30.7.15

Todo lo que no sabemos


A Verónica le gustaba coger arriba.
No, arriba en la terraza no, arriba. Arriba de alguien, del compañero de turno, de la poronga más que nada. Le gustaba subirse, a Verónica, como si fuera una avezada motociclista, pero en lugar de ponerse el casco, lo que se ponía era la poronga, con un diestro movimiento de tres dedos de una mano. Adentro, adentro mi alma, y ahí sí. Salía a cabalgar, feliz amazona de la pija.
No había estudiado, quiero decir, las técnicas, no lo había conversado mucho ni era una gran consumidora de pornografía. Le bastaba, desde la adolescencia, desde jovencita, con sentarse, con tener la poronga adentro, quince o veinte centímetros de púrpura palpitante (homenaje a buk, la expresión), adentro, y dejarse llevar.
Le encantaba, a Verónica. Podía moverse despacio, muy despacio, sintiendo el deslizar de la poronga en su interior, llenando el espacio. Podía ponerse en cuclillas y prácticamente saltar, a todo vapor, como una descosida. Acelerando, acelerando, sintiendo el chicotazo adentro, haciendo rebotar sus nalgas contra muslos o abdomen, según estuviera de frente o de espaldas. Feliz, tan feliz.
Y le gustaba que la agarraran. Sí, claro, de la cintura. O las tetas, que el tipo se aferrara a sus tetas como si fueran su última esperanza, su tabla de salvación para no hundirse en el precario maremoto de la vida. Y sí, que le agarraran las nalgas, que las apretaran o que las abrieran apenas y le metieran un dedo en el culo pero no mucho, la primer falange era suficiente, esa cosquilla extra. Mientras ella saltaba o se deslizaba, iba y venía, con la poronga adentro, apoyándose sobre un peludo torso o aferrada a las manos del tipo como si fueran acróbatas. Pura alegría.
Pero por algún motivo, algo que no lograba descifrar, todo el mundo la quería coger, a ella, con ella, en cuatro patas.
Conocía a alguien, iban a cenar una o dos veces, y había que ir a coger, porque sí, porque para la mujer la pija es destino, porque de eso se trataba la vida. Y empezaban a besarse o la empezaban a desvestir, y el hombre la llevaba a la cama, o sobre un sillón, o en el piso, la ponía de espaldas. En cuatro, como se suele decir, para ser riguroso desde lo técnico, desde lo antrompométrico.
Y coger en cuatro patas estaba bien, pensaba Verónica, era una satisfactoria experiencia, pero no era lo mismo. Ella quería estar arriba, sentir cómo se raspaba el clítoris contra la superficie del hombre ahí abajo, su vello púbico (el de ella) cortado casi al ras, una delicia.
Y Verónica se dejaba hacer, qué remedio, se dejaba coger en cuatro patas por entusiastas muchachos o canosos caballeros mientras anhelaba con todo su ser que el hombre, cansado de bombear, se echara a un costado, se dejara caer boca arriba, para entonces aprovechar y poder subirse aunque fuera un ratito, ponerse encima. Coger arriba.
Se prometió, Verónica, se hizo una solemne promesa delante de un vaso de vino blanco, barato y dulzón. El primer hombre que la quisiera coger, de entrada, de una, estando abajo, o sea, con ella encima. Ese sería su príncipe quizás más morado que azul, con ese se quedaría.
Y entonces la conocí yo. Que estaba arrasado por diez o quince años de microcentro, triste, con sobrepeso por supuesto, como siempre. Con espina bífida que me provocaba un dolor muy agudo, como si se me anestesiara la parte de atrás de los muslos, se me iba la fuerza de las piernas, mientras sentía como si me atravesaran la cintura con una aguja de tejer. Horrible.
Así que cuando la acompañé a la casa después de cenar y me preguntó si yo quería subir a tomar algo, bueno, al ratito, después de besarnos y hablar un par de idioteces, me tiré en la cama. Me dejé caer porque el dolor me estaba matando y no sabía cómo decirle que iba a necesitar que me llamara una ambulancia. Un analgésico inyectable y cuarenta y ocho horas de reposo. Que me disculpara, mejor lo dejábamos para otro día.
Verónica me bajó los pantalones, y se subió, rápida, dispuesta. Mientras yo rezaba por no quedar parapléjico de por vida, y porque el dolor no fuera tan agudo como para anularme por completo el deseo y matara la erección. Qué vergüenza sería.
Así cogimos. Verónica se pegó un par de descomunales acabadas mientras yo me quedaba quieto, muy quieto, con los ojos cerrados.
Te cuento todo esto para que veas que Verónica no me eligió por mi inteligencia ni por mi sentido del humor, mucho menos mis literarias capacidades. Mi particular y único modo de ver la vida.

24.7.15

De entre las cenizas


Vas y elegís una avenida. Lo podés hacer en la avenida Corrientes, perfectamente, sobre todo de mañana. Lo podés hacer sobre Cabildo, sobre Libertador, sobre Rivadavia, sobre Independencia. A la tarde, a eso de las cinco de la tarde, lo podés hacer en la avenida Córdoba, o en Alem de la mano que vuelve. Elegí una avenida, cualquiera.
Esperás que el semáforo esté en rojo, paran los autos. Vos estás en la esquina y esperás. Uno o dos minutos, vos esperás.
Entonces caminás, como si fueras a cruzar, como si quisieras llegar al otro lado de la avenida.
Pero. Te parás. Al llegar a la mitad de la avenida, te parás. Te parás, y hacés un cuarto de giro, para quedar de espaldas al tráfico.
Sacás un paquete de cigarrillos, un paquete de cigarrillos que compraste previamente y que tenías guardado en un bolsillo. Un paquete de cigarrillos que compraste, antes de guardarlo, claro, así funciona el hilo del tiempo. Sacás un encendedor, de otro bolsillo, o del mismo bolsillo.
Y te prendés un cigarrillo.
A esta altura escuchás que te pasan automóviles, demasiado cerca, por al lado. Escuchás frenazos, bocinas. Insultos, sobre todo. Muchos insultos que hacen referencia a tus preferencias sexuales, a determinadas antropométricas características de la vagina de tu madre. Todo tipo de insultos que se refieren a tal o cual suerte de retardo del que vos serías indubitable portador. Puede que recibas un par de escupidas, o que te arrojen algún objeto dotado de cierto nivel de contundencia.
Lo que tenés que hacer es nada. Fumar, fumar el cigarrillo que acabás de encender. No contestás nada, no mirás a nadie. Fumás, de pie, como si estuvieras frente al mar. El mar, en este caso, está hecho de miles y miles de automóviles que siguen su camino hacia ninguna parte, su inútil derrotero hacia la nada más gris.
Das unas pitadas, tratando de generar una ceniza, la primer ceniza del cigarrillo. Al ratito nomás corta el semáforo. El semáforo se vuelve a poner en rojo y las bocinas (y las puteadas) dejan de sonar.
Entonces terminás de cruzar la calle, vas hasta la otra orilla, por decirlo de algún modo. El experimento ha concluido. Vas y seguís con tu vida. Podés terminar el cigarrillo, lo podés tirar.
La experiencia, lo que hiciste, equivale en cuanto a fortalecimiento de la personalidad, equivale entonces, decía, a tirarte en paracaídas desde nueve mil metros de altura, a nadar con tiburones-tigre en mares del Caribe, y a once años de psicoanálisis dos veces por semana. Todo junto.
Algo hace click y tu vida mejora de sustancial manera. Si te atropella un auto también está muy bien, igual no dabas más.

18.7.15

Claro que me duele


Lo normal, lo de siempre. Mónica me dijo ‘tenemos que hablar’, y tenemos que hablar, para una mujer que por lo general no para de hablar, sólo podía significar una cosa.
Vivíamos juntos hacía unos cinco meses, más o menos. Ella estudiaba diseño o arquitectura, algo del estilo. Veíamos televisión, cogíamos, ella sabía cocinar, milanesas con puré. No sé, tampoco me parecía que hubiera mucho más para pedirle a la vida. Yo me había venido grande, pensar en torcer el destino es algo que se te ocurre cuando tenés menos de treinta. Lo que viene después es buscar que la realidad sea más o menos amable con vos. Lo que equivale a decir que no te pase por encima como un Flechabus de dos pisos. Una pacífica coexistencia con el horror de estar vivos, así podríamos denominarlo.
Ella salía del psicólogo a las siete, por Recoleta. Le dije que la esperaba en La Biela.
Entré, me senté. Estábamos en Agosto, hacía frío.
Me pedí un francés tostado de crudo y manteca, y una cerveza de tres cuartos. Me puse a mirar por la ventana. Uno de los mejores árboles de Buenos Aires, los turistas que pasaban, se hacía de noche.
Llegó, Mónica. Apurada, nerviosa, dejó sus carpetas, su mochila.
–Bueno –dijo–. Lo que te quería decir es que estuve pensando, y me gustaría que nos separemos.
No dije nada. Mordí el sándwich. La combinación de jamón crudo y manteca, crujiente el pan, exquisito.
–No estamos bien, Juan –se sacó el pelo de la cara–. Necesito estar sola por un tiempo, ver qué me pasa. No sé, quiero hacer un viaje. Ir a ver a mi hermana a Barcelona.
–Bueno –dije. Tomé un trago de cerveza. Estaba fría, pero no tan fría. Tan exacta, tan perfecta.
–Me voy a volver a lo de mis viejos –dijo Mónica. Tenía los puños apretados, sobre la mesa–. El fin de semana voy a pedirle a mi hermano que me acompañe con el auto, así me llevo mis cosas.
–Sí, claro –dije–. Por supuesto.
–Me quiero llevar la licuadora –miró, buscando a un mozo, pero los mozos de La Biela si no te conocen no te dan bola, te hacen sentir que sos una pila sulfatada, un pedacito de mugre, una minúscula partícula de soretito universal. No mereces estar sentado ahí ni por lo que dura un instante disfrutando de toda esa belleza, esa esquina tan maravillosa–. Acordate que me la regalaron para mi cumpleaños. A mí en el desayuno me gusta hacerme licuados de frutas. Y el televisor chiquito. Lo pagamos a medias, te compro tu parte.
–Llevate el grande si querés –mordí, mastiqué–. Llevate lo que precises, no hay problemas.
–No sé, Juan –levantó la mano, el mozo siguió de largo–. Me parece que peleamos mucho, discutimos. Yo necesito mi espacio, mis momentos para estar con mis amigas.
–Está muy bien –dije–. Avisame si venís el fin de semana, porque me invitaron a Pilar a un asado, capaz que me quedo a dormir allá.
–Tengo la llave, todavía –dijo ella, me miró feo.
–No, ya sé, yo por si necesitás ayuda para bajar algo. Vení cuando quieras, llevate lo que quieras. Menos mis trajes, por favor. Los necesito para ir a trabajar –Se hizo un silencio, como si no entendiera–. Es un chiste, pichona.
Llamé al mozo. Vino. Ella pidió una Coca Light, con limón. Miró su teléfono celular, contestó un mensajito. Sostenía el teléfono muy cerca de la cara, dejando en claro que lo que pasaba, en el teléfono, era importante.
–¿No me vas a preguntar nada? –Revisó los bolsillos de su abrigo buscando algo, quizás un papelito con una anotación, quizás una pastilla, tomaba algo para la tiroides.
–No.
–No te preocupa demasiado que me vaya, parece –dijo–. No se te ve destrozado ni nada parecido.
–Me duele, claro que me duele –dije, me serví más cerveza. Tomé, de un trago, medio vaso–. Pero voy a salir adelante. Quiero decir, son cosas que pasan, la vida.
–La verdad que no sé –probó su Coca Light, un sorbito–. Pensé que te iba a hacer moco. Pero si no te pasa nada, bueno, no es lo mismo. Es como que dejarte tiene menos gracia. No es tan entretenido.
–Entiendo –dije.
–No estoy tan segura, la verdad –dijo–. Me parece que si no me voy, si me quedo, puede ser mejor. Quedándome te hago mucho más daño.
–Eso seguro –dije. Le hice una seña al mozo, pidiéndole la cuenta. Con un índice y un pulgar apenas tocándose en el aire, como si escribiera, en el aire, con una imaginaria birome hecha de nada.
–No sé, quizás todavía no sea el momento de irme –dijo–. Quizás convenga que me quede un tiempo.

12.7.15

El cocodrilo Jimmy


Estoy mirando la televisión. Están en un zoológico, en Tailandia. Multitud de curiosos.
Hay un mago, un faquir, no sé cómo llamarlo. El tipo es conocido en todo el mundo. Replica las pruebas del genial Houdini. Lo meten en un cubo repleto de agua, atado con esposas, con cadenas. O lo entierran vivo. El tipo ha hecho los más variados trucos de magia, de ilusionismo. Lo cuelgan con unos ganchos atravesándole la piel de la espalda, y lo levanta un helicóptero por el aire. Camina sobre el agua frente a un lujoso hotel de La Vegas. Resiste casi diez minutos, desnudo, metido en agua helada, en el mismísimo polo norte. Y así.
En esta oportunidad, lo que va a hacer es meter la cabeza, su cabeza, en la boca de un cocodrilo.
Para eso se ha desplazado, junto con su equipo de filmación, hasta el principal zoológico de Tailandia. Debe ser por fines publicitarios también, desde ya. Están en la jaula, aunque no es una jaula en el sentido estricto, es un enorme pantano, con agua semipodrida, con pasto también, se intenta replicar las condiciones del hábitat natural de los terribles cocodrilos.
El hombre ha explicado a las cámaras que con el poder de la mente, logrará controlar el atribulado y no menos ancestral cerebro del cocodrilo. Logrará poner la cabeza entre las fauces abiertas de la milenaria criatura, y la bestia no lo lastimará. No lo morderá. Dominará la situación, él, así lo ha dicho, con el poder de su mente.
Comienza la prueba, se pide silencio. Entre cinco asistentes, lugareños todos, logran inmovilizar al cocodrilo. Es un cocodrilo corpulento, de más de tres metros de largo. El cocodrilo se llama ‘Jimmy’.
Otro asistente más procede a abrir las fauces del cocodrilo, que parecen tener cuatro filas de reforzados dientes. La cámara enfoca el interior de esa boca que nos conduce al centro mismo de la tierra, al origen del universo. Es como cuando mirás de cerca una vagina bien abierta y en un momento lo que estás mirando deja de ser lo que estás mirando, se transforma en la enigmática materia prima de la naturaleza.
El faquir, el mago, mira fijo a los ojos del cocodrilo. De algún modo lo domina.
Luego se arrodilla, se pone de perfil. Y mete la cabeza, de costado, de frente a las cámaras. Como si estuviera apoyando la cabeza sobre una almohada. Dentro de la boca del animal.
Se hace un silencio, una gélida pausa hecha de pura expectación.
–¡Chac!
Algo ha salido mal. El cocodrilo muerde. Luchan los asistentes para obligarlo a soltar, a abrir la boca. Pero no pueden. Uno le da palazos sobre el lomo. Otro intenta introducir algo en la boca del animal, para poder hacer palanca. Alguien viene con un matafuego. Se escuchan gritos, desgarradores gritos del faquir, del mago. Grita la multitud también. Nadie sabe qué hacer. Alguien decide correr la cámara, alejarla, para que no se vea en primer plano el ensangrentado rostro que está siendo, literalmente, destrozado por los aplicados dientes del animal. El cráneo va cediendo como un pan de manteca bajo los efectos de una prensa manual.
Descubro, con sorpresa, que he lanzado una corta carcajada. Aplaudo, dos o tres veces. Estoy de pie.
Es tan importante que si no parás de romper las pelotas algo te salga mal, que las cosas se te compliquen, es tan importante. Pienso que deberían pasar el video en las escuelas primarias, que los chicos lo vean.

6.7.15

El tema de la sangre


Lo había desconcertado, a Gustavo, el pedido. Lo tomó por sorpresa. Uno de los socios del estudio le había pedido si podía ir a dar sangre.
–¿Eh? –Fue la respuesta de Gustavo. Creyó que había entendido mal. Que el tipo le había dicho algo, una frase, con la palabra ‘hambre’.
Pero no, era sangre nomás. Tenía un hijito, el hombre. Había que operarlo, y necesitaba dadores de sangre.
Pensó en comer algo, Gustavo, en prepararse algo para cenar. Pero mejor darse un baño, primero. Había estado corriendo como un loco todo el día con el caso Rozemblit. Si salía bien de la audiencia, era un click en su carrera. El gran salto que tanto había buscado.
Mientras se llenaba la bañera, se desvistió. Chequeó los mensajes del contestador, bajó unos ravioles del freezer. Preparó la ropa para el día siguiente, prendió la computadora para terminar de corregir un escrito.
Un pensamiento cruzó su mente. Le había dicho, su socio, que para ir a dar sangre podía pasar bien temprano por el Hospital Alemán. En ayunas.
¿Cuánta gente podía llegar a pedirle sangre?
Se rascó la cabeza, dudó.
Estaban sus dos hijos, Ignacio y Facundo, aunque no vivieran con él, aunque estuviera divorciado. Y Cecilia, habían sido felices juntos, aunque después todo se hubiera ido a la mismísima mierda. Al carajo profundo.
Estaba su madre desde ya, si llegara a necesitar sangre. Estaba su hermana, los hijos de su hermana, buenos chicos, cómo no darles. Estaba su primo Alan, con quien habían sido compinches a lo largo de toda la adolescencia. Su amigo Juan Carlos, tantas anécdotas compartidas durante la universidad, y su señora que siempre lo había tratado tan bien.
Estaba un tío ya mayor, que una vez le había comprado una bicicleta cuando él era muy chico, claro que sí. Y la vecina del octavo, siempre tan correcta, tan amable.
Tanta gente para tener en cuenta, tanta gente que podía llegar a necesitar sangre. Su sangre. Por un momento le resultó, la idea, perturbadora, acuciante.
¿Alcanzaría su sangre para todos? ¿Y en qué orden? ¿Según la fueran necesitando, según se la fueran pidiendo, o por orden de importancia del vínculo? Qué tema.
Se metió en la bañera ya llena con agua bien caliente, Gustavo. Y se cortó las venas con un cuchillo corto victorinox 72123, hecho en acero forjado, especialmente diseñado para filetear pescado. El agua se fue tiñendo de rojo mientras él cerraba los ojos, se dormía.

30.6.15

Al César lo que es del César


Por lo general no voy al cine, tampoco miro demasiado la televisión. O quizás sí, miro la televisión, pero de la más anárquica manera. Quiero decir, no tengo decodificador, no soy un seguidor de las series americanas por más buenas que sean, no tengo netflix, no soporto los programas locales donde la gente canta o baila o compiten para ver quién es capaz de hacer el sorete más grande, me gustan los deportes pero soy incapaz de mirar un partido completo de nada.
Pero justo había estado mirando un programa, como dos o tres meses seguidos. De lunes a viernes, a las nueve de la noche, en animal planet. El programa se llamaba, traducido, ‘el encantador de perros’. Había un mexicano muy simpático, bajito, con barba candado, que sabía todo, absolutamente todo, sobre los perros.
El programa estaba estructurado como si fueran casos psicológicos. Hablaban primero los que vivían con el perro, contaban el problema (del perro). Después, César (el encantador de perros, así se llama el sujeto), los visitaba en su domicilio, veía al perro, si tenía miedo, si era dominante o agresivo, si había que arrinconarlo hasta que se rindiera, o agacharse para que el perro pudiera olfatear al visitante. Cómo dejar floja la correa cuando el perro hacía lo correcto, o tironear en el momento exacto para mandar una señal. O darle una curiosa patada, al perro, un sorpresivo tacazo cruzando una pierna por detrás de la otra, de la pierna más cercana al perro, en las costillas, sin que el perro se la esperara. Para distraerlo, para corregirlo, para que el perro comprendiera que lo que estaba haciendo estaba mal y grabara ese mensaje en su perruna mente.
Veía el programa, yo, mientras hervía arroz para la cena, o me hacía unos miserables ravioles comprados en el supermercado. Veía y aprendía sobre las conductas y los comportamientos de los perros. Era fantástico, además no tenía un pomo para hacer, con mi vida en general. En esa época yo andaba apesadumbrado, triste, así que me convenía tratar de distraerme con cualquier cosa, porque encima sabía que no iba a poder dormirme. Trataba de dormir y a las dos horas como mucho me despertaba temblando como la momia negra, muerto de miedo, empapado de sudor. Sabiendo que el universo todo no tenía mayor sentido pero sin saber qué hacer al respecto.
Bajé para ir a trabajar, era jueves. En la puerta del edificio, el vecino del séptimo B. Con su perro. Un Boxer, amable y musculoso, trompudo, todo su ser apuntando hacia adelante, hacia arriba, como una fuerza de la naturaleza. El pecho inflado.
–Buenos días –dije.
–Buenos días –dijo el vecino. El perro me miró con sana curiosidad, alerta, las orejas paradas.
Me acerqué con una sonrisa. Sabía exactamente lo que debía hacer, me gustan los perros, además.
Me acerqué un poco más, sin mirar al perro a los ojos. ‘Primero la nariz’, decía siempre César en su programa. El perro debe olfatearte, esa es su manera de conocerte.
Me arrodillé, junto al perro, de costado, para que el perro pudiera olfatearme tranquilo, reconocer mi energía calmada y asertiva (no tenía la menor idea del significado de la palabra ‘asertivo’, pero César decía la palabra todo el tiempo).
Ahí me quedé, arrodillado, de perfil, hice una respiración profunda.
El Boxer, que se llamaba ‘Káiser’, en un movimiento de eléctrica repentización pero de ningún modo exento de gracia, me mordió el rostro. Me alcanzó el lado derecho de la cara, la mejilla, la boca, un poco de la oreja.
Quedé tirado sobre la vereda, aullando de dolor. Hubo que llamar a una ambulancia. Me hicieron las primeras curaciones, me dieron la antitetánica, la antirrábica. Dijeron que dentro de seis meses o un año si quería me podía operar las cicatrices que me iban a quedar, hacerme una cirugía plástica. La medicina había avanzado mucho en ese campo.
Las cosas no son como las muestran por televisión.

24.6.15

Cultura general


Si tenés que elegir hablar con un viejo pelotudo que lava el auto o con un viejo pelotudo que juega al dominó, elegí el viejo pelotudo que juega al dominó. Hay, por lo menos, un chispazo lúdico ahí, en ese fracaso. El otro lucha contra procesos muy por encima de su capacidad de comprensión y raciocinio. El otro es un viejo pelotudo que no entendió nada.
Si tenés que elegir entre una chica con buenas tetas y una chica con buen culo, elegí una chica con buen culo, ni lo dudes. Tiene algo que ver, lo que digo, con lo que define a determinadas obras literarias, eso de cualidades perdurables. En iguales condiciones de presión y temperatura, las tetas pierden su magia antes que los culos, las tetas tienen destino de glándulas mamarias. Además el hecho que la parte más atractiva de la mujer en cuestión esté atrás, y no adelante, la predispone mejor, provoca algunos cambios en su personalidad, le quita algo de arrogancia.
Si tenés que elegir entre estar solo y estar acompañado, elegí estar solo siempre que te sea posible. Cuando estás solo te puede suceder algo interesante, cuando estás acompañado es mucho más difícil. Estar solo por lo general es un síntoma de sabiduría, una sabiduría que no precisa ser expresada con palabras (tampoco tenés a quién expresarle nada, para eso estás solo, entre otras cuestiones).
Si tenés que elegir entre trabajar y estudiar, elegí estudiar, siempre. Estudiá cualquier cosa, ecuaciones diferenciales de tercer orden o la vida de los conejos de angora. Trabajar es algo que se hace para ganar dinero y no mucho más que eso, trabajar es una maldición bíblica, trabajar tiene un único propósito y mientras lo hacés, te destroza el alma.
Si tenés que elegir hacer una actividad que implique encender un artefacto, apretar algún botón que diga ‘on’, apretar una tecla, o hacer una actividad donde no participe ninguna máquina, elegí una actividad donde no tengas que encender nada. Sos infinitamente más interesante caminando que chateando, tu vida tiene mucho más sentido cuando te rascás el culo que cuando hablás por teléfono. Mejor mirar por la ventana que bajar música de internet, ni lo pienses. La hiperconectividad es parte del problema, de tu tristeza, del sinsentido de la vida. La hiperconectividad es el demonio.
Si tenés que elegir entre ser como vos o como yo, elegí ser como vos, si tenés que elegir entre leerme y no leerme, no me leas. La vas a pasar mejor, yo sé lo que te digo. Vos dale.

18.6.15

Los peces y los panes


–Me pasa algo extraño –dije–. Creo que siempre estuvo ahí, latente. Pero en los últimos seis meses es como si hubiera salido a la superficie, por decirlo de algún modo. Se intensificó, eso seguro.
–De qué estamos hablando –dijo ella. Estábamos en un bar, por Almagro, desayunando. Temprano, muy temprano, porque ella era secretaria de un juzgado y su horario de trabajo era así. Entraba bien temprano, y se iba después del mediodía. Yo trabajaba en una oficina y a nadie le importaba mucho lo que hacía, así que si llegaba a las diez de la mañana al centro estaba bien, y si llegaba a las once estaba bien también. Pero si quería coger, con ella, bueno, tenía que mostrarle que íbamos a cenar, antes, que dormíamos juntos, después. Que desayunábamos, también. Coger, sólo coger, era como muy crudo. Las mujeres suelen esperar algo más de una relación. Lo que yo precisaba no era mucho más que un desahogo fisiológico. Para todo lo demás, para pensar, para mirar por la ventana, para tomar whisky y ser genial, bueno. La verdad que conmigo me alcanzaba.
–Ah, no te dije –tomé un poco de café. Era una buena piba, Mariana. Bastante piola, cogía bien. Nos veíamos los martes por lo general, hacía más de cuatro meses. Algunos domingos también–. Tengo poderes.
–¿Eh? –Levantó la cabeza de su teléfono celular. Estaba intentando tipear un mensajito sin soltar el vaso con jugo de naranja.
–Que tengo poderes –dije–, veo el futuro.
–Mirá vos –terminó de escribir su mensaje, dejó el teléfono–. Cómo es eso.
–Por ejemplo, mirá –apunté con el mentón, indicándole a través del ventanal–. En la esquina. Va a parar un colectivo. Se va a bajar una señora, bajita, con una campera roja. Espera unos treinta segundos, más o menos, para cruzar, y se va a dar cuenta. Que la robaron, en el colectivo. Va a empezar a gritar.
Así sucedió. Tal cual lo había dicho. El colectivo, primero, la señora de campera roja, después. El grito.
–Increíble –dijo ella, visiblemente sorprendida–. Increíble de verdad.
–Para que veas que no fue casualidad –dije–. Señalé con un índice, otra esquina–. Ahora va a doblar un hombre, usa una boina a cuadros. Tiene un perro, un Bóxer. El perro va a ver algo, no sé, otro perro. Se va a soltar, el perro, de un tirón, y va a cruzar la calle a toda velocidad. Casi lo va a pisar un auto, un Peugeot 207 negro, no, no es negro, es azul oscuro, pero no lo va a pisar. Vas a escuchar el frenazo. En un minuto, más o menos.
Esperamos, mirando por la ventana.
Vino el hombre, con la boina, con el Bóxer. El perro se soltó, cruzó la calle a la carrera. Frenó el Peugeot azul oscuro, aparecido de quién sabe dónde. No lo enganchó, al perro, de milagro.
–¡Es genial! –dijo ella–. En mi vida vi algo así.
–Sí –terminé mi café–. Es como si por un instante yo no estuviera. Me sumerjo, desaparezco, y veo lo que va a suceder como si fuera una película. Lo veo, exacto, aunque no soy yo el que lo ve, porque yo no estoy, no existo en ese momento, es una especie de presencia consciente. Y después, lo que vi, sucede.
–Genial, la verdad –se sentó un poco más derecha, Mariana, como si se acomodara en la silla, tosió–. Mirá, te quería decir algo. Quiero que dejemos de vernos, lo estuve pensando. Está todo bien con vos, nos vemos, cogemos, pero a vos no te interesa nada más. Yo tengo ganas de estar en pareja. No sé, me pasa eso.
–Me tomás de sorpresa –le dije–, no me lo esperaba.

12.6.15

Soñar, soñar


Al principio no lo entendía, cómo entenderlo. Nunca tuve demasiado éxito con las mujeres, ni en la adolescencia, que es cuando más lo necesitás, cuando más importa. Ni de más grande.
Bajé ese día a la mañana, como todos los días. Era jueves y hacía frío, lo recuerdo más que bien.
Apenas puse un pie en la calle me crucé con una vecina que estaba entrando al edificio. Se me quedó mirando, embobada. Se le cayó al piso una bolsa con mandarinas.
–Deje que la ayude –dije. Me agaché para agarrar dos o tres mandarinas que habían rodado por la vereda. Me puse en cuclillas, con lo que me cuesta, con lo que me sigue doliendo la rodilla derecha cualquier día de humedad. La vecina se arrodilló, al lado mío. Muy cerca. Y se frotó, literalmente, como si fuera un gato, flanco contra flanco. Contra mí.
‘Quizás me pareció’, pensé, ‘quizás fue idea mía’. La saludé y me fui.
Tenía que caminar las cuatro cuadras para tomar el subte. Venían dos chicas jovencitas, con uniforme de colegio secundario. Tableadas polleras azules, pulóveres escote en ‘V’. Ni las miro, hace tanto que dejé de mirar adolescentes.
–Precioso –Escuché una risa. Me detuve a los tres o cinco pasos. Me miraban, las dos, sexys, desafiantes, los muslos blanquísimos, las tetitas puntiagudas.
–¿Eh? –Dije. Miré, pero no había nadie más en la calle.
–¿Te puedo dar un beso? –Me dijo la de cabello corto y revuelto. Se tiró un poco el pulóver hacia abajo. Se le marcaron, un poco más, las magras tetitas.
Asentí. Se acercaron las dos. La de pelo corto no dudó. Me dio el beso, me metió la lengua hasta la laringe. Yo abría los brazos para no tocarla, pensando que en cualquier momento escucharía las sirenas de alguna patrulla de la policía. Me iba a costar dar explicaciones.
Entonces, con una de sus pequeñas manos, me apretó apenas los huevos. ‘Uy, qué rico estás’.
Me anotó el teléfono en un papelito. La otra nos sacó una foto con el celular, abrazados.
–Llamame, eh –me dijo la pelicorta. Se llamaba Érica.
Y así siguió todo el día. Las mujeres, prácticamente, se me tiraban encima. Me quiso secuestrar una señora algo excedida de peso, en un ascensor. Terminé, a la noche, cogiéndome a una prima que vino a hacerme una consulta sobre la conveniencia de adquirir una determinada marca de computadoras.
Al día siguiente bajé a la calle con miedo, pero nada. Así que tuve tiempo para estudiar la situación. El día anterior me había quedado dormido y había tenido que arrancar medio apurado. Mientras me bañaba para despertarme, entré en la ducha con una galletita con dulce de membrillo a medio comer. Estaba por tomar una aspirina porque me dolía la cabeza. Me puse champú Johnson’s para niños en la cabeza. Me habían dicho que era el champú más neutro posible. Soy, prácticamente, alérgico a todo.
Se me cayó la galletita, ya tenía champú en la cabeza, y la aspirina en la otra mano. Me tropecé, me fui al piso y se mezcló todo. El champú Johnson’s para niños, la aspirina, el pedazo de dulce de membrillo. Ahí estaba la clave.
Repetí como pude la experiencia, mezclé las tres cosas. Me froté el cuerpo con la particular combinación. Las mujeres venían a mí, desesperadas. Se regalaban, me decían barbaridades. Querían que las cogiera contra una puerta, querían chuparme los dedos de los pies, que les metiera algo, cualquier cosa, la poronga o un codo, en el culo. No importaba el peso ni la edad que tuvieran, mamíferos medianos del sexo femenino, lo que querían era coger conmigo.
Era increíble. Me tocaban bocina desde un auto, bajaban la ventanilla, y me mostraban una teta. No podía subir a un ascensor donde hubiera mujeres. Al minuto quedaba metido en una involuntaria orgía.
El efecto duraba entre ocho y doce horas.
Anduve así, durante un tiempo. Tuve que empezar a tomar vitaminas, le agregué maca primero, viagra después. No daba abasto. Todas las mujeres querían coger conmigo. Todo el tiempo, todo el día.
Así que cambié de champú. Me pasé al Head & Shoulders, la propaganda decía que era bueno para la caspa, lo usaban reconocidos deportistas. Si me duele la cabeza, tomo ibuprofeno. En la fiambrería compro dulce de batata con chocolate.
Nunca más volví a repetir aquella combinación. Volví, tan pronto como pude, a mi triste vida. Coger es una actividad en exceso sobrevalorada, uno anhela lo que no tiene, tan simple como eso. A mí dejame tranquilo, estoy bien así.

6.6.15

Barrilete sin hilo


Cualquiera que haya tenido un vicio, cualquier vicio, lo sabe. Cómo funciona, la manera. Empezás, vas y empezás, encontrás algo que te gusta, y empezás. Aunque quizás la palabra correcta no sea, el verbo, ‘encontrar’. El verbo es ‘descubrir’.
No importa, no viene al caso además, si es cocaína o chocolate con almendras, el cigarrillo, las anfetas, el gin tonic. No importa qué.
Algo cambia. Porque vos empezás a consumir eso que te gusta, como si fuera tu recreo, tu recompensa. Y de pronto te das cuenta que la vida no tendría el menor sentido. Si te lo sacaran, lo que te gusta y ahora te sostiene. Estás en problemas, porque sabés que no podrías vivir, sin eso.
Alto, alto. La cosa sigue.
Tenés que dejarlo, eso que te gusta. Porque te domina, debés sobreponerte. La voluntad hace su salto de orca en el Mundo Marino de tu estúpida vida. Si no lo hacés estás perdido, te la pasarías fumando todo el día, o bebiendo, o quién sabe qué cosa. Fuiste arrastrado, te perdiste en el camino. Pero hay una lucecita que brilla y es el faro que te permitirá volver a la playa.
Sí, todavía no termina. Sigue
Y lo lográs, lo dejás. Volviste. Sos un sobreviviente, no podés parar de hablar de eso. Lo contás, querés dar consejos. Estás orgulloso de tu privación. Eso que iba a matarte, eso que te llevaba como un barrilete sin hilo. Pudiste reinventarte, la versión 2.0 de vos.
Pero. Hay un rictus, en tu cara. Una expresión. Que indica que añorás, que aunque sabés que aquello te estaba matando, eso te hacía mal, bueno, jamás volverás a volar tan alto, a brillar tan fuerte. Queda el recuerdo de lo que tanto te fascinaba, tapado por tu colosal esfuerzo que te permitió reponerte, volver a ser.
A mí me pasó, claro que me pasó, por eso te lo estoy contando. Con vos.

30.5.15

Flum


Marcela tenía una habilidad, por decirlo de algún modo. Un don. Aunque quizás tampoco sea la definición más apropiada, cómo decirlo. Se trataba de una capacidad, eso sí, pero para nada tradicional. Algo atípico.
Marcela se metía una aceituna en el culo. Lo podía hacer poniéndose en cuatro patas, o de pie, inclinada hacia delante, apoyándose contra la pared o el respaldo de una silla. O apoyándose en la mesada de la cocina.
Se metía la aceituna en el culo, Marcela, y hacía un movimiento, una particular presión con sus nalgas, y con su vientre a la vez. Y ¡flum! La aceituna salía despedida, como un balazo, pegaba contra la otra pared de la habitación.
Lo había practicado mucho, Marcela, dominaba la técnica. Tenía puntería, eso quise decir. Podía pegarle, con la aceituna, a un vaso colocado sobre una mesa, a un cuadrito con un paisaje de una callecita de Checoslovaquia, a su gato Sigfrido que dormitaba sobre el apoyabrazos de un sillón color borravino, quizás algo desteñido (el sillón, no el gato).
Lo hacía un par de veces al día, después de desayunar, o a la nochecita, cuando salía de darse un baño. Se ponía una aceituna en el culo, Marcela, a veces verde, a veces negra. ¡Flum! Las lanzaba.
El problema es que como todos, cuando se tiene un don, una habilidad, bueno. En algún momento, querés mostrarlo. Si sabés tocar el piano o el violín, si tocaste de chiquito, no sería extraño que intentes hacerlo durante una cena navideña, o en la casa de una novia. Es natural.
Pero era un problema. Porque Marcela era una mina bárbara. Inteligente, divertida, sabía cocinar milanesas con puré de batatas, cogía con entusiasmo, con interés.
Pero. En algún momento de privacidad, en algún momento íntimo, Marcela decía ‘te voy a mostrar algo’. Iba a la cocina, y volvía con una aceituna. Se ponía en cuatro patas, se metía la aceituna en el culo. Hacía su numerito y después se reía, encantada.
Los hombres al poco tiempo se iban. Se escapaban. Sin demasiadas explicaciones, comenzaban a ausentarse, dejaban de llamarla. Decían que se habían vuelto a encontrar con una antigua novia, o que estaban con demasiado trabajo y no querían una relación estable. Rajaban.
Marcela habló con una amiga, Marcela no era tonta. Marcela se daba cuenta. Los hombres se preguntaban, una vez que habían visto el numerito, si Marcela tenía alguna clase de trastorno, si no era una loca o una pervertida. Cómo había aprendido a tener puntería lanzando aceitunas con el culo. En qué circunstancias.
Así que Marcela dejó de mostrar lo que sabía hacer, su truco. Se contentaba con practicarlo en privado, un par de veces por día, nada más. Sin que la viera nadie.
Marcela se había puesto de novia con Gustavo. Un tipo piola, abogado, bastante familiero. Le gustaba correr maratones, cambiaba el auto cada tres años.
Después de un año de noviazgo, habían decidido casarse, por qué no. Irse a vivir juntos, eran jóvenes, pensaban en tener hijos. A Gustavo le iba bien, lo habían hecho socio del estudio. Progresaba.
Una noche, en la casa de Marcela, después de tomar un rico vino, después de coger. Recostados en la cama. Gustavo fumaba un cigarrito holandés. Faltaban dos meses para la boda.
–Uh –dijo Gustavo, y le besó un hombro–. Andá a la cocina y fijate en la bolsa. Hoy compré unas cerezas riquísimas. Traelas que las comemos.
Marcela volvió de la cocina, desnuda. Había puesto un puñado de las cerezas en un pequeño bowl. Levantó una cereza del cabito, con dos dedos. La sostuvo por un instante en alto.
–Tomá –dijo Marcela mientras le pasaba el bowl–, tené. Te quiero mostrar algo.
Sonrió, Marcela, y se apartó de la cama un par de pasos.

24.5.15

Multiple choice


será cuando yo tenga tiempo y vos tengas ganas.
será cuando yo tenga ganas y vos tengas frío.
será cuando yo tenga plata y vos tengas miedo.
será cuando yo tenga hambre y vos tengas sueño.
será cuando yo tenga odio y vos tengas náuseas.

será cuando vos tengas herpes y yo tenga caspa.
será cuando vos tengas libros y yo tenga asma.
será cuando vos tengas brillo y yo tenga canas.
será cuando vos tengas várices y yo tenga magia.
será cuando vos tengas perro y yo tenga auto.

o no será nunca. y no tendrá la menor importancia.

18.5.15

2%


​Muchas veces entro a bares y pido cosas que no quiero tomar. Si quiero café, ponele, pido té, y cuando me lo traen lo dejo ahí, sin tocarlo siquiera. Al rato pago, como corresponde, y me voy.
​A veces tomo colectivos que nada que ver, el recorrido, con el lugar al que tengo que ir. Si tengo que tomar el 106, por ejemplo, me tomo el 24. Y cuando llego a la terminal me bajo, no tengo la más puta idea de donde estoy. Me bajo, y fumo un cigarrillo.
​O entro a locales, a cualquier lugar de ropa. Pido una camisa para un adolescente de 55 kilos, meto un brazo, no logro ni pasar el primer tercio de la manga, digo ‘bárbaro, justo lo que estaba buscando’.
​Sé perfectamente, cada mañana, apenas abro los ojos, que no soy ni el 2% de la persona que me hubiera gustado ser. Lo demás son detalles.

12.5.15

Otras mejillas


A veces voy a un banco a hacer un trámite, tengo que depositar un cheque, por ejemplo. Algo que cobré, alguien que me pagó, por algo que hice, de eso vivo. Y el cajero empieza a mirar el cheque y niega con la cabeza, dice que no, que está mal hecha la firma, o que el cheque tiene olor a pis de perro, o que está mal escrito mi apellido, seguro que está mal escrito mi apellido. Lo importante es que el cajero dice que algo está mal, que el cheque no se puede depositar, que el trámite no se puede hacer.
Entonces lo miro, lo miro a los ojos y le digo:
–Mirá, sé que a tu mamá le hicieron estudios. Van a tener que hacerle quimioterapia, como te dijo el doctor. Pero va a salir, vas a ver que se va a curar. Este verano la vas a poder llevar a San Bernardo con tu familia. Ella va a caminar por la playa, y va a volver a cocinar. Quedate tranquilo, lo va a superar.
O a veces voy al supermercado a comprar algo, una vez por semana, algo para comer, fideos Don Vicente, y queso rallado. Y papel higiénico, también, para limpiarme el culo cada tanto, y un San Felipe roble, básico, sin levantavidrios, y latas de atún La Campagnola en oliva, y no sé qué más. Y la cajera empieza a pasar los productos por la lectora con infinito fastidio y dice que no. Que la lata que elegí no tiene bien el código de barras, o que las bolsas de residuos Asurín con manija fueron abiertas, alguien al parecer usó el rollo, el rollo de bolsas, se lo metió, el rollo, en el culo, y eso es muy grave. O el chocolate Águila que agarré fue pisado por un elefante mientras filmaban, en el supermercado, un avance para la remake de ‘Tarzán’. Pero algo no anda, mi cara, mi dinero, voy a tener que esperar a que llegue el gerente intergaláctico, el supervisor intercontinental.
Entonces la miro, la miro a los ojos y le digo:
–No pasa nada, tu novio te obligó a abortar en ese departamentito de morondanga en José León Suárez, y te hicieron el aborto con una cucharita de café oxidada, y estás con pérdidas, asustada, estuviste al borde de la septicemia. Pero quedate tranquila, zafaste. Vas a conseguir otro novio, un pibe macanudo que vive cerca de tu casa, por Lanús, y te va a querer bien. No se dañó el útero ni nada, sólo hace falta que descanses unos días y después sí, a seguir cogiendo arriba de los árboles, o en una mugrienta terraza con cumbia de fondo, como te gusta a vos. Vas a ver que en poquito tiempo tenés una nena preciosa. Te gustaría ponerle Romina, lindo nombre.
Y claro. Se sorprenden un poco, de ver cómo es posible que acierte exactamente lo que les sucede. Pero para mí es la cosa más sencilla del mundo. Las ganas de romper las pelotas que tenés, son proporcionales a lo mal que estás.

6.5.15

Una trompeta Paul Mauriat


Entro al local, el local está sobre la calle Talcahuano. Es un negocio que vende instrumentos de viento.
El asunto es que tenemos un amigo, el Tuchi, que toca la trompeta. Empezó a tocar la trompeta de grande, cuando se divorció. Dijo que, divorciado, le sobraba tiempo cuando volvía de trabajar, y energía. La trompeta era mejor que gritar, que pasarse un par de horas discutiendo con Estelita por cualquier boludez. Tocaba la trompeta, una o dos horas, se iba a dormir. Quedaba fundido.
Hacía tres o cuatro años le habíamos comprado, entre varios amigos, una trompeta. El Tuchi no tenía un mango, apenas podía pagarse las clases de trompeta. Cuando recibió la trompeta casi se desmaya de la alegría.
Ahí estaba el Tuchi, seguía laburando en esa escribanía, Estela se había quedado con el departamento, con el auto, y seguía pidiéndole dinero. Progresaba, el Tuchi, con la trompeta, iba dejando la medicación que le había recetado un psiquiatra amigo para no venirse abajo por completo. Hasta había conocido una mina.
Me contó Gustavito que el Tuchi, en una clase grupal, alguien le había hecho un comentario despectivo, sobre la trompeta. Le habían dicho que tenía una trompeta ‘de estudio’, lo que equivalía a decir que no tenía una trompeta ‘profesional’.
–Qué hacemos –me había dicho Gustavito, sirviéndose la última porción de fugazzeta, en ‘Nápoles’ (qué quizás ya no era ‘Nápoles’ en un sentido estricto, pero bueno, nosotros tampoco éramos los mismos).
–Le compramos una trompeta profesional –dije yo–. De una.
Ahí estaba, en el negocio de la calle Talcahuano. Abrigado, porque era Agosto, con una mochila. Adentro de la mochila, entre algunos papeles de laburo y un libro, tenía dinero. Guita.
Me atendió un idiota de barba y cabello recogido. Con esa semisonrisa que ponen los tipos que creen que saben algo que vos no sabés. En este caso, era evidente, así como los vendedores que trabajan en librerías suelen ser escritores frustrados que creen que vos no tenés la más puta idea de literatura, los vendedores de instrumentos musicales, bueno. Suponen que vos sos contador o abogado, a lo sumo dentista, que no tenés idea quién fue Thelonious Monk o Petrucciani. Te desprecian, aunque en el fondo no es más que un reflejo de lo que se odian a sí mismos por la vida que llevan. Le pasa mucho a los instructores de los gimnasios, y a los mecánicos de autos, también.
Expliqué, como pude, la situación. El Tuchi, la trompeta de estudio ‘Júpiter’ que le habíamos regalado alguna vez para que no se matara. Las ganas de regalarle una trompeta profesional que le permitiera, de algún modo, subir de categoría.
–Tengo una trompeta Paul Mauriat pero es cara, muy cara –el tipo de barba se miró con otro vendedor, que también llevaba el cabello recogido, y que tenía todavía más cara de pelotudo, los ojitos cerrados, como si hubiera estado fumando porro los últimos quince años adentro de un baño y no mucho más que eso–. Es, para que entiendas, como la ‘Ferrari’ de las trompetas.
–La Ferrari de las trompetas, mirá vos –dije – ¿Y cuánto vale?
–Veintisiete mil pesos –dijo el de barba, y sonrió, una sonrisa que estaba infinitamente más cerca de los fenicios, del comercio, que de la música. Una sonrisa que parecía decir ‘no sólo no sabés de música, sino que además no tenés la guita’.
–¿La puedo ver? –dije.
–Ehh, sí, claro –el tipo se paró con desgano, caminó unos pocos pasos hacia atrás, se metió en un cuartito que estaba detrás de la caja registradora, volvió con la trompeta–. Acá tenés. Con cuidado, es un objeto muy valioso, un instrumento de precisión me atrevería a decirte. Algo para entendidos.
Apoyó la trompeta sobre el mostrador. La sacó del estuche.
–Permiso –dije. La levanté, con ambas manos, como si fuera un arma, como si fuera un animal herido. Jamás había tenido un instrumento musical en mis manos, ni una guitarra, ni el palito de una batería. En mi vida.
Y entonces toqué. Agarré la trompeta y comencé a tocar. Toqué ‘you are the sunshine of my life’. Tocaba y el sonido acariciaba el aire. Una versión que parecía como si ahí estuviera, frente a mí, la mujer de mi vida. Notas largas que te pinchaban el alma, tan dulce y tan triste. Toqué y por un instante pareció que el universo todo me escuchaba. Era magia, era dolor, era alegría.
Quizás todo duró un minuto, no más que eso. Dejé la trompeta, con cuidado, sobre el mostrador. La acaricié con la yema de dos dedos, como una despedida.
Me miraban, los vendedores. Una chica que estaba comprando una boquilla para su saxo se había emocionado, sonreía.
–Epa, sos un groso –dijo el de barba–. Sos bueno de verdad. ¿Tocaste con Malosetti, no? Estoy seguro que te vi en La Trastienda. No te había reconocido.
Pero no, nada que ver. Fue un instante nomás, como si a la realidad se le hubiera soltado una costura y las cosas hubieran podido ser de otra manera. Como me hubiera gustado a mí, seguramente.

30.4.15

Clara y Carla


Clara y Carla eran amigas desde la secundaria. Terminado el colegio, la vida las había ido separando pero de algún modo, con intermitencias, habían conseguido conservar el precario filamento de la amistad. La vida las había arrojado a ellas con sus precarias canoas hacia diferentes planos de la existencia. Pero algo quedaba, algún recuerdo adolescente, unas vacaciones en San Bernardo, un cumpleaños, un llanto en un balcón, un cigarrillo compartido.
Clara se había casado a los veintidós años, y seguía casada, más de catorce años después. Tenía dos hijas, Romina y Camila. Había comenzado a estudiar arquitectura en su momento, pero al poco tiempo había dejado. Era ama de casa, hacía un poco de gimnasia, había hecho cursos de pintura y fotografía. Su marido, César, tenía dos, no, tres locales de artículos de limpieza. Veraneaban en Brasil, y en invierno iban a esquiar. Tenían un buen pasar, la vida transcurría sin mayores contradicciones, envejecían.
Carla había querido ser bailarina de tango, profesional. Después había puesto una academia para enseñar. Había viajado bastante con un espectáculo de tango en un crucero. Había vivido en Barcelona y en Ámsterdam. Había salido con cientos de tipos, con un piloto de turismo carretera, con un profesor de filosofía noruego, con un cantante que había tenido un accidente y había quedado paralítico. Había estado internada un par de meses en rehabilitación, porque se había hecho adicta a la cocaína primero, a los antidepresivos después. Flaca, conservaba un cuerpito de una mujer de menor edad. Fumaba mucho, tenía una risa nerviosa, como una descarga eléctrica.
–Estoy saliendo con un jugador de fútbol –pitó, Carla. Estaban sentadas en La Biela, en las mesitas de afuera. Debían ser las cuatro de la tarde, hacía calor–. Un nene de veinticuatro años. No sabés la fuerza que tienen esos tipos en las piernas. Me coge, me coge como una ametralladora, a repetición. Acaba rápido, eso es verdad, pero no sé, acaba y le queda el pito parado. Acaba y sigue, tres, cuatro veces seguidas.
–Con César casi ni cogemos –dijo Clara–. Después que nació Camilita, es como que dejó de interesarnos. Cogemos cada quince o veinte días. Algún domingo a la mañana. Pero es algo automático, como lavarse los dientes, cogemos un poco y después desayunamos.
–Imaginate yo –dijo Carla–, bajando de una cupé flamante con ese pibito. Lo están por vender a Europa, si le sale eso se salva. Me dijo que si se va a Europa me lleva. Ojo, es bruto como un arado. Le dije que me gustaba la ópera, y a los dos días apareció en casa con una caja familiar de obleas, pobrecito.
–César es muy buen padre –dijo Clara, tomó un trago de su jugo de naranja–. Lleva a las nenas al colegio, mira los cuadernos a ver qué dicen las maestras. A la noche, cuando vuelve del negocio, me llama por teléfono para ver si hace falta comprar algo, para la cena. Me dice ‘pasame la lista, pichona’. Me dice pichona porque antes me decía ‘gordita’, pero a mí no me gusta que me digan ‘gordita’.
–El pibe me coge, viene y me coge, quiere coger todo el tiempo –dijo Carla–. Tiene la poronga muy gruesa, eso me encanta. Aunque el pobre pibe debe haber visto mucha pornografía. Me quiere acabar en el pelo, o me da vuelta y me la quiere meter por el culo, así de una. Y yo le tengo que explicar que no es así, que no se coge así. Y no le pidas una palabra dulce porque no le sale. Entrena todos los días, y cuando no entrena sigue jugando al fútbol en la play, no entiendo.
–La otra vez hablábamos, con César –dijo Clara–. Pensamos que podíamos ir un fin de semana a Pinamar, sin las nenas. Porque sí, para estar juntos y ver qué pasa. Una vez probamos ir a un telo, pero estábamos ahí y nos pareció ridículo. Si nos conocemos de memoria, casi veinte años juntos.
–La verdad que a veces me canso –dijo Carla mirándose una uña del dedo gordo del pie–. Quiero decir, todos me quieren coger, todos quieren que me ponga en cuatro patas y diga ‘sí, papito, así’, o llevarme a Punta del Este de trampa un par de días. Me gustaría estar con alguien que también quiera estar conmigo. Cocinar una cena, ver la televisión, quedarnos en casa. Parar un poco.
–Ojalá conociera a alguien –dijo Clara–. No te digo que me iría de casa, yo a César lo adoro, es un gran tipo, y están las nenas. Pero no sé, tener un amante por un par de meses, alguien del gimnasio que me pida que se la chupe en el auto, o que me lleve a un cine y me pida que le haga la paja ahí. Sentir que me pueden descubrir pero que igual quiero subir a la terraza para que me manoseen las tetas, o en un ascensor. No sé, algo de aventura para que la vida me resulte más entretenida.

24.4.15

Atlas


Últimamente cojo con putas. Soy muy feo desde que puedo recordar, desde siempre. Y además perdí la paciencia. No tengo ganas de hablar con una retardada que te cuenta que va tres veces por semana al gimnasio, y lo cuenta creyendo que trotar en cinta equivale a ser Simone de Beauvoir. O una pobre piba que se compró un ventilador de techo y supone que eso la coloca a la altura de Janis Joplin. No sé, me pone triste. Son básicas, sin levantavidrios, me quitan las ganas de coger, en parte de vivir. Es algo que lamento pero qué se yo, también lamento las catástrofes aéreas, el hambre en Etiopía.
Así que cojo con putas, por aquello de ‘la función hace al órgano’. Una vez por quincena, una vez por semana si ando bien de dinero. Es un presupuesto.
Durante un año cogí con putas de Europa del Este. Checoslovacas, ucranianas, rusas, yugoslavas. Chicas muy delgadas que hablan español como el señor Alberto Olmedo cuando hacía de ‘Rucucu’, tienen tetitas pequeñas pero firmes. Llevan el cabello teñido de un negro absoluto, sus pequeños cuerpos flexibles y atléticos, como si de niñas hubieran tenido que trabajar en algún circo por un plato de comida.
Al año siguiente cogí con prostitutas asiáticas. Japonesas, coreanas, chinas también. Y tailandesas, y filipinas. Dominan ampliamente el arte de cabalgar, se te suben y te bailan un malambo arriba de la poronga. Chupan la pija con delicadeza. Después de coger te preguntan si te querés bañar y te ofrecen un té. Son calladas, sumisas.
Otro año cogí con prostitutas del norte argentino. Misioneras, salteñas, jujeñas, también correntinas. Tienen viciosas sonrisas y pezones grandes como hamburguesas. Mientras cogen suelen decir expresiones en sus lenguas nativas. Se calientan, a veces se calientan y cogen con entusiasmo, dicen ‘el primero es para vos, papi. Ahora me toca a mí’. Se tragan la leche, se dejan hacer la cola por lo general, con un leve incremento de la tarifa. Suelen tener un televisor encendido en el cuarto o en la cocina, donde miran dibujitos animados.
Eso es lo que hago, básicamente, para tener algo parecido a una vida sexual.
Suele suceder, en alguna cena con amigos, que alguien pregunta dónde fui de vacaciones. Casi de inmediato suelen agregar:
–Deberías viajar más, Juan. Viajar te permite conocer otras culturas, te abre la cabeza.

18.4.15

Separar la basura


Me estaba por pegar un tiro, me estaba por matar. No, nada figurado, qué sentido figurado. Lo mío era, si se aplica la palabra, literal.
Tenía, sobre la mesa, un cuaderno Rivadavia tapa dura donde había estado escribiendo los últimos días algunas cosas que se me pasaban por la cabeza, una birome, una botella de whisky Grant’s por la mitad, un par de empanadas de carne que se habían enfriado (de La Continental), un arma. Un .38 corto, cinco tiros, bastante viejo, sin número de serie, pura metálica contundencia.
Por un momento me dio bronca, el arma, tan ordinaria. Hubiera preferido una glock .40 flamante, moderna. Me la iba a prestar un amigo al que le conté que me iba a matar. Pero empezó con que había comprado el arma hacía poco, que le había costado bastante cara, que justo estaba arreglando para irse con amigos a cazar, en fin.
Conformarme, conformarme con lo que hay. La distancia entre lo que querés ser y lo que sos como un embravecido mar de circunstancias. La historia de mi vida.
Había cenado un par de empanadas. Con whisky. Había terminado de corregir un poema, un poema que hablaba de todo el Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico. Un poema que me gustaba mucho, que corregía una vez por año.
Me faltaba fumar un cigarrillo, un cigarrillo cualquiera, encontré un atado de Philip Morris casi vacío, pero no vacío. Dar dos o tres pitadas y listo. Sentarme en el sillón del comedor, y pegarme un tiro.
Las cosas no habían resultado como yo esperaba, las cosas nunca habían resultado como yo esperaba, no hacía falta entrar en detalles.
Prendí el cigarrillo, pité. Acaricié la áspera culata del revólver. Allá vamos.
Sonó el timbre. El timbre de arriba, el timbre de mi departamento.
–¿Sí? –dije. Fui hacia la puerta. Estaba descalzo, en shorts y remera, con el arma en la mano.
–Señor Hundred –la voz de mi vecina, la vecina del 7°A. Yo vivía en el 7°B. La señora Dovidavich.
–Sí –repetí.
–Quería hablar un momento con usted.
Abrí la puerta, un poco. Apenas. Me asomé, dejando oculto, apoyada contra la puerta, mi mano. La mano con el .38.
–Hola, señora Dovidavich –dije.
La señora Dovidavich era una mujer muy bajita, compacta, con el cabello corto teñido de color zanahoria. Su tono de voz era agudo, chillón, y señalaba con un índice a su ocasional interlocutor cuando hablaba, para que no quedaran dudas de a quién le hablaba. A mí, en este caso.
–Señor Hundred –me miró y torció la boca, con su habitual desprecio hacia cualquier integrante de la especie humana, en particular hacia sus vecinos–. Usted pide una vez por semana comida en ‘La Continental’, ¿no es cierto?
–Bueno, sí –dudé, miré hacia atrás, las empanadas frías sobre la mesa–. Creo que sí.
–Porque después, a los dos o tres días, usted tira lo que sobra –siguió, la señora Dovidavich–. Pero tira la caja con los restos de comida, y eso trae cucarachas.
Señaló, la señora Dovidavich, la puerta ubicada en la mitad del pasillo. Donde, ella y yo, tirábamos la basura hasta que viniera a recogerla, cada noche, el portero.
–Sí, puede ser –dije. Estaba transpirando. Necesitaba un whisky más, sólo un whisky más, y matarme. Nada más que eso.
–Pero eso está mal –me apuntó, la señora Dovidavich, con su corto índice–. Eso está mal. Porque usted sabe que hay que separar la basura, Hundred. No puede dejar ahí la caja con restos de comida.
–No, no puedo –dije. Seguía transpirando. ¿Había terminado de corregir el poema? ¿Había terminado el cigarrillo?
–Buenas noches –dije.
–No, todavía no terminé –dijo la señora Dovidavich. Dio un paso, un paso adelante, indicando que de ninguna manera debía yo cerrar la puerta–. Además, usted toma vino –dijo.
–Es probable, sí –dije.
–¡Y tira la botella! –se señaló, la señora Dovidavich, con un índice, el mismo índice que utilizaba para señalar al universo todo, la sien. Indicando que la conducta descripta rayaba con la locura– ¡Tira la botella con el resto de la basura!
–Señora Dovidavich, yo –dije. Quería sentarme. Sentarme en el sillón, y matarme. Todo lo que me había salido mal, todo lo que no me había salido. El cansancio, todo el cansancio sobre mí, sobre mis fatigadas rodillas. El fracaso de haber deambulado sin mayor sentido por el absurdo territorio de la vida.
–Le aviso que estoy harta, Hundred –chistó, la señora Dovidavich. Sí, hizo un chistido de lechuza–. Vivo en este edificio hace más de veinticinco años. Le aviso que ya presenté una queja al consorcio y…
–Vieja de mierda –dije. Se sorprendió, la señora Dovidavich–. Te voy a matar, vieja de mierda.
El primer tiro no salió. Eso es lo que debe haberla salvado. Le apunté directo al pecho con el .38 y gatillé. Nada, click. La señora Dovidavich corrió, en chinelas, así como estaba corrió por el estrecho pasillo en dirección a su departamento. Le tiré, tres tiros. Dos pegaron contra la metálica puerta del ascensor. Y uno le pegó en una nalga. Alcanzó a meterse, la señora Dovidavich, en su departamento. Aullaba de dolor. Fui hasta su puerta y seguí apretando, pero sólo salió una bala más que atravesó la puerta.
–¡Abrí, vieja de mierda! ¡Abrí que te voy a meter el revólver en el culo y te voy a gatillar adentro a ver si todavía sentís algo!
Se oyeron gritos. Alguien llamó a la policía. A una ambulancia, también.
Me fui a dormir. Dejé la puerta del departamento abierta, me tiré en la cama. Estaba cansado, tan cansado. Cuando vinieran a detenerme les explicaría lo que había sucedido, mi versión de los hechos. Seguro que alguien me entendería.

12.4.15

Medialunas


El experimento es bien fácil. Bueno, en realidad, más que fácil es barato. Lo barato contiene lo fácil, lo engloba, lo abarca. Lo barato viene de la mano de lo fácil, por lo general. Se hacen compañía.
Suponemos que tenés un trabajo, tenés, no sé, treinta años, y tenés que trabajar. En una fábrica, en un negocio, en una oficina.
Vas y comprás medialunas. Esperás que sea viernes y entonces, antes de entrar al trabajo, vas y comprás medialunas. Una docena, o si trabajás en un sector con bastante gente, bueno, podés comprar dos. Dos docenas de medialunas, estamos hablando, ponele, de cien pesos.
No, ya sé, comprar medialunas no es ningún experimento. Ahora viene lo importante.
Necesitás tener un momento, tres minutos, solo, vos, con las medialunas. Te encerrás en un cuarto, o en un auto, o en un baño, no importa.
Y hacés lo siguiente.
Abrís el paquete, con las medialunas. Agarrás las medialunas, una por una. Y a cada medialuna le arrancás, con dos dedos (o tres), de un pequeño tirón, una de las puntas, un cabito. Olvidé decir que las medialunas son de manteca.
Vas arrancando una punta de cada medialuna. Si las medialunas son buenas, y además están recién hechas, vas a ver que el procedimiento es de lo más fácil. Las puntas se desprenden casi con ternura. Se puede hacer con una tijera, también, cortar el cabito. Pero queda, el corte, muy artificial, muy riguroso. Conviene usar los dedos.
Hacés eso. Y volvés a acomodar todo en el paquete. Las medialunas, más o menos una al lado de la otra, en fila. Y en un costado, todos los cabos. Un montoncito, con las puntas.
Llegás a tu trabajo, si es temprano mejor, decís ‘buenos días’, y dejás el paquete en algún lugar accesible, a la vista de todos. ‘Traje medialunas’, podés decir, si hay gente. Si no hay gente abrís un poco el paquete y te vas a hacer lo tuyo.
Cuando llega la gente, algunos se hacen un café, otros prenden la computadora, y así. Lo que sea que se haga en ese trabajo. Y se van a acercar, al paquete, al paquete donde están las medialunas.
Puede ser que uno levante la cabeza y mire a los costados, sorprendido. Otro puede llegar a decir ‘¿y esto?’. ‘Medialunas’, contestás vos, o te desentendés. No decís nada.
Al ratito vas a ver que las empiezan a comer. Quizás un chico, al pasar, se come una puntita. O revisa las medialunas y elige una que le parece que está más entera.
Al final del día vas a ver que las medialunas tuvieron bastante aceptación. Se comieron más de la mitad, de las medialunas, y de los cabitos también. Seguro.
La gente no da más, la gente es la mierda pura. Esto es apenas una manera más de verificarlo.

6.4.15

Leo en la terraza


A ver.
Me mudé, me tuve que mudar y me mudé. Me fui a vivir a un departamento más chico, mal ubicado, en fin. Son situaciones.
Subía a la terraza, dos veces por semana, bien temprano. A hacer yoga. Porque me dolía la espalda, y mi departamento era muy pequeño. Le pregunté al portero si podía subir a la terraza, me miró, el portero, como si yo fuera un extraterrestre recién llegado del espacio exterior. Al portero no le interesaba en lo más mínimo nada de lo que sucediera en el edificio, por eso era el portero.
La cosa iba normal, salvo una vecina que subió a colgar la ropa un día y se quejó porque me vio en cueros. Yo hacía media hora de yoga, antes de ir a trabajar, un par de veces por semana. Trataba de sentir que, justamente, me sentía mejor. Engañarse es una parte importante de la práctica de cualquier actividad. Podés llamarlo ‘motivación’.
Entonces subió un día una mujer. Era la del tercero ‘A’.
–Se llama Leo, le gusta sentarse y mirar el cielo –sacó un toallón, lo dobló en cuatro, y lo puso sobre el piso–. No te va a molestar. Lo vengo a buscar en un rato.
Y se fue, la mujer. Dejó a Leo. Leo era un muchachón bajo, chueco, con la cabeza desproporcionadamente grande para el resto del cuerpo. Los brazos muy largos. Los faciales rasgos tan particulares, tan característicos, de quienes tienen síndrome de down.
–Hola –dijo Leo, le costaba hablar, se le trababa la lengua– ¿Qué hacés?
–Yoga –le respondí–. Me duele la espalda.
–Bueno –dijo Leo, y no habló más.
Nos hicimos amigos. Leo era callado, respetuoso. Nos saludábamos, y la mamá se iba.
–Qué hacés –me preguntaba Leo.
–Yoga –respondía yo, otra vez–. Para la espalda.
–Yoga, yoga –decía Leo, y se reía.
Por lo general se quedaba sentado mirando algo, un insecto, un pájaro, simplemente el cielo. A veces se paraba y me imitaba, algún ejercicio. Inclinarse hacia adelante, con las piernas rectas, y agarrarse los dedos gordos de los pies.
–No puedo –decía Leo. Yo lo ayudaba a estirar, le enseñaba algún ejercicio diferente cada semana. Leo traspiraba, sacaba la lengua siempre babeante. Aunque me sorprendió un día, haciendo el ‘loto’.
–¡Muy bien, Leo! –Aplaudí, el loto era impensable para mis maltratadas rodillas. Estaba orgulloso, se reía. Le resultaba sencillo sentarse así.
Un día Leo me pidió si para la próxima vez le podía conseguir un alfajor. La madre no lo dejaba comer dulces, porque engordaba. Le traje el alfajor al otro día, tardó como veinte minutos en comerlo. Lo ayudé a lavarse la cara en la pileta para lavar la ropa. Estaba todo manchado de chocolate, feliz. Cuando llegó la madre a buscarlo, antes de irse se dio vuelta y me hizo ‘sh’, con un dedo sobre los labios.
A la semana siguiente se me acercó, le costaba pronunciar las palabras. Quería coger. No, no conmigo por suerte, quería coger con una mujer. Me dijo que tenía plata ahorrada. Me dijo que había visto películas, pero que nunca había cogido. Tenía veintisiete años.
Lo armé, no me preguntes cómo, pero lo armé. A través de una prostituta amiga. Ella no quería, pero tenía una amiga que sí, que no tenía problema. Me cobró el doble. La hice venir, un viernes, a la mañana bien temprano. La dejé escondida en mi departamento, mirando la televisión. Después la hice subir a la terraza.
Leo tuvo sexo nomás, detrás del tanque de agua. Era una metralleta Uzi, a pesar de la medicación que le daban para tenerlo bajito en vueltas. Se echó cinco polvos. Acababa y se reía, y la prostituta se reía también.
–Es una máquina, jamás había visto algo así en mi vida. –Dijo la mujer.
Volvió, Leo, a la otra semana. Me miró. Quería hablarme.
Me dijo que se iba a suicidar. Le dije que no, discutí con él. Me explicó, con una claridad que daba miedo, que por culpa de él sus padres sufrían. La vida, su vida, era un asco. No podía hacer nada de lo que quería, la gente se burlaba todo el tiempo. Me dijo que yo era su único amigo y tenía que ayudarlo.
–Ayudarte cómo –dije–. Qué.
Me explicó que el lunes siguiente se iba a matar. Se iba a tirar de la terraza. Pero como sabía que se iba a asustar en el último momento, necesitaba que yo lo empujara.
–¿Qué?
Eso, se iba a parar en la cornisa, del lado de afuera de la baranda, y necesitaba vencer el último miedo, un empujoncito.
–No puedo, Leo. No puedo hacer eso.
–Sí que podés, mogólico –me dijo con los puños apretados, le saltaban chispazos de saliva, todo rabia contenida.
Al lunes siguiente, Leo se suicidó. Apareció muerto en la calle. Gritaba una señora, sonaban las bocinas. Subieron corriendo a la terraza, ahí estaba yo, mirando para abajo, mirando a Leo derramado sobre el pavimento, en medio de todo ese ruido. Todos creen que la ciudad son los edificios y los autos y la gente corriendo pero no, la ciudad no es mucho más que ruido.
–Se tiró –dije–. Pasó del otro lado y se tiró.
La madre de Leo se acercó y me abrazó, se acurrucó contra mi pecho. Lloraba.
–Gracias, gracias por todo lo que hiciste por él –dijo–. Leo te quería mucho.