28.6.18

Nada nuevo


Muchas veces me despierto y prendo la radio, todavía acostado en la cama, o sino prendo el televisor y pongo un noticiero, a la noche, mientras me preparo algo parecido a una cena.
Escucho, veo, las noticias.
Alguien en Berazategui o en Burzaco, un hombre que violó y mató a su pequeño hijito de tres años. Habla alguien que lo conoce, al hombre, dice que era puntual y trabajador, buena persona, buen amigo.
O un robo, un robo en una casita de morondanga de alguna parte. Robaron a una jubilada y como no tenía mucho dinero la torturaron. Le quemaron las plantas de los pies con una vieja plancha Atma de plástico naranja para que confesara dónde ocultaba su supuesto tesoro. Como la mujer no decía nada, porque no tenía mucho para decir sobre la cuestión, le quemaron el rostro, después. Y le mataron, de un tiro, a su pequeño perro.
Noticias así, variaciones por el estilo. Amputaciones, ahorcamientos. Alguien entierra viva a su novia adolescente en el jardín de la casa de sus padres, con ayuda de algunos familiares, alguien le cierra el hocico a su perro con cinta de embalaje y después lo acuchilla hasta que se desangra, alguien le corta un dedo a un viejo en un geriátrico y se lo mete en el culo, al viejo, y nadie se da cuenta porque nadie se toma el trabajo de mirarle las manos y contarle los dedos y ver qué carajo pasa.
Podría seguir, claro que podría seguir, con el espanto, con el horror, quién sabe hasta cuándo. Y ya sé lo que me vas a decir, también está el mar y la lluvia y las puestas de sol y la risa de un niño. La belleza, la música.
Así que no consigo entender de qué carajo estamos hechos. Por qué somos así, qué nos pasa.

21.6.18

Volver a volver


Sonó el teléfono, era de noche.
Hace tiempo que en mi casa dejó de sonar el teléfono. Y si suena no atiendo, además. No recuerdo cuándo fue la última vez que llamó alguien y me interesara lo que tenía para decir. Lo mismo se aplica a las conversaciones cara a cara, en persona. Sí, también a los mails, y los mensajitos claro.
Pero atendí.
–¿Hola, Juan? –Una voz de mujer.
–Sí –dije.
–Soy Laura –dijo, hizo una pausa esperando ser reconocida. Pero yo no la reconocía, así que hice una pausa yo también–. La mujer de Pablo.
–¿Eh? Ah, sí, qué hacés, Laura –Pablo era mi amigo desde la adolescencia. Buen amigo. Tenía dos hijos, Pablo, con Laura. La veía, yo, a Laura, con suerte dos veces al año. En el cumpleaños de Pablo, y quizás de casualidad, alguna vez, en la calle. Fin de mi contacto con Laura. A mí me parecía una mina piola, trabajaba de docente en algún colegio primario del gran Buenos Aires y era la mamá de los hijos de Pablo. Suficiente.
–Disculpá que te moleste a esta hora –dijo Laura.
–No me molestás, Laura –dije, miré la hora. Eran las once y veinte de la noche. Sí, me molestás.
–Te llamo por Pablo –dijo Laura.
–Sí, decime.
Se hizo otra pausa. Y hubo una congoja, un acceso de llanto que fue sofocado por un pañuelo.
–¿Está con vos?
–¿Eh?
–Si está con vos, Pablo –Laura logró seguir hablando, su voz quebrada.
–Laura, no.
–Es que no vino del trabajo –no me dejó terminar–. No atiende el celular, ya llamé a su hermana y a la mamá. Nadie sabe nada, no está por ningún lado.
–Sé que a veces te va a ver a vos –siguió–. Sé que va a tu casa a comer pizza y a tomar vino, no importa, está todo bien. Cuando vuelve de tu casa me dice que tuvo una reunión de trabajo, pero le siento el aliento. Fugazzeta, siempre, y vino. Todo bien.
–No está acá –dije–. Viene los miércoles, cada dos miércoles.
–Sí, lo sé –Laura se sonó la nariz–. Pensé que podían haber cambiado el día.
–No.
–Fui a la comisaría
–¿Para qué?
–¡Cómo para qué, cómo para qué! –Se puso de pie, Laura. No, no porque la estuviera viendo. Oí cómo se caía una silla al piso–. Tendría que haber vuelto a las seis de la tarde. Y son las once de la noche.
Nada, no dije nada.
–Llamé a los hospitales, también –dijo Laura–. Emergencias.
–¿Y?
–Nada, nada de nada. No está, Pablo, no está en ninguna parte. ¡Estoy desesperada, Juan! ¡No sé qué hacer!
–Quizás se fue –dije.
–¿Qué?
–Que quizás se fue, Laura –encendí un cigarrillo, pité–. Desde hace un tiempo me venía diciendo, bueno, no te ofendas.
–¿Qué? ¿Te venía diciendo qué?
–Que se quería ir. Que no daba más.
–¿Tiene otra mujer? ¿Es eso? ¿Tiene otra mina, no?
–Mirá, yo no sé, Laura. Tené un poco de paciencia, seguro aparece. Pablo no puede vivir sin vos y adora a los chicos. Hay un momento donde miramos por la ventanilla de la vida y lo único que vemos es un repetido paisaje, desierto sin arena creo que dijo el poeta. Debe estar agobiado, confundido, buscando fuerzas para poder continuar con tanto sinsentido, nada más.
–Qué forro que sos, Juan. Siempre me pareciste un pelotudo mal –cortó.
La verdad, Pablo jamás me había dicho nada respecto a rajarse. Si en verdad le había pasado algo malo, si lo había atropellado un camión, bueno, no se podía hacer nada. Pero si aparecía, entonces Laurita iba a quedar de lo más asustada. Ninguna mujer resiste ser abandonada, eso, la sola posibilidad, las suaviza un poco. Las pone más dulces.

14.6.18

Climatronic


Tenía que cambiar el auto. La verdad que mi auto estaba viejo, lo había comprado cuando se murió mi padre. Hacía de esto más de diez años.
Alguien, un amigo, me recomendó una concesionaria de automóviles donde conocía a alguien que me iba a hacer un buen precio. No, no importa qué marca era mi automóvil, ni tampoco importa de qué marca era el automóvil que estaba yendo a ver. Prescindamos de eso.
El asunto es que llamé y me dijeron que pasara tal día. Fui, me atendió un vendedor de unos cincuenta años, flaco, de traje y corbata. Era calvo, el vendedor, pero se notaba que por encima de su natural calvicie debida a la mala alimentación quizás, al paso del tiempo, a la fatiga de materiales por decirlo de algún modo, se rasuraba la cabeza, con una maquinita supongo, como mínimo una vez por semana. Siempre he pensado que rasurarse el cráneo es una suerte de mutilación, un castigo, una manera de dejar en claro el profundo disgusto que tiene, el portador de la cabeza, con relación al cabello que le tocó en suerte, quizás con su propia vida. Me parece algo excesivo, como si alguien que en los demás órdenes de la vida resultara ser un imbécil más o menos normal, hubiera tenido, con relación a su cabello, un ataque de personalidad. No corresponde, no va.
Hice un par de preguntas sobre el modelo del automóvil que estaba intentando comprar. El precio desde ya, y tal o cual prestación. La idea era que el vendedor me explicara algo, las ventajas del modelo en cuestión, para luego preguntarle en cuánto tomarían mi viejo automóvil como parte de pago. Lo normal.
El vendedor parecía no estar a gusto, quizás con la situación, quizás con mi persona. Me pasa últimamente que ni bien entro a un lugar, sin haber dicho una palabra todavía, caigo mal. Soy tan luminoso que hago daño en la tremenda oscuridad que envuelve a la mayoría de las personas, es algo que no depende de mí. No lucho contra eso, miro un poco más arriba de los ojos de mi ocasional interlocutor y dejo que su odio se vaya derramando, sé que su vida después de verme no volverá a ser la misma y sé que el aprendizaje es doloroso, lo dejo estar.
–Tiene climatronic –dijo el vendedor, mostrando un folleto.
–¿Eh?
–Que tiene climatronic, el auto –dijo el pelado. Miraba a los costados, como queriendo escapar.
–¿Y qué vendría a ser el climatronic? Si se puede saber –Pregunté.
–Ehh –se pasó una mano por la cara–. Ehh, es un sensor, un sensor.
–Un sensor de qué.
–Un sensor –repetía el pelado, hizo una teatral pausa–. Si llueve, el sensor detecta la lluvia. Y se enciende el limpiaparabrisas, solo.
–Mire –dije–. Si no estoy capacitado, si no estoy consciente como para darme cuenta si está lloviendo, bueno. No sólo no estaría en condiciones de manejar, creo que sería equivalente a decir que no estoy en condiciones de saber si me tengo que limpiar el culo. Tengo derecho a pensar, entonces, que el automóvil que usted me está ofreciendo tiene climatronic porque el automóvil me considera un pelotudo. Y desde ya, usted me considera un pelotudo, también. Lo cual es opinable, pero me resulta un poco antipático como argumento de venta. No sé si me entiende.
–No, bueno. Yo… –Se cubrió la cara con las manos el pelado. Parecía como si estuviera por largarse a llorar.
–No pasa nada, capo –le di una palmada en el hombro, me puse de pie. O al revés–. El auto que me querés vender es una mierda, una total y absoluta mierda. Fracasamos todos, todos quisimos ser otra cosa pero eso ya lo sabés.

7.6.18

Punto de partida


Está mal desde el vamos, y no es culpa de nadie. Así fue planteado desde un comienzo, a nadie se le ocurrió revisar la cuestión. Una pena, porque la sociedad, la vida en sociedad se estructura, de algún modo, desde ahí. Aquello de ‘no es bueno que el hombre esté solo’, o ‘la familia es la célula básica’, boludeces por el estilo. En fin.
El proceso de seducción, a eso me refiero. Porque para estar con alguien, para irse a vivir o para coger o quizás las dos cosas, primero hay que conocerse. Gustarse, podríamos decir.
Siempre hay una primera cita, eso digo. Incluso en los casos donde te conociste en un boliche si querés, y fuiste a la playa movido por el tornado del deseo, bueno. Hay un día después, y entonces hay una noche después, una primera cena, algo así.
Cuál es el punto, el quid. En esa primera cita, la mujer y el hombre intentarán brillar. Potenciar cualquier positivo atributo, los tengan o no, y ocultar aquello que desprecian de sí mismos, lo que los avergüenza.
Se trata, entonces, de mostrar una versión mejorada de uno mismo, se intenta deslumbrar de algún modo a la persona que se tiene enfrente. En eso consiste, sin excesivas dificultades interpretativas, el proceso de seducción.
Pero no, eso está mal. Allí subyace, es su génesis, el fracaso todo. Lo que se desenrollará con el hilo hecho de tiempo y hará que todo termine en reproche, en odio, en rencor. Para la mierda para ser más exacto.
No puede resultar de otra manera. Pusiste en esa primera cita la vara a una altura que jamás podrás volver a saltar. Aquello que dijiste que eras y jamás fuiste. Aquello que mostraste pero no sos.
Por eso, en lo que a mí respecta, lo que hago en la primera cita es mostrar lo peor de mí, la inmunda alimaña que me habita, el repugnante ser que soy, que me contiene que me envuelve y que me abarca. Si lográs superar ese primitivo asco de ese horroroso comienzo, bueno, podés estar segura que lo nuestro no hará otra cosa que mejorar. Pero puede suceder, está claro y es tan pertinente como apropiado, que no logres soportar ese primer contacto. Y eso creéme, yo sé lo que te digo, es todavía mejor.

28.5.18

Relámpago


Mirá, en algún momento de tu vida adulta, digamos alrededor de los treinta años. Puede ser a los 28 pero no a los 25, puede ser hasta los 33. Somos todos diferentes desde ya, aunque no tanto.
En algún momento de tu vida adulta entonces, decía, te vas a dar cuenta que la vida no tiene sentido. Te vas a dar cuenta que no hay adónde ir, pero tampoco tenés adónde volver. Pusiste lo mejor de vos en la moto que arrancaste a patada en la carrera de la vida que consiste en estudiar y trabajar y casarse y tener hijos y comprar un auto y veranear en una playa donde el agua debería ser turquesa y las palmeras de cerca nunca son como en las fotografías, algo es diferente.
Pero te vas a dar cuenta que la vida no tiene mayor sentido. Vas como una valija en una cinta transportadora que no conduce a ninguna parte, y ni siquiera sabés demasiado bien por qué.
Llega el relámpago entonces, el reconocimiento, sos envuelto en una manta polar hecha de la futilidad más pura.
Una vez ocurrido el reconocimiento puede suceder las más variadas cosas. Puede que intentes comprar un auto descapotable de color clarito, puede que te quedes mirando a la jovencita en cuatro patas que se arquea de esa manera tan particular mientras aguarda recibir la tarifada poronga, puede que te den ganas de conocer sitios exóticos, caminar por el centro de Tokio a las dos de la mañana buscando un lugar donde tomar un whisky decente, puede que tengas ganas de sentarte a la orilla del Ganges mientras quizás demasiado cerca un barbudo se pone en cuclillas y comienza a defecar.
Sigo. Puede que quieras ser gerente intergaláctico de algo o ir a un gimnasio a practicar el entrenamiento de los Seals, puede que quieras tomar cursos de fotografía o aprender a surfear.
Lo que hay que entender es que todas esas cosas son maniobras distractivas. Lo importante es no romper demasiado las pelotas, no hay escape.

21.5.18

Medio corcho


Lo explico pero no mucho, me cansé de explicar, además no me pagan para explicar. Son las ganas de ayudar, lo explico de onda.
Si vivís en una ciudad, cualquier ciudad del occidente capitalista civilizado, bueno, estás hecho mierda. No depende de tu voluntad, no, no importa si vas a yoga dos veces por semana, si tomás yogures para cagar como un colibrí.
Vivís en la ciudad y estás arrasado por el twister hecho de idioteces multimedia y correr, siempre correr, siempre apurado para poder llegar a un lugar al que no sabés demasiado bien para qué fuiste y del que te gustaría irte apenas llegás pero tampoco tenés muy en claro adónde volver.
Hasta que algo cede, algo se rompe, fatiga de materiales podríamos decir. Se suelta una costura de tu atribulado ser y te empezás a descascarar. Empieza el plano inclinado, la escalera mecánica de la vida que va siempre para abajo y te va a ganar.
Bueno, lo que tenés que hacer es llevar medio corcho encima. Sí, medio corcho, compraste una botella de vino cualquiera para la cena, y te guardás el corcho. No lo tirás.
Al día siguiente, cuando tenés que salir a la calle para seguir con esa cadena de errores que podríamos denominar ‘tu vida’. Agarrás el corcho y lo cortás, con un cuchillo, por la mitad. En realidad puede ser menos de la mitad, entre la mitad y un tercio es lo ideal. Y te guardás el pedazo de corcho, la mitad del corcho, en un bolsillo. Puede ser un bolsillo del pantalón, o un bolsillo de la campera, te vas a ir dando cuenta con el tiempo dónde lo tenés que llevar.
El corcho tiene propiedades que no se conocen. Tiene la capacidad de absorber los rayos Wilkinson y las ondas de Tupolev, toda la mierda que se genera en la biósfera. Para que entiendas, sólo para dar un ejemplo. Si vas a un hospital, si vas a visitar a alguien que está en terapia intensiva y te sentás en la sala de espera. Se te pega, se adhiere a vos toda la tristeza de la gente que estuvo llorando ahí cuando le dieron las malas noticias sobre sus familiares. Y eso se te mete en la sangre, como el polonio, y un buen día te largás a llorar como un chico mientras estás comprando doscientos gramos de salchichón primavera en la fiambrería y no podés entender por qué. Así funciona.
Pero si llevás medio corcho entonces no te pasa nada. El corcho hace de pararrayos de la tristeza y a vos no te pasa nada. Te permite continuar lo más bien.
Listo, eso es todo. Llevás medio corcho encima y la locura pasa de largo, la tristeza patina como si estuvieras hecho de teflón, el sinsentido de la vida no logra averiguar dónde estás para darte la definitiva piña.
El corcho amortigua el odio del otro, repele toda la mierda que envuelve el planeta como una nube (de mierda), es, por decirlo de algún modo, porque de algún modo hay que decirlo, el escudo de he-man. Vas a flotar.

14.5.18

Variaciones sobre el arte de ayudar


La historia es más o menos, siempre más o menos, la vida es más o menos ya lo deberías saber, así.
La chica era una chica chiquita, siete años o nueve. Y le tenía miedo a la oscuridad. Vivía en un pueblo a unos quinientos kilómetros de la capital federal, con sus padres, con su hermana mayor. Podríamos decir que su vida todavía no había comenzado. Iba al colegio, segundo grado, no sé, todo muy tranquilo. Su padre trabajaba, la madre mantenía la casa andando, se reunía la familia a comer todos los domingos. Tenía hermana, algunas amigas, un perro, un par de primos.
La chica le tenía miedo a la oscuridad, terror, pero eso ya lo dije. Le dejaban una luz prendida en el pasillo cuando se acostaba en la cama, hasta que se quedara dormida. No podía quedarse sola, y si se quedaba sola porque su hermana había ido al baño o a su cuarto con una amiga, prendía la televisión de inmediato, para sentirse de algún modo acompañada.
Cuando tenía que subir a su cuarto, o si iba al baño, la niña, primero metía la mano manteniendo todo el resto del cuerpo fuera, pegada a la pared del pasillo se estiraba, hasta que lograba prender la luz y ahí entonces sí, una vez que había luz, podía ingresar a la habitación.
Y su padre decidió curarla del susto. A su manera, claro, un hombre rústico que tenía una camioneta y trabajaba haciendo reparto de lácteos por los pueblos de la zona. Le gustaba el juego, el alcohol, las prostitutas, las tres cosas juntas.
Habían cenado, era sábado. Y el hombre sabía que su hija al ratito nomás iba a su cuarto a buscar sus cosas para jugar. El hombre se puso de pie con lentitud, apestando a vino barato y al fastidio de siempre. ‘Salgo un rato’, dijo. Su mujer ni lo miró, sabía que los sábados su marido salía y se lo traerían con suerte de madrugada, borracho, perdido.
Pero el hombre no salió. Subió y se escondió en el cuarto de la niña, pegado a la pared, a oscuras. Cuando la niña subió se detuvo junto a la puerta entreabierta, dio un par de pasitos cortos, apenas, estirando el brazo hacia adelante tanto como le era posible para palpar el interruptor. Y entonces el padre, desde adentro, le agarró la mano a la niña, y dio un tirón.
La niña estuvo casi dos años sin hablar, pálida como un fantasma, había que ayudarla a comer, el perro no se le despegaba un instante, la seguía por toda la casa. Le quedó también un problema para caminar, cada cuatro o cinco pasos daba un saltito y giraba la cabeza, como si la hubieran llamado desde atrás. Logró terminar la escuela primaria, trabaja en una panadería. Le gustan los animales y las películas antiguas, cocina bien.

7.5.18

Así me gusta a mí


Me gusta cuando las cosas no salen como vos pensás. Me gusta cuando el tipo que come una pechuga con una ensalada desde hace veinticinco años se queda seco en la calle, o lo pisa un auto. Me gusta cuando la chica por la que todos hubiéramos estado dispuestos a matar durante la secundaria se transforma en un rotundo lechón. Me gusta cuando al neurocirujano le roban el auto. Me gusta cuando volvés a tu casa y encontrás a tu marido cogiendo con la boliviana que hace la limpieza, que tiene por lo menos veinte años más que vos. Y veinte dientes menos que vos. Me gusta cuando ibas ganando y en el último minuto no. Me gusta cuando se te escapa el perro, cuando quiebra el banco, cuando la azafata sale a decir que no va a poder servir la comida, que mejor conviene esperar un poco porque bueno, y vos te das cuenta que su rostro está hecho del más puro terror. Me gusta lo que se rompe, lo que se hunde, lo que se cae, lo que no puede ser la puta madre que te parió.
Me gusta cuando las cosas no salen como vos pensás, ya te dije.

28.4.18

El sueño que te estoy contando


Tuve un sueño. Te lo cuento, el sueño.
​Supongo que fue corto, el sueño, pero viste cómo es. La dimensión temporal, por decirlo de algún modo, se altera. Quizás vos pensás que estuviste escapando a través de la selva, no sé, una semana, y el sueño duró tres minutos. Quizás vos sentís la muerte, que te caés de una terraza y te morís, y lo estuviste soñando, el episodio, cuatro horas.
​Para mí el sueño fue corto, aunque tampoco podría asegurarlo. Y parecía, lo que te voy a contar, parte de otro sueño, de un sueño más grande que no recuerdo.
​Lo que recuerdo del sueño, o sea el sueño, el sueño que te quiero contar, era más o menos así.
​Sentí algo, algo como un pinchazo en una mano. Más precisamente en el borde, en el canto exterior de mi mano izquierda. Iba caminando por la calle, era de noche, y sentí eso.
​Me miro la mano, en el sueño, para ver qué me pasa.
​Raro. Primero me parece un insecto, pero no es un insecto. Es un tiburón, un tiburón con la cabeza más ancha, como más cuadrada, como un tiburón tigre. Pero chiquitito. Voy caminando por la calle, y tengo prendido a mi mano izquierda un tiburoncito que debe tener, no sé, quince centímetros de largo como mucho, por tres centímetros o cinco centímetros, de ancho.
​Eso es lo que me duele, la mano, porque el tiburoncito me está mordiendo. Yo voy caminado por la calle, y el tiburoncito va prendido ahí, a mi mano, moviéndose apenas, acompañando de algún modo el movimiento que hace mi brazo al caminar.
​No, ya sé, no cierra nada con nada, pero es un sueño, el sueño que te estoy contando. Ya sé que si es un tiburón, un tiburoncito, y no está en el agua, debería morirse. Pero no se muere. Muerde, sigue mordiendo, y no hay forma que me suelte la mano.
​Algunas otras cosas del sueño.
​Intento que el tiburoncito me suelte la mano, pero no suelta. Si tiro de la cola, me duele más, es peor. Sacudo la mano, pero nada. El tiburoncito está prendido de mi mano y no hay manera de quitarlo. También descubro que, en medio del dolor, aunque duele, es un dolor manejable. Puedo soportarlo.
​Finalmente, me agacho, pongo una rodilla en el piso, me saco un zapato. Después, pongo la mano, la mano izquierda, sobre la vereda. Apoyo la palma. Y le empiezo a pegar, con la otra mano, al tiburoncito, violentos taconazos de mi zapato. Varias veces, como si estuviera rematando un insecto, una araña.
​Logro el cometido. El tiburoncito, desfalleciente, afloja la mordida, logro liberar la mano. Me pongo de pie. Ha quedado el cuerpo del maltrecho y minúsculo animal, sobre la vereda. Hay también salpicaduras de sangre.
​Falta algo más. Ya estoy de pie, nuevamente. Pongo la mano a la altura de mi cara, para poder observar, con cierto detalle, el daño. Me miro, de cerca, el canto de la mano, para lo cual tengo que hacer una extraña torsión del brazo.
​Nada, es como si hubiera un agujero rectangular. Puedo mirar a través de mí, de mi mano, y veo el paisaje, la calle, los árboles, porque no hay nada. Allí donde me mordía el tiburoncito, hay un espacio. Se ve lo que hay del otro lado.
​Listo, ese es el sueño. No, no tengo la más puta idea qué significa. Pero da toda la impresión que vos no vas a querer ir a coger, y tampoco tenés mucho para decir. Ya casi no queda vino, los ravioles estaban buenísimos. Si querés podés ir yendo, yo pago.

21.4.18

Eso de lo que estamos hechos


Los seres humanos tenemos una parte centrífuga y una parte centrípeta. De acuerdo a la parte que se imponga, que de algún modo predomine, podríamos decir que los seres humanos pueden ser agrupados en dos grandes categorías: los centrífugos y los centrípetos.
Si sos centrífugo, tu esencial característica es la expansividad. Creés que valés mucho, que estás para más. Querés conocer gente, hacer esquí acuático, tirarte en paracaídas, viajar. Te gustaría hacer un safari y ver cagar a un elefante detrás de un árbol, andar en canoa, correr maratones, ir a fiestas electrónicas. Te parece que tenés algo interesante para decir sobre prácticamente cualquier tema, tu opinión vale, irías sin inconvenientes a las reuniones de consorcio para discutir sobre el horario en que conviene encender la caldera del edificio, qué marca de escobillones conviene comprar, te gusta chatear.
Si sos centrípeto, entonces dudás. Sobre vos mismo, más que nada. Te molesta estar con mucha gente, escapás de los recitales y de los espectáculos deportivos. Te puede parecer que todos son más jóvenes que vos, más flacos, más felices. Te parece bien quedarte quieto, hacer meditación o a lo sumo yoga, en un asado en familia se olvidan de preguntarte si querés otra porción de mollejas, o de matambre. No le darías un beso a tu novia en un colectivo, te parece que las demostraciones de afecto corresponden al ámbito privado.
Si sos un masculino centrífugo, por la ley de los opuestos, te atraerá una chica centrípeta, te parecerá que es buena o dulce, que prende incienso o sabe cocinar. Si sos una femenina centrípeta, te deslumbrará un muchacho centrífugo. Alguien que te lleve a coger a la terraza o que tome whisky o cocaína (o las dos cosas, taco y punta). Porque le aporta aventura a tu vida, algo divertido, velocidad. Se entendió, y la recíproca también se aplica, masculino centrípeto con femenina centrífuga. No hace falta insistir.
Hay una característica más, algo que define tu precario paso por la tierra. Un rasgo que subyace, que todo lo abarca y lo contiene, se impone por sobre los distintivos factores que acabo de detallar.
Es lo boludo que sos. Independientemente si preferís moverte o quedarte quieto. Tu boludez es un mar.

*en la última oración, donde dice ‘boludo’ se puede escribir ‘boluda’, donde dice ‘quieto’, quieta. el sentido del texto permanece inalterado.

14.4.18

A trabajar


Teníamos programado un desayuno con Martín. Martín conocía a la secretaria de un diputado. Se la estaba cogiendo, eso también es conocerse. La secretaria le había conseguido una reunión, a Martín, con el diputado. Necesitábamos una habilitación para poner un puesto de panchos. Me había contado la idea, Martín, y me había contado cuánto dejaba un puesto de panchos. Me había pedido la mitad de la plata para poner el puesto, o quizás algo más. El conseguía la habilitación, él tenía los contactos.
Salió todo como el culo, la fuerza de la costumbre. Martín se había peleado con la secretaria, la secretaria del diputado, o se la había cogido mal, sin el debido énfasis, y la secretaria le había cancelado la reunión. O el diputado pedía ahora una comisión comparable con lo que debía dejar el puesto de panchos durante los primeros quince años. Imposible.
Me llamó Martín y me dijo que se había caído la reunión, y que él se iba con la secretaria, otra secretaria, la secretaria de su dermatóloga en esta oportunidad, a Pinamar. No, no quería poner un consultorio de nada, quería coger y dormir en el departamento de la secretaria y que le reventaran los granitos de la espalda. Bien por Martín.
Era lunes y era temprano todavía, caminé para el centro. Entré en Los 36 Billares, me pedí un café, una medialuna de grasa, y pensé si debía leer el libro que tenía encima o si me daría más satisfacción mirar por la ventana. Distintas clases de ficción.
Tenía que ir a trabajar, pero tenía más de una hora todavía. Lejos había quedado el tiempo en que soñaba con tener una vida para mí. Una hora por día estaba muy bien, no te quejes, un trato justo.
Entra el tipo, muy flaco, jeans y una camisa verde agua. Huesudo, peinado para atrás con gel. Rayban imitación, un maletín en la mano.
–Hola, Toti –se sentó, dejó el maletín, me dio la mano–. Soy Ángel.
Justo estaba tomando un sorbo de café, pero con la mano libre lo saludé. No hay cosa más difícil que no darle la mano a alguien que, justamente, te da la mano.
–Es sencillito, todo bien sencillito –el tipo no se sacó los lentes–. El Mago ya te lo explicó. Esperamos que abra el banco, y diez y media entramos. Todo dura tres minutos. Va a estar justo estacionado el camión de caudales en la puerta, y atrás un Renault 19 rojo. Está todo arreglado, uno de los guardias es nuestro, es el que dice ‘tengo familia’ ni bien sacamos las armas. Agarramos las bolsas. Enfrente hay un auto más, un Vento nuevito, recién afanado. Maneja un pibe que podría ser piloto de Fórmula 1. Cargamos las bolsas, nos subimos y nos vamos. Un palo por cabeza mínimo, cinco minutos de trabajo.
–Pero –dije.
–Preguntá, preguntá lo que quieras –el tipo levantó una mano y pidió una tónica–. Se nos enfermó Gomesito ayer y El Mago habló maravillas de vos, por eso te habilitamos. Te respeta mucho, dice que sos el mejor ladrón de bancos que conoció en su vida. Dice que cuando fuiste en cana te la bancaste como un campeón, y eso que te molieron a palos. Un gusto trabajar con vos, che.
–Me gustaría decir algo –dije.
–Lo que quieras –vino el mozo, el tipo pagó–. Preguntá lo que quieras y vamos yendo, están los pibes en el auto. Traje una escopeta recortada que mete miedo. ¿Vos? ¿45? ¿Glock .40?
–No soy Toti.
–¿Qué?
–No soy Toti. Me llamo Juan. No conozco a ningún Mago. Jamás estuve en la cárcel. Debo tener 250 pesos en el bolsillo. No soy ladrón de bancos.
–¿Me estás jodiendo?
–No.
–Uh –sacó un celular–. Pará.
Marcó un número. Esperó. Sonó un teléfono que no fue mi teléfono, sonó el teléfono de un tipo peinado con raya al costado que tomaba un café y miraba por la ventana, más cerca de la puerta, a unas tres mesas de distancia.
–Entré y me mandé de una –el tipo se puso de pie, me volvió a dar la mano–. Estaba seguro que eras vos, disculpame.
–No pasa nada –dije–. Y suerte, lo que se diga en estos casos.

7.4.18

Sistema nervioso


–¿Sufren las arañas?
–¿Eh?
–Si sufren las arañas. Si vos pensás que sufren cuando las pisan, por ejemplo. Cuando un chico, jugando, les arranca una pata.
No sé de dónde me vino la pregunta, el razonamiento. Estábamos acostados en la cama, con Mariana, los dos boca arriba. Habíamos cogido, como solíamos hacer los jueves. Habíamos cenado también, antes de coger, en un restaurante italiano bastante pedorro pero que a ella le gustaba. Lo que le gustaba en realidad era una entrada. Una especie de lasaña de berenjenas, eso comía, nada más. Yo me pedía unos agnolottis de ricota y nuez, o unos fusilli con brócoli y ajo y trataba de tragarme la botella de vino entera. Mariana tomaba medio vaso nomás, para acompañar. Yo lo que precisaba era aturdirme, no pensar. Pero sabía que aunque me limpiara el tubo de vino y después me tomara un par de whiskys en casa, igual me iba a costar dormir.
–No sé –dijo Mariana, reclinada sobre un almohadón para poder fumar. Miraba la televisión pero sin volumen. Miraba pero si le hubieran preguntado qué miraba no hubiera podido responder. Miraba pero no miraba.
–Es importante, entendeme. Las personas sufren, eso está claro. Ahora un perro atropellado aúlla de dolor. Un caballo que se rompe una pata le duele, no hay más que ver su mirada. ¿Pero hay sufrimiento? Es muy complejo el tema.
–Sí, claro –dijo Mariana, pitó.
–Mezclamos dolor con sufrimiento –seguí–. Porque el dolor está siempre, pero el sufrimiento es opcional. Quiero decir, el sufrimiento es un adhesivo, un sticker que agregamos por encima del dolor. Y para eso tenemos que tener conciencia de nosotros mismos, la noción de ‘yo’, la ‘yosoidad’ podríamos llamarlo. Eso, conciencia de uno mismo, característica por excelencia del ser humano, con la que le agregamos sufrimiento al dolor. Porque el animal le duele, claro que le duele. Pero no tiene la pregunta ‘¿por qué?’, adosada, ni tampoco ninguna otra pregunta. Para el animal lo que sucede es parte de una totalidad. No existe lo que ‘le’ pasa, existe, simplemente, lo que pasa. Ahí está la clave para no sufrir. Una vez leí un filósofo jesuita que decía que la iluminación era ‘cooperación absoluta con lo inevitable'. Se aplica a lo que estamos hablando, hay dolor pero no hay sufrimiento.
–Ehh, sí. Puede ser –se rascó debajo de una teta, Mariana, con un meñique.
–Yo creo que con los mamíferos nos identificamos y nos parece que sufren, estaríamos dispuestos a jurar que sufren. Ahora más allá de los mamíferos no sé –dije, gargajeé–. Porque a un perro vos ves que le duele lo que le pasa y le adosás sufrimiento, pero a una araña no sé. ¿Cuál es la diferencia entre el sistema nervioso de una araña y un perro? ¿Y un mosquito? ¿Y un gusano?
–Mirá, no sé –dijo Mariana–. Y tampoco sé por qué me preguntás todas estas cosas.
–Debe ser porque me aburro mucho con vos –dije–. No te soporto.

28.3.18

Desde aquí


A veces prendo el televisor, llego a casa y no tengo un pomo para hacer hasta la hora de la cena, la verdad, vivir es pagar el gas, hervir arroz, no mucho más que eso.
Prendo la televisión, entonces, están los noticieros o los programas de espectáculos, con panelistas, alguien intentando ser gracioso o divertido, ahora es todo lo mismo.
Y ponele que muestran imágenes de un maremoto en Japón con olas de sesenta y seis metros de altura que se devoran edificios enteros como si fueran de hojaldre mientras la gente grita (en japonés) del más puro espanto.
O se escapan tres leones de un zoológico en Minneapolis o en Minnesota y los leones entran a las casas y se comen un bebé con papas españolas y la gente grita y hay francotiradores que se suben a los techos de los edificios mientras los leones van y entran a un supermercado y se puede ver la sangre desparramada sobre el piso junto a la góndola de los quesos.
O entrevistan a alguien, alguien que apenas puede hablar del susto que tiene. Alguien que iba por la ruta a Rosario y era medianoche y se le apareció una nave espacial de frente y se bajaron tres marcianos medio panzones con cabezas en forma de huevo y ojos fosforescentes y le dijeron que venían a colonizar el planeta tierra y que les gustaban mucho las papas fritas en tubo con dulce de batata. Y se lo garcharon.
Y así, más o menos así son las noticias. Un delivery de tragedias. Pero yo sonrío, pongo el agua para los ravioles, me fijo si me queda queso rallado. Trabajé más de diez años en oficinas, a mí no me asusta más nada.

21.3.18

Espejito, espejito


Hago lo que te voy a contar, hago lo siguiente. Si me cruzo con alguien en cualquier parte, en la calle o en el trabajo o en un bar. La persona que te saluda porque te conoce, o puede ser un extraño a veces, si estás haciendo un trámite o comprando algo. La persona, entonces, decía, dice algo. Y lo que dice en el 97% de los casos es una estupidez, o una agresión. Alguien que te conoce te puede decir ‘che, estás más gordo, ¿no? Cuidate, mirá que ya estamos en una edad jodida’. O ‘¿Así que fuiste de vacaciones a Pinamar? Por qué no vas a Necochea que es más barato, si la arena es igual en todos lados’. En fin, variaciones por el estilo.
​Entonces, lo que hago. No hago nada, apretás pausa. Lo único que hacés es levantar la vista, un poco, unos catorce o diecisiete grados quizás. Y tratás de sentir un punto. Un punto en vos, la palma de una mano, debajo del ombligo, detrás de la cabeza. Puede ser la planta de los pies. Tenés que encontrar ese punto donde te resulte cómodo anclar la atención.
​Y listo. Hacés eso. Metés esa pausa mientras tu atención va a ese punto, ahí te quedás. No respondés, no decís más nada. Pueden ser cinco segundos, o diez, no hace falta más.
​Y vas a ver cómo la persona se desmorona por completo. Se ríe o se disculpa, se desdice, puede que agregue ‘la verdad que siempre me pareciste un tipo único, una persona genial’. Puede que la persona se vaya prácticamente corriendo, me ha pasado también que alguien me diga ‘no puedo más’ y se largue a llorar.
​Es esa pausa sin reacción, donde vos te corrés como si supieras que estabas de algún modo obstruyendo un espejo. Como si viniera un chorro de luz, desde atrás y desde arriba, y vos lo dejaras pasar. Y entonces la persona, el ocasional interlocutor tiene aunque sea por un instante la oportunidad de verse, algo que quizás jamás había hecho. El horrendo monstruo que lo habita, y no lo puede soportar.

14.3.18

Pasa el tren


Iba caminando, tenía que ver a un amigo de Martín que quería comprar un auto, y yo vendía mi auto. El tipo vivía por zona norte y se volvía del centro, me dijo que tomáramos un café en Selquet
​Así que bajé por Olleros, se me ocurrió que todavía era temprano, tenía tiempo así que pensé que podía dar una vuelta por Palermo, estirar las piernas. Después ir a Selquet, mostrarle un par de fotitos del auto al tipo, decirle el precio a ver si estaba interesado. Yo no me iba a comprar otro auto, no necesitaba otro auto, no tenía adónde ir. Necesitaba guita eso sí, aunque más no fuera para quedarme quieto. Si no conseguía algo de guita pronto no iba a poder dormir nunca más en mi vida.
​Llegué a Libertador, crucé Libertador. Entonces escuché el sonido, vi las barreras bajas, arrancaba el tren que iba para el centro.
​Me sonó el teléfono. Moni, quejándose tal era su costumbre. Que había llamado el propietario porque debíamos tres meses de alquiler, que yo le había prometido que la iba a llevar el sábado al teatro pero era viernes y ni siquiera había sacado las entradas, que el domingo tenía el cumpleaños de su hermana y ella quería llevar una torta y yo había dicho que la llevaba a comprar la torta pero que no iba a a hacer un pomo, como de costumbre. Puteaba, Moni, le encantaba putearme mientras se quejaba. Decía ‘forro’ muchas veces, decía ‘qué pelotudo’.
​Entonces dejé de escuchar, con el teléfono todavía en la mano, y miré. No podés escuchar y mirar al mismo tiempo, lo había leído en una revista científica, te parece que sucede todo al mismo tiempo pero no es al mismo tiempo, estaba estudiado. Así como tampoco se puede tener más de un pensamiento a la vez, es secuencial.
​Un perro, sí, un perro. Atorrante, bigotudo, de los perros que suelen andar por ahí, por las vías del tren. Pensé ‘¿es sordo? ¿cómo puede ser que no se vaya?’, porque el tren ya había arrancado y agarraba velocidad. Debía estar, el perro, en el medio de las vías, a unos treinta metros de distancia.
​Y vi. El perro levantó la cabeza y me di cuenta que estaba enganchado. De una pata, se había quedado trabado en las vías. Tiraba un poco pero le dolía y no podía porque el dolor te quita la voluntad, todo su ser preso de un temblor, la exoftálmica mirada, la desesperación más pura.
​Sonó la bocina, más fuerte. Pero era inútil, el perro no podía moverse, el tren no podía parar. Miré, grité algo y miré.
​–¡Eh!
​Pero el conductor que también había visto al perro se agarró la cabeza con una mano, esperando el mínimo e inevitable impacto.
​Y entonces, como en las películas, como si todo transcurriera en cámara lenta, pensé.
​Pensé si hay un Dios, si existe algún Dios, una fuerza superior, algo, entonces el perro no va a morir. Porque no, el tren no lo va a atropellar, el perro va a lograr soltarse la pata.
​Eso pensé, limpio y claro como un pomelo, en ese preciso instante.
​Y mientras escuchaba el aullido del perro pulverizado por el metal, sentí el toque. Un chiquito me arrancó el teléfono de la mano, pasó justo por detrás del tren y corrió a toda velocidad para el lado del bosque.
​Quién dijo que el orden universal tiene algo que ver con tu conveniencia personal, con lo que vos creés que debería ocurrir, como vos pensás que deberían ser las cosas. Seguí.

7.3.18

Un asunto filosófico


Iba por la ruta, a Pinamar, fuera de temporada. Se había muerto mi abuelo y había dejado un departamentito en Pinamar. Mi abuelo tenía dos hijas, mi madre y mi tía S. Mi tía S. le había dicho a mi madre que no podía venir con nosotros porque tenía un problema en una pierna, y su perro salchicha que se llamaba Tommy, bueno, no lo podía dejar solo porque se angustiaba, se ponía mal. Yo ya tenía todo más o menos arreglado para vender el departamento con una inmobiliaria de allá. No era gran cosa, pero era algo.
Era viernes a la mañana. Íbamos, firmábamos, y volvíamos al otro día.
Conducía el auto de mi difunto padre, un Ford Escort viejo sin dirección hidráulica que probablemente jamás había sido lavado. Yo acababa de divorciarme y le había tenido que dejar mi auto a Mónica.
Después de Dolores nos paró un control policial. Me tiré a la derecha, me detuve.
–Buenos días, señor –dije al oficial, algo excedido de peso y con la cara picada de viruela.
–Registro, seguro, cédula verde –dijo.
–Sí –dije y miré a mi madre mientras sacaba mi registro del bolsillo de la campera.
Me miró, mi madre, con esa mirada transparente tan bonita que siempre había tenido. Me miró y sonrió, apenas. En su mundo. No tenía un solo papel, no tenía idea de qué le estaba hablando. No debía pagar patente ni seguro desde la muerte de mi padre, y mi padre había muerto hacía varios años. Pagar las boletas era algo que hacía mi padre, y mi madre simplemente había considerado que todo lo que hacía él, mientras vivía, debía seguir haciéndolo de algún modo después de muerto.
–Oficial –dije, bajé del auto–. Tengo mi registro, pero no tengo los papeles del auto. El auto es de mi madre, bueno, en realidad es de mi padre, y acaba de fallecer su padre, el padre de mi madre, o sea mi abuelo. Estoy yendo a enterrarlo, a mi abuelo, en Pinamar.
–No tiene los papeles del auto –dijo el oficial, y se tocó, casi, apenas, la gorra.
–Mi madre tiene alzheimer –dije, la señalé. Mi madre miraba por la ventana, sonrió y nos saludó–. Se olvida de las cosas.
–Si no tiene los papeles del automóvil no puede circular –miraba mi registro–. Es una infracción grave.
–Escuche –dije–. Tengo que llevar a mi madre a Pinamar, voy a un entierro –hice una cinematográfica pausa–. Tiene que haber una forma de arreglar esta situación.
Levantó la vista, me miró. Todo lo que había que saber para sobrevivir en el planeta tierra estaba en esa mirada. Quizás ser argentino sea esa mirada y no mucho más que eso.
–Yo no le pedí nada –dijo.
–No, ya sé –dije–. Usted no me pidió nada y yo no le ofrecí nada. Ahora, lo que tenemos que averiguar es cuánto es nada.
Busqué la billetera.
–Suba al auto –dijo–. Me lo da cuando le devuelvo el registro.
Saqué trescientos pesos. Se los pasé por la ventanilla. El oficial me dijo que espere y se alejó a hablar con otro que parecía estar a cargo. Volvió y se inclinó sobre la ventanilla para hablarme otra vez.
–Disculpe –dijo–. Pero van a tener que ser dos nadas, usted entiende.
Le di trescientos pesos más. Me saludó con una venia. El resto del viaje no revistió mayores dificultades.

28.2.18

Sin título


Me habían echado del trabajo, pero tenía algo de dinero. Lo que no tenía era un absoluto pomo para hacer. Sabía, por experiencia propia, por haberlo vivido, que si me quedaba adentro, adentro del departamento, corría el riesgo de pegarme un tiro. La tristeza es como quedarse mirando una bañera mientras se va el agua. Es algo que gira y que baja, ajeno a tu voluntad, no hay manera de detenerlo.
Así que decidí que era primordial tener alguna suerte de rutina. Me despertaba a la mañana, me vestía, tomaba un café y bajaba como si fuera un día más. Iba a caminar al parque, daba una vuelta al Parque Centenario y me sentaba a fumar un cigarrillo. Me quedaba sentado, no, no pensaba, pensar es el demonio. La idea era estar, existir, conciencia sin pensamiento.
Después iba a hacer un trámite, cualquier cosa, y con eso cortaba la mañana. Y después llamaba a algún amigo y lo pasaba a visitar, y ya estaba en el almuerzo. Lo importante era salir de casa, a la mañana, vencer esa centrípeta fuerza que amenazaba con hacerme moco. Llamalo supervivencia, llamalo como quieras.
Sentía que algo se ordenaba, ahí sentado en el parque, después de fumar un cigarrillo.
Me llamó la atención, un lunes. Estaba fresco y era bien temprano, por lo que sacando a los corredores matinales de locura infinita, y un par de personas que paseaban a sus adormilados perros, el parque estaba de lo más agradable, vacío.
Apareció una mujer, joven, menos de treinta años. Era bonita, con ojotas y medias, un jogging, como recién levantada. Llevaba una bolsita, y una palita como las palitas que se usan para jugar en la playa, pero no de plástico, de metal.
Fue la mujer hasta un árbol que debía estar a unos treinta metros de donde yo estaba sentado. Se puso en cuclillas, junto al árbol, y comenzó a cavar. La construcción del pequeño pozo le debió haber llevado menos de cinco minutos. Puso el contenido de la bolsa en la tierra, tapó el pozo. Se puso de pie, pareció mover los labios como si murmurara una plegaria. Después se fue.
Me olvidé del tema. Dejé que pasaran los días.
Pero me volvió toda la escena a la cabeza, de inmediato, cuando la vi aparecer al lunes siguiente. Debían ser las ocho de la mañana. Mismo procedimiento, bolsita, palita, pocito. Murmuró algo, la mujer, recién levantada, con el cabello todavía húmedo. Y se fue.
Volvía de una fiesta, jueves a la noche. Me habían invitado a un asado, había tomado una botella de vino y después me sirvieron un whisky nacional que calificaba sin dificultad como artículo de limpieza, como lustramuebles, en fin. Bajé del taxi, debían ser las tres de la mañana. Iba a subir a casa y se me vino el asunto a la cabeza. La mujer que plantaba algo junto al árbol para la posteridad, o que enterraba su pajarito, no sé.
Me dio curiosidad. Encendí un cigarrillo y crucé en dirección al parque. Nadie, una parejita manoseándose con adolescente entusiasmo, un mendigo más borracho que dormido. Fui hasta el árbol.
No me costó encontrar las marcas, la tierra removida. No tenía nada con qué cavar, así que usé las manos. Total me daba un baño antes de acostarme a dormir y listo.
Grité. No pude evitarlo, me salió un grito y caí hacia atrás, perdí el equilibrio. Me quemé el pecho con el cigarrillo.
Una pija, una poronga, era lo que había enterrado la mujer.
Usé una rama para escarbar al lado. Otra. Otra poronga, más reciente, todavía bien conservado el prepucio, y los huevos. Como si hubiera sido arrancada, con quirúrgica precisión, de su portador.
Tapé todo y salí corriendo. Vomité antes de cruzar Ángel Gallardo. Estuve en la ducha un rato largo, refregándome con jabón blanco. Me costó dormir.
El domingo después de almorzar fui a hacer las compras al Disco de Aráoz. Estaba decidiendo si llevar Casancrem o Mendicrim, esas suelen ser las existenciales cuestiones que me atormentan.
–Disculpá –Me rozó con el brazo y se le cayó un yogur, pero quedó claro que el movimiento había sido irreal, actuado. Se agachó dejando a la vista una buena porción de tetas–. Se ve que ando distraída.
Era ella. ¡Era ella! La mujer del parque, la de los lunes, la de las porongas.
–Qué calor hace –dijo, su voz era suave, sonrió–. Los domingos no se terminan nunca. Creo que ya nos vimos alguna vez por el barrio. Me llamo Tamara, vivo acá cerquita.

21.2.18

Mirada cargada


–Desarrollé un don, aunque no sé si se trata, si es, exactamente, un don –dije–. Pero sí una capacidad. Tampoco sé bien cómo sucedió, mucho menos cómo lo descubrí, o debería decir, mejor, lo fui descubriendo. Como ocurre con tantas otras cosas, la casualidad. Si miro a alguien, a una mujer, a los ojos. Por un minuto, en realidad entre treinta segundos y un minuto, bueno. A la mujer le entran unas tremendas ganas de coger. La mujer, cualquier mujer, se calienta mal.
Ella se acomodó en la silla, algo nerviosa. Yo bebí medio vaso de cerveza, de un trago, dejé el vaso sobre la mesa. Hice una pausa antes de continuar.
–No importa la religión –seguí–, no importa la raza, ni las características antropomórficas. No importa la edad. Miro a una mujer a los ojos durante treinta segundos, y la mujer no se puede contener. La mujer necesita sentir una pija en su interior, o que le chupen las tetas, que le metan los dedos, que la hagan acabar. Es algo tan fisiológico como repentino, comparable, quizás, con la necesidad de fumar, de encender un cigarrillo, o de cagar. Aunque intente oponerse desde lo actitudinal, racionalizarlo, la mujer no puede. Es un imperativo categórico, una pulsión que se ha desatado y no puede ser frenada. La mujer precisa que la garchen, de inmediato.
Terminé mi vaso de cerveza, comí un puñado de maníes. Ella negó, de manera casi imperceptible, con la cabeza. Pero escuchaba con atención.
–Cuando me di cuenta de lo que ocurría, decidí verificarlo. He mirado fijo durante cuarenta segundos a la esposa de un amigo en una cena familiar y vi cómo cruzaba las piernas, una y otra vez, y se sonrojaba mientras se le erizaban los pezones. Lo he probado, he mirado a una adolescente en el colectivo y se empezó a frotar la cola contra el respaldo de un asiento, miré a una cajera de supermercado mientras me cobraba, la miré fijo y no pudo reprimir un jadeo de excitación, comenzó a salivar como un felino ante la presencia de un apetitoso churrasco. Las mujeres bajo mi mirada, casi sin darse cuenta, tienen la pulsión de tocarse la vagina, o se aprietan una teta, se frotan el cuello o las axilas y se van al baño, sienten un ingobernable calor en la parte interna de los muslos. Lo he probado yendo a ver ancianas internadas en algún geriátrico, en la sala de espera de terapia intensiva de los hospitales. Lo he probado con prostitutas avezadas e inconmovibles luego de diez o quince años de profesión. Les decía que se sienten menos de un minuto y las miraba a los ojos. Me decían, azoradas, ‘es la primera vez que me pasa, me agarraron ganas de coger’.
–Mirá –dijo ella, y levantó la vista de la mesa, dejó de revolver lo que quedaba de su jugo–. Ahora te estoy mirando, y a mí no me pasa nada.
–Justamente eso te quería decir –sonreí, apenas–. Se nota que estás mal.

14.2.18

No es lo que vos creés


Cuando estás boca arriba, cuando vas boca arriba, en la camilla, llevado por dos indiferentes enfermeros que no tendrían mayores inconvenientes en sodomizarte o cortarte con una moladora y guardar los pedazos, tus pedazos, vos, en una bolsa de residuos de consorcio, primero, en el baúl de un automóvil, después. Cuando te llevan al quirófano y lo único que ves son una hilera de luces en el techo y sentís un frío como aquella vez que estabas en el muelle en Miramar y pegó una ola venida de quién sabe dónde y te empapó. Cuando abren las puertas del quirófano y sentís el olor a desinfectante, bueno, no tiene mayor importancia si Andrea no quiso bailar con vos ese lento en sexto grado, si Gabriela te dijo que sos una basura humana, lo peor que le pasó en la vida, una bestia egoísta y sin alma, tampoco importa muy bien porqué Mónica te dejó.
​Cuando estás en el dentista, transpirando como un chancho pecarí que oye los ladridos de la jauría de perros y corre por su vida, y el dentista dice ‘bueno, abra bien la boca’, y ves, aunque tenés los ojos cerrados pero ves, aunque no querés ver pero ves, el tamaño de la aguja, y sentís el pinchazo, la encía cede y el metal cumple su función. Y todavía no se duerme nada, todavía persiste el dolor como un rayo cruzando la noche en medio del mar. Cuando duele, cuando sigue doliendo y uno descubre que quizás tu ser no fue del todo bien diseñado para el dolor, bueno, no importa porqué al tipo se le ocurrió dar marcha atrás sin mirar por el espejo retrovisor y hubo ruido de cristales rotos y te bajaste del auto y no podías creer lo que veías, con lo que te costó juntar la plata para comprar ese automóvil, cómo quedó el capot.
​Cuando estás sentado, y te das cuenta que sentado se te nota más todavía la panza, que hay un espejo de costado en alguna pared, y te ves el pelo, lo que le pasó a tu pelo, a tu rostro, lo que hizo la vida con vos. Cuando el médico levanta la radiografía o los análisis o el estudio, y se acomoda los lentes o niega de manera casi imperceptible, pero niega con la cabeza y dice ‘mmm’, o ‘ajá’, o ‘vamos a tener que ver’. Bueno, entonces no importa demasiado si te echaron del trabajo porque el salame de Ostolaza quería darle la subgerencia a la piba que se estaba cogiendo, si al toque de mudarte a ese departamento en Villa del Parque se pusieron a construir una torre que te dejó más encerrado que un hámster en una caja de zapatos, si no nevó ni un solo día cada vez que fuiste a Bariloche, y llovió todos los días que pasaste en Buzios.
​Cuando te parece que estás en peligro, cuando sentís que te vas a morir o cuando te duele algo, ahí te das cuenta que tu vida, aquello que podríamos denominar tu vida, los hechos que la definen y la marcaron, carecen de relevancia.
​Quizás sea el objetivo de las desgracias. Su justificación.

7.2.18

Nociones de balística


Quizás no sea bueno que lo sepas pero te lo cuento igual.
Busco una metáfora y pienso, no sé, en arcos y flechas, en catapultas, en conceptos como ‘retropropulsión’. Tampoco tengo nociones de balística.
Adónde voy con todo esto. Ah, sí. Lo que te sale mal, lo que querés evitar, el fracaso por llamarlo de algún modo, que te asusta y te molesta desde que sos chico. Desde siempre. Bueno. La longitud de onda, tu vuelo más alto, lo que serás capaz de ser, depende de eso. Tu éxito, lo mejor de tu vida o lo mejor de vos, llamalo como más te guste, depende y se alimenta de ese combustible basal, intrínseco. De tu fracaso.
Por eso te decía lo del arco y la flecha, como si lo que lograra tensar el arco, hacia atrás, fuera justamente lo que te permitirá llegar más lejos. Más alto.
El fracaso es la llamarada del cohete, lo que te impulsa, la energía, el motor. Lo contrario, para que lo entiendas, para que te ubiques, es lo que sucede tan a menudo, en Hollywood. Lo que podríamos denominar el ‘Síndrome Culkin’, por aquel niñito que se hizo famoso con películas como ‘Mi pobre angelito’.
Si sos un niño prodigio, si tenés once años o doce y brillás como un sol, bueno. No hay otro remedio, será breve, pasada la adolescencia nomás te volverás un imbécil rematado, absoluto. Se te caerá un reflector en la cabeza que te dejará tonto, o te picará un escorpión en el baño de tu casa. En los huevos, claro, y te dejará los huevos como dos damascos. Puede que se te desate una alergia a las milanesas que te haga crecer las orejas hasta los hombros.
No hay manera, no tenés el fuego del cohete que te impulse. No podés llegar a ningún lado. Ocurrió todo demasiado pronto, fue casualidad.
También puede suceder, lo admito y merece ser tenido en cuenta, que acumules fracasos, uno tras otro, que tengas la energía para llegar a la luna en patineta y aún así tu nave no despegue. Que fracases y vuelvas a fracasar, que nada bueno suceda con tu vida. Nunca.
Pero en cualquier caso, como si se tratara de un caso de abstinencia sexual no deseada (mi especialidad, por cierto), conviene ir por ahí pensando que uno tiene el arma cargada. Que ni bien se presente la oportunidad serías capaz de partir azulejos con la garompa. Para qué pensar que nadie te quiere abrazar desde hace quién sabe cuánto tiempo. Que quizás seas un repugnante ser y eso sea todo. Un asco.