30.7.10

La ley del marketing

El cliente era una de las empresas lácteas más importantes del país. Con un cliente así, podíamos vivir todos, y éramos muchos, por tiempo indefinido. Lo que queríamos todos era, justamente, vivir. Vivir con plata, claro, parecía en esa oficina como si todos hubiéramos sabido desde siempre que vivir sin plata, bueno, eso no es vivir.
El marketing, como cualquiera sabe, es pilar fundamental del occidente capitalista civilizado. El marketing ha destronado a la religión, define qué está bien y qué está mal, sencillito.
El spot publicitario que me habían encargado era sobre un nuevo y poderoso yogur.
Así que estábamos todos reunidos, los directivos de nuestra consultora, y los máximos responsables de nuestro cliente, la empresa láctea. La campaña iba a costar, si era aprobada, millones. Y todos íbamos a poder vivir.
El aviso que presenté era, más o menos, así.
Es una mañana. Es un día nuevo. Paradisíaca playa, turquesa mar, dorada arena, alguna palmera a lo lejos, a un costado, pinceladas de vegetación. Se escucha el sonido, inconfundible y característico, justamente, del mar. La cámara sigue a una chica, la modelo del spot. La modelo es una jovencita, algo despeinada, muy rubia, delgada, virginal. Lleva puesto un blanco bikini, camina muy despacio, con los pies metidos, apenas, en el mar.
Pareciera que la cámara la sigue de atrás, primero, a cierta distancia, para alcanzarla luego y tomarla de perfil. Entonces la modelo, la exacta combinación entre belleza y juventud, se detiene, la cámara la toma de frente. Recorre sus largas piernas, y ahora sí, hace una toma en primer plano. La sonrisa de la chica no es excesiva, nos transmite, nos hace saber que existe un mundo mejor en algún lado, una playa, felicidad. El plano se abre un poco, se alcanzan a ver un par de gaviotas que huyen, por detrás de la chica, hacia el mar, se oye el graznido tan particular de ese tipo de animales.
La modelo tiene, cuando se abre un poco el plano, una cucharita de metal en una mano, y un yogur, el yogur que hay que vender, en la otra. El yogur se llama, el producto, ‘Ultramel’.
La cámara se detiene por un instante, juguetona, distraída, en el envase que es de un verde pastel, con letras negras. La cámara sube a enfocar otra vez a la modelo en primer plano. La modelo mira a la cámara.
–Desde que tomo Ultramel –dice– cago en cualquier parte.
La cámara se aleja, se sigue alejando, atrás y arriba como si se la llevara un barrilete que parte en diagonal carrera hacia el cielo mismo, mientras vemos que la modelo, después de bajarse el bikini con el diestro movimiento de un pulgar, se ha puesto en cuclillas, disponiéndose a defecar a la orilla del mar.
El aviso no funcionó. El cliente no quiso jugarse, los directivos de la consultora no me apoyaron. Al poco tiempo me echaron, una buena indemnización y pocas explicaciones. Puse una casa de venta de empanadas con mi amigo Beto, en Villa Urquiza. No me va mal.

25.7.10

Polea

En la calle. Una madre, que tiene a un niño, un niño pequeño, de la mano. Usa la otra mano, la mano libre, la madre, para sacudirle un cachetazo que suena como los cachetazos de las revistas de historietas. Un ¡paf! de inusual potencia hace que el chico quede desconcertado y aturdido, mientras la mejilla alcanza un rojo bermellón a pesar del frío.
El chico tiene, en la otra mano, una correa, la correa termina en un perro, un perro mediano, un labrador, color té con leche. El chico toma aire, se ha soltado de la mano de su madre, se masajea la mejilla todavía dolorida. Entonces, con un diestro movimiento, descarga una corta patada, un patadón con uno de esos zapatos de suela de goma que todos usamos cuando fuimos chicos. Un certero puntinazo en el flanco del animal.
El animal lanza un aullido, lo más parecido a un llanto, sorprendido por el dolor que lo hace intentar alejarse del niño hasta donde se lo permite la extensión de la correa.
Yo, que espero que el semáforo cambie de color para poder cruzar, me agacho, acaricio la cabeza del animal. Es un buen perro, algo aburrido de vivir en un departamento de no más de sesenta metros. Tiene derecho a dos salidas diarias de diez o quince minutos, siempre atado, y el resto del día permanece encerrado en un lavadero. Hay un balde naranja, un escobillón, y él se acuesta sobre una vieja frazada. Sueña con un parque, con una pelota, con una playa.
–Hola, capo –me arrodillo, le acaricio la cabeza. El perro me lanza un mordiscón. Es repentino, preciso como un láser. Los dientes traspasan la carne, un segundo, me suelta, por que quiere, pero antes de soltar también me mira y es claro que podría seguir apretando, lastimarme con mayor profundidad.
–¡Ah! –me sale sangre, no mucha, al principio nunca es mucha, hay un instante donde no es mucha. De tres puntos diferentes de mi palma derecha. Y dos puntos del dorso, también. Aumenta, la sangre, crece, se hace más.
Y yo estoy ahora escribiendo la historia. Quizás no entendés. Quizás no significa nada.

20.7.10

Ex post

No, no soy lo que vos pensás.
Soy todo lo que no me salió, eso sí.
Soy las dos porciones de fugazzeta que comí a las tres de la mañana en Imperio, de parado, sin poder parar de llorar.
Soy la vez que caminaba descalzo por la playa, muy temprano, metiendo las patitas en el mar. Y se largó a llover.
Soy la mirada de ese perro que no me conoce pero sabe que mi caricia no le va a hacer mal.
Soy el whisky que me tomo, desnudo, después de fornicar.
Soy la mano que escribe movida por misteriosos cables y el olor de tu pelo cuando salías de la ducha y la música de tu risa que todavía suena como un lejano vals.
Soy el café con leche y las tostadas y la alegría de estar un ratito de este lado del bar.
Quizás te hice daño, estas son mis disculpas.
Pero no, de ninguna manera, no soy lo que vos pensás.

15.7.10

Lleno de gente

En Buenos Aires, en los últimos años, la gente se manifiesta. La peor opinión es el silencio, decía una consigna. Barriales epopeyas, democráticos bocaditos.
Voy a la zona de Congreso, está lleno de gente. La gente está, no hay por qué negarlo, con muy mala cara, arrasada por un fuego que no se apaga nunca, mal vestidos, algunos fuman, otros gritan. Hay gente con cacerolas, golpean las cacerolas, justamente, con cucharas. Veo un señor que golpea un martillo contra el poste de un semáforo, concierto de metal pesado, veo un señor con un megáfono, subido a un banquito, gritando consignas en extrañas lenguas, predica y blasfema, a la vez.
Me acerco a un grupo, un grupo de muchachos de mugrientos cabellos y viejos gamulanes. Dos chicas, con sus mochilas en el piso, se pasan un porro y se ríen. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros somos del centro de estudiantes del colegio nacional 399, y queremos que la fotocopiadora la maneje un cuerpo colegiado de dieciocho personas donde estén incluidos representantes del alumnado como fuerza viva del colegio.
Les digo que sí, con la cabeza, dos veces que sí, o sea que claro, levanto un pulgar y pongo cara de Pelé vendiendo un reloj Seiko, la carita de un negro pelotudo que no quiere más quilombos. Sigo caminando.
Hay un grupo de ancianos. Toman mate cocido de un jarro de aluminio muy grande. Se van pasando el jarro de mano en mano, el jarro tiene una sola asa, lo que dificulta la maniobra, el traspaso. Les pregunto qué es lo que reclaman.
–Nosotros queremos una jubilación digna después de treinta y cinco años de trabajo, pibe. Yo fui ferroviario, y no me dejan cambiar el audífono –se saca el audífono de su peluda oreja, y levanta, el audífono, no la oreja, bien alto. Los demás aplauden, alguien alza una muleta y apunta al cielo como si se tratara de un AK47.
Aplaudo yo también, palmeo un par de fatigadas espaldas. Una mujer, encantada con la maniobra del señor del audífono que acaba de presenciar, alza su dentadura postiza, y sonríe, dos veces, al mismo tiempo. Me despido y sigo.
Me acerco a un multicolor grupo, todos muy bajitos, con atuendos típicos del altiplano. Las mujeres llevan el cabello muy tirante, o trenzado. Los hombres miran con ojitos de reptil, parecen parpadear al revés, de abajo hacia arriba. Dos o tres tocan quenas y algún xicus, reversionan temas de Abba. Les pregunto por qué están allí.
–Somos bolivianos y peruanos y nos niegan la ciudadanía argentina. Tenemos derecho a vivir en este país, estas tierras eran nuestras antes que llegara el puto de Colón y todos esos chupapijas colonizadores. ¡Viva la Pachamama!
–¡Viva! –Digo yo. Alguien me regala una empanada. Es muy picante, riquísima.
Sigo, por un rato. Están los damnificados por el corralito bancario, los que perdieron su casa por culpa de corruptos escribanos, los que quieren educación libre y gratuita, los que quieren ir a estudiar afuera pero que pague otro, los travestis que quieren poder colocarse culos de porcelanato en los hospitales públicos, las madres solteras que tienen derecho a una asignación por hijo, las divorciadas que quieren que sus ex maridos no se puedan juntar nunca más con nadie, los que dicen que el cantante del grupo de rock ‘callejeros’ no podía saber que en los recitales se iban a tirar bengalas, están los que quieren que las empresas privadas sean del estado, lo que quieren que se prohíba la entrada del Papa al país, los que quieren tener pasaporte checoslovaco, los que quieren salvar a las ballenas, los que quieren que las mascotas tengan que cagar en un frasco, los que quieren que la felicidad se venda en Farmacity (sin receta), los que quieren que Atlanta salga de una buena vez campeón de algo.
–¿Y vos? –me pregunta una señora– ¿Qué hacés acá?
No sé qué decirle. Me sentía solo, quería ver si conseguía que alguien me diera un abrazo.

10.7.10

Védico

El conferencista, reconocido, hindú, pero con la carita repleta de una muy occidental picardía, pelito corto, mucho gel. La unión, el puente entre la védica sabiduría, tan milenaria como genial, con el occidental que ha inventado los aviones y las computadoras, el golf y los rascacielos, pero aún así no sabe qué es, para qué fue puesto sobre la faz de la tierra, y entonces no puede evitar el desconcierto, el aturdimiento, la tristeza.
El conferenciante, entonces, te decía, hábil prestidigitador, mantiene la atención del público dosificando sus conocimientos en el campo de la neurobiología, su profundo expertise en la relación mente-cuerpo, sus fantásticos descubrimientos en el campo de la medicina de la mente.
El conferenciante, para explicar un concepto, cuenta una historia, algo que sucedió, durante un experimento.
El experimento consistía en agarrar un grupo de conejos, y darles alimentación para que se les volara el colesterol a las nubes. La intención era probar una nueva droga que había descubierto un laboratorio austriaco para combatir el flagelo, un nuevo medicamento. Primero les tenían que subir el colesterol, a los conejos, luego probar el remedio.
Pero, aquí empieza lo rico de la cuestión. Alimentaron a los conejos como si fueran jugadores de los All Blacks. Antes de comenzar a probar la medicina, los científicos testearon y había un grupo de conejos que no tenían el colesterol ni la quinta parte de alto que el resto.
Te recuerdo que eran muchos conejos, y también te recuerdo que todos los conejos comían, comieron, durante un par de meses, lo mismo. Cuatro comidas al día. Milanesas napolitanas con papas fritas y huevos fritos, hamburguesas completas, alfajores, gaseosas, licuados de banana con leche, no sé.
Sin embargo, de los cinco mil conejos, ponele, había un subgrupo, cien conejos, que estaban más gorditos, sí, igual que el resto. Pero con el colesterol impecable.
Los científicos estaban desconcertados. Empezaron a pensar. Sus científicas almas reclamaban una respuesta.
Finalmente averiguaron la cuestión. El grupo de conejos con el colesterol normal a pesar de lo que habían comido, eran alimentados, mañana y noche, por una empleada, entre los tantos contratados para la función, la tarea.
Pero esta empleada, encargada de ese sector de conejos, en lugar de separar la correspondiente ración de comida y prácticamente arrojarla en cada jaula, como hacía el resto de los empleados, no lo hacía así, no lo hacía de ese modo.
La persona sacaba cada conejo del grupo que le correspondía, y lo acariciaba, un par de caricias nomás, al parecer le gustaban los conejos. Sacaba al conejo de la jaulita, te decía, lo acariciaba, le decía alguna que otra dulce palabra, le deba un pellizquito, un tirón de orejas. Después colocaba, con delicadeza, con cuidado, suavemente, al conejo y su correspondiente comida, en su correspondiente jaulita.
Y eso era todo. Los conejos así tratados, los conejos que habían recibido esa pizca de ternura, a pesar de haber comido las mismas porquerías que el resto, no habían desarrollado la patología, la enfermedad. Seguían sanos.
Te cuento todo esto para que entiendas que no tenés que ponerte así, tan mal, cuando te pido que me hagas una paja en un ascensor, en un cine, en un automóvil, prácticamente en cualquier parte. Me gustaría que tuvieras un enfoque más amplio.

5.7.10

El recontraotro

Para poner categorías de imposibles, para poner un ránking de tragedias que permita la comparación, y a través de la comparación como artilugio, como burdo mecanismo, lograr algo, una chispa de entendimiento. Bueno, yo, Hundred, en semipleno uso de mis facultades mentales, por decirlo de alguna manera, no soy Borges. Podría aspirar, dadas mis literarias capacidades, a lustrarle a Borges, vivo o muerto, a lustrarle, decía, un zapato, poniéndome pomada en la nariz. Y lustrarle entonces el zapato, a Borges, con la nariz.
Dicho esto, hecha la aclaración pertinente hasta la desmesura, veamos un poema, de Borges, y luego una nueva versión, del mismo, escrita por Hundred.
El poema, de Borges, se titula, se llama, ‘Los justos’

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrade.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando al mundo.

Ahí va Hundred, ahí voy yo. El poema se titula, se llama: ‘Los injustos’.

Un hombre que pisha en tu jardín, porque tiene ganas.
El que agradece que en la tierra haya descuentos.
El que descubre con placer una verruga.
Dos empleados que en un café del centro leen un suplemento deportivo.
El dentista que premedita usar menos anestesia.
El cartógrafo que compone mal un mapa, total a esa isla no irá nunca.
Una mujer y un hombre que ven a Tinelli con el volumen del televisor muy alto.
El que acaricia a un animal pensando dónde lavarse las manos.
El que recuerda de memoria cualquier refrán relativo a la venganza.
El que agradece que en la tierra haya productos dietéticos.
El que prefiere correr maratones.
Esas personas, que se conocen, me están haciendo moco.

Ya sé, no me digas nada, ya lo sé.

30.6.10

Cuando seas grande

El fin de semana pasado me invitaron a una quinta, a un country, a un barrio privado, no sé, no podría explicar con precisión las sutiles diferencias. Lo que sí sé es que los que viven adentro tienen lindas casas, buenos autos, flequillos, peludos perros y bellas mujeres (no al revés), y los que están afuera, no. La conclusión es que conviene estar adentro, no hace falta ser un ingeniero nuclear para entenderlo.
El asunto es que un amigo vive ahí, digamos en ‘Pindorchas del Pilar’, con su familia, mujer, cinco hijos, alguna cuñada. Y cumplía años, así que me invitó a su cumpleaños. Te invito a mi cumpleaños, me dijo.
Como mi automóvil anda mal, lo tuve que mandar al mecánico, así que se me complicaba volver de noche, porque el cumpleaños era, consistía, en una cena. ‘Pindorchas del Pilar’ queda a unos cincuenta kilómetros de la capital. En Pilar, mirá vos, justamente.
Así que mi amigo me dijo que no había problemas, que me quedara a dormir y él me alcanzaba al día siguiente. Sobraban cuartos, hasta el perro tenía suite con vestidor, cosas así.
Resumo lo que quiero contar, entonces. Se hizo la cena, el cumpleaños, asado, buen vino, unas treinta o cuarenta personas, todo bárbaro. Me fui a dormir.
Al día siguiente, cerca ya del mediodía, estábamos desayunando. Mi amigo, la señora, sus cinco hijos, la hermana de la señora, su marido, sus tres hijos, y un par de chicos más que se habían quedado a dormir, hijos de amigos de mi amigo.
De pronto, mientras todos charlaban y comían, alguien, un adulto, el marido de la hermana de mi amigo, le preguntó a un chico, un amiguito de uno de los hijos de mi amigo, un flequilludo mocoso que untaba las tostadas con medio frasco de mermelada cada una, y sostenía luego el tazón de café con leche con las dos manos, metiendo prácticamente la frente en la taza para emerger luego con la punta de la nariz manchada de espuma, porque mi amigo tiene una espectacular cafetera expreso como la de los bares.
El marido de la hermana de mi amigo, le preguntó al chico, decía, lo siguiente.
–¿Facu, qué querés ser cuando seas grande? –Queda claro que el marido de la hermana de la esposa de mi amigo tampoco está para Premio Nobel de nada.
El clima era relajado, distendido. Había empezado a llover, apenas, y era lindo ver caer la lluvia sobre el pasto, a través del ventanal, mientras el humito de los cafés con leche subía enrojeciendo mejillas. Civilización.
–Más tostadas –dijo Facundo, señalando el plato con el mentón. Y todos se rieron de la ocurrencia, atribuyéndola al desprejuiciado atolondramiento de un niño, a la impunidad conceptual que da el tener siete años y decir al mundo lo que se te pasa por la cabeza en ese momento así, sin filtros.
Pero a mí me pareció que la respuesta había sido muy en serio. Me pareció que el pibe había dicho una de las cosas más terribles que yo fuera capaz de recordar.

27.6.10

Quizás no viene al caso

Alguna vez, hace ya demasiado tiempo, era un chico, volví a casa. Me habían pegado, me había asustado, había corrido. Podríamos decir que no había estado a la altura de las circunstancias, sin importar desde ya, qué importancia podían tener, las circunstancias.
Así que volví a casa, no había otro lugar al que volver, adónde querías que vuelva.
Me vio mal mi hermana y me preguntó, así que le conté a mi hermana, más o menos, lo que me había sucedido. Mi hermana se lo contó a mi madre. Mi madre se lo contó a mi padre.
Mi padre, que hablaba poco, que no decía prácticamente nada, creyó oportuno darme un consejo, una lección de vida. Me dijo unas palabras.
–Quiero que seas tan duro –dijo–, que cuando te caigas en la calle rompas una baldosa.
Me estaba preparando para el mundo. Él sabía de las asperezas, de los filos que tenía la vida. Le pareció oportuno avisarme.
Desde entonces, me caí muchas veces. Algunas veces me tiré. Muchísimas veces, claro, me empujaron. Y si bien logré romper algunas baldosas, yo también estoy un poco lastimado.
Perdoname, viejo. Vos sabés cómo son estas cosas.

23.6.10

Tiros

Estaba en el andén, en el andén del subterráneo. Estar bajo tierra y no estar muerto es bastante grave, porque es como estar muerto, pero sin las ventajas de estar muerto. Es como estar muerto y fastidioso a la vez. Y encima esperando que aparezca el subte, que viene lleno, creo que ya lo dije, y encima no viene más.
El primer disparo no lo escuché. Aprovecho el viaje en subte para leer un poco, o para cerrar los ojos y hacer algún ejercicio de respiración, todas cosas sencillas, pasatiempos mientras se está muerto, con la secreta esperanza de resucitar. O mejor dicho sí lo escuché, pero me aturdió. Pensé que era otra cosa, alguien que había dejado caer una caja con un televisor o con seis botellas de vino, un tremendo portazo lleno de disgusto, el reventón de un neumático, cosas que no podían ser, no sé.
Pero no, no podía ser. Estábamos en el andén del subte B, en la estación Dorrego, y eran las nueve menos diez de la mañana. Gente, gente fastidiosa y esperando y no mucho más.
–¡Al piso, al piso! –Dijo alguien, un tipo flaquito con gorra de lana y una mochila con el logo de ‘Los Piojos’ en la espalda. Y el tipo se tiró al piso, lo cual le costó un poco, porque el subte se estaba retrasando y el andén se había cargado mucho de gente, no había casi lugar. Le costó tirarse, tuvo que empujar.
–¡Tiros, son tiros! –Una mujer se tomó el pecho y luego se miró las manos para ver si estaban manchadas de sangre. Pero no, sus doce kilos de teta, ya para siempre glándulas mamarias, permanecían en su lugar.
La mujer usó el plural, porque había sonado un segundo tiro. Y ahora sí, los que leíamos y los que dormíamos de pie y los que esperábamos y nada más, supimos de inconfundible e inapelable manera que estaban sonando tiros.
La gente comenzó a arrojarse, como podía, al piso, unos sobre otros. Hubo alaridos, puteadas, gritos superpuestos e inconexos por encima de la música de los televisores. Los que no podían tirarse al piso, por fiaca o por falta de espacio, se apoyaban contra la pared del andén. Hubo quienes saltaron a las vías, maniobra riesgosa por cierto, gritando, para cruzar al otro lado, como si de un río se tratara. La gente se tapaba los oídos con las manos, algunos rezaban, otros corrían pero en cámara lenta, porque mientras corrían tropezaban y trataban de adivinar para dónde, en qué dirección tenían que correr.
Habrá durado todo un minuto o dos, no más. Desde una punta del andén, la de atrás, un hombre tiraba contra todo. Fueron quince tiros, uno detrás de otro, con intervalos regulares de entre dos y tres segundos. El hombre era canoso, bien peinado, de unos cincuenta años, usaba jeans y una campera negra, corta, sin cuello, como las de los beisbolistas. Tiraba sin moverse, bien afirmado. Tiró y siguió tirando hasta que escuchó, todos lo escuchamos, un chasquido, no había más balas.
Entonces lo agarraron. Entre varios, un policía de civil, tres guardias del subterráneo, algunos entusiastas siempre deseosos de tirar una trompada.
Lo esposaron, al hombre. Y lo fueron haciendo caminar por el andén, para llevarlo detenido. Llegaron más policías. La gente, lentamente, se incorporaba, recuperando sus carteras o bolsos, sacudiéndose la ropa. Cada uno fue verificando que ni él mismo ni el de al lado estuviera muerto. Había silenciosas sonrisas, asentimientos de cabeza. Todos buscaban manchas de sangre en el piso, algún gemido, alguien que debiera ser socorrido de inmediato.
Se oían sirenas, arriba, patrulleros, ambulancias. Venían los bomberos, también.
Al pasar junto a mí, un policía le estaba preguntando al sujeto, mientras lo hacía avanzar a empujones.
–¿Pero qué hiciste, boludo? ¿Qué te pasa? ¿Sos de una secta, te dejó una mina? ¿Vos qué reclamás?
–Nada –el hombre negó con la cabeza. Tenía un rasguño que le cruzaba la frente–. Tomo el subte acá, desde hace veinte años, y me parece que están todos tristes y aburridos, que nunca les pasa nada. Quería que una vez tuvieran algo para contar.

19.6.10

Andrea o Verónica o Gisela

Recibo un llamado. Un llamado telefónico. No sé cómo alguien puede llamarme por teléfono, sólo uso el teléfono para pedir una pizza, los sábados por la noche. Napolitana con ajo, roquefort, fugazzetta, eventualmente calabresa, según la patología del día, lo que corresponda, la dolencia que se intente sanar. Jamás atiendo el teléfono, además.
El llamado es de una chica, Andrea o Verónica o Gisela. Dice que fue a la primaria, o a la secundaria, conmigo. Hace veinte años, no sé, algo que ocurrió en el inasible magma del pasado. También dice, la chica, que está organizando una fiesta, una cena, de todos los que fuimos a ese grado. Para que nos veamos, para que charlemos.
–Va a estar redivertido –dice Andrea o Verónica o Gisela.
Pero no. No sirve, no corresponde. Cuando se hacen ese tipo de eventos es con el único afán de corroborar que el fracaso es una epidemia, una peste, un virus que nos ha comido el alma a todos, dejándonos las cáscaras vacías, algo putrefactas, un poco de pulpa apenas cerca de los mustios carozos en el exacto lugar donde deberían estar los corazones. Lo que se busca es chequear, bajo un ficticio entusiasmo, que todos se han ido a la mismísima mierda, igual que uno mismo, que no había nada para nadie después de cinco o siete veranos en la playa, que la vida se puso en dos patas y te dio un zarpazo de oso peludo que te va a dejar la cara marcada para siempre, que no te van a quedar ganas ni de preguntar dónde carajo está el tarro de miel de la alegría.
Así que le digo que no puedo ir, a Andrea o a Verónica o a Gisela. Porque yo prefiero recordarlas cuando todavía tenían algún brillo, alguna posibilidad.

15.6.10

Siempre lo mismo

Hace un tiempo, me doy cuenta, que hablo siempre de lo mismo. O mejor dicho, lo escribo.
Escribo sobre las dietas como elemento de dominación, cómo tener a la gente atormentada con el colesterol, vendiéndoles yogures para cagar y yogures para reír y explicándoles que deben repetir la palabra fitoesterol como un mantra hasta caer muertos de pena sobre una avenida cualquiera.
Escribo sobre la gente que corre, sobre esos boludos sin alma que sólo piensan en huir, en correr como el preciso sucedáneo de una religión que les permite flagelarse en grupo al tiempo que se les promete una recompensa que nunca llega, porque no te va a ocurrir absolutamente nada y encima te faltan un par de kilómetros (vos dale). Lastimosas conchudas dispuestas a correr 21 kilómetros pero incapaces de bajar a comprar medio kilo de dulce de membrillo y un poco de queso, con sus zapatillas de quinientos pesos y sus miradas inyectadas de la más pura energía bovina, cosas así.
Escribo sobre todo lo que me salió mal, desde siempre, todo lo que no me salió nunca, todo lo que no va a poder ser. Escribo sobre este fracaso redondo y contundente como un pomelo en el lugar donde debería estar el corazón.
Escribo sobre todas las chicas que me dijeron que no, que yo no era suficiente, que ellas siempre tendrían la oportunidad de elegir algo mejor. El rechazo como un exquisito motor.
Escribo sobre el eterno desencuentro que nos excede y nos abarca, sobre la perecedera naturaleza de las cosas, sobre la imposibilidad de ser feliz.
Escribo sobre lo que escribimos todos en la adolescencia, chorritos de poesía que luego, por ningún arte de ninguna magia, se transforman en ese líquido que gotea de las pilas sulfatadas, igual igual. Caminatas bajo la lluvia, amaneceres en la playa, la mirada de un perro, un abrazo bien fuerte, una pizca de amor como una lucecita en una tormenta en medio de un embravecido mar en alguna parte.
Escribo que te extraño, también.

10.6.10

Tiempo y guita

El gráfico, el gráfico cartesiano que se usa por lo general en cualquier ciencia que tenga algún componente matemático, es un gráfico que consta, utiliza, dos ejes. Los ejes, suelen llamarse, están denominados vaya uno a saber por qué, o te pensás que soy el cuñado de Euclides, lo ejes se llaman, te decía, X e Y. El eje X es el eje horizontal, por convención, porque sí, y el eje Y es el eje vertical, por razones más o menos parecidas.
En el eje X, como se hace por lo general, como se suele hacer aunque no necesariamente, pero es lo habitual, utilizamos la variable tiempo, en este caso que nos ocupa no sería el tiempo transcurrido o histórico, sino el tiempo restante. En meses, por ejemplo, 1, 2, 3, meses, meses restantes, meses que le quedan de vida al individuo en cuestión.
En el eje Y, colocamos la variable guita, dinero, que posee el individuo, en miles de dólares, por elegir una unidad que haga el análisis comparable, posible.
Y ya está. Hacemos un puntito, en el gráfico, el individuo queda definido por esas dos variables. Eso arroja una coordenada.
Cuanto más lejos esté, el puntito, del cero, del punto donde los dos ejes se unen, mejor, mejor para el puntito, para el individuo. Cuanto más cerca estés, del cero, del origen, del punto donde los dos ejes quizás se cruzan, peor. Algunas cosas se podrían agregar, por ejemplo, si estás sobre uno de los ejes, bueno, eso significa que te falta, que te falta lo que hay en el otro eje, no sirve. Si no tenés nada de tiempo, o no tenés nada guita, no sirve. Se te complica. Podés tener muchísimo tiempo, y casi nada de guita. También podés tener muchísima guita, y casi nada de tiempo. Problemas, problemas.
No interesan, para el análisis, no se admiten, los puntos negativos. Si tuvieras un número negativo de tiempo, sería, por ejemplo, si estás con un respirador, enchufado, en algún hospital, o si hace un tiempo que te moriste. Si tuvieras un número negativo de guita, sería que estás endeudado, pediste plata prestada, estás en la lona, tampoco sirve, es otro tipo de respirador, otro tipo de muerte.
Esto es todo lo que hay que saber, todo lo que interesa, sobre tu vida, si podés hacer algo, si existe alguna posibilidad, por ínfima que parezca, que seas feliz, esas dos cosas.
Puede que el análisis te resulte en un principio algo reduccionista e irritante, puede que te choque un poco. Es por que carecés de un mínimo rigor científico, los primeros contactos con las ciencias duras suelen dejar algunos raspones.

5.6.10

1033

Estábamos en un bar, porque ella había dicho ‘tenemos que hablar’. Y cuando una mujer, que por lo general habla, te dice ‘tenemos que hablar’, es porque llegó la hora de las despedidas. Una pared de boletas, un catálogo de barbaridades cometidas, psicoanaloides explicaciones para justificar que somos animales hechos de egoísmo y espanto y un plan personal dictado por abstrusos arbitrios. Lo normal.
–No sos especial –me dijo–. Vos creés que sos especial, pero no sos especial. Cuando vivía en Hurlingham, escuché a mi padre una vez hacer un comentario. El comentario era sobre Julio Iglesias. Con mil mujeres, dijo mi padre, este tipo se acostó con mil mujeres, dijo mi padre, y se rió. Una carcajada corta. Yo no había visto reír a mi padre prácticamente nunca. Y no lo volví a ver reír jamás. Un hombre duro, bruto, trabajaba en el ferrocarril, le gustaba tomar fernet, jugaba al dominó con sus amigos.
Me serví más cerveza. Lo bueno de ese bar era que te vendían la cerveza de litro, y te daban un recipiente, un cuenco, con maníes, pero de los maníes que tenían la piel, la cascarita roja que en mi opinión es fundamental. Esa pielcita roja, esa cascarita fina como un papel, es la que tiene todas las propiedades del maní, la vitamina E y todo lo demás. Esa cascarita, su efecto, es como si alguien te hiciera una suave cosquilla en los testículos desde abajo, es lo que te da unas descomunales ganas de coger. La gente suele hablar de las nueces, las ostras, el roquefort, pero en mi opinión la clave para querer coger como un chimpancé, como un gorila, como un orangután, está en los maníes. Las almendras, las nueces, la palta, no tienen nada que hacer.
–Y a mí me quedó grabado lo que dijo mi viejo sobre Julio Iglesias –siguió hablando ella–. Así que ni bien entré en la adolescencia decidí que yo iba a coger con mil tipos. No quería terminar el colegio, me costaban las matemáticas. No quería ser doctora ni arquitecta, no sabía tocar ningún instrumento musical. Lo que yo iba a hacer era coger con mil tipos. ¿Entendés?
–Sí –dije. Porque entendía, la historia no revestía ningún excesivo grado de dificultad–. Entiendo.
–Y eso hice –prosiguió–. Cogí con mil tipos. Cogí con todos mis vecinos y mis compañeros de colegio. Cogí con el heladero de manos azules, cogí con viejos que estaban internados en un geriátrico donde trabajé, cogí con negros africanos que tenían vergas del tamaño de un antebrazo. Cogí con mil tipos, ¿entendés?
–Sí –dije otra vez. Porque seguía entendiendo.
–Cogí con mi papá también, y con un primo que era sordomudo y lo trajeron a vivir a casa que me miraba mientras cogía con esos ojos enormes. Cogí y seguí cogiendo –se pasó la lengua por el labio superior–. Hasta cogí con Julio Iglesias. Cuando vino a la Argentina, hace como quince años. Lo fui a buscar al hotel, al Sheraton, y le dije que quería coger con él, un homenaje a mi padre. Apenas se le paraba, pobre viejo, ya no daba más. Cogí con el que tocaba los teclados, también, y con uno de los de seguridad. Lo mío, desde siempre, fue coger.
–Ajá. –Dije. Era como decir ‘entiendo’, porque ella había hecho una pausa, buscando mi atención con la mirada. Levanté un dedo, un índice, al cielo de yeso, indicando que precisaba otra cerveza. Con la caprichosa, por qué no anárquica espontaneidad de los milagros, la cerveza apareció. Los peces y los panes.
–Ahora estaba cogiendo con vos, pero no sos nada especial, te lo quería decir –sacó una libretita, la abrió–. Sos el tipo 1033, ese es tu número. Sos el tipo mil treinta y tres con el que cojo, y vos te creés que sos la gran cosa, que tocando tal o cual botón, cambiando de posición, apretando aquí o allá me vas a conmover. Yo cogí con más de mil tipos, entendeme. Vos sos apenas uno más.
No dije nada, pero asentí una vez, apenas, un ínfimo movimiento de cabeza. Me serví más cerveza.
–Acá nos despedimos –dijo– ¿Me querés decir algo?
–Sí –hice una pausa, dejé el vaso, ella mantenía los puños apretados sobre la mesa, los nudillos muy blancos–. Aprovecho tu experiencia y te pido si me podés recomendar alguna crema humectante. Con este frío moqueo y se me paspa mucho la nariz, me debo estar por resfriar.

31.5.10

No es mi tema

Como sé que es un tema que preocupa a todo el mundo, especialmente a las mujeres del occidente civilizado, como sé que es un tema que preocupa e insume una tremenda cantidad de esfuerzo y desengaño, como sé que es un tema que está muy mal manejado, bueno, es por eso que me meto con el tema. Aunque no es mi tema. Lo considero un tema menor, absurdo, pueril. Pero no puedo ocuparme solamente, todo el tiempo, de los grandes temas, por aquello de que vivir es distraerse (Bioy dixit).
Por lo general, mis preocupaciones rondan sobre si hay vida después de la muerte, y en tal caso, si hay vida antes de la vida, y ya que estamos, por qué no, si hay vida durante la vida. Pienso en el destino de la humanidad, en si hay agua en Marte, en si China es la nueva potencia económica que nos pasará por encima con una estratégica maniobra que consiste en tirarnos chinos por la cabeza hasta que nos cansemos de ver llover chinos y nos vayamos y les dejemos el mundo para ellos, en si el nutella es un digno rival para el dulce de leche. Esas cosas.
¿Cuál es el tema? Ah, sí, el tema son las dietas. La gente vive atormentada por las dietas. Está la dieta disociada donde podés comer trescientos gramos de jamón crudo a la mañana, pero nada de pan, está la dieta vegetariana donde tenés que terminar comiendo brotes de bambú como un apesadumbrado panda, está la dieta de la manzana, del pomelo, del melón, está la dieta del yogur para que cagues como una suricata, la dieta de la luna, en fin.
Acá viene mi aporte, el rayo de luz de mi linterna mágica. La dieta consiste básicamente en tomar una botella de vino. A la noche, en la cena, esa es la cena. Te tenés que limpiar una botella de vino tinto por día, en realidad por noche. Podés comer cualquier cosa, lo que se te cante, durante el resto del día. Café con leche con tostadas en el desayuno, helado después de almorzar, ravioles con estofado o pechuga de pollo con puré de batatas, no importa.
Lo importante es que cenes una botella de vino, de noche, una por día (noche), cada día, durante treinta días. Si es posible, para asegurar los atributos, las bondades del tratamiento, que sea una botella de unos diez dólares como mínimo.
¿Querés saber cuánto vas a bajar de peso? No sé, creo que nada, no importa, te va a ir igual que con las otras aburridas dietas que llevás intentando durante tanto tiempo. Con esta dieta por lo menos puede ser que te den ganas de coger, que duermas. Incluso, es posible, que de vez en cuando te rías.

27.5.10

Tres cosas

Los grandes rubros del horóscopo: salud, dinero, y amor. Aunque no sé si en ese orden, nunca sé con exactitud el orden, y el orden va cambiando, además.
En los grandes rubros del horóscopo, entonces, te decía, el problema, el problema de siempre, es que se tiene más de lo que se necesita, o no se tiene nada. Demasiado poco, o demasiado.
Podés tener la extravagante fuerza para correr cuarenta y dos kilómetros, a las siete de la mañana de un domingo cualquiera, o podés tener el corazón de un gorrión a punto de estallar ni bien alguien te pregunte la hora por la calle. Podés tener tres millones trescientos cuarenta y siete mil doscientos veinticinco dólares en una cuenta bancaria y comer salmón ahumado hasta que se te pongan rosados los pelos de los huevos, o podés trabajar de cajera en un supermercado de barrio por tres dólares la hora hasta que alguien pierde el control y te parte un frasco de aceitunas Nucete sobre tu cabello mal teñido. Podés tener entre tres y cinco mujeres por semana, lúbricas y dispuestas a recibir un poco de luz de tu garompa láser, o podés deambular como un famélico perro de amarillenta mirada por la puerta de los colegios secundarios, tratando de olisquear en el aire un poco de vagina fresca, como el mismísimo Lecter en aquella fantástica escena donde por un momento es todo nariz, sólo nariz, y le canta a la señorita Foster, a través del cristal, la marca del perfume que lleva puesto.
Más de lo que necesitás, entonces, o nada en absoluto. Yo no lo inventé, no te enojes conmigo, soy una víctima más de esto que pasa.

23.5.10

El camino del saber

El curso había terminado. Los alumnos se saludaban, se iban a tomar una cerveza, a seguir con sus carreras, por qué no con sus vidas. Quedaba el pizarrón y un ramillete de sillas desordenadas.
El profesor ya había dado las notas, y dicho algunas palabras de cierre. Un ochenta por ciento de aprobados, un veinte por ciento entre reprobados y gente que dejaba el curso, servía para mantenerse dentro de los promedios que exigía la facultad. Un curso de cincuenta y siete personas, diez enojados, dos con tos, en fin.
El profesor encendió un cigarrillo y puso los pies sobre el escritorio. Miró por la única ventana del aula, que daba a un árbol tan desnudo como indiferente. Era otoño.
–Profesor –dijo la chica–. Le quería agradecer por todo lo que aprendimos en su curso –asintió dos veces, el profesor se sintió obligado a asentir, también, una vez–. Aunque, en lo que a mí respecta, no puedo decidir todavía si soy post lacaniana, o neo gestáltica. Respeto a Freud, desde ya, pero no puedo comulgar con su exceso de antropomorfismo, mientras que siento una pulsión, la necesidad de escapar del paradigma aristotélico-tomista que me comprime como un corsé.
El profesor pitó. Una larga pitada, el humo rascando en su interior como una cuchara. Fumar era una de las pocas cosas que todavía le causaban placer.
–Si bien siento que ponerlo en palabras es darle vida –prosiguió la alumna–, no puedo situar a la semiótica en el pedestal de las ciencias. El hecho que la salud sea el silencio de los órganos atenta contra la mayéutica y la neurolingüística. Para resumir, profesor, usted me ha abierto la cabeza, y eso es lo que quería agradecerle, por mostrarme el vasto mar de las ciencias sociales en el cual estoy dispuesta a nadar hasta ahogarme.
–Podrías dar una vueltita, por favor –el profesor se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz–. Un pequeño giro, nada más.
Sonriente, confundida, la alumna hizo el giro. Usaba sandalias y el profesor contempló por un instante los pies desnudos. La alumna lo miró, expectante, ávida de escuchar la semblanza, la moraleja, el punto que el profesor deseaba marcar para que ella siguiera adelante en el camino del saber.
–La verdad que estás relinda –dijo el profesor–. No deberías tener mayores problemas.

19.5.10

Del corazón

A mi amigo A. el médico no lo ve bien. Del corazón. El médico le mira el corazón y le dice ‘no lo veo bien’. Al parecer el corazón late un poco, para un poco, acelera, frena, arranca, en fin. El corazón, en lugar de comportarse con la metódica mezcla de aburrimiento y solvencia que cabe esperar de un corazón, tira gambetas, hace chistes, corre en slalom. No corresponde.
El médico le recomienda a mi amigo A. que practique algún deporte.
–¿Qué deporte? –dice A., a quien lo único que le interesa desde que tiene uso de razón es el dinero, no practica ningún deporte más que contar, justamente, dinero. Tiene el dedo índice desarrollado, vigoroso, enhiesto, y el resto de su anatomía hecha pelota.
–No sé –dice el médico. El médico es japonés. Algo mugriento, enjuto, come una anchoa por día y no mucho más. A veces cambia la anchoa por una sardina, y toma té–. Ande en bicicleta.
Mi amigo A. se compra una bicicleta. Una buena bicicleta, todo terreno, con cambios y frenos especiales y butaca ergonómica para el culo, o sea que la butaca, el asiento, es algo así como ‘culonómico’. La bicicleta es de un amarillo que aturde.
El asunto es que A. se compra el casco que usan los ciclistas, y los guantes con los deditos cortados, y rodilleras también. Se podría decir que A. está equipado. Se podría decir que A ha encarado el tema, el tema de andar en bicicleta, con la seriedad del caso.
Es domingo. A. sale a andar en bicicleta. Vive en el barrio de Once. Se va pedaleando para el lado de la Recoleta, para la zona de la facultad de derecho.
Deben ser las tres de la tarde, y el clima es agradable. Poca gente, algo de sol. A. va pedaleando, despacio, pensando en sus cosas, mientras mueve su corazón. Por la zona de la facultad de derecho hay más gente, trotando, caminando, andando en bicicleta. Hay gente sentada fumando, gente en pareja, o en grupos de tres, tomando mate.
De pronto, a su lado, al lado de A., hay un sujeto que trota, en la misma dirección. El sujeto trota bastante rápido, y A. pedalea bastante despacio, lo que hace, lo que logra por abstrusas leyes de la física, que ambos sujetos se desplacen a la par.
El sujeto, el que trota, lleva una remera naranja, lentes espejados, gorrita con visera. Saluda a A., levantando por un instante un dedo índice. A. asiente con la cabeza, respetando tal vez ignorados códigos de secretas camaraderías deportivas.
Entonces el sujeto, el sujeto que corre, en una tan repentina como estudiada maniobra, empuja de costado, a A., con ambos brazos, y con todas su fuerzas. A. se limita a volar, de costado, cae o quizás se va desarmando, lejos de su bicicleta. Lejos de sus anteojos, también. Olvidé decir que A. usa anteojos con bastante aumento, sobre todo del ojo izquierdo.
Está en el piso, A., se ha raspado feo contra el asfalto. Sangra de una rodilla. Se ha golpeado fuerte la cadera. Lo que ve, desde el piso, es como otro sujeto, más petiso y más bajo que el que corría a su lado, se sube a la bicicleta y sale disparado hacia atrás de la facultad de derecho. Un tercer sujeto, gordo y con la cara picada de viruela y unas descomunales orejas, se acerca a A. como si fuera a ayudarlo para que A. pueda volver a levantarse. Pero no lo ayuda. Tiene un cuchillo, y le tira un puntazo, al pecho, directo. A. alcanza a poner su antebrazo entre el cuchillo del gordo y el pecho propio. Siente un dolor en el antebrazo muy agudo, un dolor que empieza a quemar, quema.
Hacia atrás, al piso otra vez, A. siente que vuelve a caer. El sujeto gordo se sube entonces a un automóvil donde lo aguardan dos personas más, un Renault 12 destartalado, que alguna vez fue azul.
El primer sujeto, el sujeto que corría a la par de A., le da un infernal pisotón a los anteojos de A.
–¡Sh! –le dice, con el mismo índice que utilizó para saludarlo, ahora sobre los labios como una dulce enfermera. El sujeto sigue trotando por Figueroa Alcorta.
Al rato, A. logra presentarse en la comisaría del barrio.
–¿Le robaron la bicicleta y le hicieron ese corte? –El policía de uniforme escribe en una computadora con monitor de fósforo naranja, escribe con dos dedos–. Tiene suerte, la sacó regalada.
Desde entonces, A. fuma dos atados de Parliament por día. Dice que se siente mejor que nunca.

15.5.10

Dominó

Voy al cementerio. A la tumba de mi padre. Es domingo, muy temprano. Hace frío, un frío del carajo. El cielo está cargado de nubarrones como bolsas de residuos a punto de reventar.
Son esos cementerios modernos, estilo americano. Mucho verde, árboles, pajaritos, no como los clásicos cementerios donde parece que todo está a punto para filmar un video de Michael Jackson, el de los muertos vivos justamente, donde un ejército de mutantes en harapos va emergiendo de entre las lápidas, dejando pedazos de tierra revuelta, antes de aplicarse al esperpéntico bailecito.
Esto resulta, a pesar de la más contundente que nunca presencia de la muerte, soportable. Como pasear por un parque. Hay aves, hay flores.
Camino de memoria, con lento paso, por un sendero donde he empujado, no mucho tiempo atrás, un ataúd con el cuerpo de mi padre. Siento como si me estuvieran regando desde arriba, desde un metro por encima de mi cabeza, con una regadera cargada de agua hirviente. Hilos de dolor.
Llego hasta el sitio exacto. Me detengo. Un rectángulo verde, muy verde, del tamaño de media cancha de fútbol. Y las lápidas de ese sector. Los pequeños idénticos rectángulos, empotrados en el césped. Descubro que desde mi última visita han ido aumentando en cantidad, como si de una partida de dominó con Dios se tratara. No sé por qué, pienso en eso. Es una partida de dominó que se va completando, losa a losa. Después pienso en un elefante. En esos documentales donde enfocan la cabeza de un elefante, de perfil, muy de cerca. Un ojo, un ojo del elefante en primer plano, con sus arrugas, esa expresión en la mirada.
No pienso más nada. Empieza a llover, me voy caminando muy despacio, como cuando uno se mete al mar y avanza con el agua a la cintura, vienen las olas.

10.5.10

Tiempos muertos

Los tiempos muertos. El tiempo que esperaste en la sala de embarque de cualquier aeropuerto. El tiempo que esperaste, valga la redundancia, en la sala de espera de un médico que no tenía la más puta idea de lo que a vos te pasaba, ni le interesaba. El tiempo en el dentista, con la boca abierta. El tiempo en la cola de la caja tres del supermercado de tu barrio, mientras alguien peleaba porque en el diario decía que había una promoción, tres aceitunas de regalo si uno compraba una botella de Gancia. El tiempo que esperaste en cada semáforo, como peatón, primero, como conductor, después. El tiempo que esperaste en esa esquina a la chica que no vino (para vos, mamucha). El tiempo que esperaste que el mozo cansado hasta el aturdimiento te trajera agua con gas cuando pediste sin gas, y viceversa, y viceversa tantas veces como sea necesario.
Con todo ese tiempo, puesto en una actividad, aprender a tocar el piano, por ejemplo. Ahora sabrías tocar el piano, serías un experto, podrías tocar bellas melodías, bucear en las honduras del jazz, emocionar con una resignada caricia de blues, entretener a la gente, hallar, quizás, algún consuelo. También es cierto que seguirías siendo más o menos el mismo pelotudo que sos ahora. Eso no se arregla ni con todo el tiempo del mundo.

5.5.10

El piolín de la alegría

Existe un piolín, un piolín con un extremo atado a un ganchito que hay en la coronilla, en el techo de la cabeza, por dentro del cuerpo, el punto más alto de la cabeza del mamífero mediano que se ha dado en llamar ser humano, también llamado persona, con independencia de su edad, su raza, o su religión.
Y ese piolín, que en la mayoría de los casos es verde pero también a veces puede ser azul, nace junto con el ser humano que habita. Y crece, el piolín, junto con el humano. Crece hasta alcanzar una longitud por encima de un metro, y por debajo de dos. Y ese piolín, que no jode para nada, que prácticamente no existe para la medicina occidental, porque no se ve, es el piolín de la alegría.
El asunto se pone complejo, yo no diría complicado, porque el piolín tiene un extremo libre. Y ese extremo se engancha, el extremo libre, la punta que no está atada a la cabeza, se engancha, dentro del cuerpo desde ya. Y dónde se engancha depende de la alimentación, de la postura en que dormís, de si corriste una vez para llegar al colegio, y así, cada piolín es un caso diferente, el piolín es un mundo, podríamos decir.
Si el piolín se te engancha en una oreja, por ejemplo, entonces lo que te dará alegría será escuchar música. Si el piolín se te engancha en el ombligo, entonces te producirá alegría comer. Si el piolín se te engancha en la mano, en los dedos de una mano, entonces es posible que te de alegría tocar el piano, o escribir.
No tiene nada que ver con la personalidad, mucho menos con la voluntad, es el piolín de la alegría el que te dicta precisamente dónde estará la alegría para vos. Podés ir al psicólogo mil años, o ponerte a dieta, o casarte con una mujer que sepa hacer fantásticos bizcochuelos. Finalmente se impondrá el piolín de la alegría y eso es lo que decidirá si podés estar alegre, o no.
También puede pasar, como con cualquier mecanismo, porque hiciste la vertical o fornicaste en una posición atípica, que el piolín de la alegría se te suelte, por ejemplo, de un pie, y se amarre, también por ejemplo, a tu nariz. Y vos descubrís un lunes que ya no querés correr maratones nunca más, que no querés correr ni el colectivo, y que en cambio oler una rosa te hace sonreír. O puede que el piolín se te suelte de un huevo y quede atado a un ojo, y vos decidas que coger ya no es tan importante, y que un curso de fotografía es lo único que te cambiará la vida. Nadie entenderá qué te sucede, el por qué de tu cambio, qué fue lo que pasó. No pasó nada, es el piolín.
También, puede suceder, es igual de probable, que el piolín de la alegría se corte. Es un piolín muy delgado y frágil, y en la vida siempre tenés algunos tirones. Si eso sucede, si eso pasa, entonces no te reís más. Ahí sí que cagaste.