El muchacho ha sacado una pelotita de tenis de alguna parte y la hace rebotar sobre su cabeza. El muchacho mira hacia arriba, tiene ambas manos ocupadas por bolsas de supermercado.
Y algunos se ríen, otros murmuran ‘no lo puedo creer’ porque la pelotita va a caerse, tiene que caerse pero no se cae, rebota y vuelve a rebotar otra vez ante ínfimos ajustes del muchacho que acomoda su cabeza y mira hacia arriba, a un azulejo de cielo rayado de cables.
Nos quedamos así mirando, una multitud de voluntades que no podemos dejar de mirar esa pelotita recubierta de felpa entre amarillo y verde con bastante mugre, el muchacho agazapado que parece decir ‘sé hacer esto, puedo hacer esto hasta que se haga de noche’.
Finalmente el muchacho se aparta un poco, deja que la pelotita pique una vez sobre la vereda, para luego tomarla con una mano y exhibirla durante un instante, y hacerla entonces desaparecer en una de las bolsas.
El muchacho ha concluido su acto y sigue caminando. La gente sonríe una vez más, cruzamos algunas miradas como si hubiéramos visto al Papa o un eclipse, y cada cual sigue su camino.
Tener un don de escasa o nula utilidad es algo que me había atormentado desde que puedo recordar, desde siempre. Me siento mejor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario