30.12.10

Para qué me preguntás

Escribo porque me hace bien la lluvia, trae recuerdos de otra lluvia, una madrugada en la playa.
Escribo porque nadie quiso bailar lento conmigo, cuando era chico, cuando importaba.
Escribo porque cuando veo a tu hijo quisiera tener un perro, y cuando veo a tu perro quisiera tener un hijo.
Escribo porque tu amor llega tarde, siempre tarde, tu amor huele a queso demasiado tiempo dejado en la góndola de un supermercado de barrio.
Escribo porque mi dolor es mejor que tu dolor, mi fracaso es mejor que tu fracaso.
Escribo porque no tengo nada para hacer hasta el próximo whisky.
Escribo porque todo podría ser peor, podría ser como vos, for example.
Escribo porque ya fue dicho antes y será dicho después, pero ahora me toca decirlo a mí, ahora lo estoy diciendo yo.
Escribo porque me sirve mirar por la ventana de un bar, no hay mejor manera de pasar el rato.
Escribo porque es algo fisiológico, como rascarse el culo o meterse el dedo en la nariz.
Escribo porque me gusta, también.

25.12.10

Mañanita

Estoy tomando café con leche. Con tostadas. Con queso, y con mermelada. Ella, sentada frente a mí, hojea un diario. Es un bar, del otro lado del vidrio empujan los autos.
–Secuestraron un avión de British Airways –dice, lee, mezcla, de indolente y por qué no anárquica manera, lo que dice, con lo que lee, las dos cosas–. Eran terroristas paquistaníes. Querían que les devolvieran Cachemira, pero querían guita, también, seguro. Amenazaron con cuchillos a las azafatas. Uno se abrió la camisa y tenía un explosivo plástico, no entiendo cómo pudo pasar los controles del aeropuerto.
Niego con la cabeza, como diciendo que si ella no entiende, lo mejor, lo que corresponde, es que yo tampoco entienda. Muerdo una tostada. La tostada se parte y por un momento parece a punto de caer, pero logro emprolijar la situación, evitar la caída, masticando todo lo que tengo en la mano de un saque. Me chupo una falange manchada de mermelada. El terrorismo se ha vuelto una orgía de todos contra todos. Me hace acordar a una vieja película de W. Allen, donde dos bandas intentaban asaltar un banco al mismo tiempo. Terminaban haciendo que voten, los asaltados, para decidir por quiénes querían ser asaltados. Punto para Allen.
–Hubo un terremoto, en Tailandia, en Nam Sen Pang –dice–. Hay un centro turístico ahí, donde los alemanes van a coger con chicos. En realidad fue un maremoto. Se devoró los tres hoteles del complejo como si estuvieran hechos de hojaldre. Murieron hasta ahora trescientas setenta y cinco personas, entre turistas y nativos. Se generó una ola de cuarenta y siete metros que se tragó todo. Eso es Dios, sabés. Eso es Dios que se enoja y dice ‘déjense de joder con los chicos’. Es Dios que avisa que puede terminar con el mundo si se le da la gana.
–Premios y castigos. El viejo tema de premios y castigos –digo, doy otro sorbo al café con leche. Por la calle pasa un Schnauzer miniatura, sin correa. Pasa y mira por un segundo para adentro del bar. Mira, pero no ladra. Buen perro.
–Hoy cortan la Nueve de Julio –da vuelta una página, levanta el diario, como si quisiera concentrarse en una foto–. Cortan el Congreso, también. Hay una marcha contra la inseguridad, y una marcha por los derechos del niño, y un reclamo por los derechos originales del aborigen patagónico, y una marcha por los que perdieron sus departamentos por culpa de las escribanías, y una marcha contra el dengue, también. La ciudad va a ser un caos.
–Creo que la gente marcharía aunque les dieran exactamente lo que piden –digo–. Hemos descubierto, finalmente, nuestro destino como nación. Somos y seremos, por los siglos de los siglos, un país en marcha. Dicen que caminar hace bien al corazón, también.
Hace un desaprobatorio chistido. No le ha gustado mi comentario. Ella lleva, creo, unos buenos diez años en la facultad de ciencias sociales. Le gusta decir palabras como ‘coyuntura’, o ‘compromiso’. También le gustan las palabras ‘patología’ y ‘emblemático’. El idioma tiene muchísimas palabras, uno puede utilizar las que más le gusten.
–No te interesa mucho lo que te estoy diciendo –ha cerrado el diario, apoya ambas palmas sobre la mesa. Está un poco inclinada hacia delante–. ¿No te preocupa lo que pasa en el mundo?
–Mirá –digo. Lo último del café con leche es la parte más rica, porque el azúcar se deposita en el fondo. Prácticamente meto la nariz en la taza, como si fuera un oso hormiguero–. Será que estar acá, desayunando con vos, cubre en exceso mi cuota de tragedias. No creo que haya ninguna noticia capaz de empeorar este momento.

20.12.10

Desesperaciones

La cosa es, más o menos, así. Hay desesperaciones fijas, y desesperaciones móviles. Listo. Ya está. Ya te dije todo lo que tenía para decir. Ah, te veo la carita, querés un poco más. Algo de detalle, alguna pista. Bueno, ahí voy.
Trabajar de conductor de taxi es una desesperación móvil, trabajar en una oficina es una desesperación fija.
Correr una maratón es una desesperación móvil, fornicar es una desesperación fija. Para que veas que la cosa no es tan simple, no es tan superficial, la intrínseca naturaleza del fenómeno es más sutil.
Comer es una desesperación móvil, fumar es una desesperación fija.
Acá viene el truco, la chispa, el galerazo para que puedas –aunque te parece que ya no podés– seguir adelante con tu estúpida vida.
Si estás atormentado por una desesperación móvil, la solución viene del lado de lo fijo. Si estás atrapado por una desesperación fija, el alivio vendrá por el lado de lo móvil. Y esto, que puede parecer trivial, no lo es. Por que si tu desesperación es móvil, lo normal es que busques alternativas móviles, y si tu desesperación es fija, lo único que se te ocurrirá serán paliativos fijos. Te sale hacer lo que sabés hacer, es muy humano, más de lo mismo.
En cualquier caso, no importa lo que te pase, tenés que saber que el subte viene lleno. Pero eso ya te lo había dicho.

15.12.10

Capacidades diferentes

En la pileta, la pileta del club, la pileta del club de barrio, me tiro al agua. Sucede algo extraño, difícil de comprender, al principio. Veo, descubro, que puedo permanecer debajo del agua. Por el tiempo que quiera. Respiro. Primero me asusto, porque pienso que no necesito respirar y entonces quizás estoy muerto, pero no, nada de eso. Puedo respirar, abajo del agua, y respiro. No sé cómo es, cómo funciona, en qué consiste el mecanismo. Como esos taxis que andan a nafta o a gas, con tan solo tocar una tecla, un interruptor.
En la terraza, voy a buscar unas sábanas que dejé colgadas para que se sequen. Miro hacia arriba para sacar los broches, supongo que por un instante me encandila el sol, tropiezo, hago un mal movimiento, y estoy en el aire. Me caí, para un costado, fuera de la terraza, por encima de la baranda. Pero no me caí, ni llegué a gritar, apenas un gritito, como un hipo, y estoy en el aire. Me asusto mucho, porque miro hacia abajo, pero luego, cuando veo que no me caigo, que no me estoy cayendo, me incorporo, paso de la posición de acostado, como si jugara a moverme en cámara lenta, paso de la posición de acostado, decía, a parado. Estoy de pie, sin nada debajo, en el aire. Quedo así, me muevo muy despacio, camino en el aire, un ratito. Después paso un pie por encima de la baranda, vuelvo a entrar, por decirlo de algún modo, a la terraza, y termino de juntar mi ropa.
En el supermercado, domingo, cuatro y algo de la tarde, pocos productos, una pasada. Mortadela Paladini, la bochita, bolsas de residuos, ravioles de muzzarella y espinaca que no tienen ninguna de las dos cosas, o sea ravioles que están rellenos de nada, ravioles que son un oxímoron, queso rallado, una botella de jugo de pomelo natural, pan, una botella de fernet, maníes Pehuamar (con la pielcita roja, que te vigoriza el perico), un pote de queso untable. Voy, con mi canasto, a la caja rápida. Hay una persona, una mujer, delante de mí, pagando y embolsando sus cosas, superponiendo ambas tareas con idéntico grado de dificultad. Se me pone otra persona, dos personas, una joven parejita con sus compras, detrás. Murmuran algo. Siento que en cualquier momento voy a ponerme a llorar o a gritar, siento que voy a desmayarme. Debería ser capaz de resistir, de aguantar en esa situación dos minutos, tres. Es imposible, es impensable.

10.12.10

Las historias que me gustan a mí

Era un pueblito, de Buenos Aires, un pueblito a más de cien kilómetros de Buenos Aires, no importa el nombre.
La nena iba al colegio, a tercer grado, todas las mañanas. La nena se llamaba Laura, Laura Francini. Los padres de Laura estaban separados, desde siempre, eso tampoco importa. Pero el padre de la nena la había pasado a visitar un domingo, y la había llevado a tomar un submarino. Y el único lugar al que al padre se le había ocurrido llevar a la nena fue a un bar donde él, el padre, se juntaba algunas noches, con los amigos. El bar tenía cuatro mesas de billar, y una cortina de plástico que daba al fondo donde había dos cuartos. Porque en el bar, de noche, había tres o cuatro mujeres, putas algo mayores, que se ganaban unos pesos atendiendo a los vecinos del lugar.
Y la nena, esa mañana de domingo, mientras tomaba un submarino bajo la aburrida mirada de su papá, sentada sobre una de esas sillas plegables que nunca están del todo firmes, quedó fascinada.
Había una araña, en el bar. Una gigantesca lámpara que colgaba del techo, sobre el espacio exacto, la intersección de las cuatro mesas de billar.
Y la nena empezó a ir, una pasada, todos los días, al bar. Camino del colegio. Iba sola, al colegio, Laura, porque su mamá tenía que trabajar y porque el colegio estaba a siete cuadras de su casa y porque era un pueblo y nada malo podía pasar.
Se desviaba, Laura, dos cuadras, a las ocho menos veinte de la mañana. Y entraba al bar. Para mirar la araña, la lámpara, con sus brazos de infinito pulpo y sus goterones de cristal que parecían a punto de caer, de caer y estallar, esos goterones que a veces eran amarillos y a veces se volvían de un tinte naranja y a veces de un sutil violeta, de acuerdo al sol y sus caprichos. Los días de lluvia se ponía todavía mejor.
–Qué pasa, nena –preguntaba Héctor, que era el dueño del bar, y el único que estaba presente a esa hora, ojeando un suplemento deportivo o fumando el quinto cigarrillo de la mañana.
–Nada, don Héctor –decía Laura, y señalaba con un dedo, a lo alto–. Vine a ver la lámpara.
Héctor miraba a la nena, y la nena mantenía la mirada en alto, un minuto nomás, con la boca apenas entreabierta, casi en puntas de pie. Después la nena daba media vuelta y se iba sin decir más nada, las dos colitas de su peinado como saltarinas ardillas, su delantal blanco limpísimo perdiéndose en la somnolienta mañana.
Y así, todos los días, durante dos o tres años. Porque la mamá de Laura se juntó con un tipo, un corredor de artículos de limpieza, y se vino para capital. El papá de Laura se había ido a vivir al Paraguay, después a Brasil, mandó un par de cartas para la nena, para su cumpleaños, después no se supo más nada.
Laura Francini tiene, ahora, cincuenta y tres años. Vive en San Cristóbal, es docente y traductora de inglés. Divorciada, sin hijos, le gusta el cine y los caramelos de eucalipto. Tiene una perseverante artritis que le crispa los dedos de la mano derecha, sobre todo los días de humedad. Tiene un perro, atorrante, bigotudo, que se llama Felipe.
Tocan el timbre, es domingo a la mañana. Le dicen que vienen a verla, le dicen que vienen del pueblo, del pueblo donde Laura pasó su niñez, del pueblo que preferiría no tener que nombrar.
Laura baja, con cierto resquemor, cambió todo, nadie conoce más a nadie, ahora hay mucha inseguridad. Hay una camioneta, una algo embarrada pick up. Y dos hombres, se nota que son hermanos. Felipe asoma la cabeza por detrás de sus piernas, ladra un poco.
–¿Usted es Laura Francini? –Habla el más grande de los dos, es bastante calvo, tiene una barba casi rojiza, camisa a cuadros por fuera del gastado jean, algo en su cara, a Laura, le resulta familiar.
–Sí –dice Laura, y sale a la vereda.
–Soy el hijo de Héctor, Héctor del bar –hace un gesto, señala apenas con el mentón, y el más joven, que fuma sin haber dicho palabra, quita la lona. Ahí, en la caja de la camioneta, sobre frazadas, está la lámpara, la araña, con los metálicos brazos algo oxidados, el vidrio que parece haberse despertado y se ha puesto a tintinear–. Mi padre falleció hace algunos años. Me dejó encargado que si alguna vez vendíamos el bar, la lámpara debíamos dársela a usted. Nunca me explicó por qué, era su voluntad.

5.12.10

Lo malo y

¿Qué es peor, morir ahogado o morir quemado?
¿Qué es peor, veintisiete años de un absurdo matrimonio, o estar más solo que Wanchankein?
¿Qué es peor, la filosa dentadura de la ambición como único norte, o la indolencia de saber que no va a poder ser, que no hay manera?
¿Qué es peor, el dolor físico aguijoneándote como un aplicado insecto, o perder la razón?
¿Qué es peor, no haberla tenido nunca o extrañarla?
¿Qué es peor, la desgarradora mochila de saber, o la bobalicona sonrisa de ni siquiera haberlo pensado?
¿Qué es peor, ser como vos o como yo?

30.11.10

Una cena

Voy a un restaurante, un restaurante italiano. Una especie de cantina, bien de barrio, pero con aspiraciones. Un poco de decoración, una bandera, algo que te haga pensar que estás en Italia. Hay un inmenso póster, un cuadro enmarcado, colgado bien alto, del Padre Pío. No creo que haya que preguntar nada, no se me ocurre qué preguntar.
Como. Un exquisito plato de ravioles de roquefort y gorgonzola (hay ravioles de longaniza, muy buenos, también), con pesto, una porción de una fantástica mortadela, de entrada. Tomo un vino tinto, más o menos digno, no tomo toda la botella, pero tomo más de la mitad. Un agua sin gas, natural, últimamente me fastidia el agua fría.
No quiero postre ni café, no tomo café de noche, tengo miedo de quedarme despierto, de no poder dormir y tener que pasar toda la noche, despierto, conmigo. Me ofrecen lemoncello, de cortesía, digo que no. Me ofrecen una grappa italiana, digo que sí.
Pido la cuenta. Me traen la cuenta. Son, pongamos, ciento treinta pesos. Le doy a la moza, entonces, trescientos pesos.
–Cobrame doscientos sesenta, por favor –le digo.
Me mira, con el dinero en la mano, la boca apenas entreabierta. Está esperando a ver si yo me río, para entonces sí, reírse. Pero yo no me río, no es un chiste, y entonces ella no entiende.
–No entiendo –dice–. La cuenta es ciento treinta.
–Sí –digo–, pero vos me atendiste. Prestaste atención a lo que te pedí, hablaste poco, creo que incluso sonreíste un par de veces. Es muchísimo mejor que si hubiera invitado a alguien a comer. Quiero pagar tu espléndida participación en esta cena, hagamos de cuenta que comí con vos.

25.11.10

Celos

Debían ser las tres y media de la mañana cuando comenzó a sonar el timbre. Di un salto en la cama, del susto, porque en mi precaria guarida no suena casi nunca el teléfono, mucho menos el timbre. Tenía que ser algún salamín con ganas de tocar timbres y salir corriendo. Alguien a quien de seguro se le había roto un joystick y había salido a hacer una broma que atrasaba mil años.
Pero no, era mi amigo, mi amigo H. Se lo escuchaba agitado y alterado en indefinibles proporciones, en el borde mismo de algo que no podía ser bueno. Me dijo que le abriera, rápido. Así que le bajé a abrir.
Le serví un whisky. Transpiraba a pesar del frío. Parpadeaba mucho. Se tiraba del pelo con insistencia, y dejaba la mano ahí, agarrándose un mechón de pelo del costado de la cabeza o de la nuca, como si se hubiera olvidado del pelo y de la mano.
–Bueno, ¿me vas a decir qué pasa?
Y me lo dijo. Primero pasó al baño, lo escuché vomitar, pero no lo escuché soltar la cadena, mal presagio. Salió un poco más compuesto, la cara lavada. Vi que tenía algunas manchas, salpicones color ocre sobre su blanca remera. H., que siempre fue flaco, parecía todavía más flaco, más pálido, translúcido.
Acababa de matar a un tipo. No sabía el nombre, del tipo. Pero igual lo había matado. El tipo, al parecer, se cogía a su novia, a la novia de H. Los había seguido, había esperado que el tipo dejara a su novia, la novia de H., V., en su casa, había esperado que se despidieran con un beso, y lo había seguido hasta el auto.
No le dijo nada, lo apuñaló con un picahielos que llevaba en el auto, varias veces. Por la espalda. En los riñones, primero, en la nuca, después. El tipo había exhalado como si se desinflara, y cayó muerto. La calle estaba oscura, no había nadie.
–Lo tengo abajo, en el baúl del auto. Me tenés que ayudar, Juan.
Ahí fuimos. La idea que brotó era ir a la costanera, a algún punto de la costanera, y tirar el cuerpo al río. Mala, la idea, tirando a pésima, pero la idea anterior era subir al tipo, meterlo en mi bañera, y comprar algún solvente, cal viva, no sé. H. hablaba confuso, se le trababa la lengua, por el whisky, la adrenalina, y los nervios. Daba la impresión de estar empastillado, también.
La idea de traer al muerto a mi bañera, hacía que cualquier otra idea pareciera muchísimo más potable.
Me tomé un par de whiskys y bajamos. Tuve que manejar yo, H. había entrado en una soporífera fase, balbuceaba incoherencias, lloraba un poco.
Llegamos. Paré el auto pasando aeroparque, no mucho, me pareció que por ahí estaba todo tranquilo, apagué las luces. No había nadie, bastante frío, todavía madrugada. La maniobra consistía en bajar del auto, abrir el baúl, fumar un cigarrillo. Entonces teníamos que agarrar el cuerpo entre los dos, como si fuera una enrollada alfombra, y tirarlo al río. Había que caminar unos veinte pasos, quizás treinta. Esa era la parte donde estábamos expuestos. Era preciso moverse rápido.
–Envolvé el cuerpo con esa frazada –me dijo H. Parecía más compuesto, incluso animado–. Tiramos a este hijo de puta, y te llevo a tu casa. Voy a volver a lo de V., la voy a matar también. Hija de puta, hacerme esto a mí.
–¿Te volviste loco? –Le di una trompada en el hombro, fuerte, se le voló el cigarrillo de la mano. Pensé por un instante en preguntarle si sabía algo sobre la profundidad del río en esa parte y los movimientos de la marea, pero qué podía saber H. sobre el tema, si ni siquiera le gustaba comer pescado–. Si zafamos de esta ya es un milagro. ¿Y vos querés seguir? ¿Qué te pasa? ¿Tanto quilombo por una mina?
–Pero es una hija de puta. ¡Nos estábamos por ir a vivir juntos!
–Mirá, si vas a seguir con eso, te dejo acá. Me voy caminando. ¿Para qué carajo me viniste a buscar? Vamos a terminar todos en cana.
–Tenés razón, tenés razón –Sacudió la cabeza, se sonó los mocos tapándose las fosas nasales de a una, vaciando la nariz sobre el indiferente asfalto–. Vos sos un amigo. Terminemos con esto y me voy a dormir. No doy más.
–Dale –dije–, preparate. Cuando largue el semáforo, contamos hasta diez, vemos que no pasen muchos autos y lo tiramos.
Lo único que faltaba era que matara también a V. Una buena piba, y bonita, además. Cogía conmigo de vez en cuando.

20.11.10

Ahí viene

Cada vez que te burles de alguien, de algo, de alguna situación, quiero que sepas que eso es justamente en lo que te convertirás. Eso que te parece imposible, eso que no puede ocurrir, bueno, eso sos vos. Vas a ver, se va a manifestar.
El pelado, el gordo, el hombre en la plaza que intenta besar a esa mujer gritona y absurda, curiosa mezcla de foca y camello, el tipo que camina mirando las baldosas de la vereda, arrastrando los fragmentos de un desangelado maletín, el tipo que se tira del pelo y canta a los gritos en la sala de espera de un mugriento hospital, la mujer que no puede creer lo que ve en el espejo, la loca que le da de comer a las palomas pedazos de pan viejo, y les habla, también.
Somos lo que va a fracasar, los gritos en el balcón, las muelas rotas, el agua que queda en la olla después de hervir arroz, el auto que choca, el ladrido, el portazo, el teléfono que no va a dejar de sonar nunca por que necesita decirnos que sucedió lo peor.
No te olvides, cuando te cause gracia, cuando te burles, vas a ser vos. Ahora sos vos, te toca a vos.

15.11.10

Exceso de información

Ella estaba en bombacha y corpiño. Yo en calzoncillos. Hicimos una pausa para terminar nuestras bebidas. Apuré mi whisky. Ella terminó de quitarse una de sus botitas con una corta patada.
Ella me dijo que la excitaba mucho que mientras la penetraban, en la posición clásica, del misionero, así le dicen, le tocaran el clítoris. Con un dedo. Había tenido un novio que era contrabajista de una orquesta municipal. El novio tenía un tremendo callo, amarillento y duro, en el dedo corazón de la mano derecha. El contacto de ese dedo, más precisamente de ese callo, con su clítoris mientras la penetraba el poseedor del callo, eso, la excitaba mucho. Podía acabar cinco veces seguidas, casi superpuestas. A veces más.
Ella me dijo que su ano era una preciada zona erógena que debía ser estimulada. En determinado momento de la previa a la cópula, o si ella estaba sentada encima del sujeto, entonces se le debía meter un dedo. En el ano. Pero una falange, la primer falange, nada más. Por que los movimientos circulares y por decirlo de alguna forma, perimetrales al ano, pero sin entrar, le dejaban sabor a poco. Pero si le metían un dedo completo, ni que hablar un pulgar, eso le distraía la atención, la incomodaba y se iba de foco.
Ella me dijo que cuando estaba, técnicamente, en cuatro patas, si miraba hacia arriba, hacia el techo, aunque el sujeto no pudiera verle la cara, justamente, por que estaba detrás, detrás de ella (por lo general esa era justamente, en eso consistía parte de la gracia de la posición). Si estaba en cuatro patas y miraba hacia arriba, dijo, cosa que el sujeto, a pesar de estar detrás de ella, podía sin mayores dificultades inferir por la posición de la cabeza, de la cabeza de ella. Si estaba en cuatro patas y miraba hacia arriba, dijo, lo que le gustaba era que el movimiento del sujeto, el iterativo mete-saca fuera extremadamente despacio, más aún que si se tratara de una cámara lenta, y que el sujeto, desde atrás, le agarrara las tetas, las tetas de ella, con ambas manos. Habiendo dos tetas y dos manos, lo que ella quería era una teta en cada mano, o una mano en cada teta. Pero si ella bajaba la mirada, y hundía luego la cabeza en la superficie de la cama, entonces lo que quería era que la embistieran con fuerza, de una brutal y despiadada manera, y que la tomaran por la cintura, no quería que le siguieran tocando las tetas, ni que le tiraran del cabello. Quería sentir que era embestida por un gorila, un orangután, incluso un chimpancé, que era cogida por un mono, o alguna otra clase de mamífero mediano. Y ella acababa.
–¿Y vos? –me preguntó, dejó su vaso– ¿Cómo te gusta a vos?
–A mí me gusta coger un poco –dije–, ver qué pasa.

10.11.10

Pesos y medidas

La cantidad de empanadas que debe comer un mamífero mediano del sexo masculino, entre los once y los setenta y un años, es tres. En una comida, claro, de una sentada, o parado, por qué no. En lo personal podría comer seis, sin inconvenientes, y debe haber hombres con capacidades similares. Pero los riesgos son pasar a la categoría ‘chancho cimarrón’, o a la categoría ‘jabalí’. Si el mamífero del sexo femenino come dos empanadas, también está bien, es una señal de recato y mesura, muestra que reserva sus energías para los embates del amor. Si un masculino come dos empanadas, es timorato y débil, poca capacidad aeróbica, es un infeliz, caga unas bolitas pequeñas y duras de un pestilente hedor.
La cantidad de gustos que se piden para un helado es dos. No importa si es un cucurucho o un kilo. Repito: dos. Alguien que pide tres gustos duda, quizás es un homosexual todavía larvado, alberga esa inquietud, pero aún no ha saltado hacia la garompa misma. Si alguien pide más de tres gustos, bueno, requiere de inmediata medicación, quizás no recuerde cómo se deletrea el propio apellido, tendrá dificultades para encontrar el camino de regreso a su domicilio. Uno de los gustos debe llevar la palabra ‘chocolate’, o la palabra, más precisamente las palabras ‘dulce de leche’, en su denominación, en cualquiera de sus variantes. El otro gusto acompaña, permite al sujeto manifestar alguna patética arista de su inflamada personalidad.
La cantidad de whisky que se toma en una salida, pongamos después de una cena, en un domicilio quizás, antes o después de la práctica sexual, es dos, por aquello tan preciosamente contado por HT, respecto a que ‘uno es poco, y tres es poco’. Si usted no toma nada, verá con desgarradora claridad las múltiples falencias de su ocasional partenaire, y la detestará sin remedio. Si usted toma más de tres, entonces el maldito péndulo hará que usted vea inexistentes atributos en su acompañante. La etílica nube puede llevarlo a realizar incoherentes promesas, incluso a manifestar palabras de amor.
Por la misma ley física precedente, la cantidad de polvos son 2 (dos). Menos es a reglamento, más es un fastidio. El marcador está regido por la salida del sol. Al salir el sol, el contador vuelve a cero. Usted dispone de dos polvos para ese día. No, claro, si estás casado no se aplica (iba a decir ‘no funciona’), si estás casado cambia todo.
Podría seguir, si no fuera por que yo también me aburro, podría seguir. La medida mínima de ingesta de cerveza es un litro por persona, o dos pintas. La medida mínima de ingesta de vino es media botella (si una botella de vino le dura tres o cuatro días, su idea de la diversión es bailar tap en calzoncillos con Cormillot). La medida correcta de ingesta de pizza es media pizza (aquí se puede agregar una porción de fainá, y no, no importa si la pizza es chica o grande, tampoco importa el gusto). No es preciso decir ‘te quiero’ a alguien más de una vez por día, no hay que empalagar. Se puede fumar hasta cinco cigarrillos por día, en nada modificará su precario estado de salud, ni lo despojará de alguna por siempre tan fabulada como inexistente capacidad.
Ya está. Con eso más o menos tenés una vida. Podés comer un alfajor por día, también. Después pasan unos años y te morís.

5.11.10

Dilema

Existen dos tipos de errores en medicina. El falso-positivo, y el falso-negativo. El falso-positivo es el error donde se le comunica al paciente que tiene una enfermedad fulminante y quizás terminal, que debe comenzar el tratamiento de inmediato, aún cuando el médico no sabe con certeza si el paciente tiene la enfermedad, no está seguro. El falso-negativo es el error donde no se le dice al paciente nada, y quizás tenga el tremendo flagelo, el desgarrador padecimiento.
Entre los dos errores la medicina elegirá siempre el primero. Quizás por supervivencia, quizás para evitar complicaciones legales, quizás por sadismo. O una compleja combinación de todas las anteriores, más cosas que no tengo ganas de pensar en este momento, cosas que se me escapan.
En una oportunidad, allá lejos y hace tiempo, estaba en Villa Gesell. Me fui una madrugada de un bar al cual solía concurrir a tomar algo. Me fui con una señorita, decía, a fornicar.
Aunque siempre importan los detalles, aunque lo único que suele importar son los detalles, no importan, en esta oportunidad, los detalles.
El asunto es que finalizado el por siempre y más que nada en la adolescencia gratificante acto, emerjo del interior de la vagina misma después de haber estado cogiendo como un frenético babuino. Voy al baño apoyándome en las paredes, alcoholizado todavía, vencido por la falta de sueño y la pésima alimentación. Llego al baño, y cuando voy a quitarme el preservativo, descubro con pavura que no existe el preservativo. O sí hay preservativo. Una arandela de goma enroscada a la base de la todavía algo enhiesta garompa. El preservativo, de pésima calidad, hecho más que probablemente con restos de caucho de neumáticos de tractor reciclados, por que en Argentina se suele entender todo mal, en Argentina reciclamos así. El preservativo, entonces, se había roto durante el coito.
En aquella oportunidad y sin saberlo otra vez, el dilema, falso-positivo versus falso-negativo. El falso-positivo era salir del baño, pálido como un fantasma, sentarme sobre la cama, encender un cigarrillo, y contarle a P. que el preservativo se había roto, que yo había eyaculado como un dromedario, y que muy probablemente podía haberla dejado embarazada. El falso-negativo era hacer desaparecer los restos del preservativo, lavarme la cara, pishar, volver a la habitación, sentarme en la cama, encender un cigarrillo, y decirle a P. que me gustaba mucho su corte de pelo, su flequillito stone.
–Che, me encanta tu corte de pelo –dije, pité.
Opté por el falso-negativo. Y es que por más que me han dicho que tengo el don de curar mediante el garche, a pesar de haber ayudado a tanta pero tanta gente, jamás me consideré, en el estricto sentido de la palabra, un médico.

30.10.10

Ida y vuelta

Me llama un amigo, mi amigo L., para avisarme que otro amigo, nuestro amigo C., ha vuelto.
La historia, como todas las historias, no es tan lineal. Nuestro amigo C., desde la adolescencia, lo que equivale a decir desde siempre, fue un éxito con patitas. C. era el más vivo del barrio, por lejos, el más pintón, el que tenía las mejores chicas. Se recibió de abogado, tenía renombrados casos, conducía autos alemanes, se fue a vivir a la zona más cara de la ciudad, tomaba los mejores vinos, se casó con una modelo que fue –y es– un bombón.
Así iba C., tomando cocaína de la mejor, organizando orgías, mandándonos fotos por mail de sus viajes a Hawai. Todo lo que un mamífero mediano pueda querer, todo lo que uno pueda anhelar. C. tenía todo, le salían las cosas, con facilidad.
Y C. se despertó un día, más precisamente el día de su cumpleaños, de su cumpleaños número treinta y tres, y se puso mal. Algo tenía que haberle pasado esa noche, mientras dormía, algo quizás que tomó y le cayó mal. C. se despertó en su espléndido departamento, le trajeron el desayuno, y mientras probaba el jugo de naranja recién exprimido, C. se dio cuenta que estaba triste. C. sintió como si le pasaran un rallador de queso por la nuca, sintió que estaba triste, que la vida no tenía sentido, que no se iba a reír, no iba a estar contento, nunca más.
No importaba cuánto whisky single malt tomara, o cuántos trajes de Hugo Boss comprara, C. se dio cuenta que había caído en un abismo. Siento como si me hubieran agujereado el bote, y me entrara agua por todos lados, le dijo C. a su psiquiatra, y el psiquiatra le dijo que sí, que claro, que lo entendía, que tenía que hacer algo que le gustara. Es exactamente lo que vengo haciendo los últimos quince años, dijo C. y se dio cuenta que el psiquiatra era pelado, el psiquiatra usaba una camisa a cuadros muy vieja, el psiquiatra tenía miguitas de Bay Biscuit en su canosa barba. Para resumir, el psiquiatra no lo iba a poder ayudar.
Y dejó todo, C. Modelo, autos alemanes, vacaciones en Punta del Este, whisky de calidad. Se fue, C., al Tíbet. A una cueva, en la montaña, a ver al gurú más famoso del mundo, a meditar.
Comía un puñado de arroz por día, el gurú le enseñó a respirar, pero todo lo que el gurú tenía para enseñarle, el secreto de cómo iluminarse, cómo llegar a la gracia divina, por decirlo de algún modo, se podía aprender en media hora. El resto era hacerlo, permanecer sentado sobre una ínfima esterilla, doce horas por día, seis horas dentro de la cueva, seis horas al aire libre, en la montaña. Estuvo siete años, C., en el Tíbet, respirando, meditando, sin bañarse, sin hablar.
Fuimos con L. a verlo, C. había vuelto. Estaba parando en un hotel sobre la avenida Alvear. Su mujer lo había dejado, y había vendido el departamento. Ya no era socio en el estudio de abogados, aunque tenía dinero ahorrado.
Cuando llegamos a la habitación 308 y nos abrieron, le estaban cortando el cabello. Estaba muy flaco, huesudo, sonriente, canoso, con los dientes amarillos. Sobre una mesa había una bandeja con frutas, panes recién horneados, quesos y mermeladas, jarras con café, leche, jugo de pomelo rosado.
Nos abrazamos con genuino afecto. Nos palmeamos las espaldas y nos reímos recordando alguna compartida anécdota de un remoto pasado.
Había vuelto, finalmente, había estado de los dos lados, había conocido las dos caras de la moneda, el éxito de occidente, la mística de oriente. Era la persona más interesante que jamás hubiéramos conocido, y esperábamos que nos dijera algo sobre el sentido de la vida, para qué habíamos sido puestos sobre la faz de la tierra, alguna pista, no sé.
–Qué loco todo, ¿no? –Dijo C., y se sirvió un vaso de jugo.

25.10.10

Somos tu fracaso

–¡Eh, Hundred!
–¡Hey!
–¡Despertate, che! ¡Despertate!
Me despierto. Abro un ojo, primero. El otro, después. Estoy abrazando una almohada. Estoy abrazando una almohada como si estuviera en medio de un naufragio y la almohada fuera lo único capaz de mantenerme a flote, de evitar que me hunda. Metáforas en oferta. Ni sangre, ni mucho menos dinero, no me pidas eso. Pero metáforas sí, metáforas tengo.
–No entiendo –digo–. ¿Ustedes quiénes son? ¿Qué son todos estos cachivaches? ¿Cómo entraron acá?
–Somos tus sueños rotos –dice una chica, algo mayor, pero vestida con delantal. Morocha, dos colitas, sonrisa como un atardecer en la playa.
–Somos tu fracaso –dice un pibe que tiene un tablero de ajedrez bajo el brazo.
–Somos todo lo que no te salió, somos todo lo que te salió mal –Dice un señor de remilgado aspecto, ceñudo, circunspecto, enjuto tal vez. Me recuerda a un profesor, un profesor que tuve, aunque no consigo recordar la materia, lo que enseñaba.
–No entiendo –me incorporo un poco, aplasto la almohada contra la pared, y quedo, por decirlo de alguna forma, por que de alguna forma hay que decirlo, sentado en la cama–. ¿Qué quieren?
–Yo ya fracasé –prosigo, trago, necesitaría un vaso de agua. Miro por las rendijas de la persiana, deben ser las dos de la mañana. Hay una hora en la que la ciudad se queda muy quieta, un par de horas donde la furia se calma y el pavimento consigue descansar–. Fracasé en todos los rubros del horóscopo. ¿Qué más quieren?
–No queremos nada –hay un piano, es increíble pero entre la gente y los libros y las pelotas de fútbol y las botellas de whisky y un par de chicas pintándose las uñas de un horrible rosa pálido, hay un piano. La voz sale del piano, lo cual es todavía más increíble, el piano me habla–. Tenías que fracasar, no había manera. No tenés talento, eso es todo, ni sos demasiado querible. Tampoco creés en el esfuerzo. ¿Qué esperabas?
–Nada, no espero nada. ¿Por qué no se van? Quiero seguir durmiendo.
–Te queríamos decir que no nos gusta cómo nos contás –me habla un pibe con el pelo largo y camisa abierta, un amigo de la época de Gesell, cuando íbamos a bailar–. Nos contás como si la culpa fuera nuestra, como si tu fracaso, en definitiva, fuera algo muy por encima de tu fracaso. Como si tu fracaso fuera épico, algo que valga la pena destacar.
–Nos hacés quedar mal –dice un perro atorrante, bigotudo, que renguea un poco. Me muestra los dientes.
–Pero es lo único que me distrae un poco –gesticulo, me indigno–. Me salió todo para el culo, por lo menos lo puedo contar.
–No –veo a una prima que niega con la cabeza, y enciende un cigarrillo. Un Parliament.
–Lo contás mal –dice un libro, un libro de Anthony Burgess, un libro que habla y las hojas se mueven como un fuelle.
–Lo contás remal –dice una chica, en bombacha y corpiño, se tapa la boca con una mano, para reír. El pelo le cae sobre la frente, recuerdo su nombre, se llama Elina, es la mujer más hermosa que yo haya visto jamás.
–¿Entonces qué hago?
–Mejor no cuentes nada –dice una voz desde la tercera fila, un pibe, alguien del montón, está en malla, se acomoda unas antiparras mientras me habla–. No jodas más.
–Bueno. –Digo. Me acuesto, me tapo, la cabeza también. Quizás pueda volver a dormir un par de horas, antes que suene el despertador, antes de ir a trabajar.

20.10.10

De la existencia

No es lo que uno espera escuchar, irrita al principio, pero una de las pocas cosas que te permitirán confirmar tu existencia, uno de los pocos momentos en que se puede corroborar que se está vivo, es en el momento de pagar. En el occidente capitalista es así. Ahora si vos naciste en la India, si tus papis te quemaron un ojo con una brasa ardiente al nacer para que seas un mendigo de mayor contundencia, si te bañás tres veces por día en el Ganges, bueno, entonces puede que sea distinto. Si todas las mañanas tu tarea es llevar a pastorear a los dos ñus de la familia por las praderas del Tíbet, bueno, puede ser distinto, en esa situación, también.
Pero si no, si vivís en Europa o en América, si vivís en una ciudad (incluso de Oriente), entonces el único momento en que existís, en que podés saber que existís, es al pagar.
Cuando pagás un pedazo de 437 gramos de queso Fontina en la fiambrería, cuando pagás un par de zapatillas con suelas hechas de piel de pito de rinoceronte bebé, cuando le pagás al psiquiatra para contarle que el heladero, antes de pasarte el cucurucho por encima del mostrador, se rascaba el culo, bien adentro, y cambiaba de mano otra vez.
Pago, luego existo. Así debió ser la filosófica frase. A nadie le importa lo que pienses, mucho menos lo que sientas. Pagás y es una cinética chispa de magia de la emoción más pura. Antes de pagar, es bastante sencillo, no sos, no estás, y después de pagar, inmediatamente después, desaparecés.

15.10.10

Donde la física se toca con la filosofía

Existe un fenómeno que cae principalmente bajo el área de la física y la rigidez de sus leyes, aunque quizás, por aquello de que la naturaleza siente horror al vacío, también el fenómeno alcance filosóficos ribetes, no debiera esto resultar para nada contradictorio. Todo tiene que ver con todo, eso quise decir.
El fenómeno en cuestión consiste en que si uno está lleno de luz, entonces, no puede quedarse, para sí, la luz, uno ilumina, la luz ejerce su efecto sobre la circundante oscuridad y entonces, al mismo tiempo, uno genera más luz. Se derrama la luz, y se genera más luz. Así funciona el universo, por leyes tan físicas como filosóficas, lo que dije.
Con el agua funciona igual, más o menos igual, el recipiente se vacía, riega un campo, sacia una sed, y entonces la naturaleza se encarga, vuelve a ser llenado.
Me atrevería a decir que con el dinero ocurre algo parecido. Uno ayuda, uno da dinero, y como por arte de magia, uno consigue al poco tiempo más dinero. Leyes, otra vez, físicas y filosóficas, que incluso pasean en puntas de pie por el territorio de lo intuitivo, y parecen regir nuestro inconcebible y muchas veces precario hasta la exasperación universo.
Ahora, con respecto a los tres polvos que te acabo de echar, ahí no, nada que ver, la cosa va por algún otro nimbado carril. Yo venía de quién sabe cuánto tiempo sin coger, y vos quizás, por tu tremenda fealdad, sos portadora de un desesperado entusiasmo, me pone bien verte contenta, desde ya, hace que este episodio esté revestido de un altruista significado.
Pero no, no hay forma que se me vuelva a parar la hapi, no sé, por un mes como mínimo, ni creo francamente que quiera volver a verte. Vamos yendo, te alcanzo si querés, estoy con auto.

10.10.10

Tostada con mermelada

El experimento no requiere demasiada inversión en tecnología. Lo podés hacer en tu domicilio, o en un bar. Debe ser hecho de mañana, temprano, antes de comenzar, por decirlo de alguna forma, el día. Digamos que no más allá de las nueve de la mañana, pero si es antes de las ocho, mejor, mucho mejor.
El experimento precisa, requiere, como elemento basal e insustituible, una tostada. La tostada puede ser de pan blanco, o de pan negro. Si es en un domicilio, la tostada será, preferentemente, una de esas rodajas de pan, cuadradas, más o menos un cuadrado de pan, de pan tostado. Si se procede con el experimento en un bar, pues entonces la tostada será la tostada que te traigan en el bar, seguramente algo parecido a un redondel de pan francés, de pan francés del día de ayer, de pan francés del día de ayer tostado, lo que equivale a decir que se tratará de una tostadita, no importa.
Y hace falta mermelada. Una generosa dosis de mermelada, no importa el sabor, el gusto. Sí, puede ser mermelada de ciruela, y sí también, puede ser mermelada de naranja. Puede ser mermelada dietética, aunque preferiría que no lo fuera, como tampoco preferiría que en los bares la mermelada viniera en esos tristes cuadraditos que son envases tipo muestra gratis en lugar de servirte mermelada casera. Hay tantas cosas que no prefiero.
Se debe untar la tostada, como dije, con generosidad.
Se pone uno de pie. Respire hondo, dos o tres veces. Piernas algo separadas.
Coloque la tostada sobre su mano hábil. Si es usted derecho, sobre su mano derecha, si es usted zurdo, sobre su mano izquierda. Si no sabe cuál es su mano hábil, también es muy sencillo. Es la mano con la cual se masturba.
Pero no se coloca la tostada de cualquier manera, no. Debe colocarla sobre el dedo índice, el dedo índice que está en posición horizontal, y semiflexionado. Debajo del índice, vertical, en contacto con el índice y flexionado también, agazapado, está el pulgar. La posición, difícil de detallar pero fácil de entender, es la posición que se utilizar para lanzar, a fuerza de utilizar el pulgar como catapulta, para lanzar, decía, una moneda al aire.
Cierre los ojos.
Y eso es, justamente, lo que hay que hacer. Gatillar, el pulgar, y lanzar, con fuerza, la tostada al aire. Para que la tostada, como si fuera una moneda, de algunas vueltas en el aire, antes de caer. Y caiga, la tostada, finalmente, al piso.
Fin del experimento. Puede abrir los ojos.
En el 95% / 97% de los casos, la tostada caerá con la cara cubierta de mermelada sobre el piso. La tostada quedará pegada al piso. Esto le permitirá a usted corroborar que no tiene suerte, que nunca tuvo ni tendrá suerte, que todo es un desastre, su día será más o menos tan malo como el día de ayer, como el día de anteayer, como todos los demás.
También podría usted haber comido la tostada, la tostada con mermelada, haberle dado un buen mordiscón o dos, no lanzarla al aire, no proceder con experimento ninguno. Usted, en tal caso, se hubiera comido una rica tostada rebosante de mermelada. Usted bien sabe que su vida es un rotundo fracaso, no debiera precisar mayores confirmaciones.

5.10.10

Maten al rehén

La escena de la película que deseo mencionar es, más o menos, así. Están los buenos, los policías, los detectives, entre los cuales está Tommy Lee Jones (TLJ). En la escena, en la calle, uno de los malos, un ladrón, un asesino, no sé, logra agarrar al compañero de TLJ. El compañero, desde ya, es más jovencito, más novato, muy inexperto. El ladrón ha tomado al novato, y se cubre con él, lo ha tomado del cuello, y lo apunta, a la cabeza, con un arma. Le dice a TLJ que suelte su arma, por que si no, está claro, matará a su compañero.
La situación, vista hasta el hartazgo en el cine americano, tanto en películas como en series de televisión, es de lo más clásica. La música ayuda, espolvorea una dramática tensión.
TLJ, que está con el arma en la mano, simplemente tira. Mata al ladrón, claro, pero en la maniobra, el tiro, le roza la oreja a su compañero, le ha tocado la oreja, ya que el compañero, sentado sobre el asfalto, asustado todavía, sangra.
TLJ ayuda a su compañero a incorporarse, y se produce el siguiente diálogo.
Compañero: ¡Estás loco! Creo que voy a quedar sordo de por vida.
TLJ: Escuchá, me escuchás.
El compañero asiente, todavía dolorido, ya de pie. TLJ se aproxima, casi con ternura, al oído lastimado.
TLJ: Yo no pacto.
No importa la película, la película es mala, ni siquiera recuerdo el nombre. Aunque la escena es muy buena. TLJ es un gran actor.
Me tomé el trabajo de contarte la escena como pude, a los trompicones, por lo siguiente.
Habrá un momento, un momento como cualquier otro de tu vida, donde creas que podés negociar con tus tetas, con una tirada de goma. Creerás que esa es la llave, el interruptor que te permite doblegar la voluntad de un hombre. Creerás que, alabada sea tu suerte, fuiste munida con el perfecto kit de herramientas para comerciar, para obtener lo que quieras.
También habrá un momento, en cualquier trabajo, en cualquier oficina del planeta tierra, donde me quieras obligar a hacer algo absurdo, afeitarme o hacer la vertical o cantar una canción en la cena de fin de año abrazando un semicírculo de patéticos boludos, por que si no, si no accedo, entonces no hay aumento o peor aún, quizás me echen.
Y otro momento, otro momento más, donde un médico jovencito y prematuramente calvo, flaco como un alambre y con piorrea, deje el estetoscopio sobre el metálico escritorio y te diga que no, que no podés tomar vino nunca más, que tal vez, sólo tal vez puedas comer pizza una vez por mes, dos porciones. Por que si no, bueno, si no vendrá lo peor.
Quizás acceda, claro, me entregue mansamente, sin excusas, tampoco soy Tommy Lee Jones. Quizás tenga que mendigar sólo para ver cómo te bajás el jean otra vez, quizás haga un trencito en la fiesta de fin de año para poder cobrar, quizás coma un yogur a la mañana y una pechuga de pollo para la cena, sin piel, por el miedo a morir, a desaparecer, a no estar más.
O quizás no.

30.9.10

Doble tuco

Estoy comiendo. Afuera. Estoy comiendo afuera. Comer afuera es, por definición, distinto, distinto de comer adentro. Comer adentro, aunque no sea la expresión, aunque no se diga de ese modo, es comer en el domicilio, en el lugar donde uno vive. Comer afuera es comer en un restaurante.
Estoy comiendo en Pippo, más precisamente en Pippo de la calle Montevideo. Restaurante emblemático si los hay, humilde, eterno, apenas a un costado de la avenida Corrientes.
Es un restaurante, Pippo, cómo definirlo y ser justo a la vez, es un restaurante, decía, sin pretensiones, de batalla. Un restaurante como esas pizzerías de barrio que te dieron cobijo alguna vez, cuando eras pobre o ella te dejó o hacía frío, y uno sabe que va a poder volver a buscar refugio, siempre.
Como solo, en una mesa del fondo, donde me solía sentar hace muchos años. Tenía ganas de venir a comer acá, otra vez, por que soy pobre, o por que ella me dejó, o por que hace frío. Qué carajo te importa.
Vermicellis, tuco y pesto, la especialidad de la casa, de entrada una porción de longaniza, un Norton tinto. Si alguna vez estás mal, si alguna vez, y yo te aseguro que siempre, en alguna curva de la vida, está esa vez, si alguna vez sentís que nada tiene sentido, y no te salva el detalle, el menú que acabo de mencionar (se puede agregar un flan con dulce de leche, de postre, para casos extremos), entonces estás frito. No hay nada más, deambularás entre el rivotril y el feng shui y los cursos y las fotos y los viajes hasta que te mueras de pena, que es equivalente a decir de muerte natural. Es así.
Estoy comiendo mis vermicellis gruesos como lombrices, con el tuco salvaje y el pesto como para cagar un río verde fluorescente, indeleble y para siempre sobre la avenida Corrientes, y dejar entonces de esa forma, una opinión, una marca, de mi paso por la tierra. Y entra un cura.
El cura es gordo, usa gruesos lentes de metálico marco, la rojiza cara, un morrón donde debiera estar la nariz. Lleva un uniforme, un uniforme de cura, o mitad cura y mitad de civil, como si fuera un traje, pero se ve el cuellito. Y lleva un maletín, negro, de cuero muy cuarteado, con esa forma triangular que solían tener los maletines de los visitadores médicos.
Se sienta a comer, no se saca el saco. Pide lo mismo que yo, los vermicellis que le traen casi de inmediato, pero doble tuco, sin pesto, y medio litro de vino de la casa.
Mastica con voracidad, grandes bocados de vermicellis rebosantes de salsa. Se acomoda los lentes, con un dedo, como si quisiera atornillarse los lentes al entrecejo. Bebe un vaso de vino en dos tragos, respira, vuelve a comenzar.
Entonces sucede algo, digamos extraño, digamos imprevisto. El cura saca un pequeño crucifijo de un bolsillo del saco, parece de plata, es plateado. Lo mira un instante, luego lo pone en el plato. En el plato rebosante de fideos y salsa. Pone más queso rallado, mucho. Y revuelve con el tenedor.
Sigue comiendo, los vermicellis, doble tuco, mucho queso. El crucifijo dentro del plato. A mí me parece por un momento que sonríe, y que entonces yo voy a entender el chiste, la broma, el significado.
Pero no, no sonríe, es la satisfacción que le provoca comer, estar vivo y seguir comiendo.
Pido la cuenta, me tengo que ir. Sé que voy a recordar lo que acabo de ver, sé que alguna vez lo voy a contar.

25.9.10

Hace tiempo que escribo

Escuché los timbrazos, todavía dormido, y supe, no tengo otra forma de describirlo, que había llegado el día. Hacía tiempo que venía escribiendo, relatos cortos, y los mandaba a las revistas. Escribía cuentos como Chéjov, como Carver, como un centauro hecho de la precisión de Abelardo Castillo, una mitad, y la furia desatada, la potencia expresiva de Charles Bukowski, la otra mitad.
Había escrito dos novelas, también, y las había enviado a las más importantes editoriales españolas, prolijamente encuadernadas, por triplicado, dirigidas al Departamento de Lectores que tienen las editoriales del mundo civilizado. Mis novelas eran como las de Saer, como las de Onetti, como las de Anthony Burgess, la soledad del hombre y su desesperada lucha contra lo imposible, las más preciosas batallas for ever perdidas.
Escribía poemas, también. Poemas como cuchilladas, poemas que mordían y goteaban veneno, poemas de amor y de caminatas bajo la lluvia y de aquella vez que fui feliz. Poemas con el vuelo de Dylan Thomas, poemas como los de Ferlinghetti, poemas como los de Ezra Pound antes de perder definitivamente la cordura. Y mandaba los poemas a concursos, a todos los concursos, aunque fueran de la cooperadora de una escuela perdida en una ignota provincia.
Escuché los timbrazos y supe que era mi día. Finalmente me habían descubierto. Leería mis poemas en Madrid, whisky en mano. Mis novelas venderían miles de ejemplares, me comprarían los derechos para hacer películas. Vendrían las adolescentes a la feria del libro en Barcelona o en Frankfurt a pedirme que les firmara mis volúmenes de cuentos, y por qué no los corpiños. Comería los más sabrosos manjares, daría lecturas por el mundo, me reconocerían en los aeropuertos, en fin.
Todavía ebrio ya que últimamente me había inclinado a la bebida, pero no movido por una dipsómana vocación, de ninguna manera, sino por que no había encontrado ninguna inclinación más satisfactoria. Todavía ebrio, entonces, vestido con un shorcito manchado de fugazzeta, abrí la puerta. Había llegado el reconocimiento, al final (Cerati dixit) hay recompensa, el cambio de vida.
Era el portero. Me dijo, no de la mejor manera, que se estaba inundando todo el piso de abajo. Que me fijara si no había soltado mal la cadena del inodoro, o si había dejado abierta una canilla.