10.12.05

Ningún trato es justo

Al momento de pagar los impuestos uno acepta el orden establecido de las cosas. Acepta los terremotos y las catástrofes aéreas. Acepta que no es conveniente la ingesta de agua salada, ni la lectura a la luz de una vela. Acepta la multiplicación de los peces y los panes; la importancia del email; y la necesidad que alguien con pistola y uniforme se encargue de recordar, cada tanto, las nociones de lo permitido y lo prohibido a algún insatisfecho.
Al pagar un impuesto entonces, uno se queda con la ligera percepción de haber pagado para obtener algo que le resulta poco satisfactorio. La decepción que sobreviene es similar a la que acontece cuando el par de zapatillas deja de refulgir en el escaparate y pasa a formar parte integrante, por decirlo de algún modo, de nuestros pies.