10.12.10

Las historias que me gustan a mí

Era un pueblito, de Buenos Aires, un pueblito a más de cien kilómetros de Buenos Aires, no importa el nombre.
La nena iba al colegio, a tercer grado, todas las mañanas. La nena se llamaba Laura, Laura Francini. Los padres de Laura estaban separados, desde siempre, eso tampoco importa. Pero el padre de la nena la había pasado a visitar un domingo, y la había llevado a tomar un submarino. Y el único lugar al que al padre se le había ocurrido llevar a la nena fue a un bar donde él, el padre, se juntaba algunas noches, con los amigos. El bar tenía cuatro mesas de billar, y una cortina de plástico que daba al fondo donde había dos cuartos. Porque en el bar, de noche, había tres o cuatro mujeres, putas algo mayores, que se ganaban unos pesos atendiendo a los vecinos del lugar.
Y la nena, esa mañana de domingo, mientras tomaba un submarino bajo la aburrida mirada de su papá, sentada sobre una de esas sillas plegables que nunca están del todo firmes, quedó fascinada.
Había una araña, en el bar. Una gigantesca lámpara que colgaba del techo, sobre el espacio exacto, la intersección de las cuatro mesas de billar.
Y la nena empezó a ir, una pasada, todos los días, al bar. Camino del colegio. Iba sola, al colegio, Laura, porque su mamá tenía que trabajar y porque el colegio estaba a siete cuadras de su casa y porque era un pueblo y nada malo podía pasar.
Se desviaba, Laura, dos cuadras, a las ocho menos veinte de la mañana. Y entraba al bar. Para mirar la araña, la lámpara, con sus brazos de infinito pulpo y sus goterones de cristal que parecían a punto de caer, de caer y estallar, esos goterones que a veces eran amarillos y a veces se volvían de un tinte naranja y a veces de un sutil violeta, de acuerdo al sol y sus caprichos. Los días de lluvia se ponía todavía mejor.
–Qué pasa, nena –preguntaba Héctor, que era el dueño del bar, y el único que estaba presente a esa hora, ojeando un suplemento deportivo o fumando el quinto cigarrillo de la mañana.
–Nada, don Héctor –decía Laura, y señalaba con un dedo, a lo alto–. Vine a ver la lámpara.
Héctor miraba a la nena, y la nena mantenía la mirada en alto, un minuto nomás, con la boca apenas entreabierta, casi en puntas de pie. Después la nena daba media vuelta y se iba sin decir más nada, las dos colitas de su peinado como saltarinas ardillas, su delantal blanco limpísimo perdiéndose en la somnolienta mañana.
Y así, todos los días, durante dos o tres años. Porque la mamá de Laura se juntó con un tipo, un corredor de artículos de limpieza, y se vino para capital. El papá de Laura se había ido a vivir al Paraguay, después a Brasil, mandó un par de cartas para la nena, para su cumpleaños, después no se supo más nada.
Laura Francini tiene, ahora, cincuenta y tres años. Vive en San Cristóbal, es docente y traductora de inglés. Divorciada, sin hijos, le gusta el cine y los caramelos de eucalipto. Tiene una perseverante artritis que le crispa los dedos de la mano derecha, sobre todo los días de humedad. Tiene un perro, atorrante, bigotudo, que se llama Felipe.
Tocan el timbre, es domingo a la mañana. Le dicen que vienen a verla, le dicen que vienen del pueblo, del pueblo donde Laura pasó su niñez, del pueblo que preferiría no tener que nombrar.
Laura baja, con cierto resquemor, cambió todo, nadie conoce más a nadie, ahora hay mucha inseguridad. Hay una camioneta, una algo embarrada pick up. Y dos hombres, se nota que son hermanos. Felipe asoma la cabeza por detrás de sus piernas, ladra un poco.
–¿Usted es Laura Francini? –Habla el más grande de los dos, es bastante calvo, tiene una barba casi rojiza, camisa a cuadros por fuera del gastado jean, algo en su cara, a Laura, le resulta familiar.
–Sí –dice Laura, y sale a la vereda.
–Soy el hijo de Héctor, Héctor del bar –hace un gesto, señala apenas con el mentón, y el más joven, que fuma sin haber dicho palabra, quita la lona. Ahí, en la caja de la camioneta, sobre frazadas, está la lámpara, la araña, con los metálicos brazos algo oxidados, el vidrio que parece haberse despertado y se ha puesto a tintinear–. Mi padre falleció hace algunos años. Me dejó encargado que si alguna vez vendíamos el bar, la lámpara debíamos dársela a usted. Nunca me explicó por qué, era su voluntad.

18 Comments:

At 8:05 a. m., Blogger Sandra Montelpare said...

ooooo000h señor Hundred! A mí también me gustan mucho esas historias pero encima usted las cuenta muy bien...

 
At 9:51 a. m., Blogger Alelí said...

uffffffffffffffffffffff

me emocioné!
con estos tonos más tiernos me quedo asombrada.

la historia es una delicia...si no fuera porque estoy en la ofi estaría con algú lagrimón suelto.

beso beso

 
At 3:42 p. m., Blogger Yoni Bigud said...

Sí, ese tipo de historia es el que me gusta también a mí. Cosas de la vida cotidiana, de la vida en general.

Se ve que el hombre, Héctor, alcanzó a percibir algo, un deber, una obligación o un simple deseo interior, a fuerza de repetir durante dos o tres años la operación de alzar las cejas por sobre el suplemento deportivo y encontrarse siempre con la misma escena.

Y lo más interesante de todo es que retuvo esa percepción hasta la muerte. Esa sí que es una operación difícil.

Muy bueno lo suyo.

Un saludo.

 
At 4:25 p. m., Blogger Viejex said...

A mi también me ha gustado mucho.

 
At 1:10 a. m., Blogger Jueves said...

debo confesar que mientras leía me preguntaba si iba a tener algún remate hundrdriano, y me gustó descubrir que no, que puede salir de lo esperado y escribir una bella historia simple. Se disfrutó.

 
At 10:09 p. m., Blogger Gianina said...

q linda!! ♥

 
At 8:33 a. m., Blogger J. Hundred said...

*sandra montelpare! estimada, usted me manifiesta, en un par de comentarios, más empatía que la que he recibido de gente con la cual me la he pasado cogiendo algunos años. la situación, lo descripto, me lleva a pensar que quizás sea yo mucho mejor de lo que pensaba en una actividad, y desde ya mucho pero mucho peor en otra. en cualquier caso, le agradezco la cortesía.

*alelí! está en mí, poseo el don, tengo la capacidad de emocionar, de conmover. también sé pedir café con leche en un montón de bares de la capital federal, y no me sale nada mal hervir arroz.

*yoni bigud! el imperativo categórico tiene su personalidad, para que se vaya enterando la monada. un saludo.

*viejex! que nos vaya bien a todos.

*jueves! usted, como un descuido, como al pasar, se queja de alguna peculiaridad de mi estilo. me pide, así nomás, que cambie, que mejore quizás, que no sea tan pero tan yo. como si yo le pidiera a usted, for example, que sea linda. y usted no puede, ni siquiera es su culpa, sucede tal vez que usted es un asco desde quién sabe cuánto tiempo, desde siempre, y la belleza se encuentre muy lejana, ajena a su voluntad, ni qué decir a sus capacidades. simplemente, en el desde ya hipotético caso que nos ocupa, no le sale.

*gianina! sí.

 
At 11:47 p. m., Blogger la niña z said...

Me hizo llorar. Creo que ahora lo odio un poco, pero voy a seguir viniendo.

 
At 9:11 a. m., Blogger J. Hundred said...

*la niña z! me hubiera gustado quizás, lo admito, un cachito de amor. pero traiga su odio nomás, las cosas no tienen por qué ser como yo quiero, algo se nos va a ocurrir.

 
At 12:39 a. m., Blogger Mr. Verbal Kint said...

Cuando creía que entre usted y yo ya no quedaba nada en común, ni siquiera buscando adrede un pequeño punto de contacto en nuestra humanidad, justo ahora que abandonaba esa desesperada empresa, me vengo a enterar que a usted también le gustan estas historias.
Lo bueno es que la distancia se vuelve a hacer evidente porque (citando al trovador) "los cuentos que yo cuento acaban tan mal".
Muy bueno.
Los saludos de siempre.

 
At 7:57 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. verbal kint! como dijera aquel noble caudillo riojano, aquel prohombre de la democracia, quizás el único estadista que pisó patrio suelo en los últimos 357 años, el hombre que soñó con una argentina donde hubiera puerto madero y zapatillas con cámara de aire y teléfonos celulares y la monada pudiera irse a cancún de luna de miel: estamos mal, pero vamos bien. 1saludo.

 
At 4:45 p. m., Anonymous Paprika said...

Siempre es un placer leer sus historias, Don Hundred, pero ésta en particular ha sido una maravilla. Gracias por tan conmovedora historia.

 
At 11:22 p. m., Blogger Caia said...

Por estas historias, y por las otras también, Ud., Hundred, es mi debilidad. Pronto colgaré una de esas arañas en mi casa, de esas que despiertan recuerdos, como en este caso. Un beso.

 
At 7:34 a. m., Blogger J. Hundred said...

*paprika! sus palabras, en esta oportunidad, son para mí el condimento esencial. gracias.

*caia! yo creo que hay una pizza que nos espera en alguna parte. que vamos a tomar un vaso de vino y a mirar por la ventana y va a estar lloviendo y vamos a estar contentos de estar ahí, tan contentos de estar ahí y en ningún otro lugar. acepte usted este quizás algo oxidado beso.

 
At 3:13 p. m., Blogger Gamar said...

Tengo abierta esta ventana hace días esperando hacer tiempo para leerla.
Valió la pena señor.
Saludos

 
At 7:13 p. m., Anonymous Anónimo said...

Esta claro para mí que el dueño del bar, cuando la nena se fue (se vino) a Buenos Aires y, por lo tanto, dejó de pasar por el bar, se sintió todavía mucho más solo.

 
At 9:43 p. m., Blogger Aixa said...

amigo, me encantó!

 
At 7:05 p. m., Blogger lamaga said...

Hacía rato no pasaba, tiempo etc, qué bueno haberlo hecho para leer esto de prima.
Ahora sigo con el resto para ponerme al día vio.
Una joyita, no sólo por los brillos de la lámpara temblorosa.

 

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