28.12.05

En la peluquería

Desde hace años, concurro con cierta regularidad a la misma peluquería. Voy a ver al mismo peluquero. La rutina consiste en que cuando comienza a cortarme el cabello, yo lo miro a través del espejo, levanto la vista por decirlo de algún modo, y con excesiva preocupación le pregunto: ‘¿me estoy quedando pelado?’. El me contesta: ‘no, para nada’, sin mirarme, y continúa con su trabajo. El resto, el corte, la charla, transita por carriles absolutamente tradicionales, plagados de generalidades y lugares comunes.
Bien entendido el fenómeno, el corte de pelo en sí es irrelevante. Lo importante del evento es mi desesperada pregunta y su piadosa respuesta.
Esto se repite, invariable, una y otra vez.
Ahora alcanzo a comprender con claridad que concurro para realizar este pequeño rito. Para obtener una dulce confirmación que todo sigue igual, que el mundo continúa siendo como lo he conocido, que nada ha cambiado.