20.9.21

La deliciosa fuente de todo lo que me falta


Adolezco de falta de convicción, eso es lo que puedo decirte. Si tuviera que definir lo que me pasa, la situación. Desde que puedo recordar, lo que equivale a decir desde siempre.
Porque si te fijás un poco, si vas y mirás. Vas a ver que alguien decidió que Villa Gesell era su lugar en el mundo, ir a la playa todos los días a surfear o a fumar. Alguien descubrió que su trabajo lo sostiene, que siempre quiso ser abogado o dentista o profesora de educación física. Alguien dice ‘Martita es la mujer de mi vida’, y en sus ojos te das cuenta que es cierto, que el sujeto no podría concebir la existencia, la propia, sin Martita. Ejemplos sobran, ejemplos miles.
Pero fijate vos que a mí no. Porque yo, como te decía al comienzo, jamás tuve la convicción. De nada. Ni en el trabajo ni en el deporte, ni en el amor. Ninguna pulsión, ni el arte ni la ciencia. Jamás sentí que algo fuera lo mío, lo que en verdad saciaba mis ansias. Algo que me completara y me dejara satisfecho como para decir ‘bueno, sí, era esto’. Nunca me sucedió nada parecido, desconozco esa experiencia.
Entonces descubro que lo que me ha mantenido andando es el fastidio. Hay una sensación de existencial incomodidad que me acompaña desde siempre. Y eso que alguna vez me preocupó por el hecho de no poder encajar en ninguna parte, por sentir que no había nada en el universo para mí, eso se ha transformado en un exquisito motor. Única y particular manera que tengo de continuar. De seguir. 

10.9.21

Agudo, crónico


Hay, existen, dos clases de dolor. El dolor agudo y el dolor crónico. Lo que genera, lo que provocan, es bien distinto. Las implicancias también.
No es tan difícil de entender lo que estoy diciendo. El dolor agudo es bien fácil de identificar, de reconocer. Si te clavan un cuchillazo, ahora, eso te provocaría un dolor agudo. Es una experiencia totalizadora, se pone primera en la lista de prioridades, te obliga a dejar de pensar en todo lo demás. No hay que ser tan dramático, no tienen por qué acuchillarte. Imaginate un martillazo en el dedo gordo de una mano, la picadura de un aguaviva en los huevos, en fin.
El dolor crónico actúa de diferente manera. Es como la música de fondo, va y ocupa el espacio, sin gritar, sin estridencias. Te permite seguir con aquello que podríamos llamar, de alguna manera hay que llamarlo, tu vida. Pero está ahí, es una presencia, su trabajo es demoler. La gota en la piedra sería una imagen más que apropiada.
Si se tratara de un combate de boxeo, la diferencia sería entre un boxeador que te arrasa por nocáut, te pega como el Tyson de su mejor momento, no más de un round. La otra es la de Monzón que te iba pegando, te pegaba y te pegaba hasta que no servías más.
Quizás te llama la atención mi insistencia en hablar sobre el tema en particular. No alcanzás a entender. Es que elegir entre lo bueno y lo malo es para las películas, pero la vida no es mucho más que elegir entre lo malo y lo peor. Y ni siquiera elegir la mayoría de las veces.

30.8.21

No deja de ser curioso


Espero el día justo, sé que está el dinero para pagar las jubilaciones y los sueldos de los empleados públicos. Entro al banco a la mañana, llevo puestos anteojos negros, me tapo un poco la cara con una bufanda.
El guardia toma café en un vasito de plástico, alguien en la cola lanza un chistido de impaciencia, le parece que los empleados lo hacen a propósito, eso de no atender con la velocidad que deberían. Cuando vos no manejás el ritmo de tu trabajo, porque la gente viene cuando quiere y sigue viniendo, cualquier excusa es buena para hacer una pausa. Como si hasta se saludaran con alguien en cámara lenta.
–¡Al suelo, al suelo todos, no se hagan los héroes! ¡Esto es un asalto! –me subo a un mostrador de un salto y grito. Señalo a uno que permanece de pie, no atina a moverse del susto– ¡Vos también, pelotudo! ¡Qué te pasa!
El policía intenta sacar el arma pero se le cae de las manos, una señora se pone de rodillas y llora. Alguien grita: ¡Por favor tengo familia, no me mate!. 
O en el subte, un día de semana a las nueve de la mañana. En la B, ponele, cuando el subte está entre Pueyrredón y Pasteur y el fastidio se puede sentir como una nube gris y pegajosa que nos envuelve, nos aturde, nos abarca.
–¡Tengo una bomba! –grito– ¡Esto es una reivindicación para la libertad del pueblo rumano! ¡Todos al piso, vamos a volar por el aire!
Se oyen gritos del terror más puro, caen los cuerpos unos sobre otros, ni siquiera hay lugar para tirarse. La gente golpea las puertas pidiendo ayuda.
Lo que me jode, la verdad, lo que no consigo entender es que después de todas las cosas que juré que iba a hacer y que no hice, todas las promesas incumplidas, bueno, la gente me sigue creyendo. Yo ya ni me presto atención.

20.8.21

Delicadeza


Es un tema delicado, opinable quizás, como todo lo que sucede en este mundo no está sujeto a un dogma. Hay que ir caso por caso, por decirlo de algún modo. No existe un manual definitivo.
Fijate por ejemplo el caso, si yo supiera que tu mujer sale con otro. Sí, claro, con otro tipo, la vi en la calle a los besos, o en un bar, de la manito, embobada. Alguien que la coge y la hace sentir bien. Ahora, si yo soy tu amigo y la vi, ¿debo decírtelo? Porque si no te lo digo capaz que nos vemos en una salida de parejas. Vos estás ahí con tu mujer, lo más tranquilo, diciéndole ‘gordita’ o ‘pichona’, ella cuenta una anécdota y ambos se ríen. Pero en ese caso, lo que yo sé me pone mal, por vos, siento como si yo también te estuviera haciendo de algún modo trampa, como si yo también fuera cómplice de esa mentira. Pero si te digo, si te cuento lo que sé, lo que vi, es probable que no puedas aceptarlo, que me odies por lo que te estoy diciendo. Que pienses que te lo digo porque no soporto tu felicidad. Que de algún modo deseo hacerte daño. Que te envidio.
O fijate el ejemplo, otro ejemplo. Fuiste al médico, le llevaste los estudios, y resulta que yo soy amigo del médico, jugamos al fútbol los jueves con un grupo de amigos. Y me cuenta que tenés una enfermedad incurable, que te vas a morir y no lo sabés. Ahí tenés. O me estoy cogiendo a la secretaria del médico si querés y me lo contó ella (porque también coge con el médico, ponele). Otra vez. Si no te lo cuento, si no digo nada cuando vamos a comer una pizza y te escucho haciendo planes o proyectos en lugar de ocuparte de la enfermedad que igual no tiene arreglo, bueno. Con qué cara te escucho, cómo hago para opinar sobre que vas a cambiar el auto el año que viene o que querés organizarte un viaje a Sudáfrica para ver a las jirafas. Pero si te lo digo, si te digo lo que sé, de algún modo te estoy dando la sentencia de muerte, soy yo quien te causa semejante daño. Por qué hacer eso, si sos mi amigo.
¿Conviene saber o no saber? Esa es la cuestión que me atormenta para las más diversas situaciones de la vida. Porque está la frase, tan delicada y precisa a la vez, eso de ‘ignorance is bliss’. Pero no sé si tiene sentido vivir en el engaño, en la mentira.
Pero vos sos un pelotudo y te lo digo. Aunque no cambie nada, aunque no puedas hacer nada al respecto.

10.8.21

Dormido


Soñé que caminaba por Bélgica, sí, por Bélgica, no, no sé qué calle. Y me encontraba con una chica que conocí hace muchos años. La chica me contaba que estaba por hacer una exposición, una exposición de sus fotografías. Las fotografías eran de porongas, de porongas que ella había degustado por decirlo de algún modo. Porongas con las que había tenido alguna clase de interacción. Era de un período particular de su vida, la muestra, una retrospectiva. Iba a exponer unas treinta porongas en una sala de un importante museo de España. Tenía almacenadas más porongas, o mejor dicho más fotografías, para próximas exhibiciones. Entonces yo le preguntaba si las porongas, las porongas de las fotografías, estaban paradas, lo que no quería decir necesariamente de pie, o en posición de descanso.
–¡Ves, ves cómo sos! –Me gritaba ella, y se largaba a llorar desconsolada.
Después soñaba que estaba en El Cuartito, comiendo una pizza con un amigo. Mientras comíamos una chica de fugazzeta, mientras tomábamos una Isenbeck de litro, mi amigo me explicaba que el mundo no daba más. Que estaban contaminando los mares y los ríos, las capas más profundas de la tierra. Y por lo tanto no había escapatoria. Te comías un tomate y el tomate tenía polonio como para construir una bomba atómica, y nicotina como si te hubieras fumado dos paquetes de parliament. El agua, te tomabas un vaso de agua y era equivalente a tomarse un vaso de lustramuebles. Los laboratorios más importantes del mundo habían inventado unas tabletas que reemplazaban la ingesta de comida. Lo único que tenías que hacer era tomar una tableta por día, en poco tiempo se dejaría de usar la comida. Lo que se estaba discutiendo era si las tabletas tenían que ser redondas o cuadradas, no lograban decidirse. Yo le decía que sí claro, asentía con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?) mientras me servía otra porción, el queso chorreaba un poco sobre el plato, sobre un pedazo de fainá a medio comer. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
Después soñaba que era piloto, era piloto de Fórmula 1. Iba manejando, era la última carera y yo todavía tenía posibilidades de salir campeón. Iba a más de trescientos kilómetros por hora y decidía no sacar el pie del acelerador, agarrar las curvas y que fuera lo que Dios quiera. Había estado esperando ese momento, esa oportunidad para ser campeón del mundo. Toda mi vida. Entonces me tocaban el hombro, una sensación. Sentía algo extra. Y de atrás me decían ‘flaco, tenés que poner más fichas’.
–Juan, ¡Juan! –Mónica me zamarreaba un poco, pero con cariño.
–Eh. Sí –dije.
–Estabas soñando, Juan.
–Sí –Dije otra vez.
–Son las siete, voy a hacer café –dijo Mónica–. Después me tenés que explicar por qué cuando soñás tenés carita de contento. No sé, cuando estás despierto no te pasa.

30.7.21

Escritor frustrado


Cogíamos los jueves, con Vanesa. A veces llegaba yo de traje, gastado por todo un día de reuniones, gritando por el teléfono celular. ‘¡Antes que abra Japón pónganse a comprar todo lo que puedan!’, o ‘Mirá, viajamos el martes, cerramos el trato en Dubai y nos volvemos’. Ella había preparado algo de comer y yo devoraba mi plato en dos bocados después de cogerla contra una puerta, medio vestida. Otras veces caía con lentes oscuros aunque fuera de noche, pantalón ajustado, remerita. Le decía ‘no sabés, parece que al final vamos a ser teloneros de los parcels, vienen en junio’. Me tomaba una raya de una cocaína buenísima y la hacía chuparme la pija en la terraza muy despacio, bajo una fina llovizna. O caía con ropa deportiva, transpirado, y le decía ‘no puedo más, nos están haciendo entrenar en doble turno. Se desmayó uno en medio del partido’. Me iba a dormir sin tocarla hasta el día siguiente de lo fundido que estaba.
Un día Vanesa, ni bien pasé la puerta, se animó a preguntarme.
–Mirá Juan, a mí me divierte el acting que hacés. Cuando te hacés el rockero o el ejecutivo, hasta venís con un casco de moto a veces, pero después te veo por el balcón que te vas caminando a tomar un taxi con el casco en la mano. Por qué no venís como sos, no sé, no inventes nada. Tranquilo.
–Lo que pasa es que lo que me divierte es imaginar que soy otro –dije–. Si me acuerdo que soy yo, venir a coger con vos me parecería la cosa más aburrida del mundo. La verdad, ni te hablaría.

20.7.21

Creo que es por eso


Se suele decir, es una frase, aquello de ‘cuanto más hacés más hacés’. Pero no, no es verdad, no funciona así. Por el sencillo hecho que cuanto más tenés que hacer, más tenés que hacer, o si querés, más deberías hacer. Podríamos decir, por decirlo de algún modo, que lo que hacés crece de manera aritmética y entonces, lo que deberías hacer se multiplica, al mismo tiempo, de geométrica manera. Lo que hacés es lineal, lo que deberías hacer es exponencial.
Una manera más simpática de verlo sería con lo que tenés. Cuanto más tenés más querés tener. De ningún modo resulta que cuanto más tenés más tenés. Porque cuando tenés más querés muchísimo más. El río de lo que te falta no se detiene nunca.
Y después pasa algo que es muchísimo peor. Porque vos vas y anhelás algo, llegar a algo, una situación, un lugar. Y cuando llegás, después de anhelar, después de hacer todo lo que hacía falta, pensás que bueno, ahora que llegaste te vas a querer quedar. Ahí, con esa persona, con ese auto, en esa playa. Pero no funciona, no puede funcionar porque lo que no te explicaron es que para estar vivo el jueguito tiene que cambiar de pantalla. Si no te secás, te apagás, te morís. Así que llegaste adonde no creías que ibas a poder llegar nunca, y te vas a tener que mover.
Acercarse y nunca llegar, decía la canción. No, no tengo la solución, nadie tiene la solución porque el problema no tiene solución. Por eso vinimos a coger.