18.4.15

Separar la basura


Me estaba por pegar un tiro, me estaba por matar. No, nada figurado, qué sentido figurado. Lo mío era, si se aplica la palabra, literal.
Tenía, sobre la mesa, un cuaderno Rivadavia tapa dura donde había estado escribiendo los últimos días algunas cosas que se me pasaban por la cabeza, una birome, una botella de whisky Grant’s por la mitad, un par de empanadas de carne que se habían enfriado (de La Continental), un arma. Un .38 corto, cinco tiros, bastante viejo, sin número de serie, pura metálica contundencia.
Por un momento me dio bronca, el arma, tan ordinaria. Hubiera preferido una glock .40 flamante, moderna. Me la iba a prestar un amigo al que le conté que me iba a matar. Pero empezó con que había comprado el arma hacía poco, que le había costado bastante cara, que justo estaba arreglando para irse con amigos a cazar, en fin.
Conformarme, conformarme con lo que hay. La distancia entre lo que querés ser y lo que sos como un embravecido mar de circunstancias. La historia de mi vida.
Había cenado un par de empanadas. Con whisky. Había terminado de corregir un poema, un poema que hablaba de todo el Nesquik que me hubiera gustado tomar cuando era chico. Un poema que me gustaba mucho, que corregía una vez por año.
Me faltaba fumar un cigarrillo, un cigarrillo cualquiera, encontré un atado de Philip Morris casi vacío, pero no vacío. Dar dos o tres pitadas y listo. Sentarme en el sillón del comedor, y pegarme un tiro.
Las cosas no habían resultado como yo esperaba, las cosas nunca habían resultado como yo esperaba, no hacía falta entrar en detalles.
Prendí el cigarrillo, pité. Acaricié la áspera culata del revólver. Allá vamos.
Sonó el timbre. El timbre de arriba, el timbre de mi departamento.
–¿Sí? –dije. Fui hacia la puerta. Estaba descalzo, en shorts y remera, con el arma en la mano.
–Señor Hundred –la voz de mi vecina, la vecina del 7°A. Yo vivía en el 7°B. La señora Dovidavich.
–Sí –repetí.
–Quería hablar un momento con usted.
Abrí la puerta, un poco. Apenas. Me asomé, dejando oculto, apoyada contra la puerta, mi mano. La mano con el .38.
–Hola, señora Dovidavich –dije.
La señora Dovidavich era una mujer muy bajita, compacta, con el cabello corto teñido de color zanahoria. Su tono de voz era agudo, chillón, y señalaba con un índice a su ocasional interlocutor cuando hablaba, para que no quedaran dudas de a quién le hablaba. A mí, en este caso.
–Señor Hundred –me miró y torció la boca, con su habitual desprecio hacia cualquier integrante de la especie humana, en particular hacia sus vecinos–. Usted pide una vez por semana comida en ‘La Continental’, ¿no es cierto?
–Bueno, sí –dudé, miré hacia atrás, las empanadas frías sobre la mesa–. Creo que sí.
–Porque después, a los dos o tres días, usted tira lo que sobra –siguió, la señora Dovidavich–. Pero tira la caja con los restos de comida, y eso trae cucarachas.
Señaló, la señora Dovidavich, la puerta ubicada en la mitad del pasillo. Donde, ella y yo, tirábamos la basura hasta que viniera a recogerla, cada noche, el portero.
–Sí, puede ser –dije. Estaba transpirando. Necesitaba un whisky más, sólo un whisky más, y matarme. Nada más que eso.
–Pero eso está mal –me apuntó, la señora Dovidavich, con su corto índice–. Eso está mal. Porque usted sabe que hay que separar la basura, Hundred. No puede dejar ahí la caja con restos de comida.
–No, no puedo –dije. Seguía transpirando. ¿Había terminado de corregir el poema? ¿Había terminado el cigarrillo?
–Buenas noches –dije.
–No, todavía no terminé –dijo la señora Dovidavich. Dio un paso, un paso adelante, indicando que de ninguna manera debía yo cerrar la puerta–. Además, usted toma vino –dijo.
–Es probable, sí –dije.
–¡Y tira la botella! –se señaló, la señora Dovidavich, con un índice, el mismo índice que utilizaba para señalar al universo todo, la sien. Indicando que la conducta descripta rayaba con la locura– ¡Tira la botella con el resto de la basura!
–Señora Dovidavich, yo –dije. Quería sentarme. Sentarme en el sillón, y matarme. Todo lo que me había salido mal, todo lo que no me había salido. El cansancio, todo el cansancio sobre mí, sobre mis fatigadas rodillas. El fracaso de haber deambulado sin mayor sentido por el absurdo territorio de la vida.
–Le aviso que estoy harta, Hundred –chistó, la señora Dovidavich. Sí, hizo un chistido de lechuza–. Vivo en este edificio hace más de veinticinco años. Le aviso que ya presenté una queja al consorcio y…
–Vieja de mierda –dije. Se sorprendió, la señora Dovidavich–. Te voy a matar, vieja de mierda.
El primer tiro no salió. Eso es lo que debe haberla salvado. Le apunté directo al pecho con el .38 y gatillé. Nada, click. La señora Dovidavich corrió, en chinelas, así como estaba corrió por el estrecho pasillo en dirección a su departamento. Le tiré, tres tiros. Dos pegaron contra la metálica puerta del ascensor. Y uno le pegó en una nalga. Alcanzó a meterse, la señora Dovidavich, en su departamento. Aullaba de dolor. Fui hasta su puerta y seguí apretando, pero sólo salió una bala más que atravesó la puerta.
–¡Abrí, vieja de mierda! ¡Abrí que te voy a meter el revólver en el culo y te voy a gatillar adentro a ver si todavía sentís algo!
Se oyeron gritos. Alguien llamó a la policía. A una ambulancia, también.
Me fui a dormir. Dejé la puerta del departamento abierta, me tiré en la cama. Estaba cansado, tan cansado. Cuando vinieran a detenerme les explicaría lo que había sucedido, mi versión de los hechos. Seguro que alguien me entendería.

8 Comments:

At 10:32 a. m., Blogger El Demiurgo de Hurlingham said...

En Niebla, se menciona a un personaje que, a punto de suicidarse, se encontró en su casa con unos ladrones. Los mató y entonces desistió de la idea de matarse, porque otros habían muerto por él.
Que otros se jacten de lo que han escrito, etc.

 
At 3:48 p. m., Blogger El Demiurgo de Hurlingham said...

Menos mal que la blogosfera puede seguir contando con un experto en la ironía y el sarcasmo.

 
At 5:19 p. m., Anonymous Mr FSK said...

quizas si las empanadas hubieran sido de la americana o de guerrin la situacion no se hubiera desencadenado...

 
At 8:09 a. m., Blogger J. Hundred said...

*el demiurgo de hurlingham! yo una vez vi la película ‘gorilas en la niebla’. el titulo me parece notable, y sigourney weaver en una época me parecía una mujer de lo más interesante. que me la cogería contra una puerta sin mayores inconvenientes, eso quise decir.

*el demiurgo de hurlingham! quizás no se lo dije lo suficiente, quizás no lo comprendió en su totalidad todavía: que nos vaya bien a todos.

*mr fsk! es bien correcto su parecer, las empanadas de la continental no son gran cosa. algo más, algo que puede ser útil: hay mucha gente por ahí dando vueltas, que creen ser graciosos. van y dejan a su familia, sus trabajos, creen que se transformarán en el nuevo jerry seinfeld de burzaco, sueñan con convertirse en reyes del stand-up, anhelan ser panelistas de algún programa de tv, en fin. pero en breve les toca descubrir que no, que hicieron medio chiste alguna vez y se rió el tío víctor en navidad, tomando un champán berrítisimo, no mucho más que eso. vaya con cuidado.

 
At 10:53 a. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

De haber seguido el plan original, se habría verificado una parcialidad irreversible. Me refiero, desde luego, a que Dovidavich siguiera viva y usted no.
Ahí, justo ahí, cuando interviene el destino es cuando uno empieza a creer en la justicia divina.

 
At 8:51 a. m., Blogger J. Hundred said...

*juan sebastián olivieri! una delicadeza de su parte.

 
At 1:35 p. m., Blogger Mr. Kint said...

Ya lo dijo un notable escritor hace no mucho (y cito más o menos).
La gente está tan hecha concha, tan derrotada, que jamás desperdiciarían la oportunidad de discutir o pelear
sin importar el motivo. Total te pegás un tiro después, para matarse siempre hay tiempo.
Quizás el autor de esa idea tampoco escape al razonamiento.
Lo abrazo cada vez más fuerte.

 
At 9:23 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. kint! tengo entendido que el escritor que usted menciona ya prácticamente no existe. no lee, mucho menos escribe. sigue siendo genial, eso sí. lo abrazo desde un estado de curiosa fragilidad.

 

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