20.4.26

Satori


Estaba en el aeropuerto de Barcelona, tenía que ir a Madrid. No, no te quiero decir por qué estaba en el aeropuerto de Barcelona, y por qué tenía que ir a Madrid. Si quisiera decírtelo te lo hubiera dicho. Y sí, ya sé que todo el mundo que va de Barcelona a Madrid o de Madrid a Barcelona va en tren. Pero no sé, quizás por aquello que cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando solía ser Charly García, eso de ‘no voy en tren, voy en avión’. Pero tampoco la verdad, había sacado pasaje en avión y estaba en el aeropuerto.
Los aeropuertos son una cosa rara. Hay una tensión muy particular, muy característica. Quizás la gente juega a que está esperando lo más tranquila pero no, porque estás comiendo cualquier cosa y todo el mundo se está moviendo y no sabés si anunciaron algo o si tenés que ir a otro sector y en el fondo de tu alma te tenés que subir a un avión con otros trescientos pelotudos como vos que además quieren tomar mate o pedir un bloody mary en un vasito de plástico o guardar tres valijas en el espacio donde entra media y así. Estar con mucha gente siempre es una mierda pero no tiene remedio, yo no lo inventé. Se viaja así.
Estaba sentado entonces, mirando la nada, mandando algún mensaje por wasá a alguien que mucho no le importaba, esperando que pasara el tiempo para subirme al avión y aparecer en Madrid. Había trabajado quizás veinte años, quizás treinta, en oficinas en el microcentro, así que cuando me molestaba algo, cualquier incomodidad, recordaba eso e inmediatamente me sentía mejor. Era mi manera de destrabar esos subidones de existencial fastidio.
Se me acercó una chica, debía ser venezolana o colombiana o panameña, no sé si podía definirlo pero transpiraba caribe. Piel té con leche, pelo lacio, uñas increíblemente largas pintadas de color borravino, se paró frente a mí, manos a la cintura. Imposible no mirarla, llevaba puesto un vestido de algodón blanco pegado al cuerpo como si fuera cinta adhesiva. Se le marcaba sólo la bombacha negra, minúscula, por debajo del algodón. No tenía corpiño. Tetitas pequeñas y firmes, pezones puntiagudos, una maravilla. Debía tener veinte años como mucho. Zapatos rojos altísimos. Era muy flaca, era una maravilla de la naturaleza y lo sabía y sabía que todos los que la miraban también lo sabían.
–Ey -me dijo. Se paró justo frente a mí y separó un poco las piernas.
–Sí -dije. Supuse que me quería consultar algo.
–Me va tu onda -dijo-. Parecés un poco pervertido y un poco cansado. Vamos al baño de discapacitados así tenemos más espacio. Te la chupo por doscientos dólares.
–¿Eh?
–Que te la chupo por doscientos dólares. Necesito algo de dinero.
–Me sorprendiste la verdad -sonreí, apenas-. Pero no, te lo agradezco.
–Dale, no seas bobo -dio medio paso adelante, casi podía mordisquearle los pezones-. No sabés lo bien que la chupo, y cuando me veas desnuda, estoy nuevita nuevita. Vas a enloquecer. Podés sacarme fotos si querés contarle a tus amigos.
–Mirá -dije-. Se nota que estás más buena que comer pollo con la mano, pero no. En cuanto eyacule, y voy a eyacular en menos de cinco minutos, voy a extrañar mis doscientos dólares. Con doscientos dólares en Madrid tiro unos días. Me dijeron que vaya a comer huevos rotos a Casa Lucio. Pero ahora voy a ir al baño y me voy a masturbar pensando en vos, pensando lo lindo que sería tenerte de parada contra una pared y apoyarte la pija en el orto, porque una cosa bella es una alegría para siempre dijo el poeta aunque quizás no se refería a eso, pero te lo juro.
–Qué imbécil eres, y encima argentino -Dio media vuelta y se perdió entre la gente.
Me paré, consulté la pantalla con los vuelos. Faltaban todavía un par de horas, así que volví a sentarme al mismo lugar. El runrún de fondo, la gente masticando y hablando por teléfono y comprando cualquier cosa, en fin. El género humano estaba condenado a la extinción sin dudas.
–Señor –Miré. Me estaba hablando a mí, asiento de por medio. Un muchacho, debía ser indio seguramente, por el color de piel tan particular, tan característico, y el pelo negro azabache peinado para el costado. Iba en ojotas y ropa ligera, como de bambula. Los ojos muy fijos mientras me miraba, se lo notaba preocupado.
-Sí -dije.
–Soy un terrorista.
–Mirá vos -dije.
–Ve el paquete que tengo debajo del asiento -cambió de asiento al que estaba al lado mío, y se acercó como si fuéramos amigos y me estuviera haciendo una confidencia.
–Sí, lo veo -dije.
–Bueno -dijo-. Es una bomba. Vamos a atentar contra el aeropuerto. Va a ser el atentado más grande que ha ocurrido aquí en España. Van a tener que pagar el daño que nos han hecho.
–Entiendo -dije.
–Ahora yo me voy a parar y va a venir un muchacho muy parecido a mí. Es mi primo Said. En cuanto saque el teléfono y oprima la tecla asterisco, el aeropuerto va a volar en mil pedazos.
–Okey -dije.
–Le aviso para que se vaya lo antes posible, está a tiempo de llegar a la puerta y pedir un taxi. No sé, sentí culpa quizás, me pareció correcto salvar al menos a una persona. Supongo que está bien que alguien se salve.
–Bueno loco, te agradezco el gesto.
–¡Se tiene que ir ahora si quiere salvar su vida! -se puso de pie, me palmeó un hombro-. Esto va a ocurrir en menos de cinco minutos.
–Bueno, gracias por el aviso -dije-. Y saludos a tu familia, de donde carajo sean ustedes.
El pibe salió corriendo, el paquete envuelto en papel madera quedó debajo del asiento donde se hallaba sentado al principio. Nadie parecía darse cuenta.
Dejé pasar el rato, me distraje mirando a las familias, la gente comiendo. Tenía ganas de fumar pero tampoco tenía ganas de moverme demasiado. Quería saber de qué puerta salía mi avión para ir acercándome. Subir al avión siempre es un quilombo, la gente enloquece y no respeta una puta instrucción. La gente es una mierda.
–¡Señor, señor! -Otra vez sopa, pensé. Una señora venía corriendo, agitada, algo excedida de peso, cuando frenó de golpe se le cayeron los anteojos al piso. Tenía una bolsa en cada mano cargadas de abrigos, camperas, pulóveres, y arrastraba una valija -¿No vio pasar a un niño?
–¿Eh?
–Un niño pequeño, me distraje comprando un refresco y se me ha escapado. El Brian. ¡Brian, Brian! -Soltó las bolsas en el piso y miró en todas direcciones.
–No, no vi a nadie. Estaba distraído -dije-. Además, está lleno de gente.
–¡Señor! El Brian es mi ahijado, debo llevarlo con mi hermana Irma que vive en Asunción -sollozó una, dos veces-. Tiene 5 años, lleva puesto jeans y una campera inflable roja. ¡Ayúdeme a buscarlo! ¡Quizás me lo han secuestrado!
–No creo -dije. Justo me había comprado un paquete de papas lays corte americano y una lata de coca cola regular, como dicen aquí. La verdad que la combinación era casi imbatible–. Seguro que aparece en cualquier momento.
–¡Pero señor, necesito ayuda! -Dijo la mujer y dio una especie de patada contra el piso.
–Sí, todos necesitamos ayuda -dije.
La señora me insultó, me dijo viejo y gordo y puto y miserable y no sé qué más y salió corriendo. Buscando al Brian supongo.
Y entonces tuve un satori. Un relámpago de luz que me iluminó por lo que dura un parpadeo, un instante. Entendí todo. Me había pasado toda la vida angustiado, triste, por no haber sido lo suficientemente bueno en nada. No había logrado ser campeón del mundo de ajedrez ni un gran jugador de waterpolo ni un escritor más o menos reconocido ni había logrado hacerme rico dedicándome a las finanzas. No había logrado nada de nada que mereciera ser destacado y eso me había atormentado desde que podía recordar. Desde siempre.
Y me di cuenta que no importaba, no importaba mi fracaso personal en todos y cada uno de los rubros del horóscopo. No importaba si las cosas buenas de la vida se habían ido como una luz debajo de una puerta. Lo único que quería, lo único realmente importante mientras durara mi residencia en la tierra (Neruda dixit) era que no me rompieran mucho las pelotas.

10.4.26

La madre de todos los temas


¿Existo? ¿Cómo saber que existo? He ahí la pregunta filosófica por excelencia. Intentar responder ha sido tema de la religión desde ya y como dije, de la filosofía.
Los hindúes intentaban averiguar la cuestión no sé, hace tres mil años. Porque quizás esto que nos parece ser la vida, estar vivos, no es muy diferente de un sueño. Ilusión, ‘Maya’.
Los filósofos vinieron después, con Descartes descubriendo aquello de, bueno, qué es lo que estoy haciendo todo el tiempo. Pensando. Entonces apareció el tema de ‘pienso, luego existo’. Pero estaban mal rumbeados porque si te metés un poquito otra vez con el advaita vedanta, verás que uno existe aún sin pensar. Se puede estar consciente sin pensamientos, no hay que confundir los estados con lo que subyace. Apareció aquello de, el yo que se da cuenta que piensa no es el yo que dice ‘existo’.
El tema como se verá no es para nada menor. Es la madre de todos los temas, la raíz. ¿Soy el hacedor o apenas el observador, el testigo de lo que sucede? Cómo separar lo real de lo ilusorio, el ser de la falsa quizás noción de individuo.
Quizás pensar no tenga entonces la menor importancia. Ni tampoco hacer. Existir es algo de lo más opinable. Deben ser estas ganas de coger, supongo.

30.3.26

Problema mío


Cada tanto pasa que por televisión entrevistan a alguien. A alguien que hizo algo por supuesto, sino no lo entrevistarían. Puede ser un deportista, un músico, un actor. Alguien que hace algo por lo cual otros alguienes pagarían una entrada para verlo.
Y en medio del reportaje ese alguien mira por la ventana del bar o se pone serio o enciende un cigarrillo o se acomoda los lentes. Y dice: si volviera a nacer haría todo igual, haría lo mismo.
Me molesta eso. ¿Qué tipo de persona hay que ser para decir algo así? Porque yo si volviera a nacer bueno, haría todo distinto. Practicaría otro deporte del que practiqué, estudiaría otra carrera de la que estudié, trataría de conocer mujeres distintas de las que conocí, tendría otros amigos. Tomaría vodka tonic en lugar de whisky supongo, trataría que no me gusten las milanesas con puré. Sufriría por cosas distintas a las que me hicieron sufrir, y estaría contento por cosas distintas a las que me pusieron contento tal o cual vez.
Si volviera a nacer sería otra persona, para resumir. Qué sentido tendría volver a nacer para volver a ser yo. A quién se le ocurriría algo así.

20.3.26

Todo lo que tenés que saber de una persona


Todo lo que tenés que saber de una persona lo podés saber sin mayores dificultades, si la ves desayunar. En un bar de barrio cualquiera. Puede ser Chacarita, sí claro, o Almagro. Colegiales, Palermo, el bar que quieras. El barrio que quieras. Sí, pichona, barrios privados también se aplica.
El tipo que la va de buen padre de familia y casi estira la nariz cada vez que pasa un culo intentando oler, prácticamente, el culo, a través del vidrio. La chica dispuesta a jurarte que ir al gym es su pasión, que estar hidratada es lo mejor que te puede pasar en la vida, tomando un mísero té y es puro fastidio y enrosca el saquito de té a la cucharita y lo aprieta con dos dedos y lo vuelve a apretar porque no lograr recordar dónde quedó la alegría y se quiere matar. El tipo que entra al bar y pide el Clarín y La Nación y Página y Ámbito y alguna revista también. Pero no quiere leer, quizás ni siquiera sabe leer, lo que quiere es tener algo que vos no tenés aunque sea por un ratito. Gratis desde ya, sentir que la vida cada tanto lo deja ganar a él también. ¿Te acordás qué lindo que era ganar a algo?
El tono de vendedor de autos usados del chico que le dice a la novia que la quiere, que nunca había sentido algo así, la mujer que llama al mozo y le dice que ella no pidió un cortado, ella sabe muy bien que pidió apenas cortado y quiere que le cambien la medialuna por otra no tan quemadita. Y quiere más agua también, si puede ser un agua más húmeda. El agua ya no es lo que era.
Entonces no importa, no tiene la menor importancia lo que vos tengas para decir de vos. Como regla general eso sí, lo que creas que valés dividilo por 4. Eso hasta los treinta años. Después de los treinta años lo que creas que valés dividilo por 6 y más o menos vas a estar cerca, una muy buena aproximación.
Pero la verdad es que mucho no importa tu opinión de vos. Para entender qué sos, para saber qué tipo de repugnante alimaña del bosque sos, lo único necesario es verte en un bar a la mañana. Tomando un café.

10.3.26

Toti a su manera


Toti y Martita se conocían desde la adolescencia, lo que equivalía a decir desde toda la vida. Se pusieron de novios y no se soltaron más. Mientras nosotros el resto de los pibes íbamos y veníamos con las novias, con la cocaína, con divorcios, con la vida. Toti se casó con Martita, no tenían ni veinte años. Se adoraban mientras el resto de nosotros nos dedicábamos a fracasar, a mantenernos a flote. La vida.
Toti trabajaba, se recibió mientras tanto, empezaron a progresar. Pasaron de un departamentito a una casa en Vicente López, cambió el auto desde ya, vinieron los hijos y un auto más. Siempre de buen humor y Martita ocupándose de la casa, esperando que Toti volviera de trabajar. Toti jugaba al fútbol los miércoles con nosotros, con los pibes.
Algún contratiempo, claro, uno de los chicos que se rompió un brazo en el colegio, nada grave. Y vacaciones, primero en Brasil, fotos de alguna playa tomando un trago multicolor. Martita con lentes poniéndole crema al Toti en la punta de la nariz. El mar de fondo, palmeras, un sol que parecía decirnos a todos que la felicidad era posible.
Por eso cuando me llamó Fabián el domingo no lo pude creer. Toti estaba detenido, había vuelto a su casa el martes y había matado a Martita, a los hijos y al perro, con un cuchillo Victorinox Cutlery de carnicero con borde Granton de 8 pulgadas. Después se había sentado a ver la televisión comiendo un tubo de papas fritas pringles con sabor a queso cheddar. Alguien de otra casa escuchó los gritos y llamó a la policía.
No nos dejaron verlo, su abogado decía que se había vuelto loco, que no era consciente de lo que había hecho. El abogado se lo puso la madre, que estaba aterrada y no paraba de llorar. Los chicos, sus nietos, asesinados por su propio padre que era además su hijo. Imposible.
Finalmente empezó el juicio. Fabían y Gustavo me dijeron que teníamos que ir el día de la audiencia. Así que fuimos.
Hacía calor en la sala, apenas habían puesto un ventilador de pie. Había familiares de Martita que lloraban y lanzaban amenazas, curiosos y periodistas, más gente.
Lo trajeron. Esposado, con un equipo de gimnasia Adidas verde, mal afeitado y un poco encorvado, no miraba a nadie, la vista clavada en un imaginario horizonte que quedaba en otra parte más arriba pero no demasiado.
Leyeron parte de la causa, hablaron los abogados de ambas partes. Entonces el juez, sentado detrás de un escritorio, le preguntó al Toti si quería decir algo. El abogado dijo que su cliente había perdido la capacidad de razonar y que no iba a hacer declaraciones.
El juez volvió a preguntarle a Toti si quería decir algo.
–Sí –dijo Toti, y se puso de pie en cámara lenta–. Todos los días lo mismo, no aguantaba más.
Y no sé si fue la sorpresa de verlo ahí y escucharlo hablar, pero se lo notaba convencido.

28.2.26

Igual no me gusta


Me sonó el timbre, debían ser las doce de la noche, raro. Era raro que me sonara el timbre en cualquier horario, no recibo gente en casa. Por lo general me molesta la gente en cualquiera de sus manifestaciones. Me molesta la gente afuera y adentro. Me molesta la gente y punto.
–Te bajo a abrir –dije.
Mi amigo H. vivía en San Isidro, tenía una cooperativa donde movía cheques y le iba bárbaro, tenía un hijo adolescente, estaba divorciado. Le gustaban los autos, las motos, las minas. Le iba bien.
–Me voy a morir –dijo.
–¿Eh?
–Me voy a morir –dijo otra vez, y se le escapó un sollozo.
Fui a la cocina, le serví un whisky, me serví uno para mí también. No tenía pañuelos descartables, le traje una toalla de mano para que se secara un poco la cara.
–Te escucho –dije y esperé. Seguro se había hecho algún chequeo y algo le había dado mal. Los médicos son un equipo que juega a saber algo que vos no sabés, y siempre lo que no sabés y ellos sí saben es que te está por pasar algo muy malo. Pero la gente se moría, eso era cierto, cada vez más. Había una cantidad de enfermedades nuevas, físicas y mentales, que hacía diez años ni siquiera existían. Sign of the times, diría el Prince.
–No, bueno –se quedó mirando por el ventanal, hacia el contrafrente que daba a la nada misma.
–Qué tenés –tomé un sorbo de whisky–, ¿La papa?
–No, no –dijo.
–¿Algo en la sangre? –negó con la cabeza– ¿El corazón?
–No –dijo–. No tengo nada, Estoy bien.
–¿Y entonces?
–Me voy a morir –dijo–. En algún momento.
–Y sí.
–Y no voy a existir más.
–Sí, como todo el mundo.
–Quiero decir –se secó los mocos con la toalla–. No voy a estar. Va a seguir habiendo árboles y motos y perros y carreras de fórmula 1, pero yo no los voy a ver.
–Camarada, amigo –dije–. No elegimos nacer. Venimos a la tierra por una situación ajena a nuestra voluntad. Después pasa el tiempo y nos morimos, funciona así.
–¡Nooo! –se paró, dio un paso adelante, un paso atrás– ¡No lo puedo aceptar!
–No importa –dije–No se trata de aceptar ni de entender. Es algo que sucede.
–No quiero –dijo.
–Nadie quiere –dije–. Aunque después hay un momento donde se suelta algo, las cosas dejan de tener sentido. Un dejar ir.
–¡No! –Miró el vaso. Fui a la cocina a buscar la botella. Le serví.
–La muerte no puede ser metaforizada –dije–. La propia muerte no admite explicación ni interpretación. Nos deja estupefactos, perplejos. Pero si te fijás bien, nadie recuerda tampoco haber nacido. Así que podríamos decir que el nacimiento jamás ocurrió, y cuando llegue finalmente la muerte no vas a poder estar ahí para observar lo que sucede. Por lo tanto no nacemos ni morimos, el hombre es una chispa entre dos nadas dijo el poeta en camiseta. Eso que creemos ser, el ‘yo’, es apenas una olita en el inmenso océano de la conciencia, una arruga en una infinita sábana, una contracción energética, un pedo en una fábrica de ventiladores. Un puñado de recuerdos colgado de un ganchito de conciencia que nos hace creer que existimos. No mucho más que eso.
–Igual no me gusta –dijo H.
–No –dije–. Al principio viene el terror, pero después se acomoda.
–No sé, algo no me cierra. Algo no termino de entender –miró hacia atrás, hacia la cocina– ¿No tenés algo para comer? Me dio hambre.
–Tengo un poco de queso y fiambre. Pido una pizza.

20.2.26

Un juego


Empezó de casualidad, como empiezan tantas cosas. Podríamos decir que no fue mucho más que un mecanismo de negación, un juego.
Bajé a la calle y estaba tan podrido, tan hinchado las pelotas por decirlo de técnica manera, que cerré los ojos. Eso fue todo, eso hice.
Y caminé. Mi idea era dar tres pasos con los ojos cerrados. Dobles, los pasos, quiero decir, izquierda-derecha contaba como ‘uno’. Listo. Le tomé el gustito, cuando bajaba de mi casa para ir a trabajar, cuando salía de una reunión o de comprar algo en un negocio, cuando salía del subterráneo en pleno microcentro (aunque parecía un poco más difícil). Tres pasos, con los ojos cerrados.
Me afiancé, no me costaba nada, sin esfuerzo. Así que decidí que podía aumentar la cantidad de pasos, me sentía más confiado. Uno le va tomando la mano a cualquier cosa que practica.
Una cosa fue llevando a la otra, más pasos, más pasos, y un día me di cuenta que había caminado casi una cuadra completa con los ojos cerrados.
Para no aburrirte, para resumir. Empecé a andar con los ojos cerrados, o abiertos pero sin mirar nada de nada, porque si entraba a la fiambrería a comprar doscientos gramos de mortadela y un mendicrim con los ojos cerrados el fiambrero me decía ‘señor, ¿le pasa algo?’. Así que si tenía que hablar con alguien abría los ojos pero sin ver nada, la mirada perdida un poco más arriba de la línea de los ojos del ocasional interlocutor. Los ojos abiertos para disimular.
Me empezó a ir mejor y mejor, el universo todo se volvía infinitamente más amable. Las cosas que me molestaban dejaron de molestarme. Volví a reírme, volví a coger. Y yo no sé si fue un regalo o un don o instinto de supervivencia. Quizás perdí el interés.