Se accede finalmente a un recinto protegido por barrotes de acero templado, donde el aire es puro pero irrespirable, oxidado por el contacto con la riqueza en cualquiera de sus manifestaciones.
Luego se debe utilizar una llave mientras un cancerbero utiliza otra llave y recién entonces se obtiene una porción de espacio sagrado, una caja rectangular, un receptáculo donde esconder lo más íntimo, lo más precioso, lo más privado.
Dejo en la caja de seguridad una bolsa que extraigo de mi maletín. La bolsa contiene, según obra en letra impresa sobre el nylon, un kilogramo de arroz yamaní que compré en la esquina de las flores. Es un buen arroz, me gusta comerlo con oliva y orégano y un poco de queso rallado. Le pongo queso blanco también, algún queso untable tipo Finlandia, no sé de dónde lo aprendí, supongo que de chico aunque no existía el queso Finlandia pero sí algún otro y me quedó ese recuerdo. Ese sabor.
Repito el procedimiento con idéntico cuidado al mes siguiente, y al otro. Voy una vez por mes hasta completar los cinco kilogramos, no queda espacio para más.
Sólo me queda ir una vez por mes y constatar mediante la vista, mediante el tacto, que todo sigue igual. Tal como lo he dejado.
El arroz para aquellos que no lo saben, es más barato que el oro. Y nadie piensa por lo general en utilizar aquello que deja en una caja de seguridad. Se trata supongo y entiendo, de acercarse a esa particular tranquilidad que da el saber que en algún lugar hay algo que es de uno, que se es poseedor de algo.
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