El tipo que la va de buen padre de familia y casi estira la nariz cada vez que pasa un culo intentando oler, prácticamente, el culo, a través del vidrio. La chica dispuesta a jurarte que ir al gym es su pasión, que estar hidratada es lo mejor que te puede pasar en la vida, tomando un mísero té y es puro fastidio y enrosca el saquito de té a la cucharita y lo aprieta con dos dedos y lo vuelve a apretar porque no lograr recordar dónde quedó la alegría y se quiere matar. El tipo que entra al bar y pide el Clarín y La Nación y Página y Ámbito y alguna revista también. Pero no quiere leer, quizás ni siquiera sabe leer, lo que quiere es tener algo que vos no tenés aunque sea por un ratito. Gratis desde ya, sentir que la vida cada tanto lo deja ganar a él también. ¿Te acordás qué lindo que era ganar a algo?
El tono de vendedor de autos usados del chico que le dice a la novia que la quiere, que nunca había sentido algo así, la mujer que llama al mozo y le dice que ella no pidió un cortado, ella sabe muy bien que pidió apenas cortado y quiere que le cambien la medialuna por otra no tan quemadita. Y quiere más agua también, si puede ser un agua más húmeda. El agua ya no es lo que era.
Entonces no importa, no tiene la menor importancia lo que vos tengas para decir de vos. Como regla general eso sí, lo que creas que valés dividilo por 4. Eso hasta los treinta años. Después de los treinta años lo que creas que valés dividilo por 6 y más o menos vas a estar cerca, una muy buena aproximación.
Pero la verdad es que mucho no importa tu opinión de vos. Para entender qué sos, para saber qué tipo de repugnante alimaña del bosque sos, lo único necesario es verte en un bar a la mañana. Tomando un café.