Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.