5.6.10

1033

Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.

31.5.10

No es mi tema

Como sé que es un tema que preocupa a todo el mundo, especialmente a las mujeres del occidente civilizado, como sé que es un tema que preocupa e insume una tremenda cantidad de esfuerzo y desengaño, como sé que es un tema que está muy mal manejado, bueno, es por eso que me meto con el tema. Aunque no es mi tema. Lo considero un tema menor, absurdo, pueril. Pero no puedo ocuparme solamente, todo el tiempo, de los grandes temas, por aquello de que vivir es distraerse (Bioy dixit).
Por lo general, mis preocupaciones rondan sobre si hay vida después de la muerte, y en tal caso, si hay vida antes de la vida, y ya que estamos, por qué no, si hay vida durante la vida. Pienso en el destino de la humanidad, en si hay agua en Marte, en si China es la nueva potencia económica que nos pasará por encima con una estratégica maniobra que consiste en tirarnos chinos por la cabeza hasta que nos cansemos de ver llover chinos y nos vayamos y les dejemos el mundo para ellos, en si el nutella es un digno rival para el dulce de leche. Esas cosas.
¿Cuál es el tema? Ah, sí, el tema son las dietas. La gente vive atormentada por las dietas. Está la dieta disociada donde podés comer trescientos gramos de jamón crudo a la mañana, pero nada de pan, está la dieta vegetariana donde tenés que terminar comiendo brotes de bambú como un apesadumbrado panda, está la dieta de la manzana, del pomelo, del melón, está la dieta del yogur para que cagues como una suricata, la dieta de la luna, en fin.
Acá viene mi aporte, el rayo de luz de mi linterna mágica. La dieta consiste básicamente en tomar una botella de vino. A la noche, en la cena, esa es la cena. Te tenés que limpiar una botella de vino tinto por día, en realidad por noche. Podés comer cualquier cosa, lo que se te cante, durante el resto del día. Café con leche con tostadas en el desayuno, helado después de almorzar, ravioles con estofado o pechuga de pollo con puré de batatas, no importa.
Lo importante es que cenes una botella de vino, de noche, una por día (noche), cada día, durante treinta días. Si es posible, para asegurar los atributos, las bondades del tratamiento, que sea una botella de unos diez dólares como mínimo.
¿Querés saber cuánto vas a bajar de peso? No sé, creo que nada, no importa, te va a ir igual que con las otras aburridas dietas que llevás intentando durante tanto tiempo. Con esta dieta por lo menos puede ser que te den ganas de coger, que duermas. Incluso, es posible, que de vez en cuando te rías.

27.5.10

Tres cosas

Los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, y amor. Aunque no sé si en ese orden, nunca sé con exactitud el orden, y el orden va cambiando, además.
En los grandes rubros del horóscopo, entonces, te decía, el problema, el problema de siempre, es que se tiene más de lo que se necesita, o no se tiene nada. Demasiado poco, o demasiado.
Podés tener la extravagante fuerza para correr cuarenta y dos kilómetros, a las siete de la mañana de un domingo cualquiera, o podés tener el corazón de un gorrión a punto de estallar ni bien alguien te pregunte la hora por la calle. Podés tener tres millones trescientos cuarenta y siete mil doscientos veinticinco dólares en una cuenta bancaria y comer salmón ahumado hasta que se te pongan rosados los pelos de los huevos, o podés trabajar de cajera en un supermercado de barrio por tres dólares la hora hasta que alguien pierde el control y te parte un frasco de aceitunas Nucete sobre tu cabello mal teñido. Podés tener entre tres y cinco mujeres por semana, lúbricas y dispuestas a recibir un poco de luz de tu garompa láser, o podés deambular como un famélico perro de amarillenta mirada por la puerta de los colegios secundarios, tratando de olisquear en el aire un poco de vagina fresca, como el mismísimo Lecter en aquella fantástica escena donde por un momento es todo nariz, sólo nariz, y le canta a la señorita Foster, a través del cristal, la marca del perfume que lleva puesto.
Más de lo que necesitás, entonces, o nada en absoluto. Yo no lo inventé, no te enojes conmigo, soy una víctima más de esto que pasa.

23.5.10

El camino del saber

El curso había terminado. Los alumnos se saludaban, se iban a tomar una cerveza, a seguir con sus carreras, por qué no con sus vidas. Quedaba el pizarrón y un ramillete de sillas desordenadas.
El profesor ya había dado las notas, y dicho algunas palabras de cierre. Un ochenta por ciento de aprobados, un veinte por ciento entre reprobados y gente que dejaba el curso, servía para mantenerse dentro de los promedios que exigía la facultad. Un curso de cincuenta y siete personas, diez enojados, dos con tos, en fin.
El profesor encendió un cigarrillo y puso los pies sobre el escritorio. Miró por la única ventana del aula, que daba a un árbol tan desnudo como indiferente. Era otoño.
–Profesor –dijo la chica–. Le quería agradecer por todo lo que aprendimos en su curso –asintió dos veces, el profesor se sintió obligado a asentir, también, una vez–. Aunque, en lo que a mí respecta, no puedo decidir todavía si soy post lacaniana, o neo gestáltica. Respeto a Freud, desde ya, pero no puedo comulgar con su exceso de antropomorfismo, mientras que siento una pulsión, la necesidad de escapar del paradigma aristotélico-tomista que me comprime como un corsé.
El profesor pitó. Una larga pitada, el humo rascando en su interior como una cuchara. Fumar era una de las pocas cosas que todavía le causaban placer.
–Si bien siento que ponerlo en palabras es darle vida –prosiguió la alumna–, no puedo situar a la semiótica en el pedestal de las ciencias. El hecho que la salud sea el silencio de los órganos atenta contra la mayéutica y la neurolingüística. Para resumir, profesor, usted me ha abierto la cabeza, y eso es lo que quería agradecerle, por mostrarme el vasto mar de las ciencias sociales en el cual estoy dispuesta a nadar hasta ahogarme.
–Podrías dar una vueltita, por favor –el profesor se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz–. Un pequeño giro, nada más.
Sonriente, confundida, la alumna hizo el giro. Usaba sandalias y el profesor contempló por un instante los pies desnudos. La alumna lo miró, expectante, ávida de escuchar la semblanza, la moraleja, el punto que el profesor deseaba marcar para que ella siguiera adelante en el camino del saber.
–La verdad que estás relinda –dijo el profesor–. No deberías tener mayores problemas.

19.5.10

Del corazón

A mi amigo A. el médico no lo ve bien. Del corazón. El médico le mira el corazón y le dice ‘no lo veo bien’. Al parecer el corazón late un poco, para un poco, acelera, frena, arranca, en fin. El corazón, en lugar de comportarse con la metódica mezcla de aburrimiento y solvencia que cabe esperar de un corazón, tira gambetas, hace chistes, corre en slalom. No corresponde.
El médico le recomienda a mi amigo A. que practique algún deporte.
–¿Qué deporte? –dice A., a quien lo único que le interesa desde que tiene uso de razón es el dinero, no practica ningún deporte más que contar, justamente, dinero. Tiene el dedo índice desarrollado, vigoroso, enhiesto, y el resto de su anatomía hecha pelota.
–No sé –dice el médico. El médico es japonés. Algo mugriento, enjuto, come una anchoa por día y no mucho más. A veces cambia la anchoa por una sardina, y toma té–. Ande en bicicleta.
Mi amigo A. se compra una bicicleta. Una buena bicicleta, todo terreno, con cambios y frenos especiales y butaca ergonómica para el culo, o sea que la butaca, el asiento, es algo así como ‘culonómico’. La bicicleta es de un amarillo que aturde.
El asunto es que A. se compra el casco que usan los ciclistas, y los guantes con los deditos cortados, y rodilleras también. Se podría decir que A. está equipado. Se podría decir que A ha encarado el tema, el tema de andar en bicicleta, con la seriedad del caso.
Es domingo. A. sale a andar en bicicleta. Vive en el barrio de Once. Se va pedaleando para el lado de la Recoleta, para la zona de la facultad de derecho.
Deben ser las tres de la tarde, y el clima es agradable. Poca gente, algo de sol. A. va pedaleando, despacio, pensando en sus cosas, mientras mueve su corazón. Por la zona de la facultad de derecho hay más gente, trotando, caminando, andando en bicicleta. Hay gente sentada fumando, gente en pareja, o en grupos de tres, tomando mate.
De pronto, a su lado, al lado de A., hay un sujeto que trota, en la misma dirección. El sujeto trota bastante rápido, y A. pedalea bastante despacio, lo que hace, lo que logra por abstrusas leyes de la física, que ambos sujetos se desplacen a la par.
El sujeto, el que trota, lleva una remera naranja, lentes espejados, gorrita con visera. Saluda a A., levantando por un instante un dedo índice. A. asiente con la cabeza, respetando tal vez ignorados códigos de secretas camaraderías deportivas.
Entonces el sujeto, el sujeto que corre, en una tan repentina como estudiada maniobra, empuja de costado, a A., con ambos brazos, y con todas su fuerzas. A. se limita a volar, de costado, cae o quizás se va desarmando, lejos de su bicicleta. Lejos de sus anteojos, también. Olvidé decir que A. usa anteojos con bastante aumento, sobre todo del ojo izquierdo.
Está en el piso, A., se ha raspado feo contra el asfalto. Sangra de una rodilla. Se ha golpeado fuerte la cadera. Lo que ve, desde el piso, es como otro sujeto, más petiso y más bajo que el que corría a su lado, se sube a la bicicleta y sale disparado hacia atrás de la facultad de derecho. Un tercer sujeto, gordo y con la cara picada de viruela y unas descomunales orejas, se acerca a A. como si fuera a ayudarlo para que A. pueda volver a levantarse. Pero no lo ayuda. Tiene un cuchillo, y le tira un puntazo, al pecho, directo. A. alcanza a poner su antebrazo entre el cuchillo del gordo y el pecho propio. Siente un dolor en el antebrazo muy agudo, un dolor que empieza a quemar, quema.
Hacia atrás, al piso otra vez, A. siente que vuelve a caer. El sujeto gordo se sube entonces a un automóvil donde lo aguardan dos personas más, un Renault 12 destartalado, que alguna vez fue azul.
El primer sujeto, el sujeto que corría a la par de A., le da un infernal pisotón a los anteojos de A.
–¡Sh! –le dice, con el mismo índice que utilizó para saludarlo, ahora sobre los labios como una dulce enfermera. El sujeto sigue trotando por Figueroa Alcorta.
Al rato, A. logra presentarse en la comisaría del barrio.
–¿Le robaron la bicicleta y le hicieron ese corte? –El policía de uniforme escribe en una computadora con monitor de fósforo naranja, escribe con dos dedos–. Tiene suerte, la sacó regalada.
Desde entonces, A. fuma dos atados de Parliament por día. Dice que se siente mejor que nunca.

15.5.10

Dominó

Voy al cementerio. A la tumba de mi padre. Es domingo, muy temprano. Hace frío, un frío del carajo. El cielo está cargado de nubarrones como bolsas de residuos a punto de reventar.
Son esos cementerios modernos, estilo americano. Mucho verde, árboles, pajaritos, no como los clásicos cementerios donde parece que todo está a punto para filmar un video de Michael Jackson, el de los muertos vivos justamente, donde un ejército de mutantes en harapos va emergiendo de entre las lápidas, dejando pedazos de tierra revuelta, antes de aplicarse al esperpéntico bailecito.
Esto resulta, a pesar de la más contundente que nunca presencia de la muerte, soportable. Como pasear por un parque. Hay aves, hay flores.
Camino de memoria, con lento paso, por un sendero donde he empujado, no mucho tiempo atrás, un ataúd con el cuerpo de mi padre. Siento como si me estuvieran regando desde arriba, desde un metro por encima de mi cabeza, con una regadera cargada de agua hirviente. Hilos de dolor.
Llego hasta el sitio exacto. Me detengo. Un rectángulo verde, muy verde, del tamaño de media cancha de fútbol. Y las lápidas de ese sector. Los pequeños idénticos rectángulos, empotrados en el césped. Descubro que desde mi última visita han ido aumentando en cantidad, como si de una partida de dominó con Dios se tratara. No sé por qué, pienso en eso. Es una partida de dominó que se va completando, losa a losa. Después pienso en un elefante. En esos documentales donde enfocan la cabeza de un elefante, de perfil, muy de cerca. Un ojo, un ojo del elefante en primer plano, con sus arrugas, esa expresión en la mirada.
No pienso más nada. Empieza a llover, me voy caminando muy despacio, como cuando uno se mete al mar y avanza con el agua a la cintura, vienen las olas.

10.5.10

Tiempos muertos

Los tiempos muertos. El tiempo que esperaste en la sala de embarque de cualquier aeropuerto. El tiempo que esperaste, valga la redundancia, en la sala de espera de un médico que no tenía la más puta idea de lo que a vos te pasaba, ni le interesaba. El tiempo en el dentista, con la boca abierta. El tiempo en la cola de la caja tres del supermercado de tu barrio, mientras alguien peleaba porque en el diario decía que había una promoción, tres aceitunas de regalo si uno compraba una botella de Gancia. El tiempo que esperaste en cada semáforo, como peatón, primero, como conductor, después. El tiempo que esperaste en esa esquina a la chica que no vino (para vos, mamucha). El tiempo que esperaste que el mozo cansado hasta el aturdimiento te trajera agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa tantas veces como sea necesario.
Con todo ese tiempo, puesto en una actividad, aprender a tocar el piano, por ejemplo. Ahora sabrías tocar el piano, serías un experto, podrías tocar bellas melodías, bucear en las honduras del jazz, emocionar con una resignada caricia de blues, entretener a la gente, hallar, quizás, algún consuelo. También es cierto que seguirías siendo más o menos el mismo pelotudo que sos ahora. Eso no se arregla ni con todo el tiempo del mundo.

5.5.10

El piolín de la alegría

Existe un piolín, un piolín con un extremo atado a un ganchito que hay en la coronilla, en el techo de la cabeza, por dentro del cuerpo, el punto más alto de la cabeza del mamífero mediano que se ha dado en llamar ser humano, también llamado persona, con independencia de su edad, su raza, o su religión.
Y ese piolín, que en la mayoría de los casos es verde pero también a veces puede ser azul, nace junto con el ser humano que habita. Y crece, el piolín, junto con el humano. Crece hasta alcanzar una longitud por encima de un metro, y por debajo de dos. Y ese piolín, que no jode para nada, que prácticamente no existe para la medicina occidental, porque no se ve, es el piolín de la alegría.
El asunto se pone complejo, yo no diría complicado, porque el piolín tiene un extremo libre. Y ese extremo se engancha, el extremo libre, la punta que no está atada a la cabeza, se engancha, dentro del cuerpo desde ya. Y dónde se engancha depende de la alimentación, de la postura en que dormís, de si corriste una vez para llegar al colegio, y así, cada piolín es un caso diferente, el piolín es un mundo, podríamos decir.
Si el piolín se te engancha en una oreja, por ejemplo, entonces lo que te dará alegría será escuchar música. Si el piolín se te engancha en el ombligo, entonces te producirá alegría comer. Si el piolín se te engancha en la mano, en los dedos de una mano, entonces es posible que te de alegría tocar el piano, o escribir.
No tiene nada que ver con la personalidad, mucho menos con la voluntad, es el piolín de la alegría el que te dicta precisamente dónde estará la alegría para vos. Podés ir al psicólogo mil años, o ponerte a dieta, o casarte con una mujer que sepa hacer fantásticos bizcochuelos. Finalmente se impondrá el piolín de la alegría y eso es lo que decidirá si podés estar alegre, o no.
También puede pasar, como con cualquier mecanismo, porque hiciste la vertical o fornicaste en una posición atípica, que el piolín de la alegría se te suelte, por ejemplo, de un pie, y se amarre, también por ejemplo, a tu nariz. Y vos descubrís un lunes que ya no querés correr maratones nunca más, que no querés correr ni el colectivo, y que en cambio oler una rosa te hace sonreír. O puede que el piolín se te suelte de un huevo y quede atado a un ojo, y vos decidas que coger ya no es tan importante, y que un curso de fotografía es lo único que te cambiará la vida. Nadie entenderá qué te sucede, el por qué de tu cambio, qué fue lo que pasó. No pasó nada, es el piolín.
También, puede suceder, es igual de probable, que el piolín de la alegría se corte. Es un piolín muy delgado y frágil, y en la vida siempre tenés algunos tirones. Si eso sucede, si eso pasa, entonces no te reís más. Ahí sí que cagaste.

30.4.10

Soy así

Ahora que se puede cambiar prácticamente todo. Ahora que se puede luchar contra la calvicie y la gordura y la decadencia y caída. Y el paso del tiempo en general. Ahora que es posible ponerse pelo de vagina germinado en la cabeza, y quemarse la grasa con un láser catódico, y ponerse tetas de durlock, y por qué no inyectarse líquido para freno en los cachetes del culo, y colocarse hilos de oro que te sostengan la papada, y ponerse toxinas botulímicas que te dejen la cara congelada del más perpetuo asombro, y reemplazarse la nariz por una nariz de perro pekinés, y no sé qué más.
Ahora, entonces, me parece que ser feo es uno de los actos de la más pura rebeldía que se puedan perpetrar, al alcance del más modesto bolsillo. Estoy hecho mierda, pero viendo tu desesperado esfuerzo, por primera vez, en mucho tiempo, me siento genial.

*En alguna oportunidad, por motivos que preferiría no tener que detallar, situaciones que hacen a la vida privada de las personas, me vi obligado a utilizar, dos veces, el mismo preservativo. No veo por qué no puedo dar vuelta y utilizar, un par de veces, la misma idea. La culpa es mía, como siempre, por fijar estándares de calidad tan altos. En cualquier caso, no creo que sea para hacer semejante escándalo.

27.4.10

El perro y el palo

Si alguna vez tuviste un perro. O no es necesario que se trate de tu propio perro, no hace a la cuestión. Si alguna vez jugaste con un perro, cualquier perro, un perro mediano, pongamos, un perro standard, un perro atorrante y bigotudo. Si jugaste con un perro en un parque o en una plaza, bueno, uno de los juegos más tradicionales, no digo el único pero sí una excelente manera de empezar, es el de jugar, con el perro, y con un palo.
Es todo lo que se necesita, el perro, el palo, vos, y algo de espacio. Uno debe mostrarle un poco el palo, al perro, pasarle el palo por la cara para ser más preciso. Eso hará que el perro, no podrá resistirlo, quiera morder el palo. El perro disputará el palo, no podrá evitarlo, está en su naturaleza.
Entonces uno debe levantar el palo, y arrojarlo tan lejos como sea posible.
El perro correrá en busca del palo, esto es un hecho, es la parte donde el perro consigue el protagónico. Correrá y correrá, saltará, se meterá al mar si es necesario (no suele haber mares en las plazas de Buenos Aires, tampoco en los parques, es una imagen para fijar los conceptos, una licencia poética), en fin, lo que sea. Y volverá con el palo. Para que usted se lo quite de la boca, lo agarre. Aquí termina lo que podríamos denominar una vuelta. Y el juego comienza, otra vez.
Mientras usted ha recuperado la posesión del palo, el perro será todo deseo: los ojos a punto de salirse de las órbitas, la lengua flameando como un banderín, el animal dando brincos muy por encima de su capacidad de comprensión y análisis (la suya, la del perro también). Luego usted lanza el palo, el perro corre, recupera el palo, vuelve con el palo. Y así.
Ahora bueno, si usted sostiene el palo en alto, bien alto, el brazo extendido, apuntando al cielo. Y deja de moverse. No hay amagues ni sonrisas ni movimiento alguno. Cuando el perro comprende que, por motivos ajenos a su voluntad, el palo se ha clavado allí en lo alto, lejos de su alcance, y que ni sus ladridos ni sus brincos harán que nada suceda.
Entonces el perro, algo en lo profundo de su perruno ser, comprende que no hay más juego, que el juego así no tiene gracia. El perro da media vuelta y se va. No importa que usted lo llame por su nombre, que baje el palo otra vez, que se disculpe o se ponga en cuatro patas con el palo en la boca o en el culo. El perro no juega más. Se han violado ciertos códigos y no puede haber más juego.
Ya sé, cómo no saberlo, resulta claro hasta el paroxismo, evidente hasta la extenuación, hablar conmigo es quizás la cosa más interesante que te pasó en la vida. Pero si no cogemos un poco, no cuentes más con eso. Aburrís, mamucha.

23.4.10

Artes marciales

Muestran por televisión un documental de artes marciales. El presentador entrevista a una eminencia del Qi Gong. Van a visitarlo a su casa, en un precario barrio de Hong Kong. El hombre luce unos pantalones de color verde, camuflados, musculosa, y una vincha para mantener sujeta su frondosa cabellera. El hombre, entre sus especialidades, sabe arrojar palitos de los que se utilizan para comer arroz, y los hace atravesar una plancha de acero. El hombre se para sobre dos docenas de huevos duros, y se queda ahí arriba, de pie, sin romperlos, logra, no sé cómo decirlo, llevar la energía de su cuerpo hacia arriba, y de alguna manera consigue flotar, vence la ley de gravedad, diluye su propio peso. El hombre dobla una gruesa barra de hierro, a los golpes.
Después de cada prueba sonríe, impávido, impertérrito. Cinco o seis personas, asistentes, curiosos, algún vecino, aplauden, emiten guturales exclamaciones.
Luego, para finalizar su acto, decide mostrar una especialidad más compleja. El presentador del programa televisivo, el locutor que entrevista al maestro ha denominado, a la especialidad, ‘iron penis’.
Caminan una cuadra, doblan, van a otra calle. Los aguarda un camión. Atan entonces una soga al camión, es un camión de reparto de bebidas, un camión que debe pesar una tonelada, o dos. Luego el maestro se ata el otro extremo de la soga, al pito.
Y comienza a tirar. Del camión. Con el pito. Ante la azorada mirada del presentador, de los pocos transeúntes, y de seguro los miles de televidentes, el hombre consigue, con la prodigiosa fuerza de su pito, mover el camión. El hombre retrocede dando pequeños pasos, tiene los brazos extendidos, en cruz, el camión lo acompaña. Hay en su rostro una mueca de contrariedad, un severo rictus. El pito permanece oculto debajo de una especie de toalla, pero es evidente que el acto, lo que el hombre está haciendo, lo lleva a cabo con el pito. No hay allí ningún otro artilugio del cual podría sujetarse al camión.
Terminada la prueba, el presentador aplaude, el maestro, con el rostro brillante de sudor, sonríe, alguien se ocupa de subirse al camión y accionar el freno, para que, justamente el camión, no los pase a todos por encima.
Levanto apenas mi vaso de whisky, hacia el televisor, un improvisado brindis. Hago una sutil y oriental inclinación de cabeza, en reconocimiento a un colega que practica una disciplina muy similar a la propia, alguien que merece consideración y respeto.

19.4.10

Yo me llamo Marcos

La diferencia de viajar en subterráneo o en colectivo, es que al bajar por las escaleras del subterráneo ya sabés, no quedan dudas, que estás muerto. Cuando viajás en colectivo todavía te hacés la ilusión del paisaje, te parece que podés ir mirando por la ventanilla, te parece que las cosas se mueven. Es mentira, porque la ciudad fue arrasada hace ya demasiado tiempo, por fuerzas muy superiores a tu comprensión y raciocinio, por fuerzas que están muy por encima de tus capacidades. Pero no es el tema.
Estoy en la parada del colectivo. De la línea 92. Tengo que ir a alguna parte, qué importancia puede tener, siempre tengo que ir a alguna parte, como todo el mundo. El 92 es el colectivo que tengo que tomar, esta vez.
En la parada del colectivo, delante de mí, hay una madre, con cara de madre, con su hijo. El hijo debe tener siete años o nueve y unos impetuosos rulos castaños como tirabuzones que le chorrean hasta la nuca. Están de la mano, la madre y el hijo. Al hijo le quedan un poco largos los pantalones, que se arremolinan a la altura de los tobillos. El chico tiene algo de moco pegoteado alrededor de su naricita de pekinés. La madre no es fea, todavía conserva algo, quizás un treinta y tres por ciento, de lo que debió ser un magnífico culo. Es un poco desgarbada y está cansada, eso sí.
–Te lo resumo –el niño ha levantado la vista, me está hablando a mí–. No sé si quiero más a mi papá o a mi mamá, porque mi papá se dio a la fuga cuando yo tenía tres años, así que no había forma de quererlo, yo era demasiado chico. Cuando lo vea, alguna vez, le preguntaré por qué se rajó. Tampoco sé qué quiero ser cuando sea grande. No me veo trabajando, y no se me ocurre ninguna carrera para estudiar, así que por el momento prefiero ser chico. Estás tratando de acordarte cómo eras vos a mi edad, no vas a poder. Pasaron demasiadas cosas en el medio, se perdió la magia. Pero no es tu culpa, es la escalera mecánica de la vida que después de los treinta va siempre para abajo, quieras o no, no importa cuánto te esfuerces por mantener algún nivel. Querés saber si existe la posibilidad que mi mamá te de el teléfono, para invitarla a cenar. No sé, no creo, está harta de los hombres, de mi papá para acá, todos se quieren pegar una vuelta en calesita, pero después quieren seguir paseando por el parque de diversiones. Todos podemos ser personas interesantes por una hora, hora y media como mucho, ahí nomás se empieza a notar demasiado la mochila de la vida, las huellas del camión que te pasó por encima. Igual a veces se aburre, está resola, preguntale. Yo me llamo Marcos.

15.4.10

Plagas

En los noticieros de televisión, en las primeras planas de los periódicos, en los programas de radio, todos, yo no sé qué pasa, hablan de enfermedades. Hay epidemias, pandemias, hongos que caminan por las paredes y te usan el dentífrico, hay virus (viruses) que no sólo mutan, sino que saltan de la terraza vestidos del hombre araña y cuando llegan a la calle están vestidos de la mujer maravilla, hay bacterias cogedoras, bacterias que te tocan el culo mientras estás dormido y te sacan fotos y las suben a youtube, y así.
La gente anda asustada. La gente le pone repelente contra insectos al asado, por encima del chimichurri, la gente se masturba utilizando guantes de látex, la gente toma mate con barbijo.
Ha comenzado una nueva guerra. Al parecer, hemos hecho demasiado daño, hemos castigado sin motivo a la madre tierra y sus alrededores, y la venganza viene en forma de peste, las cucarachas andan en descapotable con la música bien fuerte y te escupen a los ojos, las ratas se comen el finlandia light que tenés en la heladera y te usan el messenger, los murciélagos te esperan cualquier noche a la vuelta de la esquina y te piden dos pesos.
En lo personal, sigo con mi insólita vida sin mayores cambios. A la mañana tomo café con leche con tostadas en cualquier bar de barrio, camino un poco por el parque, leo algún que otro libro (cada vez menos), acaricio un perro, miro un culo (no, no al revés), a la noche, cuando la ciudad se apaga, un par de whiskys. A mí la única epidemia que me hace moco, que me ha hecho significativo daño desde que yo puedo recordar, desde siempre, es la de boludos.

10.4.10

Ahora o nunca

Yo estaba sentado en una mesa, medio escondido, medio al fondo. Tenían una promoción de Ballantine’s, 2 x 1, y el Ballantine’s es un whisky que a mí me hace moco, me patea la cabeza, me despierto al otro día con la nuca latiéndome a quince centímetros de la nuca. Pero tenía poca plata, también, y necesitaba tomar.
Hacía mucho frío, hacía también mucho tiempo que no hacía tanto frío en Buenos Aires, madrugada de Agosto. Había salido de un cumpleaños tan entretenido como insípido, y sabía que me iba a costar dormir, así que vi el bar abierto y ni lo pensé. Un pub que alguna vez debió tener pretensiones de irlandés, pero que podía ser tan irlandés como coreano. Un cartel de Guinness sobre una pared de ladrillo a la vista, una bandera verde colgando detrás de la barra, algunas botellas de raros whiskys que jamás nadie había probado y habían ido juntando polvo.
Estaba tratando de escribir algo, un poema, a veces escribo, todavía. Estaba escribiendo un poema que explicaba que mi fracaso personal, todo lo que me había pasado, o mejor dicho, todo lo que no me había pasado, tenía su explicación en que yo, de chiquito, había querido Nesquik, pero me habían dado otra cosa, un sucedáneo. ‘Génesis’, se iba a llamar el poema. La birome se trababa un poco sobre el rugoso papel de la servilleta.
Levanté la cabeza y la vi. Sentada en una punta de la barra. Una preciosa chica. Pero no preciosa desde algún patrón estético imperante, preciosa desde siempre, como solían ser las chicas que siempre me habían gustado a mí, cuando me parecía que la felicidad era posible, que no hacía falta más que estirar la mano y descolgar un durazno del árbol de la alegría.
Flaca, era, y huesuda. Morocha, muy pálida. Algo en su nariz, una torcedura, una trompada recibida, no sé. Flequillito stone. Medio roñosa, con pinta de no haberse bañado por un par de días, eso también estaba bien. Se había sacado un abrigo tipo gamulán, un abrigo que debía haber sido de su abuelo. Tenía tetas pequeñas (ella, supongo que también su abuelo), ni usaba corpiño. Carita de dormida. Un gastado jean cubría sus largas piernas, ese estilo de piernas que se tuercen un poquito hacia adentro a la altura de las rodillas, cuando la portadora de las piernas intenta correr, aunque la portadora de las piernas no intenta correr casi nunca.
Miraba hacia afuera, ella, al frío de la calle. Tomaba su mojito, o su daikiri, pero sin mucho interés. Metía un dedo en el vaso.
‘Tengo que hablarle’, pensé. ‘Es ahora o nunca’, también pensé. La mujer que quizás yo había estado esperando toda mi vida.
Me voy a sentar al lado y le voy a decir ‘entre la nada y la pena, elegiré la pena’, frase de Faulkner que representa más que bien la nobleza del amor, o quizás no sea nobleza, pero sí algo relativo al amor, el sufrimiento del amor, algo que yo había sentido alguna vez.
O no, voy a decirle ‘una cosa bella es una alegría para siempre’, de Keats, que deja en claro que este momento, esto que nos pasa, es lo más lindo del mundo y nada más, sólo se trata de saber enfocar.
O no, le voy a decir el poema de Ezequiel Martínez Estrada que me partió el corazón en ciento treinta y tres mil quinientos veinticuatro pedazos esa vez, el poema que me sé de memoria y dice ‘has vivido al revés de tu destino, te ofrecieron amor y no quisiste, fortuna y gloria, y preferiste el vino de la sabiduría, que es tan triste. Y ahora, al final de tu camino, buscas a Dios, que sabes que no existe’.
No, le voy a decir la frase de Saer, redonda como un pomelo, impecable: ‘se dice que la comedia es superficial, porque elude las evidencias de la tragedia. Pero en sí, no hay nada más que comedia, en el sentido que la realidad es superficial. La tragedia es puramente imaginaria’.
Mejor no, mejor le digo el poema de González Lanuza: ‘Aquí, vértigo inmóvil de lo cierto, aquí, breve inmortalidad de la agonía, aquí, donde persisto todavía, aquí, tan sólo aquí sueño despierto’.
Terminé el segundo Ballantine’s. Me puse de pie, caminé los pocos pasos que me separaban de la barra, como si caminara con el agua a la cintura. Me paré al lado de ella, apoyé ambas palmas sobre la barra, me incliné un poco.
–Te voy a chupar la concha –dije–, pero te voy a chupar la concha de una forma que te voy a dejar el flujo en punto nieve.
Bueno, loco, se me mezcló todo, me abataté. Yo fui a un par de clases de teatro y Norman Briski me dijo que me ponía muy nervioso, que la actuación no era lo mío.

5.4.10

Otra etapa

Abrí mi corazón. A martillazos. El monótono sonido de metal contra metal. Y saqué una flor. Pero ella dijo que la flor era, bueno, algo de intrínseca naturaleza perecedera, la flor probablemente perdería su color.
Herví mi corazón. A trescientos cincuenta y dos grados de temperatura. En una olla de aluminio. Lo herví un rato largo, removiéndolo con un cucharón de madera manchado de tuco. Y después sí, lo apreté con todas mis fuerzas, hasta que salió una canción. Pero ella me dijo que la canción le sonaba a otra canción, a una melodía que había escuchado en otra parte, aunque no podía precisar en qué momento de su vida. Villa Gesell, tal vez.
Agujereé mi corazón. Usé el torno de un dentista, la lucha por doblegar la superficie, pasar del otro lado del material, y el desgarrador zumbido. El polvillo me empañaba la vista, me hacía estornudar. Finalmente, por el minúsculo orificio, goteó un poema, un poema de amor, aunque alguien dijo alguna vez que todos los poemas son de amor. Pero ella me dijo que no le interesaba la poesía, la poesía estaba fuera de su área de cobertura, con todo lo que tenía que leer para la facultad. Me mostró una pila de fotocopias, de apuntes.
Entonces me dijo que estaba apurada, que se tenía que ir. Ahí quedó mi corazón, sobre el parquet, pedazos de mi corazón, hervido, agujereado también.
Puse mi corazón en una bolsa de residuos (Asurin, cierra fácil, en rollo, precortadas, con manija ajustable, 52 x 65, mediana), y lo tiré. Ahora ando por la vida sin corazón, si me ves ni te das cuenta. Me va bien.

31.3.10

Maestros de yoga

Los maestros de yoga sostienen, más o menos, que todo lo que hay que saber está dentro de uno, de uno mismo. Lo de afuera, lo externo, es ilusión (maya). Paz, armonía, lo que todo ser humano busca, o mejor dicho, desea encontrar, porque buscar es una intención y toda intención hace ruido, es entender que no somos ni cuerpo ni mente, sino almas conscientes. Pero no se puede desear, ni siquiera desear, sólo dejar que suceda. Debe entonces uno sentarse, quedarse quieto, la meditación es justamente eso, no debe ser confundida con la concentración. La meditación es detener el cuerpo, primero, la mente, después, y de esa forma, sin hacer, sin pensar, y sin sentir, alcanzar la iluminación, fundirse con el todo, descubrirse testigo, sin cuerpo, sin mente, el verdadero ser, iluminado e inmortal, en una deliciosa paz, bendito para siempre.
Y yo he tratado, juro que he tratado. Pero cada vez que me he vuelto hacia adentro, cada vez que he logrado replegarme en mí, sólo he encontrado una considerable cantidad de grasa, odio, un tremendo odio que me viene de muy lejos, desde siempre, una formidable necesidad de tomar whisky, cualquier whisky que no sea nacional, y unos extravagantes deseos de coger, de coger mucho, con gordas, con viejas, con rengas, con un pato de madera, con lo que sea.
Quizás convendría conversarlo con algunos de los maestros de yoga, consultar si es posible que yo también me ilumine, o si saben de alguna rotisería por el barrio donde las pastas no lleguen siempre frías ni las milanesas sean puro aceite, o si tienen alguna mina para presentarme, una mina que le guste coger sin demasiadas vueltas, no sé, yo soy así, no se me ocurre nada más.

27.3.10

Calesita (sin sortija)

Es triste cuando llega esa parte. Cuando la mujer descubre que vos no sos el adecuado engranaje para que ella continúe con su plan personal, entonces el dique de exquisitas mentiras se desmorona y la avalancha de frustración no tiene más remedio que pasarnos por encima.
Ella destroza con particular énfasis, contra cualquier piso, cada minúsculo fragmento de felicidad que pueda haber existido, hasta que sólo quedan vidrios rotos y rojizos salpicones de lo que quizás haya sido, alguna vez, el frasco de mermelada del amor.
Las cicatrices serán ocultadas bajo ficticios entusiasmos recién comprados, para poder seguir. Para volver a intentarlo.
Hasta que llega esa parte.

23.3.10

En la cara

Después de los treinta años, el rostro de una persona le pertenece, de la misma forma que le pertenece la mochila de su pasado. Esa arruga, ese rictus, esa manera de sonreír, son la naturaleza más intrínseca del sujeto, su inmanencia. Ahí está su angustia y su bronca y esa vez que fue feliz. Su rostro es el mapa que revela su búsqueda, lo que quiso ser, su afán, sus anhelos. El rostro nos muestra la historia de su vida, su lucha, su íntima épica, personal, intransferible.
Lo que te quiero decir es que tenés una cara de boludo tremenda, disculpame.

19.3.10

Peligroso criminal

Voy caminando por la calle, no tengo apuro. Voy al trabajo, a una oficina, en el centro. Nada mágico va a suceder, y eso, al principio, te pone un poco triste. Después, a los dos o tres años, brota un extraño sopor. Como un matrimonio que se sabe incapaz de sorprender, ni al otro ni a sí mismo. Hay cosas peores, así me han dicho. Se puede ver en cualquier película, para eso está el cine.
Oigo un par de frenazos, seguidos de sirenas. O al revés. Son dos patrullas de policía. Uno de los autos, en una arriesgada maniobra, sube a la vereda y cruza el vehículo. Delante mío.
–¡Ahí está! ¡Ahí está! –Bajan tres uniformados del automóvil que se cruzó, otros dos del auto que quedó en la calle, interrumpiendo el tránsito, esos van de civil. Hay escopetas en alto, revólveres, uno de los policías arroja sus gafas de sol, rayban de burda imitación con vidrios de un triste y acuoso verde, sobre la vereda. Se oyen, a lo lejos, bocinazos.
–¡Dale! –grita otro hombre, bastante excedido de peso.
Yo miro tratando de comprender la escena, a quién persiguen. Y es entonces cuando soy derribado por un perfecto tackle, desde atrás. Caigo sobre la vereda, se me vuela el libro que llevaba en una mano, mi cabeza golpea contra el neumático delantero izquierdo de un vehículo estacionado. Estoy confundido.
–¡Manos sobre la cabeza, policía! –Escucho el grito, pero otro policía está encima mío, yo estoy boca abajo, y me están esposando las manos detrás de la cintura. A pesar del susto, sé que no se puede tener las manos sobre la cabeza y detrás de la cintura al mismo tiempo. Debo estar en doscientas pulsaciones por minuto.
–¡No te muevas porque te mato! –grita otro, que evidentemente ha visto pocas series de televisión, ha olvidado leerme mis derechos.
–¡Lo tenemos! –Alguien habla por la radio de uno de los autos. Me han quitado la billetera, sacan mi documento–. El sujeto se llama Hundred, Juan Hundred.
Recibo una tremenda patada de costado, en un hombro. Sé que ese hombro me va a doler.
–Te agarramos, basura.
–¿Qué? –A lo lejos, oigo la voz del gordo que habla por el transmisor–. Pero qué Juramento, si dijeron Sarmiento. ¡Hablá bien, boludo!
Hay una discusión entre tres policías, dos de uniforme, uno de civil. Hablan más bajo. Se oyen insultos. Siento que me quitan las esposas. Alguien me ayuda a incorporarme. Me sale sangre de la boca, creo que al caer se me partió un diente.
–Perdón, señor Hundred –el policía mira el piso, a mis pies, avergonzado. Me devuelve la billetera–. Nos equivocamos.
–Podemos llevarlo a un hospital –dice otro, que se oculta un poco detrás de la espalda del primero–, para que le vean ese corte.
Descubro que tengo un corte sobre una ceja, también.
–Nos equivocamos –el hombre de los falsos rayban, se los ha vuelto a poner, ha guardado su revólver en la cintura, me mira–. Si usted quiere presentar una queja, lo entendemos. Estamos buscando a un peligroso criminal, y nos pasaron mal el dato de la calle.
–No pasa nada, no se preocupen –recupero mi libro, doy un par de pasos para ver si me funcionan las piernas, asiento varias veces como un imbécil, palpo con la lengua el borde del diente al que le falta un pedazo, creo que me pishé–. En cualquier disciplina es igual. Uno va al médico y el tipo hace lo mismo, va probando.

15.3.10

Lo importante es la salud

Para el experimento sólo es necesario tener un par de contactos en el mundo de la medicina. Suena pomposo, no sirve, sólo es preciso conocer algún médico. O mejor aún, tener algo de dinero, para que el experimento fluya. El dinero hace que no sea necesario ser amigo de ningún médico. Uno le paga, al médico, y la cosa funcionará más o menos igual. Como a una prostituta podría cuestionársele tal vez que coge sin alma, pero con indubitable pericia, por interés. En fin, me estoy yendo del tema.
Yo estaba saliendo con M., que trabajaba de enfermera, y hacía guardias en ambulancia los fines de semana, así que todo estaba servido en bandeja. Estaba el equipamiento y la ambulancia. Faltaba algo de dinero, mi dinero. Invité a M. y al conductor de la ambulancia, y al médico que hacía la guardia con M., a cenar, regalé un par de vinos, dije que era un trabajo para la facultad, que me faltaba mi tesis para recibirme de sociólogo o de antropólogo, mitad y mitad, de boboncho centauro, que estaba investigando los efectos de la vida en las grandes urbes, su impacto en la salud de los humanos. Hice chistes, convidé más vino, dijeron que no había problema. Eran dos horas como mucho. Me ofrecí a pagarles, como si yo fuera un paciente que les solicitaba una consulta particular, que me cobraran cada uno de ellos, el médico, M., el conductor de la ambulancia. Me dijeron que no era necesario, sólo hacía falta el material descartable. Regalé más vino, y chocolates que me habían traído del sur, esos chocolates que vienen rellenos de arándanos, de frutos del bosque, y que siempre me parecieron una mierda. Para mí el chocolate tiene que ser puro, sin rellenos ni giladas.
La idea era que el sábado, cuando ellos trabajaban con la ambulancia, a eso de las tres de la mañana, debíamos ir a algún parque, alguna plaza, cualquiera, de barrio. Había que encontrar tres o cinco mendigos, vagabundos, borrachos perdidos, durmiendo, entre diarios y cartones. Eso era de lo más fácil, esto es Argentina. Y con algún pretexto, diciéndoles que había una denuncia y que si no colaboraban irían detenidos, o dándoles dinero, o más vino, hacerles un análisis. Sacarles sangre, un pinchazo. Y orina también, de ser posible. Hacerlos pishar en el frasquito. Todo duraba cinco minutos, nada más.
La verdad es que fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Uno se puso a gritar hasta que le ofrecí cincuenta pesos, otro pidió vino, pero no del que le ofrecíamos, sino uno más barato, un vino que viene en cajita. Hubo uno, en el Parque Chacabuco, que pidió que M. lo observara mientras pishaba, sólo eso.
Al día siguiente, a la mañana, en las mismas plazas, conseguimos cinco muestras de sangre y orina de gente que estaba haciendo deporte, gente que corría, que se colgaba de una rama, gente que andaba en bicicleta o practicaba gimnasia en alguna de sus variantes. Les dijimos que se podían ganar dos pasajes para correr una media maratón en las islas Maldivas, más un par de zapatillas, que iban a salir en una propaganda de un nuevo suplemento vitamínico, alguna boludez así.
Y listo. Fin. A la semana M. trajo los resultados. Los borrachos, los vagabundos, los que dormían en la calle bajo la lluvia o con frío, los que tomaban todo el vino que pudieran pagar o robar y se alimentaban de sobras que obtenían de la basura, los que eran capaces de tomar nafta y comerse una rata con papas crudas y fumar cigarrillos de caca de pekinés y papel de alfajor, exhibían mejores registros en los análisis que los deportistas, que eran tipos educados, con ingresos, que consumían yogures con calcio y cromo y quesos desquesados y no bebían gaseosas y tomaban cuatro litros de agua saborizada por día y comían ensaladas de rúcula y parmesano y hacían deporte como mínimo tres veces por semana.
El ‘grupo 1’, de los apestados, tenía mejores valores de colesterol, triglicéridos, glucosa, ácido úrico, y todo lo demás, que el ‘grupo 2’, de los sanitos.
El experimento, como casi todas las cosas que se me suelen ocurrir, es de escasa o nula utilidad, no se sabe muy bien para qué sirve, qué significa, cuáles son sus implicancias.
Pero te molesta, y eso a mí me basta.