30.5.26

El perro Wilson


Estaba de novio por curioso que parezca. Después de haber estado en pareja muchos años, convivir y esas cuestiones, el hombre va descubriendo que si bien no es bueno que el hombre esté solo, existen cosas peores que estar solo (buk dixit). Llega un momento que estar en una habitación a oscuras con un whisky más o menos decente y unos daditos de queso te empieza a parecer el trato más justo del mundo.
La conocí no importa dónde, en una salida a tomar unas cervezas después del trabajo, me la presentó alguien y quedamos sentados más o menos cerca, le dije algo gracioso, me dijo que le hacía bien reírse.
Nos empezamos a ver, no quiero aburrir con los detalles. Vas a un restaurante y comés algo rico, tomás vino, te das cuenta que tenés algún punto de vista en común con la otra persona, cogés un poco. Te parece un milagro que todavía haya quedado algún durazno para arrancar del árbol de la alegría. Tenés planes otra vez, querés cambiar el auto, vacaciones compartidas.
Me pidió que la acompañara a su pueblo, al lugar donde había nacido, a conocer a su familia. Unos trescientos kilómetros de la capital, agarramos un fin de semana largo y nos fuimos.
Buena gente, sencilla, trabajadores (repugnantes y resentidos pero eso viene un poco después, no hace falta spoilear la serie). Prepararon un almuerzo, alegres de ver a la hija que venía haciendo, como todos, lo que podía. Traté de parecer amable y apenas ingenioso, no hablar demasiado, llevé una caja de buenos vinos. Había un hermano y había una tía y había un perro y había un gato.
Pero todo eso no es lo importante, no es lo que quería decir. Digamos que es el contexto.
Había un perro. Un perro bastante viejo, pequeño, atorrante. Tenía dificultades para respirar y no se lo podía alzar porque le dolía algo atrás, como si algo le apretara a la altura de la cadera. Si le tocabas esa zona aunque fuera sin querer, te mordía.
El perro se llamaba Wilson. Y lo único que hacía era pedir comida. Iba y venía turnándose con cada persona que le prestaba atención alrededor de la mesa. Pedía comida, pedacitos de chorizo, de molleja, pan, carne, vacío, papa, lo que fuera.
Acá viene lo interesante.
El perro Wilson era pequeño. Y había estado comiendo desde el desayuno todo lo que podía, así que no podía más. Iba llevando todo lo que conseguía hasta una punta de la cocina debajo de una mesita, donde le habían puesto una cucha con una frazada
Iba y venía incansable, transportaba toda la comida que fuera capaz de acumular. El padre de mi novia hizo un comentario al respecto y todos festejaron. La actitud de Wilson les parecía normal, inevitable, divertida.
–No deja de ser curioso –dije–, pero yo llevo años haciendo algo parecido. Y estoy seguro que ustedes lo verían como algo reprochable.

20.5.26

Gracioso


Preparamos el asalto dos años. Éramos cuatro, porque yo dije que para asaltar el banco debíamos ser cuatro personas. El más importante aunque parezca raro era el Chino. El Chino era el encargado de manejar, de conducir el vehículo después de robar el banco. La gente cree que lo difícil es apuntar con una pistola a la cabeza del gerente de la sucursal o cortarle una oreja a su secretaria mientras el tesorero vomita, literalmente primero, y la combinación del tesoro después. No, nada de eso. Lo difícil es acelerar y doblar y subir a la autopista o tirar el auto en Dock Sud y subirse a otro auto, un Fiat Uno cagado a palos y estar en menos de una hora en Chascomús, llegar a Maipú, a Madariaga, como si fuéramos cuatro amigos que teníamos ganas de salir a pescar.
Me sabía el plano de la sucursal de memoria, el horario de los guardias y el día que traían la plata para pagar los sueldos de los empleados del estado. Hubiera podido caminar por la sucursal de ese banco con los ojos vendados. Teníamos los fierros, Toni era experto para los fierros, pistolas brasileñas Taurus nuevitas, frescas como churrascos. Venía Eduardito también. Desde hace años que soy socio de Eduardito, nos criamos juntos, es un pibe de confianza. Para mí Eduardito es un hermano.
Llegó finalmente el día. La mañana del viernes donde nos íbamos a levantar más de siete palos grupo green. Llovía, puta madre, prefiero no trabajar con lluvia, qué se le va a hacer.
Esperamos que abriera la sucursal y a las once menos cuarto, de a uno, fuimos entrando.
–¡Arriba las manos, nadie se mueva! –Le di un empujón de atrás al desprevenido guardia que intentaba sintonizar su precaria radio de mano y salté sobre el mostrador donde estaban las cajas. Apunté en todas direcciones hacia abajo, desde las alturas, cubierto por lentes negros y una gorrita con visera con un anuncio de la Copa Libertadores– ¡Esto es un asalto!
La gente se empezó a reír. Primero una cajera se tentó y lanzó una carcajada mientras me apuntaba con el celular. En seguido se sumaron un par de clientes. Alguien aplaudió mientras buscaba a qué cámara saludar. El guardia de seguridad se puso de pie frotándose el hombro.
Es que yo siempre fui un tipo muy gracioso desde que era chico. En el colegio la profesora me hacía pasar al frente para dar la lección de geografía y la gente se mataba de risa. Debe ser mi forma de hablar o cómo muevo las manos. Son esas cosas que no tienen demasiada explicación, me pasa todo el tiempo.

10.5.26

Resuena en mí


Cada vez que entrevistan por televisión a un asesino serial, alguien que secuestraba personas, alguien que asaltaba bancos con inaudita crueldad o trabajaba de sicario, de killer, por encargo, bueno, siento una incómoda fascinación.
Uno escucha hablar a la persona y se da cuenta que hay puntos de contacto con uno mismo, eso quise decir. Algún modismo, la manera de expresarse o el sentido del humor, la violencia contenida, gestos, rasgos, un modo de sentarse o de rascarse la nariz o de apagar un cigarrillo.
Uno advierte entre risueño y sorprendido que comparte tal o cual punto de vista, que una determinada explicación se le antoja perfectamente plausible, que bien podría haber sido uno con el adecuado envión, en la precisa circunstancia, quien perpetrara los hechos que el periodista narra en pantalla respecto al entrevistado.
Uno descubre que hubiera sido capaz de cometer las peores barbaridades sin mayores inconvenientes.
Ahora, cuando muestran a alguien que ha hecho alguna proeza, que ha escalado el Everest o que ha fundado un comedor para alimentar a chicos de la calle, alguien que resistió el ataque de un tiburón blanco en mar abierto o combatió un incendio forestal durante cinco días sin descanso, ahí no. Ahí no siento la menor empatía. Me alegra que exista gente así, pero se me antojan de una especie diferente. Sentiría lo mismo si me dijeran que llegaron los marcianos.

30.4.26

Ritmo biológico


Se han hecho estudios científicos, he leído artículos en diversos jornales de medicina respecto a la importancia de los ritmos circadianos en lo que hace a las más diversas patologías relacionadas con el sueño.
Los animales tienen un ritmo biológico, creo que así lo podríamos definir, tampoco soy médico. El ritmo vital, metabólico por cierto, de los organismos vivos, tiene que ver con su exposición a la luz.
Hay si querés biorreguladores ajenos por decirlo de algún modo a la voluntad, que provocan que un determinado organismo se coloque en ‘modo despierto’ o en ‘modo sueño’ como si de una perilla, un interruptor, se tratara.
Los experimentos que se han hecho te contaba, consisten en exponer a moscas o a ratones a la luz o a la oscuridad y ver cómo el animal en cuestión, su cuerpo, responde en consecuencia. Le aplicás al animal, en el experimento, luz durante la noche u oscuridad durante el día, y le alterás todos los patrones de funcionamiento.
No es que el animal decida entonces despertarse o dormir. Su cuerpo es el que reacciona de acuerdo a la exposición a la luz. Se alteran los patrones, se rompe un equilibrio.
Lo que te quiero decir, lo que te digo, lo que te estoy diciendo, es que si no apagás de una vez el televisor te voy a dar una patada en la concha que no te la vas a olvidar en tu vida. Es probable que me ponga primero un zapato para entonces sí, darte una patada en la concha que van a tener que venir de médicos sin fronteras para ayudarme a sacar el zapato de adentro. Estoy tratando de dormir.

20.4.26

Satori


Estaba en el aeropuerto de Barcelona, tenía que ir a Madrid. No, no te quiero decir por qué estaba en el aeropuerto de Barcelona, y por qué tenía que ir a Madrid. Si quisiera decírtelo te lo hubiera dicho. Y sí, ya sé que todo el mundo que va de Barcelona a Madrid o de Madrid a Barcelona va en tren. Pero no sé, quizás por aquello que cantaba Carlos Alberto García Moreno cuando solía ser Charly García, eso de ‘no voy en tren, voy en avión’. Pero tampoco la verdad, había sacado pasaje en avión y estaba en el aeropuerto.
Los aeropuertos son una cosa rara. Hay una tensión muy particular, muy característica. Quizás la gente juega a que está esperando lo más tranquila pero no, porque estás comiendo cualquier cosa y todo el mundo se está moviendo y no sabés si anunciaron algo o si tenés que ir a otro sector y en el fondo de tu alma te tenés que subir a un avión con otros trescientos pelotudos como vos que además quieren tomar mate o pedir un bloody mary en un vasito de plástico o guardar tres valijas en el espacio donde entra media y así. Estar con mucha gente siempre es una mierda pero no tiene remedio, yo no lo inventé. Se viaja así.
Estaba sentado entonces, mirando la nada, mandando algún mensaje por wasá a alguien que mucho no le importaba, esperando que pasara el tiempo para subirme al avión y aparecer en Madrid. Había trabajado quizás veinte años, quizás treinta, en oficinas en el microcentro, así que cuando me molestaba algo, cualquier incomodidad, recordaba eso e inmediatamente me sentía mejor. Era mi manera de destrabar esos subidones de existencial fastidio.
Se me acercó una chica, debía ser venezolana o colombiana o panameña, no sé si podía definirlo pero transpiraba caribe. Piel té con leche, pelo lacio, uñas increíblemente largas pintadas de color borravino, se paró frente a mí, manos a la cintura. Imposible no mirarla, llevaba puesto un vestido de algodón blanco pegado al cuerpo como si fuera cinta adhesiva. Se le marcaba sólo la bombacha negra, minúscula, por debajo del algodón. No tenía corpiño. Tetitas pequeñas y firmes, pezones puntiagudos, una maravilla. Debía tener veinte años como mucho. Zapatos rojos altísimos. Era muy flaca, era una maravilla de la naturaleza y lo sabía y sabía que todos los que la miraban también lo sabían.
–Ey -me dijo. Se paró justo frente a mí y separó un poco las piernas.
–Sí -dije. Supuse que me quería consultar algo.
–Me va tu onda -dijo-. Parecés un poco pervertido y un poco cansado. Vamos al baño de discapacitados así tenemos más espacio. Te la chupo por doscientos dólares.
–¿Eh?
–Que te la chupo por doscientos dólares. Necesito algo de dinero.
–Me sorprendiste la verdad -sonreí, apenas-. Pero no, te lo agradezco.
–Dale, no seas bobo -dio medio paso adelante, casi podía mordisquearle los pezones-. No sabés lo bien que la chupo, y cuando me veas desnuda, estoy nuevita nuevita. Vas a enloquecer. Podés sacarme fotos si querés contarle a tus amigos.
–Mirá -dije-. Se nota que estás más buena que comer pollo con la mano, pero no. En cuanto eyacule, y voy a eyacular en menos de cinco minutos, voy a extrañar mis doscientos dólares. Con doscientos dólares en Madrid tiro unos días. Me dijeron que vaya a comer huevos rotos a Casa Lucio. Pero ahora voy a ir al baño y me voy a masturbar pensando en vos, pensando lo lindo que sería tenerte de parada contra una pared y apoyarte la pija en el orto, porque una cosa bella es una alegría para siempre dijo el poeta aunque quizás no se refería a eso, pero te lo juro.
–Qué imbécil eres, y encima argentino -Dio media vuelta y se perdió entre la gente.
Me paré, consulté la pantalla con los vuelos. Faltaban todavía un par de horas, así que volví a sentarme al mismo lugar. El runrún de fondo, la gente masticando y hablando por teléfono y comprando cualquier cosa, en fin. El género humano estaba condenado a la extinción sin dudas.
–Señor –Miré. Me estaba hablando a mí, asiento de por medio. Un muchacho, debía ser indio seguramente, por el color de piel tan particular, tan característico, y el pelo negro azabache peinado para el costado. Iba en ojotas y ropa ligera, como de bambula. Los ojos muy fijos mientras me miraba, se lo notaba preocupado.
-Sí -dije.
–Soy un terrorista.
–Mirá vos -dije.
–Ve el paquete que tengo debajo del asiento -cambió de asiento al que estaba al lado mío, y se acercó como si fuéramos amigos y me estuviera haciendo una confidencia.
–Sí, lo veo -dije.
–Bueno -dijo-. Es una bomba. Vamos a atentar contra el aeropuerto. Va a ser el atentado más grande que ha ocurrido aquí en España. Van a tener que pagar el daño que nos han hecho.
–Entiendo -dije.
–Ahora yo me voy a parar y va a venir un muchacho muy parecido a mí. Es mi primo Said. En cuanto saque el teléfono y oprima la tecla asterisco, el aeropuerto va a volar en mil pedazos.
–Okey -dije.
–Le aviso para que se vaya lo antes posible, está a tiempo de llegar a la puerta y pedir un taxi. No sé, sentí culpa quizás, me pareció correcto salvar al menos a una persona. Supongo que está bien que alguien se salve.
–Bueno loco, te agradezco el gesto.
–¡Se tiene que ir ahora si quiere salvar su vida! -se puso de pie, me palmeó un hombro-. Esto va a ocurrir en menos de cinco minutos.
–Bueno, gracias por el aviso -dije-. Y saludos a tu familia, de donde carajo sean ustedes.
El pibe salió corriendo, el paquete envuelto en papel madera quedó debajo del asiento donde se hallaba sentado al principio. Nadie parecía darse cuenta.
Dejé pasar el rato, me distraje mirando a las familias, la gente comiendo. Tenía ganas de fumar pero tampoco tenía ganas de moverme demasiado. Quería saber de qué puerta salía mi avión para ir acercándome. Subir al avión siempre es un quilombo, la gente enloquece y no respeta una puta instrucción. La gente es una mierda.
–¡Señor, señor! -Otra vez sopa, pensé. Una señora venía corriendo, agitada, algo excedida de peso, cuando frenó de golpe se le cayeron los anteojos al piso. Tenía una bolsa en cada mano cargadas de abrigos, camperas, pulóveres, y arrastraba una valija -¿No vio pasar a un niño?
–¿Eh?
–Un niño pequeño, me distraje comprando un refresco y se me ha escapado. El Brian. ¡Brian, Brian! -Soltó las bolsas en el piso y miró en todas direcciones.
–No, no vi a nadie. Estaba distraído -dije-. Además, está lleno de gente.
–¡Señor! El Brian es mi ahijado, debo llevarlo con mi hermana Irma que vive en Asunción -sollozó una, dos veces-. Tiene 5 años, lleva puesto jeans y una campera inflable roja. ¡Ayúdeme a buscarlo! ¡Quizás me lo han secuestrado!
–No creo -dije. Justo me había comprado un paquete de papas lays corte americano y una lata de coca cola regular, como dicen aquí. La verdad que la combinación era casi imbatible–. Seguro que aparece en cualquier momento.
–¡Pero señor, necesito ayuda! -Dijo la mujer y dio una especie de patada contra el piso.
–Sí, todos necesitamos ayuda -dije.
La señora me insultó, me dijo viejo y gordo y puto y miserable y no sé qué más y salió corriendo. Buscando al Brian supongo.
Y entonces tuve un satori. Un relámpago de luz que me iluminó por lo que dura un parpadeo, un instante. Entendí todo. Me había pasado toda la vida angustiado, triste, por no haber sido lo suficientemente bueno en nada. No había logrado ser campeón del mundo de ajedrez ni un gran jugador de waterpolo ni un escritor más o menos reconocido ni había logrado hacerme rico dedicándome a las finanzas. No había logrado nada de nada que mereciera ser destacado y eso me había atormentado desde que podía recordar. Desde siempre.
Y me di cuenta que no importaba, no importaba mi fracaso personal en todos y cada uno de los rubros del horóscopo. No importaba si las cosas buenas de la vida se habían ido como una luz debajo de una puerta. Lo único que quería, lo único realmente importante mientras durara mi residencia en la tierra (Neruda dixit) era que no me rompieran mucho las pelotas.

10.4.26

La madre de todos los temas


¿Existo? ¿Cómo saber que existo? He ahí la pregunta filosófica por excelencia. Intentar responder ha sido tema de la religión desde ya y como dije, de la filosofía.
Los hindúes intentaban averiguar la cuestión no sé, hace tres mil años. Porque quizás esto que nos parece ser la vida, estar vivos, no es muy diferente de un sueño. Ilusión, ‘Maya’.
Los filósofos vinieron después, con Descartes descubriendo aquello de, bueno, qué es lo que estoy haciendo todo el tiempo. Pensando. Entonces apareció el tema de ‘pienso, luego existo’. Pero estaban mal rumbeados porque si te metés un poquito otra vez con el advaita vedanta, verás que uno existe aún sin pensar. Se puede estar consciente sin pensamientos, no hay que confundir los estados con lo que subyace. Apareció aquello de, el yo que se da cuenta que piensa no es el yo que dice ‘existo’.
El tema como se verá no es para nada menor. Es la madre de todos los temas, la raíz. ¿Soy el hacedor o apenas el observador, el testigo de lo que sucede? Cómo separar lo real de lo ilusorio, el ser de la falsa quizás noción de individuo.
Quizás pensar no tenga entonces la menor importancia. Ni tampoco hacer. Existir es algo de lo más opinable. Deben ser estas ganas de coger, supongo.

30.3.26

Problema mío


Cada tanto pasa que por televisión entrevistan a alguien. A alguien que hizo algo por supuesto, sino no lo entrevistarían. Puede ser un deportista, un músico, un actor. Alguien que hace algo por lo cual otros alguienes pagarían una entrada para verlo.
Y en medio del reportaje ese alguien mira por la ventana del bar o se pone serio o enciende un cigarrillo o se acomoda los lentes. Y dice: si volviera a nacer haría todo igual, haría lo mismo.
Me molesta eso. ¿Qué tipo de persona hay que ser para decir algo así? Porque yo si volviera a nacer bueno, haría todo distinto. Practicaría otro deporte del que practiqué, estudiaría otra carrera de la que estudié, trataría de conocer mujeres distintas de las que conocí, tendría otros amigos. Tomaría vodka tonic en lugar de whisky supongo, trataría que no me gusten las milanesas con puré. Sufriría por cosas distintas a las que me hicieron sufrir, y estaría contento por cosas distintas a las que me pusieron contento tal o cual vez.
Si volviera a nacer sería otra persona, para resumir. Qué sentido tendría volver a nacer para volver a ser yo. A quién se le ocurriría algo así.

20.3.26

Todo lo que tenés que saber de una persona


Todo lo que tenés que saber de una persona lo podés saber sin mayores dificultades, si la ves desayunar. En un bar de barrio cualquiera. Puede ser Chacarita, sí claro, o Almagro. Colegiales, Palermo, el bar que quieras. El barrio que quieras. Sí, pichona, barrios privados también se aplica.
El tipo que la va de buen padre de familia y casi estira la nariz cada vez que pasa un culo intentando oler, prácticamente, el culo, a través del vidrio. La chica dispuesta a jurarte que ir al gym es su pasión, que estar hidratada es lo mejor que te puede pasar en la vida, tomando un mísero té y es puro fastidio y enrosca el saquito de té a la cucharita y lo aprieta con dos dedos y lo vuelve a apretar porque no lograr recordar dónde quedó la alegría y se quiere matar. El tipo que entra al bar y pide el Clarín y La Nación y Página y Ámbito y alguna revista también. Pero no quiere leer, quizás ni siquiera sabe leer, lo que quiere es tener algo que vos no tenés aunque sea por un ratito. Gratis desde ya, sentir que la vida cada tanto lo deja ganar a él también. ¿Te acordás qué lindo que era ganar a algo?
El tono de vendedor de autos usados del chico que le dice a la novia que la quiere, que nunca había sentido algo así, la mujer que llama al mozo y le dice que ella no pidió un cortado, ella sabe muy bien que pidió apenas cortado y quiere que le cambien la medialuna por otra no tan quemadita. Y quiere más agua también, si puede ser un agua más húmeda. El agua ya no es lo que era.
Entonces no importa, no tiene la menor importancia lo que vos tengas para decir de vos. Como regla general eso sí, lo que creas que valés dividilo por 4. Eso hasta los treinta años. Después de los treinta años lo que creas que valés dividilo por 6 y más o menos vas a estar cerca, una muy buena aproximación.
Pero la verdad es que mucho no importa tu opinión de vos. Para entender qué sos, para saber qué tipo de repugnante alimaña del bosque sos, lo único necesario es verte en un bar a la mañana. Tomando un café.

10.3.26

Toti a su manera


Toti y Martita se conocían desde la adolescencia, lo que equivalía a decir desde toda la vida. Se pusieron de novios y no se soltaron más. Mientras nosotros el resto de los pibes íbamos y veníamos con las novias, con la cocaína, con divorcios, con la vida. Toti se casó con Martita, no tenían ni veinte años. Se adoraban mientras el resto de nosotros nos dedicábamos a fracasar, a mantenernos a flote. La vida.
Toti trabajaba, se recibió mientras tanto, empezaron a progresar. Pasaron de un departamentito a una casa en Vicente López, cambió el auto desde ya, vinieron los hijos y un auto más. Siempre de buen humor y Martita ocupándose de la casa, esperando que Toti volviera de trabajar. Toti jugaba al fútbol los miércoles con nosotros, con los pibes.
Algún contratiempo, claro, uno de los chicos que se rompió un brazo en el colegio, nada grave. Y vacaciones, primero en Brasil, fotos de alguna playa tomando un trago multicolor. Martita con lentes poniéndole crema al Toti en la punta de la nariz. El mar de fondo, palmeras, un sol que parecía decirnos a todos que la felicidad era posible.
Por eso cuando me llamó Fabián el domingo no lo pude creer. Toti estaba detenido, había vuelto a su casa el martes y había matado a Martita, a los hijos y al perro, con un cuchillo Victorinox Cutlery de carnicero con borde Granton de 8 pulgadas. Después se había sentado a ver la televisión comiendo un tubo de papas fritas pringles con sabor a queso cheddar. Alguien de otra casa escuchó los gritos y llamó a la policía.
No nos dejaron verlo, su abogado decía que se había vuelto loco, que no era consciente de lo que había hecho. El abogado se lo puso la madre, que estaba aterrada y no paraba de llorar. Los chicos, sus nietos, asesinados por su propio padre que era además su hijo. Imposible.
Finalmente empezó el juicio. Fabían y Gustavo me dijeron que teníamos que ir el día de la audiencia. Así que fuimos.
Hacía calor en la sala, apenas habían puesto un ventilador de pie. Había familiares de Martita que lloraban y lanzaban amenazas, curiosos y periodistas, más gente.
Lo trajeron. Esposado, con un equipo de gimnasia Adidas verde, mal afeitado y un poco encorvado, no miraba a nadie, la vista clavada en un imaginario horizonte que quedaba en otra parte más arriba pero no demasiado.
Leyeron parte de la causa, hablaron los abogados de ambas partes. Entonces el juez, sentado detrás de un escritorio, le preguntó al Toti si quería decir algo. El abogado dijo que su cliente había perdido la capacidad de razonar y que no iba a hacer declaraciones.
El juez volvió a preguntarle a Toti si quería decir algo.
–Sí –dijo Toti, y se puso de pie en cámara lenta–. Todos los días lo mismo, no aguantaba más.
Y no sé si fue la sorpresa de verlo ahí y escucharlo hablar, pero se lo notaba convencido.

28.2.26

Igual no me gusta


Me sonó el timbre, debían ser las doce de la noche, raro. Era raro que me sonara el timbre en cualquier horario, no recibo gente en casa. Por lo general me molesta la gente en cualquiera de sus manifestaciones. Me molesta la gente afuera y adentro. Me molesta la gente y punto.
–Te bajo a abrir –dije.
Mi amigo H. vivía en San Isidro, tenía una cooperativa donde movía cheques y le iba bárbaro, tenía un hijo adolescente, estaba divorciado. Le gustaban los autos, las motos, las minas. Le iba bien.
–Me voy a morir –dijo.
–¿Eh?
–Me voy a morir –dijo otra vez, y se le escapó un sollozo.
Fui a la cocina, le serví un whisky, me serví uno para mí también. No tenía pañuelos descartables, le traje una toalla de mano para que se secara un poco la cara.
–Te escucho –dije y esperé. Seguro se había hecho algún chequeo y algo le había dado mal. Los médicos son un equipo que juega a saber algo que vos no sabés, y siempre lo que no sabés y ellos sí saben es que te está por pasar algo muy malo. Pero la gente se moría, eso era cierto, cada vez más. Había una cantidad de enfermedades nuevas, físicas y mentales, que hacía diez años ni siquiera existían. Sign of the times, diría el Prince.
–No, bueno –se quedó mirando por el ventanal, hacia el contrafrente que daba a la nada misma.
–Qué tenés –tomé un sorbo de whisky–, ¿La papa?
–No, no –dijo.
–¿Algo en la sangre? –negó con la cabeza– ¿El corazón?
–No –dijo–. No tengo nada, Estoy bien.
–¿Y entonces?
–Me voy a morir –dijo–. En algún momento.
–Y sí.
–Y no voy a existir más.
–Sí, como todo el mundo.
–Quiero decir –se secó los mocos con la toalla–. No voy a estar. Va a seguir habiendo árboles y motos y perros y carreras de fórmula 1, pero yo no los voy a ver.
–Camarada, amigo –dije–. No elegimos nacer. Venimos a la tierra por una situación ajena a nuestra voluntad. Después pasa el tiempo y nos morimos, funciona así.
–¡Nooo! –se paró, dio un paso adelante, un paso atrás– ¡No lo puedo aceptar!
–No importa –dije–No se trata de aceptar ni de entender. Es algo que sucede.
–No quiero –dijo.
–Nadie quiere –dije–. Aunque después hay un momento donde se suelta algo, las cosas dejan de tener sentido. Un dejar ir.
–¡No! –Miró el vaso. Fui a la cocina a buscar la botella. Le serví.
–La muerte no puede ser metaforizada –dije–. La propia muerte no admite explicación ni interpretación. Nos deja estupefactos, perplejos. Pero si te fijás bien, nadie recuerda tampoco haber nacido. Así que podríamos decir que el nacimiento jamás ocurrió, y cuando llegue finalmente la muerte no vas a poder estar ahí para observar lo que sucede. Por lo tanto no nacemos ni morimos, el hombre es una chispa entre dos nadas dijo el poeta en camiseta. Eso que creemos ser, el ‘yo’, es apenas una olita en el inmenso océano de la conciencia, una arruga en una infinita sábana, una contracción energética, un pedo en una fábrica de ventiladores. Un puñado de recuerdos colgado de un ganchito de conciencia que nos hace creer que existimos. No mucho más que eso.
–Igual no me gusta –dijo H.
–No –dije–. Al principio viene el terror, pero después se acomoda.
–No sé, algo no me cierra. Algo no termino de entender –miró hacia atrás, hacia la cocina– ¿No tenés algo para comer? Me dio hambre.
–Tengo un poco de queso y fiambre. Pido una pizza.

20.2.26

Un juego


Empezó de casualidad, como empiezan tantas cosas. Podríamos decir que no fue mucho más que un mecanismo de negación, un juego.
Bajé a la calle y estaba tan podrido, tan hinchado las pelotas por decirlo de técnica manera, que cerré los ojos. Eso fue todo, eso hice.
Y caminé. Mi idea era dar tres pasos con los ojos cerrados. Dobles, los pasos, quiero decir, izquierda-derecha contaba como ‘uno’. Listo. Le tomé el gustito, cuando bajaba de mi casa para ir a trabajar, cuando salía de una reunión o de comprar algo en un negocio, cuando salía del subterráneo en pleno microcentro (aunque parecía un poco más difícil). Tres pasos, con los ojos cerrados.
Me afiancé, no me costaba nada, sin esfuerzo. Así que decidí que podía aumentar la cantidad de pasos, me sentía más confiado. Uno le va tomando la mano a cualquier cosa que practica.
Una cosa fue llevando a la otra, más pasos, más pasos, y un día me di cuenta que había caminado casi una cuadra completa con los ojos cerrados.
Para no aburrirte, para resumir. Empecé a andar con los ojos cerrados, o abiertos pero sin mirar nada de nada, porque si entraba a la fiambrería a comprar doscientos gramos de mortadela y un mendicrim con los ojos cerrados el fiambrero me decía ‘señor, ¿le pasa algo?’. Así que si tenía que hablar con alguien abría los ojos pero sin ver nada, la mirada perdida un poco más arriba de la línea de los ojos del ocasional interlocutor. Los ojos abiertos para disimular.
Me empezó a ir mejor y mejor, el universo todo se volvía infinitamente más amable. Las cosas que me molestaban dejaron de molestarme. Volví a reírme, volví a coger. Y yo no sé si fue un regalo o un don o instinto de supervivencia. Quizás perdí el interés.

10.2.26

Ese sabor


Alquilo una caja de seguridad en un banco. El procedimiento para su utilización es algo complicado, algo misterioso. Uno debe descender por prodigiosos pasadizos hasta las entrañas de la ciudad misma, uno debe ingresar en lúgubres catacumbas comparables a las que se exhiben en esos documentales que pasan por televisión donde un grupo de arrojados exploradores se aventuran en el corazón de alguna pirámide y entonces ya nada vuelve a ser igual, ya nada vuelve a ser lo mismo.
Se accede finalmente a un recinto protegido por barrotes de acero templado, donde el aire es puro pero irrespirable, oxidado por el contacto con la riqueza en cualquiera de sus manifestaciones.
Luego se debe utilizar una llave mientras un cancerbero utiliza otra llave y recién entonces se obtiene una porción de espacio sagrado, una caja rectangular, un receptáculo donde esconder lo más íntimo, lo más precioso, lo más privado.
Dejo en la caja de seguridad una bolsa que extraigo de mi maletín. La bolsa contiene, según obra en letra impresa sobre el nylon, un kilogramo de arroz yamaní que compré en la esquina de las flores. Es un buen arroz, me gusta comerlo con oliva y orégano y un poco de queso rallado. Le pongo queso blanco también, algún queso untable tipo Finlandia, no sé de dónde lo aprendí, supongo que de chico aunque no existía el queso Finlandia pero sí algún otro y me quedó ese recuerdo. Ese sabor.
Repito el procedimiento con idéntico cuidado al mes siguiente, y al otro. Voy una vez por mes hasta completar los cinco kilogramos, no queda espacio para más.
Sólo me queda ir una vez por mes y constatar mediante la vista, mediante el tacto, que todo sigue igual. Tal como lo he dejado.
El arroz para aquellos que no lo saben, es más barato que el oro. Y nadie piensa por lo general en utilizar aquello que deja en una caja de seguridad. Se trata supongo y entiendo, de acercarse a esa particular tranquilidad que da el saber que en algún lugar hay algo que es de uno, que se es poseedor de algo.

30.1.26

Pelotita


En Florida y Lavalle a las nueve de la mañana, probablemente la esquina con mayor densidad poblacional de la República Argentina (la historia transcurre antes de la pandemia) con todo lo que eso implica, un muchacho se detiene. Quiero avanzar, seguir, pero no puedo. El muchacho está haciendo algo y todos lo observan.
El muchacho ha sacado una pelotita de tenis de alguna parte y la hace rebotar sobre su cabeza. El muchacho mira hacia arriba, tiene ambas manos ocupadas por bolsas de supermercado.
Y algunos se ríen, otros murmuran ‘no lo puedo creer’ porque la pelotita va a caerse, tiene que caerse pero no se cae, rebota y vuelve a rebotar otra vez ante ínfimos ajustes del muchacho que acomoda su cabeza y mira hacia arriba, a un azulejo de cielo rayado de cables.
Nos quedamos así mirando, una multitud de voluntades que no podemos dejar de mirar esa pelotita recubierta de felpa entre amarillo y verde con bastante mugre, el muchacho agazapado que parece decir ‘sé hacer esto, puedo hacer esto hasta que se haga de noche’.
Finalmente el muchacho se aparta un poco, deja que la pelotita pique una vez sobre la vereda, para luego tomarla con una mano y exhibirla durante un instante, y hacerla entonces desaparecer en una de las bolsas.
El muchacho ha concluido su acto y sigue caminando. La gente sonríe una vez más, cruzamos algunas miradas como si hubiéramos visto al Papa o un eclipse, y cada cual sigue su camino.
Tener un don de escasa o nula utilidad es algo que me había atormentado desde que puedo recordar, desde siempre. Me siento mejor.

20.1.26

El auto fantástico


Mi amigo M. se acaba de divorciar. Los mejores planes, las más bellas intenciones se van a la mierda en lo que le lleva a una lagartija parpadear, cosas que pasan.
Mi amigo M. me llama y me dice:
–Quiero cambiar el auto. Acompañame a elegir un auto.
Una mujer, su mujer recién separada irá a cortarse el cabello, a comprar ropa, a ponerse tetas de durlock según el poder adquisitivo y las ganas de seguir adelante. Mi amigo M. desea cambiar el auto y no me parece mal.
Vamos a una concesionaria. Mi amigo M. tiene dinero, mucho dinero y quiere un auto caro. Elige un automóvil, después de preguntar y volver a preguntar, que hace parecer que James Bond viajaba en colectivo. Elige un automóvil que es demasiado bueno para ser real, un automóvil tan fantástico que un niño sería incapaz de elegirlo como juguete porque no lo sabría manipular. Se pueden hacer los cambios apretando un botoncito que está ubicado en el volante y hay una pantalla que muestra lo que va sucediendo en la calle como si se tratara de un jueguito electrónico y se puede programar con una computadora la temperatura de las distintas zonas del interior del vehículo y los asientos son de piel de foca bebé, cosas así.
Le entregan el automóvil a los tres días, paga al contado. El automóvil sale una vez y media el departamento en el que yo vivo, así son las cosas. Es lujo extremo, es confort total.
Mi amigo M. me pasa a buscar.
–¿Te gusta? –me pregunta.
–La verdad que es perfecto –digo.
–Ponete el cinturón por favor –me dice–. Necesito que me acompañes a hacer algo.
Tengo ganas de decirle que si piensa ir a buscar a su ex mujer para que vea su auto nuevo o para insultarla, no tiene sentido. Es como si ella dentro de unos meses lo fuese a buscar a su oficina con un escote hasta el ombligo o con un porongudo senegalés de veinte años no sé, no corresponde, el único lugar posible para el pasado es dejarlo atrás.
Se mete un barrio que está muy tranquilo, un barrio por el que no suelo transitar pero él parece conocer las calles, dobla una vez y vuelve a doblar.
–¿Y? ¿Adónde vamos? –pregunto, porque creo que ha llegado la hora de preguntar.
Mi amigo M. sube la música y acelera. Sesenta, ochenta, logra subir la velocidad a cien y apunta derecho a un paredón, parece no haber nada más que su bólido, nada detrás. Veo los grafittis que cubren la pared de ladrillos blanqueados. Veo una lengua de los rolling stones gigante y mal dibujada. Veo ropa colgada de un cable en una terraza de un primer piso. Y todo lo que veo lo veo mientras me agarro de algún lado, de los huevos, y dura tres segundos, no más.
–¿Qué hacés? ¡Pará! –alcanzo a decir y me tapo la cara con las manos.
Es un rugido, algo como una explosión y nada más. El auto ha embestido el paredón calculo que a unos cien kilómetros por hora. Sale humo por entre el amasijo de metales pero el cubículo en el que nos encontramos apenas se ha arrugado un poco.
–¿Estás bien? –me pregunta. Tiene un pequeño corte en la frente, ha estallado el cristal delantero sin llegar a partirse, o partiéndose en fragmentos demasiado pequeños pero que de algún modo quedan unidos entre sí como por una invisible red.
Lo miro. La pregunta es qué corno hizo, por qué hizo lo que hizo, qué quiso hacer, pero no pregunto nada porque todavía estoy asustado del impacto. Busco en el piso del automóvil, trato de localizar mi teléfono celular. Veo una muela, un pedazo de diente.
–Disculpame –dice–. Pero al divorciarme, cuando todo lo que había construido se fue al demonio me sentí muy solo. Necesitaba ver que todavía quedan cosas hermosas por destrozar.

10.1.26

Illuminati


El hombre nos explica las ventajas del vegetarianismo. El hombre explica el nivel de stress supremo que experimenta el animal en el momento previo a ser asesinado, lo que describe está por encima del umbral de crueldad que cualquiera de nosotros sería capaz de soportar. Para reforzar los conceptos, para no dejar dudas respecto al mensaje que desea transmitir, el hombre exhibe un video en una pantalla donde se ve un matadero al momento de aplicar el procedimiento, la forma correcta de degollar al animal, o el martillo neumático, la sangre, los gritos, en fin. Aquel que coma carne es una bestia sin posibilidad de redención y nada más.
Entonces el hombre explica cómo se ha elaborado el alcohol desde el origen de los tiempos, sus propiedades intrínsecas y el papel que jugó desde las más antiguas civilizaciones. El hombre vuelve a usar su computadora y proyecta una secuencia de fotos, fotos de hígados, fotos de hígados en diversos estados de descomposición, qué les ha sucedido a los hígados y a sus respectivos portadores luego de haberse arrojado de indolente manera en los brazos de la bebida. El deterioro es difícil de explicar, de soportar con la mirada, contener el asco.
Luego el hombre explica que la nicotina es satán, que su nivel de asimilación a través del torrente sanguíneo es treinta y tres veces más poderoso que el de la cocaína misma. Ahora en la pantalla exhibe una suerte de nubes negras y explica que son pulmones arrasados por dos paquetes diarios de cigarrillos después de tres años, y así. El hombre explica cómo se van muriendo los alvéolos pulmonares, saca una bolsa de residuos tamaño consorcio y la arruga lentamente dentro de un puño para que entendamos la pérdida de capacidad pulmonar.
Y sigue. El hombre explica el daño cerebral que provocan las drogas, cómo el cerebro se transforma en un huevo frito achicharrado imposible no sólo de comer, sino de despegar de un sartén. Mueren las neuronas y no se regeneran, vas quedando tontorrón mal.
Explica también que si bien no es excesivamente dañino fornicar, eso hace que perdamos la energía maestra que, sublimada debidamente y hecha ascender por la columna vertebral mediante misteriosas técnicas hindúes, nos permitiría alcanzar la iluminación, el fin último, la verdadera paz.
Lo que no puede explicar el hombre es por qué está tan triste, por qué su expresión es la de alguien que no da más.