30.4.10

Soy así

Ahora que se puede cambiar prácticamente todo. Ahora que se puede luchar contra la calvicie y la gordura y la decadencia y caída. Y el paso del tiempo en general. Ahora que es posible ponerse pelo de vagina germinado en la cabeza, y quemarse la grasa con un láser catódico, y ponerse tetas de durlock, y por qué no inyectarse líquido para freno en los cachetes del culo, y colocarse hilos de oro que te sostengan la papada, y ponerse toxinas botulímicas que te dejen la cara congelada del más perpetuo asombro, y reemplazarse la nariz por una nariz de perro pekinés, y no sé qué más.
Ahora, entonces, me parece que ser feo es uno de los actos de la más pura rebeldía que se puedan perpetrar, al alcance del más modesto bolsillo. Estoy hecho mierda, pero viendo tu desesperado esfuerzo, por primera vez, en mucho tiempo, me siento genial.

*En alguna oportunidad, por motivos que preferiría no tener que detallar, situaciones que hacen a la vida privada de las personas, me vi obligado a utilizar, dos veces, el mismo preservativo. No veo por qué no puedo dar vuelta y utilizar, un par de veces, la misma idea. La culpa es mía, como siempre, por fijar estándares de calidad tan altos. En cualquier caso, no creo que sea para hacer semejante escándalo.

27.4.10

El perro y el palo

Si alguna vez tuviste un perro. O no es necesario que se trate de tu propio perro, no hace a la cuestión. Si alguna vez jugaste con un perro, cualquier perro, un perro mediano, pongamos, un perro standard, un perro atorrante y bigotudo. Si jugaste con un perro en un parque o en una plaza, bueno, uno de los juegos más tradicionales, no digo el único pero sí una excelente manera de empezar, es el de jugar, con el perro, y con un palo.
Es todo lo que se necesita, el perro, el palo, vos, y algo de espacio. Uno debe mostrarle un poco el palo, al perro, pasarle el palo por la cara para ser más preciso. Eso hará que el perro, no podrá resistirlo, quiera morder el palo. El perro disputará el palo, no podrá evitarlo, está en su naturaleza.
Entonces uno debe levantar el palo, y arrojarlo tan lejos como sea posible.
El perro correrá en busca del palo, esto es un hecho, es la parte donde el perro consigue el protagónico. Correrá y correrá, saltará, se meterá al mar si es necesario (no suele haber mares en las plazas de Buenos Aires, tampoco en los parques, es una imagen para fijar los conceptos, una licencia poética), en fin, lo que sea. Y volverá con el palo. Para que usted se lo quite de la boca, lo agarre. Aquí termina lo que podríamos denominar una vuelta. Y el juego comienza, otra vez.
Mientras usted ha recuperado la posesión del palo, el perro será todo deseo: los ojos a punto de salirse de las órbitas, la lengua flameando como un banderín, el animal dando brincos muy por encima de su capacidad de comprensión y análisis (la suya, la del perro también). Luego usted lanza el palo, el perro corre, recupera el palo, vuelve con el palo. Y así.
Ahora bueno, si usted sostiene el palo en alto, bien alto, el brazo extendido, apuntando al cielo. Y deja de moverse. No hay amagues ni sonrisas ni movimiento alguno. Cuando el perro comprende que, por motivos ajenos a su voluntad, el palo se ha clavado allí en lo alto, lejos de su alcance, y que ni sus ladridos ni sus brincos harán que nada suceda.
Entonces el perro, algo en lo profundo de su perruno ser, comprende que no hay más juego, que el juego así no tiene gracia. El perro da media vuelta y se va. No importa que usted lo llame por su nombre, que baje el palo otra vez, que se disculpe o se ponga en cuatro patas con el palo en la boca o en el culo. El perro no juega más. Se han violado ciertos códigos y no puede haber más juego.
Ya sé, cómo no saberlo, resulta claro hasta el paroxismo, evidente hasta la extenuación, hablar conmigo es quizás la cosa más interesante que te pasó en la vida. Pero si no cogemos un poco, no cuentes más con eso. Aburrís, mamucha.

23.4.10

Artes marciales

Muestran por televisión un documental de artes marciales. El presentador entrevista a una eminencia del Qi Gong. Van a visitarlo a su casa, en un precario barrio de Hong Kong. El hombre luce unos pantalones de color verde, camuflados, musculosa, y una vincha para mantener sujeta su frondosa cabellera. El hombre, entre sus especialidades, sabe arrojar palitos de los que se utilizan para comer arroz, y los hace atravesar una plancha de acero. El hombre se para sobre dos docenas de huevos duros, y se queda ahí arriba, de pie, sin romperlos, logra, no sé cómo decirlo, llevar la energía de su cuerpo hacia arriba, y de alguna manera consigue flotar, vence la ley de gravedad, diluye su propio peso. El hombre dobla una gruesa barra de hierro, a los golpes.
Después de cada prueba sonríe, impávido, impertérrito. Cinco o seis personas, asistentes, curiosos, algún vecino, aplauden, emiten guturales exclamaciones.
Luego, para finalizar su acto, decide mostrar una especialidad más compleja. El presentador del programa televisivo, el locutor que entrevista al maestro ha denominado, a la especialidad, ‘iron penis’.
Caminan una cuadra, doblan, van a otra calle. Los aguarda un camión. Atan entonces una soga al camión, es un camión de reparto de bebidas, un camión que debe pesar una tonelada, o dos. Luego el maestro se ata el otro extremo de la soga, al pito.
Y comienza a tirar. Del camión. Con el pito. Ante la azorada mirada del presentador, de los pocos transeúntes, y de seguro los miles de televidentes, el hombre consigue, con la prodigiosa fuerza de su pito, mover el camión. El hombre retrocede dando pequeños pasos, tiene los brazos extendidos, en cruz, el camión lo acompaña. Hay en su rostro una mueca de contrariedad, un severo rictus. El pito permanece oculto debajo de una especie de toalla, pero es evidente que el acto, lo que el hombre está haciendo, lo lleva a cabo con el pito. No hay allí ningún otro artilugio del cual podría sujetarse al camión.
Terminada la prueba, el presentador aplaude, el maestro, con el rostro brillante de sudor, sonríe, alguien se ocupa de subirse al camión y accionar el freno, para que, justamente el camión, no los pase a todos por encima.
Levanto apenas mi vaso de whisky, hacia el televisor, un improvisado brindis. Hago una sutil y oriental inclinación de cabeza, en reconocimiento a un colega que practica una disciplina muy similar a la propia, alguien que merece consideración y respeto.

19.4.10

Yo me llamo Marcos

La diferencia de viajar en subterráneo o en colectivo, es que al bajar por las escaleras del subterráneo ya sabés, no quedan dudas, que estás muerto. Cuando viajás en colectivo todavía te hacés la ilusión del paisaje, te parece que podés ir mirando por la ventanilla, te parece que las cosas se mueven. Es mentira, porque la ciudad fue arrasada hace ya demasiado tiempo, por fuerzas muy superiores a tu comprensión y raciocinio, por fuerzas que están muy por encima de tus capacidades. Pero no es el tema.
Estoy en la parada del colectivo. De la línea 92. Tengo que ir a alguna parte, qué importancia puede tener, siempre tengo que ir a alguna parte, como todo el mundo. El 92 es el colectivo que tengo que tomar, esta vez.
En la parada del colectivo, delante de mí, hay una madre, con cara de madre, con su hijo. El hijo debe tener siete años o nueve y unos impetuosos rulos castaños como tirabuzones que le chorrean hasta la nuca. Están de la mano, la madre y el hijo. Al hijo le quedan un poco largos los pantalones, que se arremolinan a la altura de los tobillos. El chico tiene algo de moco pegoteado alrededor de su naricita de pekinés. La madre no es fea, todavía conserva algo, quizás un treinta y tres por ciento, de lo que debió ser un magnífico culo. Es un poco desgarbada y está cansada, eso sí.
–Te lo resumo –el niño ha levantado la vista, me está hablando a mí–. No sé si quiero más a mi papá o a mi mamá, porque mi papá se dio a la fuga cuando yo tenía tres años, así que no había forma de quererlo, yo era demasiado chico. Cuando lo vea, alguna vez, le preguntaré por qué se rajó. Tampoco sé qué quiero ser cuando sea grande. No me veo trabajando, y no se me ocurre ninguna carrera para estudiar, así que por el momento prefiero ser chico. Estás tratando de acordarte cómo eras vos a mi edad, no vas a poder. Pasaron demasiadas cosas en el medio, se perdió la magia. Pero no es tu culpa, es la escalera mecánica de la vida que después de los treinta va siempre para abajo, quieras o no, no importa cuánto te esfuerces por mantener algún nivel. Querés saber si existe la posibilidad que mi mamá te de el teléfono, para invitarla a cenar. No sé, no creo, está harta de los hombres, de mi papá para acá, todos se quieren pegar una vuelta en calesita, pero después quieren seguir paseando por el parque de diversiones. Todos podemos ser personas interesantes por una hora, hora y media como mucho, ahí nomás se empieza a notar demasiado la mochila de la vida, las huellas del camión que te pasó por encima. Igual a veces se aburre, está resola, preguntale. Yo me llamo Marcos.

15.4.10

Plagas

En los noticieros de televisión, en las primeras planas de los periódicos, en los programas de radio, todos, yo no sé qué pasa, hablan de enfermedades. Hay epidemias, pandemias, hongos que caminan por las paredes y te usan el dentífrico, hay virus (viruses) que no sólo mutan, sino que saltan de la terraza vestidos del hombre araña y cuando llegan a la calle están vestidos de la mujer maravilla, hay bacterias cogedoras, bacterias que te tocan el culo mientras estás dormido y te sacan fotos y las suben a youtube, y así.
La gente anda asustada. La gente le pone repelente contra insectos al asado, por encima del chimichurri, la gente se masturba utilizando guantes de látex, la gente toma mate con barbijo.
Ha comenzado una nueva guerra. Al parecer, hemos hecho demasiado daño, hemos castigado sin motivo a la madre tierra y sus alrededores, y la venganza viene en forma de peste, las cucarachas andan en descapotable con la música bien fuerte y te escupen a los ojos, las ratas se comen el finlandia light que tenés en la heladera y te usan el messenger, los murciélagos te esperan cualquier noche a la vuelta de la esquina y te piden dos pesos.
En lo personal, sigo con mi insólita vida sin mayores cambios. A la mañana tomo café con leche con tostadas en cualquier bar de barrio, camino un poco por el parque, leo algún que otro libro (cada vez menos), acaricio un perro, miro un culo (no, no al revés), a la noche, cuando la ciudad se apaga, un par de whiskys. A mí la única epidemia que me hace moco, que me ha hecho significativo daño desde que yo puedo recordar, desde siempre, es la de boludos.

10.4.10

Ahora o nunca

Yo estaba sentado en una mesa, medio escondido, medio al fondo. Tenían una promoción de Ballantine’s, 2 x 1, y el Ballantine’s es un whisky que a mí me hace moco, me patea la cabeza, me despierto al otro día con la nuca latiéndome a quince centímetros de la nuca. Pero tenía poca plata, también, y necesitaba tomar.
Hacía mucho frío, hacía también mucho tiempo que no hacía tanto frío en Buenos Aires, madrugada de Agosto. Había salido de un cumpleaños tan entretenido como insípido, y sabía que me iba a costar dormir, así que vi el bar abierto y ni lo pensé. Un pub que alguna vez debió tener pretensiones de irlandés, pero que podía ser tan irlandés como coreano. Un cartel de Guinness sobre una pared de ladrillo a la vista, una bandera verde colgando detrás de la barra, algunas botellas de raros whiskys que jamás nadie había probado y habían ido juntando polvo.
Estaba tratando de escribir algo, un poema, a veces escribo, todavía. Estaba escribiendo un poema que explicaba que mi fracaso personal, todo lo que me había pasado, o mejor dicho, todo lo que no me había pasado, tenía su explicación en que yo, de chiquito, había querido Nesquik, pero me habían dado otra cosa, un sucedáneo. ‘Génesis’, se iba a llamar el poema. La birome se trababa un poco sobre el rugoso papel de la servilleta.
Levanté la cabeza y la vi. Sentada en una punta de la barra. Una preciosa chica. Pero no preciosa desde algún patrón estético imperante, preciosa desde siempre, como solían ser las chicas que siempre me habían gustado a mí, cuando me parecía que la felicidad era posible, que no hacía falta más que estirar la mano y descolgar un durazno del árbol de la alegría.
Flaca, era, y huesuda. Morocha, muy pálida. Algo en su nariz, una torcedura, una trompada recibida, no sé. Flequillito stone. Medio roñosa, con pinta de no haberse bañado por un par de días, eso también estaba bien. Se había sacado un abrigo tipo gamulán, un abrigo que debía haber sido de su abuelo. Tenía tetas pequeñas (ella, supongo que también su abuelo), ni usaba corpiño. Carita de dormida. Un gastado jean cubría sus largas piernas, ese estilo de piernas que se tuercen un poquito hacia adentro a la altura de las rodillas, cuando la portadora de las piernas intenta correr, aunque la portadora de las piernas no intenta correr casi nunca.
Miraba hacia afuera, ella, al frío de la calle. Tomaba su mojito, o su daikiri, pero sin mucho interés. Metía un dedo en el vaso.
‘Tengo que hablarle’, pensé. ‘Es ahora o nunca’, también pensé. La mujer que quizás yo había estado esperando toda mi vida.
Me voy a sentar al lado y le voy a decir ‘entre la nada y la pena, elegiré la pena’, frase de Faulkner que representa más que bien la nobleza del amor, o quizás no sea nobleza, pero sí algo relativo al amor, el sufrimiento del amor, algo que yo había sentido alguna vez.
O no, voy a decirle ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, de Keats, que deja en claro que este momento, esto que nos pasa, es lo más lindo del mundo y nada más, sólo se trata de saber enfocar.
O no, le voy a decir el poema de Ezequiel Martínez Estrada que me partió el corazón en ciento treinta y tres mil quinientos veinticuatro pedazos esa vez, el poema que me sé de memoria y dice ‘has vivido al revés de tu destino, te ofrecieron amor y no quisiste, fortuna y gloria, y preferiste el vino de la sabiduría, que es tan triste. Y ahora, al final de tu camino, buscas a Dios, que sabes que no existe’.
No, le voy a decir la frase de Saer, redonda como un pomelo, impecable: ‘se dice que la comedia es superficial, porque elude las evidencias de la tragedia. Pero en sí, no hay nada más que comedia, en el sentido que la realidad es superficial. La tragedia es puramente imaginaria’.
Mejor no, mejor le digo el poema de González Lanuza: ‘Aquí, vértigo inmóvil de lo cierto, aquí, breve inmortalidad de la agonía, aquí, donde persisto todavía, aquí, tan sólo aquí sueño despierto’.
Terminé el segundo Ballantine’s. Me puse de pie, caminé los pocos pasos que me separaban de la barra, como si caminara con el agua a la cintura. Me paré al lado de ella, apoyé ambas palmas sobre la barra, me incliné un poco.
–Te voy a chupar la concha –dije–, pero te voy a chupar la concha de una forma que te voy a dejar el flujo en punto nieve.
Bueno, loco, se me mezcló todo, me abataté. Yo fui a un par de clases de teatro y Norman Briski me dijo que me ponía muy nervioso, que la actuación no era lo mío.

5.4.10

Otra etapa

Abrí mi corazón. A martillazos. El monótono sonido de metal contra metal. Y saqué una flor. Pero ella dijo que la flor era, bueno, algo de intrínseca naturaleza perecedera, la flor probablemente perdería su color.
Herví mi corazón. A trescientos cincuenta y dos grados de temperatura. En una olla de aluminio. Lo herví un rato largo, removiéndolo con un cucharón de madera manchado de tuco. Y después sí, lo apreté con todas mis fuerzas, hasta que salió una canción. Pero ella me dijo que la canción le sonaba a otra canción, a una melodía que había escuchado en otra parte, aunque no podía precisar en qué momento de su vida. Villa Gesell, tal vez.
Agujereé mi corazón. Usé el torno de un dentista, la lucha por doblegar la superficie, pasar del otro lado del material, y el desgarrador zumbido. El polvillo me empañaba la vista, me hacía estornudar. Finalmente, por el minúsculo orificio, goteó un poema, un poema de amor, aunque alguien dijo alguna vez que todos los poemas son de amor. Pero ella me dijo que no le interesaba la poesía, la poesía estaba fuera de su área de cobertura, con todo lo que tenía que leer para la facultad. Me mostró una pila de fotocopias, de apuntes.
Entonces me dijo que estaba apurada, que se tenía que ir. Ahí quedó mi corazón, sobre el parquet, pedazos de mi corazón, hervido, agujereado también.
Puse mi corazón en una bolsa de residuos (Asurin, cierra fácil, en rollo, precortadas, con manija ajustable, 52 x 65, mediana), y lo tiré. Ahora ando por la vida sin corazón, si me ves ni te das cuenta. Me va bien.

31.3.10

Maestros de yoga

Los maestros de yoga sostienen, más o menos, que todo lo que hay que saber está dentro de uno, de uno mismo. Lo de afuera, lo externo, es ilusión (maya). Paz, armonía, lo que todo ser humano busca, o mejor dicho, desea encontrar, porque buscar es una intención y toda intención hace ruido, es entender que no somos ni cuerpo ni mente, sino almas conscientes. Pero no se puede desear, ni siquiera desear, sólo dejar que suceda. Debe entonces uno sentarse, quedarse quieto, la meditación es justamente eso, no debe ser confundida con la concentración. La meditación es detener el cuerpo, primero, la mente, después, y de esa forma, sin hacer, sin pensar, y sin sentir, alcanzar la iluminación, fundirse con el todo, descubrirse testigo, sin cuerpo, sin mente, el verdadero ser, iluminado e inmortal, en una deliciosa paz, bendito para siempre.
Y yo he tratado, juro que he tratado. Pero cada vez que me he vuelto hacia adentro, cada vez que he logrado replegarme en mí, sólo he encontrado una considerable cantidad de grasa, odio, un tremendo odio que me viene de muy lejos, desde siempre, una formidable necesidad de tomar whisky, cualquier whisky que no sea nacional, y unos extravagantes deseos de coger, de coger mucho, con gordas, con viejas, con rengas, con un pato de madera, con lo que sea.
Quizás convendría conversarlo con algunos de los maestros de yoga, consultar si es posible que yo también me ilumine, o si saben de alguna rotisería por el barrio donde las pastas no lleguen siempre frías ni las milanesas sean puro aceite, o si tienen alguna mina para presentarme, una mina que le guste coger sin demasiadas vueltas, no sé, yo soy así, no se me ocurre nada más.

27.3.10

Calesita (sin sortija)

Es triste cuando llega esa parte. Cuando la mujer descubre que vos no sos el adecuado engranaje para que ella continúe con su plan personal, entonces el dique de exquisitas mentiras se desmorona y la avalancha de frustración no tiene más remedio que pasarnos por encima.
Ella destroza con particular énfasis, contra cualquier piso, cada minúsculo fragmento de felicidad que pueda haber existido, hasta que sólo quedan vidrios rotos y rojizos salpicones de lo que quizás haya sido, alguna vez, el frasco de mermelada del amor.
Las cicatrices serán ocultadas bajo ficticios entusiasmos recién comprados, para poder seguir. Para volver a intentarlo.
Hasta que llega esa parte.

23.3.10

En la cara

Después de los treinta años, el rostro de una persona le pertenece, de la misma forma que le pertenece la mochila de su pasado. Esa arruga, ese rictus, esa manera de sonreír, son la naturaleza más intrínseca del sujeto, su inmanencia. Ahí está su angustia y su bronca y esa vez que fue feliz. Su rostro es el mapa que revela su búsqueda, lo que quiso ser, su afán, sus anhelos. El rostro nos muestra la historia de su vida, su lucha, su íntima épica, personal, intransferible.
Lo que te quiero decir es que tenés una cara de boludo tremenda, disculpame.

19.3.10

Peligroso criminal

Voy caminando por la calle, no tengo apuro. Voy al trabajo, a una oficina, en el centro. Nada mágico va a suceder, y eso, al principio, te pone un poco triste. Después, a los dos o tres años, brota un extraño sopor. Como un matrimonio que se sabe incapaz de sorprender, ni al otro ni a sí mismo. Hay cosas peores, así me han dicho. Se puede ver en cualquier película, para eso está el cine.
Oigo un par de frenazos, seguidos de sirenas. O al revés. Son dos patrullas de policía. Uno de los autos, en una arriesgada maniobra, sube a la vereda y cruza el vehículo. Delante mío.
–¡Ahí está! ¡Ahí está! –Bajan tres uniformados del automóvil que se cruzó, otros dos del auto que quedó en la calle, interrumpiendo el tránsito, esos van de civil. Hay escopetas en alto, revólveres, uno de los policías arroja sus gafas de sol, rayban de burda imitación con vidrios de un triste y acuoso verde, sobre la vereda. Se oyen, a lo lejos, bocinazos.
–¡Dale! –grita otro hombre, bastante excedido de peso.
Yo miro tratando de comprender la escena, a quién persiguen. Y es entonces cuando soy derribado por un perfecto tackle, desde atrás. Caigo sobre la vereda, se me vuela el libro que llevaba en una mano, mi cabeza golpea contra el neumático delantero izquierdo de un vehículo estacionado. Estoy confundido.
–¡Manos sobre la cabeza, policía! –Escucho el grito, pero otro policía está encima mío, yo estoy boca abajo, y me están esposando las manos detrás de la cintura. A pesar del susto, sé que no se puede tener las manos sobre la cabeza y detrás de la cintura al mismo tiempo. Debo estar en doscientas pulsaciones por minuto.
–¡No te muevas porque te mato! –grita otro, que evidentemente ha visto pocas series de televisión, ha olvidado leerme mis derechos.
–¡Lo tenemos! –Alguien habla por la radio de uno de los autos. Me han quitado la billetera, sacan mi documento–. El sujeto se llama Hundred, Juan Hundred.
Recibo una tremenda patada de costado, en un hombro. Sé que ese hombro me va a doler.
–Te agarramos, basura.
–¿Qué? –A lo lejos, oigo la voz del gordo que habla por el transmisor–. Pero qué Juramento, si dijeron Sarmiento. ¡Hablá bien, boludo!
Hay una discusión entre tres policías, dos de uniforme, uno de civil. Hablan más bajo. Se oyen insultos. Siento que me quitan las esposas. Alguien me ayuda a incorporarme. Me sale sangre de la boca, creo que al caer se me partió un diente.
–Perdón, señor Hundred –el policía mira el piso, a mis pies, avergonzado. Me devuelve la billetera–. Nos equivocamos.
–Podemos llevarlo a un hospital –dice otro, que se oculta un poco detrás de la espalda del primero–, para que le vean ese corte.
Descubro que tengo un corte sobre una ceja, también.
–Nos equivocamos –el hombre de los falsos rayban, se los ha vuelto a poner, ha guardado su revólver en la cintura, me mira–. Si usted quiere presentar una queja, lo entendemos. Estamos buscando a un peligroso criminal, y nos pasaron mal el dato de la calle.
–No pasa nada, no se preocupen –recupero mi libro, doy un par de pasos para ver si me funcionan las piernas, asiento varias veces como un imbécil, palpo con la lengua el borde del diente al que le falta un pedazo, creo que me pishé–. En cualquier disciplina es igual. Uno va al médico y el tipo hace lo mismo, va probando.

15.3.10

Lo importante es la salud

Para el experimento sólo es necesario tener un par de contactos en el mundo de la medicina. Suena pomposo, no sirve, sólo es preciso conocer algún médico. O mejor aún, tener algo de dinero, para que el experimento fluya. El dinero hace que no sea necesario ser amigo de ningún médico. Uno le paga, al médico, y la cosa funcionará más o menos igual. Como a una prostituta podría cuestionársele tal vez que coge sin alma, pero con indubitable pericia, por interés. En fin, me estoy yendo del tema.
Yo estaba saliendo con M., que trabajaba de enfermera, y hacía guardias en ambulancia los fines de semana, así que todo estaba servido en bandeja. Estaba el equipamiento y la ambulancia. Faltaba algo de dinero, mi dinero. Invité a M. y al conductor de la ambulancia, y al médico que hacía la guardia con M., a cenar, regalé un par de vinos, dije que era un trabajo para la facultad, que me faltaba mi tesis para recibirme de sociólogo o de antropólogo, mitad y mitad, de boboncho centauro, que estaba investigando los efectos de la vida en las grandes urbes, su impacto en la salud de los humanos. Hice chistes, convidé más vino, dijeron que no había problema. Eran dos horas como mucho. Me ofrecí a pagarles, como si yo fuera un paciente que les solicitaba una consulta particular, que me cobraran cada uno de ellos, el médico, M., el conductor de la ambulancia. Me dijeron que no era necesario, sólo hacía falta el material descartable. Regalé más vino, y chocolates que me habían traído del sur, esos chocolates que vienen rellenos de arándanos, de frutos del bosque, y que siempre me parecieron una mierda. Para mí el chocolate tiene que ser puro, sin rellenos ni giladas.
La idea era que el sábado, cuando ellos trabajaban con la ambulancia, a eso de las tres de la mañana, debíamos ir a algún parque, alguna plaza, cualquiera, de barrio. Había que encontrar tres o cinco mendigos, vagabundos, borrachos perdidos, durmiendo, entre diarios y cartones. Eso era de lo más fácil, esto es Argentina. Y con algún pretexto, diciéndoles que había una denuncia y que si no colaboraban irían detenidos, o dándoles dinero, o más vino, hacerles un análisis. Sacarles sangre, un pinchazo. Y orina también, de ser posible. Hacerlos pishar en el frasquito. Todo duraba cinco minutos, nada más.
La verdad es que fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Uno se puso a gritar hasta que le ofrecí cincuenta pesos, otro pidió vino, pero no del que le ofrecíamos, sino uno más barato, un vino que viene en cajita. Hubo uno, en el Parque Chacabuco, que pidió que M. lo observara mientras pishaba, sólo eso.
Al día siguiente, a la mañana, en las mismas plazas, conseguimos cinco muestras de sangre y orina de gente que estaba haciendo deporte, gente que corría, que se colgaba de una rama, gente que andaba en bicicleta o practicaba gimnasia en alguna de sus variantes. Les dijimos que se podían ganar dos pasajes para correr una media maratón en las islas Maldivas, más un par de zapatillas, que iban a salir en una propaganda de un nuevo suplemento vitamínico, alguna boludez así.
Y listo. Fin. A la semana M. trajo los resultados. Los borrachos, los vagabundos, los que dormían en la calle bajo la lluvia o con frío, los que tomaban todo el vino que pudieran pagar o robar y se alimentaban de sobras que obtenían de la basura, los que eran capaces de tomar nafta y comerse una rata con papas crudas y fumar cigarrillos de caca de pekinés y papel de alfajor, exhibían mejores registros en los análisis que los deportistas, que eran tipos educados, con ingresos, que consumían yogures con calcio y cromo y quesos desquesados y no bebían gaseosas y tomaban cuatro litros de agua saborizada por día y comían ensaladas de rúcula y parmesano y hacían deporte como mínimo tres veces por semana.
El ‘grupo 1’, de los apestados, tenía mejores valores de colesterol, triglicéridos, glucosa, ácido úrico, y todo lo demás, que el ‘grupo 2’, de los sanitos.
El experimento, como casi todas las cosas que se me suelen ocurrir, es de escasa o nula utilidad, no se sabe muy bien para qué sirve, qué significa, cuáles son sus implicancias.
Pero te molesta, y eso a mí me basta.

10.3.10

A la India

Ella me dijo que tenía un plan. Iba a trabajar, un año, de cualquier cosa. Para poder pagarse los pasajes. Quería ir a ver a Sai Baba, a la India. No había nada más, había descubierto que la vida no tenía sentido. Necesitaba encontrarse espiritualmente, así fue como me lo dijo.
La cité a la mañana siguiente, en un bar de mi barrio. Son esos bares donde cada una de las cosas por separado está mal, pero el conjunto da un resultado agradable. Más o menos como yo, llamémoslo ‘gestalt’, si es preciso llamarlo de alguna forma.
Le pedí un café con leche con tostadas, queso y mermelada.
–Ya está –le dije–. Acá tenés tu búsqueda espiritual. Esto es todo, es el principio y el final del camino. Si no podés ser feliz con esto, aunque des la vuelta al mundo no te va a alcanzar. Todo lo que tenés para descubrir sobre vos misma te tiene que suceder en un momento así, en una situación como esta.
Ella asintió, pero sin convicción. Dudó un poco, no estaba preparada para recibir semejante pieza informativa. Era muy jovencita, necesitaba que le sucediera algo importante, un tornado que la arrojara bien lejos de la playa de su insípida existencia.
–Pero –dijo–, Sai Baba hace aparecer una cadenita. Lo vi en la tele, en un documental.
–Mirá, linda. Si querés que aparezca la cadenita, podrías tirarme un poquito de la goma. Estimo que te resultará una experiencia infinitamente menos agobiante y desde ya más formativa que viajar a la India. Manejalo vos, está todo pago, cualquier cosa me llamás.

5.3.10

Ouiea

Sortearon el viaje, en el laburo, entre los empleados que tuviéramos más de cinco años en la oficina. No va que sacan un papelito de una bolsa, habían puesto papelitos con las iniciales de cada uno, y Clarisa, porque la secretaria del subgerente regional se llama Clarisa y es la encargada de los cumpleaños, las cenas de fin de año, los sorteos, va y saca un papelito que dice ‘JH’.
Así que un par de los muchachos se ríen, me felicitan, me palmean. Clarisa se me acerca y me dice ‘por lo menos me tenés que traer un perfume’. Y yo me sonreí porque me la estoy cogiendo, a Clarisa, desde hace un tiempo, aunque es muy probable que Clarisa nos esté cogiendo a todos, que yo forme parte de un equipo más amplio. Es apenas bizca, renguea, debe pesar unos setenta kilos, más o menos. Pero tiene buena predisposición, Clarisa, y para mí la predisposición es una gran cosa. Coge con entusiasmo, Clarisa, tiene fervor, coge bien, yo tampoco soy Pierce Brosnan, no sé.
El viaje, el viaje que me gané, es a Estados Unidos. A la convención anual de los vendedores de pendorchos, da lo mismo, una convención que no le interesa a nadie. Pero son cuatro noches, en Washington, te mandan a un buen hotel, tenés viáticos. Dicen que Washington es una ciudad interesante, yo qué sé.
Me olvidé de decir que no sé inglés, pero a quién le importa. Para qué carajo necesita uno saber inglés, si ahora dicen que el mundo va a ser de los chinos, que hay que estudiar chino. Además, no tengo que hablar con nadie. Te dan una credencial y tenés acceso a la convención, boludeás un rato, vas al zoológico que me dijeron queda cerca del hotel, te comprás un par de remeras con animalitos estampados.
Lo que sí tengo sobre el lomo es mucha pornografía, veo pelis pornográficas desde siempre, desde la adolescencia, y entiendo casi todo lo que dicen. Una habilidad, supongo que es, un instinto, una herramienta que te debiera ayudar, quién sabe, a desenvolverte en algún momento de la vida, el conocimiento suele permanecer en lo profundo y tarde o temprano emerge, nos muestra su utilidad, siempre es así.
Entonces viajé a Washington, a esa convención, le dije a Clarisa que le iba a traer un perfume de Kenzo, de Miyake, de Hiroito, a mí qué carajo me importa, lo que yo necesito es seguir cogiendo. La función hace al órgano.
Ni bien me bajé en Washington, después de ocho o diez horas de vuelo, unos tipos de uniforme me pidieron revisar la valija.
–¡I’m coming, I’m coming! –Les dije. La traducción, estaba muy clarito, era: muchachos, llegué finalmente a este país de forros, no saben lo contento que estoy de pisar la tierra de deportes tan absurdos como el béisbol o el fútbol americano.
Me subí a un taxi, todos los taxistas son hindúes o paquistaníes, mucho desarrollo, mucho progreso, pero nadie quiere hacer una poronga, como en cualquier parte.
–¡Take it, baby, take it up the ass, so sweet! –Le dije al morocho. La traducción, límpida, era: doblá, doblá por acá, y llevame al hotel, cara de aceituna, que me quiero pegar un duchazo porque tengo las bolas sulfatadas.
Me dejó a tres cuadras del hotel, casi se lleva el bolso el muy turro. Se ve que es como en Buenos Aires, los tipos deben laburar jornadas de doce horas y quedan cargados con un odio importante.
Entré al hotel y fui derecho a la recepción.
–¡I’m gonna fuck you hard, cocksucker! –Le dije a una de las pibas del mostrador, con mi mejor sonrisa. La traducción, prácticamente cristalina, era: decime dónde puedo desayunar, aunque sea un café fuerte y un tostado, pero por poca plata.
La verdad es que todo el mundo en Estados Unidos anda con cara de culo, o quizás sólo sea en Washington. Te dan poca bola cuando les preguntás algo, cero onda. Fui a la convención, no pasaba nada, saqué un par de fotos en el zoológico, un panda desteñido, un tigre que apoliyaba. A los cuatro días me volví. Conseguí una promo de un perfume que venía con un jaboncito y una crema, Clarisa estaba fascinada.

28.2.10

Una visita al psiquiatra

Pedí un turno y fui al psiquiatra. El psiquiatra me lo había recomendado un amigo, mi amigo P. Mi amigo P. había estado muy mal. Mi amigo P. iba al zoológico y se masturbaba mirando a una jirafa, o se pasaba por las axilas y por las ingles el borde de los vasos con los cuales después ofrecía algo para tomar a las visitas, hacía cosas así.
Así que fui al psiquiatra, fui al psiquiatra y le dije.
–Doctor, estoy cansado, muy cansado. Y aburrido. Y triste, por sobre todas las cosas estoy triste. Antes me reía, y ahora no. Ahora estoy tomando café en un bar cualquiera y me pondría a llorar, tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no largarme a llorar como un chico. Y tengo angustia, se me cierra el estómago y pierdo el apetito, o siento que no voy a poder respirar. Y ansiedad, palpitaciones, me levanto a las tres de la mañana con el corazón corriendo como un hámster en pantuflas y pienso ‘bueno, ahora viene el infarto’, y dejo el teléfono celular cerca, sobre la mesita de luz, por si sobrevivo al ataque, aunque no sé muy bien a quién llamar. Pero el infarto no viene, así que me ducho o tomo una cerveza o me quedo viendo la televisión, cualquier pelotudez. Y pienso que la vida no tiene sentido, no se me ocurre nada, miro para atrás y siento que hice todo mal, que me equivoqué en todo, y miro para delante y no veo nada, veo que hay que seguir porque todo el mundo sigue, despacito, como si fuera una valija en una cinta transportadora, una valija que nadie desea cargar, y la cinta es un círculo, porque vuelve, porque trae la valija de vuelta, porque no hay en verdad adónde ir. No sé.
–Es habitual –dijo el doctor, encendió su pipa, aunque quizás no la encendió, quizás hizo los gestos, usar el encendedor y después dar una pequeña bocanada, de una pipa vacía tal vez. No percibí olor a tabaco, casi lo puedo asegurar–. Terminó la sesión.

25.2.10

Dogmas

Las religiones del occidente civilizado, sin ahondar demasiado, sin entrar en detalles que puedan herir alguna susceptibilidad, resaltan las virtudes del ahorro. No se debe gastar todo lo obtenido mediante el trabajo, mediante el esfuerzo, se debe guardar algo para el futuro, para después.
Desde otro lugar los hindúes, gente profundamente creyente no hace falta mencionarlo, consideran importante la práctica de, no sé si está bien dicho, sublimar la eyaculación, evitarla, para de esa forma, con esa energía, emprender el camino de la iluminación.
Lo que resulta diáfano para mí en esta preciosa mañana de invierno, es que si no tenés guita y no se te para la garcha, no te salva ni Dios.

20.2.10

Dos mujeres

Sucedió que me estaba viendo con dos mujeres. Al mismo tiempo. Raro. Yo nunca fui un galán, y estaba desde siempre, desde la adolescencia, acostumbrado a largos períodos de abstinencia. Para mí, estar entre tres y seis meses sin contacto físico, sin tocar una teta, sin olisquear un culo, era algo de lo más normal. Y después, cuando finalmente enganchaba algo, me transformaba en un famélico dromedario, me ponía a fornicar como un desesperado, como una ametralladora uzi, tratando de acumular alegría para todo lo que durara el próximo páramo. Lo cual, obvia decirlo, era mucho peor, ya que terminaba molestando a mi ocasional compañera que no podía entender mis apetitos. Hasta que la situación se hacía insoportable (podríamos decir que la relación sufría de paspaduras) y yo volvía a deambular con una vidriosa mirada y el labio inferior levemente entreabierto, jadeando cuando quedaba cerca de un puñado de femenino cabello en algún subterráneo. Mi vida sexual jamás fue algo para destacar.
Pero estaba, no sé cómo, no sé por qué, viendo a dos mujeres. Una vez por semana, a cada una, nada que pudiera exigir una logística demasiado sofisticada, nada que pudiera implicar un sesgo de aguda formalidad.
Una de las mujeres tenía alrededor de cuarenta años, quizás uno menos, quizás tres más. Y era, de seguro, la mujer más inteligente que yo haya conocido en mi vida. Con sentido del humor, con puntos de vista, con personalidad.
La otra mujer tenía menos de veinticinco años, probablemente veintidós. Verla desnuda hacía que uno tuviera que apoyarse, disimuladamente, contra el marco de la puerta, porque el instinto sugería ponerse de rodillas y agradecer por tanta belleza. Una sonrisa como un amanecer en la playa, tetas pequeñas, culito firme, toda ágil y dispuesta para lo que podríamos denominar ‘imaginación horizontal’.
Y ahí estaba yo, viendo a las dos, sufriendo de una manera muy particular.
Porque cuando estaba con la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’, yo no podía evitar añorar la frescura, el olor, la turgencia de nalgas y potencia capilar de la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’. Y cuando estaba con la mujer dos, llamémosla ‘mujer 2’, yo extrañaba profundamente aunque sea un atisbo de la inteligencia, un comentario, una forma de abrazar, un gesto, de la mujer uno, llamémosla ‘mujer 1’.
Así estaba, sin poder creer en mi suerte, sufriendo como un condenado. Sabiendo lo inconcebible que iba a ser para mí, llegado el caso, decidirme.
Hasta que hubo un error de cálculo, algo salió mal, como de costumbre. La mujer 1 y la mujer 2 se conocieron, en la puerta de mi casa. Comprendieron la situación casi de inmediato.
Se fueron a vivir juntas. Se quieren. Son felices, así lo manifiestan a familiares y amigos, sienten que son la una para la otra, jamás imaginaron que podía existir un amor tan genial.
Las dos piensan que soy un pelotudo, no pueden entender cómo fue que pudieron estar conmigo, todavía se ríen cuando recuerdan el mal momento que debían estar pasando para que les sucediera semejante incordio, tamaña contrariedad.

15.2.10

Novedades

Nada es tan malo, nunca es tan malo.
Estar vivo es mejor que todo lo malo. Mejor que tu labio leporino y la quemadura en el rostro del más puro morado y la gente que grita después del choque de trenes y los famélicos chiquitos con ojos de insecto que aprietan los dientes y extienden sus bracitos como fósforos esperando un vaso de leche tan blanca como la sonrisa de algún Dios.
Siempre habrá un perro que mueva la cola a pesar del más lacerante de tus fracasos. Siempre habrá un café con leche con tostadas, queso y mermelada, en algún bar de mala muerte, escondido entre los mitológicos pliegues de algún barrio. Siempre habrá una lluvia que te lave tantos pero tantos sueños rotos. Una carcajada sin motivo, un atardecer en la playa. El sonido del mar.
Te lo digo yo, que ya casi no soy nada, apenas todo lo que no me salió, lo que no fui. Soy el dos por ciento de mí, que camina por una calle cualquiera, silbando una vieja tonada. Soy los harapos de lo que quise ser, estas palabras que se vuelven a tropezar, este whisky transpirado.
Nada es tan malo, nunca es tan malo.

10.2.10

Siete frascos

Eran siete frascos, los conté. Estaban sobre la mesa, uno al lado del otro. Frascos de un plástico algo ordinario tal vez, cada uno de un color diferente. El consultorio era uno de tantos, el número 3, pequeños compartimentos apenas separados por paredes de algo que no era cartón, pero tampoco era pared. Cada consultorio con su correspondiente número sobre la precaria puerta.
Te llamaban por el apellido, y decían a qué número de consultorio debías ingresar. Dijeron ‘Hundred, consultorio 3’.
Frente a mí, un muchacho jovencito, vestido con uno de esos uniformes de médico color celeste muy clarito, con una canchera hilera de botones no en el pecho, sino a un costado del cuello. Pero no tenía estetoscopio, no, porque no era médico en el sentido exacto. Estábamos en un centro de salud capilar, que también es salud, pero otra cosa. Tenía una lupa en la mano, el muchacho, y cada tanto la cambiaba de mano, o la hacía repicar sobre la metálica superficie del pequeño escritorio.
El muchacho tenía un pelo muy tupido, cortado bien corto, y usaba mucho gel. El rasgo determinante en él era, no por casualidad, su magnífico cabello. El cabello del joven apuntaba hacia lo alto, enhiesto, grueso, como diciendo ‘esto es posible, esta puede ser también tu realidad’.
–Tiene que lavarse la cabeza por etapas, usando estos productos –dijo el joven y suspiró, aburrido de tener que repetir la misma cantinela una y otra vez–. Lavarse la cabeza todos los días con estos productos, como complemento de la terapia de masajes.
Hice silencio y puse una circunspecta expresión. El tema exigía el máximo de mi atención, estaban en juego muchas cosas.
–El verde es un exfoliante natural del cuero cabelludo, elimina residuos de las sucesivas capas de sedimentación termogenética generadas por reacciones nerviosas, mala alimentación, tabaquismo. ¿Usted fuma?
–Sí –dije.
–El amarillo es para el tratamiento de la caspa y la seborrea, los dos grandes enemigos del bulbo capilar.
–Del bulbo, del bulbo –recité, para mostrar mi estado de concentración.
–Sí, porque el pelo es como pasto. Uso este ejemplo para que usted comprenda. El bulbo vendría a ser la raíz. Hay que cuidar la raíz. Es muy importante la raíz.
–Sí, la raíz –dije.
–El naranja es para el fortalecimiento del tallo, evitar el aspecto quebradizo que es la etapa previa a la caída. El rojo es el que estimula energéticamente y electromagnéticamente al pelo, posee henna egipcia y extractos de ginseng de las montañas del Tíbet, estimula la circulación y regula la serotonina capilar. El azul es para otorgarle suavidad y brillo, genera una fina capa protectora para que el cabello no sea agredido por factores contaminantes, smog, ondas gamma de alto impacto, ruido, lo que sucede en una ciudad hoy en día. El violeta es el que permite agrupar todas las propiedades, balancea el ph y encuentra sincronía entre el metabolismo del cabello y el metabolismo basal del cuerpo, para que el cabello esté armonizado con el resto del organismo. Es un poco difícil, al principio, pero vale la pena. Por si olvida la secuencia, los frascos tienen un pequeño número que le recuerda el orden en que deben ser utilizados. El mismo no debe ser alterado, eso es crucial para el tratamiento.
–Perdón –dije–, si no conté mal, usted me detalló seis productos, y sobre la mesa hay siete frascos. Faltó el frasco negro. ¿Para qué es el frasco negro?
Se entreabrió la puerta, justo en ese instante, y se asomó un sujeto. Algo mayor, con el mismo uniforme que el muchacho, sólo que llevaba abierta la casaca. El hombre era bastante calvo, ojeroso, tenía gafas de lectura colgadas del cuello, y todo el aspecto de estar recién levantado. Probablemente había pasado la noche bebiendo, se había quedado dormido en el consultorio de al lado. Emanaba un agrio sudor.
–El frasco negro es para cuando te canses de todo lo demás, flaco –sonrió–. Es para que te laves la cabeza rapidito y te busques algo para hacer. ¿No vieron por acá un diario? Necesito un diario.

5.2.10

Una pena

Hace algunos años conocí, a todo el mundo le pasa, a la mujer de mi vida. Era linda, pero no demasiado. Era linda sin arreglarse, a la mañana. Era flaca, sin esfuerzo, y tenía buen pelo. Tetas pequeñas, cualidades perdurables. Había sufrido de chica, eso siempre es bueno. Sin llegar al extremo, no la había violado un primo ni un rottweiler le había arrancado medio brazo, nada que dejara un eterno resentimiento. Pero tenía una cicatriz en una mejilla, algo que le había preocupado, y había tenido que trabajar. Eso es muy importante, porque entonces la mujer puede disfrutar un abrazo, una cena, la mujer deja de creer que el mundo le debe algo por el anecdótico y peculiar hecho de existir.
Leía, sin caer en la crónica estupidez de las estudiantes de ciencias sociales, empeñadas en descifrar un lacaniano mecanismo en la forma que te rascás el culo. Sabía cocinar, milanesas con puré. Cogía bien, con entusiasmo, genuino interés, sin la impostación que puede dar el abuso de la pornografía, ni el atonal fastidio de la excesiva práctica desde muy pequeña.
Me gustaba verla salir de la ducha o abrir la heladera en bombacha, y podíamos caminar por la playa, en invierno, sin hablar, o le acariciaba el cabello, a veces, mientras ella dormía.
Pero. Un día quedamos en encontrarnos, en un bar. Un bar cualquiera. Debo haber llegado cinco minutos tarde, no más de siete. Ella ya estaba, en el bar. Era de mañana, temprano, un bar de barrio, poca gente, alguien que lee un diario, las noticias del mes pasado, alguien que fuma escondido en un rincón, nada más.
Ella se había sentado en una mesa, una mesa prácticamente en el centro del salón, pudiendo perfectamente sentarse contra cualquier lateral. Se había sentado de espaldas a la puerta, en lugar de sentarse de frente al vidrio, a la avenida, al ventanal.
Y yo supe entonces que había en ella algo perturbador y triste, no era la mujer de mi vida, algo estaba mal.