8.10.04

Estudio

Estudio durante meses a la gente que corre en las diversas plazas de mi ciudad. Los observo, de la mañana a la noche. Tomo notas. Investigo sus códigos y costumbres.
El análisis arroja que la gente que corre, mientras corre, refleja en sus rostros una profunda angustia. Una carencia. Un dolor. Luego, al terminar de correr, se los ve satisfechos. Se sienten mejor. La descarga de endorfinas los muestra como personas expansivas y optimistas.
Me dedico luego al estudio de la gente que come en los locales de comida rápida. Mientras engullen sus hamburguesas con papas fritas y beben sus torres de gaseosas, estas personas reflejan en sus rostros la felicidad más plena. La alegría. El placer de estar vivos. Al finalizar la ingesta, entre cinco y doce minutos después, los observados entran en un melancólico letargo. Una angustia existencial parece apoderarse de sus embotados cerebros.
Una de las conclusiones del presente estudio es que la gente debiera comer mientras corre. Idéntico resultado se alcanzaría si la gente pudiera correr mientras come.
En cualquier caso, el estudio surge como poco práctico. De escasa o nula aplicabilidad.