30.4.22

Nociones de alpinismo


Lo sabe cualquier estudiante de primer año de psicología, deberías saberlo vos también. El estado de deseo es lo que te mantiene vivo, es lo que vibra, la pulsión. Te parece que querés algo y entonces algo se desacomoda y te perdés en el camino. Lo que querés es querer algo, esa cosa, pero no tenerlo, no. Y cada tanto ves que lográs algo de lo que querías pero descubrís que la existencial incomodidad vuelve a abrazarte como una manta polar.
Cuando el ‘there’ se vuelve ‘here’ se arruina, se pudre, aunque haya sido alguna vez una de tus más inalcanzables fantasías. El momento más alto es antes, siempre antes, después la realidad se transforma en experiencia, acercarme y nunca llegar decía la canción.
Así que ya sabés, mientras no logres lo que querés, mientras todavía desees existe algo de potencialidad en vos, eso que te permitirá salir de la cama a la mañana, podés llamarlo motor.
Cada vez que logres algo descenderás un peldaño de la escalera de la alegría, aunque puede no lo alcances a entender todavía. Puede que te cueste verlo así.

*el deseo se satisface en el recorrido. me lo explicaron después.

20.4.22

Desde aquí


Muchas veces viene alguien, alguien que me conoce de algún lado, alguien que fue al colegio secundario conmigo o que jugó al ajedrez conmigo o que nadó conmigo, alguien que me conoce podríamos decir de la vida. Y ese alguien me dice que me ve más gordo, más pelado, más deteriorado en general, más viejo.
O viene alguien, una alguien, un femenino, una mujer podríamos decir. Y me dice que se dio cuenta que ya no me quiere más o quizás es todavía algo más intenso, se dio cuenta que me odia. Me dice que me dio los mejores años de su vida (suponiendo que alguna vez los haya tenido), que soy un sujeto egoísta, malo, vil.
O viene alguien, me encuentro con alguien, cualquiera, en el trabajo o en la tintorería o en la cola del Carrefour Express donde la cajera va pasando mis productos con extraordinaria lentitud, cosas que desde ya no me gustan ni me interesa comprar pero que debo comprar para seguir con vida, como si mis compras, como si yo mismo quizás estuviera hecho de la más pura mierda. Y alguien se me acerca y dice algo sobre lo caro que está todo, o el calor que nos va a dejar pegados al pavimento porque Diciembre en Buenos Aires es ni más ni menos que el horror de estar vivos, o me dice que Estados Unidos está por bombardear Dinamarca porque Donald Trump no puede soportar que exista gente más rubia que él, o me explica que los marcianos ya llegaron a la tierra y están entre nosotros y vinieron a llevarse a todos los delfines porque son fanáticos de la sopa de delfín.
Y entonces en cualquiera de los casos la persona se sorprende un poco de ver que yo no respondo, hago silencio y sigo mirando por la ventana, termino de hacer mis compras o tomo un sorbo de mi café.
Es que yo ya sé.

10.4.22

Confusión


Por algún motivo que no alcanzo a descifrar del todo, por alguna manera particular de interpretar las cosas una y otra vez, la gente confunde conveniencia personal con orden universal.
Eso es básicamente lo que pasa. Cuando lo que sucede resulta favorable a la persona en cuestión, a lo que podríamos denominar sus deseos, entonces por decirlo de algún modo el universo está en perfecto orden. Dios acertó. Las cosas son como deben ser.
Cuando el resultado de los actos no es el esperado bueno, es bien sencillo, sólo un idiota no sería capaz de darse cuenta. Algo está mal.
Pero yo desde que puedo recordar, lo que  equivale a decir desde siempre, he considerado las consecuencias de mis actos como algo ajeno a mí, animales con patas propias. Quizás tiene que ver con haber fracasado tanto lo admito, pero que las cosas no resulten como yo esperaba se me antoja una situación de lo más normal. Cuando todo sale mal me siento en mi elemento, nada que discutir.

30.3.22

Tenemos que hablar


La primera vez que Mónica después de terminar de levantar los platos de la cena vino y se sentó en el sillón y me dijo ‘tenemos que hablar’, me sorprendió.
–Tenemos que hablar, Juan –dijo, con las rodillas muy juntas, cruzó los brazos primero pero después le pareció que estaba incómoda y apoyó las manos sobre los muslos. Me pidió que apague el televisor. Puse el volumen en mute pero ella me hizo que no con la cabeza, tenía que apagar la tele.
Me dijo que se estaba viendo con alguien de la oficina. Empezó como una pavadita pero después se fue poniendo más y más serio. No había sido sólo un recreo, algo para cortar de algún modo la monotonía. Se querían de verdad, más allá de la pasión por la novedad.
A las dos semanas durante el desayuno, Mónica me puso el café sobre la mesa y se quedó de pie, muy cerca de mí. ‘Tenemos que hablar, Juan’, dijo.
Volvió a contar que había conocido a alguien, un tipo de la oficina que la había encandilado. La escuchaba, tomaban café juntos en algún bar, caminaban de la mano. Alguien al que le importaba lo que le pasaba, a ella. Cómo se sentía.
Volvió del trabajo, Mónica, yo salía de bañarme, hacía un calor del carajo. Me había preparado un fernet con soda y un cigarrillo.
–Tenemos que hablar, Juan.
–Ya me lo contaste –le dije–. Ya está claro. Te estás viendo con alguien, con otro, un tipo de la oficina que te quiere de verdad. Alguien con quien vas a poder, por decirlo de algún modo y porque de algún modo hay que decirlo, rehacer tu vida. Lo que no termino de entender es por qué carajo no te vas de una vez, qué estás esperando.
Me miró, Mónica, entre risueña y sorprendida.
–Me parece que no me entendiste –dijo–. Yo a vos te quiero, no te dejo ni loca. Pero me gusta hacerte sentir mal.

20.3.22

Supernatural


Cada tanto, como relleno en los noticieros de televisión o sino en los programas de la tarde, se presenta alguien, una persona, un sujeto que dice haber visto una nave espacial. Iba por la ruta la persona, era de noche y estaba yendo a Necochea o a San Clemente cuando se le apareció la nave. Vio extrañas luces, o de pronto quiso esquivar algo pero dejó de responderle el volante de su vehículo. El hombre, la persona, quería doblar o frenar pero no podía.
Y la persona cuenta que se bajaron de la nave unos hombrecitos de no más de un metro de altura, con cabezas con forma de huevos acostados y manos que terminaban en tres dedos. Y los hombrecitos, sin hablar, comunicándose de algún otro modo, le decían a la persona que habían venido a conquistar la tierra, que les gustaban mucho los perros Schnauzer miniatura y el dulce de batata solo, sin chocolate.
O alguien por televisión también, va y cuenta que iba caminando por la playa fuera de temporada y surgió del agua un monstruo, una especie de elefante pero en dos patas y todo recubierto de escamas, como si tuviera puesto un traje metalizado. Y la criatura de pronto apuntaba con uno de sus plateados dedos hacia un edificio y lo hacía desaparecer, para luego volver a sumergirse entre las olas sin dejar rastros.
Y así. Alguien que va y cuenta una experiencia de sobrenatural carácter, variaciones por el estilo.
Pero nunca vi a nadie contar que hubieran visto a alguien riéndose en el subte. Esa no se le ocurrió jamás a nadie.

10.3.22

No me ves


Hay noches que sueño que soy un avezado ajedrecista. Juego un interminable match con Kasparov y lo derroto en la última partida, con una exquisita combinación que comienza en la movida 23 y lo deja sin ninguna posibilidad en la movida 29. En el auditorio se hace un enigmático silencio hasta que Kasparov niega con la cabeza y por un momento parece que sonríe, me extiende la mano aceptando su derrota. La gente aplaude, la gente se pone de pie. Me voy a dar una ducha y luego a cenar. Pido un whisky single malt, hace frío, un fantástico frío en Budapest.
Hay noches que sueño que soy un piloto de fórmula 1. Corro en Montecarlo, hago imposibles maniobras. Paso por un lugar por el cual es imposible pasar, venzo las leyes de la física, parece como si me deslizara en la velocidad. Y triunfo. Subo al podio, bebo de la gigantesca botella de Dom Pérignon. La gente de la televisión que me entrevista me dicen que jamás han visto nada igual, esa manera de conducir. Voy a boxes a saludar a los mecánicos y me aguardan nueve jovencitas en bombacha y corpiño. Son de distintas nacionalidades, desde alemanotas de turgentes tetas hasta delicadas filipinas de compactos culitos. Elegí, elegí, me dice el jefe de la escudería y me palmea la espalda. Elegí y dejanos algo para los demás.
Después me despierto. Tomo un mate cocido, me lavo los dientes. Viajo en subterráneos, compro una revista, fumo un cigarrillo, entro a trabajar. No pasa gran cosa, mi día transcurre más o menos como de costumbre. Nadie parece darse cuenta, nadie advierte que en mis sueños soy genial.

28.2.22

Dos hermanas


Eran dos hermanas. Vanesa nació primero. Marisa un año después. Familia normal, mamá y papá, automóvil, perro, vacaciones en la playa. Clase media, en el sentido amplio del término. Hasta acá estamos, hasta acá todo bien.
Pero.
Con Vanesa estaba todo mal. O no, no está bien dicho, para nada. Con Marisa estaba todo demasiado bien.
Al principio nadie se dio cuenta, eran ínfimas diferencias, las nenas eran muy chicas. A lo sumo Vanesa tenía un dientito torcido y otro superpuesto, mientras que Marisa tenía una dentadura perfecta, o Vanesa tenía caspa y seborrea, y Marisa tenía el pelo lacio y brillante, sedoso y fuerte a la vez.
Pero eran detalles apenas, recién empezaban las nenas en el camino de la vida. La cosa siguió.
En el colegio Vanesa tenía problemas para adaptarse. Le costaban mucho las matemáticas, los números. Marisa fue mejor promedio desde tercer grado. Las chicas la eligieron como mejor compañera, también.
A Vanesa le descubrieron un soplo en el corazón. Marisa jugaba al hockey, hacía gimnasia artística. Vanesa comenzó a engordar, las rodillas hacia adentro, los modales torpes, el busto excesivo que la hacía caminar encorvada. Marisa tenía una hermosa figura, estilizada, largas piernas, culito firme. Llegaban los pretendientes, los noviecitos, en la playa nadie le podía quitar los ojos de encima.
Marisa se casó pronto, jovencita, con un empresario. Se fue a vivir a San Isidro, casa con pileta, autos importados, quedó embarazada enseguida. Tuvo dos hijos divinos, con menos de dos años de diferencia, Adolfo y Julieta. Vanesa se casó de grande, a los 37, con un corredor de artículos de limpieza que no paraba de sudar aunque estuviera desnudo en medio de la nieve. Beto tenía un problema en los riñones, lo iban a tener que trasplantar. Logró tener un hijo, Vanesa, Javiercito. Nació con el labio leporino, le habían dicho que se podía más adelante intentar algo, operar.
Y así siguieron. Marisa era una prestigiosa abogada de famosos. Salía por televisión a veces, respondiendo sobre algunos casos de importancia. Con su fantástica melena algo más corta y sus carteras importadas. Se iba a Punta del Este con su familia a pasar el verano. Vanesa daba clases en una escuela primaria, siempre con problemas de dinero, asma, siempre tratando de adelgazar.
Un día Vanesa se enfermó. Algo del corazón se agravó. Quedó internada, la operaron y a la semana se murió. Tenía 51 años. En el entierro de su hermana Marisa usó un trajecito negro algo ajustado que dejaba intuir sus todavía apetitosas curvas, lentes negros muy parecidos a los que solía usar Graciela Borges y una capelina para que no se la viera llorar.
Y listo, esa es la historia. Puede que vos esperaras que en algún momento cambiaran las cosas, alguna suerte de cósmico equilibrio, pero no. Quizás te parece injusto, también eso es muy normal.

20.2.22

Modo catástrofe


Cuando chocan los trenes, cuando se caen los aviones, cuando se produce un terremoto y la tierra abre la boca y se mastica una ciudad, un pueblo entero, como si fuera un alfajor de maizena.
Cuando pasa algo así y te lo muestran en los noticieros, en las redes la gente tiene algo para decir, la gente opina al respecto.
Vos te angustiás. Te das cuenta de los frágiles piolines que sostienen una vida. Dudás de todo, de la existencia de Dios, de las precarias nociones del bien y el mal, de las leyes que rigen la rotación y traslación del planeta tierra.
Ahora. Si yo te digo que me parece que me estoy quedando pelado, que tengo una furibunda busarda o que hace bastante tiempo que no la pongo. Bueno, eso no te genera la menor contrariedad ni excesiva preocupación.
Somos esclavos de la desmesura, ávidos de grandilocuencia. Si pensás salvar al mundo va a tener que ser de a uno, la gente no presta atención a los detalles.

10.2.22

El cuadrado, el círculo


Un abuelo lleva a su nietito al colegio, y en un accidente de tránsito lo atropellan, al chico, y lo matan.
El abuelo no puede soportar las recriminaciones de su hija. La hija, ciega de furia ante la divina injusticia, el universal absurdo, se interna en un hospital psiquiátrico, busca ayuda.
Su madre, la madre de la chica, va de visita y ve los despojos en los que se ha convertido su hija, vuelve a la casa y una noche deja el gas de la cocina encendido. Para que muera su marido, involuntario causante de la tragedia, junto con ella, que no puede soportar lo que tiene que soportar en esta última etapa de su vida.
La hija, al enterarse de la muerte de sus padres, y recordando la muerte de su hijo, salta por la ventana. Se suicida.
El marido de la mujer, habiendo perdido a su hijo y a su mujer, escapa a San Bernardo, a un departamentito que tiene de toda la vida. Un día que siente que no da más, que no puede dormir de la taquicardia, concurre a la salita y conoce a una enfermera. La mujer lo revisa y le ofrece un té, él llora, arreglan para verse al día siguiente para almorzar, porque ella está de guardia y debe seguir con su trabajo. La mujer es divorciada, él no logra encontrarle un sentido a la vida, caminan por la playa. Empiezan a salir.
La mujer sabe que se está viniendo grande. Le cuenta, al hombre, que quiere ser madre, que quiere tener un hijo. El hombre recuerda a su hijo muerto y le dice que no, que de ninguna manera, el fantasma de su dolor le impide siquiera pensar en esa posibilidad.
La mujer, una noche que el hombre concurre a su departamento a cenar, lo apuñala en la cocina con un cuchillo manchado de salsa portuguesa. El hombre muere.
La mujer alega defensa propia, y que el hombre había venido a su domicilio con otros fines, a pedirle dinero. El hombre ya la había golpeado un par de veces, testifican algunas personas que también trabajan en el hospital. La conocen a la mujer de años. El hombre había llegado de la nada, sin motivos, solo, quizás un turista.
La conocí en el juzgado de Mar del Plata, yo había ido a declarar como testigo en el robo de un automóvil, el mío, mientras pasaba unos días en Miramar. Me pidió prestada una birome, le traje un café de la máquina. Me contó que le hacía acordar a un actor de cine, uno que siempre hacía papeles secundarios, ayudante de detective. Cambiamos teléfonos y quedamos en hablarnos, me pareció una buena mina.

30.1.22

Siete minutos


Hacía tiempo que Leticia no quería más a su marido. Más de diez años de matrimonio, doce para ser precisos. Tenía dos chicos y una más que buena posición económica. Eduardo era escribano, un escribano reconocido.
Leticia sabía que lo que debía soportar para continuar con su estilo de vida no era tan grave. Siete minutos durante la cópula, lo había leído en un libro. Una vez por semana Eduardo, por lo general los domingos a la mañana o los sábados a la hora de la siesta, se le echaba encima.
Leticia cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. Jadeaba un poco, daba tres o cuatro soplidos, o decía ‘Aaa’, y otra vez ‘aaa’, o ‘sí, sí, así’, y listo. Eduardo aceleraba un poco y emitía un ronco gruñido para luego echarse de lado y quedarse dormido.
Los chicos crecían bien, Leticia vivía en un regio barrio privado, iba al gimnasio. Había cumplido 41 pero todavía tenía todo más o menos en su lugar. Veraneaba en Punta del Este y la miraban cuando se tiraba a tomar sol. Estudiaba pintura con un pintor reconocido que le enseñaba a pintar naranjas y jarrones y a veces la cogía. No era su único amante, también había un chico de menos de treinta, cadete del estudio de arquitectura, con abdominales bien marcados y el cabello largo.
Leticia cenaba los miércoles con sus amigas, cambiaba de amante y cambiaba la camioneta cada dos años, la vida no se había ensañado con ella. Se aburría un poco y a veces, viendo películas de Meg Ryan o de Sandra Bullock le entraba una congoja, unas ganas de llorar. Se fumaba un par de cigarrillos mentolados, iba a la peluquería.
Un sábado a la tarde Leticia se preparaba para el clásico ataque de Eduardo con el televisor encendido, pero Eduardo se paró, fue a la cocina y volvió con un vaso de jugo de pomelo rosado.
–Deberíamos separarnos –dijo Eduardo, y se sentó en la cama. Le explicó que no tenía demasiado sentido seguir juntos si ya no se querían. Sabía Eduardo y se lo dijo, de los amantes de Leticia. También le dijo que el dinero no sería un problema. Él estaba dispuesto a dejarle la casa y alguno de los autos. Se iría a vivir a un departamento que tenía sobre la calle Talcahuano. Vendría a buscar a los chicos todos los fines de semana. Ella tenía derecho a ser feliz, dijo, a rehacer su vida. Lo mejor era conservar una buena relación, separarse en los mejores términos. Ella era una buena mujer a pesar de todo, él lo sabía.
Ella se puso a llorar, dijo que no, que jamás había pensado en separarse.
–No entiendo –dijo ella–. Si estamos bien.

20.1.22

Bienvenido bienvenido amor


Durante mucho tiempo Alicia creyó que el amor era una caminata de la mano a la salida del colegio. Un chico de sonrosados cachetes con una flor en la mano, una lata de gaseosa compartida. Cartas escritas en hojas mal arrancadas de un cuaderno, respuestas de un rosa fuerte llenas de corazoncitos dibujados con una temblorosa mano. Y promesas que superaban las leyes de la física.
Después hubo un tiempo en que Alicia creyó que el amor era una peluda entidad embistiendo contra ella, ella siendo atravesada por el urgente tren del deseo, ella abrazando hasta que se apagaran los jadeos del animal satisfecho contra su pecho, ella arqueando la espalda y empujando también hacia atrás, contra peludos muslos y alguien que le tiraba del pelo.
Después vino una etapa en que Alicia creyó que el amor era cotidianeidad, compañía. Levantarse a la mañana y rascar un brazo que no era suyo, escuchar a alguien lavándose los dientes del otro lado de la puerta del baño, ver una película en el living mientras alguien fumaba o terminaba su whisky. El ruido del hielo golpeando contra las paredes del vaso, particular, característico, inconfundible.
Y después Alicia se dio cuenta que el amor podía ser cualquier cosa. La lluvia contra una ventana o el humito saliendo del café con leche o un perro que salta a tu encuentro y parece inagotable de agudos ladridos o la fragancia de la ropa recién lavada o un pedazo de chocolate con avellanas. Porque el amor jamás había existido, el amor era un estado de la mente.

10.1.22

Última vértebra


Hago un movimiento, irrelevante por cierto, ínfimo, hacia delante y hacia el costado, inclino mi cuerpo. Para guardar ropa sucia en una bolsa, en una bolsa donde suelo guardar la ropa sucia antes de llevarla a lavar.
Escucho un ‘cric’ apenas, casi inaudible, en la base de mi espalda, un sonido similar al de partir un cigarrillo entre los dedos.
Y se desata el caos. Caigo al piso. La columna deja de sostenerme. Dolor en estado natural, dolor puro. Algo, la última vértebra, ha tocado un nervio. El dolor me ha tirado al piso.
Es ridículo, lo sé, pero he caído como si me hubieran pegado un piedrazo. Siento un pavoroso adormecimiento detrás de las piernas y sé, porque lo sé, porque lo siento, que no podría ponerme de pie aunque me fuera la vida en ello.
Al dolor le sigue el miedo, el miedo de morir ahí sobre el parquet, de inanición quizás por no poder llegar hasta el teléfono para pedir una pizza o socorro. Intento arrastrarme pero no, tampoco puedo. Quedo de espaldas, los brazos en cruz, junto a la bolsa de basura tamaño consorcio que uso para juntar la ropa sucia de la semana.
Nada, cierro los ojos, sé que moriré ahí, mientras el dolor agujerea la espalda como un aplicado pájaro de filoso pico.
Pero sucede algo extraño además, al mismo tiempo. Mientras me duele, mientras me duele y me aturde y es el dolor más profundo que yo pueda recordar, descubro. Descubro que mientras me duele, mientras el dolor baila su lacerante danza sobre mi atribulado cuerpo, ya no importa. No importa si me dejaste, no importa ese feo rayón que le hice al auto de la manera más absurda en el estacionamiento de la calle Beruti, no importa si jamás pude escribir un cuento decente. No importa si no volveré a tomar un vaso de vino rojo con un pincho de tortilla en Madrid algún otro diciembre.
El dolor es una experiencia totalizadora como quizás ninguna otra y no importa, mientras el dolor duele, nada más. Nada de nada.
Entonces, desde el piso me brota una carcajada venida de quién sabe dónde. Me duele y me río.

30.12.21

El mago Wilkins se gana la vida


Me lo pidió Moni y bueno. Estamos saliendo, nos conocimos ya grandes, cuando ves que la curva de la vida te va a llevar a la mismísima remierda y lo único que te queda es agarrarte fuerte del volante porque no hay adónde doblar.
Nos vemos, salimos a cenar una vez por semana, elijo algún restaurante y vamos a comer algo rico, tomamos vino caro y nos venimos a dormir a casa. Después la veo un fin de semana sí y uno no porque ella, Moni, tiene una nena. Eso quería decir.
La nena se llama Delfina pero todos le dicen Delfi, tiene 7 u 8 años y es un sol. Tampoco es que me interesen demasiado los chicos, quiero decir. Me parece que los chicos y los animales tienen inmunidad e impunidad, son puros, los adultos son una mierda repugnante, ese es mi sentir. No me molesta estar en absoluto en algún lugar donde haya un par de niños o perros, o gatos. Tampoco es que interactúe demasiado, pero siento que transmiten otra energía. Yo voy hace más de diez años al microcentro a trabajar a una oficina, así que te podés imaginar.
El asunto es que con Moni estamos bien, cogemos, dormimos juntos una o dos veces por semana, fumamos un cigarrillo en silencio mirando cualquier cosa por televisión. No sé, no creo que haya mucho más para pedirle a la vida.
Y Moni me dijo que tenía todo arreglado. Era sábado y la nena, Delfina, tenía un cumpleaños de una amiguita. Y me pidió que la acompañe porque no quería ir sola y para ella era importante. Me dijo que después Delfina se quedaba a dormir en lo de una amiga, otra amiga no la del cumpleaños, y nosotros estábamos sueltos para hacer lo que quisiéramos. Era un trato de lo más justo.
Y fui, total no pasaba nada. Era entrar y saludar, chicos por todas partes, las mamás de los chicos, y varios padres también. Para Moni era importante no ir sola, así me lo dijo, y nosotros estábamos saliendo hacía más de seis meses y jamás me había pedido que la acompañara a ningún lado. Una vez nomás salimos con su hermana y el marido a cenar, buena gente, sencillos.
El departamento estaba en Almagro, entramos, hacía calor y eso me ponía un poco en estado de alerta porque la incomodidad hace que empiece a transpirar como un chancho pecarí. Era diciembre y debía hacer treinta grados y no había un puto aire acondicionado prendido, en fin. Chicos corriendo, platos con papas fritas y maníes, una chocotorta para la nena que cumplía años. Se llamaba Astrid, me pareció raro el nombre.
Saludé aquí y allá, un par de madres amigas de Moni, algún marido. Me trataron bien, alguien me acercó una cerveza, la dueña de casa me agradeció por ir, saludamos a Astrid que no tenía la más remota idea de quiénes éramos.
Acá viene la cuestión, el asunto. Le habían preparado como acto principal, a la homenajeada, a Astrid, un acto. Un mago.
La mamá se paró en el medio del living, y lo anunció: ¡Con ustedes, el mago Wilkins!
Prendieron las luces, los chicos estaban sentados en el piso, haciendo un semicírculo. Apareció el mago Wilkins.
El mago Wilkins estaba grande, algo excedido de peso. Le sobresalían las orejas de la galera, y de las orejas salían unos mechones de pelo oscuros. Le quedaba chica la capa.
–¡Ahora necesito un voluntario para hacer el truco de la moneda del fararón! –gritó el mago Wilkins. Los chicos estaban encantados. Daban grititos de satisfacción cuando desaparecía la moneda y el mago la encontraba en el bolsillo de uno de los chicos. Aplaudían.
–¡Lo tiene en la muñeca, lo escondió en la muñeca! –Gritó. Era uno de los padres, apoyado contra el marco de la puerta. Tenía en par de sánguches de miga enrollados en una mano, daba un mordisco y salpicaba miguitas.
Siguió el acto. El mago Wilkins sabía perfectamente que ser mago de fiestas infantiles era el equivalente para un médico de tener que hacer revisaciones en un natatorio. El escalón más bajo de su profesión, pero lo hacía con el poco entusiasmo que le quedaba, tratando de esparcir algo de alegría, de recordar por qué había elegido la magia alguna vez en la vida.
–¡La paloma estaba en la galera, jaaaa! ¡Se veía! –Otra vez, el mismo sujeto. se tomó el vaso de coca cola de un trago y se sirvió más de una botella de dos litros, se reía.
Llevo algunos años trabajando en oficinas y he visto todo, sé que el ser humano es la mierda pura, no tiene remedio. Es descriptivo.
Me acerqué, tuve que pedir permiso dos veces y tener cuidado de no pisar algún chico.
–Escuchame –lo rodeé con un brazo y sonreí como si lo conociera, como si fuéramos amigos de toda la vida–, si prestás atención ahí, te vas a dar cuenta que tu señora está muy cerca de ese pelado –dije–. Fijate, ya sé que hay poca luz pero fíjate, parece que están uno al lado del otro pero no es así, no exactamente. La está apoyando, el pelado, a tu señora, porque esa es tu señora, ¿no?
–Sí –dijo el tipo, se había puesto serio.
–Bueno –dije yo–. Yo estoy hace un par de horas acá, jamás te había visto en mi vida, y me di cuenta bien fácil que sos un imbécil. Y tu señora te detesta, se queda con vos porque no le queda otra, porque no tiene quizás la fuerza para escapar, por los chicos. Pero si te fijás bien,si prestás atención, cada vez que vos hacés un comentario ella hace un rictus, una mueca de profundo desprecio. Y se acurruca, se deja apoyar. Por el pelado.
–Pero..
–Así que ya sabés, descubriste dónde el mago esconde la moneda, pero no descubriste que a tu señora la están apoyando. No sos tan vivo.
Me iba a alejar, terminé mi cerveza de un trago. Volví.
–Algo más –dije–. Si volvés a hablar durante el acto, si decis una palabra más, te siento de una trompada. Se van a acordar de vos, de este cumpleaños, toda la vida. Pensalo.
Me separé para que pudiera verme. Fui jugador de waterpolo, y aunque estoy arrasado por la vida mido un metro noventa, cien kilos.
Le palmeé la cara como si nos acordarámos de una anécdota de la infancia, de algún chiste compartido.
Volví adonde estaba parado antes. El mago hizo un par de trucos más, dejamos a Delfina con su amiga y nos fuimos. Cuando salimos a la calle Moni me preguntó de qué hablaba con Héctor.
-Nada –dije-. Me pareció que lo conocía.

20.12.21

Llega el miedo


Los sueños, se ha estudiado el tema hasta agotarlo, supongo. No tenés más que ir a un psicólogo de barrio y decirle que querés hablar de tus sueños. Te vas a dar una panzada de interpretaciones. Andá a ver a una psicóloga y contale que soñaste que cogías con un delfín y fijate qué pasa. Te vas a divertir muchísimo.
Pero están los sueños que te hacen daño, los sueños que te atormentan y te dejan boqueando como un pez fuera del agua. Por ejemplo, dentro de los clásicos, los sueños donde te caés, te caés en un precipicio o de una terraza, te caés y sentís cómo te caés, cómo te vas cayendo de un lugar muy alto.
También están los sueños donde fallás, donde no tenés fuerza. Angustiantes sueños donde das un par de trompadas y las trompadas llegan a destino, impactan en un rostro que permanece impertérrito porque tu trompada no causa efecto. Tu trompada no consigue cambiar nada, no lastima.
Y después están los sueños donde te persiguen. Sos perseguido por mitológicos monstruos todavía no inventados, mezcla de víboras con insectos que se paran en dos patas, tienen colmillos, también, rugen, y una venenosa y fosforescente baba. Y te pasás el sueño escapando, escapando, luchando por tu vida.
Esos serían más o menos, en grandes rubros, con variaciones, los sueños que te lastiman el alma.
Pero últimamente me pasa algo peor, algo más jodido. Sueño que soy yo. Y en el sueño, mientras sueño, me doy cuenta que soy yo. Me doy cuenta que no hay escapatoria, me parece que voy a seguir siendo yo toda la vida.

10.12.21

Esas cosas


Empezó de la nada, cómo lo explico. Me despierto un domingo a la mañana, voy a calentar agua para tomar un par de mates, para arrancar. Y hay agua en el piso de la cocina. Tardé en darme cuenta, estaba borracho de la noche anterior. Cerré los ojos mientras esperaba que se calentara el agua, y sentí esa sensación de jugar con el agua entre los dedos de los pies.
‘Estoy en Villa Gesell, a la noche voy a coger con Elina, tengo veinte años’, pensé. Y abrí los ojos. Venía el agua del lavadero. Estaba mojada la pared, muy mojada, caía agua a borbotones de la llave de paso. Empecé a luchar para mandar el agua por la rejilla del lavadero, pero la rejilla regurgitaba y me devolvía el agua con más fuerza. Domingo a la mañana, repito.
Esa semana, ponele el miércoles a la noche, abrí la heladera. El freezer. ¡Pum!, hubo un fogonazo desde atrás de la heladera. Se quemó el motor, me dijo el técnico. Nada, muerte cerebral, kaput, imposible repararla.
Al día siguiente se rajó un vidrio, de punta a punta. Una ventana del dormitorio principal. Como si me hubieran tirado un piedrazo a la noche, mientras dormía. Imposible, séptimo piso, desde dónde.
Se empezó a levantar el parquet, baldosita por baldosita. Cada paso que daba por el comedor, clac clac clac.
Y así podría seguir. Dejó de salir agua de la ducha. Un mísero hilito de agua para enjabonarme las bolas y el resto de mi atribulado ser. Olvidate de bañarte. Se rompió el botón del inodoro, mi silla preferida comenzó a renguear de una pata. Las puertas de los placares dejaron de cerrar, apretaba los botones y las luces no encendían.
Pero no, lo pensé un poco y no. No se trataba de un embrujo ni de una maldición, tampoco era una racha de mala suerte. Mi departamento de un día para el otro se había cansado de mí, dejó de soportarme, no quería verme más. Como te pasó a vos, más o menos eso.

30.11.21

Podés llamarlo literatura


Leo un cuento. Un buen cuento. Hay una escena en el cuento, una escena maravillosa. Te la resumo.
Hay un hombre, un hombre mayor, casado, que ha perdido el olfato. Tiene un nombre, esa singular patología, esa enfermedad. El hombre está casado, tiene una esposa. A la esposa, que se empieza a sentir mal, débil, le descubren una enfermedad degenerativa que va directamente y con paciencia de boa, contra la motricidad. Nada se ha inventado para combatirla. La enfermedad avanza, la mujer está consciente, y no mucho más.
Ante la progresión de la enfermedad internan a la mujer. La mujer se pone peor, cada vez puede moverse menos, los miembros, los brazos y las piernas, se le dificulta hablar, la tienen que alimentar.
La mujer va a morir. El hombre, su marido, la visita, en terapia. Le lleva el hombre diversas hierbas. Tomillo, romero, flores de lavanda, orégano. El hombre acerca las hierbas a la nariz de su mujer que permanece con los ojos cerrados, para que recuerde olores, fragancias de situaciones donde fueron felices, ella y él, juntos. Árboles de eucalipto debajo de los cuales se sentaron a conversar, especias que utilizaron para condimentar cenas familiares, y así.
La escena del hombre junto a la cama donde yace su mujer con los ojos cerrados, el hombre metiendo la mano en una de las tres bolsas que ha llevado al hospital, acercando alguna ramita a las exánimes fosas nasales de su esposa que apenas conserva fuerzas para respirar. Bueno, es una escena de una ternura infinita.
Después levantás la vista del libro y te das cuenta que no importa lo fétida, abyecta y absurda que sea la realidad. Algo bello surge de alguna parte y es una maravilla comparable con la multiplicación de los peces y los panes. Y entonces podés continuar.

*el cuento es ‘pulso’, de Julian Barnes

20.11.21

Nirvanita


Si te fijás un animal, si te fijás bien. Tampoco hace falta que veas a una jirafa o a un rinoceronte, con un perro nomás lo entendés.
El animal no conceptualiza, tiene cerebro, claro que tiene cerebro, los mamíferos medianos fueron diseñados así. Y por lo tanto tienen mente. Quiero decir, en el sentido que un humano entiende la mente. Digamos, podríamos definir la mente desde ya no como un objeto, sino como una acción. La mente como funcionalidad.
Por eso estar con un animal te hace bien de inmediato. Es la alegría del ser en estado puro, no hay preocupaciones. No hay pasado ni futuro. El animal no recuerda ni anhela. Sí, quiere comida cuando tiene hambre, pero eso es imperativo categórico, biología. El animal es puro presente.
Lo mismo ocurre con los bebés. Mirá a un bebé a los ojos. Mirá al bebé descubriendo todo lo que lo rodea, sin analizar nada. Sin conceptos ni expectativas. No hay allí noción de ‘yo’, ni de ‘mío’. Es percepción pura, no hay individuo. Y por eso es feliz, tan despreocupado y feliz como un pedo en una tormenta eléctrica.
El adulto, lo sepa o no, intenta de algún modo alcanzar ese estado, volver a ser y nada más que ser, sin pensamientos, pura presencia. Para eso recurre por ejemplo a las drogas, por ejemplo al alcohol. Lo que pasa es que la herramienta no logra elevarlo por encima de los pensamientos sino que lo cansa, lo aturde, lo duerme. Pero en cualquier caso, lo que el hombre está buscando es apagar aunque sea por un rato la maldita fábrica de pensamientos. El paraíso es no pensar, tan simple como eso.
Ahora tu caso es por demás curioso, complejo quizás, distinto. Has llegado a tu particular manera a un curioso pedestal. Pensás, pero todas boludeces.

10.11.21

Cuenta la historia


Cuenta la historia que una mujer, cansada que su marido la engañara con otras mujeres, le cortó la poronga. Lo esperó al hombre como todas las noches, le preparó la cena, le sirvió un vaso de vino. En el vino había colocado un poderoso somnífero. Cuando el hombre se durmió la mujer, que trabajaba de enfermera en el Hospital Rivadavia, le cortó, a su marido claro, la poronga. Con un bisturí.
Bajó la mujer en mitad de la noche con la poronga de su marido envuelta en un repasador, fue hasta el parque más cercano al departamento donde vivía, el parque Centenario, y enterró la poronga junto a un árbol. Después la mujer se fue a la comisaría del barrio y se entregó. Contó lo que había hecho, lo que le había hecho a su marido.
Fueron a buscarlo al hombre, que despertó ensangrentado y al borde de la muerte. Sin pito.
El asunto es que si vas una mañana cualquiera al parque Centenario, te vas a dar cuenta que hay un lugar junto a un árbol donde crecen unas bellísimas flores. Muchas chicas, adolescentes que pasean en bicicleta, mujeres que van a fumar o a leer un rato. Se sientan justo ahí.

30.10.21

La persona que estás conociendo


No te podés equivocar, aunque en realidad sí que te podés equivocar. Tricky sería la palabra que utilizarían los norteamericanos, pero estamos en Argentina y en Argentina vale piquete de ojos vale patada voladora. El tema es prestar atención y entonces sí, te das cuenta enseguida.
Conocés a una persona, digamos una persona del sexo opuesto, hasta ahí estamos más o menos normal, todo bien.
Vas, salís. Vas a tomar algo, a comer. Lo que se estile, no tiene importancia.
Lo que sí es importante es de qué te habla, la otra persona. Aquí es donde nos volvemos todos más o menos iguales. Porque hay dos tipos de personas, no mucho más que eso.
La persona te puede hablar de tal o cual logro, de cosas que hizo y todavía hace. De cosas que está aprendiendo porque sí, porque le gusta. De cosas que le gustaría hacer.
O. Sino. Te puede hablar de cosas que hace pero que en realidad no hace, porque son parte de un sufrimiento encubierto. Te puede hablar de lo que no hace, de lo que se priva. Lo que dejó.
Por ejemplo, aunque no hacen falta los ejemplos. Una persona que está haciendo un curso de pintura o de fotografía, por estúpido que parezca, está hablando de algo que hace, sería una persona perteneciente al primer grupo. Una persona que habla de una dieta, de lo que no come, o que dejó de fumar, o que corre. Bueno, es una persona que está orgullosa de algo, de algo de lo que se priva, de un sufrimiento. Sería una persona perteneciente al segundo grupo.
Y listo, eso es todo
Si la persona que conociste, la persona que estás conociendo, pertenece a lo que podríamos denominar el ‘grupo 1’. Bueno, tenés que saber que todo termina mal. Tarde o temprano las cosas se arruinan, fatiga de materiales, decadencia y caída, las fuerzas de la naturaleza. Durará un tiempo y luego el avión pondrá la nariz hacia abajo y comenzará a caer.
Ahora, si la persona que estás conociendo pertenece al ‘grupo 2’, entonces parate y andate. No vale la pena, ni lo intentes.

20.10.21

Empiecen sin mí


Sucede cada seis meses más o menos, quizás algo más, nueve meses ponele, que alguien me llama. Suena el teléfono.
–Hola, ¿Juan? –dicen del otro lado. Y es alguien, una chica que fue a la primaria conmigo, o es un muchacho que fue compañero de la secundaria.
Van a hacer un encuentro, me dicen. Están armando un encuentro de todos los que fuimos juntos a esa división, a ese grado.
Va a estar éste y éste otro, y ese también, se ríen, se entusiasman.
Me preguntan si voy a ir.
–¿Vas a venir? –dicen, y se hace una pausa.
–No –contesto, y entonces se hace una pausa, otra pausa, más larga. Esperan, del otro lado, que yo diga por qué no voy a ir, que diga que tengo un hijo bobo, que estuve preso por violar chicas muy jovencitas en Parque Patricios, o que tengo unas hemorroides que debo cargar a un costado de mi atribulado ser, en un carrito de supermercado.
Pero no, nada de eso.
Sucede que para ser lo que soy, la inmunda basura que me habita, la repugnante alimaña en que me he convertido, este despreciable ser, tengo que haber venido de algún lugar, de alguna parte.
Y se me da por pensar que cada colegio al que fui, cada persona que me conoció, bueno, son parte del problema. Así que no se ofendan pero no voy a ir, hace tiempo que estoy tratando de dejar de ser yo.

10.10.21

Básicamente


A veces pasa que arranco el día, voy a una florería y compro una flor. Una flor amarilla de tallo largo. Voy de acá para allá, me subo a un taxi, hago trámites, almuerzo. Paso a visitar a un familiar, pago el gas. Con la flor en la mano. Siempre con la flor, todo el día.
A veces voy y compro en una pescadería, bien temprano, un pescado. Un besugo ponele, una merluza. Puede ser una brótola también, perfectamente, sin problemas. Te lo dan envuelto en un sedoso papel. Y así voy todo el día, llevando el besugo, la merluza, la brótola. Hablo por teléfono, tomo café.
Si me cruzo con alguien, con alguien que me conoce o incluso algún extraño, puede suceder que la persona me pregunte. Algo como ‘¿Qué hacés con esa flor en la mano?’. O ‘¿Adónde vas con ese pescado?’.
Yo lo miro. No contesto nada y lo miro. Sonrío, apenas. Sigo hablando de otra cosa.
La idea era no twittear nada, no mandar fotos ni videos a ninguna parte. La idea era no ser como vos.

30.9.21

Te llamo para contarte


Ana llamó por teléfono a Laura. Era lunes. Eran las diez y media de la noche.
–Hola, Laurita querida. ¿Te enteraste lo que pasó?
–No –respondió Laura– ¿Qué pasó?
–Se suicidó Mónica.
Se hizo una pausa. Un silencio cargado de estática, los celulares últimamente andaban para la mierda. Mónica era una amiga, una amiga de Ana, una amiga de Laura. Mónica era, en rigor de verdad había sido, una amiga de las dos. Habían ido juntas, las tres, al mismo colegio secundario.
–¿Qué? –dijo Laura.
–Sí –dijo Ana–. Se mató Mónica, ayer. Se tiró por el balcón.
–Pero –dijo Laura–, No lo puedo creer. Es increíble. ¿Estás segura?
–Sí –dijo Ana–. Es increíble. Me llamó Claudia para contarme.
–¿Qué Claudia?
–Claudia, la hermana de Mónica.
–¿La más grande?
–Sí –dijo Ana. Había prendido un cigarrillo. Laura escuchó que Ana pitaba–. La más grande.
–Qué mal –dijo Laura– ¿No se estaba por ir de vacaciones?
–¿Qué?
–A Buzios –dijo Laura–. Había reservado para la primer quincena de Febrero.
–Sí, no sé. Puede ser –dijo Ana.
–No te matás –Laura resopló–. Si reservaste para irte de vacaciones dentro de menos de dos meses no te matás. No tiene sentido.
–No sé –dijo Ana–. Se mató.
–¿Qué tenía puesto? –Preguntó Laura.
–¿Qué?
–Qué tenía puesto –insistió, Laura–. Cómo estaba vestida.
–No sé. Un jogging, una remera –dijo Ana.
–Porque tampoco te vas a tirar en pollerita. Quiero decir, imaginate quedar ahí tirada muerta sobre la calle, con el culo al aire.
–Sí, es un bajón –se escuchó un ladrido de fondo. Ana tenía un perro. Un simpático pointer que se llamaba Berugo.
–Mirá vos, hasta para matarte tenés que pensar cómo estás vestida –dijo Laura–. Como cuando te presentan a un tipo. Además de no saber qué pelotudo puede aparecer, las boludeces que vas a tener que escuchar. Tenés que acordarte por las dudas de ponerte una bombacha más o menos decente.
–Y sí –dijo Ana.
–Porque no sea cosa que vayas a coger, que te guste el tipo. Y te acuerdes que estás con una bombacha con el elástico medio vencido.
–Un bajón –dijo Ana.
–O toda desteñida. Y que el tipo crea que sos una mugrienta.
–Además de querer que les chupes la pija, los tipos quieren que estés limpita. Que te tragues la leche sí, pero que además seas fina y delicada. Qué forros.
–Cuando yo estaba con la regla Gustavo se mantenía a cinco metros de distancia –dijo Laura.
–Y sí.
–Decía que le daba asco el olor, la sangre. Hay que ser hijo de puta –Laura tosió.
–Bueno, era para eso. Para avisarte que se mató Mónica –dijo Ana–. La velan ahí, no me acuerdo la calle. Córdoba al fondo. Thames, creo que es. Sí, Thames.
–¿Vas a ir? –Preguntó Laura.
–Sí, mañana a la mañana. Pero al cementerio no. Vos sabés que yo no voy al cementerio porque me hace mal.
–Bueno, paso a saludar a la familia, entonces. A eso de las nueve de la mañana.
–Dale.
–Te veo ahí, entonces –dijo Laura–. Podemos irnos a tomar un café ya que estamos. Hace mucho que no nos vemos. Así nos ponemos al día.
–Perfecto –dijo Ana–. Porque yo tengo que hacer tiempo hasta el mediodía para pasar a retirar unos análisis.
–Bueno, te veo ahí entonces –Laura se sonó la nariz–. Mirá vos, pobre Mónica. Lo mal que estaría para hacer una cosa así.
–La verdad que sí. Me dejó remal.
–Bueno, te veo mañana y charlamos.
–Sí, nos vemos mañana.

20.9.21

La deliciosa fuente de todo lo que me falta


Adolezco de falta de convicción, eso es lo que puedo decirte. Si tuviera que definir lo que me pasa, la situación. Desde que puedo recordar, lo que equivale a decir desde siempre.
Porque si te fijás un poco, si vas y mirás. Vas a ver que alguien decidió que Villa Gesell era su lugar en el mundo, ir a la playa todos los días a surfear o a fumar. Alguien descubrió que su trabajo lo sostiene, que siempre quiso ser abogado o dentista o profesora de educación física. Alguien dice ‘Martita es la mujer de mi vida’, y en sus ojos te das cuenta que es cierto, que el sujeto no podría concebir la existencia, la propia, sin Martita. Ejemplos sobran, ejemplos miles.
Pero fijate vos que a mí no. Porque yo, como te decía al comienzo, jamás tuve la convicción. De nada. Ni en el trabajo ni en el deporte, ni en el amor. Ninguna pulsión, ni el arte ni la ciencia. Jamás sentí que algo fuera lo mío, lo que en verdad saciaba mis ansias. Algo que me completara y me dejara satisfecho como para decir ‘bueno, sí, era esto’. Nunca me sucedió nada parecido, desconozco esa experiencia.
Entonces descubro que lo que me ha mantenido andando es el fastidio. Hay una sensación de existencial incomodidad que me acompaña desde siempre. Y eso que alguna vez me preocupó por el hecho de no poder encajar en ninguna parte, por sentir que no había nada en el universo para mí, eso se ha transformado en un exquisito motor. Única y particular manera que tengo de continuar. De seguir. 

10.9.21

Agudo, crónico


Hay, existen, dos clases de dolor. El dolor agudo y el dolor crónico. Lo que genera, lo que provocan, es bien distinto. Las implicancias también.
No es tan difícil de entender lo que estoy diciendo. El dolor agudo es bien fácil de identificar, de reconocer. Si te clavan un cuchillazo, ahora, eso te provocaría un dolor agudo. Es una experiencia totalizadora, se pone primera en la lista de prioridades, te obliga a dejar de pensar en todo lo demás. No hay que ser tan dramático, no tienen por qué acuchillarte. Imaginate un martillazo en el dedo gordo de una mano, la picadura de un aguaviva en los huevos, en fin.
El dolor crónico actúa de diferente manera. Es como la música de fondo, va y ocupa el espacio, sin gritar, sin estridencias. Te permite seguir con aquello que podríamos llamar, de alguna manera hay que llamarlo, tu vida. Pero está ahí, es una presencia, su trabajo es demoler. La gota en la piedra sería una imagen más que apropiada.
Si se tratara de un combate de boxeo, la diferencia sería entre un boxeador que te arrasa por nocáut, te pega como el Tyson de su mejor momento, no más de un round. La otra es la de Monzón que te iba pegando, te pegaba y te pegaba hasta que no servías más.
Quizás te llama la atención mi insistencia en hablar sobre el tema en particular. No alcanzás a entender. Es que elegir entre lo bueno y lo malo es para las películas, pero la vida no es mucho más que elegir entre lo malo y lo peor. Y ni siquiera elegir la mayoría de las veces.

30.8.21

No deja de ser curioso


Espero el día justo, sé que está el dinero para pagar las jubilaciones y los sueldos de los empleados públicos. Entro al banco a la mañana, llevo puestos anteojos negros, me tapo un poco la cara con una bufanda.
El guardia toma café en un vasito de plástico, alguien en la cola lanza un chistido de impaciencia, le parece que los empleados lo hacen a propósito, eso de no atender con la velocidad que deberían. Cuando vos no manejás el ritmo de tu trabajo, porque la gente viene cuando quiere y sigue viniendo, cualquier excusa es buena para hacer una pausa. Como si hasta se saludaran con alguien en cámara lenta.
–¡Al suelo, al suelo todos, no se hagan los héroes! ¡Esto es un asalto! –me subo a un mostrador de un salto y grito. Señalo a uno que permanece de pie, no atina a moverse del susto– ¡Vos también, pelotudo! ¡Qué te pasa!
El policía intenta sacar el arma pero se le cae de las manos, una señora se pone de rodillas y llora. Alguien grita: ¡Por favor tengo familia, no me mate!. 
O en el subte, un día de semana a las nueve de la mañana. En la B, ponele, cuando el subte está entre Pueyrredón y Pasteur y el fastidio se puede sentir como una nube gris y pegajosa que nos envuelve, nos aturde, nos abarca.
–¡Tengo una bomba! –grito– ¡Esto es una reivindicación para la libertad del pueblo rumano! ¡Todos al piso, vamos a volar por el aire!
Se oyen gritos del terror más puro, caen los cuerpos unos sobre otros, ni siquiera hay lugar para tirarse. La gente golpea las puertas pidiendo ayuda.
Lo que me jode, la verdad, lo que no consigo entender es que después de todas las cosas que juré que iba a hacer y que no hice, todas las promesas incumplidas, bueno, la gente me sigue creyendo. Yo ya ni me presto atención.

20.8.21

Delicadeza


Es un tema delicado, opinable quizás, como todo lo que sucede en este mundo no está sujeto a un dogma. Hay que ir caso por caso, por decirlo de algún modo. No existe un manual definitivo.
Fijate por ejemplo el caso, si yo supiera que tu mujer sale con otro. Sí, claro, con otro tipo, la vi en la calle a los besos, o en un bar, de la manito, embobada. Alguien que la coge y la hace sentir bien. Ahora, si yo soy tu amigo y la vi, ¿debo decírtelo? Porque si no te lo digo capaz que nos vemos en una salida de parejas. Vos estás ahí con tu mujer, lo más tranquilo, diciéndole ‘gordita’ o ‘pichona’, ella cuenta una anécdota y ambos se ríen. Pero en ese caso, lo que yo sé me pone mal, por vos, siento como si yo también te estuviera haciendo de algún modo trampa, como si yo también fuera cómplice de esa mentira. Pero si te digo, si te cuento lo que sé, lo que vi, es probable que no puedas aceptarlo, que me odies por lo que te estoy diciendo. Que pienses que te lo digo porque no soporto tu felicidad. Que de algún modo deseo hacerte daño. Que te envidio.
O fijate el ejemplo, otro ejemplo. Fuiste al médico, le llevaste los estudios, y resulta que yo soy amigo del médico, jugamos al fútbol los jueves con un grupo de amigos. Y me cuenta que tenés una enfermedad incurable, que te vas a morir y no lo sabés. Ahí tenés. O me estoy cogiendo a la secretaria del médico si querés y me lo contó ella (porque también coge con el médico, ponele). Otra vez. Si no te lo cuento, si no digo nada cuando vamos a comer una pizza y te escucho haciendo planes o proyectos en lugar de ocuparte de la enfermedad que igual no tiene arreglo, bueno. Con qué cara te escucho, cómo hago para opinar sobre que vas a cambiar el auto el año que viene o que querés organizarte un viaje a Sudáfrica para ver a las jirafas. Pero si te lo digo, si te digo lo que sé, de algún modo te estoy dando la sentencia de muerte, soy yo quien te causa semejante daño. Por qué hacer eso, si sos mi amigo.
¿Conviene saber o no saber? Esa es la cuestión que me atormenta para las más diversas situaciones de la vida. Porque está la frase, tan delicada y precisa a la vez, eso de ‘ignorance is bliss’. Pero no sé si tiene sentido vivir en el engaño, en la mentira.
Pero vos sos un pelotudo y te lo digo. Aunque no cambie nada, aunque no puedas hacer nada al respecto.

10.8.21

Dormido


Soñé que caminaba por Bélgica, sí, por Bélgica, no, no sé qué calle. Y me encontraba con una chica que conocí hace muchos años. La chica me contaba que estaba por hacer una exposición, una exposición de sus fotografías. Las fotografías eran de porongas, de porongas que ella había degustado por decirlo de algún modo. Porongas con las que había tenido alguna clase de interacción. Era de un período particular de su vida, la muestra, una retrospectiva. Iba a exponer unas treinta porongas en una sala de un importante museo de España. Tenía almacenadas más porongas, o mejor dicho más fotografías, para próximas exhibiciones. Entonces yo le preguntaba si las porongas, las porongas de las fotografías, estaban paradas, lo que no quería decir necesariamente de pie, o en posición de descanso.
–¡Ves, ves cómo sos! –Me gritaba ella, y se largaba a llorar desconsolada.
Después soñaba que estaba en El Cuartito, comiendo una pizza con un amigo. Mientras comíamos una chica de fugazzeta, mientras tomábamos una Isenbeck de litro, mi amigo me explicaba que el mundo no daba más. Que estaban contaminando los mares y los ríos, las capas más profundas de la tierra. Y por lo tanto no había escapatoria. Te comías un tomate y el tomate tenía polonio como para construir una bomba atómica, y nicotina como si te hubieras fumado dos paquetes de parliament. El agua, te tomabas un vaso de agua y era equivalente a tomarse un vaso de lustramuebles. Los laboratorios más importantes del mundo habían inventado unas tabletas que reemplazaban la ingesta de comida. Lo único que tenías que hacer era tomar una tableta por día, en poco tiempo se dejaría de usar la comida. Lo que se estaba discutiendo era si las tabletas tenían que ser redondas o cuadradas, no lograban decidirse. Yo le decía que sí claro, asentía con la cabeza (¿con qué querés que asienta, con la poronga?) mientras me servía otra porción, el queso chorreaba un poco sobre el plato, sobre un pedazo de fainá a medio comer. Una cosa bella es una alegría para siempre, dijo el poeta.
Después soñaba que era piloto, era piloto de Fórmula 1. Iba manejando, era la última carera y yo todavía tenía posibilidades de salir campeón. Iba a más de trescientos kilómetros por hora y decidía no sacar el pie del acelerador, agarrar las curvas y que fuera lo que Dios quiera. Había estado esperando ese momento, esa oportunidad para ser campeón del mundo. Toda mi vida. Entonces me tocaban el hombro, una sensación. Sentía algo extra. Y de atrás me decían ‘flaco, tenés que poner más fichas’.
–Juan, ¡Juan! –Mónica me zamarreaba un poco, pero con cariño.
–Eh. Sí –dije.
–Estabas soñando, Juan.
–Sí –Dije otra vez.
–Son las siete, voy a hacer café –dijo Mónica–. Después me tenés que explicar por qué cuando soñás tenés carita de contento. No sé, cuando estás despierto no te pasa.

30.7.21

Escritor frustrado


Cogíamos los jueves, con Vanesa. A veces llegaba yo de traje, gastado por todo un día de reuniones, gritando por el teléfono celular. ‘¡Antes que abra Japón pónganse a comprar todo lo que puedan!’, o ‘Mirá, viajamos el martes, cerramos el trato en Dubai y nos volvemos’. Ella había preparado algo de comer y yo devoraba mi plato en dos bocados después de cogerla contra una puerta, medio vestida. Otras veces caía con lentes oscuros aunque fuera de noche, pantalón ajustado, remerita. Le decía ‘no sabés, parece que al final vamos a ser teloneros de los parcels, vienen en junio’. Me tomaba una raya de una cocaína buenísima y la hacía chuparme la pija en la terraza muy despacio, bajo una fina llovizna. O caía con ropa deportiva, transpirado, y le decía ‘no puedo más, nos están haciendo entrenar en doble turno. Se desmayó uno en medio del partido’. Me iba a dormir sin tocarla hasta el día siguiente de lo fundido que estaba.
Un día Vanesa, ni bien pasé la puerta, se animó a preguntarme.
–Mirá Juan, a mí me divierte el acting que hacés. Cuando te hacés el rockero o el ejecutivo, hasta venís con un casco de moto a veces, pero después te veo por el balcón que te vas caminando a tomar un taxi con el casco en la mano. Por qué no venís como sos, no sé, no inventes nada. Tranquilo.
–Lo que pasa es que lo que me divierte es imaginar que soy otro –dije–. Si me acuerdo que soy yo, venir a coger con vos me parecería la cosa más aburrida del mundo. La verdad, ni te hablaría.

20.7.21

Creo que es por eso


Se suele decir, es una frase, aquello de ‘cuanto más hacés más hacés’. Pero no, no es verdad, no funciona así. Por el sencillo hecho que cuanto más tenés que hacer, más tenés que hacer, o si querés, más deberías hacer. Podríamos decir, por decirlo de algún modo, que lo que hacés crece de manera aritmética y entonces, lo que deberías hacer se multiplica, al mismo tiempo, de geométrica manera. Lo que hacés es lineal, lo que deberías hacer es exponencial.
Una manera más simpática de verlo sería con lo que tenés. Cuanto más tenés más querés tener. De ningún modo resulta que cuanto más tenés más tenés. Porque cuando tenés más querés muchísimo más. El río de lo que te falta no se detiene nunca.
Y después pasa algo que es muchísimo peor. Porque vos vas y anhelás algo, llegar a algo, una situación, un lugar. Y cuando llegás, después de anhelar, después de hacer todo lo que hacía falta, pensás que bueno, ahora que llegaste te vas a querer quedar. Ahí, con esa persona, con ese auto, en esa playa. Pero no funciona, no puede funcionar porque lo que no te explicaron es que para estar vivo el jueguito tiene que cambiar de pantalla. Si no te secás, te apagás, te morís. Así que llegaste adonde no creías que ibas a poder llegar nunca, y te vas a tener que mover.
Acercarse y nunca llegar, decía la canción. No, no tengo la solución, nadie tiene la solución porque el problema no tiene solución. Por eso vinimos a coger.

10.7.21

Primer acto


Mañanas donde me emociona hasta las lágrimas ver un perro que mueve la cola, tan feliz como sólo un perro podría estarlo. Mañanas donde me emociona ver a una madre en una esquina, pasando los dedos por entre los cabellos de su hijo que se dirige al colegio aún sin saber si está dormido o despierto. Mañanas donde me emociona ver que un auto se detiene para permitir que un anciano de bastón termine de cruzar la avenida sobre la que se ha lanzado ignorando las mínimas normas de tránsito.
En minutos nomás, el perro morderá al niño en el rostro deformándolo para siempre, el taxi atropellará al anciano y la sangre de su cráneo burbujeará en ocre por lo que dura un instante sobre la senda peatonal, la madre del niño lanzará un aullido infinito hasta que un rayo o la policía consiga que se calle pero que de ningún modo entienda qué fue lo que pasó.
Es como si la realidad te sugiriera que mejor vayas a laburar, que hagas algo, que ni se te ocurra andar por ahí emocionándote.

30.6.21

A modo de explicación


En el libro el hombre vuelve al pueblito donde nació, a pedido de sus padres. Está casado, el hombre, debe tener como cincuenta años, tiene hijos, es escritor.
Es italiano él, sus padres, sus hermanos. El padre le pide un último favor, que lo ayude con un trabajo de albañilería. El padre es mujeriego, borracho, jugador, un personaje.
El asunto es que pasan algunas cosas, y el padre muere. Hacia el final del libro el padre muere, en su ley. Están velando a su padre en su casa de toda la vida, están los amigos de su padre, la mujer o sea su madre, su propia familia (su esposa e hijos) que han venido para la ocasión.
El hombre se va por un instante a la biblioteca pública del pueblo. Entra, camina de memoria hasta un sector en particular. Saca un libro, un ejemplar de ‘Los hermanos Karamazov’.
Palpa el libro, lo abraza contra su pecho. Y dice, más o menos, o piensa: mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días.
Ahí está todo lo que tenés que saber sobre la literatura. Y por qué escribo, también.

*El libro es ‘La hermandad de la uva’, de John Fante.

20.6.21

Tengo mil boomerangs


Me pasó algo extraño. La verdad que no pasó de una sola vez, de un saque. Fue pasando pero yo tardé en darme cuenta. Estaba distraído tratando de pagar el gas o de lavarme los dientes, de mantenerme con vida por decirlo de algún modo. Tardé en juntar los pedazos.
Pasa que alguien me perjudica. Ponele, alguien en el trabajo me traba un ascenso, o me complica la vida porque sí, porque tiene ganas. Y a mí eso me molesta, claro, me enfurece. Al poco tiempo llego un día a la oficina y alguien dice ‘¿Viste lo que le pasó a Garfagnoli? Estaba tomando sol en el jardín y lo picó un escorpión. Está internado hace tres días, no creen que se salve’.
O ponele que invito a salir a una chica y me dice que no, que no quiere salir conmigo ni con la cara de boludo que tengo, de ninguna manera. A la semana me entero que se enfermó de brucelosis comiendo en una parrillita de Palermo, o que la atropelló un ciclomotor y se rompió la columna en diecinueve pedazos.
Cuando me di cuenta, cuando detecté la relación, lo que te estoy contando. Que a la gente que me lastima, la gente que me perjudica, la gente que me hace daño, le empiezan a suceder desgracias, bueno, la verdad que me preocupé. Me considero una buena persona, tengo lo mío por cierto, como todos, pero creo que uno no debe desearle el mal a nadie. Lo mejor en la vida es hacer un ejercicio de rendición, así lo podríamos llamar. Aceptar lo que te pasa como si fuera ajeno a tu voluntad por la sencilla razón que es ajeno a tu voluntad, lo que te pasa no puede ser modificado porque ya te pasó. Vos entrás al partido cuando lo que te pasó ya te pasó, llegás a la fiesta cuando están cagando a piñas al disc-jockey por decirlo de algún modo. Pero si a la gente que me fastidia le suceden cosas horribles quizás haya una velada intención en mí, un oculto deseo, y creo que eso me transformaría sin demasiados atenuantes en una alimaña de pantano, una basura inmunda.
Sí, ya sé, ahora me vas a decir que no escribo tan mal, pero a mí no me sirve. Qué sé yo, tené cuidado.

10.6.21

Propiedades nutritivas


Fue más o menos como le sucede a todo el mundo, así es como arrancan estas cosas.
Trabajaba como un loco, corría para llegar a tiempo a Tribunales, iba a la cárcel a ver a un cliente, metía demandas, lo llamaban por teléfono para amenazarlo de muerte, se cogía a una secretaria del estudio en el bañito del estudio, fumaba mientras comía un alfajor caminando por la calle, hacía planes, el barquito que se compraría cuando terminara de juntar la guita.
Y se sintió mal, en la calle claro, sintió como si un elefante bebé se le sentara encima del pecho y se le durmió un brazo, el brazo izquierdo. Se tuvo que acostar en la vereda, una señora llamó a los bomberos, a la policía. Le preguntaban si lo habían asaltado, pensó que se moría.
Zafó. El médico le dijo que había tenido un pico de stress, no se infartó de casualidad. Tenía treinta y nueve años, si seguía así iba a reventar como un sapo al que le dan un indiferente patadón contra un zócalo cualquiera. Si seguía así se moría.
Volanteó, giró el camión de su existencia, cambió de vida. Empezó a hacer deporte, iba al gimnasio, corría.
Dejó de fumar, la nicotina era la puta más linda, dejó el alcohol. Empezó a comer sano, sin azúcar, sin sal. Después dejó los hidratos de carbono, la harina era el demonio, la harina refinada era satán en la tierra. Dejó la carne, de a poco, vio en un video la crueldad con la que mataban a las vacas, cómo arponeaban indiscriminadamente a los delfines, cómo engordaban a los pollos sin dejarlos dormir, siempre con la luz prendida, en fila.
Se hizo vegetariano, primero, vegano, después. No, no tomaba ni siquiera leche, la leche no era apta para el consumo humano después de los dos años de edad, ni huevo, ni queso, nada animal ni sus derivados. Se hizo crudívoro, comía frutos secos, semillas, brotes de soja, pedazos de corteza de los árboles. Todo tenía que ser orgánico, dejó el café, por supuesto, y después dejó el mate. Nada, ni una fruta que hubiera podido ser rociada con agroquímicos, con pesticidas. Los grandes laboratorios habían hecho moco a la humanidad toda, las empresas farmacéuticas te mataban con sus antibióticos, los alimentos en el curso de los últimos cincuenta años habían perdido entre el 87 y el 93% de sus propiedades nutritivas.
Se hico un chequeo completo, sangre, orina, ergometría, tomografías. Le llevó todos los resultados a su médico.
–Excelente –dijo el doctor, se quitó los lentes y los dejó sobre la metálica superficie, algo descascarada por cierto, de su escritorio–. Su estado de salud es muy bueno.
–Bueno, doctor, le agradezco –carraspeó para aclararse la garganta, sentado sin apoyar la espalda en el respaldo de la silla, las palmas sobre los muslos–. Hay una cosita más, algo que me gustaría preguntarle. Yo quisiera saber por qué estoy tan triste.

30.5.21

El velo


La gente se confunde, la gente no entiende. Además se lucha contra eso ahora, desde la medicina, desde el márketing. Envejecer, de eso estamos hablando, está mal visto.
Para eso tenés que pasar los treinta años, por colocar una línea divisoria. Hasta los treinta años sos pura potencialdad, para decirlo en términos aeronáuticos, vas para arriba.
Pero.
Empezás a notar algo. Se te cae el pelo, se te cae como si te lo hubieran pegado a la cabeza con una curita. O las tetas, sos una mujer y descubrís que ahora tenés que explicarle a tu ocasional acompañante, tenés que darle una suerte de instructivo porque eso que te está chupando no son las tetas, son las rodillas. O te crecen de pronto las orejas. Como se suele decir en la jerga militar: sin causa. Unas elefantiásicas orejas que vaya uno a saber de dónde vinieron, viste Dumbo y te contagiaste.
Y así podría seguir con los ejemplos, los detalles. No hace falta ser en exceso cruel.
El asunto es que la gente no puede creer lo que les está sucediendo, esto de envejecer. Y deciden que no se van a entregar fácilmente. Hay que luchar contra el enemigo, contra eso.
Lamento ser yo portador de tan malas noticias, pero es fútil el intento, vana la tarea. No es una cuestión, en absoluto, de empeño.
Porque hay un error de base, a lo que me refería, está mal hecho el diagnóstico. No, no estás envejeciendo, ni se ha desatado un proceso de singular y aterrador deterioro. Lo que te parece que te pasó, lo que aparece en vos, envejecer, no.
Lo único que sucede es que te estás acentuando. Esa maldita gárgola que ves en el espejo sos vos. Siempre fuiste eso.

20.5.21

Para los perros


Lo que me pasa con los perros es que los perros están contentos de verte. No importa, no importa si tenés un herpes que te está comiendo medio labio o si tenés las ojeras de alguien que se enteró de algo, de algo muy triste cuando tenía once años y no volvió a dormir bien nunca más en su vida.
Los perros mueven la cola o ladran o saltan de sólo verte, es la alegría más pura que yo jamás haya visto, vos mirás a un perro y el perro devuelve la mirada, se alegra, puede ser incluso que el perro ni siquiera te conozca. Aún así se alegra de verte.
Y yo hubiera dado la mitad de los cuentos que escribí con tal de bajarme alguna vez de un micro, en la costa si querés, en invierno, o bajarme de un avión en Ezeiza y ver que hay alguien ahí, del otro lado. Alguien que levanta una mano o da un pequeño saltito, alguien que sonríe o murmura mi nombre.
Pero eso no sucedió. Jamás, que yo recuerde, nadie me esperó en ninguna parte. Nadie estaba ahí cada vez que fui o volví, nadie se alegró de verme.
También, es justo decirlo, la mitad de nada no suele ser gran cosa.

10.5.21

A la n


Es una cosa de lo más desconcertante, situación curiosa por cierto, lo cual viene al mismo tiempo a demostrar que no es cierto que para que te suceda algo interesante tenés que tirarte en ala delta o ir a bañarte al Ganges. La vida es eso que te pasa.
Una forma de entenderlo, aunque no se trata de entender sino más bien de descubrir, es mediante una clase de exageración. Así como tantas veces resulta para que una discusión, cualquier discusión se vuelva interesante, uno debe adoptar una postura extrema. Porque si no no hay manera de salir del gris, aquello de ‘…Y a los tibios los vomitaré’ quizás también se aplica. Disculpame pero no soy muy bueno con las citas bíblicas, debe ser porque no leí la biblia. Debe ser por eso, seguro. Qué querés, fui a un colegio del estado, yo de chiquito estaba en otra cosa.
La exageración, en eso estábamos. Sí.
Agarrás un día, un día cualquiera, vas y salís a la calle. A seguir con tu vida. A lo largo del día, eso está preclaro, se te van a acercar entre nueve y quince personas. A pedirte dinero. Cuando estás en la calle, el 97% de la gente que te habla, personas que no te conocen y te hablan, es para pedirte dinero. Depende de cuánto tiempo andes durante el día por la calle, depende del barrio también, de tu tamaño físico, tu situación antropomórfica, depende si sos hombre o mujer, joven o viejo. Pero se te van a acercar, por la calle, a pedirte dinero. Esto es Buenos Aires, es dato.
Lo que tenés que hacer es lo siguiente. A cada persona que te pida dinero, a cada pedido, responderás por la afirmativa. Pero. Amplificado por diez.
Repasemos entonces. Si viene un vagabundo y te pido cinco pesos, le decís ‘claro, cómo no’, y le das cincuenta. Si un trapito que cuida los autos estacionados en la calle te pide cien pesos, vos vas y le das mil. Si una chica jovencita a la que le faltan la mitad de los dientes y no para de temblar te dice que precisa veinte pesos para el colectivo vos vas y le das doscientos. Así.
Nada, vas a ver que no cambia nada. El vagabundo va a seguir siendo, más o menos, vagabundo, el pobre va a seguir siendo pobre. El payaso payaso, el vendedor de medias vendedor de medias. El rengo, rengo. La gente va a seguir haciendo lo que saber hacer, lo que puede hacer, lo que hizo siempre. No cambia nada.
Así que podés ir dejando de pensar que si fueras rico, si te ganaras la lotería o tuvieras un golpe de suerte, bueno.

30.4.21

En el nombre de alguien


Alguien se encuentra en la calle con alguien. Le dice, alguien, a alguien, que el otro día vio por la calle también a alguien. A alguien que es la novia de alguien, alguien a quien conocen ellos dos. Alguien, ese alguien, podríamos decir que es su amigo.
Le cuenta, alguien, que la novia de alguien estaba con alguien, otro alguien, de la mano. A los besos.
Alguien le dice a alguien que se sorprendió de lo que veía porque alguien, esa chica, sigue siendo la novia de alguien, que es amigo de él, y amigo suyo.
Sigue, alguien. Le dice a alguien, que está pensando en llamar a alguien para contarle lo que vio. Alguien, su chica, con otro alguien.
Dice alguien que la situación lo afectó mucho. Que él no es de meterse con la vida privada de las personas, pero alguien es un amigo. Merece saberlo, enterarse que anda con alguien que bueno, también está con alguien.
Le responde, alguien, que él cree que no, que no es conveniente decir nada. Porque en su experiencia son temas privados de la pareja. Si ellos van y le dicen a alguien que vieron a su alguien con otro alguien, es probable que alguien no les crea. Que crea que ellos están celosos porque alguien, desde que está con alguien, tiene menos tiempo para verlos. A ellos. Dice, alguien, que lo mejor es no meterse.
Pero alguien insiste. Cómo puede no meterse después de haber visto a la novia de alguien con alguien. Qué clase de amigos son ellos, de alguien, si no le dicen lo que vieron (que en realidad no vieron, lo vio solamente alguien).
Alguien niega con la cabeza, dice que no. Dice que no es asunto de alguien contarle a alguien con quién vieron, por la calle, a alguien. Quizás alguien vio mal, quizás alguien se confundió.
Alguien dice que eso es de mal amigo. Él sabe muy bien lo que alguien vio, y se lo va a contar a alguien. Es lo que corresponde.
Se despiden, alguien y alguien, con cierta incomodidad, con algún fastidio. Alguien cree que hace lo correcto, y que alguien se equivoca. Alguien piensa exactamente al revés.
Mientras alguien escribe, sobre la vida de algunos.

20.4.21

Paquete para el señor Hundred


Tocaron el timbre, raro. Conozco algo de gente, claro, como todo el mundo. Pero no recibo visitas, no tengo vida social por decirlo de algún modo. Casi no atiendo.
–¿Sí?
–Paquete para el señor Hundred –dijeron por el portero eléctrico.
Bajé.
Miré desde adentro ni bien bajé del ascensor. La puerta de entrada del edificio es de madera, pero tienen a un costado un gran panel de vidrio. Pensé en donde vea algo raro, alguien que te quiere vender algo, o un par de personas que quieren darte un folleto y decirte que Cristo es el camino, bueno. Ni siquiera los puteo, simplemente me meto de nuevo en el ascensor y listo.
Pero no, un tipo vestido de violeta clarito, y la gorrita con la inscripción de ‘OCA’. Un tipo bajito además, con lentes, algo encorvado. Inofensivo me pareció. Tenía una caja en la mano. Una caja de cartón, no excesivamente grande, rectangular.
–Buenos días –dije.
–¿Hundred?
–Sí –dije.
–Una firmita, nada más –Le firmé una planilla, hice un garabato. Se sonrió, me dio la caja.
–Gracias –dije–. Qué raro.
El tipo saludó y se fue. Me quedé por un instante ahí, con la caja en la mano. ¿Papeles? ¿Un libro? No, ni siquiera eso, no pesaba tanto.
Miré el paquete, nada. Mi nombre y mi dirección. Me mudé hace poco, no se lo dije a nadie. Sacudí la caja, nada.
Sonó un bocinazo y una puteada. Un auto que dobló bruscamente sin hacer el guiño. Pasó una señora con su perro que siempre pishaba en el mismo árbol. Un Schnauzer miniatura, lo tenía visto.
Raro, todo muy raro. Abrí la caja, metí la mano.
Una bombacha. Eso es lo que había. Ni una carta, ni una nota, nada más que una bombacha. Blanca, la bombacha, de algodón, con ositos dibujados, pequeños ositos. Y un fino detalle en el elástico, no sé cómo se llama eso.
Nada, sin identificación, quién podía haberme enviado una bombacha. Cuál era el significado.
Entonces, como un acto reflejo, apreté la bombacha en un puño y la olí. Hundí mi nariz y respiré. Ahí estaba tu olor, el olor de tu vagina fresca, recordándome que lo mejor que me había pasado en este mundo estaba, justamente, en algún recóndito pliegue del pasado.
Caí de rodillas sobre la vereda, me desmoroné, todavía con tu bombacha apretada contra mi nariz. Lloraba, lloraba como un chico, y la gente que pasaba me miraba con una mezcla de comprensión y empatía. Esas cosas que se suelen sentir en presencia de alguien al que acaban de darle una pésima noticia, alguien que acaba de enterarse de algo malo.

10.4.21

No tenés por qué saberlo


Lo que te voy a decir no te va a gustar, y es probable que no lo entiendas tampoco. Quizás sea lo mejor.
Los hombres y las mujeres son diferentes. Ya está, ya te lo dije. Es muy fuerte lo que te estoy diciendo, lo sé.
De la angustia, de eso estoy hablando, de cómo sufre y se manifiesta la existencial angustia y sus profundas implicancias, tan distintas para ambos grupos. Y sí, claro, tiene que ver con lo sexual, aunque estemos hablando de otra cosa.
En el hombre la tristeza, la angustia que comienza a manifestarse de inexorable manera, ponele, a partir de los cuarenta años (yo diría que es antes, a los treinta y cinco lo más bien, en mi caso a los once), tiene todos los atributos de una incapacidad. Acá viene la analogía, para nada trivial por cierto. El hombre, por constitutiva característica, por antropomórfica definición, tiene pito. Y entonces, lo relativo a la tristeza sucederá, tendrá el sabor, la esencia, de la pérdida de su capacidad. El arma pierde eficacia, potencia. Uno ya no logra subirse al árbol de la alegría para arrancar un durazno con la acostumbrada suficiencia, todo se vuelve más difícil. Cuesta arriba. La tristeza podría verse como una disminución de efectividad.
En cambio para la mujer, bueno, la tristeza es vacío. Para la mujer la angustia es hondura, agujero. La tristeza tiene la sustancia de lo que no puede ser llenado, en la mujer, la tristeza está hecha de todo lo que le falta. La mujer busca algo que ni siquiera sabe qué es, y que desde ya no encuentra. No es algo que no anda, es algo que falta. La diferencia es tan total como sutil.
Lo que tenés que saber, entonces, es que los hombres y las mujeres son diferentes. Lo que los atormenta es diferente, se ponen tristes de diferente manera. Y no, saberlo no resuelve nada, tu pregunta es parte de lo que te acabo de contar.

30.3.21

No hay que dejar que la tristeza pase al cuerpo


Me lo habían recomendado, al psicólogo. Una amiga me dijo que valía la pena probar, que a veces uno no le encontraba la vuelta a las cosas que te pasan y la mirada de alguien, de otro, un profesional en la materia, puede ayudar. No tiene nada de malo pedir ayuda, me dijo. Yo no andaba bien.
Fui a la primera sesión. El consultorio estaba en un edificio antiguo, señorial, sobre la calle Talcahuano. El psicólogo, M., era un hombre no muy alto, flaco, peinado para el costado. Usaba un pulóver escote en ‘V’ o camisas a cuadros o las dos cosas, usaba lentes sin marco. Parecía amable, serio, respetuoso, el consultorio tenía una pared repleta de libros, la mayoría en inglés. Había un escritorio de los de antes, oscuro y macizo, había un espejo de pie, había cómodos sillones ‘chester’.
-El amor no existe –dije–. Después no dije más nada. A los cuarenta y cinco minutos me levanté y me fui.
Volví a la semana siguiente. Parecía que M. se había cortado el cabello o lo tenía húmedo. Usaba otro pulóver escote en ‘V’, otra camisa, había sobre el escritorio una taza de café.
Me senté. Me desabroché los puños de la camisa. Respiré un rato.
-La felicidad no existe –dije. Después pregunté si podía fumar, M. asintió. Habrá pasado media hora, fumé dos puritos holandeses, baratos y fuertes. Me fui.
Pasó otra semana, volví.
-La vida no tiene sentido –dije. Cerré los ojos. Creo que me dormí un rato. Después me fui.
Una semana más.
Volví, entré, me senté en uno de los sillones.
-Bueno –dijo M. –. Yo creo que sería bueno..
-No me hables –le dije–. Si me llegás a hablar te voy a meter una de las patillas de los anteojos por el culo, pelotudo.
Me levanté y me fui. A las dos semanas llamé para avisar que no iba a ir más.

20.3.21

Situación vital


Hay un problema, mirá. Yo estoy solo hace mucho tiempo, estoy solo desde que puedo recordar te diría. No, estar solo no es el problema, estar solo es la cosa más natural del mundo.
Tiene que ver con estar solo, pero de tangencial manera. Porque cuando estás solo siempre hay alguien que te conoce, un amigo, alguien del laburo. Alguien que te presenta a alguien porque te quiere ayudar.
Te presentan a alguien, a una chica en mi caso, y vos vas, salís. La llevás a cenar sin demasiadas expectativas pero salís. Para oxigenarte, para ventilarte un poco, tampoco te podés pasar cinco años seguidos comiendo pizza en calzoncillos, tomando whisky en una habitación a oscuras, uno se va convirtiendo en un monstruo del pantano.
Salís entonces. Vas a cenar, en eso estamos. Tratás de ser un humano, un mamífero mediano más o menos agradable. Vas a una parrilla de barrio o a un restorancito italiano no demasiado pretencioso. Charlás un poco, pedís un vino.
Acá empieza el asunto, si vos querés el problema.
La chica, la chica que vino a cenar con vos. Habla un poco, también. De lo que es, de lo que le sucede, de su situación vital por decirlo de algún modo. Elabora, no está de más aclararlo, una versión mejorada de sí misma.
Acá estamos. Esto es lo que quería decir, todo lo demás, lo que dije antes, no tiene la menor importancia.
La chica habla y vos te das cuenta que de todo lo que habla, lo que la define, lo que vendrían a ser ‘sus logros’, bueno. Tienen que ver con la privación. La chica está orgullosa que come sin sal, o que logró dejar de fumar, o que toma sólo una copa de vino durante la cena. La chica habla de correr a lo sumo, de adelgazar, de respirar de determinada manera que le enseñaron en un curso de yoga.
Tenemos entonces a alguien que te explica de todo lo que se está privando en la actualidad. Eso es básicamente su carta de presentación. La pulsión que la mueve.
No queda nada en ella en lo que quiera ir, por decirlo de algún modo y todavía, hacia arriba. Jugar al backgammon, pintar con crayones, comer mantecol.
Ha empezado mucho me temo la fatiga de materiales, la decadencia y caída, mientras no se te ocurre otra cosa que privarte, privarte de algo, de todo. Hasta que llegue la noche más oscura que jamás imaginaste y no tengas nada más que soltar para que tu aerostático globo hecho de la nada misma consiga mantenerse en el aire.
Te alcanzo hasta tu casa, sí, estuvo muy buena la cena, no por favor dejá. Pago yo.

15.3.21

Ahora que están todos a mil


Este año tengo pensado comer las milanesas, durante un tiempo, unos meses, con mostaza. Y después, otros meses, con mayonesa.
Este año tengo pensado desayunar en bares un cortado y una medialuna de manteca, o un café y una medialuna de grasa.
Este año tengo pensado tomar vino durante la temporada otoño-invierno, y cerveza, durante la temporada primavera-verano. Y whisky, claro, todo lo que sea necesario. Siento pena por la gente que no bebe, dijo el poeta.
La gente que fantasea con cambiar de vida me generan resquemor y ternura. Soñar con ser otro es un objetivo tan ambicioso como inútil. Las expectativas suelen ser no mucho más que una esposa gruñona que se dedica a remarcar todo lo que le disgusta de vos, pero tampoco es capaz de huir a ninguna parte. A mí me parece que el fracaso es un sillón en el cual conviene sentarse lo más cómodo posible. El discreto encanto de tomarse las cosas con calma.

28.2.21

Aguas profundas


El problema de encontrarte con alguien veinte años después, después que lo conociste, a ese alguien, es que no queda nada. Vas y buscás en su rostro algo de la persona que fue pero no, no hay nada ahí. Y es físico pero no es sólo físico. Es físico, claro, por supuesto, porque la persona a la que conociste no sé, a los quince o veinte años ponele, fue arrasada por el twister del tiempo. Los atributos físicos, algo que hacía brillar a la persona, la frescura por decirlo de algún modo, no está más. Pero pará, se pone peor. Sigue. Las convicciones, los puntos de vista, cualquier cosa que haya tenido de original la persona en cuestión, las ambiciones, los anhelos. Nada, cero, kaput. La persona habla ahora del precio de las naranjas, de yogures para cagar como un colibrí, de bicicletas fijas o de cambiar el auto. Alguien saca y exhibe una foto de una playa donde estuvo de vacaciones alguna vez, una semana como mucho, hace tres o cinco años. En la foto sacada con un teléfono celular y una notable falta de pericia puede verse algo de arena y un par de escuálidas palmeras.
Y listo, no mucho más que eso. Nada queda de la persona que conociste, cuando fue interesante quizás conocerla, hace tanto tiempo.
Para eso es que la gente intenta reunirse con los compañeros de la secundaria o de la universidad, se buscan en facebook o en instagram o hacen grupos en twitter y arreglan para verse con antiguas novias o con los muchachos del equipo de Handball del Club Italiano.
No pueden creer lo que ven cuando se ven, a la mañana frente al espejo. Necesitan confirmar que Dios no se ha ensañado en particular con ellos.

20.2.21

Lecciones de supervivencia


Lo único que tenés que entender es que en el trabajo es contra alguien, siempre.
No, bueno, quizás no lo logré expresar en su total dimensión, no me cuesta nada además, amplío.
El trabajo, o los trabajos, de oficina principalmente. Vos creés que algo puede ser a favor, algo de lo que está sucediendo puede ser a favor de vos o de otro alguien, pero no. No funciona así, por la sencilla razón que el ser humano, el mamífero mediano que se ha dado en llamar ‘hombre’, es la mierda más pura.
Entonces, eso es todo lo que tenés que saber. Si vos pedís algo porque te favorece a vos, una silla o una computadora o estar más cerca de una ventana, no va a suceder. Ahora, si otro alguien quiere tu lugar, entonces puede que te muevan, a vos, y en medio de ese desplazamiento logres llegar a sentarte en un lugar que te resulte más cómodo. Si tenés calor y pedís que te pongan un aire acondicionado no sucederá jamás, pero si un jefe mandó a comprar aires para llevarse uno nuevo a la casa puede que te pongan el viejo a vos. Así sucede, esa es la idea.
Así que sigo viendo y escuchando con ternura alguien que pide, en el ámbito laboral, algo para él. Y alguien, otro alguien, toma nota, alguien lo felicita por la idea, alguien le dice que lo que se le ocurrió, lo que solicita, es justo y necesario. Y entonces el primer alguien, el que hizo la solicitud, al poco tiempo es transferido a cualquier parte, a un sótano o a un pueblito perdido en medio de la nada para que entienda el único mensaje que se impone en todas las oficinas del planeta tierra. No molestes, no jodas.
La forma de funcionar es surfear la ola de otro, jamás la tuya. Vos no tenés ni tabla ni ola ni malla ni protector solar ni entendés muy bien qué carajo es el mar, pero sabés aguantar la respiración cuando alguien se tira un pedo en un ascensor y sonreír al mismo tiempo. De eso se trata, no te vas a ahogar.

10.2.21

Habla de vos


Lombroso tenía razón, mucho me temo. Es jodido, ya lo sé, sus teorías se dejaron de usar, cayeron en el olvido. Peor que Darwin inclusive, porque lo que decía resultaba, por decirlo de algún modo, discriminatorio. Estigmatizante.
Que se pudieran establecer pautas de comportamiento de una persona, rasgos de carácter, con sólo tomarle a la persona por ejemplo las medidas del cráneo, bueno. Es cruel y destruye la posibilidad de redención. Dónde queda la voluntad de cambiar, la posibilidad de mejorar. El libre albedrío.
Pasa algo, se mezcla el celeste cubilete y salís vos con determinada forma del lóbulo frontal. Los dados están echados mucho antes que vos ni siquiera te enteres. Fuerte.
Pero fijate vos que es verdad. No estamos acá para decir boludeces de cortesía ni hace falta mentir. No hay más que verle las orejas en jarra a un pibito de la villa para descubrir la intrínseca violencia que habita en su ser. Podría elegir entre mil adolescentes al que tiene posibilidades de ser un boxeador internacional con sólo mirarle las orejas. Me mostrás, ponele, cien chicas entre los quince y los dieciséis años de algún colegio secundario y yo te puedo decir, con sólo mirarles los labios, la forma de las comisuras de la boca, cuáles se van a dedicar a chupar la pija con fruición. Cuáles de ellas van a hacer de chupar la pija un plan de carrera. Para cuál de esas chicas coger será el único norte y desde ya su fuente de ingresos. Su pulsión.
Y así podría seguir, con los ejemplos. Te definen, los tobillos, el color de tus uñas, tu forma de pararte, tu nariz. Dicen todo lo que hay que saber de vos.
¿Qué? Ah, sí, en tu caso tenés una descomunal cara de boludo. Nada más.

30.1.21

Cambio de paradigma


Fijate cómo funcionan los avances científicos, la ciencia, los acontecimientos en cualquiera de sus manifestaciones.
Se producen saltos, y los saltos son, así se llaman, ‘discretos’. Pero no en la forma que conocemos la palabra ‘discreto’, como sinónimo de reservado, nada de eso. Discreto como distinto de continuo, en un gráfico, no deseo aburrir con matemáticas. Lo importante es que el conocimiento, si pensáramos en un gráfico, viene siendo más o menos una línea, una viborita, que se mueve hacia arriba y zigzagueando, hacia arriba dije, el conocimiento avanza. Y de repente ¡páfate! La línea se corta, no está más, no sigue más nada. Y aparece, en otro punto, en otro punto del gráfico, los gráficos de coordenadas, de dos ejes, a esos gráficos me refiero.
En eso consiste el avance científico, la ciencia. Se crea una cosa, todo el mundo estaba convencido de una cosa hasta que de pronto se descubre que esa cosa no es tan así, esa cosa deja de ser verdad. Se descubre otra cosa que reemplaza a la anterior, cambio de paradigma, así le dicen.
Por ejemplo, por poner un ejemplo, los ejemplos suelen hacer las cosas más sencillas. El huevo, ahí tenés. Después de tantos años que se estigmatizó al huevo, se decía que el huevo hacía mal, que el huevo tenía colesterol. Hasta que alguien, un grupo de científicos, descubrieron un día que no. Que el huevo no es el problema, el huevo no produce colesterol. El problema debe estar en otra parte, de hecho el huevo es sano, hace bien.
Un ejemplo al revés, controvertido por cierto, sería correr. Se puso de moda en las grandes capitales de occidente, hace muchos años, eso de correr. Correr era estar sano, correr era cool, te venden zapatillas hechas con piel de culo de guepardo bebé, correr hace bien. Pasaron los años, todo el mundo se puso a correr como desesperados. Hasta que alguien, un traumatólogo, mostró lo que sucedía en su consulta. Si ves a las personas de más de cuarenta años que se han pasado, no sé, más de tres años corriendo, no queda nada. Se arrastran, reptan de costado, no tienen rodillas, vendieron sus rótulas al infierno. Les duele hasta sentarse para cagar, sufrirán horrores hasta la muerte porque alguien dijo que había que correr. Lo único que había que hacer era caminar. Las mujeres peor, de tanto correr las tetas les quedan a la altura de la cintura. La celulitis les mastica el alma, en fin. Alguien descubrió que correr no hace bien, correr hace mal. Pero vos te enterás treinta años después.
Ahora, con respecto a lo que escribo, ahí no. Te parece una mierda ahora y te seguirá pareciendo una mierda dentro de algunos años. No veo que eso vaya a cambiar.

20.1.21

Talles grandes


Entré al shopping, domingo, tres de la tarde. Dejé el auto a una cuadra.
Tenía un cumpleaños el miércoles, alguien no había tenido mejor idea que cumplir años e invitarme. Tenía que ir, era un amigo. Tenía que comprar un regalo.
Entré a un negocio, adentro del shopping, a comprar una camisa. Una camisa con una jirafita o un chanchito o un cocodrilo o un caballo, una camisa de marca que dice que el que la usa también es de marca. Boludo marca cañón, esa es la marca.
Dos vendedores conversando. El local vacío, Enero en Buenos Aires. Si estás en Enero en Buenos Aires fracasaste, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, creo que ya lo dije.
–Buenas tardes –dije, intenté parecer correcto, despreocupado, amable–. Te pregunto por una camisa.
Señalé una camisa que parecía buena, con unas rayas verticales casi imperceptibles, una tela fresca, mangas cortas, de verano.
–¿Es para vos? –dijo uno de los vendedores, y lo vi. Podría no haberlo visto pero justo levanté la vista y lo vi. Una minúscula, casi imperceptible sonrisa, dirigida al otro muchacho. Como diciendo ‘no es para vos, no te entra, no te queda, sos horrible’.
–Ah, sos gracioso –dije y separé un poco las piernas para afirmarme–. No, master, no es para mí. Si te fijás bien, es una camisa muy suave, una camisa para putitos como ustedes –los señalé, a los dos–. Camisas para pibitos que se creen piolas y se pasan doce horas por día encerrados en un negocio de mierda como éste. Escuchando esta música hasta que la música se te mete en la sangre y te licúa el bocho. Te creés que sos piola, a ver, pará, debe ser por el pelito, ¿no? Porque te podés atar el pelito cuando vas a jugar al fútbol, y casi seguro debés tener abdominales. Debés ganar minas en los boliches, tenés todos los dientes, te podés poner en cueros en la playa. Bueno, acordate lo que yo te digo, después de estar diez años acá adentro y respirar este aire de mierda, mezcla de ébola con esencia de damasco, ni te vas a acordar que alguna vez empezaste a estudiar teatro. Vas a echar panza, y vas a dejar embarazada a alguna burrita del local de al lado. Ahí sí que se te va a poner divertido. Cuando no puedas seguir viviendo con tu mamá y no te alcance la guita para el alquiler. Ahí voy a pasar yo a ver cómo se te chamuscaron los dos pelos que te van a quedar en la cabeza. Y la gastritis de comer la mierda que venden en el patio de comidas, o unas buenísimas hemorroides que laten, que sangran. No, la camisa no es para mí, la camisa que vos no podés comprar y yo sí, es para un regalo. Esa camisa a mí no me entra, así que te podés reír tranquilo fenómeno. Disfrutalo.
–Viene también en celeste –dijo el muchacho y tuvo un hipo, me pareció que lloraba–. Te quise decir que esa es ‘M’, también hay talles grandes.

10.1.21

Hacia lo divino


Si te fijás, si vivís en una ciudad del occidente capitalista civilizado por decirlo de algún modo y te fijás, vas a ver que siempre hay ruido.
La verdadera contaminación, lo que te come y te deja el bocho como un pedazo de bizcochuelo pishado por un oso pardo es la contaminación auditiva. Sí, claro, informativa también, el signo de los tiempos. Pero en este caso hablamos del sonido, del ruido, algo que te entra por las orejas. Porque llegado el caso podrías apagar la computadora, dejar de ver videitos por youtube o dejar de jugar a la playstation como un pelotudo cósmico. Pero el ruido no lo manejás vos. Ahí está la gracia.
Vas a tomar el subte y ahí estás, en medio de trescientas veinticuatro mil quinientas dieciocho personas hablando boludeces por sus teléfonos celulares. Salís a la calle y los automóviles te frenan en la cabeza, justo en la cabeza, para inmediatamente después volver a arrancar. Vas a un bar a desayunar, a tratar de recomponer los frágiles fragmentos de tu vida, y desde un televisor de 99 pulgadas te tiran baldazos de pop latino hasta que no sabés si tenés un ataque de epilepsia o estás bailando como chayanne. Te wisinyandelizan la bolsa de los huevos.
Los que han iniciado alguna suerte de travesía espiritual te explican que en realidad la dificultad, el incordio, es en verdad una bendición. Rindiéndote a una molesta condición es como, justamente, se trasciende la condición. La analogía más importante al respecto es la de Cristo en la cruz. El instrumento de tortura, una vez trascendido, se convierte en lo sublime, símbolo de la divinidad.
Es entonces como en medio del ruido encontrarás tu verdadero silencio, aquello que está más allá del tiempo y de la forma. Lograrás abrazar la beatitud embebido para siempre de paz interior.
También podés acercarte al pibe de la barra y preguntarle por qué carajo no baja un poco esa música de mierda. Ahí nomás, sin mayores dificultades e independientemente de tu pobrísimo estado físico, te agarrás a trompadas con quien se te ponga adelante. El resultado casi con seguridad te será adverso, pero no dejará de ser una gratificante experiencia.
Sí, ese pedazo de diente que está bajo la mesa es mío, y no, no pienso pagar lo que consumí. Eso es lo que me acaba de pasar.

30.12.20

amor amor


Entonces ella me dijo que no me quería más y yo le dije que me parecía bien y ella me dijo que yo le había arruinado la vida y yo le dije que no estaba del todo seguro porque a mí me parecía que ella tenía la vida arruinada de mucho antes pero que podía ser y ella me dijo que yo era un ser humano repugnante abyecto vil y yo le dije que era más que probable que eso fuera cierto y ella me dijo que yo era egoísta y que para que una pareja funcione hay que dejar el egoísmo de lado y yo le dije sí claro y ella me dijo que ella había puesto lo mejor de ella y yo no porque siempre parecía que yo me estaba guardando algo que nunca daba el cien por ciento y yo le dije que quizás no tenía el cien por ciento porque no podía recordar si alguna vez lo había tenido a los once años quizás y ella me dijo que la licuadora la había comprado ella y se la quería llevar y el hornito eléctrico también se lo quería llevar y yo le dije que se podía llevar todo lo que quisiera menos la pipa que me había traído Gerardo de Londres y además ella detestaba el tabaco y ella me dijo que me odiaba y yo le dije que eso era de lo más normal que no era la primera vez que me pasaba.
Entonces ella me dijo que lo que siempre le había reventado era mi manera de responder como si yo no la estuviera escuchando y yo le dije qué.

20.12.20

Tu noción de Dios


Tenés que creer en algo, si no es peor. Quiero decir, estás ahí en medio de la vida, si no creyeras en nada, en la existencia de una fuerza superior, estarías absolutamente desesperado. Perdido.
Necesitás una noción del bien y el mal, necesitás un mundo donde haya premios y castigos. Lo otro sería anomia pura, un caos. Sería peor.
Pero es justamente en lo que acabo de decir donde subyace la dificultad, anida el problema.
Porque te acercás a la religión, no sé si llamarlo espiritualidad, para mí espiritualidad y religión son dos cosas bien distintas. Te acercás a la religión, entonces, decía, con actitud negociadora. La misma actitud con la que te manejás, de manera más o menos solvente, en el resto de los rubros del horóscopo que componen aquello que podríamos denominar, si de alguna manera hay que llamarlo, tu vida.
Te acercás a Dios, entonces, a tu noción de Dios, a negociar. Estás dispuesto a ser devoto o incluso a penar, siempre y cuando te cumplan del otro lado del mostrador con su parte del trato. Podés hacer tal o cual sacrifcio, pero pedís. También vas y pedís. Que alguien se salve, un familiar, o que te aumenten el sueldo, o que Atlanta salga campeón, en fin.
Lo importante es que está todo mal desde el vamos, es errónea la línea argumental. Porque si negociás con Dios, si prometés hacer tal o cual cosa si te ayuda con tal otra, bueno, confundís justicia divina con tu conveniencia personal. Te parece que Dios debería no sólo entender, sino estar de acuerdo con que tu señora no te deje, tu perro no se muera, con que tu auto no choque, con que te hagan un descuento para una quincena en Necochea.
No sólo pretendés negociar. Estás dispuesto a mostrar que cumpliste tu parte, que hiciste esto o aquello y tenés crédito, es mucho más lo que hiciste que lo que reclamás. Sería muy injusto que aquello que necesitás no suceda. Estaría mal.
Y no te das cuenta que nunca se trató, la cuestión, de ver para creer. Y ni siquiera se trata de creer para ver, porque sería como pagar un servicio por adelantado. Es mucho más complejo.
Hay que creer y no esperar, creer y no ver. Hay que creer por el solo hecho que el mundo sería mucho más triste si no creés en nada. Creer porque no se te ocurre nada mejor para hacer, creer por creer.

10.12.20

Resuena en mí


Pasó algo, quiero decir, descubrí algo, algo que yo no esperaba. Me pasó mientras buscaba, supongo que como todo el mundo durante la adolescencia más que nada. Cuando se te abre el abanico de la vida antes tus azorados ojos y vos descubrís, casi al mismo tiempo, aquello que te gusta, y que deseás creer, bueno, en algo.
Está lo tradicional desde ya, uno va al colegio, se supone que si podés vas a estudiar algo. Pero no estoy hablando de eso, no, porque hay tantísima gente ahí afuera que son contadores o abogados porque sí. Si les preguntás por qué son lo que son, por qué estudiaron lo que estudiaron, lo más probable es que no te respondan, que sonrían o hagan silencio. Quizás te digan ‘no sé, mi papá era contador’, o ‘tenía una tía que era dentista y siempre me daba un caramelo’, o ‘tenía que estudiar algo’.
Yo me refiero a la vocación, aunque no sé por qué no me gusta esa palabra. Hay gente que de chiquitos destripan un hámster con un cuchillo Tramontina y uno sabe que van a ser cirujanos, o alguien que lo único que pide para su cumpleaños es un juego de magia. Después viene el deporte, las actividades que podríamos denominar ‘artísticas’, creo que esos serían los dos grandes rubros a los que me estoy refiriendo, de los que estoy hablando.
Entonces, vuelvo a lo que descubrí. Y lo descubrí quizás, justamente, porque yo no era bueno en nada. Probé con el ajedrez, con la natación, después con la literatura, diría que dejé lo mejor de mí ahí, en eso, pero sin mayores resultados.
Fracasé, por decirlo de algún modo. Fracasé en todo lo que podía ser importante para mí, en todo lo que me gustaba. Pero mientras fracasaba, y acá viene lo que te quería contar, mientras fracasaba con todo mi ser, descubrí que el talento en cualquiera de sus manifestaciones, lo genial en cualquiera de sus variantes, resonaba en mí.
Si yo escuchaba un tema de rock que fuera diferente, que iba a ser diferente a los otros tres millones cuatrocientos ochenta y dos mil temas de rock de ese año, lo percibía de inmediato. No sé, una sensación, podía ser leyendo la página de un libro, viendo un cuadro, una gambeta de Jay Jay Okocha, no importaba la actividad, ni que yo fuera un completo adoquín en la práctica de la misma.
Lo genial resonaba en mí, en mi genialidad que por algún motivo jamás se había manifestado. Una extraña sensación, algo imposible de poner en palabras. Una tan agradable como gratificante sensación de saber que algo genial también habita en uno y es lo que reconoce la genialidad exterior y se pone a ronronear de alegría, casi de inmediato.
No, bueno, respecto a por qué nos estamos viendo no es que haya percibido, para serte sincero, nada genial en vos. No rompés demasiado las pelotas, cogemos un rato.