Es espástico Beto, o tiene ataques de epilepsia no sé, no soy médico. Pero vibra un poco mientras camina, da unas bruscas sacudidas, unos saltos. Le cuesta pronunciar las palabras. Eso asusta a la gente, porque Beto pide plata, le sale una especie de grito o hace un movimiento extraño y la persona se asusta, apura el paso y se va. Pero Beto no se desanima, se recompone, toma un par de bocanadas de aire como si se estuviera ahogando y vuelve a empezar.
Se para por lo general en la esquina de AG (disculpame pero no puedo dar las calles exactas, tengo mis motivos) y LMD, o camina hasta F, se da una vueltita más grande, lo he visto en SO y A, o en A y L también. Le pide plata a los que pasan, a los autos cuando corta el semáforo, a las viejas que van a hacer las compras o a los chicos de delantal que van al colegio.
Lo siguen siempre dos o tres perros, esos perros vivísimos de la calle bigotudos, con el pelo pegoteado de mugre, todo inteligencia en la mirada. No se pierden ningún movimiento de Beto, todo ojos, como si Beto fuera Dios, si alguien se acerca a Beto con una mala intención los perros están dispuestos a arrancarle a esa persona el alma. Se sientan y lo miran a Beto bajar a la calle y volver a subir después de haber golpeado la ventanilla de un repentinamente aturdido automovilista. Beto sube a la vereda y dice algo, se ríe o lanza una puteada. Da lo mismo si son las ocho de la mañana o de la noche. Da lo mismo si llueve o si hace treinta y tres grados.
El sábado a la mañana bajé a llevar la ropa al laverap y ahí estaba. Sentado en la entrada de un edificio en la calle F. Estaba sentado en el escalón, algo inclinado hacia delante, las dos manos bajo el mentón como si se sostuviera la cabeza. Estaban dos perros también, sentados al lado de él, mirando lo que él miraba.
Miraba un alfajor. Un alfajor Jorgito de chocolate. Lo había desenvuelto y le había dado un mordisco. El alfajor mordido estaba apoyado sobre el papel, sobre la vereda, a medio metro de distancia. Beto y los perros miraban.
–Buen día, Beto –saqué un billete de algún bolsillo y extendí la mano– ¿Necesitás algo? ¿Qué pasa?
–Nada –dijo Beto, ni levantó la vista del alfajor–. La naturaleza no tiene ángulos rectos y somos espacios de conciencia y la comodidad es la peor de las adicciones, pero para mí no pasa nada.