20.1.26

El auto fantástico


Mi amigo M. se acaba de divorciar. Los mejores planes, las más bellas intenciones se van a la mierda en lo que le lleva a una lagartija parpadear, cosas que pasan.
Mi amigo M. me llama y me dice:
–Quiero cambiar el auto. Acompañame a elegir un auto.
Una mujer, su mujer recién separada irá a cortarse el cabello, a comprar ropa, a ponerse tetas de durlock según el poder adquisitivo y las ganas de seguir adelante. Mi amigo M. desea cambiar el auto y no me parece mal.
Vamos a una concesionaria. Mi amigo M. tiene dinero, mucho dinero y quiere un auto caro. Elige un automóvil, después de preguntar y volver a preguntar, que hace parecer que James Bond viajaba en colectivo. Elige un automóvil que es demasiado bueno para ser real, un automóvil tan fantástico que un niño sería incapaz de elegirlo como juguete porque no lo sabría manipular. Se pueden hacer los cambios apretando un botoncito que está ubicado en el volante y hay una pantalla que muestra lo que va sucediendo en la calle como si se tratara de un jueguito electrónico y se puede programar con una computadora la temperatura de las distintas zonas del interior del vehículo y los asientos son de piel de foca bebé, cosas así.
Le entregan el automóvil a los tres días, paga al contado. El automóvil sale una vez y media el departamento en el que yo vivo, así son las cosas. Es lujo extremo, es confort total.
Mi amigo M. me pasa a buscar.
–¿Te gusta? –me pregunta.
–La verdad que es perfecto –digo.
–Ponete el cinturón por favor –me dice–. Necesito que me acompañes a hacer algo.
Tengo ganas de decirle que si piensa ir a buscar a su ex mujer para que vea su auto nuevo o para insultarla, no tiene sentido. Es como si ella dentro de unos meses lo fuese a buscar a su oficina con un escote hasta el ombligo o con un porongudo senegalés de veinte años no sé, no corresponde, el único lugar posible para el pasado es dejarlo atrás.
Se mete un barrio que está muy tranquilo, un barrio por el que no suelo transitar pero él parece conocer las calles, dobla una vez y vuelve a doblar.
–¿Y? ¿Adónde vamos? –pregunto, porque creo que ha llegado la hora de preguntar.
Mi amigo M. sube la música y acelera. Sesenta, ochenta, logra subir la velocidad a cien y apunta derecho a un paredón, parece no haber nada más que su bólido, nada detrás. Veo los grafittis que cubren la pared de ladrillos blanqueados. Veo una lengua de los rolling stones gigante y mal dibujada. Veo ropa colgada de un cable en una terraza de un primer piso. Y todo lo que veo lo veo mientras me agarro de algún lado, de los huevos, y dura tres segundos, no más.
–¿Qué hacés? ¡Pará! –alcanzo a decir y me tapo la cara con las manos.
Es un rugido, algo como una explosión y nada más. El auto ha embestido el paredón calculo que a unos cien kilómetros por hora. Sale humo por entre el amasijo de metales pero el cubículo en el que nos encontramos apenas se ha arrugado un poco.
–¿Estás bien? –me pregunta. Tiene un pequeño corte en la frente, ha estallado el cristal delantero sin llegar a partirse, o partiéndose en fragmentos demasiado pequeños pero que de algún modo quedan unidos entre sí como por una invisible red.
Lo miro. La pregunta es qué corno hizo, por qué hizo lo que hizo, qué quiso hacer, pero no pregunto nada porque todavía estoy asustado del impacto. Busco en el piso del automóvil, trato de localizar mi teléfono celular. Veo una muela, un pedazo de diente.
–Disculpame –dice–. Pero al divorciarme, cuando todo lo que había construido se fue al demonio me sentí muy solo. Necesitaba ver que todavía quedan cosas hermosas por destrozar.

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