Decidimos irnos de vacaciones con mi amigo Clark a Brasil. Estaba de moda, nos habían dicho que había que ir a Arraial D’ajuda, que era el sitio selecto donde había vivido y todavía vivía el violinista Pinchevsky y era la cuna de la joda, una isla libre donde nos íbamos a cansar de coger y tomar merca, en fin. Esa era la idea que se nos había metido en la cabeza y allá fuimos.
Fuimos todo en micro, no me voy a detener en eso. Foz de Iguazú, después pasamos fin de año en Río de Janeiro, y después otras veinte horas para llegar a Porto Seguro. Y después finalmente te cruzaba una barcaza a la isla de Arraial. Llegamos. Hoy me hacés viajar en auto a Miramar cuatro o cinco horas y me canso pero era joven, ya te dije.
El asunto es que conseguimos que unos argentinos que tenían un bar nos alquilaran una especie de cuartito que estaba al lado del depósito de las bebidas. Dormíamos con Clark en una cama de cemento sin colchón pero con mosquitero. Yo la primer noche no entendía para qué corno podía ser el mosquitero. Bueno, en el norte de Brasil había y supongo que deben seguir estando, unas cucarachas voladoras que iban quedando enganchadas en el mosquitero, y nosotros abajo tratando de dormir. Qué se yo, la vida.
Ya está, digamos que esa fue la intoducción. Recuerdo que salimos la primer noche, había una sola calle principal de tierra, la Broadway. Te sentabas en cualquier barcito a tomar, creo que lo llamaban ‘potenciado’. Te traían una ceveza y al lado un vasito con una medida de vodka, tirabas el vodka adentro de la cerveza. Poderoso, una patada de mula en la nuca, directo y efectivo.
Entonces veo que me mira una piba. En ojotas, shorcito y remera corta sin corpiño, una maravilla. Una negra, de cara un monstruo absoluto, fea como el carajo, pero un cuerpo perfecto. Allá en Brasil si te miraban no era como en Argentina, si te miran es que les interesa lo que están mirando y no tienen problemas. Una maravilla que yo desconocía.
Le hice un gesto para que viniera a la mesa, se sentó al lado mío. Le dije si quería tomar una cerveza, al rato me metió la lengua en la oreja mientras me manoteaba la poronga por encima del bermudas.
-¿Cómo te llamás? –le dije.
-Mico –me dijo.
-Hola, Mico –le dije.
Me levanté, le dije a Clark que me iba con Mico, me fui al cuartito.
Y acá viene el baile. Entramos, Mico se desnuda casi de inmediato, una bombachita rosa de encaje sobre su cuerpo perfecto. Tenés que entender, ya lo dije, que yo tenía veinte años. Se me paraba la pija de solo oler una teta. Y empezamos. Me faltó aclarar que yo jugaba waterpolo y tenía la fuerza de un chancho pecarí, el cuerpo y las ganas. Y Mico era una negra tallada recién bajada de los árboles, la naturaleza en todo su esplendor, la alegría de vivir.
Y le empiezo a chupar la concha, meto el hocico como un loco, y la doy vuelta y le empiezo a puertear el culo y ella encantada pero me dice ‘no, cuidado, sin camisinha, el sida…’, y yo me paro desnudo arriba de la mesa con la pija parada y grito ‘¡No pasa nada, estoy inmunizado!’, cualquier cosa, totalmente borracho y feliz.
Y cogemos. Y soy un tren bala, soy la fuerza viva que brota de la tierra y se transforma en púrpura pija que avanza y avanza. Y eyaculo como un babuino colgado de una rama y sigo, dejo que la pija respire dos o tres veces y sigo, vuelvo al ataque, la pongo en cuatro patas, la tiro al piso, me la siento encima, en fin. Una maravilla.
-¡Divagá! ¡Divagá! –Gritaba Mico.
Y sí querida mía, divago, sueño y vuelo y te saco a bailar en las alas de mi pija y te garcho en el aire y todo tiene sentido finalmente y es por esas cosas que descubrimos veinte años después que queríamos estar vivos y qué se yo la reputa madre.
Al rato, cuando terminamos, no la vi demasiado contenta a Mico pero supuse que estaba algo shockeada por mi gran performance o porque sabía que yo en algún momento me iba a tener que volver y ya me estaba extrañando. Le dije que volviéramos a la Broadway, debía buscar a Clark. Que nosotros nos quedábamos quince días, que al dia siguiente nos veíamos y la seguíamos.
A los dos o tres días se me ocurrió preguntar, estábamos fumando porro con unos brasileros macanudos con los que habíamos jugado al fútbol en la playa, y pregunté qué significaba, para ellos, ‘divagá’.
Y resulta que ‘divagá’ significa despacio o más despacio. Mirá vos, quién diría.
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