30.11.15

Lo oscuro


Nunca pensé que me iba a ser posible vivir en pareja, hasta que la conocí a Tamara.
Empezamos a vernos, salimos un tiempo, íbamos a cenar, cogíamos, lo normal. Hicimos unas vacaciones juntos, una semanita en Villa la Angostura. Prueba difícil si las hay, por lo menos para mí. Cada vez que me había ido de vacaciones con una chica, volví y me peleé. Un triste descubrimiento, sentir, no tengo otra manera de decirlo, que no iba a poder estar con esa mujer por mucho más tiempo. El solo hecho de imaginar la prolongación en el tiempo de esa situación me hacía doler el estómago. Era saberlo, saberlo no, sentirlo. Volver y pelearse, qué se le va a hacer.
Pero con Tamara no, nada de eso. Una mujer inteligente, con buen humor, sin ganas de romper mucho las pelotas, capaz de hacer silencio, sin necesidad de tener prendida las veinticuatro horas la radio de la mente. Buen pelo, fuerte, cogía bien.
Salió naturalmente, nos fuimos a vivir juntos. Alquilé un departamento en una calle tranquila, por Saavedra. Llevamos nuestras cosas, ella trajo a su perro, un simpático Schnauzer que se llamaba Freddie.
Ella daba clases en la facultad, yo iba a trabajar. Hacíamos planes, más vacaciones, un auto, un hijo, lo normal.
Teníamos una rutina, un chiste privado, no sé cómo surgió. Cuando yo volvía del trabajo, ella estaba en casa. Y los primeros tres minutos nos puteábamos. Era una joda, podía empezar ella, o yo.
–¿Qué hiciste para la cena? –me sacaba el saco, yo– ¿Otra vez ravioles? Se ve que te estuviste rascando la concha todo el día.
O.
–¡Qué es esa mancha de rouge! –me decía, se agarraba el pelo, o se arrodillaba con una mano en el pecho, como si le estuviera por dar un ataque– ¡Yo cuidando a tu hijo, y vos con otra mina!
Y así, cualquier cosa. Dos minutos, tres. A veces nos salía muy de telenovela, a veces parecía genuino, los reclamos, las quejas, eran los clásicos. Eran nuestros tres minutos de acting de las cosas que le suelen pasar a las parejas, a otras parejas. Y al ratito seguíamos con nuestra vida normal, nos cagábamos de risa.
El método era perfecto, por cierto. Como si pusiéramos todo lo malo, lo oscuro, lo tremendo, dentro de esa cápsula de tres minutos. Como tirar la mugre ahí
Pero un día llegué a casa, y justo ella estaba hablando por teléfono con la hermana.
–Hola, pichona –dije.
–Hola, Juan –me dijo ella.
Hacía mucho calor, entré a bañarme. Cuando salí, ella ya había colgado. Me contó que su hermana la había llamado para contarle que la habían echado del trabajo. Me preguntó cómo me había ido, si iba a querer comer el viernes a la noche en la casa de Gustavo, quería preparar un asado, le habían traído un lechoncito de Madariaga.
Comimos, vimos un poco de televisión, cogimos, dormimos.
Pero algo había cambiado. Habíamos olvidado putearnos, mandarnos a la mierda por cualquier cosa, recriminarnos algo, decirnos lo miserables que se habían vuelto nuestras vidas.
Y eso empezó a germinar, en lo profundo, a oscuras, eso que crece y se desarrolla y hace que todo se vaya a la mismísima mierda. Ajeno a nuestra voluntad, las fuerzas de la naturaleza.

24.11.15

En la piel


Me tenía que encontrar con Cecilia, me dijo que la esperara en el shopping. Solemos vernos los viernes, pero Cecilia me dijo que el viernes tenía un cumpleaños de una amiga, así que al final quedamos para el jueves. Ella los jueves tiene psicóloga, y sale a las ocho. Su psicóloga atiende en Arenales y Billinghurst.
–Esperame en el shopping –me dijo Cecilia.
Así que estoy en el shopping. No tengo absolutamente nada para hacer, y todavía deben faltar unos buenos veinte minutos para que llegue Cecilia. Decido caminar un poco, miro los locales, los precios de las zapatillas, de los abrigos, cosas que no me interesan en lo más mínimo, y entonces se me da por pensar a quién le podrían interesar esos objetos. Cada ser humano es una isla, eso pienso, pero sólo para hacerme el profundo, para no admitir que tampoco podría comprar esas cosas, que no tengo la plata. Dejo que mi mente se dedique a inventar excusas más o menos apropiadas para mí.
–¿Pero vos querés regenerativa, o regenerativa antiage?
Me doy vuelta. Quedé parado junto a un puesto que vende cremas, lociones, artículos de cosmética. La vendedora es bonita, usa calzas negras y es portadora de un apetecible culito, va muy maquillada, para que resalten unos ojazos verdes que desde ya no son suyos. Lleva el cabello recogido.
–Yo precisaría que sea exfoliante y enzimática –dice la clienta. Es una mujer de unos cincuenta largos, bien puesta. Trajecito color marfil, baja, rellenita, con mucho busto.
–Por tu tipo de piel yo usaría primero una máscara de placenta de tortuga bebé del mar adriático –dice la vendedora, y baja un frasquito de uno de los estantes más altos–. Y luego me pondría el spray de aloe vera que es refrescante, energizante, y reconstituyente.
–Tengo una amiga que usa una loción protoplasmática –dice la mujer–, eso le genera un efecto vasoconstrictor, sobre todo debajo de los párpados.
–Puede ser –dice la vendedora–. Yo igual creo que primero deberías aplicar el gel de avena con polímeros eólicos, para que respire la parte mitocondrial de la dermis. No te olvides que la piel es el órgano más grande del cuerpo humano.
–Me gustaría algo que me humecte pero a la vez me sanforice –dice la mujer que se mira muy de cerca en un pequeño espejo redondo que debe aumentar la imagen, cada poro, unas mil trescientas veinticuatro veces–. Hoy por hoy la contaminación, tanto visual como auditiva, afecta mucho la capacidad membranosa de la estructura exodérmica.
–Disculpen –digo, me he acercado un par de pasos nada más–. Si me acompañan hasta el baño que está en este mismo piso, si me dan siete o nueve minutos de su tiempo y una mínima colaboración, les puedo acabar en la carucha a las dos. A mí me vendría fenómeno y a ustedes las debería ayudar, de algún modo, también.

18.11.15

Huevos al aire


​Voy a uno de esos negocios que se llaman ‘granjas’. Ahora está lleno de negocios así por todas partes. Venden, principalmente, pollos y sus derivados. No sé, pechugas, patas, milanesas de pollo a las que sólo hay que meter un rato en el horno. Suelen vender también, en algunos casos, aceite de oliva, huevos, miel. Productos de campo, por ponerle un nombre.
​Entro y compro tres docenas de huevos. Pago, me las dan.
​Salgo a la calle, a la vereda. Abro la primer caja de cartón. Decido, para poder manejarme mejor, apoyar las otras cajas de huevos sobre la vereda, junto a mis pies.
​Comienzo entonces. Tomo un huevo, como si lo estuviera estudiando por un instante, esperando alguna clase de inspiración. Luego lo arrojo al aire. Hacia arriba y hacia delante, pero sin demasiado impulso. Digamos que un metro hacia arriba, y un metro hacia delante.
Miro el huevo que se eleva, que avanza, que se eleva y avanza. Antes de cumplir con el arcano arbitrio de la ley de gravedad, antes de caer. Estalla, el huevo, contra la vereda.
Hago una respiración, consciente, pausada. Inspiro, exhalo.
Tomo otro huevo. Abro un poco las piernas, como si me estuviera afirmando no sé, en la arena. Como si estuviera jugando al tejo en la playa.
​Repito la operación. Lanzo otro huevo al aire. El huevo sube, luego cae, revienta contra el piso, a unos veinte o treinta centímetros del anterior.
​Respiro.
​Hago un movimiento con la mano libre, una especie de sacudida, como si estuviera relajando los músculos del brazo. Muevo un poco el cuello, como si quisiera tocarme, con las orejas, los respectivos hombros.
​Otro huevo. Lo lanzo.
​Se ha juntado algo de gente. Una joven pareja, abrazados. Una familia de turistas brasileños, un tipo de maletín.
​El huevo estalla contra el piso. Salpica un poco.
​Alguien aplaude. Una chica que se está por subir a un taxi deja la puerta abierta, saca una foto con su teléfono celular. Escucho que alguien le pregunta, a otro alguien, si están filmando una propaganda, una película.
​Otro huevo.
​Salen dos vendedoras de una casa de artículos de deportes. Me señalan, asienten con la cabeza (con qué querés que asientan, con las tetas). Un colectivo pasa muy despacio, el colectivero saluda, toca bocina.
​Gente, más gente. Incluso un policía con los brazos cruzados, sonríe. Fotos, más fotos. La gente grita de alegría con cada huevo que revienta contra el piso.
​Debo ir, no sé, por el huevo 14 o 18. Nadie intenta detenerme y nada me dicen con relación a mi conducta. El clima es entusiasta, alegre, festivo.
​A la gente le parece que destruir sin razón(*) es la cosa más normal del mundo.

*y romper las pelotas también, dicho sea de paso.

12.11.15

Cuando tenés luz derramás luz


La mejor forma de encontrar algo es acordarte dónde lo dejaste. Y buscarlo ahí.
La felicidad no existe. O si querés, para que no te pongas mal, la felicidad no es un estado. Son ínfimos chispazos que vos tratás de unir con tu precaria linterna en medio de la más oscura de las noches.
Hay gente que cree que viajar es importante. Que viajar tiene el milagroso efecto de volverte interesante de algún modo. Que por haber tomado un café en Estambul sos una persona que se ha tragado el mundo. Yo una vez por semana hiervo arroz, podríamos decir que sé todo lo que hay que saber del lejano oriente.
Correr es un sucedáneo de la religión. Si pararas por un instante, si vieras lo que sos, no podrías soportarlo. Tendrías que matarte, así que seguí corriendo. Estar quieto no es para cualquiera.
Existe el dicho, eso de ‘cuanto más hacés más hacés’, pero no es cierto. Podés probar, para entenderlo, que si dijeras cuanto más tenés más tenés, no funciona. Porque cuanto más tenés, más querés tener. La canilla hecha de vos será incapaz de llenar la bañera de todo lo que te falta.
Te vas a morir, no importa cuántos contactos tengas en el facebook, ni cuántos seguidores tengas en twitter. Suck that mandarin.
El amor tampoco existe. El amor de pareja, digo. Es una maniobra distractiva, poder culpar a alguien porque no hay queso rallado para los fideos, tener a quien decirle que no te gustó mucho la película. Podés querer a un animal, eso sí. Ahí no hace falta conceptualizar, es otra cosa.
Tenés que tener un vicio. Algo que te guste y contra lo que a su vez puedas luchar porque te hace mal. Esa tensión puede mantenerte entretenido por el tiempo que se ha dado en llamar, de alguna manera hay que llamarlo, vida.
Primero los animales, después los niños. El resto, el género humano en su totalidad, no vale gran cosa.
No se puede jugar a un jueguito que no cambia de pantalla.
Todo lo que desees molestar a otro es una reacción alérgica, una biológica respuesta de lo mal que estás. Te pica así, te rascás así.
Para poder deprimirte tenés que tener dinero. La gente primitiva, aquellos que no tienen la menor inquietud artística, mucho menos espiritual, están bendecidos por no conocer mayúsculas tristezas. Conocerán el dolor, pero no el sufrimiento. Podés llamarlo una suerte de universal equilibrio, podés llamarlo ley de las compensaciones. Como te resulte más cómodo, como más te guste.
Estar vivo no tiene un propósito, pero tiene sentido. Son cosas diferentes.
Los domingos después de las seis de la tarde, es normal que estés un poco triste.

6.11.15

Mamushka


Me despierto y sé tocar el piano. Es increíble, porque yo jamás supe tocar el piano. Ni tuve piano, ni tomé clases de piano. Pero toco, de manera tan sutil y tan perfecta, la mente en blanco, se mueven mis dedos. Toco las variaciones Goldberg, toco temas de Thelonious Monk, de Petrucciani. Toco en cualquier lado, pido permiso en el lobby de un hotel, y comienzo a tocar. La gente se pone de pie, aplauden extasiados. Toco en clubes nocturnos, para entendidos. Quieren que vaya a la televisión, y que toque el piano. Martha Argerich pide conocerme, quiere que la acompañe de gira por Europa.
Pero entonces me despierto y no, estaba durmiendo. No sé tocar el piano, qué carajo tengo yo que ver con tocar el piano. Tengo que ir al banco a trabajar, eso sí, ir al centro, donde la gente apenas respira, y el odio en estado puro flota en el aire. Me llama Mónica para reclamarme que todavía no le deposité la cuota de la nena, dice que si no le deposito la plata ni me moleste en ir a buscar a Catalina, no piensa dejar que la vea. Dice que soy una basura, un asco de persona, su mamá se lo había avisado pero ella pensó que podía cambiarme, fue de cabeza dura. Y ahora todo se fue a la mierda y ella se vino grande. Yo soy su desgracia, lo que le arruinó la vida. Cómo no se dio cuenta a tiempo.
Y entonces me despierto, estaba durmiendo. Sedado. Estoy en la cama de un hospital, veo suero goteando hacia mis venas, y cables. Puedo recordar que iba a Pinamar, para descansar unos días. Paré en Minotauro, tomé un café con leche, comí un alfajor. Estiré las piernas, hice pis, fumé un cigarrillo. Laura me dio un beso, estaba encantada de venir conmigo y pasar unos días juntos, una mina bárbara. Quería llegar, iba a ciento cuarenta y el Peugeot ese que no me deja pasar, y que después, cuando me cansé de hacerle luces, se mueve justo a la derecha. Llovía un poco. Volqué, pero no me acuerdo que volqué. La cara de la enfermera es tremenda, no sabe ni cómo decirme que me partí la columna en diecinueve pedazos. No siento las piernas, hay pocas probabilidades que vuelva a caminar.
Entonces me despierto.

30.10.15

El método


Lo que te da satisfacción no es, nunca fue, el objeto. Cualquier objeto, no importa el objeto. Lo que te da satisfacción es la ausencia, temporaria por cierto, del deseo que te atormentaba.
Lo que te hace sentir bien, en determinado momento, no es nada más que la falta de alguna específica incomodidad. Así como podríamos afirmar, sin excesivas dificultades, que la salud es ausencia de enfermedad. Alguien dijo alguna vez aquello de ‘la salud es el silencio de los órganos’. Más o menos parecido a lo que te dije, a lo que te estoy diciendo.
Quizás te parece trivial lo que te digo, no estás en desacuerdo de manera específica, pero tampoco encontrás ninguna genialidad en mis palabras. Y te equivocás. Tu pasmosa superficialidad te impide interpretar la relevancia de lo que acabo de explicar. Porque ahí está la llave, no te digo para que seas feliz, no hace falta tanto. Pero sí para que puedas de algún modo continuar con tu precaria existencia.
Lo que tenés que hacer entonces es acentuar la condición, el fastidio, la molestia. Un poquito nada más, con eso alcanza. Y luego, como por arte de magia, te vas a poder sentir mejor, creaste el espacio.
Lo mejor va a ser que te de un ejemplo. Ponele el calor. Te quedaste en Buenos Aires, sos un seco, no te podés ir de vacaciones. Y hace treinta y tres grados, y por la radio dicen que va a hacer treinta y nueve grados, por varios días, y que no va a llover nunca más.
Y ves las tapas de las revistas, chicas untándose el culo con bronceador en Punta del Este, pibes haciendo esquí acuático en el Caribe, gente bailando en la playa, bebiendo bebidas de fosforescentes colores. Y te querés matar.
Acá viene el punto. Tenés calor. Tenés que acentuar esa condición. Ponete un traje, aunque puedas ir de sport. Ponete corbata también. Y metete en el subte. Sentate en uno de esos bancos que hay en el andén. Quedate así, sentado, chorreando transpiración, cinco o diez minutos. El subte es el infierno, es el horror de estar vivo, cualquiera lo sabe. Pero acá está el truco: es provocado. Por vos, aunque sea en una centésima parte.
Y entonces. Cuando salgas del subte, cuando salgas a la calle y compres una coca cola, cuando te saques el traje y te pongas ese shorcito de mierda manchado de tuco, te vas a sentir genial. Ya no sos del todo víctima de las circunstancias, hay algo que vos pudiste hacer.
También te podés tirar a las vías. Quiero decir, si no funciona el método, te podés matar.

24.10.15

Revés a dos manos


Ella entra al restaurante.
Está alterada, nerviosa. Fuera de sí. Le pasó el dato una amiga, que tampoco es tan amiga. Los últimos años se veían en alguna clase de gimnasia por el barrio, se prometían tomar un café.
La paró, una amiga, en la calle. Le dijo ‘mirá, Laura, te quiero contar algo’.
–Mirá, Laura, te quiero contar algo –le dijo Cecilia.
–Sí, decime –respondió Laura. Seguramente era para poner plata para el cumpleaños del profe de gym, o alguna idiotez por el estilo. Pero le hizo ruido la palabra ‘comentar’. Tenía turno con su clínico, estaba apurada.
–Tomemos un café mejor, así no hablamos en la calle –dijo Cecilia–. Son cinco minutos nada más.
–Eh, bueno –dijo Laura.
Imposible. Cecilia le preguntó si ella seguía saliendo con Federico.
–Sí –dijo Laura–. Yo diría más que saliendo. Vivimos juntos hace dos años.
–Bueno –dijo Cecilia–. No sabía si contarte. Una nunca sabe qué hacer, qué es lo correcto. Pero yo te conozco hace muchos años, Laura. Fuimos muy amigas, así que yo te lo cuento igual.
Y le contó, Cecilia. Cecilia tenía una amiga, otra amiga, que se había puesto de novia. Y habían ido a comer, de a cuatro, a un importante restaurante de Puerto Madero. La amiga de Cecilia se había puesto de novia con un polista, con un pibe bien. En el restaurante, Cecilia había visto en una mesa, medio escondido, a Federico. Cecilia conocía a Federico de antes, de vista.
–¿Y? –Dijo Laura, por decir algo mientras llevaba más de un minuto revolviendo su café.
–No me entendiste –Cecilia miraba por la ventana–. Estaba con otra mina.
Agregó, Cecilia, que Federico y la otra mina se besaban, él le tenía de a ratos la mano sobre la mesa. Cuando le contó, Cecilia, eso, lo que veía, a su amiga, a su amiga con la que estaba cenando. La amiga le había dicho ‘¿Ese? Lo vi varios jueves, con la misma mina. Se nota que se adoran’.
Eso fue lo que le contó, Cecilia, a Laura. Laura dijo que no, que nada que ver, no podía ser. Terminó su café y se fue.
–¿Cuál es? –Preguntó Laura, antes de irse.
–¿Cuál es qué?
–El restaurante, el nombre.
Cecilia le dijo el nombre del lugar. Laura se fue caminando. Todos los jueves Federico tenía fútbol con los muchachos, y asado. Volvía tarde, se iba directo a duchar. Después se metía en la cama. Laura pensó, un instante. Jamás había llegado, Federico, en el último tiempo, algún jueves, y la había cogido. Cualquier otro día podía suceder, que llegara o se despertara en medio de la noche, con ganas. Pero no un jueves.
Laura esperó al próximo jueves. A eso de las nueve de la noche se tomó un taxi a Puerto Madero. Entró al restaurante. Le preguntaron si tenía reserva, dijo que buscaba a alguien.
El restaurante era grande y estaba lleno de gente, pero lo vio. Al fondo, de espaldas a la puerta. Lo hubiera reconocido en cualquier parte, la manera de sentarse, los rulos.
–Hola –Dijo Laura. Se paró junto a la mesa. Federico le soltó la mano a la chica. La chica la observó, como si ella fuera una empleada del local, como si ella estuviera ahí para preguntarle si iban a querer algún postre, o quizás más vino.
–No es lo que vos pensás –dijo Federico, balbuceando.
–Estaba esperando si me confirmaban los estudios –dijo Laura. Sacó los análisis de la cartera. Los estudios que confirmaban que estaba embarazada, la sorpresa que venía guardando–. Me llamaron del laboratorio para avisarme que tengo sida. Así que yo te diría que vayas y te hagas ver vos también –miraba a la chica, la apuntó con el sobre. La chica tenía unos fantásticos ojos verdes–. Todas tenemos que tener cuidado de a qué boludo nos cogemos, viste cómo es.

18.10.15

La ley de los grandes números


Voy a un bar, a desayunar.
Me siento. Pido, me traen el pedido.
–Oíme, forro –tiro la cucharita del café con leche, al piso–. Te pedí un café y una de manteca, me trajiste un café con leche y una de grasa. ¿Qué te pasa, tus papás son parientes? ¿Estás medicado? ¿Eras el último aborto del día y te rasparon las neuronas con una cuchara oxidada? Mamita querida, habría que mandar a la Antártida a todos los que no tengan primaria completa.
Al mediodía, voy a almorzar, es un restaurante de barrio. No es muy caro, hacen comida casera.
Pido un vino barato, unos ravioles con estofado.
El mozo se va, el mozo vuelve, trae el pedido. Pruebo el plato, pruebo un sorbo de vino.
Lo llamo. Viene.
–Escuchame una cosa, infeliz –me pongo de pie, suelto los cubiertos, escupo sobre la mesa–. La bolognesa ésta, ¿no sabés si alguien antes no se lavó el culo con la salsa? El tomate está ácido como si lo hubieras meado vos o un rinoceronte, lo que equivale a decir lo mismo. Llamalo al dueño que le quiero preguntar por qué sirven de comer esta mierda. Para eso sería mejor que apliquen rifle sanitario.
Paso por una fiambrería, entro.
–Fenómeno, el otro día te compré doscientos gramos de jamón cocido –agarro un paquete grande de papas fritas, como si lo estuviera pesando, después lo tiro al piso, y lo piso, escucho cómo se deshacen las papas fritas bajo mi suela. Es como si, por un instante, las papas fritas me rascaran las plantas de los pies, una sensación de lo más agradable–. No es que no era jamón cocido, no era ni paleta. Era una especie de plástico, un polímero, aunque dudo que vos sepas el significado de esa palabra. Tenés pinta de tener alguna clase de retardo. También, para tener esta fiambrería de mierda, en este barrio de mierda. Seguro que veraneás en San Clemente, qué le vas a hacer, para más no te daba.
Hace como dos semanas que vengo con una racha bárbara. Gano guita, me cojo a la mina que quiero, me salen todas. Necesito que me caguen a trompadas o que me lleven detenido, prefiero no abusar.

12.10.15

Pedazo de queso


Durante cinco años me dediqué a ir a los supermercados, todos los días, durante veinte minutos, media hora. A veces hacía dos tiempos, uno a la mañana, y uno a la tarde.
Nada, no compraba nada. Iba y paseaba, adentro del supermercado. Miraba las cosas expuestas en las heladeras, en las góndolas.
Y tengo buena memoria. Podía decirte si el vino Santa Julia Roble Malbec 2009 estaba dos pesos más barato en el Jumbo de regimiento en determinado mes del año, si las arvejas Arcor convenía comprarlas en el Coto de Villa Urquiza. Sabía el precio del queso Port Salut de La Serenísima, con cuatro decimales, en cualquier supermercado de Caballito y de Almagro. Vos me decías el peso, en gramos, del pedazo de queso, y yo te decía el precio. No fallaba nunca.
Te podía decir el precio de cualquier pasta fresca de La Salteña en el Carrefour de la calle Las Heras, te podía decir cuál era el spread, la diferencia de precios, entre las latas de atún al agua La Campagnola, con las latas de atún en aceite, con las latas de atún en aceite de oliva, también. A veces esa diferencia, ese spread varía de un supermercado a otro, de acuerdo a si en ese barrio se consume más un tipo de atún que otro. Lo tenía estudiado, al detalle.
A eso me dediqué, básicamente, eso hice, durante cinco años. Eso y no mucho más que eso. Seis días a la semana, descansaba los domingos, por aquello que el domingo hasta Dios descansó. Bíblico asunto.
No, ya sé, no le encontrás el menor sentido. Vos durante esos cinco años te dedicaste a estar en pareja, a trabajar en una oficina. Te casaste o pusiste un negocio, cambiaste el auto, tuviste un hijo. Hiciste gimnasia o dieta, hiciste un curso.
Tampoco parece gran cosa.

6.10.15

Las fuerzas de la naturaleza


Pasó de casualidad, por decirlo de algún modo, aunque todo bien mirado no es mucho más que una gigantesca casualidad. La mayoría de las cosas suceden ajenas a la voluntad de las personas. Que la persona lo sepa o no, bueno, eso es otro tema.
Volví de un viaje a la India, siempre había tenido ganas de ir a la India, porque me parecía que todo lo que había que saber, en el campo de la espiritualidad digo, bueno, salía de ahí. Me llevaron a ver a un gurú, ojo, tenés un gurú cada media cuadra, pero este gurú en particular nos ofreció un rito de iniciación que consistía en un mantra, un ejercicio de respiración, y una purificación en el Ganges. Nos pidió poca plata, así que me pareció razonable. Después de todo, para eso había ido a la India, era eso o comprar una moto y salir a recorrer la Argentina hasta pegarme un palo y quedar todo roto. La vida no tenía mayor sentido, me había venido grande.
Volví de la India, a seguir con mi vida. Y un día le dije a Mónica que se sentara frente a mí. En una silla, claro, así como estaba, en bombacha y corpiño.
–Qué pasa –dijo Mónica. Andaba cansada con su trabajo en el hospital, era enfermera y no tenía ganas que le pidiera cosas raras. Un polvo rapidito y a dormir, había estado todo el fin de semana de guardia.
–Te voy a hacer acabar –le dije–. Con la mirada.
–¿Eh?
–Vos cerrá los ojos, yo ni te voy a tocar. Van a ser, como mucho, cinco minutos.
–¿No preferís que te la chupe un poquito, Juan? –Mónica volvió con una silla de la cocina–. Te la chupo y después me dejás ver un rato la tele tranquila.
–No, dale –le indiqué que se sentara, en la silla. Yo estaba sentado en el borde de la cama–. Vas a ver.
La miré, justo entre los ojos, donde se supone que está ‘el tercer ojo’. Miré sólo ese punto y nada más. Con la mente en blanco.
Pasaron dos o tres minutos.
–¡Aaahh! ¡Así, así! ¡Ahhh! ¡AH! –Se retorció, Mónica, en la silla. Casi se cae al piso. Abrió los ojos, abrió los brazos, también.
–¿Cómo hiciste? –Se puso de pie, tenía la bombacha empapada–. No entiendo, fue el mejor orgasmo de mi vida. Todavía me tiemblan las piernas.
Se ve que Mónica se lo contó a un par de amigas del hospital, pero no le creyeron. Me preguntó si podía traer a una amiga, para que se lo hiciera, con la mirada, igual que a ella.
Le dije que sí, pero que mientras se lo hacía no podía haber nadie presente. Ella podía esperar en la cocina.
Vino con una mujer de unos cincuenta años, pelo corto, bastante excedida de peso. Le indiqué el procedimiento, que se desvistiera y se sentara en la silla con los ojos cerrados. Le dije que no iba a tocarla, me miró como diciendo ‘si querés tocarme, no hay problemas’.
Cerró los ojos. Me puse de pie y comencé a mirarla desde arriba, esta vez el chakra de la coronilla, como si fuera en el centro exacto de la cabeza. Miraba ese punto y nada más, con las manos cruzadas a la espalda.
Empezó a gritar como si la estuvieran acuchillando. Gritaba, gritaba y se reía. Entró Mónica, asustada. Prendió la luz.
–Es genial –Se puso de pie, la mujer, que se llamaba Alicia. Me abrazó–. No tenía un orgasmo desde que murió mi marido. Es genial –Lloraba, Alicia–. Gracias, gracias.
Se corrió la voz. Una cosa trajo la otra. Alquilé un consultorio por la zona de Tribunales, no podía tener un desfile de mujeres en mi departamento porque del consorcio iban a pensar que andaba en algo raro. Compartía el consultorio con un pedicuro, era la fachada perfecta.
Venían mujeres y más mujeres. De todas las edades, chicas jóvenes que habían tenido un mal comienzo con algún noviecito y habían quedado traumadas, señoras mayores a las que les habían diagnosticado un cáncer terminal, obesas mórbidas, mujeres que habían sido golpeadas por sus maridos y habían perdido la capacidad de sentir.
Atendía de nueve a diecinueve, de lunes a viernes, los sábados hasta las dos de la tarde. Las sesiones eran de media hora, pero las mujeres acababan en no más de nueve minutos. El resto del tiempo era por si querían conversar sobre lo que les había sucedido, recuperar el aliento, tomar un té.
Era increíble, era un don, sólo tenía que enfocar la vista en un chakra, la garganta o el ombligo, y blanquear mi mente. Dejar el espacio para que sucediera, brindar mi atención a la energía universal, dar paso a las fuerzas de la naturaleza. Y sucedía, infalible.
Hasta que un día apareció una mujer de unos treinta y pico de años, delgada, morocha, dijo que había tenido una sesión conmigo hacía dos o tres meses. Dijo que había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. Dijo que estaba embarazada, también.

30.9.15

Cambió todo


Tampoco se puede culpar a nadie. El fenómeno, lo que pasó, es perfectamente entendible.
La gente está hecha mierda, no hace falta ser Einstein para darse cuenta de eso. Cada vez se vive peor, se agujereó la capa de ozono, el subte viene lleno, ahora hay leche descremada y deslechada, café descafeinado, gaseosas sin azúcar y sin gas, cigarrillos sin nicotina. La gente deambula por las calles con pasos cortitos, apenas podemos movernos, soñando con cruzarse con Justin Bieber para sacarle una foto comiendo un pancho con mostaza, mirando por televisión programas donde los participantes compiten a ver quién es capaz de cagar más grande o pishar más lejos, en fin.
Entonces llegó la tecnología. Y no, no es que los aviones pueden volar más alto, ni que los automóviles pueden llegar más rápido. Llegó Facebook, llegó Twitter, llegó el Iphone y la Blackberry. Ahora podés chatear mientras defecás, y podés twittear en la cola del supermercado que fuiste a comprar dos latas de arvejas o mientras el ginecólogo te mete los dedos bien adentro, podés ser saludado el día de tu cumpleaños por trescientos veintiocho amigos virtuales que jamás te prestarían un peso. Podés bloggear las idioteces que pensás, que te parece que se te ocurren.
El invento es fantástico. ¡Te dieron el protagónico! El protagónico de tu vida, claro, que sigue siendo una vida de mierda. ¿No conocés a alguien que tenga para alquilar un departamentito en Necochea? No sé, una semana de Febrero, si es con vista al mar sería buenísimo.

24.9.15

De este mundo


Estábamos en la cama. Ella leía un libro, una novela que de seguro tenía que ser apasionante, de otro modo era impensado que alguien quisiera sostener tamaño material, semejante peso. Yo miraba la televisión con el volumen bajito, pero no miraba. Un programa de la National Geographic donde los ciervos o los antílopes o lo que corneta fueran tenían que cruzar un río, los cocodrilos acechaban. Quietos, muy quietos, los cocodrilos, esperaban. Los ciervos, los antílopes, mandaban a uno, al jefe o al más pelotudo, o quizás había sido por sorteo, a meterse al agua. Se escuchaba un tumulto, un par de chasquidos de metálicas fauces, y el antílope era devorado en un par de bocados. No quedaba nada.
Los antílopes o los ciervos iniciaban otra estrategia. ‘A lo chino’, tiraban toda la carrocería, cruzar de una, cientos, miles. Iba a haber bajas, claro que iba a haber algunas bajas, pero la mayoría pasaba. Se mezclaba el proceso de selección natural con las leyes de la estadística. Una experiencia notable, inteligencia en estado puro.
–Me gustaría saber si hay vida después de la muerte –dijo ella, apoyando el libro contra su pecho–. Porque si no hay vida después de la muerte entonces la noción del mérito se cae a pedazos. Si cuando te morís no hay más nada entonces es como si el ser humano fuera un mechón de pelos que se va por la bañadera. El concepto de eternidad, de permanencia, todo eso sería una gran cagada. Por lo menos los hindúes creen en la reencarnación, en el karma. Es como si fueras a jugar el repechaje, pero sigue existiendo la posibilidad de clasificar. ¿Para vos hay vida después de la muerte, Juan?
Cruzaban, los antílopes o los ciervos, como locos. Los cocodrilos mordían lo que podían. Había sangre, pedazos de antílopes, furibundas mordidas en medio del agua, patadas. No contesté, me quedé en silencio. Cómo saber si había vida después de la muerte, o si no éramos mucho más que un pedo en medio de una tormenta eléctrica. No dije nada.
–¿Y Dios? –Se incorporó un poco, ella, contra la almohada. Dejó el libro sobre la mesita de luz, ahora cerrado. Tomó un sorbo de agua– ¿Existe Dios? Porque si Dios existe bueno, entonces cómo entender los terremotos, las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía. Pero si Dios no existe entonces la noción misma del bien y el mal desaparece. Si Dios no existe es como si nos hubieran dejado caer sobre un vasto mar sin brújula. Si Dios existe es un Dios arbitrario e injusto, y eso es terrible. Pero si Dios no existe estamos a la deriva, perdimos el metro patrón, somos chispazos de conciencia en medio de la noche más oscura, somos la nada misma perdidos en la inmensidad de la galaxia. ¿Para vos Dios existe, Juan?
Pisaban cabezas, los antílopes o los ciervos, pisaban a los cocodrilos, y se chocaban entre ellos también. El impulso de vivir es algo que nada tiene que ver con lo racional. El objetivo de la vida es mantenerse con vida, existir, perpetuarse. La tentación de existir, así se llamaba un libro de Ciorán que había leído de jovencito y me había conmovido profundamente. Cómo podía saber yo si existía o no Dios, ni siquiera sabía si quedaban dos empanadas en la heladera. Me quedé en silencio, no dije nada.
–¿No querés que te la chupe un poquito? –Ella apoyó una mano sobre mi panza, abajo del ombligo – Te noto muy serio, preocupado.
–Bueno, dale –dije, y levanté un poco las sábanas.

18.9.15

Juntos


Estábamos esperando hacía un buen rato. El Fleni para algunas cuestiones es de lo más estricto y la verdad que está bien, porque vos vas a otros sanatorios y es todo un verdadero quilombo. A las desgracias le suelen sumar desorden, y entonces, además del dolor por lo que le está ocurriendo a un ser querido, le tenés que agregar el fastidio de no saber cómo hacer para averiguar lo que querés averiguar. Ni siquiera te podés dar el lujo de derrumbarte, porque te tienen de acá para allá con trámites de todos los colores. Y uno está indefenso como un animal herido, apenas puede con su alma.
Los informes de los internados en terapia intensiva se anunciaban a las 18 horas. El parte médico, y luego se podía ingresar por unos minutos a ver al paciente.
1802 marcó el reloj de pared. Apareció un médico calvo y muy delgado, alto, con barba de tres días. Sacó del bolsillo superior de su delantal un par de lentes sin marco, tragó saliva. Leyó pausado, voz neutra.
–¡No puedo más! ¡No puedo más! –Una mujer mayor se agarró la cabeza y de inmediato fue consolada por su hija, que la abrazó y la sostuvo al mismo tiempo. La mujer tenía alguna dificultad en el tobillo derecho, la chica tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se fueran al piso, las dos.
–Se va a salvar. Emiliano es un toro –dijo un hombre de camisa a cuadros con pinta de haber dormido poco. Se dio dos golpes sobre el pecho, con un puño, como indicando que sabía perfectamente de qué estaba hecho, Emiliano.
–¡Papá! –dijo una nena chiquita, afligida y con los ojos rojos de tanto llorar– ¡Mi papá!
–Va a salir –dije con autoridad, tosí, saqué un paquete de caramelos de eucalipto y ofrecí–. Tenemos que esperar, tenemos que ser fuertes.
Nos fuimos sentando, todos. Una mujer se había quedado interrogando al médico, que se limitaba a leer el parte de otro paciente. Nada para agregar.
–Perdón –me habló, un sujeto con pinta de oficinista que abrazaba a una mujer de mediana edad–, pero no lo conozco. No es de la familia, ¿usted quién es?
–No –dije–. Yo los domingos por lo general me deprimo. Me consuela un poco ver gente que está mucho peor que yo, me hace bien. A Emiliano no lo conozco, no tengo idea quién es.

12.9.15

Modo cursi


el fuego que pintamos juntos
ya no existe más.
lo destrozó el tiempo, con
su mugre hecha de indolente
opacidad.
a veces me saluda una escena
compartida y dudo
si fue real.
si ocurrió, o son estas eternas
ganas de mortificarme
(los látigos no fueron hechos para descansar).

la gente le teme a la muerte, es lo normal.
a mí me asustan los recuerdos.

6.9.15

Por eso, por eso


Estuve en muchos lugares, me pasaron cosas. Estoy, por decirlo de algún modo, vivido, creéme. No soy un improvisado.
Cogí, por ejemplo, cogí mucho. Ese momento tan particular y exquisito cuando la mujer está en cuatro patas, lúbrica, en estado de existencial predisposición. Y vos avanzás, ponés una mano en una nalga y con un pulgar separás apenas y ella se arquea, se abre en el sentido más literal del término, esperando la llegada de la redentora garompa.
O tener un hijo, claro. Cuando levantás a tu hijo en brazos, tu creación, y el niño todavía ni siquiera se ha afirmado en su sensación de ser, pero de pronto te enfoca con esos ojos tan enormes. El universo todo te mira y él, tu hijo, sonríe. Se deja caer contra tu pecho, te abraza.
Tenés la velocidad desde ya, la aventura. Ir por la playa saltando médanos con tu cuatriciclo y se hace de noche, y vos acelerás, y podés sentir la sal en la cara. O esquiar, deslizarte, vas bajando y la naturaleza te acompaña y la pista de la alegría no se va a terminar nunca, la nieve tan blanca. O tirarse en paracaídas. Caer, caer mientras te sostiene apenas el aire. No volvés a ser el mismo después de saltar en paracaídas, algo en vos cambia.
Podría seguir, claro. Acariciar un delfín, tocarle el lomo y ver que el delfín se quiere quedar con vos, mientras se ríe (qué otra cosa puede ser eso que risa) en voz alta. Llegar a tu casa y que te reciba tu perro, un perro atorrante y bigotudo que no puede más de la alegría por el solo hecho de verte, porque verte a vos es suficiente motivo para estar contento. Tantas cosas, nadar en el mar, desayunar, ver llover.
Pero nada supera, no hay nada comparable con el primer sorbo de whisky en una habitación a oscuras. El vaso en mi mano.

30.8.15

Con todo este fracaso construí una flor


No, no importa lo que sos, lo que sos está a la vista. Podríamos decir, de alguna manera hay que decirlo, que lo que sos es demasiado evidente.
Lo que me gustaría ver es lo que pudiste ser, o ni siquiera eso, tampoco hace falta pedir tanto. Lo que te hubiera gustado ser, hablame de eso, como si fueras eso. Mostrame esa parte.
Porque lo que se ve, lo que sos, está impregnado de la más pútrida realidad. Podríamos decir que, bueno, eso que sos en realidad es el residuo de lo que quisiste ser. Cuando veo a alguien orgulloso de lo que es siento una profunda pena. Conformarse con eso.
Demos una vuelta por la potencialidad más pura. Tomemos un café plagado de las infinitas posibilidades que jamás ocurrieron. Para qué limitarnos a esta porquería que somos, que nos sucede. Dejame que te muestre todo lo que no fui, dejame que te muestre mi mejor versión.

24.8.15

Rango de certeza


Pasa algo curioso. Cómo lo digo.
Suponete que estás casado. Y te la pasaste no sé, los últimos ocho años, pontificando sobre la importancia de la familia, sobre que el hombre no fue hecho para estar solo, sobre las delicias de la vida conyugal. Además de mirarme de reprobatoria manera, a mí, por no estar casado, por no haber sido capaz de construir, en lo afectivo, absolutamente nada. Porque mis relaciones han durado, las mejores, tres semanas.
Bueno, de pronto te separás, tu señora te dice que no te quiere más, o que se quiere volver a vivir al pueblito de morondanga del que jamás debió haber salido. Y vos, casi de inmediato, vas a tratar de coger con tu vecina del séptimo B, con una compañera de la oficina que tiene una pierna ortopédica, vas a empezar a ir a bailar a un sitio de solos y solas (cualquier cosa que eso signifique, todos estamos solos). Vas a querer tomar clases de salsa, de tango, te vas a poner pelo en la cabeza, pelo de pija porque es más resistente y más barato.
O quizás te la pasaste argumentando sobre la importancia de cuidarte, hacer vida sana. Hacés dieta, corrés, te hiciste vegetariano primero, vegano después, y crudívoro recontradespués. Entrenás tres o cuatro veces por semana, vas con tu novia a correr carreras de diez o veinte kilómetros a Pinamar, a Esquel, comés tartas de puerros y hamburguesas de berenjenas. Tu chica te regaló para tu cumpleaños una licuadora.
Pero un día vas al dermatólogo y te dice que no le gusta mucho esa mancha. Hay que hacer una biopsia, una punción, rayos quizás. Parece malo pero no lo peor, la medicina ha avanzado muchísimo en los últimos mil quinientos setenta y ocho años. Y vos empezás a comer milanesas con puré como te hacía tu mamá cuando eras chico, o te limpiás una botella de vino durante la cena, volvés a fumar, mientras mirás todas las series americanas de televisión que podés en netflix con una password afanada. Comés chocolate, y helado también. A veces las dos cosas juntas.
No, no me estoy riendo. No me río desde que tenía once años, para serte sincero (yo la crisis de los cuarenta la tuve a los once). Pero resulta nítido para mí que jamás tuviste la mínima convicción. Fuiste haciendo más o menos lo que te ponían enfrente. Nunca estuviste seguro de nada, sos un boludo más.

18.8.15

Policía Espiritual


Estaba en un bar, mirando por la ventana. Hace más o menos diez años que no se me ocurre absolutamente nada para hacer. Es triste, seguro, pero cuando ves a la gente que hace algo, que creen que hacen algo, es más triste todavía.
Me gusta desayunar, temprano, en algún bar de barrio. Abro mi cuaderno, me fijo si se me ocurre algo para escribir mientras tomo un café con leche. Está el cuaderno, está el café con leche con una medialuna, está la ventana. Lo demás pertenece al repugnante territorio de la realidad.
Entraron dos hombres. De unos treinta años, quizás un poco más, cabello muy corto. Uno con lentes rayban de vidrios verdes. El otro con campera de cuero. Algo rústicos quizás, enérgicos.
–Ahí está –dijo el que usaba lentes.
–Hundred –dijo el otro. Se sentaron los dos, enfrente mío, sin dudar ni preguntar.
–Creo que sí –contesté, es mi manera de contestar.
No me gusta hablar con gente que no conozco, conozco muy poca gente. Si desayunás conmigo es porque cogiste conmigo, sino ni lo sueñes.
–Ah, sos gracioso –El de lentes se subió los lentes, con un dedo. Los lentes quedaron enganchados en la frente.
–Policía –el otro me mostró una credencial donde estaba el escudo de la Nación Argentina. A la izquierda del escudo había un rinoceronte, al otro lado del escudo una nube, una nube como las que dibujan los chicos del colegio primario–. Policía Espiritual.
–¿Eh? –No me reí, la cara de los tipos no era para reírse.
–No tenemos tiempo para boludeces, Hundred –el de lentes se abrió apenas el saco, para que yo pudiera ver la culata del revólver–. Nos mandaron a avisarte que dejes de escribir.
–Pero, no –dije–. Por qué.
–Porque no parás de romper las pelotas, por eso –el otro, que no tenía lentes, tenía una cicatriz, al costado de la boca, como si le hubieran dado un cuchillazo, como si lo hubieran enganchado con un anzuelo y al tirar le hubieran arrancado un fino rectángulo de piel–. Todo lo que escribís es triste.
–No –dije.
–Sí –dijo el de lentes–. Todo lo que escribís es que la gente es una mierda, que el mundo es una mierda, que la vida no tiene sentido. No hay un solo mensaje positivo en tus palabras.
–No es tan así –dije. Lo mismo hubiera dicho si me hubieran encontrado con los pantalones bajos, cogiéndome a alguien, a una prima con un leve retardo o a una cebra en la jaula del zoológico. No es tan así es una excelente frase para un montón de cosas, para un epitafio, también.
–No vinimos a discutir con vos, flaco –el de la cicatriz sonrió y se le torció la cara de fea manera, era una sonrisa para tenerle miedo–. Cortala, no escribas más.
–Pero si no escribo me aburro –señalé el cuaderno sobre la mesa– ¿Qué quieren que haga?
–No sé –el de lentes se puso de pie–. Te vinimos a avisar que la termines. Lo que escribís molesta, aburre, y hace daño. No tiene el menor sentido. Además, escribís mal.
–Buscate algo para hacer, forro –el de la cicatriz también se paró. Se sonó los mocos, con dos dedos, como si estuviera en medio de un partido de fútbol. Se limpió los mocos, pasando los dedos por el cuaderno. Agarró la birome, y la metió dentro del café con leche–. Date por avisado, no jodas más.
Se fueron.
Pensándolo bien, no les faltaba razón. Yo era joven, todavía. Estaba a tiempo de casarme, tener hijos. Podía empezar a correr, si había maratones casi todos los domingos. Quizás cambiar el auto, hacerme socio de un gimnasio o no, mejor, empezar a ir a la cancha. Hacer algún curso, un curso de algo no sé, de pintura, de fotografía. Viajar, adelgazar.

12.8.15

Probabilidad, estadística


Me fui con Mariana a Pinamar, a pasar el fin de semana. Octubre, frío pero no tanto, le pregunté si quería venir conmigo. Dijo que sí.
Salimos el jueves, para aprovechar un poco más de tiempo. Falto un día al trabajo, no le importa a nadie.
Tenía un método para ganar en el Black Jack, y quería probarlo. Mi amigo R. me prestaba su cómodo departamentito bien ubicado, en el centro. Quería descansar también, caminar por la playa, coger un poco.
El viernes a la tarde Mariana se sintió mal, me dijo que debía ser algo que habíamos comido. Las rabas del mediodía tenían el aspecto de haber sido freídas mil veces desde el verano pasado.
Me dijo que se iba a dormir temprano, a ver si se le pasaba. Le dije que salía a caminar un rato, a fumar un cigarrillo.
Me fui derecho para el casino, con mi método infalible. Había llevado diez mil pesos. Si las cosas funcionaban, mi intención era dedicarme a eso. A ir los fines de semana al casino, mientras seguía estudiando para ponerme a jugar al poker por internet. Basta de trabajos de mierda por sueldos de mierda. Me había divorciado hacía tres años, necesitaba una nueva vida.
Me limpiaron de una. No tuve la menor oportunidad. Apliqué el método de contar las cartas, sabía cuándo tenía que pedir carta, cuándo plantarme, de acuerdo a la ley de probabilidades. En menos de media hora había perdido las diez lucas, y dos mil pesos más que tenía en la billetera.
Cuando salí del casino me pararon dos pibes jovencitos. Uno me pidió fuego, el otro me dio una piña, fulminante, sobre el oído. Caí de costado, me robaron el reloj y el celular, les pedí por favor que me dejaran las llaves del auto. ‘Bueno amiguito pero chito loco amiguito’, el pibe me hablaba y movía el revólver para todos lados, como si el revólver pesara demasiado.
Volví al departamento, debían ser las doce de la noche. Mariana estaba terminando de hacer el bolso, hecha una furia.
–¡No te importa nada, Juan! ¡Ni siquiera llamás para ver si me estoy muriendo!
Se fue a la terminal de micros, me dijo que siempre había sabido que yo era un sujeto repelente. No quería pasar ni cinco minutos más conmigo.
Al día siguiente, mientras caminaba por la playa, me picó un aguaviva. Se me puso el pie del tamaño de una sartén, y azul. Tuve que ir a una guardia, me dieron corticoides.
Volví al departamento como pude, me prestaron un bastón. No podía apoyar el pie. Manejar: imposible.
Entonces me di cuenta que no tiene demasiado sentido tratar de cambiar de vida. Ser otro es un espejismo, un error de interpretación. Lo que sos, siempre lo que sos, por difícil de asimilar que sea, por ridículo que parezca, es tu salto más alto. Tu mejor opción.
Entender eso, aceptarlo, pensé. Revisando el armario de la cocina encontré un paquete de yerba, y un mate de metal. Busqué y busqué, pero la bombilla no apareció por ningún lado.

6.8.15

Preguntón


–¿Duermen las palomas?
–¿Eh? –Estaba distraído, miraba el televisor encendido, pero sin mirar.
–Si duermen las palomas. Y cómo duermen. ¿Duermen en el aire? ¿Se acuestan en el piso? ¿O duermen paradas? Pero sería raro, los animales no duermen parados. Estar dormido y estar parado al mismo tiempo no se puede.
Había ido a visitar a mi amigo H. La idea era tomar unos mates y charlar de cualquier cosa hasta que se hiciera de noche. Para ir a cenar.
Pero. La mujer de H. también había tenido la misma idea de verse con una amiga. Entonces, la mujer de H. le había dejado a H. su pequeño hijo, el hijo de ambos, de H. y de la mujer de H., para que lo cuidara durante la tarde. A cambio, la mujer de H. había prometido volver temprano, para que entonces H. y yo pudiéramos ir a cenar afuera. A tomar un vino, tranquilos.
Vivía, H., en una regia casa en Vicente López. Su hijo era un pequeño demonio de cinco o siete años que se llamaba Tomás.
El que me había hablado, de pie, mirándome con las manos en la cintura, era Tomás. H. estaba arriba, hablando por teléfono.
–No sé –respondí–. Pero tienen que dormir, eso seguro. Si no dormís, es como una heladera que no corta.
–¿Se te hace una bola de hielo? –Dijo Tomás.
–No, pero te revienta la cabeza –dije–. En poco tiempo no servís más.
Nada, en la televisión. Las acostumbradas boludeces. Se escuchaba a H. hablando por teléfono, arriba. Discutía con alguien, temas de laburo.
–¿Duermen los peces?
–¿Eh? –Otra vez, Tomás. Había avanzado un poco para observarme más de cerca. El flequillo le caía sobre la frente.
–Si duermen los peces. Y cómo duermen. Duermen en el agua, claro, porque los peces no pueden vivir fuera del agua. Pero no entiendo, ¿a determinada hora se van todos para el fondo? Porque para dormir tenés que estar acostado, acostado sobre algo. No te podés acostar sobre el agua.
–Dormir duermen –dije–. Se deben poner de acuerdo. Mientras duermen algunos, otros están de guardia. Por los tiburones.
Lo pensó un instante. Se rascó la cabeza.
–No, no sabés –dijo–. Se nota que contestás cualquier cosa. No sabés nada.
–Mirá –dije–. Tampoco sé si me gusta más la mayonesa o la mostaza, o si hay vida después de la muerte. Lo que sí sé es que cuando seas grande, en algún momento, te vas a dar cuenta que la vida no tiene mucho sentido, y te vas a querer pegar un tiro en las pelotas. Eso te lo puedo asegurar.