30.6.26

La sensación de libertad


Mi amigo H. iba caminando por la calle y se sintió mal. Se mareó, sintió que se le aflojaban las piernas y el corazón le comenzaba a latir como un hámster en pantuflas. Se pudo sentar en un bar y se quedó sentado un rato largo sin probar el café que pidió, muerto de miedo.
Un amigo le recomendó otro amigo, un médico macanudo, de confianza. H. pidió turno, recomendado, a los dos días el doctor lo recibió en el consultorio.
Lo revisó el doctor, después se sacó los lentes y se apretó con dos dedos los globos de los ojos, cerrados claro, como si quisiera adherir un poco más los ojos al cráneo. Y le habló.
Le dijo que no se preocupara, que igual le iba a pedir un chequeo completo, sangre y orina. Le dijo que tenía casi cuarenta y cinco años y estaba excedido de peso, vida sedentaria, el stress, las preocupaciones, el ritmo de vida. Había llegado la hora de modificar algunos hábitos, aceptar que uno se había venido grande, en fin.
A la semana volvió H., con los análisis. No había ninguna desgracia inmediata flotando en el horizonte, le explicó el doctor. Pero había comenzado a llover, como en la playa, caen unas gotas y se puede desatar una tormenta. Todos los indicadores daban un poco mal. ¿Fumaba? Sí. ¿Tomaba? Sí. Comía de más, había ido a jugar a la paleta por última vez hacía quince años.
Le dio unas vitaminas, el doctor, y algo para el colesterol. Y un poco de Rivotril para la noche por si tenía dificultades para descansar.
Había que volantear el camión, reinventarse, buscarse algo para hacer. Por el camino que había ido se había ido arruinando, el implacable pero sutil deslizamiento de la cinta transportadora de la vida. Hora de cambiar.
Compró una bicicleta. Recordó que de chico le encantaba andar en bicicleta en Miramar. Jamás había tenido una bici, eran pobres y en Miramar, para que tuviera algo para hacer, para que se dejara de romper las pelotas y sus padres pudieran dormir una siesta, le alquilaban una bici. Y él salía a dar vueltas por donde quisiera, el viento en la cara, la sensación de libertad.
En el trabajo había cochera y el edificio tenía gimnasio y vestuario, se lo daban como parte de los beneficios. Podía ir en bici, bañarse, y comenzar la jornada con otro humor. Volverse pedaleando tranquilo de nochecita, un cigarrillo, uno solo, como premio al llegar.
Lo agarró el 132 por Córdoba. De pleno. Voló como diez metros por el aire, golpeó la cabeza contra el asfalto, conmoción cerebral.
Se partió una pierna en catorce pedazos, pero la medicina había avanzado mucho. Le dijeron que después de una segunda cirugía, con unos seis meses de rehabilitación lo más probable era que volviera a caminar.

20.6.26

Lost in translation ponele


Lo importante, lo que hay que recordar para entender las honduras, el profundo significado de esta historia, es que yo tenía veinte años.
Decidimos irnos de vacaciones con mi amigo Clark a Brasil. Estaba de moda, nos habían dicho que había que ir a Arraial D’ajuda, que era el sitio selecto donde había vivido y todavía vivía el violinista Pinchevsky y era la cuna de la joda, una isla libre donde nos íbamos a cansar de coger y tomar merca, en fin. Esa era la idea que se nos había metido en la cabeza y allá fuimos.
Fuimos todo en micro, no me voy a detener en eso. Foz de Iguazú, después pasamos fin de año en Río de Janeiro, y después otras veinte horas para llegar a Porto Seguro. Y después finalmente te cruzaba una barcaza a la isla de Arraial. Llegamos. Hoy me hacés viajar en auto a Miramar cuatro o cinco horas y me canso pero era joven, ya te dije.
El asunto es que conseguimos que unos argentinos que tenían un bar nos alquilaran una especie de cuartito que estaba al lado del depósito de las bebidas. Dormíamos con Clark en una cama de cemento sin colchón pero con mosquitero. Yo la primer noche no entendía para qué corno podía ser el mosquitero. Bueno, en el norte de Brasil había y supongo que deben seguir estando, unas cucarachas voladoras que iban quedando enganchadas en el mosquitero, y nosotros abajo tratando de dormir. Qué se yo, la vida.
Ya está, digamos que esa fue la intoducción. Recuerdo que salimos la primer noche, había una sola calle principal de tierra, la Broadway. Te sentabas en cualquier barcito a tomar, creo que lo llamaban ‘potenciado’. Te traían una ceveza y al lado un vasito con una medida de vodka, tirabas el vodka adentro de la cerveza. Poderoso, una patada de mula en la nuca, directo y efectivo.
Entonces veo que me mira una piba. En ojotas, shorcito y remera corta sin corpiño, una maravilla. Una negra, de cara un monstruo absoluto, fea como el carajo, pero un cuerpo perfecto. Allá en Brasil si te miraban no era como en Argentina, si te miran es que les interesa lo que están mirando y no tienen problemas. Una maravilla que yo desconocía.
Le hice un gesto para que viniera a la mesa, se sentó al lado mío. Le dije si quería tomar una cerveza, al rato me metió la lengua en la oreja mientras me manoteaba la poronga por encima del bermudas.
-¿Cómo te llamás? –le dije.
-Mico –me dijo.
-Hola, Mico –le dije.
Me levanté, le dije a Clark que me iba con Mico, me fui al cuartito.
Y acá viene el baile. Entramos, Mico se desnuda casi de inmediato, una bombachita rosa de encaje sobre su cuerpo perfecto. Tenés que entender, ya lo dije, que yo tenía veinte años. Se me paraba la pija de solo oler una teta. Y empezamos. Me faltó aclarar que yo jugaba waterpolo y tenía la fuerza de un chancho pecarí, el cuerpo y las ganas. Y Mico era una negra tallada recién bajada de los árboles, la naturaleza en todo su esplendor, la alegría de vivir.
Y le empiezo a chupar la concha, meto el hocico como un loco, y la doy vuelta y le empiezo a puertear el culo y ella encantada pero me dice ‘no, cuidado, sin camisinha, el sida…’, y yo me paro desnudo arriba de la mesa con la pija parada y grito ‘¡No pasa nada, estoy inmunizado!’, cualquier cosa, totalmente borracho y feliz.
Y cogemos. Y soy un tren bala, soy la fuerza viva que brota de la tierra y se transforma en púrpura pija que avanza y avanza. Y eyaculo como un babuino colgado de una rama y sigo, dejo que la pija respire dos o tres veces y sigo, vuelvo al ataque, la pongo en cuatro patas, la tiro al piso, me la siento encima, en fin. Una maravilla.
-¡Divagá! ¡Divagá! –Gritaba Mico.
Y sí querida mía, divago, sueño y vuelo y te saco a bailar en las alas de mi pija y te garcho en el aire y todo tiene sentido finalmente y es por esas cosas que descubrimos veinte años después que queríamos estar vivos y qué se yo la reputa madre.
Al rato, cuando terminamos, no la vi demasiado contenta a Mico pero supuse que estaba algo shockeada por mi gran performance o porque sabía que yo en algún momento me iba a tener que volver y ya me estaba extrañando. Le dije que volviéramos a la Broadway, debía buscar a Clark. Que nosotros nos quedábamos quince días, que al dia siguiente nos veíamos y la seguíamos.
A los dos o tres días se me ocurrió preguntar, estábamos fumando porro con unos brasileros macanudos con los que habíamos jugado al fútbol en la playa, y pregunté qué significaba, para ellos, ‘divagá’.
Y resulta que ‘divagá’ significa despacio o más despacio. Mirá vos, quién diría.

10.6.26

Te conozco mascarita


Muchas veces entro a un taxi, empieza el viaje, el conductor habla de algo, de cualquier cosa, tiene ganas de hablar o de quejarse. Te sacan conversación. Y entonces.
–Con usted ya viajé –le digo–. Hace un par de meses. Me acuerdo porque usted me contó que no resiste más a su suegra. Me hizo reír, la forma en que lo contó. Cuando habló con su suegra y le dijo ‘te voy a matar, vieja de mierda’.
El tipo se sorprende primero, se ríe después. Se afloja, me mira por el espejito retrovisor.
–Siii, es verdad –mete un cambio, acelera–. Te llevé hasta Rivadavia y Cachimayo, creo. Llevabas a arreglar una computadora. Que memoria que tenés, flaco.
O subo al taxi y digo.
–Me acuerdo que usted me llevó a lo de mi prima, en Libertador y Olazábal. Usted me contó que es de San Lorenzo, que se emocionó mucho cuando supo que el Papa es de San Lorenzo. Que le dijo a su mujer que no le iba a pegar más, que quería que empezaran a ir a misa juntos, los domingos.
El tipo me mira y se rasca la barba, se acomoda los lentes, tiene una patilla de los anteojos pegada con cinta scotch.
–Es verdad, es verdad –frena, por el semáforo–. Si viene el Papa a la Argentina lo voy a ir a ver, aunque sea para verlo pasar. Se lo dije a Martita, le dije, vamos de una.
Eso es lo que hago. Le recuerdo al conductor que me contó que estuvo preso pero él no hizo nada, fue para ayudar a un amigo. O le digo al conductor que me contó cuando era flaco y tenía un boliche de salsa en Ituzaingó, no, en Hurlingham. Y así.
Una vez me pasó que el conductor se me quedó mirando.
–Mirá, es raro –dijo–. Porque todo lo que me decís que te conté es tal cual, es lo que me está pasando, es mi vida. Pero tuve un accidente manejando y estuve internado seis meses, me rompí una pierna en once pedazos, no podía manejar. Así que no te llevé, eso es seguro. ¡Ya sé! ¡Sos adivino! Tenés poderes, o sos telépata, no sé cómo se dice. Qué capo.
Y a mí me da no sé qué decirle que no, que no tengo poderes. Y que jamás me llevó antes, no sé quién es. No lo había visto nunca.
Acertar las dos o tres boludeces que te pasaron en la vida es la cosa más fácil del mundo.

*no hace falta que seas taxista. se aplica lo más bien.