30.6.20

Otras flores


Fui al cementerio. Domingo a la mañana. A ver a mi padre, bueno, es una manera de decir, a la tumba de mi padre.
Murió mi padre, hace más de diez años, bastante joven. Una buena persona, además, no debió morirse. Quedamos devastados, pero, por incomprensible que parezca, pasa el tiempo. De alguna manera se sigue. Seguimos todos, me parece un buen título para un libro de poemas. Ganaron los malos, sería otro título, no me peguen en el piso podría ser otro. Tengo más, títulos, pero no los libros, cosas que pasan.
Paré el auto. No debían ser ni las nueve de la mañana, y hacía frío. Me acordé de mi padre, no sé por qué, la noche anterior. Una frase que él solía decir y que yo de pibe no entendía, pero después sí. Después la entendí.
Cuando llegaba mi padre de trabajar ponía el noticiero, a la hora de la cena. Entonces, ponele que pasaban alguna catástrofe natural. Etiopía, donde raquíticas madres al borde de la inanición sostenían contra sus torsos a unas criaturitas del tamaño de un roedor, criaturas que eran puro ojos. Miradas desesperadas, del más puro estupor y hambre mientras las moscas se les posaban sobre los párpados no sé por qué, y ni las madres ni los chicos tenían la fuerza para espantar esas moscas. O ponele que mostraban unos refugiados que acababan de llegar a tierra, escapando, siempre escapando después de haber estado dos semanas en medio del embravecido mar viendo cómo el sol les derretía los ojos, tomando agua salada, casi desnudos. Tirando de la balsa a los que estaban desvanecidos para no hundirse, para así poder seguir.
–Esos tipos la pasan mejor que nosotros –decía mi padre mirando la televisión, muy serio, y seguía comiendo.
Dejé el automóvil, caminé. Se iba a largar a llover en cualquier momento. Seguí por el sendero, doblé, seguí. Nadie, por suerte. Un señor a lo lejos, bastante mayor, con un ramo de flores amarillas, de pie, como si estuviera esperando el colectivo de la muerte.
Una mujer. Una mujer demasiado cerca de la tumba de mi padre. Me acerqué. Me acerqué más al pequeño rectángulo de losa empotrado en el pasto.
–Buenos días –dije, porque la mujer estaba demasiado cerca, las losas están prácticamente una al lado de la otra. Hay poco espacio hasta para morirse, signo de los tiempos. Eso pensé.
–Sos igual –levantó la vista, la mujer–. Igualito.
–¿Eh? –me sorprendí. Retrocedí un paso.
–Igual a tu padre –dijo la mujer. Se acomodó un poco el gorro de lana que llevaba puesto.
–No entiendo –dije. Jamás había visto a esa mujer en mi vida, de eso estaba seguro.
–No, claro –dijo la mujer, sonrió–. Si no me conocés.
–No.
–Yo fui amante de tu padre.
Hizo una pausa. Tenía ojos claros, muy claros, y era bajita. Nada que ver con mi mamá.
–No –dije otra vez. No sabía qué decir.
–Sí. Conocí a tu padre cuando tenía unos cincuenta años, en una oficina. Yo trabajaba ahí, también. Nos vimos, empezamos a vernos. Me dijo que no podía dejar a su mujer. Estaba muy orgulloso de vos, decía que te iba bárbaro, que ibas a hacer un carrerón. ¿Tenés una hermana, no?
–Sí –dije.
–Me mostraba las fotos de sus nietos, de los hijos de tu hermana. Se le llenaba la cara de luz, adoraba a esos chicos.
–No –dije–. No puede ser.
–Sí, querido. Nos vimos como diez años. Tu padre era un gran hombre, yo lo adoraba. Nos conocimos tarde en la vida, qué podíamos hacer.
Tremendo. Imposible y tremendo. Mi padre había tenido una amante a la que veía los domingos a la tarde, mientras mi madre se iba a jugar con sus amigas a las cartas. ¿Tenía que contárselo a mi madre? ¿Hacerle daño? ¿Para qué? Quizás hablarlo con mi hermana, ella tenía derecho a saberlo, no sé.
–¿Esto es Acacias, no? –la mujer miró al cielo–. En cualquier momento se larga a llover.
–¿Eh?
–Si es Acacias, este sector.
–No –dije–. Es Camelias.
–Ah, entonces olvidate –la mujer miró su reloj, se abotonó el abrigo hasta bien arriba. Usaba una bufanda de color bordó–. Entonces no conocí a tu padre. Me equivoqué de tumba. Pero viste cómo es, todo tan parecido.

20.6.20

Miedo al miedo


Últimamente me pasa que tengo miedo. No sé qué baldosa pisé, no sé en qué curva de la vida doblé mal, tengo miedo de todo.
De un día para otro, así como escuchás. Tengo miedo de los terremotos y de las catástrofes aéreas, tengo miedo del cáncer y de la varicela, tengo miedo de chocar en la ruta yendo a Pinamar, o que el pibe de la cabina de peaje de Hudson no me quiera dar el vuelto, o que me den el café con leche escupido en Minotauro. Y cuando les diga, a las chicas que atienden en Minotauro, que el café con leche está frío si no me lo pueden calentar, que me contesten que no, que no tienen ganas, o que se rían y me digan ‘sos horrible’, o ‘te estás quedando pelado mal’.
Tengo miedo de la muerte, de acostarme a dormir y morirme sin darme cuenta, con todo lo que tenía para hacer la semana que viene. Tengo miedo de estar bañándome un día y no encontrarme la poronga, no de que sea chica, ya es chica, de no encontrarla, que se me haya desatornillado o haberla perdido durante algún viaje en subte. Tengo miedo que la gente me hable por la calle. Que alguien me pregunte la hora o dónde queda la calle Superí, tengo miedo que la gente se me pare muy cerca en las esquinas mientras espero para cruzar. Tengo miedo de la gente que usa auriculares, creo que son alienígenas venidos del espacio exterior quién sabe con qué fines. Tengo miedo de los que andan con perros, con Rottweilers o con Pitbulls, pero si andan con pekineses o con un bull dog francés, bueno, tengo miedo también.
Y eso es lo que me pasa y sufro mucho, no saber de dónde vino el miedo ni cuándo se va a ir. No saber para qué le tengo miedo a los que tienen un piercing o un tatuaje, no saber por qué le tengo miedo a la gente que habla por teléfono celular a los gritos. Tengo miedo por las dudas, tengo miedo sin motivo. Sin causa.
Ahora, si vos querés saber por qué hago durar al máximo este último vaso de vino, por qué no te digo de ir a mi casa a coger. No, no tengo miedo, no me gustás y punto.

10.6.20

Definamos ventana


Primero lo primero. Lo que hay que satisfacer, lo que necesita todo el mundo. Alimento, vivienda. Si querés, porque después de todo somos occidentales capitalistas civilizados, salud y educación. Para tratar de acomodarte en esas categorías, más o menos como puedas, ahí dejan la vida el 91% de las personas. Si les preguntaras, aunque no les vas a preguntar y mucho menos, muchísimo menos ellos te podrían responder, te dirían que de eso se trata, en eso consiste estar vivo.
Después viene el conocimiento. Podríamos decir que hay un 5% de las personas que estudian, que quieren ser abogados o ingenieros. Gente que desea conocer las leyes de la física, la dureza de las matemáticas, los curiosos intersticios de la medicina con el afán de curar, ponele.
Después vienen los artistas. Un 2% de las personas que superado lo primario, lo basal, lo instintivo, sienten que no es suficiente. Desean embellecer al mundo y calmar sus ansias al mismo tiempo, a través de la música, la pintura, la literatura.
Queda un grupo más, selecto, exclusivísimo. Un 1% que descubre que el arte tampoco será suficiente, porque es intuición pero también es técnica, es mágico y también puede ser reiterativo. Ese grupo va más allá, se mete de capocha en la autopista del espíritu, que a decir verdad tampoco es una autopista sino un escarpado sendero de cabras hacia lo más alto. La verdad última y también la primera. Definamos ventana como ausencia de pared, no, ya sé, quizás no tiene nada que ver pero siempre quise decir esa frase. Me pareció una justa ocasión, un propicio momento.
Y ya está, más o menos eso es todo, hay una categoría más pero tampoco hace falta que te la cuente. Se te nota en la cara que a vos te alcanza con cambiar el auto y una quincena en Ostende, como mucho un cursito de fotografía.

30.5.20

Flotación


A veces me paso varios días pensando si lo que debiera desayunar, cuando me despierto, si lo primero que debiera tomar recién levantado es café o té. O mate.
Después no termino de decidir si debiera ir a caminar por Palermo los sábados a la mañana, bien temprano. O los domingos. Porque si no voy ninguno de los dos días me da la sensación que he dejado de moverme, que estoy envejeciendo, que sólo me espera la decrepitud, la decadencia. La caída. Pero si voy los dos días me parece que corro el riesgo de convertirme en un pelotudo del calibre de Murakami, en un acólito de la tan terrible secta de los sanos, te podés transformar sin excesivas dificultades en lo que se ha ido transformando más o menos todo el mundo. Un pelotudo que supone que comer yogur es equivalente a escribir como Saer, que estar en movimiento alcanza para sentir algo.
Y pienso mucho, durante el día, si a la noche debo pedir para la cena pizza o empanadas. Porque para mí la pizza va mejor con cerveza, y las empanadas podés comerlas perfectamente con vino. Creo que uno debería cenar con vino durante la temporada otoño-invierno, y con cerveza durante la temporada primavera-verano. Pero, hay días de marzo, días anteriores al 21 de marzo, que tomaría vino sin inconvenientes. Y hay días de septiembre, días anteriores al 21 de septiembre, que tomaría una cerveza. No sé, es complicado no encontrar el patrón exacto, tener una estrategia definida.
Cuando descubrís que no te salió nada de lo que querías ser, y justamente nada de lo que querías ser va a ser posible, bueno. Los grandes temas quedan por completo de lado, las cosas se vuelven infinitamente más triviales y sencillas. La irrelevancia tiene su encanto.

20.5.20

Acerca del universo


A la mañana antes de ir al centro a trabajar, podríamos decir a morir por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo, me gusta tomar un café.
En un bar, cualquier bar. En una época iba al centro y tomaba, el café, en un bar del centro. Pero luego me di cuenta que no es posible, que la nube de tristeza y frustración ha cubierto cada azulejo de cielo, que el aire está podrido de todo lo que salió mal, de todo lo que fracasó. En el centro se respira todo lo malo de este mundo y uno cree que puede soportarlo, que es capaz de construir un dique de contención hecho de alma pero no. Si te quedás en el centro más de tres años sos arrasado por una mierda poderosa, un rayo láser hecho de la mierda más pura con un olor a mierda todavía no inventado, no hay manera de recuperarse de eso. Entonces trato de tomar el café en algún bar de barrio, del barrio en el que esté viviendo, hay bares por todas partes. Como si juntara fuerzas para emprender la jornada, como si tomara envión.
Así que entro a un bar y pido un café. Me siento a mirar diez o quince minutos por la ventana y trato de no pensar. A veces estar vivo no es gran cosa, para estar vivo no hace falta tanto.
Es invierno y es muy temprano todavía, así que el bar está prácticamente vacío. Es un bar bastante grande, en una esquina, no, no importa la esquina. Tiene ventanales que permiten mirar hacia ambas cuadras, las cuadras que componen la esquina, la esquina donde se encuentra el bar.
Me siento, pido un café, ya lo dije. Estoy arrasado por todo, por la vida, como si me hubieran empapado con un balde lleno de una mezcla de angustia y dolor que ni siquiera es localizable pero que me acompaña como un perro fiel.
Entra una persona, un hombre. Canoso, delgado, mayor. Unos setenta años o quizás más.
El hombre entra, duda, viene hacia mí. Se saca su abrigo, elige la mesa que está justo delante de la mía. Y se sienta, de espaldas a la puerta, de frente a mí.
Hay varios errores en su accionar. Trato por lo general de ser un sujeto amable, con criterio, incluso estoy dispuesto a evitar un conflicto de ser posible. Pero. El bar está vacío, el bar es grande y yo estoy mirando a lo lejos, por el ventanal. ¿Por qué te me sentás enfrente?
–Disculpe –le digo– ¿Por qué se me sienta enfrente? Tiene todo el bar a su disposición, no hay nadie, yo estoy tratando de mirar por la ventana.
El hombre me mira, sin enojo y sin excesivo interés. Dice.
–Soy el universo.
La respuesta es algo curiosa, quizás original. Permanece sentado muy erguido, sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Las manos sobre los muslos.
–Me parece bárbaro –le digo, termino mi café–. Pero eso no invalida mi pregunta.
–Soy el universo –repite– y me gusta molestarte. Quiero decir, es con vos.

10.5.20

Siempre hay algo


La gente es repugnante, la gente es la mierda más pura eso está claro. Y el mundo es un asco, por supuesto. La vida no tiene mayor sentido. Si te fijás lo que hacés, prácticamente todo el día, desde hace quién sabe cuánto tiempo, te vas a dar cuenta que no es muy distinto que un hámster en una jaula de vidrio pedaleando una ruedita y mirando, mirando asustado, exoftálmico, tratando de entender algo, cualquier cosa, con el hocico.
Y si te fijás un poco, si hacés memoria, lo que te pareció importante, la clave, la razón de tu vida hace cinco años o diez. Fijate ahora. Pero sí, nadie te dice que no lo hagas, vas a poner algo, una zanahoria, adelante. Para poder seguir, porque si no hay nada delante para qué seguir. Te lo tenés que inventar vos, la motivación y el motivo, es como pajearse.
No, tampoco hay adónde volver. El vehículo de estar vivo no trae marcha atrás. Eso cualquiera lo sabe.
Pero cada tanto hay algo. Puede ser una parejita que espera el 132 de la mano bajo la lluvia, puede ser un chico chiquito, la mirada de un chico chiquito abriendo un regalo, puede ser un perro, la alegría de un perro de volver a verte, las ganas de ladrar, de mover la cola, de correr a tu encuentro y no poder detenerse y chocarse con vos. Ese entusiasmo.
Son pinceladas, en cualquier parte, chispazos, una ranura de luz filtrándose a través de las persianas de nuestras mugrientas vidas. Con eso me alcanza, de eso vivo.

30.4.20

Pez en el agua


Algún que otro viernes a la nochecita, o puede ser también los domingos, de tarde, digamos que del 21 de marzo al 21 de septiembre. Temporada ‘otoño-invierno’, así la podríamos denominar. Si hace frío, si llueve, mejor. Si hace frío y llueve, mucho mejor.
Voy a la sala de espera de algún sanatorio, de algún hospital. O voy a una casa de velatorios. Y me siento. Hago un gesto sin saludar a nadie en particular, y me quedo sentado un rato. Ponele veinte minutos, media hora.
Me rasco un poco la barba, o quizás reprimo un sollozo. Digo ‘no puede ser’, o ‘qué macana’. No hablo con nadie, veo pasar médicos y familiares. Como un caramelo, me paro y salgo a fumar un cigarrillo.
Por lo general, termino hablando con alguna mujer que se me acerca. Arreglo para ir a tomar un café, consigo un número de teléfono.
Así como te digo que jamás he podido divertirme en una fiesta, he conseguido mujeres de la forma que he mencionado. Mujeres interesantes, con ganas de coger principalmente, con sus problemas, extraviadas en el desarbolante naufragio de eso que podríamos denominar sus vidas. En medio del dolor me siento cómodo, sintonizo lo más bien. Se ve que es mi elemento.

20.4.20

Cazador


–Nada, che –dije–. No pasa nada.
–¡Sh! –Me respondió M., que seguía subido al árbol. Había bajado la escopeta y la tenía entre las piernas, cansado de esperar. Muy quieto, en lo alto, parapetado sobre una rama. Le debían estar doliendo las rodillas de estar así en cuclillas, como el carajo.
Maldito el momento en que acepté venir a cazar. Qué carajo tenía que ver yo con cazar jabalíes, si no había tirado un tiro en toda mi vida. Pero R. y M. me habían insistido, fin de semana largo. Íbamos a Madariaga, donde R. conocía a unos baqueanos que lo dejaban cazar en un campo de por ahí. Venían con nosotros, los tipos, y traían los perros. R. y M. llevaban unas Glock .40 y un fusil con mira telescópica. Después, si algo fallaba, entraban los baqueanos a cuchillo. Y los perros, claro, unos perros no demasiado grandes, de raza indefinida. Perros nobles que se dejaban acariciar y dormían al lado tuyo, pero de pronto se transformaban en pirañas. Lo seguían al jabalí herido le mordían las patas, las orejas. Los testículos.
La idea era cazar dos o tres jabalíes, el sábado comeríamos violento asado, y después nos íbamos para Pinamar. Ese era el plan.
Había que estar escondido, en silencio, esperando que aparecieran los jabalíes. Que a decir verdad tampoco eran jabalíes, eran chanchos cimarrones que tenían una tremenda fuerza pero no tenían colmillos, así me lo explicaron.
Pero nada. Debían ser las doce de la noche. Hacía más de una hora que estábamos quietos. Se me había acalambrado una pierna, estaba aburrido, me estaban comiendo los mosquitos. La naturaleza no es como la ves por televisión, lamento informar que la naturaleza está más photoshopeada que el culo de jennifer lopez.
M. seguía arriba del árbol, justo por donde tenía que venir el jabalí que no era jabalí. R. parapetado detrás de unas piedras, con la glock .40 en una mano y una Taurus brasileña en la cintura. Los baqueanos, habían venido tres, echados sobre el pasto, con los perros, con sus afilados cuchillos.
Nada. Se oía el zumbar de los insectos, y la lluvia.
–¡Ehhh! –me habían dado un .38 corto bastante viejo pero efectivo, pegué un salto, comencé a tirar– ¡Aeee!
Tiraba contra todo, contra mis amigos, contra los perros que se alborotaron y ladraban como poseídos, contra los árboles, contra la superficie de la pequeña laguna. Tiré, gesticulando, saltando en cualquier dirección. Hasta que escuché el click click.
–¡Qué pasa, qué pasa! –M. casi se cae del árbol– ¿Dónde?
–¡Cuidado, loco! –gritó un baqueano–. Le diste al Urko.
Efectivamente, un perro lanzaba un lastimero quejido, arrastraba una pata.
–Pará, Juan –se acercó R. Me puso una mano en el hombro, me quitó el arma–. Ya está, se debe haber ido. ¿Por dónde lo viste?
–¿Eh?
–Por dónde lo viste –guardó su Glock atrás, en la cintura–. Al chancho.
–No, no vi ningún jabalí –dije. R me miraba feo, ladraban los perros. De pronto me había cuenta que no quería cazar ningún jabalí. Estaba tan hinchado las pelotas, lo que necesitaba era tirarle a todo, al mundo en general.

10.4.20

Flacos, felices


Tanto se ha escrito sobre la materia, para que la gente fracasara tanto también. Tanta frustración, tanto pararse y avanzar unos pocos metros para volver a caer. Y como es un tema tan importante para el occidental adulto más o menos civilizado que habita en una gran ciudad. Porque si vivís en Somalía, bueno, no es tan importante. Ni si sos un pigmeo de la Guinea Ecuatorial.
El tema de las dietas, claro. El vano intento por ser flaco, por adelgazar. Como si adelgazar se hubiera vuelto un particular sinónimo de la felicidad.
Y allá van, luchando, frustración sobre frustración como fetas de jamón cocido. Los que cuentan las calorías como si fueran hámsters en una ruedita, los que se hacen veganos, los que creen que podés comer proteínas pero hidratos no, los que creen que debés apartarte del azúcar como si fuera satán, o del alcohol. Hay quienes enloquecen del todo y se la pasan tomando yogur para cagar más y mejor, quienes creen que debés pasarte varios días de la semana comiendo sandía o melón.
Todos sufriendo sin lograr el deseado resultado, víctimas de una absurda confusión.
Lo cuento, lo digo una vez y no lo digo más, lo que hay que hacer. Para ser flaco, claro.
Se trata de cambiar la polaridad, como si hubieras puesto mal la pila en un control remoto. Lo que comías a la noche lo comés a la mañana, y lo que comías a la mañana, lo comés a la noche.
Nada más, eso es todo.
Vos te levantás, a la mañana, vas y te hacés unos ravioles con boloñesa, o un bife de costilla con papas al horno. Sí, podés tomar media botella de vino, sin problema. Son las siete de la mañana, ya sé. O te comés una milanesa de pollo con arroz, y te tomás dos cervezas. Te comés, de postre, un flan con dulce de leche, y te vas a trabajar.
Y a la noche, a eso de las nueve de la noche, te hacés un café con leche con dos tostadas, o unas galletitas con mermelada. Te tomás un yogur con cereales. Y te vas a dormir. O te tomás un mate cocido con un par de medialunas y listo.
Lo que comías de noche lo comés de día, y al revés. De eso se trata la cuestión, es todo lo que hay que hacer.
¿Qué? ¿Vos querés saber si vas a bajar de peso si hacés lo que te estoy diciendo? Mirá, la verdad que igual sos horrible, un asco de persona. Quiero decir, no importa, no sé.

30.3.20

Lección de vida podríamos decir


Los domingos empecé a ir a tomar café a una heladería. Una heladería que además de helados vendía café, claro. No es que me gustara mucho, ni el local ni el café que hacían, pero el lugar me quedaba cómodo. Caminaba un poco y después tomaba un café, miraba cómo mi vida se iba a la mismísima mierda semana tras semana sin que tuviera la menor idea de cómo revertir lo que me parecía ser un inexorable proceso. Hacía tiempo hasta el mediodía, pasaba a saludar a mi hermana.
Tomaba mi café, leía una revista, miraba por la ventana. A veces la vida no es gran cosa, quizás no te avisaron.
Noté algo. Más allá de los matrimonios hartos de tener que soportarse un larguísimo domingo, o una parejita de maricas demasiado afectados fingiendo que lo que les sucedía era la cosa más entretenida del mundo pero mirando en todas direcciones para confirmar que sí, que era verdad, que eran observados. Entraba al local una mujer. De unos treinta años, quizás. Hacía todo en cámara lenta, tenía una dificultad para moverse, todo su lado derecho, brazo y pierna. Bien vestida, usaba un gorro en la cabeza, esos gorros que popularizara el ‘Capitán Piluso’. Llegaba, la mujer, caminando, lento, muy lento. Se sentaba y tomaba un café con leche con el que apenas lograba maniobrar. Luego, pasado un rato, se iba.
Parecía como si hubiera tenido una apoplejía, un ataque. Pero no. Me contó una moza que la mujer vivía a la vuelta del local. Una chica de una familia bien, había tenido un accidente practicando equitación cuando era casi una nena. Se había caído del caballo y había tenido una tremenda lesión en la espalda. Su vida a partir de entonces había tenido un drástico vuelco, dejándola con una severa invalidez.
Todos los domingos, despacio, muy despacio, llegaba la mujer, daba su vuelta manzana, luchaba por tomar un café con leche. Siempre sola, ni un familiar ni un perro, nada.
Sucedió que un domingo llegué al bar más tarde. Se me había ocurrido lavar el auto. Cuando estaba estacionando la vi. La mujer, avanzando como podía, un tremendo esfuerzo a cada paso, casi pegada a la pared. Se bamboleaba, parecía a punto de caer pero no se caía. Luchaba por avanzar, el ejercicio de la voluntad por seguir como fuera.
Me acerqué, ni lo pensé.
–Hola –dije–. Te veo todos los domingos en la heladería. ¿Precisás ayuda?
Me miró, levantó la vista y sentí que me miraba desde muy lejos, desde alguna otra parte.
–Puede ser –dijo, se detuvo–. Vivo a media cuadra. Vamos a mi departamento y me chupás la concha. Después me cogés. Me podés hacer lo que quieras. Te pago.
–Eh, no –pensé que había entendido mal, pero había entendido bien–. Yo quise decir.
–Me preguntaste si necesitaba ayuda –sonrió, apenas–. Lo que necesito es coger, sentir que soy objeto de deseo para un hombre. La verdad, eso me vendría bárbaro. ¿Qué pensaste, que te iba a pedir que me ayudes a cruzar la calle?

20.3.20

El hombre que hablaba con los autos


Todos los domingos iba a tomar mate con un amigo que volvió de Londres. Era ingeniero, mi amigo G., pintaba para campeón. Lo habían contratado de Unilever. Sueldo del carajo, vivía en Londres, andaba en Alfa Romeo. Pero le dio un estresazo, casi se queda seco. Se dio cuenta G. que no quería ser ejecutivo ni dar vueltas por el mundo viajando en primera, ni le hacía falta esquiar en Aspen. Lo que quería G. era bajar a caminar el domingo a la mañana, fumar un cigarrillo después de almorzar en una fonda, cogerse alguna piba de vez en cuando. No mucho más que eso, y tener guita para poder seguir haciendo eso desde ya, pero me fui de tema.
G. se había vuelto a vivir a Vicente López. Yo iba los domingos a la tarde, después de almorzar con mi madre. Jugábamos un poco al ajedrez, o veíamos un par de capítulos de alguna serie americana. Tomábamos un par de gin tónics.
Yo agarraba Cabildo, para ir a lo de G. Y paraba en una estación de servicio. Antes de Lacroze, creo que era Olleros. Olleros o Gorostiaga, no, Olleros.
–Llenalo de super, por favor –decía yo–. Sí, revisale agua y aceite, y limpiame los vidrios.
Y me iba. Dejaba el auto y me iba a comprar algo al pequeño autoservicio. Cigarrillos, caramelos, a veces una Coca Cola.
Acá viene el punto, acá estamos.
Volvía. Al auto. El tipo que atendía usaba un uniforme amarillo y rojo, y la gorrita hasta los ojos. Parecía reírse, tenía una bobalicona semisonrisa tatuada en el rostro. Y tenía un tic, como si inclinara la cabeza, todo el tiempo, apenas, en repetición. ‘Gracias, gracias, muchas gracias’, decía cuando le dejaba veinte pesos de propina.
Una vez me pareció que se había movido, el auto. No sé por qué, fue una sensación. No había prestado atención cuando lo dejé, pero el auto no estaba en la posición que yo lo había dejado.
Entonces vino otro domingo, con la indolencia que tiene el paso del tiempo cuando te parece que vos, que aquello que podríamos denominar tu vida carece de la menor relevancia.
Fui a almorzar a lo de mi madre, había arreglado que iba a lo de G. a charlar, a jugar al ajedrez, a tomar algo.
Paré en la estación de servicio de siempre. No había nadie. Tres y pico de la tarde, domingo, Enero, un calor del carajo.
Dejé el auto, saludé. Me fui a hacer pis, a comprar algo. Antes dije.
–Llenalo de super, por favor.
Fui. Volví.
Algo estaba mal. El muchacho me estaba terminando de limpiar los vidrios, pero algo estaba mal.
Porque yo había dejado el auto en el segundo surtidor, contando desde cabildo, de eso estaba seguro. Y el auto estaba en el primer surtidor.
–Oíme –Le dije al chico que se había bajado la gorra más que de costumbre–. Algo está mal.
–¿Eh? –el chico se quedó a una distancia prudencial, medio de perfil. Tenía el pequeño secador para limpiar los vidrios en una mano.
–Yo dejé el auto en el otro surtidor –dije–. No en éste. ¿Lo moviste vos?
El muchacho hizo silencio.
–¿Lo moviste vos? –Me acerqué, el chico me esquivaba la mirada–. No pasa nada, pero justo me llevé las llaves. No sé cómo hiciste, ¿lo empujaste?
Nada, el pibe cabeceaba un poquito. Le toqué un hombro.
–Sólo quiero saber cómo lo hiciste –dije–. No sé, para mí que lo dejé en el otro surtidor. Estoy seguro, quizás me estoy volviendo loco.
–Les hablo –susurró, el chico. Un hilito de voz.
–¿Eh?
–Les hablo –dijo–. Los trato bien, los autos me quieren. Son como los perros. Si uno les habla bien, te hacen caso.
–Me estás jodiendo –dije. Pero el pibe no se reía–. A ver, mostrame.
Dudó. Se puso un poco nervioso, pero ahora estaba en juego su reputación, su palabra. Se fijó que no hubiera nadie demasiado cerca. Negó con la cabeza.
–Es mentira –insistí–. Lo arrancás, debés tener una llave maestra, no sé cómo lo hacés.
Negó con la cabeza otra vez. Varias veces.
–Dale, mostrame –dije–. No se lo voy a decir a nadie.
–Bueno –dijo. Miró el auto, mi pobre auto–. Vamos, bicho.
Nada. Se hizo un pausa.
Y el auto se movió. ¡El auto se movió! Despacito, muy despacito. El auto se movió. El chico lo guiaba con una mano en alto. Lo hizo avanzar, primero, retroceder después. Luego avanzar otra vez, le hizo dar una vuelta al surtidor, despacito, bien despacito. Yo quería decir algo, juro que quería decir algo. Pero no me salió nada.
–Bien, Picho, muy bien –le palmeó el guardabarros derecho–. Los autos son buenos, sólo hay que saber hablarles.

10.3.20

Lo que sé


–No sé –dije–. Siento tanta maldad en el mundo, no hay más que mirar un noticiero de televisión cinco minutos para darse cuenta que el ser humano, lo que bien mirado equivale a decir la humanidad toda, el ser humano, entonces, decía, se ha vuelto una bestia sin alma. La mierda más pura.
–Sí Juan –dijo ella–, pero no creo que nada haya cambiado demasiado. Lo malo estuvo siempre. Puede ser un proceso de aceleración si vos querés. Agudización, creo que sería la palabra.
–No sé –dije–. Veo que la tierra se deshace, que no resiste más lo que hemos hecho con ella. Hemos roto el aire, hemos infectado los ríos con nuestra mugre, hemos alterado la genética de todo lo que crecía sobre la faz de la tierra. Si enterrás una batería de un celular al lado de un árbol, el árbol se seca, se arruina por completo en menos de tres meses.
–Sí, bueno –dijo ella–, debe tener que ver con la desbordada evolución de la especie. Pero de la mano de la tecnología viene también la ampliación de las fronteras, el milagro de las comunicaciones, los viajes espaciales, el corrimiento de los límites de lo que creíamos que era nuestro planeta. El universo se nos presenta ahora como abarcable.
–No sé –dije–. Tengo un mal presentimiento, creo que voy a morir joven.
–¡Pero qué decís, Juan! –se rió, ella–. Eso lo podría decir un cantante de rock adicto a la heroína, un pibito que vive a cien mil revoluciones. Vos sos un empleaducho de morondanga, y encima un jovato. No entiendo por qué se te ocurren esas cosas.
–Porque me aburre coger con vos –dije–, por eso.

29.2.20

No me asusta


Veo gente. Soy un humano, deambulo por el planeta tierra, me gano la vida. Así que veo gente. Gente que me dice que tienen facebook y twitter y también instagram, gente que se mata por tener pequeños artefactos del tamaño de una galletita donde entran más de dos millones de canciones, gente que me dice que sacan fotos de dos patynesas recién sacadas del hornito eléctrico para la cena y las suben, las fotos, a la web, y alguien a quien no conocen les contesta desde Corea o desde Rumania. Les contestan, decía, ‘cool!’, o ‘yeah’.
Veo gente que me dice que hace crossfit. Que pagan para tener que llevar una cadena de hierro con una bola también de hierro caminando de una punta del gimnasio a la otra, o colgarse de una soga y trepar hasta que se les desgarren los antebrazos. Y para hacer eso, para tener la fuerza que les permita hacer eso, están dispuestos a comer dieciocho claras de huevo por día y a tomar batidos de proteínas y a no comer harina ni azúcar ni tomar un vaso de vino, nunca más en la vida.
Veo gente, gente dispuesta a trabajar hasta que les explote el corazón como una rana pateada contra un zócalo cualquiera porque hay que conocer Europa, hay que viajar a Europa, viajes de diecisiete días donde conocés once ciudades, a la mañana cagás en Roma y a la nochecita te comés una milanesa en Bruselas. Y hay que cambiar el auto, hay que cambiar el auto cada dos años como mínimo porque los automóviles nuevos traen un dispositivo donde si te suena el teléfono celular se interrumpe la música y podés hablar, por teléfono claro, con los mismos pelotudos que venís hablando siempre pero sin usar las manos.
Y después quizás prendés el televisor y en algún noticiero dicen que los científicos están muy preocupados en Melbourne, en Ottawa, parece que tienen pruebas finalmente y es verdad. Llegaron los marcianos.

20.2.20

Dos clases de dolor


Existen dos clases de dolor. Bien distintos, diferentes. Sus implicancias, lo que provocan también difiere desde ya. Puede suceder, a veces, que de causas distintas se arribe a similares efectos. Aunque esa afirmación suele adolecer de una pavorosa superficialidad. Y aún en esos casos, bueno, no es la norma.
Está el dolor agudo, y el dolor crónico. Un ejemplo de dolor agudo sería darse un martillazo en un dedo, o cortarse, también un dedo, bien profundo, mientras uno intenta picar una cebolla para poner en el arroz. Un ejemplo de dolor crónico podría ser una lumbalgia, o no tiene que ser desde ya sólo físico, también podría ser una angustia por la muerte de un ser querido, o porque alguien te abandonó, porque nunca vas a jugar en la primera de Argentinos Juniors, en fin.
Así están las cosas, así es la cuestión.
Si el dolor es agudo su esencial característica es que se impone. Se coloca primero en la fila del orden de prioridades, impide el más o menos normal razonamiento, se hace difícil seguir pensando en lo que uno estaba pensando. El dolor, en este caso, toma nuestro cuerpo y nuestra mente por asalto y no importa nada más.
Si el dolor en cambio es crónico, entonces suele ser de una tolerable intensidad. Pero ejerce un aplicado trabajo de demolición, está hecho de desgaste. Es un ruido de fondo que todo lo salpica. Es la gota en la piedra.
Podríamos decir que el dolor agudo te aturde, el dolor crónico te cansa.
Pero en ningún caso, ahora que lo pienso, me había sucedido encontrarme con alguien como vos. Porque tu presencia, las boludeces que decís, tu forma de entender el universo, me provocan dolor. Algo que es agudo y crónico a la vez. No te soporto.

10.2.20

Reino animal


Lo aprendí viendo la National Geographic. Todo lo que necesitás saber del ser humano lo vas a aprender, sin mayores dificultades, mirando a los animales. Así de sencillo.
Lo que te mata, lo que te hace moco, lo que tiene al occidental capitalista civilizado hecho un zombie babeante y famélico. La gente que vive en las grandes ciudades, a eso me refiero.
Si vos te fijás una cebra, por ejemplo. La cebra está ahí, no hace un pomo, va y habla con otra cebra, le pregunta dónde para el 132 o si por ahí se puede conseguir un mechón de pasto más o menos decente. La cebra se duerme una siesta o se baña o va y se coge algo. De repente a la cebra se le complica. Aparece un león. La cebra tiene que correr como el carajo, por su vida, escapar. La situación es tan tremenda, no hay más que mirarle los ojos mientras mueve las patas lo más rápido que puede. Y listo, si zafa. El león se fue o se comió a otra cebra. La vida continúa, hay que pensar de qué gusto quiere las empanadas para la cena, contestar unos mails. Aburrirse. Vida de cebra.
Pero si vos sos una persona, bueno, la cosa no es tan sencilla. Porque te parece que te está por comer el león, y te parece que te está por matar el tipo que te pide dos pesos, y sentís que te están por arrancar el corazón de un mordisco en cada viaje en subte, y está claro que la cajera del supermercado te apuñalaría y te comería con papas españolas, y cuando te estás por quedar dormido tu mujer se queja, te reclama algo, dice que podría haber sido bailarina del american ballet en lugar de tener que escucharte pedorrear, y así.
En definitiva, si sos una cebra o una jirafa o un ciervo la amenaza dura como mucho diez minutos. Si sos una persona es como un televisor encendido las veinticuatro horas, una canilla abierta para siempre por donde se te va toda la energía, una heladera que no corta. Si sos una persona la amenaza es permanente, la angustia no se acaba nunca.

30.1.20

A la hora señalada


Voy caminando por Cabildo, doblo en Lacroze, no, no para el lado de Libertador, para el otro lado. Paso por la confitería Ritz, cuando andaba por el barrio solía comprar algo. Facturas, o pastafrola, a veces sándwiches, hacen cosas ricas, de calidad. Tiene un bar también, la confitería, en el mismo local, a un costado. Un bar pequeño, bien puesto, donde predomina la cuerina de color marrón y señoras mayores con cara de tener problemas para defecar.
Y lo veo. Estoy pasando y justo lo veo del otro lado del vidrio, en la primer mesa junto a la ventana, desayunando.
Es un segundo, ni lo pienso. Entro.
–¡A vos, sí a vos! –Me paro junto a su mesa y lo señalo con un dedo. No estoy gritando pero casi. La gente que toma café o que lee algún diario levantan la vista. Es evidente que algo está mal.
–¡No digas nada, no digas nada que es peor! –Levanto la mano como para darle un golpe al tipo que está sentado, ya he cerrado el puño como si estuviera a punto de descargar el golpe, de arriba hacia abajo, como si mi puño y mi brazo, juntos, fueran un martillo– ¡Estafador, hijo de puta!
–No –alcanza a decir y hace un gesto, como si intentara encoger la cabeza dentro de los hombros, como si quisiera protegerse del inminente golpe.
–¡No qué! ¡No qué! –Miro a nadie, a todos, subo más la voz– ¡Tengan cuidado que este viejo hijo de puta es un ladrón!
Se cae una silla de una mujer que intento levantarse, asustada. Miro y lo primero que encuentro es el vasito con agua. Lo levanto y le arrojo, no el vaso pero sí el contenido, el agua, en la cara.
–Usted se equivoca, yo –alcanza a decir y se acomoda los lentes sobre el puente de la nariz. Se percibe que está asustado y nervioso a la vez.
–Vení –lo tomo del cuello, lo obligo a soltar su taza de café con leche–. Te voy a romper la cara, pero estas personas no tienen por qué ver cómo te pego. Cómo te aplasto contra el piso como la cucaracha que sos.
Es un quejido, le ha salido un quejido que esconde apenas un sollozo. Sabe que no puede oponer resistencia, está el factor vergüenza, también. Se levanta.
–Vos no vas a cagar más a nadie –dijo, mientras me lo llevo como si fuera un objeto, una bolsa, mientras lo saco a la calle.

–¿Bien, no? –Le digo. Seguimos caminando por Lacroze para el lado de la vía. Es invierno pero no hace demasiado frío.
–Te dije a las nueve –me dice.
–¿Qué?
–Son las nueve menos cinco –miro mi reloj–. No sé, llegué temprano.
–No llegué ni a terminar el café con leche –dice, y me da un empujón con el hombro, de costado–. Ni me habían traído el tostado.
–Pero –digo.
–Te dije después de las nueve –me mira–. No llegué a comer nada, estoy muerto de hambre.

20.1.20

Es divertido


No, la gente que fracasó no es divertida, la gente que fracasó no me divierte. Siento una profunda pena cada vez que veo a alguien derramado sobre la mesa de un bar, pegoteado de tantos pero tantos sueños rotos. Y empatía también, como si hubiéramos jugado juntos en el mismo equipo un partido a algo, de algo, contra la vida. Y la vida nos hubiera ganado por afano desde ya. Yo soy uno de ellos.
Lo divertido es cuando ves a alguien que llegó más o menos adonde quería llegar. Hombres con cargos ejecutivos que manejan autos importados y van en avión de acá para allá para tener reuniones de veinte minutos, o mujeres que se casaron y tuvieron hijos y bajan a la calle con sus bebés, salen de torres de cincuenta y siete pisos de puro vidrio donde además de vivir tienen gimnasio y pileta y terraza para tomar sol y para pensar en tirarse cuantas veces quieran.
Lo divertido es ver a alguien que está más o menos adonde quería estar. Y está indignado o fastidiada porque no puede ser cómo están las cosas en el universo en general o en el país o en su vida en particular, es más o menos lo mismo. Vos no sabés lo difícil que es estar donde yo estoy, el esfuerzo que implica ser lo que soy, mantener este departamento de cuatrocientos metros limpio o manejar seiscientos veinticuatro empleados, vigilar que la cocinera no te abra la heladera y se lleve dos fetas de jamón cocido adentro del corpiño, tener que jugar un partido de golf de cinco horas con el gerente regional que encima te quiere ganar, con lo fuerte que está el sol.
Lo divertido en realidad es cuando alguien descubre que las cosas no son como pensaba. Porque cuando fracasás lo que sentís, lo que entendés con todo el cuerpo podríamos decir, es que las cosas no te salieron y eso es tan triste. Pero cuando te salió lo que querías sentís que te engañaron, que el espectáculo no valía el precio de la entrada. Y todavía no termina, te falta volver a casa además.

10.1.20

Curioso mecanismo


Muchas veces la solución está ahí nomás, al alcance de la mano. Muchas veces se trata de hacer lo siguiente. Pasa que el procedimiento está dotado de una sutileza que suele exceder la manera habitual en que razonan las personas.
Supongamos que vos tenés un incordio, un fastidio, una incomodidad. No, si te pasa un tren por encima y te arranca de un metálico mordisco las dos piernas, estamos claros que es algo grave. Pero por lo general solemos deambular entre gamas de gris, las tragedias de totalizador carácter suelen ser casos, por decirlo de algún modo, más específicos, puntuales. Dejemos eso de lado por el momento.
Tenés algo, como todo el mundo, algo que te incomoda o te duele o te molesta. Y la reacción suele ser pensar en eso, todo el tiempo, lo que te fastidia se apodera de tu mente primero, de tu ser después. Hay que combatir lo que molesta. Es personal, es una guerra.
Pero no, fijate vos que no, la cosa no va por ahí.
Veamos un ejemplo. Te duele una muela, un poco. Te late, tenés la sensación, y es domingo, y es de noche también. Podés ir a una guardia odontológica, podés bajar a la farmacia a comprar un calmante. También podés probar poner un dedo meñique sobre la mesada de la cocina y darte un martillazo en el dedo. Vas a ver cómo la muela deja de doler. O hay ruido, un vecino ha organizado un cumpleaños en su domicilio y puso la música a todo lo que da y es pop latino. Se oyen sillas que caen, carcajadas, las paredes son de papel. Podés ponerte un short y subir, patearle la puerta, intentar razonar. Terminar agarrándote a trompadas, en fin. O podés agarra una chinche, una pequeña chinche y clavártela en un cachete del culo o en una pantorrilla. De pronto estarás nadando en un inmenso silencio.
Y así podríamos seguir con los ejemplos, pero no hace falta seguir. El esquema es bien sencillito. Fue estudiado hace dos mil quinientos años o más que la mente no es un objeto, la mente es una acción. Como una hilera, sólo puede haber un pensamiento por vez. Probá pensar dos cosas al mismo tiempo, no se trata de tener mayor o menor capacidad, no podés. Funciona de esa forma, así fue diseñado el mecanismo de la mente. Ocurre lo mismo con la incomodidad, con el dolor.
La vida no es mucho más que una maniobra distractiva, eso ya lo deberías saber.

30.12.19

Zen de furgoneta


mientras mirás esa foto
te morís.
mientras mirás ese pedacito de pasado
congelado
no existís.
buscás y buscás algo que te recuerde
que alguna vez estuviste en alguna parte
pero la experiencia es incompleta.
hacia adelante y hacia atrás y otra vez,
el autito chocador hecho de vos.
la única forma de ser feliz es tan sencilla
que jamás te darías cuenta.
caer.

*muchas felicidades, muy rico todo, en fin. lo que se diga en estos casos.

20.12.19

Pedacitos de delfín


Estábamos desayunando. En un bar. En San Cristóbal. Ella trabajaba en un juzgado, era secretaria de un juzgado, entraba a trabajar muy temprano. Yo tenía un trabajo de oficina, podía llegar a las nueve de la mañana o a las once, lo mismo daba. Acomodaba unos papeles, contestaba algunas preguntas, escribía unos informes, me pagaban a fin de mes, rutina.
Habíamos pasado la noche en su departamento, habíamos cogido. Hasta coger se estaba volviendo una experiencia no digo traumática, pero cada vez menos divertida. Faltaba que me dejara de gustar el whisky y ahí me quería ver, cómo seguía la película de la vida. ¿La numismática? ¿Los viajes a la India? ¿Los cursos de fotografía?
Ella había pedido un diario y me leía en voz alta. Yo jugaba a ver el punto exacto, cuánto tiempo podía permanecer una medialuna dentro del café con leche sin romperse, sin perder por completo su esencia de seguir siendo medialuna. Sin naufragar.
Me leía, ella, noticias de la caída de un avión en Bélgica, más de doscientos muertos, todavía buscaban los cuerpos. Me leyó de unos enfermeros en Uruguay que mataban a sus pacientes con inyecciones de aire o de morfina, ‘jugaban a ser Dios’, eso declararon. Me leyó de los barcos japoneses que mataban cientos y cientos de delfines. El mar se teñía de rojo y los delfines lloraban de dolor, un llanto agudo e inolvidable del más puro sufrimiento mientras unos japoneses chiquititos seguían arponeando y descuartizando, pedacitos de delfín, matando focas bebés a mazazos en el cráneo.
–¿No te importa mucho lo que te estoy contando, no? –dijo ella.
–No –dije–. La verdad que no.
Me comí tres cuartas partes de una medialuna repleta de café con leche, de un bocado. Por un momento vino a mi mente el bocadito Jackeline que comía cuando era chico. Tenía una especie de dulce de leche, pero líquido. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
–A ver, y qué hacés vos –ella estaba ofuscada, se quitó el cabello de la cara– ¿Se puede saber qué carajo hacés vos para que el mundo sea un cachito mejor, para que este planeta no sea tan pero tan horrible?
–Bueno –dije–, te aguanto.