30.12.23

Creo que entiendo


Ahora me ofrecen trabajo. Distintos trabajos, de muchas horas. Trabajos de oficina donde hay que estar sentado frente a una computadora hasta que se te pudran los ojos, o dar charlas y viajar en avión, sentarse en un avión y ver a una aburrida azafata que repite la explicación de cómo abrocharse el cinturón y dónde están las salidas de emergencia. Pero para ella la única emergencia es tener que tirarle de la goma al piloto otra vez, y pasar una noche en Ámsterdam o en Estambul escuchando promesas, haciendo planes que no se realizarán jamás. Me ofrecen trabajos donde hay que estar en un restaurante en la caja de noche, hasta que soñás con supremas maryland que cantan canciones de los rolling stones, trabajos donde hay que manejar una camioneta por las rutas argentinas y parar en estaciones de servicio a comer una y otra vez el mismo plastificado alfajor.
Me ofrecen trabajar, y lo que yo necesito es dinero.
Ahora me ofrecen amor. Mujeres divorciadas con una hija pequeña, mujeres que dicen que tienen mucho para dar ahora que han aprendido después de tantas vueltas en la calesita del amor. Jovencitas, jovencitas estudiantes de filosofía o de literatura que además saben programar en python y javascript y dicen que les encanta como escribo, quieren que las acompañe a la placita de Serrano a comprar collares hechos con uñas de focas y fideos dedalitos, quieren que caminemos de la mano y que yo les diga que me hacen acordar a la maga de Cortázar aunque no saben si se escribe ‘rayuela’ o ‘rashuela’. Me ofrecen amor mujeres con una leve bizquera o algo rengas o con una quemadura en el rostro que les hizo el padre con una plancha cuando eran niñas, mujeres que dicen después de la primer cerveza que están dispuestas a que nos vayamos a vivir juntos de inmediato. Mujeres que dicen que saben hacer pastel de papas y strudel de manzanas, también.
Me ofrecen amor, y lo que yo necesito es sexo. Nada sofisticado, pim pam pum, el viejo y conocido metesaca. Clasicón.
Lo que sucede me temo, es que el mundo está lleno de gente que ofrece lo que ni siquiera se dan cuenta que sobra, lo que chorrea por todas partes. Y eso no tiene nada que ver con lo que a mí me falta.

20.12.23

Me gustaría conocerte


Podés probar en cualquier parada de colectivos, no importa el barrio ni la línea de colectivos, lo único necesario es que haya algo de gente esperando. No importa la hora. Puede ser de día, puede ser de nochecita, también.
Podés probar en un andén del subterráneos, en cualquier estación de cualquier línea de subterráneo.
Te acercás a alguien. No importa a quién. Puede ser una mujer o un hombre, puede ser joven o viejo, puede usar anteojos o pollera, puede tener una mochila, un portafolios, puede tener buenas tetas o ser calvo (no las dos cosas al mismo tiempo, desde ya).
Te acercás despacio, con buenos modales, con respeto, con una sonrisa de genuino interés. Y le decís ‘disculpame, pero parecés una persona interesante, me gustaría que conversemos durante el viaje, de cualquier tema, o vayamos a tomar un café’. O le decís ‘disculpame, la verdad es que me gustaría conocerte, saber qué pensás sobre el futuro de la humanidad. Si estás apurada ahora, dame un número de teléfono y te llamo en otro momento’. O le podés decir ‘mirá, te vi y me dieron ganas de conversar un poco con vos. Saber qué hacés de tu vida, sin ningún compromiso’.
Vas a ver, en cualquier caso, que la respuesta puede ser una puteada, o la persona intenta huir, al trote, o se protege el rostro con las manos, o pide ayuda a la policía. O grita.
Si te hubieras acercado a cualquiera de esas personas y le hubieras pedido dinero, o la hubieras empujado, o le hubieras dicho algo amenazante, una barbaridad, es probable que te hubieran escuchado con resignación y algo de respeto.
Lo que quiero decir es que todo el mundo espera lo peor, no tiene arreglo.

10.12.23

Acerca de correr


No es con ellos. Si hubiera sabido jamás los hubiera criticado con una tan desproporcionada fiereza. Yo no sabía.
Los que corren, de ellos hablo. Los que trotan por la mañana en los parques y muchas veces en las calles, en las plazas de lo que podríamos denominar, principalmente, occidente civilizado capitalista. Planeta tierra.
Quiero decir que nunca me gustó correr, ni de chico. Imaginate ahora que me vine grande y tengo panza, me crujen las rodillas. El otro día estaba cogiendo y mientras estaba cogiendo, no sé cómo describirlo. Sí sé cómo describirlo, puse a la afortunada en cuatro patas, en el piso, para embestirla por detrás. Venir desde atrás y desde arriba como un tornado, una fuerza de la naturaleza, un aguilucho cogedor. Y sentí que no podía. Estaba cogiendo y eso me encantaba, pero al mismo tiempo mis rodillas parecían gritar ‘¿por qué nos hacés esto?’. Volví a la cama como un exhausto jabalí y completé la faena con la chica encima mío. O sea, correr no es lo mío. Cuando coger tampoco sea lo mío veré qué hacer.
Si les mirás la cara a la gente que corre. Si vas a cualquier maratón que se organiza un domingo a la mañana y los ves pasar. Mirás esas caras. No hay una puta sonrisa, nadie la está pasando bien.
Yo siempre quise saber qué me estaba perdiendo porque soy así, la cabeza me funciona así, de esa forma. Como me gustaría saber qué se siente estar casado, volver una y otra vez al mismo lugar para hablar de lo mismo con la misma persona, muerte por repetición. No creo que me suceda.
Me fui un poco del tema, me pasa seguido. Pero el domingo fui como te dije, a eso de las nueve de la mañana. Me paré sobre la Avenida del Libertador, dejé el auto. Los vi pasar durante unos buenos cinco o diez minutos. Los vi correr.
Están corriendo hacia el futuro. Ya está, eso es todo. A nadie le gusta correr, no hay nada interesante ni entretenido en la tarea. Se trata de escapar, de escapar del presente de sus estúpidas vidas, del horror de estar vivo y no saber ni siquiera para qué.
Así que sigan corriendo, muchachos y muchachas, boludos grandecitos también. Corran todo lo que quieran, pensé. En el futuro no se van a encontrar con otra cosa que con ustedes mismos. La misma desesperación de no saber.

30.11.23

Brujería


Si te dejó, si te abandonó, si se fue, lo mejor es que vayas a ver a una bruja. Le llevás a la bruja una foto, una foto de él. La bruja va a frotar la foto con cebolla morada, murmurará unos secretos y milenarios conjuros, y te dirá que metas la foto, así como ella te la devuelve, dentro de una bolsita de plástico, que metas la foto, te decía, en el freezer. La ponés atrás de las cubeteras. El hombre siente que su vida se ha congelado, debe volver al amor, al amor del cual se ha ido.
La bruja de seguro te va a decir, para reforzar el conjuro, que prendas tres velas rojas, en diagonal, debajo de la cama, del lado donde dormía él. Las prendés, las velas, los días jueves, justo a las doce de la noche, y las dejás encendidas diez minutos, más o menos.
También tenés que hacer una cruz de queso rallado en el palier del departamento, cuando vos sabés que es una fecha importante para él. Puede ser en la fecha de su cumpleaños, o el día del aniversario cuando se conocieron. Puede ser el día que salió campeón San Lorenzo, si vos sabés que él, tu pareja, es de San Lorenzo.
Para que el método adquiera su máxima potencia, para que adquiera ribetes de imbatible, tenés que cortar un pedacito de una prenda de vestir que él haya usado. Un cuadrado de tela, de dos centímetros de lado, de una camisa de él, o de una corbata, sí, perfectamente, o de un par de pantalones. Ese cuadradito de género lo tenés que llevar encima durante siete días, en contacto con tu piel. Te lo podés colocar en la planta del pie, y después ponerte la media, o debajo del elástico de la bombacha, te doy un par de sugerencias nomás, tampoco es tan difícil. O debajo del reloj, pegado con un poco de cinta adhesiva o una curita, lo que se te ocurra.
Te digo más o menos todo lo que te va a decir la bruja que hagas para que él vuelva, puede haber algunas variaciones en el método, depende de la bruja también. Te puede decir que mastiques una rama de apio crudo, claro que crudo, en ayunas, los días que está anunciado un eclipse.
También podés aprender a tirar de la goma como corresponde, nunca está de más.

20.11.23

Perrum


En los parques, ahora en casi todos los parques de la ciudad hay un lugar específico destinado para los perros. No sé muy bien cómo se llama en verdad, el lugar. Suele ser una especie de cuadrado o rectángulo, no sé, de 8 x 8 ponele, pero de cemento, todo vallado. Una especie de corral donde la gente puede soltar a sus perros y descansar un poco. Son muy usados los lugares por los paseadores de perros, que pueden soltar sus diez o quince perros ahí para entonces descansar un rato, tomarse una cerveza, hablar por teléfono, fumar.
Voy al parque, al parque de mi barrio, entro al corral. No, no llevo a mi perro, no tengo perro. Me siento en el piso como si acabara de llegar a la playa, como si me dispusiera a tomar sol frente al mar. Luego de sentarme, me acuesto, sé que algunas personas me están observando, temiendo que haya ingresado al lugar quizás a hacer daño o a robar un animal.
Pero no, nada de eso. Me acuesto, los brazos al costado del cuerpo, un poco separados del cuerpo, palmas hacia abajo, cierro los ojos.
Los perros, bueno, los perros se sorprenden también. A algunos les caés bien de inmediato, a otros no, viste cómo es. Alguno se pone a mostrar los dientes de amenazadora manera y a ladrar, otro levanta una pata y me pisha un muslo. Uno me olisquea las orejas, otro se frota contra uno de mis hombros. Alguno caga, se sienta a cagar muy cerca. Me pasan por arriba, corren, no paran de ladrar.
A los cinco o siete minutos me pongo de pie. Tengo un rasguño de algunas patas en la frente, la ropa arrugada y sucia, me han mordisqueado una zapatilla, también.
Al salir uno de los pibes me mira, se ha levantado los lentes del sol, me pregunta qué carajo estaba haciendo ahí echado con los animales.
Le respondo que me he pasado la totalidad de la vida trabajando en oficinas, rodeado de gente. Qué cosa peor me podría suceder.

10.11.23

El sapo pepe ahí nomás


El cantante iba al psicólogo todos los jueves a las once de la mañana. ¿Hacía cuánto que iba al psicólogo? A ese psicólogo hacía tres, no, cuatro años. Desde que se había separado de su última banda y le habían entrado esos ataques de miedo tan feos. Sentía, mientras tocó el portero eléctrico, que sus problemas seguían ahí, tan robustos como siempre. Sentía que se había transformado, su vida, en una valija, una valija que daba vueltas y vueltas en una cinta transportadora en un aeropuerto. Nadie tomaba esa valija, no veía salida, no mejoraba.
Se sentó en el cómodo sillón, dijo que sí, que quería un café. Encendió un cigarrillo, otra de las licencias de haber sido una estrella de rock, o quizás porque a su psicólogo también le gustaba fumar. Habló.
Primero se quejó. Se quejó de su suerte. Cómo podía ser, él, que había sido la voz de ‘El último canapé’ durante once años, y ahora lo invitaban a tocar con su nuevo proyecto artístico en recitales donde tocaban diez bandas seguidas, y lo dejaban hacer un set de veinte minutos para un público que muchas veces ni sabían de su trayectoria. Pendejos demasiado drogados pero con drogas nuevas, drogas de diseño que los dejaban medio pelotudos y sin poder articular más de dos palabras seguidas. Miraba las caras de los pibes que estaban más adelante y se daba cuenta que estaba en presencia de balbuceantes wisinyandelisados que no tenían la más puta idea de las letras de sus canciones ni de sus geniales significados.
Encima se le había ido el bajista, un pelotudo que apenas podía mantener el ritmo de una canción, le dijo que se iba a tocar con un conjunto de pop latino a una importante cadena de cruceros. Veteranas que aplaudían a rabiar si la banda hacía covers de Luis Miguel o de Chayane, te cogías a alguien y después te pasabas el resto del día en la pileta. Pagaban en dólares.
Y su representante le había dicho que no, que ni soñara, ni la Sony ni ninguna otra discográfica le iba a dar un adelanto. Le prestaban un estudio por tres semanas, un mes como máximo y después a porcentaje. Si hacía rato que él no le vendía discos a nadie.
–A mí –dijo el cantante, prendió otro cigarrillo–, que me dijeron que era el Jagger argentino. A mí, que cuando vinieron los Guns and roses me habían ofrecido ser telonero. Dicen que Axel Rose había escuchado un par de temas míos y quería conocerme. Pero yo estaba de vacaciones en Uruguay y dije que por menos de doscientos mil dólares no contaran conmigo. Y ahora me preguntan si no quiero tocar en una cena de fin de año de una compañía petrolera por tres lucas y la comida. ¡A mí, que era el nuevo Dylan!
–Entiendo –dijo el psicólogo, tosió, vació su pipa sobre el cenicero–. Agregue a eso que, por lo que puedo observar desde acá, usted se está quedando pelado. Terminó la sesión, lo veo el jueves que viene.

30.10.23

Estado de situación


No hay más que verlo en la calle o en un negocio, pero seguro en la calle. Digamos que hay tres posibilidades, tres estados en los cuales podés encontrar a una persona. No, qué sólido, líquido y gaseoso, quizás sos tonta. Quizás tus papis son parientes.
Una persona en la calle puede estar acompañada por otra persona. Puede estar acompañada por un animal. O puede estar sola.
Si la persona está acompañada por otra persona, en la mayoría de los casos puede ser su pareja. Una novia, una esposa. Puede estar acompañado por un familiar, también. Un padre, una hija, un primo. A veces un amigo.
Si la persona está acompañada por un animal, se tratará en la inmensa mayoría de los casos de una mascota. Y será por lo general también, un perro. Puede ser, contadas veces, un gato. Un suricato, una tortuga, casi nunca. No he visto a nadie acompañado por un hipopótamo ni por una cebra, las cosas no funcionan así.
Si la persona está sola, está sola. Esperando para cruzar la calle, o caminando, o sentado en un bar tomando un café.
Esas son básicamente las opciones. Eso es todo.
Ahora. Entonces. Si la persona está acompañada de un animal, será infinitamente más interesante que si está acompañada de otra persona. Si la persona está sola, es aún más interesante que si la acompaña un animal. Mejor todavía.
Si la persona está sola conserva algo de potencialidad, así es como lo podríamos decir. Si la persona está acompañada de un animal, algo bueno habita en ella, todavía posee algún sentimiento noble. Algún rasgo de humanidad. Si la persona está acompañada de otra persona, su vida es un asco. Se trata de un repugnante ser sin una pizca de brillo. Dedicará su vida básicamente a comprar duraznos o naranjas, a soñar con vacaciones en la playa, a pagar el gas.
No, ya sé que no estás de acuerdo, pero a mí no me lo cuentes. Lo que te pasa no es conmigo.

20.10.23

De parte de Bogart


Durante un tiempo, desde los veinte años en adelante te diría, cada vez que me encontré con alguien, alguien que fue conmigo al colegio, ex novias principalmente, mujeres que estuvieron conmigo por una semana o cuatro horas, bueno. El asunto es que la persona invariablemente me dice, me manifiesta de algún modo lo mal que estoy. Quiero decir, me ve más gordo, más ojeroso, más pelado, con más cara de boludo, como si el Flechabus de la vida me hubiera pasado por encima para adelante primero, y para atrás después para asegurarse, para confirmar la gravedad del daño.
La gente que me encuentra en la calle o en un aeropuerto o en un kiosco comprando un alfajor no pueden evitar mencionarlo, con cierta alegría por cierto, que me ven mal.
Y a mí la verdad que me molestaba un poco, quiero decir, no escuchar ni una palabra amable de alguien al que hice reír o una chica a la que le eyaculé en la frente y le abrí el tercer ojo por lo que dura un parpadeo de la iluminación más pura. Sólo un ‘estás gordo’, o ‘claro, se te puso el pelo blanco’, o ‘qué te pasó en la cara, qué mal’.
Pero de un tiempo a esta parte, te diría el último año, ya no. La gente con la que me cruzo por la calle intenta seguir caminando, las mujeres se hacen las distraídas para ver si logran no tener que saludarme. Y es que no quieren que vea que deberían llevar el culo en un carrito de supermercado, o que usan anteojos con 8 de aumento, o que el color de la piel de sus rostros se ha ido acercando al verde musgo.
Y ahora entiendo todo. Aquella famosa frase que dijera el señor H. Bogart alguna vez: el problema es que le llevo un par de whiskys de ventaja a todo el mundo. Así que lo que sea que veas en mí, cualquier cosa, es que llegué antes nada más.

10.10.23

Todo lo que no puede ser


Me llamó Cebolla, era viernes, eran casi las siete de la tarde. Raro que llamara a esa hora, hablábamos a la mañana, cada uno desde su trabajo, y arreglábamos para almorzar una vez por semana. Le decían Cebolla a Cebolla porque cuando se tentaba por un chiste, por cualquier cosa. Cuando se tentaba y se reía lloraba al mismo tiempo, le caían las lágrimas. Por eso le decían Cebolla.
Me preguntó si podía pasar por casa, dijo que estaba cerca. Raro, rarísimo, le dijo que sí.
Vino y se largó a llorar pero sin reírse, lloraba y punto. Alicia lo había dejado, le había dicho que no lo quería más, que se estaba viendo con otro tipo.
Cebolla y Alicia se conocían desde la adolescencia, estaban juntos hacía como quince años, tenían un hijo. Un chico tímido y rubión, Tomasito.
–Me lo dijo así nomás –Cebolla se sonaba los mocos y negaba con la cabeza–. Me dijo ‘me estoy viendo con alguien’. ¿Con alguien, mientras a la noche dormís conmigo? No lo puedo entender.
Siguió hablando un rato remarcando el sacrificio que había hecho él, cebolla, para comprar el departamentito donde vivían juntos, las fotos de los cumpleaños, los veranos en La Pedrera.
–No puede ser –repetía Cebolla como un mantra–. No puede ser.
Le había servido un whisky. Le serví otro. Miré la hora, casi las nueve de la noche.
–Pido una pizza –dije. Y me di cuenta. Todo lo que iba a decirle no tenía mayor sentido. Las opiniones, las conclusiones, nada serviría. En una época la gente me venía a ver porque les gustaba escucharme hablar. Tenía algo para decir, yo, sobre prácticamente cualquier tema. Pero ya no.
Lo que nos pasó nos pasó. Lo que nos está pasando nos está pasando y punto. De nada sirve regurgitarlo en el terreno del pensamiento. Lo que necesitamos es el espacio, un café con leche caliente o una cerveza fría o un whisky en cualquiera de sus manifestaciones hasta la próxima desgracia. ‘Aceptación no es preferencia’, eso pensé en decir porque eso vino a mi mente, y porque era todo lo que tenía ganas de decirle.
–¿Napolitana con ajo, no? –Asintió, apenas. Llamé por teléfono, hice el pedido. Me senté en silencio.

30.9.23

Lenguaje de Dios


Hay algo que podés hacer. Ahora la gente está atravesada por la tecnología, podés twittear, podés chatear, instagramear, waxapear y no sé qué más. Podés sacarle una foto a tu gato mientras se lame una pata, podés hacerte un blog o peor aún, comprar un dominio de internet y publicar todos los poemas que escribiste durante la secundaria cuando ella te dejó y aprendiste a masturbarte con las dos manos y cambiando de mano también, podés armar un grupo de waxá con todos tus compañeros de trabajo y publicar fotos de la última maratón en la que participaron, alguien cuenta que se hizo vegetariano, alguien cuenta que se hizo vegano, alguien cuenta que se hizo crudívoro y se alimenta como lo hacían los indios ranqueles en 1817, y así. Ah, y podés cantar también. Cantar esas rimas pelotudas con música de fondo (hiciste un beat, ponele) como si alguna vez hubieras tenido algo para decir, wisinyandelisado hasta las bolas balbuceando entrecortadas incoherencias y panabuey hasta que tus familiares crean que llegó la hora de internarte en el Tobar García nomás.
Bueno, acá va lo que podés hacer. Nada. Nada de nada, no hagas nada, eso.
Andá a un asado y no hables, cuando te preguntan si querés molleja decí que sí con la cabeza, si te preguntan si querés más vino asentí otra vez. Si te para por la calle un amigo de la primaria y saca un teléfono para mostrarte fotos de sus hijos no digas nada, miralo, a él, un poco por encima de la línea de los ojos, como si estuvieras viendo algo que está más arriba y más atrás, lo que equivale a decir en otra parte, podés sonreír. Si te paran para hacerte una encuesta o para venderte algo o para pedirte plata para sacar el plástico del océano o para lustrarle el pico a los pingüinos con quitaesmalte cutex no digas nada, veinte segundos, treinta también. Si te llega un mail que está dirigido a varios remitentes no lo respondas. Podés leerlo si querés, pero no contestes nada. Jamás respondas un mail grupal porque no pertenecés a ningún grupo, sos un boludo de lo más individual.
Listo, eso es todo. No saques fotos, no forwardees videos, no hables por teléfono celular en medios de un transporte público ni cuando estés delante de gente.
En poco tiempo, dos semanas como mucho, serás visto como un sujeto misterioso, profundo. Original.

20.9.23

Te vas curando


Te cuento cómo me curé. ¿Cómo me curé de qué? Ah, sí. De no soportarme ni un minuto más, de sentir que fracasé en todos los rubros del horóscopo, de saber que jamás tuve la más mínima posibilidad de ser feliz, esas cuestiones.
Vas a Palermo, un domingo a la mañana, temprano. Igual hace cuánto que no dormís hasta tarde.
Y te sentás en un banco o en el pasto, o contra el tronco de un árbol.
Listo, eso es todo.
Ah, todavía no entendés. Bueno. Lo que tenés que hacer es mirar. Pero no mucho, te quedás sentado veinte minutos, media hora. Mirás y vas a ver a la gente que corre, la gente que anda en bicicleta, la gente que hace gimnasia o trata de subirse a un árbol o andan en roller. La gente que trata de sacarle fotos a los patos, más que nada la gente que corre, ya lo dije.
Y te vas a dar cuenta que la están pasando como el culo, que no dan más. Que se mueven porque no soportan el horror de estar vivos y no mucho más que eso. No saben por qué hacen lo que hacen, ni por qué están con quién están. La materia tiene horror al vacío y el ser humano tiene horror al silencio, a la quietud, signo de los tiempos.
Y entonces te das cuenta que no estás tan mal. Sos un boludo y no te salió nada de lo que quisiste hacer, eso está claro. Pero te sentís mejor.

10.9.23

Ella me habla y no se da cuenta


Ella me habla de lo que hace. Y no se da cuenta que lo que hace mucho no importa, no la define, no es preciso que lo defienda con semejante énfasis. Si tomás sol los domingos en una mugrienta terraza o animás fiestas infantiles disfrazada de tortuga ninja, bueno, no debiera ser algo comparable a una marca de nacimiento.
Ella me habla de lo que le gustaría hacer. Y no se da cuenta que lo que le gustaría hacer es lo que recuerda de dos o tres películas. Caminar por la playa, hamacar a un sonriente hijo que experimenta el viento en la cara, viajar a la India. Lo que le gustaría hacer será lo que lea en la próxima revista mientras espera su turno en cualquier dentista.
Ella me habla de lo que no hizo. Y no se da cuenta que lo que no hizo brilla por contraste, lo que no hizo ni hará jamás refulge como un relámpago que parte en curiosa diagonal el plomizo cielo de su existencia. No te casaste con el pibe que te tenías que casar, no te cambiaste de carrera, no pediste perdón, no saltaste. Lo que no hiciste es una mochila repleta de nada que no podés dejar de llevar a todas partes.
Y después no habla más, se queda callada.

30.8.23

En el universo no existe manifestación sin polaridad, ponele


Ya sé, ya sé, te cuesta entender, se te complica, no podés creer cómo es posible que yo sea un tipo tan genial. No lo analices, no le busques explicación, es lógico que hayas estado con gente antes de conocerme, estuviste con tipos, pichona, no naciste ayer. El planeta está lleno de tipos que cogen, que escriben, que les gusta el ajedrez y el whisky sin hielo, que hablan de una manera particular. Pero no es eso, te quedás en la superficie, no va por ahí, aunque me gusta que te brillen los ojitos y no puedas parar de sonreír, o te quedes a medio camino entre un suspiro y una exhalación de asombro, se nota que tu fascinación es genuina, estás contenta de verdad.
De chiquito, cuando tenía once años, nadie me quiso abrazar. Ya está, es eso nada más. Yo tenía once años, iba a algún cumpleaños de alguien del colegio, y cuando ponían los lentos yo iba como podía y sacaba a bailar a una chica, después a otra, después a otra más.
Y me decían que no, todas me decían que no, de ninguna manera, no había la más mínima posibilidad. Tenía la frente muy amplia, lo admito, ojeroso, narigón, una carita de loco, una desesperación que me masticaba el alma porque yo veía que el mundo estaba ahí, el árbol de la vida lleno de frutos y fragancias pero no había ni un durazno para mí. Nada, algo que venía dado y contra lo cual no se podía luchar.
Acá viene lo gracioso, lo divertido, quizás lo original. No maté esa sensación, ese dolor, esa tristeza de saber que nadie me quería abrazar. En lugar de volverme campeón de algo, pianista o un asesino serial, simplemente dejé que ese dolor habitase dentro de mí, lo dejé estar.
Se ve que pasa el tiempo y el dolor, como cualquier otro organismo vivo, va mutando, se transforma en otra cosa. Así como por la contraria, una chica que fue demasiado linda demasiado pronto se pone fea, se arruina. El cine está lleno de ejemplos así. La macaulayculkinización de la vida, podríamos decir.
El dolor segregó algo, una indefinible sustancia, una desesperada alegría sin la más mínima causa, algo que flota y canta su irresistible canción. Sin explicación ni motivo, ajeno a mi voluntad.

20.8.23

Todos tus Kevin


Cuando llueve y cada vez que llueve la gente se fastidia, la gente se fastidia mucho, por la lluvia. La gente intenta refugiarse bajo inexistentes techos porque la ciudad aprovecha, cuando llueve, para llorar, para llorar por todas partes, para llorar amargamente por todo lo que no fue, por todo lo que no será nunca jamás.
Cuando hace frío y cada vez que hace frío la gente se enoja, frunce el ceño, la gente se pone abrigos y bufandas y tiemblan un poco o se frotan las manos mientras ven algún afiche o un comercial de televisión donde otra gente camina por playas donde los ananás cuelgan de los árboles y hay multicolores pájaros y hay palmeras. La gente se sube el cuello del abrigo y maldice el frío como quien maldice todas esas vaginas que alguna vez fueron tibios y fantásticos refugios esperando todas esas pijas mustias y arrugadas para siempre.
Cuando hace calor y cada vez que hace calor la gente se queja y resopla al subir diez o quince peldaños de una escalera, la gente se abanica un poco con radiografías de columnas torcidas para nunca más volver, con revistas de espectáculos en cuyas tapas una feliz pareja se abraza y se besa después de haber descendido esquiando una montaña de Austria o de Suiza. La gente lee que esa pareja fue a celebrar el nacimiento de su hijo Brian o Jonathan o quizás Kevin, usan guantes y gorros de lana multicolores y tienen las mejillas sonrosadas por el frío mientras en Buenos Aires no hay ni siquiera la posibilidad de consumir una bocanada de aire más o menos decente. Buenos Aires en verano es la muerte y saber que estás muerto.
Y yo, que estoy fastidiado desde que puedo recordar, que estoy amargado desde siempre (desde que Andrea o Gisela no quisieron bailar un lento conmigo en aquel baile de la primaria, más que probablemente), que me he quejado, sabe Dios que me he quejado desde mi más tierna infancia, he maldecido mi suerte y bueno, no puedo hacer otra cosa que maravillarme ante tu candorosa superficialidad, tu climático tormento.

10.8.23

Ni víctimas ni verdugos


Me han dejado, claro que me han dejado. Me han dejado casi siempre, me han dejado mucho. Y cuando me han dejado, cada vez que me han dejado, me sentí para el culo. Cuando alguien te dice que lo tuyo no alcanza, no sirve, cuando sos informado que vivir justamente sin vos es algo perfectamente normal, una experiencia de lo más vivible por decirlo de algún modo. Cuando te recuerdan que vivir sin vos es algo absolutamente posible (menos para vos, qué curioso) te ponés triste, te ponés mal.
También, a veces, he dejado a alguien. Y cuando dejás a alguien te sentís mal, seguro. Porque no odiás a la persona que dejás, al menos no es mi caso, sino que lamentás. Lamentás que la persona no tenga el talento o la capacidad para que no la dejes. Porque la culpa no es de la persona, lo sabés, la culpa es tuya porque no sabés cómo carajo vas a hacer para poder volver a entusiasmarte con el mismo truco de magia, una magia berreta además, una magia donde ya todos conocen prácticamente todos los trucos de memoria. Sin sorpresa no hay posibilidad de magia.
Así que ahí estamos en medio de la escalera mecánica de la alegría que va siempre hacia abajo, tratando de coger un poco, compartir un vaso de vino, reírnos de cualquier cosa porque estaba bueno reírse, quedarse mirando la risa que flota en el aire como quien mira un pájaro que despliega sus alas, dormir juntos, las ganas de abrazarse bien fuerte antes del próximo fracaso.

30.7.23

Curando al ave


Íbamos por la calle. La había ido a buscar para llevarla a renovar el documento. Me había dicho que tenía que renovar el documento, o le habían robado el documento. No había prestado atención, quizás no me importaba. Me había pedido que la acompañara y la dependencia ministerial para el trámite quedaba por el centro. Así que la idea era que desayunáramos juntos y después nos tomáramos un taxi al centro. Yo trabajaba en el centro que es todo lo malo, es la muerte, pero supongo que lo mismo podría decirse prácticamente de cualquier trabajo.
No me gustaba ir con el auto al centro ni loco, a duras penas podía cuidarme yo como para tener que andar arrastrando un automóvil. Viajar en subte o en colectivo era sencillamente morir, era estar muerto y saber que estás muerto. Las delicias de la vida de ciudad, tampoco estoy dispuesto a cosechar frutos en el bosque o a levantarme a las cinco de la mañana para ordeñar una vaca, y me molestan los mosquitos. La elección es entre lo malo y lo peor, siempre. Lo bueno buscalo en netflix no sé, lo bueno no vino, olvidate.
Caminábamos dos cuadras hasta Directorio para tomar un taxi. Era muy temprano, porque la idea de renovar el documento, al parecer, consiste en llegar temprano, lo más temprano posible, y esperar. El 97% de la vida es esperar, no sé si te comenté.
Hacía calor, me olvidé de decir que hacía calor. Un calor del carajo. Enero en Buenos Aires, el horror de estar vivo.
Íbamos caminando entonces, decía, y debemos haber mirado los dos lo mismo, al mismo tiempo. Una paloma, blanca, eso era lo raro, una paloma blanca caída de costado sobre la mugrienta vereda. Fulminada por el impiadoso calor, todavía viva pero exánime, sin fuerzas para remontar vuelo, vencida por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo.
Nos detuvimos junto a la paloma. Nos soltamos nuestras transpiradas manos. Gisela se arrodilló, se puso en cuclillas junto a la paloma. No tuve más remedio que arrodillarme yo también. Crujieron mis fatigados meniscos.
Gisela, muy seria, se descolgó la cartera del hombro para estar más cómoda. Cerró los ojos, hizo un par de pausadas respiraciones. Y aplicó ambas manos sobre el minúsculo y extenuado pecho de la paloma, casi sin tocarlo, o rozándolo apenas. La paloma viéndolo todo con su ojo lateral, aterrorizada sin dudas por la crueldad del mundo.
Es que Gisela, entre las cosas que hacía, entre pilates y taebo y dos veces por semana a la psicóloga y cursos de fotografía, había empezado a practicar reiki. El poder de sanar con las manos, de rectificar estados anómalos, de transmitir energía.
Me puse de pie, con respeto, con cuidado. Me alejé dos o tres pasos mientras Gisela permanecía con las manos apoyadas sobre el cuerpo del ave, encendí un cigarrillo. La otra noche había hecho algo similar, bastante similar, conmigo podríamos decir, y no había conseguido gran cosa. Ni una chispa ni nada.

20.7.23

Para que te sientas cada vez mejor


Es de lo más común, lo sabe todo el mundo mayor de treinta años, la vida en la ciudad enloquece. No importa mucho si sos profesor de un colegio secundario o ingeniero industrial, si te casaste hace siete años y tenés tres hijos divinos o si ya te divorciaste y tenés tres hijos horrendos, si estás haciendo algo de dinero o todavía no la encontraste, si cambiaste el auto o tenés una amante en la oficina.
Estás triste, claro que estás triste, todos están tristes. Angustiados, deprimidos, ansiosos. No es tu culpa tampoco, así se vive. Está en el aire, en las antenas de los celulares, en los noticieros que repiquetean cada desgracia ad nauseam, en el ruido de la calle que no va a parar jamás.
Así que vas al psicólogo, claro que vas al psicólogo que no te medica pero te escucha, o vas al psiquiatra que no te escucha pero te medica. Estás mal y te gustaría estar bien, es de lo más normal.
Pero sentís que no le encontrás la vuelta. El tratamiento se alarga. Te ayuda a acomodar algunas tristezas, o te bajan las vueltas a rivotazo limpio para que puedas volver a dormir, o te vas dando cuenta que todo el mundo tiene problemas, que envejecer es eso, mantener algunos platitos en el aire mientras todos los demás se van cayendo, mientras los demás platitos de tu vida se hacen moco contra el piso y vos los mirás. Prioridades, prioridades.
Acá entro yo. Acá viene mi infinito aporte, mi refulgente, áurica ayuda, mi toque de magia. Para que estés mejor, para que te sientas cada vez mejor. Para que quizás incluso te cures.
Subí por las escaleras. Nada más, eso. Cuando vas al psicólogo, subí al consultorio por las escaleras. Despacio, a tu ritmo, al ritmo de una caminata lenta. Tienen que ser dos o tres pisos, si vas a un psicólogo que tiene un consultorio arriba de un tercer piso tenés que hacer la cuenta para subir como máximo tres pisos por las escaleras. Supongo que sabés sumar. Si sabés sumar es bien probable que sepas restar, también.
Subí por las escaleras, entonces. Entre uno y tres pisos. Llegás, pasás, y te sentás. Vas a ver que tus problemas te importan cada vez menos, mucho menos. Querés hablar menos, querés un vaso de agua y respirar un poco, con eso te arreglás.

pd. Podés no ir al psicólogo, podés subir un par de pisos por la escalera yendo a la casa de tu tía Berta, lo más bien.

10.7.23

No hace falta que me lo recuerdes


Sucede últimamente, me pasa, que alguien me habla. En la calle, en la parada de un colectivo, o si estoy esperando para cruzar. Me gusta esperar que el semáforo cambie de color. No importa qué color, me gusta el color, algún color. La cáscara de las mandarinas, un ovejero belga al que le brilla el pelo, esas cosas. Si vivís en un ciudad te vas acostumbrando a las distintas tonalidades de gris, ya casi no hay color. Se debe haber dejado de fabricar.
El asunto es que alguien me habla. Alguien me dice ‘hola, Juan’, o ‘¿vos sos Hundred, no?’. Y cuando digo que sí, cuando no tengo más remedio que decir que sí, entonces la persona se ríe, se pone contenta y me cuenta algo. Algo que yo hice o que yo dije alguna vez, algo fuera de lo común, fantástico. La vez que levanté la mano en sexto grado y dije algo que hizo reír a carcajadas a la maestra, o la partida de ajedrez que le gané al que luego sería campeón argentino, o la trompada que le di a un rosarino en Villa Gesell, no sé. Chicas que se acuerdan de mi entusiasmo al coger y me dicen que nunca más volvieron a ver algo semejante, mis ganas de chupar la concha, de meter el hocico como si adentro de la concha hubiera algún secreto que no se me podía escapar. Jamás volvieron a sentirse tan deseadas como aquella vez.
El problema es que la persona insiste en repasar una anécdota que me involucra. Y cuando finalmente insiste en el detalle, logro recordar, qué remedio, la situación, el contexto. Y recuerdo con toda claridad, con fulgurante estupor, que cuando pasaba lo que pasaba, cuando sucedía lo que sucedió, eso que vos no podés olvidar, lo fantástico que fue, bueno, yo no estaba bien. Yo estaba triste, angustiado, la estaba pasando mal.
Pero, no deja de ser curioso, eso no me impidió hacerte feliz o divertirte, ser tan genial. Como ahora, más o menos.

30.6.23

Pesadilla


Tuve un sueño, soñé que me moría. No, peor, mucho peor. Me perseguía un monstruo, un horrible monstruo como jamás hayas visto. Me perseguía y yo corría. Sabía que tenía que correr, escapar, pero estaba al límite de mis fuerzas, corría y sabía que sería inútil, que finalmente me alcanzaría.
Después caía. Tropezaba y caía a un infinito precipicio, caía y caía. Seguía cayendo y mientras caía esperaba el impacto, pero el impacto no llegaba y era peor, imaginar el impacto, preparar tantas veces el inaudito dolor.
Corría, nadaba, al límite de mi ser. Me disparaban de lejos con flechas, con cerbatanas, dardos con curare. Había cocodrilos, podía oír el chasquido de sus fauces en medio de la cenagosa noche. Y en cada chasquido esperaba descubrir con absoluto espanto que me habían mutilado, que me faltaba una pierna o un brazo.
Había víboras también, deambulaba desnudo en medio de una selva, oía el siseo de las víboras, sentía un pinchazo y pensaba ya está, ya fui mordido por una mamba negra pero no. Había sido el chicotazo de una rama arañándome el rostro o una pierna. Lloraba, me salían sollozos de niño porque sabía que nadie vendría en mi ayuda. Lloraba y corría.
Lanzaba trompadas al aire intentando una vana defensa. Pero mis golpes carecían de potencia y de puntería. Cuando lograba pegarle a algo, ese algo no se inmutaba, sonreía.
Entonces me desperté. Agitado, sudoroso, exhausto, impregnado aún del horror, de la pesadilla.
Era domingo, supe que era domingo y ahí estabas vos. Cerré los ojos bien fuerte. Ahí estaba vos. Era Domingo y amanecía.

20.6.23

En el desierto


A veces me parece que sólo yo envejezco. Sólo yo soy arrasado por el twister del tiempo mientras todos los demás siguen tal como los conocí, cuando los conocí, cuando era interesante o entretenido conocerlos. Hace tanto tiempo.
A veces me parece que todos hacen algo, a todo el mundo le pasan cosas, todos se casan o tienen hijos o construyen casas o se van a estudiar a Europa o les descubren una incurable enfermedad o aprenden a hacer esquí acuático o aladeltismo. Mientras yo sigo más o menos igual que siempre parado en esa esquina, con una particular mezcla de estupefacción y congoja, esperando a esa chica que nunca vino.
A veces me parece que todo el mundo es feliz, todo el mundo se coge a una secretaria o a un primo y se filman con sus teléfonos celulares recién comprados y suben los videos a instagram para que la gente deje emotivos comentarios sobre los respectivos tamaños de tetas o garompas o quizás de las dos cosas. Todo el mundo es invitado a fantásticas fiestas de disfraces donde sirven cocaína de la mejor con Pommery Brut Royal y podés disfrazarte de conejo o de hombre araña y podés bailar con gatúbela o la mujer maravilla que te ata de la cintura con su lazo dorado hasta que ambos caen abrazados sobre la pista. Todo el mundo sale después de fornicar con una preciosa chica con el pelito cortado a lo varón, salen al balcón, decía, y es de noche y se escucha el sonido del mar, se puede oler el mar aunque no se lo ve y el viento te da en la cara y el whisky está riquísimo.
A veces me parece que sólo yo escribo.

10.6.23

Sabor a multiple choice


Fuimos al velatorio de la mamá de M. Era un mujer muy mayor, la mamá de M., y había estado enferma bastante tiempo, pero aún así podríamos decir que la muerte llegaba de improviso, siempre. La muerte, por paradójico que parezca, resulta un acontecimiento inesperado a pesar de su certeza. Que no hay manera de prepararse, eso quise decir.
Habíamos estado un par de horas con M. en la sala de velatorio. Clima particular si los hay, el de una sala de velatorio. Ese olor tan característico. Y los dolientes, los que lloran, los que parecen sumergidos en una congoja que va a durar para siempre, los callados, los que saben que la única manifestación posible es el silencio ante la totalizadora experiencia de la muerte, los expansivos, los que creen que uno debe comportarse como si se tratara de cualquier evento social, de una fiesta, y contar chistes, alguna anécdota a los gritos, y piden que alguien les convide un cigarrillo.
Nos despedimos de M., le prometimos volver al día siguiente, bien temprano, para el entierro. Nos dijo que se quería quedar con su familia, nos pidió que nos fuéramos.
Debían ser las doce de la noche, salimos por Juan B. Justo. Éramos Matías, el Pipi y yo. Matías dijo que tenía hambre.
–Vamos a comer un par de porciones a Angelín, que está acá nomás –dijo el Pipi.
–Sí, vamos –yo tampoco había cenado.
Pedimos la pizza y un par de cervezas. Las cosas que nos alejan de la muerte.
Pero el tema estaba ahí, demasiado contundente.
Matías contó que había ido a ver a la mamá de M. cuando estaba internada en terapia intensiva. Dijo que cuando lo dejaron entrar vio gente ahí, uno al lado del otro, separados apenas por una cortina, un biombo. Gemían de dolor, algunos, mientras un cáncer les masticaba el páncreas o el hígado, dolores en fila.
–El dolor, lo peor es el dolor –dijo Matías, y se comió media porción de fugazzetta de un bocado.
–No sé, che –dijo el Pipi–. Mi viejo tuvo demencia senil, se chifló. Ir a ver a un tipo que no sabe quién es ni quién sos, que no te reconoce, un tipo que se pisha encima y sigue viviendo como una planta. Creo que peor es eso.
–Tenés razón –dijo Matías–, quizás tenés razón, eso también es una cagada. No sé qué es peor, te digo la verdad, si el dolor físico, o la inconsciencia esa.
–Lo que me gustaría saber –dije, serví más cerveza–, es por qué siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor, hasta para morirse –levanté la botella y la miré a trasluz, un innecesario gesto porque el peso indicaba la ausencia de líquido–. Pido otra.

30.5.23

Podés llamarlo experiencia


Me pasa que cuando tengo infectado un dedo del pie o de la mano por haber estado jorobando quizás, arrancándome un pedacito de uña, voy a un bar y pido un café con leche. Y meto el dedo.
Me pasa que cuando me duele la espalda, cuando me quedo duro de las cervicales o cuando me mata el ciático, lleno la bañera con agua bien caliente para hacerme un baño de inmersión. Tiro, antes de meterme al agua, un tercio de una botella de whisky. Del bueno.
Me pasa que cuando alguna noche estoy con tag o con toc o tctp (tachín tapún), cuando tengo pánico o miedo del sencillo, a la muerte, al mundo en general y a los boludos en particular, pongo debajo de la almohada un pedazo de mortadela Paladini y un poco de queso parmesano o provolone, o port salut, y me acuesto a dormir.
Me pasa que son muy pocas las cosas me han permitido seguir adelante, sin importar lo que me pasa.

20.5.23

En círculos


El hombre se saca sangre, una lluviosa mañana. Es un análisis de sangre, rutina. Pero las cosas salen mal. Lo llaman al hombre, antes que el hombre se presente a buscar los resultados del análisis, a los tres días.
Lo llaman al hombre, del laboratorio. Le dicen que pase, por favor, que tienen que hablar con él. Una doctora quizás excesivamente delgada y mal dormida le comunica, al hombre, lo peor. O algo parecido a lo peor. Le dice, la doctora, al hombre, que tiene sida. La doctora habla de las contrapruebas, de los reactivos, de que hoy existe nueva medicación, no se muere más de eso, hay que adaptarse a una nueva vida.
El hombre vuelve a su casa. Vive con su mujer aunque no están casados, hace cinco años. No tienen hijos. El hombre coge, regularmente, con su mujer. Una vez por semana, y los domingos.
El hombre tira los análisis sobre la mesa, y reputea a su mujer.
–Sos una puta hija de puta –le dice. También le dice que ya no tiene sentido vivir juntos, que se va a alquilar un departamento, que no quiere verla nunca más en su vida.
La mujer va a su trabajo, al día siguiente. Pide hablar con su jefe, entra a su oficina.
Le dice la mujer a su jefe que los descubrieron, que su marido, el de ella, aunque técnicamente no es su marido, sabe todo. Que ella va a ir a hablar con recursos humanos, porque fue él, el jefe, el que la invitó aquella vez a que se quedara trabajando después de hora. Y ello no quería, no quería pero él la alcanzó con el auto, y paró el auto. Y él le había dicho que ella le gustaba tanto y ella estaba tan aburrida. Ella le hizo una felación, sexo oral, creo que así le dicen, en el auto, fueron un par de veces, hacía como tres meses o seis, y después nunca más nada. Cogieron una vez en un hotel de San Cristóbal donde el acolchado era violeta y tenía pulgas. La cosa no pasó de ahí.
Le dice la mujer al jefe que tiene el teléfono de su casa, de la casa del jefe. Que va a llamar y le va a contar todo a su mujer, a la mujer del jefe porque él, el jefe, le arruinó la vida.
El jefe, que viene mal, que viene con un trastorno de ansiedad que le mastica el corazón en treinta y tres pedazos y no da más, que no aguanta mucho a su mujer ni a sus hijos ni tener que ir a la oficina cada maldito día, se mata. Ese mismo domingo, mientras toda su familia está en la quinta en Benavidez dice que tiene mucho trabajo atrasado, vuelve al departamento de Palermo, se toma media botella de whisky y se pega un tiro en la boca con la Glock calibre .40 que compró por motivos de seguridad. Se pega un tiro sentado en el sillón del comedor, con la televisión encendida. Viendo dibujitos animados en un canal que repite programas muy viejos, los dibujitos animados que veía en la niñez y que lo hacían reír. Recuerda que los dibujitos lo hacían reír aunque no consigue recordar su risa, cómo era su propia risa cuando era chico.
Como se murió el jefe, como se pegó un tiro, me llaman a mí. Soy subgerente de casa central de Garomp Inc., y me ofrecen finalmente el cargo de Gerente General. Buen sueldo, auto, tarjeta corporativa, las delicias de la vida de ejecutivo. Cuando ya había abandonado esa ambición, cuando pensé que ya no sucedería.
Me encuentro con una piba, por el centro. Fuimos juntos a la primaria. Está divorciada, es bioquímica, usa lentes sin marco, fuma mucho. Empezamos a coger, yo ando mucho más suelto de plata, la llevo a cenar afuera, nos vamos un fin de semana a Pinamar. La pasamos bien.
–Te cuento una –me dice, mientras se seca el pelo con un toallón verde algo desteñido–. Hace poco pasó algo jodido. Le dijimos a un tipo que tenía sida y al final los análisis no eran los de él, la boluda de la secretaria pegó mal una etiqueta en el tubito. Lo tuve que llamar yo para decirle que había sido un error, que le habíamos dicho que tenía sida y en realidad no tenía. El tipo me miraba y era evidente que estaba contento, pero no podía salir del shock. Se puso a silbar. Hacía dos semanas que le habíamos dado la mala noticia y ahora le decíamos que era un error. El tipo me dijo gracias, muchas gracias, como veinte veces. Después se desmayó, le bajó la presión. Cuando reaccionó lloraba, de la emoción. Lloraba y se reía.
A la semana me llama ella para decirme que quiere tomar un café conmigo. En el laboratorio le salió que tiene sida. No entiende cómo, quizás se pinchó alguna vez con una aguja durante el trabajo. Sí, lo chequeó dos veces. Quizás en el dentista. Convendría que yo, bueno, que me haga ver.

10.5.23

Inercia


Si te parás en una esquina. Si vas al centro y te parás en una esquina. Florida y Corrientes, puede ser, Córdoba y Maipú, también puede ser, Sarmiento y Carlos Pellegrini, Alem y Paraguay, no sé, elegila vos. Si te parás y mirás, bueno, no vas a poder creer lo que ves.
Es un minuto o dos, no hace falta más. Prestá atención a los gritos, los gestos, las voces, la locura enchastrándolo todo como si algún celeste Dios hubiera decidido baldear la realidad con mermelada de durazno.
Si te parás en el medio de la tribuna de un espectáculo deportivo, o de un recital, si te parás un minuto y mirás. Mirás las caras, sobre todo las caras, las expresiones, los saltos, los gritos, la explosión de una rabia quién sabe por cuánto tiempo contenida, las ganas de aullar como un enardecido lobo, de prenderse a un culo como una garrapata, de pegarle a alguien, a cualquiera, sentir el sonido de un puño contra una mejilla, el seco tambor de unas patadas contra un riñón o un corazón, una nariz o un diente que se quiebra con un particular cri cri, la sangre sigue siendo roja.
Si te parás un domingo a la mañana, un domingo cualquiera. Vas y te parás a un costado del punto de largada de cualquier maratón, no importa si es una carrera de cuarenta y dos kilómetros, o veintiuno, o diez.
Te parás a un costado, puede ser tres o cinco cuadras delante, y los ves pasar. La desesperación en el estado más puro capaz de imaginar, el terror a la muerte que nos arroja tan lejos de lo que alguna vez creímos que fuimos, el pánico más absoluto que no se puede aplacar ni con un millón de chuic chuics, suelas de goma rezándole a un indiferente asfalto, la energía derramándose como la eyaculación de una orca (¿se dice orco?) en el medio del mar.
Por eso está muy bien que hagas cualquier cosa con tu vida, podés coleccionar pornografía ordenada por un meticuloso índice temático, podés participar de un concurso fotográfico sobre insectos de la Guinea Ecuatorial, podés lustrar el automóvil hasta que veas si lográs que tu cara de pelotudo se refleje sobre el guardabarros, podés ir a clases de gimnasia hasta que descubras que todavía no se inventó la gimnasia para que se te vayan las ganas de llorar. Podés volverte un experto en olfatear culos o vinos, podés ir a tomar café a La Mallorquina, podés ir a charlar con un monje a Nepal.
Lo que no podés hacer, lo que no sabés hacer, es parar.

30.4.23

Arranque a patada


Ella me vino a decir que se iba a matar, se iba a tirar por la ventana, no podía soportar más el calvario de su vida. Le recordé que vivíamos en un contrafrente bastante cerrado, que si se iba a tirar por la ventana lo mejor era tirarse cuando viviéramos al frente. Tirarse de un contrafrente y que no la viera prácticamente nadie, además de caerle justo en el patio al gordo de la planta baja B, el gordo que se pasaba todos los sábados a la tarde escuchando una y otra vez el mismo disco Julio Iglesias y tenía ese caniche horrible no sé, era un bajón.
Ella me vino a decir que se iba a tomar un blister de pastillas, Rivotril, Alplax, Lexotanil, con alcohol. Se iba a sentar a ver la tele mientras se quedaba, suponía, dulcemente dormida, para no volver a despertar jamás. Le dije que ni se le ocurriera usar mi whisky, me habían regalado un single malt del carajo (un laphroaig). Total ella no entendía un pomo de bebidas, le ponía jugo al vino, cualquier cosa.
Ella me vino a decir que se iba a cortar las venas, se iba a meter en la bañera llena de agua caliente y se iba a cortar las muñecas con un cuchillo opinel que nos habían regalado especial para filetear pescado. Se iba a sumergir por completo en el agua muy despacio para luego desangrarse, se iría de viaje, se hundiría su nave. Le recordé que no dejara la canilla abierta de la bañera, ya habíamos tenido quilombo con los del sexto B por una pérdida de nuestro baño y el consorcio había dicho que ese gasto no le correspondía. Le dije que pusiera unos toallones al costado de la bañera por si caía algo de agua, esa rejillita de morondanga a veces tardaba un montón en absorber el agua.
Entonces ella descubrió que si se suicidaba el mundo seguiría girando. Seguiría habiendo fútbol los domingos, alguna de sus amigas adelgazaría, alguien cambiaría el auto.
Ella vino y me dijo que lo había pensado bien y ya no le interesaba. Se ponía mal sólo de oír hablar del tema.

20.4.23

Todos tus dentistas


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas para mí. No quiero sufrir.
–Tengo miedo –le digo al dentista.
–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos setenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
–¿Me va a doler?
–No. –Dice el dentista.
–Tengo miedo –digo, otra vez.
–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre, en medio de sangre y saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de morder. ¿Eh?
–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.4.23

Sananding


Hay una cadena de gimnasios en la ciudad de nombre muy conocido. Dentro de esa cadena hay diferentes tipos de abonos. Pero hay uno especial, llamalo el plan ‘platino’, que te permite usar todos los gimnasios de la red, y son muchos. Además te permite usar tres o cuatro gimnasios especiales que se encuentran ubicados en distintos shopping-centers, o en los barrios más caros de la ciudad. Los gimnasios cuentan con maquinaria de última tecnología, personalizada atención, pileta climatizada, clases prácticamente de todo, de lo que se te ocurra, crossfit o spinning. Es caro, el carnet de la membresía ‘platino’, en relación al carnet común, casi como la diferencia que existe entre sacar un pasaje de avión en ‘primera’ en lugar de ‘turista’. Dos o tres veces el precio básico, más o menos.
Pagué un año por adelantado del plan ‘platino’. Un par de veces por semana voy a alguno de los gimnasios. Elijo el barrio al azar o si estoy por la zona, pero trato de rotarlos, de no ir siempre al mismo.
Voy al vestuario, me cambio. Zapatillas, shorts, una remerita.
Y entro a cualquier lado. Al gimnasio repleto de máquinas y aparatos, o a una sala donde veinte o treinta personas pedalean bicicletas fijas mientras resoplan o gritan, o a un salón donde mujeres en multicolores mallas saltan sobre pequeñas plataformas.
Me tiro a un costado sobre una delgada colchoneta o sobre el piso directamente. Y me quedo dormido. Por lo general duermo dos horas hasta que alguien, un profesor o el personal de limpieza o alguien que cree que me descompensé, que estoy muerto, me habla, me toca, me despierta.
Yo tengo un trabajo estresante, por lo general estoy ansioso, angustiado, con infinidad de preocupaciones, triste. Con todos los trastornos psicofísicos que esa situación perpetuada en el tiempo conlleva.
Y he descubierto que una de las pocas cosas que me permite descansar, que me da paz y me relaja, es estar en presencia de la energía mal canalizada, el esfuerzo sin sentido, la más pura imbecilidad ajena.

30.3.23

Ojalá no te salga


Si alguna vez deseaste, y seguro que alguna vez deseaste (quién no) a alguien. O algo, una situación, un objeto, que ocurriera una magia, bueno, cualquier cosa que se te haya ocurrido haber deseado.
Sabés que cuando finalmente sucedió, cuando estuviste desnudo con esa persona, cuando conseguiste ese diploma o ese auto, cuando pisaste descalzo esa playa no era, claro que no era como lo deseaste, como lo imaginaste, como lo esperabas.
Sucede que el deseo brilla demasiado, hay tanta luz ahí que cuando finalmente ocurre lo que deseaste algo se ensucia, la realidad salpica tu deseo, la zanahoria jamás será suficiente para compensar los palos recibidos durante la espera, quedan las marcas.
No, doblaste mal, parece lo más lógico pero no. No se trata de no desear, se trata en todo caso de desear cosas que no ocurran nunca. Bañarnos en las refrescantes aguas del deseo mientras nada ocurre, mientras te sucede como de costumbre cualquier otra cosa. Seguir deseando.

20.3.23

Secreta armonía


Pasó lo siguiente. Perdí el cuaderno. Ando siempre con un cuaderno, siempre escribo. Bah no, no siempre escribo, no escribo casi nunca. Pero ando con el cuaderno en la mano, eso sí. Es más barato que un teléfono celular, supongo. Y no suena.
Hay gente que habla por teléfono, hay gente que escucha música. Yo ando con un cuaderno, pienso que voy a estar en un bar y voy a escribir algo y me siento mejor. No me jodas.
Y lo perdí, al cuaderno. Me subí a un taxi a la nochecita, volví a mi casa. Llevaba una mochila porque había ido a nadar. Llevaba una bolsa, también, un pulóver, alguien que conozco cumple años, compré algo para regalar.
Bajé del taxi, pagué, o al revés, primero pagué, si no no bajás, y me fui a mi casa.
Nada, lo normal. Me hice un arroz para cenar, con cebollita cortada, un poco de queso azul que había comprado el domingo, un poco de mortadela Paladini que corté en daditos, aceite de oliva, pimienta, queso rallado. Me tomé dos vasos de vino, un Malbec que no le había ganado a nadie, miré un poco de televisión pero como miro yo, sin ver, hasta que me dormí.
Al día siguiente, hoy, cuando me desperté, mientras preparaba el café vi que no estaba el cuaderno, ni el libro, porque también siempre estoy leyendo un libro. Van juntos, siempre, el libro y el cuaderno, como si algo que lo que estoy leyendo pudiera traspasar la materia, no sé. No estaba, ninguno de los dos en el lugar donde tenían que estar. Donde los dejo siempre.
Había leído bastante del libro, y era muy bueno (‘Que el vasto mundo siga girando’, de Mc Cann). Había escrito bastante, en el cuaderno, también. Tenía un par de meses de fragmentos que me pertenecían, algunos me gustaban lo suficiente.
Me puse remal. Jamás me había pasado. Son cosas importantes para mí, el libro que estoy leyendo, y mi cuaderno. Si pierdo eso entonces estoy perdido, valga la redundancia, yo, en el planeta tierra. Es una pésima señal.
Me iba a costar no sentirme un pelotudo por el resto del día, me conozco, soy así, lo supe apenas descubrí la pérdida, el descuido, la falta.
Bajé a la calle temprano, debían ser las ocho y algo, tenía que ir a una reunión, a trabajar. Milagro. Miracolo. En el buzón de entrada del edificio, metido como una carta mal colocada, oblicuos a la realidad, acomodados apenas, ahí estaban.
El libro y el cuaderno. ¡El libro y el cuaderno! No podía ser, pero podía ser. El portero lustraba el portero eléctrico, lo que equivalía a decir que quizás lustraba una versión más moderna, una versión mejorada de sí mismo, con su existencial indiferencia.
El taxista, el taxista que me había llevado el día anterior, debió recordar dónde me había bajado, a qué edificio había entrado. Cuando alguien le mostró que un pasajero se había olvidado algo en el asiento de atrás, el taxista recordó al pasajero, recordó la dirección, de inmediato.
Y eso que ni había cruzado palabra con el tipo. Me pareció básico, primitivo, hizo un comentario sobre San Lorenzo, la importancia de jugar con un 9 de área, alguna boludez por el estilo y nada, me dediqué a mirar por la ventanilla el resto del viaje. Debió pasar a la mañana bien temprano sin saber mi nombre ni el departamento en el que vivo, clavó el libro y el cuaderno en el buzón.
Notable gesto, me alegró el día, me devolvió la fe en la humanidad. Por lo general estamos condicionados por nuestra formación, por nuestra experiencia, y en mi caso espero siempre lo peor, o quizás no necesariamente lo peor pero sí la idiotez y la maldad. Estoy poseído por una mala disposición existencial en lugar de simplemente ver qué pasa. Las cosas nunca son tan malas.
Abrí el cuaderno, mi cuaderno. Alguien, el taxista, había escrito unas líneas a mano con birome negra en la contratapa.
Decía: el libro es bueno, una novela bastante buena, pero tus escritos son malos. Escribís mal, no tenés nada para decir. Te devuelvo el cuaderno para que reflexiones, te hice algunas correcciones, subrayé algunas cosas, escribí algunas notas al pie de varias páginas. Quiero que entiendas que lo que escribís es una cagada.

10.3.23

Loop


Resulta que a la psiquiatra se le rompe una muela masticando un turrón que le trajo un paciente de su viaje a España. Se sentía mejor, después de siete o nueve años de tratamiento, el paciente, y se animó a viajar.
La psiquiatra pide un turno de urgencia con un dentista que le recomendaron. Un dentista algo gordo y algo mayor, quizás bastante más que algo en ambos casos. Un buen dentista que se siente muy solo, tremendamente solo, en particular los viernes.
El dentista concurre justamente los viernes a coger con una prostituta que atiende en un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, entre Suipacha y Esmeralda. Coge diez o doce minutos y después se queda dormido mientras la prostituta pone la televisión en el canal de dibujitos animados. Antes de irse el dentista pasa al baño a pishar y se lava las manos por un rato quizás demasiado largo.
La prostituta viaja en taxi cuando termina su día de trabajo porque no da más, y porque quiere volver a su casa a ver a su pequeña nena que se llama Iris y es un encanto. La nena cree que su mami trabaja en un supermercado y su mami cree que quizás no le ha mentido, que en el fondo ella no hace otra cosa que manipular un par de artículos, acomodar algo en alguna otra parte, cobrar.
El taxista va a un banco a pedir un préstamo. Quiere dejar de tener que trabajar como peón y tener por fin su propio taxi. Ha estado ahorrando por tres años y lo único que necesita es un empujón para saltar, algo de plata, tiene un amigo bastante mayor que quiere vender la licencia de su taxi y retirarse.
El empleado bancario tiene un hijo adolescente que va al colegio secundario, le falta un año y algo más para recibirse de perito mercantil pero el chico no quiere saber nada con seguir estudiando ciencias económicas como su papá. El chico quiere viajar un año por Europa, quizás armar una banda de rock en Inglaterra, no hacer otra cosa todo el día que tocar la guitarra y fumar.
La maestra del colegio ve al chico triste, disperso. Le parece que consume drogas, varias veces lo ha encontrado llorando a la vuelta del colegio. Le dio el teléfono de una amiga para que el chico vaya a hacer una consulta. Su amiga se llama Viviana, es psiquiatra.
Alguien, alguno de ellos, la psiquiatra o el dentista o la prostituta o el taxista o el empleado bancario o el hijo o la maestra, de casualidad me lee. Lee algo mío, uno de mis fragmentos, nada importante.
Es como una enfermedad venérea, como una copa de vino que se vuelca y algo cambia.

28.2.23

Como le pasa a todo el mundo


Lo que te pasa, cuando estás conmigo, lo que te sucede cuando estamos juntos, no parece nada especial. No parece gran cosa.
Vamos y hacemos lo que hace todo el mundo. Una cena, una botella de vino, cogemos un poco. Unos mates a la mañana, dos o tres cuadras que caminamos juntos, la gente que me repugna por lo general sin ninguna razón, un perro que mueve la cola y se me acerca como si supiera algo, algo que sólo él y yo sabemos.
O vamos al cine a ver una película malísima pero nos reímos de una chica que come un balde de cinco kilos de pochoclo o de un señor con una rotunda peluca de un desteñido rubio ceniza. Pedimos una pizza, miramos por televisión la National Geographic donde los leones atacan a las cebras o los cocodrilos esperan haciéndose los distraídos para comerse algo. Me contás que querés cambiar de trabajo, te cuento que escribí un cuento, no sé, nos dormimos.
Así pasamos un tiempo sin hacer nada demasiado importante, tres meses, seis como mucho.
Hasta que te das cuenta que no te alcanza. Que no se puede flotar por flotar y nada más esperando que el tiburón de la vida te arranque a mordiscones los tobillos. Planes, proyectos, cosas por las que vale la pena luchar, cosas que hay que hacer. Me lo explicás, a tu manera, y sin excesivo rencor me decís que te vas. Nos despedimos.
Al poco tiempo te das cuenta que no das más, que mi ausencia es desgarradora, como si abrieras una palta y le faltara el carozo. Algo está mal, algo falta, y lo que falta es, aunque no lo puedas explicar, lo que le daba a las cosas algún sentido.
Somos estatuas de sal queremos volver, cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García. No se te ocurra mirar hacia atrás, yo también estoy remal. Hay que seguir.

20.2.23

Me desperté, abrí los ojos


Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera me estaba cambiando el suero. Me secó, con una pequeña toalla de un acuoso y desteñido verde, el sudor de la frente. Me explicó, apenas en un susurro, porque yo alcancé a balbucear la palabra ‘qué’. Me explicó, decía, que había tenido un accidente con mi motocicleta. Me había fracturado ambos brazos. En el izquierdo, además de las múltiples fracturas, me había roto la clavícula, y la muñeca. Me habían operado tres veces. Había tenido un severo traumatismo de cráneo, y una complicada contusión en la columna. Me preguntó si podía sentir los pies.
Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera le susurraba algo a un joven doctor de lentes que observaba algunos indicadores con severa expresión. Me explicó, la enfermera, que había recibido un balazo en el cráneo en un asalto a un supermercado. Habían logrado extirpar el proyectil que se había alojado en mi cerebro. Había permanecido en coma once días después de la operación. Me quedarían graves secuelas, sin dudas, que todavía no se podían determinar con precisión. Tendría una complicada y extensa recuperación, pero la medicina había hecho asombrosos avances en áreas que antes hubieran resultado impensadas. Me preguntó, la enfermera, cómo me sentía. Me preguntó también si yo tenía fe, si era creyente.
Me desperté, abrí los ojos. Estaba en mi casa, supe de inmediato que era domingo. Y estabas vos, claro que estabas vos, a mi lado. Todavía dormida.

10.2.23

Y decidió buscar otro camino


Cuenta la leyenda, aunque quizás no esté bien utilizar el término ‘leyenda’, quizás estoy siendo blasfemo u ofensivo desde ya sin pretenderlo. Está escrito, son sagradas escrituras, pero yo lo he leído en internet en alguna parte.
Se cuenta entonces que el Buda se iluminó cuando al lograr escapar de su palacio en el que había sido criado y vivía como un príncipe, siendo ya un adolescente escapó un día del palacio, con un amigo. Y recién ese día, en un paseo, descubrió, pudo ver, la vejez, la enfermedad, la muerte. Al parecer, ese primer contacto con la muerte lo perturbó de peculiar manera.
‘¿A todos nos sucede esto?’, preguntó el Buda, que todavía no era el Buda. Y el amigo que lo acompañaba le explicó que sí, que todas las personas envejecían, todas las personas enfermaban, todas las personas se morían.
Si esto es todo lo que hay, si es así como sucede, entonces nada tiene sentido, dijo el joven. Y decidió buscar otro camino. El camino que lo llevaría a la iluminación, justamente. A trascender.
En lo personal, este último tiempo no hago otra cosa que ver vejez, enfermedad, y muerte. Pero no se me ocurre nada, no me ilumino ni un cachito.
No sé, mostrame un poco las tetas o haceme una paja. Y servime más whisky si sos tan amable.

30.1.23

Sh


La gente está tan sola, la gente está tan mal, que necesitan gritar lo que les pasa. Creen, pobres, cómo no comprenderlos, que otorgándole una sonora cualidad a sus tragedias quizás eso les confirme que de algún modo existen.
No hablan, ya nadie habla, hace tiempo que hablar se dejó de usar, pasó de moda como los pantalones pata de elefante. Sin saberlo desde ya, piden socorro.
Entonces gritan, no pueden parar de gritar. Por teléfono celular principalmente, en cualquier parte, en la calle, en un transporte público repleto de gente.
–¡Ravioles! ¡A la noche comemos los ravioles que quedaron del freezer! –dice una mujer y mira alrededor como si fuera Diana Krall y acabara de terminar un tema.
–Ayer miré la tele, y después me dormí –dice un hombre por teléfono y asiente, asiente esperando que alguien también asienta, alguien que le confirme que si miró la tele y durmió entonces es muy probable que esté vivo, que todavía respire.
En los bares pasa lo mismo, exactamente lo mismo. Se te sienta una parejita en la mesa de al lado y ella grita ‘¡Ahora voy a retirar el análisis de sangre!’, y te mira porque si se va a buscar el análisis de sangre entonces, aunque prácticamente no tiene nada que se parezca a una vida, tiene sangre. Algo es algo.
La gente cree que si repiten lo que les pasa una y otra vez, cada vez más fuerte, quizás logren volverse un cachito más interesantes. Puede que el oído ajeno les regale algún significado a esa sucesión de imbecilidades, una maldita cosa detrás de la otra (dijo Winston), la vida.
En lo personal ya casi no digo nada. Murmuro apenas, cuando voy a comprar jamón y queso en la fiambrería, digo ‘permiso’ cuando entro a un ascensor, pido un café en alguna parte. Digo ‘gracias’, también, a veces, ‘muchas gracias’. Y nada más, miro por alguna ventana cómo pasan los autos. Por lo general vivir es un fastidio que no merece mayores estridencias ni comentarios.

20.1.23

Esa chispa


Descubrí algo extraño que me sucede, una pauta de comportamiento por decirlo de algún modo, rara.
Cuando voy a encontrarme con mi novia, cuando arreglo para salir un martes a la noche o a veces los jueves. Después de cenar, vamos a coger. Le exijo, primero le indico pero si es preciso le exijo que realice durante el acto sexual, el coito, la fornienda, las peores barbaridades. Le pido que se meta varios dedos en el culo, o que se trague el esperma como si en verdad lo estuviera saboreando, que se pase un dedo manchado de esperma por las cejas o por los labios, que grite, que diga que quiere ser atravesada por un senegalés con la poronga del tamaño de un antebrazo humano o por un enano disfrazado de Batman, de Oaky, del Capitán América. Que aúlle y me pida que le acabe en los ojos, que me pida que la estrangule con un cinturón o que le de latigazos hasta dejarle el culo en carne viva.
Después, otro día, cuando concurro de visita a una prostituta, le pido que se vista. Que nos sentemos en la cocina a conversar mientras tomamos unos mates, que me cuente de su infancia, cómo se jodió los ligamentos cuando quería ser bailarina, que me muestre fotografías de su pequeña hija durante el acto de fin de año del colegio. Después hablamos de lo caro que está todo, de la inseguridad, del costo de vida. Le cuento que me están por ascender a subgerente de algo, de cualquier cosa, que quiero cambiar el auto. Al rato me voy, no, nada de coger, qué coger, lo importante es conversar, compartir experiencias, estar en agradable compañía.
No, no me pasa nada. El asunto es que uno de los pocos momentos en que las personas se vuelven interesantes es cuando se las saca de su zona de confort. Cuando no pueden hacer lo que quieren hacer, lo que están acostumbradas a hacer, lo que hacen más o menos siempre.
Esos únicos momentos en los que puede surgir una chispa de magia. Lo demás es lo que sos todo el tiempo, como si estuvieras guionado. Tu maldito libreto.

10.1.23

Meteorológico


A veces voy y me paro en una esquina. Diciembre en Buenos Aires, más de treinta y tres grados, el sol te atraviesa como un rayo láser. Casi podés sentir el asfalto caliente que pasa las suelas de goma y sube y sube como una dulce caricia primero, para transformase en una simpática pitón después con el único objetivo de recordarte que te estás quemando.
A veces llueve, es otoño y llueve. Explota el cielo y se abre como si alguien rasgara una bolsa de residuos del tamaño del cielo, justamente. Y me quedo parado en una esquina como si estuviera esperando para cruzar, con una camisa apenas. Y el agua me chorrea por las cejas, por la nariz, por el cuello.
Y no falta, nunca falta alguien que se me acerque y se me quede mirando. Alguien que me pregunta si me pasa algo o me diga sin decir, en un murmullo apenas, que está lloviendo, o que me ponga a la sombra, o que me estoy mojando.
Pero yo no contesto, nunca contesto. Sigo viendo el horizonte o la nada misma hecha de autos. Porque si recuerdo todo lo que quise ser y no salió, todo lo que pudo ser y no fue, o cuánto te quise. Para resumir, si recuerdo todo lo que fracasó, bueno. El clima es anécdota.