20.4.19

Por culpa del ajedrez


A veces estoy desayunando en un bar, a la mañana bien temprano, y veo una parejita, abrazados o tomados de la mano. Me levanto, me acerco a la mesa y le digo al muchacho ‘Cogela, cogela mucho ahora, y por el orto. Acabale en la cara, decile que te encanta verla sonreír con la cara llena de leche. En poco tiempo, cuando se vayan a vivir juntos, te va a esperar indignada a que llegues del trabajo para contarte que el marido de la vecina sacó pasajes para Buzios, y vos encima te olvidaste de comprar queso rallado. No servís para nada’.
​O voy caminando por la calle y veo a un pibe estacionando su flamante autito. Me acerco a la ventanilla, se asusta por un momento pensando que lo venían a robar. Pero sonrío, niego con la cabeza (con qué te gustaría que niegue) y le digo 'Sí, no lo podés creer, te parece que sos un campeón. Esperá a que te lo rayen y el seguro te diga que no lo cubre. En menos de dos años vas a estar yendo para Necochea, primer quincena de Febrero, y te vas a dar cuenta que seguís siendo el mismo pelotudo de siempre. Pero podés parar en la ruta a tomar un café con leche, y podés comprar medialunas para llevar, eso sí’.
​Podría seguir con los ejemplos, claro. No hace falta, claro también.
​Y las personas se fastidian mucho, es una mezcla de enojo y sorpresa, como si no pudieran alcanzar a comprender lo que les estoy diciendo. Y a mí me sigue dando ternura descubrir que todavía exista gente que no sepa que todo termina mal.

10.4.19

Compleja maquinaria


Terminamos de coger. Ella habló.
–Estuvo bueno, la verdad –se acomodó un almohadón detrás de la espalda para quedar algo más erguida, quería fumar–. Viste que cuando uno conoce a alguien, bueno. Las primeras veces, las cosas no tienen por qué funcionar del todo bien. Una ya trae su mochila de vivencias, no somos adolescentes.
–Es verdad –dije. Dudé en levantarme para ir a servirme un whisky. Me pareció sentir un pinchazo en la cintura que se fue extendiendo hacia abajo, si intentaba levantarme iba a quedar cuadripléjico de por vida. Seguro había hecho un movimiento brusco, mejor quedarme quieto, respirar un poco. Respirar puede ser una actividad de lo más satisfactoria. Necesaria y suficiente.
–Y no me puse arriba, digo, con lo que a mí me gusta coger estando arriba –encendió el cigarrillo, pitó–. No me subí porque me pareció que a vos te gusta dominar, por cómo me agarrabas, por cómo me apretabas el pelo. Se nota que te gusta controlar la situación.
–Sí, puede ser –dije.
–Tampoco me dijiste nada cuando estabas por acabar –se sacó el pelo de la cara–. Pensé que te ibas a sacar el forro y me ibas a pedir que te la chupe. Si bien es muy de película porno, la verdad que tiene sentido. A mí no me molesta para nada, eh. Digo, hacerte acabar, que termines, con la boca.
–Está muy bueno también. Pero se ve que venía embalado, no hizo falta.
–Cuando me tenías en cuatro patas me pareció que me ibas a hacer la cola. Por cómo me agarrabas la cintura, los cachetes, y sentí un dedo. Ahí pensé que me ibas a hacer la cola. Porque viste que hay mujeres a las que no les gusta, les da asco o les duele, no sé. Pero a mí sí me gusta, que me hagan la cola. No te digo siempre, no te digo que es lo prioritario. Pero a veces, bueno, es como si me lo pidiera el cuerpo. No el cuerpo, la cola –se rió, una risa corta–. Así que ya sabés, no tengo problemas.
–Suma mucho, eso, ahora que lo decís –me moví, apenas, para ver si sentía las piernas, si iba a poder levantarme–. La clave está en usar un buen lubricante.
Sonó un celular, desde el comedor. Podía ser el mío, podía ser el de ella.
–Me va coger en un lugar raro –dijo–. Si te gusta coger en la terraza o parar el auto a un costado de la ruta. No me molesta disfrazarme, hay tipos a los que les calienta. De colegiala, de enfermera. Una vez me compré un traje de la mujer maravilla.
–Sí, a veces está bueno hacer cosas diferentes –dije.
–Así que ya sabés –dijo, se rascó debajo de una teta, muy suave, con un meñique–. Yo no soy de esas minas para las que coger es un fastidio. Me gusta que la persona que está conmigo la pase bien, que disfrute. Que me diga lo que quiere.
–Mirá –dije–. No te lo puedo asegurar, pero creo que desde hace un tiempo lo que más me gusta es que no me rompan mucho las pelotas.

30.3.19

Lo que necesitamos es confianza


Estaba en el casino. En Miramar. Principios de diciembre, algo de gente pero no tanto, no el infierno todavía.
Me acerqué a una mesa, una mesa de ruleta.
–Señor –dije–. Sé exactamente el número que va a salir. Se lo digo si me promete compartir el diez por ciento del premio, conmigo. No voy a fallar, es como si lo estuviera viendo.
El tipo, algo mayor, me miró con desprecio. Siguió jugando. Cargó con calles y cuadros la primera docena. Puso tres o cuatro fichas grandes, fichas de chance, al colorado. Salió el 31.
Cambié de mesa. Caminé unos pasos. Había gente, algunos matrimonios, muchos desesperados, muchos solos.
Me acerqué a un hombre de lentes que se pasaba la mano por el pelo, nervioso. Tenía la camisa manchada a la altura de la panza con salsa, con tuco.
–Disculpe –dije–. Tengo un don, puedo ver exactamente el número que va a salir. Pero no tengo dinero. Le digo el número, el número que va a salir, si comparte el premio conmigo. Algo, no sé, una comisión.
–Salí de acá, forro –me contestó el hombre, y se cambió de lado de la mesa.
Entonces tuve una revelación. Vi todo con demoledora claridad. Me estaba sucediendo, justamente, lo que me había sucedido siempre. Con las mujeres, quiero decir, en el amor. Nadie me había dado, nunca, una oportunidad. Nadie había aceptado tomar el riesgo, conmigo, aceptar que yo fuera ni más ni menos que la suerte.
No, ya sé, vos querés saber si acerté los números que fueron saliendo. Problema mío.

20.3.19

Rey de la selva


Básicamente no miro televisión. Pero miro la televisión, enciendo la televisión un rato, como compañía.
No me interesa un pomo de lo que pasen por la televisión. Tampoco me interesa lo que pasa, en mayor medida, en la realidad. La televisión es básicamente concursos, programas donde la gente compite, bailan o cantan, se fijan quién puede pishar más lejos o escupir más alto. Y después tenés los noticieros, que no son más que un delivery de tragedias, terremotos, asesinatos. La idea es tener a todo el mundo mansito y asustado.
Pongo la televisión en el canal de National Geographic y miro cualquier cosa. Un rinoceronte caminando, una jirafa buscando algo, las llaves de su casa o el cepillo de dientes, dentro de la copa de un árbol. Un cocodrilo esperando, esperando y esperando que pase alguien más o menos distraído para arrancarle una pierna de un mordisco.
Algo llama mi atención.
Si te fijás bien, no importa lo temible que sea la criatura en cuestión, el poder que tenga. Siempre hay alguien que le está rompiendo las pelotas.
Podés ser el león, el rey de la selva, y cuando con un teleobjetivo lo enfocan de cerca vas a ver que los mosquitos le dan vueltas alrededor de la nariz, de los ojos. Sos un tigre, te acabás de mandar una estratégica maniobra para cazar un antílope, te sentás a comer, tranquilo, debajo de un árbol. Al toque se te presentan siete o nueve hienas a mangarte, te tratan de afanar algo, te piden diez pesos para la birra.
La verdad que me sirvió mucho, ver eso que te estoy contando. Porque entendés de una vez y para siempre que no importa dónde vivas o de qué labures, no importa el barrio en el que te sientes a tomar un café. Siempre te van a estar molestando. Alguien que habla por teléfono a los gritos, alguien que te tose en la cara, un televisor encendido en el canal de mtv latino, los colectivos que paran sobre la senda peatonal, alguien que te pisa en el subte mientras juega al candy crush y no aprendió a decir ‘perdón’.
Son leyes de la naturaleza, no se puede luchar contra eso.

10.3.19

El otro Cooper


En mi época de estudiante secundario, en las clases de educación física, solía haber un test, una prueba. La prueba, clásica por cierto, consistía en correr por el tiempo de doce minutos. Test de Cooper, así se llamaba la prueba.
Se ponía a los alumnos a correr por doce minutos, y luego se observaba la distancia que habían recorrido. Creo, si mal no recuerdo, que para estar vivo, para verificar que a uno le anduviera más o menos bien el corazón y las piernas, era preciso correr más de 2.5 km. Luego, si uno era capaz de correr 3 km, listo. Eso significaba que uno estaba dotado de cierta capacidad de atlético orden.
Hacen falta años, como tantas otras cuestiones en esta vida, para descubrir la futilidad de la prueba. El error de conceptual índole en que el test está basado. La falta de mayor aplicabilidad, por qué no de criterio.
Lo que uno puede hacer, aunque ya se haya terminado la escuela secundaria, es probar. Ver cuánto whisky sos capaz de tragar en doce minutos, cuántos cigarrillos sos capaz de fumar, cuántas milanesas se pueden devorar. En doce minutos. Si podés chupar una concha durante doce minutos, o permanecer con la japi parada adentro de algo, de una boca, de un culo, de un frasco de mermelada de naranja La Campagnola, doce minutos.
Porque nunca es tarde para aprender, demos gracias a Dios por eso.

*y queda todavía un cooper más, el mini cooper. pero no jodamos.

28.2.19

A ver, permiso


Estaba tomando un café en un bar, debían ser las ocho y media de la mañana. Tomo un café y miro por la ventana, de lunes a viernes, antes de ir al centro. Vendo mi alma por unas monedas, más o menos como hace todo el mundo. Me gano la vida.
De pronto, un hombre sobre la avenida, un hombre que parecía estar esperando para cruzar, se sintió mal. Con una mano se apretó el pecho, tambaleó. Intentó afirmarse contra un semáforo pero no pudo, el impacto de lo que le estaba sucediendo era superior a su capacidad de comprensión y raciocinio. Cayó boca arriba.
–¿Señor, se siente mal?
–¡Médico, a ver! ¡Llamen a un médico!
–¡No lo toquen que es peor! ¡Déjenlo respirar!
Se juntó un grupo de curiosos, gente. Con buenas intenciones y cero conocimiento desde ya, pésima combinación. Se juntarían también frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos si estuvieran pasando en un televisor Argentina-Holanda del 78. La gente es muy pelotuda, básicamente.
Terminé mi café. Salí a la calle, me acerqué.
–A ver, permiso –dije. Busqué en el bolsillo interior del saco, la billetera del hombre. Poca plata. Le saqué el reloj, el celular. Miré los zapatos, demasiado caminados, y chicos.
–Oiga, ¿usted es médico? –negué apenas con la cabeza (¿con qué querés que niegue, con la poronga?) – ¿Por qué le saca las cosas?
–Señores, esto es una guerra –me guardé la plata, tiré la billetera–. Ya están grandecitos, deberían saberlo.

20.2.19

El perro y la lluvia


Necesitaba trabajar. Era joven, demasiado joven, y necesitaba trabajar.
Para ser algo más riguroso con los conceptos, no necesitaba trabajar, de ninguna manera. Lo que necesitaba era dinero, eso sí. No sabía robar, no sabía tocar el bandoneón. Si se miraba bien la cuestión, no había absolutamente nada que yo supiera hacer. Es por eso, nada más que por eso que la gente que trabaja, trabaja. Porque no saben hacer nada más.
Estaba yendo a la facultad, a estudiar, no importa qué. Mandé algunos mails, me anoté en algunos sitios web. Y me llamaron, me djieron que sí, que podía haber trabajo para mí.
Ahí llegamos, hago lo que puedo, a lo que quiero contar.
Para conseguir trabajo, para dejar veinte o treinta años en una estúpida oficina, tenés que pasar, entre otras cosas, un examen de salud. Lo que equivale a decir que para morir tenés que demostrar, precisamente, que estás vivo. Los trabajos no contratan muertos, el chiste es irlos matando de a poco. Si ya estás muerto de antes no te toman, no entrás.
Lo otro que te hacen, que te piden que hagas, es un psicotécnico. A eso quería llegar.
Dentro del test, del test psicotécnico, del test de manchas y completar figuritas y cosas así, me pidieron que haga un dibujo. De más está decir que no sé dibujar, otra vez, si supiera dibujar quizás no precisaría trabajar.
Lo que me pidieron que dibujara era una escena, con una casa, un hombre, un árbol, una mujer, un chico, no sé qué más. Me tomé unos buenos diez minutos, hice el dibujo. Una escena familiar.
Dibujé la casa, con un sendero y un árbol. Un hombre llegando a su casa, con su maletín, en traje, de trabajar. La mujer en la puerta, un hijo mirando por la ventana. Se me ocurrió dibujar un perro, también, un perro boludeando por ahí.
Se me ocurrió que llovía, que el hombre volvía a su hogar, de trabajar, y su esposa lo esperaba con una sonrisa. Y llovía, también. Llovía, como suele suceder con los fenómenos naturales, como se suele decir en la jerga militar, sin causa.
Llamé a la mujer que me estaba tomando el test. Me puse de pie, le entregué el dibujo. Me volví a sentar.
La mujer miró el dibujo, un buen rato. Se acomodó sus lentes sin marco sobre el puente de la nariz. Carraspeó. Olía a ropa vieja, la mujer, a perfume barato, a fracaso más o menos tradicional.
–Ajá –dijo la mujer, debía tener más de cincuenta años, una pequeña verruga peluda sobre la mejilla izquierda–. Veo que dibujó un perro, también.
–Sí –dije –. Se me ocurrió que la familia tiene un perro. Me gustan los perros, además.
–Y llueve –dijo la mujer.
–Sí, llueve –dije yo–. Siempre me gustó la lluvia.
–¿Y el perro se moja? –Algo en el tono de la mujer cambió, se hizo más oscuro, más metálico.
–¿Eh?
–Si el perro se está mojando –repitió la mujer. Y me miró.
–Bueno, sí, supongo –me senté más derecho en la silla–. Si está lloviendo, el perro se moja.
–Fíjese –la mujer me mostró mi dibujo, y señaló con un dedo, al perro. Las gotas, los puntazos del lápiz, las rayitas que debían representar la lluvia caían sobre la casa, sobre el árbol, sobre el hombre, sobre la mujer parada en el umbral. Pero no sobre el perro, ubicado en el extremo inferior derecho de la hoja–. Por eso se lo pregunto.
Me miró, la mujer. Apoyó la hoja sobre la mesa, se quitó los lentes, cruzó los brazos.
–Mirá –dije–, el que necesita el trabajo soy yo. El que necesita este trabajo de mierda y por eso tengo que hablar con una pelotuda como vos soy yo. Si me decis algo más, si volvés a abrir la boca agarro esos anteojos y te los meto por el culo de una, acá arriba de la mesa, y cuando los saques y los logres enderezar un poco y los vuelvas a usar, los anteojos, cada vez que te los pongas te vas a acordar cómo sos por dentro, de qué horrendo material estás hecha. El perro no tiene la culpa que este sea un mundo tan asqueroso, eso es más o menos lo que te quise decir.

10.2.19

A veces siento que no te conozco


Vivíamos con Mónica juntos hacía más de seis meses, pero menos de un año. Dormíamos juntos, mirábamos televisión, cogíamos. Ella trabajaba en un estudio de arquitectura, yo seguía con mi via crucis financiero, picando la piedra de la guita. La vida se volvía predecible pero no rutinaria, una amable meseta para compartir lo simple. Te venías grande, te dabas cuenta que no ibas a ser Keith Richards y que tampoco era tan grave. Entendías que vivir no era tirarse en ala delta en pelotas, ni nada de lo que apareciera en la tapa de las revistas. Habías estado en esa playa y el agua no era tan turquesa, las palmeras estaban desteñidas. Era como cuando veías la televisión en National Geographic, la majestuosidad del león, la curiosidad de la cebra. Si ibas y lo veías en persona el león tenía toda la melena pegoteada de pis y los mosquitos le daban vuelta alrededor de los ojos, el rinoceronte apestaba como si no se hubiera pegado una ducha en veinte días.
​El mundo estaba photoshopeado hasta la manija, si la gente pudiera apreciar la realidad de las cosas aunque fuera por un instante, no tendrían más remedio que matarse.
​–Nunca me decis lo que te pasa, Juan –Me dijo Mónica, mientras cenábamos bajo las impiadosas luces de la cocina–. Sos hermético.
​Después otro día, cuando salió de la ducha mientras yo terminaba mi café antes de ir a trabajar.
​–No sé, Juan, a veces siento que no te conozco –se me quedó mirando mientras terminaba de secarse el cabello con un desteñido toallón–. Te miro pero no consigo saber qué estás pensando.
​Y después, una vez que había llegado temprano del trabajo. Miraba la televisión pero no miraba, sólo veía formas que se movían con el volumen bajito, sentado en el sillón del comedor.
​–Qué hacés, Juan –llegó, ella, traía una bolsa del supermercado–. Me gustaría saber más de vos, lo que pensás cuando te quedás callado mirando una pared, cuando no decis nada.
​–Bueno –dije, estaba tomando un whisky pero no me quedaba casi nada, pasé la lengua por un costado del vaso intentando sentir otra vez el calor, como si fuera un oso que recuerda la miel–. Lo que me pasa es que me di cuenta que no te soporto. No sólo me aburre verte, te diría que me aburre hasta tener que cogerte. Y me preocupa un poco la verdad, porque me conozco y sé que es muy difícil que cambie, una vez que me pasa. No sé, como si se rompiera un vidrio. Me preocupa, te decía, porque me conozco y sé que no hay manera que se me pase este fastidio, no se me va a ir.
​A partir de ahí Mónica no preguntó más nada. Y hubo una reunión social, un cumpleaños en el que la escuché decirle a una amiga que una de las cosas que más le gustaban de mí era que no podía saber qué me pasaba por la cabeza, mis silencios.

30.1.19

Un día de calor


Un día de verano, un día de verano cualquiera. Si lo hacés en Buenos Aires, conviene que sea un día de Diciembre, o un día de Enero. Si lo vas a hacer en Düsseldorf no sé, a mí qué carajo me importa lo que pasa en Düsseldorf. Yo vivo acá.
Agarrás entonces, un día que haga más de treinta grados. A la mañana, después de desayunar, te vestís para ir a trabajar, como todos los días. Te preparás para salir. Pero.
Acá viene el detalle. Te abrigás. Te abrigás como si fuera el día más frío del año, como si hiciera ese frío que hacía cuando eras chico y tenías que ir a la escuela y te pinchaban los dedos, del frío, claro. Ese frío que pareciera que nunca existió pero vos estás seguro de haberlo vivido. Un frío que pasó de moda, se dejó de fabricar.
Te abrigás a más no poder. Campera, bufanda, guantes puede ser también.
Y salís así, como si fuera un día cualquiera. Vas a seguir con tu vida. Vas y te metés en el subte, o hacés algún trámite en el banco. Vas a la oficina, entrás a un bar a tomar un café, te encontrás con alguien que te conoce, por la calle. Un día cualquiera, un día de lo más normal. Vos estás emponchado como si estuvieras en el Polo Norte, mientras el sol te achicharra la cabeza. Hay gente, en las plazas, en cueros, tomando sol.
Y alguien, alguna persona, se va a animar. A preguntarte. Qué hacés así, tan abrigado, si hace treinta y cuatro grados a la sombra. Qué carajo te pasa.
Pero vos no contestes nada. Llevás tanto pero tanto tiempo sin poder soportarte, a vos mismo, cada estúpida cosa que te pasó en la vida. Sos pura incomodidad, el clima es anécdota.

*https://www.youtube.com/watch?v=UZChO9l78Zg

20.1.19

Desayuno en Imperio


Hace poco pasé una noche por ‘Imperio’. Canning y Corrientes, claro, Villa Crespo 90210. Eran como las doce de la noche. Paré el auto en cualquier lado y bajé a comer un par de porciones de pizza. El lugar me trae recuerdos de la adolescencia, me dieron ganas.
Mientras esperaba que me sirvieran me acordé una cosa, una anécdota vivida allí, llamalo como quieras. Una de tantas.
Era joven, no tenía ni veinte años, volvía de bailar. De Cinema, que era el sitio donde antiguamente, pero más antiguamente, había estado el cine Atalaya.
Me había ido mal, como de costumbre. Yo era feo de chiquito, desde siempre, no tenía flequillo y me vestía como podía porque en casa no había dinero para esas boludeces. Era tímido, además, me ponía colorado, transpiraba.
Conclusión, tomaba como un forajido alcohol de bajísima calidad, para darme ánimo. Iba con mis amigos a bailar pero yo no quería bailar, quería estar con una chica, reírme, sentirme querido. Y coger, desde ya, coger era una pulsión indomitable. Bueno, pero no me salía nada, nada de lo que yo quería, así estaban las cosas. Lo único que quedaba era esperar al siguiente sábado para volverlo a intentar. Repetir el experimento y esperar un resultado diferente. Locura, diría Einstein (pero Einstein no iba a bailar a Cinema).
Sigo. Me fui del boliche, debían ser las cinco de la mañana. Me encontré con mi amigo D. antes de salir. Le dije que me iba, me dijo que se venía conmigo.
Raro, que D. se viniera, porque a él le iba bárbaro con las minas. Siempre estaba en los reservados, metiendo las manos por debajo de una pollerita, riéndose, con su peinado con gel y sus camisas con algún bordado sobre el cuello (eran la última moda).
Pero D. me dijo que se venía conmigo, quería charlar de algo, de cualquier cosa. D. siempre me consultaba sobre sus planes de cómo pensaba hacerse millonario. Yo lo escuchaba, asentía, mientras no podía dejar de pensar qué carajo tenía que hacer, yo. No, no para ser millonario, para poder tocar una teta. Porque yo no tenía la más puta idea de cómo iba a hacer para tener guita, pero tampoco sabía cómo hacer para coger antes que me estallaran los huevos por el aire. Así era mi complicada vida.
–Qué hacemos –dijo D.
–Vamos a Imperio –dije yo.
–Sí, vamos –D. saludó a una piba, le dio un beso en la boca mientras la chica intentaba retenerlo de un brazo para que no se fuera–. Estoy muerto de hambre.
Caminamos las siete cuadras, hacía un frío del carajo. Llegamos a Imperio, apenas iluminado. Dos o tres mesas ocupadas, algún viejo desayunando. Un perro atado afuera a un poste de luz, ladrando con angustia y método.
Sacamos ticket, pedimos nuestras porciones de pizza en la barra. Y una cerveza de litro. Estaba Angelito, todavía. Nos saludó, nos conocía.
–Pará –dijo D. –. Teneme un minuto.
Se sacó la campera y me la pasó. Fue hacia el salón. Tomó carrera.
Dio un salto. Y le dio una furibunda trompada a un viejo que estaba sentado, de espaldas.
El viejo salió despedido hacia adelante, se cayó de la silla. Se le rompió la taza de café con leche que tenía en la mano. Se le cayeron los lentes, también. Quedó, el hombre, aturdido, desparramado en el piso entre las mesas y las hojas del diario. Le sangraba el rostro.
–¡Hijo de puta! –Gritaba D. señalándolo con un dedo– ¡Vos cagaste a mi viejo, mierda!
–¿Eh?
–Pará, flaco, qué hacés. –Un mozo ayudó a levantar al hombre, que todavía permanecía aturdido por el golpe. Mareado, sentado entre las mesas, intentaba rearmar sus anteojos.
–¡Vos cagaste a mi viejo, hijo de puta! –Daba saltitos, D., preparándose para volver a atacar. Le salía espuma de la boca.
Entró el pibe que repartía diarios a ver qué pasaba. Una señora que esperaba el colectivo, se asomó detrás del vidrio y se puso a llorar.
–¡Bueno, se van de acá! ¡Se van ya! –Angelito había salido de atrás del mostrador, cuchillo en mano– ¡Tomenselás!
Nos fuimos. Tuve que darle un par de empujones a D. para que me siguiera.
–Vámonos, boludo. Que van a llamar a la policía.
Nos fuimos por Corrientes, corriendo. Paramos al llegar a Serrano. Le devolví la campera, se la puso.
–¿Me podés decir qué carajo pasa? –Le pregunté– ¿El tipo robó a tu viejo?
–Mirá –dijo D. –, el tipo era parecido a uno que nos cagó con unos cheques, la verdad que no estoy seguro. Pero no me vas a decir que no estuvo buenísimo. ¿Viste cómo se le voló todo a la mierda? Ese no caga más a nadie.

10.1.19

Yaya


En el futuro vas a poder apretar un botón de tu teléfono celular mientras volvés a tu casa y se va a encender el aire acondicionado, de tu casa, en la temperatura que vos quieras. Para que cuando llegues a tu casa la casa, justamente, ya esté fresca. Y vos no tengas calor.
En el futuro vas a poder subir a tu automóvil y decir la dirección, la dirección a la cual tenés que ir, y el automóvil te va a ir contestando, te va a ir diciendo dónde doblar, cómo llegar.
En el futuro vas a entrar a un sitio de internet y te van a saludar mil o dos mil personas por tu cumpleaños, gente de Melbourne o Estambul, gente que desde ya no conocés. El sitio te va a decir qué te convendría comer para el almuerzo, dado que tus gustos han sido registrados a lo largo de los años. Te va a decir para qué sitios podés reservar pasajes en avión con descuentos especiales, la marca de zapatillas que deberías comprar para correr, y cuántas pulsaciones tenés cuando te levantás de la cama y cómo están esos valores en relación a tu promedio histórico, y que fumar hace mal.
En el futuro todo va a estar medido y registrado y almacenado, fácil de encontrar.
En el futuro vas a estar triste, más o menos como ahora.

30.12.18

Viviending


hacia lo simple.
hacia lo que desaparece.
hacia la nada más pura
sin explicación, sin motivo.

y está bien igual
y ya no importa
fue bueno mientras duró,
cosas que se dicen.

la mirada de un bebé
el ladrido de un perro
tu sonrisa transformándose
                               en risa

todo lo que no salió.
lavarse los dientes, pagar el gas.
la impávida lluvia.

20.12.18

Visita al dentista


Voy al dentista. Se me hizo moco una muela, una muela que terminó pudriéndose primero, rompiéndose después. Me tengo que sacar la muela.
​No me gusta ir al dentista. Desde que era chico, desde siempre, fue una experiencia traumática para mí. Aunque últimamente la mayoría de las experiencias se han vuelto traumáticas. No quiero sufrir.
​–Tengo miedo –le digo al dentista.
​–Ya sé –dice el dentista. Me conoce hace tiempo. Debe tener unos sesenta años, casi hitleriano bigote, pelo blanco, ojos muy claros. Tiene sentido del humor, y tres infartos encima, también.
​–¿Me va a doler?
​–No. –Dice el dentista.
​–Tengo miedo –digo, otra vez.
​–Ya sé –dice el dentista, otra vez.
​–¿Cómo sé que no me va a doler? –pregunto, quiero saber. Estoy desesperado, como casi siempre. Estar desesperado es una de las cosas que mejor me salen.
​–Mirá, es sencillo –el dentista se pasa una mano por el pelo, suspira–. Vas a tener la sensación, no se puede evitar la sensación. Pero no vas a tener dolor, así funciona la anestesia.
​–Una cosa más –levanto una mano, casi entregado pero no todavía, bañado en sudor– ¿Por qué alguien elige una profesión donde hay que meterle la mano en la boca a la gente? Una profesión donde hay que agujerear, extirpar, limpiar podredumbre en medio de sangre y un mar de saliva mientras alguien, el otro alguien, permanece aterrado al borde de la extenuación y una crisis de nervios, con ganas de llorar o de escapar o de morder. ¿Eh?
​–No sé, flaco –el dentista se sienta, se deja caer en su butaca, todavía con la gigantesca jeringa de anestesia en una mano, el pulgar listo para empujar el émbolo–. Todos queríamos ser felices, pero vivimos en un mundo donde hay que sacar muelas. No me rompas más las pelotas, yo no lo inventé.

10.12.18

Contra el esfuerzo


El problema es pedagógico, educativo, supongo, mucho me temo.
En las aulas, claro, y en las familias también. El mensaje que reciben los chicos, cuando son chicos. Los chicos son una esponja, hasta los once años, más o menos.
El mensaje que reciben los chicos, para la vida, es que las cosas pueden cambiar. Con esfuerzo.
Pero eso es mentira, lo que equivale a decir que no es cierto.
Una de las pocas cosas que tienen importancia, una de las pocas cosas que pueden hacer que tu vida no sea un himno a la monotonía, que tu vida no parezca un televisor en blanco y negro con el volumen bajito, es el talento.
Tenés que tener talento, ese es el tema, ahí está el asunto. Talento para jugar al fútbol o para tocar el piano, tener un don, un atributo, una poronga de 33 centímetros a la sombra, unas tetitas redondas y firmes que parecen querer llevarse el mundo por delante (una de las dos cosas quiero decir, o la poronga o las tetitas, no hace falta las dos cosas al mismo tiempo).
Y si te fijás bien, si te zambullís y mirás más allá de la superficie, te vas a dar cuenta que el talento es como la suerte. Viene o no viene, aparece y te saluda o sigue de largo y jamás vas a poder hacer un gol de volea o pintar un cuadro.
El talento es una forma de suerte, la suerte es una forma de talento, eso es lo que tenés que tener, aunque no puedas hacer prácticamente nada, justamente, para tenerlo. El talento y la suerte pueden hacer que tu vida tenga algún sentido, un atisbo de significado.
Pero no, por lo general no, no tenés talento ni suerte ni nada que se le parezca. Sos una ensalada de esfuerzos que quizás te permitan, no sé, tener un hijo o cambiar el auto. Pero no habrá ninguna clase de brillo en tu vida. No, por favor, no me cuentes lo que hiciste, ni tus planes, tus patéticos proyectos. Lo mejor que podés hacer es ponerte cómoda, disfrutar conmigo de todo este gris.

30.11.18

2x4, 2x3


Cuando yo la conocí, ella abominaba de la normalidad. ‘Detesto a los normales’, me dijo una vez. Aunque no le solicité demasiadas explicaciones, bueno, porque a mí lo que más me interesaba de su personalidad, de su forma de pensar, de su manera de ver la vida, era básicamente ponerla en cuatro patas y cogerla. Esas eran mis prioridades, no sé si lo lamento. Ella igual necesitaba explicar lo que le molestaba del planeta tierra en general, y de sus integrantes en lo particular.
Lo que le molestaba era la gente que trabajaba en un trabajo normal, la gente que se casaba y tenía hijos y soñaba con cambiar el automóvil cada tres años y pasar una quincena en San Bernardo, o en Pinamar.
Ella era capaz de tomar dos o tres ginebras en ‘La Giralda’, a la par mía, fumaba un cigarrillo detrás de otro, y bailaba tango. Iba a ‘La Viruta’, al ‘Podestá’, a los clubes de barrios. Y bailaba. Era capaz de explicarte la diferencia entre Virulazo y Copes, por qué Soto era tan respetado, por qué el tango acrobático o de salón era una cagada en cuatro tiempos.
–El tango es mi pasión, el tango es mi vida –Me dijo una vez mientras se secaba el cabello después de bañarse, con un toallón verde botella algo desteñido. Mientras yo la miraba, haciéndome un poco el distraído, su fantástico cuerpo desnudo. Alta, morocha, poca teta, culito firme, unas manos increíbles y esas piernas larguísimas.
Después de un verano juntos en Buzios nos peleamos. Apareció alguien, un nuevo muchacho para ella, un bailarín. Tampoco quisimos irnos a vivir juntos, yo estaba trabajando en el banco y hacía malabares con la guita. Ella bailaba y estudiaba con un ucraniano que era el mejor bailarín de tango de Europa, aplicaba conceptos de la física, de la mecánica, al baile. Era un científico del tango, ella decía que nunca había visto bailar a alguien así. Tenía un poco de tos, la vida le mostraba un colorido abanico de posibilidades. Yo me moría en cada viaje en subte y lo sabía.
Hace poco se me dio por trotar. Bah, me hice un chequeo, me dijeron que me moviera un poco, que bajara la panza, que dejara el whisky. Después de más de diez años trabajando en el centro estás clínicamente muerto, eso cualquiera lo sabe. Fuiste a buscar algo de guita y el precio es la vida, welcome to my kingdom.
Empecé a ir a Palermo los sábados a la mañana, a trotar un par de vueltas, antes del café con leche con medialunas. Tengo la teoría que lo que te mata no es el colesterol, ni el azúcar, mucho menos el cáncer. Lo que te mata es la tristeza, eso es lo que nadie te dice.
Ahí estaba, Mónica. Dando una clase de tango al aire libre para jubilados, gente de la tercera edad, gente que traían de alguna dependencia gubernamental, de geriátricos, de hospitales.
Había un par de parlantes, ella estaba entera, con su pollera ajustada y unos zapatos de taco alto. Tenía el cabello más corto, peinado a lo varón, con gomina. Usaba una flor en el pelo, una flor roja.
Me reconoció de inmediato mientras le sostenía ambas manos a un pobre viejo que luchaba por no caerse sobre el pavimento. De fondo, se oía la rasposa voz de Goyeneche.
Le sonreí y seguí caminando, me perdí entre la gente que pasaba trotando, las bicicletas, los vendedores de gaseosas. Hacía mucho calor, Enero en Buenos Aires es el horror de estar vivo, iba a hacer calor todo el día.

20.11.18

Las de carne son de pollo


Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si tu señora coge con un compañero de trabajo o si sube a la terraza a buscar la ropa y se engancha con la soga. Y se cae. Suenan las sirenas.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la persona que se te acerca en la calle te quiere saludar porque fue con vos a la primaria, quéhacéscómotevatantotiempoquéesdetuvida, o si es un ladrón que te apunta con un arma y te dice ‘ehhh amiguitoo’.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la foto que estás viendo fue en Buzios o en Necochea, de dónde carajo sacaste esa malla.
​Tenés que entender que va a llegar un momento en que te va a dar lo mismo si la piba en la fiambrería te da doscientos gramos de salame o de salchichón, si el doctor te dice que subió o bajó, si ella te dice que te sigue queriendo o ya no.
​Y cuando eso pase, ese es el momento de prestar atención.

10.11.18

Particular y única


Es difícil de explicar, y es antropométrico pero no sólo antropométrico, tiene que ver con el clima y los vientos, con la época del año, si estás más cerca de la montaña o del mar.
Hay gente que me cansa el huevo izquierdo, y hay gente que me cansa el huevo derecho, eso. Lo siento durante la interacción, el tirón, la pesadez, y sé exactamente de qué lado, qué huevo me cansa esa persona.
Por ejemplo, claro que hay ejemplos, siempre hay ejemplos. Las cajeras de supermercado me cansan el huevo derecho, los tipos que hablan por celular con manos libres me cansan el huevo izquierdo. Las mujeres que lloran me cansan el huevo derecho, pero las mujeres que te dicen ‘te di los mejores años de mi vida’ me cansan el huevo izquierdo. La gente que viene a proponerme algún negocio me cansa el huevo derecho, la gente que viene a contarme algo relativo a un partido de fútbol de la copa Toronto Melba Wilkinson me cansa el huevo izquierdo. Los tipos que pasan por la calle y te paran para decirte que fueron con vos a la primaria o a la secundaria o a la facultad, sí claro por qué no, me cansan el huevo derecho, la gente que toca bocina me cansa el huevo izquierdo, los empleados que te miran desde detrás de cualquier ventanilla y te dicen ‘no, no se puede, falta el formulario..’ me cansan el huevo derecho, los cajeros automáticos que no dicen nada pero tampoco dan plata me cansan el huevo izquierdo.
Podría seguir.
Pero con vos me pasa algo que hacía mucho no sentía, una sensación que tenía olvidada y por eso te lo quiero contar. Vos me cansás los dos huevos.

30.10.18

La felicidad ja ja jaja


–La felicidad es lograr aspiraciones, muchachos, eso es todo lo que tienen que saber. Logros sobre aspiraciones –dijo el profesor. No, no importa qué profesor, no importa la materia. Era la escuela secundaria y yo no sabía un pomo de la vida, pero tenía la fuerza del tamaño de un mar, no quería conformarme con mordiscones. No sabíamos todavía, no podíamos saber que la vida te empieza a pasar la piedra pómez por las bolas despacito primero, casi ni te das cuenta. Cada trámite, cada viaje en subte, cada vez que te lavaste los dientes y miraste y viste que escupías pedacitos de comida, cada vez que te sacaste el forro y viste eso que había salido de tu cuerpo, y así. Cada óptica que rompiste del auto, cada noticia donde cuentan que le quemaron las plantas de los pies a un jubilado con una plancha porque no quiso decirles a los ladrones dónde escondía sus ahorros. Hasta que no das más, hasta que te das cuenta que vas caminando por una calle del centro con la mirada perdida o gritando incoherencias por el celular. Y entonces entendés un poquito pero ya es tarde, porque darse cuenta es justamente el chinchin tibetano que te avisa que se fue todo a la mismísima mierda para nunca más volver, aquello que podríamos llamar tu ‘vida’.
Y me acuerdo que el profesor dijo eso sobre la felicidad y después terminó la clase, la clase de cualquier cosa y cada uno siguió con lo suyo.
Pero lo que el profesor no dijo es que todos nos íbamos a pasar la vida corriendo por agrandar de algún modo, de cualquier modo, trabajando el numerador. No dijo que también se podía achicar el denominador. Una vida menos agitada, quizás más sencilla.

20.10.18

Rotura de karma


El problema es más o menos, siempre más o menos por que la vida es más o menos, así. La gente tiene tiempo y dinero, o no tiene. Pero esas serían las dos cosas que mantienen a una persona con vida.
Sí, también está el amor, claro, y el dulce de leche Vacalin y Netflix y los cuadros de Francis Bacon, toda categorización es arbitraria, no rompas las pelotas.
Los que tienen tiempo se la pasan buscando dinero. Y los que tienen dinero se la pasan pensando en la salud, en cómo no morirse, en cómo hacer durar el tiempo, que el tiempo dure más tiempo. Aunque hay gente que tiene dinero y se la pasan buscando más dinero y más, hasta que un día alguien toca la campanita y les avisan que ya no tienen más tiempo.
Pero está mal, es asimétrico. Se distorsiona todo, el ser humano se va volviendo una total y absoluta mierda.
Lo que hay que hacer es lo siguiente. Avisarle a la persona que cuando se muera su patrimonio se sortea. Sí, le podés dejar algo a tus hijos, una casa, algo de dinero. Pero si tenés diez departamentos en Miami o una empresa con quinientos empleados, eso se sortea. Porque el que nace con una dotación inicial de recursos genéticos, petiso o rengo o con un labio leporino, sabe que tiene que vivir con eso y lo soporta y quizás consiga sobreponerse de algún modo, pero si vive en una tribu africana o en Berazategui y es pobre, sabe que va a seguir siendo pobre toda la vida.
Se sortea, la fortuna de un millonario austríaco le puede tocar a un congoleño que nació en una aldea, las combinaciones son infinitas. Se sortea la riqueza del que muere con los que nacen ese mismo día si querés. Puede ser dentro del país o del continente o se firman acuerdos de cooperación. Se puede sortear que un año los chicos que nacen en Etiopía reciben los patrimonios de quienes mueren en Alemania, y así. De esa forma los hijos de los millonarios no serán tan millonarios (ni tan boludos), los que nacieron en la miseria pueden tener suerte. Tratá de imaginarte cómo se modificarían las motivaciones de las personas, el impacto que la nueva situación tendría en sus maneras de ver la vida.
No, ya sé, te parece una impracticable pelotudez, no te gusta ni un poquito la idea. Esta mañana me cortaron el gas y tuve que bañarme con agua fría, debe ser eso.

10.10.18

Una suerte de existencial equilibrio


–Para mí se trata de una suerte de existencial equilibrio –dije–. Lo que sucede es que llegó la modernidad, nos alejamos de la rueda y el fuego. Podríamos decir que nos perdimos en el camino.
Ella me miraba, yo no diría con entusiasmo pero sí con interés. El restaurante era bastante bueno, italiano, pequeño y acogedor, como si una madre sudorosa y de regordetas manos te estuviera amasando las pastas que ibas a comer. No era demasiado caro, además, había pedido un vino mitad de tabla. Era la primer salida, tampoco quería intentar parecer lo que no era.
–Te doy un ejemplo, para que veas –dije–. Me confundo las fechas, tampoco soy un estudiante de historia. Pero ponele que por el año 1300 fue la peste negra, en Europa. La gente se moría como moscas. Nada, lo que se conocía del mundo se redujo no sé, a la cuarta parte. Murieron millones de personas.
Ella soltó los cubiertos. Se había pedido una especie de lasaña de berenjenas que tenía buena pinta, pero más que nada porque estaba cubierta de queso gratinado. Había comido dos o tres bocados, era evidente que se cuidaba. Comer no era lo suyo.
–Y de pronto los médicos, los científicos de la época, van y descubren un grupo de gente, unos campesinos en determinada zona de Bavaria o Baviera, no sé, que no se morían –dije–. Los tipos seguían trabajando, en lo suyo, eran granjeros. Y estaban lo más bien, ¿entendés?
Ella tomó un sorbo de vino pero apenas, como si se mojara los labios. Yo había conocido mujeres que tomaban ginebra en La Giralda, una bailarina de tango que se tomaba un vaso de vino en dos tragos, te tenías que apurar para que no se tomaran tu parte de la botella.
–Y de pronto descubrieron, entonces –dije–, porqué. Por qué a ese pequeño grupo de personas no les sucedía nada, no se morían. Era porque trabajaban cosechando, entre otras cosas, cebollas. Dormían en un galpón repleto de cebollas. La cebolla suelta algo en el aire, no sé, que mata todos los virus, las bacterias. La cebolla hasta impide que te piquen los mosquitos, tiene propiedades mágicas.
–Muy interesante, la verdad, lo que me contás –se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, intentó sonreír–. Aunque no sé a qué viene todo esto.
–Que desde acá te siento el aliento que tenés –dije–. Ni sueñes con que te chupe la concha.