30.11.23

Brujería


Si te dejó, si te abandonó, si se fue, lo mejor es que vayas a ver a una bruja. Le llevás a la bruja una foto, una foto de él. La bruja va a frotar la foto con cebolla morada, murmurará unos secretos y milenarios conjuros, y te dirá que metas la foto, así como ella te la devuelve, dentro de una bolsita de plástico, que metas la foto, te decía, en el freezer. La ponés atrás de las cubeteras. El hombre siente que su vida se ha congelado, debe volver al amor, al amor del cual se ha ido.
La bruja de seguro te va a decir, para reforzar el conjuro, que prendas tres velas rojas, en diagonal, debajo de la cama, del lado donde dormía él. Las prendés, las velas, los días jueves, justo a las doce de la noche, y las dejás encendidas diez minutos, más o menos.
También tenés que hacer una cruz de queso rallado en el palier del departamento, cuando vos sabés que es una fecha importante para él. Puede ser en la fecha de su cumpleaños, o el día del aniversario cuando se conocieron. Puede ser el día que salió campeón San Lorenzo, si vos sabés que él, tu pareja, es de San Lorenzo.
Para que el método adquiera su máxima potencia, para que adquiera ribetes de imbatible, tenés que cortar un pedacito de una prenda de vestir que él haya usado. Un cuadrado de tela, de dos centímetros de lado, de una camisa de él, o de una corbata, sí, perfectamente, o de un par de pantalones. Ese cuadradito de género lo tenés que llevar encima durante siete días, en contacto con tu piel. Te lo podés colocar en la planta del pie, y después ponerte la media, o debajo del elástico de la bombacha, te doy un par de sugerencias nomás, tampoco es tan difícil. O debajo del reloj, pegado con un poco de cinta adhesiva o una curita, lo que se te ocurra.
Te digo más o menos todo lo que te va a decir la bruja que hagas para que él vuelva, puede haber algunas variaciones en el método, depende de la bruja también. Te puede decir que mastiques una rama de apio crudo, claro que crudo, en ayunas, los días que está anunciado un eclipse.
También podés aprender a tirar de la goma como corresponde, nunca está de más.

20.11.23

Perrum


En los parques, ahora en casi todos los parques de la ciudad hay un lugar específico destinado para los perros. No sé muy bien cómo se llama en verdad, el lugar. Suele ser una especie de cuadrado o rectángulo, no sé, de 8 x 8 ponele, pero de cemento, todo vallado. Una especie de corral donde la gente puede soltar a sus perros y descansar un poco. Son muy usados los lugares por los paseadores de perros, que pueden soltar sus diez o quince perros ahí para entonces descansar un rato, tomarse una cerveza, hablar por teléfono, fumar.
Voy al parque, al parque de mi barrio, entro al corral. No, no llevo a mi perro, no tengo perro. Me siento en el piso como si acabara de llegar a la playa, como si me dispusiera a tomar sol frente al mar. Luego de sentarme, me acuesto, sé que algunas personas me están observando, temiendo que haya ingresado al lugar quizás a hacer daño o a robar un animal.
Pero no, nada de eso. Me acuesto, los brazos al costado del cuerpo, un poco separados del cuerpo, palmas hacia abajo, cierro los ojos.
Los perros, bueno, los perros se sorprenden también. A algunos les caés bien de inmediato, a otros no, viste cómo es. Alguno se pone a mostrar los dientes de amenazadora manera y a ladrar, otro levanta una pata y me pisha un muslo. Uno me olisquea las orejas, otro se frota contra uno de mis hombros. Alguno caga, se sienta a cagar muy cerca. Me pasan por arriba, corren, no paran de ladrar.
A los cinco o siete minutos me pongo de pie. Tengo un rasguño de algunas patas en la frente, la ropa arrugada y sucia, me han mordisqueado una zapatilla, también.
Al salir uno de los pibes me mira, se ha levantado los lentes del sol, me pregunta qué carajo estaba haciendo ahí echado con los animales.
Le respondo que me he pasado la totalidad de la vida trabajando en oficinas, rodeado de gente. Qué cosa peor me podría suceder.

10.11.23

El sapo pepe ahí nomás


El cantante iba al psicólogo todos los jueves a las once de la mañana. ¿Hacía cuánto que iba al psicólogo? A ese psicólogo hacía tres, no, cuatro años. Desde que se había separado de su última banda y le habían entrado esos ataques de miedo tan feos. Sentía, mientras tocó el portero eléctrico, que sus problemas seguían ahí, tan robustos como siempre. Sentía que se había transformado, su vida, en una valija, una valija que daba vueltas y vueltas en una cinta transportadora en un aeropuerto. Nadie tomaba esa valija, no veía salida, no mejoraba.
Se sentó en el cómodo sillón, dijo que sí, que quería un café. Encendió un cigarrillo, otra de las licencias de haber sido una estrella de rock, o quizás porque a su psicólogo también le gustaba fumar. Habló.
Primero se quejó. Se quejó de su suerte. Cómo podía ser, él, que había sido la voz de ‘El último canapé’ durante once años, y ahora lo invitaban a tocar con su nuevo proyecto artístico en recitales donde tocaban diez bandas seguidas, y lo dejaban hacer un set de veinte minutos para un público que muchas veces ni sabían de su trayectoria. Pendejos demasiado drogados pero con drogas nuevas, drogas de diseño que los dejaban medio pelotudos y sin poder articular más de dos palabras seguidas. Miraba las caras de los pibes que estaban más adelante y se daba cuenta que estaba en presencia de balbuceantes wisinyandelisados que no tenían la más puta idea de las letras de sus canciones ni de sus geniales significados.
Encima se le había ido el bajista, un pelotudo que apenas podía mantener el ritmo de una canción, le dijo que se iba a tocar con un conjunto de pop latino a una importante cadena de cruceros. Veteranas que aplaudían a rabiar si la banda hacía covers de Luis Miguel o de Chayane, te cogías a alguien y después te pasabas el resto del día en la pileta. Pagaban en dólares.
Y su representante le había dicho que no, que ni soñara, ni la Sony ni ninguna otra discográfica le iba a dar un adelanto. Le prestaban un estudio por tres semanas, un mes como máximo y después a porcentaje. Si hacía rato que él no le vendía discos a nadie.
–A mí –dijo el cantante, prendió otro cigarrillo–, que me dijeron que era el Jagger argentino. A mí, que cuando vinieron los Guns and roses me habían ofrecido ser telonero. Dicen que Axel Rose había escuchado un par de temas míos y quería conocerme. Pero yo estaba de vacaciones en Uruguay y dije que por menos de doscientos mil dólares no contaran conmigo. Y ahora me preguntan si no quiero tocar en una cena de fin de año de una compañía petrolera por tres lucas y la comida. ¡A mí, que era el nuevo Dylan!
–Entiendo –dijo el psicólogo, tosió, vació su pipa sobre el cenicero–. Agregue a eso que, por lo que puedo observar desde acá, usted se está quedando pelado. Terminó la sesión, lo veo el jueves que viene.