clásico. Abrazo!

 
At 1:30 p. m., Blogger Palabras al viento... said...

Muy bueno.Es seguido que muchas veces se sienta esa impotencia de no poder ayudar cuando en verdad querés y no es lástima..

 
At 2:39 p. m., Blogger Samain said...

Me da la misma sensación que un fragmento de la canción Mother Love de Queen:

"I’ve walked too long in this lonely lane
I’ve had enough of this same old game.
I’m a man of the world and they say I’m strong
but my heart is heavy and my hope is gone
Out in the city, in the cold world outside
I don’t want pity, just safe place to hide.
Mama please, let me back inside."

Muy bien contado, Sr. Hundred.

 
At 3:08 p. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

...todo un palo, ya lo sé.

 
At 4:10 p. m., Blogger Yoni Bigud said...

Esos desbordes anímicos son tan naturales como incómodos. Es el drama ajeno, que al primer contacto, cuando entra, duele. Se me ocurre alguna que otra comparación que no estoy en condiciones de relatar en primera persona.

Algunas películas suelen provocarlos artificialmente. Incluso me han dicho que hay personas que llegan a llorar. Que se quedan mal. En su mayoría mujeres.

Qué sé yo. Quizás sea como le dijo su antiguo compañero. Un torpe intento de sentirse una buena persona por un rato. Pero no me parece que haya un plan, una voluntad oculta. Más bien creo que los sentimientos a veces se desbordan, y el hecho no merece ningún análisis más profundo. Es eso nomás, tampoco cambia nada.

Un saludo.

 
At 11:01 p. m., Blogger sergio said...

la cruda verdad que todos rogamos no oír cuando decimos algo tipo "avisame si te puedo ayudar en algo"
Aveces es mejor un simple toque en el hombro de todo va a estar bien.
Igual no es aplicable en este caso, obviamente el que recibe el toque creería que lo están boludeando.

Saludos!!

 
At 3:11 p. m., Blogger LaLa said...

Tan ciegos tanto los que ven y los que no. Ojala pudieramos ver alguna vez. Beso,
LaLa

 
At 7:25 p. m., Blogger J. Hundred said...

*dany! el fracaso es mi segunda piel. un saludo para usted.

*palabras al viento! la impotencia es una de mis especialidades.

*samain! ayer soñé que releía el cuento ‘tanta agua tan cerca de casa’, de raymond carver. esta mañana lo busqué entre mis libros, y lo leí. lea ese cuento, haga eso por mí. le mando un beso en la frente.

*juan sebastián olivieri!

*yoni bigud! esa es una de las cosas que celebro de usted. cada tanto viene a decirme que soy un pelotudo, pero me lo dice con respeto. me lo dice bien. un saludo.

*sergio! que nos vaya bien a todos.

*lala! sí, pichona. de eso estoy hablando. un beso para usted.

 
At 6:39 p. m., Blogger . said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

 
At 7:28 p. m., Blogger .: ka :. said...

... pero a los ciegos no le gustan los sordos, y un corazón no se endurece porque sí...

 
At 10:58 p. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

Menciona usted en este mazazo en forma de relato a un ciego, y cuando llegamos ahí es muy difícil no recordarlo. Y trajo esto:
"(...) I offer you whatever insight my books may hold, whatever manliness or humour my life. I offer you the loyalty of a man who has never been loyal. (...)I offer you explanations of yourself, theories about yourself, authentic and surprising news of yourself(...)
I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat."
Seguramente usted puede decir que no, que esto nada se asemeja con lo que escribió el por entonces joven anciano. Y sí, pueda que tenga mucha razón. Pero lo que quise decir, así de mal como me sale, es mencionar lo estériles de estos torpes esfuerzos, desesperados sobornos que son el preludio de una derrota ineludible; poco importa si el intento de redimirse es mediante un acto de compasión, de creación, de amor, o todo a la vez. El fracaso nos precede, algunos lo recuerdan con más frecuencia que otros, al final... ciegos somos todos.
Saludos para usted.

 
At 7:39 a. m., Blogger J. Hundred said...

*

*

*mr. verbal kint! ciegos somos todos, lo demás lo vamos viendo. un saludo.

 
At 12:39 a. m., Blogger Claire said...

Ay, me rompés el corazón.

 

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