20.3.23

Secreta armonía


Pasó lo siguiente. Perdí el cuaderno. Ando siempre con un cuaderno, siempre escribo. Bah no, no siempre escribo, no escribo casi nunca. Pero ando con el cuaderno en la mano, eso sí. Es más barato que un teléfono celular, supongo. Y no suena.
Hay gente que habla por teléfono, hay gente que escucha música. Yo ando con un cuaderno, pienso que voy a estar en un bar y voy a escribir algo y me siento mejor. No me jodas.
Y lo perdí, al cuaderno. Me subí a un taxi a la nochecita, volví a mi casa. Llevaba una mochila porque había ido a nadar. Llevaba una bolsa, también, un pulóver, alguien que conozco cumple años, compré algo para regalar.
Bajé del taxi, pagué, o al revés, primero pagué, si no no bajás, y me fui a mi casa.
Nada, lo normal. Me hice un arroz para cenar, con cebollita cortada, un poco de queso azul que había comprado el domingo, un poco de mortadela Paladini que corté en daditos, aceite de oliva, pimienta, queso rallado. Me tomé dos vasos de vino, un Malbec que no le había ganado a nadie, miré un poco de televisión pero como miro yo, sin ver, hasta que me dormí.
Al día siguiente, hoy, cuando me desperté, mientras preparaba el café vi que no estaba el cuaderno, ni el libro, porque también siempre estoy leyendo un libro. Van juntos, siempre, el libro y el cuaderno, como si algo que lo que estoy leyendo pudiera traspasar la materia, no sé. No estaba, ninguno de los dos en el lugar donde tenían que estar. Donde los dejo siempre.
Había leído bastante del libro, y era muy bueno (‘Que el vasto mundo siga girando’, de Mc Cann). Había escrito bastante, en el cuaderno, también. Tenía un par de meses de fragmentos que me pertenecían, algunos me gustaban lo suficiente.
Me puse remal. Jamás me había pasado. Son cosas importantes para mí, el libro que estoy leyendo, y mi cuaderno. Si pierdo eso entonces estoy perdido, valga la redundancia, yo, en el planeta tierra. Es una pésima señal.
Me iba a costar no sentirme un pelotudo por el resto del día, me conozco, soy así, lo supe apenas descubrí la pérdida, el descuido, la falta.
Bajé a la calle temprano, debían ser las ocho y algo, tenía que ir a una reunión, a trabajar. Milagro. Miracolo. En el buzón de entrada del edificio, metido como una carta mal colocada, oblicuos a la realidad, acomodados apenas, ahí estaban.
El libro y el cuaderno. ¡El libro y el cuaderno! No podía ser, pero podía ser. El portero lustraba el portero eléctrico, lo que equivalía a decir que quizás lustraba una versión más moderna, una versión mejorada de sí mismo, con su existencial indiferencia.
El taxista, el taxista que me había llevado el día anterior, debió recordar dónde me había bajado, a qué edificio había entrado. Cuando alguien le mostró que un pasajero se había olvidado algo en el asiento de atrás, el taxista recordó al pasajero, recordó la dirección, de inmediato.
Y eso que ni había cruzado palabra con el tipo. Me pareció básico, primitivo, hizo un comentario sobre San Lorenzo, la importancia de jugar con un 9 de área, alguna boludez por el estilo y nada, me dediqué a mirar por la ventanilla el resto del viaje. Debió pasar a la mañana bien temprano sin saber mi nombre ni el departamento en el que vivo, clavó el libro y el cuaderno en el buzón.
Notable gesto, me alegró el día, me devolvió la fe en la humanidad. Por lo general estamos condicionados por nuestra formación, por nuestra experiencia, y en mi caso espero siempre lo peor, o quizás no necesariamente lo peor pero sí la idiotez y la maldad. Estoy poseído por una mala disposición existencial en lugar de simplemente ver qué pasa. Las cosas nunca son tan malas.
Abrí el cuaderno, mi cuaderno. Alguien, el taxista, había escrito unas líneas a mano con birome negra en la contratapa.
Decía: el libro es bueno, una novela bastante buena, pero tus escritos son malos. Escribís mal, no tenés nada para decir. Te devuelvo el cuaderno para que reflexiones, te hice algunas correcciones, subrayé algunas cosas, escribí algunas notas al pie de varias páginas. Quiero que entiendas que lo que escribís es una cagada.

10.3.23

Loop


Resulta que a la psiquiatra se le rompe una muela masticando un turrón que le trajo un paciente de su viaje a España. Se sentía mejor, después de siete o nueve años de tratamiento, el paciente, y se animó a viajar.
La psiquiatra pide un turno de urgencia con un dentista que le recomendaron. Un dentista algo gordo y algo mayor, quizás bastante más que algo en ambos casos. Un buen dentista que se siente muy solo, tremendamente solo, en particular los viernes.
El dentista concurre justamente los viernes a coger con una prostituta que atiende en un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear, entre Suipacha y Esmeralda. Coge diez o doce minutos y después se queda dormido mientras la prostituta pone la televisión en el canal de dibujitos animados. Antes de irse el dentista pasa al baño a pishar y se lava las manos por un rato quizás demasiado largo.
La prostituta viaja en taxi cuando termina su día de trabajo porque no da más, y porque quiere volver a su casa a ver a su pequeña nena que se llama Iris y es un encanto. La nena cree que su mami trabaja en un supermercado y su mami cree que quizás no le ha mentido, que en el fondo ella no hace otra cosa que manipular un par de artículos, acomodar algo en alguna otra parte, cobrar.
El taxista va a un banco a pedir un préstamo. Quiere dejar de tener que trabajar como peón y tener por fin su propio taxi. Ha estado ahorrando por tres años y lo único que necesita es un empujón para saltar, algo de plata, tiene un amigo bastante mayor que quiere vender la licencia de su taxi y retirarse.
El empleado bancario tiene un hijo adolescente que va al colegio secundario, le falta un año y algo más para recibirse de perito mercantil pero el chico no quiere saber nada con seguir estudiando ciencias económicas como su papá. El chico quiere viajar un año por Europa, quizás armar una banda de rock en Inglaterra, no hacer otra cosa todo el día que tocar la guitarra y fumar.
La maestra del colegio ve al chico triste, disperso. Le parece que consume drogas, varias veces lo ha encontrado llorando a la vuelta del colegio. Le dio el teléfono de una amiga para que el chico vaya a hacer una consulta. Su amiga se llama Viviana, es psiquiatra.
Alguien, alguno de ellos, la psiquiatra o el dentista o la prostituta o el taxista o el empleado bancario o el hijo o la maestra, de casualidad me lee. Lee algo mío, uno de mis fragmentos, nada importante.
Es como una enfermedad venérea, como una copa de vino que se vuelca y algo cambia.

28.2.23

Como le pasa a todo el mundo


Lo que te pasa, cuando estás conmigo, lo que te sucede cuando estamos juntos, no parece nada especial. No parece gran cosa.
Vamos y hacemos lo que hace todo el mundo. Una cena, una botella de vino, cogemos un poco. Unos mates a la mañana, dos o tres cuadras que caminamos juntos, la gente que me repugna por lo general sin ninguna razón, un perro que mueve la cola y se me acerca como si supiera algo, algo que sólo él y yo sabemos.
O vamos al cine a ver una película malísima pero nos reímos de una chica que come un balde de cinco kilos de pochoclo o de un señor con una rotunda peluca de un desteñido rubio ceniza. Pedimos una pizza, miramos por televisión la National Geographic donde los leones atacan a las cebras o los cocodrilos esperan haciéndose los distraídos para comerse algo. Me contás que querés cambiar de trabajo, te cuento que escribí un cuento, no sé, nos dormimos.
Así pasamos un tiempo sin hacer nada demasiado importante, tres meses, seis como mucho.
Hasta que te das cuenta que no te alcanza. Que no se puede flotar por flotar y nada más esperando que el tiburón de la vida te arranque a mordiscones los tobillos. Planes, proyectos, cosas por las que vale la pena luchar, cosas que hay que hacer. Me lo explicás, a tu manera, y sin excesivo rencor me decís que te vas. Nos despedimos.
Al poco tiempo te das cuenta que no das más, que mi ausencia es desgarradora, como si abrieras una palta y le faltara el carozo. Algo está mal, algo falta, y lo que falta es, aunque no lo puedas explicar, lo que le daba a las cosas algún sentido.
Somos estatuas de sal queremos volver, cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando era Charly García. No se te ocurra mirar hacia atrás, yo también estoy remal. Hay que seguir.

20.2.23

Me desperté, abrí los ojos


Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera me estaba cambiando el suero. Me secó, con una pequeña toalla de un acuoso y desteñido verde, el sudor de la frente. Me explicó, apenas en un susurro, porque yo alcancé a balbucear la palabra ‘qué’. Me explicó, decía, que había tenido un accidente con mi motocicleta. Me había fracturado ambos brazos. En el izquierdo, además de las múltiples fracturas, me había roto la clavícula, y la muñeca. Me habían operado tres veces. Había tenido un severo traumatismo de cráneo, y una complicada contusión en la columna. Me preguntó si podía sentir los pies.
Me desperté, abrí los ojos. Una enfermera le susurraba algo a un joven doctor de lentes que observaba algunos indicadores con severa expresión. Me explicó, la enfermera, que había recibido un balazo en el cráneo en un asalto a un supermercado. Habían logrado extirpar el proyectil que se había alojado en mi cerebro. Había permanecido en coma once días después de la operación. Me quedarían graves secuelas, sin dudas, que todavía no se podían determinar con precisión. Tendría una complicada y extensa recuperación, pero la medicina había hecho asombrosos avances en áreas que antes hubieran resultado impensadas. Me preguntó, la enfermera, cómo me sentía. Me preguntó también si yo tenía fe, si era creyente.
Me desperté, abrí los ojos. Estaba en mi casa, supe de inmediato que era domingo. Y estabas vos, claro que estabas vos, a mi lado. Todavía dormida.

10.2.23

Y decidió buscar otro camino


Cuenta la leyenda, aunque quizás no esté bien utilizar el término ‘leyenda’, quizás estoy siendo blasfemo u ofensivo desde ya sin pretenderlo. Está escrito, son sagradas escrituras, pero yo lo he leído en internet en alguna parte.
Se cuenta entonces que el Buda se iluminó cuando al lograr escapar de su palacio en el que había sido criado y vivía como un príncipe, siendo ya un adolescente escapó un día del palacio, con un amigo. Y recién ese día, en un paseo, descubrió, pudo ver, la vejez, la enfermedad, la muerte. Al parecer, ese primer contacto con la muerte lo perturbó de peculiar manera.
‘¿A todos nos sucede esto?’, preguntó el Buda, que todavía no era el Buda. Y el amigo que lo acompañaba le explicó que sí, que todas las personas envejecían, todas las personas enfermaban, todas las personas se morían.
Si esto es todo lo que hay, si es así como sucede, entonces nada tiene sentido, dijo el joven. Y decidió buscar otro camino. El camino que lo llevaría a la iluminación, justamente. A trascender.
En lo personal, este último tiempo no hago otra cosa que ver vejez, enfermedad, y muerte. Pero no se me ocurre nada, no me ilumino ni un cachito.
No sé, mostrame un poco las tetas o haceme una paja. Y servime más whisky si sos tan amable.

30.1.23

Sh


La gente está tan sola, la gente está tan mal, que necesitan gritar lo que les pasa. Creen, pobres, cómo no comprenderlos, que otorgándole una sonora cualidad a sus tragedias quizás eso les confirme que de algún modo existen.
No hablan, ya nadie habla, hace tiempo que hablar se dejó de usar, pasó de moda como los pantalones pata de elefante. Sin saberlo desde ya, piden socorro.
Entonces gritan, no pueden parar de gritar. Por teléfono celular principalmente, en cualquier parte, en la calle, en un transporte público repleto de gente.
–¡Ravioles! ¡A la noche comemos los ravioles que quedaron del freezer! –dice una mujer y mira alrededor como si fuera Diana Krall y acabara de terminar un tema.
–Ayer miré la tele, y después me dormí –dice un hombre por teléfono y asiente, asiente esperando que alguien también asienta, alguien que le confirme que si miró la tele y durmió entonces es muy probable que esté vivo, que todavía respire.
En los bares pasa lo mismo, exactamente lo mismo. Se te sienta una parejita en la mesa de al lado y ella grita ‘¡Ahora voy a retirar el análisis de sangre!’, y te mira porque si se va a buscar el análisis de sangre entonces, aunque prácticamente no tiene nada que se parezca a una vida, tiene sangre. Algo es algo.
La gente cree que si repiten lo que les pasa una y otra vez, cada vez más fuerte, quizás logren volverse un cachito más interesantes. Puede que el oído ajeno les regale algún significado a esa sucesión de imbecilidades, una maldita cosa detrás de la otra (dijo Winston), la vida.
En lo personal ya casi no digo nada. Murmuro apenas, cuando voy a comprar jamón y queso en la fiambrería, digo ‘permiso’ cuando entro a un ascensor, pido un café en alguna parte. Digo ‘gracias’, también, a veces, ‘muchas gracias’. Y nada más, miro por alguna ventana cómo pasan los autos. Por lo general vivir es un fastidio que no merece mayores estridencias ni comentarios.

20.1.23

Esa chispa


Descubrí algo extraño que me sucede, una pauta de comportamiento por decirlo de algún modo, rara.
Cuando voy a encontrarme con mi novia, cuando arreglo para salir un martes a la noche o a veces los jueves. Después de cenar, vamos a coger. Le exijo, primero le indico pero si es preciso le exijo que realice durante el acto sexual, el coito, la fornienda, las peores barbaridades. Le pido que se meta varios dedos en el culo, o que se trague el esperma como si en verdad lo estuviera saboreando, que se pase un dedo manchado de esperma por las cejas o por los labios, que grite, que diga que quiere ser atravesada por un senegalés con la poronga del tamaño de un antebrazo humano o por un enano disfrazado de Batman, de Oaky, del Capitán América. Que aúlle y me pida que le acabe en los ojos, que me pida que la estrangule con un cinturón o que le de latigazos hasta dejarle el culo en carne viva.
Después, otro día, cuando concurro de visita a una prostituta, le pido que se vista. Que nos sentemos en la cocina a conversar mientras tomamos unos mates, que me cuente de su infancia, cómo se jodió los ligamentos cuando quería ser bailarina, que me muestre fotografías de su pequeña hija durante el acto de fin de año del colegio. Después hablamos de lo caro que está todo, de la inseguridad, del costo de vida. Le cuento que me están por ascender a subgerente de algo, de cualquier cosa, que quiero cambiar el auto. Al rato me voy, no, nada de coger, qué coger, lo importante es conversar, compartir experiencias, estar en agradable compañía.
No, no me pasa nada. El asunto es que uno de los pocos momentos en que las personas se vuelven interesantes es cuando se las saca de su zona de confort. Cuando no pueden hacer lo que quieren hacer, lo que están acostumbradas a hacer, lo que hacen más o menos siempre.
Esos únicos momentos en los que puede surgir una chispa de magia. Lo demás es lo que sos todo el tiempo, como si estuvieras guionado. Tu maldito libreto.