20.4.19

Por culpa del ajedrez


A veces estoy desayunando en un bar, a la mañana bien temprano, y veo una parejita, abrazados o tomados de la mano. Me levanto, me acerco a la mesa y le digo al muchacho ‘Cogela, cogela mucho ahora, y por el orto. Acabale en la cara, decile que te encanta verla sonreír con la cara llena de leche. En poco tiempo, cuando se vayan a vivir juntos, te va a esperar indignada a que llegues del trabajo para contarte que el marido de la vecina sacó pasajes para Buzios, y vos encima te olvidaste de comprar queso rallado. No servís para nada’.
​O voy caminando por la calle y veo a un pibe estacionando su flamante autito. Me acerco a la ventanilla, se asusta por un momento pensando que lo venían a robar. Pero sonrío, niego con la cabeza (con qué te gustaría que niegue) y le digo 'Sí, no lo podés creer, te parece que sos un campeón. Esperá a que te lo rayen y el seguro te diga que no lo cubre. En menos de dos años vas a estar yendo para Necochea, primer quincena de Febrero, y te vas a dar cuenta que seguís siendo el mismo pelotudo de siempre. Pero podés parar en la ruta a tomar un café con leche, y podés comprar medialunas para llevar, eso sí’.
​Podría seguir con los ejemplos, claro. No hace falta, claro también.
​Y las personas se fastidian mucho, es una mezcla de enojo y sorpresa, como si no pudieran alcanzar a comprender lo que les estoy diciendo. Y a mí me sigue dando ternura descubrir que todavía exista gente que no sepa que todo termina mal.

10.4.19

Compleja maquinaria


Terminamos de coger. Ella habló.
–Estuvo bueno, la verdad –se acomodó un almohadón detrás de la espalda para quedar algo más erguida, quería fumar–. Viste que cuando uno conoce a alguien, bueno. Las primeras veces, las cosas no tienen por qué funcionar del todo bien. Una ya trae su mochila de vivencias, no somos adolescentes.
–Es verdad –dije. Dudé en levantarme para ir a servirme un whisky. Me pareció sentir un pinchazo en la cintura que se fue extendiendo hacia abajo, si intentaba levantarme iba a quedar cuadripléjico de por vida. Seguro había hecho un movimiento brusco, mejor quedarme quieto, respirar un poco. Respirar puede ser una actividad de lo más satisfactoria. Necesaria y suficiente.
–Y no me puse arriba, digo, con lo que a mí me gusta coger estando arriba –encendió el cigarrillo, pitó–. No me subí porque me pareció que a vos te gusta dominar, por cómo me agarrabas, por cómo me apretabas el pelo. Se nota que te gusta controlar la situación.
–Sí, puede ser –dije.
–Tampoco me dijiste nada cuando estabas por acabar –se sacó el pelo de la cara–. Pensé que te ibas a sacar el forro y me ibas a pedir que te la chupe. Si bien es muy de película porno, la verdad que tiene sentido. A mí no me molesta para nada, eh. Digo, hacerte acabar, que termines, con la boca.
–Está muy bueno también. Pero se ve que venía embalado, no hizo falta.
–Cuando me tenías en cuatro patas me pareció que me ibas a hacer la cola. Por cómo me agarrabas la cintura, los cachetes, y sentí un dedo. Ahí pensé que me ibas a hacer la cola. Porque viste que hay mujeres a las que no les gusta, les da asco o les duele, no sé. Pero a mí sí me gusta, que me hagan la cola. No te digo siempre, no te digo que es lo prioritario. Pero a veces, bueno, es como si me lo pidiera el cuerpo. No el cuerpo, la cola –se rió, una risa corta–. Así que ya sabés, no tengo problemas.
–Suma mucho, eso, ahora que lo decís –me moví, apenas, para ver si sentía las piernas, si iba a poder levantarme–. La clave está en usar un buen lubricante.
Sonó un celular, desde el comedor. Podía ser el mío, podía ser el de ella.
–Me va coger en un lugar raro –dijo–. Si te gusta coger en la terraza o parar el auto a un costado de la ruta. No me molesta disfrazarme, hay tipos a los que les calienta. De colegiala, de enfermera. Una vez me compré un traje de la mujer maravilla.
–Sí, a veces está bueno hacer cosas diferentes –dije.
–Así que ya sabés –dijo, se rascó debajo de una teta, muy suave, con un meñique–. Yo no soy de esas minas para las que coger es un fastidio. Me gusta que la persona que está conmigo la pase bien, que disfrute. Que me diga lo que quiere.
–Mirá –dije–. No te lo puedo asegurar, pero creo que desde hace un tiempo lo que más me gusta es que no me rompan mucho las pelotas.

30.3.19

Lo que necesitamos es confianza


Estaba en el casino. En Miramar. Principios de diciembre, algo de gente pero no tanto, no el infierno todavía.
Me acerqué a una mesa, una mesa de ruleta.
–Señor –dije–. Sé exactamente el número que va a salir. Se lo digo si me promete compartir el diez por ciento del premio, conmigo. No voy a fallar, es como si lo estuviera viendo.
El tipo, algo mayor, me miró con desprecio. Siguió jugando. Cargó con calles y cuadros la primera docena. Puso tres o cuatro fichas grandes, fichas de chance, al colorado. Salió el 31.
Cambié de mesa. Caminé unos pasos. Había gente, algunos matrimonios, muchos desesperados, muchos solos.
Me acerqué a un hombre de lentes que se pasaba la mano por el pelo, nervioso. Tenía la camisa manchada a la altura de la panza con salsa, con tuco.
–Disculpe –dije–. Tengo un don, puedo ver exactamente el número que va a salir. Pero no tengo dinero. Le digo el número, el número que va a salir, si comparte el premio conmigo. Algo, no sé, una comisión.
–Salí de acá, forro –me contestó el hombre, y se cambió de lado de la mesa.
Entonces tuve una revelación. Vi todo con demoledora claridad. Me estaba sucediendo, justamente, lo que me había sucedido siempre. Con las mujeres, quiero decir, en el amor. Nadie me había dado, nunca, una oportunidad. Nadie había aceptado tomar el riesgo, conmigo, aceptar que yo fuera ni más ni menos que la suerte.
No, ya sé, vos querés saber si acerté los números que fueron saliendo. Problema mío.

20.3.19

Rey de la selva


Básicamente no miro televisión. Pero miro la televisión, enciendo la televisión un rato, como compañía.
No me interesa un pomo de lo que pasen por la televisión. Tampoco me interesa lo que pasa, en mayor medida, en la realidad. La televisión es básicamente concursos, programas donde la gente compite, bailan o cantan, se fijan quién puede pishar más lejos o escupir más alto. Y después tenés los noticieros, que no son más que un delivery de tragedias, terremotos, asesinatos. La idea es tener a todo el mundo mansito y asustado.
Pongo la televisión en el canal de National Geographic y miro cualquier cosa. Un rinoceronte caminando, una jirafa buscando algo, las llaves de su casa o el cepillo de dientes, dentro de la copa de un árbol. Un cocodrilo esperando, esperando y esperando que pase alguien más o menos distraído para arrancarle una pierna de un mordisco.
Algo llama mi atención.
Si te fijás bien, no importa lo temible que sea la criatura en cuestión, el poder que tenga. Siempre hay alguien que le está rompiendo las pelotas.
Podés ser el león, el rey de la selva, y cuando con un teleobjetivo lo enfocan de cerca vas a ver que los mosquitos le dan vueltas alrededor de la nariz, de los ojos. Sos un tigre, te acabás de mandar una estratégica maniobra para cazar un antílope, te sentás a comer, tranquilo, debajo de un árbol. Al toque se te presentan siete o nueve hienas a mangarte, te tratan de afanar algo, te piden diez pesos para la birra.
La verdad que me sirvió mucho, ver eso que te estoy contando. Porque entendés de una vez y para siempre que no importa dónde vivas o de qué labures, no importa el barrio en el que te sientes a tomar un café. Siempre te van a estar molestando. Alguien que habla por teléfono a los gritos, alguien que te tose en la cara, un televisor encendido en el canal de mtv latino, los colectivos que paran sobre la senda peatonal, alguien que te pisa en el subte mientras juega al candy crush y no aprendió a decir ‘perdón’.
Son leyes de la naturaleza, no se puede luchar contra eso.

10.3.19

El otro Cooper


En mi época de estudiante secundario, en las clases de educación física, solía haber un test, una prueba. La prueba, clásica por cierto, consistía en correr por el tiempo de doce minutos. Test de Cooper, así se llamaba la prueba.
Se ponía a los alumnos a correr por doce minutos, y luego se observaba la distancia que habían recorrido. Creo, si mal no recuerdo, que para estar vivo, para verificar que a uno le anduviera más o menos bien el corazón y las piernas, era preciso correr más de 2.5 km. Luego, si uno era capaz de correr 3 km, listo. Eso significaba que uno estaba dotado de cierta capacidad de atlético orden.
Hacen falta años, como tantas otras cuestiones en esta vida, para descubrir la futilidad de la prueba. El error de conceptual índole en que el test está basado. La falta de mayor aplicabilidad, por qué no de criterio.
Lo que uno puede hacer, aunque ya se haya terminado la escuela secundaria, es probar. Ver cuánto whisky sos capaz de tragar en doce minutos, cuántos cigarrillos sos capaz de fumar, cuántas milanesas se pueden devorar. En doce minutos. Si podés chupar una concha durante doce minutos, o permanecer con la japi parada adentro de algo, de una boca, de un culo, de un frasco de mermelada de naranja La Campagnola, doce minutos.
Porque nunca es tarde para aprender, demos gracias a Dios por eso.

*y queda todavía un cooper más, el mini cooper. pero no jodamos.

28.2.19

A ver, permiso


Estaba tomando un café en un bar, debían ser las ocho y media de la mañana. Tomo un café y miro por la ventana, de lunes a viernes, antes de ir al centro. Vendo mi alma por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo. Me gano la vida.
De pronto, un hombre sobre la avenida, un hombre que parecía estar esperando para cruzar, se sintió mal. Con una mano se apretó el pecho, tambaleó. Intentó afirmarse contra un semáforo pero no pudo, el impacto de lo que le estaba sucediendo era superior a su capacidad de comprensión y raciocinio. Cayó boca arriba.
–¿Señor, se siente mal?
–¡Médico, a ver! ¡Llamen a un médico!
–¡No lo toquen que es peor! ¡Déjenlo respirar!
Se juntó un grupo de curiosos, gente. Con buenas intenciones y cero conocimiento desde ya, pésima combinación. Se juntarían también frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos si estuvieran pasando en un televisor Argentina-Holanda del 78. La gente es muy pelotuda, básicamente.
Terminé mi café. Salí a la calle, me acerqué.
–A ver, permiso –dije. Busqué en el bolsillo interior del saco, la billetera del hombre. Poca plata. Le saqué el reloj, el celular. Miré los zapatos, demasiado caminados, y chicos.
–Oiga, ¿usted es médico? –negué apenas con la cabeza (¿con qué querés que niegue, con la poronga?) – ¿Por qué le saca las cosas?
–Señores, esto es una guerra –me guardé la plata, tiré la billetera–. Ya están grandecitos, deberían saberlo.

20.2.19

El perro y la lluvia


Necesitaba trabajar. Era joven, demasiado joven, y necesitaba trabajar.
Para ser algo más riguroso con los conceptos, no necesitaba trabajar, de ninguna manera. Lo que necesitaba era dinero, eso sí. No sabía robar, no sabía tocar el bandoneón. Si se miraba bien la cuestión, no había absolutamente nada que yo supiera hacer. Es por eso, nada más que por eso que la gente que trabaja, trabaja. Porque no saben hacer nada más.
Estaba yendo a la facultad, a estudiar, no importa qué. Mandé algunos mails, me anoté en algunos sitios web. Y me llamaron, me djieron que sí, que podía haber trabajo para mí.
Ahí llegamos, hago lo que puedo, a lo que quiero contar.
Para conseguir trabajo, para dejar veinte o treinta años en una estúpida oficina, tenés que pasar, entre otras cosas, un examen de salud. Lo que equivale a decir que para morir tenés que demostrar, precisamente, que estás vivo. Los trabajos no contratan muertos, el chiste es irlos matando de a poco. Si ya estás muerto de antes no te toman, no entrás.
Lo otro que te hacen, que te piden que hagas, es un psicotécnico. A eso quería llegar.
Dentro del test, del test psicotécnico, del test de manchas y completar figuritas y cosas así, me pidieron que haga un dibujo. De más está decir que no sé dibujar, otra vez, si supiera dibujar quizás no precisaría trabajar.
Lo que me pidieron que dibujara era una escena, con una casa, un hombre, un árbol, una mujer, un chico, no sé qué más. Me tomé unos buenos diez minutos, hice el dibujo. Una escena familiar.
Dibujé la casa, con un sendero y un árbol. Un hombre llegando a su casa, con su maletín, en traje, de trabajar. La mujer en la puerta, un hijo mirando por la ventana. Se me ocurrió dibujar un perro, también, un perro boludeando por ahí.
Se me ocurrió que llovía, que el hombre volvía a su hogar, de trabajar, y su esposa lo esperaba con una sonrisa. Y llovía, también. Llovía, como suele suceder con los fenómenos naturales, como se suele decir en la jerga militar, sin causa.
Llamé a la mujer que me estaba tomando el test. Me puse de pie, le entregué el dibujo. Me volví a sentar.
La mujer miró el dibujo, un buen rato. Se acomodó sus lentes sin marco sobre el puente de la nariz. Carraspeó. Olía a ropa vieja, la mujer, a perfume barato, a fracaso más o menos tradicional.
–Ajá –dijo la mujer, debía tener más de cincuenta años, una pequeña verruga peluda sobre la mejilla izquierda–. Veo que dibujó un perro, también.
–Sí –dije –. Se me ocurrió que la familia tiene un perro. Me gustan los perros, además.
–Y llueve –dijo la mujer.
–Sí, llueve –dije yo–. Siempre me gustó la lluvia.
–¿Y el perro se moja? –Algo en el tono de la mujer cambió, se hizo más oscuro, más metálico.
–¿Eh?
–Si el perro se está mojando –repitió la mujer. Y me miró.
–Bueno, sí, supongo –me senté más derecho en la silla–. Si está lloviendo, el perro se moja.
–Fíjese –la mujer me mostró mi dibujo, y señaló con un dedo, al perro. Las gotas, los puntazos del lápiz, las rayitas que debían representar la lluvia caían sobre la casa, sobre el árbol, sobre el hombre, sobre la mujer parada en el umbral. Pero no sobre el perro, ubicado en el extremo inferior derecho de la hoja–. Por eso se lo pregunto.
Me miró, la mujer. Apoyó la hoja sobre la mesa, se quitó los lentes, cruzó los brazos.
–Mirá –dije–, el que necesita el trabajo soy yo. El que necesita este trabajo de mierda y por eso tengo que hablar con una pelotuda como vos soy yo. Si me decis algo más, si volvés a abrir la boca agarro esos anteojos y te los meto por el culo de una, acá arriba de la mesa, y cuando los saques y los logres enderezar un poco y los vuelvas a usar, los anteojos, cada vez que te los pongas te vas a acordar cómo sos por dentro, de qué horrendo material estás hecha. El perro no tiene la culpa que este sea un mundo tan asqueroso, eso es más o menos lo que te quise decir.