Bajé a la calle y estaba tan podrido, tan hinchado las pelotas por decirlo de técnica manera, que cerré los ojos. Eso fue todo, eso hice.
Y caminé. Mi idea era dar tres pasos con los ojos cerrados. Dobles, los pasos, quiero decir, izquierda-derecha contaba como ‘uno’. Listo. Le tomé el gustito, cuando bajaba de mi casa para ir a trabajar, cuando salía de una reunión o de comprar algo en un negocio, cuando salía del subterráneo en pleno microcentro (aunque parecía un poco más difícil). Tres pasos, con los ojos cerrados.
Me afiancé, no me costaba nada, sin esfuerzo. Así que decidí que podía aumentar la cantidad de pasos, me sentía más confiado. Uno le va tomando la mano a cualquier cosa que practica.
Una cosa fue llevando a la otra, más pasos, más pasos, y un día me di cuenta que había caminado casi una cuadra completa con los ojos cerrados.
Para no aburrirte, para resumir. Empecé a andar con los ojos cerrados, o abiertos pero sin mirar nada de nada, porque si entraba a la fiambrería a comprar doscientos gramos de mortadela y un mendicrim con los ojos cerrados el fiambrero me decía ‘señor, ¿le pasa algo?’. Así que si tenía que hablar con alguien abría los ojos pero sin ver nada, la mirada perdida un poco más arriba de la línea de los ojos del ocasional interlocutor. Los ojos abiertos para disimular.
Me empezó a ir mejor y mejor, el universo todo se volvía infinitamente más amable. Las cosas que me molestaban dejaron de molestarme. Volví a reírme, volví a coger. Y yo no sé si fue un regalo o un don o instinto de supervivencia. Quizás perdí el interés.
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