19.10.09

La física de tus sueños

El autor utiliza una explicación que yo desconocía, una explicación genial, para referirse a la imposibilidad que existan insectos gigantes. El asunto es que la masa se eleva al cubo cuando la disposición lineal se duplica.
Esto explica porqué no pueden existir cucarachas del tamaño de elefantes. Para poder tener ese tamaño, debieran tener patas de elefante, patas de cucaracha no serían suficiente para sostener el cuerpo, y eso le quitaría su característica de insecto. Estaríamos en presencia de otro tipo de animal.
Idéntica línea de razonamiento debieran transitar quienes fantasean con ser portadores, por ejemplo, de monumentales garompas. El peso de los huevos los destrozaría anímicamente.
Hay que tener cuidado con lo que se sueña. Nada, eso.

15.10.09

Sirena

El pescador sintió un tirón fuera de lo habitual. Eran demasiadas noches, demasiados años pescando en aquel desde siempre destartalado muelle de San Clemente, y ni en la época de los tiburones, aunque a decir verdad no eran cazones, pero tampoco eran tiburones, tiburones adolescentes podríamos decir, tampoco tiraban así. Podían cortar la línea con un brusco movimiento de cabeza, claro, pero no tirar así, sin intervalo, con tanta vehemencia.
Debían ser las tres de la mañana, y llovía fuerte. No había nadie, Víctor no se había querido quedar, ni ante al ofrecimiento de compartir media docena de empanadas y un poco menos de media botella de ginebra.
–Hace mucho frío, va a llover toda la noche –Víctor guardó sus cosas y se fue caminando despacio, hasta su herrumbrada camioneta que siempre parecía a punto de desfallecer, un último estertor antes de encenderse y arrancar.
Así que el pescador tiró y tiró, pensando que si era un tiburón, porque no podía ser otra cosa, la línea se cortaría en cualquier momento y entonces sí, se comería tres empanadas, se haría un último buche de ginebra, se iría a dormir. Aunque cada vez le costaba más dormir, eso sí que era un problema. Y no le molestaba mucho la pierna, así que no podía ser la pierna, pero quedaba acostado boca arriba, pensando por qué corno no se dormía. Recordaba fragmentos de su abnegada vida, inconexos, mezclados, incompletos episodios que se desordenaban en la mente como si fueran arrojados desde algún travieso cubilete.
Salió una sirena, como en los cuentos, cosa rara. Una preciosa y plateada sirena, con los pechos pequeños y redondos y una larga cabellera que hacía juego con su cola de pez. Ojos grises, tenía la sirena, y mirada tristona. Estaba muerta de frío, pero igual le sonrió. La envolvió lo mejor que pudo con su abrigo, y la alzó como si fuera una novia. Ella se colgó de su cuello, y apoyó la plateada melena contra su pecho. Llovía, más fuerte, y lanzó una especie de gritito cuando él quiso dejarla en el asiento trasero del 504, para volver por la caña y el resto de las cosas. Ella no estaba dispuesta a soltarle el cuello.
La llevó a su casa, le preparó un baño caliente y le dio de comer. Debía estar clareando cuando ella se vino a su cama y se acostó junto a él, el cabello de plata sobre su pecho de viejo.
Pasaron algunos días sin que se animara a contárselo a nadie, ni siquiera a Víctor, que le hizo un comentario, mientras jugaban al dominó. Le dijo que lo veía raro, que se había peinado, que algo le pasaba.
La verdad era que no podía hablar del tema. Además, quién iba a creerle. Una sirena, una sirena joven y divina, viviendo con él. Algo mágico, un milagro.
Pasaron los días, esperó que volviera la lluvia, porque la lluvia volvía siempre, otra vez. Era un invierno terrible. La gente que veraneaba en la costa jamás podría imaginar lo que era el invierno en esas mismas playas. Le dio un somnífero, en la cena, no muy fuerte. La cargó en brazos. Esperó en el auto, hasta que el muelle quedó vacío, hasta que los últimos pescadores perdieron las ganas. Entonces sí, la cargó en brazos, mientras la lluvia le golpeaba la cara. Hubo un relámpago que pareció abrir el cielo en dos. Las olas golpeaban el muelle con inusitado ímpetu.
Y la tiró al agua. Abrió los brazos, inclinándose un poco, la dejó caer, el contacto con el agua la despertaría de inmediato. La sirenita rompía las pelotas con locura, que la casa estaba hecha un asco, que no dejara las medias tiradas, que tomaba mucho, que nunca iban a comer afuera, le hacía acordar un poco a su ex mujer.
Volvió al auto y encendió un cigarrillo. En un mes como máximo se iba el frío, y volvían los pejerreyes.

11.10.09

Quesología

Se debe entrar a una quesería, o a una fiambrería, porque una fiambrería por su naturaleza intrínseca, aunque el cartel a la calle diga ‘fiambrería’, también incluye el rubro quesos. Dicho de otra forma, es muy raro encontrar un local que venda fiambres y no venda quesos. Busquemos en cualquier barrio, lo que digo es fácil de demostrar.
Se entra y se compra una horma de queso. El experimento, entonces, requiere de algo de dinero. El queso está caro. Se puede comprar prácticamente cualquier queso, aquí el experimento es laxo, puede haber preferencias pero no dogmas.
Puede ser un queso cremoso, queso fresco, un port salut, queso tipo mar del plata, o gruyere, o muzzarella, o porqué no roquefort. Sardo, fontina, provolone también.
Lo que sí es importante es la cantidad. No se debe comprar un pedazo de queso, sino un queso entero. Una horma, tres kilos, o cinco. Puede que en el queso elegido, al quesero, o al fiambrero, al que atiende, le falte justo un pedazo. Que de la horma en cuestión haya vendido, pongamos, medio kilo, o un poco más. Eso no me preocupa, no hay problemas, la horma sirve igual.
Entonces se debe tomar el queso con ambas manos, esto también es importante, quitarle el frágil envoltorio en el que uno recibe el queso, sacarlo de la bolsa o el papel o lo que fuera con la premura con la que se desabrocha un corpiño. No la cáscara, la cáscara es parte constitutiva del queso. Y uno debe empezar a comer. A dar mordiscos. Meter la cara de ser posible en el queso, los ojos, la nariz, y usar los dientes para arrancar un pedazo, pequeños trozos, masticar, desgarrar.
Lo mejor es estar de pie, en el centro de la quesería, o de la fiambrería. A lo sumo dar unos pasos, alejarse, y permanecer de pie, sobre la vereda. Para ser honesto, también se puede estar sentado, no altera en mucho el experimento. Lo importante es sostener el queso con ambas manos y entrarle con la cara, directo, como un desesperado.
Se debe hacer lo dicho durante un lapso que va entre los tres y los cinco minutos. No es necesario más. Sin pensar, un estado de no mente. Sólo queso.
Cuando, pasados los tres o los cinco minutos, se levante la vista, con la trompa pegoteada, llena de migas tal vez, de acuerdo al queso elegido, con las mejillas cubiertas de una particular grasitud, con pedazos de queso en una ceja o en la oreja o en el propio cuero cabelludo, se advertirá que hay un grupo de personas que lo están contemplando, a uno. Puede haberse formado un semicírculo que se mantiene a una prudencial distancia. Habrá gente de ambos lados de la vidriera, se habrán detenido varios automóviles. Habrá miradas de asombro, un poco de susto, toses, codazos, dudas. Pero nadie se estará riendo, ni una tenue sonrisa ni una carcajada franca, ni burla de ninguna especie. En el fondo de su ser ellos también saben que son unas ratas.

7.10.09

Fulgor

Cuando uno conversa con alguien, un sujeto, una persona, un individuo, advierte con excesiva facilidad, en la inmensa mayoría de los casos, que el sujeto en cuestión es un imbécil sin alma.
El sujeto o la sujeta es poco interesante, carece de sentido del humor, ni hablar de potencia expresiva. No le sucede nada más que un racimo de generalidades, no hay aspiraciones que superen la altura de un perro salchicha, ni desgarradoras tragedias. Predomina el gris. Cosas que a uno lo han atormentado a la edad de once años, serán ignoradas por el sujeto hasta casi finalizada su vida adulta.
Para resumir, habrá un poco de fútbol, un par de cumpleaños, un yogur que te hace cagar de inmediato, alguna crema para tapar las arrugas, según el caso. La mención de alguna playa.
Tal vez sea por eso que cuando me ves comprando un alfajor quedás perplejo, cuando me ves revolviendo un café con leche quedás apabullada, te parece que soy una de las personas más extraordinarias que viste en tu vida. Pero no te dejes engañar, no me asignes fantásticos atributos, ni descomunales capacidades. Es tu tremenda opacidad, yo casi no brillo.

3.10.09

Miles de kilómetros

Todos los domingos, en Buenos Aires, como en cualquier ciudad del occidente civilizado, hay carreras. La gente corre. ‘Maratón Nike’, ‘Maratón Adidas’, ‘Maratón Reebok’, ‘Media Maratón por Axel’, ‘Por Brian’, ‘La Carrera de Miguel’, ‘Corramos por Josecito’, ‘Por el transplante de Tatiana’, no sé. Entre diez mil y treinta mil sujetos integrantes de la población económicamente activa, entre dieciocho y cincuenta y cinco años aproximadamente, saludables, con cierto poder adquisitivo, con zapatillas de doscientos dólares, chicas con tetas y culos más o menos dignos, maricas de cráneos afeitados y modernas gafas que ocultan sus famélicas miradas, viejitos simpáticos con también simpáticas gorritas con visera, divorciadas, oficinistas, tristes en general, boludos en particular, salen a correr.
Yo llego temprano, dejo mi automóvil a unas cinco cuadras, y me instalo a un costado de la calle por donde van a pasar los corredores, a quinientos o mil metros del punto de largada.
Llevo una sillita plegable, una botella de whisky Grant’s que me voy sirviendo en un vasito de plástico, enciendo un purito cubano, llevo un libro, también.
Y me quedo ahí, sentado unos cuarenta minutos, nunca más de una hora, mientras la gente pasa sudando como conejos de angora, jadeando como jabalíes perseguidos, esa enérgica multitud de boludos sin alma.
Al pasar, al verme, algunos dudan, algunos quieren detenerse para golpearme o hacerme una pregunta, otros lanzan un chistido del más profundo desagrado, otros abren la boca para decir algo, pero siguen, tienen que seguir con su carrera.
Pasa un rato, ya he apagado mi puro contra el pavimento, me hago un buche más de whisky, me desperezo, y me voy caminando, con paso cansino. Comprobar que mi fracaso personal y único, que mi desesperación está hecha de un material demasiado denso para ser licuado en un maremoto de errantes boludos, es una de las cosas que mejor me ha hecho sentir en mucho tiempo. No te voy a decir que es mejor que coger, pero supera ampliamente al psicoanálisis y las terapias alternativas. Te genera un tremendo cariño hacia tu propia tragedia. Te sentís bárbaro, y encima falta poco para la hora del almuerzo.

27.9.09

Plan B

Te la hago fácil, lo vas a entender porque es fácil. Soy la persona ideal para cuando todo lo demás te salió mal. Soy perfecto para cuando todo lo que tenías planeado fracasó. Para cuando lo que podríamos denominar, si es que resulta preciso denominarlo de alguna forma, cuando tu plan A se va a la mierda, entonces, por motivos fáciles de entender aunque difíciles de explicar, me encontrás a mí.
Cuando te das cuenta que no se va a cumplir ninguno de tus sueños infantiles, cuando descubrís que tu tío te violaba a los once años, cuando encontrás a tu marido encerrado en el baño de servicio masturbando al Fox Terrier pelo duro de tu vecino del séptimo B, cuando te percatás que te casaste y tuviste tres hijos pero no podés dormir al lado de esa cosa que tenés al lado, nunca más, cuando captás que tenés la vagina más seca que una baldosa de porcelanato, cuando percibís que la felicidad se fue como una luz debajo de una puerta, cuando te das cuenta que te meterías un turrón en el culo y subirías a la terraza, justamente, con el turrón en el culo a cantar ‘satisfaction’ bailando igual, casi igual que Mick Jagger en aquel recital (Super Dome, New Orleans, 1981), cuando te pasa todo eso, cuando te pasan esas cosas, ahí aparezco yo.
Y te parece que todavía es posible, que un rayo de sol atraviesa los pesados nubarrones de tu tragedia personal e intransferible, que quizás te queden fuerzas para seguir adelante, que tan solo necesitás tomar aire, un par de cafés con leche, aún te queda una oportunidad.
Entonces te das cuenta que aquello que debió sucedernos, debió sucedernos antes. Te das cuenta que te equivocaste, que, como casi todo el mundo, te perdiste en el camino, no te fijaste bien y se nos hizo tarde. Y te enojás mucho, conmigo, es natural.

23.9.09

Te deseo lo mejor

Trabajo en una oficina, no quisiera entrar en detalles que pudieran herir la sensibilidad del lector, no quisiera ahondar en cosas que pudieran impresionar. Digamos, porque de alguna manera hay que decirlo, que soy jefe de un departamento, jefe de un sector compuesto por siete personas. No es algo que defina la historia.
Una de las personas del sector, al que llamaremos el sujeto A, me informa que va a dejar el trabajo, y como consecuencia el sector. Este muchacho, que ya no es un muchacho sino un tremendo repelotudo de treinta y tantos años, ha conseguido otro trabajo, y se va.
Son cosas normales que suceden en cualquier oficina, las oficinas se alimentan con determinada regularidad de carne fresca, alguien mejora, alguien huye, alguien comienza su particular e intransferible via crucis, alguien se va.
Le digo a A. las boludeces de rigor. Que fue bueno haber trabajado juntos, que todo el mundo tiene derecho a progresar, que le deseo lo mejor. A. tiene el natural entusiasmo de quien cambia de novia y cree que todo ha sido un error, que todavía puede recuperarse, ser feliz. Esos pequeños saltitos de ardilla que hemos dado en llamar ‘vida’, hasta que alguna fuerza superior nos de vuelta nuestras canoas hechas de precarias certezas y nos arroje a la mismísima mierda, demostrándonos que no sabíamos nada, que no teníamos idea, que ahora carecemos del talento o la suerte para volver a empezar. Lo normal.
Le digo a A., ya lo conté, que le deseo lo mejor. También le digo que sería bueno organizarle una cena de despedida, que sería bueno para el grupo, que me deje a mí.
Combinamos entonces el día y la hora, y le digo un lugar, le digo que yo me encargo, que soy el jefe, que organizar es mi especialidad.
Lo cito entonces para el jueves siguiente en un restaurante, a las nueve de la noche, un lujoso restaurante de la ciudad. Voy a ese restaurante, de hecho, y reservo una mesa para siete personas, dejo de seña el 30% de la consumición estimada, no importa el dinero, la reserva está hecha a nombre del sujeto, a nombre de A.
Entonces me reúno con los muchachos del departamento, los muchachos que trabajan conmigo, me reúno en ausencia de A. Y los invito a una cena, el jueves que viene, a esa hora, a las nueve. Pero los cito en otro restaurante. Les digo que no hablen de esto con A., ya que como A. se va de la organización, he decidido no invitarlo. Ya no pertenece al equipo, y yo debo hablar con ellos de cosas secretas, cosas que nadie que no pertenezca a nuestro sector debe escuchar.
Y llega el jueves, el jueves que viene que no va a ser más el jueves que viene sino el jueves, hoy. Recibo a los muchachos en el restaurante al que los he citado y les pido que apaguen los celulares porque quiero contarles algo, algo muy importante.
Mientras imagino a A., solo, en una mesa de siete personas, en medio de un restaurante lujoso y repleto de gente, esperando la llegada de sus compañeros que le han organizado una cena de despedida, preguntándose qué pasa mientras mira hacia la puerta y ruega por la llegada de cualquiera, de al menos uno, porque no entiende qué puede estar sucediendo, y un mozo se le acerca a preguntarle si desea tomar algo, un vaso de agua, mientras espera.
Yo pido vino, un par de botellas de vino caro, le digo al mozo que vamos a tomar el mejor vino, se trata de una ocasión especial.

19.9.09

La birome

Entro a un bar, a un bar de siempre, a uno de los bares de siempre en realidad, uno de los bares donde desayuno.
Me pongo de pie, de manera tan inesperada como tranquila. Hay poca gente en el bar, esa es quizás su única gracia. Es muy temprano.
Me acerco a una mesa, una mesa donde desayuna una parejita joven. El va de traje, hojea un diario. Ella es bonita, cabello corto, sin maquillaje, pulóver color salmón, orejas perfectas.
–No va a funcionar –apoyo las dos palmas sobre la mesa, entre un café con leche y un vaso de agua–. Ya están aburridos, y salen hace no mucho más de un año. Todavía dura un poco el sexo, pero se va apagando, siempre lo mismo. Date vuelta, o chupamelá. Por más que trabajes y trabajes, nunca vas a juntar la plata necesaria. Y vos querés tener un hijo, claro, porque vas para los treinta y te empezás a asustar. Pero también vas al psicólogo, y le contaste que te gusta un pibe de la facu, un peludo de barbita, y el psicólogo te dijo que le des lugar a tus sentimientos, que pruebes. Y cuando haya que ver quién se queda con el horno a microondas, siempre es triste, porque a la frustración se le suma el odio y uno se quiere descargar con la otra parte. Echarle la culpa al otro, para poder continuar.
Camino unos pasos, me acerco a otra mesa. Es un señor de elegante sport, cincuenta años, canoso, un reloj digno. Hay un maletín apoyado en el asiento libre de su mesa. El señor habla por celular.
–Es mentira –le apoyo una mano sobre el hombro, y se sobresalta–. El negocio no va a salir nunca. Fuiste un buen vendedor de cortinas para baños o máquinas de coser, pero fue hace mucho. Te quedaron dos trajes, y esa camisa no da más. Seguís creyendo que te queda una vuelta más en la calesita de la vida, seguís esperando en el andén un tren que no va a pasar. Ahora viene la vejez, sin guita. Y un hijo que te desprecia. Podés aceptar el cocker que te quiso regalar la vecina del quinto, y sacarlo a la noche a caminar.
Hay otra mesa, una chica flaquita, leyendo un libro de Cortázar de tapas mordidas. Se baña poco, tiene el cabello muy sucio, pero sus tetas son redondas y firmes.
–No te lo creés ni vos –con un ínfimo movimiento la obligo a apoyar el libro abierto sobre la mesa, aunque no lo suelta–. Estás repodrida de leer, de vivir alquilando con tres amigas de la facultad. Podés recitar páginas enteras de ‘Rayuela’, de memoria, y aún así nadie te invita a cenar. Los chicos del barrio tocan la guitarra, quieren coger veinte minutos, media hora como mucho, y escapar. La vida de bohemio es preciosa en las películas, pero ahí a la vuelta espera la realidad hecha de bombachas con elásticos vencidos y heladeras viejas que hacen una bocha de hielo imposible de romper. Quizás convenga que vuelvas a casa, con los papis, a tomar mate, ver novelas, descansar.
Vuelvo a mi mesa, me siento. Es que perdí la birome, no me di cuenta. El café está frío. Yo si no escribo me pongo mal.

15.9.09

Mi papá se muere

La historia tiene muchas aristas, algunas demasiado tristes para ser contadas. La historia, como todas las historias, como corresponde, tiene muchas aristas, pero quisiera concentrarme en una en particular.
Mi papá se muere. Mi papá se está muriendo, sin remedio. Es cáncer y es un ACV y es todo una mierda y es todo lo demás. Lo acaban de operar, con evasivas, con ese lenguaje tan particular que tienen los médicos, donde todo lo malo puede suceder, volverse más malo, y cuando uno pregunta qué pasa si todo sale bien, cuando uno pide que le cuenten el resultado positivo para que entonces valga la pena jugar, los médicos, el médico, se limita a hacer silencio y a mirarte de una forma que le deben haber enseñado en la facultad.
–Usted tiene que entender que la no progresión de la enfermedad debe ser vista como un resultado positivo –dijo el médico. Y a mí me dieron ganas de decirle que mi papá era una buena persona y que la salud es la ausencia de enfermedad y que yo podía tranquilamente meterle el estetoscopio en el culo y luego escucharlo por dentro, sólo porque era injusto que un médico no pudiera hacer nada para salvar a mi papá, y tampoco tuviera tres gotas de sensibilidad en todo su organismo para poder explicarlo.
Entonces operaron a mi papá, que ya no iba a despertarse nunca más, y estamos en uno de los días en que mi papá yace en coma y yo llego al hospital para escuchar el parte médico y hablarle a mi papá al oído y decirle que lo quiero mucho y que las cosas van a mejorar aunque sé que no es verdad.
Llego al hospital, y el médico está saliendo con su auto. El auto es un Volkswagen Gacel 1995, blanco, sucio. Tiene uno de los ventiletes laterales, la luneta triangular del lado del conductor, no sé cómo poronga se llama ese pedacito de vidrio, rota y pegada con cinta adhesiva.
Me acerco. El médico asiente en una especie de saludo, como diciendo ‘no hay novedades y qué le vamos a hacer es la vida’.
–Vos no podés salvar a nadie, boludo –golpeo con un nudillo el inexistente cristal–. Si hubiera visto qué auto tenés, jamás te hubiera dejado operar a mi papá.
Sé que lo he tocado, lo veo en su rostro, es tan necesario que todos sepamos que fuera de nuestra estricta área de cobertura somos apenas un boludo más. Y entonces me doy vuelta, subo las escaleras como si tuviera un millón de años, me seco las lágrimas con un antebrazo porque no quiero que mi mamá me vea llorar.

11.9.09

Lo normal

Desde siempre, desde chico, y la adolescencia, cuando importa, cuando duele, mucho más, me pasa algo, me pasa lo siguiente, me pasa lo que voy a tratar, sin aburrirte, de explicar.
Si yo entraba a un aula, en el colegio, o en un curso, o a un gimnasio, o a una discoteca, no importa el lugar. Lo que importa es que yo entre, me incorpore, a una situación donde hay, como en tantas situaciones a las que uno se quiere incorporar, un grupo de gente.
Lo normal, entonces, me desvío, me aparto pero ya vuelvo, es mi manera tan particular y exquisita de hablar, lo normal, decía, es que alguien ingrese a un lugar, y la mitad de la gente, pongamos un sesenta por ciento de la gente, sienta una tenue indiferencia por la persona en cuestión, no le preste mayor atención, no le de mayor importancia ni le genere interés la persona que acaba de ingresar. La otra mitad, pongamos el cuarenta por ciento restante, puede manifestar una también débil curiosidad, algo de interés por conocer al nuevo sujeto, siempre alguien nuevo refresca un poco el ambiente, mueve el agua, miremos qué dice, su manera de actuar.
Pero conmigo no, conmigo nunca fue así, jamás tuve esa oportunidad. Cuando yo hacía mi ingreso, mi aparición, sucedía algo tan sintomático como instantáneo.
El noventa y dos por ciento de los presentes me odian con todo el alma, me odian con énfasis, me desprecian profundamente, sin motivo (debo recordar, es preciso, que los presentes a los que me refiero en el precario ejemplo, no me conocen todavía). El tres por ciento de la gente me ama, siente que soy el nuevo mesías por tanto tiempo esperado, sienten que soy un tipo entretenido, con una contundente pija, un sabio, un buda, un genio de nuestro tiempo, aunque si les preguntaran por qué desde luego no tendrían nada para decir, no lo podrían explicar. Al cinco por ciento restante le da lo mismo si me tiro un pedo o si me pongo a cantar un tema de Leonardo Favio (‘Aquella noche de verano’, para ser más exacto. No, no dije el tema ‘Fuiste mía un verano’, dije ‘Aquella noche de verano’, hay cosas donde la precisión debe imperar, por favor no te confundas).
Las características, los grupos descriptos, tienen el curioso atributo de lo definitivo. Nada que yo haga hará que alguien que me odie pase a amarme, o al menos logre resultarle indiferente mi persona. Eso no pasa nunca, y por lo tanto, me permito decir que no puede pasar.
Te lo cuento para que entiendas que lo que te ha sucedido conmigo, el desbordante y por qué no descomunal odio que te genero es algo absolutamente lógico, me atrevería decir normal. No luches contra eso, tampoco yo pienso hacer el mínimo esfuerzo para remediarlo. Tu odio es un dato revestido de la más pura lógica estadística. Me parece bien, dejémoslo estar.

*http://www.youtube.com/watch?v=hafT7mCvXN0

7.9.09

Mala racha

Las cosas no me salen.
Fracaso en campos donde solía desenvolverme con absoluta solvencia.
Me tropiezo, estornudo, tiro gaseosas. Molesto, interrumpo, salpico, empujo, mancho.
Estoy, así me lo dicen, más viejo, más gordo, más pelado.
Los gatos del parque no dejan que los acaricie, los perros me muestran los dientes, me ladran, como si les hubiera quitado algo.
Los ladrones se rehúsan a robarme, los mendigos que piden dinero, que mendigan, se callan cuando paso, se repliegan contra la pared, esconden la mano.
Nadie intenta venderme nada. Nadie me ofrece un fantástico descuento. Las cajeras de supermercado bajan la vista y me cobran lo más rápido posible.
Nadie me toca bocina y acelera para atropellarme con su automóvil, nadie me para por la calle para decirme que fuimos juntos al colegio secundario.
El sol brilla menos. La lluvia no me provoca el acostumbrado entusiasmo.
Soy un genio, como siempre, soy genial. Pero las cosas no me salen.

3.9.09

Mandarinas

Paso por una verdulería. La verdulería, también es una frutería. Los locales que venden verdura, suelen vender, también, fruta. Son cosas que parecen apoyarse en la tradición, han sido así, desde siempre, conviene no preguntar.
Tengo que ir al trabajo, para eso he salido a la calle, pero me detengo. Hablo por unos instantes con el verdulero, que también es el frutero. Le pregunto por un cajón de mandarinas, de diez kilos. Sí, lo quiero comprar todo. Negociamos un poco el precio, regateo pero sin convicción, sólo porque es lo que se espera de mí. Llegamos a un acuerdo.
Agarro el cajón de mandarinas, y me siento en el cordón de la vereda, a escasos tres metros de la verdulería, que también es frutería. Saco todas las mandarinas del cajón, y me pongo a pelarlas. De a una. Con bastante cuidado, con bastante atención.
Lleva tiempo, son muchas mandarinas. Deben ser ochenta mandarinas, o cien. La gente me mira. Lucho con las mandarinas, el aire se impregna de un característico olor.
Después de unos buenos veinte minutos, he concluido la operación. Vuelvo a colocar, prolijamente, todas las mandarinas dentro del cajón. Me guardo las cáscaras, los pedazos de cáscara, dentro de los bolsillos, del saco, del pantalón.
Me acerco a la verdulería, que también es frutería.
–Te lo dejo –le digo al sujeto que me vendió las mandarinas, y le paso el cajón.
El sujeto me mira con una curiosa mezcla de fastidio y resquemor.
–No entiendo –repite– ¿Me las dejás?
–Sí –digo.
–¿Y para qué querés las cáscaras? ¿Por qué no te comés las mandarinas? No entiendo qué te pasa.
–No como mandarinas, no me gustan las mandarinas. Me gusta el color.

31.8.09

Un arco iris en mi axila derecha

Farmacia. Me dirijo directamente al fondo del local, paso por un estrecho pasillo donde venden productos para que el pelo púbico te quede lacio, productos para que los huevos te huelan a caléndulas, productos para que la piel de la vagina adquiera la textura de la cáscara de durazno, productos para que el agujero del culo te brille como si fuera de bronce, y así.
Necesito un medicamento, un medicamento en particular, una crema que me ha recetado una doctora hace mucho, pero aún recuerdo el nombre (del medicamento, no de la doctora). Tengo una extraña patología: la axila derecha se me pone roja primero, verde después, me salen puntitos naranjas y violetas, un festival de color. La doctora me explicó aquella vez, que podía ser un virus, podía ser un hongo, podía ser una bacteria. La doctora, después de haberse pasado unos buenos siete años en la facultad, no tenía la más puta idea de lo que me sucedía, y entonces me había dado una crema para comprar tiempo y esperar así que se me pasaran las manchas, que se aburrieran y se fueran, o que te pasara, a vos, al paciente, en este caso a mí, algo peor. La medicina no es mucho más que una maniobra distractiva.
Llego al mostrador. Me atiende una bioquímica petisita, de pelo recogido y un fastidio que supera su estatura. Quería ser doctora, probablemente, quería ser feliz, no pasa nada. Es joven todavía, está triste, cree que tal vez jugando al tenis se le pase, o haciendo un curso de teatro, no, mejor de fotografía.
–Buenos días, señora –digo.
–Mdía.
–Necesito Pichuleishon –el nombre de la crema no importa, no hace al corazón de la historia, no quita ni agrega. No puedo dar información tan confidencial, tan privada. Por favor, no me comprometan.
–¿Loción o crema? –consulta una computadora. Teclea con sus ínfimos dedos.
–Crema.
–¿Chica o grande?
–No sé –digo, porque no sé–. Grande.
–¿Tenés receta? –sigue mirando un monitor. El monitor es viejo, y está muy sucio. Podrían limpiarlo, con alcohol por ejemplo.
–No.
–Tenés un descuento del quince por ciento por el plan ‘Salud para todos’.
–Me parece bien. Salud para todos me parece muy bien.
–Llename esta ficha con tus datos –pone la crema en una bolsa, cierra la bolsa con un cierre hermético, una traba que garantiza que yo no me pueda poner la crema, en la axila o en los huevos, en mi trayecto hacia la caja registradora.
–¿Qué?
–Que me llenes la ficha con tus datos. El precio es treinta y siete pesos.
–No.
–¿Qué? –se da un tirón en el pelo, y una patadita. No entiende que alguien no quiera hacer lo que ella ordena.
–No, te dije. Prefiero no llenar ninguna ficha.
–¡Entonces no puedo hacerte el descuento! –da un saltito, apoyando las manos sobre el mostrador. Es bajita de verdad.
–O sea que no hay salud para todos –digo.
–¡Sí! Hay Salud para todos. Son cinco datos, nada más.
–No. La verdad que no tengo ganas de escribir nada.
–Dictame, yo lo completo –agarra la birome con sus manitas de hámster. La birome es verde, y está muy mordisqueada.
–No me entendiste. No quiero decirte quién soy, ni dónde vivo, ni mi teléfono. No quiero decirte nada.
–¡Mentime! –se ríe, cree que finalmente hemos llegado a un acuerdo– ¡Decime cualquier cosa! ¡Inventá un nombre!
–No –me pongo más serio todavía–. Yo no miento. Al menos en los temas relativos a la salud. Ahora si estuviéramos en un bar, si yo estuviera tomando un whisky, si existiera la más remota posibilidad de ir a coger, bueno, eso ya sería otra cosa.
–¡Entonces no tenés el descuento!
–O sea que sería una salud para todos, menos para los que no llenan la ficha. Entonces habría que cambiar el nombre del plan. El plan podría llamarse Salud para todos, pero a veces con descuento, y a veces sin descuento. Para simplificar, podríamos decir que el plan debería llamarse: Salud para todos los que tengan dinero. ¿Te parece?
–Sin descuento la crema te cuesta cuarenta y nueve pesos.
–Me parece bien. –Doy media vuelta, con la bolsa, con la crema en el interior de la bolsa.
–¿No querés el descuento?
–No, quiero el medicamento. No quiero el descuento, si quisiera el descuento te hubiera pedido el descuento, pero no creo que el descuento me cure, en cambio el medicamento, la crema, ya me curó una vez, así que elijo recostarme en la experiencia. El descuento es mentira, el descuento es parte de la enfermedad, el descuento jamás curó a nadie, ya estás grandecita, entendelo de una vez.

27.8.09

Mirá, mirá

Fuimos a comer. A un restaurante, un restaurante cualquiera, de barrio, una de las cantinas a las que solíamos ir, de novios.
Puse una mano sobre la jarrita de agua.
–Mirá –le dije. Cerré los ojos un instante, con mi palma sobre el recipiente, y el agua se transformó en vino. En Saint Felicien cabernet merlot, para ser más exacto. Una señora sentada en otra mesa dio un saltito hacia atrás y casi se cae de la silla.
–Mirá –le dije–. Puse una mano, la misma mano, mi mano izquierda, sobre la panera. Era una panera de plástico verde, verde clarito, con una servilleta de papel en el fondo, y miguitas, nada más que miguitas. Cerré los ojos, otra vez, con la mano dentro de la panera, los dedos extendidos, pero sin tocar la servilleta, lo que equivalía a decir que la mano quedó suspendida por un instante a unos tres centímetros de la servilleta, de las miguitas. Y aparecieron panes, panes recién horneados, crujiente pan francés, pancitos negros, pancitos redondos saborizados con cebolla, con queso, con ajo. Aparecieron demasiados panes para la panera. Rodó un pan y cayó al piso.
Vino el mozo con el pedido. Agnolottis de ricota y nuez para mí, con pesto.
–Mirá –le dije. El mozo tenía el hemisferio derecho del rostro absolutamente quemado, esas manchas de nacimiento, mitad quemadura, mitad púrpura en todas sus gamas. Costaba mirarlo. Apoyé la palma, la palma de mi mano izquierda sobre la piel calcinada de su rostro. Se hizo un silencio, pero el hombre cerró los ojos y abrazó la bandeja vacía contra su pecho. Apoyé la mano, toqué la piel, y desapareció la mancha, se alisó la piel, su rostro volvió a brillar. La chica de la caja tuvo que aferrarse al mostrador para no caerse. Los integrantes de una mesa se pusieron de pie, alguien aplaudió, cayó una cuchara. El mozo se miraba el rostro en uno de los espejos del salón, y lloraba.
–Sí, está bien –dijo ella–, pero me prometiste que ibas a cambiar el auto.

23.8.09

Solo, y mal acompañado

Me molesta la gente que habla muy fuerte en un bar o en un transporte público, con alguien en persona, o por teléfono. Me molesta la carita que ponen cuando gritan por un teléfono celular barato y pegado con cinta adhesiva, dando instrucciones para que alguien saque del freezer los ravioles para la noche pero igual no, no recuerdan si queda salsa pomarola, y lo dicen como si tuvieran la hermosa cortesía de permitir que el resto de los presentes nos enteremos que les va muy bien, que su vida está plagada de situaciones de tamaña relevancia.
Me molesta la gente que pide ‘una lágrima’, en un bar, porque es casi nada de café y, por cuantificarlo, por ponerlo en números, noventa y tres por ciento de leche, y entonces casi no se puede sentir el café, entonces significa que no están tomando nada.
Me molesta la gente que tiene paraguas y piloto y buzo antiflama y zapatos antideslizantes y jamás te cederían el carril interior de la vereda, aunque vean que vas descalzo y en musculosa, y sonríen de lo precavidos que han sido, de cómo la lluvia no los moja.
Me molesta la gente que se detiene en la calle porque hay una promoción de cualquier cosa, queso untable o bebidas energizantes o crema para fortalecer la piel del talón o la vagina, y están dispuestos a olvidar todo, incluso para qué se despertaron esa mañana o para qué bajaron a la calle, con tal de conseguir algo gratis.
Me molesta la gente que mira tu carrito del supermercado con la boca abierta y codean a su triste marido/esposa, y señalan con un dedo, y ponen una expresión, mitad fastidio, mitad odio, porque no pueden entender cómo vos comprás lo que comprás, y por qué nunca coincide con lo que ellos compran, y eso es muy molesto, eso tiene sin dudas tremendas implicancias, terribles significados.
Me molesta la gente que llega a un lugar, a una tintorería o a un hospital, y estás vos, te están atendiendo a vos, en mesa de entradas, en informes, o el japonés te está terminando de cobrar, y la persona comienza a hablar por encima de tu espalda, como si vos no estuvieras, o como si estuvieras pero aún así no contara, porque no hay nada más importante en el mundo que la propia necesidad.
Me molesta la gente que corre y mientras corre te odia porque vos sólo querés caminar, me molesta la gente que se hace un tatuaje de un caniche toy sobre la nalga derecha o se atraviesan una fosa nasal con un alfiler de gancho y creen que han hecho algo comparable a un disco de Thelonious Monk, me molesta que alguien cree que sabiendo cuánto tenés de colesterol, o si te gusta la Fanta, con eso es suficiente para saber quién sos, en qué categoría estás.
Lo que te quiero decir es que me molesta la gente, sin importar mucho el motivo.

19.8.09

La marca del whisky

Me viene a ver un amigo. Mi amigo L. A mi amigo L. lo acaba de dejar la novia. La novia de L. era lo mejor, según L., que le había pasado en la vida, la vida de L. Cuando L. conoció a su novia, uno o dos años atrás, me acuerdo que L. vino y me dijo ‘esta mina es lo mejor que me pasó en la vida’.
Ahora la novia de L. lo dejó, lo que viene a confirmar la vieja teoría que dice que lo mejor que te pasó en la vida ya te pasó, o te está pasando, mientras lo estamos diciendo, pero la naturaleza intrínseca de lo que te está pasando es que va a pasar, tiene destino de pasar o ser parte sustantiva del pasado, y cuando algo pasa a formar parte del pasado es porque entonces, al mismo tiempo, dejó de ser parte del presente, y entonces, al mismo tiempo también, uno descubre que lo que te pasó no está pasando más, lo que te pasó, por decirlo de alguna forma, ya no te pasa.
–Me dejó –dice L. y se sienta, pero no se sienta, se desmorona en el sillón esperando que el sillón lo contenga, lo anime de alguna forma, le de motivos para seguir adelante–. Me voy a suicidar, Juan.
–¿Cuándo? –Le pregunto.
–¿Eh?
–Cuándo, digo. Cuándo te vas a suicidar.
–No sé, esta noche –saca un cigarrillo, pero no tiene fuerzas para encenderlo. Cuelga el cigarrillo de sus labios, y allí permanecerá por lo que dure la charla.
–¿Cómo?
–¿Eh?
–Cómo, dije. Cómo te vas a suicidar.
–Me voy a emborrachar. Voy a tomar whisky, hasta quedar inconsciente. Y tengo pastillas, tengo un frasco lleno de pastillas, para darme un refuerzo, para estar seguro que no me voy a volver a despertar.
–¿Cuánto whisky compraste?
–No sé, debo tener una botella en casa.
–¿Qué marca es?
–¿Eh?
–Qué marca es, el whisky.
–Old Smuggler, creo. O Ballantine’s. Había un Ballantine’s que me regalaron para fin de año.
–¿Y dónde vas a estar?
–Eh. No sé.
–¿En la cocina? ¿En el comedor?
–En el comedor, en el comedor tengo la tele.
–¿Y cómo vas a hacer?
–¿Cómo voy a hacer qué?
–Cómo vas a hacer para suicidarte.
–Me voy a sentar en el comedor, después de cenar. Me voy a sentar en el comedor, en calzoncillos, a mirar la tele. Y me voy a tomar el whisky. Media botella de whisky, primero. Ahí me voy a clavar las pastillas, tengo dos cajitas de rivotril, de dos miligramos. Y voy a seguir tomando whisky, hasta quedar inconsciente.
–Y te vas a morir.
–Y me voy a morir.
–Bueno, está muy bien.
–Por qué me hacés tantas preguntas, Juan. ¿Vos creés que ella va a volver? ¿Vos creés que no tengo que matarme?
–No creo que vuelva, para decirte la verdad. Tu mina siempre me pareció una repugnante conchuda. Pero vos sos un tipo muy desprolijo. A mí me parece que para matarte deberías haber pensado un poco más la marca del whisky, qué programa de televisión vas a estar viendo, qué vas a cenar antes. A mí me parece que el problema es siempre el mismo, acá todo el mundo debería prestar un poquito más de atención a los detalles.

15.8.09

Una profunda fe

El comportamiento es por demás sencillo, cualquier mamífero mediano, cualquier animal lo entiende con inusitada rapidez, porque en verdad lo sabía de siempre, de antes.
Primero está el esfuerzo, el incordio, la mínima proeza requerida, y luego, al final, está el premio a ese ahínco, la recompensa.
Así funciona entonces, son milenarias pautas de conducta.
No hace falta insistir, pero permítanme insistir, con un ejemplo. Fijar los conceptos de unívoca manera. Cualquiera de ustedes lo ha visto infinidad de veces, por televisión al menos. Está el estanque, está la foca. Se le pide, entonces, a la foca, que proceda, que haga su pirueta, su gracia, que pase a través de un aro sostenido en el aire o que cabecee una multicolor pelota. Una vez hecho esto, el que dirige la prueba, el humano, que tiene un balde cargado por ejemplo de sardinas, le arroja, a la foca, lo que la foca quiere, una sardina. Cada uno ha cumplido con su parte del trato, y se puede continuar. Esfuerzo, recompensa, y así. Lo que acontece entonces podría ser denominado, si es que es preciso denominarlo de alguna forma, sardinear.
Acá llega la magia, lo mágico.
Voy a ver a una prostituta. Toco timbre, subo al departamento. La prostituta me recibe, me saluda. Me dice ‘mi tarifa son trescientos veinte pesos la hora’, por ejemplo. Entonces yo saco cuatrocientos pesos y se los entrego.
–Voy a buscarte el vuelto a la cocina –dice, para terminar con la parte monetaria, dejar la plata a resguardo, y proceder con el servicio. Tiene un culo importante, un culo para salir a dar una vuelta en culo y olvidarse de todo lo demás. Tacos plateados de quince centímetros, medias de red.
–No, está bien así –digo, y sonrío, apenas.
Es entonces donde hemos ingresado en un plano absolutamente diferente. Hay confianza, hay comprensión, hay un acto de fe, la lógica de esfuerzo-recompensa ha sido quebrada y eso provoca el más absoluto de los desconciertos. No se trata de ‘comela toda y después te doy alguito más de plata’. No. Es un salto al vacío, es apostar a lo bueno del otro aún en las circunstancias más abyectas.
Esto hará, volviendo al ejemplo del principio, que la foca de lo mejor de sí, que salte y se esmere como nunca, más allá del reglamento. También, puede ser, es posible, que la foca, obtenida la sardina primero, satisfecha su inquietud, opte por no hacer un carajo, presa de un indolente sopor. En ese caso no tiene solución, hay que matarla.

11.8.09

Te presento a Esteban

Ella viene a verme. Viene con su novio. Trae a su nuevo novio, o quiere presentarme a su nuevo novio, quiere que lo conozca, no es clara la situación, pero estar en situaciones no claras se ha transformado en una de mis impensadas destrezas.
–Mirá –me dice–. Te presento a Esteban.
–Hola –digo.
–Hola –dice Esteban. Es un muchacho de aproximadamente treinta años. Quizás veintiocho, quizás treinta y dos. No es ni gordo ni flaco, ni demasiado alto, ni bajito, va prolijamente peinado con raya al costado y vestido con pulcritud. Tiene un teléfono celular en una mano.
–Esteban es mejor que vos, mucho mejor que vos –dice ella.
–Sí –digo yo. No es muy difícil lograr eso.
–Esteban gana más plata que vos, tiene un buen trabajo. Es gerente.
–Sí –digo yo. Puede que Esteban sea gerente de algo, gerente de cualquier cosa, cómo saberlo.
–Esteban es más flaco que vos. Se hizo un análisis el otro día. ¿Sabés cuánto le dio el colesterol?
–No, no sé.
–Uno punto treinta y tres. ¡Uno punto treinta y tres!
–Qué bueno –digo. Pienso qué lindo sería no tener colesterol, como quien piensa qué lindo sería estar caminando por la playa, descalzo, como quien piensa en algo que queda lejos.
–Esteban tiene pelo. Tiene flequillo. Mirá.
Miro. Es verdad. Esteban tiene pelo, todo hace suponer que el pelo permanecerá sobre su cabeza por mucho tiempo más. Es como pasto, su pelo, no es verde, no, pero crece con ese vigor, esa vegetal vehemencia.
–Esteban coge mejor que vos. Coge despacio, pausado. No se agita. Cuando terminamos de coger me pregunta si la pasé bien, si quiero un vaso de agua. No tira el preservativo para ver si queda pegado contra la puerta del armario, no toma whisky de la botella.
–Entiendo –digo, porque se entiende lo que ella dice.
–Esteban es cariñoso –dice ella–. Dos o tres veces por semana aparece con bombones, o con flores. O me dice ‘te traje una sorpresa’.
–Una sorpresa –digo yo.
–¡Sí, una sorpresa! –dice ella–. Y entradas para ir al teatro, o a un recital. A Esteban le gusta salir.
–Le gusta salir –digo yo.
–Esteban hace planes conmigo –dice ella–. Armamos vacaciones juntos. Vamos a una playa, y sacamos fotos. Muchas fotos, y las tenemos en la compu. Queremos convivir. A Esteban le gustan los chicos.
–Los chicos no tienen la culpa de nada –digo yo. En lo personal prefiero los animales, me llevo mucho mejor con los animales que con las personas, pero los chicos son una gran cosa.
–No te voy a decir que es perfecto, no, nadie es perfecto –dice ella–. Si lo mirás bien tiene una expresión de tristeza en el rostro, un rictus triste.
–Debe ser cuando está con vos, nada más –digo. A mí me pasaba.

7.8.09

Me voy a morir

El doctor me dice que me voy a morir. No hay nada que hacer, los estudios son muy claros. Hay manchas que no deberían existir, hay indicadores que deberían estar bajos, y están altos, hay indicadores que deberían estar altos, y están por el piso.
–No tiene sentido operar –dice el doctor, y niega con la cabeza. Una célula muta y se manifiesta como sólo una célula es capaz de hacerlo, con esa química imprevisibilidad, algo se altera, algo se tapa, algo se corre de lugar, ya está.
–Conviene que esté calmado, tómese vacaciones, disfrute sus últimos días –dice el doctor. No importa todo lo que no hiciste, no importa todo lo que deberías hacer. Es como una mano de black jack. Te pasaste, te quedaste sin fichas, terminá el whisky y andá.
Quiero hablar, de verdad quiero decir algo, pero no tengo fuerzas. Siento que me laten las plantas de los pies en contacto con el piso, a través de mis zapatos, y no mucho más. Es un tornado. Uno se queda quieto porque no sabe por dónde empezar. Te tapa la ola, se te hace imposible respirar.
–Usted es el señor Thousand –el doctor revisa un manojo de papeles–. Juan Thousand. ¿No?
–No –digo en un hilo, un graznido, extraño mi voz–. Mi nombre es Hundred, Juan Hundred.
–Uh. Espere afuera, por favor, ya lo van a llamar.

3.8.09

O ser millonario

lo único que hace falta es
genuina desesperación.

nada de: doctor, no sé qué me pasa,
siento que la vida no tiene sentido.

pero mire qué novedad, estimado paciente.
¡eso lo sabe cualquier pelotudo!

insisto: lo único que hace falta,
lo único realmente necesario es
la desesperación.

estar desesperado es una religión, un motor,
una forma de ser, un estilo de vida.

estar desesperado es una postura filosófica,
una manera de rascarse la cabeza, una actitud
con la cual enfrentar una hecatombe nuclear o
un sándwich de queso untable, ajo y salchichón.

estar desesperado es el tic tac del reloj.
es revolver los bolsillos
y silbar esa canción.

es, incluso, grata compañía.
y una birome, please.